Temas idiomáticos

Por María José Rincón

 

HOY NO ES VIERNES

Ando enredada con la mitología clásica; y, como siempre, con las palabras. Algunas de las nuestras –no podían ser menos como herederas del latín– tienen su origen en los nombres de ciertos personajes mitológicos y presumen de una curiosa historia que nos transporta a relatos ancestrales que forman parte de nuestra cultura.Siete días tiene la semana y cuatro de ellos les deben sus nombres a antiguos dioses. El martes (dies Martis), como hoy, segundo día de la semana, se le dedica a Marte, dios de la guerra, aquel que para los griegos era el dios olímpico Ares, hijo de Zeus y Hera. El mismo origen del adjetivo marcial, relacionado con la guerra y la milicia.

El miércoles (dies Mercuris) honraremos a Mercurio, el mensajero de los dioses; Hermes para los griegos, hijo de Zeus y Maya, ingenioso y buen orador, era venerado como dios del comercio. Calzaba unas sandalias aladas que le ayudaban a cruzar con facilidad las fronteras, incluso aquella que separa la vida de la muerte. También el elemento químico mercurio, metal y líquido, le rinde homenaje por su movilidad.

El jueves (dies Iovis), le llega el turno a Júpiter el Zeus griego, padre de los dioses olímpicos, cuyo nombre está en el origen de la palabra dios.

El viernes (dies Veneris), quinto día de la semana y el más esperado, está dedicado a la diosa romana Venus, la griega Afrodita. Diosa del amor y del erotismo, su nombre latino está en el origen del adjetivo venéreo, relacionado con el placer sexual, y con las enfermedades que se transmiten por contacto sexual; y de su nombre griego surgen el sustantivo y adjetivo afrodisíaco (o afrodisiaco), para referirse a lo que excita o estimula el apetito sexual. Hasta aquí, que hoy no es viernes y el cuerpo lo sabe.

 

EL HILO DE ARIADNA 

Guiada por el hilo de Ariadna sigo recorriendo el laberinto de las palabras con ecos mitológicos. Fue Dédalo el arquitecto más famoso por haber diseñado y construido, por orden de Minos, rey de Creta, el laberinto en cuyas encrucijadas se perdía Minotauro. A este arquitecto y a su obra alude el sustantivo dédalo con el que nos referimos a algo confuso o enredado.

Nada mal nos vendría un atlas para no perdernos en nuestro viaje por el mundo de las palabras mitológicas. Atlas, el titán castigado por el dios Zeus a cargar sobre sus hombros la bóveda celeste, le presta el nombre a este libro formado por una recopilación de mapas (los hay, incluso, de palabras). Imaginen los padecimientos del pobre titán Atlas con las cervicales; por eso la primera de estas vértebras también le rinde homenaje con su nombre. Los titanes, hijos de los dioses Gea y Urano, prestaron su nombre para designar a quien se le reconoce alguna cualidad extraordinaria; con él construimos el adjetivo titánico para describir lo que es desmesurado o excesivo; y el nombre del titanio, elemento químico metálico de gran dureza y resistencia.

Como alguna vez escribí, un recorrido por la lengua es una odisea de palabras; nos embarcamos, según la definición del DLE , en un ‘viaje largo, en el que abundan las aventuras adversas y favorables al viajero’. Las peripecias nos esperan en cada recodo del camino, como aquella de descubrir que el sustantivo odisea le debe su ser a la Odisea, el poema de Homero que narra el mítico viaje de regreso de Odiseos desde las costas de Troya a su anhelado hogar, Ítaca. Nuestra odisea con las palabras conduce casi siempre al diccionario, que, como el hilo de Ariadna, nos ayuda a regresar a casa.

 

SIRENAS Y QUIMERAS

El viaje por las palabras y la mitología es largo y está plagado de aventuras. Durante la travesía nos topamos con seres extraordinarios y con sus no menos extraordinarios nombres. Roguemos para que la voluntad de Eolo, señor de los vientos, nos sea favorable y llene nuestras velas con sus impulsos eólicos. En nuestro recorrido encontraremos a los cíclopes, gigantes de un solo ojo en la frente, de fuerza descomunal, que han prestado su nombre a los adjetivos ciclópeo y ciclópico, para describir lo gigantesco o excesivo.

No nos desviarán los cantos de las sirenas, esas ninfas marinas con busto de mujer y cuerpo de ave que pierden a tantos marineros. Cómo sería esa forma de cantar que ha dado el nombre de cantos de sirena a las palabras hermosas y convincentes que encierran una gran capacidad de seducción. Un poco más prosaicas, pero igualmente audibles, son las sirenas de las ambulancias, de los carros de policía o de los camiones de bomberos, o aquellas que anuncian alguna situación de alarma o el final de la jornada laboral. En el mar encontraremos infinidad de medusas –aguamalas o aguavivas también se las llama–, cuyos tentáculos recuerdan a las serpientes venenosas que formaban la cabellera de Medusa, una de las tres gorgonas, que petrificaba a todo aquel que la miraba a los ojos.

Cuando atraquemos y nuestros pies bajen a tierra quizás tengamos la desdicha de encontrarnos con Quimera, un ser mitológico con cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de dragón. Nunca sabremos cuántas quimeras más nos esperan en el camino; las quimeras, imaginaciones y espejismos que aparentan ser verdaderos y que no lo son, no logran desviarnos de este camino de las palabras mitológicas que recorreremos nuevamente la próxima semana.

 

DIOSES Y HÉROES

La mitología clásica está detrás de algunos sustantivos y adjetivos que atribuyen cualidades o comportamientos relacionados con los dioses o los héroes griegos y romanos. Como en tantos aspectos de nuestra cultura, la mitología funciona como punto de referencia, aunque las más de las veces nos pase desapercibida.

El nombre del dios olímpico Dioniso es la raíz de nuestro adjetivo dionisíaco (o dionisiaco), que atribuye a quien se le aplica la naturaleza impulsiva, vitalista y gozadora de Dioniso, dios del vino y la fertilidad. Dioniso tenía a Baco como su correlato latino y, a partir de su nombre, surge el adjetivo báquico, aplicado a aquello relacionado con la ebriedad. Por el contrario, el nombre de Apolo, uno de los dioses olímpicos más poderosos, considerado el dios de la belleza, de la armonía y del equilibrio, está en el origen del adjetivo apolíneo, que se aplica a todo aquello que posee estas cualidades. Si en un hombre queremos destacar la perfección de sus rasgos o de su cuerpo diremos de él que es apolíneo, o lo consideraremos directamente un apolo; incluso, un adonis, comparándolo a la eterna belleza y juventud del dios Adonis.

En cambio, si la cosa no va de belleza sino de fuerza, lo consideraremos un hércules, acordándonos de Hércules, héroe mitológico de extraordinaria fuerza y corpulencia que presta su nombre para construir el adjetivo hercúleo, referido a una persona musculosa y muy fuerte. Cuando, en cambio, lo que destaca es el carácter enamoradizo, lo consideramos un cupido, en referencia a Cupido, dios romano del amor, hijo de la diosa Venus.

 

VIDA Y MUERTE

El hilo conductor de la mitología, como el hilo de Ariadna, nos está sirviendo para repasar un nutrido grupo de hermosas palabras de nuestra lengua que remontan su origen a personajes clásicos. Hablábamos la semana pasada de Cupido, dios romano del amor. Hoy hablaremos de su correspondiente griego, el dios Eros, que está en el origen de nuestros términos erotismo y erótico. En griego la palabra eros se refería al amor sexual, de ahí que funcione como raíz de erotismo ‘amor o placer sexuales’ y de erótico ‘relativo al amor o placer sexuales’ o ‘que excita el deseo sexual’.

Cupido era hijo de la diosa Venus, diosa del amor y la belleza, cuyo nombre usamos como sustantivo común, siempre con minúscula inicial, para referirnos a una mujer muy hermosa considerándola una venus. Su nombre también está en la raíz del adjetivo venéreo, ‘relacionado con el placer o el acto sexual’, y que usamos además para referirnos a las enfermedades de transmisión sexual.

El correlato griego de Venus era Afrodita, diosa nacida de la espuma del mar (les debo los detalles de la historia, que no pueden ser más escabrosos). Su nombre ha dado lugar al adjetivo afrodisíaco (afrodisiaco), aplicado a aquello que estimula el deseo sexual. Como sustantivo se refiere a las sustancias que tienen este efecto (o que dicen tenerlo, vaya usted a saber).

Entre los personajes mitológicos femeninos estaban las Parcas (las Moiras en Grecia), tres hermanas hilanderas que tenían en sus manos el destino de los mortales; una hermana hilaba, la otra devanaba y la última cortaba el hilo de la vida; por eso usamos la palabra parca para referirnos poéticamente a la muerte. Seguro que más de una vez han oído decir que nuestra vida pende de un hilo.

 

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