Temas idiomáticos

Por María José Rincón

 

PAUTAS PARA LA VIDA

31/8/2018

La lengua tiene sus propios mecanismos gramaticales y léxicos para la creación de nuevas palabras. Eso le permite mantenerse viva y rendirnos servicio. Hoy vamos a fijarnos en un mecanismo gramatical concreto que permite la creación de verbos a partir de nombres y adjetivos. No vayan a creer que esto de formar nuevos verbos se hace a la brigandina. La lengua sigue ciertas pautas morfológicas que muchas vecespasamos por alto.

La reflexión de hoy viene a cuento de un comentario de un lector preocupado (que no desocupado, como el cervantino) al que le sorprende la formación del verbo plastificar, que él considera debería ser *plasticizar. Como modelo propone la formación de comercializar a partir de comercio. Nada es tan sencillo en la lengua. El verbo comercializar se forma a partir del adjetivo comercial (y no del sustantivo comercio) al que se le añade el sufijo -izar. Siguen esta misma vereda morfológica los verbos fiscalizar, globalizar, nacionalizar, centralizar, y tantos otros, formados a partir de un adjetivo terminado en ele.

El sufijo -izar no es el único que forma verbos a partir de adjetivos y sustantivos. Existe también el sufijo -ificar. Muchos de los verbos formados con este sufijo expresan la acción de convertir algo en lo expresado por el adjetivo o sustantivo base: santificarcalcificarmomificarpurificar.

¿Por qué no es entonces nuestro verbo protagonista *plasticificar? Le sucede a plastificar lo mismo que a otros muchos verbos derivados de adjetivos terminados en -ico o de sustantivos terminados en -igo: pierden la última sílaba de la palabra base. Observen, si no, los siguientes verbos: de auténticoautentificar; de códigocodificar; de eléctricoelectrificar. Por tanto, no hay nada raro en de plásticoplastificar.

Por suerte para todos la lengua se adapta a la vida, siempre siguiendo sus propias normas. Mientras sea capaz de hacerlo sin perder su esencia, tendremos lengua para rato.

CIRCUNLOQUIOS

07/8/2018

Decimos de alguien que habla bien o que escribe bien como si fuera un don que le ha caído del cielo. Sin embargo, una expresión correcta, ya sea oral o escrita, tiene mucho que ver con la técnica y la técnica, por suerte para nosotros, puede aprenderse y afianzarse con la práctica.

Las palabras son el componente más numeroso, más rico y más cambiante de una lengua, por eso, enseñar a usarlas apropiadamente parece a veces tarea imposible. Repasando la Guía práctica del español correcto del Instituto Cervantes he seleccionado algunos ejemplos de circunloquios que oímos y leemos con frecuencia y que nos recomiendan evitar.

Para empezar con buen pie no está de más que recordemos que un circunloquio no es más que ‘un rodeo de palabras para dar a entender algo que hubiera podido expresarse más brevemente’. El Diccionario de la lengua española de la RAE de 1817 lo define como ‘lo que se dice con muchas palabras pudiéndose explicar con menos’.

Estos circunloquios se cuelan hasta en la sopa para sustituir preposiciones, adverbios y verbos hasta hacernos olvidar que, generalmente, el buen estilo prefiere las formas más breves. Sin lugar a dudas mejor dentro que *a lo interno; mucho mejor poder hacer algo que *estar en condiciones de hacer algo; sin duda preferible para que *en aras de con vistas a; mucho mejor saber que *tener conocimiento de algo.

Con estos circunloquios solo añadimos palabras innecesarias que no aportan contenido, matices ni expresividad a lo que decimos. La buena expresión no es solo cuestión de normas: también tiene mucho que ver el estilo.

 

COMO ACADÉMICA Y COMO MUJER

07/08/2018
Como las oscuras golondrinas becquerianas vuelven a sus nidos, vuelven de tanto en tanto las controversias encendidas acerca del sexismo en el lenguaje. No seré yo quien se queje de que, por una vez, el tema de debate sea el buen o mal uso de nuestra lengua. Nuestra responsabilidad como académicos es intentar, al menos, que las discusiones nos acerquen un poco más al conocimiento de cómo funciona nuestra lengua, una estructura delicada y férrea a la par.

Cuando hablamos de la lengua española no conviene olvidar que nuestra lengua es nuestra, pero también de más de quinientos millones de personas que la tienen como medio de expresión y comunicación; no conviene olvidar tampoco que en la lengua el tiempo y la historia son fundamentales; conviene tener siempre presente, además, que el cambio y la adaptación a los hablantes es condición indispensable para que una lengua siga estando viva. Por lo tanto, hablantes, historia, tiempo y cambio son factores fundamentales en la realidad lingüística.

La lucha legítima, necesaria y encomiable por alcanzar la igualdad de derechos y oportunidades para las mujeres, que comparto y practico, debería ser asumida por todos nosotros, y no solo por las mujeres, que somos las principales responsables de que nuestra reivindicación no se diluya en un tira y hala estéril de defensa de lo políticamente correcto.

Discutimos acaloradamente sobre el género de algunos sustantivos, sobre el matiz despectivo de algunas palabras, y perdemos de vista que la lengua es un sistema que se ha conformado para expresar a los hablantes de una comunidad. El contenido de esa expresión es responsabilidad de cada uno de esos hablantes. La lengua expresa a una sociedad sexista, que expresa contenidos sexistas. La vigencia de uso de las expresiones o giros sexistas, como la de las expresiones o giros denigrantes, discriminatorios o racistas, es responsabilidad de los hablantes. No son otros los que las mantienen vigentes.

Ivelisse Prats confiaba el pasado sábado en su columna En plural en la evolución de las academias. Aunque con poco reconocimiento y mucho desconocimiento por parte del público, la RAE y la Asociación de Academias de la Lengua Española han avanzado mucho, y lo siguen haciendo, en la eliminación del sesgo masculino de las definiciones y los ejemplos que incluimos en nuestros diccionarios, muy abundante en otras épocas. La Academia Dominicana de la Lengua hizo especial hincapié en esta perspectiva no sexista en el diseño y la redacción de nuestro Diccionario del español dominicano; y lo seguimos haciendo, porque los diccionarios nunca están hechos del todo y nuestro objetivo es que nuestro diccionario de referencia esté a la altura de los tiempos y se acerque a una expresión justa de la sociedad dominicana.

En la columna de Ivelisse Prats leo algunos ejemplos muy acertados para ejemplificar que en la mayoría de los casos el sexismo no está en la lengua, sino en el uso que los hablantes hacen de ella. Se pregunta la columnista por qué, si se aceptan términos como abogada, doctora, arquitecta, o diputada se rechaza el término jefa. Desde luego los términos abogada, doctora, arquitecta o diputada no tienen que aceptarse más o menos que sus correspondientes masculinos. El mecanismo morfológico para formarlos existe desde siempre en la lengua española. Cuando la sociedad los hizo necesarios no hubo más que empezar a usarlos. Si un cataclismo borrara de la faz de la Tierra, y permítanme el sarcasmo, solo a los diputados de sexo masculino, dejaríamos de necesitar el sustantivo masculino diputado, pero eso no significa que dejaría de aceptarse o de ser correcto.

Lo mismo sucede con el par jefe/jefa. Que se rechace el uso de jefa por parte de algunos hablantes, más o menos numerosos o que se tiña el vocablo de ciertas connotaciones más o menos peyorativas no depende de mecanismos lingüísticos, sino de las apreciaciones de los hablantes.

En nuestra mano está trabajar para que esto no suceda, como bien hace doña Ivelisse. El hecho de que tradicionalmente se distinguiera como fórmula de tratamiento entre señor y señora/señorita no es más que una distinción sexista que va perdiendo terreno. Como detalle, no olvidemos que en su momento era habitual, con otras connotaciones, el empleo de señorito. En estos casos el sexismo no está en la lengua, como la fiebre no está en la sábana.

Desde luego cualquier reflexión sobre la lengua española por parte de los buenos hablantes o de quienes aspiran a serlo es bienvenida. Reflexionar sobre la lengua no supone irrespetar a la Real Academia Española, ni a las demás academias de la lengua española en el mundo, entre ellas la Academia Dominicana de la Lengua. Tampoco conviene olvidar que no son las academias de la lengua las que establecen las normas de la lengua española. La lengua española, como todas las lenguas, es un organismo vivo e histórico que se va formando a lo largo de los siglos. Su sistema tiene que ver con su lengua madre, el latín, y con muchos siglos de historia a sus espaldas. Las academias proponen obras de referencia, para eso nacieron, que ayuden a mantener la unidad dentro de la diversidad. La guía académica está a disposición de los hablantes que la requieran a través de sus diccionarios, su gramática, su ortografía, sus corpus y sus servicios de consultas, todos ellos de acceso gratuito y a disposición de todos los hablantes del mundo en la red. Aconsejan y orientan a los hablantes que buscan consejo y orientación. Si usted como hablante no lo necesita o no está interesado, es libre de hacerles caso omiso.

Solo la educación de calidad y la formación de ciudadanos críticos y conscientes puede acercarnos a una sociedad libre de actitudes discriminatorias, sexistas, raciales, sexuales, económicas o de cualquier otra índole. La educación es el primer paso, el más importante. Con ella tendremos armas para favorecer el acceso de las mujeres, en igualdad de condiciones, a los medios de producción y de dirección. Estoy de acuerdo con Ivelisse Prats en que faltan muchas trochas por abrir, pero, como he dicho en otras ocasiones, cuando las mujeres nos eduquemos y trabajemos en igualdad de condiciones no hará falta que nos visibilicen. Ya lo haremos nosotras mismas.

Parece mentira que a estas alturas tenga que decir una y otra vez que como mujer no me siento discriminada, ni poco visible, ni excluida, cuando se habla de los académicos, de los docentes, de los padres de alumnos, de los trabajadores. Tampoco excluyo a mis amigas cuando hablo de mis amigos, ni a mis lectoras cuando hablo de mis lectores, ni a mis jefas cuando hablo de mis jefes. Me disgusta que pretendan obligarme a sentirme discriminada o discriminadora. Me precio de ser buena hablante y de aspirar a serlo cada día mejor. Además de a ser buena hablante aspiro a ser respetuosa. Por ejemplo, me incomoda que me obliguen a ver en el uso del masculino genérico un uso discriminatorio que no he sentido nunca. Y no soy la única. Comparto esta postura con escritoras, historiadoras, lingüistas, periodistas e investigadoras. Estoy segura de que también la comparten muchos hombres que, por otra parte, deberían sentirse igualmente ofendidos porque se les prejuzgue discriminadores.

Nuestra preocupación y nuestra meta debe ser desterrar las actitudes y los contenidos sexistas. Dejémonos de poner en solfa nuestra lengua, que bien sabrá adaptarse a ese cambio, como lo ha hecho a infinidad de cambios en su larga historia, y seguirá estando al servicio de todos. Como filóloga y lexicógrafa, como académica, pero, sobre todo, como mujer creo que la lengua española, si saben enseñarnos a usarla correctamente, es el instrumento fundamental para la igualdad de oportunidades. Entender mejor lo que se lee y expresar mejor nuestro pensamiento y nuestros sentimientos son la clave para avanzar como ciudadanos hacia una sociedad mejor en la que todos nos sentiremos representados y expresados.

 

VERDADES DE PEROGRULLO

14/8/ 2018

Los personajes creados por la cultura popular logran con frecuencia un hueco en la lengua. En la tradición española existe un personaje ficticio denominado Perogrullo que acarrea la no muy apreciada fama de decir simplezas tan obvias que las hace sencillamente innecesarias. Perogrullo además reviste estas obviedades de un matiz trascendente y rimbombante que provoca la hilaridad de quienes lo escuchan.

El nombre del personaje está en el origen del sustantivo perogrullada y la locución verdad de Perogrullo, que el DLE define como ‘verdad o certeza que, por notoriamente sabida, es necedad o simpleza el decirla’.

Aunque hay referencias anteriores al personaje tradicional, una de las más divertidas la encontramos en boca de Sancho Panza cuando, escéptico, responde a unas supuestas adivinaciones sobre su futuro: «Gobernarás en tu casa; y si vuelves a ella, verás a tu mujer y a tus hijos»; a lo que Sancho responde: «Esto yo me lo dijera; no dijera más el profeta Perogrullo». Y fue en una obra de Francisco de Quevedo donde se documenta por primera vez la palabra derivada perogrullada, que el poeta usa para referirse a las «profecías» de Perogrullo. Bastan unos versos del genial autor barroco para hacernos una idea: «El que tuviere tendrá,/ será el casado marido, / y el perdido más perdido/ quien menos guarda más da./ Volárase con las plumas,/ andaráse con los pies, / serán seis dos veces tres».

Verdades de perogrullo, contenidos irrelevantes que Quevedo usa humorísticamente y que suelen provocar hilaridad entre los que los oyen por su misma simpleza. Vigilemos su aparición en nuestros textos.

 

POR UN PAR DE LETRAS

21/8/ 2018

Con un puñado de sonidos se construyen infinidad de palabras con las que tenemos que expresar lo divino y lo humano. No es raro que algunas palabras solo se diferencien entre sí por un par de sonidos, o de letras, si las escribimos. Cuidado, el que la diferencia sea mínima en el sonido o en la grafía no significa que lo sea también en el significado. Una de estas parejas cercanas nos puede servir de ejemplo para tomar conciencia de su existencia y prestar atención cuando las necesitemos.

Los verbos calificar y clasificar son tan cercanos en su expresión que solemos confundirlos. Una ele y una ese son las responsables de la diferencia fonética y gráfica; pero, en lo tocante al significado, es otro cantar. Entre las acepciones de calificar el DLE registra dos que usamos con cierta frecuencia; ‘expresar o declarar un juicio sobre una persona o una cosa’ (Calificó el proyecto de inviable) y ‘juzgar el grado de suficiencia o insuficiencia de los conocimientos de alguien que se examina’ (Calificó a los aspirantes según el baremo establecido).

Sin embargo, clasificar tiene acepciones muy distintas. Como verbo transitivo lo usamos para referirnos a la acción de ‘ordenar o disponer algo por clases’ (Clasifiqué mis libros por género). Para su uso como verbo pronominal el Diccionario de la lengua española registra dos acepciones que son las que a menudo provocan la confusión: ‘obtener determinado puesto en una competición’ (Se clasificó tercero en el torneo de dominó) y ‘conseguir un puesto que permite continuar en una competición o torneo deportivo’ (Nuestra selección se clasificó en los Juegos Panamericanos).

Diferencias morfológicas, sintácticas y de significado que descansan en un par de sonidos (o letras). En nuestra capacidad como buenos hablantes descansa su uso correcto.

Temas idiomáticos

Por María José Rincón

 

TRES DÍAS EN MADRID. TERCERA JORNADA

Tres días en Madrid. Tres días con las palabras. Tercera jornada. Con el buen sabor de boca que me dejó la visita a la sede de la Real Academia Española, sigo metida en harina lingüística. Le llega el turno a la investigación. Desde que vivo en la República Dominicana me he interesado por sus diccionarios. No son muchos, pero desde luego tienen mucha tela que cortar. En mi última jornada madrileña la UNED me acoge para presentar los resultados de la investigación que he venido realizando en los últimos años sobre el tratamiento del léxico de los dominicanos tanto en nuestros propios diccionarios como en los diccionarios que se dedican a registrar el léxico de toda la América de habla española.

En una intensa sesión se van desgranando uno a uno los diccionarios que alguna vez han descrito nuestras palabras, desde aquella deliciosa Tabla de Fray Pedro Simón de 1627 hasta el todavía pipiolo Diccionario del español dominicano, publicado en 2013. Repasar cómo están hechos los diccionarios, cómo funcionan, qué palabras contienen y qué nos dicen sobre esas palabras son tareas esenciales para los lexicógrafos. Por supuesto, no solo se trata de analizar los diccionarios contemporáneos, sino de conocer al dedillo de qué diccionarios venimos, cuáles son sus aciertos y cuáles son sus puntos débiles. El conocimiento de la historia de nuestra lengua nos ayuda a evaluar el contenido de los diccionarios; el conocimiento de la historia de nuestros diccionarios nos ayuda a mejorar nuestra técnica. No es solo una cuestión académica o investigadora: a mayor conocimiento de la lengua y a mejor técnica lexicográfica, mejores diccionarios. Y recuerden que los diccionarios no se construyen para los académicos, sino para los hablantes; para que los hablantes los consulten y, si es posible, para que les sean útiles a diario. Con este objetivo en la mira, un puñado de lexicógrafos nos reunimos en Madrid para compartir conocimientos y hallazgos que nos permitan hacer lo que más nos gusta hacer: diccionarios.

03 JUL 2018

CURIOSA EVOLUCIÓN

Las palabras más coloquiales, aquellas que los buenos hablantes reservan para la conversación informal, suelen hacernos dudar a la hora de escribirlas. Esas mismas dudas ortográficas nos dificultan a veces su localización en el diccionario.

Sirvámonos de un sabroso ejemplo sobre el que me consultaron en estos días. Un lector se preguntaba por qué la palabra ruyío no aparecía en los diccionarios académicos.

En primer lugar, si vamos a buscar un participio o un adjetivo terminado en -ado o -ido, debemos tener en cuenta que en el diccionario no los vamos a encontrar sin la -d- intervocálica. Que nos comamos esta -d- cuando hablamos no quiere decir que nos la podamos comer también cuando escribimos. Es verdad que, acostrumbrados como estamos a ver este adjetivo sin ella, parece que no lo reconocemos si se la restituimos en la escritura: ruyido.

El verbo ruyir y el adjetivo ruyido no son exclusivos de la República Dominicana; se usan también en Canarias, México o Venezuela, donde han desarrollado diferentes acepciones. Alvar aclara su procedencia de roír, una forma peculiar del verbo roer, al que, en algún momento de su historia, los hablantes le introdujeron una -y- para deshacer el hiato, dando lugar a una evolución como esta: roer > roír > royir > ruyir. En algunos diccionarios lo encontrarán también con la variante ortográfica rullir.

La acepción dominicana del adjetivo se deriva de la acepción general del participio roído: ‘mordido o gastado superficialmente’. Despectivamente se aplica a la persona que está en una mala situación económica o de salud.

Con el dominicanismo ruyido hemos recordado un par de trucos para buscar en el diccionario. Para empezar, no se coman la -d-; y recuerden que los diccionarios, generalmente, no registran los participios. Si no encuentran el participio, prueben a buscar el infinitivo.

 10 JUL 2018

 

UN ARSENAL DE GOLPES

Como muchos lectores alrededor del mundo, ando enfrascada en la relectura compartida del Quijote en Twitter (búsquenla con la etiqueta #Cervantes2018). En el capítulo 24 de la primera parte don Quijote llama bellaconazo a un personaje de sus idolatrados libros de caballerías. Disfruté del regusto dominicano de este uso cervantino del aumentativo; placeres de la lectura de un clásico del siglo XVII desde una isla antillana en pleno siglo XXI.

El sufijo -azo no es exclusivo del español dominicano, pero quizás por aquí se le añada una sabrosura particular que adereza todas sus posibilidades expresivas. Si leemos el artículo que le dedica el DLE podremos reconocerlas.

A su valor aumentativo puede añadírsele uno apreciativo, en ocasiones difícil distinguir: ¿un carrazo es un carro grande o un carro que admiramos, independientemente de su tamaño? También recurrimos a este versátil sufijo si queremos añadir cierto tono despectivo, como el que imprimimos al sustantivo cuando hablamos de humazo o aceitazo, o un matiz afectivo, como el de padrazo o madraza.

Sin embargo, el sufijo -azo no se restringe a la expresión de estos matices. Interviene en la formación de nuevas palabras, todas ellas pertenecientes al campo semántico de los golpes. A veces forma voces que designan un golpe dado sobre la parte expresada por la palabra a la que se une; un espaldarazo no es más que un golpe dado en el espaldar, como aquel que le daban con la espada a los que se armaban caballeros, como el mismo don Quijote. Otras veces añadimos el sufijo -azo a la palabra que designa el objeto que da el golpe; de estos tenemos toda una galería en el español dominicano: macanazomascotazochuchazoyaguazobambinazobatazofuetazocacazocorreazococotazocorrientazo. ¿Por qué será que nuestra creatividad se desborda con esto de los golpes? Será cuestión de darle mente.

17 JUL 2018

 

BALONES Y FEMENINOS

El Mundial de fútbol nos mantuvo un mes atentos a veinticinco hombres en calzones corriendo detrás de un balón. A simple vista un deporte sencillo que logra suscitar pasiones en todo el planeta.

La imagen de la presidenta croata apoyando a su selección, que llegó a ser subcampeona del mundo, revivió las dudas acerca del femenino del sustantivo presidente. Nada resulta más refrescante y alentador que tener la oportunidad de resolver dudas sobre la formación y el uso del género femenino en la lengua. Significa que las mujeres adquieren protagonismo y visibilidad por sus acciones y que la lengua debe poder expresarlo; expresarlo correctamente, por supuesto.

El sustantivo presidente, como muchos de los terminados en -nte, procede de un participio activo latino (praesidens, -entis). La mayoría de estos sustantivos funcionan normalmente como comunes en cuanto al género. Designan a personas de uno u otro sexo y solo podemos distinguir a qué sexo se refieren gracias a la concordancia con los determinantes o los adjetivos que los acompañan en la frase: el presidente electo/la presidente electa.

Sin embargo, el uso ha generalizado, incluso entre los buenos hablantes, la alternancia de género mediante el cambio de desinencias: presidente/presidenta. La utilización del femenino presidenta es mayoritaria. Y no crean que es una cosa de ahora: la forma ya está registrada en la edición de 1803 del Diccionario de la lengua española de la RAE. La misma regla, por supuesto, siguen las palabras que se forman a partir de presidenta: vicepresidenta, expresidenta, copresidenta.

No hay por qué alarmarse. Algo similar sucedió con infantaclienta o tunanta. Los hablantes las asumieron hace tanto tiempo que ya no nos sorprenden. Uso, tiempo, norma, todo tiene su punto de protagonismo en la lengua.

24 JUL 2018

Temas idiomáticos

Por María José Rincón

 

QUIEN BUSCA HALLA

22 MAY 2018

Hoy me siento un poco Sancho y empiezo con un refrán: «Quien busca halla». Les prometí que repasaríamos las palabras más buscadas digitalmente por los dominicanos en el Diccionario de la lengua española en lo que llevamos de 2018; las más buscadas entre las que sí están registradas en este diccionario.

La palabra diccionario encabeza la lista, gracias a que es la palabra que ejemplifica las búsquedas en la página. Le siguen los verbos haber (2474 consultas), ir (1868 consultas) y, un poco más alejado, hacer (1533 consultas). Estos tres verbos también están entre las palabras más consultadas en Puerto Rico y Cuba. Sin duda, los hablantes se interesan por la ortografía de sus distintas formas; no olvidemos que el DLE tiene un asistente para la conjugación de los verbos que puede resultar muy útil.

Podemos asegurar que las consultas de la palabra ceja (1657) tienen también mucho que ver con la ortografía. Debido al seseo, muchos hablantes dominicanos tienen dificultades para segmentar el artículo y la palabra: las cejas / *las ejas. Esto provoca las dudas incluso cuando la palabra está en singular; por eso muchos consideran que el sustantivo es *eja.

La utilización del diccionario demuestra, al menos, cierto interés por la lengua y sus manifestaciones. Eso explica las búsquedas de palabra (1665) y cultura (1158). Otros intereses se reflejan en las búsquedas de los sustantivos sexo (1434 consultas) y amor (1055 consultas).

Cuando Sancho Panza recorría los campos de La Mancha no existía el Diccionario académico; en todo caso, y si hubiera sabido leer, el escudero podría haber consultado el Tesoro de Covarrubias. Buscar en el diccionario, siempre que sea uno bueno y apropiado para lo que queremos buscar, le da la razón al refrán: «Quien busca halla».

 

COMPAÑEROS DE VIAJE

29 MAY 2018

Nunca dejamos de aprender palabras. Cada nueva palabra amplía nuestros horizontes y nos enriquece, pero ¿cuándo podemos decir que hemos aprendido, realmente aprendido, una nueva palabra? ¿Cuándo podemos decir que la hemos incorporado a nuestro vocabulario personal? Repasemos el camino que debemos recorrer con las palabras para poder hacerlas nuestras.

Conocer bien su significado y su ortografía, con el auxilio de los diccionarios, es solo el primer paso de ese recorrido. También nos puede ayudar el diccionario a conocer las partes que las forman, la raíz de la que parten y sus posibles derivados. Así una palabra nos lleva a otra y va tejiendo para nosotros la red de su familia léxica. Como en la vida misma, nuestro entorno ayuda a definirnos.

Las palabras no están solas y no están quietas. Las palabras empiezan a funcionar cuando se combinan con otras palabras; por eso para saber utilizarlas, tenemos que saber dominar las normas que regulan estas combinaciones, eso que llamamos sintaxis.

Cuando conocemos su forma y cómo se relacionan solo hemos recorrido un tramo del camino. Todas las palabras no pueden usarse en todas las situaciones. Aun teniendo el mismo significado, el uso de algunas voces está reservado a determinados contextos. No ser capaces de adaptar nuestro vocabulario a la situación comunicativa en la que estamos; usar palabras coloquiales en entornos formales, o viceversa, demuestra que no las dominamos. Nos espera una etapa más.

Al significado, a la forma, a la sintaxis y al uso debemos añadir un conocimiento más, el de las connotaciones que van impregnando a cada palabra a lo largo del tiempo; hay palabras a las que se asocian matices afectivos, despectivos e, incluso denigrantes, que debemos manejar si queremos preciarnos de habernos convertido en verdaderos compañeros de viaje, de aquellos que nunca se olvidan. 

 

EN UNA ISLA DESIERTA

05 JUN 2018

Leí en un artículo de la BBC acerca de un neoyorkino, Amnon Shea, que había leído el diccionario Oxford. Sí, todo el diccionario. Como comentario a este artículo se me ocurrió reconocer que soy lectora de diccionarios. No solo usuaria o consultora: lectora con todas las de la ley; de las que empiezan por la primera página y acaban por la última; de la a la zeta, nunca dicho esto con más propiedad.

A uno de mis seguidores en Twitter lo asombró esta rara afición mía. ¿Leer diccionarios como si fueran novelas? Tengo que reconocer que es una de mis muchas rarezas. Entre todos, siento predilección por los antiguos, con los que me siento transportada a tiempos muy diferentes y, al mismo tiempo, muy parecidos a los nuestros. No puedo presumir, como Shea, de haber leído los veinte tomos del Oxford, pero sí, por ejemplo, de haber viajado a través de las más de dos mil páginas del Diccionario de americanismos de nuestras academias americanas y recorrido con él los más remotos rincones de nuestro continente; de haber seguido el hilo de una extraordinaria madeja de palabras en el precioso Diccionario ideológico de Julio Casares; de haber admirado página a página a la magistral María Moliner; entre los antiguos, uno de mis preferidos, el Tesoro de Covarrubias, de 1611, con el que por cierto me he reído de lo lindo.

Por eso comparto la elección del poeta británico W. H. Auden para quien el diccionario era el libro perfecto para llevar a una isla desierta. Un buen diccionario se deja leer; no impone ideologías; sus armas son la ortografía, la gramática y la certeza de la definición. Siempre está abierto e inacabado. A partir de ahí, nos ofrece el material inagotable de las palabras. Con ellas podemos aspirar a ser Cervantes o el más abyecto politicastro. Lo que seamos capaces de crear o destruir con las palabras es cosa nuestra. 

 

TRES DÍAS EN MADRID. PRIMERA JORNADA

12 JUN 2018

 Tres días en Madrid. Tres días con las palabras. Primera jornada. Amanece frío en Madrid. Busco algún sitio para desayunar y mis pasos me encaminan a la fachada de madera del Café Gijón, uno de los pocos sobrevivientes de los sabrosos cafés de tertulia madrileños. Me siento a una de sus mesas de mármol, junto a una ventana desde la que soy testigo de cómo se van abriendo puntuales las casetas de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, organizada por la Asociación de Libreros de Lance de Madrid….

Y empiezan a brotar las palabras. La locución adjetiva de lance aplicada a un libro nos lo califica como de segunda mano (o de medio uso, diríamos por aquí) o nos habla de que se adquiere en condiciones ventajosas. Ambas cosas se encuentran en esta feria del libro de sabor añejo. Muchos libros a buenos precios y algunas joyas de difícil localización. Apuro mi chocolate y mis churros y me dejo llevar de caseta en caseta ojeando títulos, ediciones antiguas, tebeos y libros infantiles que me recuerdan a mis inicios en la lectura. Varios recorridos, algunas horas más tarde, y algunos libros dejados atrás, me doy por satisfecha y dejo atrás el Paseo de Recoletos. En mis manos dos libros. Una edición crítica elaborada por Martín de Riquer del Tesoro de la lengua española de Covarrubias, el primer diccionario monolingüe de nuestra lengua. El segundo libro, regalo de mis padres, una Gramática de la lengua castellana de Vicente Salvá de 1847.

Sé que el libro electrónico es más cómodo y que ambas obras pueden consultarse digitalmente de forma abierta y gratuita, pero yo, esa mañana madrileña bajo el tibio sol de Recoletos, rodeada de libros, no me cambiaba por nadie.

 

TRES DÍAS EN MADRID. SEGUNDA JORNADA

19/6/ 2018

Tres días en Madrid. Tres días con las palabras. Segunda jornada. Flanqueada por la iglesia de los Jerónimos y con una vista privilegiada sobre el Museo del Prado, la sede actual de la Real Academia Española, en su sobriedad clasicista, nos recibe por la entrada de los académicos. Comienza la primavera en Madrid y los históricos percheros asignados a cada académico descansan. Nada más descansa en la sede académica. El salón de plenos está dispuesto para la sesión de los jueves y las comisiones trabajan a pleno rendimiento.

Nos reciben con cordialidad Darío Villanueva y Francisco Javier Pérez, director de la RAE y de la Asociación de Academias de Lengua Española, respectivamente, y valoran la divulgación de la actividad académica que hacemos en esta humilde Eñe. Nos invitan a recorrer las estancias de la sede académica, donde nos espera aquello de «Limpia, fija y da esplendor». Nos sorprenden las pequeñas cabezas de terracota con los rasgos de los personajes cervantinos que sirvieron de referencia para el concurso de ilustradores del Quijote para la primera edición académica de nuestra novela universal.

Nos emociona la extraordinaria biblioteca de la casa, que empezó a reunirse en 1713 con el objetivo de atesorar las obras de los autores que los primeros académicos habían considerado como autoridades para ejemplificar el uso de las palabras incluidas en el Diccionario de autoridades, primer diccionario académico. En ella se custodian joyas de nuestra cultura, como el manuscrito de las Etimologías de san Isidoro, del siglo XII, códices de Gonzalo de Berceo, primer poeta de nombre conocido de la lengua española, y del Libro de buen amor, y primeras ediciones de los clásicos españoles, miles de volúmenes que nos invitan a perdernos entre sus páginas. Yo me hubiera perdido con gusto, ya lo saben ustedes bien, pero los pasillos de la Casa de las palabras me reservaban todavía una sabrosa sorpresa, que dejo como ñapa para una próxima columna.

 

TRES DÍAS EN MADRID. ÑAPA

26 JUN 2018

Tres días en Madrid. Tres días con las palabras. Ñapa de la segunda jornada. Cargada de buenas ideas y con ganas de seguir trabajando en proyectos comunes para el conocimiento y la divulgación del buen uso de la lengua española, después de un cafecito en el salón de pastas, la Casa de las palabras me reservaba una alegría más: conocer el fichero lexicográfico general de la Academia. Imaginen una colección de gaveteros, poblados de infinidad de pequeñas gavetas, en las que se custodian más de diez millones de papeletas. Ojo, no se trata de diez millones de esas papeletas que se están imaginando ustedes. Los lexicógrafos denominan papeleta a cada .una de las fichas en las que registran, con las citas correspondientes, los usos de las palabras.

A los que ya manejamos bases de datos informatizadas se nos hace impensable la sola idea de manejar pequeñas gavetas atestadas de fichas cada una de las cuales documenta un uso, un ejemplo, una acepción, una cita literaria. Sin embargo, solo la visión de algunos de estos inmensos gaveteros sirve para dar una idea muy concreta de lo que supone enfrentarse a la elaboración de un diccionario, por pequeño y modesto que este sea. Sirve también para valorar y para honrar el trabajo de los lexicógrafos, artesanos del lenguaje, a cuyas obras recurrimos tan a menudo, o al menos deberíamos hacerlo, y de cuyo esfuerzo tan poco nos acordamos.

Para los que gusten de bucear en estos ficheros está disponible su consulta gratuita a través de la página del Nuevo diccionario histórico del español. Los vetustos gaveteros se conservan en la RAE; los nuevos lexicógrafos podemos aprovechar su contenido y seguir honrando el trabajo y la dedicación de las personas que los construyeron.

 

Herencia léxica taína en el español dominicano

Por María José Rincón

Miembro de número de la ADL

 Presentador: Gracias por responder a esta invitación que hemos hecho a esta visita temática o diálogo en la sala sobre un tema que es sumamente importante para nosotros, por los aportes de la cultura taína al castellano actual, a ese que hablamos todos los días. A sugerencia de la facilitadora que voy a presentar a continuación, llamamos a esta actividad “Tesoros de la lengua taína”, es decir, los aportes que enriquecen el castellano que hablamos hoy en día. Para eso convocamos a María José Rincón, esta joven que está aquí a mi lado, que es una sevillana, una andaluza que se licenció de filología hispánica en la Universidad de Sevilla con especialidad en español de América. Obtuvo una maestría en elaboración de diccionarios y control de calidad del léxico español y realiza actualmente un doctorado de filología. María José Rincón reside en República Dominicana desde el año 1992. Es miembro de número de la Academia Dominicana de la Lengua y miembro correspondiente de la Real Academia Española. Coordinó el equipo lexicográfico de la segunda edición del Diccionario didáctico avanzado, de la editorial SM en Madrid; coordinó tareas lexicográficas de la Academia Dominicana de la Lengua y ha colaborado en la revisión de materiales lexicográficos del Diccionario de americanismos y en la nueva edición del Diccionario de la lengua española. María José ha dedicado buena parte de su vida productiva a desarrollar y a aportar conocimientos con relación a nuestra lengua, y ustedes saben que la lengua es un componente importante en la identidad cultural y nacional de un pueblo. Así que para hablar de los tesoros de la lengua taína, los dejo con María José Rincón.

   María José Rincón: Muchas gracias. Creo que ha quedado demostrado con las palabras de Luis Felipe, que una de mis grandes pasiones son los diccionarios. A eso he llegado a través de muchos años, más de lo que ustedes se imaginan, de intensa labor con las palabras, que han sido desde siempre una de mis grandes vocaciones. Antes de empezar quiero decir que es siempre un honor estar en el Centro León y es siempre un placer venir a Santiago. Soy miembro de la Academia Dominicana de la Lengua, con nosotros hay otro académico, cibaeño, que nos acompaña, don Fabio Guzmán Ariza, quien ha trabajado conmigo en esa labor de traer los diccionarios, sobre todo la niña de nuestros ojos que es el Diccionario del español dominicano. Y aquí estamos de nuevo para hablar de eso que yo propuse que se llamara “Tesoros de la lengua taína”.

Para empezar a acercarnos a esos tesoros me gustaría que nos propongamos una metáfora. Hemos visto piezas arqueológicas bellísimas que nos acompañan hoy aquí y quiero usar una de esas piezas como metáfora. Imaginemos una de esas piezas que llevan siglos en la cocina de nuestra casa, que se hizo hace cientos de miles de años, alguien la diseñó para usarla, para que contuviera algo y esa pieza se sigue manteniendo en la cocina y millones de personas después de esa primera que ideó esa pieza la siguen usando durante cientos de años. A veces se aburre de ella y la deja apartada, ya no le sirve y una generación posterior, a veces a miles de kilómetros de distancia de esa cocina, recupera esa vasija y la vuelve a usar para otra cosa. Todas esas manos por las que va pasando la vasija le van dejando una pátina extraordinaria que a veces hace que no la podamos reconocer. Ya no se parecía a aquella primera vasija que ideó alguien, pero cuando la lavamos y le quitamos esa pátina que le dejan el uso y los años, nos damos cuenta de que sigue siendo la misma.

Pues bien, la magia de esa vasija es la magia de las palabras. Esas palabras que hace cientos de años alguien moldeó, no sabemos quién, para nombrar una realidad, van cambiando con el uso de cientos de millones de personas a lo largo de miles de kilómetros para que luego sigan sirviéndonos a nosotros para mencionar la misma realidad si se mantiene u otras realidades nuevas. Esa es la gran magia de las palabras y por eso, las palabras taínas que conservamos en la lengua española, que es la única manera que podemos acercarnos a la lengua taína, son tesoros para nuestra lengua, porque se siguen manteniendo a través de los siglos y nos siguen siendo útiles, no solo a nosotros que vivimos cerca de donde nacieron, sino a más de quinientos millones de personas en más de 21 países a lo largo de todo un Continente y en países de otros Continentes. Todas esas palabras que nacieron aquí perviven entre nosotros, y a través de la lengua de los hablantes españoles se han extendido a la lengua española general y también a otras lenguas del mundo. Una vez que nos hemos centrado en esa metáfora aprendemos a valorar el tesoro que ha acumulado la palabra.

Les voy a hacer un recorrido breve de cómo las palabras se registraron en español y cómo conocemos que esas palabras proceden de la lengua taína; no todas, porque la riqueza lingüística del Caribe es inimaginable y muchas veces incomparable con otras realidades a lo largo del mundo. La realidad lingüística prehispánica en América es algo inimaginable y muchas veces no comparable con otros temas a lo largo del mundo. En América, los estudiosos calculan más de 170 familias de lengua. Imagínense que las lenguas romances, de las que provienen del latín, es una sola familia y se extiende a lo largo de toda Europa y parte de América. De esas 170 familias se derivaron dialectos y subdialectos, la mayoría de ellos ininteligibles entre sí, es decir, la riqueza era extraordinaria, muchas de ellas sobreviven como lenguas, incluso oficiales en su país, y muchas de ellas se han perdido o están en proceso de extinción. Las grandes familias de lenguas que influyeron en la lengua española son: arahuaco, caribe, náhuatl, maya, quechua, aimara, chicha, araucano y tupic guaraní. Estas grandes nueve familias lingüísticas fueron las que dejaron huellas en la lengua. Evidentemente la arahuaco y la caribe fueron las de primer contacto, y, por tanto, las que mayor huella han dejado. Ahí tienen las lenguas que se hablaban en el entorno de las Antillas.

¿Por qué muchas veces no sabemos decir por qué una palabra es arahuaca, taína, caribe, y a veces los lingüistas solo la denominamos como una palabra antillana? Porque las lenguas que se hablaban en las Antillas tenían un tronco en común que era el tronco arahuaco, y ese caribe y ese taíno que convivían en La Española tenían un tronco original común. La intercomunicación entre estas lenguas hace que no se sepa a través de los textos si la palabra es taína, arahuaca o caribe. Por eso, cuando vayan a buscar la palabra en su etimología se dirá que es de origen antillano porque los orígenes lingüísticos no están claros. Por tanto, esa expresión que leemos muchas veces en las crónicas de Indias, la lengua de los indios se puede poner como interrogación porque realmente la lengua de los indios como única lengua no existe, no es una realidad, ya que existían varias lenguas.

Para un extranjero que llega y se enfrenta a ellas parece una misma lengua, poco a poco con el contacto y la convivencia se van dando cuenta de que algunas de esas expresiones lingüísticas son ininteligibles entre sí, y eso fue lo que pasó en gran parte del Caribe. La primera familia que encontramos, la arahuaca, se extendía en todas las Antillas y en parte del Continente americano. Los préstamos arahuacos son de los más numerosos del español. Ha pasado al español de América, al español general e incluso a otras lenguas que no son el español, prestada a través de la lengua española.

La otra gran familia es la taina, que es de procedencia arahuaca. Es la otra lengua que se hablaba en las Antillas, sobre todo, en las Antillas Menores. Los datos precolombinos aseguran que en La Española se hablaban hasta tres lenguas, de las cuales fehacientemente solo tenemos un rastro de la lengua taína, por ser la más prestigiosa, porque era de los cacicazgos de mayor poderío. Esta a su vez tenía subdialectos que eran ininteligibles entre ellos. Lamentablemente, la lengua taína se extinguió y los únicos vestigios que tenemos de ella son esas palabras que quedan incrustadas en los textos y las que se han mantenido a lo largo de los siglos en el uso de las gentes de la República Dominicana, pero también de otras zonas.

El uso de los tainismos va a depender del nivel de cultura de sus hablantes. Eso sí es importante el nivel de conocimiento que tiene el hablante de su lengua. Vamos a ver que muchas de esas palabras son palabras para nombrar cosas del mundo natural. Como esas vasijas cuando dejan de sernos útil las dejamos arrumbadas. Ese es el gran reto de nosotros los que estudiamos el léxico: es procurar que no se pierdan esas palabras, no solo por cuestión lingüística sino por cultura, por identidad lingüística y cultural. Decía Bartolomé de Las Casas sobre la lengua taína: “Es la más ordenada y compuesta, y la más elegante y la más copiosa en el vocablo y la más dulce en sonido”.

El léxico patrimonial, es decir, las palabras de mi propia lengua para aplicarlas a mi nueva realidad, que permite enriquecer la lengua. Si no encuentro la palabra para nombrar esa nueva realidad, hago un préstamo a otra lengua, un extranjerismo. Entre las palabras de Las Casas cito de nuevo: “Imagínense que un hablante de español, que conoce el fruto de la piña, que es el fruto del pino que da los piñones y se encuentra con otro fruto que tiene cierta similitud a ese fruto del pino y que no tenemos una palabra para nombrarlo, toman la similitud, hacen una comparación poética y se le coloca el nombre”. Eso es crear una nueva acepción de un término que ya se tenía.

Gonzalo Fernández de Oviedo escribió: “El nombre de piña le dieron los cristianos porque lo parece en alguna manera puesto que estas son más hermosas y no tienen la robusticidad de las piñas de piñones de Castilla”. Esa es una manera de nombrar la realidad. Otra manera es hacer un derivado. Imagínese la vid que da uvas, eso es en Europa, llegamos aquí con la realidad que se parece y la denominamos uva de playa, que se parece en cierto modo y a lo que da las uvas le llamamos uvero y ahí creamos una palabra a partir de una que ya existe. Hasta ahí estamos usando los medios de la lengua española para nombrar esa nueva realidad. En la descripción de Fernández de Oviedo leemos: “Son unos racimos de unas uvas ralas, desviadas unas de otras, e de color rosado o morado e buenas de comer”. La locución también es una forma de crear palabras nuevas, por eso surge palo de aceite, uva de playa, puerco de monte….

Vamos a ver como son esos préstamos. Los cronistas, las fuentes de los cronistas, que son las fuentes de primera mano, son de ellos que más palabras nos llegan, palabras taínas que se registran históricamente, se convirtieron en filólogos improvisados porque ellos trataron de explicar por qué usaban esas palabras taínas en sus textos. Este vocablo es de Fernández de Oviedo y estuvo en un tratado de lingüística, y es un tratado de amor  a la lengua española, pero al mismo tiempo es un tratado de cómo usar la lengua como una herramienta para expresar mejor la realidad. Mientras va leyendo las palabras del español, va comentando lo que quiso decir para ayudar a los presentes a comprender la situación en la que se produce el escrito: “Si algunos vocablos extraños e bárbaros aquí se hallare, la causa es la novedad de que se tratan y no se pongan a cuenta de mi romance que en Madrid nací y en la Casa Real me crie, y con gente noble he conversado y algo he leído para que se sospeche que habré entendido bien el castellano, la cual de las vulgares se tiene por la mejor de todas y lo que hubiere en este volumen que con ella no consuene serán nombres por mi voluntad puestas para dar a entender las cosas que por ellas quieren los indios significar”.

 

María José Rincón

Centro Cultural E. León Jimenes

Santiago de los Caballeros, 12 de enero de 2018.

Un país en el mundo

Por María José Rincón

Tres de junio. Se daña mi servicio de televisión por cable. Acude el técnico y resuelve el problema. Prendo el aparato y compruebo. Primera imagen: «*Esfemérides del día de hoy». Apago de nuevo el televisor y me pregunto si es justo que, precisamente en el día en el que conmemoramos el nacimiento de don Pedro Mir, no nos merezcamos que nuestros medios de comunicación sean, al menos, respetuosos con la ortografía.

Les insisto a los que me preguntan cómo mejorar su ortografía en que leer ayuda a construir nuestra memoria visual y a que esta se convierta en un gran aliado ortográfico. No sé si, en el punto al que hemos llegado, sigue siendo un consejo acertado. Cuando hablamos de leer pensamos casi siempre en leer libros; pero leemos periódicos, leemos subtítulos, leemos anuncios publicitarios, leemos páginas electrónicas, ni siquiera algunos libros que circulan por ahí se libran… El mal uso ortográfico está tan generalizado que se tambalea el valor de la memoria visual.

No deja de ser un síntoma evidente de que algo estamos haciendo mal con la enseñanza de la lengua, especialmente de la lengua. El dominio del lenguaje es la llave para cualquier conocimiento. Sin embargo, hace tiempo que los maestros y los padres, al menos la mayoría, renunciaron a fomentar el buen uso de la lengua española, con  ejemplo, con disciplina, con pasión. Quizás porque muchos de ellos no fueron formados correctamente.  Y, cuando renunciamos a formar a nuestros niños, renunciamos al futuro. ¿Hay un país en el mundo que pueda permitirse renunciar al futuro?

© 2017, María José Rincón.

Diccionario verde

Por María José Rincón

Cuando consultamos un diccionario suele pasarnos desapercibida la belleza de algunas de sus definiciones. Confieso que, con un diccionario en las manos, puedo perder la noción del tiempo. Mis lecturas y relecturas me proporcionan placeres como los de encontrar esta definición en el Diccionario de la lengua española de la RAE para el humilde adjetivo verde: ‘Dicho de un color: Semejante al de la hierba fresca o al de la esmeralda’: El color verde tiñe las banderas.

Si hablamos de una zona o área verde, nos referimos a que en ella no puede edificarse porque alberga, o está destinada a albergar, un parque o jardín. Si, en cambio, decimos verde de un árbol o de una planta, nos referiremos a que ‘aún conserva alguna savia, en contraposición al seco’: Podemos salvar esa palma; todavía está verde. Cuando, en lugar de a una planta, los usamos para referimos a un fruto, destacamos que este aún no ha madurado: plátano verde. Y aquí no me resisto a mencionar la sabiduría popular dominicana cuando sentencia que «plátano maduro no vuelve a verde».

Incluso podemos extender  figuradamente su significado y aplicarlo a una persona a la que consideramos inexperta o inmadura:  Seguimos muy verdes en ortografía. En otros países de habla española son verdes los chistes con contenido erótico, esos a los que nosotros llamamos colorados. Cuestión de colores.

Y así el diccionario va registrando las distintas acepciones de un mismo adjetivo según a quién o a qué se le aplique. Quiero pensar que, para nosotros, el movimiento verde se apoya en la relación que nuestra cultura establece entre el verde y la esperanza. Y no me malinterpreten, no con aquella esperanza que se comió un burro, sino con la esperanza del verdor que presagia buenos frutos.

© 2017, María José Rincón.

Aportes valiosos

Por María José Rincón

No soy una fiel oyente de radio. Solo recurro a ella en los inevitables tapones. Algo de música alivia la desazón de la ruta; si la música está acompañada de un resumen de noticias y algunos comentarios atinados, mucho mejor. Y aquí es que empiezan los inconvenientes. ¿Han olvidado los que hablan en la radio el respeto por la lengua española, su herramienta esencial de trabajo? Pocos son los buenos hablantes ante los micrófonos radiofónicos.

Y uno de ellos es, sin duda, Ramón Colombo. Más de una vez lo he oído corregir los anglicismos innecesarios que brotan a cada paso. Y casi siempre se queda solo. Hace unos días tuvo la ocurrencia de preguntar a unos anunciantes cómo se decía en español el nombre y el lema en inglés del producto que anunciaban. El resultado fue un balbuceo de duda. La excusa para justificarse no fue otra que, como casi siempre, escudarse en que el inglés es la lengua que manejan los jóvenes. Me pregunto qué clase de formación les estamos brindando a nuestros jóvenes cuando lo «prestigioso» es expresarse incorrectamente en la lengua materna; cuando nuestro «estatus» aumenta cuando la salpicamos de extranjerismos innecesarios. El resultado: ni hablamos bien en inglés ni hablamos bien en español.

Las lagunas profundas en el aprendizaje de nuestra lengua materna y en el respeto por su buen uso son evidentes. Es hora de que cada uno en su entorno ponga su granito de arena, y el granito de arena de los comunicadores, como el Ramón Colombo, tiene un valor añadido. Lo que lamentamos es que, a veces, se quede tan solo.

© 2017, María José Rincón.

 

 

Presente y ausente

Más de una vez hemos usado las palabras acento y tilde indistintamente. Y, aunque comparten alguna acepción, no siempre son sinónimas. En las palabras formadas por más de una sílaba (y en algunas monosílabas) una de ellas se pronuncia con una cierta intensidad que hace que la distingamos de las restantes sílabas de la misma palabra. Esta intensidad en la  pronunciación es lo que conocemos como acento. El signo ortográfico que usamos para señalarlo es la tilde. Cada palabra tiene un solo acento, que recae en la que llamamos sílaba acentuada o sílaba tónica: en la palabra término la silaba tónica es tér-; en termino es –mi-; en terminó es –.

Si desconocemos una palabra, no podemos saber de antemano cuál es su sílaba tónica. En la lengua oral la distinguimos cuando oímos pronunciar la palabra correctamente; para poder leer o escribir una palabra necesitamos que entre a trabajar la tilde, un signo ortográfico imprescindible en español para distinguir la sílaba tónica de las palabras. Tiene tanta fuerza la tilde, asistida de las reglas que rigen su uso, que significa tanto cuando está presente como cuando está ausente. La misma significación tiene la tilde que vemos en las sílabas tér- (término) y -nó (terminó) que su ausencia en -mi- (termino). Lo que la hace significar es la norma que la regula. Y ahí es que necesita de nosotros: si desconocemos sus reglas de uso, la hacemos perder su significado. La tilde y su ausencia nos asisten para que podamos leer correctamente, entender lo que leemos y escribir exactamente lo que queremos que los demás lean.

© 2017, María José Rincón.

Tiemblan las palabras

El mar de las palabras es inabarcable. Todas las gotas que lo forman tienen su historia y van tejiendo tupidas redes entre sí. Desentrañar estas redes no deja de sorprendernos.  Hoy van a hacer que tiemble la tierra bajo nuestros pies, o casi. ¿Han pensado alguna vez en las palabras de las que disponemos en español para referinos a una sacudida de la corteza terrestre?

El sustantivo terremoto procede del latín terraemotus, literalmente ‘movimiento de la tierra’. Con el mismo procedimiento se formó maremoto, para referirse a la agitación que provoca en las aguas del mar la sacudida del fondo marino. Un maremoto está provocado por un terremoto.

El sentido de ‘movimiento’ está tras el término conmoción, que podemos usar como sinónimo de terremoto. O podemos elegir la voz temblor, más familiar, que reservamos a los movimientos de tierra de escasa intensidad. Su origen está en el verbo temblar, emparentado con nuestro hermoso adjetivo trémulo, ‘tembloroso’.

Si seguimos navegando dejaremos atrás las aguas latinas para adentrarnos en las griegas. Arribaremos a dos sustantivos de este origen que también usamos para designar a los temblores de tierra: sismo y seísmo. ¿Y cómo es que tenemos dos sustantivos emparentados para referirnos a la misma realidad? Lo cierto es que estas dos palabras partieron del mismo puerto, pero han viajado hasta nosotros por distintos caminos. Sismo nos llega directamente del griego seismós. En cambio, seísmo llega a nuestra lengua a través del francés; de donde también procede el adjetivo sísmico.

Nuestra lengua hace además gala de su vertiente creativa y aprovecha su riqueza léxica para forjar usos figurados: terremoto le llamamos a un suceso que nos conmociona o a una persona excesivamente inquieta. Como ven la lengua no duda en acudir a las metáforas para ganar en expresividad.

© 2017, María José Rincón.

Magia

Con los preparativos de la Nochebuena, entre calderos y fogones, recuerdo que queda poco para decir adiós a este año cervantino. Recordar a Cervantes me hace recordar a don Quijote y a Sancho.

En estos días de excesos me vienen como anillo al dedo las palabras que el ingenioso hidalgo le dirige a su escudero mientras recorren los campos manchegos: «Come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago». No se conforma con recomendar mesura en el yantar; también la bebida se lleva su parte: «Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra». Cervantes en estado puro, y por eso Cervantes es quien es para nuestra lengua.

Don Quijote aconseja sobre modales: «Ten cuenta, Sancho, de no mascar a dos carrillos ni de erutar delante de nadie». Sancho desconoce la palabra erutar, y así se lo hace saber a su señor. Erutar, variante de eructar que se usaba en la época y que ya ha perdido vigencia, era una forma culta. Popularmente se usaba el verbo regoldar, del que don Quijote dice que es «uno de los más torpes vocablos que tiene la lengua castellana, aunque es muy sinificativo».

Al caballero andante no le preocupan las dudas de Sancho; sabe bien que es cuestión de tiempo: «cuando algunos no entienden estos términos, importa poco, que el uso los irá introduciendo con el tiempo, que con facilidad se entiendan; y esto es enriquecer la lengua, sobre quien tiene poder el vulgo y el uso».

El genio cervantino nos deja boquiabiertos. Intemporal, universal; y tan divertido. Se acaba el año cervantino, pero la excepcional obra de Miguel de Cervantes seguro que nos tiene reservados muy buenos ratos. Es la magia de los libros.

© 2016, María José Rincón.