Ortoescritura

Por Rafael Peralta Romero

 

NO LO OLVIDE: MONOSÍLABOS VAN SIN TILDE

10/04/2021

Lo ordinario es, en la lengua española, que las palabras monosílabas no lleven acento ortográfico, aunque excepcionalmente algunos vocablos de una sola sílaba lo requieran para diferenciarlos de otros que les son homónimos: tú (pronombre) y tu (adjetivo); de (preposición) dé (del verbo dar); se (pronombre) y sé (del verbo saber y del verbo ser).

No es buena práctica la colocación de la tilde en las palabras monosílabas que no tienen otra homónima con la cual confundirse. Hubo un tiempo, muy lejano, en el que se marcaba el acento a las monosílabas, pero eso quedó atrás. Algunas personas persisten en poner acento gráfico a palabras de una sílaba que una vez lo llevaron.

 

PIAR Y OTROS PÍOS

17/04/2021

La pasada semana publicamos el trabajo titulado “No lo olvide: monosílabos van sin tilde”, y aunque es bien conocida la norma gramatical según la cual a las palabras de una sola sílaba no se les marca el acento, salvo algunas excepciones, el artículo suscitó comentarios y preguntas. Hoy les tengo una variación sobre el tema, enfocada en el verbo /piar/ y su familia de palabras. Piar, de origen onomatopéyico, se dice de la acción propia de algunas aves, y especialmente del pollo: “Emitir cierto género de sonido o voz. 2. intr. coloq. Llamar, clamar con anhelo, deseo e insistencia por algo”. Eso indica el Diccionario de la lengua española. Este verbo se conjuga como /enviar/. Presente de indicativo: envío, envías, envía, pío, pías, pía. Pasado perfecto: envié, enviaste, envió. Así: pie, piaste, pio. Las voces pío, pías, pía se tornan, por fuerza del acento, en bisílabas y como llanas terminadas en vocal y en -s no debe colocárseles tilde, pero excepcionalmente la llevan.

En el presente del subjuntivo se da igual fenómeno: yo píe, tú píes, él o ella píe, nosotros piemos, vosotros pieis, ellos píen. Observarán que la forma verbal /pie/ (primera persona singular pasado perfecto) es palabra homónima del sustantivo pie (extremidad inferior del cuerpo humano). El vocablo pie (monosílabo y sin tilde) tiene 29 acepciones en el Diccionario académico. Con esta palabra se forman diversas locuciones: pie de amigo (ayuda), pie de atleta (infección en los pies), pie de cabra (palanqueta), pie de imprenta

(Expresión de la oficina, lugar y año de la impresión, que suele ponerse al principio o al fin de los libros y otras publicaciones), a pie (loc. adv. Andando o caminando), pie de león (planta herbácea anual, de la familia de las rosáceas, con tallos erguidos), siete pies de tierra (sepultura, hoyo para enterrar un cadáver).

En ningún caso pie lleva tilde.

Entre tanto la voz pío, que corresponde a la primera persona, presente del indicativo del verbo piar (yo pío) coincide en escritura y sonido con otros usos del término con diferentes valores semánticos. Veamos: pío (onomatopeya, grito del pollito): “pío, pío, pío gritan los pollitos/ cuando tiene hambre, cuando tienen frío” (canción infantil).
Las expresiones “no sabe ni pío” y “no dijo ni pío” es posible que se correspondan con el anterior sentido de la palabra pío. Pío es también sustantivo, nombre de persona: Doce pontífices romanos han usado el nombre Pío, entre ellos san Pío X. El adjetivo /pío/ equivale a piadoso y es lo contrario de impío (Falto de piedad y de religión).
El Diccionario recoge el adjetivo /pion/ (sin acento marcado) y con este significado:
“Que pía mucho o con exceso”. En Higüey le dirán que se trata de un apellido, cuya escritura no precisa tilde, lo mismo que Sion, palabra que abunda en la Biblia para nombrar a Jerusalén, o Ruan, ciudad de Francia.

Del grupo de reír (río, presente; rio, pasado), dar (doy, dio), ver (veo, vio), liar (lío, lio) es el verbo fiar (fío, presente; fio, pasado).

Unos ejemplos con formas del verbo fiar:

1-No me fío de nadie.

2-En mi negocio no fío.

3-Nunca se fio de mí ni yo me fie de él.

4-Quien se fíe de los chismosos fracasa.

5-Te aconsejo no fíes, si quieres ver tu negocio crecer.

Seamos píos, nunca impíos. Hasta el domingo.

Temas idiomáticos

Por María José Rincón

 

EL SECRETO

30/03/2021 

Escribir con concisión tiene mucho que ver con la selección de las palabras que usamos para decir lo que queremos decir sin recargar el mensaje rodeos que no aportan al contenido ni a la expresividad del texto. Como en las preposiciones y los adverbios, que tratamos la semana pasada, también encontramos sustantivos que empiezan a verse desplazados por derivados más largos y altisonantes. Es lo que la Guía práctica del español correcto del Instituto Cervantes llama «la moda del archisílabo», que se basa en la idea errónea de que si la palabra es más larga nos hace ver más preparados o más cultos.

Las palabras son las que son; una sílaba de más no las mejora. Nuestro objetivo a la hora de elegirlas es que digan con exactitud lo que queremos decir y que su estilo se adapte a nuestra necesidad concreta. Son muchos los ejemplos de palabras que pierden uso frente a susderivados: tema y temáticarecibir y recepcionariniciar e inicializarclima y climatologíaproblema y problemática. Con los verbos sucede algo parecido. En lugar de usar el verbo simple de toda la vida nos decantamos por expresar lo mismo dando un rodeo. Basta compararlos: viajar y realizar un viajenotificar y dar cuenta de algollamar y hacer un llamamientousar y hacer usoopinar y ser de la opinión desaber y tener conocimiento de algo. Son creaciones innecesarias, con el mismo contenido significativo, no aportan ningún matiz que nos ayude a expresarnos con más propiedad, no designan objetos o conceptos nuevos. Son expresiones superfluas que nos suenan engañosamente más importantes. No se dejen confundir; en la claridad y la concisión está el secreto de una buena expresión.

 

SUJETOS Y VERBOS ENLAZADOS

6/4/2021 

En una expresión correcta, tanto al hablar como al escribir, intervienen, por supuesto, la ortografía o el dominio de la cantidad y la calidad del vocabulario. A estos elementos esenciales se le suma uno tan importante como ellos: una estructura gramatical correcta. Para lograrla debemos, entre otras cosas, fijarnos bien en la concordancia. Gracias a ella los elementos que forman la frase se vinculan entre sí. Por ejemplo, gracias a la concordancia verbal se relacionan sujeto y verbo; la concordancia exige que sujeto y verbo coincidan en persona y número. Cuando de concordancia verbal se trata hay dos estructuras que generan muchas dudas y por las que me preguntan muy a menudo. Analicemos una de ellas: Yo soy de los que creen que hay que cuidar la ortografía; Tú eres de los que piensan que hay que leer más.

 

GRAMÁTICA Y CORRECCIÓN

13/04/2021

Desde la semana pasada los casos de concordancia verbal nos traen de cabeza. La regla de que el sujeto y el verbo deben concordar en género y número nos obliga a prestar atención a la estructura de nuestras frases para que los elementos que las forman se vinculen adecuadamente entre sí. Si el sujeto está formado por varios elementos coordinados (el precio alto y la mala ubicación) el verbo debe ir en plural: Lo desanimaron el precio alto y la mala ubicación. En cambio, hay otras estructuras del sujeto que concuerdan con el verbo en singular. Por ejemplo, encontramos uno de estos casos cuando el sujeto está formado por elementos coordinados que se refieren a la misma persona, el verbo concuerda con ellos en singular: La investigadora y académica recibió merecidamente el galardón. Así mismo, usamos el verbo en singular si los elementos coordinados que forman el sujeto se refieren a etapas de un mismo proceso continuo: La subida y bajada de precios influye en la inestabilidad del mercado; El análisis del problema y la propuesta de soluciones está a cargo de una comisión. Un tercer tipo de sujeto que exige el verbo en singular es aquel que está formado por verbos en infinitivo coordinados. Podemos verlo funcionando por partida doble en el siguiente ejemplo: Aunque cantar y bailar no es su fuerte, le encanta reunirse con amigos y organizar fiestas.

Cuando allá por los tiempos escolares estudiábamos gramática olvidábamos a menudo –o no nos lo recordaban lo suficiente– que no era un simple ejercicio de memorización; la gramática es esencial para construir mensajes correctos y para entender cómo hacerlo.

En ambas oraciones los pronombres (yo y tú) son los sujetos del verbo ser y concuerdan con él en número (singular) y en persona (primera o segunda, respectivamente). En cambio, el sujeto de las oraciones de relativo los que piensan y los que creen es plural y tercera persona y exige que el verbo sea conjugado en tercera persona del plural: creen y piensan.

Una estructura similar es la que encontramos en estas frases: Yo soy la que organiza la agenda o Tú eres el que plantea problemas. De nuevo en estos ejemplos yo y  son los sujetos del verbo ser y deben concordar con él. En cambio, en las oraciones de relativo la que organiza y el que plantea problemas el sujeto es una tercera persona del singular y así concuerda con los verbos organiza y plantea

 

EL PAPEL DE LOS AFIJOS

20/04/2021 

La lengua tiene sus propios mecanismos para formar nuevas palabras. La derivación es uno de ellos. A una palabra le añadimos un afijo y conseguimos una nueva palabra con diferentes funciones gramaticales o con distintos matices de significado. Los afijos, como pequeñas piezas de un maravilloso rompecabezas, pueden ser de tres tipos dependiendo del lugar en el que se colocan en la nueva palabra.

Cuando el afijo precede a la raíz de la palabra a la que modifica lo llamamos prefijo; lo llamamos sufijo, en cambio, si se pospone a esa raíz; y lo llamamos interfijo si se intercala entre la base léxica de la palabra y un sufijo. Si los analizan verán que todos estos términos que usamos para referirnos a los afijos se crean gracias a ellos: a-fijo, pre-fijo, su-fijo, inter-fijo. Aprovechemos para recordar que, cuando nos referimos a un prefijo en la escritura, le colocamos un guion al final para indicar que es un elemento que no funciona de forma independiente, sino cuya misión es sumarse a las palabras para formar nuevas voces. Los afijos, aunque no disfrutan de la independencia de otros elementos de la lengua, también tienen su lugar en los diccionarios. Si los buscamos, podemos consultar qué matices de significación les aportan a las palabras que forman. Prueben a consultar, por ejemplo, en el Diccionario de la lengua española los cuatros afijos que hemos visto hoy; o algunos de los sufijos que registra el Diccionario del español dominicano.

Saber reconocerlos como parte de las palabras que utilizamos nos puede resultar útil. Los afijos nos aproximan al significado de las voces en las que intervienen, nos proporcionan pistas útiles sobre la ortografía y nos dan una idea de cómo se van formando nuevas palabras a partir de las que ya tenemos.

El horizonte que señalan las catedrales: pensamiento catedral

Por Jorge J. Fernández Sangrador

 

En agosto de 1904, Marcel Proust publicó, en “Le Figaro”, un artículo titulado “La mort des cathédrales” (La muerte de las catedrales), en el que describía, haciendo referencia a los edificios históricos eclesiásticos, las consecuencias que acarrearía la aplicación de la Ley Briand para la separación del Estado y la Iglesia.

El novelista partía, en esa tribuna, de la supuesta situación de que el catolicismo hubiera desaparecido de sobre la faz de la tierra sin dejar otro rastro que las catedrales: vacías, mudas, enucleadas, secularizadas, ininteligibles, descontextualizadas. Sin embargo, un grupo de estudiosos habría logrado reconstruir, a partir de documentos antiguos, cómo eran las ceremonias en ellas celebradas.

Y si unos artistas, con deseos de representar el drama sacro que allí oficiaron los sacerdotes del pasado, se atrevieran a llevarlo a escena, el gobierno lo subvencionaría encantado, al igual que el teatro. Más aun, lo financiaría exultante, puesto que se trataría de realizar algo genuino, oportuno y de extraordinario alcance histórico, en aquellos edificios «que son la expresión más alta y más original del genio de Francia», es decir, las catedrales.

Los snobs, escribía Proust, al igual que viajan al santuario operístico wagneriano de Bayreuth, irían entusiasmados a Amiens, Chartres, Bourges, Laon, Reims, Beauvais, Rouen y Paris, para disfrutar de los sagrados ritos, ejecutados por actores, en los lugares para los que aquellos fueron creados.

Lo que sucedería, sin embargo, es que lo que practicasen los actores no sería otra cosa que diletantismo. Estarían imbuidos de los textos, sí, pero carentes del alma de antaño, mientras que el clero y el pueblo, los arquitectos, los vidrieros, los emplomadores, los escultores, los pintores, los capataces, los albañiles, los canteros, los herreros, los carpinteros, los carreteros, los campaneros y cuantos participaron en la construcción, el sostenimiento y el engrandecimiento de las catedrales, todos ellos “creían”.

Marcel Proust pronosticaba en aquel artículo que cuando las catedrales pasasen a manos del Estado, quedarían secularizadas y destinadas a los más variados usos laicos. Lo que no llegó a imaginar es que, en Francia, se incendiaría una cada diez años a causa de la incuria estatal, según ha declarado Édouard de Lamaze, presidente del Observatorio del Patrimonio Religioso de Francia. Las últimas, Notre-Dame de París y la de Nantes.

«Cuando ya no se celebre en las iglesias el sacrificio de la carne y de la sangre de Cristo, ya no habrá en ellas vida. La liturgia católica forma una unidad con la arquitectura y la escultura de nuestras catedrales, pues aquélla y éstas se derivan de un mismo simbolismo», escribió, lamentándose, el autor de “En busca del tiempo perdido”.

No hacía falta que lo dijera Proust. Los cantos, el órgano, los cirios, el incienso, las estatuas, los vitrales, las columnas, las molduras, las nervaturas, las cenefas, las rejerías, los retablos, los relieves, las inscripciones, las sillerías, los remates, los dorados, los plateados, las puertas, los reflejos de la luz solar, las baldosas ajedrezadas, las vestiduras, las plegarias, los salmos, las procesiones, las gradas, la oratoria, el silencio, el arcano … ¡Qué belleza!

Y es que las catedrales son de gran significación para las sociedades que se desarrollaron en torno a ellas. En las ciudades en las que hay una, ésta señala a toda la ciudadanía que deambula y se arrebuja bajo su maravillosa mole en qué consiste la excelencia de la obra bien hecha, empujada hacia arriba por la fe de quienes la proyectaron, diseñaron y alzaron; manufacturada en unidades de tiempo que duran, en la que menos, cien años; erigida en emblema del tesón, la perseverancia y la confianza en el futuro de las generaciones, una detrás de otra, hasta cinco o seis, que la casi concluyeron, porque una catedral no puede darse nunca por finalizada del todo.

No es extraño, pues, que el concepto “pensamiento catedral” (cathedral thinking) se haya originado a la vista de tan fenomenales construcciones. Ellas representan lo contrario del cortoplacismo, fueron creadas para el disfrute de las generaciones que no conocieron su comienzo, se desarrollaron armonizando en sí, a instancias de la religión, todos los saberes y no cesan de proclamar ante los siglos que, para ser bien, ha de ser el espíritu el que tire de la materia y no al revés.

En ellas resplandecen la fe, la inteligencia, la clarividencia, el buen gusto, la imaginación, la técnica, la economía y el deseo de hacer algo que perdure en el futuro. Y después de leer el libro “The Good Ancestor” (el buen antepasado), del australiano Roman Krznaric, uno se pregunta: ¿seré yo un buen antepasado para quienes me sucedan en el tiempo y en las tareas?

El teólogo Dietrich Bonhoeffer decía que la cuestión última que una persona responsable ha de plantearse no es la de cómo se las va a arreglar para resolver, de la mejor forma posible, el asunto que trae entre manos, sino la de cómo será la vida de la generación que viene a continuación de la suya.

Y en este tiempo nuestro, que discurre entre incertidumbres, emprender acciones audaces que se espera que den frutos en un futuro, ya próximo, ya remoto, es algo que reclaman las personas del mañana, que han de seguir haciendo crecer la magna catedral, incoada anteayer, de la fe religiosa, de la confianza inteligente y del amor que todo lo dignifica, embellece y humaniza.

 

Notas sobre la narrativa de Marcio Veloz Maggiolo

Por Andrés L. Mateo

 

(Marcio fue mi maestro y mi jefe. Trabajé con él en distintos escenarios y la brillantez de su pensamiento siempre nos sorprendía. Un intelectual de dimensiones universales, un trabajador infatigable. ¡Perra, la muerte!)

Estas son unas brevísimas notas sobre la narrativa de Marcio Veloz Maggiolo, que quiere comenzar por situar los grandes temas de casi todas sus propuestas formales. A mi modo de ver los textos narrativos de Marcio se compaginan armonizando o desarmonizando la historia y la memoria. Y como ambas, la memoria y la historia, son hechuras del tiempo, el tiempo es la hipermetáfora de la narrativa de Marcio Veloz Maggiolo. Yo he presentado por lo menos tres de sus novelas, y cualquier presentador de sus textos sabe que la narrativa de Marcio es siempre una conciencia imaginante que hace surgir múltiples historias que brotan, se desarrollan y desaparecen de manera infinita.

Generalmente sus novelas se comienzan a situar a partir de dos textos pioneros: “El buen Ladrón” y “La vida no tiene nombre”. Estas dos novelas iniciales tienen, también, fundamento histórico, y en apariencia dejan fluir la narración en sentido lineal. Pero “El buen ladrón” no es un texto exegético y va más allá de esa materia precaria con que se fundan para la razón las verdades bíblicas. Fue, al menos para entonces, un texto sospechoso. “La vida no tiene nombre”, en cambio, recuperaba un costado doloroso de la historia inmediata de los dominicanos, y situaba en medio de la historia objetiva, a personajes de la “vida real” junto a personajes del discurso de la ficción.

Yo siempre he creído que esta novela no ha sido bien leída, porque ella abre en la novelística dominicana, y en la de Marcio Veloz Maggiolo en particular, un discurso filosófico universal en el que se comienzan a superponer los tiempos, y en el cual el marco de la novela histórica queda superado. Ese final dramático de “El cuerno”, el personaje central de la novela que encarna el gavillerismo histórico, y que reflexiona como un existencialista lo haría ante la muerte, abre por primera vez en la novela dominicana la manifestación de una distancia entre el personaje y su universo, que puede colmarse con ironía, desconsuelo o desencanto. Y en la que la memoria es ese cemento invisible que une todas las aristas.

Esa clave de la memoria fundacional se comenzó a desplegar ahí, y se convertirá en técnica predominante. Y si quienes leímos, a finales de los años sesenta del siglo pasado, la novela “Los ángeles de hueso”, hubiéramos tenido en cuenta esa apertura filosófica del final de “La vida no tiene nombre”, quizás hubiéramos entendido el carácter abarcador, la pretensión de totalidad, que esta novela trajo a la literatura dominicana. Lo percibiríamos después, muy claramente. En la narrativa de Marcio Veloz Maggiolo, “Los ángeles de hueso” es para mí como un rollo chino, que al irse desenvolviendo prefigura todas las líneas posteriores que su narrativa asumirá. Ese hilo conductor va de “Los ángeles de hueso” a “De abril en adelante”, y “De Abril en adelante” a Los relatos de “La fértil agonía del amor” y a la “Biografía difusa de Sombra Castañeda” y a “Flor bella”. De ahí a “Materia prima”. Y de “Materia prima” a “Ritos de Cabaret”. De “Ritos de Cabaret” a “Uña y Carne. Memorias de la virilidad”, hasta sus últimos textos “El hombre del acordeón y “La mosca soldado”, pasando por sus “cuentos, recuentos y casicuentos”. En toda esta narrativa la técnica que se despliega reúne las mismas características, y hasta Marcio Veloz Maggiolo, y a partir de “Los ángeles de hueso”, no existe en la literatura dominicana un escritor que pretendiera abarcar tanto de la historia y la vida cotidiana, con un sentido semejante de totalidad.

El universo de la narrativa de Marcio se instala siempre en las grietas de la realidad, es casi un mundo por añadiduras que integra esa sustancia de ausencias, pérdidas, olvidos, memorias y desmemorias. Todo brota de esa conciencia imaginante que se desplaza angustiosa cifrando y nombrando las cosas y los hechos para que no se vayan a perder. La historia más aparentemente insignificante queda esculpida en un espacio inventado allí donde la realidad objetiva hizo desaparecer una casa, una calle, un barrio. Quienes lean, por ejemplo, “Materia prima”, recuperarán espacios físicos de “Villa Francisca” que ya no existen en la realidad. Incluso el propio barrio de “Villa Francisca” pasa de barrio real en el que se vivieron años imperecederos de la existencia, a barrio mítico labrado en el texto contra el olvido.

Es por eso que muchas de las novelas de Marcio no tienen un personaje, sino cientos de personajes que cruzan sus páginas, dicen sus parlamentos para inventar mundos paralelos donde la realidad está representada, se desbordan en el sexo o en la ambición, y luego se construyen a sí mismos, se desdicen, descubren que los valores aceptados por su mundo eran una corteza vacía, y se despiden, o no se despiden sino que se transforman en su contrario. Incluso muchos de los personajes recurrentes en esta narrativa aparecen sólo como una imagen, como una relación.

Alguien creerá reconocer un jirón de historia concreta: Trujillo, por ejemplo, y se le deshilará la madeja porque ese Trujillo concreto, el que recuperamos de las miles de interpretaciones aportadas cotidianamente por historiadores, y por quienes lo vivieron y contemplaron en el cielo del sueño, no es en el relato de Marcio Veloz Maggiolo más que la visión interior de su hipérbole.

El Trujillo de carne y hueso no permitiría rendir todo su significado, el que adquiere por ejemplo en “Los ángeles de hueso” o en “Uña y carne. Memorias de la virilidad”, como un espíritu absoluto hegeliano que abre y cierra el relato constantemente, no sólo desde su yo apabullante o su sexo insaciable, sino desde una realidad más profunda, que infecta las conciencias y ha penetrado inexorablemente la historia verdadera.

Porque sucede que el texto de la ficción tiene más riqueza que la realidad, se nutre de los vacíos que la realidad no puede llenar, y nos aclara algo acerca de esa realidad que antes no había sido dicho.

Como la narrativa de Marcio Veloz Maggiolo se sustenta en la historia, e incluso en la investigación antropológica y arqueológica (“Flor bella” o “ La mosca soldado”,por ejemplo), es necesario deslindar ambos campos. Lo que Marcio atrapa siempre no es lo que ha sido, sino lo que podría haber sido o lo que podría llegar a ser.

Y a veces ni siquiera lo acontecido por la vía de la construcción de lo narrado se mantiene en pie. Ya hemos dicho que esta narrativa se construye y se deconstruye a sí misma, y que renuncia a aquella objetividad aparente del relato del siglo XIX que pretendía transcribir, sin interferencias visibles, la continuidad de la vida misma. Marcio trabaja con la afluencia del recuerdo, con los diversos tipos de la memoria operante, que él mismo ha clasificado en numerosas variables.

Por lo tanto, en sus novelas cada personaje formula y reformula su propio pasado, lo reinventa, lo deja fluir en el tiempo de la composición, durante el cual se despliega como un infinito de posibilidades.

Incluso, hay que reconocerlos como dualidad, y coexistir con ellos como entes contradictorios, porque la propia memoria de cada cual puede ser modificada y cualquier historia real se puede trastocar en otra. Por ejemplo, en “Uña y carne. Memorias de la virilidad” Carmina es también María Testado, envuelta en muchas otras historias que se niegan una a la otra. Tico Sinatra es en verdad Augusto Pérez. Eulalia Rosadiz fue también muchas otras, y su espejo es una concavidad infinita. Lo mismo se puede decir de la relación entre los personajes que pueden ser inmediatamente reconocidos en la historia objetiva y los personajes inventados. Hay una serie de vasos comunicantes que impiden establecer la certeza de quién inventó a quién, porque la historia real de los dominicanos hace saltar en mil pedazos el instrumental de la razón como procedimiento analítico de nuestra realidad. Hay otra pista en la narrativa de Marcio Veloz Maggiolo que es necesario destacar, antes de finalizar estas notas.

Los novelistas se desvanecen siempre en la tortura mortificante de una necesidad de integración, justamente porque el relato de la novela integra lo que en el relato de la vida ha quedado disperso. Todo cuanto Marcio escribe lo toma de un material propicio al olvido. El escritor ata los cabos sueltos, pega retazos de memorias y desmemorias, y cifra allí las intuiciones, los sueños. Lo que Marcio esculpe es una realidad enteramente recorrida por su imaginación desbordante, una de las mayores capacidades imaginativas dominicanas de todos los tiempos, y ese fluido visionario produce un apóstrofe lírico que anula la relación espacio-temporal en sus textos.

En sus novelas la cultura universal es embutida en la cultura nacional, y la historia particular de esta media isla se trasvasa legitimándose en la historia universal. Mundo dentro del mundo, es tan laberíntico el universo interior del escritor, que tiene que atravesar la cultura universal para que nuestra historia ilusoria se pueda inscribir en una totalidad articulada. Creo que toda esa sucesión discursiva de la producción narrativa de Marcio Veloz Maggiolo está signada por ese esfuerzo de volver inteligible algo que se presenta como una multitud incongruente de hechos; secuencia de acontecimientos que conocemos como nuestra historia particular, y que en sus narraciones se entrecruzan con infinita complejidad con la historia universal.

La muerte de un gigante

Por José Rafael Lantigua

 

Hace alrededor de tres semanas me envió sus dos libros más recientes, que serían los últimos suyos en vida. Días después me hizo llegar unos libros de su biblioteca, con dedicatorias que me avergüenza reproducir y que, viniendo de él, constituyen el mejor regalo que he recibido en mucho tiempo. Me había prometido esos libros poco antes de la pandemia, con el compromiso de que fuera a su casa. Le prometí que acompañaría mi visita con un buen vino para compartir un rato. Faltaban días para que se desatara el virus y nunca pudo realizarse el encuentro. En esos días previos a que se conociese su contagio y su internamiento médico, volvió a insistir en que debía pasar a recoger el obsequio. Le prometí hacerlo en cuanto ambos nos vacunáramos. No perdió tiempo –no le quedaba mucho tiempo-: dos días después llegaban a mi casa unas joyas literarias perfectamente conservadas que, ahora, han adquirido un valor incalculable para mí. Fue su despedida. El pasado sábado, 10 de abril, con la llegada de la mañana, Marcio Veloz Maggiolo dejó de existir. Yo escribí hace poco más de cuatro años el siguiente texto con motivo de su 80º aniversario de vida. Lo titulé “Los 80 años de un gigante”. Con algunas actualizaciones lo reproduzco, porque creo que este fue, entonces, como lo es hoy, un homenaje a su trayectoria y a su nombre. Marcio celebró mucho este artículo, como en estos días sus amigos recordamos al Maestro, con mayúsculas, con lágrimas y con una celebración de su vida y de su gloria que, esperamos, mantener por siempre. Hasta volver a vernos. Marcio Veloz Maggiolo es un hombre de muchos nacimientos y aniversarios. El suyo es un linaje de palabras distribuidas entre vocaciones varias y luces de sabiduría que iluminan múltiples caminos. Su trayectoria: una de las más dilatadas y plenas que conoce nuestra historia cultural. Nació poeta. A los veintiún años da a conocer su primer libro, el poemario El sol y las cosas (1957). En 1986, después de que sus versos hicieran su recorrido inspirador, dejó su mochila poética sobre la mesa de sus mudanzas literarias para que las musas dejaran abiertas las sendas de sus ya encaminadas preocupaciones hacia nuevos estadios de creación. De ese primer libro suyo, con el que comenzó a construirse su marcha incesante en las letras nacionales, se cumplen ya sesenta y cuatro años. No había suspendido su oficio de poeta cuando, en 1960, se estrenó como novelista. Con El buen ladrón nacía, así, entrando firme en la enredadera de la ficción desde el primer estallido, una de las mejores novelas de la literatura dominicana. Hace sesenta y un años de ese suceso que marcó la consagración de Marcio antes de que llegase el amplio registro de toda su gran obra.

Nació para el cuento en ese mismo decenio de los sesenta (El prófugo, 1962), se estrena como ensayista iniciando los setentas (Cultura, teatro y relatos en Santo Domingo, 1972), y de inmediato tiene un nuevo natalicio, esta vez como arqueólogo y antropólogo –una de sus grandes pasiones- con la Arqueología prehistórica de Santo Domingo, 1972).

Al poeta, al novelista, al cuentista, al ensayista, al antropólogo, le nacieron luego otras compañías: el dramaturgo, el narrador infantil, el historiador, el columnista, el memorioso que desnuda fantasmas y que fermenta remembranzas. En todas estas categorías literarias la suma de sus producciones debe ser una de la más extensa y sólida de nuestra cultura literaria. Sus dos primeras novelas –en total, publicó dieciséis- y los relatos bíblicos inauguran una especie que le distingue no solo en nuestras letras sino que pudiera correr suertes en cualquier otra latitud. Sus cuentos y casicuentos entran sin apuros en cualquier antología continental. Sus estudios arqueológicos son puntales de esa materia de especialistas que lo mismo bucea en nuestros ancestros aborígenes, como planea sobre nuestras sociedades arcaicas y sobre nuestra cotidianidad. Sus ensayos son pruebas no solo de erudición sino de una fortalecida conciencia que rodea momentos fundamentales de nuestra historia cultural o sondea los trances alucinados de un barrio y su paisaje humano.

Yo entré a la literatura de Marcio en los finales de los sesenta, en pleno bachillerato, cuando la profesora de literatura Rafaela Joaquín trajo una mañana la novela Los ángeles de hueso como una auténtica novedad que nos obligó a todos en el aula a leerla. Incluso, convocó un concurso para premiar al que escribiese el mejor examen de la obra que correspondió a mi trabajo. Así me encaminé yo en los senderos nunca abandonados de las letras de nuestro gran escritor. Nunca imaginé que treinta y cinco años después, en una tarde inolvidable, Marcio –sin conocer esta historia- me pediría presentar la tercera edición de Los ángeles de hueso. Entonces, dije lo siguiente, que ahora reafirmo. “Con la irrupción de la narrativa de Marcio Veloz Maggiolo en la dinámica literaria dominicana entre el final de la Era de Trujillo y los inicios del período de transición a la democracia, que es cuando comienza formalmente su trayectoria, el entramado de la literatura nacional sufre un cambio radical que establece nuevas coordenadas de enfoque, técnica, tema y ensamblaje del hecho narrativo en ese escenario. Todos veníamos de leer y estudiar el Enriquillo, Over, Cosas añejas, Baní o Engracia y Antoñita que eran los referentes obligados de la literatura dominicana. Cuando llega Los ángeles de hueso, en 1967, se produce una revolución en la concepción de la literatura como materia insurreccional, levantisca, rebelde, donde la palabra puede jugar a ser emblema y visión de una realidad interior, como experiencia individual ajena a normativas tradicionales”.  A partir de entonces, comenzamos a perseguir al Marcio anterior y posterior a esa novela, hasta que toda su obra se convirtió en un momento sensible de nuestras personales querencias literarias. Tempranito en la mañana de un domingo imborrable en nuestra memoria, Marcio llegó a mi casa para dejarme el manuscrito de Uña y carne, una de sus novelas más sacudidoras que, como escribí en otro lugar, produce un estrujón cerebral cuando se intenta aprehender la galería de significantes de obra tan convulsa. Sin ritmo lógico, Marcio seguía innovando más de cuarenta años después de su salida hacia la gloria literaria, con ese memorial de virilidades insospechadas y de memorias truncas. Cuando propuse crear un gran premio como parte del programa de la Feria del Libro, el primer ganador fue Marcio con uno de mis libros favoritos cuyos capítulos nunca he dejado de releer: Trujillo, Villa Francisca y otros fantasmas, publicado hace justamente veinte y cinco años. Y dos años más tarde, cuando creamos la Colección Cultural Codetel, Marcio fue uno de los tres autores que seleccioné para el primer volumen, Santo Domingo, elogio y memoria de la ciudad. Y volvió a serlo cuando a tres manos se escribió el volumen ocho de esa desaparecida colección, con uno de los temas de su preferencia que maneja con conocimiento inigualable, El bolero, visiones y perfiles de una pasión dominicana. Y cuando esa colección cerró en su noveno año de existencia, ahí estaba Marcio para escribir junto a Hugo Tolentino Dipp, Gastronomía dominicana, historia del sabor criollo. A la admiración sin pausas, se unió pues la complicidad literaria en la producción de textos únicos en nuestra literatura. Con toda seguridad afirmo que Marcio Veloz Maggiolo fue, hasta hace una semana, el escritor dominicano viviente más completo y de mayor trascendencia. Nació a la vida el 13 de agosto de 1936, por los predios de Villa Francisca. Nació a la eternidad el pasado sábado 10 de abril. Poco más de ochenta y cuatro años en un profesional de la palabra y la escritura que supo nacer muchas veces, como si en cada nacencia suya la génesis de la gloria lo esperase para alcanzar nuevos vuelos desde las alturas gigantarias que ocupa en nuestras letras. ¡Buen viaje, Maestro!

La obra de Marcio Veloz Maggiolo

Por Jeannette Miller

 

Ha fallecido Marcio Veloz Maggiolo, una de las figuras más importantes de la cultura dominicana. Novelista, cuentista, poeta, ensayista, antropólogo, pintor… Su talento abarcaba distintas disciplinas y en todas alcanzó niveles de maestría sorprendentes.

Catedrático, diplomático, periodista cultural, su capacidad de trabajo ayudó a construir una gran obra que ha quedado en sus numerosos libros y en la conciencia de quienes lo conocieron. Afable, caballeroso, con una curiosidad permanente que le permitió manejar temas disímiles, se puede decir que don Marcio era una enciclopedia viviente.

Participó y apoyó a importantes grupos y generaciones literarias (La Generación del 48, La Generación del 60, El Puño…) y estimuló a los jóvenes escritores a seguir su vocación. Para nosotros queda el hueco de su persona y de su obra, una obra que lo mantendrá vivo a través del tiempo en la memoria cultural de nuestro país. 

En honor a Marcio Veloz Maggiolo

Por José Alcántara Almánzar

HA SIDO UN ESCRITOR TUTELAR, NO SOLO POR EL ALCANCE DE SU OBRA, SINO TAMBIÉN POR SU ESTIMULANTE PRESENCIA, ORIENTADORA Y SABIA.

Durante una conferencia en la Feria del Libro de Madrid 2019, dedicada a la República Dominicana, dije que Marcio Veloz Maggiolo (1936) es el escritor dominicano vivo más importante de nuestro país. Él ha sido un escritor tutelar, no solo por el alcance de su obra, sino también por su estimulante presencia, orientadora y sabia, su generosa actitud hacia los jóvenes creadores, y su ejemplo de escritor consagrado e innovador.

Mucho antes de que el tema se pusiera de moda, Marcio fue el escritor que más profundizó en los laberintos de la dictadura de Trujillo, y lo hizo desde distintas perspectivas y géneros, hurgando en los entresijos de la historia para construir perdurables criaturas de la imaginación, o dejar un testimonio único, como lo demostró en Trujillo, Villa Francisca y otros fantasmas (1997), que es también una excelente biografía colectiva de su barrio, y de personajes emblemáticos de una era infame.

Veloz Maggiolo es un escritor ecuménico cuya obra abarca la poesía, el relato, la novela, la crítica, la antropología cultural y la prehistoria de nuestra isla, entre otros. Su infatigable labor de más de seis décadas se mantiene vigorosa, con la publicación de nuevas obras que son prueba fehaciente de su tenacidad y su lucidez.

Algunas de sus novelas mayores han trascendido los límites insulares para proyectarse a otros países, siendo traducidas a numerosos idiomas y estudiadas por críticos literarios de prestigio. Conocí personalmente a Marcio Veloz Maggiolo en aquellos tiempos promisorios de los Premios Siboney (1978-1985), en los que él era secretario y mediador respetado por jurados de primera, y donde jugó un papel clave. Y le estaré siempre agradecido por su trato afable con Ida y conmigo, y sus palabras la noche de la puesta en circulación de La carne estremecida (1989), y sobre todo por la distinción de su amistad.

 

Marcio Veloz Maggiolo: coherencia entre vida y escritura

Por Manuel Matos Moquete

     Alejo Carpentier nutre sus novelas de su vasta erudición: libros, música, arquitectura, pintura; sus viajes, sus conocimientos de lugares, de las capitales europeas, como la de Francia; o de la historia del Caribe, de Haití, particularmente; o de las selvas amazónicas, o del camino de Santiago de Compostela, etc. Todas esas improntas circulan en sus diversas obras narrativas.

Así mismo procede nuestro ilustre novelista Marcio Veloz Maggiolo. Quien tuvo la dicha de compartir con él de cerca, por ejemplo, visitarlo en su biblioteca, sabe que Veloz Maggiolo no era un escritor que escribía sólo de su inspiración e imaginación. En su estudio de trabajo había libros, grabadoras, discos, películas, mapas, instrumentos de arqueología, pinturas, estatuilla, retratos e imágenes de personajes y sucesos importantes; en fin, un conjunto de materiales e instrumentos propios de su profesión de arqueólogo, antropólogo e historiador y escritor, que durante sus largas jornadas de trabajo le permitían estudiar, experimentar, recordar y crear. Estamos, pues, ante un autor que en sus novelas juega en tres planos: la experiencia de vida, el arte literario y el saber científico.

Es de José Saramago esta expresión: “lo que digo es que el Autor está en el libro todo, que el Autor es todo el libro, incluso cuando el libro no consiga ser todo el Autor.” En verdad, si no hubiese más argumentos para apoyar la afirmación del Premio Nobel de Literatura, bastaría con aportar el caso de Marcio Veloz Maggiolo, tal como se muestra en sus novelas y en su vida diaria.

De lo que se trata aquí es de la fuerte relación entre la escritura y la vida, que Marcio Veloz Maggiolo ilustra de forma ejemplar al dejar huellas palmarias de su presencia en su obra, desde los capullos de su infancia en Villa Francisca hasta los frutos de su formación profesional de arqueólogo, antropólogo e historiador. En su cotidianidad y en su hogar, Veloz Maggiolo vivía con la humildad y la sencillez de un estudioso de las culturas de los pueblos. Así era, así vestía, así comía, así lo veíamos en la calle. Era alguien que almorzaba como todo el mundo, la bandera dominicana (arroz, habichuela y carne, incluso con un poco de concón) y dulces criollos de postre.

Los diversos roles apuntados son otras tantas voces de Veloz Maggiolo en sus novelas, puesto que nunca separó sus roles en la vida: la coherencia entre los diversos aspectos de su vida, es su legado principal. Y así mismo, la voz del narrador se multiplica en las funciones del autor, en todas sus novelas, y de forma particularmente evidente en La mosca soldadoFlor bellaMateria primaBiografía difusa de Sombra CastañedaEl hombre del acordeónLa Navidad.

En Materia Prima Veloz Maggiolo explora el folclor barrial: personas y estampas, chismes, lugares, situaciones, hechos, que carecen de trascendencia y que se cuentan por el sólo hecho del placer de contar menudencias locales e historias de vida, que son de gran interés para el antropólogo.

Mosca soldado es una novela científica como un ensayo: llena de reflexiones e informaciones de tipo arqueológico y antropológico. Novela-investigación arqueológica. La mosca es un personaje arqueológico.  Esta novela es la voz del arqueólogo que narra una experiencia difícil de establecer en la ficción o la realidad. Hay datos biográficos y de lugares que concuerdan con que es arqueología lo que se cuenta o es cuento lo que se sirve de la arqueología. Es una historia maravillosa.

Flor bella es también una novela arqueológica, nacida de la misma reflexión y circunstancia que Mosca soldado: Al respecto afirma Veloz Maggiolo: “Cuando hace ya largos años laboraba con otros colegas en la desembocadura del río Higuamo (El Soco) tratando de auscultar el corazón de un cementerio indígena en las riberas del mismo, un codo fino, de mujer, como enarbolando una metáfora, emergió de la tierra del cementerio como un llamado a la imaginación. Cuando con brocha de pintor mi compadre Fernando Luna Calderón dejó fuera el esqueleto de la que llamé en principio Florbella aun el codo se mantenía en alto, vertical como un poste de bandera, y alrededor el cuerpo de la mujer enterrada era como la osamenta de un buque con rasgos humanos. De pronto la imaginación me dijo que esta mujer joven guardaba una historia, y la historia surgió en mi cabeza como si el hallazgo fuera parte de un extraño documento.”

En Sombra Castañeda Veloz Maggiolo hace un despliegue de saber antropológico relacionado con la religiosidad popular. Ahí nos narra historias acerca del bacá y otras divinidades. Es una novela fantástica, es puro realismo mágico. Es la búsqueda de un personaje mítico, legendario que representa la historia de los tiranos populares en un mundo de dos culturas en la línea fronteriza donde están presentes la magia, el vudú, la superstición.

El hombre del acordeón registra los conocimientos antropológicos y folclóricos, específicamente musicales acerca del ritmo del merengue. Es novela antropológica sobre el merengue en la cual se describe ese ritmo, el baile, los instrumentos, la tambora, el perico ripiao, la historia del acordeón y del mundo de la gallera donde muere Honorio Lora. También se refuerza la búsqueda del folclor rural: brujería, gallera, merengue, pleitos, instrumentos musicales, personajes y figuras típicas que forman parte como estampas imborrables del medio social y el paisaje natural de nuestras aldeas. También, en el aspecto musical, Veloz Maggiolo une en sus novelas el tema del bolero. Ritos de cabaret es una especie de parodia musical al estilo musical: el personaje vive de canciones; habla y piensa en canciones.

La navidad es una novela histórica bien documentada, en la cual el historiador y el antropólogo de la cultura ponen al servicio de la ficción un mundo legendario, pero de base real, acerca del primer establecimiento de los conquistadores española en el fuerte de La Isabela.

En nuestro autor, las informaciones desplegadas provienen del enorme caudal de sus conocimientos y experiencias profesionales en las referidas áreas de las humanidades y las ciencias sociales, que en sus novelas circulan sin ambages en un sistema de referencias que se apoya en datos bibliográficos, nombres de autores, textos, citas, versos; así como en otras áreas y artes: cuadros, pinturas, música, etc.

Hay varios aspectos en común en las novelas de Veloz Maggiolo:

  1. Conocimiento histórico, antropológico y arqueológico.
  1. Metanovela o el arte de novelar en las novelas: hay siempre un escritor elaborando un proyecto de escritura.
  1. Narraciones densas, que dan volumen al personaje contador. Contar es un vértigo; y en él, ver y vivir el universo es esencial; no como aquellas novelas en las cuales el narrador y la narración se ven mucho en las palabras y menos en las historias.
  1. El punto de vista del yo, de la primera persona en singular, y descubrir las voces desde las cuales se narra, comenzando por la voz del propio autor. Trabajar este aspecto es fundamental para entender la obra de ese autor.
  1. La mezcla de narración poética (bella, subjetiva, rica en imágenes y en léxico) y narración académica (datos, vocablos, conceptos, sintaxis, prosaísmo) proveniente de la antropología, de la arqueología, del saber erudito de Maggiolo.
  1. La evocación, el recuerdo, rasgo principal en los personajes.

Conclusiones y enseñanzas de las novelas de Veloz Maggiolo:

  1. Que se escribe novela como a uno le da la gana y de lo que a uno le da la gana. Aquí lo que cuenta es el talento, la creatividad, la cultura y el carácter del novelista.
  1. Que se narra como a uno se le antoja. Veloz Maggiolo hizo maravillas con la narración, sobre todo a través del vanguardismo y la experimentación, rasgos permanentes en sus novelas, siempre novelas en las novelas, o protonovelas.
  1. Que la profesión, los conocimientos, los recuerdos y demás ajuares que uno lleva encima son la materia prima de la novela y no (solamente) la invención, la imaginación, la creación.

 

Marcio Veloz Maggiolo, ícono de las ciencias y las humanidades

Por Manuel Matos Moquete

 

Cuando en un ejercicio de apreciación crítica, siempre subjetivo y parcial, tratamos de visualizar el desarrollo de las humanidades en nuestra sociedad, entre los escritores y los intelectuales percibimos grados diversos. En una cultura, es dable destacar a aquellos que reúnen perfiles más completos en las letras y el intelecto. Y cuanto mejor, perfiles de científicos y humanistas.

Desde el primer tercio del siglo XX, Pedro Henríquez Ureña se situó como el intelectual más importante de nuestro país. Era ya apreciado y reconocido en los polos centrales de la cultura a nivel continental, como uno de los principales humanistas América hispánica, junto con los mexicanos José Vasconcelos y Alfonso Reyes, por sus grandes aportes como pensador, ensayista e investigador en diferentes áreas de las ciencias del lenguaje y la cultura.  Entonces, Juan Bosch, iniciaba una ascendente trayectoria literaria y política que lo convertiría, a mediados de ese siglo, en el segundo intelectual dominicano de mayor relieve. En el género del cuento, había despuntado como uno de los mejores de habla hispana, en la línea del uruguayo Horacio Quiroga. Y como pensador político era considerado como uno de los grandes demócratas de América, junto a Víctor Raúl Haya de la Torre, Rómulo Betancourt y José Figueres. A partir de 1963, Bosch creció y se proyectó aún más, como estadista e intelectual. Hoy, en este primer cuarto del siglo XXI, no me cabe duda de que Marcio Veloz Maggiolo es, actualmente, el exponente más importante de las letras y el intelecto de República Dominicana; completando así, gradualmente, un exclusivo triángulo cultural en cuya cúspide brilla sin igual, Pedro Henríquez Ureña. Veloz Maggiolo es, sin duda, en este presente, el producto más acabado de la cultura y las letras dominicanas.

Esos tres autores despuntan como las personalidades señeras de nuestras humanidades. Contamos con otros excelentes escritores: poetas, narradores, dramaturgos y ensayistas. Y en otras disciplinas de las ciencias sociales y las humanidades, hay, sin duda, especialistas de renombre: filósofos, lingüistas, historiadores, antropólogos, sociólogos, psicólogos, economistas. Pero, no se hable aquí de un género o un saber en particular, sino del perfil general de los autores y del impacto de sus obras dentro y fuera de nuestro país a través del tiempo.

Hubo un tiempo en el que las ciencias y las humanidades andaban juntas, pero como manifestaciones excepcionales en determinados individuos.  Fue un tiempo en que el conocimiento y las letras emanaban de la misma búsqueda y tenían los mismos cultivadores, quienes se singularizaban como íconos de la cultura universal. Fue el tiempo en que, en siglos diferentes, vivieron Platón, Leonardo Da Vinci, Montaigne, Pascal y Einstein. Fue el tiempo de nuestro Pedro Henríquez Ureña, contemporáneo del gran físico alemán, y también de Juan Bosch.

Hoy, esa conjunción de las ciencias y las humanidades se prolonga con mayor amplitud que en el pasado; pero, a la vez, las especialidades del saber encuentran también su máxima expresión. Es el tiempo de Veloz Maggiolo, quien representa hoy, mejor que nadie, la reunión de las ciencias, las humanidades y las letras. Obra integral es la suya: pintor, escritor y científico. Es uno de los padres fundadores de las ciencias arqueológicas y antropológicas en el país. Es hoy por hoy el novelista de más renombre. Es cuentista, es poeta y es ensayista.

A través del trabajo con la memoria personal y social, leitmotiv y estrategia principal del arte y pensamiento de Veloz Maggiolo, él nos comunica su propia imagen y la imagen de la sociedad dominicana. La labor tesonera en ese sentido, en sus investigaciones y sus escritos, es un acercamiento total a la cultura en todas sus manifestaciones: artes, literatura, historia, ciencia, tecnología, costumbres. Las funciones del escritor y del científico se aúnan en un solo crisol. Y eso se refleja en su obra narrativa y ensayística. Coexisten en los ensayos el rigor académico-científico y la necesidad de vulgarización, empalmándose bajo su lupa y su pluma esos dos modelos de comunicación. Y en las obras de ficción, el autor muestra una amplia gama en la cual convergen variados géneros, modalidades y estilos.

La obra literaria e intelectual de Veloz Maggiolo debe ser estudiada y apreciada en el contexto general del humanismo y las humanidades en nuestra sociedad. Es la obra de un creador, un investigador, un escritor, que a lo largo de toda su vida ha encarnado y propiciado el desarrollo de una visión integral del conocimiento humano.

Es difícil, al abordar la obra de un creador multidimensional, separar los productos de la creación. Sobre todo, en Veloz Maggiolo, quien plasma el vivir, crear, investigar y escribir en obras de géneros diferentes. En este autor, el estilo literario y el estilo de la ciencia son inseparables.

Encontramos así, en Veloz Maggiolo, en primer lugar, al hombre, a sí mismo. Su subjetividad, sus experiencias, su mundo cultural. Leerlo y apreciar su obra es escuchar a Michel de Montaigne decir: “Así, lector, yo mismo soy la materia de mi libro.” En el humanismo de la Antigüedad, una frase atribuida a Publio Terencio resume mejor que cualquier tratado, el perfil general de Veloz Maggiolo: “Hombre soy, y nada humano me es ajeno”.

Ese es Marcio Veloz Maggiolo.

«La mosca soldado», de Marcio Veloz Maggiolo: la novela de la experiencia trascendente

Por Bruno Rosario Candelier

 

El trasfondo arqueológico de un hecho sorprendente

La publicación de La mosca soldado de Marcio Veloz Maggiolo (Santo Domingo, 1936) conlleva un salto cualitativo en la producción del novelista dominicano (1), que narra en esta novela una historia dramática con trasfondo arqueológico envuelta en la magia de una realidad intangible. Con impresionante maestría narrativa, Marcio Veloz Magiolo despliega su talento novelístico en la narración de un acontecimiento ocurrido en el Caribe hispánico combinando el dato antropológico, la memoria vicaria y la ensoñación poética.

Impregnada de intriga y misterio, La mosca soldado va tejiendo la madeja de una historia que va anticipando las ocurrencias de los hechos al modo homérico mediante el uso de la prolepsis, técnica que emplean los buenos narradores para despertar la curiosidad del lector. El narrador fabula en torno a un suceso de la historia insular de hace mil años y lo empalma a una experiencia reciente acontecida en El Soco, paraje ubicado en la zona oriental de la isla antillana, entre la ciudad de Santo Domingo y San Pedro de Macorís. Es una manera original y sorprendente de indagar raíces etnográficas, antropológicas y culturales de una identidad que subyace en la preocupación intelectual del distinguido escritor.

La investigación arqueológica, trasfondo científico de una narración literaria, alienta la trama de un fenómeno sobrenatural que sacude la sensibilidad del novelista traspuesto por ese hecho extraordinario cuya dimensión pone a prueba la verdad científica y la verdad de la revelación ante el impacto del misterio. El testimonio de dos sobrevivientes del hecho inexplicable que concita lo mágico y lo divino se articula con sorprendentes resultados a la documentación científica y las leyendas alucinantes de una cultura atrapada en la mentalidad tradicional.

El ámbito de lo sobrenatural ha estado presente en algunos relatos de autores nacionales y el propio Veloz Maggiolo ha dado cuenta de esa presencia (2). En esta singular novela unas moscas fueron un elemento clave en la investigación del pasado y en el tramado narrativo que incentivó la imaginación del narrador. Una mosca soldado prende la obsesión de una búsqueda imparable en tumbas aborígenes y particularmente de una que atizó recuerdos, vivencias y pasiones.

El sujeto narrativo alterna con el autor en referencias autobiográficas que aluden a su trabajo de investigador arqueológico y confiesa que jamás pensó que los acontecimientos de El Soco pudiesen gestar una novela. De esa manera usa una estrategia narrativa que va combinando la técnica de anticipación y recursos metanovelísticos, dosificando paulatinamente la sustancia de su novelar como quien va contando parcialmente lo que constituye el meollo de la narración para despertar la curiosidad del lector hacia el tema central de la novela. El narrador, en efecto, le va participando a su imaginario interlocutor la historia que centra el núcleo de esta novela en una especie de ‘diálogo solitario’ o ‘monólogo compartido’ con el amigo cómplice del suceso secreto. Al ponderar la fuerza del destino, advierte que no andaba en busca de leyendas ni a la caza de albatros, ni pretendía escuchar ocarinas perdidas en un tiempo de tragedias ni entender cómo las almas de los cortadores de cañas muertos bajo el rigor del trabajo vuelven y repican el tambor en los rituales africanos. Nada de eso.

Lo que motivó la sustancia novelesca de La mosca soldado fue ciertamente un hecho intrigante y misterioso, como intrigante y misterioso es también el procedimiento narrativo que el diestro novelista utilizó para formalizar la pasión que lo alentó. La chispa que desató la narración fue el espectáculo de un esqueleto de mujer muerta hace mil años cuya historia concitó esta aventura que asombra y atrae con la misma pasión que vivió el autor. Marcio Veloz devela las brumas de un tiempo muerto, el meollo de una extraña historia que hubiera sido imposible conocerla sin los fragmentos de cerámica, fechas de radiocarbono, noticias etnológicas, análisis biológicos y sueños de poeta, según revela el narrador, así como también la virtual colaboración de los actantes del relato y las sorprendentes moscas alfareras que susurraban un hecho sutil. De ahí que el narrador, al ver en la vida un desván de objetos perdidos que estando en el pasado se manifiestan “en cuanto abres una ventana a universos que esperan manifestarse una y otra vez” (p.20), se auxilia de los conocimientos arqueológicos y antropológicos que posee para reconstruir un pasado y, prevalido de la magia de la imaginación, recrea entusiasmado y conmovido la vida de un esqueleto que recubre de carne y aliento para sentirla esplendorosa y viviente. Todo lo demás, según infiere, es obra del azar y del misterio. Y aunque el final de la historia dista de lo fabuloso y novelesco sigue siendo misterioso a pesar de la labor de reconstrucción del presente en las raíces del pasado, lo que de alguna manera viene pautado por “ese ir y venir del espíritu en la búsqueda de una realidad que no puede palparse con las manos” (p. 205).

Hubo desde luego señales que trascendieron el azar: “Cuando los insectos osaron introducirse en la tumba de Pandora, comprendí o tal vez comprendimos -señala el narrador testigo-, que la señal iba más allá de una simple forma del azar” (p.21). Y fue entonces la ocasión propicia para “poner alma a la vida insólita que se manifestaba desde el fondo de aquellas tumbas” (p.21) que presagiaban una materialidad intangible. La experiencia de El Soco cambió la visión del narrador y centró su atención en otra forma de vida, desde una vertiente interior y meditativa viendo las cosas con otra actitud, indagando “las expresiones de los objetos que contenían el mensaje y de los entornos reales que lo sugerían” (p.32).

El versado narrador, antropólogo por formación y poeta por vocación, asume la ciencia y la poesía para enfocar un costado de la realidad que se le escapaba a su control y que la historia va tejiendo en hechos y documentos no escritos almacenando una veta insospechada y profunda vinculada a lo esencial del ser humano. A veces la misma realidad nos agobia con mensajes que no sabemos descifrar, pues como leemos en esta novela: “Ese mensaje puede estar en un pedazo de vasija, en una mosca necia que insiste, en un sonido musical, en tantas cosas. Comprendimos, por lo menos yo lo comprendí, que el papel garabateado no es la única fuente para entender el mundo, que la escritura es una parte de millones de historias nunca llevadas al alfabeto y que por tanto los restos arqueológicos son documentos que pueden completarse con otros altamente intangibles, hasta el punto de que pudieran no ser calificados de ese modo. ¿Cómo calificarlos si completan, sin embargo, la materialidad y la inmaterialidad de la historia? ¿Cómo dar categoría de documento a una intuición, a un presentimiento que se hace corpóreo? El pasado no impreso, no llevado a las letras, puede flotar como una nube que descarga luego su chubasco sobre nuestro mundo cerrado y nos empapa de realidades nuevas” (p.44).

Pasa a seguidas a explicar el narrador que muchas historias intangibles vuelan a nuestro alrededor y debido al modo tomista y lógico de nuestro pensar sólo ponemos a atención a lo tangible. Consecuente con su actitud abierta, empática y totalizadora, el narrador anhela “tomar posesión del pasado” (p. 45) para entender en su esencia profunda el sentido de lo existente, advirtiendo que conviene preparar a los demás para que la intangibilidad de los fenómenos no los sorprenda. Desde luego, esta novela se escribió años después de la ocurrencia del acontecimiento que apeló la conciencia del narrador, que se lanza a contar la historia que aconteciera entre las brumas de leyendas, visiones y poesía cuya reconstrucción reclama la participación de la memoria vicaria, la ciencia antropológica, las tradiciones dominicanas y la invención mítica en un lenguaje vivo, elocuente y cautivante.

Una novela como La mosca soldado supone el desarrollo de la sensibilidad trascendente, como en efecto acontece en Marcio Veloz Maggiolo y, aunque es la primera vez que este prolífico autor incursiona en una narración adscrita al modo de ficción metafísico, ya nuestro distinguido académico había dado señales, en estudios y artículos publicados en la prensa nacional (3), de que había desarrollado su intuición de lo profundo y podía sintonizar la ladera oculta de la realidad, que en otro estudio he llamado REALIDAD TRASCENDENTE (4). El alter ego del autor la alude al señalar: “No somos quiénes para encarcelar la vida, para encerrarla, ponerle barrotes y decir ahí está la vida prisionera y nadie puede hacerla aparecer de otro modo. No, no creí mucho ni creo en esa manía de asegurarnos a nosotros mismos creyendo que lo que no vemos es irreal, que lo que no comprendemos es inexistente. Y todo esto, como supondrás, me llega como una conclusión definitiva con los años, porque las experiencias en El Soco fueron el inicio de una visión de mi concepto como ser humano, y de la tuya. […] Creo en lo tangible y en lo intangible. Mucho de lo que se ve ha dejado de verse durante largo tiempo, y por el contrario, mucho de lo que no hemos visto se verá y existe sin que los sentidos puedan captarlo” (pp. 66-7).

Se trata obviamente de la existencia de una realidad intangible o la presencia indiscutible de la realidad trascendente, ante la cual el narrador abre un intersticio a lo imaginario, sin desconocer la participación de ese sentido interior en la percepción de lo real. Decía William Wordsworth que la imaginación era el sentido mediante el cual el hombre formaliza la visión mística del Mundo y Marcio Veloz Maggiolo concibe ese poder de la sensibilidad en esta novela, la que no dudo en calificar de grandiosa, como el puente entre la ciencia y lo divino mismo, abriendo un espacio en el ámbito de lo viviente a lo misterioso y sagrado, que Mircea Eliade concibiera como Terrible y Fuerte (5). Para el novelista dominicano la imaginación es clave para entender “lo que no hemos estado buscando y aparece de pronto” (p.72).

La apelación de la realidad trascendente 

El narrador está consciente de que sentía “cosas del más allá” (p.184) y sabiendo que somos una porción de la Totalidad, conforme enseña la mística, por lo cual ocupamos un puesto singular en el concierto del Universo, el hombre viene a ser una célula de un gran organismo supraestelar y, en tal virtud, puede sintonizar los efluvios inmateriales que el autor supo canalizar entendiendo el sentido misterioso de la poderosa apelación que lo concitó. Es el fascinante fenómeno intangible que articula la esencia de esta novela interiorista, que dio lugar a la experiencia trascendente y que al mismo tiempo apeló la conciencia del creador y concitó en el autor la pasión de lo sagrado con el concurso de la imaginación poética, la formación antropológica y el sentido profundo de la realidad trascendente.

La experiencia de El Soco fue revivida por la fuerza de la imaginación, el aliento de la pasión y el recurso de la memoria, la ciencia y la poesía para la remoción de cenizas misteriosas. Cuando el autor se vale de lo que he llamado la memoria vicaria para la creación de esta obra -lo que me halaga al citarme por mi nombre en la página 20 de esta novela- anota que la memoria vicaria en tanto memoria ajena completa la nuestra recreando el pasado, como la de su padre narrándole viejos recuerdos de su barrio natal o el sonido de la ocarina en las manos de un niño o las voces de Feltrudis, Samuel o Nathaniel, que alentaron la reconstrucción del pasado para la previsión del porvenir.

La filosofía escolástica inspirada en Aristóteles fundaba la jerarquización de las bondades del ser en las cualidades ascendentes de la belleza, la verdad y el bien, valores que fundamentan la cosmovisión espiritual de Marcio Veloz Maggiolo. Como buen científico, el narrador buscaba la verdad y su intuición de poeta confluía en la sabiduría del creyente que percibía en la inocencia la fluencia de lo divino, razón por la cual consignaba entre sus convicciones íntimas: “Si yo buscaba la verdad de gentes perdidas entre cenizas y pasado, y si esa verdad podía enriquecerse con la imaginación de un niño, me interesaba notablemente la misma.  Amo la inocencia, y me parece ahora una especie de canal a través del cual pueden expresarse todas las divinidades. Dueño de un mundo intangible, para mí cierto aunque los demás lo negaran, Damián era un guía de lo extraño e inmaterial, de lo incontaminado” (p.115).

Señala el narrador que estando frente a aquel mundo floreciente con raíces en la leyenda, sentía que inventaba un ambiente y que se adaptaba al misterio. Entonces percibió que su vieja vocación de narrador corría pareja con la del arqueólogo y que podía compaginar la realidad física con la realidad imaginaria y, por supuesto, se dejaba arrastrar por un ‘realidad nueva’ (p. 115). Fue a partir de ese momento cuando advirtió que podía comprender la verdadera realidad de lo vivido en El Soco, que compartía con Eduardo y Nora, cómplices de su singular vivencia.

La experiencia de vida conlleva verdades profundas que la intuición atrapa y el narrador sabe que cada objeto contiene un sentido y cada espacio revela silencios descifrables. Sentir esa dimensión supone una sensibilidad trascendente y descubrir ese sentido es hacer metafísica. El escritor de esta novela siente apelaciones profundas, entre ellas la de escuchar la voz del pasado, captar el mensaje inherente a todo lo existente y apreciar que “un fragmento de vasija contiene el sudor de un hombre del siglo X, contiene el momento en el que una niña de ocho o diez años encendió el fuego para quemar la cerámica, contiene la arena del río que fue usada para reforzar la masa de barro y por lo tanto refleja esa caminata del poblado a la playa para traer la arena; un trozo de hueso pulido contiene el momento de la cacería; es un testigo mínimo del momento en el que el cazador golpeó con el hacha el animal, lo descuartizó y lo convirtió en alimento y en instrumental hecho de hueso; el polen de guáyiga contiene las caminatas alrededor del poblado, la recolección de las plantas, la hora en la que se levanta el recolector y la hora en que se acuesta, contiene la tradición de siglos; cada objeto tiene un mensaje dentro, un idioma que deberemos descubrir, recrear, para entender más profundamente el pasado” (p.190).

Cuando esa semiótica del pasado cuaja en la sensibilidad de un novelista auténtico, nace la novela metafísica que esta obra de Marcio Veloz encarna. Esa concurrencia de factores hace posible que el narrador perciba ‘sombras móviles’ que se repiten en expresiones materiales que nos marcan y el pasado lo persigue con su secreta apelación irrevocable que la memoria del amigo y el cariño de la esposa lo llevan a percibir como fuente de inspiración para su obra. El científico que se revela en esta novela no es el analista puro centrado en lo material y tangible que obvia las señales ocultas, a veces más impactantes y reveladoras que las visibles de la materialidad tangible. Convencido de que la ciencia puede dar vida y sentido a la imaginación trascendente y que la misma poesía sirve para horadar el misterio, su amigo interlocutor le reta a que acuda a la literatura para testimoniar esa dimensión de la realidad sensorialmente inabordable. De esa manera el narrador cuenta con la complicidad de Eduardo, el amigo entrañable a quien le va contando la historia que va haciendo la novela, advirtiéndole que el pasado vive en nosotros porque “nada se pierde, todo se acumula”, razón por la cual toma posesión del pasado para entender en su esencia el sentido de la vida y con ese fin asume la antropología asumiendo la vertiente de la realidad que la misma vida va tejiendo en hechos y documentos en los cuales deposita una rica veta de verdades profundas y conocimientos esenciales.

Consecuente con esa visión integral del Mundo, entiende el novelista que hemos de estar abierto a todas las manifestaciones de la realidad sensible y suprasensible y, mucho menos, negar que “lo que no vemos es irreal, que lo que no comprendemos es inexistente” (p.66). Y precisa: “Creo en lo tangible y en lo intangible. Mucho de lo que se ve, ha dejado de verse durante mucho tiempo y, por el contrario, mucho de lo que no hemos visto se verá y existe sin que los sentidos puedan captarlo” (p.67). De ahí que el narrador pondere, como efectivamente lo hace, que “toda expresión es una cara de los dioses” (p. 173).

Con esa atmósfera espiritual, emocional y estética, su inteligencia y su sensibilidad estaban dispuestas para percibir y entender el meollo profundo de la revelación que sacudió el hondón de su ser interior, circunstancia que hizo posible y plausible, la singular vivencia que motorizó la gestación de esta novela. Su convicción sobre la particular reiteración de tantos fenómenos extraños le lleva a precisar: “Creo, y parece ser así, que estas experiencias pudieran ser una prueba de que la vida repite los mismos tipos, los mismos cuerpos, iguales ritos y las mismas angustias en gentes que siendo diferentes podrían ser, en el fondo, las mismas. Paisajes, flores, música, sacralidades inconclusas y rumores se multiplican por encima de la lógica y de toda precisión humana. La historia desova como una mosca, y si encuentra materia prima para repetirse transformada en un nuevo ser, lo consigue” (p. 215).

Cuando el sujeto de la narración se preparaba para experimentar el momento mágico de su gran vivencia, la misma naturaleza parecía vivir esta complicidad del misterio. El narrador despliega entonces su talento descriptivo con hermosas sinestesias y cautivantes imágenes que dan cuenta de los datos sensoriales del ambiente: “Esta vez no había Luna. Sombras y ruidos de gaviotas que huyen golpeando el agua acompañaban el rumor distante de los tambores, lo que nos generaba cierta fruición. Y así era, con sólo cerrar los ojos y dejarse acariciar por el tam-tam podía uno imaginar el sonido triste de la ocarina acompañando el rumor agreste y alegre del furioso balsié, cuyo toque de yuca era conocido en toda la región, en donde la fiesta de palos -tambor y güira únicamente- se mezclaba con el sudor, el alcohol y el alegre vaho de las bailarinas de senos calientes, cubiertos de ‘sudor y de estrellas’, como una vez diría uno de mis poetas favoritos…” (p.151).

La fuerza numinosa de lo intangible 

Conociendo la existencia de la realidad profunda, interna y mística, vinculada entrañablemente al origen divino del hombre y el de la herencia universal que archiva el pensamiento de la humanidad en forma inmaterial y trascendente (6), Marcio Veloz acomete la más fascinante aventura literaria de su brillante carrera de escritor.

La narración de esta novela va anticipando, como ya dije, la realidad de la experiencia de lo inmaterial que vivió el narrador y acuciado por el interlocutor del relato para que acuda a la literatura en la formalización de esa vertiente de la realidad, lo convence de que narre la sorprendente historia que vivieron bajo el impacto de lo trascendente. El narrador se auxilia de la imaginación poética para validar sus conocimientos científicos en una narración de lo sobrenatural y misterioso. Y se vale de las opias, aquellos espíritus de los aborígenes de los que habló fray Ramón Pané y que, al no formar parte de la materia según la leyenda, se materializan para mostrarnos sus rostros y sus vivencias singulares desde el más allá que los taínos antillanos concebían como un lugar de misterios y ánimas insomnes en los guayabales del Este de esta isla antillana y tropical. El narrador, sin embargo, no suelta fácilmente sus prendas. Va dosificando el anuncio de la revelación que le fue dable y reitera que Eduardo le insiste en la narración de la singular vivencia que estremeció su sensibilidad y su conciencia bajo el aletazo del misterio. Fueron unas inocentes moscas atrapadas la clave del hallazgo de verdades sorprendentes. Las relaciones autobiográficas que aparecen en diversos paréntesis funcionan como recurso narrativo de expansión y distensión engarzada bajo la autoridad de un versado narrador que escribe, recrea y rememora una historia fascinante.

La ocurrencia de hechos aparentemente fortuitos presagia el contexto de una espiritualidad coincidente con el fenómeno sobrenatural sugiriendo que el pasado sigue vigente reproduciéndose y gestándose de nuevo en el presente, como si la onda del misterio procurase perturbar la percepción de lo real descargando en su interior una inquietud creciente bajo el aliento sonoro de una flauta, anticipando la vivencia de un misterio a través de la música, la sombra cómplice y el aura de magia con que lo inexplicable suplanta lo tangible en sensaciones extrañas que condicionan lo imprevisto. El narrador va preparando el escenario para su revelación: “El rugido del mar se hacía cada vez más fuerte. No había narrado a nadie mi experiencia de la madrugada. Se hubiesen reído. Sólo a ti te confié lo que había pasado. Ahora, reconstruyendo el recuerdo, me atrevo a escribir sobre un tema tan poco científico y tan poco creíble para quienes acostumbran a medir la vida al través del corazón de los ordenadores. Cumplo contigo, Eduardo. Eres como el residuo de la historia, no diría residuo, sino el testigo final” (p.97).

Para conseguir la máxima eficacia narrativa y la atención de los lectores, el narrador emplea técnicas de contrapunto narrativo con las que va anticipando y dosificando la noticia que centra el núcleo de la novela. De esa manera ambienta de misterio y asombro el entorno y “en la distancia una luz de cocuyos sobre los cañaverales” (p.87), y mediante el recurso de enumeración que activa el relato novelesco evoca la figura de la india que su imaginación recrea: “Suprimí esa noche todas las ideas, todos los pensamientos; me concentré en las numerosas imágenes que pudieron encarnar a Pandora. La vi como una viuda medieval, pequeña y grácil, tejiendo en paños flamencos mariposas doradas; a un lado estaba la rueca amarilla, con incrustaciones de oro; al fondo vi gobelinos con arcángeles y trigales. Me la imaginé luego en la selva amazónica, con el viejo taparrabo amarillento, sirviendo el jugo fermentado de yuca, el masato, el mabí que emborracha a todos y que es parte de la fiesta en los grupos tribales. El areíto o fiesta colectiva comenzaba, y en torno a ella el buhitío inhalaba los polvos que le llevarían hacia un universo ubicado más allá de la vida terrenal…” (p. 158).

Entonces subraya el rol de la memoria vicaria, de la que esta magistral novela es cabal testimonio y ejemplificación, completando con sus recuerdos y vivencias la visión de los hechos que recrean el pasado. Su capacidad de imaginación le permite revivir la escena de un pueblo que danzaba mientras llevaba en hombros a una mujer joven, advirtiendo que la realidad es tan inmensa que no cabe en la imaginación y, tras aceptar el reto de narrar la historia que lo deslumbró, fundada en una experiencia situada más allá de la ciencia, más allá de la poesía, más allá de lo posible, su sensibilidad fue arrebatada para vivir la dimensión de un fenómeno sobrenatural sensorialmente trascendente. El narrador, habiendo preparado al lector para participarle su experiencia memorable, preparación explicable a la luz de la formación intelectual del hombre occidental formado en una cultura racionalista, se decide a narrar su vivencia con la pasión de quien revela un misterio, mientras fragua su mejor novela.

El narrador entonces despliega la fuerza dramática de su verbalización al contar la naturaleza de su experiencia, pero para no privarle al lector la fascinación de descubrir por sí mismo el impacto espiritual de este episodio extraordinario sólo diré que se trata de una experiencia metafísica. Aquel silbo impregnado de música de atabales había concitado la gestación del misterio hecho presencia rediviva que imprimió en la vida del narrador otro sentido y otra actitud ante lo viviente de tal magnitud y relevancia que a partir de esta experiencia todo lo enfocaba desde la perspectiva mágica de un entorno que como el de El Soco “tenía relaciones profundas con una especie de ‘más allá’” (p. 100), mientras se dejaba arrastrar por la vaporosa condición de la leyenda.

La dimensión interna y mística de esta experiencia trascendente suele transmutar la visión del Mundo y la manera de asumir la comprensión de lo real. Nuestro narrador no escapa a esa determinación del espíritu en el interior de la conciencia. A partir de entonces todo se transforma y revaloriza, hasta el mismo instrumental científico de la investigación. Y el Mundo adquiere connotaciones que antes no se percibían. La misma Naturaleza parece confabularse para el hechizo de esta revelación mística del Mundo. El tránsito hacia el más allá de las opias que animan la concurrencia de sucesos inauditos contenía el gran secreto que alentó la enervante historia de esta narración. La visión que experimenta el narrador cambiará el panorama de un suceso y el hecho sorprendente del relato adquiría una ritualidad nunca pensada. Tras la vivencia del singular misterio el narrador recompone su visión del Mundo como consecuencia inevitable del éxtasis transformante. La historia intangible, que se alterna con la historia del quehacer científico, aporta la dimensión espiritual, trascendente y poética en un vínculo visceral con lo viviente. “Todo forma parte del Todo” (p. 199), dice el narrador, como lo dijera hace medio milenio Leonardo da Vinci o como lo creyeran los neoplatónicos antiguos hace mil años (7).

El narrador testigo que cuenta su experiencia impactante tiene la habilidad narrativa de ir alternando la técnica de anticipación y el recurso de la metanovela, dosificando la sustancia de su novelar para irse acercando poco a poco ante el limen del misterio. De ahí la oportuna ambientación del relato. Describe el ambiente donde suceden cosas singulares, extrañas y misteriosas, como la aparición de espíritus que se montan, la leyenda de las Marimantas o la lucha de creencias que gestan mitos y fabulaciones. Todo se armoniza para reconstruir, guiado por la maestría de un genuino narrador, la vida de un pasado misterioso, el pasado de una historia inusitada que desata la más hermosa novela de nuestro admirado creador.

En procura de ese propósito literario se suman la caracterización de personajes y ambientes, la descripción de paisajes y objetos, la evocación de leyendas y creencias y, desde luego, la sólida formación intelectual, científica y artística del más importante escritor dominicano vivo. Se trata de un narrador que busca la verdad de gentes perdidas entre cenizas y pasado y, si esa verdad podía encontrarse con la imaginación de un niño o la magia de la poesía, nada se descartaba. Se trata de conciliar la verdad histórica y la verdad poética, que tanto inquietó a Aristóteles, siendo la intuición estética y científica del narrador, que se aunaba al autor, la base para hacer posible esta gran novela nacional. La intuición mística de percibir que a través de la inocencia del niño “pueden expresarse todas las divinidades” (p.115) era una manera de dejar fluir la corriente de lo divino mismo para vivir a plenitud la experiencia de lo trascendente y sentirse dueño de un mundo intangible, luminoso y edificante entre lo inmaterial y lo incontaminado. Cuando el autor se convenció de que su vocación de narrador compaginaba con la del arqueólogo no dudó en articular una novela que penetraba la realidad trascendente sin obviar la realidad física y la realidad imaginaria en pos de la revelación del misterio. Por eso el narrador, que tiene la sabiduría para insuflar a su novela el aliento de la verdad poética y el dato de la verdad científica en la preparación para la revelación de su gran verdad vivencial y testimonial, dice perlas como esta: “El tallo no es el dueño de la flor, ni su dictador. La flor es todo. Toda flor está virtualmente ‘esperando’ su luz. Todo movimiento de la mente o del cuerpo tiene dentro un mensaje” (p. 191). Ese mensaje conmovió las fibras profundas de nuestro narrador.

Quiero finalmente ponderar la riqueza de datos relacionados con el mundo de la mitología insular que sostiene la investigación de campo de esta novela y revelan la sólida erudición de Marcio Veloz Maggiolo en facetas tan diversas como leyendas, mitos, tradiciones y creencias con un conocimiento profundo y riguroso de la cultura viva y la antropología dominicana y antillana, lo que refuerza la calidad de esta novela, confirma la categoría intelectual del autor y testimonia la seriedad profesional que avala esta obra maestra de la novelística dominicana.

La dinámica narración de esta novela viene potenciada por la fuerza de su lenguaje, la voz personal y auténtica del escritor y su estilo audaz, vivo y fluyente consustanciado al aliento dramático y el acento entrañable de su formalización. La mosca soldado, de Marcio Veloz Maggiolo, inscrita en el modo de ficción trascendente en las letras dominicanas, apuntala la prestancia literaria del ilustre escritor y académico.

 

Bruno Rosario Candelier

Academia Dominicana de la Lengua

Santo Domingo, Ciudad Colonial, 20 de abril de 2005.

 

Notas:

  1. Marcio Veloz Maggiolo, La mosca soldado, Madrid, Siruela, 2004.
  2. Cfr. Marcio Veloz Maggiolo, “Lo sobrenatural en algunos escritores dominicanos”, en El Siglo, Santo Domingo, 15 mayo de 1999, p. 3F.
  3. Cfr. Marcio Veloz Maggiolo, “Las maneras ocultas de ‘ganar’ la eternidad”, en Listín Diario, Santo Dgo., 28 de marzo de 1993, p. 4.
  4. Bruno Rosario Candelier, Poética Interior, Santiago, República Dominicana, PUCMM, 1991, p.22.
  5. M. Eliade, Lo sagrado y lo profano, Madrid, Guadarrama, 1973, p. 25.
  6. Cfr. Marcio Veloz Maggiolo, “Ciencia, religión y filosofía de lo ‘inmaterial’”, en Listín Diario, Santo Domingo, 10 de enero de 1993, p. 4.
  7. J. Alsina Clota, El Neoplatonismo, Barcelona, Antropos, 1989, p. 9.