Temas idiomáticos

Por María José Rincón

 

TRES DÍAS EN MADRID. TERCERA JORNADA

Tres días en Madrid. Tres días con las palabras. Tercera jornada. Con el buen sabor de boca que me dejó la visita a la sede de la Real Academia Española, sigo metida en harina lingüística. Le llega el turno a la investigación. Desde que vivo en la República Dominicana me he interesado por sus diccionarios. No son muchos, pero desde luego tienen mucha tela que cortar. En mi última jornada madrileña la UNED me acoge para presentar los resultados de la investigación que he venido realizando en los últimos años sobre el tratamiento del léxico de los dominicanos tanto en nuestros propios diccionarios como en los diccionarios que se dedican a registrar el léxico de toda la América de habla española.

En una intensa sesión se van desgranando uno a uno los diccionarios que alguna vez han descrito nuestras palabras, desde aquella deliciosa Tabla de Fray Pedro Simón de 1627 hasta el todavía pipiolo Diccionario del español dominicano, publicado en 2013. Repasar cómo están hechos los diccionarios, cómo funcionan, qué palabras contienen y qué nos dicen sobre esas palabras son tareas esenciales para los lexicógrafos. Por supuesto, no solo se trata de analizar los diccionarios contemporáneos, sino de conocer al dedillo de qué diccionarios venimos, cuáles son sus aciertos y cuáles son sus puntos débiles. El conocimiento de la historia de nuestra lengua nos ayuda a evaluar el contenido de los diccionarios; el conocimiento de la historia de nuestros diccionarios nos ayuda a mejorar nuestra técnica. No es solo una cuestión académica o investigadora: a mayor conocimiento de la lengua y a mejor técnica lexicográfica, mejores diccionarios. Y recuerden que los diccionarios no se construyen para los académicos, sino para los hablantes; para que los hablantes los consulten y, si es posible, para que les sean útiles a diario. Con este objetivo en la mira, un puñado de lexicógrafos nos reunimos en Madrid para compartir conocimientos y hallazgos que nos permitan hacer lo que más nos gusta hacer: diccionarios.

03 JUL 2018

CURIOSA EVOLUCIÓN

Las palabras más coloquiales, aquellas que los buenos hablantes reservan para la conversación informal, suelen hacernos dudar a la hora de escribirlas. Esas mismas dudas ortográficas nos dificultan a veces su localización en el diccionario.

Sirvámonos de un sabroso ejemplo sobre el que me consultaron en estos días. Un lector se preguntaba por qué la palabra ruyío no aparecía en los diccionarios académicos.

En primer lugar, si vamos a buscar un participio o un adjetivo terminado en -ado o -ido, debemos tener en cuenta que en el diccionario no los vamos a encontrar sin la -d- intervocálica. Que nos comamos esta -d- cuando hablamos no quiere decir que nos la podamos comer también cuando escribimos. Es verdad que, acostrumbrados como estamos a ver este adjetivo sin ella, parece que no lo reconocemos si se la restituimos en la escritura: ruyido.

El verbo ruyir y el adjetivo ruyido no son exclusivos de la República Dominicana; se usan también en Canarias, México o Venezuela, donde han desarrollado diferentes acepciones. Alvar aclara su procedencia de roír, una forma peculiar del verbo roer, al que, en algún momento de su historia, los hablantes le introdujeron una -y- para deshacer el hiato, dando lugar a una evolución como esta: roer > roír > royir > ruyir. En algunos diccionarios lo encontrarán también con la variante ortográfica rullir.

La acepción dominicana del adjetivo se deriva de la acepción general del participio roído: ‘mordido o gastado superficialmente’. Despectivamente se aplica a la persona que está en una mala situación económica o de salud.

Con el dominicanismo ruyido hemos recordado un par de trucos para buscar en el diccionario. Para empezar, no se coman la -d-; y recuerden que los diccionarios, generalmente, no registran los participios. Si no encuentran el participio, prueben a buscar el infinitivo.

 10 JUL 2018

 

UN ARSENAL DE GOLPES

Como muchos lectores alrededor del mundo, ando enfrascada en la relectura compartida del Quijote en Twitter (búsquenla con la etiqueta #Cervantes2018). En el capítulo 24 de la primera parte don Quijote llama bellaconazo a un personaje de sus idolatrados libros de caballerías. Disfruté del regusto dominicano de este uso cervantino del aumentativo; placeres de la lectura de un clásico del siglo XVII desde una isla antillana en pleno siglo XXI.

El sufijo -azo no es exclusivo del español dominicano, pero quizás por aquí se le añada una sabrosura particular que adereza todas sus posibilidades expresivas. Si leemos el artículo que le dedica el DLE podremos reconocerlas.

A su valor aumentativo puede añadírsele uno apreciativo, en ocasiones difícil distinguir: ¿un carrazo es un carro grande o un carro que admiramos, independientemente de su tamaño? También recurrimos a este versátil sufijo si queremos añadir cierto tono despectivo, como el que imprimimos al sustantivo cuando hablamos de humazo o aceitazo, o un matiz afectivo, como el de padrazo o madraza.

Sin embargo, el sufijo -azo no se restringe a la expresión de estos matices. Interviene en la formación de nuevas palabras, todas ellas pertenecientes al campo semántico de los golpes. A veces forma voces que designan un golpe dado sobre la parte expresada por la palabra a la que se une; un espaldarazo no es más que un golpe dado en el espaldar, como aquel que le daban con la espada a los que se armaban caballeros, como el mismo don Quijote. Otras veces añadimos el sufijo -azo a la palabra que designa el objeto que da el golpe; de estos tenemos toda una galería en el español dominicano: macanazomascotazochuchazoyaguazobambinazobatazofuetazocacazocorreazococotazocorrientazo. ¿Por qué será que nuestra creatividad se desborda con esto de los golpes? Será cuestión de darle mente.

17 JUL 2018

 

BALONES Y FEMENINOS

El Mundial de fútbol nos mantuvo un mes atentos a veinticinco hombres en calzones corriendo detrás de un balón. A simple vista un deporte sencillo que logra suscitar pasiones en todo el planeta.

La imagen de la presidenta croata apoyando a su selección, que llegó a ser subcampeona del mundo, revivió las dudas acerca del femenino del sustantivo presidente. Nada resulta más refrescante y alentador que tener la oportunidad de resolver dudas sobre la formación y el uso del género femenino en la lengua. Significa que las mujeres adquieren protagonismo y visibilidad por sus acciones y que la lengua debe poder expresarlo; expresarlo correctamente, por supuesto.

El sustantivo presidente, como muchos de los terminados en -nte, procede de un participio activo latino (praesidens, -entis). La mayoría de estos sustantivos funcionan normalmente como comunes en cuanto al género. Designan a personas de uno u otro sexo y solo podemos distinguir a qué sexo se refieren gracias a la concordancia con los determinantes o los adjetivos que los acompañan en la frase: el presidente electo/la presidente electa.

Sin embargo, el uso ha generalizado, incluso entre los buenos hablantes, la alternancia de género mediante el cambio de desinencias: presidente/presidenta. La utilización del femenino presidenta es mayoritaria. Y no crean que es una cosa de ahora: la forma ya está registrada en la edición de 1803 del Diccionario de la lengua española de la RAE. La misma regla, por supuesto, siguen las palabras que se forman a partir de presidenta: vicepresidenta, expresidenta, copresidenta.

No hay por qué alarmarse. Algo similar sucedió con infantaclienta o tunanta. Los hablantes las asumieron hace tanto tiempo que ya no nos sorprenden. Uso, tiempo, norma, todo tiene su punto de protagonismo en la lengua.

24 JUL 2018

Ortoescritura

Por Rafael Peralta Romero

DUARTE DÍEZ, SIN LA CONJUNCIÓN INNECESARIA

Un buen amigo, lector habitual de esta columna, ha enviado la siguiente comunicación: En el busto del Padre de la Patria, aún no develado, que se encuentra en la Plaza de la Bandera, se escribió el nombre Juan Pablo Duarte y Diez. ¿La conjunción “y” entre los apellidos del Padre de la Patria es gramaticalmente correcta?.

Le hemos respondido, mediante correo electrónico, que no es incorrecta pero sí innecesaria. Se recurre a la conjunción /y/ entre los apellidos cuando hay lugar a confusión, cuando se trata de apellidos, sobre todo el primero, que funcionan además como nombres, tales los casos de: Mauricio, José, Antonio, Alberto, Ramón, Marcial, Altagracia, Jorge… y otros.

En esos casos podría justificarse la y. Ejemplos: Leonardo Mauricio y Amparo, Luis José y Martínez, Rafael Antonio y Peña, Marcial Ramón y Sánchez, Rafael Marcial y Silva, José Altagracia y Ramírez, Orlando Jorge y Mera. En cada ejemplo el primer apellido es también un nombre, por lo cual se presta a confusión, si la persona es de sexo masculino.

En cuanto a los apellidos María, Altagracia, Rosa, Paula, Lucía, Julia, Jazmín, Alba, Concha, Oliva, Alma, Rosario, Mercedes, Concepción, Encarnación…cuando son usados por una mujer conviene antes del segundo apellido colocar la conjunción. Una dama podría llevar por nombre, por ejemplo: María Altagracia Rosa. La duda se originará en cuanto a si Altagracia es parte de su nombre o si es su primer apellido. Lo mismo ocurrirá si cualquiera de estos apellidos apareciera a continuación del primer nombre de una mujer. Son los casos en los que se justifica la conjunción.

El apellido Duarte no se presta a confusión, aunque algunos pocos lo hayan usado como nombre.
La Ortografía de la lengua española, publicación oficial de las academias, indica al respecto: “La práctica más frecuente hoy en español es yuxtaponer el apellido paterno al materno, sin ningún tipo de conector (Carlota Sánchez Martos o José Pérez García), frente a la antigua costumbre de utilizar la conjunción y para distinguir cada apellido, especialmente en el caso de que uno de ellos fuera compuesto o pudiera confundirse con un nombre de pila: Francisco de Goya y Lucientes, Mariano José de Larra y Sánchez de Castro. Ramón Pérez de Ayala y Fernández del Portal, Santiago Ramón y Cajal” (Ortografía 2010, pág. 630)

 

DÍEZ, CON TILDE

El apellido materno del fundador de la República Dominicana es Díez. Escrito sin tilde esta palabra nombra el número 10. Díez es un apellido patronímico (Pérez, Sánchez, Fernández…) y tiene parentesco –también parecido- con Díaz, otro patronímico de similar origen.

Como los apellidos patronímicos derivan de nombre personal, Díez procede de Día o Dia, que son formas abreviadas de Diago o Diego, a su vez contracción de Santiago. Significa “hijo o descendiente de Diago o Diego”.

Se expandieron por varias regiones de España y sus descendientes se apellidaron Díaz o Díez, indistintamente. En una página sobre heráldica, en la Web, se anota que familias emanadas de un mismo origen usaron el apellido Díaz, mientras otras, llevaron Díez, sin dejar de emplear el mismo escudo de armas.

El tiempo los definió como dos apellidos. De modo que doña Manuela Díez, cuyo padre era Antonio Díez, natural de la Villa de Osomo, en la provincia de Palencia, España, vino al mundo con ese apellido. Y así ha de apellidarse su grandioso hijo: Juan Pablo Duarte Díez.

El Nacional, 24/06/ 2018.

 

FUERO Y AFORAR, DESAFUERO Y DESAFORAR

El sustantivo /afuero/ ha caído en desuso y los académicos recomiendan emplear /aforo/.  Este último aparece en el Diccionario de la lengua española con dos acepciones: 1. m. Acción y efecto de aforar. 2. m. Número máximo autorizado de personas que puede admitir un recinto destinado a espectáculos u otros actos públicos.

Para los fines de este artículo solo interesa la primera acepción, lo relativo a /aforar/. Este verbo  tiene dos entradas en el DLE, pero solo interesa una,  que es la siguiente: De a- y fuero. tr. Otorgar fuero. (Conjugación  como  contar).

Fuero procede del latín forum ‘foro’.  Y mire todo lo que significa: 1. m. Jurisdicción, poder. Fuero eclesiástico, secular.2. m. En España, norma o código históricos dados a un territorio determinado. Los fueros de Navarra y del País Vasco.3. m. Compilación de leyes. Fuero Juzgo. Fuero Real.4. m. Cada uno de los privilegios y exenciones que se conceden a una comunidad, a una provincia, a una ciudad o a una persona. U. m. en pl.5. m. Privilegio, prerrogativa o derecho moral que se reconoce a ciertas actividades, principios, virtudes, etc., por su propia naturaleza. U. m. en pl. Defender los fueros de la poesía, del arte, de la justicia, de la razón.6. m. coloq. Arrogancia, presunción. U. m. en pl.7. m. Der. Competencia a la que legalmente están sometidas las partes y que por derecho les corresponde.8. m. Der. Competencia jurisdiccional especial que corresponde a ciertas personas por razón de su cargo. Fuero parlamentario. 9. m. desus. Lugar o sitio en que se hacía justicia.

El Diccionario incluye estas  locuciones con la palabra fuero:

Fuero de la conciencia. 1. m. Libertad de la conciencia para aprobar las buenas obras y reprobar las malas. U. m. en pl. Fuero interior, o fuero interno.   A fuero, o al fuero. 1. locs. advs. Según ley, estilo o costumbre. De fuero. 1. loc. adv. De ley, o según la obligación que induce la ley. Privilegio del fuero.

Lo contrario de aforar (dotar de fuero) es desaforar, que se forma anteponiendo el prefijo des-  al verbo aforar. También éste se conjuga como    contar. Es decir, es verbo de irregularidad vocálica que en algunos tiempos y modos cambia la vocal –o en su raíz, por el diptongo –ue (cuento, desafuero; cuentas, desafueras, cuenta, desafuera…).

Desaforar es quebrantar los fueros y privilegios que corresponden a una persona o institución. Pero también se priva a una autoridad  del fuero o exención que goza, por haber cometido algún delito de los señalados para este caso, como soborno, por ejemplo.

El verbo ha generado el sustantivo /desafuero/. El Diccionario académico define este vocablo así: De desaforar. 1. m. Acto violento contra la ley. 2. m. Acción contraria a las buenas costumbres o a los consejos de la sana razón.3. m. Der. Hecho que priva de fuero a quien lo tenía.

Aunque se tiene el sustantivo /aforo/ (acción y efecto de aforar) no es viable  agregarle  el prefijo /des-/, pues la palabra “desaforo” no aparece en ningún lado, ni tampoco es necesario que aparezca.

Pese al sustantivo /aforo/, además  es preciso cuidarse cuando se conjuga el verbo aforar, en el sentido de otorgar fuero, pues se impone la irregularidad vocálica: afuero, afueras,  afuera, aforamos, aforáis, afueran.

Hay otro verbo aforar, relacionado con foro y no con fuero, cuya conjugación es regular (aforo, aforas, afora…), pero ese es otro tema.

 

PALABRAS, TAN SOLO PALABRAS

Nada tiene que ver lo expresado en el título con la  vieja balada así titulada. Se trata de que el tema de hoy consiste en comentar un grupo de palabras de las que conviene reforzar su escritura, su fonética o su valor semántico, para evitar dudas y errores. Veamos:

1-karma. Procedente del sánscrito, significa  ‘hecho, acción’. El Diccionario de la lengua española la define de este modo: “En algunas religiones de la India, energía derivada de los actos de un individuo durante su vida, que condiciona cada una de sus sucesivas reencarnaciones, hasta que alcanza la perfección”. Algunos hablantes la emplean en referencia a algo o alguien como causa de su sufrimiento. Mejor será usarla en el sentido de  fuerza espiritual.

2-Terna.  El sentido de esta palabra sigue vinculado al número tres. Se propone un conjunto de tres personas para que se designe de entre ellas la que haya de desempeñar un cargo o empleo. El trío puede ser también de animales o cosas. De ningún modo puede haber terna de cuatro o de cinco.

3-Lívido. Con la fuerza de entonación en la antepenúltima sílaba,  es decir palabra esdrújula. Escrita con /v/. Significa amoratado o pálido. Es un adjetivo, y por tanto soporta el accidente de género: lívida.  Se quedó lívido cuando se lo dijeron.   Al ver la situación, la cara se le puso lívida.

4- Libido. Con acento no marcado en la penúltima sílaba /bi/.  Significa deseo sexual. Es sustantivo masculino, pese a terminar en o, por lo que suele ir precedida del artículo /la/. Cuando sube la libido a veces se pierde la razón.  “Catedral de la libido” es una novela de Avelino Stanley.

5-Frustración. Acción y efecto de frustrar.  Con este verbo se indica “Privar a alguien de lo que esperaba”.  Y agrega el Diccionario académico: Dejar sin efecto, malograr un intento. No sé si mi oído me engaña, pero  parece que algunas personas, entre ellas graduados universitarios,  pronuncian “fustración”.  Debe evitarse para no caer en frustraciones.

6- Manisero, manisera, que significa perteneciente o relativo al maní  y también se designa con esta palabra al vendedor ambulante de maní tostado. Hay variación de un país a otro, pero manisero es la forma mayoritaria frente a manicero, que  también es válida. Esta última grafía sigue el patrón de la palabra carnicero.

7-Extravertido, da.  Dado a la extraversión, dice lacónicamente el Diccionario. En la Psicología se denomina así a la “condición de la persona que se distingue por su inclinación hacia el mundo exterior, por la facilidad para las relaciones sociales y por su carácter abierto”. Fíjese en la raíz “extra”.

8-Introvertido, da. Dado a la introversión. Lo contrario de la anterior: “Condición de la persona que se distingue por su inclinación hacia el mundo interior, por la dificultad para las relaciones sociales y por su carácter reservado”. Fíjese en la raíz “intro”.

9-Ron. Palabra muy dominicana, pero deriva del  inglés  “rum”. Quizá sobre decirlo, pero es la bebida alcohólica obtenida por fermentación de la caña de azúcar. Palabra asociada, al menos fonéticamente es  berrón (de bay rum), que es un líquido alcoholado que se usa para fricciones. El sustantivo /berrón/ no ha sido incorporado al Diccionario académico, pero sí al Diccionario del español dominicano.

10- sustantivo, va. Para terminar con una nota curiosa les recuerdo que la palabra /susantivo/ es un adjetivo. Mire esto: 1. adj. Que tiene existencia real, independiente, individual. 2. adj. Importante, fundamental, esencial.

11- Adjetivo, va. Para que haya equilibrio el vocablo /adjetivo/ también es un adjetivo: 1. adj. Que expresa cualidad o accidente. 2. adj. Accidental, secundario, no esencial. Cuestión adjetiva.

Por hoy, tan solo palabras.

El Nacional, 22/07/ 2018.

«Jesús de la tierra», de Edwin Disla

Por Miguel Solano

Edwin Disla nació en Mao, provincia Valverde, República Dominicana. Es narrador, ensayista e ingeniero civil. Estudió ingeniería en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, donde se graduó en 1986. Se reveló como escritor en 1988 con la publicación del ensayo Historia de la revolución nicaragüense, a la cual le siguieron cinco novelas: Un período de sombras (1993), Vida de un tormento (1997), que fue llevada al teatro en el año 2000 por el grupo Los Rinocerontes de Neyba; El universo de los poetas muertos(2004), la novela histórica, Manolo (2007), basada en la vida de Manolo Tavárez Justo, que fue galardonada con el premio nacional de novela Manuel de Jesús Galván del año 2007, la más alta distinción narrativa del país; y Dioses de cuello blanco (2011). También ha publicado ensayos en la prensa y en su blogs sobre Ramón Lacay Polanco, Ramón Marrero Aristy, Miguel Holguín Veras, Mario Vargas Llosa y Poncio Pou Saleta. edwindisla@hotmail.com

 

A: En “Jesús de la tierra”, un narrador omnisciente relata la historia, y son frecuentes las mudas temporales, espaciales y los flashbacks.

B: La novela consta de 11 capítulos, que transcurren en 461 páginas, y al final un epílogo de 25 páginas, que cierra magistralmente la historia.

C: En el contenido hay párrafos largos, algunos hasta de 250 palabras y están entrelazados con los esenciales diálogos de los personajes.

D: El gran desafío del autor está definido en la contraportada del texto: “En esta sexta novela de Edwin Disla, Jesús de la tierra, sin duda su mas importante trabajo narrativo, se describe con profundidad la vida del personaje mas influyente y fascinante de la historia, Jesús de Nazaret. Las costumbres, el ambiente y el devenir del Israel de su época sobresalen con objetividad, dándole más colorido y nitidez a la obra. Jesús protagonizó sus hechos transgrediendo las tradiciones de su tiempo: rechazó la división de clases de la sociedad, se opuso a la enseñanza oral de las escuelas, considero a la mujer igual que el hombre, predicó un judaísmo renovado, sin templo ni jerarquía, amó la buena mesa y el vino, y no les permitió a los discípulos ni que ayunaran ni que hicieran penitencia”.

E: El lenguaje de la obra es el mismo de la época, y en los diálogos, los personajes reflejan el pensamiento judío de los primeros cuarenta años de la Era Cristiana.

F: La novela está dedicada, in memoriam, a Oscar Arnulfo Romero, y trascribe una saeta popular de Antonio Machado, que el cantautor Joan Manuel Serrat la inmortalizó en una canción. En el DLE se define una saeta como venida del latín Saggita, que significa “palo flamenco consistente en una jaculatoria o copla que una persona dedica a las imágenes de las procesiones”. Aquí la de Machado a Jesús:

¿Quién me presta una escalera

para subir al madero,

para quitarle los clavos

a Jesús el Nazareno?

 Un hombre grande

Para que ustedes entiendan lo que es, voy a contarles una breve historia: Fui a ver un amigo, al que no encontré en su casa. Con inusitada alegría me recibió un niño de unos cinco años. Le dije que buscaba a su abuelo. “Él no está”, respondió. Dale este libro”, se lo pasé. “Vuelvo más tarde”.

Según me contaría el abuelo, cuando él llegó, el niño salió corriendo a su encuentro, y con voz agitada le grito:

—Abuelo, abuelo, un hombre grande, grande, grande, vino buscándote.

—Cuidado si fue el gobernador. ¿Vino el gobernador buscándome?

—No ombe, le digo que vino un hombre grande, grande, grande.

—Bien, bien, bien, paso buscándome el ministro de las fuerzas armadas.

—No abuelo, no. Te vino buscando un hombre grande, grande, grande.

— ¿Estuvo aquí el presidente de la república?

—No, abuelo, entiéndalo, le estoy diciendo que vino un hombre grande, grande, grande.

—Muy, bien, muy bien, muy bien, el rey de Inglaterra paso por aquí. Él era quien me buscaba —sonrió.

El niño, angustiado, respiró profundo.

—Abuelo, papá, abuelo, le dije que fue un hombre grande, grande, grande.

—Muchacho del carajo, ¿por qué no acaba de decir quién fue que vino buscándome?

El niño salió corriendo para la habitación, y regresó con el ejemplar que le había dejado al abuelo, mi novela “Las lágrimas de mi papá”. Él niño la mostró diciendo:

—Un escritor, abuelo. Papá, le estuvo buscando un escritor.

Si para un niño inocente, si para la inocencia pura, que es Dios, un escritor es lo más grande que camina sobre la tierra, ese que ustedes ven ahí sentado, que tiene por nombre “Edwin” y apellido “Disla”, es un escritor. 

Dos grandes desafíos

1: Desventaja: Cuando el personaje más que conocido es un mito, cualquier evento puede descarrilar el tema, pues el lector siempre fija su atención en ese personaje, que forma parte de la conciencia universal.

2: Ventaja: A los mitos como Jesús de Nazaret, en vez de esforzarse en trabajarlo para colocarlo en la conciencia del lector, es mejor partir de lo que sabe ese lector, que es el Nuevo Testamento. Así que para cualquier autor es mejor aplicar la sabia inglesa de “trabajar con lo que hay”.

3: Labor: Como novelista, Edwin Disla se enfrentó a múltiples interrogantes, sobre todo la de cómo insertar en la historia a un hombre considerado como hijo de Dios o un Dios mismo. ¿Cómo eliminar ese mito, que tiene el poder hasta de hacer milagros, y presentarlo como un hombre común, aunque genial, conviviendo con los demás?

4: Logro: Jesús conquistó su liderazgo y popularidad combatiendo a los romanos y a sus aliados judíos, los saduceos —no a los fariseos—, en especial los que conformaban el Sanedrín, que era el instrumento administrativo usado por los romanos. 

El mito de Juan el Bautista

Jesús conoció a Juan el Bautista, a quien señaló como el más grande nacido de mujer. Era más que un profeta. Todos sufrimos cambios al conocer una nueva realidad, y más cuando en ella encontramos a seres brillantes como Juan el Bautista. Leyendo la novela nos enteramos de que, “Jesús había escuchado a voces saduceas describir a Juan como un gigante moreno, macilento, de espesa barba descuidada que le cubría casi la cara, de cabellos largos encrespados, vestido de un manto de pelo de camello, animal impuro, y con un cinturón de cuero a la cintura, y gritando, le brotaba fuego por los ojos, hagan penitencia, arrepiéntanse de sus pecados, que el reino de los cielos está cerca. Pero lo que encontró fue a un hombre joven, bien parecido, sí de elevada estatura, moreno por efecto de los rayos del sol y, semejante a Elías, vestido con un manto de pelo de camello, animal cuya carne es impura, no su pelo; y siendo esbelto, fuerte cual Sansón, de cabellera y barba rizada, propia de los judíos, no gritaba, sino que hablaba fuerte para enfatizar, con un lenguaje sencillo, las palabras de sus discursos. Como dijo Isaías: prepárenle el camino al Señor, enderécelen sus senderos. Todo valle será rellenado y toda montaña y colina será rebajada, y lo tortuoso se hará derecho…Y de sus ojos verdes brotaban luces y esperanzas”, pág. 72, tercer párrafo.

La forma de cómo quedó planteado ese primer encuentro, deja en el lector una agradable sensación de naturalidad. El mito de Juan desaparece, y queda de él el ser humano que en efecto fue. Ese manejo potencializa la verosimilitud de la obra, y nosotros como lectores nos damos cuenta, que la historia de Juan es muy diferente a la descrita por la teología. 

Personaje y tema

Lo difícil en una obra narrativa es lograr que los personajes encarnen el papel designado, física y emocionalmente, con sus pasos y con sus miradas. La capacidad para tomar en cuenta los detalles en  el uso del lenguaje es fundamental, porque los personajes en sus diálogos deben reflejar las costumbres y pensamiento de la época. Veamos cuando Jesús le pidió a Andrés que continuara hablándole de la familia: “Santiago (al que la posteridad le añadiría el apelativo de el Mayor para diferenciarlo de su homónimo el Menor; menor en edad) y Juan, siendo hijos de Zebedeo y Salomé, nacieron al lado de la casa de Jonás y Dina, padres de Andrés y Simón. Zebedeo y Jonás, amigos desde la infancia, tenían una pequeña empresa pesquera, la cual, cuando murió Jonás, un año después de la esposa, en el décimo segundo aniversario de la caída de Judas el galileo, los hijos continuaron con la empresa. Simón y Santiago habían sido miembros de la facción política zelote, y al demostrar el primero ser tan corajudo en su accionar (no quiso decir había sido de los que llamarían sicarios) lo apodaron Barjona”, pág. 82, 5to. párrafo. 

Romper mitologías

En una obra narrativa, cuando un mito rompe sus propias mitologías, no lo debe a hacer para invalidar su condición, sino para reconformarla según los nuevos tiempos. Es decir, restablecer su propio mito. Si el narrador no toma en cuenta esa obligatoriedad, genera un desastre en la mente del lector. No creo que Disla conociera esa obligatoriedad, pero la intuyó, confirmando lo que Bruno Rosario Candelier siempre dice: “Los narradores siempre intuyen cosas que no saben”.  Veámoslo en el siguiente pasaje: “Jesús, a poca distancia conversaba con Pedro, Santiago, Andrés y Juan, y seguido se presentaron, expresó señalando a Natanael, he aquí a un verdadero israelita, en quien no hay dolo. Natanael, impresionado, como desconocía que el elogio provenía de un salmo, supuso que había investigado su vida, lo cual era verdad. Y aun impresionado, en vez de doblegarse le preguntó, ¿de dónde me conoces? Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera esperándolo, te vi. —La respuesta no lo satisfizo, pero el magnetismo que irradiaba terminaría doblegándolo: Rabí, tú eres el mesías, futuro rey de Israel. ¿Por qué te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Mayores cosas verás”, pág. 84, 2do. párrafo.

Donde la rotura, no sólo del mito, sino de la propia historia se hace realidad es cuando el narrador afirma: “Las palabras premonitorias de Jesús se hicieron realidad treinta y seis años después, cuando debido a las deliberadas provocaciones de las autoridades neronianas y a la insoportable situación económica del pueblo, estalló la primera de las dos grandes guerras anticoloniales de los judíos contra Roma. En ella, los seguidores originales de Jesús, no los influenciados por Pablo de Tarso que se refugiaron en la Decápolis, en el pueblecito montañoso de Pella, participaron, y los monjes copistas paulinos se encargaron de borrarla de la historia mutilándola del texto Autobiografía de Flavio Josefo. En el básico (p.374), que aún se conserva clandestino, Josefo afirma que, una vez nombrado gobernador de Galilea y siendo uno de los jefes militares de la revuelta, ‘dirigí mis tropas contra los seforitas y tomé la ciudad al asalto. Con ese pretexto, los galileos, que no querían desaprovechar la oportunidad de saciar su odio contra una ciudad a la que detestaban, se lanzaron a exterminar a la totalidad de la población, incluidos los extranjeros. Sólo un grupo de las tropas, antiguos seguidores del sabio Jesús, de quien hablé extensamente en el segundo capítulo, encabezados por un anciano al que llamaban Pedro, se negó a atacar a los habitantes. Los demás irrumpieron en la ciudad y, encontrando las casas vacías, las quemaron, pues sus habitantes, llenos de miedo, se habían refugiado en la acrópolis’. 

El mito y la intriga

La intriga nos atrapa, y se presenta como un elemento de soporte de la historia, sin que con ella se vea afectado el carácter del personaje. Eso es otra particularidad que Disla también intuyó.  Veámoslo en el siguiente pasaje: “En efecto, Tomás estaba al tanto, y para sorpresa de ellos, aceptó formar parte del movimiento sin oponer objeciones. Natanael, volviendo a trasferir su responsabilidad, en vez de contactar a un amigo de infancia llamado Simón, el zelote o su equivalente, el cananeo lo apodaban, se lo propondría a su homólogo Pedro, porque ambos habían sido zelotes. Pedro, que lo reclutó con facilidad, lo había conocido estando clandestino, hasta que, como Santiago el mayor, decidieron pasar a la legalidad tras contraer matrimonio y procrear hijos con sus respectivas parejas. Ellos, sin desprenderse totalmente del proyecto original, procuraron buscar uno que les permitiera desenvolverse dentro del pueblo y su familia en lo que llegaba el apocalipsis, y lo encontraron en el de Jesús”, pág. 85, 2do. párrafo. 

La armonía entre el conocimiento del narrador y el tiempo narrado.

Si un narrador omnisciente, que lo sabe todo, lo demuestra con arrogancia, puede terminar afectando la integridad de la obra, y en algunos casos, convertir las escenas en un ensayo. Por esa razón es fundamental que el narrador omnisciente logre armonizar sus conocimientos con el tiempo narrado, con los personajes, con el tema y hacerlo de una manera que sus conocimientos no afecte la verosimilitud en la obra. El narrador logra perfecta armonía entre su conocimiento y el tiempo que relata. A cada personaje le proporciona su dominio y ubica los tiempos a través del desenvolvimiento de ellos. Aquí, un ejemplo: “ ‘Mateo significa regalo de Yhavé’, se dijo Leví levantándose de la silla, sintiéndose halagado, y lo siguió. El maestro lo vería como el ideal para ocupar el cargo de tesorero de la organización, y no a Judas, tal propondrían Felipe y Natanael, ya que Iscariote, a pesar de haber tenido experiencia en el manejo de efectivos desde que siendo adolescente atendía en Jerusalén una empresa alfarera de su padre, era menos instruido que Mateo y tenía menos relaciones sociales; o sea, no podría, como Leví, captar fondos de los ricos nacionalistas. No obstante, darle la tesorería a un publicano, considerado la contraparte de la prostituta, subcontratista de un dinero impuro, sería un craso error, y como el segundo más capacitado era Judas, el maestro terminaría aceptándolo, y, hasta cierto punto, Judas le demostraría cuidado en la redistribución entre los judíos desamparados, del excedente del dinero captado, el cual en ocasiones también utilizaban para ayudar a los familiares de los discípulos”, pág. 88, 6to. párrafo.   

Mito y el Sentir

¿Cómo expresarles a los lectores pasajes que ya saben, que ya han sentido?

Los personajes que son mitos ya están en la conciencia de la humanidad. La mayoría de sus hechos los lectores lo conocen, los han vivido emocionalmente. Uno de esos hechos es la reacción de Jesús ante la exigencia de que vaya a ver a su familia. Cualquier ser agradecería esa petición, pero Jesús la consideraba un fastidio, y todos los cristianos del mundo así lo han entendido, así lo han sentido. Disla, maneja el tema del modo siguiente:  “Más tarde, en la reunión con los ocho, sobre la barca de Pedro y Andrés, dándoles las instrucciones de lugar, Santiago el menor y Tadeo volvieron a insistir en que fuera a Nazaret a visitar a la familia antes de que María muriera de preocupación y de angustia. Él se vio obligado a llamarles la atención:

— ¿Quiénes son mis familias? Mis familias son ustedes, porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”, pág. 95, 2do. Párrafo…

Disla narra el hecho, pero introduce que “Los primos consideraron el planteamiento demasiado radical, insensible al dolor de la madre”. Todos los lectores creen eso, se sienten confortables con ese sentir y esa forma narrativa eleva la belleza de la obra, mantiene un alto nivel de verosimilitud. 

El juego psicológico

El primer elemento que separa a un mito, un dios, de los seres humanos, es su capacidad para manejar los tiempos, irse al pasado tanto como al futuro, de manera que pueda variar cualquiera de sus hechos con los que no se siente satisfecho. En Jesús de la tierra el narrador debe darle verosimilitud y por lo tanto debe de jugar inteligentemente con el carácter del personaje. Observen este ejemplo: “ Cediendo ante la insistencia de Santiago el menor y de Tadeo, Jesús decidió ir a Nazaret a visitar a la familia. De los ocho, sólo Andrés no lo acompañó porque se vio obligado a quedarse atendiendo su negocio. Con el resto, en el transcurso del viaje, el que harían en dos jornadas a pesar de salir de madrugada, prosiguiendo con la predicación, después de pasar por la paradisiaca llanura de Genesaret y por los bordes arenosos del mar de Galilea, yendo los discípulos delante anunciando la llegada del mesías, él se detuvo en un mercado de pescado de Magdala”, pág. 100, 2do. párrafo.

¿Puede un mito, un dios, ceder ante la presión de sus seguidores? Claro que sí, en especial cuando se trata de la madre. El más grande de los dioses esta llamado a atender una solicitud de la madre. Ningún lector ve eso como una ofensa, sino como un milagro divino. 

Lo histórico y lo teológico

Aunque la novela trata el Jesús de la historia, por el hecho de ser Jesús un mito, los lectores tenemos la inclinación de pensar en lo teológico, en el Cristo, en el Jesús como líder religioso, de la iglesia, elemento que Disla nunca ignoró.

La narración de los personajes bíblicos es bastante curiosa. Por ejemplo, los libros del Génesis podrían leerse como una novela. Y al observarlo con cuidado descubrimos que las leyes de la novela están bien aplicadas.

Desde el punto de vista de la creación, el que la raza humana iniciara su devenir en la tierra, Caín matando a Abel, es sádico, monstruoso, espeluznante. Pero desde el punto de vista de la novela, el inicio es genial. El tema queda en el lector sembrado como una viga de acero que traspasa el corazón. El mensaje es muy claro: ¡si desobedece solo desgracias te vendrán! Todas las desgracias que le caen a la familia de Adán se debió a su desobediencia.

Toda prueba de fe se basa en probar la efectividad de los conectores líquidos con que fue diseñado el cerebro humano. Abraham, recibe mensajes; José recibe mensajes; Moisés y la madre de Moisés reciben mensajes del Dios creador. Noe, recibe mensajes. Todos los mensajes son para probar la fidelidad del ser creado, del súbdito, y todos los personajes terminan transformándose, lo cual es una de las características esenciales de una novela, como bien afirma Bruno Rosario Candelier.

En esos libros se definieron los grandes personajes: Adán, el primer desobediente; Eva, la primera seductora; Caín, el primer asesino; Abel la primera víctima; Abraham, el primer fiel incondicional; Jacobo, el primer ladrón y el primero que hace todos los sacrificios por la mujer amada; Labán, el primer patrón estafador, Noe, el primero que se enfrenta y vence los grandes desafíos de la naturaleza… Cada uno esta narrado a su medida y convertido en tema pasional.

En cada conflicto que las historias teológicas desvelan, la idea fundamental es sembrar la fidelidad. ¿Por qué? Porque los reyes y los emperadores dependían de la fidelidad de sus súbditos. Las batallas eran de cuerpo a cuerpo y una vez terminada la batalla había que pagarles a los ejércitos sicarios, o el emperador o el rey, pagaban con su sangre…

Ese mismo dilema se desarrolla en Jesús de la tierra. Para el mesías la fidelidad era un asunto de vida o muerte. La “traición” lo llevaría al madero. Las intrigas en el movimiento y en las familias, en la persecución de la verdad, en la lucha por mantener la Fe, la Fe en los sueños que vienen del Creador y los personajes que al recibir mensajes transforman los acontecimientos, sobre todo la batalla de Jesús por mantenerse haciendo el bien, hacen que el lector advierta que “el Diablo no es el monstruo, que el Diablo solo alimenta el monstruo que tenemos dentro”. Disla logra que Jesús vuelva para siempre. Agradezco a Disla este Jesús de la tierra porque ningún Papa pudo haberlo hecho mejor.

Centro de Espiritualidad San Juan de la Cruz

La Vega, República Dominicana

23 de junio de 2018.

 

 

Refranero dominicano

Por Sélvido Candelaria

La lengua, aunque eslabón insustituible en la comunicación de los seres humanos, no deja de tener sus resquicios difíciles que muchas veces dificultan el uso eficaz de ella a un gran segmento de sus usuarios. Y, a quien pueda caberle alguna duda, sólo voy a referirlo a una de las especialidades que la estudian: la semántica, que en su afán de estudiar las estructuras léxicas y los contextos del habla, muchas veces complica el uso de esta herramienta comunicativa a gran cantidad de sus usuarios. Pero la misma lengua, quizás como una forma de autodefensa inconsciente, desarrolla sus propios medios para contrarrestar estas desventajas. Uno de ellos son los refranes, en sentido particular y las paremias en sentido general. Estos comodines lingüísticos han venido a jugar un importantísimo papel en la ética, la didáctica y la filosofía, desde los umbrales de la civilización, conservando aún su vigencia y demostrando su importancia al servir de auxiliares que con gracia, donaire y eficacia hacen llegar los mensajes hasta al menos instruido de los mortales.

Aunque el refrán no se considera como un género literario en sí, es indudable que ha estado ligado a todos y ha sido utilizado por los grandes escritores en todas las épocas, considerándose, inclusive, como un elemento clave en el origen de la poesía en nuestro idioma ya que, en un tiempo remoto,  la alimentaron, la ayudaron a enriquecerse con nuevas formas y aunque estacobró nuevas formas y siguió transmutándose, mientras los refranes seguían con su tradicional estructura,es indudable que ellos dieron origen a la copla, el villancico y la seguidilla y, más tarde, formaron parte de la décima.Por ello, es común que todo refrán conocido, por lo menos en nuestro idioma, sean los versos finales de una copla o el pie forzado de una décima.

Pero, aparte de este gran aporte al desarrollo de la poesía,  según la doctora Inés Ravasini, “el refrán posee un valor cultural, por la carga cultural y folclórica que conlleva; luego, un valor social por los juicios y valores morales que expresa; también un valor lingüístico, por ser frases institucionalizadas con estructuras prefijadas que los hablantes utilizan de manera versátil (y no siempre apropiada) en su discurso; y, finalmente, un valor expresivo, por la capacidad de comunicar un concepto complejo de manera sintética y, a veces, incluso críptica. Considero interesante el desfase que hay entre el significado literal del refrán, que con frecuencia remite a hechos, referentes o costumbres que ya no existen o que simplemente ignoramos, y el uso mecánico que hacemos de él, al percibir su significado metafórico pero no el literal. En este sentido, los refranes nos proporcionan un conocimiento del mundo que puede no corresponder con el actual”(1)De ahí la importancia que debemos conferirle a cualquier tratado que se haga sobre los refranes. Pero si ese estudio produce algo como el volumen que hoy presentamos, quienes nos preocupamos por mantenernos al tanto de la evolución lingüística como parte de nuestro quehacer literario, debemos sentirnos  agradecidos porque se publiquen obras como este Diccionario de refranes que viene a continuar la ingente labor que realiza el director de la Academia Dominicana de la Lengua, en pro de rescatar, actualizar y expandir el estudio del idioma, dentro del marco específico de nuestra comunidad de hablantes, así como su difusión en todo el orbe.

Esta obra, si bien no es la primera de su género en la República Dominicana, trae la novedad de asimilar las características esenciales para facilitar el estudio y comprensión de refranes junto a otras paremias que se utilizan en el habla de los dominicanos, basado en los más actualizados criterios lexicográficos y sustentados por un arduo y documentado proceso investigativo, viniendo a sumarse al Diccionario del español dominicano y al Diccionario fraseológico del español dominicano para aumentar el caudal de fuentes confiables en que puedan abrevar los investigadores y usuarios en general de nuestros recursos comunicacionales.

Como todo diccionario, esta es una obra inconclusa, pues la dialéctica del idioma así lo determina. No obstante, las casi 3000 paremias que conforman este libro, nos presentan un cuadro muy representativo del uso que se les da a estas estructuras en la cotidianidad de nuestro hablar y nos devela muchos significados no necesariamente gramaticales. Por ejemplo, en una de las entradas que se acogen bajo la palabra manteca,encontramos todo un tratado de sociología en solo cinco palabras: más manteca bota un ladrillo. (2)Aquí hay dos vocablos fundamentales en los orígenes de nuestra sociedad que, estructurados tal y como se presentan en el aludido adagio,  tipifican no solo lo vital que eran estos elementos en los inicios, sino las connotaciones que del significado original de esas palabras, se derivan.

A pesar de los tradicionales estigmas que arrastra el uso de los refranes, (como eso de que son expresiones de uso vulgar, por lo que muchas veces en el hogar, cuando en los hogares se preocupaban por la mejor formación de los hijos, te sentenciaban “aquí no me use usted refranes”) grandes investigadores lingüísticos están se ponen de acuerdo al establecer la importancia de estas expresiones en la formación de una sociedad, por lo que deberíamos siempre agradecer trabajos como este para entender con más detalles sus características, pues tal y como dice BRC, “la dimensión lingüística, sociológica y literaria de las paremias registran, perfilan y plasman lo que una comunidad de hablantes entiende usa y expresa. Porque un refrán no es solo una simple paremia del lenguaje, sino una singular forma de ver las cosas y una peculiar manera de explicar el mundo”(3).

¡Bienvenido sea este aporte a la cultura hispanoamericana y congratulaciones a su autor!

 

  • RAVASINI, Inés, revista digital paremia, no. 26, año 2017
  • ROSARIO CANDELIER, Bruno, Diccionario de refranes y otras paremias, pág. 246,Santo Domingo, Editora Amigo del Hogar, 2018
  • ROSARIO CANDELIER, Bruno, Diccionario de refranes y otras paremias, pág. XXII,Santo Domingo, Editora Amigo del Hogar, 2018

 

Cuando la existencia se convierte en poesía

Por Juan José Jimenes Sabater

 Toda vez que abordo la tarea de avalorar una creación poética (y no han sido raras las ocasiones en que un arrebato irrefrenable de admiración a tan aventurada iniciativa me incitara), siempre, pues-discúlpeseme la insistencia- que seducido por las gloriosas prendas que exhiben los versos de un poemario, me entrego, con harta más pasión que competencia crítica, a la delicadísima empresa de husmear en las interioridades del texto lírico que  enhorabuena me colmara de arrobamiento y júbilo, cada vez que en tal trance me hallo, no consigo eludir la sensación de que, por mucho que me esfuerce en ser claro, equilibrado, fino, justo y objetivo en mis apreciaciones, estoy haciendo víctima al poema escoliado, sin que evitarlo pueda, de brutal atropello, de que estoy cometiendo, muy a mi pesar, lo que acaso no sería erróneo motejar de sacrilegio literario…

Porque la poesía se asemeja a la quebradiza porcelana de un jarrón de exquisita factura, de ondulantes y contorneadas formas para el que hasta la simple mirada o la inocente caricia suelen resultar demasiado bruscas, en exceso  profanadoras. Hablar del poema, pretender analizarlo, interpretarlo, acceder a su entraña de pálpitos y ausencias, es como querer descifrar el enigma de seducción de una sonriente estatuilla de cristal mediante el expediente asaz expeditivo de arremeter sobre ella a martillazos. Esquiva la poesía cualquier abordaje ajeno a la mera degustación de su melódico cuerpo de palabras. La fascinación que en nosotros suscita la lectura solícita y morosa del verso inflamado de augurios, preñado de promesas, ese magnetismo, esa magia se desvanece cual humo al viento no bien intentamos justipreciar la eficacia y sentido de la frase poética arrimados a términos diferentes de los que el bardo en su escrito empleara. El poema está ahí, sobre la página, para deleite del espíritu, para iluminar los oscuros laberintos de la conciencia, para henchir el alma de límpidos fervores, para tomarnos de la mano y en vuelo presuroso levantarnos hacia la transparente región de la añoranza, para hacernos vislumbrar la eternidad tras la mendaz corriente del instante que fuga, para que podamos reencontrar la azul diafanidad del firmamento que con imprevisora negligencia dejamos olvidado un día en las desoladoras marismas de la carne, para hacernos sollozar de alegría, gemir de felicidad ante la imagen inmaculada y fúlgida de nuestra  vera humanidad por fin recuperada, para hacernos soñar alboradas distantes y eufóricas nostalgias, para hacernos probar, como quien lleva a los labios sedientos el agua emancipada del torrente, el licor insondable de la auténtica vida. No hay poesía -o al menos no la conozco- que se muestre capaz de resistir incólume el escrutador zarpazo de la crítica. Y es que el esplendor del poema, su portentoso sortilegio, se esfuma apenas la mirada del que lee deja de comportarse como cómplice compañera de ruta que enfila por la armoniosa senda que el verso traza para, de espaldas al hechizo estético, acogerse desde los amurallados bastiones del intelecto a heladas y angulosas porfías de inquisitiva catadura. La poesía, la genuina, la que no se resigna a ser tinta sobre papel, ornamento de salón o motivo de glosa erudita, la que se alimenta del espíritu de cada ser humano y se humaniza en cada acto del espíritu es, sencillamente, un hecho, un a priori vital. Está ahí. Cabe negarla o afirmarla. Ignorarla es lo único que no podemos hacer.

En resolución, sin poesía, sin las fuerzas que esta despierta en nosotros, sin los horizontes a los que en el ámbito de nuestra propia intimidad nos da acceso, el hombre resultaría empobrecido más allá de lo imaginable.  El valor, trascendencia y peso de la experiencia poética rehúsa ser medido en términos materiales. Su monta y entidad no son cuantificables. Para el ser humano lo verdaderamente importante es lo que no se ve. De esto que no se ve con las pupilas de nuestros ojos carnales, pero que se nos impone, que se manifiesta y afirma en los más hundidos estratos de nuestro ser, se ocupa la poesía… ¿Cómo expresarlo?…, es de las contadas cosas que pueden conferir sentido a la existencia. Su utilidad no es susceptible de ser transcripta en cifras ni transfigurada en beneficios tangibles que podamos atesorar en una caja fuerte. Pero quien se muestre sensible a su embelesamiento la podrá experimentar, distinta y siempre la misma, en cada etapa  de su vida, en cada momento único e irrepetible de su apremiado tránsito por las comarcas de lo ilusorio y lo real.

De lo que antecede se deriva que el apreciador que de crítico se propone fungir, si desea llevar a cabo con responsabilidad su ministerio consistente en desvelar el significado del objeto artístico,  habrá de abrevar sin remordimiento alguno en la fontana generosa de sus impresiones personales. Porque si los versos del poema están destinados a producir una reacción en quien los contempla y no se muestran inteligibles fuera de pareja intencionalidad comunicativa y dialogal, sobran razones para pensar que les saldrá el tiro por la culata a cuantos se empeñan en escudriñarlos poniendo su propio yo en cuarentena, tomando estrictas precauciones para que su visión no se contamine con los efluvios emocionales que la creación poética no puede dejar de suscitar. Semejante actitud de extemporánea cautela (en otros dominios de la investigación acaso justificada) impide la comprensión y cata de lo que de propiamente artístico, de esencialmente humano y genuinamente significativo hay en la arrobadora experiencia de adentrarnos en los miríficos parajes de la poesía. El poema de excelso linaje no puede ser otra cosa que un aldabonazo espiritual que convoca nuestras potencias interiores. Al examinarlo -siempre que a esa ímproba cuanto arriesgada tarea nos aboquemos- harto descabellado sería en punto a adelantar juicios valorativos prescindir de los sacudimientos que en nuestro fuero íntimo su presencia desconcertante desata. Al cabo y a la postre, la apreciación del escrito poético se reduce a verificar, describir y fundamentar las impresiones de toda laya que en las praderas hospitalarias del alma este despierta, alimenta y aviva.

Y es desde ese belvedere vivencial, desde esa subjetiva y quizá arbitraria perspectiva enjuiciadora que, sin la menor ambición de rigor académico ni pretensión erudita alguna, me dispongo a comentar en los breves renglones que a continuación borrajearé ciertos aspectos que han concitado mi hasta este instante abotargada atención en la poesía honda, medulosa y auténtica de José Rafael Lantigua, la que, para ventura y alborozo de quienes a sus páginas se avecinen, figura en los cinco felices poemarios que hasta ahora el autor publicara, los cuales se intitulan Sobre un tiempo de esperanzas, Júbilos íntimos, Cuadernos de sombras, Territorios de espejos y La fatiga invocada.

En el primero de los libros mencionados, que recopila poemas escritos en la década del 66 al 76, toparemos con versos de lóbrega andadura, de pesadumbre cenicienta, versos de rotunda estampa que rompen el pecho del lector con la furia plúmbea y reiterada como acostumbra  golpearen el yunque la pesada mandarria del herrero. Así, por vía de ejemplo, en el canto intitulado Apocalipsis del que recojo el fragmento inicial, el aedo propone una visión de herrumbre y óxido en la que toda esperanza se marchita:

Se fue tibiamente

                        y será casi imposible

                        volver a ver como se oculta la esperanza.

                        Sobre el tejado caliente

                        surgió una amargura abdominal

                        que aceleró el pulso

                        bajo la presión sanguínea de la ilusión

                        pero se fue

                        y ya fue casi imposible

                        detener su camino irreversible

                        casi imposible

                        vislumbrar de nuevo su luz

                        esa luz que iba adjunta

                        a una fisonomía destartalada por el dolor.

                        Se fue

                        y allí mismo surgió la espera

                        el monólogo tornóse largo

                        y el silencio fue más silencio,

                        entonces

                        vino el aluvión de las gentes

                        embravecidas

                        y casi fue imposible detener el llanto,

                        y allí mismo se detuvo la ilusión

                        y se prolongó la espera.

 

Empero, harto nos equivocaríamos si diéramos en imaginar que la tónica sombría, fúnebre, desgarrada que testimonia el pasaje que vengo de citar revélase a guisa de constante emocional del poemario Sobre un tiempo de esperanzas al que el texto reproducido pertenece, que si así fuera habría que modificar semejante título. No. En dicha obra, como era razonable suponer en una trayectoria poética de dos lustros, tropezaremos con muy variados sentimientos y motivos. Uno de ellos, acaso preponderante, es el de la nostalgia, el de esa gris opalescencia agridulce, deliciosamente triste, que nos devuelve a un ayer floral desvanecido cuyo aroma de mustias soledades, a instancias de la lluvia, por los poros penetran de la piel hasta los pasadizos del recuerdo. De ello Melancolía Rítmica, cuya primera estrofa a seguidas transcribo, tengo por ejemplo paradigmático:

Esta tarde

                        la lluvia ha caído

                        impiadosa

                        sobre el desgastado techo

                        como queriendo deshacer los planes

                        que

                        de mañana

                        parecían renacer.

                        Las gotas

                        apesadumbradas

                        por tener que caer

                                               y… caer sin razón

                        desu tranquila morada

                        han debido cumplir

                        en la tarde

                        las maniobras de un destino

                        que las hace figurillas cristalinas.

                        La tarde se ha contagiado

                        y hay ahora temperamentos sobrios,

                        la lluvia

                        pesarosa y lánguida

                        ha templado los tiempos

                        para forjar el sobresalto

                        de una vida pasajera.

 

            El poema culmina con los versos que sin demora estampo:

La esperanza se ha ido

                        con la tarde gris

                        y la noche ha llegado

                        mientras la melodía entonante

                        del crepúsculo

                        se ha opacado

                        con el furor

                        y el misterio

                        de la lluvia arrogante

                        que, de costumbre,

                        ha hecho su crucigrama de angustias

                        sobre todos…

                        ¿Habrá un sueño que sea testigo acallado

                        de nuestra protesta?

                        ¿Habrá sobre el estrecho mundo de la habitación

                        el teatro de una escena cruel

                        donde revivan los aconteceres

                        donde renazcan los amaneceres

                        donde perviva el sentimiento

                        que las gotas

                        imprudentes

                        afanosas

                        y largas

                        impidieron

                        al comienzo de la tarde?

                        Soñemos…

 

Mas, amén de la pesadumbre y la nostalgia, otros sentimientos de muy opuesta índole suelen también hinchar la vela del numen de Lantigua en el referido poemario, impulsando su navío de musicales versos hacia mares de júbilo y centelleante orgullo. Es el caso de la composición que lleva el título de Poetas de mi Pueblo, del que me complace distraer de inmediato el segmento de rotundos perfiles que ningún lector cuyo temperamento se muestre accesible a las gratificaciones de la belleza dejaría de enaltecer:

 

¡Oh, mis ilustres camaradas!

                        violemos hoy

                        el maldito juego de los versos,

                        y construyamos el recuerdo

                        con el recuerdo alegre

                        de sus alegres trovas

                        y juntos

                        caminemos por los anchos mundos

                        de las muchedumbres infinitas

                        acortando la distancia

                        en medio del rumor del río angosto

                        en medio del fragor de la batalla ingrata

                        en medio del sudor de la campiña agreste.

                        Permitidme

                        que observe el paso de sus vibrantes notas,

                        que bañen mil mundos las aguas frescas

                        de sus torrentes,

                        que retumben las voces de sus gritos

                        y que estalle

                        en la presencia del recuerdo firme

                        el golpe fuerte

                        del fuerte logro de sus cantos.

 

            Haré gracia a cuantos hasta estos arrabales de mi deslucida prosa analítica han tenido la paciencia de escoltarme de más prolijos abundamientos en lo atinente a fundamentar y encarecer con innecesarias precisiones conceptuales los valores expresivos, altos y plurales, que exornan la recopilación poemática  Sobre un tiempo de esperanzas de la que hasta ahora nos hemos ocupado.

Sin embargo, si la recién mencionada colección conquista nuestro favor merced a las virtudes estilísticas que ostenta y a la variedad de tonos, temas y colorido de que hace gala, en un poemario de esmerada factura y gravedad solemne como el que lleva el nombre de Los júbilos íntimos, salido de la imprenta en el año 2003, José Rafael nos invita a penetrar en las más hundidas y espesas capas del humano existir. En lenguaje que elude sistemáticamente los inútiles abalorios de intrincada retórica, pero que dada la complejidad de los asuntos que plantea esquiva por un parejo caer en la celada del esquematismo y la simplificación, el autor vuelca los ojos hacia los adentros para palpar la dimensión oculta de su ser. Henos aquí ante poesía de sesgo inequívocamente introspectivo. Los poemas de este volumen constituyen un abierto y desesperado intento por responder a la esencial pregunta: ¿quién soy y qué hago aquí?… Se trata de una poesía que indaga con celo, desvelo y furia en los enigmáticos desvanes del auto-conocimiento. Y permítaseme en este punto -porque lo creo pertinente- ocurrir a los abusos de la digresión: si al cabo estoy de lo que se cuece en la caldeada marmita de la literatura-y me tiene sin cuidado la opinión de los científicos-, la poesía, a su manera, ofrece un cierto tipo de conocimiento al que la lee, un conocimiento que ninguna ciencia es capaz de aportar. Y decir conocimiento es decir vida intelectual. La poesía, aunque a las primeras de cambio parezca paradójico, es intelectual  por esencia; importa en la esfera de la comprensión humana una suerte de ampliación y agudización del órgano racional. De modo que si logramos desembarazarnos de los prejuicios cientifista en boga, habremos de reconocer la emersión de un saber poético que aunque en nada se asemeje al que nos tienen acostumbrados las ciencias positivas y experimentales, testimonia un conocimiento genuino, importante, real, obtenido en virtud de lo que no sería descabellado llamar intuición creadora. Se sobreentiende, claro está, que tal saber no consiste en determinar la estructura y comportamiento de la materia ni en descubrir las leyes a que obedecen los fenómenos de la naturaleza. Empero, argüiría cortedad de miras no advertir que por caminos diferentes al de la ciencia, la poesía permite acceder a sus devotos -a través de la emoción estética y la connaturalización- a una comprensión válida y profunda de la existencia y de las relaciones del ser humano con lo que le rodea. En resolución, el lenguaje poético comporta una particular sabiduría del sentimiento, razón por la cual no sólo nos procura gozo su belleza sino que, al trasladarnos a las áureas latitudes de la efusión calológica, los símbolos que el poema despliega, no obstante permanezca sin explicitar su contenido, consiguen conmovernos. Pues -en esta precisa cuestión toda insistencia será poca- en el poema de radiante factura el placer estético dimana de las sensibilidad que el intelecto ilumina tanto como del talante intelectual que la sensibilidad manifiesta. El conocimiento preñado de emoción que el  poema obsequiase revela fruto de la ejemplaridad de una significación contemplada y no producto de vida encorsetada en el terreno de la necesidad histórica y física. De modo que el conocimiento con el que el temple intelectual de la poesía nos recompensa no es -como ya quedara registrado- el que procede de la gimnasia conceptual, discursiva y lógica, sino el que mana de la recoleta y nocturna fuente, próxima al núcleo del alma, de la razón intuitiva y creadora.

Y es desde esos íntimos bastiones que Lantigua nos habla cuando, en un poema como el intitulado Los días remotos, se enfrenta al misterioso abismo de su mismidad:

 

HOMBRES DE DÍAS REMOTOS

                        multitud de laberintos y dobles,

                        arrastro una congoja de siglos

                        sobre mi espalda lacerada

                        me despedazo en el poema para encontrar la mutilada

                        inquietud

                        de los tiempos cubiertos

                        en la sórdida ruindad de los tiempos

 

                        La ciudad se vacía de sueños cada tarde

                        y cada tarde ya no hay alondras que dormitan en sus

                                                                                                          terraplenes

                        mientras una endecha de dolor y hastío

                        se consume sola en el altar del vicio.

 

                        Hambre de noches trepidantes,

                        duendes tenebrosos que en las sombras dejan

                        el espacio a los enigmas

                        en las fortuitas crepitaciones del absurdo.

 

                        Victoria morosa de la lluvia

                        y la paz inquietante del sol.

                        La luz cierra su crepúsculo

                        y el grito se sumerge en su eco delirante.

 

                        Pienso ahora que preciso de tiempo y edad

                        para surcar mares y vientos

                        y redimir congojas en la tibia y necia soledad

                        de los días remotos.

 

Hay algo extrañamente perturbador, una luz oscura que retuerce la memoria y desconcierta, en ese naufragar hacia las simas ignotas de lo humano, en esa manía de explorar el rastro de lo eterno allende el transcurrir incesante del tiempo con el que nuestra carne se construye y desgasta. Sabe el poeta que bajo la epidermis de las cosas a que hemos puesto nombre, una fuerza elemental y poderosa irradia reclamando su peaje de triunfo y permanencia; que el árbol no es el árbol que ves sino el que entierra sus raíces en la noche estrellada del alma; que el cielo no es tampoco el que observas, cuyo azul esplendor nos calma o desespera, sino el que por dentro de la sangre ufano se dilata; que no es la lluvia, no, esa que tu piel moja, sino la que humedece, fragante y fresca, tu angustia y tus añoros… eso sabe el poeta, y no es otra la razón de que el aedo mocano a cuya creación lírica estas insuficientes cavilaciones consagro, en el poema Noche nos diga:

 

ESTA NOCHE

                        quisiera

                        ver llegar la sabiduría del necio

                        ser encina que nutre y sol que alumbre,

                        tarde gris saturada de memoria-

 

                        Esta noche

                        capricho que corretea ilusiones

                        quisiera desprenderme de mis axilas,

                        de aurora que muera en los tejados

                        manos que palpen mi desnudez

                        nudo que quebrante mi pálida sombra.

 

                        Esta noche

                        quisiera verme en una infinita población de espejos,

                        derrumbarme en el agobio de saber

                        que soy solamente

                        absurdamente

                        un pedazo de tierra fragmentado en el otro

                        un trozo de angustia inoculado de miedo

                        una pinta de sueño pisoteado

                        o simplemente tal vez

                        un requiebro de luz sobre este corazón

                        de noche oscura y solitaria.

 Todo adentramiento poético en los hondones del alma importa soledad, agobio, expectación, quebranto. El yo verdadero, el yo genuino, ese que el bardo procura aferrar con uñas y dientes no es posible alcanzarlo sin saltar al abismo de los viejos terrores al acecho, de los fantasmas del pasado, de los errores, impudicias y vergüenzas con que ofendimos una y otra vez la dignidad de la alborada. No en balde la luz precisa de la oscuridad para brillar. Y el lodo que la corriente arrastra fertiliza el suelo en el que la semilla fructifica. Sin el despellejamiento de la conciencia que la travesía hacia los recónditos parajes del yo implica, no hay poesía, no al menos la grande, la erguida, la memorable, la que las generaciones futuras no se resignarán a preterir. De ahí que en La paciencia quebrada por este modo José Rafael levante sobre el mástil visionario de la desolación su altiva queja:

                       

Será un decir acuoso y taciturno

                        un ramo de violetas sobre el jardín de penumbras.

                        Será un decir de celosías abiertas

                        Tejidas de viento sobre el mar indolente

 

                        Calma vacía

                                   Cuerpo ausente

                                               Temblor de lejanía

                        Noche tenue que alumbra temores

                        vuelo de loros descarnados

                        que dormitan su habla en nubes encubiertas

 

                        Ha subido el amor a un cielo de vergüenza

                        a propósito de delirios y embelecos

                        he contemplado sombras

                        sobre un techo de lunas

                        he preludiado el cantar

                        sin estigmas ni entuertos.

 

                        ¿Por qué ha de cantar en la sombra

                        mi poesía desnuda?

                        ¿Por qué he de balbucear mi grito

                        en la cansada luz de mis puertas cerradas?

                        No hay nieve en mis caminos de hieno

                        sólo las alas cansadas de batir polvo y tiempo

 

            Detengámonos.

Mucha y muy fina hebra quedaría por hilar si me hubiera cruzado por las mientes la idea asaz ambiciosa de llevar a buen puerto una valoración integral y cumplida de los cinco afortunados poemarios que José Rafael Lantigua nos ha obsequiado al día de hoy; empresa ésta que a todas luces, sobre exceder mi encogida competencia crítica, estaría por entero fuera de lugar en un escrito de naturaleza introductoria que, acogido a los rigores de la brevedad, sólo aspira a ser tenido por lo que es: modesta presentación de algunas de las prendas que adornan la poesía de tan airoso y levantado porta-lira.

Empero, si de algo estoy muy cierto es que no hay que beberse la entera barrica para catar la calidad del vino. Al buen degustador un mero sorbo bastará para advertir sus bondades y falencias. Y mutatis mutandis algo no del todo diferente ocurre en el caso de la literatura y, en particular, de la poesía. Tengo, en efecto, por cosa averiguada que para determinar si un escritor pertenece a la plana mayor, resultará más que suficiente visitar un representativo manojo de sus composiciones. No es otra la razón de que me avenga a considerar que los poemas del aedo mocano que a estas páginas trasvasara mi pluma díscola e indelicada, habrán de persuadir a quienes consigan paladearlos de que su autor merece por sobrados motivos ser incluido en la señalada cofradía de las péñolas de mayor relieve de nuestra casta y solar.

Ser poeta implica, entre otras cosas, tener intensísima conciencia de que el hombre es el misterio supremo, misterio que emplaza sin posibilidad de renuncia ni pausa a la mirada de la Esfinge, que remite de manera invariable a las ultimidades del ser… Hoy, como ayer, la humana criatura continúa preguntándose de quién es el rostro cuya imagen contempla en el espejo, de dónde viene, a dónde va, cuál es el sentido de su estar en el mundo, en qué consiste ese extraño transcurrir por los laberintos de la carne que algunos llaman con sumaria imprecisión existencia, y tiempo otros, no sin abstracta cuanto ociosa exactitud… Y como de semejantes estupores está tejida la lírica creación de José Rafael Lantigua, no podríamos sin infligir agravio a la verdad escatimarle su bien ganado rango de poeta.

Poeta es el que vive en perpetuo deslumbramiento ante la realidad; es el que trasmuta en canto la opaca prosa de la existencia; el que con los despojos sangrantes y el dolor y el hastío nutre la palabra y la pone a volar; el que reinventa el universo en un grano de arena; el que convierte la aflicción en rito y apoteosis; el que es capaz de brindar nido al sueño y al más puro ideal arrimo y patria; el que sabe que la nostalgia señala el camino correcto para ir al encuentro del manso hogar, del terruño de paz, de las elementales certezas de alborada que fueron nuestras en un remoto ayer y no supimos conservar; poeta es el hombre auténtico, el único real, definitivo y cierto que mora bajo la piel y las facciones de ese otro desvaído y anónimo sujeto con el que topamos diariamente en la calle… poeta, en fin, es el que, visionario, puede expresarse con la presagiosa contundencia de Lantigua, para quien, como nos alerta en versos de su poema El salvaje vicio del tiempo, versos que suenan como puñetazos y no como palabras:

 

El mundo está hecho de tormentas

                        cuerpos vacíos

                        hombres grises

                        amores entreabiertos

                        en un entorno

                        donde alguien silba una canción perdida

                        donde otro alguien

                        deja yacer su libertad

                        tumbado sobre un vientre dormido.

 

            Quien así se expresa, no lo dudemos ni por un instante, es, gústele o no a la galería, poeta, poeta de raza…

 

 

 

 

 

 

 

Testimonio de mi creación poética

Por José Rafael Lantigua

Gracias a ustedes por estar aquí y gracias a Bruno Rosario Candelier por concederme el honor de invitarme a este programa que inicia la ADL. Y gracias también al maestro León David por sus palabras sobre mi obra. En fin, agradecerles todo lo que han dicho, me han emocionado mucho y sorprendido. He descubierto cosas en poesía que no las conocía y yo creo que le debe suceder a todo el que intenta ser poeta.

Bruno Rosario Candelier, lo he dicho en muchos escenarios, ha sido para mí un maestro durante mucho tiempo. Bruno recuerda mejor que yo la historia con Trujillo cuando el jefe, según dice Bruno, puso sus manos sobre mi cabeza. Una vez le pregunté a mi mamá y me dijo que lo que decía Bruno era verdad. Él lo ha contado otras veces: yo era el monaguillo más pequeño y él era el monaguillo mayor, y fue en el 1957, cuando Moca ya había construido su gran templo católico, que es el más hermoso de la República y no lo digo porque seamos mocanos. Vayan a conocerlo, porque no hay otro más hermoso y tiene una particularidad, que fue construido por los feligreses y por las personas pudientes de nuestro pueblo. Trujillo no puso un centavo, y cuentan que él, al ver que la construcción de la iglesia estaba concluyendo, se apareció a través del gobernador con un cheque de cincuenta mil pesos de contribución, y no sabemos hoy el costo real de ese patrimonio cultural del país, pero su costo final en el 1956 cuando se inauguró fue de seiscientos mil pesos. Hoy ese costo es de muchos millones de pesos.

Pues Trujillo mediante el gobernador dio esos cincuenta mil pesos y tomaron fotos y lo publicaron. Después envió a alguien detrás del gobernador para que recogiera el cheque de los cincuenta mil pesos, porque Trujillo nunca quedó satisfecho de que en verdad él no puso un centavo.

Los que vayan algún día al templo de Moca, verán unas lágrimas a su alrededor, casi imperceptibles. Uno se da cuenta cuando se queda observando y se dice que eso fue el cura mexicano, el padre Antonio Flores, que dirigió e ideó el proyecto, porque el arquitecto fue don Humberto Soto Castillo, a quien Moca no le ha hecho una calle todavía. Él fue el que diseñó el Santuario Nacional del Corazón de Jesús, que así se llama. Fue él mismo que construyó la iglesia Don Bosco, que si ustedes verán tiene unos vitrales parecidos. El padre Flores primero construyó la iglesia Don Bosco aquí en la capital.y luego la de Moca. Si ustedes entran ahí se darán cuenta de la similitud que tiene el altar y los vitrales con la iglesia de Moca. Él construyó la capilla del Palacio Nacional, que históricamente se llama Capilla San Rafael, en honor a Rafael Leónidas Trujillo. En verdad esas son las tres construcciones que conozco de Humberto Soto Castillo. Entonces, Trujillo no fue a la inauguración porque se descubrió conspiración, la famosa conspiración de los Cabrera y los Balcácer, y Trujillo no fue. Yo recuerdo que había un ruido estrepitoso de aviones. Tenía siete años y por eso no recuerdo los detalles. Yo sé que pasaron muchos aviones, supongo que eran P51 en esa época, los aviones que volaban, que formaban el escuadrón de caza, y Trujillo va un año después, que es cuando sucede lo que dice Bruno y que digo que él recuerda mejor que yo. Una vez le pregunté a mamá y me dijo: “Sí, fue así, tanto que yo votaba la gente de mi casa, porque venían todos a ponerte la mano porque Trujillo te había puesto la mano en la cabeza”. Algo insólito.

Cuando Bruno, lo recuerdo perfectamente, llegó a Moca luego de sus estudios en España donde hizo su doctorado en Filología, fue a mi casa y me encontró como siempre: escuchaba música y leía en mi casa, sentado en una mecedora, y me dijo: “Vamos a hacer muchas cosas aquí. Vamos a levantar el ambiente cultural de Moca”,  y realmente así fue. Bruno lideró el movimiento literario y cultural de Moca, que tuvo resonancia nacional con los famosos coloquios de Moca y prácticamente todas las grandes figuras de la literatura dominicana de ese tiempo pasaron por Moca a participar en esos importantes coloquios en el Ateneo de Moca, que Adriano Miguel Tejada y Bruno fundaran en 1969 junto a otros. Fue una época clave y que sin él saberlo influyó de alguna manera en mí para las acciones culturales que luego me tocaría comandar en distintos escenarios nacionales.

Realmente mi poesía nace cuando yo estoy entre tercero y cuarto de bachillerato; por eso mi primer libro fue el libro sobre Domingo Moreno Jimenes en el 1976, porque fue justo en el bachillerato cuando formaron un grupo literario que se llamó La Roca. Era un grupo bueno, que nos gustaba la poesía y la publicábamos en unos murales del liceo Domingo Faustino Sarmiento, donde nos educamos. Aquello se hizo y nos llamaban de pueblos, hasta a campos fuimos, a Santiago, la Vega. De todos los del grupo realmente hay tres: el líder era Ciprián Hernández, ya fallecido. Nos llevaba varios años y hacía mucha poesía.

Me dio mucho dolor cuando un día le pregunté que hiciste con tus poemas, y él, que ya comenzaba a perder condiciones, me dice que no recuerda de lo que le hablaba. Yo le mencionaba algunos trozos de sus poemas y él decía que no eran suyos.  Yo recuerdo que él escribió un poema muy bonito que después se transformó tanto, porque lo grabó tipo merengue el grupo Quisqueya, cuando estaba emergiendo con mucha fama. Ese y otros poemas fueron musicalizados, pero fue duro saber que aquel gran amigo no llegó nunca a publicar libros y era en ese momento el que mejor formación tenía.

Otro que yo creo que era uno de los poetas máximos del grupo, poco conocido en mi país,  es José Frank Rosario, que luego sería uno de los miembros fundadores del Movimiento Interiorista del Ateneo Insular, que creara Bruno. Creo que Frank Rosario es el poeta mayor de nuestro grupo.

El grupo literario “La Roca” fue muy activo y recuerdo que una vez Juan Aulio Ortiz vino un día a Moca con algunos más, averiguó mi dirección y fue a mi casa y vino protestando porque teníamos un grupo con el mismo nombre que el de nosotros, pero nosotros fuimos primeros. Pues nunca le quitamos el nombre de “La Roca”. Hay uno en Santiago y en Moca.

Al cabo del tiempo yo seguí escribiendo aquí y decidí publicar estos poemas en mi primer libro Sobre un tiempo de esperanzas, que quizás hoy sea el que menos se conoce. A veces algunos poetas con el paso del tiempo quieren abjurar de sus primeras poesías, yo no. Yo entiendo o comprendo que esas primeras poesías quizás eran todavía poemas no tan sólidos; sin embargo, las veces que he leído esos poemarios, es quizás de todos el que más me conmueve, porque ahí comienza a estar presente o estará luego en los otros libros. Bruno Rosario Candelier ha sido muy preciso en su valoración. Me ha gustado lo que ha dicho porque la poesía mía es la memoria biográfica, la memoria íntima, pero también la biografía de otros de la que he sido testigo en mi memoria. La historia que mucha gente no se da cuenta que habla de la historia dominicana.

Tanto León David como Bruno Rosario Candelier han descubierto el sentido de mi creación, pues que a medida que ellos iban hablando yo iba pensando que están en la línea. Son muy correctos y tienen una visión formidable para descubrir esos elementos.

Este libro de 1966, justo después de la Revolución del 65, que fue cuando fundamos el grupo “La Roca”, esos libros todavía de un muchacho de 16 a los 18 años; cuando yo vengo a la capital concluyo este libro y no había recursos para publicarlo hasta que en 1985 puedo hacer una publicación con mis propios recursos.

De ese libro quiero leer un poema que corresponde a la etapa en que estoy en la capital, por eso son 1966-1976, porque quizás sea uno de los poemas mejor construidos de esa etapa. Se llama “Tierra”:

 

Aún creces,

en medio de tus lunas

vas creciendo.

Que lo diga la noche,

que te va pariendo,

desde Génova hasta hoy,

creciendo.

En barcazas navegando,

en corpiña una silueta,

mientras el mar presiento.

 

¿A qué viendo se sorteó tu estela?

El sino de tu luz

no solo es solo acaso

el fúlgido destello de tu muerte,

o empero es tu luz

el brevísimo escarceode tu bronca suerte.

 

Aún en medio de este desconsuelo

no me extraño,

noto que te agigantas,

que vibras en tuenormidad mitológica

grande, grande, grande

en medio de tu pequeñez,creciendo.

 

Te esperará el sol de los milenios,

al estío,

o acaso achicas tu faz mineral

y además pluvial,

y por demás vegetal

para dar tiempo

al sordo ronquido del futuro.

Encima de esto no me asusto.

Me permito ver que creces.

Te tornas blanca, mortecina,

o agreste, pero creces.

 

Que lo diga la tarde,

que te está sintiendo.

 

 Espiga vibrante en la llanura hirviente,

sol de huecos intactos que dan pie

a la cólera suprema,

bastardo orín turbio del gentío

y en la latitud de la quebrada,

la urdimbre celosa de la historia,

traicionera maestra de tus trenzas,

de tus garras,

de tus órdenes amarillas,

por sobre las tapias de observantes miradas,

el estrepitoso surgir de los flamboyanes,

el veneno y la mordazaen la planta del verso

y por sobre la casaca de tu experta cresta

te veo creciendo, creciendo, creciendo.

 

No sé por qué,

pero presiento que la mañana

calla tu gigante privilegio.

No sé por qué,

pero presumo que ahora

estás más cerca de tu cielo,

que la adorada cúspide

se siente ya el tao

de tu huraña presencia,

el hedor de tus cósmicas

y el pudor de tu semen

loco y ciego.

 

Más allá de tus selvas y tus noches,

de los dinteles de tu gloria,

de tu agrícola presencia

siento el palpitar de tu amazónicopecho.

Siento,

veo,

palpo

y quiero

tu planetario crecimiento…

 

Luego de yo haber escrito el libro Sobre un tiempo de esperanzas, pasarían casi 25 años para publicar el siguiente, porque después me di cuenta de que este libro está muy influenciado (quien lo lea tranquilamente se dará cuenta de eso). Las lecturas poéticas mías de entonces eran indudablemente limitadas: Pedro Mir, Manuel del Cabral y Domingo Moreno Jimenes. Quizás haya otro, pero yo descubro esos tres de manera gravitante en todos los poemas de Sobre un tiempo de esperanzas.

Yo decidí entonces leer poesía, me pasé mucho tiempo leyendo y sigo leyendo poesía. Casi todas las noches, aunque esté leyendo una novela o un ensayo, por lo menos leo un par de poemas. Es parte ya de mí trajinar vital como lector y creo que ella me permitió crecer y tener otra visión del poeta, que no era la de aquella juventud.

En Los júbilos íntimos, que toca mucho esas fibras que Bruno Rosario Candelier y León David han tocado magistralmente: la memoria del hogar, la memoria íntima, la memoria biográfica, el pueblo mío que siempre está presente en mis poemas. Yo voy a leer de este libro “La partida”, que describe de alguna manera el momento en que yo parto de mi pueblo.  A los 22 años me voy de Moca, estudiaba en la PUCMM, en Santiago, y le digo: “Mamá, si me gradúo en la PUCMM, me quedo en Moca y yo no quiero ser como Bruno, que se quedó allá; yo quiero irme para la capital. Yo quiero abrir caminos en la capital”.  Una tía me alojó y ya hace 45 años de eso y entonces escribí esos poemas.

José Mármol me dijo que él andaba siempre con una libreta en su carro, porque le venía un verso o una palabra y lo anotaba para luego escribir un poema. Yo nunca hago eso, me puede surgir en la memoria y la sostengo en la memoria y lo puedo escribir incluso años después, como ese poema, que lo escribí muchos años después de haber partido de mi pueblo. Quizás los que me conocen desde antes o desde hace mucho, como Bruno, podrán recordar algunos aspectos, si leen el poema, de lo que es rememorar el lugar, de lo que es la luz mortecina, que entonces alumbraba muy superficialmente la ciudad que se levantaba, el templo, ese pino que ondea tras una brisa ligera, unos pinos hermosísimos que había en la entrada de Moca, donde estaba la granja agrícola de los salesianos.

   Hay tantas cosas, por ejemplo, cuando hablo de que “Una torre de iglesia saluda mi paso y una tijera ciega, mi andadura de hierva”. Mi mamá era costurara. Y ese conductor que “acelera su habladuría infecta” era un enllave de Bruno Rosario Candelier, y fue quien me trasladaba por mucho a tiempo a Moca. Yo duré dos años en que no me acostumbraba a Santo Domingo y me iba los viernes a Moca, aunque no fuera a la universidad y regresaba los lunes temprano y quien me llevaba y traía era Miguel Gómez., un gran amigo de Bruno.

Este es un poema de Los júbilos íntimos. Luego publiqué Territorio de espejos, que creo que también es ya otra poesía diferente. Yo decía que confío mucho en mi memoria para escribir poemas sobre algunos lugares específicos, sobre situaciones específicas que mi memoria conserva y ese libro es producto de un viaje que hice con mi esposa por todo el Norte de España. Mi hijo mayor había hecho su maestría en España y me decía: “Cuando vuelvas a España no dejes de visitar a Santillana del Mar”.

Lo que hago ahí es una descripción de todo lo que pasó allí y al otro día coincidió con mi cumpleaños. Dormimos en un pueblecito donde había bacas, puercos y algunas bodeguitas pequeñas; una cosa que para mía era muy poética. Entonces en ese pueblecito escribí ese poema, porque mi mujer me decía que ella estaba segura de que yo iba a sacar un poema de ese momento por todo lo que habíamos pasado allí.

Luego vinieron dos poemarios en dos años seguidos, 2013 y 1014, que fue el último y este de La fatiga invocada fue publicado en el 2014. De tanto verme leer poesía, mi mujer ya lee también, pero de otros temas; tiene su biblioteca aparte, y un día me preguntó sobre la poesía, cómo era, cómo entenderla. Finalmente en el 2015 publiqué Cuaderno de sombras, edición para amigos poetas.

Gracias a todos.

 

José Rafael Lantigua

Presentación de mi creación poética

Santo Domingo, ADL, 19 de junio de 2018.

Metafísica de la personalidad en la poesía de José Rafael Lantigua

Por Bruno Rosario Candelier

 

A Rafaela Joaquín,

voz inspiradora del aliento que ilumina. 

 

“Íbamos descalzos/sobre las piedras sangrantes/y los rostros áridos./Era fiesta la noche/y el día/un ruido fragoso de cristales/En la pálida aurora de los abrazos/se colaba la piedad y el desafío/y al entrar en el tumulto/una sobria desnudez/una errancia de estrellas/coronaba el regazo en los relámpagos” (J. R. Lantigua, Los júbilos íntimos).

 Voy a iniciar mis palabras con una evocación, lo que indica que me voy a trasladar al pasado, en una etapa de la niñez de José Rafael Lantigua. Voy a retrotraerme al año de gracia de 1957 y me voy a ubicar en la sacristía del templo del Sagrado Corazón de Jesús, en Moca. En esa sacristía conocí a José Rafael Lantigua, donde ambos éramos monaguillos y, desde entonces me llamaba la atención la presencia de José Rafael Lantigua por un detalle muy peculiar: él era un imberbe de 9años y, desde esa edad, tenía la distinción de sobresalir por su porte elegante, muy bien vestido, con ropa impecable y limpia, unos zapatos bien lustrados y una personalidad definida.

Un día sucedió un acontecimiento que para mí fue una fuente de sorpresa y envidia, porque estando en el presbiterio de la iglesia ante la presencia del presidente de la República, Rafael Trujillo, quien fuera a conocer el impresionante templo tiempo después de su inauguración, los monaguillos fuimos convocados para recibir al Jefe, y después de hacer un recorrido por los laterales del interior, se acerca a nosotros y en un momento determinado pone sus manos sobre la cabeza de José Rafael Lantigua, y desde entonces todos nosotros comenzamos a mirarlo con envidia.

Para esa fecha José Rafael Lantigua no sabía, ni tampoco yo, que él se iba a consagrar al cultivo de las letras; ni sabíamos entonces que existía una cosa hecha de palabras llamada “poesía”; y sucede que hoy día tenemos en José Rafael Lantigua a un consagrado autor de poesía, y quien les habla es un estudioso y un intérprete del fenómeno poético.

Cuando yo estudiaba filosofía, le oí decir al padre Francisco José Arnaiz que para entender el pensamiento profundo había que sentir y entender la creación poética. En ese entonces no me interesaba la poesía porque no la entendía y, tras ponderar el criterio del distinguido sacerdote, me dispuse a leer y conocer la poesía mediante el estudio del lenguaje poético y su técnica para descifrar el sentido de sus imágenes que entonces eran para mí, como lo es para la mayoría de los lectores, una cifra enigmática y secreta, y cuando fui descubriendo la clave del trasfondo y la significación estética y espiritual de ese arte del lenguaje, comencé a escribir estudios valorativos de la creación poéticas con mis interpretaciones iniciándome en la crítica literaria. Entender el sentido de las figuraciones que los poetas expresan en su lírica para encauzarla dimensión de su intuición estética, la voz interior de su conciencia o la voz universal de la conciencia cósmica, es una operación del intelecto similar a la de la creación. Por eso decía Platón que los intérpretes y filólogos tienen, al igual que los poetas, el don que distingue a los vates del lenguaje, singular dotación que viene de lo Alto.

José Rafael Lantigua es un producto de la tradición literaria de Moca, donde nació, creció y recibió su primera formación intelectual durante su etapa de estudiante del nivel secundario de la escolaridad, y en Moca inició su obra de creación y su labor de promotor cultural. En su condición de crítico e intérprete literario, Lantigua conoce las técnicas y los recursos compositivos del arte de la creación poética.

En toda obra literaria hay un tema con sus variaciones en cada una de su creación. Ese tema tiene varias modalidades de plasmación. El autor con voz propia tiene un acento peculiar y una perspectiva temática que define su creación, su estilo y su cosmovisión.

José Rafael Lantigua enfoca su propia identidad a la luz de su personalidad y, en consecuencia, aborda lo singular, distintivo y peculiar de cuanto concita su sensibilidad y su conciencia para testimoniar el sello que lo distingue. Su poesía busca la identificación emocional, psicológica y espiritual de su propia interioridad. Es decir, su creación poética explora, perfila y revela su personalidad metafísica a la luz de sus vivencias entrañables.

En su condición de intelectual y crítico literario, José Rafael Lantigua conoce el lenguaje de la poesía. Y como creador plasma y fragua en su creación el lenguaje del arte poético. Desde luego, cuando él comenzó a escribir poesía probablemente no tenía el conocimiento que tiene ahora, fruto de 50 años de labor intelectual, de lecturas, de estudios y de escritura.

Eso naturalmente conforma un sólido bagaje cultural en quien se dedica con rigor, disciplina y sentido profesional al cultivo de las letras.

El hecho de asumir la creación poética como medio de expresión, que fue la motivación inicial en la vocación creadora de José Rafael Lantigua, indica en sí una alta valoración de lo que es la poesía, de cuanto entraña la creación poética, que es la más alta expresión de la intuición de la conciencia, hallazgo que suele canalizarse a través de la poesía.

A través de la creación poética se formaliza un conocimiento único del mundo y de la realidad sensorial y metafísica de lo viviente, razón por la cual la creación poética siempre se ha anticipado a todas las grandes creaciones y las grandes intuiciones de los creadores que en el mundo han sido y, justamente por el hecho de que se trata de un aporte de la intuición de la conciencia, que es el más alto poder creador del ser humano, explica la alta significación de ese singular producto de la cultura humanística llamada poesía. Ese poder interior de la conciencia da cuenta de todo cuando crea el hombre en el arte y en la ciencia, no solamente en poesía. De hecho, las manifestaciones artísticas y científicas tienen como base inspiradora y como aliento germinal a la intuición de la conciencia.

Quien asume la palabra con un propósito creador, como la ha asumido José Rafael Lantigua, naturalmente tiene que enfrentarse a la realidad, asumir su propia realidad y el ámbito de inspiración que atiza su conciencia, y cada poeta asume su propia realidad, la realidad que perciben sus sentidos, la realidad que toca su sensibilidad y su conciencia; porque a cada uno se nos da una realidad peculiar, única, exclusiva y singular para tener nuestro contacto con el mundo, para enriquecer nuestra sensibilidad y nuestra conciencia. Entonces, como la realidad es inmensa, los contenidos y los temas son también inmensos, pero cada poeta elige una parcela singular de ese caudal infinito de sensaciones e irradiaciones cósmicas que nutren el caudal de la creación; y la persona que asume la palabra poética con un propósito creador y con una genuina inspiración, identifica esa parcela de la realidad con la que logra una cabal compenetración sensorial, afectiva, intelectual, imaginativa y espiritual; y entonces ese caudal de intuiciones y vivencias conforma la sustancia de su creación, que la poesía formaliza en su lenguaje especializado.

Fíjense que dije al principio que me llamó la atención la personalidad de Lantigua, siendo él un mozalbete de 9 años. Ahora les digo que en la lectura que he realizado de los cinco libros poéticos publicados por el poeta mocano, me llamó la atención la valoración que él le da a su propia personalidad, actitud y visión que él no asume como una expresión egoísta para darse a conocer y proyectarse a sí mismo, sino que lo hace como una forma de identificación de la personalidad que tiene cada ser humano. Él identifica su propia personalidad y la canaliza en su creación poética como evidencia de lo que acontece en cada uno de nosotros.

León David dijo en su exposición que en la poesía de José Rafael Lantigua hay la expresión de un autoconocimiento, y es cierto. Ese autoconocimiento, esa búsqueda de su propia personalidad, esa identificación de sí mismo, lo hace nuestro poeta para mostrar la identidad del ser humano, para enfocar y privilegiar la personalidad metafísica que nos caracteriza a cada uno de nosotros y, entonces, como persigue canalizar, identificar y testimoniar lo que distingue la esencia de la personalidad, se vale de los factores que determinan el meollo de la personalidad, factores que tienen que ver con la propia personalidad, ya que implican la expresión de lo que somos interior y espiritualmente.

Hay cinco factores o vertientes de la personalidad metafísica de la persona, conforme voy a detallar en la presentación de la poesía de José Rafael Lantigua, ya que su creación se funda, según mi estimación, en la expresión de ese fenómeno de la interioridad.

 

  1. LA MEMORIA como fuero, cauce y expresión de la propia identidad personal. Ese primer factor que aprecio en la lírica de José Rafael Lantigua es el cultivo y la ponderación de la memoria como centro, señal y distinción de la personalidad. La memoria asumida como expresión de la identidad espiritual. La memoria asumida como signo y cauce de nuestra singularidad individual. Ahora nosotros podemos valorar mucho más que antes el rol de la memoria cuando podemos contactar la realidad existencial, cuando podemos valorar la existencia y advertir el impacto social de una terrible degeneración llamada Alzheimer, que liquida o anula la memoria. Quien pierde la memoria deja de ser lo que es, ya que pierde su propia identidad, no reconoce a nadie, ni se reconoce a sí mismo. Entonces, para Lantigua como para los que estudian la personalidad, la memoria es la primera expresión de la conciencia que nos identifica. En Cuaderno de sombras escribe nuestro poeta:De lo que pueda decir el corazón/te hablaré mañana./Uno se dice: lo haré,/voy a escribir el poema de las altivas/rutinas de cada día,/la rutina de la gente que sueña/que se estremece/que se enrolla en la tentación/de la codicia de cada mañana,/como quien dice, de cada amanecer,/entonces comienzo a escribir ese poema/y resulta que adultero su composición,/la composición de las altivas rutinas/de cada día,/porque el poema no pudo prever/que hay una memoria oculta/una misteriosa memoria oculta/en la grave sinfonía de la cotidianidad/de la gente que sueña/que se estremece/que se enrolla en la tentación/de la codicia de cada mañana,/como quien dice, de cada amanecer,/entonces uno le da vuelta al poema/para abordar –eso dije- la estridencia/de un espacio tembloroso/donde es posible alimentar la piel…” (1).

 

2.El LENGUAJE como signo, fragua y expresión de nuestra personalidad metafísica. El lenguaje como expresión de la personalidad es la señal que nos distingue porque nosotros tenemos, en virtud del Logos de la conciencia, la capacidad para reflexionar, intuir, crear y hablar, y ese poder permite identificar lo que somos, ya que pauta nuestra naturaleza distintiva ante las demás criaturas de la creación. Entonces, para nuestro poeta el lenguaje es clave en la identificación de la personalidad, y por eso, en La fatiga invocada, podrán ustedes apreciar que su autor busca la palabra apropiada  para sentir lo peculiar de cada cosa, elemento o criatura: “Quería decir un nombre pero no lo alcanzo/Un nombre para pronunciarlo sobre las cuestas y tras los rieles de la tarde/Pero no lo grito/Un nombre como de alborada/Un nombre como el nombre de un lúbrico suspiro/Pero no lo reconozco/Un nombre como de brisa errante/Como de memoria melodiosa/Como de sonata de estaciones melancólicas/Pero no lo esbozo/Quiero decir un nombre de lluvia/Desnudo/Mojado/Pero no lo cubro/Un nombre que me arranque palabras como tesoros ardientes/Que me estremezca/Entre las encendidas laderas de mis turbulencias/Un nombre que deseo nombrar/Pero no lo encuentro/Como si durmiera entre las sombras/En la gruta oscura donde habita la innombrable sensación del olvido” (2).

 

  1. LA TRADICIÓN como huella y expresión del pasado que encarnamos. Se trata de un elemento clave en la identificación de la personalidad metafísica. La tradición como expresión del pasado que heredamos. Todos somos la continuación del pasado que supervive en el presente. La tradición no es más que lo que traemos del pasado y le damos continuidad en el presente porque forma parte de nuestra esencia, porque conforma e identifica nuestra personalidad, es decir, nuestra manera de ser y de sentir, de reaccionar y de pensar, con ese talante peculiar y distintivo que tiene cada ser humano. De ahí la importancia que le da Lantigua a la tradición en su libro Territorio de espejos: “Salí a buscar un símbolo/una diadema/una perla/y alcancé a ver la presencia de unas manos/que parecían cocer sobre la piel sangrante/el rostro húmedo/el cuerpo vacilante/la adúltera belleza del desamparo./Salí a buscar el símbolo/la diadema/la perla/y observé sobre el hueco de una complicidad agrietada/la mirada abstraída/casi fugaz/casi frágil/de los ojos virulentos del estruendo./Salí a buscar el lento fluir del símbolo/la brillante luz de la diadema/la riqueza de la perla/y encontré un agujero de labios/un volumen de aullidos/trazos del tiempo sumergido/del tiempo alucinado/del tiempo furioso/de la furia descarnada./Salí a buscar el símbolo/y perdí la certeza informe del espejo/la diadema que cubre la testa recrecida/la perla del pasado que regresa/y entonces supe que la criatura no precisa de símbolos/que ella se cobija bajo las arcadas de la impureza/que ella se enfrenta al ojo del olvido/que ella se diluye en la fragua del cuerpo” (3).

 

  1. LA PASIÓN como expresión de la energía secreta y entrañable de la personalidad. Lo que somos y hacemos en la vida nos proporciona una presencia en el mundo, con una significación en el medio donde nos desenvolvemos, sea en el oficio o la profesión que ejercemos o en el ideal que asumimos, y es posible porque lo activa una pasión, es decir, algo con que toda persona se identifica tan entrañablemente que se vuelve parte de su ser y que canaliza en lo que siente, piensa, hace, vive y disfruta, y esa energía secreta y profunda hace posible que realice todo lo que anhela, sobre todo, su propia vocación por la pasión que subyace en sus realizaciones, como se aprecia en los creadores de poesía y de ficción, pero también en todo creador de cualquier arte o ciencia, de cualquier actividad humana. Sin la pasión nada es posible, y José Rafael Lantigua tiene conciencia de eso, por lo que aprecio en los siguientes versos de Sobre un tiempo de esperanza donde la huella de la pasión atiza su personalidad: “Nunca olvidaré/como se fue el verano aquella tarde,/como de pronto,/surgiendo inesperado,/apareció el invierno frío y largo/largo y frío/tremendamente largo y frío/frío y largo…/Nunca olvidaré/como al unir nuestros espíritus/las manos me ardían/y mi carácter tornábase vehemente./Nunca olvidaré/su cabellera larga/su cuerpo bronceado/su franca risa/y su torso descubierto,/el rubor de sus labios agridulces/y el temblor de mis rodillas/y el palpitar de mi pecho…/Nunca olvidaré/el amor/mientras subsista en mí/aquel recuerdo tan sublime,/mientras permanezca/por sobre el tedio de la evocación/aquella figura/limpia y fresca,/limpiaré los caminos de la reminiscencia/para tener la frescura de su acento/sobre mi acento/y escribir/muchas veces si es preciso/un poema de amor/un poema de amor al recuerdo/simplemente./Nunca olvidaré/cómo fue posible/que el verano partiera aquella tarde/y que, desde entonces,/haga frío/-un frío largo-/y que el invierno permanezca/así/como nada” (4).

 

  1. La INTRAHISTORIA FAMILIAR como expresión de lo vivido y lo compartido Fíjense lo que dice nuestro poeta cuando evoca el pueblo amado, la heredad familiar, el terruño bendito de su Moca natal donde se crio y que, para los que nacimos y nos criamos en esa Villa Heroica, ese singular territorio tiene una alta significación emocional y espiritual ya que asimilamos desde nuestra infancia la lumbre de la Mocanidad. La intrahistoria familiar no es sino lo que ha acontecido en nuestro hogar, lo que marcó nuestra existencia desde que nacimos, lo que vivimos, sufrimos y gozamos, lo que conocimos y experimentamos, el influjo de nuestros padres, hermanos y amigos, la huella del ambiente donde nos criamos. El hogar es clave en el desarrollo de nuestra personalidad metafísica pues lo que nos transmiten durante los primeros años de nuestra vida es fundamental para el desarrollo de la sensibilidad y la conciencia. Yo recuerdo vivamente a la madre de José Rafael, llamada Lolita, una mujer ejemplar, desvelada por la crianza de su hijo, por la preparación y el cuidado de su criatura amada, y sus vivencias en ese hogar fue un hecho clave en la forja espiritual, emocional y psicológica de José Rafael Lantigua. Lo que nosotros vivimos en nuestra infancia y en nuestro hogar nos marca para siempre: lo bueno y lo malo, los traumas y las desventuras, las vivencias entrañables y las menos agraciadas. Todo influye en la conformación de la personalidad, que es motivación y clave temática en la creación poética de José Rafael Lantigua. Nuestro poeta evoca el ambiente que lo acunó en sus años mozos en su Moca natal, heredad que conserva en las alforjas del recuerdo y que revive para sentir la huella del pasado que fecunda su personalidad metafísica: “Tierra que albergó la mirada/un lirio de mayo/una sonrisa sin edad/La huella/el ascendiente/la grey que busca afuera/su desmesurado sosiego./Gritos de marchantas en mañanas sin sueño/pan de juancito a la caída de la tarde/moroco tila el malévolo/Barrio de añoranzas intrépidas/vertientes de ciudad transida/vecindario de cuitas/Marolas y teresas/ Mirthas y juanitas/Glorias y titases/Papá monnaná mamá mora Sinencia /Heredades que cruzan la memoria/y la dominan/enhebrando apremios./Convite de auroras/Mañanitas de diciembre/Jenjibre pendencia/Amores que festejan/tiempos innombrables” (5).

Esos tiempos no son innombrables ya que están en la alforja de la sensibilidad del poeta y se prolongan en el hondón de su ser porque están vivos. Esos recuerdos fluyen, laten y fecundan nuestro espíritu y lo harán siempre. Lo que se vive en la infancia crea un núcleo espiritual fecundo, raigal, indeclinable porque conforma parte sustantiva de la personalidad metafísica y, a mi juicio, tras leer los poemas de Lantigua, percibo que como poeta, como auscultador de su propio mundo y de su propia realidad, es fundamental en él esa identificación afectiva y espiritual. Entonces, llego a la conclusión de que José Rafael Lantigua es el poeta dominicano en quien el alma de sí mismo es el alma de su creación y, como dije al principio, él no lo hace para cantarse a sí mismo, sino para decirle al mundo el impacto y el sentido que tiene para cada uno la esencia de su propia personalidad. Por esa razón estimo que la creación poética de José Rafael Lantigua lo convierte en un poeta esencial de las letras dominicanas y, en consecuencia, su obra le asigna un alto pedestal en las galerías de las letras nacionales.

La de José Rafael Lantigua es una poética de la identidad personal, una poética de la personalidad metafísica que centra su creación en esa faceta entrañable de su propia conciencia, con un trasfondo de valiosa trascendencia y alta significación emocional, psicológica y espiritual. Poética y metafísica de la personalidad, que también lo es de la conciencia profunda de la condición humana.

 

Bruno Rosario Candelier

Presentación de José Rafael Lantigua

Santo Domingo, ADL, 19 de junio de 2018.

Notas:

  1. José Rafael Lantigua, Cuaderno de sombras, Santo Domingo, Ediciones Centeno, 2015, p. 61.
  2. José Rafael Lantigua, La fatiga invocada, Santo Domingo, Ediciones Centeno, 2014, p. 38.
  3. José Rafael Lantigua, Territorio de espejos, Santo Domingo, Ediciones Centeno, 2013, p. 24-25.
  4. José Rafael Lantigua, Sobre un tiempo de esperanzas, Santo Domingo, Editorial Santo Domingo, 1986, p. 19-20.
  5. José Rafael Lantigua, Los júbilos íntimos, Santo Domingo, Amigo del Hogar, 2003, p. 30-31.

Temas idiomáticos

Por María José Rincón

 

QUIEN BUSCA HALLA

22 MAY 2018

Hoy me siento un poco Sancho y empiezo con un refrán: «Quien busca halla». Les prometí que repasaríamos las palabras más buscadas digitalmente por los dominicanos en el Diccionario de la lengua española en lo que llevamos de 2018; las más buscadas entre las que sí están registradas en este diccionario.

La palabra diccionario encabeza la lista, gracias a que es la palabra que ejemplifica las búsquedas en la página. Le siguen los verbos haber (2474 consultas), ir (1868 consultas) y, un poco más alejado, hacer (1533 consultas). Estos tres verbos también están entre las palabras más consultadas en Puerto Rico y Cuba. Sin duda, los hablantes se interesan por la ortografía de sus distintas formas; no olvidemos que el DLE tiene un asistente para la conjugación de los verbos que puede resultar muy útil.

Podemos asegurar que las consultas de la palabra ceja (1657) tienen también mucho que ver con la ortografía. Debido al seseo, muchos hablantes dominicanos tienen dificultades para segmentar el artículo y la palabra: las cejas / *las ejas. Esto provoca las dudas incluso cuando la palabra está en singular; por eso muchos consideran que el sustantivo es *eja.

La utilización del diccionario demuestra, al menos, cierto interés por la lengua y sus manifestaciones. Eso explica las búsquedas de palabra (1665) y cultura (1158). Otros intereses se reflejan en las búsquedas de los sustantivos sexo (1434 consultas) y amor (1055 consultas).

Cuando Sancho Panza recorría los campos de La Mancha no existía el Diccionario académico; en todo caso, y si hubiera sabido leer, el escudero podría haber consultado el Tesoro de Covarrubias. Buscar en el diccionario, siempre que sea uno bueno y apropiado para lo que queremos buscar, le da la razón al refrán: «Quien busca halla».

 

COMPAÑEROS DE VIAJE

29 MAY 2018

Nunca dejamos de aprender palabras. Cada nueva palabra amplía nuestros horizontes y nos enriquece, pero ¿cuándo podemos decir que hemos aprendido, realmente aprendido, una nueva palabra? ¿Cuándo podemos decir que la hemos incorporado a nuestro vocabulario personal? Repasemos el camino que debemos recorrer con las palabras para poder hacerlas nuestras.

Conocer bien su significado y su ortografía, con el auxilio de los diccionarios, es solo el primer paso de ese recorrido. También nos puede ayudar el diccionario a conocer las partes que las forman, la raíz de la que parten y sus posibles derivados. Así una palabra nos lleva a otra y va tejiendo para nosotros la red de su familia léxica. Como en la vida misma, nuestro entorno ayuda a definirnos.

Las palabras no están solas y no están quietas. Las palabras empiezan a funcionar cuando se combinan con otras palabras; por eso para saber utilizarlas, tenemos que saber dominar las normas que regulan estas combinaciones, eso que llamamos sintaxis.

Cuando conocemos su forma y cómo se relacionan solo hemos recorrido un tramo del camino. Todas las palabras no pueden usarse en todas las situaciones. Aun teniendo el mismo significado, el uso de algunas voces está reservado a determinados contextos. No ser capaces de adaptar nuestro vocabulario a la situación comunicativa en la que estamos; usar palabras coloquiales en entornos formales, o viceversa, demuestra que no las dominamos. Nos espera una etapa más.

Al significado, a la forma, a la sintaxis y al uso debemos añadir un conocimiento más, el de las connotaciones que van impregnando a cada palabra a lo largo del tiempo; hay palabras a las que se asocian matices afectivos, despectivos e, incluso denigrantes, que debemos manejar si queremos preciarnos de habernos convertido en verdaderos compañeros de viaje, de aquellos que nunca se olvidan. 

 

EN UNA ISLA DESIERTA

05 JUN 2018

Leí en un artículo de la BBC acerca de un neoyorkino, Amnon Shea, que había leído el diccionario Oxford. Sí, todo el diccionario. Como comentario a este artículo se me ocurrió reconocer que soy lectora de diccionarios. No solo usuaria o consultora: lectora con todas las de la ley; de las que empiezan por la primera página y acaban por la última; de la a la zeta, nunca dicho esto con más propiedad.

A uno de mis seguidores en Twitter lo asombró esta rara afición mía. ¿Leer diccionarios como si fueran novelas? Tengo que reconocer que es una de mis muchas rarezas. Entre todos, siento predilección por los antiguos, con los que me siento transportada a tiempos muy diferentes y, al mismo tiempo, muy parecidos a los nuestros. No puedo presumir, como Shea, de haber leído los veinte tomos del Oxford, pero sí, por ejemplo, de haber viajado a través de las más de dos mil páginas del Diccionario de americanismos de nuestras academias americanas y recorrido con él los más remotos rincones de nuestro continente; de haber seguido el hilo de una extraordinaria madeja de palabras en el precioso Diccionario ideológico de Julio Casares; de haber admirado página a página a la magistral María Moliner; entre los antiguos, uno de mis preferidos, el Tesoro de Covarrubias, de 1611, con el que por cierto me he reído de lo lindo.

Por eso comparto la elección del poeta británico W. H. Auden para quien el diccionario era el libro perfecto para llevar a una isla desierta. Un buen diccionario se deja leer; no impone ideologías; sus armas son la ortografía, la gramática y la certeza de la definición. Siempre está abierto e inacabado. A partir de ahí, nos ofrece el material inagotable de las palabras. Con ellas podemos aspirar a ser Cervantes o el más abyecto politicastro. Lo que seamos capaces de crear o destruir con las palabras es cosa nuestra. 

 

TRES DÍAS EN MADRID. PRIMERA JORNADA

12 JUN 2018

 Tres días en Madrid. Tres días con las palabras. Primera jornada. Amanece frío en Madrid. Busco algún sitio para desayunar y mis pasos me encaminan a la fachada de madera del Café Gijón, uno de los pocos sobrevivientes de los sabrosos cafés de tertulia madrileños. Me siento a una de sus mesas de mármol, junto a una ventana desde la que soy testigo de cómo se van abriendo puntuales las casetas de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, organizada por la Asociación de Libreros de Lance de Madrid….

Y empiezan a brotar las palabras. La locución adjetiva de lance aplicada a un libro nos lo califica como de segunda mano (o de medio uso, diríamos por aquí) o nos habla de que se adquiere en condiciones ventajosas. Ambas cosas se encuentran en esta feria del libro de sabor añejo. Muchos libros a buenos precios y algunas joyas de difícil localización. Apuro mi chocolate y mis churros y me dejo llevar de caseta en caseta ojeando títulos, ediciones antiguas, tebeos y libros infantiles que me recuerdan a mis inicios en la lectura. Varios recorridos, algunas horas más tarde, y algunos libros dejados atrás, me doy por satisfecha y dejo atrás el Paseo de Recoletos. En mis manos dos libros. Una edición crítica elaborada por Martín de Riquer del Tesoro de la lengua española de Covarrubias, el primer diccionario monolingüe de nuestra lengua. El segundo libro, regalo de mis padres, una Gramática de la lengua castellana de Vicente Salvá de 1847.

Sé que el libro electrónico es más cómodo y que ambas obras pueden consultarse digitalmente de forma abierta y gratuita, pero yo, esa mañana madrileña bajo el tibio sol de Recoletos, rodeada de libros, no me cambiaba por nadie.

 

TRES DÍAS EN MADRID. SEGUNDA JORNADA

19/6/ 2018

Tres días en Madrid. Tres días con las palabras. Segunda jornada. Flanqueada por la iglesia de los Jerónimos y con una vista privilegiada sobre el Museo del Prado, la sede actual de la Real Academia Española, en su sobriedad clasicista, nos recibe por la entrada de los académicos. Comienza la primavera en Madrid y los históricos percheros asignados a cada académico descansan. Nada más descansa en la sede académica. El salón de plenos está dispuesto para la sesión de los jueves y las comisiones trabajan a pleno rendimiento.

Nos reciben con cordialidad Darío Villanueva y Francisco Javier Pérez, director de la RAE y de la Asociación de Academias de Lengua Española, respectivamente, y valoran la divulgación de la actividad académica que hacemos en esta humilde Eñe. Nos invitan a recorrer las estancias de la sede académica, donde nos espera aquello de «Limpia, fija y da esplendor». Nos sorprenden las pequeñas cabezas de terracota con los rasgos de los personajes cervantinos que sirvieron de referencia para el concurso de ilustradores del Quijote para la primera edición académica de nuestra novela universal.

Nos emociona la extraordinaria biblioteca de la casa, que empezó a reunirse en 1713 con el objetivo de atesorar las obras de los autores que los primeros académicos habían considerado como autoridades para ejemplificar el uso de las palabras incluidas en el Diccionario de autoridades, primer diccionario académico. En ella se custodian joyas de nuestra cultura, como el manuscrito de las Etimologías de san Isidoro, del siglo XII, códices de Gonzalo de Berceo, primer poeta de nombre conocido de la lengua española, y del Libro de buen amor, y primeras ediciones de los clásicos españoles, miles de volúmenes que nos invitan a perdernos entre sus páginas. Yo me hubiera perdido con gusto, ya lo saben ustedes bien, pero los pasillos de la Casa de las palabras me reservaban todavía una sabrosa sorpresa, que dejo como ñapa para una próxima columna.

 

TRES DÍAS EN MADRID. ÑAPA

26 JUN 2018

Tres días en Madrid. Tres días con las palabras. Ñapa de la segunda jornada. Cargada de buenas ideas y con ganas de seguir trabajando en proyectos comunes para el conocimiento y la divulgación del buen uso de la lengua española, después de un cafecito en el salón de pastas, la Casa de las palabras me reservaba una alegría más: conocer el fichero lexicográfico general de la Academia. Imaginen una colección de gaveteros, poblados de infinidad de pequeñas gavetas, en las que se custodian más de diez millones de papeletas. Ojo, no se trata de diez millones de esas papeletas que se están imaginando ustedes. Los lexicógrafos denominan papeleta a cada .una de las fichas en las que registran, con las citas correspondientes, los usos de las palabras.

A los que ya manejamos bases de datos informatizadas se nos hace impensable la sola idea de manejar pequeñas gavetas atestadas de fichas cada una de las cuales documenta un uso, un ejemplo, una acepción, una cita literaria. Sin embargo, solo la visión de algunos de estos inmensos gaveteros sirve para dar una idea muy concreta de lo que supone enfrentarse a la elaboración de un diccionario, por pequeño y modesto que este sea. Sirve también para valorar y para honrar el trabajo de los lexicógrafos, artesanos del lenguaje, a cuyas obras recurrimos tan a menudo, o al menos deberíamos hacerlo, y de cuyo esfuerzo tan poco nos acordamos.

Para los que gusten de bucear en estos ficheros está disponible su consulta gratuita a través de la página del Nuevo diccionario histórico del español. Los vetustos gaveteros se conservan en la RAE; los nuevos lexicógrafos podemos aprovechar su contenido y seguir honrando el trabajo y la dedicación de las personas que los construyeron.

 

Ortoescritura

Por Rafael Peralta Romero

ACERCA DEL DICCIONARIO DE  REFRANES

El pasado martes fue presentado el Diccionario de refranes, cuyo subtítulo es “Paremias del español dominicano”, autoría del doctor Bruno Rosario Candelier, director de la Academia Dominicana de la Lengua, en cuya se efectuó el acto.

Me ha resultado curioso comprobar que esta palabra no tiene definición en el Diccionario, sino que allí se dicen los sinónimos refrán, adagio, sentencia y proverbio.

A este nuevo libro le ha precedido el Diccionario fraseológico, también del académico Rosario Candelier, presentado en abril de 2016, cuyo contenido se centra en frases, locuciones, giros…Pero no es este el segundo tomo del anterior, sino una obra independiente de la otra, editorial y físicamente, aunque guardan entre sí una estrecha correspondencia y relación temática.

Del Diccionario de refranes, me permito afirmar lo que en aquella ocasión consideré del otro: “La convicción más firme que sustento sobre el Diccionario fraseológico es que éste puede servir como espejo para que los dominicanos apreciemos un filón fundamental de nuestra identidad, pues ya se ha dicho que somos lo que hablamos.

De igual modo, para las personas procedentes de otras latitudes que quieran asomar a nuestra conciencia para identificar palpitaciones espirituales y conocernos como conglomerado humano, esta es una obra imprescindible”.

Cada unidad léxica tratada en éste, como en el otro diccionario, tiene un sentido particular, aunque tipificarlas sea preocupación solo del estudioso, filólogo o lexicólogo, que las compila y valora para elaborar estudios como el que hoy presentamos, es innegable que en la voz de los hablantes los referidos pensamientos adquieren su verdadera dimensión por la utilidad que ofrecen para la comunicación.

A propósito del Diccionario de refranes, se me ocurre que quizá sea este el momento oportuno para externar una reflexión que he llevado por mucho tiempo incrustada, en la conciencia tal vez.
Me refiero a la incisión que causa el recuerdo –ojalá sea un recuerdo- de cómo los padres, incluso maestros, del pasado no muy remoto corregían a niños y jóvenes por el uso de refranes, o mejor dicho de lo que ellos llamaban refranes.

Tal práctica era motivo para ofrecer pescozones, y en algunos casos la promesa llegaba a materializarse, acompañada de una advertencia como esta: “Te he dicho que no me uses refranes”. Lo bueno o malo, en esa calificación no estoy seguro, era que a lo que llamaban refrán, no era tal, sino esos dichos pasajeros, por demás vacíos de contenido, que toman vigencia por un tiempo y que suelen repetir algunos con aire de necedad.

Nuestros padres criticaban el uso de dichos soeces y algunas otras, si bien menos groseras, mucho más repetidas. Es el tipo de expresión como las siguientes: “Qué pasa, Papo”, “Ah no, yo no sé no”, o el superusado “¿Y es fácil?”.
Durante buen tiempo he creído que este tipo de juegos verbales se denomina “modismo”, pero el DLE me ha disminuido ese convencimiento,
ya que define ese sustantivo de este modo: “Expresión fija, privativa de una lengua, cuyo significado no se deduce de las palabras que la forman; p. ej., a troche y moche”.

Nuestro principal código lexicográfico agrega una segunda acepción en la que aparece el vocablo idiotismo definido como “giro o expresión que no se ajustan a las reglas gramaticales; p. ej., a ojos vista”.

He querido encontrarle nombre al ejemplo de expresión a la que el vulgo confunde con refrán. Para ese fin me quedaré con el sustantivo modismo. Ojalá no resulte exagerado hablar de la reivindicación del refrán, frente a esa tendencia del vulgo a confundirlo con frases tontas como “¿Y es fácil?”.

Periódico El Nacional, 2 junio, 2018

 

QUITASUEÑO Y MATAPALACIO, URGE RECTIFICAR

La composición es un valioso recurso morfológico mediante el cual se forman palabras a partir de la unión de dos o más vocablos, de dos o más bases compositivas cultas o de la combinación de palabra y base compositiva. La norma académica no contradice la libertad de los hablantes para formar palabras, más bien orienta esa potestad y la encauza conforme al perfil de nuestro idioma.

Todas las categorías gramaticales intervienen para, mediante la unión de dos palabras, formar una nueva. Me limitaré, en esta entrega, a recordar los vocablos surgidos de la unión de un verbo más un sustantivo: cubre + cama da cubrecama; saca + corcho da sacacorcho; de mata + rata obtenemos matarrata y de quita más mancha tenemos quitamanchas.

Corresponden a la misma estructura (verbo más sustantivo) quitanieves, (artefacto para limpiar de nieve las vías), lavacarros, limpiasacos, tocadiscos, pararrayos, abrelatas, guardacostas, portaaviones, comecocos, beberromo, portafolios, matapolicía, alzapiés, pisapelo, cubrefaltas, tumbapolvo, o cualquier vocablo que fuera necesario formar a partir de la unión de una forma verbal (tercera persona singular, modo indicativo) la cual expresa una acción y un sustantivo.
Una máquina habrá de llamarse quitalodo, quitapiedras o quitahojas, según que recoja alguno de estos elementos.

 

QUITASUEÑO (UNA SOLA PALABRA)

Se emplea para referir aquello que causa preocupación o desvelo. Pero también puede ser un producto farmacéutico que impide el sueño.

No sé si es no adecuado que un pueblo lleve por nombre Quitasueño, pero por de pronto hay dos localidades, en República Dominicana, que llevan este nombre. Ambas tienen la categoría de distrito municipal y las dos arrastran una erosión a la gramática, porque el nombre aparece escrito en dos palabras: Quita Sueño.

La repetición del nombre no es tema para columna, pero informo que el distrito municipal Quita Sueño o Quitasueño, correspondiente a Cotuí, fue elevado a esa condición mediante la Ley No. 218-05: “La sección Quita Sueño del municipio de Cotuí, provincia Sánchez Ramírez, queda elevada a la categoría de Distrito Municipal, con el nombre de Distrito Municipal Quita Sueño, cuya cabecera será el centro urbano Quita Sueño”. (Ortografía es del legislador).

Adscrito a Haina, provincia San Cristóbal, está el otro Quita Sueño o Quitasueño, llevado a distrito municipal mediante la ley No. 08-15 del 13 de enero de 2015: “El Distrito Municipal de Quita Sueño, estará integrado por las siguientes secciones Piedra Blanca Norte y la Cerca con sus respectivos parajes”. Diez años después del otro.
Lo que sí interesa a esta columna es que las autoridades de esos pueblos sepan que han de escribir sus nombres en una sola palabra, como limpiabotas, quitapesares, guardalodo, limpiacristales o pasamano.

Matapalacio
Un distrito municipal de Hato Mayor lleva este nombre, o mejor uno parecido: Mata Palacio. En la lógica gramatical, no se entiende para nada, pues ¿cómo es eso de matar palacios?
Es una localidad muy antigua. Se cuenta que allí tuvo lugar, durante la Guerra Restauradora, la batalla de Mata Palacio, dirigida por los generales Pedro Guillermo y Víctor de los Reyes, donde actuaron también Genaro Díaz y Santiago Silvestre, y las tropas españolas sufrieron pérdidas considerables. Hablamos de mayo de 1864.
Con el verbo matar más un sustantivo se han formado diversos vocablos: matarratas (matar + rata); matabuey (matar + buey); mataburros (matar + burro); matasellos (matar + sellos); matasanos (matar + sano); matasiete (matar + siete). Matahambre (matar + hambre); mataperro (mata + perro), matadeseo (matar + deseo).
Las autoridades de Mata Palacio, como las de los dos Quita Sueño, están a tiempo para rectificar los nombres de sus pueblos para que sean escritos como corresponde, conforme a las normas de nuestra lengua: Matapalacio y Quitasueño. Y saldrán ganando.

10 de junio, 2018

 

QUITACORAZA Y LA CARTA DEL PROFESOR REGINO

El pasado domingo, esta columna se refirió a la conveniencia de que a los distritos municipales Mata Palacio (Hato Mayor), Quita Sueño (Sánchez Ramírez) y Quita Sueño (San Cristóbal) les sean rectificados sus nombres para ajustarlos a la norma gramatical.

Gramaticalmente correcto sería: Matapalacio y Quitasueño. Una palabra, en cada caso.

El profesor universitario Francisco Bernardo Regino, con la gentileza y el buen juicio que lo caracterizan, ha enviado una carta que reproduzco a continuación:
Apreciado don Rafael:

¡Qué bueno que los “matadiarios” dejaron escapar a El Nacional para que apareciera los domingos y con él sus enjundiosos artículos! Su “Orto-escritura” de hoy es un “mataignorantes” y un “creasabios” de manera divertida, sencilla e inteligente, propio de un buen educador.

Hoy me recreo haciendo uso de “la libertad de los hablantes para formar palabras”, y también “me limitaré a … vocablos surgidos de la unión de un verbo más un sustantivo”. Ahí voy con el ejercicio, todo figurado, sin conexión con nuestra realidad.

  1. Una pena que no aparezcan “tumbagobiernos” como en décadas pasadas, que nos sacudan de los que nos desgobiernan.
  2. Los “robaerarios” tienen fortunas injustificables con los ingresos oficiales recibidos.
  3. Los “comecheques” de antes pasaron a ser plutócratas saltando la etapa capitalista.
  4. Ahora nos gobiernan los “matasueños” que nos encantaron con discursos solidarios.
  5. Los “quitapaces” (¿acaso quitapaz, profesor?) que ordenan el desorden nacional, duermen el sueño de la impunidad.
  6. El nuevo “mataburros” dominicano es el Diccionario de refranes de Bruno Rosario Candelier.
  7. Hacen falta algunos “quitacorazas” para revelar los cuerpos del delito.

Gracias por sus lecciones que quitan el sueño sin matar los sueños, quitan las corazas de la ignorancia y crean conciencia del buen uso del lenguaje.
Su lector,

Quitacoraza

La carta del profesor Regino trae a la mente a Quitacoraza. Resulta que desde 2003 hay otro distrito municipal cuyo nombre está constituido por una forma verbal más un sustantivo, pero que no se ha procedido con la unión de ambos elementos para componer una nueva palabra. Me refiero a Quita Coraza, perteneciente al municipio Vicente Noble, en la provincia Barahona.

Veamos en el Diccionario de la lengua española el significado de la voz coraza:

  1. f. Armadura de hierro o acero, compuesta de peto y espaldar. 2. f. Protección, defensa. 3. f. Mar. blindaje (? plancha para blindar). 4. f. Zool. Cubierta dura que protege el cuerpo de los reptiles quelonios, con aberturas para la cabeza, las patas y la cola. 5. f. desus. Parte de la montura que cubría el fuste o armazón de la silla. 6. f. desus. caballo coraza.

La persona o cosa que haga la función de quitar la coraza a otro ser (persona, animal…) se torna en un o una quitacoraza. Los vicentenobleros cuentan que esa localidad, que data de 1895, inicialmente se llamó Palo Copao y tienen varias versiones con respecto al nombre actual de este pueblo agrícola, a la orilla del Yaque del Sur.

La explicación más difundida es aquella según la cual iba un sacerdote a oficiar misa por estos lugares y para hacerlo tenía que cruzar un arroyo, entonces abundante de agua, y al momento de pasar, el afluente creció inesperadamente y la corriente se llevó todas las pertenencias que el religioso llevaba a lomo de su caballo, incluida una coraza. Cuando el sacerdote pronunció la homilía comentó el hecho y dijo: “Este lugar en vez de Palo Copao, debería llamarse Quitacoraza”.

Creo –así terminé el artículo anterior- que las autoridades de Quita Coraza, están a tiempo para rectificar el nombre de su pueblo para que sea escrito como corresponde, conforme a las normas de nuestra lengua: Quitacoraza. Eso pudiera ser urgente.

16 junio, 2018

Diccionario de refranes

Por Rafael Peralta Romero

Es motivo de honra y sano orgullo hablar en este acto de presentación del Diccionario de refranes, cuyo subtítulo es “Paremias del español dominicano”, autoría del doctor Bruno Rosario Candelier, director de la Academia Dominicana de la Lengua.

El volumen comprende refranes, adagios, sentencias, proverbios y máximas, unidades lingüísticas que guardan en común la condición de que rezuman un saber  consolidado por la experiencia y se agrupan en el nombre  genérico de paremia. Me ha resultado curioso comprobar que esta palabra no tiene definición en el Diccionario, sino que  allí se dicen los sinónimos   refrán, adagio, sentencia y  proverbio.

A  este nuevo libro le ha precedido el Diccionario fraseológico, también del académico  Rosario Candelier, presentado en abril de 2016, cuyo contenido se centra en frases, locuciones, giros…Pero no es este  el segundo tomo del anterior, sino una obra independiente de la otra, editorial y físicamente,  aunque guardan entre sí  una estrecha correspondencia y  relación temática.

Del Diccionario de refranes, me  permito afirmar lo que en aquella ocasión consideré del otro: “La convicción más firme que sustento sobre  el Diccionario fraseológico  es que éste puede servir como espejo para que los dominicanos apreciemos un filón fundamental de nuestra identidad,  pues  ya se ha dicho que somos lo que hablamos. De igual modo,   para las personas procedentes de otras latitudes   que quieran asomar a nuestra conciencia  para identificar palpitaciones  espirituales y   conocernos como conglomerado humano, esta es una obra imprescindible”.

Cada unidad léxica tratada en éste, como en el otro diccionario, tiene un  sentido particular, aunque tipificarlas sea preocupación  solo del estudioso, filólogo o lexicólogo, que las compila y valora para  elaborar estudios como el que hoy presentamos, es innegable que en la voz de los  hablantes los referidos pensamientos adquieren su verdadera dimensión por la utilidad  que ofrecen para la comunicación.

A propósito del Diccionario de refranes, se me ocurre que quizá sea este el momento oportuno para externar una reflexión que he llevado por mucho tiempo incrustada, en la conciencia tal vez. Me refiero a la incisión que causa el recuerdo –ojalá sea un recuerdo- de cómo los padres, incluso maestros, del pasado no muy remoto corregían a  niños y jóvenes por el uso de refranes, o mejor  dicho de lo que ellos llamaban refranes.

Tal práctica era motivo para ofrecer pescozones, y en  algunos casos la promesa llegaba a materializarse, acompañada de una advertencia como esta: “Te he dicho que no me uses refranes”. Lo bueno  o malo, en esa calificación no estoy seguro, era que a lo que llamaban refrán, no era tal, sino esos dichos pasajeros, por demás vacíos de contenido, que toman vigencia por un tiempo y que suelen  repetir  algunos con aire de necedad.

Nuestros padres criticaban el uso de  dichos soeces y algunas otras, si bien menos groseras, mucho más repetidas. Es el tipo de expresión  como las siguientes: “Qué pasa, Papo”, “Ah no, yo no sé no”,  o el superusado “¿Y es fácil?”.

Durante buen tiempo he creído que este tipo de  juegos verbales  se denomina “modismo”, pero el DLE me ha disminuido ese convencimiento, ya que define ese sustantivo de este modo: “Expresión fija, privativa de una lengua, cuyo significado no se deduce de las palabras que la forman; p. ej., a troche y moche”.

Nuestro principal código lexicográfico  agrega una segunda acepción  en la que aparece el vocablo  idiotismo definido como “giro o expresión que no se ajustan a las reglas gramaticales; p. ej., a ojos vista”.

He querido encontrarle nombre al ejemplo de expresión a la que el vulgo confunde con refrán.  Para ese fin me quedaré con el sustantivo  modismo. Ojalá no  resulte exagerado hablar de la reivindicación del refrán, frente a esa tendencia del vulgo a confundirlo con frases tontas como “¿Y es fácil?”.

Refranes, adagios, sentencias, proverbios y máximas representan suma de experiencias, expresiones de sabiduría, que decimos popular. Conviene apuntar las definiciones de las  paremias  en las que se fundamenta el libro que comentamos. El autor se ha interesado en precisar las diferencias entre una y otra expresión y ofrece las siguientes definiciones, que aparecen en la página xii:

Máxima: Señala lo que hace que las cosas sean.   Y en tal virtud,  es un principio que orienta la conducta: “El ojo del amo engorda al caballo”.          , ejemplo  de cada uno.

Sentencia: Advierte lo que las cosas deben ser, por lo cual es norma o patrón que ampara una determinación: “Delante de ahorcado no se debe mencionar el lazo”.

Adagio: Indica lo que las cosas son y, en ese sentido, es un conocimiento fundado en hecho real: “Culebra no se amarra en lazo”.

Proverbio: Muestra lo que las cosas generan, razón por la cual es una pauta inspirada en su naturaleza: “Por la fruta se conoce el árbol”.

Refrán: Señala lo que las cosas enseñan, en cuya virtud entraña un concepto derivado de una experiencia de vida: “Quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija”.

Las paremias tienen sus raíces  en la tradición, sobre todo de los más antiguos pueblos del mundo, como judío, griego y árabe, pero es obvio que la literatura  sapiencial tiene espacio en muchos ámbitos.  La Biblia, por ejemplo,  incluye una serie de libros de este carácter, cuyos títulos, muy reveladores, son los siguientes: Job, Salterio, Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los Cantares, Sabiduría y Eclesiástico.

En una introducción a los libros sapienciales, incluida en la versión Nacar-Colunga de la Biblia, aparece una noción de sabiduría que bien vale  reproducirse: “La sabiduría en Israel no es, como para Aristóteles, la ciencia de las últimas causas, sino que tiene un sentido más empírico: es cierta agudeza  y prontitud de ingenio  para hallar una salida en casos apurados. El juicio de Salomón en la querella de las dos mujeres que reclamaban su hijo quedó como proverbial en punto a sagacidad en la historia de Israel. Análoga a esta es la agudeza para hallar solución a los enigmas y acertijos, de que tanto gustaban los orientales”. (19ª edición, Madrid,  pág.649).

Las paremias no son extrañas a las grandes obras  de la literatura universal. En nuestra lengua, el ejemplo más  palmario  es Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, obra en la  que abundan máximas, sentencias y refranes.

A don Quijote, el personaje principal, aun gustándole que Sancho, su escudero, sea  sentencioso, le enrostra su inconformidad porque éste mal emplea los refranes, como puede apreciarse en este trozo:

“Mira, Sancho- respondió Don Quijote-: yo traigo los refranes a propósito y vienen cuando los digo como anillo en el dedo; pero tú los traes   tan por los cabellos, que los arrastras y no los guías; y si no me acuerdo mal, otra vez te he dicho que los refranes son sentencias breves, sacadas de la experiencia y especulación de nuestros antiguos sabios; y el refrán que no viene a propósito antes es disparate que sentencia”. (Don Quijote de la Mancha II, capítulo LXVII, pág. 1065, edición IV Centenario).

Para elaborar este libro de paremias del español dominicano, el autor,  Bruno Rosario Candelier,  ha  indagado  obras  literarias de autores nacionales, sobre todo narrativas, además dice haber curcuteado en periódicos y revistas y por igual puso oído a la oralidad, que es fuente viva en la que este tipo de expresiones se cultiva con  frecuencia.

“Los refranes condensan sabiduría popular”, dice Rosario Candelier. Y es lógico que así sea, pues son producto de la tradición y  tienen su origen en el razonamiento. El pueblo los acoge como suyos, los escritores los divulgan a través de sus obras. De verdad,  refranes, máximas, sentencias y adagios representan una acumulación  de sapiencia.

Ya lo ha dicho  el  célebre hidalgo de la Mancha: “Parece que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la misma experiencia, madre de las ciencias todas”.

No obstante, Rosario Candelier  advierte que no siempre es positivo o conveniente el contenido de los refranes, aunque el pueblo los da como verdades indiscutibles. Las paremias contienen a veces prejuicios sociales o raciales, supersticiones o expresiones de pesimismo.

Incluso, el pueblo mismo, que asimila y repite los refranes, ha producido respuestas a algunas paremias. Un buen ejemplo puede ser este: “Con paciencia y calma sube un burro a una palma”, para lo cual  ha surgido  esta respuesta: “Si está tumbada”. O esta: “Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente”, la variación  ha devenido en  “se lo come otro camarón”.

Por tratarse de un libro paremiológico  del español dominicano,  Rosario   ha incorporado expresiones de actualidad, incluso dichos políticos  que se han quedado en el habla popular, como “No hay peligro en seguirme…”, “Seguiré a caballo” y otros.

La forma de hablar representa, sin dudas, un indicador  oportuno para identificar a individuos  y a grupos sociales. Lo que hay dentro de una persona y por igual  los elementos que caracterizan  a determinada sociedad,  no tienen  medios  más idóneos para identificarse que el habla.

Más revelador de sus intimidades  ha de ser, si el particular modo de expresarse de una comunidad incluye  el empleo de  refranes, adagios, sentencias, proverbios y máximas, así como frases, giros y locuciones cuyo valor semántico es de todos aceptado.

El Diccionario de refranes  es un libro sapiencial, por cuanto recoge un conjunto de  sentencias, máximas, refranes, proverbios y adagios  que resultan indispensables para el habla de los dominicanos. Son  formas de expresión idóneas para emitir  juicios relativos al comportamiento humano y a fenómenos de la naturaleza.

Es pertinente felicitar a su autor, Bruno Rosario Candelier,  por este valioso aporte, muy apto para contribuir al conocimiento de las formas de ser y de sentir del pueblo dominicano a través de su palabra y de las actitudes que se manifiestan por medio de los dichos paremiológicos. Enhorabuena, se suele decir en estos casos.

29 de mayo de 2018.