Refranero dominicano

Por Sélvido Candelaria

La lengua, aunque eslabón insustituible en la comunicación de los seres humanos, no deja de tener sus resquicios difíciles que muchas veces dificultan el uso eficaz de ella a un gran segmento de sus usuarios. Y, a quien pueda caberle alguna duda, sólo voy a referirlo a una de las especialidades que la estudian: la semántica, que en su afán de estudiar las estructuras léxicas y los contextos del habla, muchas veces complica el uso de esta herramienta comunicativa a gran cantidad de sus usuarios. Pero la misma lengua, quizás como una forma de autodefensa inconsciente, desarrolla sus propios medios para contrarrestar estas desventajas. Uno de ellos son los refranes, en sentido particular y las paremias en sentido general. Estos comodines lingüísticos han venido a jugar un importantísimo papel en la ética, la didáctica y la filosofía, desde los umbrales de la civilización, conservando aún su vigencia y demostrando su importancia al servir de auxiliares que con gracia, donaire y eficacia hacen llegar los mensajes hasta al menos instruido de los mortales.

Aunque el refrán no se considera como un género literario en sí, es indudable que ha estado ligado a todos y ha sido utilizado por los grandes escritores en todas las épocas, considerándose, inclusive, como un elemento clave en el origen de la poesía en nuestro idioma ya que, en un tiempo remoto,  la alimentaron, la ayudaron a enriquecerse con nuevas formas y aunque estacobró nuevas formas y siguió transmutándose, mientras los refranes seguían con su tradicional estructura,es indudable que ellos dieron origen a la copla, el villancico y la seguidilla y, más tarde, formaron parte de la décima.Por ello, es común que todo refrán conocido, por lo menos en nuestro idioma, sean los versos finales de una copla o el pie forzado de una décima.

Pero, aparte de este gran aporte al desarrollo de la poesía,  según la doctora Inés Ravasini, “el refrán posee un valor cultural, por la carga cultural y folclórica que conlleva; luego, un valor social por los juicios y valores morales que expresa; también un valor lingüístico, por ser frases institucionalizadas con estructuras prefijadas que los hablantes utilizan de manera versátil (y no siempre apropiada) en su discurso; y, finalmente, un valor expresivo, por la capacidad de comunicar un concepto complejo de manera sintética y, a veces, incluso críptica. Considero interesante el desfase que hay entre el significado literal del refrán, que con frecuencia remite a hechos, referentes o costumbres que ya no existen o que simplemente ignoramos, y el uso mecánico que hacemos de él, al percibir su significado metafórico pero no el literal. En este sentido, los refranes nos proporcionan un conocimiento del mundo que puede no corresponder con el actual”(1)De ahí la importancia que debemos conferirle a cualquier tratado que se haga sobre los refranes. Pero si ese estudio produce algo como el volumen que hoy presentamos, quienes nos preocupamos por mantenernos al tanto de la evolución lingüística como parte de nuestro quehacer literario, debemos sentirnos  agradecidos porque se publiquen obras como este Diccionario de refranes que viene a continuar la ingente labor que realiza el director de la Academia Dominicana de la Lengua, en pro de rescatar, actualizar y expandir el estudio del idioma, dentro del marco específico de nuestra comunidad de hablantes, así como su difusión en todo el orbe.

Esta obra, si bien no es la primera de su género en la República Dominicana, trae la novedad de asimilar las características esenciales para facilitar el estudio y comprensión de refranes junto a otras paremias que se utilizan en el habla de los dominicanos, basado en los más actualizados criterios lexicográficos y sustentados por un arduo y documentado proceso investigativo, viniendo a sumarse al Diccionario del español dominicano y al Diccionario fraseológico del español dominicano para aumentar el caudal de fuentes confiables en que puedan abrevar los investigadores y usuarios en general de nuestros recursos comunicacionales.

Como todo diccionario, esta es una obra inconclusa, pues la dialéctica del idioma así lo determina. No obstante, las casi 3000 paremias que conforman este libro, nos presentan un cuadro muy representativo del uso que se les da a estas estructuras en la cotidianidad de nuestro hablar y nos devela muchos significados no necesariamente gramaticales. Por ejemplo, en una de las entradas que se acogen bajo la palabra manteca,encontramos todo un tratado de sociología en solo cinco palabras: más manteca bota un ladrillo. (2)Aquí hay dos vocablos fundamentales en los orígenes de nuestra sociedad que, estructurados tal y como se presentan en el aludido adagio,  tipifican no solo lo vital que eran estos elementos en los inicios, sino las connotaciones que del significado original de esas palabras, se derivan.

A pesar de los tradicionales estigmas que arrastra el uso de los refranes, (como eso de que son expresiones de uso vulgar, por lo que muchas veces en el hogar, cuando en los hogares se preocupaban por la mejor formación de los hijos, te sentenciaban “aquí no me use usted refranes”) grandes investigadores lingüísticos están se ponen de acuerdo al establecer la importancia de estas expresiones en la formación de una sociedad, por lo que deberíamos siempre agradecer trabajos como este para entender con más detalles sus características, pues tal y como dice BRC, “la dimensión lingüística, sociológica y literaria de las paremias registran, perfilan y plasman lo que una comunidad de hablantes entiende usa y expresa. Porque un refrán no es solo una simple paremia del lenguaje, sino una singular forma de ver las cosas y una peculiar manera de explicar el mundo”(3).

¡Bienvenido sea este aporte a la cultura hispanoamericana y congratulaciones a su autor!

 

  • RAVASINI, Inés, revista digital paremia, no. 26, año 2017
  • ROSARIO CANDELIER, Bruno, Diccionario de refranes y otras paremias, pág. 246,Santo Domingo, Editora Amigo del Hogar, 2018
  • ROSARIO CANDELIER, Bruno, Diccionario de refranes y otras paremias, pág. XXII,Santo Domingo, Editora Amigo del Hogar, 2018

 

Cuando la existencia se convierte en poesía

Por Juan José Jimenes Sabater

 Toda vez que abordo la tarea de avalorar una creación poética (y no han sido raras las ocasiones en que un arrebato irrefrenable de admiración a tan aventurada iniciativa me incitara), siempre, pues-discúlpeseme la insistencia- que seducido por las gloriosas prendas que exhiben los versos de un poemario, me entrego, con harta más pasión que competencia crítica, a la delicadísima empresa de husmear en las interioridades del texto lírico que  enhorabuena me colmara de arrobamiento y júbilo, cada vez que en tal trance me hallo, no consigo eludir la sensación de que, por mucho que me esfuerce en ser claro, equilibrado, fino, justo y objetivo en mis apreciaciones, estoy haciendo víctima al poema escoliado, sin que evitarlo pueda, de brutal atropello, de que estoy cometiendo, muy a mi pesar, lo que acaso no sería erróneo motejar de sacrilegio literario…

Porque la poesía se asemeja a la quebradiza porcelana de un jarrón de exquisita factura, de ondulantes y contorneadas formas para el que hasta la simple mirada o la inocente caricia suelen resultar demasiado bruscas, en exceso  profanadoras. Hablar del poema, pretender analizarlo, interpretarlo, acceder a su entraña de pálpitos y ausencias, es como querer descifrar el enigma de seducción de una sonriente estatuilla de cristal mediante el expediente asaz expeditivo de arremeter sobre ella a martillazos. Esquiva la poesía cualquier abordaje ajeno a la mera degustación de su melódico cuerpo de palabras. La fascinación que en nosotros suscita la lectura solícita y morosa del verso inflamado de augurios, preñado de promesas, ese magnetismo, esa magia se desvanece cual humo al viento no bien intentamos justipreciar la eficacia y sentido de la frase poética arrimados a términos diferentes de los que el bardo en su escrito empleara. El poema está ahí, sobre la página, para deleite del espíritu, para iluminar los oscuros laberintos de la conciencia, para henchir el alma de límpidos fervores, para tomarnos de la mano y en vuelo presuroso levantarnos hacia la transparente región de la añoranza, para hacernos vislumbrar la eternidad tras la mendaz corriente del instante que fuga, para que podamos reencontrar la azul diafanidad del firmamento que con imprevisora negligencia dejamos olvidado un día en las desoladoras marismas de la carne, para hacernos sollozar de alegría, gemir de felicidad ante la imagen inmaculada y fúlgida de nuestra  vera humanidad por fin recuperada, para hacernos soñar alboradas distantes y eufóricas nostalgias, para hacernos probar, como quien lleva a los labios sedientos el agua emancipada del torrente, el licor insondable de la auténtica vida. No hay poesía -o al menos no la conozco- que se muestre capaz de resistir incólume el escrutador zarpazo de la crítica. Y es que el esplendor del poema, su portentoso sortilegio, se esfuma apenas la mirada del que lee deja de comportarse como cómplice compañera de ruta que enfila por la armoniosa senda que el verso traza para, de espaldas al hechizo estético, acogerse desde los amurallados bastiones del intelecto a heladas y angulosas porfías de inquisitiva catadura. La poesía, la genuina, la que no se resigna a ser tinta sobre papel, ornamento de salón o motivo de glosa erudita, la que se alimenta del espíritu de cada ser humano y se humaniza en cada acto del espíritu es, sencillamente, un hecho, un a priori vital. Está ahí. Cabe negarla o afirmarla. Ignorarla es lo único que no podemos hacer.

En resolución, sin poesía, sin las fuerzas que esta despierta en nosotros, sin los horizontes a los que en el ámbito de nuestra propia intimidad nos da acceso, el hombre resultaría empobrecido más allá de lo imaginable.  El valor, trascendencia y peso de la experiencia poética rehúsa ser medido en términos materiales. Su monta y entidad no son cuantificables. Para el ser humano lo verdaderamente importante es lo que no se ve. De esto que no se ve con las pupilas de nuestros ojos carnales, pero que se nos impone, que se manifiesta y afirma en los más hundidos estratos de nuestro ser, se ocupa la poesía… ¿Cómo expresarlo?…, es de las contadas cosas que pueden conferir sentido a la existencia. Su utilidad no es susceptible de ser transcripta en cifras ni transfigurada en beneficios tangibles que podamos atesorar en una caja fuerte. Pero quien se muestre sensible a su embelesamiento la podrá experimentar, distinta y siempre la misma, en cada etapa  de su vida, en cada momento único e irrepetible de su apremiado tránsito por las comarcas de lo ilusorio y lo real.

De lo que antecede se deriva que el apreciador que de crítico se propone fungir, si desea llevar a cabo con responsabilidad su ministerio consistente en desvelar el significado del objeto artístico,  habrá de abrevar sin remordimiento alguno en la fontana generosa de sus impresiones personales. Porque si los versos del poema están destinados a producir una reacción en quien los contempla y no se muestran inteligibles fuera de pareja intencionalidad comunicativa y dialogal, sobran razones para pensar que les saldrá el tiro por la culata a cuantos se empeñan en escudriñarlos poniendo su propio yo en cuarentena, tomando estrictas precauciones para que su visión no se contamine con los efluvios emocionales que la creación poética no puede dejar de suscitar. Semejante actitud de extemporánea cautela (en otros dominios de la investigación acaso justificada) impide la comprensión y cata de lo que de propiamente artístico, de esencialmente humano y genuinamente significativo hay en la arrobadora experiencia de adentrarnos en los miríficos parajes de la poesía. El poema de excelso linaje no puede ser otra cosa que un aldabonazo espiritual que convoca nuestras potencias interiores. Al examinarlo -siempre que a esa ímproba cuanto arriesgada tarea nos aboquemos- harto descabellado sería en punto a adelantar juicios valorativos prescindir de los sacudimientos que en nuestro fuero íntimo su presencia desconcertante desata. Al cabo y a la postre, la apreciación del escrito poético se reduce a verificar, describir y fundamentar las impresiones de toda laya que en las praderas hospitalarias del alma este despierta, alimenta y aviva.

Y es desde ese belvedere vivencial, desde esa subjetiva y quizá arbitraria perspectiva enjuiciadora que, sin la menor ambición de rigor académico ni pretensión erudita alguna, me dispongo a comentar en los breves renglones que a continuación borrajearé ciertos aspectos que han concitado mi hasta este instante abotargada atención en la poesía honda, medulosa y auténtica de José Rafael Lantigua, la que, para ventura y alborozo de quienes a sus páginas se avecinen, figura en los cinco felices poemarios que hasta ahora el autor publicara, los cuales se intitulan Sobre un tiempo de esperanzas, Júbilos íntimos, Cuadernos de sombras, Territorios de espejos y La fatiga invocada.

En el primero de los libros mencionados, que recopila poemas escritos en la década del 66 al 76, toparemos con versos de lóbrega andadura, de pesadumbre cenicienta, versos de rotunda estampa que rompen el pecho del lector con la furia plúmbea y reiterada como acostumbra  golpearen el yunque la pesada mandarria del herrero. Así, por vía de ejemplo, en el canto intitulado Apocalipsis del que recojo el fragmento inicial, el aedo propone una visión de herrumbre y óxido en la que toda esperanza se marchita:

Se fue tibiamente

                        y será casi imposible

                        volver a ver como se oculta la esperanza.

                        Sobre el tejado caliente

                        surgió una amargura abdominal

                        que aceleró el pulso

                        bajo la presión sanguínea de la ilusión

                        pero se fue

                        y ya fue casi imposible

                        detener su camino irreversible

                        casi imposible

                        vislumbrar de nuevo su luz

                        esa luz que iba adjunta

                        a una fisonomía destartalada por el dolor.

                        Se fue

                        y allí mismo surgió la espera

                        el monólogo tornóse largo

                        y el silencio fue más silencio,

                        entonces

                        vino el aluvión de las gentes

                        embravecidas

                        y casi fue imposible detener el llanto,

                        y allí mismo se detuvo la ilusión

                        y se prolongó la espera.

 

Empero, harto nos equivocaríamos si diéramos en imaginar que la tónica sombría, fúnebre, desgarrada que testimonia el pasaje que vengo de citar revélase a guisa de constante emocional del poemario Sobre un tiempo de esperanzas al que el texto reproducido pertenece, que si así fuera habría que modificar semejante título. No. En dicha obra, como era razonable suponer en una trayectoria poética de dos lustros, tropezaremos con muy variados sentimientos y motivos. Uno de ellos, acaso preponderante, es el de la nostalgia, el de esa gris opalescencia agridulce, deliciosamente triste, que nos devuelve a un ayer floral desvanecido cuyo aroma de mustias soledades, a instancias de la lluvia, por los poros penetran de la piel hasta los pasadizos del recuerdo. De ello Melancolía Rítmica, cuya primera estrofa a seguidas transcribo, tengo por ejemplo paradigmático:

Esta tarde

                        la lluvia ha caído

                        impiadosa

                        sobre el desgastado techo

                        como queriendo deshacer los planes

                        que

                        de mañana

                        parecían renacer.

                        Las gotas

                        apesadumbradas

                        por tener que caer

                                               y… caer sin razón

                        desu tranquila morada

                        han debido cumplir

                        en la tarde

                        las maniobras de un destino

                        que las hace figurillas cristalinas.

                        La tarde se ha contagiado

                        y hay ahora temperamentos sobrios,

                        la lluvia

                        pesarosa y lánguida

                        ha templado los tiempos

                        para forjar el sobresalto

                        de una vida pasajera.

 

            El poema culmina con los versos que sin demora estampo:

La esperanza se ha ido

                        con la tarde gris

                        y la noche ha llegado

                        mientras la melodía entonante

                        del crepúsculo

                        se ha opacado

                        con el furor

                        y el misterio

                        de la lluvia arrogante

                        que, de costumbre,

                        ha hecho su crucigrama de angustias

                        sobre todos…

                        ¿Habrá un sueño que sea testigo acallado

                        de nuestra protesta?

                        ¿Habrá sobre el estrecho mundo de la habitación

                        el teatro de una escena cruel

                        donde revivan los aconteceres

                        donde renazcan los amaneceres

                        donde perviva el sentimiento

                        que las gotas

                        imprudentes

                        afanosas

                        y largas

                        impidieron

                        al comienzo de la tarde?

                        Soñemos…

 

Mas, amén de la pesadumbre y la nostalgia, otros sentimientos de muy opuesta índole suelen también hinchar la vela del numen de Lantigua en el referido poemario, impulsando su navío de musicales versos hacia mares de júbilo y centelleante orgullo. Es el caso de la composición que lleva el título de Poetas de mi Pueblo, del que me complace distraer de inmediato el segmento de rotundos perfiles que ningún lector cuyo temperamento se muestre accesible a las gratificaciones de la belleza dejaría de enaltecer:

 

¡Oh, mis ilustres camaradas!

                        violemos hoy

                        el maldito juego de los versos,

                        y construyamos el recuerdo

                        con el recuerdo alegre

                        de sus alegres trovas

                        y juntos

                        caminemos por los anchos mundos

                        de las muchedumbres infinitas

                        acortando la distancia

                        en medio del rumor del río angosto

                        en medio del fragor de la batalla ingrata

                        en medio del sudor de la campiña agreste.

                        Permitidme

                        que observe el paso de sus vibrantes notas,

                        que bañen mil mundos las aguas frescas

                        de sus torrentes,

                        que retumben las voces de sus gritos

                        y que estalle

                        en la presencia del recuerdo firme

                        el golpe fuerte

                        del fuerte logro de sus cantos.

 

            Haré gracia a cuantos hasta estos arrabales de mi deslucida prosa analítica han tenido la paciencia de escoltarme de más prolijos abundamientos en lo atinente a fundamentar y encarecer con innecesarias precisiones conceptuales los valores expresivos, altos y plurales, que exornan la recopilación poemática  Sobre un tiempo de esperanzas de la que hasta ahora nos hemos ocupado.

Sin embargo, si la recién mencionada colección conquista nuestro favor merced a las virtudes estilísticas que ostenta y a la variedad de tonos, temas y colorido de que hace gala, en un poemario de esmerada factura y gravedad solemne como el que lleva el nombre de Los júbilos íntimos, salido de la imprenta en el año 2003, José Rafael nos invita a penetrar en las más hundidas y espesas capas del humano existir. En lenguaje que elude sistemáticamente los inútiles abalorios de intrincada retórica, pero que dada la complejidad de los asuntos que plantea esquiva por un parejo caer en la celada del esquematismo y la simplificación, el autor vuelca los ojos hacia los adentros para palpar la dimensión oculta de su ser. Henos aquí ante poesía de sesgo inequívocamente introspectivo. Los poemas de este volumen constituyen un abierto y desesperado intento por responder a la esencial pregunta: ¿quién soy y qué hago aquí?… Se trata de una poesía que indaga con celo, desvelo y furia en los enigmáticos desvanes del auto-conocimiento. Y permítaseme en este punto -porque lo creo pertinente- ocurrir a los abusos de la digresión: si al cabo estoy de lo que se cuece en la caldeada marmita de la literatura-y me tiene sin cuidado la opinión de los científicos-, la poesía, a su manera, ofrece un cierto tipo de conocimiento al que la lee, un conocimiento que ninguna ciencia es capaz de aportar. Y decir conocimiento es decir vida intelectual. La poesía, aunque a las primeras de cambio parezca paradójico, es intelectual  por esencia; importa en la esfera de la comprensión humana una suerte de ampliación y agudización del órgano racional. De modo que si logramos desembarazarnos de los prejuicios cientifista en boga, habremos de reconocer la emersión de un saber poético que aunque en nada se asemeje al que nos tienen acostumbrados las ciencias positivas y experimentales, testimonia un conocimiento genuino, importante, real, obtenido en virtud de lo que no sería descabellado llamar intuición creadora. Se sobreentiende, claro está, que tal saber no consiste en determinar la estructura y comportamiento de la materia ni en descubrir las leyes a que obedecen los fenómenos de la naturaleza. Empero, argüiría cortedad de miras no advertir que por caminos diferentes al de la ciencia, la poesía permite acceder a sus devotos -a través de la emoción estética y la connaturalización- a una comprensión válida y profunda de la existencia y de las relaciones del ser humano con lo que le rodea. En resolución, el lenguaje poético comporta una particular sabiduría del sentimiento, razón por la cual no sólo nos procura gozo su belleza sino que, al trasladarnos a las áureas latitudes de la efusión calológica, los símbolos que el poema despliega, no obstante permanezca sin explicitar su contenido, consiguen conmovernos. Pues -en esta precisa cuestión toda insistencia será poca- en el poema de radiante factura el placer estético dimana de las sensibilidad que el intelecto ilumina tanto como del talante intelectual que la sensibilidad manifiesta. El conocimiento preñado de emoción que el  poema obsequiase revela fruto de la ejemplaridad de una significación contemplada y no producto de vida encorsetada en el terreno de la necesidad histórica y física. De modo que el conocimiento con el que el temple intelectual de la poesía nos recompensa no es -como ya quedara registrado- el que procede de la gimnasia conceptual, discursiva y lógica, sino el que mana de la recoleta y nocturna fuente, próxima al núcleo del alma, de la razón intuitiva y creadora.

Y es desde esos íntimos bastiones que Lantigua nos habla cuando, en un poema como el intitulado Los días remotos, se enfrenta al misterioso abismo de su mismidad:

 

HOMBRES DE DÍAS REMOTOS

                        multitud de laberintos y dobles,

                        arrastro una congoja de siglos

                        sobre mi espalda lacerada

                        me despedazo en el poema para encontrar la mutilada

                        inquietud

                        de los tiempos cubiertos

                        en la sórdida ruindad de los tiempos

 

                        La ciudad se vacía de sueños cada tarde

                        y cada tarde ya no hay alondras que dormitan en sus

                                                                                                          terraplenes

                        mientras una endecha de dolor y hastío

                        se consume sola en el altar del vicio.

 

                        Hambre de noches trepidantes,

                        duendes tenebrosos que en las sombras dejan

                        el espacio a los enigmas

                        en las fortuitas crepitaciones del absurdo.

 

                        Victoria morosa de la lluvia

                        y la paz inquietante del sol.

                        La luz cierra su crepúsculo

                        y el grito se sumerge en su eco delirante.

 

                        Pienso ahora que preciso de tiempo y edad

                        para surcar mares y vientos

                        y redimir congojas en la tibia y necia soledad

                        de los días remotos.

 

Hay algo extrañamente perturbador, una luz oscura que retuerce la memoria y desconcierta, en ese naufragar hacia las simas ignotas de lo humano, en esa manía de explorar el rastro de lo eterno allende el transcurrir incesante del tiempo con el que nuestra carne se construye y desgasta. Sabe el poeta que bajo la epidermis de las cosas a que hemos puesto nombre, una fuerza elemental y poderosa irradia reclamando su peaje de triunfo y permanencia; que el árbol no es el árbol que ves sino el que entierra sus raíces en la noche estrellada del alma; que el cielo no es tampoco el que observas, cuyo azul esplendor nos calma o desespera, sino el que por dentro de la sangre ufano se dilata; que no es la lluvia, no, esa que tu piel moja, sino la que humedece, fragante y fresca, tu angustia y tus añoros… eso sabe el poeta, y no es otra la razón de que el aedo mocano a cuya creación lírica estas insuficientes cavilaciones consagro, en el poema Noche nos diga:

 

ESTA NOCHE

                        quisiera

                        ver llegar la sabiduría del necio

                        ser encina que nutre y sol que alumbre,

                        tarde gris saturada de memoria-

 

                        Esta noche

                        capricho que corretea ilusiones

                        quisiera desprenderme de mis axilas,

                        de aurora que muera en los tejados

                        manos que palpen mi desnudez

                        nudo que quebrante mi pálida sombra.

 

                        Esta noche

                        quisiera verme en una infinita población de espejos,

                        derrumbarme en el agobio de saber

                        que soy solamente

                        absurdamente

                        un pedazo de tierra fragmentado en el otro

                        un trozo de angustia inoculado de miedo

                        una pinta de sueño pisoteado

                        o simplemente tal vez

                        un requiebro de luz sobre este corazón

                        de noche oscura y solitaria.

 Todo adentramiento poético en los hondones del alma importa soledad, agobio, expectación, quebranto. El yo verdadero, el yo genuino, ese que el bardo procura aferrar con uñas y dientes no es posible alcanzarlo sin saltar al abismo de los viejos terrores al acecho, de los fantasmas del pasado, de los errores, impudicias y vergüenzas con que ofendimos una y otra vez la dignidad de la alborada. No en balde la luz precisa de la oscuridad para brillar. Y el lodo que la corriente arrastra fertiliza el suelo en el que la semilla fructifica. Sin el despellejamiento de la conciencia que la travesía hacia los recónditos parajes del yo implica, no hay poesía, no al menos la grande, la erguida, la memorable, la que las generaciones futuras no se resignarán a preterir. De ahí que en La paciencia quebrada por este modo José Rafael levante sobre el mástil visionario de la desolación su altiva queja:

                       

Será un decir acuoso y taciturno

                        un ramo de violetas sobre el jardín de penumbras.

                        Será un decir de celosías abiertas

                        Tejidas de viento sobre el mar indolente

 

                        Calma vacía

                                   Cuerpo ausente

                                               Temblor de lejanía

                        Noche tenue que alumbra temores

                        vuelo de loros descarnados

                        que dormitan su habla en nubes encubiertas

 

                        Ha subido el amor a un cielo de vergüenza

                        a propósito de delirios y embelecos

                        he contemplado sombras

                        sobre un techo de lunas

                        he preludiado el cantar

                        sin estigmas ni entuertos.

 

                        ¿Por qué ha de cantar en la sombra

                        mi poesía desnuda?

                        ¿Por qué he de balbucear mi grito

                        en la cansada luz de mis puertas cerradas?

                        No hay nieve en mis caminos de hieno

                        sólo las alas cansadas de batir polvo y tiempo

 

            Detengámonos.

Mucha y muy fina hebra quedaría por hilar si me hubiera cruzado por las mientes la idea asaz ambiciosa de llevar a buen puerto una valoración integral y cumplida de los cinco afortunados poemarios que José Rafael Lantigua nos ha obsequiado al día de hoy; empresa ésta que a todas luces, sobre exceder mi encogida competencia crítica, estaría por entero fuera de lugar en un escrito de naturaleza introductoria que, acogido a los rigores de la brevedad, sólo aspira a ser tenido por lo que es: modesta presentación de algunas de las prendas que adornan la poesía de tan airoso y levantado porta-lira.

Empero, si de algo estoy muy cierto es que no hay que beberse la entera barrica para catar la calidad del vino. Al buen degustador un mero sorbo bastará para advertir sus bondades y falencias. Y mutatis mutandis algo no del todo diferente ocurre en el caso de la literatura y, en particular, de la poesía. Tengo, en efecto, por cosa averiguada que para determinar si un escritor pertenece a la plana mayor, resultará más que suficiente visitar un representativo manojo de sus composiciones. No es otra la razón de que me avenga a considerar que los poemas del aedo mocano que a estas páginas trasvasara mi pluma díscola e indelicada, habrán de persuadir a quienes consigan paladearlos de que su autor merece por sobrados motivos ser incluido en la señalada cofradía de las péñolas de mayor relieve de nuestra casta y solar.

Ser poeta implica, entre otras cosas, tener intensísima conciencia de que el hombre es el misterio supremo, misterio que emplaza sin posibilidad de renuncia ni pausa a la mirada de la Esfinge, que remite de manera invariable a las ultimidades del ser… Hoy, como ayer, la humana criatura continúa preguntándose de quién es el rostro cuya imagen contempla en el espejo, de dónde viene, a dónde va, cuál es el sentido de su estar en el mundo, en qué consiste ese extraño transcurrir por los laberintos de la carne que algunos llaman con sumaria imprecisión existencia, y tiempo otros, no sin abstracta cuanto ociosa exactitud… Y como de semejantes estupores está tejida la lírica creación de José Rafael Lantigua, no podríamos sin infligir agravio a la verdad escatimarle su bien ganado rango de poeta.

Poeta es el que vive en perpetuo deslumbramiento ante la realidad; es el que trasmuta en canto la opaca prosa de la existencia; el que con los despojos sangrantes y el dolor y el hastío nutre la palabra y la pone a volar; el que reinventa el universo en un grano de arena; el que convierte la aflicción en rito y apoteosis; el que es capaz de brindar nido al sueño y al más puro ideal arrimo y patria; el que sabe que la nostalgia señala el camino correcto para ir al encuentro del manso hogar, del terruño de paz, de las elementales certezas de alborada que fueron nuestras en un remoto ayer y no supimos conservar; poeta es el hombre auténtico, el único real, definitivo y cierto que mora bajo la piel y las facciones de ese otro desvaído y anónimo sujeto con el que topamos diariamente en la calle… poeta, en fin, es el que, visionario, puede expresarse con la presagiosa contundencia de Lantigua, para quien, como nos alerta en versos de su poema El salvaje vicio del tiempo, versos que suenan como puñetazos y no como palabras:

 

El mundo está hecho de tormentas

                        cuerpos vacíos

                        hombres grises

                        amores entreabiertos

                        en un entorno

                        donde alguien silba una canción perdida

                        donde otro alguien

                        deja yacer su libertad

                        tumbado sobre un vientre dormido.

 

            Quien así se expresa, no lo dudemos ni por un instante, es, gústele o no a la galería, poeta, poeta de raza…

 

 

 

 

 

 

 

Testimonio de mi creación poética

Por José Rafael Lantigua

Gracias a ustedes por estar aquí y gracias a Bruno Rosario Candelier por concederme el honor de invitarme a este programa que inicia la ADL. Y gracias también al maestro León David por sus palabras sobre mi obra. En fin, agradecerles todo lo que han dicho, me han emocionado mucho y sorprendido. He descubierto cosas en poesía que no las conocía y yo creo que le debe suceder a todo el que intenta ser poeta.

Bruno Rosario Candelier, lo he dicho en muchos escenarios, ha sido para mí un maestro durante mucho tiempo. Bruno recuerda mejor que yo la historia con Trujillo cuando el jefe, según dice Bruno, puso sus manos sobre mi cabeza. Una vez le pregunté a mi mamá y me dijo que lo que decía Bruno era verdad. Él lo ha contado otras veces: yo era el monaguillo más pequeño y él era el monaguillo mayor, y fue en el 1957, cuando Moca ya había construido su gran templo católico, que es el más hermoso de la República y no lo digo porque seamos mocanos. Vayan a conocerlo, porque no hay otro más hermoso y tiene una particularidad, que fue construido por los feligreses y por las personas pudientes de nuestro pueblo. Trujillo no puso un centavo, y cuentan que él, al ver que la construcción de la iglesia estaba concluyendo, se apareció a través del gobernador con un cheque de cincuenta mil pesos de contribución, y no sabemos hoy el costo real de ese patrimonio cultural del país, pero su costo final en el 1956 cuando se inauguró fue de seiscientos mil pesos. Hoy ese costo es de muchos millones de pesos.

Pues Trujillo mediante el gobernador dio esos cincuenta mil pesos y tomaron fotos y lo publicaron. Después envió a alguien detrás del gobernador para que recogiera el cheque de los cincuenta mil pesos, porque Trujillo nunca quedó satisfecho de que en verdad él no puso un centavo.

Los que vayan algún día al templo de Moca, verán unas lágrimas a su alrededor, casi imperceptibles. Uno se da cuenta cuando se queda observando y se dice que eso fue el cura mexicano, el padre Antonio Flores, que dirigió e ideó el proyecto, porque el arquitecto fue don Humberto Soto Castillo, a quien Moca no le ha hecho una calle todavía. Él fue el que diseñó el Santuario Nacional del Corazón de Jesús, que así se llama. Fue él mismo que construyó la iglesia Don Bosco, que si ustedes verán tiene unos vitrales parecidos. El padre Flores primero construyó la iglesia Don Bosco aquí en la capital.y luego la de Moca. Si ustedes entran ahí se darán cuenta de la similitud que tiene el altar y los vitrales con la iglesia de Moca. Él construyó la capilla del Palacio Nacional, que históricamente se llama Capilla San Rafael, en honor a Rafael Leónidas Trujillo. En verdad esas son las tres construcciones que conozco de Humberto Soto Castillo. Entonces, Trujillo no fue a la inauguración porque se descubrió conspiración, la famosa conspiración de los Cabrera y los Balcácer, y Trujillo no fue. Yo recuerdo que había un ruido estrepitoso de aviones. Tenía siete años y por eso no recuerdo los detalles. Yo sé que pasaron muchos aviones, supongo que eran P51 en esa época, los aviones que volaban, que formaban el escuadrón de caza, y Trujillo va un año después, que es cuando sucede lo que dice Bruno y que digo que él recuerda mejor que yo. Una vez le pregunté a mamá y me dijo: “Sí, fue así, tanto que yo votaba la gente de mi casa, porque venían todos a ponerte la mano porque Trujillo te había puesto la mano en la cabeza”. Algo insólito.

Cuando Bruno, lo recuerdo perfectamente, llegó a Moca luego de sus estudios en España donde hizo su doctorado en Filología, fue a mi casa y me encontró como siempre: escuchaba música y leía en mi casa, sentado en una mecedora, y me dijo: “Vamos a hacer muchas cosas aquí. Vamos a levantar el ambiente cultural de Moca”,  y realmente así fue. Bruno lideró el movimiento literario y cultural de Moca, que tuvo resonancia nacional con los famosos coloquios de Moca y prácticamente todas las grandes figuras de la literatura dominicana de ese tiempo pasaron por Moca a participar en esos importantes coloquios en el Ateneo de Moca, que Adriano Miguel Tejada y Bruno fundaran en 1969 junto a otros. Fue una época clave y que sin él saberlo influyó de alguna manera en mí para las acciones culturales que luego me tocaría comandar en distintos escenarios nacionales.

Realmente mi poesía nace cuando yo estoy entre tercero y cuarto de bachillerato; por eso mi primer libro fue el libro sobre Domingo Moreno Jimenes en el 1976, porque fue justo en el bachillerato cuando formaron un grupo literario que se llamó La Roca. Era un grupo bueno, que nos gustaba la poesía y la publicábamos en unos murales del liceo Domingo Faustino Sarmiento, donde nos educamos. Aquello se hizo y nos llamaban de pueblos, hasta a campos fuimos, a Santiago, la Vega. De todos los del grupo realmente hay tres: el líder era Ciprián Hernández, ya fallecido. Nos llevaba varios años y hacía mucha poesía.

Me dio mucho dolor cuando un día le pregunté que hiciste con tus poemas, y él, que ya comenzaba a perder condiciones, me dice que no recuerda de lo que le hablaba. Yo le mencionaba algunos trozos de sus poemas y él decía que no eran suyos.  Yo recuerdo que él escribió un poema muy bonito que después se transformó tanto, porque lo grabó tipo merengue el grupo Quisqueya, cuando estaba emergiendo con mucha fama. Ese y otros poemas fueron musicalizados, pero fue duro saber que aquel gran amigo no llegó nunca a publicar libros y era en ese momento el que mejor formación tenía.

Otro que yo creo que era uno de los poetas máximos del grupo, poco conocido en mi país,  es José Frank Rosario, que luego sería uno de los miembros fundadores del Movimiento Interiorista del Ateneo Insular, que creara Bruno. Creo que Frank Rosario es el poeta mayor de nuestro grupo.

El grupo literario “La Roca” fue muy activo y recuerdo que una vez Juan Aulio Ortiz vino un día a Moca con algunos más, averiguó mi dirección y fue a mi casa y vino protestando porque teníamos un grupo con el mismo nombre que el de nosotros, pero nosotros fuimos primeros. Pues nunca le quitamos el nombre de “La Roca”. Hay uno en Santiago y en Moca.

Al cabo del tiempo yo seguí escribiendo aquí y decidí publicar estos poemas en mi primer libro Sobre un tiempo de esperanzas, que quizás hoy sea el que menos se conoce. A veces algunos poetas con el paso del tiempo quieren abjurar de sus primeras poesías, yo no. Yo entiendo o comprendo que esas primeras poesías quizás eran todavía poemas no tan sólidos; sin embargo, las veces que he leído esos poemarios, es quizás de todos el que más me conmueve, porque ahí comienza a estar presente o estará luego en los otros libros. Bruno Rosario Candelier ha sido muy preciso en su valoración. Me ha gustado lo que ha dicho porque la poesía mía es la memoria biográfica, la memoria íntima, pero también la biografía de otros de la que he sido testigo en mi memoria. La historia que mucha gente no se da cuenta que habla de la historia dominicana.

Tanto León David como Bruno Rosario Candelier han descubierto el sentido de mi creación, pues que a medida que ellos iban hablando yo iba pensando que están en la línea. Son muy correctos y tienen una visión formidable para descubrir esos elementos.

Este libro de 1966, justo después de la Revolución del 65, que fue cuando fundamos el grupo “La Roca”, esos libros todavía de un muchacho de 16 a los 18 años; cuando yo vengo a la capital concluyo este libro y no había recursos para publicarlo hasta que en 1985 puedo hacer una publicación con mis propios recursos.

De ese libro quiero leer un poema que corresponde a la etapa en que estoy en la capital, por eso son 1966-1976, porque quizás sea uno de los poemas mejor construidos de esa etapa. Se llama “Tierra”:

 

Aún creces,

en medio de tus lunas

vas creciendo.

Que lo diga la noche,

que te va pariendo,

desde Génova hasta hoy,

creciendo.

En barcazas navegando,

en corpiña una silueta,

mientras el mar presiento.

 

¿A qué viendo se sorteó tu estela?

El sino de tu luz

no solo es solo acaso

el fúlgido destello de tu muerte,

o empero es tu luz

el brevísimo escarceode tu bronca suerte.

 

Aún en medio de este desconsuelo

no me extraño,

noto que te agigantas,

que vibras en tuenormidad mitológica

grande, grande, grande

en medio de tu pequeñez,creciendo.

 

Te esperará el sol de los milenios,

al estío,

o acaso achicas tu faz mineral

y además pluvial,

y por demás vegetal

para dar tiempo

al sordo ronquido del futuro.

Encima de esto no me asusto.

Me permito ver que creces.

Te tornas blanca, mortecina,

o agreste, pero creces.

 

Que lo diga la tarde,

que te está sintiendo.

 

 Espiga vibrante en la llanura hirviente,

sol de huecos intactos que dan pie

a la cólera suprema,

bastardo orín turbio del gentío

y en la latitud de la quebrada,

la urdimbre celosa de la historia,

traicionera maestra de tus trenzas,

de tus garras,

de tus órdenes amarillas,

por sobre las tapias de observantes miradas,

el estrepitoso surgir de los flamboyanes,

el veneno y la mordazaen la planta del verso

y por sobre la casaca de tu experta cresta

te veo creciendo, creciendo, creciendo.

 

No sé por qué,

pero presiento que la mañana

calla tu gigante privilegio.

No sé por qué,

pero presumo que ahora

estás más cerca de tu cielo,

que la adorada cúspide

se siente ya el tao

de tu huraña presencia,

el hedor de tus cósmicas

y el pudor de tu semen

loco y ciego.

 

Más allá de tus selvas y tus noches,

de los dinteles de tu gloria,

de tu agrícola presencia

siento el palpitar de tu amazónicopecho.

Siento,

veo,

palpo

y quiero

tu planetario crecimiento…

 

Luego de yo haber escrito el libro Sobre un tiempo de esperanzas, pasarían casi 25 años para publicar el siguiente, porque después me di cuenta de que este libro está muy influenciado (quien lo lea tranquilamente se dará cuenta de eso). Las lecturas poéticas mías de entonces eran indudablemente limitadas: Pedro Mir, Manuel del Cabral y Domingo Moreno Jimenes. Quizás haya otro, pero yo descubro esos tres de manera gravitante en todos los poemas de Sobre un tiempo de esperanzas.

Yo decidí entonces leer poesía, me pasé mucho tiempo leyendo y sigo leyendo poesía. Casi todas las noches, aunque esté leyendo una novela o un ensayo, por lo menos leo un par de poemas. Es parte ya de mí trajinar vital como lector y creo que ella me permitió crecer y tener otra visión del poeta, que no era la de aquella juventud.

En Los júbilos íntimos, que toca mucho esas fibras que Bruno Rosario Candelier y León David han tocado magistralmente: la memoria del hogar, la memoria íntima, la memoria biográfica, el pueblo mío que siempre está presente en mis poemas. Yo voy a leer de este libro “La partida”, que describe de alguna manera el momento en que yo parto de mi pueblo.  A los 22 años me voy de Moca, estudiaba en la PUCMM, en Santiago, y le digo: “Mamá, si me gradúo en la PUCMM, me quedo en Moca y yo no quiero ser como Bruno, que se quedó allá; yo quiero irme para la capital. Yo quiero abrir caminos en la capital”.  Una tía me alojó y ya hace 45 años de eso y entonces escribí esos poemas.

José Mármol me dijo que él andaba siempre con una libreta en su carro, porque le venía un verso o una palabra y lo anotaba para luego escribir un poema. Yo nunca hago eso, me puede surgir en la memoria y la sostengo en la memoria y lo puedo escribir incluso años después, como ese poema, que lo escribí muchos años después de haber partido de mi pueblo. Quizás los que me conocen desde antes o desde hace mucho, como Bruno, podrán recordar algunos aspectos, si leen el poema, de lo que es rememorar el lugar, de lo que es la luz mortecina, que entonces alumbraba muy superficialmente la ciudad que se levantaba, el templo, ese pino que ondea tras una brisa ligera, unos pinos hermosísimos que había en la entrada de Moca, donde estaba la granja agrícola de los salesianos.

   Hay tantas cosas, por ejemplo, cuando hablo de que “Una torre de iglesia saluda mi paso y una tijera ciega, mi andadura de hierva”. Mi mamá era costurara. Y ese conductor que “acelera su habladuría infecta” era un enllave de Bruno Rosario Candelier, y fue quien me trasladaba por mucho a tiempo a Moca. Yo duré dos años en que no me acostumbraba a Santo Domingo y me iba los viernes a Moca, aunque no fuera a la universidad y regresaba los lunes temprano y quien me llevaba y traía era Miguel Gómez., un gran amigo de Bruno.

Este es un poema de Los júbilos íntimos. Luego publiqué Territorio de espejos, que creo que también es ya otra poesía diferente. Yo decía que confío mucho en mi memoria para escribir poemas sobre algunos lugares específicos, sobre situaciones específicas que mi memoria conserva y ese libro es producto de un viaje que hice con mi esposa por todo el Norte de España. Mi hijo mayor había hecho su maestría en España y me decía: “Cuando vuelvas a España no dejes de visitar a Santillana del Mar”.

Lo que hago ahí es una descripción de todo lo que pasó allí y al otro día coincidió con mi cumpleaños. Dormimos en un pueblecito donde había bacas, puercos y algunas bodeguitas pequeñas; una cosa que para mía era muy poética. Entonces en ese pueblecito escribí ese poema, porque mi mujer me decía que ella estaba segura de que yo iba a sacar un poema de ese momento por todo lo que habíamos pasado allí.

Luego vinieron dos poemarios en dos años seguidos, 2013 y 1014, que fue el último y este de La fatiga invocada fue publicado en el 2014. De tanto verme leer poesía, mi mujer ya lee también, pero de otros temas; tiene su biblioteca aparte, y un día me preguntó sobre la poesía, cómo era, cómo entenderla. Finalmente en el 2015 publiqué Cuaderno de sombras, edición para amigos poetas.

Gracias a todos.

 

José Rafael Lantigua

Presentación de mi creación poética

Santo Domingo, ADL, 19 de junio de 2018.

Metafísica de la personalidad en la poesía de José Rafael Lantigua

Por Bruno Rosario Candelier

 

A Rafaela Joaquín,

voz inspiradora del aliento que ilumina. 

 

“Íbamos descalzos/sobre las piedras sangrantes/y los rostros áridos./Era fiesta la noche/y el día/un ruido fragoso de cristales/En la pálida aurora de los abrazos/se colaba la piedad y el desafío/y al entrar en el tumulto/una sobria desnudez/una errancia de estrellas/coronaba el regazo en los relámpagos” (J. R. Lantigua, Los júbilos íntimos).

 Voy a iniciar mis palabras con una evocación, lo que indica que me voy a trasladar al pasado, en una etapa de la niñez de José Rafael Lantigua. Voy a retrotraerme al año de gracia de 1957 y me voy a ubicar en la sacristía del templo del Sagrado Corazón de Jesús, en Moca. En esa sacristía conocí a José Rafael Lantigua, donde ambos éramos monaguillos y, desde entonces me llamaba la atención la presencia de José Rafael Lantigua por un detalle muy peculiar: él era un imberbe de 9años y, desde esa edad, tenía la distinción de sobresalir por su porte elegante, muy bien vestido, con ropa impecable y limpia, unos zapatos bien lustrados y una personalidad definida.

Un día sucedió un acontecimiento que para mí fue una fuente de sorpresa y envidia, porque estando en el presbiterio de la iglesia ante la presencia del presidente de la República, Rafael Trujillo, quien fuera a conocer el impresionante templo tiempo después de su inauguración, los monaguillos fuimos convocados para recibir al Jefe, y después de hacer un recorrido por los laterales del interior, se acerca a nosotros y en un momento determinado pone sus manos sobre la cabeza de José Rafael Lantigua, y desde entonces todos nosotros comenzamos a mirarlo con envidia.

Para esa fecha José Rafael Lantigua no sabía, ni tampoco yo, que él se iba a consagrar al cultivo de las letras; ni sabíamos entonces que existía una cosa hecha de palabras llamada “poesía”; y sucede que hoy día tenemos en José Rafael Lantigua a un consagrado autor de poesía, y quien les habla es un estudioso y un intérprete del fenómeno poético.

Cuando yo estudiaba filosofía, le oí decir al padre Francisco José Arnaiz que para entender el pensamiento profundo había que sentir y entender la creación poética. En ese entonces no me interesaba la poesía porque no la entendía y, tras ponderar el criterio del distinguido sacerdote, me dispuse a leer y conocer la poesía mediante el estudio del lenguaje poético y su técnica para descifrar el sentido de sus imágenes que entonces eran para mí, como lo es para la mayoría de los lectores, una cifra enigmática y secreta, y cuando fui descubriendo la clave del trasfondo y la significación estética y espiritual de ese arte del lenguaje, comencé a escribir estudios valorativos de la creación poéticas con mis interpretaciones iniciándome en la crítica literaria. Entender el sentido de las figuraciones que los poetas expresan en su lírica para encauzarla dimensión de su intuición estética, la voz interior de su conciencia o la voz universal de la conciencia cósmica, es una operación del intelecto similar a la de la creación. Por eso decía Platón que los intérpretes y filólogos tienen, al igual que los poetas, el don que distingue a los vates del lenguaje, singular dotación que viene de lo Alto.

José Rafael Lantigua es un producto de la tradición literaria de Moca, donde nació, creció y recibió su primera formación intelectual durante su etapa de estudiante del nivel secundario de la escolaridad, y en Moca inició su obra de creación y su labor de promotor cultural. En su condición de crítico e intérprete literario, Lantigua conoce las técnicas y los recursos compositivos del arte de la creación poética.

En toda obra literaria hay un tema con sus variaciones en cada una de su creación. Ese tema tiene varias modalidades de plasmación. El autor con voz propia tiene un acento peculiar y una perspectiva temática que define su creación, su estilo y su cosmovisión.

José Rafael Lantigua enfoca su propia identidad a la luz de su personalidad y, en consecuencia, aborda lo singular, distintivo y peculiar de cuanto concita su sensibilidad y su conciencia para testimoniar el sello que lo distingue. Su poesía busca la identificación emocional, psicológica y espiritual de su propia interioridad. Es decir, su creación poética explora, perfila y revela su personalidad metafísica a la luz de sus vivencias entrañables.

En su condición de intelectual y crítico literario, José Rafael Lantigua conoce el lenguaje de la poesía. Y como creador plasma y fragua en su creación el lenguaje del arte poético. Desde luego, cuando él comenzó a escribir poesía probablemente no tenía el conocimiento que tiene ahora, fruto de 50 años de labor intelectual, de lecturas, de estudios y de escritura.

Eso naturalmente conforma un sólido bagaje cultural en quien se dedica con rigor, disciplina y sentido profesional al cultivo de las letras.

El hecho de asumir la creación poética como medio de expresión, que fue la motivación inicial en la vocación creadora de José Rafael Lantigua, indica en sí una alta valoración de lo que es la poesía, de cuanto entraña la creación poética, que es la más alta expresión de la intuición de la conciencia, hallazgo que suele canalizarse a través de la poesía.

A través de la creación poética se formaliza un conocimiento único del mundo y de la realidad sensorial y metafísica de lo viviente, razón por la cual la creación poética siempre se ha anticipado a todas las grandes creaciones y las grandes intuiciones de los creadores que en el mundo han sido y, justamente por el hecho de que se trata de un aporte de la intuición de la conciencia, que es el más alto poder creador del ser humano, explica la alta significación de ese singular producto de la cultura humanística llamada poesía. Ese poder interior de la conciencia da cuenta de todo cuando crea el hombre en el arte y en la ciencia, no solamente en poesía. De hecho, las manifestaciones artísticas y científicas tienen como base inspiradora y como aliento germinal a la intuición de la conciencia.

Quien asume la palabra con un propósito creador, como la ha asumido José Rafael Lantigua, naturalmente tiene que enfrentarse a la realidad, asumir su propia realidad y el ámbito de inspiración que atiza su conciencia, y cada poeta asume su propia realidad, la realidad que perciben sus sentidos, la realidad que toca su sensibilidad y su conciencia; porque a cada uno se nos da una realidad peculiar, única, exclusiva y singular para tener nuestro contacto con el mundo, para enriquecer nuestra sensibilidad y nuestra conciencia. Entonces, como la realidad es inmensa, los contenidos y los temas son también inmensos, pero cada poeta elige una parcela singular de ese caudal infinito de sensaciones e irradiaciones cósmicas que nutren el caudal de la creación; y la persona que asume la palabra poética con un propósito creador y con una genuina inspiración, identifica esa parcela de la realidad con la que logra una cabal compenetración sensorial, afectiva, intelectual, imaginativa y espiritual; y entonces ese caudal de intuiciones y vivencias conforma la sustancia de su creación, que la poesía formaliza en su lenguaje especializado.

Fíjense que dije al principio que me llamó la atención la personalidad de Lantigua, siendo él un mozalbete de 9 años. Ahora les digo que en la lectura que he realizado de los cinco libros poéticos publicados por el poeta mocano, me llamó la atención la valoración que él le da a su propia personalidad, actitud y visión que él no asume como una expresión egoísta para darse a conocer y proyectarse a sí mismo, sino que lo hace como una forma de identificación de la personalidad que tiene cada ser humano. Él identifica su propia personalidad y la canaliza en su creación poética como evidencia de lo que acontece en cada uno de nosotros.

León David dijo en su exposición que en la poesía de José Rafael Lantigua hay la expresión de un autoconocimiento, y es cierto. Ese autoconocimiento, esa búsqueda de su propia personalidad, esa identificación de sí mismo, lo hace nuestro poeta para mostrar la identidad del ser humano, para enfocar y privilegiar la personalidad metafísica que nos caracteriza a cada uno de nosotros y, entonces, como persigue canalizar, identificar y testimoniar lo que distingue la esencia de la personalidad, se vale de los factores que determinan el meollo de la personalidad, factores que tienen que ver con la propia personalidad, ya que implican la expresión de lo que somos interior y espiritualmente.

Hay cinco factores o vertientes de la personalidad metafísica de la persona, conforme voy a detallar en la presentación de la poesía de José Rafael Lantigua, ya que su creación se funda, según mi estimación, en la expresión de ese fenómeno de la interioridad.

 

  1. LA MEMORIA como fuero, cauce y expresión de la propia identidad personal. Ese primer factor que aprecio en la lírica de José Rafael Lantigua es el cultivo y la ponderación de la memoria como centro, señal y distinción de la personalidad. La memoria asumida como expresión de la identidad espiritual. La memoria asumida como signo y cauce de nuestra singularidad individual. Ahora nosotros podemos valorar mucho más que antes el rol de la memoria cuando podemos contactar la realidad existencial, cuando podemos valorar la existencia y advertir el impacto social de una terrible degeneración llamada Alzheimer, que liquida o anula la memoria. Quien pierde la memoria deja de ser lo que es, ya que pierde su propia identidad, no reconoce a nadie, ni se reconoce a sí mismo. Entonces, para Lantigua como para los que estudian la personalidad, la memoria es la primera expresión de la conciencia que nos identifica. En Cuaderno de sombras escribe nuestro poeta:De lo que pueda decir el corazón/te hablaré mañana./Uno se dice: lo haré,/voy a escribir el poema de las altivas/rutinas de cada día,/la rutina de la gente que sueña/que se estremece/que se enrolla en la tentación/de la codicia de cada mañana,/como quien dice, de cada amanecer,/entonces comienzo a escribir ese poema/y resulta que adultero su composición,/la composición de las altivas rutinas/de cada día,/porque el poema no pudo prever/que hay una memoria oculta/una misteriosa memoria oculta/en la grave sinfonía de la cotidianidad/de la gente que sueña/que se estremece/que se enrolla en la tentación/de la codicia de cada mañana,/como quien dice, de cada amanecer,/entonces uno le da vuelta al poema/para abordar –eso dije- la estridencia/de un espacio tembloroso/donde es posible alimentar la piel…” (1).

 

2.El LENGUAJE como signo, fragua y expresión de nuestra personalidad metafísica. El lenguaje como expresión de la personalidad es la señal que nos distingue porque nosotros tenemos, en virtud del Logos de la conciencia, la capacidad para reflexionar, intuir, crear y hablar, y ese poder permite identificar lo que somos, ya que pauta nuestra naturaleza distintiva ante las demás criaturas de la creación. Entonces, para nuestro poeta el lenguaje es clave en la identificación de la personalidad, y por eso, en La fatiga invocada, podrán ustedes apreciar que su autor busca la palabra apropiada  para sentir lo peculiar de cada cosa, elemento o criatura: “Quería decir un nombre pero no lo alcanzo/Un nombre para pronunciarlo sobre las cuestas y tras los rieles de la tarde/Pero no lo grito/Un nombre como de alborada/Un nombre como el nombre de un lúbrico suspiro/Pero no lo reconozco/Un nombre como de brisa errante/Como de memoria melodiosa/Como de sonata de estaciones melancólicas/Pero no lo esbozo/Quiero decir un nombre de lluvia/Desnudo/Mojado/Pero no lo cubro/Un nombre que me arranque palabras como tesoros ardientes/Que me estremezca/Entre las encendidas laderas de mis turbulencias/Un nombre que deseo nombrar/Pero no lo encuentro/Como si durmiera entre las sombras/En la gruta oscura donde habita la innombrable sensación del olvido” (2).

 

  1. LA TRADICIÓN como huella y expresión del pasado que encarnamos. Se trata de un elemento clave en la identificación de la personalidad metafísica. La tradición como expresión del pasado que heredamos. Todos somos la continuación del pasado que supervive en el presente. La tradición no es más que lo que traemos del pasado y le damos continuidad en el presente porque forma parte de nuestra esencia, porque conforma e identifica nuestra personalidad, es decir, nuestra manera de ser y de sentir, de reaccionar y de pensar, con ese talante peculiar y distintivo que tiene cada ser humano. De ahí la importancia que le da Lantigua a la tradición en su libro Territorio de espejos: “Salí a buscar un símbolo/una diadema/una perla/y alcancé a ver la presencia de unas manos/que parecían cocer sobre la piel sangrante/el rostro húmedo/el cuerpo vacilante/la adúltera belleza del desamparo./Salí a buscar el símbolo/la diadema/la perla/y observé sobre el hueco de una complicidad agrietada/la mirada abstraída/casi fugaz/casi frágil/de los ojos virulentos del estruendo./Salí a buscar el lento fluir del símbolo/la brillante luz de la diadema/la riqueza de la perla/y encontré un agujero de labios/un volumen de aullidos/trazos del tiempo sumergido/del tiempo alucinado/del tiempo furioso/de la furia descarnada./Salí a buscar el símbolo/y perdí la certeza informe del espejo/la diadema que cubre la testa recrecida/la perla del pasado que regresa/y entonces supe que la criatura no precisa de símbolos/que ella se cobija bajo las arcadas de la impureza/que ella se enfrenta al ojo del olvido/que ella se diluye en la fragua del cuerpo” (3).

 

  1. LA PASIÓN como expresión de la energía secreta y entrañable de la personalidad. Lo que somos y hacemos en la vida nos proporciona una presencia en el mundo, con una significación en el medio donde nos desenvolvemos, sea en el oficio o la profesión que ejercemos o en el ideal que asumimos, y es posible porque lo activa una pasión, es decir, algo con que toda persona se identifica tan entrañablemente que se vuelve parte de su ser y que canaliza en lo que siente, piensa, hace, vive y disfruta, y esa energía secreta y profunda hace posible que realice todo lo que anhela, sobre todo, su propia vocación por la pasión que subyace en sus realizaciones, como se aprecia en los creadores de poesía y de ficción, pero también en todo creador de cualquier arte o ciencia, de cualquier actividad humana. Sin la pasión nada es posible, y José Rafael Lantigua tiene conciencia de eso, por lo que aprecio en los siguientes versos de Sobre un tiempo de esperanza donde la huella de la pasión atiza su personalidad: “Nunca olvidaré/como se fue el verano aquella tarde,/como de pronto,/surgiendo inesperado,/apareció el invierno frío y largo/largo y frío/tremendamente largo y frío/frío y largo…/Nunca olvidaré/como al unir nuestros espíritus/las manos me ardían/y mi carácter tornábase vehemente./Nunca olvidaré/su cabellera larga/su cuerpo bronceado/su franca risa/y su torso descubierto,/el rubor de sus labios agridulces/y el temblor de mis rodillas/y el palpitar de mi pecho…/Nunca olvidaré/el amor/mientras subsista en mí/aquel recuerdo tan sublime,/mientras permanezca/por sobre el tedio de la evocación/aquella figura/limpia y fresca,/limpiaré los caminos de la reminiscencia/para tener la frescura de su acento/sobre mi acento/y escribir/muchas veces si es preciso/un poema de amor/un poema de amor al recuerdo/simplemente./Nunca olvidaré/cómo fue posible/que el verano partiera aquella tarde/y que, desde entonces,/haga frío/-un frío largo-/y que el invierno permanezca/así/como nada” (4).

 

  1. La INTRAHISTORIA FAMILIAR como expresión de lo vivido y lo compartido Fíjense lo que dice nuestro poeta cuando evoca el pueblo amado, la heredad familiar, el terruño bendito de su Moca natal donde se crio y que, para los que nacimos y nos criamos en esa Villa Heroica, ese singular territorio tiene una alta significación emocional y espiritual ya que asimilamos desde nuestra infancia la lumbre de la Mocanidad. La intrahistoria familiar no es sino lo que ha acontecido en nuestro hogar, lo que marcó nuestra existencia desde que nacimos, lo que vivimos, sufrimos y gozamos, lo que conocimos y experimentamos, el influjo de nuestros padres, hermanos y amigos, la huella del ambiente donde nos criamos. El hogar es clave en el desarrollo de nuestra personalidad metafísica pues lo que nos transmiten durante los primeros años de nuestra vida es fundamental para el desarrollo de la sensibilidad y la conciencia. Yo recuerdo vivamente a la madre de José Rafael, llamada Lolita, una mujer ejemplar, desvelada por la crianza de su hijo, por la preparación y el cuidado de su criatura amada, y sus vivencias en ese hogar fue un hecho clave en la forja espiritual, emocional y psicológica de José Rafael Lantigua. Lo que nosotros vivimos en nuestra infancia y en nuestro hogar nos marca para siempre: lo bueno y lo malo, los traumas y las desventuras, las vivencias entrañables y las menos agraciadas. Todo influye en la conformación de la personalidad, que es motivación y clave temática en la creación poética de José Rafael Lantigua. Nuestro poeta evoca el ambiente que lo acunó en sus años mozos en su Moca natal, heredad que conserva en las alforjas del recuerdo y que revive para sentir la huella del pasado que fecunda su personalidad metafísica: “Tierra que albergó la mirada/un lirio de mayo/una sonrisa sin edad/La huella/el ascendiente/la grey que busca afuera/su desmesurado sosiego./Gritos de marchantas en mañanas sin sueño/pan de juancito a la caída de la tarde/moroco tila el malévolo/Barrio de añoranzas intrépidas/vertientes de ciudad transida/vecindario de cuitas/Marolas y teresas/ Mirthas y juanitas/Glorias y titases/Papá monnaná mamá mora Sinencia /Heredades que cruzan la memoria/y la dominan/enhebrando apremios./Convite de auroras/Mañanitas de diciembre/Jenjibre pendencia/Amores que festejan/tiempos innombrables” (5).

Esos tiempos no son innombrables ya que están en la alforja de la sensibilidad del poeta y se prolongan en el hondón de su ser porque están vivos. Esos recuerdos fluyen, laten y fecundan nuestro espíritu y lo harán siempre. Lo que se vive en la infancia crea un núcleo espiritual fecundo, raigal, indeclinable porque conforma parte sustantiva de la personalidad metafísica y, a mi juicio, tras leer los poemas de Lantigua, percibo que como poeta, como auscultador de su propio mundo y de su propia realidad, es fundamental en él esa identificación afectiva y espiritual. Entonces, llego a la conclusión de que José Rafael Lantigua es el poeta dominicano en quien el alma de sí mismo es el alma de su creación y, como dije al principio, él no lo hace para cantarse a sí mismo, sino para decirle al mundo el impacto y el sentido que tiene para cada uno la esencia de su propia personalidad. Por esa razón estimo que la creación poética de José Rafael Lantigua lo convierte en un poeta esencial de las letras dominicanas y, en consecuencia, su obra le asigna un alto pedestal en las galerías de las letras nacionales.

La de José Rafael Lantigua es una poética de la identidad personal, una poética de la personalidad metafísica que centra su creación en esa faceta entrañable de su propia conciencia, con un trasfondo de valiosa trascendencia y alta significación emocional, psicológica y espiritual. Poética y metafísica de la personalidad, que también lo es de la conciencia profunda de la condición humana.

 

Bruno Rosario Candelier

Presentación de José Rafael Lantigua

Santo Domingo, ADL, 19 de junio de 2018.

Notas:

  1. José Rafael Lantigua, Cuaderno de sombras, Santo Domingo, Ediciones Centeno, 2015, p. 61.
  2. José Rafael Lantigua, La fatiga invocada, Santo Domingo, Ediciones Centeno, 2014, p. 38.
  3. José Rafael Lantigua, Territorio de espejos, Santo Domingo, Ediciones Centeno, 2013, p. 24-25.
  4. José Rafael Lantigua, Sobre un tiempo de esperanzas, Santo Domingo, Editorial Santo Domingo, 1986, p. 19-20.
  5. José Rafael Lantigua, Los júbilos íntimos, Santo Domingo, Amigo del Hogar, 2003, p. 30-31.

Temas idiomáticos

Por María José Rincón

 

QUIEN BUSCA HALLA

22 MAY 2018

Hoy me siento un poco Sancho y empiezo con un refrán: «Quien busca halla». Les prometí que repasaríamos las palabras más buscadas digitalmente por los dominicanos en el Diccionario de la lengua española en lo que llevamos de 2018; las más buscadas entre las que sí están registradas en este diccionario.

La palabra diccionario encabeza la lista, gracias a que es la palabra que ejemplifica las búsquedas en la página. Le siguen los verbos haber (2474 consultas), ir (1868 consultas) y, un poco más alejado, hacer (1533 consultas). Estos tres verbos también están entre las palabras más consultadas en Puerto Rico y Cuba. Sin duda, los hablantes se interesan por la ortografía de sus distintas formas; no olvidemos que el DLE tiene un asistente para la conjugación de los verbos que puede resultar muy útil.

Podemos asegurar que las consultas de la palabra ceja (1657) tienen también mucho que ver con la ortografía. Debido al seseo, muchos hablantes dominicanos tienen dificultades para segmentar el artículo y la palabra: las cejas / *las ejas. Esto provoca las dudas incluso cuando la palabra está en singular; por eso muchos consideran que el sustantivo es *eja.

La utilización del diccionario demuestra, al menos, cierto interés por la lengua y sus manifestaciones. Eso explica las búsquedas de palabra (1665) y cultura (1158). Otros intereses se reflejan en las búsquedas de los sustantivos sexo (1434 consultas) y amor (1055 consultas).

Cuando Sancho Panza recorría los campos de La Mancha no existía el Diccionario académico; en todo caso, y si hubiera sabido leer, el escudero podría haber consultado el Tesoro de Covarrubias. Buscar en el diccionario, siempre que sea uno bueno y apropiado para lo que queremos buscar, le da la razón al refrán: «Quien busca halla».

 

COMPAÑEROS DE VIAJE

29 MAY 2018

Nunca dejamos de aprender palabras. Cada nueva palabra amplía nuestros horizontes y nos enriquece, pero ¿cuándo podemos decir que hemos aprendido, realmente aprendido, una nueva palabra? ¿Cuándo podemos decir que la hemos incorporado a nuestro vocabulario personal? Repasemos el camino que debemos recorrer con las palabras para poder hacerlas nuestras.

Conocer bien su significado y su ortografía, con el auxilio de los diccionarios, es solo el primer paso de ese recorrido. También nos puede ayudar el diccionario a conocer las partes que las forman, la raíz de la que parten y sus posibles derivados. Así una palabra nos lleva a otra y va tejiendo para nosotros la red de su familia léxica. Como en la vida misma, nuestro entorno ayuda a definirnos.

Las palabras no están solas y no están quietas. Las palabras empiezan a funcionar cuando se combinan con otras palabras; por eso para saber utilizarlas, tenemos que saber dominar las normas que regulan estas combinaciones, eso que llamamos sintaxis.

Cuando conocemos su forma y cómo se relacionan solo hemos recorrido un tramo del camino. Todas las palabras no pueden usarse en todas las situaciones. Aun teniendo el mismo significado, el uso de algunas voces está reservado a determinados contextos. No ser capaces de adaptar nuestro vocabulario a la situación comunicativa en la que estamos; usar palabras coloquiales en entornos formales, o viceversa, demuestra que no las dominamos. Nos espera una etapa más.

Al significado, a la forma, a la sintaxis y al uso debemos añadir un conocimiento más, el de las connotaciones que van impregnando a cada palabra a lo largo del tiempo; hay palabras a las que se asocian matices afectivos, despectivos e, incluso denigrantes, que debemos manejar si queremos preciarnos de habernos convertido en verdaderos compañeros de viaje, de aquellos que nunca se olvidan. 

 

EN UNA ISLA DESIERTA

05 JUN 2018

Leí en un artículo de la BBC acerca de un neoyorkino, Amnon Shea, que había leído el diccionario Oxford. Sí, todo el diccionario. Como comentario a este artículo se me ocurrió reconocer que soy lectora de diccionarios. No solo usuaria o consultora: lectora con todas las de la ley; de las que empiezan por la primera página y acaban por la última; de la a la zeta, nunca dicho esto con más propiedad.

A uno de mis seguidores en Twitter lo asombró esta rara afición mía. ¿Leer diccionarios como si fueran novelas? Tengo que reconocer que es una de mis muchas rarezas. Entre todos, siento predilección por los antiguos, con los que me siento transportada a tiempos muy diferentes y, al mismo tiempo, muy parecidos a los nuestros. No puedo presumir, como Shea, de haber leído los veinte tomos del Oxford, pero sí, por ejemplo, de haber viajado a través de las más de dos mil páginas del Diccionario de americanismos de nuestras academias americanas y recorrido con él los más remotos rincones de nuestro continente; de haber seguido el hilo de una extraordinaria madeja de palabras en el precioso Diccionario ideológico de Julio Casares; de haber admirado página a página a la magistral María Moliner; entre los antiguos, uno de mis preferidos, el Tesoro de Covarrubias, de 1611, con el que por cierto me he reído de lo lindo.

Por eso comparto la elección del poeta británico W. H. Auden para quien el diccionario era el libro perfecto para llevar a una isla desierta. Un buen diccionario se deja leer; no impone ideologías; sus armas son la ortografía, la gramática y la certeza de la definición. Siempre está abierto e inacabado. A partir de ahí, nos ofrece el material inagotable de las palabras. Con ellas podemos aspirar a ser Cervantes o el más abyecto politicastro. Lo que seamos capaces de crear o destruir con las palabras es cosa nuestra. 

 

TRES DÍAS EN MADRID. PRIMERA JORNADA

12 JUN 2018

 Tres días en Madrid. Tres días con las palabras. Primera jornada. Amanece frío en Madrid. Busco algún sitio para desayunar y mis pasos me encaminan a la fachada de madera del Café Gijón, uno de los pocos sobrevivientes de los sabrosos cafés de tertulia madrileños. Me siento a una de sus mesas de mármol, junto a una ventana desde la que soy testigo de cómo se van abriendo puntuales las casetas de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, organizada por la Asociación de Libreros de Lance de Madrid….

Y empiezan a brotar las palabras. La locución adjetiva de lance aplicada a un libro nos lo califica como de segunda mano (o de medio uso, diríamos por aquí) o nos habla de que se adquiere en condiciones ventajosas. Ambas cosas se encuentran en esta feria del libro de sabor añejo. Muchos libros a buenos precios y algunas joyas de difícil localización. Apuro mi chocolate y mis churros y me dejo llevar de caseta en caseta ojeando títulos, ediciones antiguas, tebeos y libros infantiles que me recuerdan a mis inicios en la lectura. Varios recorridos, algunas horas más tarde, y algunos libros dejados atrás, me doy por satisfecha y dejo atrás el Paseo de Recoletos. En mis manos dos libros. Una edición crítica elaborada por Martín de Riquer del Tesoro de la lengua española de Covarrubias, el primer diccionario monolingüe de nuestra lengua. El segundo libro, regalo de mis padres, una Gramática de la lengua castellana de Vicente Salvá de 1847.

Sé que el libro electrónico es más cómodo y que ambas obras pueden consultarse digitalmente de forma abierta y gratuita, pero yo, esa mañana madrileña bajo el tibio sol de Recoletos, rodeada de libros, no me cambiaba por nadie.

 

TRES DÍAS EN MADRID. SEGUNDA JORNADA

19/6/ 2018

Tres días en Madrid. Tres días con las palabras. Segunda jornada. Flanqueada por la iglesia de los Jerónimos y con una vista privilegiada sobre el Museo del Prado, la sede actual de la Real Academia Española, en su sobriedad clasicista, nos recibe por la entrada de los académicos. Comienza la primavera en Madrid y los históricos percheros asignados a cada académico descansan. Nada más descansa en la sede académica. El salón de plenos está dispuesto para la sesión de los jueves y las comisiones trabajan a pleno rendimiento.

Nos reciben con cordialidad Darío Villanueva y Francisco Javier Pérez, director de la RAE y de la Asociación de Academias de Lengua Española, respectivamente, y valoran la divulgación de la actividad académica que hacemos en esta humilde Eñe. Nos invitan a recorrer las estancias de la sede académica, donde nos espera aquello de «Limpia, fija y da esplendor». Nos sorprenden las pequeñas cabezas de terracota con los rasgos de los personajes cervantinos que sirvieron de referencia para el concurso de ilustradores del Quijote para la primera edición académica de nuestra novela universal.

Nos emociona la extraordinaria biblioteca de la casa, que empezó a reunirse en 1713 con el objetivo de atesorar las obras de los autores que los primeros académicos habían considerado como autoridades para ejemplificar el uso de las palabras incluidas en el Diccionario de autoridades, primer diccionario académico. En ella se custodian joyas de nuestra cultura, como el manuscrito de las Etimologías de san Isidoro, del siglo XII, códices de Gonzalo de Berceo, primer poeta de nombre conocido de la lengua española, y del Libro de buen amor, y primeras ediciones de los clásicos españoles, miles de volúmenes que nos invitan a perdernos entre sus páginas. Yo me hubiera perdido con gusto, ya lo saben ustedes bien, pero los pasillos de la Casa de las palabras me reservaban todavía una sabrosa sorpresa, que dejo como ñapa para una próxima columna.

 

TRES DÍAS EN MADRID. ÑAPA

26 JUN 2018

Tres días en Madrid. Tres días con las palabras. Ñapa de la segunda jornada. Cargada de buenas ideas y con ganas de seguir trabajando en proyectos comunes para el conocimiento y la divulgación del buen uso de la lengua española, después de un cafecito en el salón de pastas, la Casa de las palabras me reservaba una alegría más: conocer el fichero lexicográfico general de la Academia. Imaginen una colección de gaveteros, poblados de infinidad de pequeñas gavetas, en las que se custodian más de diez millones de papeletas. Ojo, no se trata de diez millones de esas papeletas que se están imaginando ustedes. Los lexicógrafos denominan papeleta a cada .una de las fichas en las que registran, con las citas correspondientes, los usos de las palabras.

A los que ya manejamos bases de datos informatizadas se nos hace impensable la sola idea de manejar pequeñas gavetas atestadas de fichas cada una de las cuales documenta un uso, un ejemplo, una acepción, una cita literaria. Sin embargo, solo la visión de algunos de estos inmensos gaveteros sirve para dar una idea muy concreta de lo que supone enfrentarse a la elaboración de un diccionario, por pequeño y modesto que este sea. Sirve también para valorar y para honrar el trabajo de los lexicógrafos, artesanos del lenguaje, a cuyas obras recurrimos tan a menudo, o al menos deberíamos hacerlo, y de cuyo esfuerzo tan poco nos acordamos.

Para los que gusten de bucear en estos ficheros está disponible su consulta gratuita a través de la página del Nuevo diccionario histórico del español. Los vetustos gaveteros se conservan en la RAE; los nuevos lexicógrafos podemos aprovechar su contenido y seguir honrando el trabajo y la dedicación de las personas que los construyeron.

 

Ortoescritura

Por Rafael Peralta Romero

ACERCA DEL DICCIONARIO DE  REFRANES

El pasado martes fue presentado el Diccionario de refranes, cuyo subtítulo es “Paremias del español dominicano”, autoría del doctor Bruno Rosario Candelier, director de la Academia Dominicana de la Lengua, en cuya se efectuó el acto.

Me ha resultado curioso comprobar que esta palabra no tiene definición en el Diccionario, sino que allí se dicen los sinónimos refrán, adagio, sentencia y proverbio.

A este nuevo libro le ha precedido el Diccionario fraseológico, también del académico Rosario Candelier, presentado en abril de 2016, cuyo contenido se centra en frases, locuciones, giros…Pero no es este el segundo tomo del anterior, sino una obra independiente de la otra, editorial y físicamente, aunque guardan entre sí una estrecha correspondencia y relación temática.

Del Diccionario de refranes, me permito afirmar lo que en aquella ocasión consideré del otro: “La convicción más firme que sustento sobre el Diccionario fraseológico es que éste puede servir como espejo para que los dominicanos apreciemos un filón fundamental de nuestra identidad, pues ya se ha dicho que somos lo que hablamos.

De igual modo, para las personas procedentes de otras latitudes que quieran asomar a nuestra conciencia para identificar palpitaciones espirituales y conocernos como conglomerado humano, esta es una obra imprescindible”.

Cada unidad léxica tratada en éste, como en el otro diccionario, tiene un sentido particular, aunque tipificarlas sea preocupación solo del estudioso, filólogo o lexicólogo, que las compila y valora para elaborar estudios como el que hoy presentamos, es innegable que en la voz de los hablantes los referidos pensamientos adquieren su verdadera dimensión por la utilidad que ofrecen para la comunicación.

A propósito del Diccionario de refranes, se me ocurre que quizá sea este el momento oportuno para externar una reflexión que he llevado por mucho tiempo incrustada, en la conciencia tal vez.
Me refiero a la incisión que causa el recuerdo –ojalá sea un recuerdo- de cómo los padres, incluso maestros, del pasado no muy remoto corregían a niños y jóvenes por el uso de refranes, o mejor dicho de lo que ellos llamaban refranes.

Tal práctica era motivo para ofrecer pescozones, y en algunos casos la promesa llegaba a materializarse, acompañada de una advertencia como esta: “Te he dicho que no me uses refranes”. Lo bueno o malo, en esa calificación no estoy seguro, era que a lo que llamaban refrán, no era tal, sino esos dichos pasajeros, por demás vacíos de contenido, que toman vigencia por un tiempo y que suelen repetir algunos con aire de necedad.

Nuestros padres criticaban el uso de dichos soeces y algunas otras, si bien menos groseras, mucho más repetidas. Es el tipo de expresión como las siguientes: “Qué pasa, Papo”, “Ah no, yo no sé no”, o el superusado “¿Y es fácil?”.
Durante buen tiempo he creído que este tipo de juegos verbales se denomina “modismo”, pero el DLE me ha disminuido ese convencimiento,
ya que define ese sustantivo de este modo: “Expresión fija, privativa de una lengua, cuyo significado no se deduce de las palabras que la forman; p. ej., a troche y moche”.

Nuestro principal código lexicográfico agrega una segunda acepción en la que aparece el vocablo idiotismo definido como “giro o expresión que no se ajustan a las reglas gramaticales; p. ej., a ojos vista”.

He querido encontrarle nombre al ejemplo de expresión a la que el vulgo confunde con refrán. Para ese fin me quedaré con el sustantivo modismo. Ojalá no resulte exagerado hablar de la reivindicación del refrán, frente a esa tendencia del vulgo a confundirlo con frases tontas como “¿Y es fácil?”.

Periódico El Nacional, 2 junio, 2018

 

QUITASUEÑO Y MATAPALACIO, URGE RECTIFICAR

La composición es un valioso recurso morfológico mediante el cual se forman palabras a partir de la unión de dos o más vocablos, de dos o más bases compositivas cultas o de la combinación de palabra y base compositiva. La norma académica no contradice la libertad de los hablantes para formar palabras, más bien orienta esa potestad y la encauza conforme al perfil de nuestro idioma.

Todas las categorías gramaticales intervienen para, mediante la unión de dos palabras, formar una nueva. Me limitaré, en esta entrega, a recordar los vocablos surgidos de la unión de un verbo más un sustantivo: cubre + cama da cubrecama; saca + corcho da sacacorcho; de mata + rata obtenemos matarrata y de quita más mancha tenemos quitamanchas.

Corresponden a la misma estructura (verbo más sustantivo) quitanieves, (artefacto para limpiar de nieve las vías), lavacarros, limpiasacos, tocadiscos, pararrayos, abrelatas, guardacostas, portaaviones, comecocos, beberromo, portafolios, matapolicía, alzapiés, pisapelo, cubrefaltas, tumbapolvo, o cualquier vocablo que fuera necesario formar a partir de la unión de una forma verbal (tercera persona singular, modo indicativo) la cual expresa una acción y un sustantivo.
Una máquina habrá de llamarse quitalodo, quitapiedras o quitahojas, según que recoja alguno de estos elementos.

 

QUITASUEÑO (UNA SOLA PALABRA)

Se emplea para referir aquello que causa preocupación o desvelo. Pero también puede ser un producto farmacéutico que impide el sueño.

No sé si es no adecuado que un pueblo lleve por nombre Quitasueño, pero por de pronto hay dos localidades, en República Dominicana, que llevan este nombre. Ambas tienen la categoría de distrito municipal y las dos arrastran una erosión a la gramática, porque el nombre aparece escrito en dos palabras: Quita Sueño.

La repetición del nombre no es tema para columna, pero informo que el distrito municipal Quita Sueño o Quitasueño, correspondiente a Cotuí, fue elevado a esa condición mediante la Ley No. 218-05: “La sección Quita Sueño del municipio de Cotuí, provincia Sánchez Ramírez, queda elevada a la categoría de Distrito Municipal, con el nombre de Distrito Municipal Quita Sueño, cuya cabecera será el centro urbano Quita Sueño”. (Ortografía es del legislador).

Adscrito a Haina, provincia San Cristóbal, está el otro Quita Sueño o Quitasueño, llevado a distrito municipal mediante la ley No. 08-15 del 13 de enero de 2015: “El Distrito Municipal de Quita Sueño, estará integrado por las siguientes secciones Piedra Blanca Norte y la Cerca con sus respectivos parajes”. Diez años después del otro.
Lo que sí interesa a esta columna es que las autoridades de esos pueblos sepan que han de escribir sus nombres en una sola palabra, como limpiabotas, quitapesares, guardalodo, limpiacristales o pasamano.

Matapalacio
Un distrito municipal de Hato Mayor lleva este nombre, o mejor uno parecido: Mata Palacio. En la lógica gramatical, no se entiende para nada, pues ¿cómo es eso de matar palacios?
Es una localidad muy antigua. Se cuenta que allí tuvo lugar, durante la Guerra Restauradora, la batalla de Mata Palacio, dirigida por los generales Pedro Guillermo y Víctor de los Reyes, donde actuaron también Genaro Díaz y Santiago Silvestre, y las tropas españolas sufrieron pérdidas considerables. Hablamos de mayo de 1864.
Con el verbo matar más un sustantivo se han formado diversos vocablos: matarratas (matar + rata); matabuey (matar + buey); mataburros (matar + burro); matasellos (matar + sellos); matasanos (matar + sano); matasiete (matar + siete). Matahambre (matar + hambre); mataperro (mata + perro), matadeseo (matar + deseo).
Las autoridades de Mata Palacio, como las de los dos Quita Sueño, están a tiempo para rectificar los nombres de sus pueblos para que sean escritos como corresponde, conforme a las normas de nuestra lengua: Matapalacio y Quitasueño. Y saldrán ganando.

10 de junio, 2018

 

QUITACORAZA Y LA CARTA DEL PROFESOR REGINO

El pasado domingo, esta columna se refirió a la conveniencia de que a los distritos municipales Mata Palacio (Hato Mayor), Quita Sueño (Sánchez Ramírez) y Quita Sueño (San Cristóbal) les sean rectificados sus nombres para ajustarlos a la norma gramatical.

Gramaticalmente correcto sería: Matapalacio y Quitasueño. Una palabra, en cada caso.

El profesor universitario Francisco Bernardo Regino, con la gentileza y el buen juicio que lo caracterizan, ha enviado una carta que reproduzco a continuación:
Apreciado don Rafael:

¡Qué bueno que los “matadiarios” dejaron escapar a El Nacional para que apareciera los domingos y con él sus enjundiosos artículos! Su “Orto-escritura” de hoy es un “mataignorantes” y un “creasabios” de manera divertida, sencilla e inteligente, propio de un buen educador.

Hoy me recreo haciendo uso de “la libertad de los hablantes para formar palabras”, y también “me limitaré a … vocablos surgidos de la unión de un verbo más un sustantivo”. Ahí voy con el ejercicio, todo figurado, sin conexión con nuestra realidad.

  1. Una pena que no aparezcan “tumbagobiernos” como en décadas pasadas, que nos sacudan de los que nos desgobiernan.
  2. Los “robaerarios” tienen fortunas injustificables con los ingresos oficiales recibidos.
  3. Los “comecheques” de antes pasaron a ser plutócratas saltando la etapa capitalista.
  4. Ahora nos gobiernan los “matasueños” que nos encantaron con discursos solidarios.
  5. Los “quitapaces” (¿acaso quitapaz, profesor?) que ordenan el desorden nacional, duermen el sueño de la impunidad.
  6. El nuevo “mataburros” dominicano es el Diccionario de refranes de Bruno Rosario Candelier.
  7. Hacen falta algunos “quitacorazas” para revelar los cuerpos del delito.

Gracias por sus lecciones que quitan el sueño sin matar los sueños, quitan las corazas de la ignorancia y crean conciencia del buen uso del lenguaje.
Su lector,

Quitacoraza

La carta del profesor Regino trae a la mente a Quitacoraza. Resulta que desde 2003 hay otro distrito municipal cuyo nombre está constituido por una forma verbal más un sustantivo, pero que no se ha procedido con la unión de ambos elementos para componer una nueva palabra. Me refiero a Quita Coraza, perteneciente al municipio Vicente Noble, en la provincia Barahona.

Veamos en el Diccionario de la lengua española el significado de la voz coraza:

  1. f. Armadura de hierro o acero, compuesta de peto y espaldar. 2. f. Protección, defensa. 3. f. Mar. blindaje (? plancha para blindar). 4. f. Zool. Cubierta dura que protege el cuerpo de los reptiles quelonios, con aberturas para la cabeza, las patas y la cola. 5. f. desus. Parte de la montura que cubría el fuste o armazón de la silla. 6. f. desus. caballo coraza.

La persona o cosa que haga la función de quitar la coraza a otro ser (persona, animal…) se torna en un o una quitacoraza. Los vicentenobleros cuentan que esa localidad, que data de 1895, inicialmente se llamó Palo Copao y tienen varias versiones con respecto al nombre actual de este pueblo agrícola, a la orilla del Yaque del Sur.

La explicación más difundida es aquella según la cual iba un sacerdote a oficiar misa por estos lugares y para hacerlo tenía que cruzar un arroyo, entonces abundante de agua, y al momento de pasar, el afluente creció inesperadamente y la corriente se llevó todas las pertenencias que el religioso llevaba a lomo de su caballo, incluida una coraza. Cuando el sacerdote pronunció la homilía comentó el hecho y dijo: “Este lugar en vez de Palo Copao, debería llamarse Quitacoraza”.

Creo –así terminé el artículo anterior- que las autoridades de Quita Coraza, están a tiempo para rectificar el nombre de su pueblo para que sea escrito como corresponde, conforme a las normas de nuestra lengua: Quitacoraza. Eso pudiera ser urgente.

16 junio, 2018

Diccionario de refranes

Por Rafael Peralta Romero

Es motivo de honra y sano orgullo hablar en este acto de presentación del Diccionario de refranes, cuyo subtítulo es “Paremias del español dominicano”, autoría del doctor Bruno Rosario Candelier, director de la Academia Dominicana de la Lengua.

El volumen comprende refranes, adagios, sentencias, proverbios y máximas, unidades lingüísticas que guardan en común la condición de que rezuman un saber  consolidado por la experiencia y se agrupan en el nombre  genérico de paremia. Me ha resultado curioso comprobar que esta palabra no tiene definición en el Diccionario, sino que  allí se dicen los sinónimos   refrán, adagio, sentencia y  proverbio.

A  este nuevo libro le ha precedido el Diccionario fraseológico, también del académico  Rosario Candelier, presentado en abril de 2016, cuyo contenido se centra en frases, locuciones, giros…Pero no es este  el segundo tomo del anterior, sino una obra independiente de la otra, editorial y físicamente,  aunque guardan entre sí  una estrecha correspondencia y  relación temática.

Del Diccionario de refranes, me  permito afirmar lo que en aquella ocasión consideré del otro: “La convicción más firme que sustento sobre  el Diccionario fraseológico  es que éste puede servir como espejo para que los dominicanos apreciemos un filón fundamental de nuestra identidad,  pues  ya se ha dicho que somos lo que hablamos. De igual modo,   para las personas procedentes de otras latitudes   que quieran asomar a nuestra conciencia  para identificar palpitaciones  espirituales y   conocernos como conglomerado humano, esta es una obra imprescindible”.

Cada unidad léxica tratada en éste, como en el otro diccionario, tiene un  sentido particular, aunque tipificarlas sea preocupación  solo del estudioso, filólogo o lexicólogo, que las compila y valora para  elaborar estudios como el que hoy presentamos, es innegable que en la voz de los  hablantes los referidos pensamientos adquieren su verdadera dimensión por la utilidad  que ofrecen para la comunicación.

A propósito del Diccionario de refranes, se me ocurre que quizá sea este el momento oportuno para externar una reflexión que he llevado por mucho tiempo incrustada, en la conciencia tal vez. Me refiero a la incisión que causa el recuerdo –ojalá sea un recuerdo- de cómo los padres, incluso maestros, del pasado no muy remoto corregían a  niños y jóvenes por el uso de refranes, o mejor  dicho de lo que ellos llamaban refranes.

Tal práctica era motivo para ofrecer pescozones, y en  algunos casos la promesa llegaba a materializarse, acompañada de una advertencia como esta: “Te he dicho que no me uses refranes”. Lo bueno  o malo, en esa calificación no estoy seguro, era que a lo que llamaban refrán, no era tal, sino esos dichos pasajeros, por demás vacíos de contenido, que toman vigencia por un tiempo y que suelen  repetir  algunos con aire de necedad.

Nuestros padres criticaban el uso de  dichos soeces y algunas otras, si bien menos groseras, mucho más repetidas. Es el tipo de expresión  como las siguientes: “Qué pasa, Papo”, “Ah no, yo no sé no”,  o el superusado “¿Y es fácil?”.

Durante buen tiempo he creído que este tipo de  juegos verbales  se denomina “modismo”, pero el DLE me ha disminuido ese convencimiento, ya que define ese sustantivo de este modo: “Expresión fija, privativa de una lengua, cuyo significado no se deduce de las palabras que la forman; p. ej., a troche y moche”.

Nuestro principal código lexicográfico  agrega una segunda acepción  en la que aparece el vocablo  idiotismo definido como “giro o expresión que no se ajustan a las reglas gramaticales; p. ej., a ojos vista”.

He querido encontrarle nombre al ejemplo de expresión a la que el vulgo confunde con refrán.  Para ese fin me quedaré con el sustantivo  modismo. Ojalá no  resulte exagerado hablar de la reivindicación del refrán, frente a esa tendencia del vulgo a confundirlo con frases tontas como “¿Y es fácil?”.

Refranes, adagios, sentencias, proverbios y máximas representan suma de experiencias, expresiones de sabiduría, que decimos popular. Conviene apuntar las definiciones de las  paremias  en las que se fundamenta el libro que comentamos. El autor se ha interesado en precisar las diferencias entre una y otra expresión y ofrece las siguientes definiciones, que aparecen en la página xii:

Máxima: Señala lo que hace que las cosas sean.   Y en tal virtud,  es un principio que orienta la conducta: “El ojo del amo engorda al caballo”.          , ejemplo  de cada uno.

Sentencia: Advierte lo que las cosas deben ser, por lo cual es norma o patrón que ampara una determinación: “Delante de ahorcado no se debe mencionar el lazo”.

Adagio: Indica lo que las cosas son y, en ese sentido, es un conocimiento fundado en hecho real: “Culebra no se amarra en lazo”.

Proverbio: Muestra lo que las cosas generan, razón por la cual es una pauta inspirada en su naturaleza: “Por la fruta se conoce el árbol”.

Refrán: Señala lo que las cosas enseñan, en cuya virtud entraña un concepto derivado de una experiencia de vida: “Quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija”.

Las paremias tienen sus raíces  en la tradición, sobre todo de los más antiguos pueblos del mundo, como judío, griego y árabe, pero es obvio que la literatura  sapiencial tiene espacio en muchos ámbitos.  La Biblia, por ejemplo,  incluye una serie de libros de este carácter, cuyos títulos, muy reveladores, son los siguientes: Job, Salterio, Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los Cantares, Sabiduría y Eclesiástico.

En una introducción a los libros sapienciales, incluida en la versión Nacar-Colunga de la Biblia, aparece una noción de sabiduría que bien vale  reproducirse: “La sabiduría en Israel no es, como para Aristóteles, la ciencia de las últimas causas, sino que tiene un sentido más empírico: es cierta agudeza  y prontitud de ingenio  para hallar una salida en casos apurados. El juicio de Salomón en la querella de las dos mujeres que reclamaban su hijo quedó como proverbial en punto a sagacidad en la historia de Israel. Análoga a esta es la agudeza para hallar solución a los enigmas y acertijos, de que tanto gustaban los orientales”. (19ª edición, Madrid,  pág.649).

Las paremias no son extrañas a las grandes obras  de la literatura universal. En nuestra lengua, el ejemplo más  palmario  es Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, obra en la  que abundan máximas, sentencias y refranes.

A don Quijote, el personaje principal, aun gustándole que Sancho, su escudero, sea  sentencioso, le enrostra su inconformidad porque éste mal emplea los refranes, como puede apreciarse en este trozo:

“Mira, Sancho- respondió Don Quijote-: yo traigo los refranes a propósito y vienen cuando los digo como anillo en el dedo; pero tú los traes   tan por los cabellos, que los arrastras y no los guías; y si no me acuerdo mal, otra vez te he dicho que los refranes son sentencias breves, sacadas de la experiencia y especulación de nuestros antiguos sabios; y el refrán que no viene a propósito antes es disparate que sentencia”. (Don Quijote de la Mancha II, capítulo LXVII, pág. 1065, edición IV Centenario).

Para elaborar este libro de paremias del español dominicano, el autor,  Bruno Rosario Candelier,  ha  indagado  obras  literarias de autores nacionales, sobre todo narrativas, además dice haber curcuteado en periódicos y revistas y por igual puso oído a la oralidad, que es fuente viva en la que este tipo de expresiones se cultiva con  frecuencia.

“Los refranes condensan sabiduría popular”, dice Rosario Candelier. Y es lógico que así sea, pues son producto de la tradición y  tienen su origen en el razonamiento. El pueblo los acoge como suyos, los escritores los divulgan a través de sus obras. De verdad,  refranes, máximas, sentencias y adagios representan una acumulación  de sapiencia.

Ya lo ha dicho  el  célebre hidalgo de la Mancha: “Parece que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la misma experiencia, madre de las ciencias todas”.

No obstante, Rosario Candelier  advierte que no siempre es positivo o conveniente el contenido de los refranes, aunque el pueblo los da como verdades indiscutibles. Las paremias contienen a veces prejuicios sociales o raciales, supersticiones o expresiones de pesimismo.

Incluso, el pueblo mismo, que asimila y repite los refranes, ha producido respuestas a algunas paremias. Un buen ejemplo puede ser este: “Con paciencia y calma sube un burro a una palma”, para lo cual  ha surgido  esta respuesta: “Si está tumbada”. O esta: “Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente”, la variación  ha devenido en  “se lo come otro camarón”.

Por tratarse de un libro paremiológico  del español dominicano,  Rosario   ha incorporado expresiones de actualidad, incluso dichos políticos  que se han quedado en el habla popular, como “No hay peligro en seguirme…”, “Seguiré a caballo” y otros.

La forma de hablar representa, sin dudas, un indicador  oportuno para identificar a individuos  y a grupos sociales. Lo que hay dentro de una persona y por igual  los elementos que caracterizan  a determinada sociedad,  no tienen  medios  más idóneos para identificarse que el habla.

Más revelador de sus intimidades  ha de ser, si el particular modo de expresarse de una comunidad incluye  el empleo de  refranes, adagios, sentencias, proverbios y máximas, así como frases, giros y locuciones cuyo valor semántico es de todos aceptado.

El Diccionario de refranes  es un libro sapiencial, por cuanto recoge un conjunto de  sentencias, máximas, refranes, proverbios y adagios  que resultan indispensables para el habla de los dominicanos. Son  formas de expresión idóneas para emitir  juicios relativos al comportamiento humano y a fenómenos de la naturaleza.

Es pertinente felicitar a su autor, Bruno Rosario Candelier,  por este valioso aporte, muy apto para contribuir al conocimiento de las formas de ser y de sentir del pueblo dominicano a través de su palabra y de las actitudes que se manifiestan por medio de los dichos paremiológicos. Enhorabuena, se suele decir en estos casos.

29 de mayo de 2018.

 

El «Diccionario de refranes»

Por Roberto Guzmán 

La última producción bibliográfica de D. Bruno Rosario Candelier ha sido en el ámbito de diccionarios, todos incluidos en las publicaciones de la Academia Dominicana de la Lengua, esto indica que esa corporación y su director han tomado el camino de dotar a la bibliografía dominicana de los materiales necesarios en ese campo. Todas estas publicaciones se han hecho posible gracias a la Fundación Guzmán Ariza pro Academia Dominicana de la Lengua.

En la entrega de este diccionario se nota una vez más el tipo de labor que despliega el autor de la obra cuando se dedica a componer y documentar los diccionarios de palabras, frases o refranes. En esta obra como en las anteriores, se nota desde el principio la corrección del trabajo emprendido.

Desde el comienzo en esta obra se nota una previa delimitación organizada del trabajo. Se puede percibir una visión crítica de las metodologías que se usan para el acopio de los materiales, así como para las definiciones y presentación del material.

Se evidencia con la lectura o consulta de este volumen que se ha seguido un proceso científico con el auxilio de un espíritu crítico y una gran erudición. Las descripciones implícitas en las definiciones tienen un gran valor lingüístico que se aparejan muy bien con los ejemplos que ilustran los usos.

El diccionario que se comenta cubre con ventaja la dimensión cultural que lleva en su confección, así como el valor descriptivo que se ponderó antes. Un rasgo que hay que destacar desde el inicio de este juicio ponderativo es que las fuentes han sido muy bien escogidas y, eso le confiere idoneidad a la labor.

La problemática de la clasificación de los sentidos, unido a la selección de los ejemplos demuestra un tratamiento apropiado de los refranes. No ha de olvidarse que los refranes pertenecen en un principio al nivel popular y la transmisión de estos se opera de modo oral. De allí que se destaque la ardua tarea que entraña localizar las fuentes escritas.

No se exagera si se afirma que de alguna manera, con la preparación de los diccionarios que ha emprendido la Academia Dominicana de la Lengua, se va reuniendo la bibliografía pertinente que puede derivar en un futuro no muy lejano de un Tesoro del español dominicano.

Este diccionario puede servir de obra de consulta no solo para los extranjeros que deseen aumentar sus conocimientos del español dominicano, sino también para los dominicanos que ven programas de televisión, que leen obras escritas por dominicanos, ya sean estas obras de ficción o que, simplemente leen la prensa diaria del país dominicano. En otras palabras, todo aquel que participe de la vida activa encontrará en este lexicón una fuente para dirimir dudas y un abrevadero para enriquecer sus conocimientos.

El Diccionario de refranes es un reflejo de la cultura dominicana. Este traza al mismo tiempo, un recorrido de la trayectoria de la idiosincrasia dominicana por los elementos del lenguaje que incorpora la sociedad a la formación de los refranes. Por su factura el refrán se convierte en un lugar privilegiado de referencia del conocimiento y el saber lingüístico y cultural. Estos refranes incluidos en este diccionario son muestras del pensamiento sicosocial de los dominicanos que contienen y transmiten la filosofía popular para enfrentar los avatares de la conducta en sociedad.

Algunos de estos refranes son recreaciones o reapropiaciones dominicanas de refranes españoles o internacionales. Las modificaciones que sufren son adaptaciones para ajustarlos al dominio lingüístico dominicano. En varios de ellos podrá encontrarse el ritmo “reposado y cadencioso” del habla de los caribeños que destacaba D. Rafael Lapesa. En ocasiones los refranes se convierten en la sal o el condimento de un discurso, discusión o ponencia. Si bien es cierto que el refrán brota del pueblo, no es menos cierto que este ha encontrado su camino para introducirse en la literatura también.

El refrán es un dicho popular, breve, cuyo valor le llega por la oportunidad de su utilización en casos de la vida diaria. En general este traza pautas para la conducta en la vida en sociedad. Muchas veces no es directo en su enseñanza, sino que recurre a símbolos e imágenes para introducir su consejo. En muchos casos puede captarse un ritmo en el interior del refrán que hace más fácil la memorización de este. Para impresionar cuando se usa, el refrán ha de ser agudo, incisivo, para que capte la atención y pueda transmitirse oralmente. El juicio que emite el refrán puede llegar de modo oblicuo, indirecto, por reflejo, pero se percibirá con toda certeza.

El refrán al ser utilizado por el hablante se convierte en un reflejo de las preocupaciones, de las ideas, del estado de ánimo, de las tendencias del emisor del mensaje que está contenido en este. Por esas cualidades lo usará el hablante en los casos adecuados a las necesidades del momento.

En los refranes que forman parte de esta selección se encontrarán algunos que emplean voces que pueden ser condenadas por soeces. Por esto no hay lugar a espantarse, pues los refranes nacen en el seno del pueblo y, a veces, esas son las expresiones directas a las que el vulgo puede recurrir para imprimir mayor fuerza a su sentencia. A pesar de las palabras desagradables que pueda contener, el refrán mantiene su carácter de modelo de conducta y reflexión.

Los diccionarios a los que se ha aludido antes, Diccionario del español dominicano y Diccionario fraseológico del español dominicano  se han convertido en una expresión de la identidad cultural nacional a la que viene a unirse esta nueva obra. Son, por así decirlo, repertorios de destellos suministrados por la lengua de la personalidad del pueblo dominicano. Estas obras entregan una imagen real y precisa del modo expresivo del hablante de español dominicano.

Como se entiende siempre en estos casos, es imposible reunir en un volumen todos los refranes, por lo que en este diccionario se encontrarán los que a juicio del autor son los más representativos del habla de los dominicanos. La importancia de los refranes que forman esta lista  le viene por diferentes rasgos. Algunos de ellos por la frecuencia de uso, otros porque representan una época de la historia del país que se deduce de los elementos que el hablante ha utilizado en ellos.

A pesar de la vocación que tienen los diccionarios de incorporar la mayor cantidad posible de material pertinente a sus propósitos, la pretensión de exhaustividad es imposible y, siempre habrá que conformarse con al criterio de representatividad que ha predominado en el ánimo del diccionarista. Por fortuna en este caso la experiencia y el conocimiento profundo del mundo dominicano auxilian con creces para conseguir la más alta calidad en esta larga nómina de refranes.

No hay que sorprenderse si al leer o consultar esta obra quien eso hace se da cuenta de que en muchos casos hay un refrán para cada situación de la vida. Los hay que se oponen entre ellos, pero en general son explicaciones compendiadas de patrones racionales de conducta. Un ejemplo de esto se encuentra en la página 237 bajo el título “madrugar”. Al que madruga Dios le ayuda. Y debajo de este: No por mucho madrugar amanece más temprano.

Estos refranes adquieren su validez del carácter comunitario del conocimiento que contienen. La conclusión de un refrán puede contradecir la que aporta otro. No obstante, no puede negarse el valor objetivo de los refranes. Empleados de una forma u otra, gozan de ser el producto del conocimiento intuitivo.

En este tipo de diccionario se puede encontrar una explicación fragmentada del mundo dominicano; ya sea por el refrán mismo, o bien por la cita que sirve de apoyo al uso que de este se hace. Es oportuno recordar que todo diccionario es un producto sociocultural por la naturaleza de su contenido. Este es el resultado natural de la sociedad y la cultura que revela.

De la misma manera que sucede en otros casos, este diccionario servirá para responder preguntas, para saciar deseos de conocimiento, para completar o redondear conceptos, para establecer precisiones sobre lo que se expresa por medio de los refranes que aquí constan. Aquí advertirá el lector o consultor del diccionario que en las definiciones hay un apego riguroso a la descripción lingüística. Quien consulte este diccionario puede constatar la adecuación de los refranes a las situaciones de uso, pues con los ejemplos de uso entenderá mejor el sentido de estos.

La autoridad de estos refranes se basa precisamente en el anonimato que ampara a los creadores, pues el uso le confiere, con la repetición, el respeto que acredita su oportunidad en las diversas circunstancias de la vida. En la expresión oral el refrán goza de la espontaneidad del hablante que lo utiliza a voluntad, dependiendo del momento apropiado, o del avatar que él enfrente. El refrán goza de tal autoridad que algunas personas los emplean para explicar la filosofía de la vida.

Por su contenido los refranes vertidos en este diccionario pueden ser de dos clases. De contenido prescriptivo, es decir, que introducen normas de comportamiento; o, refranes de contenido descriptivo que aparecen como actos asertivos, que explican o declaran algo que no estaba claro. Como ha quedado aceptado, el refrán es fruto del sentido común y de la experiencia.

En el Diccionario de refranes se nota la presencia de informaciones que aportan precisiones interesantes con respecto sobre todo de las intenciones que impulsan a los usuarios a recurrir a uno u otro de los refranes aquí incluidos. Las citas en apoyo desempeñan una función importante en este aspecto. Además, estas contienen elementos extralingüísticos, conceptuales, etc. que integran al diccionario otros aspectos interesantes.

Por la condición de diccionario este está organizado de modo alfabético y eso hace la consulta muy fácil. Es más, la mayoría de los refranes pueden encontrarse partiendo de más de un elemento de los que los forman. Este rasgo hace de la consulta una forma fácil de encontrar los diferentes refranes, es pues, de una eficacia práctica rápida.

Como acaece con toda obra humana, en esta también interviene el criterio de selección del autor. No ha de olvidarse que no es posible incluir todo el material que se halla. Se elige lo más representativo de la mayor parte del material disponible. La certeza en el escogimiento le imprime características de imagen real y precisa al inventario reunido. Con esa cualidad este diccionario se convierte de este modo en un muestrario verdaderamente representativo del uso dominicano de los refranes.

En este diccionario se encontrarán los refranes que han perdurado a través del tiempo, que no han perdido su vigencia. Otros refranes deben su inclusión en esta obra a que ellos son muestras fehacientes de su origen popular. Esta selección permite que esta obra se sume a las anteriores de la Academia Dominicana de la Lengua para redondear lo que se considera la lengua en tanto reflejo de la identidad nacional dominicana.

Muchos de los refranes incorporados en este lexicón son conocidos en otros países en los cuales se les conoce con otras interpretaciones o, son de uso con el mismo significado, pero con algunas variantes de palabras, algo que en el caso de los refranes dominicanos los hace más propios por adaptarse así al habla típica de los dominicanos.

Cada vez que se prepara un nuevo diccionario acerca de un aspecto del habla, con su elaboración se hace una evaluación del estado del léxico con respecto de esa parte. No puede perderse de vista que el léxico de una lengua está en continua mutación que requiere que se valore y que se destaque lo que se considera que es más representativo. Conforme con este procedimiento se ha procedido en este diccionario y, eso es algo que se constata al compulsarlo.

Algunos de estos refranes conservan los colores, matices, expresiones y voces características de los hablantes del español de las áreas rurales. Ellos conservan su vigencia actual a pesar de que la sociedad dominicana dejó de ser una sociedad rural. Ese vocabulario campesino es rico en palabras de noble solera. Ese ambiente aprovecha las circunstancias del entorno para introducir regionalismos o localismos sin faltar a su fin primordial de comunicación. Parecen, algunos de ellos, fruto de la espontaneidad ante el suceso inesperado que produce un cambio en la marcha de una cosa.

El diccionario fue publicado este año -2018- y es un volumen impreso con todo el cuidado que demanda una obra de este género. En este hay 458 páginas de refranes, así como 26 páginas de bibliografía. El volumen puede ser utilizado como una obra de consulta. De la misma manera puede hacerse de este una fuente de placer al leerlo.

Se recomienda la adquisición del diccionario para integrarlo al acervo cultural de toda biblioteca de autores y temas dominicanos. Se sugiere como elemento indispensable para contribuir a la comprensión de la mentalidad de los dominicanos.

Noticias sobre el «Diccionario de refranes»

Por la ASALE

Presentación del Diccionario de refranes. Paremias del español dominicano

  • Dirigido por Bruno Rosario Candelier

La Academia Dominicana de la Lengua llevó cabo el lanzamiento y puesta en circulación de su nueva obra lexicográfica: el Diccionario de refranes. Paremias del español dominicano.

El acto tuvo lugar el martes 29 de mayo en la sede institucional y contó con las intervenciones de Bruno Rosario Candelier, director de la obra, y los académicos Manuel Núñez Asensio y Rafael Peralta Romero.

El Diccionario de refranes dominicano es una recopilación de paremias y tiene la singularidad de ser el primer refranero dominicano que no se limita a la expresión de la lengua sino también a una muestra más orgánica de sus variantes consecuentes a la geografía, con sus formas peculiares en el habla del español dominicano.

El Diccionario, también conocido como el refranero del español dominicano, «pone en perspectiva el acervo cultural de los lugareños según la procedencia del hablante», explicó Rosario Candelier.

La obra, realizada con el auspicio de la Fundación Guzmán Ariza Pro Academia Dominicana de la Lengua, contiene refranes, adagios, máximas, sentencias y proverbios, escritos bajo el método de estudio fundamentado en la recopilación de datos extraídos exclusivamente de fuentes dominicanas.

El material fue recogido en periódicos, revistas y novelas dominicanas; así como en la radio, televisión y en distintos foros.

 

Ponen a circular diccionario de refranes de RD

30 mayo, 2018

Por: Hoy

e-mail: info@hoy.com.do

La Academia Dominicana de la Lengua puso en circulación el Diccionario de refranes, paremias del español dominicano del doctor Bruno Rosario Candelier.
Participaron en esta actividad los académicos Manuel Núñez Asencio, Rafael Peralta Romero y el director de la Academia, el doctor Bruno Rosario Candelier.
Esta quinta obra lexicográfica que publica la corporación de académicos dominicanos, sale a la luz gracias al auspicio de la Fundación Guzmán Ariza, entidad que dirige el académico y abogado cibaeño, Fabio Guzmán Ariza. La misma recoge un conjunto significativo de paremias dominicanas, expresiones lingüísticas que el pueblo bautiza con el nombre de refranes.

Tal como consigna el autor, en la contraportada del volumen, “con este refranero abordamos el abanico fraseológico condensado en refranes, adagios, máximas, sentencias y proverbios”. Las cinco vertientes paremiológicas estudiadas, definidas y registradas en este nuevo libro sobre las peculiaridades del español dominicano.
La presentación de este nuevo aporte bibliográfico de la Academia fue realizada ayer.
Autor. El doctor Bruno Rosario Candelier es el ilustre intelectual dominicano, oriundo de Moca, que dirige la Academia Dominicana de la Lengua desde hace unos años.

 

El Caribe

 31 mayo, 2018Principio del formulario

Final del formulario

Academia Dominicana de la Lengua pone a circular obra

 

Bruno Rosario Candelier durante la presentación de su obra.

 Danny Polanco

La Academia Dominicana de la Lengua puso en circulación su nueva obra lexicográfica “Diccionario de refranes del español dominicano”, escrito por su director, doctor Bruno Rosario

Este es el quinto volumen lexicográfico de la Academia, el cual cuenta con el auspicio de la Fundación Guzmán Pro Academia Dominicana de la Lengua, dirigida por el académico y jurista cibaeño Fabio Guzmán Ariza.

Durante la puesta en circulación del libro, que se celebró el martes en la sede de la institución, en la Zona Colonial, Rosario Candelier dijo que este diccionario de refranes, también conocido como el “Refranero del español dominicano”, es una recopilación de paremias que ponen en perspectiva nuestro acervo cultural, porque no solo se limita a la expresión de la lengua general, sino también a una muestra más genuina de sus variantes dialectales cónsonas con las diversas formas peculiares en el habla de los dominicanos, según la procedencia geográfica del hablante. “La confección de este refranero del español dominicano no solo nos permitirá auscultar de un modo muy singular las raíces de nuestra cultura, sino que de esta forma se contribuye a la identificación, distinción e ilustración palpable de muestras genuinas de la voz dominicana”, expresó el escritor.

De su lado, los académicos Manuel Núñez Asencio y Rafael Peralta Romero manifestaron que “la expresión es producto del pensamiento; es la voz prominente de la unión colectiva en pos a un mismo pensamiento, una visión, una idiosincrasia y anhelos profundos. Por tal motivo, desde el punto de vista del idioma, la expresión ‘hablada’ es un factor que representa un peldaño imperativo en la conformación de una cultura”.

Academia de la Lengua pone en circulación “Diccionario de Refranes”

Por: Dominga Ramírez/

doragaplc@hotmail.com
29 mayo, 2018 7:34 pm

 

Bruno Rosario Candelier

PERIODICO EL DÍA

Martes, 29 de mayo, 2018 | 7:39 pm

SANTO DOMINGO.- La idiosincrasia de las personas de República Dominicana quedó plasmada en el “Diccionario de Refranes, paremias del español dominicano”, puesto en circulación  por Bruno Rosario Candelario, director de la AcademiaDominicana de la Lengua.

Se trata del quinto volumen lexicográfico de la Academia, que recoge refranes donde se manifiesta la complejidad lingüística de cada región del país con temas que van desde la religión hasta la vagancia.

El Diccionario, también conocido como el refranero del español dominicano, pone en perspectiva el acervo cultural de los lugareños según la procedencia del hablante, explicó Rosario Candelier.

“Esta obra comprende todas las modalidades de los refranes, explicadas y definidas, además refleja la naturaleza del dominicano porque son expresiones que salen del alma”, afirma el autor.

La obra, realizada con el auspicio de la Fundación Guzmán Ariza Pro Academia Dominicana de la Lengua, contiene refranes, adagios, máximas, sentencias y proverbios, escritos bajo el método de estudio fundamentado en la recopilación de datos extraídos exclusivamente de fuentes dominicanas.

El material fue recogido en periódicos, revistas y novelas dominicanas; así como en la radio, televisión y en distintos foros.

Crítica mal uso del lenguaje

El también filólogo y crítico literario lamentó el pobre uso de la lengua de los hablantes dominicanos, que en su mayoría tienen una expresión incorrecta y un vocabulario reducido que disminuye la calidad de la expresión.

Dijo que los dominicanos hablan mal porque lo aprenden de sus padres, situación que debería cambiar a través de los estudios, pero el hecho de que los profesores tengan que promover de curso a todos los estudiantes, aún sin estar preparados, es un error lamentable del Ministerio de Educación.

Reconocimiento

Durante la puesta en circulación del Diccionario de Refranes, Rafael Peralta Romero recibió un diploma de la Real Academia de la Lengua, donde le nombran como académico correspondiente en República Dominicana.

 

DIARIO LIBRE

27 de mayo de 2018

Academia de la Lengua pondrá a circular diccionario de refranes dominicanos

SANTO DOMINGO. La Academia Dominicana de la Lengua pondrá a circular el “Diccionario de refranes, paremias del español dominicano”de su director, Bruno Rosario Candelier, el próximo martes 29 de este mes.

Participarán como expositores en la actividad, que se celebrará a las 10:00 de la mañana, en la misma Academia, los académicos Manuel Núñez Asencio y Rafael Peralta Romero, además de Rosario Candelier.

Una comunicación de prensa de la Academia Dominicana de la Lengua explica que esta quinta obra lexicográfica sale a la luz gracias al auspicio de la Fundación Guzmán Ariza, entidad que dirige el académico y abogado cibaeño Fabio Guzmán Ariza, y recoge un conjunto significativo de paremias, expresiones lingüísticas que el pueblo bautiza con el nombre de refranes.

“Con este refranero abordamos el abanico fraseológico condensado en refranes, adagios, máximas, sentencias y proverbios las cinco vertientes paremiológicas estudiadas, definidas y registradas en este nuevo libro sobre las peculiaridades del español dominicano”, expresa el autor en la contraportada del volumen.

De la obra y su autor

Bruno Rosario Candelier es un intelectual dominicano, oriundo de Moca, que dirige la Academia Dominicana de la Lengua desde hace unos años.

Su trayectoria como investigador, crítico literario, escritor y gestor cultural de más de cincuenta años lo sitúan como un paradigma de las letras nacionales, uno de los más prolíficos autores dominicanos, avalado por alrededor de cuarenta obras publicadas, agrega la nota de prensa de la academia.

 

EL NACIONAL

28 MAYO, 2018

Academia RD de la Lengua lanza diccionario de refranes del español dominicano

La Academia Dominicana de la Lengua llevará a cabo el lanzamiento y puesta en circulación de su nueva obra lexicográfica, el Diccionario de refranes del español dominicano, por el autor Bruno Rosario Candelier.

El acto de la primicia tendrá lugar este martes 29 de mayo del año en curso a las 10:00 a.m. en la Sede Corporativa de la institución, y será precedida por el doctor Bruno Rosario Candelier junto a la presentación de los académicos Manuel Núñez Asensio y Rafael Peralta Romero.

El Diccionario de refranes, también conocido como el Refranero del español dominicano es una recopilación de paremias, o lo que es mayormente conocido como refranes, y representa el quinto libro en su categoría de diccionarioproducido por la Academia Dominicana de la Lengua, y adquiere la singularidad de ser el primer refranero engendrado por un linajedel pensamiento, la intelectualidad y el hablar autóctonosde República Dominicana, y que a su vez pone en perspectiva el trasfondo de su acervo cultural, de tal modo que, el perfil del refranero dominicano no se limita a la expresión de la lengua general sino también a una muestra más orgánica de sus variantes consecuentes a la geografía, con sus formas peculiares en el habla del español dominicano. El material de la obra abarca los distinto espectros en que pueden ser expresadas aquellas frases informales de aire filosóficoque sirven para la canalización de forma figurativa y pragmática, la enseñanza o el metamensaje que contiene, con unacomposición sintáctica rítmica y estética, que tiene como objetivoinducir a la reflexión.

La cultura dominicana arraiga una complejidad lingüística propia de aquellos lugares que en algún momento de la historia y de algún modo se han visto sumergidos bajola influencia de otras culturas, por lo que es preciso destacar lariqueza y la diversidad en el inventario deparemias dominicanas. La expresiónes el producto del pensamiento; es la voz prominente de la unióncolectivaen pos a un mismo pensamiento, una visión, una idiosincrasia y anhelos profundos. Por tal motivo, desde el punto de vista del idioma, la expresión ‘hablada’ es un factor que representa un peldaño imperativoen la constitución de una cultura.

El contenido del diccionario consiste en un catálogo de las unidades categóricas que constituyen las paremias, tales como los refranes, adagios, máximas, sentencias y proverbios.La garantía para lograr la autenticidad y los alcances del proyecto se basó en un método de estudio fundamentado en larecopilación dedatos extraídos exclusivamente de fuentes dominicanas. El material debía ser estrictamente originario de la literatura dominicana, tales como novelas, periódicos, revistas, y la inclusión de una modalidad oral que consiste en la extracción del material proveniente de la oratoria dominicana, tales como la radio, la televisión, foros o los distintos escenarios en que puede efectuarse el diálogo, haciendo partícipes las voces de los distintos estratos del pueblo dominicano.

Una directiva conformada por el director de la ADL y un equipo lexicográfico, dieron parte a la integración de un equipo de colaboradores los cuales fueron instruidos con las premisas teóricas y lingüísticas para llevar a cabo la misma línea de estudio pertinentea la obra. Luego de ser extraídas, las paremias eran sometidas a un proceso protocolar de ordenamiento y confección textual basada en la predeterminación y designaciónde una palabra clave, número y estilo de letras, la clasificación de la paremia (refrán, máxima, adagio, proverbio o sentencia), su definición, la citación de la fuente de donde provieneel ejemplo, seguido del bloque bibliográfico.

Cada paremia es subclasificada en orden alfabético según la palabra clave a la que corresponde, palabras que a su vez también están organizadas en orden alfabético

Un conjunto de paremiasconstituye parte delo que es el patrimonio de una cultura, pues es un foco que refleja el origen de pensamientos, idiosincrasia, psicología, tendencias, calibre moral, los cambios que una sociedad ha sufrido, la manifestación de situaciones reales, parafraseadas por gente común, pero con la singularidad que arraiga el momento justo, por lo que puede ser considerado como la referencia vectorial más fidedigna sobre el perfil deuna cultura.

La confección del refranero del español dominicano no solo nos permitirá auscultar de un modo muy singular las raíces de nuestra cultura, sino que de esta forma contribuye a la identificación, distinción y petrificación de la voz dominicana.

 

PONEN A CIRCULAR DICCIONARIO DE REFRANES DE RD

29 mayo, 2018

Por Shira Abreu

La Academia Dominicana de la Lengua puso en circulación esta mañana el “Diccionario de refranes, Paremias del Español Dominicano”, escrito por el director de esa entidad, Bruno Rosario Candelier.

El Diccionario que el autor elaboró indagando en obras literarias nacionales, periódicos, revistas y en la escucha activa, recoge un conjunto de sentencias, máximas, refranes, proverbios y adagios que resultan indispensables para el habla de los dominicanos.

Son formas de expresión idóneas para emitir juicios relativos al comportamiento humano y a fenómenos de la naturaleza.

“Es importante el conocimiento de los refranes porque reflejan una expresión el alma nacional y de la idiosincrasia del pueblo dominicano”, expresó Rosario Candelier tras explicar que la motivación del libro fue recoger en un volumen el caudal de expresiones paremiológicas del español dominicano como refranes y sus variables.

El también autor del Diccionario Fraseológico (que se centra en frases, locuciones y giros), advirtió que el contenido de las paremias no es siempre positivo porque a veces están cargadas de prejuicios sociales o raciales, supersticiones o expresiones de pesimismo.

En la presentación de la obra el escritor Rafael Peralta Romero, miembro del número de la Academia Dominicana de la Lengua, aseguró que el diccionario se refranes es un valioso aporte para conocer las formas de ser y de sentir del pueblo dominicano a través de su palabra y de las actitudes que se manifiestan por medio de los dichos paremiológicos. v

Tras la presentación del libro Peralta Romero recibió el diploma que lo acredita como miembro correspondiente de la Real Academia Española (RAE) como corresponde a los miembros de número de las academias americanas.

 

ACADEMIA DE LA LENGUA PONDRÁ CIRCULAR DICCIONARIO REFRANES

25 de mayo de 2018, Almomento.net

Por Omar Furment

 SANTO DOMINGO.- La Academia Dominicana de la Lengua pondrá en circulación del Diccionario de refranes, paremias del español dominicano del doctor Bruno Rosario Candelier.

Participarán en esta actividad los académicos Manuel Núñez Asencio, Rafael Peralta Romero y el director de esta Academia, el doctor Bruno Rosario Candelier.

Esta quinta obra lexicográfica que publica nuestra corporación de académicos dominicanos, sale a la luz gracias al auspicio de la Fundación Guzmán Ariza, entidad que dirige el académico y abogado cibaeño, don Fabio Guzmán Ariza. La misma recoge un conjunto significativo de nuestras paremias, expresiones lingüísticas que nuestro pueblo bautiza con el nombre de refranes.

Tal como consigna el autor, en la contraportada del volumen, “Con este refranero abordamos el abanico fraseológico condensado en refranes, adagios, máximas, sentencias y proverbios”. Las cinco vertientes paremiológicas estudiadas, definidas y registradas en este nuevo libro sobre las peculiaridades del español dominicano.

La presentación de este nuevo aporte bibliográfico de la Academia se realizará el martes 29 de mayo de 2018, a las diez de la mañana, en la sede de esta entidad ubicada en la calle Mercedes no.204, de la Ciudad Colonial.

De la obra y su autor

El doctor Bruno Rosario Candelier es el ilustre intelectual dominicano, oriundo de Moca, que dirige la Academia Dominicana de la Lengua desde hace unos años.

Su trayectoria como investigador, crítica literaria, escritor y gestor cultural de más de cincuenta años, lo sitúan como un paradigma de las letras nacionales, uno de los más prolíficos autores dominicanos, avalado por alrededor de cuarenta obras publicadas.

Su gestión se ha caracterizado por el dinamismo que exhibe la institución, patente no solo en la cantidad y calidad de actividades culturales que organiza a favor del enriquecimiento de nuestra lengua y la difusión de autores nacionales, también es palpable en la cantidad de libros de carácter lingüísticos y lexicográficos que ha dirigido y publicado esta Academia Dominicana de la Lengua, en colaboración con acuciosos miembros de esta nonagenaria institución.

Conviene reiterar que este volumen, es la quinta obra publicada por la Academia que resulta del arduo trabajo de investigación del Director de la Academia, acompañado por un selecto equipo de miembros de esta entidad.

Almomento.net

Por Omar Furment

 

 Publicado el: 28 mayo, 2018

Periódico Hoy

La Academia Dominicana de la Lengua llevará a cabo el lanzamiento y puesta en circulación de su nueva obra lexicográfica, el diccionario de refranes del español dominicano, por el autor Bruno Rosario Candelier.

El acto de la primicia tendrá lugar el martes 29 de mayo del año en curso a las 10:00 a.m. en la Sede Corporativa de la institución, y será precedida por el doctor Bruno Rosario Candelier junto a la presentación de los académicos Manuel Núñez Asensio y Rafael Peralta Romero.

El diccionario de refranes, también conocido como el Refranero del español dominicano es una recopilación de paremias, o lo que es mayormente conocido como refranes, y representa el quinto libro en su categoría de diccionario producido por la Academia Dominicana de la Lengua, y adquiere la singularidad de ser el primer refranero engendrado por un linaje del pensamiento, la intelectualidad y el hablar autóctonos de República Dominicana, y que a su vez pone en perspectiva el trasfondo de su acervo cultural, de tal modo que, el perfil del refranero dominicano no se limita a la expresión de la lengua general sino también a una muestra más orgánica de sus variantes consecuentes a la geografía, con sus formas peculiares en el habla del español dominicano.

El material de la obra abarca los distintos espectros en que pueden ser expresadas aquellas frases informales de aire filosófico que sirven para la canalización de forma figurativa y pragmática, la enseñanza o el metamensaje que contiene, con una composición sintáctica rítmica y estética, que tiene como objetivo inducir a la reflexión.

La cultura dominicana arraiga una complejidad lingüística propia de aquellos lugares que en algún momento de la historia y de algún modo se han visto sumergidos bajo la influencia de otras culturas, por lo que es preciso destacar la riqueza y la diversidad en el inventario de paremias dominicanas.

La expresión es el producto del pensamiento; es la voz prominente de la unión colectiva en pos a un mismo pensamiento, una visión, una idiosincrasia y anhelos profundos. Por tal motivo, desde el punto de vista del idioma, la expresión ‘hablada’ es un factor que representa un peldaño imperativo en la constitución de una cultura.

El contenido del diccionario consiste en un catálogo de las unidades categóricas que constituyen las paremias, tales como los refranes, adagios, máximas, sentencias y proverbios.

La garantía para lograr la autenticidad y los alcances del proyecto se basó en un método de estudio fundamentado en la recopilación de datos extraídos exclusivamente de fuentes dominicanas.

El material debía ser estrictamente originario de la literatura dominicana, tales como novelas, periódicos, revistas, y la inclusión de una modalidad oral que consiste en la extracción del material proveniente de la oratoria dominicana, tales como la radio, la televisión, foros o los distintos escenarios en que puede efectuarse el diálogo, haciendo partícipes las voces de los distintos estratos del pueblo dominicano.

Una directiva conformada por el director de la ADL y un equipo lexicográfico, dieron parte a la integración de un equipo de colaboradores los cuales fueron instruidos con las premisas teóricas y lingüísticas para llevar a cabo la misma línea de estudio pertinente a la obra.

Luego de ser extraídas, las paremias eran sometidas a un proceso protocolar de ordenamiento y confección textual basada en la predeterminación y designación de una palabra clave, número y estilo de letras, la clasificación de la paremia (refrán, máxima, adagio, proverbio o sentencia), su definición, la citación de la fuente de donde proviene el ejemplo, seguido del bloque bibliográfico. Cada paremia es subclasificada en orden alfabético según la palabra clave a la que corresponde, palabras que a su vez también están organizadas en oren orden alfabético

Un conjunto de paremias constituye parte de lo que es el patrimonio de una cultura, pues es un foco que refleja el origen de pensamientos, idiosincrasia, psicología, tendencias, calibre moral, los cambios que una sociedad ha sufrido, la manifestación de situaciones reales, parafraseadas por gente común, pero con la singularidad que arraiga el momento justo, por lo que puede ser considerado como la referencia vectorial más fidedigna sobre el perfil de una cultura.

Suculento diccionario de refranes

Por Emilia Pereyra

    Tiene gran valor para la cultura vernácula el “Diccionario de refranes, paremias del español dominicano”, de la autoría del escritor y lingüista Bruno Rosario Candelier, recientemente publicado por la Academia Dominicana de la Lengua, con los auspicios de la Fundación Guzmán Ariza.

La obra es muy importante porque, sin duda, le aporta filones al estudio del español criollo,  recoge gran parte del habla viva de los dominicanos y está íntimamente relacionada con la tradición cultural nuestra.

En la presentación del libro, Rosario Candelier expresa que para elaborarlo fue preciso leer, indagar y curcutear obras narrativas de autores nacionales en busca de las “expresiones idioléxicas”, lo mismo en textos de poesía y ficción y en periódicos y revistas.

“Y puse particular atención a la oralidad, fuente viva de refranes, adagios, sentencias, máximas y proverbios”, dice el autor que le dedica el texto al conocido periodista Orlando Gil, a quien considera “cultor de la sabiduría paremiológica”, muy dado a usar refranes en sus columnas de comentarios políticos.

Ciertamente, hallamos refranes en obras literarias y en las expresiones del lenguaje oral, pues “el refranero condensa la sabiduría popular”.

El glosario reúne refranes muy usados en la actualidad y otros empleados antaño, que han quedado asentados en libros y otras publicaciones.

Para Rosario Candelier en el “refrán brota el alma del pueblo con su filosofía natural, su postura ante la vida y sus aspiraciones, su humanismo, su modo de reaccionar, positivo o negativo, ante tal o cual ocurrencia”.

Uno de los refranes, registrado en el libro de 486 páginas, es de uso frecuente y dice: “lo que abunda, no daña”. De acuerdo al texto, este “enseña que es mejor que sobre y no que falte”, y que “lo bueno es tener mucho, de todo”.

“Las mujeres son como las naranjas, unas salen dulces y otras salen agrias”, es otra de las paremias asentadas. Según el diccionario, esto quiere decir que “hay mujeres ásperas y agresivas, pero también las hay buenas y amables”.

Un refrán de uso cotidiano, igualmente recogido en el texto, es el que expresa “el que tiene sed, busca el agua”, lo cual significa que “la necesidad obliga a hacer la diligencia”.
Rosario Candelier registra otro refrán del habla cotidiana actual, que data de mucho tiempo atrás. Se trata de “muerto el perro, de acabó la rabia”, el cual “señala que al cesar la causa de un hecho desaparecen sus efectos”.

También figura otra paremia de mucho salero como es “el puerto no se rasca en javilla”, usado por Juan Antonio Alix en sus décimas, el cual señala que cada persona sabe con quién lucha. “Advierte que hasta los animales saben lo que les perjudica”, se agrega en la obra.

El suculento lexicón, del director de la Academia Dominicana de la Lengua,  no solo nos edifica sobre el uso de nuestro español criollo  y evidencia su vitalidad e  íntimo vínculo con el alma popular. De igual forma resulta divertido por la gracia y las socarronerías implícitas en numerosas expresiones, muestras del singular carácter del pueblo dominicano.

Periódico Diario libre, 24/06/18