Un poco de historia de la Academia Dominicana de la Lengua

Bruno Rosario Candelier

Director de la Academia Dominicana

 

La Academia Dominicana de la Lengua, establecida en Santo Domingo el 12 de octubre de 1927, con la categoría de correspondiente de la Real Academia Española en República Dominicana, cultiva el estudio de la lengua española como fundamento de nuestra cultura y aplica la pauta expresada en su lema “La Lengua es la Patria”.

La sede oficial de la Academia Dominicana de la Lengua, ubicada en un imponente edificio de concreto armado en la Ciudad Colonial de Santo Domingo, rotulado con el nombre de Casa de las Academias, comparte el inmueble con la Academia Dominicana de la Historia y la Academia Dominicana de Medicina.

La fachada y el material con que está construido el edificio de la Casa de las Academias, ubicado en la calle Mercedes, no. 204, con dependencias correspondientes a los dos niveles de que consta, obedecen a una estructura cuyo diseño es de inspiración colonial al modo hispánico, con admirable valor histórico, ambiental, documental y técnico. Su actual función como alojamiento de la Casa de las Academias es esencialmente cultural y educativa. El estilo y la categoría del edificio, incluidos ciertos detalles singulares -aljibe de ladrillo en su patio interior, hueco para Santa Bárbara, vertedero, habitaciones contiguas- es una construcción de los primeros tiempos coloniales restaurada hacia el año de 1880 y su apariencia revela, entre otros elementos arquitectónicos, unas arquerías y su materia en piedra que sugieren datos de comparación con otros importantes monumentos ubicados en la Ciudad Colonial de Santo Domingo. Una visión en perspectiva de la fachada frontal del edificio revela el valor monumental que expone el período histórico de la época en que la edificación fue construida, así como el estilo republicano colonial que la caracteriza. La finalidad académica asignada a la edificación donde tuvo su morada el presidente de la República, general Ulises Heureaux (Lilís), es ahora su actual destino. Unas fotos desde diferentes perspectivas, como una ilustración fotográfica con vistas de las fachadas delantera y trasera (calles Mercedes y Luperón), reflejarían sus interiores con sus arcadas y detalles como tímpano, puerta principal y pozo del patinillo, ya que muestra un panorama atractivo desde el punto de vista arquitectónico. Su espaciosa contextura y su variedad de elementos arquitectónicos causa especial deleite al contemplador por la sensación de amplitud en los gruesos muros encalados, de singular resistencia al paso del tiempo. Primero fue un fortín militar al servicio del gobernador de la Colonia en el siglo XVIII y continuó siéndolo durante la siguiente centuria, de acuerdo con las huellas de objetos encontrados en esas etapas del calendario. Aunque se combinan en el edificio los trabajos de construcción correspondientes a porciones históricas continuas y diferentes, la remodelación efectuada en los finales del siglo XIX por Manuel María Gautier integra y unifica sus características. Cuando este local se usó como residencia del presidente Lilís, se modernizó según los gustos y modas al estilo francés y victoriano. Entonces aparecen en ella el balcón corredizo de su fachada y sus puertas y tragaluces labrados según la versión antillana de inspiración victoriana. Tras la muerte del presidente Heureaux, la casa fue vendida y albergó en lo sucesivo la Receptoría de Aduanas, en el período del gobierno durante la Ocupación Americana (1916-1924), y luego la Contraloría de la República, el Banco Central y el Monte de Piedad. Hubo también una galería artística.

El misterio no queda fuera del acontecer ligado a este inmueble como a muchos edificios de la Ciudad Colonial. Consideramos dicho factor como uno de los atractivos turísticos en esta zona de la ciudad capital, donde la historia se mezcla con lo arcano en personajes, leyendas, historietas y hechos. Todo, dentro de la simetría física y el equilibrio que caracterizan el aspecto material de estos impresionantes edificios coloniales. Así, el macabro hallazgo de un cuerpo de mujer aparecido en el caserón con motivo de los trabajos de confección de un horno para uso de la oficina del Banco Central,  que allí se estableció, puso el toque siniestro, que rara vez ha faltado en la vida de dichos personajes silenciosos que suelen compartir el espacio físico en templos, ruinas y palacios antiguos.

Como acontece con las personas, sucede con esta casa, que en su origen era distinta: su distribución diferente, así como su finalidad. Distinta era su posición, diversa la ubicación de su portal y de su patio. Tenía huecos simétricos que evidencian la anterior existencia de utensilios armamentísticos, escalera, pasarela, huellas de letrinas cuyos tamaños sugieren gran concentración humana, un pozo de forma singular, huecos, desagües, la arcada y arcos de piedra difieren su estructura material entre el primer y segundo niveles donde ladrillos sustituyen piedras y cambian hacia una particularidad poco usual en arquitectura colonial.

El cambio de vida en los siglos XIX y XX influye sobre los espacios ahora dedicados a nuevos usos, más comodidad y mayor funcionalidad. Cisterna y modernos sanitarios ocupan el patio central. Los estudios arqueológicos refieren la aparición en capas profundas de restos y cerámicas indígenas, además de surcos para el almacenaje de las armas. El gobierno dominicano que presidiera el presidente Joaquín Balaguer, quien fuera miembro numerario de la ADL, ordenó la restauración de esta casa que en principio autorizó a la  Academia Dominicana de la Lengua instalar su sede en ella, y que hoy alberga las sedes solemnes de tres citadas Academias de la Lengua, de Historia y de Medicina.

Por razones históricas, arquitectónicas y ambientales el edificio de la Casa de las Academias se acerca al cumplimiento de las reglas que buscan mantener la imagen de la Ciudad Colonial. A saber: equilibrio de lo antiguo y lo actual, lucidez y homogeneidad de elementos urbanos e históricos y armonía estructural en sus elementos componentes.

La Ciudad Colonial se rige por un plan regulador que abarca los circuitos monumentales, con faroles para el alumbrado, calles adoquinadas y hermosos balcones. En cuanto al primer punto, se toman en cuenta los criterios de definición del límite aledaño; aspectos por reglamentar en un entorno de monumento o de conjunto; incluidas la homogeneidad y la coherencia contextual de los inmuebles; selección de ambientes republicanos y sus aspectos por reglamentar; crecimiento del inmueble, tratamiento histórico-arquitectónico y categoría de los mismos. Además, estilos y sus relaciones contiguas, siluetas, techo, textura; color de los muros; aderezos de carpinterías; rejas, puertas y ventanas; materiales, jambas, dinteles; relieves, balcones y balconcetes. El monumento colonial aquí descrito pertenece al estilo colonial afrancesado republicano. Es decir, en principio vivienda abierta al clima, balcones corridos, simetría en la edificación, elevadas puertas. Luego, incorporación de materiales como concreto armado, balcones corridos de hierro, tragaluces, grandes rejas que mitigan el calor tropical y facilitan la circulación de los vientos. El diseño de la Casa de las Academias se basa en el concepto actual que usa la funcionalidad sin excesos de fantasía, a menos que así lo permita la capacidad de los materiales usados. Forma y materia van entrelazadas para darle funcionalidad y esplendor a la edificación. Para la estructuración física de la construcción que aloja a la Academia se toma en cuenta su finalidad cimentada en el origen solemne que animaba ese concepto desde su nacimiento en la antigua Atenas, dedicada al cultivo de la filosofía y orientada primeramente por Platón, en la que se reunían sabios y pensadores, hasta llegar después a su amplia función, que es la de servir de albergue a la cultura general, a través de las actividades de escritores, historiadores, científicos, filólogos y literatos. Ejemplo sobresaliente de esta clase de institución es la Academia Dominicana de la Lengua, correspondiente de la Real Academia Española, con su lema “La Lengua es la Patria”. Creada gracias a la iniciativa del arzobispo Adolfo A. Nouel, quien convocó para tal fin a notables intelectuales y personalidades de Santo Domingo en la tercera década del siglo XX, quedó fundada en el Palacio Arzobispal de la capital dominicana, el 12 de octubre de 1927. Esta entidad lingüística fue incorporada a la Real Academia Española el 31 de diciembre de 1931 y sus miembros fundadores fueron reconocidos como miembros de número de la Academia Dominicana de la Lengua y miembros correspondientes de la Real Academia Española. Actualmente cuenta con miembros de número y miembros correspondientes, que son individuos escogidos por su talento, su aporte y su colaboración al servicio del desarrollo cultural. La institución forma parte de la Asociación de Academias de la Lengua Española, que obtuvo su autonomía legal mediante un tratado de los países miembros efectuado en Santa Fe de Bogotá, Colombia, en 1960. Un ilustre miembro de esta Academia, el doctor Joaquín Balaguer, a la sazón presidente de la República, concedió a la Academia Dominicana de la Lengua, con motivo de la celebración del Quinto Centenario del Descubrimiento y Conquista de América en 1992, la autorización para ocupar el edificio de la calle Mercedes, marcado con el número 204, de la Ciudad Colonial de la capital dominicana.

Esta Academia, que tiene la categoría de entidad paraestatal, consigna el ideal de “mantener en la República Dominicana el idioma castellano en todo su esplendor y pureza”. El grupo originario de 12 miembros fundadores se ha elevado hoy a 28 miembros de número y 40 correspondientes nacionales y 15 miembros correspondientes extranjeros. Los asientos de los miembros de número, que son vitalicios, están identificados con las letras del alfabeto desde la A hasta la Z en sus respectivos sillones académicos. Merece primordial atención y especial recuerdo, entre sus documentos constitutivos, el primer discurso de su ilustre fundador en el cual figuran, como faro de iluminación patriótica y cultural, estas significativas palabras: “Limad con el acero de la inteligencia las duras asperezas de la realidad y habréis levantado a la República un monumento más duradero que el mármol y el bronce, más resistente que el granito de nuestras montañas, más enhiesto que los picachos de nuestras cordilleras y tan sublime como la libertad conquistada a golpe de sacrificios y heroísmos de nuestros ilustres antepasados”.

Estas ideas emanadas de la privilegiada mente del primer presidente de esta corporación han dado impulso y esplendor a la Academia Dominicana de la Lengua, presidida desde su fundación por ilustres intelectuales, capaces y consagrados, como han sido los doctores monseñor Adolfo Alejando Nouel (1927-1937), Cayetano Armando Rodríguez (1937-1940), Juan Tomás Mejía Soliere (1940-1961), Fabio A. Mota (1961-1975), Carlos Federico Pérez y Pérez (1975-1984), Mariano Lebrón Saviñón (1984-2002) y Bruno Rosario Candelier, actual director, quien rige los destinos de esta institución desde el 2002.

 

Bruno Rosario Candelier

Academia Dominicana de la Lengua

Santo Domingo, R. D.,  9 de junio de 2021

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