Consideraciones acerca del gerundio

Por Domingo Caba Ramos

 

            «El gerundio se emplea muchas veces mal. Tan honda es la convicción de este hecho, que ha llegado a producir otro: el que muchos realicen denodados esfuerzos para eludir el gerundio al escribir, como quien se encontrase ante un paraje peligroso y prefiriera dar un rodeo con tal de no transitar por él. Pero el rodeo no es nunca buen procedimiento de escribir. Se puede navegar perfectamente entre escollos, conociendo cuáles son y dónde están»

González Ruiz

El gerundio es la forma verbal del infinitivo invariable. Junto con el infinitivo y el participio conforman las llamadas formas no personales del verbo, también conocidas con el nombre de verboides.  Se trata, el gerundio, de un verboide o derivado verbal que modifica al verbo como adverbio de modo. Desempeña el papel de adverbio y morfológicamente se reconoce porque termina en ando / iendo.

Tiene dos formas de expresión: una simple (Mi hermano está estudiando) y otra compuesta (Habiendo estudiado se fue a descansar)

En su forma simple, el gerundio indica que la acción no ha terminado, mira hacia el presente o comunica un carácter durativo a la frase.   Expresa, en otras palabras, una acción durativa e imperfecta (en desarrollo, no terminada) en coincidencia temporal con el verbo de la proposición principal. Una acción, en fin, que se ejecuta simultáneamente o inmediatamente anterior a la del verbo principal:

  1. Oyendo al profesor, tomaba apuntes en su libreta
  2. El muchacho entró corriendo.
  3. El señor salió dando golpes.
  4. Siguiendo sus instrucciones, se matriculó. 

En su forma compuesta, el gerundio expresa una acción perfecta (terminada) inmediatamente anterior a la del verbo principal: «Habiendo concluido, me llamó…»

El gerundio está aceptablemente empleado cuando la acción que expresa sucede antes o al mismo tiempo que la indicada por el verbo principal. Si por el contrario esa acción ocurre posterior a la acción expresada por dicho verbo, su empleo es inaceptable, como se aprecia en oraciones del tipo:

  1. a) «Redactó el acta, siendo aprobada por todos los miembros de la asamblea”»
  2. b) «Encontró una caja conteniendo dos libras de cocaína»
  3. c) «El preso escapó de la cárcel, siendo encontrado ocho días después»
  4. d) «El presidente asistió a la reunión, marchándose dos horas después»
  5. e) «Se intoxicó en la fiesta, muriendo una semana después»

 

En tales casos hubiera sido preferible escribir:

  1. «Redactó el acta y fue aprobada por todos los miembros de la asamblea»
  2. « Encontró una caja que contenía dos libras de cocaína»
  3. «El preso escapó de la cárcel y fue encontrado ocho días después»
  4. «El presidente asistió a la reunión y se marchó dos horas después»
  5. «Se intoxicó en la fiesta, y murió una semana después»

 

Tampoco se recomienda el uso del gerundio: 

  1. Para combinar los verbos ser y estar. Es lo que sucede en enunciados del tipo:«El informe está siendo redactado», en lugar de: «Se está redactando el informe…»
  2. Cuando la acción tiene carácter momentáneo o no durativo:«Le estamos incluyendo un cheque por la suma de…», en vez de: «Le incluimos un cheque por la suma de…»
  3. Cuando expresa cualidades o atributos personales permanentes: «La señora, siendo muy sabia, se mantuvo firme». Mejor:«La señora, que es muy sabia, se mantuvo firme»
  4. Cuando funciona como adjetivo calificativo: 
  1. «Ayer redacté el informe conteniendo los datos solicitados»
  2. «La directiva del club aprobó una moción modificando los estatutos»

 Preferible:

  1. «Ayer redacté el informe que contenía los datos solicitados»
  2. «La directiva del club aprobó una moción que modifica los estatutos» 

Su uso, en cambio, se recomienda o considera correcto:

  1. Cuando Expresa simultaneidad, esto es, cuando la acciones que expresa se producen al mismo tiempo o coexisten temporalmente con las del verbo principal:  a ) «Vi al policía maltratando al prisionero…», b) « En este momento observo a tu madre comprando en la farmacia», c) «Tu jefe entró gritando»
  1. Cuando expresa anterioridad. En este caso, la acción ocurre inmediatamente anterior a la del verbo principal : a) «Alzando la mano, la dejó caer sobre la mesa»,  b) « Corriendo se lastimó» 
  1. Cuando tiene como propósito explicar ( gerundio explicativo )  los motivos que impulsaron al sujeto a ejecutar la acción.« El niño, viendo que su madre no le hacía caso, se puso a gritar»
  1. Cuando expresa una acción con sentido durativo o matiz de continuidad.«Mi amigo está escribiendo…», «Yo sigo pensando…»
  2. Cuando indica una condición ( gerundio condicional ).- a) «Estudiando, saldrás bien los exámenes»  b) «Levantándote temprano, tendrás tiempo suficiente para terminar el trabajo»
  1. Cuando indica cómo se realiza la acción del verbo principal de la frase (gerundio modal). En tal caso, el gerundio constituye una oración subordinada de carácter adverbial : a ) « Mi hermano llegó cantando», b) «El niño salió corriendo»
  1. Cuando expresa causas ( gerundio causal ) «Habiendo terminado él su carrera, su padre lo envió a Europa…»

 

Ciertamente el empleo del gerundio entraña dificultades que se traducen en errores continuos, tanto en la comunicación oral como escrita ;  pero merced a esta realidad, de ningún modo, los usuarios de la lengua española debemos crear en torno a él una aura satánica que nos conduzca a proscribirlo de nuestra cotidiana práctica comunicativa. «No se trata, pues, de usar el gerundio a diestra y siniestra; pero tampoco de privarnos de los matice que nos permite imprimir en un texto por aquello de ‘ante la duda abstente’» – apunta al respecto la profesora e investigadora mexicana, Beatriz Escalante, en su libro “Curso de Redacción para escritores y periodistas” (2000, pág.119). 

El gerundio le imprime a la frase ricos y múltiples matices expresivos que no debemos soslayar ni desaprovechar. La clave no consiste en evadir su uso, eludirlo o declararle la guerra, sino en el cuidado que pongamos al emplearlo. Ese parece ser el sentir de Gonzalo Martín Vivaldi, (Curso de Redacción, 2000) al plantear que:

«… no usemos el gerundio cuando no estemos muy seguros de que su empleo es correcto. Siempre será posible recurrir a otra forma verbal.  Por ejemplo: en vez de: «Estando en la Base llegó la hora de partir”, podemos escribir: “Cuando estábamos en la Base, llegó la hora de partir” » (pág. 52).

¿Es lo mismo estar dormido que durmiendo?

«No es lo mismo estar dormido que estar durmiendo, porque no es lo mismo estar jodido que jodiendo»

El juicio aclarativo, emitido en un diálogo informal con una periodista, se le atribuye al afamado escritor, Premio Nobel de Literatura y académico español, Camilo José Cela (1916 – 2002). Y vale por cuanto son muchos los hispanohablantes que emplean verboides como los susodichos, “dormido” y “durmiendo”, para referirse a una misma realidad.  A tono con este planteamiento, no resulta extraño escuchar a una madre decir primero: «Mi hijo está dormido», mientras que minutos después se le escuchará informar: «Mi hijo está durmiendo».

Como podrá apreciarse, en cada caso la tierna madre ha querido afirmar exactamente lo mismo, pero empleando construcciones gramaticales diferentes. Y fueron construcciones semejantes a estas las que motivaron la observación del reputado novelista antes citado: “No es lo mismo estar dormido que durmiendo”.

Para entender el fenómeno, es necesario saber o no olvidar la función modificadora del participio y el gerundio. Este último, además de tener carácter adverbial, por cuanto su principal función consiste en modificar al verbo como adverbio de modo, tiene también carácter imperfectivo y durativo, esto es, entraña la idea de actividad, la acción nos la presenta inacabada o situada en tiempo presente. Merced a este rol gramatical, “estar durmiendo” significaría no haber terminado de dormir.

La acción de dormir está en proceso.

El participio, en cambio, funciona como adjetivo, apunta hacia el pasado y entraña la idea de pasividad, posee carácter perfectivo y la acción del verbo nos la presente como acabada o despojada de todo valor durativo. En virtud de esta idea, “estar dormido”, sería lo mismo que decir: ya se durmió, la acción de dormir terminó.

Diario Libre

13/8/2021

 

ERRORES Y CONFUSIONES EN EL USO DEL VERBO HABER

Es mucho lo que se ha escrito acerca de esta forma verbal, y, muy particularmente, sobre los errores que se cometen o de las confusiones en que se incurre al emplearla tanto en la lengua oral como escrita. Pero a pesar de todo, los errores continúan y las confusiones persisten.

Haber, vale recordar, es un verbo irregular procedente del latín ‘habere’, el cual originalmente se empleaba con el mismo significado de ‘tener’, sentido este, actualmente un tanto en desuso, por cuanto para ello se usa frecuentemente la forma ‘tener’ o ‘poseer’.

En la actualidad, el verbo haber se emplea más como auxiliar para formar, seguido del participio de un verbo, los llamados tiempos compuestos de este: he tenido – habían llegado – habrán venido – habías podido, etc.

 

En tal caso, como bien lo establecen las reglas generales de la concordancia del español, dicho verbo debe concertar en género y número con el sujeto correspondiente:

  1. a) “Los apagones habían desaparecido…”
  2. b) “El apagón había desaparecido…”

   Esto quiere decir, que en su función de auxiliar, el verbo haber puede usarse tanto en plural como en singular. Todo dependerá del número en que se encuentre expresado el sujeto que realice la acción por él indicada.

Pero aparte de auxiliar, haber también funciona con impersonal, vale decir, cuando se presenta en aquellas oraciones carentes de sujeto o en las que no es posible identificar la persona gramatical que ejecuta la acción verbal.

Se trata de un rol secundario en el que el susodicho verbo se utiliza para expresar, siempre en tercera persona del singular, la presencia del ser u objeto designado por el sustantivo que en la frase aparece normalmente después del verbo.

 a) “En la toma de posesión habrá muchos invitados…”

  1. b) “En Licey al Medio hubo tres personas heridas de balas…”
  2. c) “En el hospital había varios enfermos casi al borde de la muerte…”

Nótese como en las tres oraciones anteriores, por ser impersonales, no aparecen los sujetos o seres que realizan las acciones del verbo que nos ocupa, sino los objetos directos (muchos invitados – tres personas – varios enfermos) en los cuales recaen dichas acciones. Y como quienes deben concertar en número y persona son el verbo y el sujeto y no el verbo y el objeto, es irregular la práctica muy frecuente de pluralizar el verbo haber en su forma impersonal, expresando erróneamente: 

  1. a) “En la toma de posesión habrán muchos invitados…”
  2. b) “En Licey al Medio hubieron tres personas heridas de bala…”
  3. c) “En el hospital habían varios enfermos casi al borde de la muerte…”

¿A qué se deben tales yerros? 

Sencillamente, a que se ha confundido el sujeto (inexistente) con el objeto gramatical, asumido o interpretado erróneamente como sujeto. Y como en los ejemplos precitados, el objeto   aparece en plural (muchos invitados – tres personas – varios enfermos) el hablante, al percibirlo como sujeto, trata de forzar la concordancia en plural con el verbo que le antecede, originando así una falsa relación entre verbo y objeto. En virtud de esa confusión, no resulta extraño leer o escuchar oraciones irregularmente formuladas del tipo: 

  1. a) “En el Palacio Nacional habían veinte periodistas esperando al presidente…”
  2. b) “En la yola hubieron mujeres que lloraron como niños…”
  3. c) “En el fin de semana habrán muchas presentaciones artísticas…”

 En cada uno de los anteriores enunciados, el redactor debió emplear el verbo haber en tercera persona del singular, esto es, debió escribir: había, hubo y habrá respectivamente. 

Habemos o la trampa de la no inclusión 

La confusión objeto – sujeto también se pone de manifiesto cuando un objeto plural tiene carácter inclusivo, esto es, cuando de una u otra forma el hablante se siente por él aludid. Al no considerarse incluida o afectada por la acción verbal, la persona recurre a la personificación del verbo y a la modificación de la persona gramatical, y es entonces cuando surge la forma “habemos” en expresiones tales como:

  1. “Habemos muchos dominicanos preocupados por los actos de delincuencia…”
  2. “Aquí habemos cinco personas nativas de la ciudad de Moca…”

Se trata,” habemos”, de un arcaísmo carente por completo de pertinencia sintáctica y morfológica, por cuanto si conjugamos el verbo haber en todos los modos, personas y tiempos, descubriremos que la forma “habemos” no aparece. Particularmente en presente del modo indicativo (primera persona del plural) sí aparece “hemos”, pero nunca “habemos”. La Asociación de Academias de la Lengua Española, en su “Diccionario Panhispánico de dudas”, apunta al respecto lo siguiente:

“La primera persona del plural del presente de indicativo es hemos, y no la arcaica habemos, cuyo uso en la formación de los tiempos compuestos es hoy un vulgarismo propio del habla popular. También es propio del habla popular el uso de habemos con el sentido de ‘somos y estamos’ (2004, pág.330).

Y más adelante, en la misma página, el citado y muy consultado lexicón advierte lo siguiente:

 “No debe usarse la forma arcaica habemos para formar la primera persona del plural del presente perfecto o antepresente de indicativo, como a veces ocurre en el habla popular…”  

En su lugar se recomienda la forma impersonal “hay”. Merced a esta recomendación, y en relación con los dos ejemplos antes presentados, lo adecuado hubiera sido escribir: 

  1. “Hay muchos dominicanos preocupados por los actos de delincuencia…”
  2. “Aquí hay cinco personas nativas de la ciudad de Moca…”

 Es posible que al utilizar hay en lugar de habemos, el emisor del mensaje no se sienta incluido o se considere fuera de la acción expresada por el verbo, razón que lo impulsa a emplear la voz “habemos”. Para su satisfacción, remediar la situación o enfatizar el carácter inclusivo del ‘hay’ impersonal, entonces se recomienda acompañar esta forma verbal acompañada de otras (estamos – somos, etc.), expresada en primera persona del plural. Así, en lugar de: “Hay muchos dominicanos preocupados por los actos de delincuencia…” y “En nuestro país hay pocos políticos serios…”, bien podría decirse:

  1. “Hay muchos dominicanos que estamos preocupados por los actos delincuencia…”
  2. “Aquí hay cinco personas que somos nativas de la ciudad de Moca…”

Ello hay…

Igualmente procederemos erróneamente al usar el verbo haber cuando a la forma impersonal “hay “le anteponemos la voz neutra “ello”, tanto al afirmar como al preguntar:

 _“¿Ello hay gente ahí?

_“Sí, ello hay…” 

Semejante “fósil lingüístico”, muy característico del habla dominicana, nada aporta, nada amplía, nada aclara y nada añade al sentido de la expresado. Y su uso lo único que contribuye es a violar el Principio de Economía Lingüística. Se trata de una de las tantas “expresiones chatarra” que utilizamos los hablantes dominicanos.

En resumen, el verbo haber tiene dos usos generales: funciona como auxiliar e impersonal. En el primer caso puede utilizarse tanto en plural como en singular:

  1. Él había llegado
  2. Ellos habían llegado. 

Mientras que el segundo solo se empleará en tercera persona del singular:

  1. a) Había miles de personas…
  2. b) Habrá numerosas presentaciones artísticas…

En relación con la expresión: “habemos” y la construcción léxica “Ello hay”, conviene siempre recordar que en la actualidad una y otra se consideran verdaderos arcaísmos, razón por la cual sus usos, a todas luces, carecen de pertinencia lingüística.

 

Temas culturales

Por Miguel Collado

MUERTE DE EUGENIO MARÍA DE HOSTOS EN SANTO DOMINGO

 PHU: Volvió a Santo Domingo en 1900 a reanimar su obra. Lo conocí entonces: tenía un aire hondamente triste, definitivamente triste. Trabajaba sin descanso, según su costumbre. Sobrevinieron trastornos políticos, tomó el país aspecto caótico, y Hostos murió de enfermedad brevísima, al parecer ligera. Murió de asfixia moral.

En su obra Tras las huellas de Hostos  (1966)  Adolfo José de Hostos registra el momento exacto en que tiene lugar, en Santo Domingo, el deceso de Eugenio María de Hostos: «el 11 de Agosto de 1903, a las 111/4p.m., durante una perturbación atmosférica», como si acaso la naturaleza expresara su dolor por la muerte de quien tanto la amó. La naturaleza rugía, con rayos y truenos. Esa naturaleza expresaba su dolor por la partida del Gran Maestro.

Es desgarrador el testimonio dado sobre la muerte de Hostos por su hijo Adolfo. El es quien mejor describe los últimos instantes del padre ejemplar: Estaba yo solo, junto a su lecho de enfermo en la Estancia Las Marías, en momentos en que no se esperaba un desenlace fatal. De pronto me pareció que su cabeza se ponía enorme, los cabellos blancos caídos sobre las sienes semejaban una aureola de santo que iluminaba su rostro inmóvil. Un súbito brisote acompañado de un trueno lejano, batió las ventanas de su alcoba. Presentí el fin. Acerqué una mejilla a sus labios y me dio su último beso en tierno bosquejo. Apenas balbuceó: «¡Mi mujer, mis hijos¡»y cerró los ojos para siempre. Quedé por tan largo tiempo impresionado que, justamente el día del primer aniversario de su muerte; quedeme triste y conturbado como si hubiera cometido un pecado al oír en el vecindario el eco de una alegre cantinela. Nunca se ha apartado de mi mente la idea de que tenía necesariamente que haber auténtica grandeza en el alma de un hombre que se inmola a sí mismo por el bien de la Humanidad.

Con una pena muy honda reflejada en su mirada llorosa, Federico Henríquez y Carvajal describe la atmósfera que, al día siguiente, sirve de manto a la circunstancia funesta en que tienen lugar las honras fúnebres al Sembrador: La tarde era triste…mui triste! Llovía. La lluvia caía como lágrimas del cielo. El sol, envuelto en una clámide de nieblas, se hundía en el ocaso como si se extinguiese para siempre. La tarde era triste…mui triste! El silencio reinaba en el cementerio…Mudo, con el mutismo de la Esfinge, el cadáver de fisonomía socrática, yacía en el féretro. Mudo estaba el séquito bajo la pesadumbre del gran duelo. Muda la ciudad doliente. Muda la Naturaleza. Y es en esa tarde triste del 12 de agosto de 1903, golpeado en el hondón de su alma por la partida de su entrañable amigo, cuando Federico pronuncia aquel memorable discurso panegírico del que todavía truena la ya célebre frase: «Esta América infeliz que sólo sabe de sus grandes vivos cuando pasan a ser sus grandes muertos».  

Ahora bien, ¿de qué murió Hostos? Los médicos que lo asistieron durante los pocos días de su breve gravedad fueron connotados facultativos egresados de la Universidad de París: Francisco Henríquez y Carvajal, Arturo Grullón y Rodolfo Coiscou. Francisco fue uno de sus más leales colaboradores en su empresa transformadora del sistema educativo dominicano y en su artículo «Mi tributo», él recomienda que:  Es preciso conocer á Hostos; profundizarlo, para conocerlo; conocerlo, para encantarse en él; encantarse en él, para amarlo; amarlo, para darlo á conocer, para enseñarlo como es él en verdad; conocerlo profundamente, conocer en todo su alcance el gran poder de su mente razonadora y el noble sentimiento que lo animó, que le dio siempre una fisonomía de inacabable bondad, para, tal como es, mostrarlo al pueblo.

Grullón y Coiscou fueron sus discípulos. Conforme a la opinión profesional emitida por los tres, «el Sr. Hostos había muerto de una afección insignificante a la cual hubiera vencido fácilmente cualquier otro organismo menos debilitado y, sobre todo, menos postrado por el profundo abatimiento moral que minaba hacía algún tiempo la existencia del insigne educador».

Ese «profundo abatimiento moral»  no tan sólo socavaba su salud física, sino también su salud espiritual, su ser más profundo, sus ganas de vivir, su deseo de seguir. Y ese «mortal abatimiento» lo atribuían sus amigos más íntimos «a la desesperanza de la redención de su patria nativa, Puerto Rico [y al] rumbo proceloso y torpe por el cual impulsó la angustiosa vida de su patria adoptiva, la República Dominicana, la irreflexiva y funesta división de los elementos que dirigían el Estado a partir de la caída del Gobierno de Heureaux».

En los años iniciales del siglo XX las frecuentes revueltas armadas en las diferentes regiones del país y los conatos de guerra civil —todo producto del caudillismo imperante— fueron creando un enrarecido clima político y erosionando la vida económica de la nación dominicana de tal manera que era inevitable que sobrevinieran la inestabilidad social y el caos, y el desastre en la administración del Estado fue una consecuencia directa e inmediata: la corrupción y las intrigas surgieron como monstruos voraces en la Administración Pública. Había crisis política, había crisis moral. Y esa situación alejaba toda posibilidad de que Hostos pudiese retomar su proyecto pedagógico interrumpido en 1888 con su partida hacia Chile y poder convertir en realidad su sueño de transformar el modo de sentir y de pensar de los dominicanos fundamentados en su ideal de «forjar los espíritus en el molde de virtud que en la razón se inspira». Todo se veía oscuro, la sinrazón se imponía; el país que Eugenio María de Hostos había aprendido a amar como si fuera el suyo ya no era el mismo.

Y bajo esas circunstancias históricas sombrías es que tiene lugar la muerte de Hostos. Pero hay una circunstancia que no es ni física ni política, sino moral-espiritual, que socava la vida del preclaro antillano. Pedro Henríquez Ureña, que había sido tocado tempranamente por la magia envolvente del pensamiento hostosiano, la describe así:

Volvió a Santo Domingo en 1900 a reanimar su obra. Lo conocí entonces: tenía un aire hondamente triste, definitivamente triste. Trabajaba sin descanso, según su costumbre. Sobrevinieron trastornos políticos, tomó el país aspecto caótico, y Hostos murió de enfermedad brevísima, al parecer ligera. Murió de asfixia moral.

Ortoescritura

Por Rafael Peralta Romero

 

Casualidad o chiripa, pero aquí chepa

Se suele atribuir a los académicos, las complicaciones y aparentes dificultades que se presentan en el uso de nuestro idioma, pero no siempre son justas tales imputaciones. Más bien somos los hablantes del castellano quienes propiciamos    esos intríngulis, sobre todo en el uso de las palabras, y a los lexicógrafos no les queda otra opción que incorporar los vocablos con el valor semántico   que le ha asignado cada comunidad, entre las 21 naciones que tienen esta lengua como su sistema de comunicación.

El hecho de que el español sea hablado en tantos países, tan distantes como de Europa a las Antillas, contribuye a la diversidad léxica y la consiguiente aplicación de matices y peculiaridades que van acordes con el carácter y avatares de cada pueblo.

Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, El Salvador, España, Guatemala, Guinea Ecuatorial, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Uruguay, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay y Venezuela son los países que tienen como lengua oficial el español o castellano, con casi 500 millones de hablantes.

Se estima en  580 millones de personas las que hablan el español,  incluyendo países en los que se usa esta lengua en apreciable medida, como los Estados Unidos de América, donde cerca de 60 millones hablan español. En estos datos se encuentra la explicación de que tengamos dos o tres  palabras para referir el mismo objeto, situación o acción, lo cual molesta a algunas personas.En el español general tenemos la voz /casualidad/ que se define como “Combinación de circunstancias que no se pueden prever ni evitar”. En el habla dominicana esa palabra tiene un refuerzo en /chepa/. El Diccionario del español dominicano (DED)  (2013) la define de este modo: Casualidad afortunada, buena suerte.

Contamos también con la locución adverbial /de chepa/ para indicar que algo ha sucedido por casualidad, por suerte: Me encontraron de chepa, pues iba a salir.

Carambola es el nombre de una fruta, del árbol carambolo. El vocablo tiene siete acepciones en el Diccionario y les transcribo las dos últimas:  6. f. Casualidad favorable. 7. f. coloq. Doble resultado que se alcanza mediante una sola acción.  8. f. coloq. Enredo, embuste o trampa para alucinar y burlar a alguien.

El  diccionario dominicano solo define este vocablo como  “fruto del carambolo”.

Lo que no puede esperarse de un hablante dominicano es el empleo del vocablo /chiripa/ como sinónimo de casualidad. Sin embargo, el Diccionario académico recoge este término, tipificado como de origen incierto, y definido así: carambola (? casualidad favorable). Una segunda acepción refiere: En el juego de billar, suerte favorable que se gana por casualidad.

La locución adverbial /de chiripa/ ratifica el sentido de casualidad: “No perdí el tren de chiripa”. Aquí diremos: No me dejó la guagua de chepa.

Para los dominicanos, chiripa es un   empleo modesto al que se dedica poco tiempo y del que, en consecuencia, se percibe poco ingreso. El DED apunta que es un trabajo extra que le permite algún ingreso a la persona.  Ganancia pequeña.

Tanta fuerza tiene el término en el habla dominicana, que ha generado el verbo chiripear, que no es otra cosa que realizar trabajos ocasionales de poca importancia o de escasa remuneración. También el sustantivo chiripeo que es la acción y efecto de chiripear, vale decir  realización de trabajos de poca importancia o de escasa remuneración. ¿Y cómo llamar al hombre que vive del chiripeo?  Pues, chiripero. Funciona como sustantivo y otras veces como adjetivo. Se dice de la persona que no tiene trabajo fijo y se dedica a tareas ocasionales y de poca importancia. Ya ve usted, quién crea los intríngulis.

 

JOSÉ MÁRMOL Y LA POESÍA EN RD: TRADICIÓN Y RUPTURA

7/08/2021

En otro artículo, he comentado seis ensayos de José Mármol en torno a problemas filosóficos de nuestro tiempo: identidad, modernidad, posmodernidad, lo virtual, lo real, verdad y posverdad. Están incluidos en el volumen Paradoja identitaria y escritura poética, perteneciente a la Colección Ergo de Literatura Dominicana Contemporánea, 2021.

En esa misma publicación aparecen los ensayos titulados “Poesía y diversidad en un mundo globalizado” y “Tradición y ruptura en la poesía de los siglos XX y XXI. Dinámica de sus movimientos”.

El primero de estos trabajos viene revestido de persistente sabor filosófico, porque se trata de una visión desde esa óptica la que emplea el autor. De inicio, plantea que la poesía es la máxima expresión estética de la lengua. Por esa razón considera que, al hablar de poesía, ya se habla de diversidad.

Mármol afirma que la poesía, por su capacidad de expresividad, “constituye una poderosísima herramienta de comunicación social, siendo al mismo tiempo, una de las más admiradas e inmanentes manifestaciones de la literatura, y también del habla popular, en todos los tiempos y en todas las culturas”. (pág.156).

Hay en la poesía una relación pensamiento-sentimiento que conduce al autor del ensayo a explicar que la poesía evoca su concreción en el poema como hecho de lenguaje, como un concreto de pensamiento, a lo que se agrega  la condición subjetiva de concreto sentimiento. Para concluir, Mármol destaca la poesía como un acto verbal de libertaria resistencia frente a las injusticias: “Más allá de los conflictos de todo género, de las pugnas supremacistas de las lenguas, las culturas y las naciones, y de las amenazas globales, estamos en el deber de defender la vigencia de la poesía, en su calidad de la más elevada expresión estética de una lengua…” (pág.163). El octavo y último ensayo contenido en el libro que les comento trata de la trayectoria del quehacer poético dominicano, tomando en cuenta movimientos, tendencias, rupturas y cambios que hayan incidido en la forma de la poesía. Mármol estima compleja la relación de ruptura en la tradición poética y por igual asegura que hay una tradición de rupturas. “Esta dinámica afinca sus fundamentos originales en la asimilación y rechazo de los ismos en boga, especialmente en Europa, en el siglo XIX”.

Después de la impronta dejada por el modernismo, filosofía poética liderada por el nicaragüense Rubén Darío, primer ismo que influyó en nuestras letras, entrado  el siglo XX,  se presentará “el mosaico” de ideas, movimientos, rupturas y otros fenómenos que imprimieron en la poesía dominicana una dinámica cuya herencia hoy -siglo XXI- vivimos. Aunque le cuelga el adjetivo “cuestionado”, Mármol señala el vedrinismo (1912) como el punto de partida, en orden cronológico, de los cambios en la poesía dominicana.

A este le siguen el postumismo (1918-21), el grupo Los Nuevos (1936), los Independientes del 40, la Poesía Sorprendida (1943), Generación del 48, Generación del 60, Joven poesía o Poesía de posguerra, Independientes del 70, grupo Y punto (1970), pluralismo (1974), generación del 80 y los talleres literarios, el interiorismo (1990 hasta la actualidad) y el contextualismo (1993). “Las ideas de estos ismos y posturas estéticas individuales o generacionales -sostiene Mármol- van a ser asimiladas o rechazadas por los jóvenes poetas que gravitarán en la primera y segunda décadas del siglo XXI” (pág. 170).

Hay mucho que ver en este ensayo para conocer el devenir de la creación poética en República Dominicana, cuya dinámica ha permitido “…el eterno retorno de la tradición en la ruptura y la ruptura dentro de la tradición”. El autor recalca este concepto con un juicio categórico: “Así tiene lugar la convergencia en la divergencia en la evolución poética dominicana”. (pág. 186).

LOS “RESTOS MORTALES” Y OTROS PLURALES 

14/08/2021

El apreciado amigo y escritor Víctor Escarramán ha dirigido una comunicación a esta columna cuyo texto se transcribe a continuación: Estimado columnista, escritor y amigo. Ante todo, aspiro a que su vida y la de familia discurran en salud y paz en este tiempo pandémico que nos gastamos. Le escribo para plantear una inquietud, dada su especialidad en el conocimiento de la lingüística y en su interés en la promoción del mejor español académico y del español dominicano, que semanalmente promueve en su columna Orto-escritura.

Me activa la curiosidad escuchar y leer reiteradas veces en medios de comunicación y en los hablantes, el uso del plural, cuando se van a referir al proceso de sepultura de un fallecido.  Y es que, se ha convertido en un canon la expresión: sus restos—se refieren al muerto—serán sepultados el día ZZ, a las XX: 00 horas, en el cementerio YYYY. YYYY.

La inquietud brota con la parte “sus restos”, como refiriendo que el cadáver no es uno, sino un conjunto de restos (partes) del mismo cadáver del mismo cuerpo. Es conocido que el cuerpo con su cabeza, tronco y extremidades es uno, donde cada órgano es parte complementaria de ese cuerpo que forma esa unidad. En la forma en que se enuncia, semeja que al momento del fallecimiento alguien había descuartizado el cuerpo: extrayéndole el corazón (un resto), separando la cabeza, otro, extirpando los pulmones; le habrían cortado las piernas, los brazos, etc. Entonces, si el cuerpo humano, aunque es un conjunto de órganos, al momento del fallecimiento es una unidad monolítica, que será sepultada como un solo, el cuerpo de la persona ¿De dónde nace la necesidad de pluralización “sus restos serán sepultados” en vez de, “su cuerpo o el cuerpo será sepultado”? Atento a sus comentarios, afectuosos saludos, Víctor Escarramán.

Plurales inherentes

La misiva del doctor Escarramán ha motivado las siguientes acotaciones, fundamentadas en el acápite 3.8 de la Nueva gramática de la lengua española (NGLE), titulado “Preferencias morfológicas o léxicas por el singular o por el plural”.

Algunos nombres solo se usan en singular (singulariatamtum). El singular “es parte esencial de su significado”. Los académicos los llaman “Singulares y inherentes”, y entre ellos entran: caos, grima, salud, sed y tino… y debería entrar el vocablo /gente/, el cual dice más en singular que en plural.

La palabra /cariz/ se considera de ese grupo, pero de acuerdo a la morfología puede pluralizarse en carices, como matices, de matiz.

Los nombres no contables deben asimilarse a los singulares inherentes. En algunos países como México y España pluralizan palabras como fútbol, baloncesto o electricidad. Pero no es propio de todos los hablantes de nuestra lengua.

Como hay singulares inherentes, tenemos los plurales inherentes, que es el tema de nuestro comentario: albricias, fauces, arras, exequias, funerales, bodas, provisiones (no se cuentan las provisiones) ¿y las exequias cuántas son?

Todos los sustantivos en plural no conllevan cuantificación. Mire estos casos: apuros, calamidades, tinieblas. Nadie dirá un numeral para estos plurales. Creo que ese fenómeno se ha dado con el sustantivo /resto/ y su plural /restos/. Lo mismo ocurre con los escombros. Digamos que se derriban dos edificios contiguos y lo que queda es escombros, pero si se cayera el del frente se hablará también de los escombros.

Ahora quiero citar la Gramática: “Son muy numerosas las expresiones idiomáticas que contienen sustantivos usados solo en plural. Entre las nominales pueden mencionarse artes marciales, cuidados intensivos, frutos secos, ejercicios espirituales. Son también muy numerosas las locuciones preposicionales adverbiales y adjetivas que incluyen un sustantivo plural”. (NGLE, 2009, página 173).

 

DESVELAR Y DEVELAR, PERO NO DESVELIZAR

21/08/2021

Es una duda recurrente, cíclica podría decirse. Los escritores J. Agustín Concepción, Max Uribe y Rafael González Tirado tuvieron que responder muchas consultas de los medios de comunicación para indicar la palabra correcta al denominar la acción de descubrir algo que permanecía oculto o tapado.

La abundancia de casos se encuentra al descubrir un retrato, una tarja o un busto, ceremonia que implica retirar un paño con el que se suele cubrir el objeto de que se trate para darlo por inaugurado, instalado o colocado. Pero hay un detalle: nadie emplea en estas situaciones los verbos inaugurar, instalar o colocar, pues el preferido -y es válido- es desvelar.

El verbo /desvelar2/ aparece con dos entradas en el Diccionario académico, y supongo que en los demás. En cada caso la palabra aparece con un numerito, como se usa en matemática cuando una cifra se eleva a una potencia dada. En lingüística ese numerito se llama superíndice.

La  primera vez que aparece /desvelar1/ trae como significado lo siguiente: 1. tr. Impedir el sueño a alguien, no dejarlo dormir. U. t.c.prnl. Si tomo café, me desvelo con mucha facilidad.2. prnl. Poner gran cuidado y atención en lo que se tiene a cargo o se desea hacer o conseguir.

La segunda vez, con el número dos “elevado”, y que es otra palabra, aunque se escriba igual que la anterior, significa: 1. tr. Descubrir algo oculto o desconocido, sacarlo a la luz. Desveló el nombre del ganador. U. t. c. prnl.2. tr. Am. Quitar el velo que cubre algo. Desvelar el rostro,  un retrato, una placa conmemorativa.

Como puede verse, en la segunda palabra es que está lo que hacemos cuando dejamos descubierta una escultura, una efigie o la placa que identifica un edificio. El significado se extiende a elementos no físicos que han sido descubiertos: complot, plan, fraude, amoríos.

La palabra /velo/, de la que se ha formado el verbo desvelar (des  y velar) tiene trece acepciones, la primera de las cuales es  “Cortina o tela que cubre algo”. Son muchos los vocablos del español formados a partir de agregar el prefijo /des/ a otra palabra para indicar negación o significado contrario al de la palabra base: deshonra, despegar, deshielo, desabastecimiento, desalambrar…

¿Y qué pasa con el verbo /develar/ que ha perdido la/s/ del prefijo des? Develar procede del latín  develare que también significa  ‘descubrir’, ‘levantar el velo’. No obstante, el Diccionario refiere al verbo desvelar2, Eso significa que  prefiere este  último. De modo que tanto se desvela una tarja como se devela, pero es preferible la primera.

Ya ven que son dos verbos y los correspondientes derivados (desvelado, desvelamiento; develado, develamiento…). Lo malo es que la fuente para engrosar la duda no se detiene ahí, pues el desconocimiento de la forma estándar parió dos verbos terminados en -izar, que se inventan cuando la necesidad lo impone o cuando se desconoce el término ya establecido en nuestra lengua.

Al verbo /desvelar/ se le ha pegado, a fuerza de repetición, el hijo bastardo /desvelizar/. Los académicos de la lengua le atribuyen la creación a Guatemala, Nicaragua y República Dominicana.

Por si fuera poco, el indeseado develizar genera – o degenera- a develizar, atribuido en el Diccionario de la lengua española a Nicaragua y República Dominicana.

Quizá este artículo haya descorrido o quitado el velo para descubrir el origen de las dudas recurrentes respecto del verbo a emplear para denominar esa acción. En buen castellano es preferible desvelar. Lo otro… bueno.

Temas idiomáticos

Por María José Rincón

 

ALUZAR EL CAMINO 

Lo más gratificante de la divulgación es siempre la respuesta. Tras la publicación de «Cifras y letras», la Eñe de la semana pasada, recibí un delicioso mensaje de Jocabed, una lectora de 10 años, en el que me dice que es una de las columnas que más le ha gustado y que su madre siempre la anima a leerlas para que practique la lectura.

Los que nos dedicamos a la investigación y al estudio solemos poner el acento en verbos como buscar, analizar, revisar, probar, descartar, deducir, plantear, publicar… Demasiado a menudo olvidamos que, mientras hacemos todo esto, hay otro verbo que debemos poner en marcha: divulgar. Nuestra responsabilidad como investigadores es compartir con los demás nuestra experiencia, nuestro trabajo y también los conocimientos que de ellos obtenemos, con rigor y, si fuera posible, con cercanía. Y por investigadores me refiero a los de todos los campos del saber científico, incluidas las humanidades y, entre ellas, por supuesto, las ciencias del lenguaje, que es lo que a mí me toca.

La divulgación del conocimiento nos hace recordar que el saber no es para atesorarlo en una pequeña urna como si fuera una reliquia; el saber solo tiene sentido si se comparte y ayuda a mejorar nuestro entorno, a encender pequeñas chispas que alucen (mira, Jocabed, qué hermosa palabra, dedicada especialmente para ti) el camino de otros.

Les parecerá a veces que no hay nadie siguiendo ese camino. Pero habrá un día en el que reciban un mensaje como el que yo he recibido de Jocabed y comprendan que la divulgación del conocimiento es un merecido homenaje a aquellos gigantes sobre cuyos hombros nos subimos para que nuestra mirada llegue más lejos, pero también un mensaje de esperanza para aquellos que, como Jocabed, serán gigantes algún día.

 

SIEMPRE SERÁ EL PRIMERO 

No todos los días la labor de investigación filológica salta de las páginas de las revistas científicas para colarse en las de la prensa. Un hallazgo lexicográfico extrordinario, publicado por la medievalista argentina Cinthia María Hamlin, ha traspasado las páginas del primer Boletín de la Real Academia Española de este año. La investigadora se topó casi por casualidad con dos folios de un incunable que, gracias a su labor de datación, sabemos que fue impreso en Sevilla cerca de 1492 y que se trata del primer vocabulario romance-latín que llegó a la imprenta. Sus pesquisas van más allá y proponen como su autor al cronista, historiador y traductor Alfonso Fernández de Palencia, quien había publicado en 1490 el Universal Vocabulario, con el que el incunable ahora encontrado guarda una estrecha filiación lexicográfica.

Se trata de un vocabulario, que el autor dedica a la reina doña Isabel, que registra palabras en español y ofrece para ellas su equivalente latino: «He copilado de todos los más vocablos que pudo nuestro trabajo alcanzar, poniéndolos en orden de A, B, C y dado a cada vocablo castellano un vocablo latino, o los que según nuestro juicio entendimos ser más acomodados». Confirmado el descubrimiento, adelantaría unos años al que hasta ahora se consideraba el primero en su género, el Diccionario latino-español de Elio Antonio de Nebrija, publicado en Salamanca en torno a 1494.

Aunque a las puertas del año de conmemoración del quinto centenario de la muerte de Nebrija este feliz acontecimiento filológico le arrebata la primacía lexicográfica, seguiremos venerando al sevillano por ser autor de la primera gramática de nuestra lengua y, por supuesto, para nosotros siempre será el primero que registró una palabra taína en un diccionario de lengua española.

 

EN LA PUNTA DE LA LENGUA 

Apreciar las cualidades de lo que nos rodea forma parte de la vida; percibir aquello que distingue nuestro entorno, que le da su carácter, y saber expresarlo nos relaciona con el mundo. Puede parecerles que estoy elucubrando, pero imaginen qué haríamos si la lengua no nos permitiera hablar de esas cualidades. ¿Cómo diríamos que algo está frío o es grande o que alguien es ingenioso, exigente o adorable? No hay que alarmarse, para referirnos a las cualidades la lengua española nos brinda un extraordinario repertorio de adjetivos calificativos cargados de matices para que no se nos escape ni un detalle del mundo.

Además, la lengua nos permite graduar el adjetivo para expresar en qué medida está presente esa cualidad; si algo está friísimo o es muy intenso, si alguien es cada día más ingenioso, menos exigente o sigue siendo tan adorable como siempre. Como bien nos explica la Nueva gramática de la lengua española, el adjetivo puede expresarse en tres grados: positivo, comparativo y superlativo.

Cuando usamos el adjetivo tal cual, sin modificadores de grado, expresamos la cualidad de una forma neutra (una mañana fría, un dolor intenso, un comentario ingenioso). Si recurrimos al grado comparativo, podemos expresar la superioridad (más ingenioso que), la inferioridad (menos exigente que) o la igualdad (tan adorable como). Si de lo que se trata es de expresar la cualidad en su grado más alto, entonces hay que echar mano del superlativo (una mañana friísima, un dolor intensísimo, un comentario muy ingenioso).

Este abanico de grados de intensidad se suma al abundante caudal de adjetivos de la lengua española y a la riqueza de matices propios de cada adjetivo y nos pone el mundo en la punta de la lengua. ¿Me acompañan a saborearlo?

 

CUALIDADES SUPERLATIVAS

Después de unas semanas compara que te compara, hemos llegado a ese momento en el que lo que necesitamos es indicar que una cualidad está presente en una medida muy elevada. Para eso la gramática nos permite expresar el adjetivo en grado superlativo.

Si queremos dar a entender que una persona o una cosa posee una cualidad en mayor grado en comparación con el resto, necesitamos un superlativo relativo: el más hermoso de todos, la menos lenta de las corredoras. En cambio, si la intención es referirnos a una cualidad que se manifiesta en un grado muy destacado sin necesidad de establecer una comparación, necesitamos un superlativo absoluto. Para construir un superlativo absoluto tenemos dónde elegir. Podemos recurrir al adverbio muy (muy aburrido, muy profunda) o al sufijo -ísimo (aburridísimo, profundísima). Existe, además, la posibilidad de incluir otros matices aprovechando ciertos adverbios en -mente que expresan intensidad: sumamente caro, extremadamente picante, intensamente azul. Pero aún hay más opciones; las que nos proporcionan aquellos prefijos que aportan un matiz intensificador (mega-, hiper-, super-, requete-, archi-); no los encontrarán en el diccionario, porque se construyen según la necesidad, pero no duden en usarlos, aunque la mayoría estén reservados al registro coloquial: megabarato, hiperfrío, superfamoso, requetepesado, archisensible.

En el español dominicano tenemos el precioso sufijo –(n)ingo, que expresa el grado superlativo. Solo lo encontramos en algunas palabras, pero no me resisto a recordarlo aquí: nueveciningo ‘muy nuevo’, soliningo ‘muy solo’, azuliningo ‘de color azul intenso’, chininingo o chirriningo ‘muy pequeño’, blandiningo ‘muy blando’.

La historia literaria dominicana se inicia con Leonor de Ovando en el siglo XVI

Por Miguel Collado                       

 

La historia literaria y la otra historia —la referida a los acontecimientos y hechos registrados en el pasado, los cuales nos revelan lo que ha sido el desarrollo de un pueblo, de una colectividad humana— caminan parejamente, atravesadas ambas por el imponente tiempo y por las acciones del hombre. Del tiempo se nutren; él marca su ritmo. Una nos ayuda a explicar la otra. © 2021, Miguel Collado

«La historia literatura dominicana se inicia con el nombre de Colón…». Con esta mentira histórica el historiador literario Joaquín Balaguer emprende su estudio sobre la historia literaria dominicana. Incluso le dedica ocho páginas (retrato incluido) a Cristóbal Colón abriendo su Historia de la literatura dominicana, ganadora del Premio Nacional de Obras Didácticas en 1956, otorgado por la Secretaría de Estado de Educación, Bellas Artes y Cultos (SEEBAC). Y analiza, incluso, el estilo literario del navegante aventurero, empeñado en demostrar que su afirmación citada responde a una verdad que solo existe en su pasión hispanófila: «Si lo que caracteriza el estilo poético es la expresión de las ideas por medio de tropos y figuras, ninguno más lleno de poesía que el del Primer Almirante. Todo lo describe Colón por medio de imágenes y con lujo de metáforas tan precisas como deslumbradoras. […] Su estilo llega a veces al borde de lo patético»⁽¹⁾.

Esa distorsión en la historia literaria dominicana se ha venido repitiendo por más de un siglo: desde que Pedro Henríquez Ureña publicara en 1917 su ensayo «Literatura dominicana»⁽²⁾. A partir de sus posteriores y autorizados estudios sobre las letras coloniales ha sido constante la difusión en las aulas universitarias y en las escuelas públicas del país, la creencia de que los primeros escritores americanos fueron los cronistas españoles. ¡Grave error!  El ilustre humanista dominicano —que tempranamente también dio muestras de admiración hacia la cultura española— es quien por primera vez plantea la tesis de que con Cristóbal Colón se inicia la historia literaria dominicana: «El diario de Colón, que conservamos extractado por el padre Las Casas, contiene las páginas con que tenemos derecho de abrir nuestra historia literaria, el elogio de nuestra isla que comienza: “La Española es maravilla…”»⁽³⁾. Casi veinte años después el Maestro de América ratifica casi textualmente su tesis en su ya clásica obra La cultura y las letras coloniales en Santo Domingo (1936): «El diario de COLÓN, que conservamos extractado por Fray Bartolomé de Las Casas, contiene las páginas con que tenemos derecho de abrir nuestra historia literaria, el elogio de nuestra isla…»⁽⁴⁾.

Henríquez Ureña, para sostener su propuesta, cita fragmentos del diario escrito por el Almirante de la mar Océana: Es tierra toda muy alta… Por la tierra dentro muy grandes valles, y campiñas, y montañas altíssimas, todo a semejaza de Castilla… Un río no muy grande… viene por unas vegas y campiñas, que era maravilla ver su hermosura… (7 de diciembre de 1492). La Isla Española… es la más hermosa cosa del mundo… (11 de diciembre). Estaban todos los árboles verdes y llenos de fruta, y las yervas todas floridas y muy altas, los caminos muy anchos y buenos; los ayres eran como en abril en Castilla; cantava el ruyseñor… Era la mayor du1çura del mundo. Las noches cantavan algunos paraxitos suavemente, los grillos y ranas se oían muchas… (13 de diciembre). Y los árboles de allí.., eran tan viciosos, que las hojas dexavan de ser verdes, y eran prietas de verdura. Esa cosa de maravilla ver aquellos valles, y los ríos, y buenas aguas, y las  tierras para pan, para ganados de toda suerte…, para güertas y para todas las cosas del mundo qu’el hombre sepa pedir… (16 de diciembre). En toda esta comarca ay montañas altíssimas que parecen llegar al cielo.., y todas son verdes, llenas de arboledas, que es una cosa de maravilla. Entremedias d’ellas ay vegas muy graciosas… (21 de diciembre). En el mundo creo no ay mejor gente ni mejor tierra. Ellos aman a sus próximos como a sí mismos, y tienen una habla la más dulce del mundo, y mansa, y siempre con risa… (25 de diciembre)⁽⁵⁾.

Con lo que sí estamos de acuerdo —y que no es una fantasía— es con la descripción que Pedro nos ofrece del ambiente cultural y literario que existía en ese momento histórico, casi inmediatamente posterior al descubrimiento en la isla Española:  Había muchos poetas en la colonia, según atestiguan Juan de Castellanos, Méndez Nieto, Tirso de Molina. Desde temprano se escribió, en latín como en español. Y desde temprano se hizo teatro. Gran número de hombres ilustrados residieron allí, particularmente en el siglo XVI: teólogos y juristas, médicos y gramáticos, cronistas y poetas. Entre ellos, dos de los historiadores esenciales de la conquista: Las Casas y Oviedo; dos de los grandes poetas de los siglos de oro: Tirso y Valbuena, uno de los grandes predicadores: Fray Alonso de Cabrera; uno de los mejores naturalistas: el P. José de Acosta; escritores estimables como Micael de Carvajal, Alonso de Zorita, Eugenio de Salazar. Hubo escritores de alta calidad, como el arzobispo Carvajal y Rivera, que se nos revelan a medias, en cartas y no en libros. Cuál más, cuál menos, todos escriben —todos los que tienen letras— en la España de entonces: la literatura “es fenómeno verdaderamente colectivo, —dice Altamira—, en que participa la mayoría de la na-ción». Pero España no trajo sólo cultura de letras y de libros: trajo también tesoros de poesía popular en romances y canciones, bailes y juegos, tesoros de sabiduría popular, en el copioso refranero⁽⁶⁾.

Indudablemente, era un ambiente propicio para la creación literaria y como lógicas habría que entender las conocidas influencias literarias en los nacidos en la Isla, considerados «criollos».

Ahora bien, sí es una fantasía la afirmación hecha por Henríquez Ureña en 1917 y asumida como verdad por Balaguer en 1956, pues Colón no era ni literato ni historiador. Era un navegante europeo escribiendo, muy distante de su patria adoptiva (España), sobre una nueva realidad —un mundo nuevo para sus ojos aventureros— y rindiendo informes de navegación que constituían parte de los deberes de los capitanes: eran las singulares bitácoras de navegantes en el medioevo. El crítico literario Manuel Mora Serrano, al referirse a Colón, lo explica así: «Aparece en nuestra historia literaria por las cartas que escribió a los Reyes Católicos y a su protector Luis de Santángel, donde les da noticias de sus descubrimientos, y por las anotaciones de su cuaderno de bitácora acerca de su extraordinario y accidentado viaje; estas notas […] son obligación de todo capitán de navío»⁽⁷⁾. Es decir, no hubo una intención estética o artística en Colón: solo el impulso de cumplir con una rutina propia de hombre de mar.

Colón ni siquiera era español, pues había nacido en Italia en octubre de 1451. Es decir, no había nacido en la Isla, por lo que tampoco era un «criollo». Era una especie de Francis Drake: otro con patente de corso, pero al servicio de la corona española; era un invasor: ¿un pirata buscando tesoros, posesiones? Todos los soldados y exploradores que lo acompañaban, aturdidos por la sed de aventura, perseguían ese mismo propósito, muy distante del espíritu «evangelizador» enarbolado por los religiosos que arribarían a la Isla después, cuando ya los actos de barbarie habían dejado sus huellas en el indefenso pueblo aborigen.

Paradójicamente, al referirse a los primeros escritores nacidos en Santo Domingo Henríquez Ureña no menciona a Colón y afirma lo siguiente: «Y hubo de ser Santo Domingo el primer país de América que produjera hombres de letras […]. Dominicanos son, en el siglo XVI, Arce de Quirós, Diego y Juan de Guzmán, Francisco de Liendo, el P. Diego Ramírez, Fray Alonso Pacheco, Cristóbal de Llerena, Fray Alonso de Espinosa, Francisco Tostado de la Peña, Doña Elvira de Mendoza y Doña Leonor de Ovando, las más antiguas poetisas del Nuevo Mundo»⁽⁸⁾.

Tres de esos escritores merecen ser destacados: Cristóbal de Llerena (1541-1626), Leonor de Ovando (1544-¿1610/1615?) y Francisco Tostado de la Peña (¿1530?-1586).  Los dos primeros por ser los antecedentes más lejanos en el tiempo de las letras dominicanas en los géneros teatro y poesía, respectivamente; el último, por haber sido el primer poeta nacido en la Isla y por la circunstancia trágica en que fue alcanzado por la muerte a causa del ataque sufrido por la ciudad de Santo Domingo por parte del pirata Francis Drake en enero de 1586. En Llerena y en Tostado de la Peña nos hemos detenido en ensayos separados ya publicados: «Del primer texto dramático de la literatura dominicana (1588)» y «Del primer poeta de la literatura dominicana: Francisco Tostado de la Peña». Llerena también era poeta.

De Leonor de Ovando, Marcelino Menéndez y Pelayo salva cinco sonetos al recogerlos, «como curiosidad bibliográfica», en su Historia de la poesía de hispano-americana⁽⁹⁾:

  1. «En respuesta a uno de Eugenio de Salazar»;
  2. «De la misma señora al mismo en la Pascua de Reyes»;
  3. «De la misma señora al mismo en respuesta de uno suyo»;
  4. «De la misma señora al mismo en respuesta de otro suyo»; y
  5. «De la misma señora al mismo en respuesta de otro suyo sobre la competencia entre las monjas bautistas y evangelistas».

A continuación, transcribimos el primero de esos sonetos:

 

En respuesta a uno de Eugenio de Salazar 

El niño Dios, la Virgen y parida, 

el parto virginal, el Padre eterno, 

el portalico pobre, y el invierno 

con que tiembla el auctor de nuestra vida, 

sienta (señor) vuestra alma y advertida 

del fin de aqueste don y bien superno, 

absorta esté en aquel, cuyo gobierno 

la tenga con su gracia guarnecida. 

Las Pascuas os dé Dios, qual me las distes 

con los divinos versos de essa mano; 

los quales me pusieron tal consuelo, 

que son alegres ya mis ojos tristes, 

meditando bien tan soberano, 

el alma se levanta para el cielo.

 

El insigne filólogo español, dando constancia de su honestidad intelectual, indica su fuente: «Debemos la noticia de ella y el conocimiento de algunos de sus versos al inestimable manuscrito de la Silva de Poesía, compuesta por Eugenio de Salazar, vecino y natural de Madrid, que se guarda en nuestra Academia de la Historia, y que tuvimos ocasión de mencionar tratando de Méjico»⁽¹⁰⁾. Y da más detalles sobre su hallazgo literario: […] nos hace conocer varias composiciones de la ingeniosa poeta y muy religiosa y observante D.ª Leonor de Ovando, profesa en el Monasterio de Regina de La Española, de quien se declara muy devoto y servidor , y a quien dedica cinco sonetos en fiestas de Navidad, Pascua de Reyes, Pascua de Resurrección, Pascua de Pentecostés y día de San Juan Bautista, contestándole la monja con otros tantos, no menos devotos que corteses, y a veces por los mismos consonantes que los del Oidor⁽¹¹⁾.

Son textos escritos durante diálogos literarios sostenidos por la poetisa con el escritor español Eugenio de Salazar (1530-1602), quien los compila en su obra citada por Menéndez y Pelayo, editada, tardíamente, en 2019⁽¹²⁾. Salazar había sido «nombrado en 19 de julio de 1573 Oidor de Santo Domingo, donde permaneció hasta 1580, en que ascendió a Fiscal de la Audiencia de Guatemala»⁽¹³⁾. Por lo que habría que ubicar la producción poética de Leonor de Ovando entre 1573 y 1580.

Menéndez y Pelayo también rescata los versos sueltos de Ovando transcritos más abajo, que «aún llenos de asonancias, como era general costumbre en el siglo XVI y lo es todavía entre los italianos, no me parecen despreciables, y siquiera por lo raro del metro en la pluma de una monja, deben conservarse»⁽¹⁴⁾. Dice el célebre humanista:

 

Versos sueltos de la misma señora al mismo 

Qual suelen las tinieblas desterrarse 

Al descender de Phebo acá en la tierra, 

Que vemos aclarar el aire obscuro, 

Y mediante su luz pueden los ojos 

Representar al alma algún contento, 

Con lo que pueda dar deleyte alguno: 

Assí le acontesció al ánima mía 

Con la merced de aquel ilustre mano, 

Que esclareció el caliginoso pecho, 

Con que puede gozar de bien tan alto, 

Con que puede leer aquellos versos 

Dignos de tan capaz entendimiento, 

Qual el que produció tales conceptos. 

La obra vuestra fué; mas el moveros 

A consolar un alma tan penada, 

De aquella mano vino, que no suele 

Dar la nïeve, sin segunda lana; 

Y nunca da trabajo, que no ponga 

Según la enfermedad la medicina. 

Assi que equivalente fué el consuelo 

Al dolor, que mi alma padescía 

Del ausencia de prendas tan amadas. 

Seys son las que se van, yo sola quedo; 

El alma lastimada de partidas, 

Partida de dolor, porque partida 

Partió, y cortó el contento de mi vida, 

Cuando con gran contento la gozaba: 

Mas aquella divina Providencia, 

Que sabe lo que al alma le conviene, 

Me va quitando toda la alegría, 

Para que sepáys que es tan zeloso, 

Que no quiere que quiera cosa alguna 

Aquel divino esposo de mi alma, 

Sino que sola a él sólo sirva y quiera, 

Que solo padesció por darme vida; 

Y sé que por mí sola padesciera 

Y a mí sola me hubiera redimido, 

Si sola en este mundo me criara. 

La esposa dice: sola yo a mi amado, 

Mi amado a mí. Que no quiero más gente. 

Y llorar por hermanos quien es monja, 

Sabiendo que de sola se apellida: 

No quiero yo llorar, más suplicaros 

Por sola me veáys, si soys servido; 

Que me edificaréys con escucharos⁽¹⁵⁾.

 

De lo anterior cabe deducir que Leonor de Ovando no tan solo es la primera mujer de letras en la historia literaria dominicana sino, también, de todo el continente americano. Confirmada queda esta aseveración en las palabras de Marcelino Menéndez y Pelayo cuando dice: «[…] en el XVI, en que la ruina de la colonia no se había consumado aún, no dejó la isla de ser honrada alguna vez por los favores de las musas, y tuvo desde luego la gloria de que en su suelo floreciese la primera poetisa de que hay noticia en la historia literaria de América»¹⁶.  Sobre Francisco Tostado de la Peña, Menéndez y Pelayo también encuentra noticia en la Silva de poesía de Salazar. Pero el historiador literario español no lo favorece con su juicio crítico: «trae un soneto tan malo que no vale la pena de ser transcrito, aunque Salazar le llame en la contestación “heroico ingenio del sutil Tostado”»⁽¹⁷⁾. Sin embargo, desde nuestra perspectiva de bibliógrafo ese soneto de Tostado de la Peña sí tiene su valor histórico-documental, por lo que lo transcribimos a continuación, acudiendo a Henríquez Ureña: Soneto de bienvenida al oidor Eugenio de Salazar, al llegar a Santo Domingo:

 

Divino Eugenio, ilustre y sublimado, 

en quien quanto bien pudo dar el cielo 

para mostrar su gran poder al suelo 

se halla todo junto y cumulado: 

 

de suerte que si más os fuera dado 

fuera más que mortal el sacro velo 

y con ligero y penetrable vuelo 

al summo choro uviérades volado: 

 

Vuestra venida tanto desseada 

a todos ha causado gran contento, 

según es vuestra fama celebrada; 

 

y esperan que de hoy más irá en aumento 

esta famosa isla tan nombrada, 

pues daros meresció silla y asiento⁽¹⁸⁾.

 

Ese soneto fue copiado por el filólogo y ensayista judío-venezolano Ángel Rosenblat directamente del manuscrito de la Silva de poesía, de Eugenio de Salazar, que, al momento de ser rescatado por Pedro, se encontraba en la Academia de Historia de Madrid. Es lo que informa el excelso humanista dominicano en nota al pie de la pieza poética de Tostado de la Peña. Rosenblat fue un discípulo aventajado de Pedro y de Amado Alonso en la Universidad de Buenos Aires.

Es importante consignar que en su obra citada, Menéndez y Pelayo reconoce la importancia histórica de la literatura producida en la isla Española, pero solo por ser un acontecimiento histórico primigenio, no por su valor estético inicial en sí: «La isla Española, la Primada de las Indias, […] no puede ocupar sino muy pocas páginas en la historia literaria del Nuevo Mundo. Y, sin embargo, la cultura intelectual tiene allí orígenes remotos, inmediatos al hecho de la Conquista […]»⁽¹⁹⁾. ¡Y tiene razón ese respetable erudito español! Es que era el nacimiento de una nueva cultura, que habría de evolucionar con el tiempo, y el desarrollo de la creación literaria, al igual que las demás manifestaciones artísticas, recibiría su impulso luego de iniciado el período de la Conquista.  Apelando a la verdad histórica, podemos afirmar que la poetisa Leonor de Ovando con sus poemas y el dramaturgo Cristóbal de Llerena con su entremés, ambos en la segunda mitad del siglo XVI, representan el antecedente más remoto del nacimiento de la literatura dominicana, no el Almirante Cristóbal Colón con su Diario de navegación (1492-1493).

 

Sor Leonor de Ovando emerge en la temprana fecha del siglo XVI como la autora de los primeros poemas escritos en la América hispana. Con sonetos de aliento místico, esta monja encarna la primera voz poética de La Española, cuya lírica inaugura la creación mística y poética en la literatura dominicana y en las letras continentales⁽²⁰⁾

[…] 

Como poeta, Leonor de Ovando es producto del desarrollo cultural del siglo XVI, que en la base de su cosmovisión se apreciaba la cultura académica como expresión del desarrollo personal y social. 

[…] 

Esta poeta y religiosa dominicana cultivó la poesía mística con hondura conceptual y belleza expresiva. Es decir, la poeta dominicana sor Leonor de Ovando se anticipa a la poeta mexicana sor Juan Inés de la Cruz en la creación de sus devaneos líricos desde la celda de un convento colonial. 

[…] 

La poesía de sor Leonor de Ovando no solo representa la primera manifestación lírica de una autora nacida, criada, desarrollada y establecida en la Española del siglo XVI, sino la primera expresión de la lírica mística en la literatura dominicana, lo que se corresponde con la tendencia de la espiritualidad mística, que fraguó la sustancia de la tradición espiritual de la literatura española⁽²¹⁾.

 

Finalmente, debemos abordar, así sea panorámicamente, el tema de la tesis sustentada por el historiador literario dominicano Abelardo Vicioso en torno a los orígenes de la literatura dominicana. Vicioso los sitúa en el siglo XVII, para lo cual se basa en la teoría histórica sobre la noción de período del ensayista y poeta Pedro Mir, quien sostiene que: «Las raíces más remotas del pueblo dominicano, se detectan a principios del Siglo XVII. En ese momento es preciso situar, pues, el comienzo propiamente dicho de la HISTORIA DE LA REPÚBLICA DOMINICANA, en cuanto historia del pueblo dominicano»⁽²²⁾. Mir justifica su tesis partiendo de un hecho histórico: las devastaciones ordenadas por la corona española y llevadas a cabo durante el gobierno de Antonio de Osorio, en la banda norte de Santo Domingo, durante los años de 1605 y 1605, las cuales dieron lugar a la formación, al pasar el tiempo, de dos pueblos distintos: el dominicano en la parte oriental de la Isla y el haitiano en la parte occidental.

De ahí es que el profesor Abelardo Vicioso parte para afirmar lo siguiente: «Por tanto, habría que partir de esa época a la hora de rastrear los orígenes de la literatura dominicana, con lo que dejaríamos fuera de ella toda la producción literaria del siglo XVI en nuestra isla»⁽²³⁾.  Y luego agrega que como consecuencias de dichas devastaciones «la población isleña, principalmente la pudiente, emigró en masa para no volver jamás, dejando a la isla en completo estado de desolación, abandono y miseria, y llevándose consigo toda la rica producción literaria de los Montesinos y Las Casas, de los Bejarano y los Llerena, de las Elvira de Mendoza y las Leonor de Ovando, que tantas glorias le dieron a las letras en el siglo XVI»⁽²⁴⁾. De cualquier modo, sea en el siglo XVI o en el siglo XVII que se acuerde ubicar los orígenes de la literatura dominicana, cabe admitir que la poetisa Leonor de Ovando no tan solo nació, vivió y produjo sus textos en la parte oriental de Santo Domingo antes de esos trágicos sucesos, sino, además —y esto es muy importante—, que continuó viviendo y produciendo literatura allí hasta muchos años después de las devastaciones: hasta aproximadamente el año 1615. O sea, de cualquier manera, sin importar el siglo, es ella la fundadora de la literatura dominicana, no Cristoforo Colombo (1451-1506).

 

NOTAS:

⁽¹⁾ Joaquín Balaguer. Historia de la literatura dominicana [1956]. 10.ª edición. Santo Domingo, Rep. Dom.: Editora Corripio, 1997. Pág. 11.

⁽²⁾ Pedro Henríquez Ureña. «Literatura dominicana». En: Revue Hispanique (París), 40 (98): 273-294, agosto de 1917. Editado en folleto: París-New York: [s. n.], 1917. 26 p.

⁽³⁾ Ibid. En sus: Obras completas. Recopiladas por: Juan Jacobo de Lara. Santo Domingo, Rep. Dom.: Universidad Nacional «Pedro Henríquez Ureña», 1979. Tomo III: 1914-1920. Pág. 312.

⁽⁴⁾ PHU. La cultura y las letras coloniales en Santo Domingo. Buenos Aires, Argentina: Universidad de BA, 1936. Recogida en su: Obra crítica. Edición, bibliografía e índice onomástico: Emma Susana Speratti Piñero; prólogo: Jorge Luis Borges. México / Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 1960. Pág. 338.

⁽⁵⁾ Loc. cit.

⁽⁶⁾ Op. cit., p. 336.

⁽⁷⁾ Manuel Mora Serrano. Literatura dominicana e hispanoamericana. Español 6.° curso. Santo Domingo, Rep. Dom.: DISESA, 1978. Pág. 18.

⁽⁸⁾ Op. cit., p. 336.

⁽⁹⁾ Marcelino Menéndez y Pelayo. Historia de la poesía hispano-americana. Madrid, España: Librería General de Victoriano Suárez, 1911. Tomo I. Pág. 296.

⁽¹⁰⁾ Ibid., pág. 295.

⁽¹¹⁾ Ibid., pág. 296.

⁽¹²⁾ Eugenio de Salazar. Silva de poesía. Editor: Jaime José Martínez Martín. México, D. F.: Frente de Afirmación Hispanista, 2019. 1087 p.

⁽¹³⁾ Marcelino Menéndez y Pelayo. Op. cit., pág. 295.

⁽¹⁴⁾ Ibid., pág. 296.

⁽¹⁵⁾ Ibid., págs.. 298-299.

⁽¹⁶⁾ Ibid., pág. 295.

⁽¹⁷⁾ Ibid., pág. 296.

⁽¹⁸⁾ Pedro Henríquez Ureña. La cultura…Obra crítica, págs. 373-374.

⁽¹⁹⁾ Op. cit., pág. 291.

⁽²⁰⁾ Bruno Rosario Candelier. La sabiduría sagrada. La lírica mística en las letras dominicanas. Moca, Rep. Dom.: Movimiento Interiorista del Ateneo Insular, 2020. Pág. 13. En La búsqueda de lo absolutoEl aliento interiorista en las letras dominicanas: de Sor Leonor de Ovando a Tulio Cordero (Moca, Rep. Dom.: Publicaciones del Ateneo Insular, 1997.  315 p.) Bruno Rosario Candelier afirma: “La figura de Sor Leonor de Ovando emerge en la temprana fecha del siglo XVI como la autora de los primeros poemas escritos en el Nuevo Mundo. Con sonetos y versificaciones de aliento místico representa la primera voz lírica de La Española, inaugura la creación mística en la literatura dominicana y sienta las bases de la tradición poética en la literatura colonial”. Pág. 21.

⁽²¹⁾ Ibid., págs. 13-17.

⁽²²⁾ Pedro Mir. La noción de período en la historia dominicana. Santo Domingo, Rep. Dom.: Editora Universitaria-UASD, 1981. Vol. I. Pág. 19. (Publicaciones de la UASD; vol. CCXCV. Colección Historia y Sociedad; no. 44).

⁽²³⁾ Abelardo Vicioso. El freno hatero en la literatura dominicana. Santo Domingo, Rep. Dom.: Editora Universitaria-UASD, 1983. Pág. 19. (Publicaciones de la UASD; vol. CCCXXIII. Colección Educación y Sociedad; no. 21).

⁽²⁴⁾ Ibid., págs. 19-20.

Pedro Henríquez Ureña: «Seis ensayos en busca de nuestra expresión»

Edición de Bruno Rosario Candelier

por ASALE bajo la dirección de

Francisco Javier Pérez

 

Prólogo de

Bruno Rosario Candelier

Academia Dominicana de la Lengua

 

“Si las artes y las letras no se apagan,

tenemos derecho a considerar seguro el porvenir”.

  (Pedro Henríquez Ureña)

 

Pedro Henríquez Ureña es un paradigma del intelectual consagrado al estudio de las letras hispanoamericanas. Producto de una corriente cultural que anhelaba el desarrollo de la propia identidad histórica, social y cultural en su expresión intelectual y estética, una forma de anhelar la independencia no solo política, sino filosófica y literaria según la aspiración de los intelectuales y escritores de la América española, en Seis ensayos en busca de nuestra expresión (Buenos Aires, 1928) el filólogo dominicano encauzó ese anhelo de los escritores americanos para alcanzar la propia voz como signo y cauce de una sentida apelación creadora en el uso de la lengua y el cultivo de las letras.

Humanista entusiasta y fecundo, Pedro Henríquez Ureña escribió numerosas obras inspiradas en el genio de nuestra lengua. Cultor apasionado de la palabra, intérprete eminente de la literatura hispanoamericana, ensayista prolífico y profundo, se dedicó al estudio de nuestra lengua y la interpretación de nuestras letras con una consagración ejemplar. Publicó una veintena de obras centradas en la identidad lingüística y cultural de los hispanoamericanos. En México escribió en El Universal, hacia 1923, el concepto de que la América hispana precisaba de normas y orientaciones dirigidas hacia la definición inequívoca de su propia vida intelectual, estética y espiritual. Era una vieja aspiración que impulsaron hombres visionarios, intelectuales y escritores de nuestra América, que habían iniciado el camino en procura de nuestro desarrollo literario: “No hemos renunciado a escribir en español, y nuestro problema de la expresión original y propia comienza ahí…Nuestra expresión necesitará doble vigor para imponer su tonalidad sobre el rojo y el gualda” (1).

En ese tenor, Pedro Henríquez Ureña reflexionó sobre el destino de nuestras letras y entendió que debíamos cultivar nuestra propia voz, fundada en la temática de nuestras vivencias y el hallazgo de la intuición con nuestro tono distintivo y una adecuada estimativa de nuestras percepciones y valoraciones para asumir, potenciar y promover los más altos valores literarios, estéticos y espirituales a través de la lengua y la cultura de los pueblos hispanoamericanos. Creía el humanista dominicano que, para alcanzar ese objetivo había que enfrentar el problema sin rodeos: “En literatura, el problema es complejo, es doble: el poeta, el escritor, se expresan en idioma recibido de España. Al hombre de Cataluña o de Galicia le basta escribir su lengua vernácula para realizar la ilusión de sentirse distinto del castellano” (2).

Pondera nuestro filólogo la dimensión americanista, que supo identificar en forma admirable enfatizando el vínculo entrañable de pueblos hermanos que comparten lengua, geografía y modos de vida, como manifiesta en México, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Santo Domingo, Colombia, Perú, Chile o Argentina, países en los cuales hay una vigorosa literatura, sin obviar entre los suramericanos, a Venezuela y Paraguay y, desde luego, a los demás pueblos antillanos y centroamericanos, empapados de las manifestaciones esenciales de nuestro idioma al compartir la tradición española cifrada en el alma de nuestra lengua.

Para la búsqueda de ese acento propio centrada en la tonalidad de nuestro estilo “obliga a acendrar nuestra nota expresiva, a buscar el acento inconfundible” (3), para lo cual nuestro autor enfatizó la dimensión creadora a través del ensayo y la crítica literaria en las diversas expresiones de nuestras letras, que nuestro autor supo estudiar, valorar y enaltecer. Al tiempo que ensanchaba nuestro horizonte intelectual y estético, con su visión del mundo, su formación académica y su vocación orientadora contribuyó a forjar valiosos creadores, analistas e investigadores literarios en los países donde desplegó su actividad docente y su labor escritural, ejercida a través de numerosas publicaciones o mediante conferencias, cartas y contactos personales en asesoría académica a escritores, estudiantes, profesores e investigadores.

Esa vocación de Pedro Henrí­quez Ureña lo convirtió en uno de los más importantes intérpretes literarios en lengua española. Se formó bajo la escuela de Marcelino Menéndez y Pelayo en Madrid. Nacido en Santo Domingo el 20 de junio de 1884 en el seno de una familia de intelectuales y poetas, recibió la inspiración de su vocación literaria, vivió durante su etapa de formación en Cuba, Estados Unidos de América, España y México, y en su época más fecunda de orientador y escritor, se radicó primero en México y luego en Argentina, hasta su muerte en Buenos Aires el 11 de mayo de 1946, tras una fructífera existencia plasmada en la investigación, la escritura y la docencia. Durante muchos años fue profesor de la Universidad de La Plata, institución cuyo prestigio enalteció y en la que formó una brigada de investigadores y estudiosos de la palabra que darían lustre a las letras hispanoamericanas, según el testimonio de importantes intelectuales y escritores argentinos, entre ellos Jorge Luis Borges, que le llamaba “Maestro de América”, como consta en el prólogo de la Obra crítica, de Pedro Henríquez Ureña  o en el ensayo de Pedro Luis Barcia (4), en cuya obra consigna el aporte del maestro dominicano en la literatura argentina.

A Henríquez Ureña le preocupaba la formación intelectual, inquietud que fundaba en la conciencia de la lengua. Insistía en la necesidad de alcanzar una expresión original y genuina. Sobre su vocación hispánica subrayó:

   “No hemos renunciado a escribir en español, y nuestro problema de la expresión original y propia comienza ahí. Cada idioma es una cristalización de modos de pensar y de sentir, y cuanto en él se escribe se baña en el color de su cristal. Nuestra expresión necesitará doble vigor para imponer su tonalidad sobre el rojo y el gualda” (5).

   Su conciencia lingüística lo llevaba a ponderar el esfuerzo que debíamos realizar para conseguir el desarrollo cultural auténtico. Debíamos, decía, “acendrar nuestra nota expresiva, a buscar el acento inconfundible” (6), subrayando la energía nativa de nuestro modo de hablar y escribir. Por eso valoró el conocimiento de la lengua local de cada país. Su libro El español en Santo Domingo, de 1936, es una evidencia de esa inquietud por la voz peculiar de cada uno de los pueblos hispanoamericanos, así como estimó esencial la expresión auténtica de la intuición artística, canalizada en la creación literaria desde la cual atisbó importantes rasgos idiosincráticos de la mentalidad hispanoamericana.

La condición de erudito y acucioso investigador de Pedro Henríquez Ureña se potenció con la posesión de una cultura humanística y el singular don para enseñar. Fomentaba la lectura de los grandes autores de nuestra lengua, especialmente la de los escritores españoles del Siglo de Oro, así como las obras maestras de las letras universales. De acuerdo con la revelación de discípulos suyos, era un hombre sensible y generoso en lo concerniente al ser humano. Propugnaba por el desarrollo de las humanidades con una profunda conciencia literaria y una genuina apelación humanizada. Su formación académica la puso al servicio de la cultura hispanoamericana, al tiempo que indagaba e inter­pretaba facetas entrañables de nuestra América según podemos apreciar en sus creaciones lingüísticas, históricas, filosóficas, estéticas y literarias.

En su búsqueda de la expresión americana, que cultivó con particular empeño y especial devoción, hizo filología estilística, ya que buscaba la expresión genuina de la América hispánica a través de la palabra, es decir, la forma singular, distintiva y caracterizadora de los pueblos hispanohablantes cuyos atributos estudiaba en los textos de nuestros grandes creadores literarios. El lenguaje era para él cauce y vínculo, testimonio y huella de lo que somos y anhelamos. Su vocación filológica quedó plasmada no solo en Seis ensayos en busca de nuestra expresión, sino en otros libros en los que testimonia su magisterio literario, y fue tal su influjo que su obra crítica y ensayística amplió el número de escritores y filólogos formados bajo su orientación en el mundo hispánico, donde se le reconoce como uno de los grandes Maestros de la lengua española. El filólogo dominicano goza de una alta estimación entre los lingüistas, literatos y teóricos de las letras hispánicas. Su obra crítica, teórica y ensayística concitó una honda admiración por la validez de sus criterios, el rigor de su formulación y la claridad de sus orientaciones. Con Pedro Henríquez Ureña nació en Santo Domingo la crítica literaria con fundamento académico y su obra funda la tendencia filológica de la exégesis literaria, que se manifiesta en las interpretaciones basadas en la significación de la palabra como vehículo distintivo de la idiosincrasia cultural de un país o una lengua.

Este grandioso Maestro de América, como se le ha llamado a nuestro ilustre coterráneo, desplegó su talento crítico, creativo y teorético en beneficio del desarrollo de las letras americanas y españolas. A Pedro Henríquez Ureña se debe, en efecto, la base orientadora de un pensamiento crítico que se extiende por todo el mundo de habla española. Esa base tiene su fundamento en la lengua misma, como matriz del pensamiento y vehículo de la expresión. Sus trabajos de crítica e interpretación profundizaron en el conocimiento científico de la lengua y en la realización de sus potencialidades creadoras.

La feliz iniciativa del distinguido secretario general de la Asociación de Academias de la Lengua Española, don Francisco Javier Pérez, de publicar una serie de obras filológicas de nuestros escritores, constituye un valioso servicio a favor del conocimiento y la difusión del aporte de nuestros estudiosos de la lengua y la literatura española e hispanoamericana y, en este caso en particular, esta obra del filólogo dominicano que me complace prologar, Seis ensayos en busca de nuestra expresión, como otras obras suyas, entre las que pondero Las corrientes literarias en Hispanoamérica, El español de Santo Domingo o La cultura y las letras coloniales en Santo Domingo, reflejan y proyectan la valiosa contribución de nuestro gran humanista, cuya lectura y promoción entraña una manera de incentivar el interés por el conocimiento de la lengua y la literatura de nuestra América. El pensamiento del ensayista dominicano que influyó en el desarrollo de nuestras letras y la conciencia de nuestra lengua, con el sentimiento de valoración de nuestra identidad cultural a partir de nuestra manera de sentir, pensar y expresarnos, sigue siendo edificante y luminoso. Una valiosa generación de escritores contó con Pedro Henríquez Ureña como mentor, comenzando con los intelectuales mexicanos que integraron el Ateneo de México en la primera década del siglo XX, entre los cuales figuraron los ensayistas José Vasconcelos, Alfonso Reyes, Antonio Caso, Martín Luis Guzmán, Vicente Lombardo Toledano y otras figuras señeras que formarían la generación intelec­tual de 1910. Y en Argentina su magisterio intelectual dio abundantes frutos en lingüistas y literatos de la talla de Jorge Luis Borges, Ana María Barrenechea, Ernesto Sábato y Enrique Anderson Imbert, entre muchos otros. En Santo Domingo hay que reconocer el influjo de don Pedro en la generación literaria de 1930, entre los cuales sobresalen Juan Bosch, Joaquín Balaguer, Emilio Rodríguez Demorizi, Pedro Troncoso Sánchez,  Carlos Federico Pérez, Flérida de Nolasco y otros.

Pedro Henríquez Ureña había recibido la impronta educativa de Eugenio María de Hostos (7) y admiraba al patriota y escritor cubano José Martí, entre otros prohombres de América. Esa formación civilista fecundó su magisterio, centrado en promover los valores americanistas desde la esencia de la cultura hispánica, entre los cuales figuraban el sentido crítico, el fundamento moral, la disciplina cívica, el estudio de las humanidades, el desarrollo del espíritu y una organización social fundada en la justicia y la solidaridad. En su ponderación del ideal de justicia, rechazaba la tendencia académica elitista, pues Henríquez Ureña prefería al “hombre apasionado por la justi­cia” en lugar del que aspira a su propia perfección en pos de un ideal de convivencia.

Cuando en 1928 Pedro Henríquez Ureña publicó Seis ensayos en busca de nuestra expresión ya había vivido en España, Cuba y México, países con una sólida tradición literaria, una vasta producción editorial y una vida intelectual intensa y fecunda con alta calidad académica, lo que trató de impulsar tanto en Santo Domingo, como en México y Argentina. Su acrisolada vocación de pensador liberal, su espíritu abierto y cosmopolita, así como su cosmovisión esencialmente humanista lo dirigió siempre a fomentar el interés por las letras y la valoración de las inclinaciones intelectuales, morales, estéticas y espirituales. Pedro Henríquez Ureña tenía una formación moral inspirada en los principios de la educación hostosiana, que había recibido de su propia madre, la insigne educadora y poeta Salomé Ureña, y ese aspecto moralista, que fluye en sus ensayos, pesaba en un hombre con valores éticos y principios fundados en la valoración de la verdad, el cultivo del bien y el disfrute de la belleza espiritual. La limpieza de una conciencia recta y pura, como la de Pedro, florece en una sociedad con escrúpulos morales y sentido de la estética y la espiritualidad, superponiendo los elevados ideales de la conciencia social y espiritual a los intereses personales, y supeditando el afán de lucro para enaltecer la virtud y la disciplina, mediante una sensibilidad fraguada en el ideal, el decoro y los principios que edifican. Se puede agregar a esa aspiración social la vocación creadora de un intelectual que vivía poéticamente la vida y la enseñanza bajo la inspiración del ideal griego, actitud compatible con la vocación científica y artística, fomentando el talento creador a favor de acciones edificantes y luminosas.

Pedro Henríquez Ureña valoraba el cultivo del pensamiento y la creación intelectual y artística. En tal virtud prefería la claridad del concepto al oropel de la expresión rimbom­bante. Sus estudios y ensayos reflejan una honda capacidad analítica, un rigor metodológico y una hondura interpretativa. Esta edición de Seis ensayos en busca de nuestra expresión, obra que refleja su ideal literario, el dominio del lenguaje y el planteamiento reflexivo, cifra la base de su concepción filológica. Y, desde luego, revela la erudi­ción que el intelectual dominicano puso al servicio de su labor pedagógica, centrado en su ideal humanista impregnado de la intuición crítica, del carisma de su vocación socrática y la apelación altruista de su conciencia social que encauzó para atizar el amor a la belleza, la verdad y el bien. En tal virtud, Henríquez Ureña abogaba por la pureza de la forma en la creación literaria, y esa visión, que lo llevaba a ponderar la perfección de la expresión, mueve a los genuinos creadores a crear una obra ejemplar y trascendente, tarea que le corresponde al crítico literario llamado a exigir calidad y rigor en la expresión, comenzando por el uso apropiado de la lengua, la aplicación de las normas gramaticales, ortográficas y estilísticas en una sintaxis reveladora de la corrección expresiva y la elegancia en la forma para lograr la hondura conceptual y la belleza del lenguaje. Así lo confirma nuestro escritor en ese planteamiento de su ideario crítico formulado en el estudio sobre la poesía de Gastón Fernando Deligne en donde sostiene que cree “en la realidad de la poesía perfecta”.

   En el ensayo del filólogo dominicano se aprecia la exaltación de la vocación creadora y la misión de los escritores cuyo trabajo creador ha de contribuir al cultivo de los valores trascendentes y la edificación de la conciencia:

 “Mi hilo conductor ha sido el pensar que no hay secreto de la expresión sino uno: trabajarla hondamente, esforzarse en hacerla pura, bajando hasta la raíz de las cosas que queremos decir; afinar, definir, con ansia de perfección. El ansia de perfección es la única forma. Contentándonos con usar el ajeno hallazgo, del extranjero o del compatriota, nunca comunicaremos la revelación íntima; contentándonos con la tibia y confusa enunciación de nuestras intuiciones, las desvirtuaremos ante el oyente y le parecerán cosa vulgar. Pero cuando se ha alcanzado la expresión firme de una intuición artística, va en ella, no sólo el sentido universal, sino la esencia del espíritu que la poseyó y el sabor de la tierra de que se ha nutrido” (8).

   De esa manera nuestro filólogo enfatizaba la realización de estudios literarios para asumir el genio de nuestra lengua y potenciar la tradición hispánica desde nuestra idiosincrasia, nuestra conciencia y nuestra sensibilidad. Es así como este teórico y analista de nuestra producción literaria supo ponderar la labor de los creadores de la palabra para transmitir, mediante el concurso de la intuición, la veta de su inspiración y la técnica de la escritura, sus personales intuiciones, invenciones o su peculiar valoración del mundo.

Pedro Henríquez Ureña escribía para edificar. Tuvo plena conciencia de las debilidades de nuestros pueblos, de su escasa formación intelectual y sus precariedades no solo materiales, sino intelectivas y espirituales. Con su esclarecida inteligencia, que puso al servicio del crecimiento intelectual y estético, hizo cuanto estuvo a su alcance para incentivar el amor a las artes y las letras, en cuyo desarrollo cifraba el ascenso de la conciencia moral y espiritual, y cuando advertía una carencia expresiva, una imprecisión semántica o una desorientación conceptual, lo señalaba con el sentido edificador del que busca enseñar sin humillar, como se aprecia en diferentes estudios.

Tenía este humanista de América una alta estimación por la perfección literaria, y por esa valoración era exigente en la valoración de la calidad a la que reclamaba las más elevadas cuotas de cultivo, rigor y esmero, actitud que fundaba su ideario poético. Supo Henríquez Ureña compenetrarse con el talante sensitivo y espiritual de los escritores que concitaban su atención, y tuvo la capacidad para subrayar su acento peculiar, su tono distintivo y su técnica creadora al enfocar el aporte que una obra literaria brinda al desarrollo del crecimiento cultural. Con el instinto crítico para atisbar los aciertos y los desaciertos de una obra literaria y aquilatar la grandeza o el talento de un escritor, nunca reparó en elogiar la obra meritoria. Y promovió, sin mezquindades subalternas, los valores que nos distinguen y los principios que nos enaltecen.

 

Los siguientes atributos literarios perfilan esta obra de Pedro Henríquez Ureña:

  1. Valoración de la palabra como expresión de la sensibilidad y la conciencia de un autor cuya creación no solo enaltece la intuición teórica y la interpretación textual que tan generosa y cabalmente realizara, sino que perfila y potencia el estudio de nuestra lengua y el cultivo de las letras desde la base filológica que cultivó para impulsar la creación literaria en múltiples ámbitos de las letras españolas y americanas desde la óptica de nuestra genuina expresión espiritual y estética.
  2. Su obra Seis ensayos en busca de nuestra expresión (1928), revela la concepción intelectual de un escritor que consagró su talento crítico a la forja de una conciencia humanística centrada en los valores conceptuales, estéticos y espirituales, con el sentido de la justicia y el amor a la verdad mediante el cultivo de la palabra inspiradora y el pensamiento edificador cabe la expresión edificante y elocuente.
  3. Los aspectos relevantes de Seis ensayos en busca de nuestra expresión se fundan en el hecho de que tenemos una manera peculiar de ser y proceder que postula, como en efecto acontece en la realidad léxica, imaginativa y conceptual de la literatura hispanoamericana una forma de expresión connatural a nuestra singular idiosincrasia y peculiar talante.
  4. El planteamiento fundamental que sirvió de inspiración a esta obra de Pedro Henríquez Ureña fue su intuición lingüística de que al contar nuestra América con unos rasgos singulares de la tierra, la lengua y la cultura, cónsonos con nuestra singular sensibilidad y talante espiritual, habíamos de tener una voz propia y una expresión original y auténtica que testimoniara nuestra manera de sentir, pensar y querer.
  5. Generoso, abierto y comprometido con el ideal de cultura, sin obviar el ideal de justicia, su concepción literaria se manifiesta en su vida y en su obra, plasmada en este ensayo que analiza y exalta el desarrollo de las inclinaciones intelectuales, morales, estéticas y espirituales desde la creación del lenguaje y la vivencia de la literatura.

Prevalido de una luminosa intuición crítica, una notable erudición y el rigor expositivo en su lenguaje, el autor de esta obra coteja la relación de influjos, infiere los datos pertinentes y pondera el rol de la lengua en el desarrollo de la sensibilidad, la conciencia y la creatividad con el propósito de destacar la valía de la creación literaria de la América hispánica (9). Esta singular propuesta de nuestro humanista supo intuir el sentido profundo de la obra literaria, apreciar los diversos niveles expresivos, desde la realidad social hasta la dimensión simbólica, con las connotaciones sicológicas, filosóficas y espirituales, al tiempo que toma en cuenta técnica y estilo, recursos y figuraciones, contenido y forma, con la ponderación precisa y elocuente. Y pondera siempre el valor de la palabra y la significación de la literatura, centro y motor de sus entrañables apelaciones, como también cauce de sus reveladoras interrogaciones.

 

Bruno Rosario Candelier

Academia Dominicana de la Lengua

Santo Domingo, R. D., 31 de mayo de 2019

 

 

 

Notas:

  1. Pedro Henríquez Ureña, Obras completas, Santo Domingo, Secretaría de Estado de Cultura, 2004, T. V, p. 409.
  2. Ibídem, p. 408.
  3. Ibídem, p. 415.
  4. Pedro Luis Barcia, Pedro Henríquez Ureña y la Argentina, Santo Domingo, UNPHU, 1996, 69ss.
  5. Pedro Henríquez Ureña, “Seis ensayos en busca de nuestra expresión”, en Obras completas, citado, p.409.
  6. Ibídem, 412.
  7. Bruno Rosario Candelier, “Estudios literarios de Pedro Henríquez Ureña”, en Lenguaje, identidad y tradición en las letras dominicanas, Santo Domingo, Academia Dominicana de la Lengua, 2005, pp. 146-166.
  8. Ibídem, p. 415. Véase Emilio Rodríguez Demorizi, “Dominicanidad de Pedro Henríquez Ureña”, en Listín Diario, Santo Domingo, edición del 10 de mayo de 1981, p. 6. Manuel Núñez, “Claves en el pensamiento de Pedro Henríquez Ureña”, en Pedro Henríquez Ureña, Obras completas, Santo Domingo, Secretaría de Estado de Cultura, 2003.
  9. Miguel Collado, “Pedro Henríquez Ureña visto a través de su ideario y de su vida itinerante”, conferencia dictada en la Academia Dominicana de la Lengua el 27 de julio de 2018. Publicada en el Boletín no. 34, Santo Domingo, ADL, 2018, pp. 91-122.

 

Bibliografía de Pedro Henríquez Ureña

  • Ensayos críticos, La Habana, 1905.
  • Horas de estudios, París, 1910.
  • El nacimiento de Dionisos, New York, 1916.
  • La versificación irregular en la poesía castellana, Madrid, 1920.
  • En la orilla. Mi España, México, 1922.
  • Sobre el problema del andalucismo dialectal de América, 1925.
  • Seis ensayos en busca de nuestra expresión, Buenos Aires, 1928
  • La cultura y las letras coloniales en Santo Domingo, Buenos Aires,
  • El español en Santo Domingo, Buenos Aires, 1940.
  • Plenitud de España, Buenos Aires,1940
  • Gramática castellana (con Amado Alonso), Buenos Aires, 1940.
  • Historia de la cultura en la América hispánica, Buenos Aires, 1945.
  • Las corrientes literarias en la América hispánica (1945).
  • Obra crítica, México, FCE, 1960.
  • Obras completas. Edición de Juan Jacobo de Lara, Santo Domingo, UNPHU, 1978.
  • Memorias-Diario-Notas de viaje, México, FCE, 2000.
  • Obras de Pedro Henríquez Ureña, Santo Domingo, Ministerio de Cultura, 2003.

 

Referencias bibliográficas sobre Pedro Henríquez Ureña 

  • Federico García Godoy, “Pedro Henríquez Ureña”, en De aquí y de allá, Santo Domingo, Tipografía El Progreso, 1916,
  • Luis Alberto Sánchez, “Pedro Henríquez Ureña”, en Breve historia de la literatura americana, Santiago de Chile, Ercilla, 1937.
  • Emilio Rodríguez Demorizi y otros, Homenaje a Pedro Henríquez Ureña, Santo Domingo, Universidad de Santo Domingo, 1947.
  • Enrique Anderson Imbert, “Pedro Henríquez Ureña”, en Estudios sobre escritores de América, Buenos Aires, Raigal, 1954.
  • Alfonso Reyes, “Encuentro con Pedro Henríquez Ureña”, en La Gaceta, México, D. F., noviembre de 1954.
  • Flérida de Nolasco, Pedro Henríquez Ureña: Síntesis de su pensamiento, Ciudad Trujillo, Editora del Caribe, 1956,
  • Jorge Luis Borges, “Prólogo” a Pedro Henríquez Ureña, Obra critica, México, FCE, 1960.
  • Armando Cordero, “Pedro Henríquez Ureña”, en Panorama de la filosofía en Santo Domingo, Santo Domingo, Impresora Arte y Cine, 1962.
  • Ernesto Sábato y otros, Significado de Pedro Henríquez Ureña, Buenos Aires, Ediciones Culturales, 1967.
  • Federico de Onís, “Pedro Henríquez Ureña”, en España en América, San Juan, Puerto Rico, Universidad de Puerto Rico, 1968.
  • Díez Echarri y J.M. Roca Franquesa, “Pedro Henríquez Ureña”, en Historia general de la literatura hispanoamericana y española, Madrid, Aguilar, 1968.
  • Joaquín Balaguer, “Pedro Henríquez Ureña”, en Historia de la literatura dominicana, Santo Domingo, Librería Dominicana, 1968.
  • Vetilio Alfáu Durán, “Pedro Henríquez Ureña”, en Apuntes para la bibliografía dominicana, Santo Domingo, Clío 37, 1969.
  • Juan Isidro Jimenes Grullón, Pedro Henríquez Ureña: Realidad, mito y otros ensayos, Santo Domingo, Librería Dominicana, 1969.
  • Luis Alberto Sánchez, “Pedro Henríquez Ureña”, en Escritores representativos de América, Madrid, Gredos, 1972.
  • Juan Jacobo de Lara, Pedro Henríquez Ureña, su vida y su obra, Santo Domingo, UNPHU, 1975.
  • Emilio Rodríguez Demorizi, Dominicanidad de Pedro Henríquez Ureña, Santo Domingo, Secretaría de Educación, 1981.
  • Soledad Álvarez, La magna patria de Pedro Henríquez Ureña, Santo Domingo, Ediciones Siboney, 1981.
  • Mariano Lebrón Saviñón,”Pedro Henríquez Ureña”, en Historia de la cultura dominicana, Santo Domingo, UNPHU, 1984.
  • Julio Jaime Julia, El libro jubilar de Pedro Henríquez Ureña, Santo Domingo, UNPHU, 1984.
  • José Rafael Vargas, El nacionalismo de Pedro Henríquez Ureña, Santo Domingo, UASD, 1984.
  • Néstor Contín Aybar, “Pedro Henríquez Ureña”, en Historia de la literatura dominicana, San Pedro de Macorís, Universidad Central del Este, T. III, 1984.
  • Juan Bosch, “Evocación de Pedro Henríquez Ureña”, en Textos culturales y literarios, Santo Domingo, Alfa y Omega, 1988.
  • Bruno Rosario Candelier, “Pedro Henríquez Ureña”, en Ensayos lingüísticos, PUCMM, 1990.
  • Bruno Rosario Candelier, “Pedro Henríquez Ureña”, en Valores de las letras dominicanas, Santiago, PUCMM, 1991.
  • Max Henríquez Ureña, “Hermano y maestro”, en Pedro Henríquez Ureña, Antología, Santo Domingo, Feria Nacional del Libro, 1992.
  • Sonia Henríquez, Pedro Henríquez Ureña, México, Siglo XXI editores, 1993.
  • Cándido Gerón, “Pedro Henríquez Ureña”, en Diccionario de autores dominicanos 1492-1994, Santo Domingo, Editora Colorscan, 1994.
  • Margarita Vallejo de Paredes, “Pedro Henríquez Ureña”, en Apuntes biográficos y bibliográficos de algunos escritores dominicanos del siglo XIX, S. Domingo, ONAP, 1995.
  • Pedro Luis Barcia, Pedro Henríquez Ureña y la Argentina, Santo Domingo, Ministerio de Educación, 1995.
  • Familia Henríquez Ureña, Epistolario, Santo Domingo, SEEBAC, 1996.
  • Guillermo Piña-Contreras, “El universo familiar en la formación intelectual de Pedro Henríquez Ureña”, en Pedro Henríquez Ureña, Edición de Luis Abellán y Ana María Berrenechea, Madrid, Alica XX, 1998.
  • Carlos Piñeyro Iñiguez, Pasión por América: Ensayos sobre Pedro Henríquez Ureña, Santo Domingo, Amigo del Hogar, 2001.
  • Jorge Luis Borges, “Pedro Henríquez Ureña”, en Pedro Henríquez Ureña, Obra crítica, México, FCE, 2001.
  • Andrés L. Mateo, Pedro Henríquez Ureña: Errancia y creación, Santo Domingo, Feria del Libro, 2002.
  • Bruno Rosario Candelier, “Estudios literarios de Pedro Henríquez Ureña”, en Pedro Henríquez Ureña, Obras completas, Santo Domingo, Secretaría de Estado de Cultura, 2003, T. II, pp. XV-XXXII.
  • Bruno Rosario Candelier, “Estudios literarios de Pedro Henríquez Ureña”, en Lenguaje, identidad y tradición en las letras dominicanas, S. Dgo., Letra Gráfica, 2004.
  • Miguel Collado, Ideario de Pedro Henríquez Ureña, Santo Domingo, Cedibil, 2006.
  • Franklin Gutiérrez, “Pedro Henríquez Ureña”, en Diccionario de la literatura dominicana, Santo Domingo, Ministerio de Cultura, 2010.
  • Manuel Matos Moquete, “Pedro Henríquez Ureña”, en Narratividad del saber humanístico, Santo Domingo, Ediciones MMM, 2015.
  • Jorge Tena Reyes, Pedro Henríquez Ureña: Esbozo de su vida y su obra, Santo Domingo, UNPHU, 2016.
  • Miguel Collado, “Pedro Henríquez Ureña a través de su ideario y su vida itinerante (1884-1946)”, en Boletín no. 34, Santo Domingo, Academia Dominicana de la Lengua, 2018, pp. 91-122.
  • Pedro Henríquez Ureña, Obra completa, edición de Miguel D. Mena. Santo Domingo, Ministerio de Cultura, 2017.

Chulería, cancanear

Por Roberto E. Guzmán

CHULERÍA

“. . . información y toda la CHULERÍA de la modernidad”.

Hace largo o mucho tiempo que usar la palabra chulo era de mal gusto. Había que ser muy cuidadoso para aplicársela a algunas cosas; sobre todo a personas, especialmente a hombres. El chulo era el rufián dedicado al tráfico de la prostitución. Era el explotador para beneficio personal de la actividad sexual de una o varias mujeres. Se suponía que era quien salía en defensa de los derechos de la mujer en caso de necesidad.

La chulería en el habla de los dominicanos no tiene relación alguna con la reunión de chulos. Se utiliza más que en otras circunstancias para calificar hechos, situaciones, cosas que destacan por ser lindas, bonitas o por resultar graciosas.

No es pura coincidencia que la palabra chulo derive del italiano ciullo, que es el acortamiento de fanciullo que significa niño en esa lengua. Esas palabras del italiano han caído en desuso. Quizás se adoptó por aquello de que no hay nada más chulo que un niño gracioso, bonito, lindo.

Cuando la palabra chulo hizo su entrada en la lengua fue en el Siglo de Oro, lo hizo en la jerga de la germanía y simplemente significaba “muchacho”. Muy pronto comenzó en ese medio social a tomar otros rumbos y hacerse de significado negativo. Hasta en portugués siguió el mismo itinerario.

Los datos de que se disponen en cuanto al español dominicano se limitan solo a traer informaciones acerca del español dominicano diferente del internacional. En ese aspecto Rafael Brito en su obra Criollismos de1930 recoge la voz “chuliar” con las acepciones que aún perduran en otras hablas, “mofar, poner de mojiganga. – Adular”. Henríquez Ureña reduce el chulear a “remedar en burla”. El español en Santo Domingo (1940:61). Eso que en dominicano se dice triscar (tricar). Esto era lo que chuliar significaba en esos años. Algo muy lejos de lo que vino a expresar unos 30 o 40 años más tarde.

Desde los años 1960 en adelante chulear referido a la acción entre un hombre y una mujer indicaba que el hombre excitaba a la mujer antes de la consumación del acto sexual, es decir, de llegar al coito. Esto, claro, sin desmedro de todas las demás acepciones conocidas para este verbo. La parte activa de la acción de chuliar la puede ejercer una mujer también, valga el reconocimiento a la igualdad.

Las palabras de esta familia han corrido la suerte de la mayoría de los vocablos de una lengua. Un recorrido accidentado, a veces con envilecimiento de algunas acepciones que le son adosadas.

En esta etapa del desarrollo de este examen puede llegarse a los tiempos modernos en los que las palabras de esta familia ocupan lugar de preferencia en el habla, sobre todo en el habla de los dominicanos. En los casos en que chulería se aplica a cosas con ello se destaca lo llamativas que son, despiertan interés.

Aplicada a personas la chulería denota que atrae, es interesante, agradable, despierta simpatía; que ellas tienen gracia; inclinan la voluntad hacia la simpatía.

La omnipresencia de las palabras de esta familia es tal que en la frase de la cita no sabe uno qué valor reconocerle, hay que pensar en qué cosa es la “chulería de la modernidad”.

A pesar de lo que se ha detallado más arriba, con ello no se agota el tema de estas palabras, pues “tiene mucha tela que cortar”. Quizás con esto el autor de la frase quiso expresar las comodidades que la vida moderna puede ofrecer.

 

CANCANEAR

“CANCANEAR en determinadas áreas porque. . .”

El verbo del título ha tenido una historia interesante. Como muchos otros verbos de la lengua común este ha visto su uso ensancharse. De un uso concreto ha pasado a uno figurado. Las varias acepciones que posee el verbo se examinarán más abajo. Además, se mencionarán las que corresponden de modo específico a los países hispanohablantes americanos.

Con este verbo se está en presencia de uno que se conoce en Andalucía y en América, aunque con acepciones diferentes. En Andalucía es vagar o pasear sin objeto. En América las acepciones varían de acuerdo con el uso de los diferentes países. En seis países americanos es tartamudear. En Cuba tiene una acepción relacionada con los motores. Allí también se llevó al plano figurado, “actuar con vacilación”.

La primera acepción cubana, la del motor, es emitir sonidos que anuncian un fallo y se conoce hace largo tiempo en el español dominicano. No aparece como tal en los repertorios, pero sí el sustantivo cancaneo con todas las acepciones que aparecen en otros países.

El Diccionario del español dominicano (2013:139) registra un significado para el verbo cancanear que no figura en otros diccionarios; esto induce a pensar que se trata de una acepción privativa del habla de los dominicanos, “Repetir muchas veces lo mismo”. Esta acepción se asemeja a “cantaletear”. Otro significado que soporta el verbo es, “Ruido que se produce por el golpeteo repetido de algo”. La última parece que es solo entre dominicanos también.

La primera noticia en una recopilación de voces del español dominicano con respecto a “cancaneo” la aporta Consuelo Olivier en su obra De nuestro lenguaje y costumbres (1967:44) y la acepción que registra es, “Repetir muchas veces una misma cosa”. Esto antes aún del verbo correspondiente. Este orden de publicación hace pensar que el sustantivo entró primero al habla y luego el verbo.

Es posible que la selección de cancanear para la acción tenga relación con cancán en tanto sonido, origen onomatopéyico y repetitivo de la primera significación surgida (repetir); así como lo del golpeteo, sonido una y otra vez de las válvulas del motor. Esta acepción surgió en Cuba. La Real Academia la incluyó en el Suplemento a la edición de 1970.

El verbo cancanear no ha cesado de extender su manto semántico. En Cuba ha alcanzado seis acepciones, algunas de ellas exclusivas de esa variante de español. En estas acepciones la idea es la misma, se tiene dificultad con algo; al hablar, al caminar, al explicar, para tomar decisiones. Diccionario ejemplificado del español de Cuba (2016-I-220).

De acuerdo con lo que R. J. Cuervo adelantó, el verbo parece que tuvo su origen en América. Además, consideró la voz como onomatopéyica. La primera acepción reconocida fue tartamudear. Con esa acepción la asentó Deive en República Dominicana. La Real Academia le dio entrada a la voz y a esa acepción en el año 1925, aunque solo mencionaba Colombia y Méjico como países donde se usaba así. En la edición del Diccionario de la Real Academia de 1956 esa corporación aceptó la etimología “can can”. En la edición de 1992 de ese diccionario la etimología de esa voz se cambió a onomatopéyica.

Si se lee con detenimiento la frase transcrita, el verbo puede interpretarse de dos maneras. Una, que el sujeto duda acerca de decisiones en ciertas áreas; o dos, que falla en estas áreas. La correcta interpretación dependerá de los complementos siguientes que no se copiaron. Con estas explicaciones hay que entender que el verbo ensancha su campo semántico en la esfera del sentido figurado.

¿Sabes usar el verbo haber como impersonal?

Por Tobías Rodríguez Molina

El verbo haber tiene dos usos en nuestra lengua española. Uno de ellos es el de auxiliar de un verbo diferente a él, el cual se conjuga en los tiempos compuestos. En ese caso, el verbo auxiliar adquiere las variaciones propias de cada una de las personas gramaticales.

Así, si conjugamos el verbo leer en el pretérito imperfecto, veremos cómo el auxiliar va sufriendo cambios. Veamos:

yo había leído
habías leído
él (ella, usted) había leído
nosotros habíamos leído
ellos (ellas, ustedes) habían leído

Para comprender por qué es que haber funciona como impersonal, fijémonos que, en la conjugación anterior, yo, tú, él, nosotros y ellos son los sujetos, y el sujeto es el que hace que el verbo sufra variaciones. Por eso, cuando decimos “nosotros habíamos leído” esa conjugación, cuando se trata de ellos, es diferente y es “ellos habían leído”.

Veamos a continuación cómo debe aparecer “haber” cuando no es auxiliar de un verbo, es decir, cuando se presenta como impersonal, que, como ya hemos dicho, es invariable:

1)         a) Allí había un solo albañil trabajando.
b) Allí había diez albañiles trabajando.

2)         a) Hubo un problema durante la reunión.
b) Hubo varios problemas durante la reunión.

Si nos fijamos bien, nos daremos cuenta de que ninguna de estas oraciones tiene sujeto y, por lo tanto, a ninguna le podemos poner delante del verbo ni yo, ni tú, ni él, ni nosotros, ni ellos, cosa que sí hicimos con el verbo en el segundo párrafo de este ensayo.

Lo que sí tiene cada una de estas cuatro oraciones es un objeto (llamado también complemento directo), el cual está en singular en las oraciones a) y en plural en las oraciones marcadas con b). Pero es conveniente que ustedes caigan en la cuenta de que el complemento no decide los cambios del verbo, sino solo el sujeto. Es por eso que el verbo varía de acuerdo con el sujeto, pero no de acuerdo con el complemento.

Comprobemos lo antes dicho mediante algunos ejemplos:

1) “Él compró un libro muy interesante.” Él es el sujeto de la oración y concuerda con compró. Compró es el verbo y tiene la variación de tercera persona singular por la concordancia con él. Un libro muy interesante es el complemento, el cual no influye en la variación del verbo.

2) “Él compró cinco libros muy interesantes.” Él y compró se mantienen invariables aunque el complemento en este ejemplo 2 está en plural. Eso es lo que debe pasar siempre que se emplee “haber” como impersonal. Es por esta razón que no debemos decir ni escribir oraciones como las siguientes:

1)  “En la conferencia habían muchos estudiantes de Moca.”
2)  “En ese juego hubieron muchos errores.”
3)  “Me informaron que en la fiesta del club habrán regalos para todos.”

Habíamos dicho antes que eso es lo que no debería pasar, pero la realidad de muchos usuarios de la lengua española no es esta, pues la mayoría de ellos pluralizan el verbo “haber” si el complemento del mismo es plural.

Esto lo leímos el 30 de septiembre del 2017 en el Nacional de Caracas: “El novelista Alberto Barrera lamentó que frente a un crimen hayan miles de versiones.”

Lo que sigue lo escuché de una estudiante de canto en nuestro país: “En el ensayo hubieron canciones con un tono muy alto.”

Una forma verbal semejante a la anterior empleó un reportero de CDN cuando expresó: “En el día de hoy hubieron muchos accidentes de tránsito en la Romana.”

A un renombrado médico, que dirige un programa en un prestigioso canal de televisión de la capital dominicana, le escuché decir: “…creo que habemos matrimonios en la familia con alguna dificultad…”

A un viceministro de un Ministerio de la República Dominicana, en una entrevista por CDN, se le escuchó decir: “Vamos a resolver todos los daños que han habido después del paso de María.”

El hecho de que quienes se apartan de las normas del español son del nivel alto, nos lleva a reiterar lo que se planteó en uno de mis ensayos de hace un buen tiempo: “Se está haciendo tan generalizado el empleo del verbo haber impersonal como si fuera personal, que posiblemente pronto se aceptará ese empleo como propio de la forma culta de los dominicanos. Y no se hablaría de un uso incorrecto de los habitantes de este país.

Amargue, esprín, coche/carro, genitalidad

Por Roberto E. Guzmán

 

AMARGUE

“He aquí aquel mundo de trapisondas donde el engaño, el vicio, el amor comprado, el AMARGUE . . .”

La voz amargue es de mucho uso en el español dominicano. Es una voz relativamente nueva si se toma en consideración lo que el concepto tiempo significa en una lengua. En su calidad de sustantivo masculino es de uso exclusivo del español de los dominicanos. No está solo vigente en el habla, sino que puede encontrársela en los periódicos o publicaciones de otro tipo.

En los periódicos ha permanecido en el uso durante largo tiempo sobre todo para referirse a un género de canción. Es un tipo de canción en la que prima la melancolía por el desamor; es una expresión de dolor.

En su calidad de sustantivo el amargue es la “condición de amargo”. El amargue dominicano, por su parte, refleja el sentimiento de amargura, angustia y sufrimiento que en el género musical destaca este sentimiento.

Generalmente las letras que acompañan a estas canciones se refieren al resultado o consecuencia de una decepción o desilusión amorosa. Por eso el hablante de español dominicano recurrió a su poder creativo y acuñó este amargue.

Regularmente cuando se considera el amargue como género musical, se hace por referencia a la bachata.  La bachata es música para bailar y se la considera folclor urbano. Las letras que acompañan la música versan sobre el sentimiento de tristeza profunda causado por la falta de amor.

Más arriba se aludió a que la palabra con el significado que ha alcanzado en el habla se popularizó en fecha reciente, para mayor precisión, en los años de la década de 1980.

El amargue puede definirse como el sentimiento intenso de pena y aflicción. Este sentimiento generalmente es consecuencia de disgusto, desengaño amoroso, de ilusión frustrada, engaño, infidelidad. Se expresa por medio de dolor intenso causado por impresiones afectivas que se manifiestan con quejas amargas y lamentaciones.

 

ESPRÍN

“. . . cadenas, botones, cables, ESPRINES. . . “

La voz del título es una adaptación al español de una voz parecida del inglés. Se la utiliza para denominar el mismo objeto que en inglés. La voz del inglés es spring. Hay que tener en cuenta que la voz del inglés tiene otras significaciones que no se retienen en el uso del esprín en español.

Además de República Dominicana, se conoce y utiliza la voz esprín en Panamá, Puerto Rico, en el español de los Estados Unidos y en Honduras. Este esprín sustituye en el habla de los dominicanos la palabra patrimonial resorte.

Es común que al llevar al español una voz extranjera que comienza por una consonante como ese /s/ seguida de otra consonante, algo que es extraño a los usos del español, la adaptación se acomode al español añadiendo una vocal al principio, como se observa en el caso del esprín. La tilde también es una señal de la españolización.

En los diccionarios diferenciales al ofrecer las equivalencias para la voz del título, pueden leerse dos palabras, resorte y muelle. Vale la pena que se mencione aquí que en el español dominicano un resorte (esprín) es el que tiene forma de espiral. Un muelle se refiere al fabricado de metal que tiene forma plana y combado en su disposición, capaz de recobrar su forma cuando cesa la presión a que se somete. Ejemplo de este muelle es el que se encuentra en la parte inferior de los vehículos automotores para la suspensión y amortiguación de la carrocería y el área de carga.

 

COCHE – CARRO

“. . . a 20 minutos en COCHE desde. . . “

El asunto que concierne las dos palabras del epígrafe ya no es tema de disputa. En esta sección estas dos palabras se examinarán como palabras con diferentes significados del pasado, que ya no se mencionan, aunque existan. Los hablantes de español de las dos orillas han aprendido a convivir con esta realidad.

En “este lado” del Atlántico un carro es un vehículo automóvil; es una máquina para transportar personas. El coche, en cambio, es el tirado por caballo. El primero es un signo del avance de la ciencia, al tiempo que el segundo es una reliquia.

Los hablantes del español peninsular se aferran a su coche. Los americanos no ceden su derecho con respecto del uso del carro.

El coche ha transportado personas durante siglos. El carro americano es menos viejo. El vocablo carro apareció en la lengua española para denominar lo que muchos americanos llaman… vagón. Aunque antes fue un tipo de carreta.

Al carro americano se le hace derivar del mismo carro español, cuyo origen remonta hasta el latín, pasando por el anglo-francés. El nombre angloamericano del vehículo se aplicó por primera vez en el año 1896. Esto se resume diciendo que el coche existía siglos antes que el car.

El carro americano es un automóvil, que es un vehículo que se mueve por sí mismo, provisto de un motor que antes era de combustión interna y que ahora puede ser también eléctrico.

Es muy probable, por no decir seguro, que hay mayor cantidad de hispanohablantes que llaman carro al automóvil, que aquellos que lo hacen con el nombre de coche. Por razones de historia y costumbre ambas palabras están condenadas a coexistir.

Hace mucho tiempo que el idioma de América recurre a sus voces dominadas por las imágenes propias, con las huellas de su modo de ser característico, sin parar mientes en asuntos que pertenecen al pasado.

 

GENITALIDAD

“. . . consideran que las emociones y placeres se obtienen sólo de la GENITALIDAD”.

Voces como la que se colocó a guisa de título de esta sección hay que usarlas con cuidado. Esto así porque es una voz con corta historia. Las autoridades (¿?) de la lengua todavía no le han abierto las puertas de su diccionario.

A pesar de lo ya escrito, hay que añadir que algunos lectores son más afortunados que otros. El autor de estas apostillas acerca del idioma de cada día se cuenta entre los afortunados. Esto así porque cuenta con los recursos bibliográficos a mano y con el tiempo para realizar la búsqueda y enterarse del significado preciso de la voz.

No puede escribirse lo que antes se escribía, es decir, poner sobre una voz nueva el mote “no existe”. No ha sido reconocida por los lexicones oficiales de la lengua, pero los diccionarios del lenguaje moderno sí reconocen la voz. Más abajo se repasarán las acepciones o la acepción con sus variantes de redacción que traen algunos diccionarios actualizados.

El diccionario en que se encontró la primera mención de genitalidad es el Diccionario del español actual (1999-II-2323), con la acepción “sexualidad”; con la nota de que es de escaso uso (raro), y, una cita del año 1975. En el Nuevo diccionario de voces de uso actual (2003:522) le atribuyen la acepción, “Actividad sexual”. La cita que ilustra el uso es de un periódico español de circulación nacional del año 1997.

En la edición del Diccionario de uso del español (2007-I-1450) proponen que genitalidad deriva de genital y asientan en tanto acepción, “Sexualidad desde el punto de vista exclusivamente físico”. Este diccionario utiliza una cita del año 2009 de un periódico español de gran circulación. Esa misma definición usaron los autores del anterior diccionario en Neologismos del español actual (2013:128).

La definición del Diccionario integral del español de Argentina (2008:866) se aleja de las anteriores. La primera acepción es, “Placer sexual que resulta de excitar los genitales”. La segunda, “Funcionamiento de los órganos sexuales que se alcanza plenamente al lograr la madurez”. No ha de olvidarse que estos diccionarios recogen el uso; por lo tanto, si este varía, ellos acomodarán las acepciones consecuentemente en futuras ediciones.

Puede observarse aquí que a pesar de que el concepto no es el mismo en todos los diccionarios, las diferencias no son de consideración. La Real Academia no ha incluido -hasta abril del 2020- la voz del título entre los que se incorporarán en la próxima edición del Diccionario de la lengua española.

Calzada, gadejo

Por Roberto E. Guzmán

CALZADA

“… al terminar las faenas, lo almacenan en depósitos construidos sobre la CALZADA…”

En esta sección se examinará lo concerniente al vocablo del título. Lo interesante con respecto a una de las acepciones de este vocablo es que en República Dominicana siempre se usó con un significado diferente del que señalaba la Real Academia Española. Las ideas esbozadas aquí se expondrán pormenorizadas más abajo.

El origen de la palabra calzada ha sido motivo de debate entre los entendidos de las etimologías. La teoría más socorrida es la que hace derivar la palabra calzada del latín calciata, vía de calx, calcis, piedra para hacer cal. Enciclopedia del idioma (1958-I-867).

Desde largo tiempo la definición que el diccionario oficial de la lengua trae es, “Parte de la calle comprendida entre las dos aceras”.

Durante largo tiempo la palabra calzada se usó en República Dominicana para mencionar la, “Parte lateral y más elevada de la calle por donde transitan los peatones”. Esta definición se encuentra en el Diccionario de americanismos de la Asociación de Academias de la Lengua Española.

Llama la atención que en el diccionario recién mentado no se menciona República Dominicana entre los que usan la palabra para este propósito, constan allí, Venezuela, Bolivia y Paraguay.

  1. Emilio Rodríguez Demorizi en su obra Del vocabulario dominicano (1983:48) asienta que calzada es acera. Ya antes de esta obra D. Manuel Patín Maceo había escrito que calzada era, “Barbarismo por acera”. Dominicanismos (1947:52).

No ha sido posible documentar el motivo por el cual no apareció mencionada la República Dominicana en el Diccionario de americanismos como uno de los países donde se usa la palabra con esa acepción, cuando D. Martín Alonzo en la Enciclopedia del idioma en 1958, citada más arriba, consignó en la acepción número cinco que calzada se usaba en Santo Domingo para acera. Quizás la ausencia se deba al severo juicio de Patín Maceo en su obra.

El autor de estos comentarios recuerda que cuando era adolescente en Santo Domingo se defendía el uso de calzada para la acera porque algunos entendían que derivaba de calzado. Es un hecho cierto que esa fue una etimología aventurada que no se correspondía con la verdad, aunque sí hubo algunos tratadistas que sostuvieron que calzada derivaba del latín calx, talón.

No hay lugar a extender más este examen, aunque sí hay que puntualizar que calzada se usó y todavía se usa en República Dominicana para la acera, aunque algunos estudios y diccionarios no lo consignen.

 

GADEJO

“. . . con perdón de P. y de todo el que crea que insisto con esto por GADEJO . . .”

La voz gadejo no aparece entre las recogidas por el lexicón oficial de la lengua. Sí se encuentra en el Diccionario de americanismos de la Asociación de Academias de la Lengua Española. Durante largo tiempo los diccionarios eligieron pasar por alto esta voz por el contenido implícito en ella.

La definición que trae ese diccionario es interesante. Inmediatamente después de la voz y entre paréntesis se lee, “Abreviatura de ganas de joder”. Hay que tener en cuenta que en el español peninsular el verbo joder tiene una carga semántica más ofensiva que en el español hispanoamericano.

Debajo de la acepción y, después de la enumeración de países en los que se usa, viene la parte que interesa en esta sección. Se define a gadejo como eufemismo. La acepción es, “Deseo de molestar o fastidiar”.

Se aprovecha aquí la oportunidad que ofrece esta mención al eufemismo para abundar sobre este término, su significación y alcance. El diccionario de la autoridad reconocida de la lengua común lo define de modo escueto, como debe ser, “Manifestación suave y decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura y malsonante”.

Muchas de las palabras en español y otras lenguas romances que comienzan con “eu” llevan en sí el sentido de bien, bueno o, atributos positivos. Este eufemismo es uno de ellos. Procede del griego a través de un “hermano del latín fari”, “que habla bien, que evita las palabras de mal agüero”. Así aparece en Corominas y Pascual, (1980-III-297). El griego euphemismós era “pronunciar una palabra de buen augurio”.

A principios de la segunda mitad del siglo XX (1953) D. Fernando Lázaro Carreter en su Diccionario de términos filológicos, en su definición consignó brevemente las características de esta “manifestación”, que él llama “proceso”, para “evitar la palabra con que se designa algo molesto, sucio, inoportuno, etc.” Obsérvese que antaño lo importante era de “mal agüero” y hace setenta años era “molesto, sucio, inoportuno”. Este orden ilumina acerca de la sociolingüística de cada época.

Hace cien años el eufemismo se usaba era evitar palabra “plebeyas, triviales” y en cambio, mostrar “respeto”; se atenuaba la “evocación penosa”. Se eludía así el tabú social, religioso, moral, supersticioso.

Cada lengua tiene su modo de expresar el concepto en sus palabras, algo que refleja lo que la cultura mantiene. En francés colocan el acento en la “manera atenuada o suavizada para expresar ideas cuya crudeza puede herir”. Los procedimientos a los que recurre el eufemismo son numerosos, entre otros pueden mencionarse, la lítotes, hipérbole, perífrasis, circunlocución, alusión, metaplasmos y otros para transmitir la idea.

Como puede comprobarse mediante estas explicaciones, el eufemismo “disfraza para evitar una palabra socialmente chocante. . .” Diccionario de terminología actual (1981:182).

En Hispanoamérica puede decirse que alcanzan a mencionar lo desagradable, ofensivo, de modo indirecto. Ch. Kany en su obra American-Spanish euphemisms, de 1960, afirma que el populacho recurre al eufemismo mayormente por razones de superstición, mientras las capas cultas lo hacen por delicadeza, urbanidad, decencia o hipocresía. Así se disfraza una verdad hiriente, ofensiva. Es una manifestación de creación incesante que se renueva. Observa este autor que el propósito no es jocoso.

El autor de estas reflexiones acerca de la lengua recuerda que las personas de avanzada edad con menor educación formal evitaban la palabra diablo; en su lugar decían “el enemigo malo”.

Se es consciente de que el eufemismo de la lengua hablada es distinto del usado en la expresión escrita. El gadejo está en la lengua con vocación para permanecer.