Temas idiomáticos

Por María José Rincón

 

23/11/2021

SE TRATA DE QUE NOS ENTIENDAN

Como en un folletín antiguo, dejamos en suspenso la semana pasada el melodrama de los dos puntos. Hoy llegaremos al final apuntando un uso, o abuso, de los dos puntos que debemos desterrar de nuestros escritos. Es muy importante tener siempre presente que los signos de puntuación nos ayudan a situar los límites entre las unidades que forman un texto. Sirven, por tanto, como organizadores de lo que escribimos: ponen las cosas en su sitio.

Si los empleamos mal, esta función delimitadora se difumina y provoca el efecto contrario:

los signos de puntuación mal usados pueden entorpecer e, incluso, tergiversar la lectura. Así también sucede con los dos puntos cuando abusamos de ellos, es decir, cuando los incluimos varias veces en el mismo enunciado. Imaginen una frase como la siguiente:

*La excursión incluye varias opciones: visitas culturales: museos, exposiciones, sitios históricos, y actividades al aire libre: senderismo, acampada, observación de aves. Los primeros dos puntos nos indican que se van a exponer las opciones que nos ofrece esta excursión, pero, a partir de ahí, todo parece en el mismo plano, no sabemos dónde empieza una cosa o dónde termina. Esta sensación la produce la acumulación de comas y de dos puntos, que, en lugar de ayudar a aclarar, confunde.

Prueben a usar solo los primeros dos puntos de introducción y a no recurrir a ellos en el mismo enunciado. Disponen de muchas opciones para lograrlo y el resultado será más claro. ¿Qué tal así? La excursión incluye varias opciones: visitas culturales a museos, exposiciones o sitios históricos; actividades al aire libre, como senderismo, acampada, u observación de aves.

¿O así? La excursión incluye varias opciones: visitas culturales (museos, exposiciones, sitios históricos) y actividades al aire libre (senderismo, acampada, observación de aves).

Se trata de que nos entiendan. Los signos de puntuación no deben dificultar la comprensión de nuestro mensaje; deben ayudar a que nuestro mensaje se comprenda mejor.

 

30/11/2021

PUERTAS AL CAMPO 

Contar las palabras de una lengua es como tratar de ponerle puertas al campo. El Diccionario de la lengua española apunta que la expresión poner puertas al campo nos viene muy bien para ‘dar a entender la imposibilidad de poner límites a lo que no los admite’, y las palabras no suelen admitirlos de buena gana.

En esto del cálculo de las palabras de una lengua solo pueden venir a echar una mano los diccionarios. Mal que nos pese a los que los hacemos, ningún diccionario registra todas las palabras de una lengua; muchos de ellos ni siquiera aspiran a hacerlo.

El Diccionario de la lengua española, en el que trabajan todas las academias de la lengua española del mundo, y que cuenta ya con veintitrés ediciones, incluye casi 95,000 palabras y más de 195,000 acepciones. El Diccionario de americanismos documenta aproximadamente 70,000 palabras y 120,000 acepciones de uso americano. Para hacernos una idea de la complejidad del léxico de una lengua como la nuestra, basta añadir a estos datos los que refleja el Diccionario del español dominicano: más de 10,000 entradas y más de 14,000 acepciones. No crean que es suficiente con hacer una sencilla suma. Recuerden que muchas de estas palabras serán comunes y se diferenciarán en el sentido con el que las usamos.

Se suele decir que para calcular el léxico de una lengua se le añade un 30 % al que se encuentra en los diccionarios. Utilizando solo el dato del Diccionario de la lengua española de las academias obtendríamos unas 125,000 palabras, y seguiríamos teniendo la seguridad de que muchas habrían quedado sin contar. Y ahora les propongo que se detengan a pensar por un momento cuántas de esas palabras conocen y cuántas manejan.

 

7/12/2021

ELEGANTES Y FUNCIONALES

Circula en las redes sociales un mensaje protagonizado por la palabra pedigüeñería y los «firuletes» que la acompañan. Una sola palabra nos reta a dominar nuestro teclado, sobre todo a los que no lo tienen configurado en español. En ella encontramos el punto sobre la i, la diéreses sobre la u (ü), la inconfundible virgulilla de la ñ y la tilde sobre la í.

El punto sobre la i, la novena letra de nuestro abecedario, no siempre estuvo ahí. Sus antepasadas griega y latina no llevaban punto. En las lenguas romances empezó a usarse el punto para distinguir la i de las letras contiguas. El punto le da su personalidad a este «dedo meñique del alfabeto», una greguería del gran Ramón Gómez de la Serna. La virgulilla de la eñe nace de la abreviatura de la doble nn en el español medieval que se representaba como ñ. En latín no existía el sonido de nuestra eñe, así que se echó mano de esta abreviatura para representarlo.

Encontramos además dos signos ortográficos que le otorgan a la letra sobre la que los colocamos un valor especial: la tilde y la diéresis. La tilde indica que estamos ante la sílaba tónica de la palabra y la diéresis, también llamada crema, señala que la u sobre la que se coloca tiene valor fónico y debe pronunciarse.

No estoy de acuerdo en eso de aplicarles el nombre despectivo de «firuletes», referido al adorno superfluo y de mal gusto. La elegancia de la virgulilla, la personalidad del punto, la sonoridad de la tilde y la sutilidad de la diéresis están lejos de ser de mal gusto; además cumplen puntualmente su misión de facilitar la lectura correcta y la interpretación adecuada de los textos escritos. ¿Qué más les podemos pedir?

 

EL SARPULLIDO DE LA COMA

14/12/2021

Un amigo querido me confiesa que las comas le producen sarpullido. El tamaño diminuto de la coma no impide que sea la protagonista de muchas de nuestras dudas ortográficas cuando redactamos. Como para tantas otras cosas, no hay recetas mágicas para usar bien la coma; solo nos queda ir familiarizándonos poco a poco con los contextos en los que aparece, porque para cada sarpullido hay un ungüento.

En lo que a la coma respecta, no conviene ni pasarse ni quedarse corto. El acierto con la coma estriba tanto en escribirla cuando va como en dejar de escribirla cuando no va. Y en estas dos últimas frases tienen el primer ungüento que nos recetan hoy para el sarpullido de la coma. No usamos coma entre las partes de la oración coordinadas por las conjunciones ni… ni… Ni usted ni yo volveremos a poner una coma entre ellas. Tampoco escribimos coma entre los miembros de la coordinación copulativa tanto… como. Tanto usted como yo vamos aprendiendo poco a poco más detalles para soltarnos con la coma. Con la ortografía no conviene ni tener miedo ni lanzarse a la piscina sin agua. La maestría con la coma depende tanto del conocimiento como de la práctica.

Un ungüento distinto para un sarpullido diferente: escriban coma cuando se trate de separar las partes de la construcción copulativa no solo…, sino… No solo conviene aprenderse la teoría, sino también ponerla en práctica.

No le tengan miedo a la coma; con un poco de respeto es suficiente. No solo consiste en elegir las palabras, sino en dominar los signos de puntuación. Ni la coma ni sus usos podrán con nosotros.

 

Temas idiomáticos

02/11/2021

COMPAÑEROS DE CAMINO

Dice el Diccionario de la lengua española que una estatua es una ‘obra de escultura labrada a imitación del natural’. Los que gustamos de pasear nos topamos con estatuas de personajes ilustres, o no tanto, de los que muchas veces desconocemos casi todo.

En estos días he recorrido las calles de la ciudad española de Salamanca y he disfrutado en cada recodo de un encuentro con poetas, novelistas y personajes literarios con un vínculo especial con la ciudad; santa Teresa de Jesús, frente a su casa salmantina; san Juan de la Cruz, junto al convento donde vivió; Luis de Góngora, estudiante en la Universidad de Salamanca, una de las más antiguas del mundo; fray Luis de León, siempre frente a su pórtico plateresco, cerca del aula donde impartió docencia y a donde regresó, con su inolvidable «decíamos ayer», luego de su cautiverio por la Inquisición.

Tomamos un descanso junto a la novelista Carmen Martín Gaite, cerca de su casa natal, o un café en su mesa habitual del Novelty con el narrador Gonzalo Torrente Ballester; nos emocionamos ante Miguel de Unamuno frente a la casa donde cerró los ojos definitivamente al horror que se avecinaba.

Los personajes literarios también se han adueñado de rincones acogedores. La Celestina nos recibe en un umbrío jardín asomado sobre la muralla, que nos transporta a un imaginario huerto de Calisto y Melibea, no en vano Fernando de Rojas, el autor de la Tragicomedia, fue estudiante en Salamanca; cerca de allí, por las orillas del Tormes, Lázaro parece acercarse al verraco con el que pronto su amo le enseñará la dureza del mundo.

La literatura puebla las calles y se convierte en un aliciente más, no solo para el agotador figureo en Instagram, sino para interesarnos por creadores y creaturas. 

09/11/2021

UN SIGNO VERSÁTIL

Unas semanas atrás anticipábamos la utilidad de los signos de puntuación hablando de los dos puntos (:). La duda más recurrente se refiere a la escritura de la palabra que sigue a los dos puntos: ¿mayúscula o minúscula?

Repasémoslo mientras aprendemos los usos de los dos puntos. Se escribe con minúscula la primera palabra de la enumeración o expresión que hemos anticipado con el signo. Lo planeamos así: mañana de playa, tarde de lectura. Para participar solo tienen que venir preparados: libro, toalla y ganas de disfrutar.

Entre las funciones de los dos puntos está conectar dos oraciones que se relacionan entre sí con un vínculo de dependencia. En esto se parecen al punto y coma (;) y pueden alternar con él a gusto del que escribe. La Ortografía de la lengua española habla de cuatro relaciones expresadas por este signo; en todos estos casos, después debemos escribir en minúscula.

Podemos expresar una relación causa-efecto: Se presentó tarde y malhumorado: no lo vuelvo a invitar. Este signo nos permite además establecer que lo expresado tras los dos puntos se considera una conclusión o un resumen de lo anterior: La playa estaba desierta y el mar en calma: fue una mañana preciosa. Recurrimos a ellos cuando se trata de explicar o a detallar lo que hemos expresado antes: La tarde fue inolvidable: alrededor de un buen café leímos y hablamos de libros. Por último, podemos indicar con ellos una relación de oposición: No fue un día cualquiera: fue un día perfecto.

Con todo esto no se agotan las posibilidades que nos brindan los dos puntos: son un signo versátil que conviene aprender a manejar bien. ¿Me acompañan a hacerlo?

16/11/2021

PALABRAS Y PENSAMIENTOS

No se confundan: el objetivo primero de la escritura no es escribir bien. El objetivo de la escritura es propiciar que el lector entienda lo que el que escribe quiere decir. Por eso, nunca están de más los signos de puntuación que, con su versatilidad, nos ofrecen un sinfín de posibilidades para expresar con claridad las relaciones que se establecen entre nuestras frases.

Los dos puntos son un buen ejemplo; como protagonistas de un melodrama ortográfico, casi siempre menospreciados, están dispuestos a destaparse y a demostrarnos su valía. ¿Qué haríamos sin ellos cuando necesitamos introducir literalmente en nuestro texto palabras o pensamientos? Es lo que conocemos como discurso directo. Se sirve principalmente de los dos puntos como signo de puntuación y, en general, de un verbo de lengua o de pensamiento. En la variedad y la propiedad está el gusto; elijan entre los muchos que nos proporciona la lengua el que más se ajuste a sus necesidades expresivas: decir, expresar, manifestar, repetir, declarar, opinar, describir, exponer, explicar, preguntar, inquirir, responder, contestar, refutar, pensar, reflexionar, etc.

Mediante discurso directo incluimos en lo escrito las citas literales que reproducen textualmente las palabras de alguien: Así lo aconsejaba don Quijote: «Anda despacio; habla con reposo; pero no de manera que parezca que te escuchas a ti mismo; que toda afectación es mala». También los pensamientos: Cerró el libro y pensó: «Debí decidirme antes a leer el Quijote». Las palabras o pensamientos que reproducimos deben aparecer entrecomilladas y, por supuesto, las comillas deben ser angulares.

Ya habrán notado en los ejemplos que, en estos contextos, siempre escribimos con inicial mayúscula la palabra que sucede a los dos puntos. Hasta aquí, un apunte de lo que debemos hacer; la semana que viene, un apunte de lo que debemos dejar de hacer.

 

Temas idiomáticos

Por María José Rincón

 

31/08/2021

UNA SORPRESA SUPERLATIVA

La semana pasada nos animamos a expresar la intensidad de las cualidades de nuestro entorno, de las personas y de las cosas que tenemos alrededor. Si lo característico de alguien o de algo se manifiesta en un grado muy alto y así queremos indicarlo, los adjetivos superlativos nos ayudan a hacerlo. Hemos repasado cómo se construyen, pero nos tienen reservada alguna que otra sorpresa.

Directamente del latín hemos heredado algunos superlativos sincréticos que podemos alternar con las formas habituales: óptimo (muy bueno, buenísimo), pésimo (muy malo, malísimo), máximo (muy grande, grandísimo), mínimo (muy pequeño, pequeñísimo), supremo (muy alto o muy superior, altísimo) e ínfimo (muy bajo o muy inferior, bajísimo). No duden en familiarizarse con ellos; solo tienen que probar a usarlos apropiadamente y verán cómo se lo agradecen sus textos: un resultado óptimoun pésimo planteamientouna dedicación mínima, un esfuerzo supremo; y, mi preferido, un porcentaje ínfimo.

Disponemos además de otros superlativos que se construyen no sobre la base del adjetivo en español, sino sobre la base del adjetivo en latín; son superlativos irregulares de uso culto que siempre es interesante conocer. Algunos aprovechan el sufijo -ísimo, que ya conocemos: fidelísimo (muy fiel), sapientísimo (muy sabio), antiquísimo (muy antiguo). Otros se forman con el precioso sufijo -érrimoacérrimo (muy acre), celebérrimo (muy célebre), libérrimo (muy libre) y misérrimo (muy mísero).

Hay también un grupo selecto que puede presumir de disfrutar de dos formas de superlativo igualmente válidas, una formada a partir del adjetivo en español y otra formada a partir de su forma latina: crudelísimo y cruelísimoasperísimo y aspérrimonegrísimo y nigérrimopulcrísimo y pulquérrimopobrísimo y paupérrimo.

Están ahí para conocerlos; no solo para entenderlos en los textos ajenos, sino también para usarlos en los propios cuando la ocasión lo merezca.

Temas idiomáticos

Por María José Rincón

 

ALUZAR EL CAMINO 

Lo más gratificante de la divulgación es siempre la respuesta. Tras la publicación de «Cifras y letras», la Eñe de la semana pasada, recibí un delicioso mensaje de Jocabed, una lectora de 10 años, en el que me dice que es una de las columnas que más le ha gustado y que su madre siempre la anima a leerlas para que practique la lectura.

Los que nos dedicamos a la investigación y al estudio solemos poner el acento en verbos como buscar, analizar, revisar, probar, descartar, deducir, plantear, publicar… Demasiado a menudo olvidamos que, mientras hacemos todo esto, hay otro verbo que debemos poner en marcha: divulgar. Nuestra responsabilidad como investigadores es compartir con los demás nuestra experiencia, nuestro trabajo y también los conocimientos que de ellos obtenemos, con rigor y, si fuera posible, con cercanía. Y por investigadores me refiero a los de todos los campos del saber científico, incluidas las humanidades y, entre ellas, por supuesto, las ciencias del lenguaje, que es lo que a mí me toca.

La divulgación del conocimiento nos hace recordar que el saber no es para atesorarlo en una pequeña urna como si fuera una reliquia; el saber solo tiene sentido si se comparte y ayuda a mejorar nuestro entorno, a encender pequeñas chispas que alucen (mira, Jocabed, qué hermosa palabra, dedicada especialmente para ti) el camino de otros.

Les parecerá a veces que no hay nadie siguiendo ese camino. Pero habrá un día en el que reciban un mensaje como el que yo he recibido de Jocabed y comprendan que la divulgación del conocimiento es un merecido homenaje a aquellos gigantes sobre cuyos hombros nos subimos para que nuestra mirada llegue más lejos, pero también un mensaje de esperanza para aquellos que, como Jocabed, serán gigantes algún día.

 

SIEMPRE SERÁ EL PRIMERO 

No todos los días la labor de investigación filológica salta de las páginas de las revistas científicas para colarse en las de la prensa. Un hallazgo lexicográfico extrordinario, publicado por la medievalista argentina Cinthia María Hamlin, ha traspasado las páginas del primer Boletín de la Real Academia Española de este año. La investigadora se topó casi por casualidad con dos folios de un incunable que, gracias a su labor de datación, sabemos que fue impreso en Sevilla cerca de 1492 y que se trata del primer vocabulario romance-latín que llegó a la imprenta. Sus pesquisas van más allá y proponen como su autor al cronista, historiador y traductor Alfonso Fernández de Palencia, quien había publicado en 1490 el Universal Vocabulario, con el que el incunable ahora encontrado guarda una estrecha filiación lexicográfica.

Se trata de un vocabulario, que el autor dedica a la reina doña Isabel, que registra palabras en español y ofrece para ellas su equivalente latino: «He copilado de todos los más vocablos que pudo nuestro trabajo alcanzar, poniéndolos en orden de A, B, C y dado a cada vocablo castellano un vocablo latino, o los que según nuestro juicio entendimos ser más acomodados». Confirmado el descubrimiento, adelantaría unos años al que hasta ahora se consideraba el primero en su género, el Diccionario latino-español de Elio Antonio de Nebrija, publicado en Salamanca en torno a 1494.

Aunque a las puertas del año de conmemoración del quinto centenario de la muerte de Nebrija este feliz acontecimiento filológico le arrebata la primacía lexicográfica, seguiremos venerando al sevillano por ser autor de la primera gramática de nuestra lengua y, por supuesto, para nosotros siempre será el primero que registró una palabra taína en un diccionario de lengua española.

 

EN LA PUNTA DE LA LENGUA 

Apreciar las cualidades de lo que nos rodea forma parte de la vida; percibir aquello que distingue nuestro entorno, que le da su carácter, y saber expresarlo nos relaciona con el mundo. Puede parecerles que estoy elucubrando, pero imaginen qué haríamos si la lengua no nos permitiera hablar de esas cualidades. ¿Cómo diríamos que algo está frío o es grande o que alguien es ingenioso, exigente o adorable? No hay que alarmarse, para referirnos a las cualidades la lengua española nos brinda un extraordinario repertorio de adjetivos calificativos cargados de matices para que no se nos escape ni un detalle del mundo.

Además, la lengua nos permite graduar el adjetivo para expresar en qué medida está presente esa cualidad; si algo está friísimo o es muy intenso, si alguien es cada día más ingenioso, menos exigente o sigue siendo tan adorable como siempre. Como bien nos explica la Nueva gramática de la lengua española, el adjetivo puede expresarse en tres grados: positivo, comparativo y superlativo.

Cuando usamos el adjetivo tal cual, sin modificadores de grado, expresamos la cualidad de una forma neutra (una mañana fría, un dolor intenso, un comentario ingenioso). Si recurrimos al grado comparativo, podemos expresar la superioridad (más ingenioso que), la inferioridad (menos exigente que) o la igualdad (tan adorable como). Si de lo que se trata es de expresar la cualidad en su grado más alto, entonces hay que echar mano del superlativo (una mañana friísima, un dolor intensísimo, un comentario muy ingenioso).

Este abanico de grados de intensidad se suma al abundante caudal de adjetivos de la lengua española y a la riqueza de matices propios de cada adjetivo y nos pone el mundo en la punta de la lengua. ¿Me acompañan a saborearlo?

 

CUALIDADES SUPERLATIVAS

Después de unas semanas compara que te compara, hemos llegado a ese momento en el que lo que necesitamos es indicar que una cualidad está presente en una medida muy elevada. Para eso la gramática nos permite expresar el adjetivo en grado superlativo.

Si queremos dar a entender que una persona o una cosa posee una cualidad en mayor grado en comparación con el resto, necesitamos un superlativo relativo: el más hermoso de todos, la menos lenta de las corredoras. En cambio, si la intención es referirnos a una cualidad que se manifiesta en un grado muy destacado sin necesidad de establecer una comparación, necesitamos un superlativo absoluto. Para construir un superlativo absoluto tenemos dónde elegir. Podemos recurrir al adverbio muy (muy aburrido, muy profunda) o al sufijo -ísimo (aburridísimo, profundísima). Existe, además, la posibilidad de incluir otros matices aprovechando ciertos adverbios en -mente que expresan intensidad: sumamente caro, extremadamente picante, intensamente azul. Pero aún hay más opciones; las que nos proporcionan aquellos prefijos que aportan un matiz intensificador (mega-, hiper-, super-, requete-, archi-); no los encontrarán en el diccionario, porque se construyen según la necesidad, pero no duden en usarlos, aunque la mayoría estén reservados al registro coloquial: megabarato, hiperfrío, superfamoso, requetepesado, archisensible.

En el español dominicano tenemos el precioso sufijo –(n)ingo, que expresa el grado superlativo. Solo lo encontramos en algunas palabras, pero no me resisto a recordarlo aquí: nueveciningo ‘muy nuevo’, soliningo ‘muy solo’, azuliningo ‘de color azul intenso’, chininingo o chirriningo ‘muy pequeño’, blandiningo ‘muy blando’.

Temas idiomáticos

Por María José Rincón

NO HAY ENEMIGO PEQUEÑO

 Han interesado mucho las pequeñas transformaciones que provocan los enclíticos en las formas verbales con las que se unen. Recordemos que llamamos enclíticos a aquellos pronombres personales que se unen directamente al final del verbo y forman con él una sola palabra. Es precisamente la unión del pronombre con la forma verbal la que provoca en ocasiones algunas modificaciones ortográficas que debemos tener presentes cuando nos toque ponerlos por escrito. Cuando se une el pronombre personal se a una forma verbal que termina en -s debemos reducir las dos eses contiguas a una sola; si al subjuntivo exhortativo compremos, terminado en -s, le sumamos el pronombre enclítico se, que empieza también con s-, y el enclítico lo, debemos eliminar una de las dos eses. La forma resultante es comprémoselo y no *comprémosselo. Siempre que nos encontramos con este contexto debe producirse la simplificación: Es su blusa preferida, regalémosela; No quiero guardar más el secreto, contémoselo. En cambio, hay contextos en los que no se produce la simplificación de las consonantes iguales contiguas. Cuando la forma verbal conjugada termina en la consonante -n y a este verbo le sumamos el pronombre personal enclítico nos, resultan dos enes contiguas que deben mantenerse: cuéntennos, páguennos, dígannos. De este modo podemos diferenciar entre la segunda persona del singular de cortesía (cuéntenos) y la segunda persona del plural de cortesía (cuéntennos).

La complejidad de los morfemas flexivos que logran que nuestro sistema verbal pueda adaptarse a todo lo que queremos decir, siempre cargado de matices expresivos, se combina con la presencia de estos pequeños grandes pronombres personales. Nunca viene mal saber cómo se escriben las formas resultantes.

 

A PIE Y A MANO

La lengua crea combinaciones de palabras que, con el uso, llegan a funcionar como una sola. A estos grupos de palabras los conocemos como locuciones y desarrollan un sentido propio que les da personalidad léxica y una forma fija que no admite muchas variaciones y que debemos conocer y respetar. Hoy nos vamos a fijar en un grupo muy particular de locuciones. Tienen como núcleo las palabras pie y mano en singular, pero no son pocas las veces que, quizás porque tenemos dos pies y dos manos, que las encontramos usadas en plural. Si damos un paseo caminando lo hacemos a pie, no *a pies, aunque nos sean necesarios ambos pies para andar. Si nos quedamos en un sitio y no nos apartamos de ahí, estaremos a pie firme, no *a pies firmes, aunque tengamos los dos pies bien afincados en el suelo. Si entramos en un sitio o en una actividad con buen pie o con el pie derecho nos guiará la buena suerte; en cambio, cuidémonos de entrar con mal pie o con el pie izquierdo porque nos perseguirá la mala fortuna. En todo caso nunca lo haremos *con buenos pies o *con malos pies. Si nos paramos nos ponemos en pie, nunca *en pies, aunque sean ambos pies los que nos sostengan. Si tenemos algo cerca o lo consideramos fácil de entender o de hacer, decimos que los tenemos a la mano, no *a las manos. Si realizamos algo manualmente decimos que lo hemos hecho a mano, y no *a manos, aunque seguramente hayamos usado las dos. Cuando somos generosos y también cuando estamos dispuestos a recibir dádivas decimos que abrimos la mano; cuando insistimos en algo o somos excesivamente rigurosos cargamos la mano.

El Diccionario de la lengua española registra muchas de ellas y nos puede ser útil para confirmar su forma adecuada y el sentido exacto en el que se usan. Aprevochémoslo.

 

ANGLICISMOS

Si ya los que procuramos hacer un buen uso de nuestra lengua huimos del abuso de anglicismos innecesarios, imagínense la urticaria que nos producen los anglicismos inventados. El Diccionario de la lengua española define como anglicismo el ‘vocablo o giro de la lengua inglesa empleado en otra’. Todos los usamos; algunos ocupan un hueco léxico que el español no ha llenado todavía; otros sacan a la luz esa inseguridad lingüística que nos convence de que lo dicho en otro idioma nos hace lucir más listos o más a la moda; otros delatan preocupantes lagunas en el vocabulario.

Los falsos anglicismos solo tienen del inglés la apariencia; las tomamos y las usamos a nuestra forma. Por ejemplo, nos apropiamos del sustantivo inglés fashion ‘moda’ para transformarlo en un adjetivo sui géneris aplicado a lo que está ‘a la moda’ (en inglés se diría fashonable o trendy). Al muy usado feeling le atribuimos el sentido de conexión entre personas cuando en inglés significa ‘sentimiento’. No hace falta insistir en todas las palabras de las que disponemos en español para referirnos a esta compenetración, afinidad, sintonía, entendimiento, cercanía o química que nos une a alguien.

Otras palabras las apañamos tomando una parte de aquí y otra de allá hasta que las convertimos en pequeños Frankenstein. Se trata de formas híbridas como puenting, formada con la raíz léxica de puente a la que se añade la terminación inglesa -ing, inventada para designar la actividad que consiste en precipitarse al vacío desde una gran altura atado a un arnés. El Diccionario panhispánico de dudas recomienda sustituirla por el neologismo puentismo, formada con el muy castellano sufijo –ismo que encontramos también en ciclismo o en piragüismo.

Siempre es aconsejable revisar lo que tenemos en casa antes de salir a buscar a lo loco.

 

CIFRAS Y LETRAS

Ya saben que lo mío son las palabras, pero algunas palabras también hablan de números y conviene saber manejarlas correctamente. Los numerales expresan cantidad o número de muy distintas maneras: el valor numérico (numeral cardinal), la división de un todo en partes (numeral fraccionario o partitivo), el lugar que ocupa una unidad en una serie (numeral ordinal) o el resultado de una multiplicación (numeral multiplicativo). Cada uno tiene sus propias curiosidades, con ciertas características para usarlos correctamente.

Hoy nos vamos a fijar en un grupo selecto y limitado de los numerales multiplicativos en español, que pueden funcionar como adjetivos o sustantivos. Los adjetivos numerales multiplicativos que usamos hoy son los acabados en -e, que concuerdan en género tanto con los sustantivos femeninos como con los masculinos: doble sueldo, habitación triple, dosis cuádruple. Pero en español existen también una forma en -o para el masculino y una en -a para el femenino, aunque bastante menos usadas: sueldo duplo, habitación tripla, dosis cuádrupla. Los numerales multiplicativos funcionan también como sustantivos. Cuando es así tienen género masculino y los preferidos son los que tienen la terminación en -e: el doble, el triple, el cuádruple. Estos tres primeros multiplicativos, los más bajos de la serie, son los más habituales y nos suenan a todos, pero no son los únicos. Entre el cinco y el ocho tenemos un par de variantes: quíntuple/quíntuplo (x cinco), séxtuple/séxtuplo (x seis), séptuple/séptuplo (x siete), óctuple/óctuplo (x ocho). Del nueve al trece son casi bichos raros: nónuplo (x nueve), décuplo (x diez), undécuplo (x once), duodécuplo (x doce), terciodécuplo (x trece) y céntuplo (x cien). En lugar de estas formas se opta por la expresión nueve vecesdiez veces, etc.

Hemos dicho que los numerales son una serie cerrada. Aquí ya han conocido a todos los miembros de una familia preciosa en la que conviven amigablemente cifras y letras.

Temas idiomáticos

María José Rincón

 

BRÚJULA Y CAMINO

24/05/2021

Cuando acabamos de celebrar el Día Internacional del Libro no podemos olvidar que nos ha tocado vivir un tiempo muy especial. Un tiempo que, como escribe Michèle Petit en El arte de la lectura en tiempos de crisis, nos ha puesto a flor de piel todas las angustias. Muchos nos hemos refugiado, más aún si cabe, en la literatura, en esos libros que nos ayudan a enlazar nuestra historia y a darle sentido a través de las historias de otros. La literatura nos ayuda a repensar lo que se nos hace incomprensible, nos ayuda a apoyarnos en los que ya no están, nos brinda la posibilidad de ser un paso más en el camino, un camino que viene de lejos y al que, por suerte, no le vemos el final. Decía Emily Dickinson que «para viajar lejos no hay mejor nave que un libro».

Cuando sentimos que la realidad nos obliga a abrir los ojos a la fugacidad y a la fragilidad de la vida, nos hacemos conscientes del tiempo. Y los lectores medimos el tiempo en libros. Nunca ha habido un tiempo mejor que este para hacerle caso a Umberto Eco: «Quien no lee, a los 70 años habrá vivido una sola vida, ¡la propia! Quien lee habrá vivido cinco mil años. Estaba cuando Caín mató a Abel, cuando Renzo se casó con Lucía, cuando Leopardi admiraba el infinito. La lectura es la inmortalidad hacia atrás».

Cuando somos conscientes del tiempo que se escurre entre nuestras manos, no hay mejor antídoto que aferrarnos a las páginas de un libro. Compadezco a los que aún no han descubierto el íntimo placer de abstraerse del mundo para dejarse llevar a otro más intenso y perdurable construido con palabras que nos sirven de brújula a nuestro regreso.

 

DEJAR PARA MAÑANA

11/05/2021

Una de las palabras más consultadas en el Diccionario de la lengua española en todo el mundo durante el último año es resiliencia. Casi 384,000 hablantes se interesaron por su significado. 36,000 hablantes más la buscaron como *resilencia, pero el diccionario con seguridad les sirvió como orientador ortográfico. Curiosamente las consultas de este sustantivo, que oímos más cada día, pasaron de 28,000 en abril de 2020 a casi 160,000 en enero de 2021. La palabra resiliencia, según la define el Diccionario de la lengua española, se refiere a la ‘capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos’. Sin duda, la situación que nos ha tocado vivir y su prolongación en el tiempo se han convertido en el ambiente ideal para que este sustantivo, de origen latino, pero que ha llegado al español a través del inglés, esté entre los más consultados.

Mencionamos la semana pasada que, entre los términos que más se le acercan en número de consultas, está el verbo procrastinar, que mantiene una media superior a las 10,000 consultas mensuales en el último año, aunque algunas de ellas arrojan un resultado negativo porque el consultor del DLE escribe *procastinar. El verbo procrastinar, referido a eso que hacemos algunos con tanta frecuencia de diferir, aplazar, retrasar el momento de hacer algo, tiene su origen en el latín y en su composición interviene el adverbio latino cras, que significa ‘mañana’, de donde procede esa segunda erre que olvidamos a menudo. En resumen, parafraseando el refrán, se trata de dejar para mañana lo que bien puedes hacer hoy.

Procrastinar no suele dar buenos resultados; cuando se trata de consultar en el diccionario el significado apropiado o la escritura correcta de las palabras, no conviene dejar para mañana lo que tan fácilmente podemos hacer hoy.

 

PUNTO DE APOYO

18/05/2021

La ese líquida, esa que va seguida de una consonante al principio de una palabra, no es natural para la lengua española, por eso acostumbramos a añadir una e delante cuando tenemos que pronunciarla. Ya desde antiguo se daba este fenómeno. Innumerables palabras del latín que pasaron a formar parte del español desde sus orígenes lo hicieron añadiendo esta e protética: escritura de scriptura, estado de status, estrella de stellaescalera de escalaria, espuma de spuma o estadio de stadium. Y así muchas más.

Cuando las palabras o expresiones latinas se han incorporado a nuestra lengua como cultismos y mantienen su grafía de origen, la ese líquida persiste como en la escritura latina original; en estos casos debemos considerar la expresión como un extranjerismo sin adaptar y señalar esta condición con el uso de las cursivas o las comillas: statu quo, lex stricta, sensu stricto.

Cuando los extranjerismos se adaptan a nuestra lengua en su pronunciación, añadimos una e inicial para ayudar a la articulación de la ese inicial original y esa vocal de apoyo se mantiene en la escritura. La integración en nuestra lengua llega al punto de hacernos olvidar que estas palabras tenían ese líquida en su lengua de origen; nos lo recuerdan sus etimologías en el Diccionario de la lengua española: estrés, del inglés stress; espagueti, delitaliano spaghetti; escafandra, del francés scaphandre; o esquí, del noruego ski.

Se trata de un mecanismo de adaptación patrimonial en nuestra lengua que debemos seguir aplicando a los préstamos con eses líquidas, sin olvidar que los préstamos deben cumplir con la condición de ser necesarios. Si ya hay una palabra en nuestra lengua, no hay por qué salir a buscarla en otra.

 

CON UNA CONDICIÓN

25/5/2021

Una lectora se interesa por el modo verbal que debemos usar en las oraciones condicionales; una consulta gramatical apasionante que hay que aclarar al paso. Una oración condicional, generalmente introducida por la conjunción si, expresa la condición que debe cumplirse para que se produzca lo que expresa la oración que la sigue: Si llegas a tiempo, iremos al cine. Para entendernos, a la oración que va encabezada por si, que nos plantea la condición, la llamamos prótasis (Si llegas a tiempo) y a la que indica lo que sucede si se da esta condición la llamamos apódosis (iremos al cine). Quédense con estas denominaciones porque nos serán muy útiles para entender el funcionamiento de las oraciones condicionales.

La elección del tiempo y el modo verbal depende de varios factores. En ella interviene si la condición es considerada posible o no; si se considera realizada en el pasado o poco probable en el presente o el futuro. Ya se estarán dando cuenta de que en gramática no hay una respuesta fácil. Son tantos los matices que tenemos que expresar en la vida que la lengua recurre a toda su complejidad para reflejarlos. Las oraciones condicionales son un ejemplo perfecto.

Empecemos por las condicionales reales. Las llamamos así porque consideramos que la condición que expresan es posible. Los verbos de la prótasis (oración encabezada por si) y de la apódosis se conjugan en indicativo, ya sea en presente o en pasado: Si llegas a tiempo, iremos al cine; Si fallabas, te ganabas un boche; la apódosis puede conjugarse, además, en imperativo: Si lo consigues, prepárate para celebrar.

¿Qué pasa cuando la condición se considera imposible o improbable? La Eñe de la próxima semana nos demostrará que nuestra lengua tiene recursos para expresarlo todo; solo nos pone una condición, demostrarle respeto e interés.

Temas idiomáticos

Por María José Rincón

  

ENTRE SÍES Y NOES

02/03/2021

Hay quienes acuden a palabras larguísimas en su afán de aparentar dominio de la lengua. Podrían ahorrarse el esfuerzo; el dominio se encuentra también en lo más pequeño. Los monosílabos nos demuestran su carácter haciendo un despliegue de estilo para formar el plural y conviene saber cómo hacerlo.

Cuando acaban en consonante lo tenemos fácil. Como los sustantivos de más de una sílaba, los monosílabos acabados en las letras -n, -l, r-, d, -j, -s, -x o -z forman su plural añadiendo -es: pan/panes; col/coles; mar/mares; troj/trojes; lid/lides; fax/faxes; paz/paces. Si la palabra monosílaba y acaba en -y precedida de vocal sigue esta misma regla: rey/reyes, ley/leyes, ay/ayes.

Si acaba en cualquier otra consonante, forma el plural añadiendo solo –s: tic/tics, chef/chefs, blog/blogs, rock/rocks, zum/zums, chip/chips, bit/bits. Basta fijarse un poco para notar que la mayoría de estas voces proceden de otras lenguas. Encontramos un par de excepciones; para el sustantivo club se consideran correctos los plurales clubs y clubes; y para test podemos usar el plural regular tests y también el plural invariable test.

Los monosílabos acabados en vocal forman el plural añadiendo una -s: si/sis (nota musical), fe/fes, pie/pies. Un ejemplo de la regla son los nombres de las consonantes: ge/ges, pe/pes, ka/kas, cu/cus. Las excepciones las encontramos en los nombres de las vocales, que forman su plural con -es: aes, íes, oes y úes; el caso de la e es especial: podemos elegir entre es y ees, aunque es preferible el primero.

Tres monosílabos con una personalidad destacada nos sirven para concluir: yo, sí no. Si cambiamos de opinión, como solemos hacer de vez en cuando, nuestros noes se convierten en síes. Así nuestro yo, al que creemos tan singular y único, se encuentra con algunos yoes.

 

CAFÉS Y COLIBRÍES

9/03/2021

Los plurales de los monosílabos han levantado mucha expectación. De la expectación hemos pasado a las dudas. Las dudas son siempre saludables, pero no es aconsejable rumiarlas demasiado. Si surge una duda, buscamos una solución; al menos en la ortografía y la gramática solemos encontrarlas.

Dejamos atrás los monosílabos y nos centramos en las palabras de más de una sílaba cuando terminan en vocal. Siguen una regla general, aunque para las palabras terminadas en -í o en  tenemos algunas variantes. Vayamos a la práctica, que siempre nos ayuda a afianzar los conocimientos.

Ponemos en plural las palabras terminadas en cualquiera de las vocales átonas añadiéndoles una -s: mesa/mesas, aceite/aceites, taxi/taxis, polo/polos, haiku/haikus.

Incluso si el final de la palabra está formado por más de una vocal: bonsái/bonsáis, individuo/individuos, miau/miaus. También aplicamos la misma regla para las palabras que terminan en las vocales –á, -é y -ó cuando estas son tónicas: capá/capás, gagá/gagás, café/cafés, puré/purés, bongó/bongós, seibó/seibós. 

Las inseguridades resurgen con las palabras terminadas en -í -ú tónicas. Estas palabras tienen dos posibilidades en cuanto a su plural (-ís o -íes; -ús o –úes), aunque la lengua culta suele preferir las terminaciones en -íes o en -úes. Para las terminadas en –í nos fijamos en cuatro antillanismos prehispánicos: ají/ajís o ajíes, maní/manís o maníes de la lengua taína, y colibrí/colibrís o colibríes, manatí/manatís manatíes de la lengua caribe. Para las voces terminadas en -ú seguimos la misma regla: bambú/bambús o bambúes, mangú/mangús o mangúes. Existen algunas excepciones en palabras procedentes de otras lenguas, para las que se ha impuesto el plural en -s: champú/champús, menú/menús, vermú/vermús.

 

CONCISIÓN Y PROPIEDAD

16/03/2021

Hay dos palabras especialmente relacionadas con mi idea, y, por supuesto, la de otros muchos, de escribir bien. Escribir bien no significa usar la palabra más larga y más rebuscada, engañosamente más culta; no significa decir con más palabras lo que se puede decir con menos. Escribir bien tiene mucho que ver con la concisión y la propiedad, aliadas indispensables ante una página en blanco.

No es baladí recordar que para una buena escritura es preciso tener algo que decir y saber qué es. ¡Cuántas veces un texto ininiteligible nace de nuestras dudas sobre qué idea queremos transmitir! Suele servir un pequeño o gran esquema que establezca nuestras ideas principales y el orden en que las vamos a comunicar.

Tenemos el lápiz en la mano (pueden cambiarlo por su útil de escritura favorito), el esquema en la cabeza o garabateado en un papel, y ahora nos toca volver a aquello de la concisión y la propiedad. Ya sabemos lo que queremos decir y, por supuesto, lo queremos decir con exactitud. La concisión, según el Diccionario de la lengua española, consiste en hacerlo ‘con brevedad y economía de medios’. Húyanles como a la peste a los rodeos y circunloquios; si existe una forma más sencilla de decirlo, siempre debemos preferirla. Brevedad y economía sin sacrificar el significado; y aquí entra en juego nuestro principal recurso: la propiedad. Solo las palabras apropiadas nos brindan el sentido exacto de lo que queremos decir; van directas a la idea, son precisas y y adecuadas y cumplen con su misión: decir con exactitud y claridad o que queremos decir. «¿Y es fácil?», me dirán ustedes. Ya les digo yo que no, por eso me propongo compartir con ustedes algunos recursos en las próximas semanas.

Temas idiomáticos

María José Rincón

NUEVAS ACEPCIONES

26/01/2021

 

La tecnología se extiende en nuestra vida cotidiana. Nada de malo tiene que se extienda también en el diccionario. Nuevas realidades, nuevas palabras, nuevas acepciones. Todos las usamos, y las usamos tanto que llega a sorprendernos saber que acaban de incorporarse al Diccionario de la lengua española en su actualización más reciente. Ya teníamos las palabras; ahora las utilizamos para referirnos a más cosas, ampliamos sus sentidos, las hacemos crecer.

Un perfil ha dejado de ser solo el de una figura para referirse también a nuestra identidad en una red social y al espacio donde publicamos los datos sobre ella. Un hilo ya no es solo una hebra textil larga y delgada que ensartamos o tejemos con una aguja; ahora publicamos en una red social un hilo con el que ensartamos una serie de mensajes relacionados. Antes publicábamos por medio de la imprenta; ahora lo hacemos en entornos digites. Lo bueno que tienen estos entornos es que también podemos despublicar, es decir, ‘retirar del acceso público un contenido’. Pesar fue siempre tener peso; el mundo digital le ha añadido una nueva acepción. Ahora también pesan los archivos, ocupan un cierto espacio de memoria en nuestros dispositivos electrónicos. Los avatares ya no son solo encarnaciones de dioses; ahora representan nuestra identidad virtual, simples mortales. Muchos se echarán a temblar y despotricarán sobre las nuevas tecnologías; las culparán de maltratar el idioma. Lo cierto es que estas nuevas acepciones demuestran cómo funciona la lengua, cómo se mantiene viva y a nuestro servicio. Somos nosotros, los hablantes, los responsables de todo lo demás.

 

02/02/2021

EMOJIS Y TROLES

 

Últimamente los usamos casi tanto como las palabras, pero sus nombres no estaban en el diccionario; hasta ahora. La versión actualizada del Diccionario de la lengua española ya registra los sustantivos emoticón, o emoticono, y emoji, de origen japonés, para referirse a esas pequeñas y coloridas imágenes digitales que incluimos en nuestros mensajes escritos y que muchas veces llegan a sustituirlos. Por nuevos que sean los emojis no se libran de las reglas para utilizarlos correctamente. El Libro de estilo de la lengua española, de la Real Academia Española, nos aconseja separarlos de las palabras con un espacio y respetar las normas de puntuación en los enunciados que los contienen.

En el Diccionario de la lengua española habitan toda clase de seres malignos. Uno de mis preferidos es el trol, personaje malvado, tradicional de la mitología escandinava, que vive en bosques y cuevas. Pero a nuestro mitológico trol le ha salido un tocayo; un nuevo inquilino en el diccionario, esta vez de origen inglés, y con menor prosapia, un usuario, indeseado y afrentoso, de las redes sociales que se pasa el día publicando mensajes con el ánimo de ofender, de provocar o, simplemente, de arruinar una conversación. Y claro, los troles no tienen otro oficio mejor que el del troleo, sustantivo también incluido en la actualización más reciente de nuestro diccionario académico; y no tienen otro oficio que trolear a diestra y siniestra, casi siempre a siniestra.

Ya sabemos que los diccionarios son las casas de las palabras y las palabras no se están quietas, mal que les pese a muchos. Las palabras están tan vivas como sus hablantes y estos cada día más habitamos las redes sociales. No debe extrañar que algunas palabras nuevas salten desde ahí al diccionario.

 

9/02/2021

VOLVERSE UN MANGÚ

«¿Sabías que la palabra mangú no aparece en el diccionario?». Así llama nuestra atención la nueva campaña publicitaria de los supermercados Jumbo, que pide a sus seguidores que utilicen la etiqueta #mangú en la RAE cuando se dirijan a la cuenta de la Real Academia Española para pedir que incluyan la palabra en su diccionario. Curiosa iniciativa publicitaria que merece que la aprovechemos para aprender un poco sobre diccionarios.

Empecemos por ahí: no existe «el» diccionario. Diccionarios hay muchos y de muchos tipos, y no todas las palabras están en todos, ni deben estarlo. Por ejemplo esta campaña publicitaria pasa por alto que la palabra mangú está registrada en el Diccionario del español dominicano de la Academia Dominicana de la Lengua o en el Diccionario de americanismos de la Asociación de Academias de la Lengua Española. Su aparición en estos dos diccionarios (dos de muchos) se justifica porque la palabra cumple con los criterios que estas obras establecen para su inclusión. La propuesta de la palabra mangú deberá cumplir con los criterios del Diccionario de la lengua española de la RAE.

En cualquier caso, la presencia en el diccionario no le quita ni le pone al sustantivo mangú, tan nuestro como el plato que designa. Ojalá esta campaña se ampliara, no solo para la inclusión anecdótica de un término concreto en un diccionario concreto, sino para la difusión de nuestro patrimonio léxico, propio o compartido con otros hispanohablantes; para la promoción del buen uso del español en las redes o, ¿por qué no?, en las campañas publicitarias (por ejemplo, en el anuncio de Jumbo aparecen los anglicismos taguear y hashtag); para no volvernos un mangú con la ortografía, tantas veces maltratada; para la valoración de nuestra particular y riquísima forma de hablar español.

 

16/02/2021

BOMBONES PARA SIEMPRE

 

Cuando por la mañana bien temprano me encaminaba a mi oficina, solía encontrarme con Doi, con don Manuel Salvador Gautier, que paseaba a sus perros a paso largo y firme. Su porte y su silueta inconfundibles no lo dejaban pasar desapercibido. Más de una vez me detuve a saludarlo. A pesar de nuestros encuentros frecuentes en la Academia Dominicana de la Lengua, lo recuerdo mejor en estas breves conversaciones, a pie de calle, cerca del mar en el fresco de la mañana; revivo la calidez de su palabra, la perspicacia de su mirada y, en especial, su actitud templada y serena.

Recién llegada a esta isla, me regaló su primera novela, El atrevimiento, primer volumen de su tetralogía Tiempo para héroes. Con ella empecé a conocer literariamente la historia dominicana. Cuando supe de su muerte, busqué sus obras en mi biblioteca y, mientras recorría sus lomos, recordé que en esa primera novela Doi me había dejado una dedicatoria: «A María José, con la esperanza de que sus estudios de filología sirvan para entender a los dominicanos y para que los dominicanos se entiendan ellos mismos». Tremenda responsabilidad, sobre todo viniendo de la pluma de don Manuel, premio nacional de literatura. Me da por pensar que tenía razón. ¿Para qué otra cosa si no sirven la literatura y la filología?

A Doi le gustaban los bombones. Para siempre se me quedó entre las manos la caja de bombones que un día íbamos a compartir. Para siempre se quedarán en mis manos, y espero que en las de todos los lectores, sus novelas.

 

23/02/2021

UNA REGLA AGRADECIDA

No me nieguen ustedes que todos, al menos lo que prestamos atención a la ortografía, agradeceríamos que existieran reglas sin excepciones. Reglas hay muchas; excepciones, casi tantas como reglas. Memorizarlas todas es una tarea ímproba. Sin embargo, hay un puñado de reglas muy sencillas, con muy pocas excepciones, que se aplican a palabras que usamos con mucha frecuencia. Yo las llamo reglas ortográficas «agradecidas»: poco esfuerzo, grandes resultados.

El sufijo -oso, y su forma femenina -osa, se utiliza en español para formar adjetivos. Siempre se escribe con ese; por lo tanto, los adjetivos que se forman con él siempre se escriben con ese.

Este sufijo forma adjetivos a partir de sustantivos. Los adjetivos que resultan siempre se refieren a que lo expresado por el sustantivo es abundante. Con facilidad comprobamos su productividad: gusto, gustoso; nube, nuboso; jabón, jabonoso; afecto, afectuoso; montaña, montañoso; mora, moroso; bondad, bondadoso, volumen, voluminoso; vigor, vigoroso, vello, velloso; sudor, sudoroso.

El sufijo -oso/-osa forma, además, adjetivos a partir de otros adjetivos: de verde, verdoso, o de alegrealegroso. También en esta modalidad produce muchos nuevos adjetivos: amarillo, amarilloso; amargo, amargoso; elegante, elegantoso. También aparece este sufijo en adjetivos que se derivan de verbos: cavilar, caviloso; afrentar, afrentoso; resbalar, resbaloso. Hay otro sufijo que sigue esta misma regla ortográfica y que se aplica especializamente en la nomenclatura química: sulfuroso, nitroso, cloroso, ferroso.

A ojo de buen cubero el Diccionario de la lengua española registra unos mil trescientos adjetivos terminados en -oso/-osa. Solo hay dos excepciones a la regla: mozo y moza, buenmozo y buenamoza. A esto era a lo que me refería cuando les hablaba de regla ortográfica «agradecida». ¿Y lo buen mozo que resulta alguien con buena ortografía?

Temas idiomáticos

Por María José Rincón

 

 SIN EXCUSAS

22/12/2020

En la actualización de 2020 del Diccionario de la lengua española no todo es pandemia y crisis sanitaria. La gastronomía, cada vez más popular y más global, se adueña de las nuevas entradas del diccionario.

Nos proponen los populares nachos, típicamente mexicanos, ‘trozo triangular de tortilla de maíz’ y aprendemos que la palabra procede del nombre del cocinero mexicano Nacho Anaya. Hay lugar para las delicias orientales, como el sabroso falafel (o faláfel) ‘bolas fritas de pasta de garbanzos u otras legumbres’ o el suculento tayín, un guiso norteafricano muy especiado que se cocina en particular cazuela con tapa a la que también llamamos tayín. También el sustantivo wok comparte la designación del utensilio de cocina (‘sartén ancha y profunda con asas utilizada en la cocina oriental para saltear’) con la del plato que en él se prepara. Descubrimos que el italianismo carpacho (‘plato de lonchas muy finas de carne o pescado aliñadas que se come crudo’) procede del apellido del pintor veneciano Vittore Carpaccio, porque la creación del plato estuvo inspirada en una exposición que se le dedicó a este pintor en su ciudad natal a mediados del XX.

Si consultan la nueva versión del Diccionario de la lengua española descubrirán que habla de nosotros. Consulten la nueva acepción de chenchén, ‘plato propio de la República Dominicana, elaborado con harina de maíz, aceite, sal y coco’. El chenchén y la discusión están servidos. Aparecerán tantas recetas de chenchén como cocineros.

Después de este banquete no nos vendrá mal practicar algo de zumba. El sustantivo zumba, masculino o femenino, también ha sido incluido en el diccionario para referirse a la práctica deportiva que combina el baile con ritmos latinos y los ejercicios aeróbicos. Se acabaron las excusas, sobre todo con la que se nos viene encima en estas fechas.

 

A LOMOS DE LOS LIBROS

29/12/2020

En mi 2020 los viajes han sido los protagonistas. He vuelto a recorrer las llanuras manchegas bajo un sol tórrido que me derretía los sesos contemplando en lontananza la figura amenazante de los molinos de viento. Me he pateado las calles y comercios de Madrid buscando el mejor género y he visto la vida pasar ante la mesa de un café y una humeante taza de chocolate. He cruzado la selva tropical buscando un lugar donde fundar una familia cerca del mar. He contemplado el Mediterráneo desde las orillas de Creta, temblando ante la idea del monstruo que habita el laberinto; he oteado el horizonte desde las alturas de Delfos preguntándome sobre el destino. He saboreado un coctel en un elegante hotel neoyorquino; al salir, las ardillas de Central Park me han recordado a las esfinges. En Moca he conocido historias que bien podrían escribir los antiguos griegos. Me he visto rodeada por la feraz naturaleza de la isla Española mientras abría trochas en la manigua inclemente y escuchaba palabras que en nuestra lengua nunca habían sido dichas. En París, de café en café, he añorado las calles de Buenos Aires. Bajo el aguacero he perseguido una botella de ron para beber con los amigos viendo anochecer sobre La Habana desde una azotea. He sentido el sonido del viento sobre los llanos de la Patagonia. He recorrido una y otra vez todos los caminos de la lengua, desde San Millán hasta Silos. De la mano de Miguel de Cervantes, de Benito Pérez Galdós, de Gabriel García Márquez, de Jorge Luis Borges, de Homero, de Dorothy Parker, de José Hierro, de Aída Cartagena, de Gonzalo Fernández de Oviedo, de Julio Cortázar, de Leonardo Padura, de Gabriela Mistral, de muchos y muchos diccionarios, he surcado todos los senderos a lomos de los libros y he dejado atrás confinamientos y toques de queda. ¡Que 2021 nos encuentre rodeados de libros!

 

DESCUBRIR Y DISFRUTAR

05/01/2021

¿Cuántos de nosotros hemos incluido libros en nuestra carta a los Reyes Magos? ¿Cuántos de nuestros niños les habrán pedido libros? De la respuesta podemos sacar algunas conclusiones sobre nosotros, sobre nuestra forma de estar en el mundo y de ser padres.

No nacemos con un libro debajo del brazo. No nacemos sintiendo pasión por la lectura. No nacemos con el hábito de la lectura. El amor por los libros y por lo que en ellos leemos se construye día a día. La primera piedra, y quizás también la segunda y la tercera, es tarea de los padres . Nuestros niños se interesan por los libros con curiosidad innata cuando su cercanía y la de personas que leen les pica la curiosidad. Descubren que los libros atraen la atención y pueden absorbernos, que ayudan a que nos relacionemos con el mundo, con el que está cerca y con otros muy lejanos.

Hay muchos hogares sin libros. Aunque es cierto que los libros son costosos y que vendría muy bien un buen plan de fomento de la lectura, no siempre la razón de la ausencia de los libros es económica. Hay mucho de desinterés, de carencias en la formación, de desconocimiento y de empobrecimiento cultural y humano. La pasión y el hábito de la lectura no los construye el profesor en la escuela; su tarea es mantenerlos y enriquecerlos. La pasión y el hábito de la lectura no los construyen las instituciones oficiales o culturales; su tarea es fomentarlos, hacerlos más accesibles para todos con igualdad de oportunidades. La pasión y el hábito de la lectura los construyen nuestros padres, incluso cuando todavía no sabemos leer, cuando cada noche antes de ir a dormir, cada tarde lluviosa, cada rato de espera, cada momento libre abren un libro ante nosotros y nos invitan a ver el mundo con ojos curiosos, apasionados, críticos, comprometidos, divertidos; en fin, cuando nos invitan a descubrir y a disfrutar de la vida que atesoran los libros.

 

NO SOMOS INFALIBLES

12/01/2021

Sancho Panza recrimina a don Quijote su afán por corregir los errores que comete al hablar y se queja de que le reproche a cada rato sus «voquibles», por querer decir sus «vocablos». Del mismo pie que don Quijote cojeamos algunos.

Nuestra lengua nos brinda un extenso abanico de posibilidades para referirnos a los errores, no solo a los lingüísticos. En el Diccionario de la lengua española descubriremos que un error puede ser ‘un concepto equivocado o juicio falso’, ‘una acción desacertada o equivocada’ o una ‘cosa hecha erradamente’. Vinculado con el sustantivo error nuestra lengua nos ofrece el verbo errar, con una peculiar conjugación. (Si se les atraganta, el diccionario puede ayudarles a salir a flote). De errar surge el sustantivo yerro, con una definición con regusto antiguo en el diccionario de la RAE: ‘Falta o delito cometido, por ignorancia o malicia, contra los preceptos y reglas de un arte, y absolutamente, contra las leyes divinas y humanas’.

Para referirnos a un error podemos elegir además los sinónimos confusión o fallo, o incluso el americanismo falla. Un error intrascendente puede considerarse peccata minuta, un leve traspié sin consecuencias o un lapsus insignificante, pero los errores pueden ser también garrafales, groseros o inexcusables; para estos reservamos los sustantivos aberración o atrocidad. Todos cometemos falencias (‘engaño, error’), precisamente porque somos falibles. Nadie es infalible (‘que no puede errar’), pues cada hijo de vecino puede cometer un error, caerincurrir o incidir en él; incluso muchos reincidimos en nuestros errores; otros, echando mano de lo coloquial, pifian o se la comen; tal vez llegan a lo malsonante y la cagan.

Algunos son capaces de aprender de sus errores; hoy, al menos, hemos aprendido de las palabras que nos sirven para nombrarlos.

 

DE ERRATAS Y YERROS

19/01/2021

La semana pasada reconocíamos nuestra capacidad para equivocarnos y la posibilidad de aprender de nuestras equivocaciones. (Por ejemplo, la palabra traspié apareció sin su correspondiente tilde). Erramos en tantas cosas que nuestras fallas se han ganado el honor de tener nombres especializados; algunos tan curiosos que bien merece que los recordemos.

Si confundimos épocas o sucesos históricos cometemos anacronía o anacronismo. Si tomamos una cosa por otra, somos responsables de un quid pro quo. Si el fallo está en el orden, estamos ante un baile, de cifras, de letras, de nombres.

Los números suelen jugarnos malas pasadas y los errores en los que se ven envueltos se pagan caros; quizás por eso hay tantas palabras para referirse a ellos. Para un error en las cuentas podemos elegir entre trabacuentatrascuenta o gabarro. Las letras no se quedan atrás. Un fallo al hablar es un lapsus linguae; si es al escribir, un lapsus calami. Para uno y otro existe también la palabra coloquial gazapo, que el Diccionario de la lengua española define como ‘yerro que por inadvertencia deja escapar quien escribe o habla’. Si la equivocación se produce en un escrito hablamos de errata o de yerro de imprenta; si el error se relaciona con la ortografía, encontramos las temidas faltas; si el fallo está relacionado con la sintaxis entonces cometemos un solecismo.

A veces la equivocación nace en una comprensión errónea o deficiente. Trasoír es un verbo precioso en nuestra lengua para referirse al hecho de oír mal lo que se dice; más bonito aún es trasoñar, ‘concebir o comprender con error algo, como pasa en los sueños’. El caudal de palabras en nuestra lengua es inagotable, casi como nuestros errores. Aprendamos a llamarlos por sus nombres.

Temas idiomáticos

Por María José Rincón

 

 

24/11/2020

CONTROVERSIA, NO DIATRIBA 

Desde hace tiempo Twitter se ha erigido en una red para la discusión de opiniones, quizá favorecida por su exigencia de concisión y brevedad. La polémica y la controversia, tan saludables, contraponen nuestros puntos de vista, nuestros juicios y valoraciones y nos ayudan, o deberían, a aprender, a evolucionar, a replantearnos el mundo y a verlo con otros ojos. En estos días Tony Raful, escritor y académico, planteó en las redes, y cito, que «la buena dicción, la organización gramatical de la palabra, el respeto por el concepto y la capacidad de escribir sin faltas ortográficas ni morales, deben ser requisitos para expresar el criterio». Al mensaje contestó José Manuel Guzmán Ibarra, y cito también, que «Escribir, hablar correctamente es una ventaja. No hacerlo no da, no quita, derechos. Más aún, hacerlo bien ni siquiera te hace más inteligente… peor, ni te hace automáticamente más culto».

Disculpen que aproveche esta Eñe para plantear algunas aportaciones. Dejando aparte lo de «faltas morales», de las que no me atrevería a convertirme en censora, creo que el buen decir y el buen escribir nunca deben convertirse en «requisitos para expresar el criterio». Todos somos libres para expresar nuestro criterio o lo que nos plazca, lo hagamos con corrección lingüística o no. Expresarnos con corrección es una «ventaja» para la expresión de nuestros criterios, no un «requisito». Aquello de que hablar y escribir correctamente no te hace más inteligente bien podría discutirse; aquello de que no te hace más culto, debe discutirse.

La productividad de la polémica y la controversia depende de que estas se planteen como un debate saludable y no como una estéril riña de gallos en la que nuestro mensaje se convierte en una diatriba , un ‘discurso o escrito acre y violento’ contra el otro.

 

1/12/2020

ANOCHE SOÑÉ QUE VOLVÍA AL DICCIONARIO 

Anoche soñé que volvía al diccionario. Las palabras habitaban sus páginas y aguardaban impacientes a que nuestra curiosidad se posara en ellas; una mansión casi infinita de habitaciones suntuosas o humildes dispuesta a que la recorriéramos y descubriéramos sus secretos.

Mientras veía la nueva versión de Rebeca estrenada por Netflix recordé que algunos de estos secretos merecen un buen novelista o, incluso, un buen poeta. La novelista inglesa Daphne du Maurier publicó su novela Rebeca en 1938 y su historia de amor y misterio tuvo un éxito inmediato. En 1940 Alfred Hitchcock la convirtió en una extraordinaria película protagonizada por Joan Fontaine y Laurence Olivier. Joan Fontaine encarna a la protagonista, de la que nunca llegamos a conocer su nombre de pila, una joven asediada por la persistencia del recuerdo casi fantasmal de la primera esposa de su marido, un inalcanzable Laurence Olivier. Luce con frecuencia unas delicadas chaquetas de punto, abotonadas al frente, modosas y discretas como ella, que en español llamamos rebecas, el nombre de la omnipresente esposa fallecida que da título a la película.

Las rebecas han desaparecido de la película de Ben Wheatley. Nadie que vea a Lily James deambular por Manderley o por sus alrededores brumosos recordará la humilde prenda de abrigo. Los enamorados de las palabras, sin embargo, gozamos con la idea de que allá por 1940 los aficionados al cine que disfrutaron con la película de Alfred Hitchcock lograron, con el uso, que el personaje que le daba título le prestara su nombre a la prenda de ropa característica de su antagonista. Como en un guion que se precie, la joven señora de De Winter recibió así un golpe más de Rebeca. Anoche soñé que volvía a Manderley…

SAZÓN CRIOLLO

8/12/2020

Esta activa temporada ciclónica nos ha hecho recurrir al alfabeto griego para nombrar tormentas y huracanes, algunas de triste protagonismo. Las voces abecedario y alfabeto, para designar la serie ordenada de letras para representar nuestros sonidos, nacen de los nombres de las primeras letras de esas series en latín (a, be, ce, de) y en griego (alfa, beta). La mayoría de las letras griegas se limitan a designar las grafías del griego moderno o clásico, algunas tan sonoras como épsilon, parecida a nuestra e; zeta, similar en griego a nuestra te; iota (i); kappa (ka); ómicron (o); sigma (ese); tau (te); o ípsilon (ye).

Otras han ido más allá. Alfa y omega son la primera y la última del alfabeto griego y protagonistas de la locución alfa y omega, ‘principio y fin’. También usamos como adjetivo el término omega para referirnos a ciertos ácidos grasos. Gamma, que corresponde a nuestra ge, aparece además en la denominación de los rayos gamma. Delta, tal vez por la forma de su grafía, designa a la porción de terreno comprendida entre los brazos de un río en su desembocadura; la encontramos en la modalidad deportiva de vuelo sin motor conocida como ala delta. Pi, nuestra pe, es una de las más conocidas, por dar nombre al número pi, que expresa el cociente entre la longitud de la circunferencia y la de su diámetro. Nuestro repaso del alfabeto griego en el Diccionario de la lengua española concluye con la pareja formada por lambda (ele) y ro (erre), que, aunque no lo crean, tienen sabor dominicano puesto que están en el origen de lambdacismo y rotacismo, fenómenos característicos del español dominicano que consisten en intercambiar ele por erre (lambdacismo), o viceversa (rotacismo). Hasta las letras griegas tienen su sazón criollo.

 

DICCIONARIO PARA LA VIDA

15/12/2020 

Los diccionarios se mantienen actualizados gracias a la revisión constante de los lexicógrafos. La última edición en papel del Diccionario de la lengua española, la vigésima tercera edición, se publicó en 2014. Sin embargo, en línea ya disfrutamos de la actualización 23.4, con novedades, nada menos que 2557, que son el resultado de la colaboración de la Real Academia Española con todas las academias de la lengua española del mundo. Un repaso por algunas de estas novedades habla de cómo nuestra vida y nuestra lengua han sido invadidas y condicionadas por la crisis sanitaria. Confinar ha sumado la acepción de ‘encerrar o recluir en un lugar determinado o dentro de unos límites’. Para confinamiento ha surgido la acepción ‘aislamiento temporal por razones de salud o de seguridad’. Inevitable era que al confinamiento y al confinar les siguieran el desconfinamiento y el desconfinar. El verbo cuarentenear nace para referirnos a la acción, cotidiana, de pasar una cuarentena. Las desescaladas han dejado de ser solo operaciones militares para convertirse en la disminución de las medidas tomadas para combatir una situación crítica.

El coronavirus, que ha puesto nuestra vida de cabeza este año, se ha ganado a pulso, desgraciadamente, su entrada como sustantivo en el diccionario; también como adjetivo, coronavíricoca. La enfermedad que provoca ya se registra en su forma de acrónimo: COVID o COVID-19; y, como ha demostrado el uso, tanto con género femenino, la COVID, como masculino, el COVID. Creo que, aunque no se ha incluido en esta actualización, su lexicalización como covid o covid-19 ya es un hecho.

La palabra mascarilla es tan de primera necesidad como su referente. Su definición nos recuerda que cubre la boca y la nariz (la boca y la nariz, no el cuello, la muñeca o el codo) y, sobre todo, que es una máscara protectora para nosotros y para los demás.