Una buena brújula

Una incursión reciente en una librería (en las que confieso que pierdo el rumbo más de lo que debería, sobre todo por el precio de los libros) me deparó un precioso tesoro: Lo que callan las palabras. Mil voces que enriquecerán tu español, de  Manuel Alvar. Ya saben que el español es para mí un patrimonio preciado, así que no pierdo oportunidad para enriquecerlo.

En sus páginas me topo con la palabra gringo, para la que he escuchado las etimologías más descabelladas. He oído hablar de un batallón norteamericano, uniformado de verde, al que su comandante ordenaba Green, go!  durante la Guerra entre México y los Estados Unidos a mediados del XIX. Hay muchas propuestas más. En esto de las etimologías la inventiva no tiene límites.

Sin embargo, las investigaciones sobre el origen de las palabras nos obligan a rastrear siglos atrás en la historia de la lengua. No es un asunto baladí; al contrario, en las mayoría de los casos es peliagudo navegar el mar de las palabras sin perder el rumbo. Busco orientación en don Manuel, y no me falla.

La palabra gringo se registra por  primera vez en el diccionario de Esteban de Terreros en 1787 (casi un siglo antes que la dichosa guerra, por cierto): «gringos llaman en Málaga a los extranjeros, que tienen cierta especie de acento, que los priva de una locución fácil, y natural castellana». La palabra gringo no es más que una deformación fonética de griego, que coloquialmente se ha usado en español para llamar a una lengua considerada incomprensible y, de ahí, a las extranjeros con dificultades a la hora de hablar nuestra lengua.

Les animo a interesarse por la raíz de las palabras y por su historia; pero háganlo siempre con una buena brújula. El mar de las palabras es ancho y oculta muchas sorpresas.

© 2016, María José Rincón.

Cortesía

El origen de nuestro pronombre personal usted es curioso. El tratamiento castellano vuestra merced se utilizaba como forma de cortesía y respeto; el Corpus diacrónico de la RAE lo documenta en una traducción de las Cantigas de Santa María de 1284.  A lo largo de su historia fue experimentando cambios (vuesa merced, vuarced, vusted) hasta llegar al usted que hoy usamos. Esta es la razón de que en un pasado no tan lejano se usara Vd. como su abreviatura.  En la actualidad lo recomendable es utilizar Ud. La cortesía, el respeto o, incluso, el distanciamiento se demuestra en el uso de la tercera persona para referirnos a nuestro interlocutor, en contraste con el uso de tú, pronombre personal de segunda persona.

De aquí que, a pesar de que ambos pronombres se refieren a la misma persona, el pronombre de confianza , segunda persona, concuerde con el verbo en segunda persona (tú sabes) mientras que el pronombre formal usted, tercera persona, concuerda con el verbo en tercera persona (usted sabe).

En el uso del plural (ustedes) nos distinguimos americanos, andaluces y canarios: para nosotros el ustedes no distingue la cortesía o la formalidad de la confianza o la familiaridad. Cualesquiera que sean nuestros interlocutores nos dirigimos a ellos con el pronombre personal ustedes. En el resto de las zonas donde se habla español se mantiene la diferencia entre vosotros/ustedes.

La historia de nuestra lengua se decantó por el usted; otras voces no corrieron la misma suerte y tienen un uso muy restringido, hasta el punto de que solo los encontramos ya en obras antiguas. La mayoría de los hablantes tendrán que acudir al diccionario para entender el usía (de vuestra señoría), el vuecencia o vuecelencia (de vuestra excelencia). El tiempo y el uso de los hablantes tienen la palabra.

© 2016, María José Rincón.

Pega/cola – amortiguar/amortizar – superar – *rotabilidad

PEGACOLA

Algunas omisiones llaman poderosamente la atención, si bien otras, se las deja pasar sin resabios. Las palabras del título se traen a estos comentarios por su relación con el verbo pegar y colar cuando se usan para mencionar la acción de unir una cosa a otra con ayuda de una sustancia aglutinante, así esos verbos son sinónimos de adherir.

En República Dominicana la famosa cinta adhesiva es “cinta pegante”, es decir, cinta que pega. El diccionario académico reconoce y consigna que los dominicanos llaman de la forma antes mencionada a la cinta adhesiva. En el habla de los dominicanos se llama “pega” a la mezcla que se utiliza con el propósito de unir o juntar cosas.

De modo semejante se dice que esa sustancia es una “cola”, que sirve para “encolar” las cosas que se han separado o que se desean unir. Se entiende que el verbo colar es sinónimo de pegar, en el sentido de unir una cosa con otra mediante una sustancia. Más interesante aun que este uso privativo de los dominicanos en cuanto a las dos voces, lo es el origen de esas, que se explicará más abajo.

Algunas personas pueden alegar que el vocablo “pega” es un diminutivo de pegamento. No obstante, hay que tener en cuenta que pegamento es de género masculino, mientras que la pega, como lo indica la terminación es femenina.

En griego existía el sustantivo kolla que significaba pegamento. En latín popular pasó a ser colla. De allí lo tomó el francés y derivó muchas palabras. Se recuerda que en ebanistería en República Dominicana se decía que algunos muebles estaban “encolados” y, con ello se aludía a que no se habían usado tornillos en la confección de ellos, sino cola.

Se cree oportuno recordar que en lengua francesa cuentan con el verbo décoller que al español ha pasado como decolar (no reconocido por las academias) con el sentido del francés, despegar. Estos verbos se aplican para despegar en el sentido de levantar vuelo.

Existe la posibilidad de que este verbo, colar, encolar, hayan entrado al español dominicano durante la ocupación haitiana del territorio del este de la isla La Española.

AMORTIGUAR – AMORTIZAR

“El mediodía dominguero traería un Charanga Champagne, en un refrescante brunch, para AMORTIZAR el sol cegador de las mañanas en Cuba”.

Parece que algunas personas a quienes se les permite escribir en periódicos no acaban de entender la diferencia que existe entre las dos palabras del título. En esta sección se va a explicar la desemejanza que existe entre los dos vocablos.

Para diferenciar los dos términos, lo primero que hay que tener en cuenta es que amortizar es un verbo que mantiene su campo de acción sobre todo en la economía y la administración. Fuera de esta esfera, el verbo que trae consigo la idea de disminuir, atenuar, mitigar o moderar es el verbo amortiguar.

Más abajo se verán en detalle las significaciones con la esperanza de que la idea sea más clara.

Amortiguar es quitar violencia, disminuir fuerza o intensidad a algo, especialmente si es malo, molesto o perjudicial, en consecuencia, es paliar estas sensaciones.

Amortizar es pagar todo o una parte de una deuda; recuperar el capital, o una parte, que se ha invertido en un negocio. En general, recuperar el costo de algo. Es cubrir mediante pagos periódicos una deuda. La acepción en administración que se anunció más arriba es, suprimir empleos o plazas vacantes en empresas privadas o instituciones públicas.

Se invoca la intervención de los manes del buen español para que los errores que se han detectado antes, y este que se encontró ahora, no se repitan en el futuro.

SUPERAR

“La marejada provocada por la tormenta SUPERÓ la carretera y anegó todo. . .”

Muchas palabras no alcanzan la sinonimia completa entre ellas. Unas veces esto se debe a que en el uso tradicional una de ellas tiene su radio de acción en lo atinente a lo abstracto; mientras que las equivalentes en otros campos se mantienen en el aspecto más concreto. Esto que se ha tratado de describir en términos abstractos es lo que ha sucedido en el caso del verbo superar en la cita reproducida.

Una carretera es una vía o camino que existe entre localidades. Es una obra hecha de pavimento en la mayoría de los casos, para la circulación de vehículos; es en consecuencia, una realidad concreta.

Si se examinan las acepciones que existen para el verbo del título, hay por lo menos tres de ellas que de modo directo o implícito se refieren a personas. La primera, ser superior a alguien. La segunda, hacer algo mejor que en otras ocasiones. La tercera, vencer obstáculos o dificultades. Otra es dejar atrás ideas o rebasar niveles o puntos, no cosas. En el último caso -rebasar- se refiere a exceder los límites normales de algo. Esto es, una persona propasarse, ir más allá de lo lícito o razonable, de los límites establecidos.

Se puede aventurar una explicación acerca de la colocación del verbo superar en este contexto. El redactor empleó un verbo muy delicado para describir la acción de las aguas. El agua pasó por encima de la carretera.

*ROTABILIDAD

“. . . para el propio sistema político y por ende para todos los actores sociales, de la ROTABILIDAD no tan solo en el poder (…) lo necesario es la ROTABILIDAD de los actores”.

La intención del articulista se adivina al escribir la voz del título. Si no se adivina, por lo menos se deduce del contexto y de la presunta raíz que se intuye. La voz *rotabilidad no se ha localizado en diccionario alguno.

De la familia del verbo rotar, pueden citarse varios vocablos. La rotación que es para el caso del texto la palabra adecuada, que para estos fines significa “cambios alternativos”. Ese es el nombre femenino que corresponde emplear para esta familia de palabras.

Rotacional es el adjetivo que indica “de la rotación”. Otro adjetivo, a veces calificado de uso raro, es rotador, que trae consigo la idea “que rota”. Este adjetivo es sinónimo del otro, rotante. Además, existe el adjetivo rotativo que comunica la noción “de la rotación”, “que tiene movimiento de rotación”.

Se conocen los adverbios rotativamente y rotatoriamente que se entienden por “de manera rotativa”.

Una vez alcanzado este punto en el desarrollo de esta sección es lógico que uno se pregunte dónde está la *rotabilidad. Para que esta voz fuese admitida haría falta que se acreditarse también otra que no se encuentra, que es *rotable.

Lo recomendable en casos parecidos al de esta voz es mantenerse alejado de su uso. Solo personas ilustradas e ilustres pueden darle lustre a una voz de este género.

© 2016, Roberto E. Guzmán.

Filosofía dominicana

Por Segisfredo Infante

   He recibido varios libros provenientes del exterior. Para empezar mi especial amigo Martín R. Mejía, quien reside en Canadá, cada cuatro meses me envía o me trae libros en inglés de autores diversos, especialmente del área de Filosofía. De vez en cuando se le cuelan en los paquetes algunos textos literarios en español. Quisiera destacar tres de los volúmenes enviados por el prosista quimisteco R. Mejía: 1) “Plato: The Republic and Other Works” (Platón: “La República y otros trabajos”. 2) “Hegel’s Phenomenology of Spirit” (“Fenomenología del Espíritu” de Hegel). 3) “Being and Time”. Martin Heidegger. (“Ser y Tiempo”, de Martin Heidegger). Aunque tales libros yo los tengo desde hace muchísimos años en castellano, incluso con traducciones diferentes, se le agradece el fino detalle en inglés. Como repetía mi abuela materna olanchana: “Lo que abunda no daña”.

También el magnífico poeta español actual don Jesús Munárriz (director de la Editorial y Librería “Hiperión” en Madrid), me hizo llegar por mediación de Norman García y de Atanasio Herranz, su antología poética “Materia de Asombro” (años 1970-2015). Por cierto que tengo varios libros en estado de espera y del pertinente comentario acerca de la obra del poeta Munárriz, unos conseguidos, a lo largo del tiempo, en Honduras, y otros, en España. Con el poeta Jesús Munárriz, cuya salud ha andado cojeando en los últimos años, de vez en cuando hacemos comunicación electrónica. Algún día, Dios mediante, nos volveremos a encontrar en forma personal. (Me encantaría poder adquirir algunos libros poéticos de la Editorial “Hiperión”. Tal vez el embajador don Norman García me los trae a Tegucigalpa, con la aclaración de reponerle los gastos).

Otro hecho que me ha llenado de satisfacción es recibir un par de libros filosóficos y literarios del Director de la Academia Dominicana de la Lengua, don Bruno Rosario Candelier. Los dos formidables volúmenes del escritor dominicano son los siguientes: 1) “El Logos en la Conciencia; Lenguaje, conceptualización y creatividad”. 2) “La Mística en América Latina; Contemplación, conceptualización y creatividad”. Ambos libros fueron publicados durante el año 2010, y cada uno merece una lectura detenida.

Como en América Latina muchos autores y lectores suelen confundir la “sociología” con la “filosofía” (incluso con la “historia”), siempre he reflexionado y tratado de localizar en qué rincones del subcontinente latinoamericano se está produciendo verdadera “Filosofía”, ya sea en el pasado o en el presente. De tal suerte que he pepenado, en el curso de los años, ciertas revistas viejas, y algunos textos filosóficos, de indudable valor intelectual. Comprendo que existe un excelente grupo de filósofos actuales, de ambos sexos, en Colombia. Pero quizás el primer texto de filosofía dominicana, por así decirlo, lo leí en la revista “Anales” de la Universidad de Santo Domingo, del año 1948. El texto específico se llama “Filosofía del conocimiento”, de Andrés Avelino. Luego me parece que cayó sobre mis manos un volumen compilado por Lusitania F. Martínez Jiménez: “Filosofía dominicana: pasado y presente”, del año 2009.

Los dos trabajos aludidos de Bruno Rosario Candelier, vienen a confirmar que en República Dominicana hay un auténtico pensamiento filosófico y literario. Sobre todo lo detectamos en los renglones de “El Logos en la Conciencia”, cuyo punto de partida es el lenguaje como un fenómeno de conceptualización, creación y cosmovisión, incluso de formación de la personalidad. La filosofía, bajo el signo del “Logos”, le permite a Bruno Candelier adentrarse en las obras literarias de varios poetas, especialmente de inclinación mística. Algunos de los autores y textos “místicos” trabajados filosóficamente por “Don Bruno”, con ingredientes interioristas, en ambos libros, son y continúan siendo desconocidos para mí. Exceptuando, claro está, el sabio Salomón, Thomas Merton, Emily Dickinson, Enrique González Martínez, Ernesto Cardenal, Alfonsina Storni, Gabriela Mistral, Jorge Luis Borges y Dulce María Loinaz, que son autores familiares en mis anaqueles y lecturas. En virtud que por ahora se trata de una simple reseña bibliográfica de la filosofía dominicana, espero contar con el tiempo y el apropiado estado de ánimo para escribir a profundidad sobre el libro “El Logos en la Conciencia” del doctor y amigo don Bruno Rosario Candelier. Entretanto le agradezco al filósofo, y filólogo, que haya hecho llegar a mis manos tan importantes obras del pensamiento latinoamericano actual.

Tegucigalpa, MDC, 09 de octubre del año 2016. (Publicado en el diario  “La Tribuna” de Tegucigalpa…). (S.I)

Tres brevísimos comentarios del director de la Academia Dominicana de la Lengua

Estimado poeta y pensador hondureño, don Segisfredo Infante:

Le agradezco su hermosa misiva y, desde luego, las obras que tuvo usted a bien enviarme y que justamente hoy acabo de recibir: 9 números de la magnífica revista Búho del atardecer; y los libros Fotoevidencia del sujeto pensante, Correo de Mr. Job, Reflexiones en el cine y De Jericó, el relámpago. Le aseguro que los leeré con la atención que usted merece.

En todos nuestros países hay dos o tres pensadores que, en selecta minoría, cultivan la capacidad reflexiva y la vocación teorética que heredamos de los antiguos pensadores presocráticos y, por supuesto, de Platón y Aristóteles, maestros indiscutibles del quehacer filosófico. Celebro que usted sea el gran pensador que represente a su hermoso país centroamericano, donde tuve la dicha de ir personalmente a dar a conocer, en la ciudad de San Pedro Sula, el ideario estético del Interiorismo, movimiento literario que me correspondió formalizar.

Con mi agradecimiento, reciba  mi salutación y mi admiración,

Bruno Rosario Candelier
Director.
Primero de septiembre de 2016.

 

2) Felicito al notable pensador hondureño por su valioso aporte al desarrollo de la conciencia filosófica.

Bruno Rosario Candelier
Director.

 

3) Estimado don segisfredo:

Desconocía la categoría de gran pensadora de Edith Stein, conocimiento que le agradezco. Su estudio motiva conocer a esa valiosa mujer. Lo felicito por la maestría lingüística de su exposición.

Con mi distinción, le envío mis saludos agradecidos.

Bruno
9 de septiembre de 2016

 

Búho del Atardecer, Revista Histórico-Filosófica
No. diez Octubre-noviembre 2016-11-16
Tegucugalpa, Honduras

Cenizas del querer de Emilia Pereyra: evidencia de una conciencia social

Por Rita Díaz Blanco

Recientemente se ha puesto en circulación la novela que corona, según palabras del poeta y narrador Rafael Peralta Romero, a Emilia Pereyra como la narradora más prolífera de la República Dominicana. La trayectoria de esta valiosa literata es vasta e impecable y su aporte inigualable a las letras nacionales. Dentro de sus obras figura Cenizas del querer, escrita en el 2013 y puesta en circulación por la Editorial Santuario. En sus páginas confluyen y conviven el amor, el odio, la venganza y el sentir popular de personas de distintas generaciones y clases sociales que se vieron atrapadas por el destino nefasto. La muerte viaja sin maleta ni ataduras. Entra en los lugares menos inesperados en busca de aquellos a quienes ha trazado un destino funesto, muchas veces como algo evidente a las proezas que los identifican. Entonces, el destino mueve los hilos de sus vidas constituyendo la materia esencial de esta novela.

Emilia Pereyra nos presenta a Doña Beatriz, mujer abnegada y devota creyente, quien sufre una transformación drástica con la traición de su esposo que la llevará a los brazos de otro hombre. Es quien carga la mayor parte del peso de la historia, pues a lo largo de la misma se ve afectada por el comportamiento de todos a su alrededor. Demóstenes, esposo de Beatriz, no se imaginaba que su pasión por Gloria, la prostituta, desencadenaría tortuosos eventos que dejarían en su vida secuelas tan profundas. En medio de intrigas y comportamientos de doble moral llega la destrucción de los personajes principales, dejando como protagonistas a Luis Caro y a una Beatriz envejecida, embaraza y atormentada por las decisiones de la juventud. Dentro de la novela, los personajes son concebidos por Pereira con aguda conciencia del comportamiento humano, debido a la complejidad que cobran en sus páginas. Los mismos son de algún modo marionetas de una sociedad preconcebida por generaciones, matizados por las creencias populares y la moral tradicional. Demóstenes es el típico hombre que sucumbe a la tentación de una mujer más joven que la suya y quien da inicio a esa cadena de conductas destructivas con su relación extramarital con Gloria. Esta última, condenada a los estereotipos sociales donde no encaja por haber tomado la decisión de vivir de su cuerpo, pierde hasta el derecho de criar a su hija y decide suicidarse lanzándose al mar. Divina Pastora, hija de ambos y criada por Beatriz, sucumbe al dolor, la soledad y el tormento del primer amor suicidándose, aun a sabiendas de que estaba embarazada. Florita, desvirgada a la fuerza por su patrón, Demóstenes, toma venganza contra su detractor ayudada por los Seres que la cuidan.

En cuanto a la moral tradicional, esta es custodiada por las vecinas que chismorrean  tras las puertas la vida de la gente del pueblo y por el padre Solano, quien con sus asignaciones de avemarías y padrenuestros, procura alcanzar la salvación de las almas que a él acuden. Todos procuran mantener una apariencia moral que no existe: desde la que escucha las conversaciones por el cable del teléfono hasta el doctor, que miente para que no se desaten las murmuraciones: “¡Usted es un insensato! ¿Cómo piensa que voy a dejar a mi hija? Soy una mujer casada por la Iglesia. A pesar de todo, no se me ha ocurrido divorciarme. En mi familia, las mujeres nunca han tenido dos maridos. Somos una familia ejemplar, sin historias, sin manchas (Pág. 108).  Por el amor de Jesucristo, doctor, si él ha cometido el pecado de atentar contra su propia vida, no se lo diga a nadie… ¿Qué van a decir de nosotros en este pueblo?  No se preocupe, Doña Beatriz. Nadie tiene que enterarse. Prepararé al difunto. Diré que falleció de causas naturales y todos contentos. Mi palabra es ley en este pueblo (Pág. 160).

La autora crea en Beatriz el dilema de una decisión que afecta su papel en la sociedad, hace que el personaje reconozca su situación, ponderando el hecho de que la tradición familiar le impide rehacer su vida y debe aguantar callada la relación fallida de su matrimonio. Con este caso, la novela revela la percepción de los papeles de género que caracterizan a una sociedad en constante transformación. Solo Luis caro es un hombre de comportamiento transparente. No crea una fachada para agradar a nadie, es decidido y abierto a tal punto que enfrenta al padre Solano por acusarlo de “arrastrar a Beatriz al pecado”: “Padrecito de mierda, deje de atormentar a Beatriz con pendejadas divinas. ¡Cállese para siempre!- ladró, estrellando el teléfono” (p. 191).    

Otro aspecto interesante es la forma en que el relato alude al tema de las creencias populares, las apariciones, premoniciones y la existencia de las brujas, enraizadas en las convicciones supersticiosas del pueblo. Las expresiones de la religiosidad popular todavía hoy están muy afincadas en  la sociedad. La autora toma como punto de partida la realidad real, que la inspira  y genera una energía en sus sentidos para encuadrar la novela en un escenario mítico-religioso. La presencia de muertos y aparecidos en la vida de los pueblerinos es tan real que no es necesario experimentarlo, con saber que a alguien le pudo suceder es suficiente, situación que está bastante cerca de la realidad socioeconómica de los países latinoamericanos. Pereira le da un carácter provinciano al relato, cuyos personajes viven en las periferias de una sociedad que influye  en sus vidas  quedando  en medio de lentos pero inevitables cambios de la existencia.  Así ocurre la mayor parte del tiempo: “¡Doña Beatriz, prepárese, su suegro se va a morir! Acabo de verlo cayéndose por un barranco. Se sale del carro, se lleva las piedras, se agarra de las matas, pero cae y… (p. 41).  (…) ¿Cómo supiste que era él? ¿Tú no lo conoces?  Me lo confirmaron los seres” (p.41).

¡Qué noche del demonio! Toño fue el que más la golpeó. Estaba como un perro rabioso, le insultaba. Ella chupaba a Sorita, su hija recién nacida, y la pobre se estaba muriendo. A mí me dio un poco de pena pero era mejor no decir nada, también me hubiera golpeado. (…) Creo que quien traía a las brujas era Florita.  ¿Por qué cree que la bruja era Florita? ¿Acaso usted la vio?  No, doña Beatriz.  ¿Por qué lo cree?  Me lo dice el corazón. Ah” (Pág. 196).

Unas veces esta prolífica escritora pone sobre los hombros de los personajes el oscuro manto de la tristeza, otras les alienta a perseguir la luz, a buscar la salida, porque de eso se trata: de huir del destino. El drama hormiguea de principio a fin en la vida de los protagonistas. Del mismo modo, nos introduce la ironía como elemento, un acontecimiento inesperado opuesto y absurdo de lo apropiado. Esta ironía es notable en Beatriz cuando estuvo tratando de salir embarazada en su matrimonio muchas veces. Al lograr embarazarse lo perdía sin importar los cuidados que haya tenido. Rogaba a Dios, hacía penitencias, era sumisa a su esposo, en fin, era un modelo de cristiana. Sin embargo, cuando sucumbe a la pasión con Luis Caro, no se cuida, ya había recibido la sentencia del doctor de que no iba a tener hijos, ya estaba entrada en edad y queda embarazada sin problemas. Lo que suponía debía recibir según las consideraciones religiosas era un castigo divino por su infidelidad y no fue así. Para colmo, recibe la noticia el día del funeral de Demóstenes con quien estaba casada como ella misma dice: “por la iglesia católica, apostólica y romana”: “! Noo! ¡No puedo hacer eso! Soy una viuda reciente. Mi hija volverá. El padre Solano, las monjas, la directiva del club… ¡Qué van a decir de mí! Todavía no sé qué voy a hacer con esta criatura (pág. 188)

Utilizando  la  narración en 3ra persona y  la técnica de “los vasos comunicantes” Emilia Pereyra mantiene el interés de los lectores a través del juego del tiempo y la intriga de los personajes principales. Esta técnica se hace notable porque va contando simultáneamente las historias de modo que se influye la una a la otra, complementándose y modificándose. En los orígenes, aparece Demóstenes interceptando una carta que iba dedicada a su esposa, donde ponían en evidencia su relación con Gloria. Luego, la autora nos lleva al pasado para explicar la pasión tormentosa que lo unía a la prostituta y de ahí en adelante mantiene  en paralelo la realidad después que aparece Florita en la casa y la chiquilla se convierte a la fuerza en su amante. Se presenta la historia de los personajes principales realizando acciones diferentes en sitios diferentes con una cronología muy similar. Mientras Beatriz se mantiene en el pueblo criando a su hija, Demóstenes vive en la Estancia con Florita. En las postrimerías de la narración retorna la angustia; aparece Beatriz despertando de un desmayo en la clínica y el final queda abierto.

En Cenizas del querer, con sus 39 capítulos, se presiente la tragedia desde los inicios de sus líneas. Es un camino azotado por el aire melancólico, sin embargo, los que recorren sus páginas, a pesar de la tristeza, el viento inclemente del deseo, los fracasos y los finales desdichados, se pueden identificar con las pasiones humanas comunes.

Emilia Pereyra experimenta empatía y hasta piedad en la caracterización de sus personajes, muestra de la comprensión hacia el ser humano. No los juzga, ni los somete a escrutinios morales, más bien, con su conciencia los concibe como criaturas abiertas a la redención. Demóstenes, por ejemplo, a pesar de sus acciones contraproducentes, al verse al borde de la muerte, siente miedo y por la descripción de la escena pudiéramos pensar que hasta se arrepintió  de sus actos: “El enfermo hizo un movimiento. Se acomodó la sábana. Inmisericorde, el miedo lo atacó y se le enroscó  hasta provocarle dolor” (Pág. 158). En esa misma escena, Florita, su atacante, es movida por la venganza con la misma fuerza que los dioses intervenían en las personas en las famosas escenas de la Ilíada de Homero. Como si ella no fuera más que el vehículo de un ímpetu desaforado: “Florita era una fuerza destructora movida por el pasado” (Pág. 158).  Luego, ese mismo personaje sufre los embates de su comportamiento como cualquier persona: “A mí me dio un poco de pena (…). Florita se retorcía, lloraba” (pág. 196).

Dueña de una creación literaria testimoniada por la susceptibilidad al mundo circundante, es Emilia Pereyra una novelista que ha desarrollado gran sensibilidad frente a todo dolor humano y de manera particular en la frontera entre la realidad y el misterio. Esta novela, desarrollada en su natal Azua de Compostela, refleja a otros tantos pueblos de la República Dominicana que viven bajo la influencia de los valores morales tradicionales y luchan cada día con sus principios y convicciones.

Rita Díaz Blanco
Encuentro del Movimiento Interiorista
La Torre, La Vega,  24–25 de septiembre de 2016

El goce de la sonrisa de Emilia Pereyra en El grito del tambor

Por Miguel Solano

En el mundo que yo conozco, pocos seres humanos tienen la encantadora sonrisa de Emilia Pereyra. Cuando Emilia sonríe, nos incita, nos aloca y toda la magia de esa sonrisa se traduce en verbos cuando escribe.

“Bajo el deslumbrante sol del Caribe, el altivo corsario da sonoras pisadas con sus botas de cuero en la proa del poderoso navío, extrae ásperos sonidos de su preciado tambor y aspira el aroma de las olas como si olfateara un suculento manjar”, ese es el párrafo que abre “El grito del tambor”. ¿Quién no sentiría el corretear de la sonrisa en sus labios al olfatear un suculento manjar? ¿Quién no sonreiría al sentir los sonidos de su preciado tambor aspirar el aroma de las olas?

Emilia escribe la horrorosa presencia del pirata ingles Francis Drake en Santo Domingo, en enero de 1586, que fue la fecha elegida por el corsario inglés para vivir su orgia de sangre.

Drake no encuentra oposición, las autoridades españolas, encabezada por el gobernador Cristóbal de Ovalle, huyen de los colmillos del terrible vampiro. Garci Fernández de Torrequemada, un intrépido criollo que suena con ofrecer resistencia, se transforma en delegado voluntario para conducir las negociaciones con el pirata, que sabe lo que quiere y que es implacable cuando se trata de conseguir las cosas para complacer a la reina Elizabeth 1.

Y narrar solo el saqueo, las maldades y los abusos crearían una obra muerta, sin sentido novelesco, entonces Pereyra hace uso de su licencia poética y crea un personaje que tendría el valor y la capacidad para hacer tambalear la presencia de Drake en la Isla: Sadá, la negra liberta quien nació justificada por la frase de Antonio Machado, “También la verdad se inventa”. Y aunque no pudiese enfrentarlo físicamente, lo hiciera en el mundo de la conciencia, allí donde se logra empobrecer y debilitar a las almas perversas. Y esa fue toda la oposición que Drake encontró en Santo Domingo, tan activa y eficaz que, aunque llevándosela a los mares no pudo vencerla.

Como novelista

Emilia sabe lo que hace, desde su primera novela, “El crimen verde”, entendió que la clave en este oficio es describir correctamente un dilema, y lo comprendió tan bien, que ya al publica su más reciente novela “¡Oh, Dios!”, Emilia Pereyra, al sumar sus novelas “Cenizas del querer”, “Coctel con frenesí” y “El faldón de la pólvora” se ha convertido en la mujer dominicana que más novela ha publicado en la historia de nuestra literatura: ¡cuenta con seis en su currículo!

“Emilia Pereyra escribe novelas, una labor verdaderamente  exigente,  y muy desigual  a la de darle un garrotazo a una bolita y echarse a huir.  Con la que hoy  pone en circulación alcanza la envidiable marca de seis títulos publicados en este género. Son pocos los escritores dominicanos que han alcanzado esta meta, que  hablando en términos beisbolísticos podría equivaler a  conectar quinientos jonrones”, Rafael Peralta Romero en la presentación de la novela ¡Oh, Dios! En la Academia Dominicana de la Lengua, jueves 15 de septiembre de 2016.

Emilia Pereyra junto a Manuel Salvador Gautier, Miguel Solano, Ángela Hernández, Rafael Peralta Romero y Ofelia Berrido integra el grupo Mester de Narradores, un grupo formado por el director de la Academia Dominicana de la Lengua,  don Bruno Rosario Candelier: ¡unos de sus grandes aciertos¡, pues en estos momentos hacemos records. Manuel Salvador Gautier aparece peleando por el primer puesto en la novelística dominicana, Miguel Solano es el autor que mayor cantidad de libros de cuentos ha publicado y Emilia Pereyra es la autora con mayor cantidad de novelas publicadas en la historia de la literatura dominicana.  Ángela Hernández se alzó con el Premio Nacional de Literatura, Ofelia Berrido crea un especial espacio en la literatura interior y Rafael Peralta Romero, con 12 títulos publicados, es en la actualidad el dominicano con mejor uso del lenguaje y el humor popular.

Estructura y lenguaje

Desde el punto de vista estructural, “El grito del tambor” es una novela moderna, muy moderna: son 41 capítulos con un promedio de páginas de entre tres y cinco, es decir, son los modernos capítulos cortos, haciendo el total 194 páginas. Como es una novela histórica, se le agrego un capítulo titulado “Tiempo después…”, en el  que la autora hace algunas aclaraciones sobre la conducta de sus personajes, quienes fueron en vida real y cómo se comportaron, de acuerdo con las crónicas de la época. Impresa en Colombia, la primera edición es de julio 2012, del sello ALFAGUARA.

Cada 5 capítulos aparece “una bitácora”, es un término femenino que significa “armario o cajón fijo a la cubierta del barco y cercano al timón en que se pone la brújula”. De ello se asoció “cuadernos de bitácoras”, “cuadernos de viajes” que se utilizaban en los barcos para relatar el desarrollo del viaje. Pero, ¿Son estos cuadernos de bitácoras un auténtico documento  del pirata? No, no lo son. Emilia Pereyra  es una narradora omnisciente pero las bitácoras están narradas en primera persona y las bitácoras son también fruto del trabajo imaginativo en el que debió empeñarse porque debía desarrollar el carácter de verosimilitud del lenguaje de la época para poder decir:

“Espantado, pienso en los arrebatos de mi señor, capaces de provocar tragedias. Y no es que lo culpe o condene. ¿Acaso tendré licencia para juzgar a un hijo de Dios? No me creería con tal potestad. ¡El Señor me libre de la hoguera!, página 25.

Al describir la relación entre él y su capitán, la narradora entra en el mundo lingüístico o en el posible mundo lingüístico y lo describe así:

¡He de decir con claridad que desde hace mucho tiempo mi señor se ha vuelto desconfiado. No lo culpo, pues le sobran razones como a mi motivos para mantener la boca cerrada entre tanta gente ligera de lengua y de pensamientos livianos!, página 42.

Cuando se trata del temor a las enfermedades la autora se va al lenguaje de la época y lo describe de esta forma:

“Temo a las enfermedades como el astuto Satanás a la cruz del calvario”, página 62.

Las relaciones de los marinos y las prostitutas son descritas con el lenguaje que revela las emociones fruto del ambiente de violencia en el que se mueven los piratas:

“Unos prometen paga a esas de poca entereza y después de saciarse las retribuyen con manotazos o escupitajos”, página 62.

 Estilo

Los historiadores sostiene que “elitete o estilo” (del latín etilus, plural: stili) era un instrumento de escritura empleado por primera vez por los antiguos mesopotámico para escribir en cuneiforme, habitualmente fabricados con cañas que crecían en las orillas de los ríos Tigris y Éufrates y en marismas.

La escritura cuneiforme se basaba en la marca en forma de cuña que hacía  el extremo de una caña cortada cuando se presionaba sobre un tablete de arcilla, de ahí el nombre “cuneiforme”, del latín cuneus = ‘cuña’.

Su evolución ha hecho posible que ahora llamemos “estilo” a la forma como un autor coloca las palabras en las oraciones para crear su “voz propia”. El estilo de Emilia está comprometido con la sonrisa, con esa sonrisa que produce goce en la lectura.

La burla

Drake está interesado en saber que significa un blasón, una representación en forma de escudo con un escrito que dice  “no sufficit orbis” y pregunta:

— ¿De quién es el blasón?

   A Garcí Fernández de Torrequemada poco le importa el berrinche del aventurero. Extravía la vista y la fija en el techo, pero su amigo Juan de Lucar, unos de los comisionados, responde en tono firme.

—Del rey Felipe.

—¿Qué dice la leyenda?

—El mundo no basta.

  Ahí aparece la sonrisa que desborona todo el mundo de Drake, allí se le estaba diciendo “tu grandeza no tiene hacia donde ir”

 Tema

Manuel Salvador Gautier, en una anterior presentación, sostuvo que:

“Por eso, Francis Drake es un mito, una leyenda, un ser sobrenatural que contribuyó a que, a partir del siglo XVI, la corona inglesa dominara por varias centurias todos los océanos y mares del mundo, enriqueciera a su país y lo convirtiera en una potencia mundial.

“En la novela El grito del tambor (4), Emilia Pereyra hace una deconstrucción postmoderna de ese mito. No porque trata la invasión de Drake a la ciudad de Santo Domingo, en 1586, desde el punto de vista de los asediados, sino porque da detalles precisos sobre el personaje invasor que la dirige, y, como buena novelista, hasta inventa sobre este, para demostrar lo que realmente fue. Esa es la ventaja de escribir una novela histórica. Basado en la realidad, se puede hacer ficción e, igual a como se crea el mito, manipular la verdad para demostrarla. ¿Una contradicción? Quizás la aclaramos proponiendo que, en El grito del tambor, Emilia Pereyra crea un contra mito de Francis Drake.

“Drake es un personaje fabuloso para novelar. Nació en 1543, a mitad de un siglo que será fundamental en definir la orientación civilizadora de los europeos, los cuales actuaron espoleados por las ambiciones desmedidas de cada uno de ellos por lograr que su país dominara y explotara su propio continente y el mundo. Drake era hijo de un predicador protestante que, en 1549, tuvo que trasladarse de ciudad con su familia durante la revuelta católica contra la opresión protestante. Drake tenía seis años, suficientes para entender lo que era el acoso y el abuso en su propia carne y no querer aplicarlo por su cuenta. También para odiar todo lo que oliera a catolicismo. A los 13 años abandonó a su familia para hacerse marinero. A los 24, comenzó el periplo que lo llevaría a convertirse en mito. Con su primo hermano John Hawkins sale en una expedición que tenía por misión el comercio de esclavos. De ahí, seguirá en esas maniobras de dudosa moralidad, hasta que, en 1577, Isabel I de Inglaterra le encarga la organización de una expedición contra los intereses españoles en la costa americana del océano Pacífico. Drake logra cruzar el estrecho de Magallanes, azotar los barcos y pueblos españoles en esa costa, fundar un lugar misterioso que llama Nueva Albión (5), en California, y asolar las islas del Pacífico hasta alcanzar África, para convertirse en el segundo nauta en circunnavegar el mundo. En ese momento comienza el mito. No importa si Drake triunfa o fracasa en otras hazañas que realizará después, esta hazaña sobresaliente lo destaca de entre todos los otros navegantes ingleses, lo honra y lo hace inmune a críticas negativas. Drake mantendrá el favor de la reina Isabel para seguir siendo su peón en la conquista del mundo. En 1581, Isabel lo hará caballero de la Corte y continuará asignándole tareas de corsario, el nombre que se da a un pirata que no asola los mares por cuenta propia, como hizo Drake al principio de su carrera, sino bajo el mandato de un soberano. Entonces, en 1586, Drake sale de Inglaterra para asaltar la ciudad de Santo Domingo en la isla de La Española, que ocupó con 1.200 hombres. Para retirarse, exigió a las autoridades españolas un rescate cuantioso de 200,000 ducados. Un mes más tarde, después de haber asolado la ciudad, especialmente, sus iglesias; robado todas las riquezas que ubicó, y recibir, en vez, 25.000 ducados, se marchó rumbo a Cartagena de Indias, a hacer lo mismo”.

El grito del tambor parece tener como tema la insolencia maldita de Drake, pero la maldad en ese rostro de mejillas ruidosas hace mucho tiempo que dejo de ser interesante. Entonces había que crear algo que hiciese a Drake rascarse la cabeza y Emilia creo el personaje “Sadá”, quien jamás dejo de patalear en la cabeza del esclavo de la reina. “Sadá” representaba la libertad, la única fuerza que ni Drake ni ningún otro perverso sobre la tierra puede vencer.

Drake quiere acostarse con la libertad y hacerle el amor violento que ha trastornado su sangre, pero la libertad vestida de un “negro hermosísimo” rechaza la propuesta. Drake entra y le acaricia el rostro.

—¡Al fin, negra hermosísima!

—¡No!

—¿Qué pasa?

 —Me falta aire. ¡Me ahogo!

—¡Serás mía ahora o morirás!

—Primero llévame afuera. Necesito respirar. Voy a morir antes de..

Truena la carcajada de Drake.

—Tienes miedo, pero te complaceré. Te llevare a cubierta. Si tratas de escapar, te atacaré.

—Nada pasara. ¡Lo juro!

La libertad “de pronto da un salto y bate palmas”. “Entonces, los marinos escuchan sus palabras fragorosas”.

—¡Bah, es una mujeruca falta de sesera! ¡Una desgraciada! ¡Echad al viento su recuerdo!

   A pesar de la maldad y del poder que Drake tenia no le quedó otro remedio que ver volar  al viento la libertad.

Final

Digamos que a Emilia le cogió con pensar en el ayer y que al llamarlo sonríe. En esa sonrisa guarda un verano que nos invita a entrar en las playas de las lecturas, a nadar en sus aguas y a encontrar, andando juntos, la juventud y la experiencia. Así que tomemos “El Grito del Tambor” y abrasemos el placer del viaje interior.

Miguel Solano, Encuentro Interiorista, Centro San Juan de la Cruz, La Vega/Moca, Rep. Dom.

¡Oh, Dios!, de Emilia Pereyra, un libro breve de argumento largo

Por Rafael Peralta Romero

Un muchacho llamado Gary Sánchez ha ganado páginas completas en la prensa dominicana y presumo que también  en la estadounidense, porque ha conseguido el mérito  de ser el jugador que, al inicio de su carrera,  más rápidamente  ha  logrado  disparar  11 cuadrangulares en la historia de Grandes Ligas.

Emilia Pereyra escribe novelas, una labor verdaderamente  exigente,  y muy desigual  a la de darle un garrotazo a una bolita y echarse a huir.  Con la que hoy  pone en circulación alcanza la envidiable marca de seis títulos publicados en este género. Son pocos los escritores dominicanos que han alcanzado esta meta, que  hablando en términos beisbolísticos podría equivaler a  conectar quinientos jonrones.

Pero hay algo más. No sé si a algún periódico le interese un dato fenomenal que le tengo: Emilia Pereyra es   por ahora la primera mujer dominicana en alcanzar la proeza de publicar seis novelas.  Quizá le otorguen despliegues  informativos  como el  que ha merecido por sus once jonrones el joven cácher de los  Yankees, el dominicano Gary Sánchez.

En una novela hay que tomar en cuenta las maneras  en las que el autor emplea el lenguaje, la    dimensión simbólica de los hechos que crea o recrea  para construir su obra y las  imágenes de que se vale para imprimir a la narración gracia y donaire.

¡Oh, Dios!, la nueva obra de Emilia Pereyra, es una novela que rompe con la forma habitual de la novelística,   puesto que asume la estructura de versiones. ¿Qué es esto?  Una forma de componer novelas con escasísima tradición en República Dominicana.

La que hoy presentamos está compuesta de 39 historias sin aparente conexión argumental, pues cada personaje sale de escena al final de la versión en que interviene.  Gráficamente, las versiones parecen capítulos, pero no lo son, pues las versiones, versiones son.

Estamos hablando de un  tipo de novela que puede  inducir a  la crítica displicente a excluirla de ese género.  Alguien, quizá más docto que nosotros, podrá reclamar la continuidad de los personajes como condición  para que una obra narrativa  sea considerada novela.  Pero quien lea este libro desde el principio hasta el final encontrará que es cabalmente una novela.

De algunas grandes novelas se ha dicho que no son tales. Permítanme contarles algo  que refiere el escritor mexicano Gonzalo Celorio en su libro de ensayos “Cánones subversivos”.  Él cita a Julio Cortázar comentando la novela “Paradiso”, de José Lezama Lima. He aquí el comentario de Cortázar:

“Paradiso podría no ser una novela, tanto por la falta de una trama que dé cohesión narrativa a la vertiginosa multiplicidad de su contenido, como  por otras razones. Hacia el final, por ejemplo, Lezama, intercala un extenso relato que llena todo el capítulo XII y que no tiene nada  que ver con el cuerpo de la novela, aunque su atmósfera y potencias sean las mismas”.

Entonces interviene Celorio, el autor del ensayo, y apunta lo siguiente:

“Este  comentario que Cortázar hace de Paradiso podría aplicarse, mutatis mutandis, a Rayuela, publicada tres años antes, pues tampoco en ella la trama se impone sobre la heterogeneidad de los capítulos que la componen y son múltiples los textos exógenos, algunos calificados de prescindibles por su propio autor, que se adhirieron como lapas al cuerpo general de la novela”. (Celorio pág. 54).

Pero mucho cuidado con ¡Oh, Dios!, la de Emilia Pereyra. Se trata de una novela de trama múltiple, como la vida,  sin que por ello deje de responder, y parece que me contradigo,  al modelo ortodoxo de novelar: la presencia de dos tendencias  opuestas que luchan tras el mismo objetivo  movidas por  intereses diferentes.

En  esta  obra sobresalen hasta el final los dos personajes principales: el bueno y el malo. Dios y  el diablo  son esos personajes que prevalecen, que discuten, que garatean, que recelan entre sí, uno que regaña y otro que se burla  desde la primera página hasta la última.

Emilia escribe Diablo con mayúscula  quizá para equilibrar la contraposición  con Dios. Es bien sabido que la atmósfera  ideológica  que  envuelve a la sociedad humana está formada por capas  diversas y  esas capas  han conformado las confrontaciones entre el  bien y el mal. Supongo  que nadie duda que Dios simboliza el bien y Satanás representa el mal.

La autora, sin cometer un deicidio, ha  tomado a Dios  por  su   parte más sensible, lo zarandea un poco  y lo muestra en sus debilidades.  No es que Pereyra se haya vuelto iconoclasta, pero tal vez lo  parezca. No es  que ella sea irreverente, pero en ocasiones pone a Dios pequeño,  aunque fuera para luego retornarle palmariamente su condición de todopoderoso.

En esta novela, la  realidad objetiva y la realidad imaginaria se corresponden fielmente. En las 39 historias intervienen personajes reales, unos  tan de ahora como Gabriel García Márquez, Barack Obama y  Silvio Berlusconi y tan antiguos  como Shakespeare, Cervantes o San Agustín, pero ninguna versión es  copia fiel de la realidad, sino la creación de nuevas realidades que por ficticias no dejan de ser referentes del marco social,  político o  moral en que vive la autora.

Emilia contextualiza nuestra historia con las de otras regiones del mundo demostrando una marcada vocación de universalidad para la obra.  Lo insólito, lo fantástico, lo maravilloso, reflejan a su modo la realidad, por lo que  a partir de estos hechos la novelista refleja el cosmos como lo desea   o necesita para llevar a cabo su obra.

Aunque recurre a personas reales, y sus hechos están dotados de gran verosimilitud, Emilia Pereyra edifica una  novela rica de imaginación en la que da la vuelta al mundo difundiendo un clamor de justicia,  denunciando comportamientos impropios  de líderes políticos, religiosos o de opinión. En cada caso  se cuenta la presencia de Dios, quien  mayormente  llega tarde o a paso lento, cuando  los débiles han sido pisoteados por los poderosos. En cada caso también  se registra la presencia de Satanás  que alienta la perversidad y la tragedia y los vicios en que incurre la humanidad.

Dios resulta humanizado y  manipulado; Emilia descubre sus debilidades  y tanto lo celebra  como lo soslaya,  lo sube  como  lo baja, lo disfruta como lo sufre. ¿Por qué lo sufre? Porque a la autora le duele  la injusticia, el abuso, la criminalidad y la pesarosa forma de vivir de muchos seres humanos que  no merecen las desgracias que le han tocado.

Respondiendo una pregunta a través de una red social, la autora definió su obra con estas palabras:

“Para quienes han preguntado… La novela ¡Oh, Dios! es una narración contemporánea, audaz y transgresora, en la que al mítico Creador se le resquebraja la visión de la existencia y afronta conflictos y personajes de la realidad y de la ficción en sus recorridos por diversas regiones de la Tierra”.

Por ejemplo, Dios hace un descenso en  Villa Certosa, el paraíso terrenal donde ejerce sus perversidades el licencioso señor Silvio Berlusconi.  Dios ha querido comprobar hasta dónde llega el desenfreno en la lujosa propiedad del político italiano en la isla de Cerdeña donde ha celebrado algunas de sus controvertidas y fotografiadas fiestas privadas acompañado    de rameras de todos los precios y categorías.

El Todopoderoso se ocupa de reprender a aquel  símbolo de la disipación y la villanía y le habla de este modo: “¡Italia y el mundo entero conocerán tu desvergüenza! ¡Te arrepentirás, Berlusconi!” (P. 17). También  muestra el Creador motivos de enojos en  China, donde  comprueba la fecunda tendencia a la falsificación de marcas comerciales, sin importar la calidad de los productos  de consumo masivo. Se enfada Dios también en  Roma por la ofensiva grandiosidad de los  templos, el  despliegue de recursos y “la ominosa presencia de la maldad en las resplandecientes potestades papales…”

Satanás aparece como antagonista en cada historia, ríe cuando matan a Marlie. Marlie es una muchacha buena, en Haití,  vejada y atropellada por maleantes  queda  en el abandono. Dios se lamenta de no haber intervenido, pero  toca a la muchacha y  esta se recupera de las heridas, aunque  no entiende cómo pudo sanar ( P.24).

Dios llora y Satanás  ríe en varias  de las historias que nos ofrece Emilia  Pereyra en esta  muy original novela.  Sus avatares ante  los desvaríos del mundo y los  constantes asomos burlescos de Satanás  motivan a Dios  a tomar la decisión de buscarse una compañera.  Ocurre una tarde que se paseaba sobre Venecia. De este modo lo cuenta:

“Al anochecer, el Señor dirige una amorosa mirada a su pareja perfecta. Sin mover los labios, le pide: ` Espérame en el Paraíso`. Aun lo atan a la Tierra ciclópeos desafíos. Ella asiente, ya que corresponde la misión divina, lo besa en el rostro y se eleva despacio. Sosegado, Él la ve difuminarse entre las primeras sombras de ese día de felicidad inconmensurable, en que el Diablo se ha mantenido ladinamente agazapado” (p.36).

La versión de que  Dios se busca una pareja, bellamente titulada “Amor en la Ciudad del Agua”, no solo representa un divertimento, una paradita refrescante en la ruta pedregosa de historias desconcertantes   y que constituyen una crónica general   de las imperfecciones humanas, sino que la creación de Diosa, que así se llama la consorte de Dios,  responde a la convicción de una mujer, plena mujer,  sobre  el edificante rol  femenino en la vida de los varones.

Dios, que al  parecer  es varón, vio que esto era bueno para sobrellevar los estreses que le provocan  la corrupción de los seres humanos y las persistentes burlas de Satanás.  La dependencia emocional de los hombres los hace requerir muchas veces  de la mujer un  reconstituyente para  su vida que les aporte bríos para enfrentar situaciones adversas.

Emilia Pereyra, erguida en la plenitud creadora, encontró en Dios la necesidad  de ese estimulante, y dijo para sí: “No es bueno que Dios esté solo”.  Y dotó a Dios de una compañera,  a imagen y semejanza de la mujer la creó. Y vio la escritora  que esto era bueno.

Emilia Pereyra ha mostrado su poder creativo, siguiendo, cual reportera cósmica,  los pasos  de Dios en sus variados encuentros  con  personalidades  buenas y malas, de  todo el mundo. Así narra los encuentros  del creador del mundo con  Mandela, Teresa de Calcuta o  Mao Zedong, como muestra a Dios preocupado por la contaminación del ambiente, revela su  impotencia frente a la falta de gobernabilidad del mundo  mientras el Diablo alega que gobierna arriba y abajo.

En Dubái Dios queda estremecido con el  desorden, el consumo de drogas y  culto al cuerpo, tampoco se queda callado  frente a las atrocidades financieras del estafador Bernard Madoff.  En Las Vegas  su  molestia llega a extremos, ante tanto  vicio, pecado, fasto. Dios cambia el orden de las máquinas de juego. Todos ganan: “Los mecanismos del fraude son revertidos”.

Dios se sobresalta, mira, escucha, reconoce, necesita pensar… Se encoleriza en Bilbao  por las acciones terroristas  de Eta. Cuando se traslada,  es mayor el sufrimiento.  El creador del mundo  derrama lágrimas en Gaza y  sufre el desaliento de los jóvenes japoneses, mient   ras  Satanás lo pone en apuro cuando le  dice: “Has perdido poderes y tienes graves olvidos”.

Ante las tragedias de  Hiroshima y Nagasaki, Dios cae en cuenta de su descuido. Pero  no concibe ni disculpa la falsía de sus hijos y tras la reprimenda a un obispo mexicano que encubre a un cura pederasta,  Dios se aparece y  hace temblar la  tierra. El Padre se desconsuela y Diosa lo calma. Escribe la autora:

“Allí lo encuentra Diosa. Se acomoda  a su lado y lo arrulla con ternura.

– He venido rápidamente. Tu pena ha llegado al cielo. ¿Qué pasa, adorado Señor?

-¡Un desconsuelo infinito!

-¡Oh, amado! ¡Tienes excesivos tormentos! ¡Debes aliviar tu espíritu!

Diosa lo recuesta en su regazo y lo reconforta” (P. 154).

Son treinta y nueve versiones, ya lo he dicho, ricas en sabiduría. Ni siquiera referiré  el reconfortante momento vivido por Dios en la aldea natal de Nelson Mandela  o  su  deleite  de hablar con la madre Teresa o el punzante gozo de la novelista cuando  describe  a un crítico literario amargado y vulgar que se propone hacer mierda la obra de una escritora  a quien llama “negra de cuarta”. Satanás se ha metido en el alma del crítico gordinflón, apunta Emilia.

En este libro, el diablo es usado para echar en cara las impotencias de Dios. Bastaría con ver  el diálogo del demonio con san Agustín (p. 155-161). Es  una  pieza  digna de antologizar, por su alto  valor simbólico y profundo contenido teológico. El diablo se queja del predominio de la maldad para culpar a Dios, y enrostra a san Agustín que Dios ha dejado a los seres humanos a su triste suerte.

Segmento del diálogo. Habla Agustín:

“-¡Te equivocas, Satanás! Él es compasivo y ama a su descendencia. Su piedad es infinita. Su sabiduría y bondad son extraordinarias.

-¡Sandeces! Borraré a los ingenuos y frustrados. Quedarán los que sigan mis directrices.

-¡No podrás lograrlo!  La humanidad reconoce al Todopoderoso, porque es el Creador, fomenta la misericordia y premia la honradez.

-¡El Dios de los pobres, el Dios de los afligidos! ¡Basta! ¡Son falsedades, curita de Hipona! Dios ha dejado al ser humano a su triste suerte. Yo me he ocupado de hacerlo poderoso. Le he dado inimaginables riquezas, triunfos resonantes y placeres increíbles. ¡Hachís, cocaína, alcohol, velocidad, bomba nuclear! ¡La mentira! ¡Placeres y dinero, mucho dinero!” (158).

Ustedes se preguntarán, con toda justificación, ¿cómo termina una novela fundamentada en la estructura de versiones, quién sobrevive, quién muere,  quién se impone? La última versión, titulada “Cúspide del espanto”, responde estas interrogantes.  Les voy a ofrecer un pequeño avance:

 “Siete millones de años después, donde reina la oscuridad emerge algo semejante a una suave luz. Luego de un tiempo indefinido germina una pequeña y blanca flor cuyos pétalos de etérea belleza y sutil aroma crecen con perezosa lentitud”.

Conclusión

Emilia Pereyra ha escrito un libro de temática universal, sin que por ello haya prescindido de su vínculo entrañable, como diría Bruno Rosario, con la cultura dominicana,  con nuestras particularidades  lingüísticas  o con aspectos argumentales que son auténtica referencia de nuestra vida política y social, como son por ejemplo,  el relato del encuentro de Dios con Balaguer,  con apariencia de ángel apaleado, en las profundidades del infierno  o cuando refiere ocurrencias   en Punta Cana, un destino tan universal como el averno.

Por lo que he dicho quizá crean ustedes que hablo de un libro embrollado, como la Divina Comedia, de Dante Alighieri,  pero no es así,  sino que  ¡Oh, Dios! es  de factura liviana y apto para una lectura cómoda y gustosa.

El estilo es llano, sin que olvide la  autora el nivel de lengua exigido por la creación literaria. Su composición incluye un empleo discreto y nada forzado de figuras literarias, sin embargo cada relato de los que  he llamado versiones es una  metáfora grande, porque las palabras se han empleado para referir unos sucesos que representan una realidad  objetiva contada a partir de una realidad ficticia.

Pereyra no se vale de lujos léxicos  ni artificios estilísticos.  Aunque escritores hay  que se empeñan en elaborar su obra con materiales resonantes como hojalatería, Emilia Pereyra ha optado por  una prosa de plata, que es una sustancia  consistente, duradera y de brillo discreto.

¡Oh, Dios! es un libro breve de argumento largo, en el que la autora  esparce su visión moral, política y religiosa respecto de la marcha  del mundo, pero es ante todo y sobre todo una obra literaria.

Como las presentaciones de libro suelen terminar con la expresión “en hora buena”,  me falta congratular a Emilia Pereyra por la  publicación de esta interesante novela, a la que deseo el éxito y la aceptación que merece una obra bien concebida, bien desarrollada  y bien expresada. Emilia, enhorabuena.

BIBLIOGRAFÍA

Gonzalo Celorio, Cánones subversivos,  Tusquets Editores, México, 2009, pp. 53-54.

El mito en busca de su verdad: sobre la novela El grito del tambor de Emilia Pereyra

Por Manuel Salvador Gautier

La piratería es el acto que realiza una persona que viene por mar para robar (1). En la civilización occidental, el primer pirata conocido es un mito. Se trata de Jasón, héroe griego, quien guió a los Argonautas hasta La Cólquida para apoderarse del Vellocino de Oro. Hubo otros mitos, como el de Ulises, llamado Odiseo, que pirateó por las islas del Mediterráneo mientras buscaba, desesperado, a Ítaca, su patria. Además de extraordinarios filósofos, los griegos antiguos fueron excelentes piratas. Fueron también agresivos defensores de su territorio y fervientes proveedores de sus comunidades, razones por las cuales exaltaron esa actividad depredadora, convirtiéndola en mito. El Diccionario de la Lengua Española define el mito como: “Relato o noticia que desfigura lo que realmente es una cosa, y le da apariencias de ser más valiosa o más atractiva”; también como “persona o cosa rodeada de extraordinaria estima” (2). En mi ensayo “Mitos y héroes” propongo que: “el mito no existe sin la inclusión de uno o varios individuos excepcionales, reales o imaginados, que, de alguna manera, se divinizan y se convierten en dioses y diosas, en héroes y heroínas, protagonizando ocurrencias reales o inventadas que sirven a los pueblos para asumir una actitud educativa, moral o trascendental, frente a una situación colectiva” (3). Esos pueblos también lo adoptan colectivamente para justificar el asedio y robo a otros pueblos.

Por eso, Francis Drake es un mito, una leyenda, un ser sobrenatural que contribuyó a que, a partir del siglo XVI, la corona inglesa dominara por varias centurias todos los océanos y mares del mundo, enriqueciera a su país y lo convirtiera en una potencia mundial.

En la novela El grito del tambor (4), Emilia Pereyra hace una deconstrucción postmoderna de ese mito. No porque trata la invasión de Drake a la ciudad de Santo Domingo, en 1586, desde el punto de vista de los asediados, sino porque da detalles precisos sobre el personaje invasor que la dirige, y, como buena novelista, hasta inventa sobre este, para demostrar lo que realmente fue. Esa es la ventaja de escribir una novela histórica. Basado en la realidad, se puede hacer ficción e, igual a como se crea el mito, manipular la verdad para demostrarla. ¿Una contradicción? Quizás la aclaramos proponiendo que, en El grito del tambor, Emilia Pereyra crea un contra mito de Francis Drake.

Drake es un personaje fabuloso para novelar. Nació en 1543, a mitad de un siglo que será fundamental en definir la orientación civilizadora de los europeos, los cuales actuaron espoleados por las ambiciones desmedidas de cada uno de ellos por lograr que su país dominara y explotara su propio continente y el mundo. Drake era hijo de un predicador protestante que, en 1549, tuvo que trasladarse de ciudad con su familia durante la revuelta católica contra la opresión protestante. Drake tenía seis años, suficientes para entender lo que era el acoso y el abuso en su propia carne y no querer aplicarlo por su cuenta. También para odiar todo lo que oliera a catolicismo. A los 13 años abandonó a su familia para hacerse marinero. A los 24, comenzó el periplo que lo llevaría a convertirse en mito. Con su primo hermano John Hawkins sale en una expedición que tenía por misión el comercio de esclavos. De ahí, seguirá en esas maniobras de dudosa moralidad, hasta que, en 1577, Isabel I de Inglaterra le encarga la organización de una expedición contra los intereses españoles en la costa americana del océano Pacífico. Drake logra cruzar el estrecho de Magallanes, azotar los barcos y pueblos españoles en esa costa, fundar un lugar misterioso que llama Nueva Albión (5), en California, y asolar las islas del Pacífico hasta alcanzar África, para convertirse en el segundo nauta en circunnavegar el mundo. En ese momento comienza el mito. No importa si Drake triunfa o fracasa en otras hazañas que realizará después, esta hazaña sobresaliente lo destaca de entre todos los otros navegantes ingleses, lo honra y lo hace inmune a críticas negativas. Drake mantendrá el favor de la reina Isabel para seguir siendo su peón en la conquista del mundo. En 1581, Isabel lo hará caballero de la Corte y continuará asignándole tareas de corsario, el nombre que se da a un pirata que no asola los mares por cuenta propia, como hizo Drake al principio de su carrera, sino bajo el mandato de un soberano. Entonces, en 1586, Drake sale de Inglaterra para asaltar la ciudad de Santo Domingo en la isla de La Española, que ocupó con 1.200 hombres. Para retirarse, exigió a las autoridades españolas un rescate cuantioso de 200,000 ducados. Un mes más tarde, después de haber asolado la ciudad, especialmente, sus iglesias; robado todas las riquezas que ubicó, y recibir, en vez, 25.000 ducados, se marchó rumbo a Cartagena de Indias, a hacer lo mismo.

En El grito del tambor, Emilia Pereyra crea dos personajes que no solo tratan estos antecedentes del protagonista y algunos pormenores de la invasión a Santo Domingo, sino que, desde sus perspectivas personales, definen la personalidad de Drake. Ellos son: un compueblano de Drake, criado junto con él, que lleva la bitácora del navío que los transporta a La Española, un fiel servidor que se preocupa por el bienestar de su señor y lo cuida de sus desvaríos, y el embajador español ante la corte de Francia, Bernardino de Mendoza, que odia a Drake a muerte y critica desfavorablemente todo lo que hace. Son voces discrepantes, posiciones encontradas, asumidas por el amigo y el enemigo. En esta contraposición de pareceres, surge la desmitificación del personaje.

Hay algo más. Si ahondamos en el tratamiento que Emilia Pereyra da al personaje de Drake, descubriremos que estamos ante un individuo en lucha consigo mismo. Para la escritora, las fechorías que Drake comete lo hace un renegado de su religión, un hombre que guarda cierto pudor en demostrarlo y simula buscar su expiación. Ese será el rasgo más desconcertante de una personalidad confusa que se mueve entre su narcisismo, que lo lanza a las más pavorosas actuaciones, y su protestantismo, que lo coarta aunque con muy poco éxito. En El grito del tambor, esta situación es notoria en la costumbre que Drake impone a sus subalternos en las naves que comanda, obligados a asistir dos veces al día a los servicios religiosos dirigidos por capellanes de la flota (6). También aparece en su relación con otro personaje creado por Emilia Pereyra, Sadá, una criolla, negra liberta, a la que Drake trata como a una esclava solo digna de ser gozada sexualmente, una condición que él desprecia, y, al mismo tiempo, como a una mujer a retener y dominar, no solo por su extraordinaria belleza, sino por su arrojo y valentía, cualidades que él admira.

Desarmado el mito, Francis Drake emerge como lo que es: Un hombre perverso que abandonó todo el sentido de moralidad que le inculcaron de pequeño; un ambicioso que se impuso la tarea de destacarse y enriquecerse a como diera lugar. Estamos ante un individuo impetuoso, muy parecido a cualquier otro en cualquier época, que tuvo la disposición, el arrojo y las oportunidades para triunfar, pero con saña.

En El grito del tambor, es evidente que Emilia Pereyra no siente simpatías por el personaje de Francis Drake, ese desalmado que no tiene escrúpulos en saquear y destruir una ciudad abandonada por sus habitantes y sus autoridades; pero tampoco las siente por esos habitantes y esas autoridades que no tuvieron el coraje de defenderla, como lo demuestran los capítulos que describen la acción de los invasores y la reacción de los asediados. Por eso tiene que crear a Sadá. Con este personaje, Emilia Pereyra puntualiza que, a pesar de que en el mundo hubo, hay y habrá personas despiadadas que son admiradas por sus fechorías y convertidas en ejemplos impropios a seguir, también hubo, hay y habrá personas dignas, con estatura moral suprema, que quizás logran triunfar, o no, y que permanecerán en el anonimato sin alcanzar jamás el nivel de mito o leyenda. Sadá es el símbolo de la resistencia al abuso, y la encarnación de la libertad sin condiciones. Drake y sus secuaces de ayer, hoy y mañana podrán vapulearla, pero jamás vencerla. El grito que el tambor de Emilia Pereyra lanza en su novela es una acusación contra hombres despiadados como Drake y un reclamo contra esa tendencia de la humanidad de admirar los falsos ídolos, los que con sus hazañas se encumbran y logran considerables riquezas, pero a costa del dolor y el empobrecimiento de los demás.

NOTAS

1. “Francis Drake”. Google: http://es.wikipedia.otg/wiki/FrancisDrake.
2. Real Academia Española. Diccionario de la lengua española. Madrid, Editorial Espasa Calpe, 1992, Vigésima Primera Edición, p. 1382.
3. Gautier, Manuel Salvador. “Mitos y héroes”. Santo Domingo, Ateneo Insular, 1997.
4. Pereyra, Emilia. El grito del tambor. Colombia. Alfaguara- Santillana, 2012, Primera edición, junio.
5. Albión: nombre dado por los griegos a Gran Bretaña.

 

Emilia Pereyra: Cóctel con frenesí. Una narradora original y contundente

“Si somos capaces de auscultarnos, podremos dotar
 de profundidad nuestros textos y personajes”.

 (Emilia Pereyra)

Por Bruno Rosario Candelier

 

Conformación de historias, motivos y argumentos

Emilia Pereyra es una de las narradoras fundamentales de las letras dominicanas. Prevalida de una sensibilidad empática, poseedora de un fecundo talento narrativo y dueña de una voz original, recrea con esmerado estilo, a través de escenas y caracterizaciones ejemplares, los hallazgos de su fina intuición trasvasados al tramado de sus cuentos, relatos y novelas mediante los cuales ausculta el interior de sus criaturas imaginarias y perfila el sentido de tramas y anécdotas en una fresca visión novelística.

Con su indudable encanto personal y su probado acierto novelístico, Emilia Pereyra se ha ganado un alto pedestal en las letras nacionales. Poseedora de un carisma acrisolado en la forja de dones admirables y la plasmación de atributos conquistados con tesón, disciplina y estudio, su obra refleja la fina intuición que la distingue y la honda capacidad de observación de la idiosincrasia cultural dominicana. Su narrativa revela que sabe perfilar y valorar lo que nos define y conforma. En mi antología de autores interioristas, escribí sobre Emilia Pereyra: “Nació en Azua de Compostela, donde se forjó su vocación literaria. Desde muy joven formó parte del Círculo de Estudios Literarios Azuanos (Ciela). Licenciada en Comunicación Social por la UASD, ejerce el periodismo, la docencia y la consultoría de Relaciones Públicas. Columnista de un diario nacional, locutora, conferencista y narradora, ha obtenido galardones literarios por su creación narrativa. Autora de El Crimen Verde y Cenizas del Querer. Tiene una fuerza imaginativa engarzada a la Naturaleza con fresco aliento trascendente, remozado y creativo. En su pulcro manejo del lenguaje revela fluidez, precisión y verismo con una ternura expresiva y un valor humanizante. Sabe compenetrarse emocional, intelectual y sensorialmente con el objeto de su atención, logrando una narración densa y caudalosa con belleza poética y valores interiores. Miembro del Ateneo Insular en Santo Domingo, donde reside, labora y hace vida social y cultural” (1). A esos datos hay que agregar que Emilia Pereyra es académica de la lengua y cultora del Interiorismo.

El contenido de sus ficciones se engarza al estamento socio-cultural de nuestros barrios urbanos populares. Emilia Pereyra tiene bien claro que una cosa es la realidad; otra, la propia existencia y, desde luego, el empalme de las condiciones individuales a una circunstancia vital no siempre cónsona con los ideales que internamos en la conciencia y el ordenamiento que la estructura social implanta en un medio histórico determinado. El novelista con conciencia del entramado social y cultural, como el ejemplo de Emilia, sabe que al enfocar la realidad no puede inventarla ni dulcificarla sino percibirla y describirla para dar un testimonio creíble de la historia de su ficción.

Emilia Pereyra pondera la energía creativa, que posee con alto potencial para canalizar sus obsesiones y angustias, así como los sentimientos y actitudes más auténticos de la condición humana. Cuando se está inmerso en el proceso creativo, todo incide en la conformación del producto literario o artístico: lecturas, películas, vivencias, intuiciones, observaciones, reflexiones y recuerdos, que coadyuvan en la caracterización de personajes, la descripción de ambientes y la recreación de escenas y momentos en la narración de anécdotas y peripecias. Como experta narradora, Emilia Pereyra vive,  piensa y escribe novelísticamente. Vivir novelísticamente significa asumir el Mundo y cuanto acontece en el medio circundante como fuente de historias novelescas, al tiempo que su sensibilidad y su talante se aúnan al caudal de vivencias y obsesiones, al manadero de recursos inconscientes y conocimientos y, por supuesto, a la alforja de la imaginación, el lenguaje y la cultura para construir y encauzar, en los hechos, personajes y ambientes, la veta de temas y motivos que elabora para nutrir la vivencia estética con la cual adereza su ficción.

Como narradora y periodista, Emilia Pereyra valora el talento creador y la disposición para plasmar, mediante el arte de la palabra, lo que concita y estimula su sensibilidad. En su formidable estudio sobre el Interiorismo, nuestra destacada novelista consignó: “Todo creador tiene un impetuoso torrente interior que se ve en la necesidad de exteriorizar. Eso lo sabe y lo siente quien crea. Mientras pueda permitir que su savia más profunda fluya libremente, probablemente su aporte sea mayor, más verdadero y más sincero y, por tanto, más trascendente. Trabajando se presentan las ideas y se estimula la imaginación. Sin imaginación no existe literatura. La imaginación es una gran matriz que provee argumentos, estructuras y estilos. Es una especie de mayéutica. Es un parto cotidiano, una gestación permanente” (2).

Con su concepción de que la novela, en su esencia genérica, ha de reflejar el sentido de la vida y la existencia humana, Pereyra opta por los valores que le dan fundamento a la sociedad. Lejos de privilegiar las superficiales maneras experimentales, su narrativa se arraiga en las propuestas estéticas, clásicas y modernas, que enfatizan la dignidad humana y procuran la superación de las condiciones que desdicen de una existencia cónsona con el ideal de crecimiento y desarrollo, razón por la cual pone su mirada en las manifestaciones degradantes de la condición humana para que el lector tome conciencia de las expresiones indeseables de la realidad nefasta.

La narradora se propuso testimoniar las condiciones de vida de individuos humildes de los ambientes populares para que el lector infiera, de su existencia y conducta, su propia reflexión. Se trata de seres que a veces tienen la convicción de que nacieron con un destino fatal y, a su parecer, la misma vida le niega la posibilidad o la oportunidad para superar ese desafortunado sino. El hecho de situar en ambientes sórdidos, miserables y mezquinos, ubicados en parajes marginales de la gran urbe, ofrece una magnífica oportunidad para conocer el interior de esa realidad nefanda y apreciar la situación de atraso, ignorancia y penuria con las cavilaciones interiores de sus personajes ficticios. Se trata de sujetos de los sectores populares que viven rumiando su infortunio y descontento y, quizás, deambulan desorientados, tristes y solitarios.

El desarrollo de la conciencia es la meta suprema en la vida humana. Todo tiene una causa y todo tiene un efecto. Ya lo dijo Leucipo de Abdera, el pensador presocrático de la Antigüedad griega: “Nada sucede por azar. Todo sucede por razón o necesidad”. Somos nosotros, con nuestras acciones, actitudes y conceptos, quienes sembramos la semilla de nuestra felicidad o el rumbo de nuestra desgracia. Los personajes delineados por Emilia Pereyra dan la impresión de que carecen de sueños y metas, abatidos por sus obsesiones y delirios, como manifestación de sus condiciones materiales, conforme sus expresiones conductuales y afectivas, que la narradora canaliza pertinentemente.

Cinco vertientes enfoca nuestra distinguida narradora en Cóctel con frenesí (3):

1. La vertiente dominante de lo viviente en su expresión sensible. Desde el inicio de la narración de esta singular novela, la narradora nos atrapa con su lenguaje contundente, plasmado en expresiones firmes y elocuentes mediante oportunos trazos sensoriales, ágiles y precisos, sobre el perfil de sus personajes. Atenta a la faceta viva de la realidad, Emilia sabe aprovechar sus dotes de periodista, a las que suma su talento novelístico, para captar la vertiente sensorial de lo existente, de la que privilegia su faceta luminosa y el sentido de la vida, que su sensibilidad, porosa a lo viviente, ausculta y expresa: “Ajeno a cuanto acontecía en la esquina colmada de pregoneros vociferantes y sudorosos, el hombre encorvado siguió caminando con paso lerdo. Sus manos temblorosas, ásperas, se posaban como volubles mariposas sobre su rostro desencajado. El viento agitaba sus cabellos. Mediodía. El Sol espectacular del trópico se desparramaba sobre la ciudad. Rayos calientes. La brisa azotaba con furia las vestimentas de los transeúntes. Burundi, el hombre pequeño y esmirriado, no advertía el torrente de vitalidad esparcido a su alrededor, la vida, esa cotidianidad tumultuosa y bullanguera, se deslizaba ante sus ojos cansinos e indiferentes. A veces surgía en su cara una mueca, una dolorosa sonrisa” (p.7).

2. La vertiente sociográfica de la realidad en su expresión doliente. La novela constituye un reflejo de la realidad social que reporta al novelista el caudal de aventuras y pasiones para articular una ficción. La narradora contrasta la doliente miseria de su protagonista con el esplendor de la Creación al delinear su figura y su accionar: “No retornó a la casucha en los días siguientes. Burundi moraba en plena calle mojando su cuerpo con el rocío del amanecer, emborrachándose con el final del crepúsculo, con la llegada de las noches. Dormía en los contenes, al lado de las puertas metálicas o en los rellanos de las escaleras. Se despertaba gritando, recordando con lucidez su última pesadilla” (p. 24).

3. La vertiente gratificante de lo natural con su esplendor radiante. A la narradora le fascina la realidad natural. Dueña de una sensibilidad estética y una sensibilidad cósmica, la belleza del Mundo le despierta el sentimiento de admiración y gozo que la Naturaleza genera en los espíritus sensibles y que la autora engarza al estado emocional del actante del relato. En todos los capítulos el esplendor sensorial de lo viviente subyuga la sensibilidad de la narradora, índice del sentido estético y el sentido cósmico de su talante lírico: “Burundi estaba compungido. Se alejaba y pensaba. Recogía los retazos del pasado. Ya la tarde agonizaba. El cielo era azul violeta, matizado con alargadas vetas amarillas. Un soberbio espectáculo de la Naturaleza” (p. 42). “El ocaso encontró a Burundi frente a las aguas del mar Caribe, de espaldas a la avenida George Washington, por donde se deslizan velozmente relucientes automóviles y vehículos destartalados. No lo embriagó la vista del Sol moribundo, hundiéndose en el agua serena, al final de la tarde. Al contrario, el acontecimiento le pareció aburrido y hasta vulgar. Le había visto tantas veces que no alcanzaba a explicarse por qué algunos conductores se detenían a observarlo, con evidente complacencia, como si se tratara de un hecho insólito. Con rudeza, se pasó las manos por los cabellos. Sintió, de inmediato, un ligero dolor en el cráneo. Su boca se crispó por un momento y luego tomó su forma natural. Sus ojos se fueron humedeciendo. Sentado, con la cara apoyada sobre una roca porosa, todavía vuelto hacia las aguas oscilantes, percibió cómo la brisa secaba sus mejillas. Las manos del viento le hacían caricias mientras, a su derecha, las ramas de una palmera se balanceaban” (p. 25).

4. La vertiente sugestiva de los rasgos ambientales populares. Con una recreación de la realidad sociográfica, antropológica y psicológica en sus diversas expresiones socioculturales en que viven sus personajes novelescos, los describe en sus manifestaciones menos condignas de la condición humana, al tiempo que testimonia lo que perciben sus sentidos: “La voz de Ana Belén, al ritmo de “Derroche”, se imponía por momentos, en el salón atiborrado de murmullos y ruidos de platos. Burundi haló una silla y se sentó. Apoyó el brazo derecho sobre una mesa pequeña, cubierta con un mantel de cuadros rojos. En el centro, descansaban la vinagrera vacía, el salero de cristal y el pote de salsa de tomate. Detuvo los ojos en un espejo grande y un poco empañado. Se encontró con una imagen desagradable. Se acarició la barbilla, el bigote mal trazado y se mesó los cabellos. Parecía otro. Echó una ojeada al local. A su derecha, frente a una docena de tazas relucientes, tres hombres discutían sobre política. Un moreno -ojos claros, boca ancha- descargó un puñetazo sobre la mesa. Los platos y los vasos saltaron provocando un estruendo que lo enervó. Un mozo los llamó discretamente al orden. Poco a poco, Burundi se fue desplomando, sentado ante la mesa cubierta con el mantel ornamentado” (p. 35).

5. La vertiente caracterizadora de tipos y personajes populares. Esta narrativa perfila y expresa la dimensión singular de tipos y personajes de la realidad sociográfica dominicana mediante la caracterización de los rasgos típicos de los sujetos de la ficción, con la disposición de las antenas sensoriales de una sensibilidad abierta y caudalosa, como la de Emilia Pereyra, por lo cual puede testimoniar el escorzo de la existencia que hiere y encabrita la sensibilidad: “¡La calle! ¡Otra vez la calle! Burundi estaba mejor afuera, respirando tranquilamente. Allí nadie lo miraba a los ojos. Todos iban o venían ocupados en sus propios afanes, viviendo sus mezquindades, sus alegrías y sus quimeras. Él marchaba como todos. Se mezclaba con la masa abigarrada y multiforme, que casi llenaba la acera. Sus ropas se confundían con las de los demás y no sentía, como otras veces, que llamaba la atención. Tenía los ojos pequeños, la nariz achatada, los labios gruesos, el cuerpo pequeño y el pelo crespo. En suma, era un hombrecito de apariencia normal. Anodino, amargado y arisco. De repente se dobló. Lo que sentía no era un malestar físico. La enfermedad se le alojaba en el terreno pantanoso de su alma. Extendía sus tentáculos en las profundidades más recónditas de su ser y lo debilitaba” (p. 39).

El realismo de los relatos de Emilia Pereyra es directo, sustanciado y vertical, tamizado por el registro fidedigno de una sensibilidad compasiva y empática, como la de la prestante narradora azuana. La suya es una mirada franca, luminosa y dulce que irradia ternura en su actitud de compenetración con la dura realidad de sus personajes. La suya no es una mirada fría y distante, sino la de una mujer que se hace copartícipe, doliente y entrañable, desde su sensibilidad y su conciencia, con lo que sufren y experimentan los participantes del relato. De ahí la vitalidad y el verismo de estas narraciones contundentes.

Formalización de recursos, técnicas y estilos narrativos

Emilia Pereyra tiene una concepción humanizante de la literatura. Con una cosmovisión centrada en el desarrollo integral de la persona, asume la palabra para edificar y ennoblecer su visión de la vida, que encauza en su dimensión estética y simbólica con un alto sentido de su naturaleza y su función. No asume la comunicación como pretexto para el figureo social sino para plasmar su visión de la vida y su concepto de la existencia. Vive el sentido profundo de la narración y el periodismo. Y ama el cultivo de los valores intelectuales, morales, estéticos y espirituales. En ella la novela es un medio de testimonio y de presencia. Un ejercicio de creatividad y talento. Y su mejor aliado de la más honda apelación de la conciencia. A Emilia la apela el sentido de la vida y el significado de cuanto acontece en el Mundo. En la obra de Emilia Pereyra, la narración es metáfora de una reflexión sobre el discurrir de la existencia humana, el más alto valor de su jerarquía axiológica. Para ella el sentido de una acción, la repercusión de un cuadro social, el trasfondo de un gesto o una actitud, constituyen expresiones deícticas de lo que la vida postula y proyecta. Reflejos son, por tanto, lo mismo sus sorprendentes descripciones que sus retratos narrativos, de una apelación mayor, cónsona con la concepción que funda su cosmovisión humanizante o la motivación que en ella concita el cultivo de la palabra.

Cinco rasgos narrativos revelan la novelística de Emilia Pereyra:

1. Concurrencia de recursos y procedimientos narrativos confluyentes de una visión totalizadora. Llama la atención, en la narrativa de Emilia Pereyra, no sólo el contenido de su narración, sino la manera como lo cuenta, en la que confluyen su talante femenino, límpido y diáfano; su mirada gentil, auscultada y penetrante; el tono emotivo de su lenguaje, ardiente y compasivo; y el bagaje descriptivo de su narrativa, con que resalta tipos y caracteres precisos y definidos:

   “-¡Límpiame los zapatos sucios! ¡Perro, límpiame los zapatos! Burundi permaneció impasible. Pocas personas circulaban en esos momentos por ese trozo de acera. Raudos vehículos se deslizaban por la calle, con sus indiferentes ocupantes. Lo cegaron los faroles de los automóviles. De repente, sintió un golpe y fue derribado por la bofetada. Ya en el suelo, el policía le pateó la espalda.

-¡Idiota, limpia mis zapatos! ¿Eres sordo? ¡Cabrón!

Se colocó en cuclillas y empezó a limpiar los zapatos polvorientos con las manos. Sus dedos toscos temblaban. Saltaban de un lugar a otro de la superficie polvorienta y se enredaban con los cordones.

-Así no, ¡maldito loco! Así no. ¡Límpialos como te dije! –expresó y sacó su lengua para mostrarle cómo debía hacerlo.

Burundi se negó.

-Es mejor que lo hagas. Si lo haces, maricón, no te llevaremos preso- expresó el otro lanzando una carcajada de burla.

Burundi lloraba en silencio, pero a los tres minutos los zapatos polvorientos estaban limpios y humedecidos por un líquido espeso. Su boca sabía a polvo de la ciudad. Los policías se alejaron riendo. Bromeaban a su costa. Burundi permaneció sentado en el suelo. Luego levantó la cabeza. Los vio, bajo la luz de una lámpara, acomodándose a la mesa de una cafetería. Se quedó un largo rato cavilando y de repente las luces se apagaron y reinó la oscuridad. Se incorporó con parsimonia, devorado por las densas sombras” (p. 21).

2. Construcción de párrafos mediante frases trimembres y doble adjetivación que enmarcan el contorno variopinto de cuadros, momentos y escenas:

   “Ahora marchaba por la calle Arzobispo Nouel, mirando las casas de antaño. Se desplazaba a paso lento, arrastrando los zapatos destrozados. Con frecuencia se detenía. Miraba aquí o allá. Una hoja arrastrada por la brisa, una niña llorosa, unas piernas de mujer. Cualquier persona u objeto reclamaba su atención. Durante unos segundos permaneció inmóvil y tuvo la oportunidad de mirarse detenidamente. Sus ojos recorrieron su cuerpo desde arriba hasta abajo. Su apariencia era infeliz. Llevaba pantalones raídos, camisa deshilachada y cabellos despeinados y sucios. En su boca, dientes careados y disparejos. Danzaba una expresión de hastío en su semblante. Y así caminaba, sin voluntad, cuan horroroso espantapájaros que alejaba a todo el mundo y causaba sobrecogimiento y repulsión” (p. 18).

3. Contrapunto narrativo que alterna el relato central de la novela con trazos descriptivos de distensión del tema de la novela, presentados en cursiva al final de cada uno de los capítulos:

   “A ella, ágil y bien parada como un junco, no la detenían las envidias ni los malos deseos. Recorría los pasillos impartiendo órdenes, disponiendo, con el teléfono celular en la cuidada mano derecha. Eran las diez de la noche y no veía el momento de acabar. La esperaba una madrugada larga e intensa entre tazas de café, máquinas de edición, pantallas, controles y efectos especiales.

La tormenta Debby podía adquirir en cualquier momento categoría de huracán, era una verdadera amenaza y, sobre todo, una promesa informativa. Tenía que garantizar una cobertura efectiva y dejar claro lo que podía hacer un canal de verdad, si es que los vientos no derribaban los transmisores, posibilidad que ni siquiera ponderaba su jefe supremo, enceguecido por las lumbres del éxito y la sinrazón” (p.19).

4. Narración articulada mediante una estrategia narrativa combinada con procedimientos naturalistas, existencialistas, surrealistas e interioristas para dar una visión objetiva, dramática, espeluznante e impactante del ámbito sórdido, inhóspito y cruel que vive el protagonista de esta historia:

   “Sus piernas lo llevaron hacia el mercado, hacia el montón de basura y nubes de hedores, que llegaban hasta su nariz chata. Sin embargo, encajaba bien en ese mundo abigarrado de lechugas y tomates, en ese espacio ruidoso de venduteras marcadas por los azotes de la vida. Su expresión antes amargada y adusta se transformó por completo. Se maravilló con lo que veía: mucho movimiento, una alegría contagiosa, una animación provocada por los aparatos de radio, que vomitaban bachatas y baladas. Lo que más lo subyugó fue el incesante trajinar de los trabajadores, sus músculos en tensión, que parecían estallar, sus bocas cariadas y sonrientes. Vendían, reían, bromeaban y manoseaban las frutas y las viandas, puestas al descuido sobre el suelo mugriento y enlodado. El aire de la putrefacción lamía su áspera piel. Frente a él se alzaba otro muladar gigantesco, que no dejaba ver la puerta de un almacén. En el umbral de un colmado vecino, una niña semidesnuda, de ojos melancólicos, jugaba con una muñeca rota y entraba sus pies desnudos en un charco de aguas sucias. La sonrisa de la inocencia resplandecía en su rostro moreno, en sus ojos llorones” (p. 41).

5. Penetración en el interior de sus personajes para auscultar, identificar y revelar sus cavilaciones con su visión omnisciente, el estado emocional y la impronta que lo real imprime en su conciencia, que entrelaza con las apariencias del mundo sensible. Cuando la narradora curcutea en el pasado de sus personajes a través de sueños, evocaciones, recuerdos, retrospecciones y otros recursos exploratorios, procura una imagen cabal de los actores del relato. Como un close up, técnica de acercamiento de cámara en filmaciones de películas, la narradora penetra en la mente de Burundi para revelar su sensibilidad:

  “Luego se durmió. Entonces la vio nítidamente con el rostro tachonado de arrugas, los ojos muertos e inexpresivos, la sonrisa congelada en el tiempo. Era su abuela, fallecida años atrás. Vestía un faldón morado, agitado por el viento y llevaba un pañuelo desteñido, atado a la cabeza. Su silueta regordeta, de tetas descomunales, estaba recortada contra un cielo forrado de luces. Con sus manos toscas, la vieja se tocaba las escasas cejas encanecidas. Un burro raquítico y hambriento, de poca pelambre, rebuznaba a su lado. Las árganas estaban atestadas de naranjas y guanábanas. Burundi observó los pies cuarteados y cenizos de la anciana.

-Ando cuidándote.

Voz desgarrada, de otros tiempos. La abuela Lin le mostró su dentadura, el tabaco encendido y las volutas. En ese momento, un trueno rasgó el silencio nocturno y la imagen se quebró” (p. 45).

Caudal de atributos narrativos y literarios

Emilia Pereyra es una escritora consciente del oficio que realiza con el cultivo de la palabra (4). Sabe también lo que reclama el ejercicio de la escritura, cuando se ejerce con la dedicación que demanda el rigor profesional. Nuestra distinguida novelista escribió: “Creo que está claro que si no tenemos nada dentro, que si somos un sobre vacío no podremos hacer literatura que conecte con nuestros congéneres. No se trata de reflejar fielmente la realidad como si fuésemos cámara fotográfica. Lo que distingue a un escritor de otro no es sólo su estilo, la técnica que utilice, el dominio artesanal del oficio. Mucho más importante que todo eso es que sea capaz de dotar a su obra de una experiencia humana, de una visión de la sociedad distinta, de un enfoque nuevo” (5).

En los relatos y novelas de Emilia Pereyra puedo apreciar esa experiencia humana y esa visión edificante de la sociedad. Además, un rasgo expresivo de su caudalosa sensibilidad es su dimensión visual predominante, razón por la cual le llaman la atención los colores, las sensaciones de luz y sombra, la impresionante luminosidad de lo viviente. Y, desde luego, el aura sensual de lo existente. Por eso vibra ante el esplendor de la Creación y se amuchan sus emociones con las expresiones luminosas, deslumbrantes de las cosas, que su fértil pluma asume, recrea, potencia y plasma.

Para sintetizar los rasgos del arte novelístico de Emilia Pereyra, ilustrados ejemplarmente en Cóctel con frenesí, presento los cinco atributos principales, caracterizadores de una novelista consumada, como es en efecto esta gallarda cultora del buen decir.  Esos rasgos o caracteres narrativos son los siguientes:

1. Valoración de la dimensión humana de los protagonistas de sus historias narrativas desde la peculiar circunstancia de hechos, ambientes y escenarios de la realidad socio-cultural dominicana: “De repente, el Sol lo cegaba y se recostó de la pared. Cerró los ojos hasta que lo invadió un dolor punzante. Iba hacia un espacio oscuro y nebuloso, a una realidad muerta. Entraba en una cuenca gris, donde toda luminosidad, todo color, desaparecía. Oía el trajinar de la gente, sus voces y sus risas. Imaginaba las caras, las expresiones faciales, al chofer aburrido y solitario, concentrado en la conducción de su destartalado vehículo. Podía imaginar al viejo que lo miraba con desprecio, al vendedor de pastelitos y al pregón de helados. Su nariz se inflaba. Abrió los ojos, frunció el entrecejo y arrugó la cara. Entonces una mirada profunda y gélida, una mirada auscultada, se posó como un pájaro sobre sus pupilas cansadas. Burundi tuvo pánico y su cuerpo tembló bajo ese poderoso influjo. Incisivo, cortante, total, el pájaro lo venció. Él no quería ver más. Se mareaba en medio de la barahúnda vespertina, palidecía y no podía sostener la aplastante mirada de mujer” (pp. 31-2).

2. Encuadre de la faceta sensorial y espiritual de lo existente en su expresión múltiple y simultánea de una escena en busca del perfil cabal y preciso de hechos, tramas y ocurrencias: “A las tres de la mañana se había entronizado un tenso silencio, casi sepulcral, sólo a veces alterado por un suave sonido, por una voz lejana. Aún no había intercambiado ni una sola palabra con la mujer. Burundi cavilaba. En los ojos negrísimos de la extraña encontró vestigios de su madre y tuvo inmensas ganas de llorar, de abandonarse a la pena, a los restos de un dolor añejo, atroz. Pero logró, con mucho esfuerzo, despejar el lastimoso recuerdo, ahuyentarlo y convertir su semblante en una máscara sin emociones” (p. 51).

3. Creación de imágenes comparativas, metafóricas y simbólicas que enriquecen la presentación de personajes, cuadros y ambientes articulados a los hechos narrados para potenciar el fotograma de la realidad socio-cultural: “Burundi no sabía a dónde ir. Tampoco le importaba demasiado. No tenía la más mínima idea de cómo usar las próximas horas. El tiempo estaba colocado a sus pies como una alfombra enorme. Caminó mucho y despacio. Se detuvo en un colmado, se apoyó en el mostrador sucio y pidió un trozo de queso y pan. Un mozalbete, de pelo encrespado y brazos huesudos, atendía a los clientes. La voz de Shakira animaba el momento. En un rincón, tres parroquianos empinaban botellas de refrescos. El dependiente bajó un frasco de ron de un tramo atiborrado de bebidas. Un borracho gritó obscenidades a una muchacha que acababa de comprar tomates y cebollas. Los clientes rieron y la mulata, de pechos generosos y trasero abundante, salió avergonzada. Burundi estaba acodado al mostrador, rígido, sin mover un músculo de la cara. El muchacho terminó de despachar al hombre y después a una mujer. Luego, mirando a Burundi, le dijo: -¿Y usted, qué quiere?” (p. 28).

4. Descripción y narración entrelazada desde la perspectiva del protagonista y el punto de vista de la narradora, lo que hace posible una visión plena y rotunda de la realidad sociocultural. La narradora mira el acontecer del mundo con los ojos de su protagonista: “La calle se fue quedando vacía. Pocas personas la transitaban. Burundi echó una ojeada a las aceras, a las fachadas de las casas vetustas, a los antiguos edificios de empinadas escaleras y amplias habitaciones. No llegaba hasta él siquiera el ruido de los escasos vehículos que se desplazaban por la calle Arzobispo Nouel. Tampoco quedaba rastro de los mendigos y vendedores que cada día invadían las aceras con sus variopintas mercancías. Cada noche era como si pasara un viento fuerte que los arrancara de cuajo. Quedaban entonces las calzadas desoladas, las vías desiertas. Al día siguiente, se multiplicaban y florecían los vendedores ambulantes, los pordioseros con sus cojeras y deformidades, con sus rostros miserables y sus manos mugrientas y temblorosas” (p. 49).

5. Configuración de cuadros, escenas y momentos narrativos en los que fusiona el plano real con el plano evocado para sugerir el estado de alucinación unas veces, de desesperación otras, en el que el sujeto de la narración discurre en medio de sus tribulaciones, que la narradora contrasta con la fuerza de la naturaleza: “Cerca de las tres de la tarde recogió las baratijas, botó la bolsa en un pequeño muladar y caminó. El Sol era intenso y ardía demasiado. Sol tropical; Sol rotundo. Rato después caía sobre la ciudad una lluvia implacable. Durante tres horas estuvo lloviendo sin amainar ni un momento. Santo Domingo era un lago nauseabundo. La gente se guarecía bajo los toldos de las tiendas. Esperaba ansiosamente que dejara de llover. En las aguas pestilentes flotaban cáscaras de frutas, papeles, pedazos de madera y cartón, zapatos viejos, ropas inservibles y cacharros. Las imprecaciones estallaban en las calles y avenidas” (p. 86).

   En atención a su sólida formación intelectual y su firme vocación literaria, Emilia Pereyra sabe que la realidad socio-cultural ofrece múltiples opciones a quienes tienen ojos para ver y oídos para escuchar y una sensibilidad trascendente para dotar al contenido de su escritura de una dimensión honda desde perspectivas profundas y elocuentes, testimoniadas con imaginación, sentido y belleza, con la onda humanizada y trascendente y, sobre todo, con la autenticidad de quien escribe bajo la inspiración de su propia percepción y su valoración del mundo. Por eso escribió nuestra admirada narradora: “Sabiendo esta realidad, sin renunciar a la búsqueda del pasado para conocer la trayectoria y la experiencia humana, debemos tener los sentidos alertas para ver, oler, palpar, intuir, imaginar y profundizar todo lo que nos rodea. Por eso, creo que no es errado que propongamos que echemos miradas sobre nuestras vidas, que reflexionemos sobre el misticismo, el pensamiento mágico, la intuición, la soledad, la corrupción y la frivolidad imperantes y sobre otros temas” (6).

Efectivamente, temas como la soledad, la pena, el agobio que experimenta el protagonista de esta singular historia, es exactamente lo que sienten y padecen millones de hombres y mujeres, no sólo en los sectores humildes del pueblo dominicano, sino de cualquier lugar del mundo sometido a la inequidad de la explotación o la arbitrariedad de la opresión. Esas manifestaciones de la interioridad, que la narradora ausculta en sus personajes, es índice de unas precarias condiciones materiales y espirituales en sus criaturas imaginarias. La narradora se introduce en el interior de sus personajes para entenderlos en su comportamiento y sus reacciones peculiares. Sabe narrar el vacío interior, la pena y la desolación que carcomen sus vidas. Sabe ubicar el entorno material y afectivo de su ambiente circundante para profundizar en el derrotero de sus vidas. Sabe leer e interpretar la razón de actitudes y conductas. Y sabe enfocar el trasfondo de unas condiciones que reclaman un reordenamiento esperanzador de vida y entusiasmo.

En varios pasajes narrativos de esta singular novela, sobre todo en aquellos cuyo campo semántico encierran situaciones dramáticas y conflictivas, la narradora evoca referencias musicales como una forma de provocar la distensión ante el estrés y la ansiedad de sus interlocutores. La música implica la sensibilidad y la sensibilidad conduce al disfrute y la valoración de la Creación. El nivel de comprensión intelectual y estética de los personajes de Cóctel con frenesí, es rudimentario y tosco, afín a los sectores populares de nuestros obreros y chiriperos, lo que explica la alusión a bachatas y merengues en la concurrencia de hechos y ambientes. Emilia Pereyra, como buena novelista, sabe perfilar la sensibilidad de los hombres y mujeres de los ambientes populares urbanos y campesinos y sabe que la música es el vehículo artístico que llega al corazón del pueblo. En la narrativa de nuestra novelista ese aspecto se afianza gracias a la significación estética de un relato que pretende revelar la realidad en su expresión genuina y auténtica.

Los buenos narradores no explayan ni califican los hechos que narran. Simplemente  muestran lo que una imaginación, curtida en la fragua de la realidad, concibe para que sea el lector quien infiera y juzgue. Emilia Pereyra presenta el panorama. Describe y narra. Enfoca y sugiere, como la buena narradora que es. La obra narrativa de Emilia Pereyra es una prueba de su alta conciencia intelectual, social y estética. La dimensión de sus relatos revela su fe en la eficacia de la palabra con su riqueza expresiva y su alcance semántico. Emilia narra para atizar un sentido, para mostrar lo que concita su sensibilidad, para fulminar lo que encalabrina su conciencia (7).

Emilia Pereyra describe y narra, no su deseo de las cosas, sino lo que percibe de la realidad con un verismo cautivador e impresionante. No se trata de una narrativa acomodaticia que pretende conmutar sus anhelos con la realidad; la narradora se sabe intérprete de una expresión social, testigo notarial de lo que el mundo expresa y que la imaginación recrea con la mayor dosis de verismo para sugerir una toma de conciencia con una visión objetiva, actitud solidaria y disposición genuina.

La novela de Emilia Pereyra parece un fotograma social y epocal similar a un tratamiento fílmico con tal precisión que podemos visualizar, a través de sus palabras, el decurso de sucesos y el trasfondo de hechos y actitudes. Esa es una virtud narrativa que distingue la ejecutoria novelística de autores de la talla de Camilo José Cela, Miguel Delibes, Juan Rulfo, Alejo Carpentier, Juan Bosch, Marcio Veloz Maggiolo y Manuel Salvador Gautier, cualidad que posee nuestra agraciada novelista.

Lo que Emilia Pereyra narra no es una visión romántica, modernista o surrealista de lo que la imaginación podría concebir de la realidad, sino lo que la misma realidad, tozuda y pragmática, ofrece y sugiere para la creación de una narrativa densa, vigorosa y contundente con un lenguaje afín a esa manera de ver y sentir, como la obra de esta valiosa narradora dominicana, cuyas novelas confirman el talento de esta primorosa novelista nacional.

A través de Burundi, un humilde hombre de los barrios pobres de Santo Domingo, nuestra novelista nos ofrece una visión sociográfica y estética de una realidad social actual con datos y personajes tamizados a través de una ficción rica en pormenores anecdóticos, variada en recursos compositivos, elocuente en frases hermosas y, sobre todo, reveladora de una novelista ejemplar.

La realidad siempre auspicia la gestación de los buenos novelistas que la cifran e interpretan. La de nuestro tiempo y de nuestro país nos dio la voz luminosa y refrescante de Emilia Pereyra.

Bruno Rosario Candelier
Academia Dominicana de la Lengua
Santo Domingo, 16 de octubre de 2008.

Notas:

1. Bruno Rosario Candelier, El Interiorismo, Moca, Ateneo Insular, 2001, p. 273.
2. Emilia Pereyra, “El valor del Interiorismo”, en B. Rosario Candelier, El Interiorismo, p. 125.
3. Emilia Pereyra, Cóctel con frenesí, Santo Domingo, Editora Cole, 2003, p. 135. Todas las citas proceden de esta edición.
4. Nació en Azua en 1963. Egresada de la Escuela de Comunicación Social, de la UASD, tiene una Maestría en Multimedia en la Universidad del País Vasco, de España. Ha publicado tres novelas: El crimen verde, Cenizas del querer y Cóctel con frenesí. Periodista en ejercicio, labora también en la radio y la televisión.
5. Emilia Pereyra, “El valor del Interiorismo”, citado, p. 126.
6. Emilia Pereyra, “El valor del Interiorismo”, citado, p. 127.
7. Es importante consignar que Emilia Pereyra es miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua y miembro titular del Movimiento Interiorista del Ateneo Insular.