Cuidado e importancia del buen manejo de las palabras parónimas

Por Tobías Rodríguez Molina


Al ser las palabras parónimas muy parecidas entre sí, su empleo exige del usuario poner sumo cuidado a la hora de emplearlas, pues escribirlas de una u otra manera nos puede  llevar  a expresar algo diferente a lo que queremos transmitir a los demás. De ahí la importancia de la correcta escritura de la palabra que debemos emplear en cualquier tipo de escrito aunque sea un simple papelito o una pequeña nota. Veamos, antes de ofrecer unos cuantos pares de dichas palabras y oraciones con  dichos pares,  la definición tradicional  de palabras parónimas: “Son aquellas que se escriben y se pronuncian de forma parecida, pero cuyos significados son diferentes.” (Wikipedia). La propia definición nos deja indicado lo riesgoso que puede ser cualquier descuido que tengamos al usar una u otra palabra por la semejanza o igualdad en la pronunciación de muchos de esos pares de palabras, especialmente los hablantes ubicados fuera de España, pues en algunos casos pronunciamos igual varios pares de parónimas. Ejemplo: rayo-rallo; tasa-taza; cocía-cosía;haya-halla.

Pasemos a ver varios grupos de esas palabras de uso bastante frecuente en el español de todas las latitudes:

-rebelarse: oponerse, poner resistencia a algo o a alguien. (Se rebeló contra la orden del maestro.)

revelarse: dar a conocer, descubrir algo que se desconocía. (Se reveló el secreto que ella guardaba.)

-tubo: tubería, pieza para conducir un fluido. (Ese tubo vino  torcido y no se pudo emplear.)

tuvo: pasado  del verbo tener.( El tuvo  que frenar al llegar a esa esquina.)

-rayo: descarga eléctrica. (El rayo rompió parte del rancho del campesino.)

rallo: del verbo rallar. (Yo rallo la yuca para fabricar el cazabe.)

-asar: cocer al fuego. (Ten mucho cuidado al asar esa carne de puerco.)

azar: algo fortuito, casualidad. (Los juegos de azar no son aconsejables.)

-tasa: del verbo tasar; precio, valor de algo. (La tasa del dólar está subiendo en R.D.)

taza: recipiente, vasija. (Me brindaron café en una preciosa taza.)

-haya: del verbo haber.  (Esperamos que haya muchas personas buscando mi producto.)

halla: del verbo hallar (encontrar). (Si él no halla  ese producto  comprará el mío.)

aya: mujer que cuida niños. (Esa aya cuida muy bien a  los niños.)

-habría: del verbo haber. (Ella habría llegado primero que tú si se hubiera esforzado un poco más.)

abría: del verbo abrir. (Manuel abría la puerta con cuidado si alguien tocaba el timbre.)

-herrar: colocar hierro. (Su oficio principal es herrar las patas de los  caballos.)

errar: cometer un error. (Errar no es de tontos, sino  de todos.)

-hecho: del verbo hacer; acontecimiento. (Juan siempre ha hecho los mejores dibujos.)

echo: del verbo echar. (Si echo eso por aquí, me sale por allá.)

-basto: rústico, tosco. (Esa pintura es de un pintor basto.)

vasto: amplio, extenso. (El terreno que acaba de adquirir Pedro  es muy vasto.)

-sita: ubicada, situada. (Esa casa está sita en la calle Duarte de Moca.)

cita: del verbo citar;  acuerdo, notificación. (Tengo una cita con mi urólogo.)

-cocía: del verbo cocer (cocinar). (Ella cocía la carne como a todos les agradaba).

cosía: del verbo coser. (Daniela cosía las faldas con suma delicadeza.)

Evitar los malentendidos y las informaciones erráticas debe ser una tarea pendiente en todo buen usuario de la lengua. Por eso todo el cuidado y el esfuerzo que pongamos en el presente tema de las palabras parónimas, nos traerá la merecida recompensa.

 

Yaniquequero, candidato, a, desempleado – cesante, disrupción

Por Roberto E. Guzmán

YANIQUEQUERO

“. . . donde las personas socializan alrededor de [ese] YANIQUEQUERO . . .”

No cuesta mucho esfuerzo para un hablante de español dominicano dar con el significado de la voz del título; esto así porque puede fácilmente descubrir en su base al famoso yaniqueque.

La voz yaniqueque aparece en los diccionarios diferenciales de español dominicano y en el Diccionario de americanismos como corresponde. El Diccionario del español dominicano (DED) consigna una definición del yaniqueque que refleja la realidad de este, “Torta frita hecha con masa de harina de trigo, sal y mantequilla”.

La receta del yaniqueque como muchas de las comidas dominicanas con el transcurso del tiempo ha sufrido modificaciones en su composición. El que se compra en la calle es el que más se asemeja al de la definición del DED; es el menos elaborado y puede decirse que es el original y primitivo, pues este alimento nació en las capas sociales de escasos recursos que es la que cocina con los ingredientes básicos. En la actualidad hay quienes le añaden levadura, huevo y hasta queso. Sobra señalar que los ingredientes se amasan y la masa así lograda se fríe en aceite.

El Diccionario de cultura y folklore dominicano (2005:420) afirma que el yaniqueque se originó entre los cocolos de San Pedro de Macorís, de allí “pasó a Sabana de la Mar con el nombre de Johnniecake y luego se popularizó en la capital y otros pueblos como yoniqueque”. Hay que tener en cuenta que este diccionario menciona un yoniqueque y un Johnny Cake.

Este último diccionario es el que reconoce al yaniquequero como, “La persona que prepara y vende yaniqueques en las esquinas”. Claro, no solo en las esquinas, pero el más popular es el que se vende “en la calle”. Este yaniqueque que se vende en “frituras” es el más popular es, “una torta fina de harina de trigo cocida en aceite”.

Como puede comprobarse mediante la lectura de lo que antecede en esta sección, el yaniqueque es muy popular en los barrios populosos de personas de escasos recursos económicos.

El nombre del alimento es la representación del sonido en español de Johnny Cake, así como lo es la representación gráfica de este sonido. Esto así por la dificultad que presenta la pronunciación en español de la letra jota /j/ del inglés. Como el yaniquequero es quien prepara y vende el yaniqueque, la forma de escribir el derivado de yaniqueque está sometida a los usos de la lengua en las islas antillanas y América Central; es decir, agregando la terminación -ero a la base.

La terminación -ero, del latín -arius, “se añade a sustantivos para formar derivados nominales, sustantivos, y, adjetivos que generalmente se sustantivan”. Innovaciones sufijales en el español centroamericano (1987:13). Esa obra asegura que “expresa al agente que trabaja con el objeto primitivo, o al hombre que lo produce”. Esto puede aplicarse a yaniquequero.

 

CANDIDATO, A

“Ese joven es un buen candidato para ti” es una frase que se oía a menudo y que quizás aún puede oírse en algunos círculos sociales. Este candidato no pretende alcanzar un puesto electivo, ni premio alguno como quedará despejado después de las explicaciones. (Lo del premio es discutible). No anda este candidato tras dignidad u honor. Puede admitirse que aspira a una distinción personal.

El “candidato” dominicano se conoce en otras hablas de Hispanoamérica. Es una persona a quien se considera que reúne buenas condiciones para convertirse en novio o esposo. No hace falta que el candidato exprese sus deseos; a veces son terceras personas quienes recomiendan su candidatura a desempeñar esas funciones.

En algunas situaciones el candidato es propuesto, o en otras, él se convierte en pretendiente a convertirse en el novio o enamorado de la otra persona.

La palabra se trae a estas reflexiones acerca de la lengua española en República Dominicana porque los lexicones dedicados a este tipo de voces no la han consignado.

Las costumbres han evolucionado mucho con respecto a la forma en que las personas presentan sus pretensiones amorosas. En las sociedades pueblerinas de antaño había un consejo deliberativo de señoras, sin título, que se encargaba de oficiar para hacer los arreglos y encaminar las relaciones entre jóvenes solteros, eran oficiosas celestinas. Ellas se encargaban de procurar los encuentros a pedido de los interesados o motu proprio. Era esa una época en la que las relaciones se presumía que terminaran ante un oficiante o, un Oficial del Estado Civil.

No hace falta que se escriba, pero se hace, que luego de esta intervención los lexicógrafos incluyan en los diccionarios de español dominicano esta palabra con la acepción que se ha descrito.

 

DESEMPLEADO – CESANTE

“. . . miles de jóvenes que cursaron una profesión universitaria y una carrera técnica y permanecen CESANTES”.

El punto central de esta exposición es examinar la palabra cesante en la cita, pero no puede dejar de mencionarse que esto de cursar una profesión levanta ronchas.

Se cursa una carrera, porque cursar es estudiar una o más materias en un centro docente. Se elige una profesión técnica o de otro tipo.

Desempleada es la persona que no tiene empleo. Puede estar desempleado por decisión personal o porque sus diligencias para conseguir empleo han resultado infructuosas. El desempleado puede que nunca antes haya tenido una ocupación o actividad remuneradas.

Cesante es una palabra que puede actuar en funciones de adjetivo o sustantivo y vale tanto para la masculino como para el femenino. Es el empleado a quien se deja sin empleo, sin que en ello intervenga su voluntad. Por la definición que se ha escrito con respecto de la situación del cesante, resulta obvio que tuvo un empleo hasta que lo privaron de este.

No cabe duda de que en la redacción de la cita el autor de esta incurrió en un error. Debió escribir, “permanecen desempleados”.

 

DISRUPCIÓN

“. . . con la capacidad del Reino Chino de DISRUMPIR su economía”. “. . . los costos de una DISRUPCIÓN . . .”

Toda la familia de las dos palabras resaltadas en las citas ha llegado al español desde el inglés. No hay motivo para rechazar la entrada de ellas en el español, porque tienen antecedentes en lengua latina que fue de donde la tomaron los angloparlantes en el siglo XVIII. No es posible olvidar que el latín es la madre nutricia del español; por lo tanto, por su origen puede legitimarse esa adopción en la lengua española.

Las dos palabras resaltadas en la cita tienen en español relación con el verbo romper, que llega de rumpere también del latín. “El sustantivo disrupción, el adjetivo disruptivo y el menos frecuente verbo disrumpir son adecuados para aludir a un modo de hacer las cosas que supone ´una rotura o interrupción brusca´. . .” (Cita extraída del portal de Fundéu).

El portal recién mencionado recuerda que el adjetivo disruptivo entró en el Diccionario de la lengua española en el año 1970. Se añade que el sustantivo disrupción tuvo que esperar hasta la edición del 2014 para que se le concediera la entrada.

Algo que desea subrayarse es que las acepciones en español para esta familia de palabras son redactadas de manera que en ellas se reconoce que la ruptura o interrupción es brusca; por tanto, no debe usarse en los casos en que se habla o escribe acerca de procesos de realización paulatina.

Temas idiomáticos

Por María José Rincón

 

TORRES, CASTILLOS Y PESTILLOS

La buena lectura es un buen método, pero no el único, para aprender nuevas palabras. También es divertido y productivo dejarse atrapar por sus redes. Las palabras nunca están aisladas. Se entrelazan por su origen, por su historia, por su significado, por su función, por su gramática, por su ortografía… Tejen y entretejen relaciones que nos llevan de unas a otras. La semana pasada fuimos recorriendo las que se mueven por el tablero de ajedrez. Algunas se mantienen ahí; otras han desbordado los límites del juego para adquirir acepciones aplicadas a la vida diaria.

Ya sabemos que cada una de las casillas del damero se denomina escaque. ¿Qué hay más cotidiano que tratar de eludir nuestra participación en una tarea o en un compromiso compartido? Si nos queremos referir a ello coloquialmente, tenemos el precioso verbo escaquearseCada vez que hay que limpiar el patio se escaquea; No te escaquees y aporta en el serrucho.

Los hay que se escaquean y los hay que se enrocan. En el ajedrez hay un movimiento en el que el rey y la torre (o roque) del mismo color cambian de posición simultáneamente. Es el único movimiento en que el roque levanta los pies del suelo, y lo hace para proteger al rey; así decimos que el rey se enroca. Cuando pasamos del tablero a la vida, podemos enrocarnos en nuestra opinión sin considerar las razones divergentes, como si eligiéramos una posición defensiva detrás de la torre. Podemos encastillarnos en nuestro parecer, como si nos encerráramos en un castillo para hacernos fuertes. Podemos empestillarnos, trancarnos con nuestro punto de vista detrás de una puerta y echar el pestillo. La obstinación debe ser una actitud frecuente; no hay más que repasar las opciones preciosas que la lengua nos proporciona para referirnos a ella.

 

NATURALEZA HÍBRIDA

Cuando conocemos a alguien que está aprendiendo español, solemos compadecernos de él. ¡Ay, los verbos! Y no nos falta razón. La conjugación verbal de nuestra lengua es compleja y cuesta dominarla con maestría; incluso a los que la hablamos como lengua materna. Ni siquiera es fácil para las formas del verbo que no se conjugan, las llamadas formas no personales del verbo (el infinitivo, el gerundio y el participio) que, aunque no se conjuguen, tienen también sus periquitos a la hora de usarlas correctamente.

Centrémonos en el infinitivo. Como nos describe la Nueva gramática de la lengua española, su marca formal es la terminación en -r precedida de la vocal correspondiente a cada conjugación (-ar, primera; -er, segunda; -ir, tercera). No cambia de persona, ni de tiempo, ni de modo, ni de aspecto, ni de número, pero eso no lo simplifica.

El interés del infinitivo es que funciona, como nos dice Seco en su Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española, como sustantivo y como verbo a la vez. Observemos cómo funciona el infinitivo leer en esta frase: Al leer el cuento, María recordó su infancia. Su significado es el de un verbo: ‘comprender la significación de lo escrito’. Va introducido por una preposición y un artículo como los sustantivos: al leer; y, como ellos, funciona en esta frase como complemento. Como verbo tiene sujeto (María) y objeto directo (el cuento). Comparen, si no, con el verbo, este sí conjugado, de la oración principal (María recordó su infancia): sujeto, María; objeto directo, su infancia.

Una estructura paralela en las dos proposiciones nos ayuda a darnos cuenta de la naturaleza híbrida de nuestro infinitivo. El hecho de que no se conjugue no le quita ni pizca de su complejidad.

 

HASTA EL ÚLTIMO SUSPIRO

 ¿Qué significa ampliar nuestro vocabulario? La respuesta parece sencilla: aprender nuevas palabras que se sumen a las que ya conocemos. Lo que no resulta tan sencillo es comprender lo que lleva aparejado este aprendizaje. El complejo camino que tenemos que recorrer parte de reconocer los sonidos que forman la palabra (en la lengua hablada) además de su ortografía (en la lengua escrita). Pasa por la comprensión de su significado (o de sus significados, que ya sabemos que las palabras nos reservan muchas sorpresas) y por su adopción para nuestro propio uso.

Con esto no hemos llegado al final de nuestra ruta. Para aprender adecuadamente una palabra nueva hay que comprender también sus características gramaticales, que permiten que la utilicemos en nuestra expresión oral o escrita; hay que saber cuáles son las relaciones, morfosintácticas y de significado, que establece con otras palabras. Por si esto fuera poco, como con las personas, hay que conocer sus valores; en el caso de nuestras amigas las palabras, sus valores connotativos y sociales (si son vulgares, despectivas, jergales, formales, locales, urbanas…). Estos valores, que condicionan su uso tanto o más que su propio significado, no se los asignan los diccionarios. Los usuarios las tiñen con ellos; los diccionarios los registran para ayudarnos a usarlas (o a descartarlas) correctamente. Añadir una nueva palabra en nuestras árganas léxicas significa que la reconocemos, la adoptamos y sabemos usarla en los contextos lingüísticos y sociales correctos en todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana. Nuestra relación intuitiva y espontánea con el español, nuestra lengua materna, debe completarse y profundizarse en nuestra etapa escolar (¡tan importante!) con una relación analítica. Sin embargo, no olvidemos, que el camino no se acaba en la escuela. Nuestro recorrido sigue; no en vano nuestra lengua nos acompaña hasta el último suspiro.

Poetas de la Academia: Tony Raful Tejada

Mirándote bailar

 

Remo en las burbujas de las esferas

Mundo flotante de las aguas que acampan en tus ojos

Corolario de fugas en las briznas de las olas

Cielo violáceo que rasga en cuarzo y piélago los sonidos

Leve luz de duende suspendida en el abismo

Contigo están los pájaros que aparejan la neblina

La primavera designada de tus alas

La luna blanda que columpian los amantes

Los susurros de las ninfas que han partido

el embeleso de un breve tiempo en las mejillas

 

En el principio fue la danza

Verbo

danza errante del terso crispar del sueño

Primero fue la danza de las energías

voluta acechanza de una montura de soles

Imágenes armoniosas de la Creación

en puntillas y amor de gala esparciendo la luz

Canción que ondea la ciega marea del corazón

Maja florecida en el ojo azul del mar

 

En el principio fue el verbo

danza solícita  que llena de andantes

un corredor translúcido  de candilejas y frontispicios.

 

Todavía atestiguas el asombro y su doncel de luminiscencia

atavío vecino de cigarras y arpas

nido de rocío y lucero

en la torre  alta del viento y de los besos

Quiero tu fugaz concha de aurora

tu incendio de manos y piernas y surco

atestar de rumores la sombría eternidad

 

Citas urgidas del fuego y la utopía

Llegas a mis sienes dormidas

Eclosión de alabastro

retentiva  del colibrí y la libélula

memoria del vino que se adentra en el alma

Oh danzarina confinada al florilegio

Penélope danza en un idilio que teje primaveras

 

Un embalaje de calandrias desteje la alborada en tu cuerpo

Vas como los pájaros sin detener la locura

Fuegos fatuos de la hermosura

Las alburas de lino que son lienzos de una gaviota vespertina

Bosquecillo agridulce donde riman cardúmenes y gorjeos

Connubio del sollozo alado y el amor que asoma

cuaja doncella locamente tu destello

 

Concierto esmaltado en aurora de ardor y brío

es llama cándida la que tiñe de luz el firmamento

atuendo de despojos divino

¿Dónde habitas cuando danzas?

En qué cielo airado hizo su mudanza nacarada

el vuelo de la garza magna

En cuál augusta soledad  los céfiros en loco devaneo

llenaron de primores un dosel de amores

 

Yo sé que los sonidos son quejidos trovadores

vívidos colores en dulcísimo acorde

Albur y crisol de una acrobacia de ondinas

cascabel hendido de tu cuerpo esquivo

 

La noche es breve cuando bailas

atinan la armonía y el  ocio dulce

en la sutil envoltura fosforescente

 

Qué purpuro señorío hace del verbo música

qué histrión en naufragio de ángel hace inocente

El polvo virgen del cielo ya vencido

el candor animal en la orilla exangüe

el pincel nonato de la memoria

Hay sibilas que inquietan el futuro

La altura jubilosa del asombro rítmico

quema pulsaciones en un lecho de miradas

La danza tiende en alto su gozo bajo el edén

 

Es tiempo sin puerto

ondulación primordial

El alma palpa las centellas

Es real la danza cuando nos arroba

Festeja la moza fugaz su boceto de infinitud

La creación fascinante del sosiego y el azar

 

Trazo bruñido de la ballerina

embriagada luz de la hondura y el vacío

te abismas en istmos y helechos silbantes

Alta delicia  canoros paraísos  arrebol acicalado

 

 

Aliso el jardín en su verde velada de orquídeas

La orquídea la más esbelta dama del ensueño

Ardida en mirabel de primor ciego

 

Si danzas las orquídeas danzan asidas a tu cuello llameante

Son colgaduras incólumes del mismo sueño

elipses de un confesionario de bellezas

Eres vértigo y vaivén en el absorto espacio

Lengua de canoas y sirenas frágiles

gestos y cuerpos sublevados mansamente

placidez excelsa  en cascadas abstraídas

Dime tú que trenzas el instante y su fulgor

suspende acaso el mar su pórtico de cardúmenes

 

Cuando  tú danzas  urgida de oleajes

mirador sumido de corales y malváceas

cimbreante la piel   los brazos  anudados

como bajeles en la guarida de la mar

nos cubre el esplendor taciturno de los acantilados

La amapola pálida del amanecer

 

Tiembla la ballerina en mí

Auspicio paradisíaco

umbrales de arrobamiento

Me alzaré en los flancos de la imagen

y la música se hará mujer

que acopla y oscila en otras riberas

Un sufragio de acuarelas

Risco curvo

Color de alumbre y algas

Donde husmea dulcemente la danza

su alta vigilia de amores

El poder de las palabras

Por Jorge Juan Fernández Sangrador

“El poder de las palabras” (Le pouvoir des mots) es el título del documental canadiense que La 2 de Televisión Española retrasmitió, el sábado 4 de julio, en el programa “La noche temática”. Su contenido permanecerá accesible en el sitio web “RTVE A la Carta” hasta el domingo 19 de julio.

Se trata de una producción de Télimagin, realizada por Yves Bernard y Mélanie P. Pelletier en 2010, y, aunque han transcurrido diez años desde entonces, no ha perdido ni interés ni actualidad, pues las cuestiones que allí se plantean no periclitan jamás: ¿a qué se debe la extraña fuerza de las palabras?, ¿la tienen en sí mismas?, ¿cómo se explica que puedan provocar sentimientos tan poderosos en los oyentes?, ¿de dónde proceden?, ¿son sus portadores los autores de las mismas o son solo hábiles mensajeros?

Todo esto ya se lo preguntaban los israelitas respecto de los profetas. Las palabras que proferían, ¿eran suyas o de Otro?, ¿tenían fundamento sus predicciones y amenazas?, ¿de dónde provenía aquel ímpetu agitador y desestabilizador? La palabra, compendio de todas, era, confesaba uno de ellos, un fuego encendido en sus entrañas, incontenible, purificador e iluminador; un rugido de león, que espanta a quien lo escucha, porque, cuando Dios habla, ¿quién no se estremece?

En torno a la cosa pública, han existido personajes con unas dotes extraordinarias para la oratoria. Los ha habido famosísimos. Persuasivos, carismáticos, elocuentes, gesticulantes, altisonantes, golpeadores, perturbadores, prolépticos, galvanizadores, convincentes, argumentadores, icónicos, contundentes, provocadores… con las palabras.

Y junto a esas grandes figuras, de ayer y de hoy, de verbo fluido, incisivo y vector, latitan los redactores de discursos, quienes, en la sombra, conocen las anfractuosidades de la mente del personaje que ha de comparecer ante el público, su ideología, su léxico, sus tics y mil particularidades de su personalidad que él mismo ignora.

Son capaces de desarrollar en extensas derivaciones pensamientos germinales del orador, que es lo que nos suele suceder a todos cuando, en la medida en la que vamos expresando nuestras ideas, estas se amplían, se asocian con otras, se enriquecen en los refregamientos y evolucionan. “Thinking in progress”.

Los redactores de discursos asumen vicariamente la tarea de concebir, dilatar, transfundir, propalar palabras, pensamientos y sentires que son en realidad de otro, aunque se puede decir que también son suyos. ¿O no? Y es en este punto exactamente en el que queda en suspenso aquel que, ante la Biblia, se pregunta por su real autoría: si es palabra de los hombres, ¿cómo puede serlo también de Dios?

La Nueva España, 12 de julio de 2020, pp. 26-27.

 

Lengua, literatura y creación interiorista: de la crítica literaria a la ficción (entrevista a Bruno Rosario Candelier)

¿Cómo explica su paso de la crítica literaria a la ficción?

   BRC: Se trata de un salto, como el “salto al cuento”, según dijera la deportista dominicana Niurca Herrera cuando dio el paso a la narración, pues sin duda son géneros literarios diferentes, pues no es lo mismo redactar un ensayo que escribir una novela. El ensayo, la crítica literaria, los estudios y reflexiones teoréticos entrañan una conceptualización centrada en la lengua discursiva, que tiene rasgos y peculiaridades que difieren de la lengua expresiva, la que se emplea en la creación literaria. Desde luego, tengo claro el concepto de que ambas vertientes, el ensayo y la crítica por un lado, así como la poesía y la ficción por otro lado, tienen en común la dimensión creativa, pues como dijera Platón hace muchos años, el acto creador de la palabra, lo mismo el de la poesía que el de la crítica, participan del mismo don divino porque, como dijera otro griego eminente, Heráclito de Éfeso, ambas manifestaciones del lenguaje, una del lenguaje conceptual y la otra del lenguaje imaginativo, constituyen la expresión creadora del Logos, la más alta dotación de la conciencia humana.

 

¿Cuál es su concepto de la intuición y su influjo en la creación?

   BRC: La intuición es el poder de la conciencia con la capacidad para horadar las apariencias de las cosas y captar su valor, su esencia y sentido. En tal virtud, la intuición percibe la dimensión esencial de cosas y fenómenos. Sin el aporte de la intuición no hay creación. La obra literaria no es una mera reproducción de la realidad sensible, sino una creación de una nueva realidad, es decir, la expresión de un hallazgo de la inteligencia en la visión de las cosas ya que entraña el aporte de nuestras intuiciones y vivencias cuando se asume la palabra con un propósito intelectual, estético y espiritual, como se manifiesta en la creación literaria. Es oportuno subrayar que la creación poética, la más genuina expresión de la intuición, es un producto puro y limpio de la intuición, de tal manera que una persona con una conducta indecorosa o indigna de la condición humana puede hacer una obra pura si emana de su intuición profunda. Una realidad como la señalada suele darse en el ámbito artístico y literario.

Usted es el creador del Interiorismo. ¿Qué motivó esa creación?

BRC: Efectivamente, el Interiorismo es la creación de una propuesta estética concebida por el suscrito para formalizar una obra artística y literaria. Para ponderar la estética del Interiorismo hay que entender el concepto de la realidad trascendente, que es diferente de la realidad imaginaria y de la realidad sensorial. La realidad sensorial es la dimensión material que captan nuestros sentidos físicos en los datos de las cosas. La realidad imaginaria es producto de la capacidad fabuladora de nuestra mente, y lo que concebimos con la imaginación se puede plasmar en la escritura. Y la realidad trascendente es la dimensión metafísica de lo existente, que como tal no tiene apariencia física y es la intuición la que la atrapa y perfila en las creaciones mitológicas, metafísicas y místicas, dimensiones que el Interiorismo asume como opción creadora de poesía o ficción. En principio, cualquier creador de poesía o ficción puede crear una teoría estética que sirva de base a un movimiento literario. De hecho, en toda obra literaria hay la plasmación de una estética, aunque el poeta o el narrador desconozcan la onda estética de su creación porque ese conocimiento no suele tenerlo porque para conocer el fundamento estético de un poema, un cuento, una novela o una obra de teatro hay que tener capacidad teorética de reflexión. Y esa capacidad no es frecuente entre los creadores literarios sino en filólogos, críticos y teóricos del arte y la literatura. Por eso es inexacto que un poeta exprese que él no pertenece a ningún movimiento literario ni sigue ninguna orientación estética, ya que en realidad en su obra hay la aplicación de la línea estética de uno o dos movimientos literarios, aunque él no lo sepa. No hay obra de creación artística o literaria carente de la orientación estética de uno o más movimientos literarios. Así como es imposible escribir sin palabras, tampoco es posible hacer arte sin estética. Con esta afirmación quiero subrayar la incongruencia de algunos autores que han dicho que no pertenecen ni quieren pertenecer a ningún movimiento literario por mor de una supuesta independencia estética o libertad de creación que anhelan para sentirse “libres” de las coyundas estéticas. Pero acontece que no es posible escribir sin las coyundas de la gramática, de una estética o de una concepción de las cosas. Pues bien, el Interiorismo es el movimiento literario inspirado en el cultivo de la realidad trascendente para expresar el impacto de lo real en la conciencia, canalizar la dimensión esencial, interna y entrañable de las cosas y perfilar la vertiente espiritual de lo viviente a la luz del sentimiento de lo divino mediante la expresión de la belleza sutil y el sentido trascendente. Me complace consignar que la acepción literaria de Interiorismo aparece en el Diccionario de la lengua española (Madrid, Real Academia Española, 2014, 23ª. edición, p. 1256) de esta manera: “Interiorismo. 1. m. Arte de acondicionar y decorar los espacios interiores de la arquitectura. 2. m. Movimiento literario fundado en la República Dominicana, que expresa el impacto de lo real en la conciencia, la dimensión metafísica de la experiencia y la belleza sutil con sentido trascendente”.

 

¿Cómo usted se ha podido manejar entre poetas que suelen ser individualistas y conflictivos?

BRC: En verdad, no ha sido fácil. Sé de algunos escritores que han creado grupos y han salido frustrados en su intento debido a la naturaleza “especial” de los poetas. Una vez me dijo Pedro José Gris que admiraba mi capacidad para entenderme con poetas. Porque percibió en mí las condiciones intelectuales, psicológicas y de tolerancia para conducirme entre tantos seres “raros” con actitudes muy sui generis. En realidad, los escritores, especialmente los poetas, tienen tres problemas: una experiencia traumática, una tendencia yoística y una precariedad material que frena su consagración al arte creador. Por suerte su aporte creador está por encima de sus mezquindades o sus bondades humanas. Porque la obra de arte es fruto de la intuición, y la intuición es el poder de la conciencia incontaminado por las contingencias de carácter, de la personalidad conflictiva o de los resentimientos sociales que pueda tener el creador.

 

¿Cuál es su actitud valorativa al ejercer la crítica literaria?

BRC: La labor crítica debe realizarse al margen de consideraciones personales, afectivas o de cualquier otro motivo que no sea puramente literario. Como filólogo, yo valoro la obra, más que a su creador, que puede ser, como persona, un ser admirable o despreciable, un santo o un pícaro, una persona noble o perversa. La dimensión extraliteraria no la suelo tomar en cuenta. Es decir, yo soy fiel a la obra, aunque su autor sea infiel a sí mismo, inconsecuente conmigo, con su pueblo o con los demás. La función del crítico es ponderar el valor de una obra literaria, su contenido y su forma, valorar el aporte al desarrollo intelectual, estético y espiritual a la luz del arte del lenguaje.

 

¿Qué dimensiones le atraen a usted de una obra literaria?

BRC: La creación de una obra literaria entraña tres facetas inaplazables: el contenido, el lenguaje y la forma. Por tanto, le pongo atención a esas tres vertientes que se manifiestan en la palabra: dimensión social, dimensión estética y dimensión espiritual. De ahí el influjo de una obra literaria en la sensibilidad, la conciencia y la espiritualidad de los lectores. Una obra literaria edifica y deleita; por esa razón, además de la enseñanza, la obra de arte ha de concitar la vivencia de una emoción estética y una fruición espiritual.

 

¿Qué es lo peculiar de la mística y por qué usted manifiesta tan alta ponderación por ese fenómeno de la espiritualidad?

BRC: La mística es la vivencia y el cultivo del sentimiento de lo divino, que siente, vive y goza la persona con vocación espiritual, sensibilidad trascendente y sentido de lo sagrado a la luz de lo Eterno. Como todo creador, el místico tiene atributos, y entre esos atributos aflora una actitud de empatía y compasión inspirada en una visión amorosa del mundo. Por esa condición su lenguaje y su voz son diferentes. Desde el punto de vista del lenguaje, el poeta místico acude a los símbolos para canalizar su vivencia espiritual. Y desde el punto de vista de su expresión, tiene una voz mística singular y peculiar. La voz mística nace del fuero entrañable del espíritu del contemplativo. Por eso la lírica mística es inimitable, irrepetible e inefable. Se puede imitar la voz de un escritor realista o romántico. Incluso se puede imitar la voz de la conciencia, pero no se puede imitar, porque es esencialmente inimitable, peculiar e intransferible, la voz mística de un creador teopoético. Ni a san Juan de la Cruz ni a Ángelus Silesius hay que los imite, pero tampoco a Freddy Bretón, Tulio Cordero o Jit Manuel Castillo.

 

¿De qué manera afecta o influye la lengua en la obra literaria?

BRC: La lengua es el instrumento de la creación verbal en todos los géneros literarios, en cualquiera de las modalidades creadoras, en todos los hechos de lengua. Como instrumento o vehículo de la creación y de la comunicación es indispensable conocer su estructura y su normativa. De ahí que el estudio de la lengua es clave para el cultivo de las letras. Es inconcebible un poeta, novelista o dramaturgo que sea indiferente al estudio de la lengua, y lo lamentable es comprobar que hay escritores que no tienen la lengua como un asunto primordial, y por eso cuando publican una obra literaria tienen que buscar un corrector gramatical y de estilo, lo que es inapropiado para un escritor. Escritor es quien hace un aporte intelectual, estético y espiritual a través de la palabra y, en tal virtud, la palabra debe salir correcta, pulcra y luminosa de la alforja del creador para que su obra sea edificadora y ejemplar. Cuando experimentamos la vocación para la creación debemos estudiar la lengua con la que plasmamos una obra. Cuando ejecutamos el don de la creación, en nuestra condición de cultores de la palabra hemos de dar ejemplo, ya que siempre debemos usar la palabra para edificar, no para destruir ni dañar reputaciones; para iluminar, no para perjudicar ni hacer daño; para elevar la conciencia, no para disminuirla y empobrecerla.

 

Usted preside la Academia Dominicana de la Lengua y el Ateneo Insular del Interiorismo. ¿Cómo puede atender a ambas?

BRC: Consagro mi tiempo al estudio y el cultivo de las letras. La Academia de la Lengua centra su quehacer en el estudio de la lengua y el cultivo de las letras, según sus estatutos, afines a los de la Real Academia Española, de la que es corporación correspondiente en la República Dominicana. Y el Ateneo Insular tiene como objetivo fomentar la creación literaria a la luz de la estética del Interiorismo. Mi formación intelectual es la ciencia de la filología, que aborda la lengua y la literatura, y por tanto esa preparación es indispensable para ejercer la dirección de ambas instituciones, y ambas realizan una labor a favor de sus miembros y una labor destinada a la sociedad. En el caso de la ADL, colaboramos con los proyectos lexicográficos, gramaticales y ortográficos sobre los códigos de nuestra lengua; y de cara a la comunidad, organizamos actos lingüísticos y literarios, tanto en Santo Domingo, como en las poblaciones del interior del país. Desde luego, con el apoyo de los académicos de la lengua. Y en el Ateneo Insular, con la presencia de narradores, ensayistas, poetas y estudiosos de la palabra, celebramos reuniones periódicas para impulsar una formación literaria con los escritores interioristas en quienes estimulamos el arte de la creación verbal. Se trata de auspiciar la creación literaria y promover el conocimiento de la lengua y la literatura en distintas poblaciones dominicanas. Si alguien se dispone a trabajar con la capacidad de trabajo asumida con disciplina, pasión y rigor, algo bueno se puede hacer a favor de los demás. Desde que existe la computadora, la labor principal se puede hacer desde cualquier lugar, sea en Moca, donde resido, o en Santo Domingo, donde está la sede de la corporación de nuestra lengua. Lo que justifica la existencia de un grupo, un movimiento o una institución es la labor que realiza, y lo que la engrandece es la realización de tareas y servicios a favor de sus miembros y de la sociedad donde esa entidad existe. Lo importante, por supuesto, no es el lugar donde uno reside, sino lo que uno hace a favor del desarrollo de la conciencia, la promoción de la cultura humanística y el arte del buen decir para elevar la dimensión espiritual que nos distingue y enaltece.

 

Bruno Rosario Candelier

Academia Dominicana de la Lengua

Santo Domingo, R. Dom.,  21 de junio de 2019. 

(Néstor Medrano, Y se hizo el Verbo, Santo Domingo,  Búho, 2020, p. 269)

 

 

Ofelia Berrido pondera la reflexión estética de León David

He de confesar que al realizar esta reseña del tomo IV de las Obras Completas de León David quedo, y lo reconozco, enmarcada en lo que Georges Poulet llamó una crítica de identificación, pues soy desde hace mucho admiradora del pensamiento de León David: estudioso de la literatura, poeta, ensayista, crítico, dramaturgo y pedagogo dominicano. Y es que al igual que Georges Rivière la mayoría de los lectores buscan en lo que leen un apoyo, una energía sustentadora o como Charles Du Bois cierto influjo espiritual que se vierte en uno y lo invade, busco fruición, iluminación del espíritu.

Los diálogos están unificados por temas: la originalidad; el enfrentamiento argumentativo entre la teoría y la práctica para definir cuál de los dos métodos resulta mejor para la valoración y entendimiento de la belleza; los referentes a la importancia del diálogo para la humanidad y la situación del arte en la posmodernidad. León David da cierre al libro con dos cartas de Filócrates: en una de ellas escribe a su amigo Fabio sobre la vida retirada, en ella declara que se siente un incomprendido, que ha nacido demasiado tarde o demasiado temprano, que vive en un enclave que no es el suyo, pero que está tranquilo y se siente feliz. Me parece que Filócrates ha logrado la dulce placidez de la felicidad verdadera y pienso en Biswanger (1966) cuando aludía que la felicidad poética es la realización del yo en el arte, la felicidad más frágil y más delicada que puede imaginarse.

El Yo del poeta está suspendido en un tiempo ajeno, su salto a la temporalidad cotidiana lo mantiene enajenado e históricamente oprimido y agobiado. Se concibe prisionero de la artificialidad. Hosfmannsthal quien al parecer experimentó los mismos sentimientos, comenta que solo quien conoce este sentimiento de opresión acosada puede aspirar al reposo que no existe más que en la obra del espíritu (Hofmannsthal, 1997).

El libro en su totalidad revela la actividad mental del autor como esencialmente reflexiva, por tanto tiene una unidad psíquica que nos mantiene centrados. Todo el texto sucede en el mundo de lo cotidiano (ordinario), pero a través de las voces de poetas y filósofos que buscan la luz que surge de la sustancia espiritual.

Estos temas sobre la belleza, la espiritualidad, lo helénico y su manera de abordarlos constituyen rasgos singulares del autor, pero al repetirse con varianzas, en muchas de sus obras, denotan que se trata de características esenciales del escritor. Al leer sus escritos, se reconocen formas similares en circunstancias nuevas que se decantan como esenciales, pero siempre sustentadas por su exquisito estilo y una cultura que se derrama sutilmente entre las páginas. Su forma de escribir es plena y nos sentimos conducidos por la misma sin exabruptos. Leon David deja entrever su riqueza simbólica, su heterogeneidad y logra prolongar el sentido de la misma en la mente de sus lectores.

El poeta nos conduce a las profundidades con el lenguaje directo y limpio que caracteriza sus textos y un estilo armonioso, difícil de lograr en temas que requieren de tal profundidad analítica. Esta obra permite sentir una necesidad existencial y una superficie que permite que la lectura fluya. Los personajes y sus temas vienen del mundo griego, y como todo lo clásico, temas y arquetipos eternos. Los argumentos y contraargumentos entusiasman, ilustran sobre la estética, encantan, pero sobre todo permiten que se destaque la unidad de la conciencia estética. Diotima guía los diálogos con sus preguntas y proposiciones e interpela a Teófilo para que trate el tema de la expresión, la originalidad, la forma y el estilo… Teófilo insiste en que todo arte expresa, pero no toda expresión es artística. Resalta que para llamarse arte es necesario que la energía proyectiva se transforme (metamorfosis milagrosa) en objeto perdurable cuyos perfiles nos hechizan al punto de que cuando más lo contemplamos más significativos deleitosos descubrimos en él y más queremos seguirlo contemplando (León David, 2018). Teófilo especifica que el ser de algo se refiere a las profundidades permanentes, aquel secreto patrón estructural, aquella razón arcana e inasible por los que toda manifestación, crecimiento o cambio de la criatura considerada deben ser atribuidos. Especifica que el ser del arte se refiere a la pauta vital y transhistórica con la que dicho objeto, de modo ciertamente enigmático nos pone a dialogar… Refiere que la belleza echa raíces en los más profundos sedimentos de nuestra sensibilidad; germina en los abismos del ser…; declara además, que la experiencia de la belleza fructifica en aquella remota zona de palpitaciones y silencios donde el “yo” se injerta en el universo…; el individuo, sin perder su propia fisonomía, empieza a vibrar en estrecha simbiosis con el ritmo y las candencias de la música cósmica, empieza a danzar al mismo compás, al mismo paso del átomo y la estrella” (León David, 2018).

Jenócrates no cree en la teoría que lo resuelve todo a través de la palabra y, convocado a la discusión sobre el problema de la estética, refiere que lo de él es un hacer, no un especular; para él lo bello siempre se plantea en términos muy concretos y singulares, en términos de pinceladas, matices, color, contraste, luz, ritmo, composición y coherencia. Teófilo rebate lo expresado por el pintor al punto de convencerlo cuando argumenta: Toda belleza es más que sensorial, significativa; de ahí que, para paladear un objeto hermoso no basta contemplarlo, sino que también es preciso comprenderlo. El desconcertante universo de lo estético siempre remitirá a una sensorialidad iluminada por la mente y nutrida por el corazón…” (León David, 2018). En el tercer y último diálogo sobre el sentimiento que la contemplación de la belleza suscita, Filoxeno declara: El objeto de cuya contemplación derivamos goce escatológico no es bello en razón de que brinde enseñanza, censure lacras sociales, cumpla un fin útil o favorezca la unción mística y el fervor religioso; es bello porque de manera consciente al forjarlo el artista subordinó los intereses privativos de otras dimensiones de orden material o espiritual de la existencia a la consecución de un ideal estético (León David, p.323). Teófilo responde que la experiencia estética es un acto radical; momento privilegiado en que el alma, escapando de la lóbrega celda en que yace recluida, emerge hacia la región de las delgadas trasparencias y se baña de luz. El goce acompaña siempre la mirada que, reverente, ante la hermosura, sagrada como es, se postra; empero, tal hermosura, merced a sus enigmáticas facciones es la que nos induce a la contemplación, siendo el placer provecho derivativo. En las cosas bellas no buscamos deleite, buscamos ser aunque no caigamos en cuenta de que tal es nuestro propósito; buscamos plenitud, aunque creamos perseguir una especie particular de dicha, buscamos algo hondo, duradero, irrecusable, aunque demos en pensar que andamos por amor del juego tras excitantes fantasmas de colores. (León David, 2018).

Terminados los diálogos, los aforismos breves, pero poderosos se pasean por los puntos esenciales de la existencia. Veamos una muestra: “Las palabras profanan el silencio; y solo en el silencio habita la verdad (Aforismo. 7).” Al entrar en la pieza Oxidente (con x), acerca de la extinción del espíritu en la era de la postmodernidad solo he de citar una máxima a modo de provocación que estimule la lectura: “El ignorante piensa para alejar la duda; el sabio duda para poder pensar (León David, p. 452).

Les invito a experimentar la lectura de este libro y con ello a comprender los sentimientos que provoca ya que, como diría Bruno Rosario Candelier, estremece la sensibilidad profunda. Obra que reta el tiempo y espacio donde fue creada (posmodernidad, República Dominicana). Les aseguro que encontrarán frecuencias significativas y obsesiones reveladoras que servirán de guía para la comprensión de la belleza a medida que se devela en toda su densidad y esplendor.

Tácticas y texturas del silencio

Por José Rafael Lantigua

 

Séneca aplicaba la máxima de que el silencio era la virtud del sabio.  El silencio es la marca de la prudencia. Parece escudarse en la soledad, pero su esencia se establece en la mesura. Fue escuela de conocimiento en siglos anteriores. En nuestro tiempo, se tiene la impresión de que se esfuma, se encarroña, se quebranta. El nuestro es el tiempo de las voces del ruido. El ruido que rueda en las calles con los autos, las sirenas, los atascos, los decibelios citadinos, las mil y una formas de la vocinglería nerviosa de la tribu. El ruido que ha crecido en las redes digitales y en las encendidas y complejas redes de la turbamulta, desde sus distintos campos y esferas.  Callarse y esperar antes de dar rienda suelta a las palabras, no parece un oficio del siglo veintiuno. La profundidad del silencio ha sido desechada por el escándalo, saboteada por la grosera liviandad del creedero virtual, por la credencial de la hoguera que incinera y pitorrea. “Hoy en día, es difícil que se guarde silencio, y ello impide oír la palabra interior que calma y apacigua”, nos recuerda Alain Corbin. El hombre se ha vuelto temeroso del silencio. “Nuestra época es enemiga de la intimidad”, ha escrito Alejandro Arvelo, y la intimidad tal vez sea el silencio cuando se asocia al recogimiento, a la interioridad, a la escucha, como lo explica Corbin.

El silencio, sin embargo, está entre nosotros, se alimenta de la parquedad y el vacío, pero se mueve porque hay seres que lo buscan, que lo desafían, que lo hacen presencia viva en nuestra abrumada cotidianidad. El ruido es grosero. El silencio es noble. “El silencio es un gesto de nobleza, si no se tiene qué decir… Bien administrado, el silencio es tan digno como el imperativo de difusión de la verdad”. Arvelo afila la espada: “En la tierra en que vivimos, ya nadie escucha. Todos hablan sin rubor de cosas que nunca han aprehendido ni entenderán jamás. Estamos heridos de muerte por las limitaciones del siglo y envenenados por las nuestras. El que menos puede dar es quien exhibe mayor ambición de orientar a sus semejantes. Más, ¿qué aporta quien incluso de lo elemental carece?”.

Las texturas del silencio aún pueden ser favorecidas por nuestra lealtad. El caminante que se ejercita en el Mirador o en el Jardín Botánico se recoge en el silencio en una hora o dos de caminata para vencer la hostilidad del medio donde se desenvuelve. Algunos siguen en el bullicio en el que están acorralados, el animal del ruido los envuelve en la conversación amena que los distrae del silencio que debiera invadir los rincones de sus pasos. Admiro la soledad y el silencio de los monjes cistercienses de Jarabacoa, consagrados a la oración, a la vida comunitaria, al orden fraterno sin bullangas ni el estropicio del alma. Me estremece la vida de silencio de las clarisas y las carmelitas que en sus monasterios y entre barrotes viven en prisión voluntaria para recogerse en la soledad de la oración, en la clausura de un tiempo vivido sólo para Dios. Su confinamiento no es temporal. Le dura toda la vida. Me conmueve hasta las lágrimas, pasearme en un silencio que dicta el espíritu, el respeto y el recuerdo, por el Museo de la Historia del Holocausto en Jerusalén, el Yad Vashem, cuya sala de los nombres atestigua el episodio infame de aquel capítulo luciferino del horror. Me sacude el silencio de la noche, por décadas, que intuyo al caer la tarde cuando los muros de Belfast separan a católicos y protestantes desde que comienza a oscurecer y se hace obligatorio concentrarse en sus hogares para no enfrentar el peligro suicida. Hay muros que no han sido derribados aún. Me enternece el silencio de Brujas, que Alain Corbin describe y que he vivido, cuando frente a sus canales, en medio del ruido que has dejado atrás un par de calles más tarde, observas aquel caserío señorial, donde el silencio es cauce de vida. Las “mansiones patricias” de Brujas, son “casas mudas” que con su silencio melancólico y doliente enfrenta el ruido de la vida cotidiana de la ciudad. La textura del silencio todavía tiene lugares en el mundo donde puede sentirse y hasta tocarse.

Pero, me atrae el silencio rural, el sabio mutismo del hombre de la ruralía que, cual Arzobispo sacratísimo, y a veces mucho más, conoce la realidad humana que los mortales ignoran en sus múltiples acrobacias cotidianas de sobrevivencia. Son las tácticas del silencio. Es el silencio que se liga necesariamente al secreto. Se afirma que, por educación y costumbre, en el siglo XIX el campesino era un hombre que callaba. “Su palabra es rara, a menudo le parece inútil, incluso en el gesto mismo de la plegaria”, nos cuenta Corbin. Es un silencio desconcertante. Son los ojos que miran sin decir nada, porque han dejado crecer el silencio a su alrededor. Es táctica porque crea desconcierto en el pequeño auditorio que asiste a la conversación. Es táctica porque en el silencio que ejerce se encuentra la clase de sus secretos, de su opinión, de su sabiduría. No es cierto el viejo adagio de que “el que calla otorga”. Es más cierto el viejo dicho de nuestros padres y abuelos de que “el silencio es más elocuente que la palabra”. El silencio como táctica protege de los secretos de familia, de los ataques contra el patrimonio de honor, de la solidaridad de grupo, de los proyectos concebidos, de los aspavientos que intentan coartar tu derecho a poner freno a tus palabras. Incluso, es un ardid añejo cuando se trata, como por estos días sucede, de conocer tu intención de voto. “Callar es protegerse de la circulación de los chismorreos del otro, que intenta incesantemente penetrar en lo que se oculta tras el silencio”. El táctico rural no se descubre con facilidad. Muchos, más de los que podamos creer, son parte de este colectivo sin dirigentes que, también en la ciudad, hace del silencio una protección y un señuelo sutil para no descubrirse. No hay por qué, nunca, desnudarse ante el otro cuando se busca intranquilizar tu conciencia y apresar tus saberes.

Hay silencios que oprimen. Hay silencios que liberan. Hay silencios que no requieren de las palabras porque en el callar se sobreentiende el juicio. El silencio se convierte así en un código. Corbin categoriza los silencios: los impuestos, los deliberados, los implícitos, los instrumentalizados. El silencio tiene, sin duda alguna, una firme importancia táctica. Por eso, el silencio es prudencia y tolerancia. Es mudez necesaria cuando la palabra pierde su aliento y su profundidad. Es placer de los sentidos cuando sobra el decir o cuando el decir quebranta las leyes del buen pensar. “De puro hablar –cito de nuevo a Alejandro Arvelo- hemos perdido el respeto a las palabras… Ya no florece entre nosotros la lozanía, la delicadeza de una conversación amable… Se ha perdido el respeto al silencio… Hoy nadie reclama su derecho a la soledad… La personalidad se ha disuelto en la muchedumbre”.

Los grandes hombres de letras y de pensamiento practicaron siempre el derecho al silencio y a la soledad. Marcel Proust recubrió de corcho las paredes de su habitación para escribir “En busca del tiempo perdido”. Kafka prefería las habitaciones de hotel para aislarse y escribir. Rilke sólo conocía la felicidad a carta cabal cuando estaba en la habitación silenciosa de la casa que había heredado. Julien Gracq era asiduo a descubrir los matices del silencio. Mallarmé buscaba siempre la protección de las nieblas para que generaran “un gran techo silencioso”. Whitman escribe para contagiarnos –oh contagio evocador y necesario- del esplendor del silencio. Séneca, no sólo en sus escritos, sino en la vida, aplicaba la máxima de que el silencio era la virtud del sabio. Ignacio de Loyola creó sus famosos ejercicios espirituales basando su método en el silencio, y acostumbraba durante las comidas a no hablar nunca y a escuchar los comentarios de sacerdotes y seminaristas. El silencio escucha. Ojalá que las texturas del silencio nos invadan en estos días palpitantes que claman por serenidad y prudencia. Y que las tácticas rurales del silencio del siglo XIX, se inserten en la urbe y en el campo del territorio que habitamos para que el silencio sea, en las urnas, la marca previsora de la sabiduría oculta. La manifestación resuelta de la esplendidez del silencio.

Sabiduría Insólita

Por Marcio Veloz Maggiolo

 

Al sugerir lo idea de lo que llamó “cuanto”, en 1923, Eins­tein propiciaba la base para la transformación de fisca tradicional mecáni­ca abriendo la subatómi­ca. La sugerente “realidad de las partículas subató­micas, y de la presencia de elementos con movimien­to propio llamados partí­culas, abrieron la física un­clear hacia un campo con soluciones ya sugeridas dos mil años antes por el Koan aponés encontrándose una relación entre la nueva físi­ca y las sugerencias con­tradictorias de hechos nada lógicos para la física clási­ca. Desde mediados de los años sesenta numerosos poetas, entre ellos el domi­nicano Alexis Gómez Rosa y quien firma este artículo, se afiliaron a la escuela nor­teamericana que los sus­tentaba, dentro de la línea del movimiento literario prohijado por el poeta Ma­nuel Rueda, en su segunda versión llamada Pluralis­mo.

Grandes físicos, antes se­guidores de la visión meca­nicista la que durante ca­si cuatro siglos predominó en la visión mecanicista de Newton y Descartes, co­menzaron a darse cuenta de que las llamadas “partí­culas” podían presentar dos funciones a la vez, o estar simultáneamente en luga­res diferentes. La más pare­cida noción de este tipo de presencia totalmente ma­temática y nada visible, se hizo notoria en el pareci­do del Koan, obra de arte del budismo Zen, donde la sugerencia es el punto cla­ve dado al estudiante para conseguir, con algo pareci­do a la metáfora, la versión, digo yo, de una especie de surrealismo primitivo, don­de la posible lógica estaba oculta en el absurdo apa­rente. La simultaneidad de una forma en dos modos y presencias diversas sacó al materialismo científico de sus creencias cerradas, abriendo el pensamiento de la física, estancado en lo visible y “manejable”. Las partículas, presencias o modos de materia y ener­gía menores que el átomo y plenas a veces de movi­miento autónomo, vinieron a demostrar la dificultad que hacia largos años en­contraban los científicos de dar una explicación bajo la sombra de la física en parte procedente del pensamien­to griego encabezado por Aristóteles, primer filoso­fo mecanicista suplidor de la fórmula de un universo manejable y comprobable.

En una recopilación de opiniones sobre los cam­bios y problemas de la vi­sión cuántica, y en una obra titulada “Sabiduría in­sólita”, el notable físico vie­nés Frtjoff Capra articula los resultados del conoci­miento subatómico que inaugurara Einstein, cen­trando muchas veces las percepciones de este tipo en sociedades milenarias como las de La India, China y Japón.

Estas percepciones en la filosofía oriental se han he­cho importantes las bús­quedas por la via cuántica han encontrado importan­tes asientos avances en los trabajos de Gregory Bale­son, Stanislaf Grof, habien­do alcanzado importancia en los estudios etno-religio­sos y desde luego Werner Heisenberg, y Hazel Hen­derson, y muchos más. El texto “Sabiduría insólita”, bajo la batuta organizadora de Frtjoff es según sus edi­tores “un documento ex­cepcional a la vez que pro­fundo y ameno, que nos da la clave para entender la emergencia de un nuevo paradigma científico y cul­tural.

Santo Domingo, Listín Diario, 10 de julio de 2020.

Emilia Pereyra habla de su obra narrativa

Diálogo en la Fundación Erwin Walter Palm, 22 de julio de 2020.

Facebook Live: “La ciudad bajo palabra”

 

Palabras de Emilia Pereyra:

Buenas noches. Me da muchísimo gusto compartir estos momentos con ustedes y con el público que está siguiendo la transmisión. Y, bueno, cuando José me propuso el tema yo inmediatamente comencé a pensar en cómo yo en mi narrativa había utilizado la ciudad y me di cuenta de que realmente hay una relación muy profunda entre varias novelas mías y la ciudad. Voy a comenzar por una novela que se titula Cóctel con frenesí y es muy urbana, muy de Santo Domingo de finales del siglo pasado. Esta novela tiene como protagonista a, nada más y nada menos, a un personaje que se llama Burundi (bueno ahí está la portada de la novela). ¿Y quién es Burundi? Burundi es un hombre de la calle que se dedica a recoger cosas y entonces en la novela él va deambulando por Santo Domingo. El Santo Domingo de esa novela, el que se refleja es el Santo Domingo marginal. ¿Y por qué se me ocurrió escribir esta novela? Bueno, yo tuve la gran suerte de que cuando hacía reporterismo en El Siglo, recordarán ese gran diario dominicano, pude elaborar una serie de reportajes sobre los mendigos y la gente que vivía en la calle. Pues, fue un trabajo muy arduo de investigación, yo hablé con muchas de estas personas y vi muchos episodios dolorosos. Bueno, se publicaron los reportajes y durante varios años, yo me quedé pensando en ese tema y finalmente escribo la novela. La novela retrata mucho lo que era el Santo Domingo de esa etapa, ¿no?, y la vida de este hombre, que era un hombre que tenía que recoger en las basuras para comer y que transitaba continuamente, iba por los lugares más pobres, entiéndase el “mercado nuevo” —entre comillas—, las zonas como Guachupita y otros barrios muy pobres y le pasaban cosas. Pero también ese Burundi recorría El Conde, recorría el Malecón y recorría sectores ya mejores, ¿no?, que tenían un mayor desarrollo. En esta novela y a través de este personaje podemos percibir eso que ejercía la ciudad en este tipo de personas, porque Burundi no era el único personaje, es el personaje protagónico pero él coexistía con otros personajes. Entonces, esa violencia subyacente en la obra, en la realidad que se traduce en la obra, también, se refleja, pues yo creo que tiene un gran peso en la novela. La novela es profundamente urbana, vamos a encontrar el léxico de la ciudad, los olores de la ciudad y esas imágenes de esa parte tan marginal de la ciudad, que alguien pudiese decir “¿pero es costumbre recurrente que tengamos una ciudad que revele en diferentes aspectos ese gran descuido?”. Bueno, el abandono que hemos visto en la ciudad de Santo Domingo, el basural y todo eso, la acumulación de desperdicios, el mal manejo de los espacios, es algo muy viejo. Ya en la época de la Colonia tenemos, incluso, testimonios de viajeros que contaban que la ciudad de Santo Domingo era una ciudad sucia. Lamentablemente, todavía tenemos que decir eso. Pero también en la novela se ven los espacios, espacios amables, agradables como el Malecón, el mar, el sol, el olor de las aguas, pero también el olor de la putrefacción. En esta novela como pasa en otras novelas que se centran en retratar este espacio, pues, vamos a ver parte de la realidad, claro, tamizada por la mirada del autor o la autora. Esta novela ha sido también estudiada por académicos —no sé qué se está viendo aquí—, pero lo que quería poner es un estudio que elaboró una académica norteamericana sobre esta novela y sobre La estrategia de Chochueca, de Rita Indiana Hernández. Ella hace un enfoque sobre el tratamiento que se le da a la ciudad en estas dos narrativas. Aparte de esta novela donde, realmente, la ciudad tiene un peso muy grande; hay otra novela ya, que se refiere a otra etapa, es una novela histórica, me refiero a El grito del tambor, que es sobre la invasión de Francis Drake, donde también la ciudad de Santo Domingo de esa etapa, queda manifestada, se refleja, queda proyectada porque Drake se desplaza por varios lugares de la ciudad de Santo Domingo y en esta novela, pues, se puede percibir todo eso. Cuando yo me preparaba para trabajar esta novela histórica, para escribirla, recuerdo que me decía “pero tengo que tener muy claro cuáles son los sitios de Drake”, y yo identifiqué los sitios donde él había estado o tenía que haber estado y que teníamos testimonio de que realmente estuvo ahí, y una de las tareas que yo me puse antes de escribir fue recorrer los sitios de Francis Drake: yo me iba a la Ciudad Colonial los domingos en la mañana para estar y hacer paradas y detenerme en los sitios de Francis Drake, yo les llamo todavía “los sitios de Drake”. De modo que esa ciudad de esa época, esa Ciudad Colonial, que también tenía problemas de diversos tipos están reflejados en esa novela. Yo creo que el espacio urbano es fundamental a la hora de escribir, no solamente porque nos da un marco que es clave para narrar, sino porque a través de esa narrativa nosotros podemos transmitir imágenes, pero transmitir también parte de la realidad, de lo que ha sido, aunque no hayamos vivido exactamente esos momentos, como me pasó a mí al tratar de enfocar lo que fue la ciudad cuando se produjo la invasión de Francis Drake. Y luego también tengo otra novela, que es la segunda novela que yo publiqué, que se titula Cenizas del querer, que se desarrolla, básicamente, en Azua de Compostela, mi ciudad natal. Entonces, en esa novela yo trabajo con mis recuerdos de la infancia y de la adolescencia, ¿no?, y ahí está reflejada Azua de ese tiempo, la ciudad de ese tiempo; pero también hay episodios de Baní, porque la protagonista se desplaza a Baní y, bueno, recorre lugares de Baní y se transmite toda la impresión que le causaba esa provincia cercana a Azua, digamos que es muy distints y se puede notar ahí lo que es el ambiente de Santo Domingo, por ejemplo, al que podía ser, en esa época, el de Baní o el de Azua. Las personas que trabajamos con narrativa, que creamos cuentos, que creamos novelas, aun cuando no lo hagamos conscientemente, estamos poniéndole mucha atención a la ciudad: su paisaje, me refiero a las calles, las edificaciones, las casas, pero también esa atmósfera que está presente siempre en la ciudad y que vamos captando en el diario vivir y que en un momento determinado, pues, nos va a salir en un cuento, en un poema o nos va a salir en cualquier otro texto, como en este caso en las novelas.

Bueno, yo creo que lo que se pudo lograr, en el caso de Cóctel con frenesí, que es una novela mucho más reciente, fue bastante interesante porque la lectura de esa situación que vivía Burundi y de su desplazamiento por la ciudad de Santo Domingo, sobre todo por los sectores marginales, fue lo que provocó que unos editores noruegos se interesaran por la novela. Y recuerdo que me pidieron que los llevara a los lugares por donde había estado Burundi y uno de los lugares que elegí fue, justamente, el Mercado Nuevo y cuando los llevé ellos estaban aterrados porque, ¡imagínense, un noruego en el Mercado Nuevo!, es una cosa, realmente, que espantaría a cualquiera y no entendían cómo yo me podía desplazar con tanta normalidad en medio del caos que hay y que en ese momento había en el Mercado Nuevo. Y yo les decía “no pasa nada, podemos interactuar con los vendedores, con las personas que están entre la basura, y no va a pasar nada”. Y, efectivamente, hicimos el recorrido por los lugares de Burundi hasta llegar al Malecón, que es donde Burundi se suicida, al final de la novela. Y pudieron comprender un poco más de la ciudad de Santo Domingo. Para mí fue una gran experiencia trabajar el tema urbano, especialmente con esta novela y creo que a partir de entonces pues siempre le he puesto una mayor atención a la ciudad, es un gran motivo literario y, además, nos permite dejar para la posteridad estampas, imágenes, historias, sobre lo que es nuestra ciudad o nuestro país, o parte de nuestro país, en una temporada X, ¿no? O sea que tiene un gran valor más allá de lo que nos pueda contar el periodismo, más allá de lo que nos pueda decir la historia, más allá de lo que pueda decir la poesía. Creo que es muy importante lo que tenga que decir la narrativa sobre la ciudad y cómo influye en los personajes.

No sé si tienen alguna pregunta.

—José Enrique Delmonte: ¿Nosotros hemos tenido en la literatura dominicana un Macondo o un Yoknapatawpha creados por algunos de los escritores o si todavía nosotros estamos basándonos en la narrativa en ciudades concretas, es decir, en Santo Domingo, en Azua, Baní, en Santiago? También está Comala.

—Emilia Pereyra: Yo creo que Macondo es una referencia en la literatura, extraordinaria, Comala y todo eso, pero realmente nosotros no hemos hecho nada parecido. Efectivamente, hemos trabajado con los espacios de una manera muy específica. Quizás queda pendiente en la literatura dominicana el poder construir un lugar imaginario con la suficiente carga cultural y emocional, dominicana, que pueda ser consumido como propio por nuestra gente, por nosotros mismos, que podamos identificarlo como podemos, por ejemplo, captar lo que es Macondo a través de la narrativa que hace Gabriel García Márquez. Se habla mucho de la literatura dominicana relativa a Trujillo y escucho, incluso, algunas quejas de que hay quienes dicen que se ha escrito mucho sobre Trujillo y es verdad que se ha escrito mucho sobre Trujillo, pero creo que todavía se va a seguir escribiendo porque hay muchos aspectos de la dictadura que todavía no se han tratado y que son interesantes y que son, incluso, colaterales a la dictadura y que reflejan lo que fue ese mundo y el impacto que tuvo en la vida dominicana e, incluso, en el exterior. Y también hemos tenido en muchas de esas narrativas de la época de Trujillo, pues, referencia a lo que era el ambiente del momento, a las ciudades de esa etapa, pero también algo que es muy interesante: a la atmósfera que se vivía. Y yo quiero insistir mucho en la atmósfera porque creo que cuando un autor o una autora tiene la capacidad de transmitir y conmover, reconstruyendo la atmósfera a través del manejo de las emociones, pues, logra algo, realmente, extraordinario. De modo que hay que ver qué va a pasar porque tenemos generaciones de narradores y poetas coexistiendo en este momento que vienen de diferentes años, ¿no?, y, por tanto, sus experiencias sus expectativas son totalmente distintas, y creo que esto enriquece mucho la literatura. También tenemos que tomar en cuenta, porque creo que el Realismo Mágico en un gran referente literario para todos y de alguna manera no nos desprendemos todavía del impacto que causó el Realismo Mágico, pero también tenemos que entender que ya el Realismo Mágico cumplió una etapa que fue importantísima para la literatura, que disfrutamos también, pero que ahora toca trabajar desde otros ángulos, yo creo que eso es lo que se está explorando, ¿no? Que sea mejor o peor, no lo sé, eso se va a descartar con el tiempo, creo que hay que esperar para hacer esos juicios, ¿no? O sea, ahora podemos ir explorando, viendo a ver qué está pasando, cómo se está manejando las narrativas, los autores, cuáles son las claves que están manejando. Eso es parte de la experiencia.

Participación de Emilia Pereyra en la tertulia:

—José Enrique Delmonte: Emilia, ¿tus espacios son en Santo Domingo o tus espacios son de tu ciudad natal en el Sur? ¿Cuáles son tus espacios preferidos para narrar?

—Emilia Pereyra: Bueno, salvo Cenizas del querer, que es mi novela azuana, mis espacios son, básicamente, urbanos de Santo Domingo, pero también yo exploro espacios internacionales. Por ejemplo, en la novela ¡Oh, Dios!, que se desarrolla en diversas capitales y en diversos lugares, yo ahí me empleo en narrar acontecimientos que suceden en diferentes lugares. O sea, yo no tengo un espacio preferido como algunos escritores que hacen de un territorio su espacio de creación. Yo en eso varío mucho, porque me interesan muchos temas. A mí me interesa, por ejemplo, el tema histórico, y lo he trabajado y lo sigo trabajando, porque tengo novela histórica y ahora mismo estoy trabajando una novela histórica. Pero también me encanta el espacio citadino, me encanta trabajar con el tema contemporáneo y lo hago, y tengo obra sobre los temas contemporáneos, tengo cuentos. O sea que no tengo un espacio preferido, a mí lo que tiene que ocurrir es que el tema me desafíe, que me enamore, que conquiste, ya sea del pasado o ya sea del presente.

—Marcos A. Blonda: Tu primera novela El crimen verde, que fue aquel famoso, que ya nadie recuerda, asesinato del griego, que vivía de aquel lado, ¿verdad? De origen griego pero el tipo vivía en Invivienda por esa zona de por ahí.

—Emilia Pereyra: Sí. Esa novela es urbana también y se desarrolla en Santo Domingo. Es una novela negra, y se desarrolla básicamente en Santo Domingo, o sea que yo me muevo con diferentes temas, lo importante es que el tema me desafíe, que yo sienta en un momento determinado que ese tema es mío, que me pertenece y yo me apropio de él y entonces comienzo a trabajarlo. A propósito de esas torres y de los mall que hablaban, esa paisajística urbana, que todavía no la percibimos en la narrativa, pues yo creo que está pendiente, señores, porque tenemos zonas que se han transformado totalmente con las torres de lujo, y ese es otro Santo Domingo, con otra forma de vida…

—Marcos A. Blonda: Aparecen en algunos cuentos de Armando Almánzar, en los cuentos de El capitán Cardona, suelen aparecer

—Emilia Pereyra: Pero me refiero a la vida de ahora en esos ambientes, ¿entiende?, porque hay una dinámica que va cambiando de una manera extraordinaria y la vida de la gente en esos edificios altos no es la misma de hace diez años ni de hace ocho. O sea, hay una sofisticación en la forma de vida de unos sectores del país que, bueno, tendrán en su momento que ser reflejados también en la literatura. Yo creo que tenemos que dar testimonio, ¿no?

—José Enrique Delmonte: Si tuvieras que irte definitivamente para no volver a Santo Domingo ¿Qué te llevarías de la ciudad en tu imaginario?

—Emilia Pereyra: Yo me llevaría la memoria de la Ciudad Colonial que yo amo mucho. Para mí tiene una gran carga emocional y luego toda esa memoria acumulada para mí es algo extraordinario, yo disfruto mucho recorrer la Ciudad Colonial cada vez que puedo.