«Concurrencia de libertades y restricciones en el uso de la lengua española», discurso de ingreso de Rafael Peralta Romero

Sr. Dr. Bruno Rosario Candelier

Director de la Academia Dominicana de la Lengua

Señores académicos, queridos familiares, apreciados amigos:

 

UNO

Con gran complacencia comparezco a este augusto foro para realizar una acción que  además de satisfacer un requisito inexorable de las academias de la lengua española, constituye una razón de suficiente importancia para considerarme afortunado, no obstante estar en la plena conciencia de que la función que a partir de hoy asumo anda  muy divorciada de la fortuna material, cuya búsqueda afanosa tanto perturba a la sociedad de hoy.

Me presento ante ustedes, honorables académicos, queridos familiares, apreciados amigos y colegas, algo sobrecogido, altamente agradecido y plenamente decidido a afrontar las responsabilidades que conlleva ser miembro de número de una institución que tiene como objetivo primordial la preservación y defensa del nuestro idioma, recurso que nadie debe dudar consiste en la primera condición para la identidad de una nación. He dicho que me siento sobrecogido y quizás una situación tan personal no requiera ser ampliada, por ajena a lo que me corresponde hacer desde este podio, pero quizás resulte visible el que me recorran los temores. Conste que  no  me apremia la aprensión de quien ha traicionado a su maestro o amigo, y luego es perseguido por su conciencia, más bien me asalta el temor de que la emoción  que suscita  este excepcional momento de mi vida conspire contra la razón y  me haga conducir  estas palabras por sendas no deseadas.

La de altamente agradecido, he señalado también como otra condición que me embarga. Debo  proclamar con pleno júbilo mi gratitud al Altísimo y a los académicos que depositaron sus votos para honrarme con esta elección. Debo agradecer, en igualdad de sentimiento, a los académicos que se abstuvieron de sufragar, porque esa actitud resalta el sentido democrático de la elección y me ayuda a recordar que ningún humano lleno de defectos debe esperar acogida de  consenso, sobre todo si la lidia ocurre entre seres pensantes, como al efecto son los integrantes de esta corporación.

Me he propuesto hablar con ustedes acerca de la libertad que tenemos los hablantes del español de crear las palabras que nos resulten necesarias para nombrar seres y cosas, denominar acciones o expresar cualidades de los elementos de los que hablamos. También he de referirme a las limitaciones de esas libertades léxicas, tomando en cuenta el genio de nuestro idioma y la aspiración de la mayor unidad posible entre quienes usamos esta importante lengua para comunicarnos.

Con el solo enunciado del tema es fácil percibir que el discurso girará en torno a la derivación de palabras, que con sus variantes parasíntesis y composición, representan el recurso más auténtico y legítimo para generar voces nuevas a partir de otras ya existentes en nuestra lengua, y en algunos casos por la adopción y castellanización de vocablos procedentes de otra lengua y que carecen de equivalente en la nuestra.

Antes de profundizar en el tópico fundamental de este discurso, debo hacer un alto atendiendo a una pauta protocolar que rige en las 22 academias de la lengua española, en el acto de incorporación de un nuevo miembro numerario. Se trata de la honrosa referencia al académico que le precedió en el sillón que ha de ocupar el recipiendario.

En mi caso se trata del maestro de la palabra Ramón Emilio  Reyes, novelista, cuentista, poeta y lingüista, a quien durante once años correspondiera el sillón marcado con la letra C. También ocuparon este asiento, en orden cronológico descendiente: Freddy Gatón Arce, poeta, periodista y novelista;  Oscar Robles Toledano, sacerdote, hombre de vastos conocimientos, políglota y erudito, quien fuera catedrático en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Santo Domingo,  y Federico LLaverías, uno de los doce miembros de número fundadores de la Academia, quien  durante  33 años fue secretario perpetuo de esta institución.

 

DOS

El doctor Ramón Emilio Reyes, fallecido el 25 de diciembre de 2017, tomó posesión del sillón C en el año 2002 con el discurso titulado “El lenguaje de la Generación del 48″.  Le respondió, en nombre de la corporación, el poeta Lupo Hernández Rueda, también fallecido el pasado año, por cuya ausencia fue elegido quien les habla. El cambio de sillón ha sido un mero acuerdo administrativo.

Reyes nació en Santo Domingo el 29 de julio de 1935. Se recibió de doctor en Derecho en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Luego se graduó de Lingüística, Estilística y Literatura Hispanoamericana en el instituto Caro y Cuervo y en la Universidad de los Andes,  Bogotá, Colombia.

En Indiana University, de Norteamérica, realizó estudios de postgrado en Literatura Norteamericana Moderna y Cultura Hispánica. Hizo estudios avanzados de Asistencia Legal en la Universidad de Puerto Rico y en Estados Unidos. Obtuvo el doctorado en Derecho Internacional Privado en Atlantic International University. Reyes laboró como corrector, redactor y columnista en publicaciones tan importantes como  El Caribe, Listín Diario, La Noticia y el periódico El País, de Miami (Estados Unidos). Fue profesor de Literatura y Lengua Española en las universidades Autónoma de Santo Domingo, Nacional Pedro Henríquez Ureña y New York State University.

Ramón Emilio Reyes presentó credencial como escritor al publicar, en 1961, su primera novela, El Testimonio, texto de tema bíblico que fue parte de una corriente literaria surgida en la postrimería de la tenebrosa Era de los Trujillo. Otras obras son: El Cerco (novela breve); Los amantes libres (novela breve); La estafa de seda y Después del amor (también novelas breves). Después de consolidar su nombre como novelista, en el marco de la discreción que caracterizó su accionar, dio a conocer La Tierra y otros cuentos; La muerte de Sila (monólogo dramático), La Cena (cuento incluido en la Antología del Centenario de Vicente Blasco Ibáñez).También escribió  ensayos y conferencias, entre los cuales destacan: Jorge Guillén, el Mundo y las Cosas; El Lenguaje poético de la Generación del 48; Poesía de Juan Ramón Jiménez; El nacimiento de la prosa; Teatro Español del Siglo de Oro; La imagen de José Asunción Silva; Jorge Luis Borges y el Cine; Teatro breve y novela de Estados Unidos; Grandes textos de la literatura; Poesía de Puerto Rico; La poesía cultural de Hugo Gutiérrez Vega; El lenguaje universal de Walt Whitman; La novela española contemporánea; Novela de Arturo Pérez Reverte y Novela de Carmen Martin Gaite.

En su biografía no se mencionan premios ni reconocimientos, incluso su nombre no aparece en algunos diccionarios de autores dominicanos. Acaso su galardón más preciado  haya sido la dedicación al trabajo intelectual sin espectacularidad, sin estridencias, sin guerrerismos y sin cabildeos en procura de distinciones. Nadie puede asociarlo al tipo de escritor que gestiona o  exige preseas y reconocimientos, pues se limitaba a escribir la obra, y lo hacía con pulcritud y sin prisa. Prueba de su paciencia en el quehacer literario es la publicación, en 2013, de la novela La luz se ha refugiado en el sendero, escrita en 1958. La editó el sello Círculo Rojo, de España, según se comunica en una nota que aparece en la página web de la Academia Dominicana de la Lengua. Se informa, además, que la obra formaba parte del ciclo novelístico de tema bíblico que, al inicio de la década de los 60 del siglo XX, cobró auge en las letras dominicanas con obras de esa vertiente narrativa escritas, además de Reyes, por Marcio Veloz Maggiolo y Carlos Esteban Deive. La luz se ha refugiado en el sendero aborda el tema de la dictadura de Trujillo, la figura del dictador y las adversidades sufridas por el pueblo durante ese régimen de horrores. La dimensión simbólica de los personajes se vincula a importantes referencias sociales, políticas y culturales de la época.

Las obras  publicadas  de Ramón Emilio Reyes  dan cuenta de  su talento literario, su conocimiento de la lengua y el manejo del arte literario en varios géneros. Reyes  fue,  ante todo, un hombre de bien y un académico  laborioso. Siempre con una mesura que lo aproximaba a la timidez.

 

TRES

La libertad es un atributo indispensable para los seres humanos, diríase que sin esta prerrogativa la vida resulta incompleta y engorrosa. “Somos responsables porque somos libres”,  ha escrito Jaime Balmes, filósofo y teólogo español del siglo XIX.

De lo dicho por el pensador ibérico se infiere que la responsabilidad implica la oportunidad  de escoger entre dos o más opciones antes de actuar y que probablemente la decisión adoptada conlleve alguna restricción, pues hay una correspondencia entre el albedrío y las restricciones.

La organización de la vida en sociedad demanda el establecimiento de normas, las cuales suelen ser poco gratas. Las reglas de tránsito, por ejemplo, sobre todo si contradicen nuestro interés inmediato, resultan desagradables y se tornan en tormentos para algunos espíritus que se definen  libertarios. ¿Acaso pueda alegarse que esas  regulaciones conllevan limitaciones a la libertad de circulación que corresponde a los ciudadanos?

Nada hay más parecido a las reglas de tránsito que las pautas gramaticales. ¿Quién disfruta conducir un automóvil  en una ciudad carente de señales, semáforos o agentes de tráfico?  Me parece que  en esto solo  encontrarán placer quienes gozan  andar  en el desarreglo.  Quizá no sea aventurado afirmar que quien se solaza en el desorden lleva la conciencia atropellada,  y es lícito  intuir que ha de ser  un sujeto patológico. Referiré un caso sencillo, que encierra libertad y restricción en el uso del idioma. A quienes se permiten ignorar alevemente la tilde que marca el acento de las palabras, o que dejan  esa labor a la computadora, puedo mostrarles decenas de tríadas de palabras cuya categoría gramatical depende de la sílaba en la que se haya colocado el acento ortográfico, acción que a su vez determina la forma en que habrá de pronunciarse el vocablo. De modo que podremos escribir:

 

  1. a) Médico b) Medico       c) Medicó
  2. a) Vómito b) Vomito       c) Vomitó
  3. a) Prólogo b) Prologo       c) Prologó
  4. a) Título             b)Titulo           c)  Tituló
  5. a) Diálogo b) Dialogo       c) Dialogó

 

Se aprecia con facilidad que en cada caso el  primer vocablo es un sustantivo  y  palabra esdrújula; el segundo  es forma  verbal, primera persona, presente del indicativo del verbo  cuya base representan (medicar, vomitar, prologar, titular, dialogar) y el  tercer grupo corresponde al pasado perfecto, tercera persona, singular, modo indicativo del verbo en cuestión. No hay libertad absoluta en la tildación de las palabras, el acento radica en la pronunciación y se marca para facilitar la lectura cuando se trata de la lengua escrita. La tilde, como los signos de puntuación, tiene por función  dotar a lo escrito del sabor y la naturalidad de la lengua hablada.  Otra cosa, ¿quién dijo que en la lengua española los signos de interrogación y de entonación al inicio de la oración han sido suprimidos? ¡Eso nunca! Se trata de elementos propios de nuestra lengua, parte  importante de su carácter, dignos de ser imitados por otros sistemas lingüísticos. La libertad de suprimirlos en que osan algunos es un vicio y como todo vicio favorece el desorden y el desconcierto.

A propósito del aspecto fónico procede señalar como una desvirtuación la libertad que se otorgan muchos dominicanos al cambiar el sonido de la J (jota) por el de la consonante Y (ye), lo cual se muestra como corriente en cascada en nombres de personas de unas décadas hacia acá. Digamos que la norma académica no puede arrogarse el derecho de interferir en la escogencia del nombre para una criatura, pues se trata de una indiscutible prerrogativa de los progenitores. Quien declara al recién nacido ante el oficial de estado civil podría nombrarlo conforme al patrón de su preferencia, incluida la amplia oferta de nombres iniciados con J tan usados últimamente: Joel, John, Jony, Josanny, Josiris, Janel, Josemy, Julissa, Jeremy, Jolesimy, Jazmín, Janet, Jansel, Jessica, Jeneisi, Jamiris, Jocasty, July, Jensi, Joheli, Joanna, Joahn.

La libertad de quienes escogen estos nombres o de quienes los lleven, termina cuando se pretende que quienes traten a estas personas, deben pronunciar tales  apelativos con el sonido de ye, siendo como es, la letra inicial una jota. Similar exceso es requerir que nombres que se escriben con G inicial como Geanilda, Georgina, Gisel, Gina o Gilda sean pronunciados Yanilda, Yoryina, Yisel, Yina.

El vicio llega más allá de los nombres propios y nos afecta en el uso de palabras  comunes como piyama y soya, que mientras las pronunciamos como ye las escribimos con  jota. Pijama o piyama son grafías válidas para denominar esta prenda de vestir, vocablo  que en algunos países  es masculino y que en otros, entre ellos República Dominicana, México y Centroamérica, es femenino. Cada hablante le colocará los determinantes según su preferencia. La restricción única está en el aspecto fónico: quienes la escriben con J deberían leer pijama. Pero es una incoherencia decir piyama y escribir pijama.

De verdad, los dominicanos somos concesivos y respetuosos  frente a las lenguas extranjeras de las que tomamos alguna palabra prestada. Justamente la consonante J es la víctima más propicia cuando se cuela cierto complejo de inferioridad lingüística que llevamos dentro. De Japón -algunos deberían pronunciar Yapón- nos ha llegado un sistema de defensa personal que con el proceso de transliteración vino a llamarse yudo, aunque por extrañas influencias aquí  escribimos el vocablo con J (judo, judoca, Fedojudo), pero leemos yudo, yudoca y Fedoyudo.

Para los responsables de esta tendencia verbal, el sonido de la J aparece si la palabra comienza con H. Un ejemplo bien visible se encuentra en Santiago de los Caballeros. Allí está el importante Hospital Metropolitano de Santiago, cuya sigla es HMS, al  que le han acomodado el acrónimo HOMS, mientras médicos como pacientes, periodistas como autoridades, y gente que da este centro como referencia para ubicar direcciones,  le llaman JOMS, para que parezca “de fuera”. Esa libertad es un vicio.

 

CUATRO

En los debates acerca del tema lingüístico afloran con la frecuencia y el fervor que caracterizan a las discusiones políticas, puntos de vistas tan diferenciados que permiten clasificar a los intervinientes en conservadores, revolucionarios y anarquistas. En lo relativo a la lengua, a los conservadores se les llama puristas. Estos se apegan al caudal lexicográfico del español y se oponen a dar cabida a neologismos y adaptaciones de vocablos procedentes de otras lenguas.

Alguien que reclama  ausencia de controles académicos en el uso de la lengua, que proclama necesaria la anulación de las normas ortográficas, que prescinde de los signos de puntuación o en vez de colocarlos los tira al desgaire, es un  individuo que encarna la anarquía o al menos alberga en sus genes  vocación  para actitudes viciadas.

La posición intermedia, como las acciones democráticas y progresistas en la política, propenden a aceptar la adaptación de neologismos, sobre todo si no tienen equivalentes en nuestra lengua (baipás, estrés, escáner), aceptan acepciones aplicadas en el  habla local a voces existentes en el español (cuero, prostituta; china, naranja; lechosa, papaya). Pero la máxima elevación de ese grupo – en el cual quisiera contarme- es la capacidad de ver y propiciar el enriquecimiento léxico mediante la derivación, la composición y la parasíntesis.

 

CINCO

A propósito de las intensas nevadas registradas  en los Estados Unidos de América a principios de  enero pasado,  leí  una nota de la agencia de noticias  Efe que informaba acerca del trabajo realizado por las  maquinarias dedicadas a recoger nieve: “Las   unidades quitanieves estarán en estado de alerta para desplegarse por Nueva York  cuando sea necesario” (Hoy, 4-1-18, Pág. 9B). Quitanieves, escrito en una sola palabra, nombra un artefacto para limpiar de nieve las vías.

Aquí no necesitamos  tal aparato, pero el vocablo  nos enseña a nombrar, si la inventáramos, una máquina  quitalodo, quitapiedras o quitahojas, voces  que por el momento nadie verá en el Diccionario las cuales, como quitanieves, corresponden a la estructura verbo más sustantivo, igual que   cubrecama, quitamanchas, sacacorchos, matarrata o  hiedevivo. Ese  es el recurso llamado composición. Con este proceso morfológico se forman palabras a partir de la unión de dos o más vocablos, de dos o más bases compositivas cultas o de la combinación de palabra y base compositiva. La norma académica no contradice la libertad de los hablantes para formar palabras, más bien  orienta esa potestad y  la encauza conforme al perfil de nuestro idioma. El léxico está sujeto a influencias extralingüísticas, como el origen mismo de la lengua española, que fue producto de acciones políticas del imperio romano en su afán de dominio. En tal sentido, el léxico recibe influencia del devenir político, económico, tecnológico, pero siempre aguijoneado por la necesidad comunicativa de los hablantes.

El origen de las palabras obedece en gran medida a circunstancias y realidades concretas. Por eso unas palabras aparecen y otras desaparecen. Por ejemplo, hace dos o tres décadas los dominicanos conocimos el vocablo bíper (del inglés beeper). La evolución tecnológica ha traído otros recursos para la localización de personas y el aparatito así denominado desapareció, pero ha dejado  como herencia el verbo bipear  (toque telefónico breve que significa llámame). Por igual se llama bíper a la acción de bipear.

No siempre los hablantes del español estarán pendientes de que los vocablos que emplean en su vida de relación hayan sido incorporados al Diccionario de la lengua española, de hecho el predominio de concepciones puristas ha retardado la inclusión de muchos términos de uso habitual, por lo que es de esperarse  que los académicos estén – o estemos- al tanto de cómo habla la gente para dar cabida a sus palabras en el repertorio oficial. Es la orientación que rige las academias de la lengua española.

Hay quienes se quejan  de la normativa, y por lo común el  lamento suele ser injustificado,  puesto que  la normativa guía, entre otros aspectos,  acerca de la escritura de las palabras creadas por los hablantes tomando en cuenta el origen de estas. El español dominicano, para citar un ejemplo, se ha enriquecido a partir de una marca de vehículo utilitario, aparecido en los años cuarenta del siglo XX, presumo que el primer todoterreno conocido aquí. Me refiero a Jeep, que se pronuncia yip, y por un acomodo fonético los dominicanos lo hemos llevado a yipe, voz de la cual han derivado yipecito, yipeta, yipetón, yipetudo, yipetocracia.

Es que toda realidad, acción, objeto o cualificación requiere de una palabra que la designe y si faltara ese vocablo en  nuestro idioma, hay que crearlo. Ahí radica la libertad del hablante. El condicionamiento viene dado en que primero ha de recurrirse al patrimonio  léxico del español para emplear la palabra correspondiente.

¿Quién les diría a los dominicanos que esa pieza metálica, mayormente de alambre, que han llevado las camas como soporte del colchón  había de llamarse batidor?  En el diccionario académico esta palabra aparece con diez acepciones y ninguna se refiere  a un entramado de alambres para soportar el colchón en algunas camas. La palabra batidor, como muchas otras de uso regional, convive con los vocablos del español general.

Estamos bordeando el tema de la derivación, pero falta precisar algunas nociones, a la luz de la doctrina lingüística. Cito al respecto la Nueva gramática de la lengua española: “El concepto de derivación se usa con dos sentidos en la lingüística  contemporánea. En el primero, más amplio, derivación se oponea flexión,  y   los fenómenos que abarca la morfología derivativa o morfología léxica se oponen a los que caracterizan a la flexiva, como se explica en el 1.5. En este sentido, el concepto de derivación engloba también el de composición y el de parasíntesis. En el segundo sentido, más  restrictivo, el concepto de derivación se refiere tan solo a los procedimientos de formación de palabras por medio de afijos (ya sean prefijos, sufijos o interfijos) simples”. (NGLE, pág. 337).

 

SEIS

El estudio de la estructura interna de las palabras corresponde a la rama de la gramática que se denomina morfología, la cual incluye las variantes que presentan las palabras, los segmentos que las componen y la forma en que se combinan. Este apunte es importante para  comprender que esta rama de estudios se divide en morfología flexiva y morfología léxica o derivativa.

La morfología flexiva se refiere a variaciones de la palabra que implican cambios de contenido de tipo gramatical (género, número, caso)  cuando  se  refiere a sustantivos y adjetivos;  modo, persona, tiempo, número, cuando se trata de verbos.  Con la morfología flexiva se obtienen variantes gramaticales de una palabra  que no tienen entradas en el diccionario. Del verbo dormir, por ejemplo, tendremos  entre otras variantes flexivas: duermo, dormimos, durmieron, durmiera, dormiré, durmiendo…mientras que  con la morfología léxica obtenemos realmente nuevas palabras: dormitorio, dormida, dormidera, dormidero, dormitiva, dormilón, dormido, durmiente.

Este ejemplo  ilustra de como a partir del verbo dormir hemos obtenido por derivación un grupo de  sustantivos (los primeros  cinco)  y uno de  adjetivos (los tres últimos).   A propósito de la derivación de sustantivos,  vale referir que la  palabra base para formar un nuevo sustantivo puede ser un verbo, un adjetivo u otro sustantivo. Entre los patrones más productivos, la Gramática académica cita  los siguientes:

Ejemplos con verbos: Comprar + a > compra, caminar + ata > caminata,  asesinar + ato > asesinato, hartar (se) + azgo> hartazgo, rendir + ción> rendición, llamar + da > llamada, matar + dero> matadero.

Un amplio grupo de verbos prestan sus bases para formar sustantivos con la terminación  – miento, la cual resulta tan productiva como – ción. La terminación  miento varía en -mento.  Ejemplo: Alumbramiento (de alumbrar), alzamiento (de alzar), casamiento (de casar), bastimento (de bastir, abastecer).

Ejemplos con nombres: Estoque + ada> estocada, profesor +ado> profesorado, andamio +aje > andamiaje, califa +ato > califato, pera +al > peral, pelo + ambre> pelambre,  vela + amen > velamen.

Ejemplos con adjetivos: Bobo + ada> bobada,  bueno + dad > bondad, manso + edumbre> mansedumbre, tonto + ería > tontería, viejo + ez> vejez.

La que antecede es solo una breve porción de  las terminaciones o sufijos que permiten formar sustantivos  deverbales, deadjetivales o   denominales que aparecen en la página 338 de la Gramática.  Hay terminaciones para indicar ocupaciones (panadero, soldador, modista, oculista)  tendencias y doctrinas (marxismo, platonismo, cristianismo),   actitudes y cualidades personales (atrevimiento, mecenazgo, finura, imbecilidad), lugares para determinadas cosas (caserío, basurero, comisaría, gasolinera).

El sufijo –ero/era comparte  con –dor/dora el privilegio de ser los más productivos en nombres de ocupaciones y oficios.  De acuerdo a estos patrones aplicamos a algunos extranjerismos adaptados las terminaciones que nos permiten crear nuevas palabras. Así tenemos:

  1. a) Blog (del inglés, sitio web personal) ofrece bloguero y bloguera (persona que crea o gestiona un blog).
  2. b) Tuit (también del inglés, mensaje digital enviado a través de la red Twiter) ofrece el adjetivo tuitero (que envía tuits)   y  el verbo tuitear (comunicarse por medio de tuits).
  3. c) De rap (estilo musical de origen africano), rapero (quien realiza este tipo de música). Pueden apreciar en bloguero, tuitero y rapero la terminación correspondiente a quien realiza determinada labor, igual que panadero, peluquero, jornalero, tabaquero.

Las derivaciones siguen a veces caminos caprichosos, aunque marcados por las pautas gramaticales. Es el caso del sustantivo pan, del cual deriva panadería (lugar donde se fabrica o se vende pan), panadero (quien lo hace y quien lo vende), panera (recipiente para poner pan), pero nunca llamamos panería -parece lógico que así fuera- al  sitio donde se procesa el pan ni  panero o panera a quien lo vende. Esta tendencia es propia del universo de los hablantes del español.

Pero una combinación de lo estándar con lo propio dominicano ocurre  con los derivados de la palabra cuero, a partir de la variación semántica que  adquiere esa palabra en el español dominicano, que es también una forma de crear palabras aunque gráficamente sea el mismo vocablo. Veamos:

cuero (piel de los animales)

cuerero (fabricante de objetos de cuero).

cuerazo (golpe con el cuero, igual a latigazo).

cuerear (preparar los cueros, procesarlos)

cuerería (no aparece en el Diccionario de la lengua española). Pero  deriva de cuero, en el habla dominicana. Es una libertad que nos hemos tomado los dominicanos para denominar un lugar donde se ejerce la prostitución. Los otros  usos –excepción de cuerería- los consigna el DEL, la libertad que nos hemos permitido los dominicanos es semántica, desde el punto morfológico todos los usos se ajustan al genio de la lengua.

La intención despectiva se vale de la terminación –ero para emplear palabras con esa intención: cuquero  en vez de obstetra,  loquero, en lugar de psiquiatra o guitarrero  por no decir guitarrista. Pero es diferente la  actitud sicológica de quien habla cuando emplea el vocablo ronero para referirse a un fabricante de ron. Una compañía dominicana que procesa esa bebida insiste en promover su tradición en el ramo. En la televisión, como en la prensa,  destaca : “Cinco generaciones de maestros roneros…”.

De una publicación periódica extraigo esta muestra:

-“Los maestros roneros de Brugal: Herencia familiar…”

-“Así lo expresan los cuatro maestros roneros o máster blender, que actualmente laboran en Brugal& Compañía. Ellos son…”

-Gustavo Eduardo Ortega Zeller, “El más joven de los maestros roneros de Brugal y el único de la quinta generación…”. (Listín Diario  21 de junio de 2009).

Con el vocablo ronero, se denomina al fabricante de ron, es decir se trata de un sustantivo, y  en los ejemplos citados este vocablo  viene antecedido del adjetivo maestro, palabra que empleamos más como sustantivo: maestros roneros.  Pero ronero es también adjetivo (relativo o propio del ron). Así deberá  ser incorporada, en algún momento, en el Diccionario académico.

Entonces pasamos a hablar directamente de los adjetivos formados por derivación. Son muchos los adjetivos con que cuenta nuestro acervo  lexicográfico que han derivado de sustantivos, de verbos o de otras categorías gramaticales, incluyendo los propios adjetivos, cuyo grado superlativo aporta nuevos vocablos terminados en –ísimo, ísima (grandísimo, bellísima, santísima…).

Los adjetivos procedentes  de nombres suelen  adoptar las siguientes terminaciones: -al  (de término , terminal; centro, central), -ano (de huerto, hortelano; de Higüey, higüeyano), -ar ( montículo, monticular; espectáculo, espectacular),  -ario (banco, bancario), -ico (de metal, metálico; vandalismo, vandálico), -ista (socialismo, socialista),  -ístico (museo, museístico), -ivo (de deporte, deportivo), -izo (paja, pajizo), -oso ( aceite, aceitoso; leche, lechoso).

También tenemos la oportunidad de formar adjetivos a partir de verbos y para ello el uso sugiere las  siguientes terminaciones: -ble (vender, vendible; masticar, masticable), -dero (casar, casadero; pasar, pasadero), -dizo (huir, huidizo;  enfermar, enfermizo), -dor (ensordecer, ensordecedor; atesar, atesador), nte (sorprender, sorprendente; cantar, cantante), -orio (definir, definitorio; consultar, consultorio).   (NGLE,pág. 506).

Los adjetivos denotan nociones como semejanza (lechoso, de ahí el nombre que hemos creado para la fruta llamada papaya), nociones de tendencia o propensión (asustadizo), intensificación del concepto, actitud muy  propia del habla dominicana (grandísimo, feísimo, inteligentísimo), pero también indican estos adjetivos nociones para llevar a cabo una acción (estimulante, agravante). La calificación implica en otros casos la capacidad de un objeto o persona para recibir una acción (lavable, temible, objetable) y por igual  incluye la noción de  posesión o existencia (fiebroso, afanoso, baboso).

Las locuciones nominales también dan lugar a derivados adjetivales: medioambiental  (de medio ambiente), bienhablado (bien hablado), malhablado (mal hablado), bienvenido (bien venido), malcriado (mal criado), malhechor (mal hechor) y      malhumorado (mal humor), malpechoso (de mal pecho).

La libertad de crear palabras surte sus efectos en los registros académicos. Quiero citar con satisfacción que la Gramática académica  acoge el adjetivo medalaganario, formado en República Dominicana a partir de la locución “me da la gana”.  Y como tenemos la libertad de crear  adverbios a partir de agregar el sufijo /mente/ a un adjetivo, ha adquirido carta de presentación el  adverbio  medalaganariamente.

A propósito de autores dominicanos, cuando el poeta Ramón Francisco  compuso los versos que rezan: “Atesador, atesador, ateso los batidores” no indagó si el vocablo “atesador” aparecía o no en el Diccionario,  pero sí estaban seguros, él y el arquetipo descrito en el poema, que  la terminación –dor sirve para denominar oficios. Ya nos hemos referido al vocablo batidor en la acepción que lo emplea el poema La patria montonera.

Los verbos son elementos indispensables en el idioma. Es la única categoría gramatical capaz de expresar una idea por sí sola: ¡Váyase!; ¡Entre! De modo que si de un concepto, de una situación, de una cualidad… se desprende una acción y carecemos de verbo para referirla, hemos de crearlo, no es solo la libertad, sino la necesidad.

Hay en nuestra lengua dos procedimientos morfológicos  para derivar verbos a partir de adjetivos, de adverbios, de sustantivos o de otros verbos. El primer procedimiento es la sufijación.  Veamos los siguientes ejemplos:

Con adjetivos: limpio + ar: limpiar; ancho + ar: anchar; escaso + ear: escasear, amarillo + ear: amarillear y también amarillar; cristiano + izar: cristianizar.

Con sustantivos: favor + ecer: favorecer; cristal + izar: cristalizar; momia + ificar: momificar; droga + ar: drogar; perro + ear: perrear.

Los  adverbios se prestan, en menor medida, para formar verbos: de  atrás + ar  deriva atrasar.

Algunos verbos se han formado por sufijación  de otros verbos: correr + etear ha dado corretear. El español dominicano ha generado el verbo brincolear, derivado de brinco que a su vez ha generado el verbo brincar.

Hay un segundo procedimiento para la formación de verbos, muy empleado en la lengua coloquial. Me refiero a la parasíntesis, que consiste en agregar un prefijo y un sufijo a la palabra base, es decir una partícula al inicio y otra al final del verbo de que se trate.

Con  la adición de afijos discontinuos,  del sustantivo perro podemos formar el verbo emperrar o emperrarse, el sustantivo emperramiento y el adjetivo emperrado. Estos vocablos en el  español dominicano  muestran  gran diferencia semántica  con el español estándar. De emperrarse  se lee en el Diccionario lo siguiente: 1. prnl. coloq. Obstinarse, empeñarse en algo.

Del adjetivo  tonto  adicionando  el prefijo /a/ y el sufijo /ar/  obtenemos atontar. Del adverbio lejos, con similar procedimiento ganamos el verbo  alejar. Del adjetivo sucio + en +ar: ensuciar.  De Jaula, con el prefijo /en/  y el sufijo /ar/  obtenemos enjaular.  Por igual del adjetivo raro  tenemos  enrarecer;  de  peor  empeorar.

Con este procedimiento los dominicanos hemos creado el verbo endrogar o endrogarse, empleado en lugar de drogar o drogarse, que son los de uso general.

Hablando de verbos  formados por sufijos y prefijos, es imposible no referirse a los formados por el más poderoso de los prefijos: re.  Este prefijo, en boca de líderes y gerentes,  es capaz de refundar, reestructurar, redefinir, reorientar, reencauzar o  rediseñar según que se trate de  negocios, gremios, universidades o el Estado mismo. La partícula se presta también para formar sustantivos y adjetivos vinculados semánticamente a estos y muchos otros verbos: refundación, reestructuración, reencauzamiento o reencauce,…rediseño. Lo mismo para adjetivos: refundado, reestructurado, reencauzado,…rediseñado.

Quiero enfatizar en el uso del prefijo –re delante de dos verbos en particular: postular y elegir. Los sustantivos reelección y repostulación guardan una íntima correspondencia en lo político, pues la primera depende en primer término de la segunda. En lo gramatical, los une la condición de dependientes del prefijo “re”, con el que se forman palabras que implican la repetición del sentido del vocablo original.

Del grupo formado a partir del verbo “postular”  (presentar candidato para un cargo) más la partícula “re”, de lo cual derivan  “respostular” (verbo), “repostulación (sustantivo) y “repostulado” (adjetivo).

La 23ª edición del Diccionario de la lengua española no incluye este grupo de palabras, pero la necesidad comunicacional, impuesta por la práctica política, ha llevado a un uso cotidiano de estos términos.  La realidad política indica que quien no es postulado no puede alcanzar la posición electiva. Al final del mandato, el  funcionario que aspira a seguir en un cargo electivo, deberá ser postulado de nuevo. En cada ocasión  en que   presente candidatura será postulado. Quizá por eso los académicos no le dan importancia a “repostular” y “repostulación”. Quien se postula de nuevo puede ser rechazado o reelegido. El grupo formado con “elegir” más  el prefijo “re”, sí ha  contado con la bendición académica. Veamos: Reelegir. 1.tr. Volver a elegir. (Se  conjuga como pedir. Tiene un  participio irregular: reelecto y  su participio regular es  reelegido).

Reelección, una palabra que tanta repercusión ha tenido en la vida  de muchos pueblos del mundo, que ha sido responsable de sangre, lágrimas y otros pesares, lingüísticamente queda reducida a una definición de cinco palabras: f. Acción y efecto de reelegir.

Dicen que la política se nutre de realidades. La lengua, por igual,  se desarrolla  a partir de realidades. Es una realidad que los dominicanos, gracias al prefijo “re” empleamos  el  verbo “repostular”, así  como “repostularse” (forma pronominal).

Es una realidad, en política, que quien  quiera ser electo (elegido) deberá ser postulado. Quien  aspire a repetir en el cargo  será también postulado, pero si fuera electo de nuevo sería “reelecto” o “reelegido”.  Parece que para llegar a  estos participios, “repostulado” constituye un puente.

No puede haber “reelección” sin  repetir la postulación. Un principio lingüístico importante se basa en la economía verbal. Repostular evita  la forma “postular de nuevo” o “repetir la postulación”. Mientras tanto, en la norma lingüística de los dominicanos seguirá apareciendo el grupo formado por el verbo “postular” más el prefijo “re”.

El esfuerzo por derivar verbo de otro verbo  no siempre proporciona buenos resultados. Por ejemplo, del verbo /ver/ ha derivado el sustantivo visión, no es necesario,  por tanto,  el verbo *visionar.  Por igual, de explotar obtuvimos explosión ¿para qué entonces el verbo *explosionar? El sustantivo apertura ha derivado etimológicamente de abrir,  pero no se aconseja el uso del verbo *aperturar, inventado en el ambiente bancario.  En igual situación andan *resolutar, frente a resolver, del cual deriva resolución.

A partir del verbo abollar, que con la partícula compositiva   /dura/ se forma   abolladura, se ha derivado  el verbo desabollar (des+ abollar) para quitar  las abolladuras, sobre todo a los automóviles. El técnico en esta materia es un desabollador, palabra  con la que el Diccionario académico denomina un “instrumento que emplean los hojalateros para quitar las abolladuras de las placas metálicas”. El sufijo –dor  es muy importante para denominar  ocupaciones y oficios (limpiador,  soldador…) Los vocablos  enyesador (derivado de yeso +en +dor;  empajillador, derivado de pajilla + em + dor no aparece tampoco en el Diccionario. Son producto de la parasíntesis.

Tampoco reconoce nuestra  principal publicación lexicográfica el vocablo /desabolladura/ ¿Cómo vivir entre tantos vehículos sin los talleres de desabolladura?

Un buen ejemplo de verbo obtenido por el método parasintético  es ensortijar, resultado de colocar al sustantivo sortija  la terminación  /ar/  y el prefijo /en/ = ensortijar.  De ahí el sustantivo ensortijamiento (formación de sortijas en el cabello) y el adjetivo ensortijado.

 

SIETE

Con lo dicho en torno a la derivación estamos llegando al final, pero no se termina de golpe y porrazo, pues no es grato eso. Porrazo es golpe con una porra, algo muy parecido a la macana, por lo que es fácil intuir que porrazo y macanazo son muy afines. Los dominicanos conocemos mucho de macanazos y de otras palabras terminadas en –azo.

Tenemos terminaciones en -azo, derivadas de coyunturas políticas y sociales: gacetazo, paquetazo, granadazo, madrugonazo, cacerolazo.  Otros vocablos se refieren a golpes, aunque no precisamente dados con el objeto que ha servido de base para formar la nueva palabra: cajetazo, coñazo, totazo, trancazo, tablazo, guantazo. Sin dudas que la derivación, con sus variantes,  es el procedimiento más idóneo para enriquecer nuestro idioma a partir de sus propias células, pero esto no niega la eficacia de vocablos que llegan por diferentes vías.

Las voces procedentes de otras lenguas en unos casos serán traducidas al español: computer, computador; mouse, ratón, desktop, escritorio.  En otros casos procede la adaptación morfológica (incluido el plural) y así adaptamos  voces procedentes de otras lenguas como:   clúster, clústeres; espray, espráis.  Por igual hemos acuñado los  neologismos (stress, estrés; bypass, baipás; scanner,  escáner; leader,  líder). De algunas de estas palabras se han derivado otras de  puro corte castellano: estrés, estresar, estresado; escáner, escanear, escaneado, escaneo; líder, lideresa, liderar, liderazgo, liderato.

Cuando se da  nueva acepción a vocablos ya existentes del español, estamos contribuyendo, al menos semánticamente, si no lexicográficamente,  al ensanchamiento de nuestra lengua. Es lo que ocurre en el habla dominicana con las voces cuero (prostituta), china (naranja), (bachata, nombre de un género musical) o mona (gallo de traquear). Nuestras creaciones de palabras no tienen que subordinarse al español peninsular ni considerarse  al menos. La diversidad no contradice la unidad del español, sobre todo si las comunidades de hablantes parten de lo que tenemos para enriquecerlo. Parece paradójico que la riqueza léxica del español, dada la cantidad de países donde es hablado y las variantes regionales en esas naciones, se torne en problema, mínimo quizá, que dificulta la comunicación en algunos casos. La libertad  léxica  -alegarán algunos-  podría afectar la unidad de nuestra lengua, ya que existen diferencias entre el español hablado en América y el de España,  e incluso hay matices muy resaltantes de uno a otro país hispanoparlante, tanto en  el aspecto fónico como en el léxico. De  todos modos el idioma español crece sin que la diversidad constituya obstáculo significativo. La unidad del idioma es uno de los compromisos de  las academias. “Este ideal de unidad ha inspirado la vocación panhispánica que preside las obras que se vienen publicando en los últimos años: la Ortografía de la lengua española (1999), el Diccionario panhispánico de dudas (2005), la Nueva gramática de la lengua española (2009), el Manual de la Nueva gramática y el Diccionario de americanismos, obras  todas ellas del trabajo mancomunado de la Real Academia Española y de la Asociación de Academias” (Ortografía de la lengua española, Presentación, pág. xxxvii).

A este respecto quiero recordar unas palabras de  Günter Haensch,    de su ponencia “La lexicografía del español de América en el umbral del siglo XXI”,  presentada  en el Encuentro Internacional sobre el Español de América, efectuado en Bogotá, Colombia, en 1991. Dice el  lingüista alemán: “En esta ponencia he querido demostrar que la lexicografía  del español de América necesita una doble renovación que consiste, por una parte, en reconocer la existencia de grandes diferencias del léxico  entre el español peninsular y el americano, y dentro del español de América, diferencias que no se pueden eliminar ni callándolas ni minimizándolas, ni tampoco ensalzando con actitudes triunfalistas un grado o  tipo de unidad que no existe. No se deben marginar los elementos léxicos propios del español de América, sino que hay que integrarlos en el inmenso caudal léxico del castellano; sin embargo, para poder integrarlos hay que conocerlos mediante una descripción exacta y completa”. (El español de América hacia el siglo XX, Tomo I, 1991,  Instituto Caro y Cuervo, Santafé de Bogotá,  p. 76).

La iniciativa de crear  palabras  es poco lo que  puede afectar la unidad de la lengua española, a pesar de las diferencias léxicas que  pueda suscitar, puesto que nuestra  lengua se sostiene sobre zapatas tan firmes como el ordenamiento gramatical y por la ortografía.

El  ideal del crecimiento de la lengua española sin menoscabo de su genio queda perfectamente expresado en este párrafo de los Estatutos de la Academia Dominicana de la Lengua,  referente  a sus fines: “Tiene por primordial objetivo la defensa y el cultivo del idioma español, común de los dominicanos.  Debe velar, por ello, porque su natural crecimiento no menoscabe su unidad y que sea conforme a su propia índole y su desarrollo histórico”.

En el uso de la lengua castellana las libertades son complementadas por las restricciones. Hay una sana correspondencia entre ellas, que  permite considerar que el hablante del español disfruta de libertad para crear y adaptar  términos, erosionar el orden gramatical, rebautizar los seres y las cosas o  dotar de un valor semántico particular a los vocablos existentes, siempre para satisfacer necesidades de comunicación, pero esa libertad es condicional.

Rafael Peralta Romero

Academia Dominicana de la Lengua

Santo Domingo, 13 de febrero de 2018

 

BIBLIOGRAFÍA

1- Nueva gramática de la lengua española, Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española, Tomo I, Espasa Libros, Madrid, 2009.

2-Ortografía de la lengua española, Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española, Espasa, Madrid, 2010

3-Diccionario de términos filológicos, Fernando Lázaro Carreter, Gredos, Madrid, 2008.

4– Diccionario de la lengua española, Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española, 23ª  edición, Espasa, Madrid, 2014

5-Diccionario del español dominicano, Academia Dominicana de la Lengua  y Fundación Guzmán Ariza, Santo Domingo, 2013

6- Günter Haensch y otros,  El español de América hacia el siglo XX, Tomo I, 1991,  Instituto Caro y Cuervo, Santafé de Bogotá, ).

 

La Academia y el estudio de la lengua

Por Rafael Peralta Romero

   La Academia Dominicana de la Lengua no es un centro de enseñanza donde acuden unos alumnos provistos de cuadernos y lápices a tomar clases, en este caso, digamos, de gramática. Como la Real Academia Española y las demás corporaciones que funcionan en cada país de Hispanoamérica, Filipinas y Estados Unidos de América, la nuestra ejerce  más bien un apostolado de  la palabra.

La enseñanza en el aula conduce al educando -niño o adolescente- al descubrimiento de esa herramienta tan esencial para los seres humanos que es la lengua. La Academia, en cambio, ejerce un influjo que abarca al alumno, al maestro, a los padres y a los que ya dieron por terminado su ciclo de estudios formales. Ese magisterio se coloca muy encima de los parámetros del sistema educativo, porque pone a los individuos a descubrir en la lengua un manantial de recursos que proporcionan deleite espiritual y a la vez los encauza por la vía de ampliar su capacidad de entendimiento, además de descubrir la grandeza, y también privilegio, que representa un manejo adecuado de la lengua.

Para la ADL, respaldar el conocimiento de nuestra lengua constituye una responsabilidad. Responsabilidad asumida en libertad, como lo plantea el filósofo Fernando Savater: “Responsabilidad es saber que cada uno de mis actos me va construyendo, me va definiendo, me va inventando” (Ética para Amador, p. 82). La Academia cumple esta función por medio de coloquios, talleres, tertulias, conferencias y análisis de obras literarias o de contenido formativo en torno a la lengua y la literatura.

Todo apostolado implica hacer campaña en pro de una causa o doctrina. En sus salones, como fuera de ellos, y al  mismo tiempo por su página de consulta en la web, nuestra Academia esparce la normativa que le da consistencia al idioma español y las recomendaciones prácticas para su buen uso. El punto clave es sembrar entre los dominicanos la provechosa simiente de la  conciencia de la lengua, partiendo de la premisa de que la persona se posee a sí misma en la medida que posee su lengua. Así lo entiende la ADL cuando promueve  -y lo hace con buena frecuencia- actos destinados  a insertar en los dominicanos el interés por un mejor empleo del español. La intención predominante en  estos encuentros es la valoración y el aprecio por la lengua española y el compromiso que frente a la misma han de asumir los hablantes y los profesionales que se valen de ella como principal herramienta de trabajo. Es cuestión de ética mayormente para escritores, periodistas y educadores el conocer, e incluso enseñar,  las normas gramaticales.

Hay algo más trascendente. Nadie dude que el cultivo de la lengua y la literatura faciliten desarrollar la energía interior de la conciencia. La idea de conciencia implica conocimiento, saber, reflexión. En su libro La conciencia del lenguaje, Bruno Rosario Candelier, lo explica de esta manera: “Darse cuenta de lo que las cosas significan, de lo que hace el pensamiento y del proceso que realiza quien piensa y crea, es el rol de la  conciencia cuyo ejercicio conlleva el concurso de la intuición, la memoria, la imaginación, la tradición y el  lenguaje” (La conciencia del lenguaje, p. 118).

La Academia quiere, con sus actos, que los ciudadanos, particularmente quienes  buscan el conocimiento, entiendan que el  lenguaje es, y tiene que ser, un asunto substancial, de primera importancia, para todo estudio, dado que es el vehículo indispensable para la expresión del pensamiento y un ente determinante para que los seres humanos aprehendan el mundo exterior y expresen su mundo interior. La conciencia de la lengua implica el desarrollo de una actitud reflexiva en torno de esta facultad humana que nos diferencia de los otros seres vivos. La adquisición de la lengua es un proceso social, que se torna tan  natural que antes de los seis años un ser humano ha logrado un cúmulo de palabras que le permite expresar sus necesidades, sobre todo las biológicas. Pero el ser humano tiene necesidades de carácter espiritual,  cuya satisfacción  es clave para su vida de relación: vivir con los demás, enunciar pensamientos, divulgar sentimientos, manifestar sus preocupaciones  y expresarse artísticamente. Es aquí donde hemos de caer en la cuenta de la importancia de cobrar conciencia de lo que es el idioma, porque más allá de la utilidad  en la expresión de necesidades (pedir agua o comida, por ejemplo), tenemos que la lengua es el instrumento básico para revelar nuestro mundo interior y nuestras aptitudes.

La Academia no solo estudia la lengua en forma abstracta, sino que también se ocupa de los textos literarios, los cuales emplea para ilustrar, sobre todo en el área lexicográfica, los contenidos de las publicaciones académicas. La dominicana y las academias de los otros países forman con la de España, la Asociación de Academias de la Lengua Española, que es la autoridad que vela por el perfeccionamiento del español y que se expresa a través de las  publicaciones  institucionales: Diccionario de la lengua española, Gramática, Ortografía, Diccionario panhispánico de dudas.

La conciencia de la lengua nos sitúa en un compromiso con ésta, lo cual conlleva una demostración de amor hacia nuestro sistema de comunicación, y un justo respeto que nos hace reflexionar sobre la normativa ortográfica o nos despierta preocupación sobre otros aspectos, digamos aspectos léxicos, como la propiedad, o aspectos sintácticos, como la concordancia. Para el logro de esos objetivos trabaja la Academia Dominicana de la Lengua. En eso radica su apostolado.

©2017, Rafael Peralta Romero.

 

El "Diccionario fraseológico del español dominicano" es una realidad

Bajo los ruidos de una campaña electoral  que embrutece a un pueblo precisamente urgido de educación; en la víspera de un acto de falsa investidura de  un plan de alfabetización que pintaba  como un programa  adecuado y oportuno;  cuando la palabra de los líderes sirve más para desconstruir que para construir, ha llegado quizá con forzada discreción el Diccionario fraseológico del español dominicano.

Es obra de la Academia Dominicana de la Lengua y se publica con el valioso auspicio de la Fundación Guzmán Ariza Pro Academia, que preside el lingüista y jurista Fabio J. Guzmán Ariza. El acto de lanzamiento tuvo efecto el  jueves 14 de abril  en la Casa de las Academias, en la calle Mercedes 204.  Tiene  586 páginas.

Aunque el autor por excelencia es el pueblo dominicano, actuaron como redactores del libro los lingüistas  Bruno Rosario Candelier, director de la Academia; Irene Pérez Guerra, miembro de número, y Roberto Guzmán, miembro correspondiente. Con ellos intervino un equipo de colabores entre los que figuran Teresa Ayala, Lourdes Reyes, Mariela Guzmán, Mikenia Vargas, Perla Guerrero, Karla Tejeda, Rita Díaz, Inés Méndez, Valentina Flaquer y Francisco Rosario.

La revisión estuvo a cargo de Ruth J. Ruiz Pérez, mientras las fuentes fundamentales de información han sido la lengua viva de los hablantes, expresada en forma oral, además de los usos fraseológicos extraídos de periódicos, revistas y las obras literarias de autores dominicanos, mayormente cuentos y novelas publicados.

Rosario Candelier explicó al respecto que: “En los  libros, revistas y periódicos  donde, además de la oralidad, rastreamos  frases, locuciones, giros y adagios del español dominicano, he podido apreciar que los articulistas de prensa y los autores de obras de ficción que incorporan frases y locuciones a sus escritos son los que sienten una mayor identificación con el lenguaje de su pueblo y, en tal virtud, se  pueden tipificar como los autores nacionales que experimentan  una genuina identificación emocional con el alma dominicana y la expresión de nuestra gente, lo que confirma que el lenguaje es la mejor carta de identidad de nuestra idiosincrasia cultural. Y ya sabemos que la lengua es la cara visible de la cultura de un pueblo”.

Esta afirmación me ofrece una particular satisfacción –ruego dispensa por decirlo aquí-  ya que en  el acto de presentación del Diccionario el propio doctor Rosario Candelier  mencionó mi nombre como el autor literario citado con el mayor número de frases, seguido del novelista Manuel Salvador Gautier. El libro más citado es la novela “Guazábara”, de Alfredo Fernández Simó.

Entre los articulistas de periódicos los que más aparecen –dijo Rosario- son Orlando Gil, César Medina, Alfredo Freites y Pablo Mckinney. Pero en la obra aparece todo quien haya empleado locuciones, frases, giros y  adagios de los que emplean los hablantes dominicanos. Estos usos son denominados por los lingüistas como “idiolemas o frasemas”. Un segundo grupo    está compuesto por proverbios y refranes  y se denomina  “paremias”. Con estas últimas se formará un segundo tomo del Diccionario.

El campo de la fraseología constituye una singular faceta de la peculiaridad idiomática de nuestra lengua, ya que el cultivo y la creación de expresiones idiomáticas revelan aspectos entrañables del genio lingüístico  de nuestros hablantes. Esto ha dicho Bruno Rosario  y me parece  enteramente cierto.

Creo que este Diccionario fraseológico  puede servir como espejo para que los dominicanos apreciemos lo que somos –pues somos lo que hablamos- y para los de otras latitudes   que quieran conocernos, esta es una obra fundamental.

©2016, Rafael Peralta Romero.

 

Domingo de Ramos, Semana Santa y otras mayúsculas

Los días de la semana, como sustantivos comunes que son, se escriben con minúscula (lunes, martes, viernes, domingo…). Por igual, los meses no requieren  mayúscula  en su escritura (enero, febrero, mayo…).

Pero –eso sí-  estas palabras se escribirán con mayúscula inicial cuando formen parte de expresiones denominativas que así lo requieran, como festividades, fechas históricas, espacios urbanos (Domingo de Ramos, autopista Seis de Noviembre).

La Ortografía de la lengua española indica que “los sustantivos y adjetivos que forman parte del nombre de festividades, sean civiles, militares o religiosas  se escriben con mayúscula inicial”.

A propósito de esa norma es que traemos el nombre Semana Santa o Semana Mayor,  definida como  semana última de la Cuaresma, desde el Domingo de Ramos hasta el Domingo de Resurrección. El período de siete días que le precede se denomina Semana de Pasión.

También se escribirá con mayúscula inicial el Domingo de Lázaro, o Domingo de Pasión, que es el quinto domingo  de Cuaresma, que precede al Domingo de Ramos, que es el último,  con el que se inicia la Semana Mayor. En el pasado, era Viernes de Dolores.

Este período concluye con el Domingo de Resurrección, festividad llamada también  Pascua de Resurrección del Señor.  En el pasado se hablaba de Domingo de Gloria.

Jueves Santo, Viernes Santo, Sábado Santo  son días clave en la conmemoración de la pasión y muerte de Jesucristo. Su escritura exige mayúscula.

Pascua

Recordamos más la Pascua de Navidad  con la que celebramos el  nacimiento de Cristo y otros hechos relacionados.  Se extiende desde la Natividad hasta el día de Reyes, inclusive.

Con este sustantivo se nombra  la fiesta más solemne de los hebreos, que celebraban a la mitad de la luna de marzo, en memoria de la libertad del cautiverio de Egipto.

Para los cristianos la ocasión más solemne es la Pascua de Resurrección.  La Pascua Florida es lo mismo que Pascua de Resurrección.  En la Iglesia católica, fiesta solemne de la Resurrección del Señor, que se celebra el domingo siguiente al plenilunio posterior al 20 de marzo.

Pascua del Espíritu Santo.  La otra gran festividad con este nombre es la Pascua de Pentecostés, que recuerda  la venida del Espíritu Santo sobre  los apóstoles, reunidos  en la casa donde Jesús tuvo con ellos su última cena.

Otras palabras

Otras palabras y expresiones relacionadas con la Semana Santa, por la solemnidad que encierran, sugieren  escribirse con mayúscula, pero la realidad de la norma ortográfica es otra. En Triduo sacro, Misa crismal o Sermón de las siete palabras podría emplearse mayúscula  inicial  en la primera palabra de cada denominación, pero no es indispensable.

La misa,  ceremonia católica  que consiste en el sacrificio del cuerpo y de la sangre de Cristo que bajo las especies de pan y vino renueva el sacerdote en el altar, asume variantes de nombre, según  las especificaciones que la orienten. En cada caso se escribe con minúscula: misa cantada (celebrada con canto), misa concelebrada  (celebrada conjuntamente por varios sacerdotes), misa conventual (misa mayor que se dice en los conventos), misa de campaña (se celebra al aire libre para fuerzas armadas), misa de cuerpo presente (se dice por lo regular estando presente el cadáver), misa del gallo (se dice a medianoche al comenzar la madrugada del día de Navidad) y misa crismal ( la que oficia el obispo de cada diócesis para bendecir los óleos).

© 2016, Rafael Peralta Romero.

Alinear: alineo [alinéo], alineas [alinéas], alinea [alinéa]

Si su vehículo muestra alguna inestabilidad en el rodamiento debe ser sometido a /alineación/. Incluso, el hecho de cambiarle las llantas demanda que se /alinee/.

Una vez en el taller,  el dueño le responderá: “Nosotros lo /alineamos/ en breve tiempo”. Usted insiste en preguntar: ¿En qué tiempo lo /alinean/? El operador de la máquina le dirá: Yo /alineo/ ese  carro en media hora. Entonces, usted ordena: alinéelo.

Un  extranjero que andaba  en lo mismo dice: el centro donde yo /alineaba/ ha cerrado, ¿vosotros alineáis electrónicamente? – Claro, nosotros /alineamos/ con tecnología moderna.  –Pues aquí /alinearé/  mi coche o mejor, lo /alinearéis/ vosotros.  – Sin duda, lo /alinearemos/.

El verbo  /alinear/ sufre en el habla de muchos dominicanos alteraciones que  lo diferencian de la conjugación  correspondiente al español general. Semánticamente se observa que el uso más generalizado entre nosotros  es el referente a la mecánica, pese a que en el Diccionario de la lengua española aparecen otras acepciones antes que esa. Veamos:

1-Colocar tres o más personas o cosas en línea recta. U. t. c. prnl.2. tr. Incluir a un jugador en las líneas de un equipo deportivo para un determinado partido. 3. tr. Vincular a una tendencia ideológica, política, etc. U. t. c. prnl.4– Mec. Ajustar en línea dos o más elementos de un mecanismo para su correcto funcionamiento.

La cuarta acepción (edición 23ª del DLE) predomina aquí sobre las otras. De ésta derivan  los sustantivos alineación y alineamiento.

El Diccionario  no registra  el significado que aquí le otorgamos a la palabra /alineación/  en relación con los automóviles. He aquí lo que dice:

  1. f. Acción y efecto de alinear.2. f. Trazado de calles y plazas.3. f. Línea de fachada que sirve de límite a la construcción de edificios al borde de la vía pública.4. f. Acción y efecto de formar o reunir ordenadamente un cuerpo de tropas.5. f. Disposición de los jugadores de un equipo deportivo según el puesto y función asignados a cada uno para determinado partido.

Respecto al vocablo /alineamiento/ la publicación académica refiere   hacia /alineación/. De su lado, el Diccionario del español dominicano registra alineación (en sentido del uso en beisbol, orden en que los peloteros aparecen en la lista de bateo).

Alineamiento  es definida por el DED como  alineación del tren delantero de un vehículo. Esta obra no incluye el verbo  alinear. 

Para advertir sobre ciertas incorrecciones, es  necesario reproducir textualmente lo que explica el Diccionario panhispánico  de dudas    sobre la conjugación del verbo alinear. Hela aquí:

En todas las formas en las que el acento recae en la raíz aline-, la vocal tónica es la -e-: alineo [alinéo], alineas [alinéas], alinea [alinéa], alinee [alinée], etc. Son, pues, incorrectas las formas en las que, por influjo del sustantivo línea, se desplaza el acento a la -i-: alíneo, alíneas, alínea, alínee, etc., así como su pronunciación con cierre de la /e/ átona resultante en /i/: [alínio], [alínias], [alínia], [alínie], etc., pronunciación que a veces llega a reflejarse en la escritura. Los mismos errores deben evitarse en el resto de los verbos acabados en -linear, como delinear, desalinear, entrelinear, interlinear y linear.

© 2016, Rafael Peralta Romero.

Isabel la Católica, Pedro el Cruel, Diomary la Mala…

Leí recientemente en un diario el siguiente titular: “Diomary La mala, abrazada a la buena suerte en su tierra.” El artículo  “la”aparece en mayúscula mientras  el adjetivo “mala”, que es lo que diferencia a esa persona de las otras así nombradas, aparece en minúscula.  Lo correcto  habría sido: Diomary la Mala…

La Ortografía de la lengua española, publicación de la Asociación de Academias de la Lengua Española,  señala al respecto que los sobrenombres “son calificativos que siempre deben ir acompañados del nombre propio. Se escriben con mayúscula inicial y van precedidos de un artículo en minúscula.

La publicación académica pone los siguientes ejemplos: Alfonso X el Sabio, Isabel la Católica y Jack  el Destripador.  Ese  adjetivo con su respectivo artículo delante, hace la función de apellido. A estos nombres podemos agregar los de Fernando el Católico (esposo de Isabel), la hija de ambos Juana I de Castilla quien, por su estado de salud, pasó a llamarse Juana la Loca, mientras su esposo ha sido  identificado como Felipe el Hermoso.

La regla se aplica también para Herodes el Grande (rey de Israel, perseguidor de Jesús),  Pedro el Grande (zar de Rusia)  y el controversial Pedro I de Castilla quien asumió el trono con  ese nombre,  pero sus comportamientos  determinaron que pasara  a la historia como Pedro el Cruel, aunque sus  simpatizantes lo denominen Pedro el Justo.

Los periodistas que suelen mencionar al pícher  Pedro Martínez con el sobrenombre  de Pedro el Grande, tienen también  que observar esta regla.

En cuanto a Pedro el Cruel es título de una novela del autor de esta columna, cuyo personaje principal lleva ese nombre, en honor a la  crueldad que lo caracteriza.

Hablando de novelas, tenemos el  nombre Juanita la Larga, del siglo XIX, escrita por el español Juan Valera.  De España nos llega también el personaje  Antoñito el Camborio, poema de Federico García Lorca, de pura esencia gitana. Está basado en la muerte de  Antonio Torres Heredia. Aquí reproduzco una estrofa:

“¡Ay Antoñito el Camborio
digno de una Emperatriz!
Acuérdate de la Virgen
porque te vas a morir.
¡Ay Federico García,
llama a la Guardia Civil!
Ya mi talle se ha quebrado
como caña de maíz.”

Entre los apóstoles de Jesús, al menos dos se conocen con  nombres formados a partir de este modelo: Santiago el Mayor y  Santiago el Menor. Como todos los nombres que he citado, sin importar ocupación, categoría  o rango, se escribirán  los de aquellos cuya identidad esté compuesta por  un sustantivo propio, un artículo y un adjetivo: Toña la Negra, Amara  la Negra, Quico el Presidente, José el Calvo.

Apodos y alias

Hay diferencia entre apodo y sobrenombre. Los apodos y  alias  se basan muchas veces en  rasgos de las personas. En unos casos se usan junto al nombre, separados por una coma,  y en otros en sustitución de este. Ejemplos: Lola Flores, la Faraona; Fernando Villalona, el Mayimbe; Sandro, el Gitano; Casandra Damirón, la Soberana; Tetelo Vargas, el Gamo.

Otra forma es colocar el apodo entre paréntesis a continuación del nombre, con mayúscula, la palabra principal. Ejemplo: Johnny Ventura (el Caballo); Joaquín Guzmán (el Chapo) o Pascual Cordero Martínez (el Chino).

Es frecuente escribir apodos entre guiones a seguidas del nombre y antes del apellido: Rafael –Fafa- Taveras, Teófilo –Quico- Tabar, Fausto –Ceja-Rodríguez, Federico –Quique- Antún.

La Ortografía académica recomienda en  lugar de guiones, comillas: Ernesto “Che” Guevara; Víctor “Ito” Bisonó; Eulalio “Lalo” Almonte.  Hasta aquí por hoy, si alguien me fuera a tildar de necio, por favor que lo escriba así: Rafael el Necio.

© 2016, Rafael Peralta Romero.

Cebiche, ceviche, sebiche o seviche: ¿con cuál me quedo?

Las normas que rigen para la preservación y buen uso de nuestra lengua  no se han hecho por caprichos de los académicos. No obstante, cada cierto tiempo aparecen –y aparecerán-  personas que la emprendan contra  las academias y contra  la ortografía.

Esas personas, generalmente periodistas y escritores, pasan por alto que son los hablantes, con sus prácticas lingüísticas,  los responsables de muchos fenómenos gramaticales y ortográficos revestidos de rareza.

El hecho de que  los hablantes hispanoamericanos no distinguen en su pronunciación las letras s, z, c ha generado situaciones de carácter ortográfico que conllevan que algunas palabras aparezcan con más de una forma de escritura.

Por ejemplo, escribimos zapato y pronunciamos  “sapato”, escribimos cielo y pronunciamos “sielo”, escribimos corazón y pronunciamos “corasón”, escribimos Zaragoza  y decimos “saragosa”. Igual ocurre con una diversidad de palabras.

La Ortografía de la lengua española (2010)  registra una lista de voces, originariamente escritas  con /z/ o /c/,  a las que se ha trasladado  en su escritura  la pronunciación con /s/. La función de la Academia en estos casos es recomendar la grafía que considere más idónea, atendiendo a la etimología de cada palabra.

En el Diccionario, esos vocablos aparecerán con remisiones hacia la forma recomendada, que será la que aparezca definida.  Por ejemplo, la voz  /biznieto, ta/ aparece sin definición, y remite a /bisnieto/  la cual se define como  hijo del nieto de una persona.

A continuación les ofrezco una selección de palabras de uso frecuente que presentan duplicidad de escritura. En cada caso, la primera es la forma recomendada.

Bizcocho/biscocho (dulce preparado con harina, huevos y azúcar). Casabe/cazabe (torta de yuca o mandioca). Cascorvo-va/cazcorvo-va (patizambo, patizamba). Cebiche o ceviche/sebiche o seviche (plato hecho de pescado adobado, típico de algunos países americanos). Cingalés-sa/singalés-sa (de Sri Lanka, antiguo Ceilán). Crizneja/crisneja (trenza de pelo). Curazao/Curasao (isla del Caribe).

Cuzco/Cusco (lugar de Perú). Epazote/epasote (planta aromática).Lisa/liza (nombre de un pez).Manisero/manicero (vendedor de maní). Mezcolanza/ mescolanza (mezcla).Parduzco/pardusco (que tiende al color pardo). Pretencioso-sa/pretensioso-sa (presuntuoso).

Sábila/zábila (planta medicinal, áloe). Santafesino-na/santafecino-na (de Santa Fe).Verduzco-ca/verdusco-ca (que tira a verde oscuro).Zamuro/samuro (ave rapaz diurna que se alimenta de carroña).

En el habla dominicana, zamuro es un adjetivo: persona tímida, introvertida, apendejada.

Zapote/sapote (árbol y fruto). Zonzo-za/sonso-sa (tonto).Zopilote/sopilote (ave carroñera parecida al buitre).

En lo que respecta  al grupo de palabras con las que se puede nombrar  el plato  preparado de pescado o marisco crudo en adobo, puede crear confusión el hecho de que sean cuatro los vocablos. Lo primero ha de ser descartar las que llevan el grafema /v/ y preferir las escritas con /b/.

Quedaríamos con cebiche y sebiche, sin embargo, por el trato que le da el Diccionario académico a cada palabra,  es preferible quedarse con la primera: cebiche.

Se considera anomalía que una palabra tenga más de una forma de escribirse. La aspiración es ir eliminando algunos usos para que predomine la forma que prefieran los hablantes. La unidad, en este sentido, es muy importante para nuestra lengua.

© 2015, Rafael Peralta Romero.

Da igual "cardíaco" que "cardiaco", "policíaco" que "policiaco"

 Hay quienes se preocupan -quizá  usted también- por la pronunciación de un grupo de adjetivos, nadie sabe cuántos, que  se forman a partir de añadir el sufijo /íaco, iaco/ y sus formas femeninas a determinados sustantivos.

Para algunos la duda está en si debe decirse, por ejemplo, policíaco (po-li-cí- a-co) o policiaco (po-li-ciá- co).

En el primer caso, con la fuerza de entonación en la sílaba /cí/, no hay diptongo, sino hiato, la palabra tiene cinco sílabas y por la posición de la sílaba acentuada, es  esdrújula.

En el segundo caso, la fuerza de entonación se ha traslado a la vocal /a/ y por tanto hay un diptongo: ciá.  El vocablo tiene cuatro sílabas y se anota en el grupo de las  llanas por lo cual no se le marca el acento.

Lo que hemos observado del adjetivo “policíaco” o  “policiaco”, derivado del sustantivo policía,  es válido para “austríaco” o “austriaco”, de Austria, y que constituye el gentilicio para los naturales de ese país de Europa.

Otros  ejemplos que nos llegan a la memoria son: iliaco o ilíaco, cardiaco o cardíaco, maniaco o maníaco, elegiaco o elegíaco.  Cada vocablo de estos  suscita en algún momento la duda sobre  la forma correcta  en que ha de decirse. Pero el problema no es tal, no amerita  preocupación, pues ambas formas son aceptadas.

Al respecto,  transcribo lo que explica  el Diccionario panhispánico de dudas, obra de la Asociación de Academias de la Lengua Española:

La acentuación etimológica latina es –íaco [í – a – ko], con hiato entre las dos vocales en contacto; pero también es correcta la acentuación llana –iaco [iá – ko], con diptongo en lugar de hiato. En el español americano, la norma culta prefiere la acentuación esdrújula ([maníako]); en el español de España es más corriente la pronunciación llana ([maniáko]). Se recomienda adecuar la grafía a la pronunciación, de modo que quien pronuncie un hiato escriba -íaco y quien pronuncie un diptongo escriba –iaco”. (pág. 349).

En nuestro país predomina  la acentuación esdrújula para  estas palabras (cardíaco, policíaco) lo cual indica que estamos en el marco de la norma culta para el español de América.

Pero fíjese  en lo que hace el Diccionario de la lengua española, lo cual no deja de ser pauta  para todos los hablantes.  Respecto del gentilicio de Austria, a  la palabra que da entrada es /austriaco, ca/ (sin tilde, por ser llana). En esa misma entrada, anota que también se dice/austríaco/ (tilde en trí, palabra esdrújula).

En cuanto al vocablo relativo a la policía, la entrada es /policíaco, ca/ (tilde en  cí, palabra esdrújula) y apunta  el Diccionario que también se dice /policiaco/ (diptongo, palabra llana).

El Diccionario privilegia la forma /ilíaco1, ca/  (con tilde) y anota que también se dice /iliaco/ (con diptongo).  En  Anatomía, esto es perteneciente o relativo al ilion, un hueso de la cadera.

Lo mismo ocurre con /cardíaco, ca / (con tilde) y  el DLE  señala que también se dice /cardiaco/ (sin tilde, diptongo).

Lo más recomendable con estas palabras es procurar coordinación entre la escritura y la pronunciación. Si usted quiere decir “car- dí- a- co”, entonces póngale tilde. No exija a nadie que pronuncie “po-li-cí- a-co” si usted no colocó la tilde, y por tanto escribió “policiaco”. Nuestro idioma es asi.

© 2015, Rafael Romero Peralta.

 

Entre chivos y cabras: bien de bien

Hace unos días observaba  a un simpático animador de un programa de televisión en uno de los concursos  en los que pone a participar a sus invitados. En un caso había que responder  la pregunta: ¿cuál  es el animal que ofrece sexo a cambio de comida?  Ente las opciones de respuesta estaba lo que el animador se esforzaba en llamar “la cabra macho”, que era la correcta.

Me pareció inútil su esfuerzo,  pues antes de que ese conductor de programas naciera, al macho de la cabra se le ha llamado “cabro” y “cabrón”.

Cabra (del latín capra) es la hembra de la familia de los caprinos. El Diccionario de la lengua española la define así:

1.f. Mamífero rumiante doméstico, como de un metro de altura, muy ágil para saltar y subir por lugares escarpados, con pelo corto, áspero y a menudo rojizo, cuernos vueltos hacia atrás, un mechón de pelos largos colgante de la mandíbula inferior y cola muy corta. 2. f. Hembra de la cabra, algo más pequeña que el macho y a veces sin cuernos.

En la lengua española  hay algunos nombres que mencionan igual al femenino que al masculino, se denomina “epiceno”, que originalmente significa “común”. Ejemplo de esto son los siguientes vocablos: bebé, lince, pantera, víctima, perdiz, tiburón, persona, miembro.

Pero cabra no está en ese grupo, pues para eso está la voz “cabro”. De  “cabrón” dice el Diccionario: macho de la cabra.

Entra el chivo

En la República Dominicana y  otros países de Hispanoamérica el vocablo “chivo” se ha impuesto sobre cabro o cabrón, igual que chiva sobre cabra.   El Diccionario académico, 23ª edición,   registra  el sustantivo chivo y su forma femenina chiva, con estas acepciones:

  1. m. y f. Cría de la cabra, desde que no mama hasta que llega a la edad de procrear.2. m. Cuba, Nic., R. Dom., Ur. y Ven. cabrón (‖ macho de la cabra).

El Diccionario panhispánico de dudas, obra de la Asociación de Academias de la Lengua Española, hace la siguiente precisión en torno a cabra y cabro:

Cabra. 1. ‘Rumiante de pequeño tamaño con cuernos curvados hacia atrás’. La forma cabra se emplea como epiceno femenino para referirse a cualquier animal de la especie, sea macho o hembra: «También se mostraron otros animales, como cabras, caballos y aves ornamentales» (Tiempo [Col.] 1.12.87). Para designar específicamente al macho se usan, en la lengua general, las expresiones macho cabrío, cabrón o chivo; no obstante, en algunos países americanos y algunas regiones de España se emplea también el masculino cabro, normal en el español medieval y clásico: «Cabras silvestres y uno que otro cabro cimarrón».

De ningún modo piense el simpático animador que lo estoy tomando de chivo expiatorio (macho cabrío que el sumo sacerdote sacrificaba por los pecados de los israelitas). Sólo aspiramos a la perfección en el uso de nuestro idioma.

Quemar o quemarse

Una apreciada amiga sugiere  hablar de verbo quemar  o quemarse, cuyo significado  es abrasar o consumir con fuego. Sin embargo,  en la acepción de reprobar un estudiante una asignatura o  el curso, es un puro dominicanismo.  Dominicanismo semántico, debo decir, pues ese verbo,  sobre todo como transitivo,  tiene empleo muy común en el español general.

Como dice la amiga,  quemarse es peligroso en cualquier aspecto.  Parece que los dominicanos lo hemos tomado de su sentido simbólico, difundido por las religiones, de quemarse en el fuego del infierno para  aquellos que no  pasen la prueba del juicio final.  Los exámenes son un juicio al que se somete el estudiante…

© 2015, Rafael Peralta Romero.

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