Un país en el mundo

Por María José Rincón

Tres de junio. Se daña mi servicio de televisión por cable. Acude el técnico y resuelve el problema. Prendo el aparato y compruebo. Primera imagen: «*Esfemérides del día de hoy». Apago de nuevo el televisor y me pregunto si es justo que, precisamente en el día en el que conmemoramos el nacimiento de don Pedro Mir, no nos merezcamos que nuestros medios de comunicación sean, al menos, respetuosos con la ortografía.

Les insisto a los que me preguntan cómo mejorar su ortografía en que leer ayuda a construir nuestra memoria visual y a que esta se convierta en un gran aliado ortográfico. No sé si, en el punto al que hemos llegado, sigue siendo un consejo acertado. Cuando hablamos de leer pensamos casi siempre en leer libros; pero leemos periódicos, leemos subtítulos, leemos anuncios publicitarios, leemos páginas electrónicas, ni siquiera algunos libros que circulan por ahí se libran… El mal uso ortográfico está tan generalizado que se tambalea el valor de la memoria visual.

No deja de ser un síntoma evidente de que algo estamos haciendo mal con la enseñanza de la lengua, especialmente de la lengua. El dominio del lenguaje es la llave para cualquier conocimiento. Sin embargo, hace tiempo que los maestros y los padres, al menos la mayoría, renunciaron a fomentar el buen uso de la lengua española, con  ejemplo, con disciplina, con pasión. Quizás porque muchos de ellos no fueron formados correctamente.  Y, cuando renunciamos a formar a nuestros niños, renunciamos al futuro. ¿Hay un país en el mundo que pueda permitirse renunciar al futuro?

© 2017, María José Rincón.

Diccionario verde

Por María José Rincón

Cuando consultamos un diccionario suele pasarnos desapercibida la belleza de algunas de sus definiciones. Confieso que, con un diccionario en las manos, puedo perder la noción del tiempo. Mis lecturas y relecturas me proporcionan placeres como los de encontrar esta definición en el Diccionario de la lengua española de la RAE para el humilde adjetivo verde: ‘Dicho de un color: Semejante al de la hierba fresca o al de la esmeralda’: El color verde tiñe las banderas.

Si hablamos de una zona o área verde, nos referimos a que en ella no puede edificarse porque alberga, o está destinada a albergar, un parque o jardín. Si, en cambio, decimos verde de un árbol o de una planta, nos referiremos a que ‘aún conserva alguna savia, en contraposición al seco’: Podemos salvar esa palma; todavía está verde. Cuando, en lugar de a una planta, los usamos para referimos a un fruto, destacamos que este aún no ha madurado: plátano verde. Y aquí no me resisto a mencionar la sabiduría popular dominicana cuando sentencia que «plátano maduro no vuelve a verde».

Incluso podemos extender  figuradamente su significado y aplicarlo a una persona a la que consideramos inexperta o inmadura:  Seguimos muy verdes en ortografía. En otros países de habla española son verdes los chistes con contenido erótico, esos a los que nosotros llamamos colorados. Cuestión de colores.

Y así el diccionario va registrando las distintas acepciones de un mismo adjetivo según a quién o a qué se le aplique. Quiero pensar que, para nosotros, el movimiento verde se apoya en la relación que nuestra cultura establece entre el verde y la esperanza. Y no me malinterpreten, no con aquella esperanza que se comió un burro, sino con la esperanza del verdor que presagia buenos frutos.

© 2017, María José Rincón.

Aportes valiosos

Por María José Rincón

No soy una fiel oyente de radio. Solo recurro a ella en los inevitables tapones. Algo de música alivia la desazón de la ruta; si la música está acompañada de un resumen de noticias y algunos comentarios atinados, mucho mejor. Y aquí es que empiezan los inconvenientes. ¿Han olvidado los que hablan en la radio el respeto por la lengua española, su herramienta esencial de trabajo? Pocos son los buenos hablantes ante los micrófonos radiofónicos.

Y uno de ellos es, sin duda, Ramón Colombo. Más de una vez lo he oído corregir los anglicismos innecesarios que brotan a cada paso. Y casi siempre se queda solo. Hace unos días tuvo la ocurrencia de preguntar a unos anunciantes cómo se decía en español el nombre y el lema en inglés del producto que anunciaban. El resultado fue un balbuceo de duda. La excusa para justificarse no fue otra que, como casi siempre, escudarse en que el inglés es la lengua que manejan los jóvenes. Me pregunto qué clase de formación les estamos brindando a nuestros jóvenes cuando lo «prestigioso» es expresarse incorrectamente en la lengua materna; cuando nuestro «estatus» aumenta cuando la salpicamos de extranjerismos innecesarios. El resultado: ni hablamos bien en inglés ni hablamos bien en español.

Las lagunas profundas en el aprendizaje de nuestra lengua materna y en el respeto por su buen uso son evidentes. Es hora de que cada uno en su entorno ponga su granito de arena, y el granito de arena de los comunicadores, como el Ramón Colombo, tiene un valor añadido. Lo que lamentamos es que, a veces, se quede tan solo.

© 2017, María José Rincón.

 

 

Presente y ausente

Más de una vez hemos usado las palabras acento y tilde indistintamente. Y, aunque comparten alguna acepción, no siempre son sinónimas. En las palabras formadas por más de una sílaba (y en algunas monosílabas) una de ellas se pronuncia con una cierta intensidad que hace que la distingamos de las restantes sílabas de la misma palabra. Esta intensidad en la  pronunciación es lo que conocemos como acento. El signo ortográfico que usamos para señalarlo es la tilde. Cada palabra tiene un solo acento, que recae en la que llamamos sílaba acentuada o sílaba tónica: en la palabra término la silaba tónica es tér-; en termino es –mi-; en terminó es –.

Si desconocemos una palabra, no podemos saber de antemano cuál es su sílaba tónica. En la lengua oral la distinguimos cuando oímos pronunciar la palabra correctamente; para poder leer o escribir una palabra necesitamos que entre a trabajar la tilde, un signo ortográfico imprescindible en español para distinguir la sílaba tónica de las palabras. Tiene tanta fuerza la tilde, asistida de las reglas que rigen su uso, que significa tanto cuando está presente como cuando está ausente. La misma significación tiene la tilde que vemos en las sílabas tér- (término) y -nó (terminó) que su ausencia en -mi- (termino). Lo que la hace significar es la norma que la regula. Y ahí es que necesita de nosotros: si desconocemos sus reglas de uso, la hacemos perder su significado. La tilde y su ausencia nos asisten para que podamos leer correctamente, entender lo que leemos y escribir exactamente lo que queremos que los demás lean.

© 2017, María José Rincón.

Tiemblan las palabras

El mar de las palabras es inabarcable. Todas las gotas que lo forman tienen su historia y van tejiendo tupidas redes entre sí. Desentrañar estas redes no deja de sorprendernos.  Hoy van a hacer que tiemble la tierra bajo nuestros pies, o casi. ¿Han pensado alguna vez en las palabras de las que disponemos en español para referinos a una sacudida de la corteza terrestre?

El sustantivo terremoto procede del latín terraemotus, literalmente ‘movimiento de la tierra’. Con el mismo procedimiento se formó maremoto, para referirse a la agitación que provoca en las aguas del mar la sacudida del fondo marino. Un maremoto está provocado por un terremoto.

El sentido de ‘movimiento’ está tras el término conmoción, que podemos usar como sinónimo de terremoto. O podemos elegir la voz temblor, más familiar, que reservamos a los movimientos de tierra de escasa intensidad. Su origen está en el verbo temblar, emparentado con nuestro hermoso adjetivo trémulo, ‘tembloroso’.

Si seguimos navegando dejaremos atrás las aguas latinas para adentrarnos en las griegas. Arribaremos a dos sustantivos de este origen que también usamos para designar a los temblores de tierra: sismo y seísmo. ¿Y cómo es que tenemos dos sustantivos emparentados para referirnos a la misma realidad? Lo cierto es que estas dos palabras partieron del mismo puerto, pero han viajado hasta nosotros por distintos caminos. Sismo nos llega directamente del griego seismós. En cambio, seísmo llega a nuestra lengua a través del francés; de donde también procede el adjetivo sísmico.

Nuestra lengua hace además gala de su vertiente creativa y aprovecha su riqueza léxica para forjar usos figurados: terremoto le llamamos a un suceso que nos conmociona o a una persona excesivamente inquieta. Como ven la lengua no duda en acudir a las metáforas para ganar en expresividad.

© 2017, María José Rincón.

Magia

Con los preparativos de la Nochebuena, entre calderos y fogones, recuerdo que queda poco para decir adiós a este año cervantino. Recordar a Cervantes me hace recordar a don Quijote y a Sancho.

En estos días de excesos me vienen como anillo al dedo las palabras que el ingenioso hidalgo le dirige a su escudero mientras recorren los campos manchegos: «Come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago». No se conforma con recomendar mesura en el yantar; también la bebida se lleva su parte: «Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra». Cervantes en estado puro, y por eso Cervantes es quien es para nuestra lengua.

Don Quijote aconseja sobre modales: «Ten cuenta, Sancho, de no mascar a dos carrillos ni de erutar delante de nadie». Sancho desconoce la palabra erutar, y así se lo hace saber a su señor. Erutar, variante de eructar que se usaba en la época y que ya ha perdido vigencia, era una forma culta. Popularmente se usaba el verbo regoldar, del que don Quijote dice que es «uno de los más torpes vocablos que tiene la lengua castellana, aunque es muy sinificativo».

Al caballero andante no le preocupan las dudas de Sancho; sabe bien que es cuestión de tiempo: «cuando algunos no entienden estos términos, importa poco, que el uso los irá introduciendo con el tiempo, que con facilidad se entiendan; y esto es enriquecer la lengua, sobre quien tiene poder el vulgo y el uso».

El genio cervantino nos deja boquiabiertos. Intemporal, universal; y tan divertido. Se acaba el año cervantino, pero la excepcional obra de Miguel de Cervantes seguro que nos tiene reservados muy buenos ratos. Es la magia de los libros.

© 2016, María José Rincón.

Tomemos nota

Y ya está aquí la media docena de errores que faltaban para completar la lista. A veces la excusa es el ahorro de caracteres; lo cierto es que, por más limites que nos impongan, nos las arreglamos para colar alguna que otra metida de pata.

5) Hablando de caracteres. Los signos de admiración y de interrogación son dos; uno de inicio y otro de cierre; nada de «*Quiénes se van para la Nueva Barquita y quiénes no?».

6) Con las letras y los números a la hora de escribir cifras («Hay más de *200 mil impedimentos de salida en RD») tenemos que decidirnos: o todos toros o todos vacas.

7) Olvidamos que la preposición a introduce el complemento directo cuando este se refiere a una persona: «Hombre se quita la vida luego de *herir su pareja».

8) Abusamos de las construcciones de infinitivo y escribimos «Jóvenes piden al candidato *optar por la presidencia». Tan fácil que habría sido escribir simplemente: «…piden que opte por la presidencia».

9) Nos resulta difícil mantener la concordancia de los tiempos verbales: «Desconocidos *matan vigilante y lo *despojaron de una pistola».  Es cierto que podemos utilizar el presente para referirnos al pasado, pero, si usamos esta opción, tenemos que mantenerla. La concordancia es esencial para un mensaje correcto.

10) No todo es gramática y ortografía. También debemos saber elegir el tono de nuestros mensajes. Y eso solo se consigue con la selección del vocabulario. No sé yo si  las expresiones muy coloquiales son lo más adecuado para una noticia: «Cantante *”le entró” a golpes». Mucho mejor en este contexto (y con menos caracteres) golpeó.

Una expresión escrita no está reñids con la concisión que nos impone Twitter; al contrario, la concisión exige un esfuerzo de selección y de propiedad que siempre aprovecha, sobre todo a los profesionales de los medios de comunicación. Tomemos nota.

© 2016, María José Rincón.

Trinos y errores

Hablamos y hablamos sobre lo mal que se escribe en las redes sociales. Yo, fiel usuaria de Twitter, trato de defenderme abandonando las cuentas que no respetan, aunque solo sea un poco, las normas ortográficas, gramaticales y léxicas. Respeto demuestra, a mi entender, respeto por sus seguidores.

No le aplico el mismo rasero a los medios informativos dominicanos. Los sigo porque me gusta estar informada.  Y aquí sí que no me libro de alguna que otra barrabasada. Ahora que están tan de moda las listas me he decidido a confeccionar una que recoge los errores que más me llaman la atención en sus tuits.

1) Todavía no hemos aprendido que el prefijo ex- debe escribirse unido a la base léxica: tenemos cientos de *ex jugadores y *ex esposos.

2) No distinguimos bien cuándo debemos usar porque, por qué o porqué: «Revela *porqué “le entró” a golpes».

3) Ay, las mayúsculas. Las usamos cuando no toca, por ejemplo, en las enfermedades («En RD no hay condiciones para enfrentar *Ébola»); o no las utilizamos cuando se necesitan, por ejemplo, en las instituciones («Banderas rueda el hallazgo de Altamira, “que enfrentó a *iglesia y ciencia”»).

4) Tenemos un problema serio con las mayúsculas y los signos de puntuación: «Esposo de Shakira reconoce que su nivel futbolístico ha bajado. ¿*por qué lo dijo?». Después de punto escribimos inicial mayúscula, aunque haya un signo de interrogación por medio. Después de una coma escribimos minúscula inicial, aunque haya un signo de admiración por medio: «¿Vas a almorzar? Entonces, ¡*Buen provecho!».

No están ordenados por frecuencia ni por importancia (todos son frecuentes e importantes), pero todos están ejemplificados con mensajes reales, sin mencionar el medio responsable, por aquello tan antiguo de que se dice el pecado, pero  no el pecador. Vayamos practicando con estos cuatro, que la media docenita que falta la dejamos para la próxima «Eñe».

© 2016, María José Rincón.

 

Una buena brújula

Una incursión reciente en una librería (en las que confieso que pierdo el rumbo más de lo que debería, sobre todo por el precio de los libros) me deparó un precioso tesoro: Lo que callan las palabras. Mil voces que enriquecerán tu español, de  Manuel Alvar. Ya saben que el español es para mí un patrimonio preciado, así que no pierdo oportunidad para enriquecerlo.

En sus páginas me topo con la palabra gringo, para la que he escuchado las etimologías más descabelladas. He oído hablar de un batallón norteamericano, uniformado de verde, al que su comandante ordenaba Green, go!  durante la Guerra entre México y los Estados Unidos a mediados del XIX. Hay muchas propuestas más. En esto de las etimologías la inventiva no tiene límites.

Sin embargo, las investigaciones sobre el origen de las palabras nos obligan a rastrear siglos atrás en la historia de la lengua. No es un asunto baladí; al contrario, en las mayoría de los casos es peliagudo navegar el mar de las palabras sin perder el rumbo. Busco orientación en don Manuel, y no me falla.

La palabra gringo se registra por  primera vez en el diccionario de Esteban de Terreros en 1787 (casi un siglo antes que la dichosa guerra, por cierto): «gringos llaman en Málaga a los extranjeros, que tienen cierta especie de acento, que los priva de una locución fácil, y natural castellana». La palabra gringo no es más que una deformación fonética de griego, que coloquialmente se ha usado en español para llamar a una lengua considerada incomprensible y, de ahí, a las extranjeros con dificultades a la hora de hablar nuestra lengua.

Les animo a interesarse por la raíz de las palabras y por su historia; pero háganlo siempre con una buena brújula. El mar de las palabras es ancho y oculta muchas sorpresas.

© 2016, María José Rincón.

Cortesía

El origen de nuestro pronombre personal usted es curioso. El tratamiento castellano vuestra merced se utilizaba como forma de cortesía y respeto; el Corpus diacrónico de la RAE lo documenta en una traducción de las Cantigas de Santa María de 1284.  A lo largo de su historia fue experimentando cambios (vuesa merced, vuarced, vusted) hasta llegar al usted que hoy usamos. Esta es la razón de que en un pasado no tan lejano se usara Vd. como su abreviatura.  En la actualidad lo recomendable es utilizar Ud. La cortesía, el respeto o, incluso, el distanciamiento se demuestra en el uso de la tercera persona para referirnos a nuestro interlocutor, en contraste con el uso de tú, pronombre personal de segunda persona.

De aquí que, a pesar de que ambos pronombres se refieren a la misma persona, el pronombre de confianza , segunda persona, concuerde con el verbo en segunda persona (tú sabes) mientras que el pronombre formal usted, tercera persona, concuerda con el verbo en tercera persona (usted sabe).

En el uso del plural (ustedes) nos distinguimos americanos, andaluces y canarios: para nosotros el ustedes no distingue la cortesía o la formalidad de la confianza o la familiaridad. Cualesquiera que sean nuestros interlocutores nos dirigimos a ellos con el pronombre personal ustedes. En el resto de las zonas donde se habla español se mantiene la diferencia entre vosotros/ustedes.

La historia de nuestra lengua se decantó por el usted; otras voces no corrieron la misma suerte y tienen un uso muy restringido, hasta el punto de que solo los encontramos ya en obras antiguas. La mayoría de los hablantes tendrán que acudir al diccionario para entender el usía (de vuestra señoría), el vuecencia o vuecelencia (de vuestra excelencia). El tiempo y el uso de los hablantes tienen la palabra.

© 2016, María José Rincón.