Temas idiomáticos

Por María José Rincón

  

ENTRE SÍES Y NOES

02/03/2021

Hay quienes acuden a palabras larguísimas en su afán de aparentar dominio de la lengua. Podrían ahorrarse el esfuerzo; el dominio se encuentra también en lo más pequeño. Los monosílabos nos demuestran su carácter haciendo un despliegue de estilo para formar el plural y conviene saber cómo hacerlo.

Cuando acaban en consonante lo tenemos fácil. Como los sustantivos de más de una sílaba, los monosílabos acabados en las letras -n, -l, r-, d, -j, -s, -x o -z forman su plural añadiendo -es: pan/panes; col/coles; mar/mares; troj/trojes; lid/lides; fax/faxes; paz/paces. Si la palabra monosílaba y acaba en -y precedida de vocal sigue esta misma regla: rey/reyes, ley/leyes, ay/ayes.

Si acaba en cualquier otra consonante, forma el plural añadiendo solo –s: tic/tics, chef/chefs, blog/blogs, rock/rocks, zum/zums, chip/chips, bit/bits. Basta fijarse un poco para notar que la mayoría de estas voces proceden de otras lenguas. Encontramos un par de excepciones; para el sustantivo club se consideran correctos los plurales clubs y clubes; y para test podemos usar el plural regular tests y también el plural invariable test.

Los monosílabos acabados en vocal forman el plural añadiendo una -s: si/sis (nota musical), fe/fes, pie/pies. Un ejemplo de la regla son los nombres de las consonantes: ge/ges, pe/pes, ka/kas, cu/cus. Las excepciones las encontramos en los nombres de las vocales, que forman su plural con -es: aes, íes, oes y úes; el caso de la e es especial: podemos elegir entre es y ees, aunque es preferible el primero.

Tres monosílabos con una personalidad destacada nos sirven para concluir: yo, sí no. Si cambiamos de opinión, como solemos hacer de vez en cuando, nuestros noes se convierten en síes. Así nuestro yo, al que creemos tan singular y único, se encuentra con algunos yoes.

 

CAFÉS Y COLIBRÍES

9/03/2021

Los plurales de los monosílabos han levantado mucha expectación. De la expectación hemos pasado a las dudas. Las dudas son siempre saludables, pero no es aconsejable rumiarlas demasiado. Si surge una duda, buscamos una solución; al menos en la ortografía y la gramática solemos encontrarlas.

Dejamos atrás los monosílabos y nos centramos en las palabras de más de una sílaba cuando terminan en vocal. Siguen una regla general, aunque para las palabras terminadas en -í o en  tenemos algunas variantes. Vayamos a la práctica, que siempre nos ayuda a afianzar los conocimientos.

Ponemos en plural las palabras terminadas en cualquiera de las vocales átonas añadiéndoles una -s: mesa/mesas, aceite/aceites, taxi/taxis, polo/polos, haiku/haikus.

Incluso si el final de la palabra está formado por más de una vocal: bonsái/bonsáis, individuo/individuos, miau/miaus. También aplicamos la misma regla para las palabras que terminan en las vocales –á, -é y -ó cuando estas son tónicas: capá/capás, gagá/gagás, café/cafés, puré/purés, bongó/bongós, seibó/seibós. 

Las inseguridades resurgen con las palabras terminadas en -í -ú tónicas. Estas palabras tienen dos posibilidades en cuanto a su plural (-ís o -íes; -ús o –úes), aunque la lengua culta suele preferir las terminaciones en -íes o en -úes. Para las terminadas en –í nos fijamos en cuatro antillanismos prehispánicos: ají/ajís o ajíes, maní/manís o maníes de la lengua taína, y colibrí/colibrís o colibríes, manatí/manatís manatíes de la lengua caribe. Para las voces terminadas en -ú seguimos la misma regla: bambú/bambús o bambúes, mangú/mangús o mangúes. Existen algunas excepciones en palabras procedentes de otras lenguas, para las que se ha impuesto el plural en -s: champú/champús, menú/menús, vermú/vermús.

 

CONCISIÓN Y PROPIEDAD

16/03/2021

Hay dos palabras especialmente relacionadas con mi idea, y, por supuesto, la de otros muchos, de escribir bien. Escribir bien no significa usar la palabra más larga y más rebuscada, engañosamente más culta; no significa decir con más palabras lo que se puede decir con menos. Escribir bien tiene mucho que ver con la concisión y la propiedad, aliadas indispensables ante una página en blanco.

No es baladí recordar que para una buena escritura es preciso tener algo que decir y saber qué es. ¡Cuántas veces un texto ininiteligible nace de nuestras dudas sobre qué idea queremos transmitir! Suele servir un pequeño o gran esquema que establezca nuestras ideas principales y el orden en que las vamos a comunicar.

Tenemos el lápiz en la mano (pueden cambiarlo por su útil de escritura favorito), el esquema en la cabeza o garabateado en un papel, y ahora nos toca volver a aquello de la concisión y la propiedad. Ya sabemos lo que queremos decir y, por supuesto, lo queremos decir con exactitud. La concisión, según el Diccionario de la lengua española, consiste en hacerlo ‘con brevedad y economía de medios’. Húyanles como a la peste a los rodeos y circunloquios; si existe una forma más sencilla de decirlo, siempre debemos preferirla. Brevedad y economía sin sacrificar el significado; y aquí entra en juego nuestro principal recurso: la propiedad. Solo las palabras apropiadas nos brindan el sentido exacto de lo que queremos decir; van directas a la idea, son precisas y y adecuadas y cumplen con su misión: decir con exactitud y claridad o que queremos decir. «¿Y es fácil?», me dirán ustedes. Ya les digo yo que no, por eso me propongo compartir con ustedes algunos recursos en las próximas semanas.

Temas idiomáticos

María José Rincón

NUEVAS ACEPCIONES

26/01/2021

 

La tecnología se extiende en nuestra vida cotidiana. Nada de malo tiene que se extienda también en el diccionario. Nuevas realidades, nuevas palabras, nuevas acepciones. Todos las usamos, y las usamos tanto que llega a sorprendernos saber que acaban de incorporarse al Diccionario de la lengua española en su actualización más reciente. Ya teníamos las palabras; ahora las utilizamos para referirnos a más cosas, ampliamos sus sentidos, las hacemos crecer.

Un perfil ha dejado de ser solo el de una figura para referirse también a nuestra identidad en una red social y al espacio donde publicamos los datos sobre ella. Un hilo ya no es solo una hebra textil larga y delgada que ensartamos o tejemos con una aguja; ahora publicamos en una red social un hilo con el que ensartamos una serie de mensajes relacionados. Antes publicábamos por medio de la imprenta; ahora lo hacemos en entornos digites. Lo bueno que tienen estos entornos es que también podemos despublicar, es decir, ‘retirar del acceso público un contenido’. Pesar fue siempre tener peso; el mundo digital le ha añadido una nueva acepción. Ahora también pesan los archivos, ocupan un cierto espacio de memoria en nuestros dispositivos electrónicos. Los avatares ya no son solo encarnaciones de dioses; ahora representan nuestra identidad virtual, simples mortales. Muchos se echarán a temblar y despotricarán sobre las nuevas tecnologías; las culparán de maltratar el idioma. Lo cierto es que estas nuevas acepciones demuestran cómo funciona la lengua, cómo se mantiene viva y a nuestro servicio. Somos nosotros, los hablantes, los responsables de todo lo demás.

 

02/02/2021

EMOJIS Y TROLES

 

Últimamente los usamos casi tanto como las palabras, pero sus nombres no estaban en el diccionario; hasta ahora. La versión actualizada del Diccionario de la lengua española ya registra los sustantivos emoticón, o emoticono, y emoji, de origen japonés, para referirse a esas pequeñas y coloridas imágenes digitales que incluimos en nuestros mensajes escritos y que muchas veces llegan a sustituirlos. Por nuevos que sean los emojis no se libran de las reglas para utilizarlos correctamente. El Libro de estilo de la lengua española, de la Real Academia Española, nos aconseja separarlos de las palabras con un espacio y respetar las normas de puntuación en los enunciados que los contienen.

En el Diccionario de la lengua española habitan toda clase de seres malignos. Uno de mis preferidos es el trol, personaje malvado, tradicional de la mitología escandinava, que vive en bosques y cuevas. Pero a nuestro mitológico trol le ha salido un tocayo; un nuevo inquilino en el diccionario, esta vez de origen inglés, y con menor prosapia, un usuario, indeseado y afrentoso, de las redes sociales que se pasa el día publicando mensajes con el ánimo de ofender, de provocar o, simplemente, de arruinar una conversación. Y claro, los troles no tienen otro oficio mejor que el del troleo, sustantivo también incluido en la actualización más reciente de nuestro diccionario académico; y no tienen otro oficio que trolear a diestra y siniestra, casi siempre a siniestra.

Ya sabemos que los diccionarios son las casas de las palabras y las palabras no se están quietas, mal que les pese a muchos. Las palabras están tan vivas como sus hablantes y estos cada día más habitamos las redes sociales. No debe extrañar que algunas palabras nuevas salten desde ahí al diccionario.

 

9/02/2021

VOLVERSE UN MANGÚ

«¿Sabías que la palabra mangú no aparece en el diccionario?». Así llama nuestra atención la nueva campaña publicitaria de los supermercados Jumbo, que pide a sus seguidores que utilicen la etiqueta #mangú en la RAE cuando se dirijan a la cuenta de la Real Academia Española para pedir que incluyan la palabra en su diccionario. Curiosa iniciativa publicitaria que merece que la aprovechemos para aprender un poco sobre diccionarios.

Empecemos por ahí: no existe «el» diccionario. Diccionarios hay muchos y de muchos tipos, y no todas las palabras están en todos, ni deben estarlo. Por ejemplo esta campaña publicitaria pasa por alto que la palabra mangú está registrada en el Diccionario del español dominicano de la Academia Dominicana de la Lengua o en el Diccionario de americanismos de la Asociación de Academias de la Lengua Española. Su aparición en estos dos diccionarios (dos de muchos) se justifica porque la palabra cumple con los criterios que estas obras establecen para su inclusión. La propuesta de la palabra mangú deberá cumplir con los criterios del Diccionario de la lengua española de la RAE.

En cualquier caso, la presencia en el diccionario no le quita ni le pone al sustantivo mangú, tan nuestro como el plato que designa. Ojalá esta campaña se ampliara, no solo para la inclusión anecdótica de un término concreto en un diccionario concreto, sino para la difusión de nuestro patrimonio léxico, propio o compartido con otros hispanohablantes; para la promoción del buen uso del español en las redes o, ¿por qué no?, en las campañas publicitarias (por ejemplo, en el anuncio de Jumbo aparecen los anglicismos taguear y hashtag); para no volvernos un mangú con la ortografía, tantas veces maltratada; para la valoración de nuestra particular y riquísima forma de hablar español.

 

16/02/2021

BOMBONES PARA SIEMPRE

 

Cuando por la mañana bien temprano me encaminaba a mi oficina, solía encontrarme con Doi, con don Manuel Salvador Gautier, que paseaba a sus perros a paso largo y firme. Su porte y su silueta inconfundibles no lo dejaban pasar desapercibido. Más de una vez me detuve a saludarlo. A pesar de nuestros encuentros frecuentes en la Academia Dominicana de la Lengua, lo recuerdo mejor en estas breves conversaciones, a pie de calle, cerca del mar en el fresco de la mañana; revivo la calidez de su palabra, la perspicacia de su mirada y, en especial, su actitud templada y serena.

Recién llegada a esta isla, me regaló su primera novela, El atrevimiento, primer volumen de su tetralogía Tiempo para héroes. Con ella empecé a conocer literariamente la historia dominicana. Cuando supe de su muerte, busqué sus obras en mi biblioteca y, mientras recorría sus lomos, recordé que en esa primera novela Doi me había dejado una dedicatoria: «A María José, con la esperanza de que sus estudios de filología sirvan para entender a los dominicanos y para que los dominicanos se entiendan ellos mismos». Tremenda responsabilidad, sobre todo viniendo de la pluma de don Manuel, premio nacional de literatura. Me da por pensar que tenía razón. ¿Para qué otra cosa si no sirven la literatura y la filología?

A Doi le gustaban los bombones. Para siempre se me quedó entre las manos la caja de bombones que un día íbamos a compartir. Para siempre se quedarán en mis manos, y espero que en las de todos los lectores, sus novelas.

 

23/02/2021

UNA REGLA AGRADECIDA

No me nieguen ustedes que todos, al menos lo que prestamos atención a la ortografía, agradeceríamos que existieran reglas sin excepciones. Reglas hay muchas; excepciones, casi tantas como reglas. Memorizarlas todas es una tarea ímproba. Sin embargo, hay un puñado de reglas muy sencillas, con muy pocas excepciones, que se aplican a palabras que usamos con mucha frecuencia. Yo las llamo reglas ortográficas «agradecidas»: poco esfuerzo, grandes resultados.

El sufijo -oso, y su forma femenina -osa, se utiliza en español para formar adjetivos. Siempre se escribe con ese; por lo tanto, los adjetivos que se forman con él siempre se escriben con ese.

Este sufijo forma adjetivos a partir de sustantivos. Los adjetivos que resultan siempre se refieren a que lo expresado por el sustantivo es abundante. Con facilidad comprobamos su productividad: gusto, gustoso; nube, nuboso; jabón, jabonoso; afecto, afectuoso; montaña, montañoso; mora, moroso; bondad, bondadoso, volumen, voluminoso; vigor, vigoroso, vello, velloso; sudor, sudoroso.

El sufijo -oso/-osa forma, además, adjetivos a partir de otros adjetivos: de verde, verdoso, o de alegrealegroso. También en esta modalidad produce muchos nuevos adjetivos: amarillo, amarilloso; amargo, amargoso; elegante, elegantoso. También aparece este sufijo en adjetivos que se derivan de verbos: cavilar, caviloso; afrentar, afrentoso; resbalar, resbaloso. Hay otro sufijo que sigue esta misma regla ortográfica y que se aplica especializamente en la nomenclatura química: sulfuroso, nitroso, cloroso, ferroso.

A ojo de buen cubero el Diccionario de la lengua española registra unos mil trescientos adjetivos terminados en -oso/-osa. Solo hay dos excepciones a la regla: mozo y moza, buenmozo y buenamoza. A esto era a lo que me refería cuando les hablaba de regla ortográfica «agradecida». ¿Y lo buen mozo que resulta alguien con buena ortografía?

Temas idiomáticos

Por María José Rincón

 

 SIN EXCUSAS

22/12/2020

En la actualización de 2020 del Diccionario de la lengua española no todo es pandemia y crisis sanitaria. La gastronomía, cada vez más popular y más global, se adueña de las nuevas entradas del diccionario.

Nos proponen los populares nachos, típicamente mexicanos, ‘trozo triangular de tortilla de maíz’ y aprendemos que la palabra procede del nombre del cocinero mexicano Nacho Anaya. Hay lugar para las delicias orientales, como el sabroso falafel (o faláfel) ‘bolas fritas de pasta de garbanzos u otras legumbres’ o el suculento tayín, un guiso norteafricano muy especiado que se cocina en particular cazuela con tapa a la que también llamamos tayín. También el sustantivo wok comparte la designación del utensilio de cocina (‘sartén ancha y profunda con asas utilizada en la cocina oriental para saltear’) con la del plato que en él se prepara. Descubrimos que el italianismo carpacho (‘plato de lonchas muy finas de carne o pescado aliñadas que se come crudo’) procede del apellido del pintor veneciano Vittore Carpaccio, porque la creación del plato estuvo inspirada en una exposición que se le dedicó a este pintor en su ciudad natal a mediados del XX.

Si consultan la nueva versión del Diccionario de la lengua española descubrirán que habla de nosotros. Consulten la nueva acepción de chenchén, ‘plato propio de la República Dominicana, elaborado con harina de maíz, aceite, sal y coco’. El chenchén y la discusión están servidos. Aparecerán tantas recetas de chenchén como cocineros.

Después de este banquete no nos vendrá mal practicar algo de zumba. El sustantivo zumba, masculino o femenino, también ha sido incluido en el diccionario para referirse a la práctica deportiva que combina el baile con ritmos latinos y los ejercicios aeróbicos. Se acabaron las excusas, sobre todo con la que se nos viene encima en estas fechas.

 

A LOMOS DE LOS LIBROS

29/12/2020

En mi 2020 los viajes han sido los protagonistas. He vuelto a recorrer las llanuras manchegas bajo un sol tórrido que me derretía los sesos contemplando en lontananza la figura amenazante de los molinos de viento. Me he pateado las calles y comercios de Madrid buscando el mejor género y he visto la vida pasar ante la mesa de un café y una humeante taza de chocolate. He cruzado la selva tropical buscando un lugar donde fundar una familia cerca del mar. He contemplado el Mediterráneo desde las orillas de Creta, temblando ante la idea del monstruo que habita el laberinto; he oteado el horizonte desde las alturas de Delfos preguntándome sobre el destino. He saboreado un coctel en un elegante hotel neoyorquino; al salir, las ardillas de Central Park me han recordado a las esfinges. En Moca he conocido historias que bien podrían escribir los antiguos griegos. Me he visto rodeada por la feraz naturaleza de la isla Española mientras abría trochas en la manigua inclemente y escuchaba palabras que en nuestra lengua nunca habían sido dichas. En París, de café en café, he añorado las calles de Buenos Aires. Bajo el aguacero he perseguido una botella de ron para beber con los amigos viendo anochecer sobre La Habana desde una azotea. He sentido el sonido del viento sobre los llanos de la Patagonia. He recorrido una y otra vez todos los caminos de la lengua, desde San Millán hasta Silos. De la mano de Miguel de Cervantes, de Benito Pérez Galdós, de Gabriel García Márquez, de Jorge Luis Borges, de Homero, de Dorothy Parker, de José Hierro, de Aída Cartagena, de Gonzalo Fernández de Oviedo, de Julio Cortázar, de Leonardo Padura, de Gabriela Mistral, de muchos y muchos diccionarios, he surcado todos los senderos a lomos de los libros y he dejado atrás confinamientos y toques de queda. ¡Que 2021 nos encuentre rodeados de libros!

 

DESCUBRIR Y DISFRUTAR

05/01/2021

¿Cuántos de nosotros hemos incluido libros en nuestra carta a los Reyes Magos? ¿Cuántos de nuestros niños les habrán pedido libros? De la respuesta podemos sacar algunas conclusiones sobre nosotros, sobre nuestra forma de estar en el mundo y de ser padres.

No nacemos con un libro debajo del brazo. No nacemos sintiendo pasión por la lectura. No nacemos con el hábito de la lectura. El amor por los libros y por lo que en ellos leemos se construye día a día. La primera piedra, y quizás también la segunda y la tercera, es tarea de los padres . Nuestros niños se interesan por los libros con curiosidad innata cuando su cercanía y la de personas que leen les pica la curiosidad. Descubren que los libros atraen la atención y pueden absorbernos, que ayudan a que nos relacionemos con el mundo, con el que está cerca y con otros muy lejanos.

Hay muchos hogares sin libros. Aunque es cierto que los libros son costosos y que vendría muy bien un buen plan de fomento de la lectura, no siempre la razón de la ausencia de los libros es económica. Hay mucho de desinterés, de carencias en la formación, de desconocimiento y de empobrecimiento cultural y humano. La pasión y el hábito de la lectura no los construye el profesor en la escuela; su tarea es mantenerlos y enriquecerlos. La pasión y el hábito de la lectura no los construyen las instituciones oficiales o culturales; su tarea es fomentarlos, hacerlos más accesibles para todos con igualdad de oportunidades. La pasión y el hábito de la lectura los construyen nuestros padres, incluso cuando todavía no sabemos leer, cuando cada noche antes de ir a dormir, cada tarde lluviosa, cada rato de espera, cada momento libre abren un libro ante nosotros y nos invitan a ver el mundo con ojos curiosos, apasionados, críticos, comprometidos, divertidos; en fin, cuando nos invitan a descubrir y a disfrutar de la vida que atesoran los libros.

 

NO SOMOS INFALIBLES

12/01/2021

Sancho Panza recrimina a don Quijote su afán por corregir los errores que comete al hablar y se queja de que le reproche a cada rato sus «voquibles», por querer decir sus «vocablos». Del mismo pie que don Quijote cojeamos algunos.

Nuestra lengua nos brinda un extenso abanico de posibilidades para referirnos a los errores, no solo a los lingüísticos. En el Diccionario de la lengua española descubriremos que un error puede ser ‘un concepto equivocado o juicio falso’, ‘una acción desacertada o equivocada’ o una ‘cosa hecha erradamente’. Vinculado con el sustantivo error nuestra lengua nos ofrece el verbo errar, con una peculiar conjugación. (Si se les atraganta, el diccionario puede ayudarles a salir a flote). De errar surge el sustantivo yerro, con una definición con regusto antiguo en el diccionario de la RAE: ‘Falta o delito cometido, por ignorancia o malicia, contra los preceptos y reglas de un arte, y absolutamente, contra las leyes divinas y humanas’.

Para referirnos a un error podemos elegir además los sinónimos confusión o fallo, o incluso el americanismo falla. Un error intrascendente puede considerarse peccata minuta, un leve traspié sin consecuencias o un lapsus insignificante, pero los errores pueden ser también garrafales, groseros o inexcusables; para estos reservamos los sustantivos aberración o atrocidad. Todos cometemos falencias (‘engaño, error’), precisamente porque somos falibles. Nadie es infalible (‘que no puede errar’), pues cada hijo de vecino puede cometer un error, caerincurrir o incidir en él; incluso muchos reincidimos en nuestros errores; otros, echando mano de lo coloquial, pifian o se la comen; tal vez llegan a lo malsonante y la cagan.

Algunos son capaces de aprender de sus errores; hoy, al menos, hemos aprendido de las palabras que nos sirven para nombrarlos.

 

DE ERRATAS Y YERROS

19/01/2021

La semana pasada reconocíamos nuestra capacidad para equivocarnos y la posibilidad de aprender de nuestras equivocaciones. (Por ejemplo, la palabra traspié apareció sin su correspondiente tilde). Erramos en tantas cosas que nuestras fallas se han ganado el honor de tener nombres especializados; algunos tan curiosos que bien merece que los recordemos.

Si confundimos épocas o sucesos históricos cometemos anacronía o anacronismo. Si tomamos una cosa por otra, somos responsables de un quid pro quo. Si el fallo está en el orden, estamos ante un baile, de cifras, de letras, de nombres.

Los números suelen jugarnos malas pasadas y los errores en los que se ven envueltos se pagan caros; quizás por eso hay tantas palabras para referirse a ellos. Para un error en las cuentas podemos elegir entre trabacuentatrascuenta o gabarro. Las letras no se quedan atrás. Un fallo al hablar es un lapsus linguae; si es al escribir, un lapsus calami. Para uno y otro existe también la palabra coloquial gazapo, que el Diccionario de la lengua española define como ‘yerro que por inadvertencia deja escapar quien escribe o habla’. Si la equivocación se produce en un escrito hablamos de errata o de yerro de imprenta; si el error se relaciona con la ortografía, encontramos las temidas faltas; si el fallo está relacionado con la sintaxis entonces cometemos un solecismo.

A veces la equivocación nace en una comprensión errónea o deficiente. Trasoír es un verbo precioso en nuestra lengua para referirse al hecho de oír mal lo que se dice; más bonito aún es trasoñar, ‘concebir o comprender con error algo, como pasa en los sueños’. El caudal de palabras en nuestra lengua es inagotable, casi como nuestros errores. Aprendamos a llamarlos por sus nombres.

Temas idiomáticos

Por María José Rincón

 

 

24/11/2020

CONTROVERSIA, NO DIATRIBA 

Desde hace tiempo Twitter se ha erigido en una red para la discusión de opiniones, quizá favorecida por su exigencia de concisión y brevedad. La polémica y la controversia, tan saludables, contraponen nuestros puntos de vista, nuestros juicios y valoraciones y nos ayudan, o deberían, a aprender, a evolucionar, a replantearnos el mundo y a verlo con otros ojos. En estos días Tony Raful, escritor y académico, planteó en las redes, y cito, que «la buena dicción, la organización gramatical de la palabra, el respeto por el concepto y la capacidad de escribir sin faltas ortográficas ni morales, deben ser requisitos para expresar el criterio». Al mensaje contestó José Manuel Guzmán Ibarra, y cito también, que «Escribir, hablar correctamente es una ventaja. No hacerlo no da, no quita, derechos. Más aún, hacerlo bien ni siquiera te hace más inteligente… peor, ni te hace automáticamente más culto».

Disculpen que aproveche esta Eñe para plantear algunas aportaciones. Dejando aparte lo de «faltas morales», de las que no me atrevería a convertirme en censora, creo que el buen decir y el buen escribir nunca deben convertirse en «requisitos para expresar el criterio». Todos somos libres para expresar nuestro criterio o lo que nos plazca, lo hagamos con corrección lingüística o no. Expresarnos con corrección es una «ventaja» para la expresión de nuestros criterios, no un «requisito». Aquello de que hablar y escribir correctamente no te hace más inteligente bien podría discutirse; aquello de que no te hace más culto, debe discutirse.

La productividad de la polémica y la controversia depende de que estas se planteen como un debate saludable y no como una estéril riña de gallos en la que nuestro mensaje se convierte en una diatriba , un ‘discurso o escrito acre y violento’ contra el otro.

 

1/12/2020

ANOCHE SOÑÉ QUE VOLVÍA AL DICCIONARIO 

Anoche soñé que volvía al diccionario. Las palabras habitaban sus páginas y aguardaban impacientes a que nuestra curiosidad se posara en ellas; una mansión casi infinita de habitaciones suntuosas o humildes dispuesta a que la recorriéramos y descubriéramos sus secretos.

Mientras veía la nueva versión de Rebeca estrenada por Netflix recordé que algunos de estos secretos merecen un buen novelista o, incluso, un buen poeta. La novelista inglesa Daphne du Maurier publicó su novela Rebeca en 1938 y su historia de amor y misterio tuvo un éxito inmediato. En 1940 Alfred Hitchcock la convirtió en una extraordinaria película protagonizada por Joan Fontaine y Laurence Olivier. Joan Fontaine encarna a la protagonista, de la que nunca llegamos a conocer su nombre de pila, una joven asediada por la persistencia del recuerdo casi fantasmal de la primera esposa de su marido, un inalcanzable Laurence Olivier. Luce con frecuencia unas delicadas chaquetas de punto, abotonadas al frente, modosas y discretas como ella, que en español llamamos rebecas, el nombre de la omnipresente esposa fallecida que da título a la película.

Las rebecas han desaparecido de la película de Ben Wheatley. Nadie que vea a Lily James deambular por Manderley o por sus alrededores brumosos recordará la humilde prenda de abrigo. Los enamorados de las palabras, sin embargo, gozamos con la idea de que allá por 1940 los aficionados al cine que disfrutaron con la película de Alfred Hitchcock lograron, con el uso, que el personaje que le daba título le prestara su nombre a la prenda de ropa característica de su antagonista. Como en un guion que se precie, la joven señora de De Winter recibió así un golpe más de Rebeca. Anoche soñé que volvía a Manderley…

SAZÓN CRIOLLO

8/12/2020

Esta activa temporada ciclónica nos ha hecho recurrir al alfabeto griego para nombrar tormentas y huracanes, algunas de triste protagonismo. Las voces abecedario y alfabeto, para designar la serie ordenada de letras para representar nuestros sonidos, nacen de los nombres de las primeras letras de esas series en latín (a, be, ce, de) y en griego (alfa, beta). La mayoría de las letras griegas se limitan a designar las grafías del griego moderno o clásico, algunas tan sonoras como épsilon, parecida a nuestra e; zeta, similar en griego a nuestra te; iota (i); kappa (ka); ómicron (o); sigma (ese); tau (te); o ípsilon (ye).

Otras han ido más allá. Alfa y omega son la primera y la última del alfabeto griego y protagonistas de la locución alfa y omega, ‘principio y fin’. También usamos como adjetivo el término omega para referirnos a ciertos ácidos grasos. Gamma, que corresponde a nuestra ge, aparece además en la denominación de los rayos gamma. Delta, tal vez por la forma de su grafía, designa a la porción de terreno comprendida entre los brazos de un río en su desembocadura; la encontramos en la modalidad deportiva de vuelo sin motor conocida como ala delta. Pi, nuestra pe, es una de las más conocidas, por dar nombre al número pi, que expresa el cociente entre la longitud de la circunferencia y la de su diámetro. Nuestro repaso del alfabeto griego en el Diccionario de la lengua española concluye con la pareja formada por lambda (ele) y ro (erre), que, aunque no lo crean, tienen sabor dominicano puesto que están en el origen de lambdacismo y rotacismo, fenómenos característicos del español dominicano que consisten en intercambiar ele por erre (lambdacismo), o viceversa (rotacismo). Hasta las letras griegas tienen su sazón criollo.

 

DICCIONARIO PARA LA VIDA

15/12/2020 

Los diccionarios se mantienen actualizados gracias a la revisión constante de los lexicógrafos. La última edición en papel del Diccionario de la lengua española, la vigésima tercera edición, se publicó en 2014. Sin embargo, en línea ya disfrutamos de la actualización 23.4, con novedades, nada menos que 2557, que son el resultado de la colaboración de la Real Academia Española con todas las academias de la lengua española del mundo. Un repaso por algunas de estas novedades habla de cómo nuestra vida y nuestra lengua han sido invadidas y condicionadas por la crisis sanitaria. Confinar ha sumado la acepción de ‘encerrar o recluir en un lugar determinado o dentro de unos límites’. Para confinamiento ha surgido la acepción ‘aislamiento temporal por razones de salud o de seguridad’. Inevitable era que al confinamiento y al confinar les siguieran el desconfinamiento y el desconfinar. El verbo cuarentenear nace para referirnos a la acción, cotidiana, de pasar una cuarentena. Las desescaladas han dejado de ser solo operaciones militares para convertirse en la disminución de las medidas tomadas para combatir una situación crítica.

El coronavirus, que ha puesto nuestra vida de cabeza este año, se ha ganado a pulso, desgraciadamente, su entrada como sustantivo en el diccionario; también como adjetivo, coronavíricoca. La enfermedad que provoca ya se registra en su forma de acrónimo: COVID o COVID-19; y, como ha demostrado el uso, tanto con género femenino, la COVID, como masculino, el COVID. Creo que, aunque no se ha incluido en esta actualización, su lexicalización como covid o covid-19 ya es un hecho.

La palabra mascarilla es tan de primera necesidad como su referente. Su definición nos recuerda que cubre la boca y la nariz (la boca y la nariz, no el cuello, la muñeca o el codo) y, sobre todo, que es una máscara protectora para nosotros y para los demás.

Temas idiomáticos

Por María José Rincón

 

¡QUÉ FALTA NOS HACE!

27/10/2020

A comienzos de un gélido enero allá por 1920 los titulares del periódico El País comunicaban a los madrileños el fallecimiento de Benito Pérez Galdós: «Don Benito ha muerto. ¡Viva Galdós! Ha muerto el hombre, viva el escritor; vivirá en sus obras mientras viva el mundo». En este año 2020, digno de la realidad novelada de don Benito, conmemoramos el centenario de su muerte.

Muchos de los que hablamos y leemos en español descubrimos la magia de la novela con las obras de Galdós; como Luis Cernuda cruzamos con su obra «el umbral de un mundo mágico, la otra realidad que está tras esta». ¡Y qué realidad! La realidad de la España que veía morir el sigo XIX y nacer el XX, con toda su «confusión y nerviosas inquietudes», contada en nada menos que en 77 novelas. En ellas la Historia, esa que escribimos con mayúscula, en palabras de Galdós «comúnmente artificiosa y recompuesta», convive con la historia, esa que que escribimos con minúscula; como bien retrata Gullón, las pequeñas historias de amor, celos, traición y codicia trenzadas con los avatares históricos de una nación. María Zambrano nos invita a leer la inmensa galería de perspectivas sobre la condición humana que Galdós nos ha construido en sus relatos: «Recorrerlas todas una a una sería aleccionadora visión de cómo una humana vida, por ajena, exenta que pueda estar ante la historia, está enredada en ella».

Galdós estaba convencido de que la literatura debía «reflejar esta turbación honda, esta lucha incesante de principios y de hechos que constituyen un maravilloso drama de la vida actual». ¡Qué falta nos hace don Benito para que nos cuente este 2020 confuso y desconcertante!

 

COJAMOS IMPULSO

3/11/2020

La reflexión de una de las más recientes AM de Inés Aizpún me recordó la pregunta de una de mis alumnas en un taller literario dedicado al poeta Rubén Darío. Se preguntaba cómo podía explicarse la amplia cultura del poeta nicaragüense habiéndose formado en un pequeño pueblo sin acceso a centros de enseñanza destacados. Sin duda, a Rubén Darío en su escuela de León le enseñaron a leer. Y cuando nos enseñan a leer, no solo a juntar letras con dificultad, adquirimos un poder extraordinario que nos va a acompañar a lo largo de nuestra vida y de cuyo potencial nos convertimos en los principales responsables.

Ni que decir tiene que esto no significa renunciar a una enseñanza de calidad, especialmente la pública y gratuita, que nos acerque al conocimiento de la ciencia, de la historia o de las tecnologías, pero no debemos olvidar que todo lo que aprendemos en la escuela, y lo que seguiremos aprendiendo con los años, estará mediatizado por la calidad de nuestra comprensión lectora. La lectura, y con ella la escritura y la expresión oral, son esenciales para la adquisición y para la transmisión del conocimiento. Si renunciamos a que nuestros niños dominen la lectura, más allá, insisto, de aquello de «la m con la a, ma», estaremos renunciando a un poder extraordinario para comprender el mundo y para transformarlo. Sin esperar los resultados de las pruebas de desempeño escolar, experimentamos cotidianamente que no sabemos leer. Conviene recordar que el Diccionario de la lengua española define leer como ‘pasar la vista por lo escrito o impreso comprendiendo la significación de los caracteres empleados’. Sin duda la clave está en dar el salto del «pasar la vista» al «comprender». ¿Y si aprovecháramos los retos de 2020 para coger impulso y dar ese salto?

 

LUCIDOS CON ORGULLO

10/11/2020

Consulta un lector sobre la ortografía de nombres propios y sobrenombres o apodos. Los nombres propios, que designan a un único individuo, como los que aplicamos a las personas, deben escribirse con inicial mayúscula: Manuel, por ejemplo, como nuestro lector interesado en la ortografía. No solo son nombres propios los que aplicamos a las personas; también nombramos con ellos a nuestras mascotas: Mi perra se llama Canela. Miguel de Cervantes hizo a los perros Cipión y Berganza protagonistas de una de sus novelas. En los entornos familiares o de amistad solemos cambiar el nombre propio por el hipocorístico. Llamamos así a la abreviatura o adaptación cariñosa de un nombre propio. El Diccionario de la lengua española nos recuerda que la palabra tiene su origen en el griego hypokoristikós, que significa ‘acariciador’. Estos hipocorísticos, aunque afectuosos y confianzudos, también deben escribirse con inicial mayúscula: los Guillermos serán Memos; las Altagracias, Taticas; los Antonios serán Toños; las Dolores, Lolas.

Los apodos son también nombres propios. Se crean para designar a una persona concreta, a veces tomando como punto de partida una característica física o un rasgo de la personalidad, como los de la pareja real Felipe el Hermoso y Juana la Loca; o como los de la pareja, esta vez de la realeza merenguera, Fefita la Grande y Toño Rosario, el Cuco. La inicial mayúscula es obligatoria, tanto en el nombre como en el apodo. Sin embargo, observamos en los ejemplos anteriores cómo el artículo que aparece a veces junto al apodo se escribe con inicial minúscula.

Cuando nombre y apodo se escriben juntos, solo debemos recurrir a la coma para separarlos cuando el sobrenombre puede usarse de forma independiente: Luis Polonia, la Hormiga atómica, o Miguel Tejada, la Guagua. Luzca orgulloso su apodo, si así lo desea, pero demuestre que sabe escribirlo correctamente.

 

VÍNCULOS PODEROSOS

17/11/2020

La lengua española es extensa tanto geográficamente como en número de hablantes. Los que la hablamos debemos ser conscientes de que existen muchas formas de hablar correctamente nuestra lengua. Las variedades regionales son características de nuestra lengua, forman parte de su historia y de su patrimonio; nos enriquecen a todos y debemos aprender a conocerlas y a valorarlas.

Cuando hablamos con alguien que maneja una variedad regional distinta a la nuestra siempre encontraremos un acento sonoro que nos llama la atención, una forma curiosa de pronunciar, algún que otro detalle que nos parece extraño en la estructura de la frase, muchas palabras y expresiones diferentes de las nuestras. No conviene olvidar que si nuestro interlocutor se expresa en una variedad regional distinta a la nuestra seguramente estará experimentando la misma extrañeza con nuestra forma de hablar. Recuerden que, en lengua, como en tantas otras cosas de la vida, diferente no significa incorrecto. La historia de nuestra lengua es muy larga, muestro idioma ha recorrido extensos territorios y se ha adaptado a ellos y a sus hablantes. Ha recibido influencia en distintas medidas de las lenguas que se hablan en esos territorios. La vida y la realidad de sus hablantes le ha ido confiriendo rasgos de personalidad que la caracterizan en cada zona. Esta diversidad cultural la enriquece y debemos asumirla y valorarla como lo que es, un patrimonio valioso para todos los que hablamos español, un patrimonio del que sentirnos orgullosos, independientemente de la variedad en la que nos expresemos.

Cuando los dominicanos nos sentimos orgullosos de nuestra forma de hablar, de nuestras palabras tradicionales, de nuestro acento peculiar, compartimos ese orgullo con millones de hispanohablantes, de cualquier rincón del planeta, que sienten los vínculos poderosos que se establecen cuando nos sabemos hablantes de una misma lengua materna.

 

Temas idiomáticos

Por María José Rincón

HABITANTES DEL DICCIONARIO

22/09/2020

Los nombres propios no se quejan de su escaso protagonismo en el diccionario. Saben que se lo tienen merecido por dedicarse solo a individuos particulares y por carecer de significado léxico. No obstante, las entradas del Diccionario del español dominicano están plagadas de personajes.

Desconocemos (al menos yo) quién fue Cuca, pero sabemos que algo pasado de moda es de cuando Cuca bailaba. Tampoco nos han presentado nunca a Blas (al menos a mí), y, sin embargo, nos acordamos de él cuando alguien desaparece en cuanto se termina la comida: como Blas, ya comiste, ya te vas. No sé si tienen el gusto de conocer personalmente a Linda, pero, si no ven a Linda, puede significar que no han conseguido algo que está en juego, que no han comido o que no han mantenido relaciones sexuales.

A Adán lo conocemos casi todos, aunque no personalmente, y su nombre aparece en la manzana de Adán, la nuez del cuello de los hombres. También la flora y la fauna hacen gala de sus antropónimos; recuerden, si no, la sangre de Cristo o el san Antonio, un pequeño insecto de color verde intenso con manchitas amarillas. No conviene olvidar que, en el español dominicano, el término san Antonio (o sanantonio) se refiere también a una palabra malsonante, ofensiva o soez.

He reservado para el final mis preferidas, dos locuciones con nombres de personajes históricos. Si has perdido tus posibilidades de lograr algo, estás preso por la guardia de Mon, hipocorístico de Ramón Cáceres, presidente de la República Dominicana a principios del siglo XX. Si estás muy perdido, literal o metafóricamente, estás más perdido que el hijo de Lindbergh; cruel, pero expresiva. Ya conocen a algunos de los personajes y personajillos que pueblan nuestro diccionario.

 

FAMILIAS QUE NOS AYUDAN

29/09/2020

El vocabulario de nuestra lengua es tan extenso y tan complejo que pocos (quizás nadie) podrán decir que saben cómo se escriben todas las palabras del español. Los hablantes a los que nos preocupa la ortografía de las palabras recurrimos al diccionario cuando nos topamos por los caminos de la lengua con alguna voz desconocida para nosotros cuya escritura nos plantea dudas.

A veces la palabra no es una completa desconocida. Nuestro conocimiento sobre los mecanismos que la lengua usa para crear palabras puede sernos de utilidad ortográfica muy a menudo. ¿Cuántas veces una simple ese o una simple zeta nos ponen a dudar? ¿Se escribe abrazar o abrasar? Dependerá de a qué palabra nos enfrentemos. El diccionario es el recurso habitual, pero también podemos deducirlo si analizamos la composición de la palabra. En la formación del verbo abrazar (‘estrechar a alguien con los brazos en señas de afecto’) entra la palabra brazo, escrita con zeta. Este mismo brazo lo encontramos en muchas palabras que forman familia con él, y que comparten su ortografía: abrazo, antebrazo, reposabrazos, abrazadera, braza o brazada.

En cambio, en la formación del verbo abrasar (‘quemar, reducir a brasa’) interviene la palabra brasa, escrita con ese. El sustantivo brasa también forma su propia familia, que comparte con ella su ese: abrasadorabrasiónabrasivobrasearbraseroabrasante.

 

DETALLES QUE HABLAN BIEN

6/10/2020

 

Entre los signos ortográficos dobles las comillas presumen de tener una historia curiosa. Su denominación consiste en el diminutivo lexicalizado de coma. Desde su origen se utilizan para enmarcar una parte de un escrito que quiere destacarse por alguna razón. En tipografía encontramos tres versiones de las comillas cuyos usos y preferencias conviene que conozcamos. Las comillas angulares (« »), llamadas comillas latinas o españolas, las comillas altas (“ ”), también denominadas comillas inglesas, y las comillas simples (‘ ’). En las tres modalidades, por tratarse de signos ortográficos dobles, debemos prestar atención a que siempre estén presentes tanto las comillas de apertura como de cierre. La función principal de las comillas es delimitar frases o párrafos que reproducen con exactitud y fidelidad las palabras textuales de alguien; en las obras literarias enmarcan además los parlamentos de los personajes.

¿Cómo elegir qué tipo de comillas usar cuando estamos escribiendo? Si lo hacemos en español, se aconseja elegir las comillas españolas o latinas (« »): El profesor preguntó: «¿Han leído la novela?». Las comillas altas (“ ”) las reservamos para los casos en los que debamos incluir un texto entrecomillado dentro de otro que ya está entrecomillado, como si se tratara de una pequeña muñeca rusa: El profesor preguntó: «¿Qué significa la frase “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…”?». Las comillas simples (‘ ’) se especializan en una tarea muy concreta: indicar que la palabra o la frase enmarcada por ellas se usa como definición de otra palabra. Los lectores de esta Eñe están más que familiarizados con ellas: El profesor recordó que la palabra pelotón está usada con la acepción militar de ‘pequeña unidad de infantería’.

Tres versiones de las comillas cuyos usos nos conviene tener presente para que nuestros textos hablen bien de nosotros.

 

ZARZUELA PARA UN ANIVERSARIO

13/10/2020

Los personajes de la famosa zarzuela La verbena de la Paloma no se cansan de repetir que «hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad». Si así lo constataban el boticario don Hilarión y su amigo don Sebastián allá por el Madrid de 1894, imagínense lo que dirían si asomaran las narices por este siglo XXI.

El 12 de octubre celebramos cada año el aniversario de la fundación de nuestra Academia Dominicana de la Lengua. La conmemoración acoge una sesión plenaria de los miembros de número de la Academia. Y ayer, nuestro nonagésimo tercer aniversario, no iba a ser menos, a pesar de las circunstancias virales que nos asedian en este 2020. Tratamos, como siempre, de lo divino y lo humano en lo que se refiere a la situación de la lengua española en la República Dominicana y en el mundo. Revisamos lo realizado e hicimos planes para lo que nos falta por hacer.

La diferencia en este año tan particular es que la tecnología fue nuestra aliada esencial, la que hizo posible que la conmemoración académica pudiera llevarse a cabo en las condiciones adecuadas. Somos testigos de cómo cada día la tecnología, a la que tantas veces culpamos de nuestros errores o de nuestras carencias, se convierte en el asistente imprescindible para facilitar el trabajo académico y para lograr que sus resultados lleguen a los hablantes interesados en conocerlo.

Este año el aniversario llega preñado de proyectos y de pasión por llevarlos a buen puerto. No se equivocaba Manuel Alvar cuando, refiriéndose a lo que falta por investigar en la lengua de nuestra isla, afirmaba que «también la República Dominicana tiene un tajo –grande– abierto y pocos operarios».

 

DE ENHORABUENA

20/10/2020,

Quiero que con esta Eñe de hoy celebremos juntos el nacimiento del Instituto Guzmán Ariza de Lexicografía, un extraordinario regalo de cumpleaños para el nonagésimo tercer aniversario de la Academia Dominicana de la Lengua. El Instituto Guzmán Ariza de Lexicografía formará un equipo de trabajo especializado, dirigido por quien les escribe, dedicado al diseño y la construcción de diccionarios que registren el léxico del español dominicano.

Todos los hablantes de español tenemos en la riqueza de nuestras palabras uno de nuestros principales motivos de orgullo. Los diccionarios nos ayudan a conocerlas, las nuestras, las de otros, las de todos. Entre los logros de la Academia Dominicana de la Lengua se destacan sus diccionarios. El IGALEX los actualizará, preparará nuevas ediciones y las pondrá a disposición del público en formato digital.

La consulta en línea y gratuita del Diccionario del español dominicano es uno de nuestros primeros objetivos. La repercusión que tuvo su publicación en 2013 se potenciará con su accesibilidad. Nuestra forma de hablar español, nuestras palabras y acepciones peculiares, no solo nos interesan a nosotros; todo hablante de español como lengua materna las sentirá como parte de su patrimonio si puede conocerlas y valorarlas; así mismo todo hablante de español como segunda lengua podrá consultarlas y familiarizarse con ellas.

Imagínense lo que supondrá que todos podamos consultar en línea en un diccionario moderno y riguroso toda la información acerca de nuestras palabras: de dónde vienen, cómo se escriben, qué significan. El Instituto Guzmán Ariza de Lexicografía aspira a convertir al Diccionario del español dominicano en una herramienta disponible para todos que nos haga sentir orgullosos de nuestra forma única de hablar español y que nos ayude a convertirnos en mejores hablantes.

 

Temas idiomáticos

ECOS Y NARCISOS 

Nunca hubo una serie más larga de «Eñes» dedicada a un aspecto concreto. Hoy prometo concluirla. ¡Que no cunda el pánico! Con referencias mitológicas, el nombre del pánico, ese miedo intenso, que puede volverse contagioso y hacerse colectivo, tiene relación con el miedo que infundía el semidiós Pan por su naturaleza salvaje e irascible. Dicen que no soportaba que lo despertaran de su siesta; a mi modo de ver no le faltaba razón. Morfeo, dios griego del sueño, tampoco estaría de acuerdo; no en vano a dormir le llamamos «estar en los brazos de Morfeo». El nombre de este dios está en el origen del sustantivo morfina, poderoso narcótico y analgésico.

Para la guinda final he reservado dos de mis palabras preferidas. Los amores de los protagonistas destinaron sus nombres a convertirse en bellas palabras. Los celos llevaron a Hera, la diosa esposa de Zeus, a castigar a la bella ninfa Eco, que tenía el don de la palabra, con la pérdida de su elocuencia; Eco solo podía repetir las palabras de los demás. Como nuestro eco, que repite el sonido cuando sus ondas se encuentran con un obstáculo.

El padecer de Eco aumentó cuando se enamoró de Narciso, un pastor presuntuoso, quien, al saberlo, se burló de ella. Esta burla le costó a Narciso el castigo de enamorarse del reflejo que de sí mismo contemplaba en el río y el de dar nombre al narcisismo y a los narcisos, aquellos que se complacen excesivamente en su atractivo o en sus facultades, como si estuvieran enamorados de sí mismos. No me negarán la belleza y el sabor de estas narraciones tradicionales, que forman parte de una cultura ancestral y que hemos heredado con nuestra lengua, salpicada de hermosas palabras que las recuerdan.

 

ARIAS VERBALES

01/09/2020

Hoy nos vamos a meter en harina con el régimen preposicional de algunos verbos. Y ¿en qué consiste este régimen preposicional? Algunos verbos exigen que sus complementos se les unan mediante una preposición determinada. Para construir correctamente una frase con este verbo y su complemento debemos saber cuál es el régimen del verbo; es decir, cuál es la preposición que ese verbo exige. Existen verbos volubles, qual piuma al vento. Los hay que cambian de régimen preposicional según funcionen como pronominales o no. Los hay que tienen doble régimen. Pero metamos las manos en la masa. Vayamos a los ejemplos.

Empecemos por el verbo olvidar, que puede usarse como transitivo (Yo olvidé su regalo de aniversario) o como pronominal (Yo me olvidé de su regalo de aniversario). ¿Han notado el pequeño detalle? No me refiero al «olvido imperdonable», sino a la preposición. El verbo olvidar cambia de régimen sintáctico como de camisa. Cuando es transitivo no lleva preposición (olvidar algo); cuando es pronominal, sí (olvidarse de algo). Y no es el único, no crean. Si nos fijamos en el verbo lamentar, encontramos estructuras sintácticas paralelas. Si lo construimos como transitivo (lamentar algo), no necesitamos preposición (Lamento mi error); en cambio, si lo construimos como pronominal (lamentarse de algo) nos exige la preposición de (Me lamento de mi error).

Para seguir con el símil operístico, existen verbos volubles, qual piuma al vento. Mudan de régimen e di pensier. Hay algunos que funcionan con y sin preposición. Podemos informar a alguien algo (Te informo que no volverá a pasar) o de algo (Te informo de que no volverá a pasar). No sabemos si el duque de Mantua sabía de regímenes verbales, pero bien les podía haber dedicado su famosa aria.

 

DE LA PALABRA A LA ACCIÓN

08/09/2020

Me apasionan las palabras. Su capacidad para evocar y expresar mundos me interesa y me emociona a la vez. No concibo un mundo sin palabras, sin muchas palabras, que nos ayuden a percibirlo, a reconocerlo, a investigarlo, a expresarlo, a cambiarlo. Por eso me preocupan nuestras carencias de vocabulario, especialmente las de nuestros niños. Escribió hace unas semanas en Twitter el doctor Luis Rojas Marcos, psiquiatra, investigador y especialista en sanidad pública, que «las palabras son un alimento vital para el cerebro infantil, y cuantas más, mejor. Las criaturas que crecen entre adultos parlanchines y expresivos hablan y aprenden antes. Las historias en voz alta facilitan la comprensión de conceptos y emociones y estimulan su imaginación». Rodear a los niños de palabras los ayuda a interesarse por su entorno. De la mano de las palabras amplían su mirada, o la profundizan; a más palabras, mayor amplitud, mayor profundidad en la mirada.

De ahí que la lectura sea esencial para enriquecer nuestro acervo léxico. La lectura, a cualquier edad, nos abre el campo de visión; nos pone en contacto con realidades insospechadas, con palabras insospechadas. En nosotros está reconocerlas, averiguar sobre ellas y apropiárnoslas. Cuando nuestro vocabulario crece, cuando comprendemos mejor más palabras, facilitamos también nuestra lectura, puesto que disminuyen las voces desconocidas o dudosas que siempre entorpecen la comprensión fluida de lo que leemos.

El doctor Rojas Marcos nos recuerda que nuestra relación con las palabras empieza muy temprano y que tiene mucho que ver con nuestro entorno. Hablemos con nuestros niños correctamente, hablémosles mucho y bien; y escuchémoslos mucho y bien. Construyamos con ellos un mundo de palabras; ellos se encargarán de pasar de la palabra a la acción.

 

LUGARES EN EL DICCIONARIO

15/09/2020 

Los diccionarios registran información acerca de las palabras de una lengua (o de dos, si son bilingües). Entre los sustantivos, solo registran los comunes; los propios están proscritos. Sin embargo, créanme si les digo que han encontrado un pequeño resquicio por el que colarse en el diccionario. Las locuciones, esos grupos de palabras que funcionan como si se tratara de una sola, les han abierto una pequeña puerta. Un repaso de los que se incluyen en el Diccionario del español dominicano nos servirá para conocerlos.

Entre los topónimos no importa si el lugar es lejano o cercano. Cuando alguien presenta algo muy conocido como si fuera una novedad, decimos que ha descubierto América. Si obligamos a alguien a resolver o a enfrentarse con una situación difícil, se la ponemos en China. En cambio, si es algo fácil de entender o sobradamente conocido, decimos que lo saben hasta los chinos de Bonao. Si la persona a la que nos dirigimos está distraída, decimos que está en la luna de Belén o en la luna de Valencia.

Los nombres de lugar sirven en muchas locuciones para designar productos concretos relacionándolos con su lugar de procedencia (real o ficticio). Si de lo que se trata es de darnos un masaje o de aliviar algún que otro dolor, los antiguos nos recomendarán una friega con sebo de Flandes. Si de higiene infantil se trata, nada más delicado que el jabón de Castilla. Son muy frecuentes los topónimos en las lexías que designan especies de la flora: rosa de Bánica, rosa de Bayahíbe, ébano de Santo Domingo.

Temas idiomáticos

Por María José Rincón

 

HOY NO ES VIERNES

Ando enredada con la mitología clásica; y, como siempre, con las palabras. Algunas de las nuestras –no podían ser menos como herederas del latín– tienen su origen en los nombres de ciertos personajes mitológicos y presumen de una curiosa historia que nos transporta a relatos ancestrales que forman parte de nuestra cultura.Siete días tiene la semana y cuatro de ellos les deben sus nombres a antiguos dioses. El martes (dies Martis), como hoy, segundo día de la semana, se le dedica a Marte, dios de la guerra, aquel que para los griegos era el dios olímpico Ares, hijo de Zeus y Hera. El mismo origen del adjetivo marcial, relacionado con la guerra y la milicia.

El miércoles (dies Mercuris) honraremos a Mercurio, el mensajero de los dioses; Hermes para los griegos, hijo de Zeus y Maya, ingenioso y buen orador, era venerado como dios del comercio. Calzaba unas sandalias aladas que le ayudaban a cruzar con facilidad las fronteras, incluso aquella que separa la vida de la muerte. También el elemento químico mercurio, metal y líquido, le rinde homenaje por su movilidad.

El jueves (dies Iovis), le llega el turno a Júpiter el Zeus griego, padre de los dioses olímpicos, cuyo nombre está en el origen de la palabra dios.

El viernes (dies Veneris), quinto día de la semana y el más esperado, está dedicado a la diosa romana Venus, la griega Afrodita. Diosa del amor y del erotismo, su nombre latino está en el origen del adjetivo venéreo, relacionado con el placer sexual, y con las enfermedades que se transmiten por contacto sexual; y de su nombre griego surgen el sustantivo y adjetivo afrodisíaco (o afrodisiaco), para referirse a lo que excita o estimula el apetito sexual. Hasta aquí, que hoy no es viernes y el cuerpo lo sabe.

 

EL HILO DE ARIADNA 

Guiada por el hilo de Ariadna sigo recorriendo el laberinto de las palabras con ecos mitológicos. Fue Dédalo el arquitecto más famoso por haber diseñado y construido, por orden de Minos, rey de Creta, el laberinto en cuyas encrucijadas se perdía Minotauro. A este arquitecto y a su obra alude el sustantivo dédalo con el que nos referimos a algo confuso o enredado.

Nada mal nos vendría un atlas para no perdernos en nuestro viaje por el mundo de las palabras mitológicas. Atlas, el titán castigado por el dios Zeus a cargar sobre sus hombros la bóveda celeste, le presta el nombre a este libro formado por una recopilación de mapas (los hay, incluso, de palabras). Imaginen los padecimientos del pobre titán Atlas con las cervicales; por eso la primera de estas vértebras también le rinde homenaje con su nombre. Los titanes, hijos de los dioses Gea y Urano, prestaron su nombre para designar a quien se le reconoce alguna cualidad extraordinaria; con él construimos el adjetivo titánico para describir lo que es desmesurado o excesivo; y el nombre del titanio, elemento químico metálico de gran dureza y resistencia.

Como alguna vez escribí, un recorrido por la lengua es una odisea de palabras; nos embarcamos, según la definición del DLE , en un ‘viaje largo, en el que abundan las aventuras adversas y favorables al viajero’. Las peripecias nos esperan en cada recodo del camino, como aquella de descubrir que el sustantivo odisea le debe su ser a la Odisea, el poema de Homero que narra el mítico viaje de regreso de Odiseos desde las costas de Troya a su anhelado hogar, Ítaca. Nuestra odisea con las palabras conduce casi siempre al diccionario, que, como el hilo de Ariadna, nos ayuda a regresar a casa.

 

SIRENAS Y QUIMERAS

El viaje por las palabras y la mitología es largo y está plagado de aventuras. Durante la travesía nos topamos con seres extraordinarios y con sus no menos extraordinarios nombres. Roguemos para que la voluntad de Eolo, señor de los vientos, nos sea favorable y llene nuestras velas con sus impulsos eólicos. En nuestro recorrido encontraremos a los cíclopes, gigantes de un solo ojo en la frente, de fuerza descomunal, que han prestado su nombre a los adjetivos ciclópeo y ciclópico, para describir lo gigantesco o excesivo.

No nos desviarán los cantos de las sirenas, esas ninfas marinas con busto de mujer y cuerpo de ave que pierden a tantos marineros. Cómo sería esa forma de cantar que ha dado el nombre de cantos de sirena a las palabras hermosas y convincentes que encierran una gran capacidad de seducción. Un poco más prosaicas, pero igualmente audibles, son las sirenas de las ambulancias, de los carros de policía o de los camiones de bomberos, o aquellas que anuncian alguna situación de alarma o el final de la jornada laboral. En el mar encontraremos infinidad de medusas –aguamalas o aguavivas también se las llama–, cuyos tentáculos recuerdan a las serpientes venenosas que formaban la cabellera de Medusa, una de las tres gorgonas, que petrificaba a todo aquel que la miraba a los ojos.

Cuando atraquemos y nuestros pies bajen a tierra quizás tengamos la desdicha de encontrarnos con Quimera, un ser mitológico con cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de dragón. Nunca sabremos cuántas quimeras más nos esperan en el camino; las quimeras, imaginaciones y espejismos que aparentan ser verdaderos y que no lo son, no logran desviarnos de este camino de las palabras mitológicas que recorreremos nuevamente la próxima semana.

 

DIOSES Y HÉROES

La mitología clásica está detrás de algunos sustantivos y adjetivos que atribuyen cualidades o comportamientos relacionados con los dioses o los héroes griegos y romanos. Como en tantos aspectos de nuestra cultura, la mitología funciona como punto de referencia, aunque las más de las veces nos pase desapercibida.

El nombre del dios olímpico Dioniso es la raíz de nuestro adjetivo dionisíaco (o dionisiaco), que atribuye a quien se le aplica la naturaleza impulsiva, vitalista y gozadora de Dioniso, dios del vino y la fertilidad. Dioniso tenía a Baco como su correlato latino y, a partir de su nombre, surge el adjetivo báquico, aplicado a aquello relacionado con la ebriedad. Por el contrario, el nombre de Apolo, uno de los dioses olímpicos más poderosos, considerado el dios de la belleza, de la armonía y del equilibrio, está en el origen del adjetivo apolíneo, que se aplica a todo aquello que posee estas cualidades. Si en un hombre queremos destacar la perfección de sus rasgos o de su cuerpo diremos de él que es apolíneo, o lo consideraremos directamente un apolo; incluso, un adonis, comparándolo a la eterna belleza y juventud del dios Adonis.

En cambio, si la cosa no va de belleza sino de fuerza, lo consideraremos un hércules, acordándonos de Hércules, héroe mitológico de extraordinaria fuerza y corpulencia que presta su nombre para construir el adjetivo hercúleo, referido a una persona musculosa y muy fuerte. Cuando, en cambio, lo que destaca es el carácter enamoradizo, lo consideramos un cupido, en referencia a Cupido, dios romano del amor, hijo de la diosa Venus.

 

VIDA Y MUERTE

El hilo conductor de la mitología, como el hilo de Ariadna, nos está sirviendo para repasar un nutrido grupo de hermosas palabras de nuestra lengua que remontan su origen a personajes clásicos. Hablábamos la semana pasada de Cupido, dios romano del amor. Hoy hablaremos de su correspondiente griego, el dios Eros, que está en el origen de nuestros términos erotismo y erótico. En griego la palabra eros se refería al amor sexual, de ahí que funcione como raíz de erotismo ‘amor o placer sexuales’ y de erótico ‘relativo al amor o placer sexuales’ o ‘que excita el deseo sexual’.

Cupido era hijo de la diosa Venus, diosa del amor y la belleza, cuyo nombre usamos como sustantivo común, siempre con minúscula inicial, para referirnos a una mujer muy hermosa considerándola una venus. Su nombre también está en la raíz del adjetivo venéreo, ‘relacionado con el placer o el acto sexual’, y que usamos además para referirnos a las enfermedades de transmisión sexual.

El correlato griego de Venus era Afrodita, diosa nacida de la espuma del mar (les debo los detalles de la historia, que no pueden ser más escabrosos). Su nombre ha dado lugar al adjetivo afrodisíaco (afrodisiaco), aplicado a aquello que estimula el deseo sexual. Como sustantivo se refiere a las sustancias que tienen este efecto (o que dicen tenerlo, vaya usted a saber).

Entre los personajes mitológicos femeninos estaban las Parcas (las Moiras en Grecia), tres hermanas hilanderas que tenían en sus manos el destino de los mortales; una hermana hilaba, la otra devanaba y la última cortaba el hilo de la vida; por eso usamos la palabra parca para referirnos poéticamente a la muerte. Seguro que más de una vez han oído decir que nuestra vida pende de un hilo.

 

Temas idiomáticos

Por María José Rincón

 

TORRES, CASTILLOS Y PESTILLOS

La buena lectura es un buen método, pero no el único, para aprender nuevas palabras. También es divertido y productivo dejarse atrapar por sus redes. Las palabras nunca están aisladas. Se entrelazan por su origen, por su historia, por su significado, por su función, por su gramática, por su ortografía… Tejen y entretejen relaciones que nos llevan de unas a otras. La semana pasada fuimos recorriendo las que se mueven por el tablero de ajedrez. Algunas se mantienen ahí; otras han desbordado los límites del juego para adquirir acepciones aplicadas a la vida diaria.

Ya sabemos que cada una de las casillas del damero se denomina escaque. ¿Qué hay más cotidiano que tratar de eludir nuestra participación en una tarea o en un compromiso compartido? Si nos queremos referir a ello coloquialmente, tenemos el precioso verbo escaquearseCada vez que hay que limpiar el patio se escaquea; No te escaquees y aporta en el serrucho.

Los hay que se escaquean y los hay que se enrocan. En el ajedrez hay un movimiento en el que el rey y la torre (o roque) del mismo color cambian de posición simultáneamente. Es el único movimiento en que el roque levanta los pies del suelo, y lo hace para proteger al rey; así decimos que el rey se enroca. Cuando pasamos del tablero a la vida, podemos enrocarnos en nuestra opinión sin considerar las razones divergentes, como si eligiéramos una posición defensiva detrás de la torre. Podemos encastillarnos en nuestro parecer, como si nos encerráramos en un castillo para hacernos fuertes. Podemos empestillarnos, trancarnos con nuestro punto de vista detrás de una puerta y echar el pestillo. La obstinación debe ser una actitud frecuente; no hay más que repasar las opciones preciosas que la lengua nos proporciona para referirnos a ella.

 

NATURALEZA HÍBRIDA

Cuando conocemos a alguien que está aprendiendo español, solemos compadecernos de él. ¡Ay, los verbos! Y no nos falta razón. La conjugación verbal de nuestra lengua es compleja y cuesta dominarla con maestría; incluso a los que la hablamos como lengua materna. Ni siquiera es fácil para las formas del verbo que no se conjugan, las llamadas formas no personales del verbo (el infinitivo, el gerundio y el participio) que, aunque no se conjuguen, tienen también sus periquitos a la hora de usarlas correctamente.

Centrémonos en el infinitivo. Como nos describe la Nueva gramática de la lengua española, su marca formal es la terminación en -r precedida de la vocal correspondiente a cada conjugación (-ar, primera; -er, segunda; -ir, tercera). No cambia de persona, ni de tiempo, ni de modo, ni de aspecto, ni de número, pero eso no lo simplifica.

El interés del infinitivo es que funciona, como nos dice Seco en su Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española, como sustantivo y como verbo a la vez. Observemos cómo funciona el infinitivo leer en esta frase: Al leer el cuento, María recordó su infancia. Su significado es el de un verbo: ‘comprender la significación de lo escrito’. Va introducido por una preposición y un artículo como los sustantivos: al leer; y, como ellos, funciona en esta frase como complemento. Como verbo tiene sujeto (María) y objeto directo (el cuento). Comparen, si no, con el verbo, este sí conjugado, de la oración principal (María recordó su infancia): sujeto, María; objeto directo, su infancia.

Una estructura paralela en las dos proposiciones nos ayuda a darnos cuenta de la naturaleza híbrida de nuestro infinitivo. El hecho de que no se conjugue no le quita ni pizca de su complejidad.

 

HASTA EL ÚLTIMO SUSPIRO

 ¿Qué significa ampliar nuestro vocabulario? La respuesta parece sencilla: aprender nuevas palabras que se sumen a las que ya conocemos. Lo que no resulta tan sencillo es comprender lo que lleva aparejado este aprendizaje. El complejo camino que tenemos que recorrer parte de reconocer los sonidos que forman la palabra (en la lengua hablada) además de su ortografía (en la lengua escrita). Pasa por la comprensión de su significado (o de sus significados, que ya sabemos que las palabras nos reservan muchas sorpresas) y por su adopción para nuestro propio uso.

Con esto no hemos llegado al final de nuestra ruta. Para aprender adecuadamente una palabra nueva hay que comprender también sus características gramaticales, que permiten que la utilicemos en nuestra expresión oral o escrita; hay que saber cuáles son las relaciones, morfosintácticas y de significado, que establece con otras palabras. Por si esto fuera poco, como con las personas, hay que conocer sus valores; en el caso de nuestras amigas las palabras, sus valores connotativos y sociales (si son vulgares, despectivas, jergales, formales, locales, urbanas…). Estos valores, que condicionan su uso tanto o más que su propio significado, no se los asignan los diccionarios. Los usuarios las tiñen con ellos; los diccionarios los registran para ayudarnos a usarlas (o a descartarlas) correctamente. Añadir una nueva palabra en nuestras árganas léxicas significa que la reconocemos, la adoptamos y sabemos usarla en los contextos lingüísticos y sociales correctos en todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana. Nuestra relación intuitiva y espontánea con el español, nuestra lengua materna, debe completarse y profundizarse en nuestra etapa escolar (¡tan importante!) con una relación analítica. Sin embargo, no olvidemos, que el camino no se acaba en la escuela. Nuestro recorrido sigue; no en vano nuestra lengua nos acompaña hasta el último suspiro.

Temas idiomáticos

Por María José Rincón

 

26/05/2020

HE AQUÍ EL VERBO «HABER»

 

Hace unos días nuestra diaria «AM» se titulaba «Abrir o no abrir; he ahí la cuestión». Algunos lectores me han consultado sobre ese uso concreto del verbo haber. Empecemos por recordar que el verbo haber tiene como misión principal la de ser el verbo auxiliar para conjugar los tiempos compuestos de los demás verbos. ¿Cómo funciona? A la forma conjugada de haber se le suma el participio del verbo principal. Si queremos formar el futuro compuesto de cantar, conjugamos haber en futuro y le añadimos el participio de cantarhabrá cantado. Además de esta función de apoyo, también puede conjugarse como verbo impersonal, con las acepciones de ‘existir’ (Hay dudas ortográficas fáciles de aclarar) o de ‘ser necesario o conveniente’ (Hay que leer más). Existe además un uso no impersonal de haber con el sentido de ‘tener, poseer, apoderarse’ que entra en juego en la expresión que provoca las dudas de los lectores.

Esta frase tiene su origen en una de las más célebres de la literatura universal; aquella con la que Hamlet abre su monólogo en la tragedia de William Shakespeare: «Ser o no ser; he ahí el dilema (o la cuestión)». El verbo haber aquí está conjugado en segunda persona singular del imperativo. Es como si el indeciso príncipe de Dinamarca nos dijera desde el escenario: «Ten aquí el dilema» o «Aquí tienes el dilema».

Cuando lo usamos como verbo auxiliar haber no nos aporta significado; su tarea es la de mostrarnos la conjugación del verbo principal. Sin embargo, no olvidemos que, en ocasiones, puede funcionar como verbo principal y que, como cualquier otro, tiene sus significados propios. Además es un verbo muy productivo a la hora de formar locuciones curiosas que bien merecen que las recordemos. He aquí mi compromiso para la próxima semana.

 

2/06/2020

NO HAY DE QUÉ

En nuestra lengua los verbos auxiliares tienen una misión muy importante. El verbo haber se faja con los tiempos compuestos y eso provoca que sea uno de los más usados. No es su única tarea. Hoy nos proponemos prestarles atención a algunas locuciones curiosas y verlo actuar como protagonista. Para empezar, recordemos que las locuciones son combinaciones de palabras que funcionan como si de una sola se tratara; tanto su forma como su significado quedan fijados por el uso.

Nuestro objetivo es conocer lo habido y por haber sobre este verbo tan particular. He aquí la primera locución, lo habido y por haber, que utilizamos cuando nos queremos referir a la totalidad de algo, lo real y lo imaginado, lo posible y lo probable. Para lograr este objetivo tendremos que habérnoslas con el diccionario; es decir, tendremos que enfrentarnos con él y exprimirle toda su información sobre el verbo haber y sus locuciones. Muchos opinan que es difícil aprovechar al máximo las posibilidades del diccionario, pero no hay tal (no es cierto, esta afirmación carece de fundamento). No hay más que ver que con un poco de paciencia y práctica puede convertirse en nuestro mejor aliado. No hay de qué quejarse. Basta con dedicarle tiempo, leer sus instrucciones y consultarlo con frecuencia. Por supuesto, debemos saber elegir un buen diccionario; algunos no hay por dónde agarrarlos.

Si logramos que la consulta atenta del diccionario se convierta en una práctica cotidiana que acompañe nuestra lectura y nuestra escritura, nuestro uso de la lengua mejorará sin duda. No hay más que pedir. Hoy nos ha ayudado a repasar las locuciones protagonizadas por el verbo haber. Solo nos queda darle las gracias; y él nos responderá: «No hay de qué».

9/06/2020

 

AL RITMO DE LA VIDA

Durante esta primavera el Diccionario de la lengua española de la Real Academia ha logrado un récord absoluto de consultas. La versión en línea, fácil y gratuita, ha registrado cien millones de consultas durante abril. Dice la RAE que este número representa un incremento de más de un 30 % en relación con meses anteriores, cuando todavía no imaginábamos lo que significaba estar confinados; nada menos que cuarenta millones de consultas más que en febrero. Parece que la cuarentena nos ha acercado al diccionario y los lexicógrafos tienen que responder a esta demanda. Ya no hay que esperar años para que una nueva edición le coja el paso a la lengua. Las actualizaciones en las ediciones digitales van, casi, al ritmo de la vida. Como cada jueves, se celebra en la sede madrileña de la Real Academia Española el pleno en el que se repasan las palabras y acepciones que van a entrar, o no, en el diccionario, con asistencia de académicos españoles y americanos. Así se viene haciendo desde 1713; y la crisis sanitaria no lo ha impedido. Desde hace semanas el pleno se celebra de forma virtual; incluso el tradicional del 23 de abril, en homenaje a Miguel de Cervantes, y el que cada año presiden los reyes de España. El método de trabajo se adapta, pero la tarea no se detiene.

De eso sí que sabemos los lexicógrafos. Las palabras de la pandemia piden paso. Hay que revisar las acepciones y las definiciones de las que ya están en el DLE (confinar, mascarilla, morgue); hay que analizar la posible incorporación de otras que no están y, desgraciadamente, se nos han hecho muy necesarias (coronavirus, cuarentenear, desescalada, desconfinamiento); y otras que ya utilizábamos, pero que ahora nos resultan imprescindibles (videollamada, videoconferencia). Ojalá que el neologismo covidianidad sea solo un ave de paso y nunca anide en nuestro diccionario.

16/6/2020

 

AJEDREZ Y PALABRAS

Ostento entre mis lectores a algún que otro ajedrecista. No sé si lo dará el juego del ajedrez, pero suelen hacer gala de propiedad en el hablar. Más de una vez me han replicado que no se dice ficha sino pieza. Les demostraré de lo que hablo. Si nos atenemos a lo que dice el Diccionario de la lengua española, la ficha es ‘generalmente plana y delgada’ mientras que la pieza es una ‘figura’. Si la propiedad en el hablar busca utilizar cada palabra con su sentido peculiar y exacto, bien vale el ejemplo. El paseo por el diccionario me reservaba, como siempre, alguna que otra sorpresa, como la de descubrir que las piezas del ajedrez pueden llamarse también trebejos, como cualquier humilde herramienta.

Al léxico particular de este juego le debemos un puñado de palabras hermosas. La superficie del damero o tablero está compuesta por sesenta y cuatro casillas que alternan el blanco y el negro. Cada una se denomina escaque, palabra que llegó al español a través del árabe y a este a través del pelvi, un dialecto persa. Entre las piezas, las más numerosas son los peones, palabra que en latín vulgar significaba ‘soldado de a pie’. Ocho peones negros y ocho blancos hay sobre un tablero. Entre las grandes está la torre, que siempre camina en línea recta y bien apegada al tablero, como le corresponde por su naturaleza; puede denominarse también con la palabra roque, préstamo que siguió la misma ruta lingüística desde el persa, donde significaba ‘carro de guerra’. Mi preferida siempre será la sonora alfil, ligera y sutil con su paso diagonal, pero poderosa, no en vano en pelvi, su lengua de origen, denominaba al elefante. Otras palabras del ajedrez han saltado del tablero a la vida cotidiana. Les propongo conocerlas la próxima semana.