Temas idiomáticos

Por María José Rincón

 

 

24/11/2020

CONTROVERSIA, NO DIATRIBA 

Desde hace tiempo Twitter se ha erigido en una red para la discusión de opiniones, quizá favorecida por su exigencia de concisión y brevedad. La polémica y la controversia, tan saludables, contraponen nuestros puntos de vista, nuestros juicios y valoraciones y nos ayudan, o deberían, a aprender, a evolucionar, a replantearnos el mundo y a verlo con otros ojos. En estos días Tony Raful, escritor y académico, planteó en las redes, y cito, que «la buena dicción, la organización gramatical de la palabra, el respeto por el concepto y la capacidad de escribir sin faltas ortográficas ni morales, deben ser requisitos para expresar el criterio». Al mensaje contestó José Manuel Guzmán Ibarra, y cito también, que «Escribir, hablar correctamente es una ventaja. No hacerlo no da, no quita, derechos. Más aún, hacerlo bien ni siquiera te hace más inteligente… peor, ni te hace automáticamente más culto».

Disculpen que aproveche esta Eñe para plantear algunas aportaciones. Dejando aparte lo de «faltas morales», de las que no me atrevería a convertirme en censora, creo que el buen decir y el buen escribir nunca deben convertirse en «requisitos para expresar el criterio». Todos somos libres para expresar nuestro criterio o lo que nos plazca, lo hagamos con corrección lingüística o no. Expresarnos con corrección es una «ventaja» para la expresión de nuestros criterios, no un «requisito». Aquello de que hablar y escribir correctamente no te hace más inteligente bien podría discutirse; aquello de que no te hace más culto, debe discutirse.

La productividad de la polémica y la controversia depende de que estas se planteen como un debate saludable y no como una estéril riña de gallos en la que nuestro mensaje se convierte en una diatriba , un ‘discurso o escrito acre y violento’ contra el otro.

 

1/12/2020

ANOCHE SOÑÉ QUE VOLVÍA AL DICCIONARIO 

Anoche soñé que volvía al diccionario. Las palabras habitaban sus páginas y aguardaban impacientes a que nuestra curiosidad se posara en ellas; una mansión casi infinita de habitaciones suntuosas o humildes dispuesta a que la recorriéramos y descubriéramos sus secretos.

Mientras veía la nueva versión de Rebeca estrenada por Netflix recordé que algunos de estos secretos merecen un buen novelista o, incluso, un buen poeta. La novelista inglesa Daphne du Maurier publicó su novela Rebeca en 1938 y su historia de amor y misterio tuvo un éxito inmediato. En 1940 Alfred Hitchcock la convirtió en una extraordinaria película protagonizada por Joan Fontaine y Laurence Olivier. Joan Fontaine encarna a la protagonista, de la que nunca llegamos a conocer su nombre de pila, una joven asediada por la persistencia del recuerdo casi fantasmal de la primera esposa de su marido, un inalcanzable Laurence Olivier. Luce con frecuencia unas delicadas chaquetas de punto, abotonadas al frente, modosas y discretas como ella, que en español llamamos rebecas, el nombre de la omnipresente esposa fallecida que da título a la película.

Las rebecas han desaparecido de la película de Ben Wheatley. Nadie que vea a Lily James deambular por Manderley o por sus alrededores brumosos recordará la humilde prenda de abrigo. Los enamorados de las palabras, sin embargo, gozamos con la idea de que allá por 1940 los aficionados al cine que disfrutaron con la película de Alfred Hitchcock lograron, con el uso, que el personaje que le daba título le prestara su nombre a la prenda de ropa característica de su antagonista. Como en un guion que se precie, la joven señora de De Winter recibió así un golpe más de Rebeca. Anoche soñé que volvía a Manderley…

SAZÓN CRIOLLO

8/12/2020

Esta activa temporada ciclónica nos ha hecho recurrir al alfabeto griego para nombrar tormentas y huracanes, algunas de triste protagonismo. Las voces abecedario y alfabeto, para designar la serie ordenada de letras para representar nuestros sonidos, nacen de los nombres de las primeras letras de esas series en latín (a, be, ce, de) y en griego (alfa, beta). La mayoría de las letras griegas se limitan a designar las grafías del griego moderno o clásico, algunas tan sonoras como épsilon, parecida a nuestra e; zeta, similar en griego a nuestra te; iota (i); kappa (ka); ómicron (o); sigma (ese); tau (te); o ípsilon (ye).

Otras han ido más allá. Alfa y omega son la primera y la última del alfabeto griego y protagonistas de la locución alfa y omega, ‘principio y fin’. También usamos como adjetivo el término omega para referirnos a ciertos ácidos grasos. Gamma, que corresponde a nuestra ge, aparece además en la denominación de los rayos gamma. Delta, tal vez por la forma de su grafía, designa a la porción de terreno comprendida entre los brazos de un río en su desembocadura; la encontramos en la modalidad deportiva de vuelo sin motor conocida como ala delta. Pi, nuestra pe, es una de las más conocidas, por dar nombre al número pi, que expresa el cociente entre la longitud de la circunferencia y la de su diámetro. Nuestro repaso del alfabeto griego en el Diccionario de la lengua española concluye con la pareja formada por lambda (ele) y ro (erre), que, aunque no lo crean, tienen sabor dominicano puesto que están en el origen de lambdacismo y rotacismo, fenómenos característicos del español dominicano que consisten en intercambiar ele por erre (lambdacismo), o viceversa (rotacismo). Hasta las letras griegas tienen su sazón criollo.

 

DICCIONARIO PARA LA VIDA

15/12/2020 

Los diccionarios se mantienen actualizados gracias a la revisión constante de los lexicógrafos. La última edición en papel del Diccionario de la lengua española, la vigésima tercera edición, se publicó en 2014. Sin embargo, en línea ya disfrutamos de la actualización 23.4, con novedades, nada menos que 2557, que son el resultado de la colaboración de la Real Academia Española con todas las academias de la lengua española del mundo. Un repaso por algunas de estas novedades habla de cómo nuestra vida y nuestra lengua han sido invadidas y condicionadas por la crisis sanitaria. Confinar ha sumado la acepción de ‘encerrar o recluir en un lugar determinado o dentro de unos límites’. Para confinamiento ha surgido la acepción ‘aislamiento temporal por razones de salud o de seguridad’. Inevitable era que al confinamiento y al confinar les siguieran el desconfinamiento y el desconfinar. El verbo cuarentenear nace para referirnos a la acción, cotidiana, de pasar una cuarentena. Las desescaladas han dejado de ser solo operaciones militares para convertirse en la disminución de las medidas tomadas para combatir una situación crítica.

El coronavirus, que ha puesto nuestra vida de cabeza este año, se ha ganado a pulso, desgraciadamente, su entrada como sustantivo en el diccionario; también como adjetivo, coronavíricoca. La enfermedad que provoca ya se registra en su forma de acrónimo: COVID o COVID-19; y, como ha demostrado el uso, tanto con género femenino, la COVID, como masculino, el COVID. Creo que, aunque no se ha incluido en esta actualización, su lexicalización como covid o covid-19 ya es un hecho.

La palabra mascarilla es tan de primera necesidad como su referente. Su definición nos recuerda que cubre la boca y la nariz (la boca y la nariz, no el cuello, la muñeca o el codo) y, sobre todo, que es una máscara protectora para nosotros y para los demás.

Poemas de Tulio Cordero

ENCUENTRO

Admito

que han habido tardes turbadas

por crepúsculos ausentes.

Que una voz tosca ha herido tantas veces

estos capullos palabreros.

Que aquella mano violenta

-que impuso el silencio a mi hermano-

hizo que el pabilo de nuestra lámpara

temblara de frío.

Y que tanto dolor,

tanto quejido inocente

han amenazado

con secar mi última lágrima.

Pero llegaste…

(te juro que no estaba en acecho

cuando cruzaste el umbral de mi mirada)

…y sonrió de nuevo la tarde.

Se irguió la palabra vulnerada.

Y los ojos de mi niño

despertaron albeados

como mañana en gracia.

Y otra lágrima gozosa anegó estos sueños.

Por favor,

permanece aquí.

Lo deseo ardientemente.

 

GRATO ESCOZOR

No cesas de insistir

a pesar de tu ausencia

(Las cosas adquieren

su dimensión plena

al lado de sus propias sombras)

Cruje la hojita seca

que el viento manso arrastra

y balbuce algo de Ti

que no alcanzo a descifrar

(Hay dolores suaves y dulces

que no te dejan sestear la vida

Hay cosas de las que tú no puedes

despojarte tan sólo

con un simple conjuro)

Te vuelves en el envés del pétalo

y eclipsas con agitado aroma

mi retina

Ya te lo dije una vez

“en cierto modo

es mejor tenerte lejos”

Por Ti

en mí palpita esencialmente todo

los colores seductores de tu ausencia

los rumores enloquecedores

de tus pasos

los interludios de los que

se desangran por capricho

(Vuelvo a tu pecho

como de costumbre y

redúcense y engordan mis manos

decrecen mis uñas

me das lo que no daña

y espantas mi letargo

Ah es tan molesto

estar despierto).

 

PEREGRINAJE

Igual el resplandor

de aquel verde infinito

más allá del rocío

estrenado de lumbre.

 

Llegaste.

No estaba yo presente

cuando tocaste al alba.

No estaba allí mi alma

Para excusar mi ausencia.

 

Entre tanto

una piedra y tú

se hicieron aliados del olvido.

 

Notas rasgueaba el viento

con las cuerdas del agua.

 

Lanzas lanzaba el monte

y rejas de amenazas.

Mas tú no te mudaste

ni se asustó la piedra.

 

Y cuando el naranja enorme

incendió las distancias

del día casi muerto,

tú advertiste esa Ausencia

que no podía decirte

que yo ya no vendría.

 

Y te alzaste y entonces

fuiste a mi lado al Huerto.

 

¿Cómo fue que pudiste

vencer los Querubines

con sus dagas

de fuego?

Jorge Juan Fernández Sangrador: «El hecho religioso diario, trazos del periodismo cultural»

Por Miguelina Medina

 

La presentación de esta obra la haré a través de la presentación que hace el propio autor, pues tiene el sonido de un hermoso ensayo argumentativo, cuyas conclusiones las deducimos de las mismas razones. Y lo ha elaborado con una prosa llena de poesía. En la obra, el autor expone las razones de su escritura, la evaluación cultural del público lector, diserta sobre su tema principal, “El hecho religioso diario”. También nos regala esos detalles, esas maneras que ya, podría decirse, se han convertido en mitos intrínsecamente personales y extendidos sutilmente a las costumbres de los pueblos. Es parte del propósito de su presentación en la “Introducción”.  En la misma también enfatiza el poder de la palabra del periodista, la defiende y advierte sobre su mal uso y el correcto uso, ambos trascendentes. Desde su visión periodística, cristiana y laica –subjetiva y objetiva–, al mismo tiempo, exhorta a la autenticidad de la vocación al momento de elaborar una noticia o un relato informativo, pues la verdad, a pesar de ser verdad, hay que contrastarla, escrutarla en cada detalle para llevar una información plenamente confiable al lector, evitando, consecuentemente, sumarse a quienes utilizan los medios para desinformar al mundo y a sus ciudadanos.  Expongo, además, que toda mi reseña la envolveré en dos frases del autor, las cuales deseo que se sientan como la gran verdad secreta de todo el cuerpo de la obra. Son esplendorosas. La primera forma parte del agradecimiento especial –“por haberse mostrado tan indulgente con mi incorregible desacato a sus ponderaciones respecto a la extensión de los artículos, pues es del parecer que, en atención al lector, conviene que sean breves”– a la directora del periódico español La Nueva España, Ángeles Rivero Velasco (al momento de esta edición); y la segunda, expresa la efervescencia que colma su interior en su vocación de escritor:

 “No puedo aducir, como Blaise Pascal, que me han salido largos por la prisa o porque no he tenido todo el tiempo que se requería para hacerlos cortos. En absoluto. He dedicado muchas horas, especialmente de la noche, a reflexionar, escribir, contrastar, pulir, rehacer y concluir las tribunas. Y también del día, pues los temas, las ideas, los sinónimos, las conjunciones, la sintaxis, los extranjerismos, la onomástica, la toponimia y la bibliografía, no dejan de perseguir a uno en todo momento. Devienen inseparables del escritor”. “Y que nadie piense que la faena queda plenamente rematada al pulsar la tecla del punto final. Los detalles, esos diablillos emboscados en la foresta de las sílabas, aguardan a que el escritor caiga exhausto tras el esfuerzo último para lanzarse a los ojos, cuando menos lo espere, las llamaradas oxhídricas de las erratas, inexactitudes o contradicciones. A veces el susto es de muerte, y la zozobra en la que se agita la voluntad, antes de enviar el texto a la rotativa, puede ser dramática”.  

Gracias, señor. Y que sean estas gracias, todas las gracias de los que se han sentido comprendidos por sus luminosas palabras. Por otro lado, cuando el autor titula esta obra El hecho religioso diario, él está impregnando la definición de su trabajo: una verdad constante y fiel hasta que Dios diga que ya todo ha terminado. Es como decir ‘lo lleno religiosamente de verdad porque la verdad no puede ser de otra manera’. Y, en este caso, la expone bajo cuatro argumentos generales que son: 1. “El trasfondo religioso de la noticia”. 2. “Andar y ver, leer y escribir”. 3. “Religión, cultura y prensa”. 4. “Dietrología y Sense-Making”. Comencemos con la primera:

 

 “EL TRASFONDO RELIGIOSO DE LA NOTICIA”  

“La lectura del periódico es la oración matinal del hombre contemporáneo” 

“Se ha dicho que la lectura del periódico es la oración matinal del hombre contemporáneo”, expone el autor. “Y, ciertamente –dice–, la apertura matutina de un diario suele ir acompañada de algunas prácticas que pueden ser calificadas de rituales: arrellanarse en la engullidora poltrona, acodarse sobre la mesa amplia, beber café, fumar un cigarrillo, iniciar la lectura por la última página, o la de deportes, o la de cultura, o recortar un recuadro con alguna información interesante”. Y explica que “estas acciones cotidianas, rutinarias y simples aportan al lector interioridad, elevación, conocimiento, regusto, transposición y alteridad. La concisa sentencia con la que Agnѐs Martín-Lugand tituló su novela lo expresa suficientemente: La gente feliz lee y toma café”. El autor, anteriormente, ya había expresado lo siguiente (p. 6): “Al tintar las páginas del periódico con los argumentos semanalmente expuestos, he pensado en aquello lectores que no se conforman con rastrear titulares, sino en los que encuentran deleite en la metafísica, el pensamiento laborioso, la cruz del concepto, el verbo desacostumbrado, el dato histórico desconocido, la muestra de arte difícilmente comprensible, la cita del libro que nunca han leído, la mención del autor que han frecuentado poco y, en definitiva, en el artículo largo”. También refuerza esta idea expresando: “Al fin y al cabo, en un templo, el fuste de la columna puede ser bien del talle de una sílfide, bien del perímetro inabarcable de las de Dídima”.

“En una mano la Biblia y en la otra el periódico” 

El autor señala, pese a lo expuesto en el párrafo anterior: “pero las connotaciones religiosas de la prensa no se circunscriben en los habituales ritos de ubicación y lectura arriba señalados”: “Decía Karl Barth que, para hacer teología, hay que tener en una mano la Biblia y en la otra el periódico”.  “Los autores de la primera –explica– pusieron por escrito, con la inspiración del Espíritu Santo, las acciones maravillosas realizadas por Dios en favor del antiguo pueblo de Israel o de la primera comunidad cristiana. Los del segundo, el discurrir de los días, agitados o pacíficos, productivos o estériles, felices o desdichados, en cualquier rincón del mundo”.

“Los periódicos no pertenecen a lo que se denomina, en el ámbito de las religiones, «literatura canónica» –dice–, pero la captación de los momentos relevantes de cada día, que fotógrafos, corresponsales y redactores fijan sobre el papel, ¿no se asemeja a lo que, en aquellos siglos y lejanías, hicieron los autores bíblicos de Josué, o Jueces, o Samuel, o Reyes, o Crónicas, o Hechos de los Apóstoles?”: “Observadores que anotaron, transmitieron, rehicieron, adaptaron acontecimientos en los que intervinieron imperios y familias, sacerdotes y profetas, hombres y mujeres, ancianos y jóvenes, israelitas y extranjeros, judíos y samaritanos, apóstoles y evangelistas, justos y pecadores, sanos y enfermos, saduceos y fariseos, asirios y babilónicos, persas y griegos, asianos y romanos”.

En su pasión por la verdad, el autor nos muestra su imagen perfecta, que quiere dejar esclarecida, una verdad que él ha comprendido por observarla delicadamente. Es un defensor de la justa palabra, de la justicia social y de la Justicia divina. La terrenal periodística la considera también divina, pues, según se puede inferir de su exposición, él valora la actividad apostólica de los primeros apóstoles con semejanza a la actividad apostólica de los segundos apóstoles o periodistas.

El autor señala que “la Biblia tiene algo de hemeroteca, ya desde la primera página, coincidente con el capítulo 1 del Génesis, en la que se refiere la creación del mundo en siete días”: “Aquella fue la semana primigenia de la historia”, afirma. Y dice que luego “irían sucediéndose las horas, días, meses y años”.

Ahora, detengámonos un momento y hagamos nuestra la siguiente convicción del hombre, sacerdote y autor¹, quizás nos ayude a entender lo que no podemos entender en estos momentos abrumadores donde las dudas sobre el amor de Dios se han multiplicado producto de la pandemia del coronavirus, que ya antes, con diversos nombres, también se había multiplicado en las propias pandemias interiores del ser humano y su entorno existencial (p. 8): “Y en la página sacra ha quedado fijado su acontecer, para mantener vivo el recuerdo de lo que sucedió en tiempos remotos y aprender a leer, desde aquellos hechos comunitarios o individuales, el presente. Fue escrita no solo como un fármaco contra el olvido, para que este no tienda un lienzo de bruma que «pixele» el pasado, sino para que los lectores del mañana, que vivirán trances semejantes, con la misma angustia, o incertidumbre, o fortaleza, esperanza, vean, en el espejo de esa napa inmensa de aguas cristalinas, remansadas en la balsa del texto sagrado, el contorno y muchos pequeños detalles de su propia historia”.

El autor consigna que “el canon de los libros que constituyen la Biblia se definió en 1546, por el Concilio de Trento” (coloco sus palabras en versos, respetuosamente):

 

Y aunque ya está  

dogmáticamente cerrado 

y no cabe incorporar otros nuevos, 

al lector nadie le quita  

de que se recree, en su interior, 

con la idea de que, 

al sostener en sus manos  

las hojas sabanales de un diario, 

está leyendo la página última de la Biblia, 

compuesta, durante la noche, 

en los talleres del periódico.  

No solo lee, 

 sino que escruta las noticias, 

para descubrir en ellas los trazos 

de la historia de la salvación, 

incoada en la aurora de los tiempos, 

antes de que existiese la escritura, 

y continuada en el hodierno fluir. 

   En este argumento, el autor expone refuerzos a su presentación ensayística de su obra, con discursos argumentativos igualmente hermosos y llenos de poesía: *“Los periódicos logran, con las secciones de viajes, gastronomía, moda o literatura, transportar al usuario a mundos de ensueños […] Y es que la estimulación de la fantasía gracias a los reportajes fotográficos y, sobre todo, a los vocablos descriptivos, con innumerables matices, apreciaciones del escritor y léxico desbordante, no la iguala, en infinidad de ocasiones, la presencia física en un lugar. Es el encantamiento de las palabras. De poco sirve visitar países lejanos, pueblos remotos y culturas distintas de la nuestra si alguien no nos ha enseñado a ver. Y la lectura es precisamente la que nos surte el colirio que procura una visión más nítida de la realidad, cuya superficie, en ocasiones moteada de las adherencias de los prejuicios, no siempre es de límpida translucidez […] Y nada propicia más la imaginación que el silencio, el recogimiento, la lectura, la observación… y la escritura, la cual predispone al sujeto para la fina captación y la certera definición de la realidad. «Buscad la verdad y cuidad la sintaxis», encarecía Winston Churchill”.

Y nuevamente el mensaje empático y misionero del autor con los sufridos: “Existen numerosos y significativos ejemplos de vuelo del alma en recintos cuasi angostos: el calabozo de san Juan de la Cruz, el taller de Alberto Giacometti, la alcoba de Emily Dickinson, la cabaña de Ludwig Wittgenstein o la cocina de María Moliner”.

El autor ha consignado que “más de quinientos topónimos y más de ochocientos nombres personales figuran en esta recopilación de artículos” (p. 10). Y agrega:

 

“Escribir sobre ellos ha sido como viajar, 

en las horas de la noche, 

a tierras lejanas, 

conversar con personalidades 

de otros tiempos y lugares 

acerca de ese hermoso país que es el pasado, 

aunque también del presente que nos ocupa, 

y del futuro que nos preocupa, 

y regresar por la mañana 

para contar a los lectores del periódico 

lo que he logrado retener  

de ese coloquio mantenido 

 con tan extraordinarios personajes 

de ayer y de hoy”.

 (nuevamente he colocado sus palabras en versos, con todo respeto)

 

Inmediatamente después de estas palabras el autor termina la sección con una frase que “decía Maquiavelo de las vigilias de lectura en su studiolum: «Durante esas horas no siento el menor hastío, olvido todas mis aflicciones, no temo a la pobreza ni me causa espanto la muerte: tan por completo me siento unido a ellos»”.

 

“RELIGIÓN, CULTURA Y PRENSA”  

Jorge Juan Fernández Sangrador destaca que “en esta colectánea de artículos se ha abordado la cuestión religiosa desde diversas vertientes”. Y utiliza las metáforas para referirse a la “cuestión religiosa”: “esta es como una piedra preciosa”. Y para explicar las metáforas utiliza conceptos simbólicos de las palabras contenedoras: “bruñida, brillante y facetada”. Es así como explica, a grandes rasgos, las reacciones que provocan los artículos religiosos expuestos en su obra. Él considera que estos son valiosos, precisamente, por las “diversas vertientes” reflexivas con las cuales los aborda y de las cuales dice “no podría ser de otro modo”, porque conoce a fondo las propiedades de la “piedra preciosa”, de “la cuestión religiosa” y de los otros temas que también estudia y comparte.

“Pero no es un bien igualmente apreciado para todo el mundo –dice–, aunque su belleza sea rutilante e incuantificable su valor”.

Entre esas reacciones que ha observado el autor están las siguientes: 1. “Es el caso de un humanismo que se declara abiertamente ateo, el cual aspira a constituirse a sí mismo en una suerte de Iglesia sin dogmas, aunque con ritos, santuarios y ornamentos propios y búsqueda de la excelencia moral: «buenos sin Dios»”. 2. “O el del cientifismo hipertrofiado, que muestra una credulidad atávica en el progreso tecnológico. En su honor se levantan nuevos altares y en su nombre se lamina a quien postule otras formas de conocimiento que no se atengan a la dogmática positivista”. 3. “También en la política –dice–”: “Una concepción en curso del laicismo ha revestido a este con los parámetros de una religión civil, sustitutoria de las grandes confesiones históricas, a las que ve como subculturas de la humanidad”. Dice que “esto ocurre, especialmente, en Europa, la cual se distancia in crescendo, tanto real como afectivamente, de sus raíces cristianas a causa de la penetración de ideologías que envenenan la acción política con prejuicios antirreligiosos, que, en una sociedad verdaderamente laica, no tendrían por qué existir, pues si por algo ha de distinguirse es precisamente por su capacidad inclusiva”. Y apunta que “en ella han de tener cabida las diferentes búsquedas de sentido, las convicciones, la espiritualidad y cualesquiera de las múltiples formas de apertura a la trascendencia que existen, entre las que se incluyen, aunque suene a paradoja, aquellas modalidades de ateísmo para las que la interioridad, la inquietud metafísica y la esperanza de futuro son componentes esenciales de su Weltanschauung²”. En este mismo sentido, el autor menciona también otros conceptos como el “transhumanismo, el animalismo, neurocientifismo” (p. 11), de los cuales dice “permean la cultura actual y proponen un discurso declaradamente alternativo al que sostienen las religiones acerca de la naturaleza de la persona”.

“Winston Churchill –dice–, voraz devorador de periódicos, consideraba la lectura de estos como «una educación a la vez universal y superficial», sin embargo, es preciso reconocer que son de capital importancia para la comunicación global y la difusión de las ideas”. Y citando a Antonio Buero Vallejo dice «leer un buen periódico es la mejor manera de comenzar el día» –pese a la información on line–. “A ser posible, todos –añade el autor–, más no de una forma desorganizada, sino rigiéndose por la voluntad de ahondar en lo que se muestra como aparentemente superficial y de alcanzar la unidad de comprensión total –uno intelligendi actu– de la información, servida en fragmentos”.

Y con honestidad periodística muestra ideas que enfrentan la suya: “«Escribir en los periódicos es vender el cerebro a cucarachas», dice el columnista Manuel Alcántara” (p. 12).

En esta última sección de su presentación el autor expresa los siguientes argumentos con los cuales podemos entender, plenamente, la explicación del subtítulo de su obra, “Trazos de periodismo cultural”, y la intensión pulcra de su alma y de su pensamiento al construir sus textos: “He aquí los dos vocablos que expresan el propósito que he perseguido al asomarme diariamente al periódico, ente singular con múltiple cabecera”, dice:                                                                                                                      

  1. “En primer lugar –Dietrología–, el de rastrear las páginas de arte, cultura, ciencia, tecnología, economía, espectáculos, deportes y opinión, tratando de identificar los topoi, los lugares comunes, los clichés de la época sobre la religión, ante los que un redactor, o un columnista, o un entrevistador sucumbe, acaso sin percatarse de que la hoja, además de ser una superficie de papel tintado, puede devenir «un espejo de íntimas cobardías», como la memoria de Abulcásim, según Jorge Luis Borges enLa busca de Averroes.

Y subraya: “Hablar de lo que no se sabe, decir lo que sea con tal de captar la benevolencia del lector, o la del empresario que pone el dinero para que sobreviva la rotativa, o alborotar a la opinión pública con discursos que incendien innecesariamente el bosque de las creencias, las ideologías y las mitomanías, no siempre se corresponde con un deseo sincero de hacer que resplandezca la verdad”.

Y advierte: “Por eso conviene hacer uso del zahorí de la sospecha para descubrir lo que encubren los ropajes del formato, el titular, la fotografía o la viñeta, y sacar a la luz lo que se oculta realmente detrás (dietro) de los paneles lacados de ese biombo de Coromander, en el que figuran aquellas escenas de la vida cotidiana que han sido seleccionadas, con toda intención, para que aparezcan desplegadas, entre contrastes de luces y sombras, ante los ojos de quien se detiene a contemplarlas”.

  1. “Ahora bien –continúa diciendo–, en esta etapa de la historia,a la que algunos consideran tal vez la más crucial de todas las existentes hasta el presente, la de la superación de la especie gracias a los increíbles logros tecnológicos […], se requiere de las religiones que sepan dar razón, o al menos lo intenten, de qué sentido tienen estas mutaciones en el plan de Dios y cómo se explican desde una visión coherente de la fe, la ciencia, la tecnología y el humanismo, y lleven a cabo, en los medios de comunicación social, una suerte de Sense-Making Methodology Reader, como reza la obra de Brenda Dervin, Lois Foreman-Wernet y Eric Lauterbach”. Explica que “en el cristianismo, la búsqueda y la dación de sentido discurren desde la convicción de que la razón nunca se halla privada del spermatikós logos del que hablaba el apologista san Justino: una semilla del Verbo ínsita en lo más profundo del ser humano. Cuando se escruta a fondo, y sin prejuicios, lo que se ha escrito en un periódico, el lector acaba descubriendo ese elemento seminal depositado en el surco de las anfractuosidades del pensamiento del autor, vertido en hojas de papel impresas y colmadas de palabras ensartadas en la hermosura de la frase”: “Esta es, según Jonh Banville, «la invención más trascendental de la humanidad». Y la tradición cristiana, en la magnitud de su producción escrita se muestra como una cornucopia rebosante de ellas: vitales, certeras bellísimas y regeneradoras”. 

Pues, debo decirle al autor que reconozco muchas de estas declaraciones como alarmantes y dolorosas, pero que también he podido notar su fuerza en la Verdad, como una promesa cumplida en él, y a la cual deberíamos aferrarnos todos. Y esto lo ha de seguir sosteniendo para seguir sembrando pensamientos de bien que se transformarán en buenas acciones, a pesar de las corrientes contrarias. Agradezco, señor autor, grandemente, el aporte de su disertación esplendorosa.

La obra contiene también algunos artículos “de la revista Vida Nueva, de la hoja diocesana Esa Hora, órgano de información de la Iglesia en Asturias”. Jorge Juan Fernández Sangrador también ha dicho: 1. “Literatura y periodismo van, o han de ir, de la mano. La historia de ambas disciplinas nos provee de notables ejemplos”. 2.“El amor a la palabra es el que me ha inducido a escribir”. 3. “Me identifico plenamente con la confesión hecha por Gustave Flaubert: «Escribo por el solo placer de escribir, para mí solo, sin ninguna finalidad de dinero o publicidad. En mi pobre vida, tan vulgar y tranquila, las frases son aventuras, y no recojo otras flores que las metáforas»”. 

Y no puedo dejar de compartir un artículo, íntegro, de los que contiene su obra. A don Bruno Rosario Candelier le expreso que decirle solamente ‘gracias’ no es suficiente. Habrá que escribir novelas y cuentos para que sean ellos los que transmitan la magnitud de las gracias que queremos darle, por su devoción de promover la cultura a través de la palabra en sus más altas manifestaciones.

 

“VIOLETAS DE NOVIEMBRE Y EL CANTAR DE LOS CANTARES”, JORGE JUAN FERNÁNDEZ SANGRADOR (7 de noviembre de 2016) (pp. 158-161):

“Hace cuarenta años y, cuando contaba tan solo veintisiete de edad, fallecía la cantante Cecilia a causa de un accidente de tráfico en Colinas de Tramonte, Zamora. Fue el 2 de agosto de 1976. Su nombre de bautismo era Evangelina, pero la familia y los amigos lo redujeron al hipocorístico Eva, que era, además, el que ella deseaba luir como nombre artístico; sin embargo, cuando fue a registrarlo, se encontró que ya se lo había apropiado otra cantante. Adoptó entonces el de Cecilia, inspirándose en la homónima canción de Simón & Garfunkel.

Evangelina Sobredo Galanes (Celilia) alcanzó gran éxito en poco tiempo. Dama, dama, Mi querida España, Amor de medianoche, Desde que tú te has ido, Nada de nada, son canciones inolvidables. Aunque tal vez ninguna como Un ramito de violetas, que ella misma compuso, y en la que Juan Carlos Calderón hizo algunos arreglos. La ilustración de la portada del disco fue también hechura de Eva. Pero es que, añadido a lo anterior, el estribillo perdurará por los siglos como uno de los enigmas irresolubles de la historia de la música: cuando Cecilia incurrió en flagrante laísmo, ¿lo hizo premeditada o inadvertidamente?

La canción dice así: «¿Quién la escribía versos?, dime quién era / ¿Quién la mandaba flores por primavera? / ¿Quién, cada nueve de noviembre, como siempre sin tarjeta, la mandaba un ramito de violetas?». No es el único caso. En Mi gata Luna cantaba: «La he cubierto de arena fina y un crisantemo en flor. / La he rezado un padrenuestro y he llorado mi último adiós». Por otra parte, en la entrevista que concedió unos días antes de morir a la Cadena SER, Cecilia respondía de este modo a la pregunta que le hizo Juan Vives acerca de cuál era la preferida de entre sus canciones: «No sé. A Dama, dama la tengo mucho cariño por lo que me ha dado». Fue precisamente en ese coloquio donde confesó: «Para relajarme me gusta mucho escuchar canciones de Lilian de Celis».

Evangelina, que estaba encantada, por cierto, de llevar ese nombre, había vivido desde que tenía tres años fuera de España, pues su padre había sido enviado en misión diplomática a Estados Unidos, Portugal y Jordania. Cuando regresó definitivamente a nuestro país, se defendía mejor en inglés que es español. Según el jurista Santiago Martínez Lage, casado con una hermana de Evangelina, el laísmo de esta hay que atribuirlo al casticismo madrileño que la rodeó y a la influencia de la tata María del Campo, natural de Peñaflor de Hornija (Valladolid), a la que adoraban en el hogar de los Sobredo Galanes. Y el hecho de que no haya sido corregido en Un ramito de violetas se debe, según el cuñado de Eva, a que el arreglista, el santanderino Juan Carlos Calderón provenía de un entorno laísta.

Por otra parte, en un librito que escribió José Madrid acera de la cantante, con el título Equilibrista, La vida de Celilia, se dice esto: «Si hubo una persona en su etapa norteamericana que la ayudó a apasionarse por la música, esa fue una de sus profesoras, una monja». Y es que, en Filadelfia, los hijos el matrimonio Sobredo Galanes estudiaron en una escuela regentada por religiosas, Our Mother of Consolation. Allí se cantaba habitualmente el himno We shall overcome («Venceremos»), que habría de dejar honda huella en Evangelina. Al igual que la lectura del libro de Mary McCarthy, Memorias de una joven católica. Era, además ávida frecuentadora de las obras de Virginia Woolf, James Joyce y Ramón María del Valle-Inclán, y se pasaba horas y horas deleitándose con los escritos de san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús.

Lectora amante de estos dos santos es también Clara Janés, como se desprende del texto del discurso que pronunció, en junio del presente año, con motivo de su recepción pública en la Real Academia Española. Una estrella de puntas infinitas. En torno a Salomón y el Cantar de los Cantares, rezaba el título. «Mi vinculación a la escritura empezó precisamente debido al Cántico espiritual», confiesa la poetisa. Al Cántico de san Juan de la Cruz, se entiende. Más tarde, de mano del profesor José Manuel Blecua descubriría la relación existente entre el poema de san Juan y el Cantar de los Cantares, atribuido a Salomón. Y como en España no cabe leer esta pequeña obra de la Biblia sin toparse también con el comentario a ella de fray Luis de León, la paráfrasis de Benito Arias Montaño y las meditaciones de santa teresa de Jesús, la escritora barcelonesa se sumergió plenamente en el océano de versos, aliteraciones, metáforas, colores, olores, ausencias y presencias, enigmas y requiebros que es el Cantar de los Cantares, guiada por las traducciones, relecturas, recreaciones y actualizaciones efectuadas por los antedichos escritores.

Para Clara Janés, el descubrimiento del Oriente Medio, al que la condujo un impulso traductor, fue un auténtico hallazgo, sobre todo de los géneros literarios provenientes de aquella extensión importante en la esfera plena de la cultura, de los cuales se han servido tanto el gnosticismo y el hermetismo como el islam y el cristianismo para verter al exterior un universo de creencias, principios morales, ríos y costumbres. En el discurso de ingreso en la Docta Casa, la nueva académica desplegó en torno a la figura de Salomón y el Cantar de los Cantares sus saberes acerca del personaje y la obra. Bajo la centelleante luz de una estrella de puntas infinitas.

Oriente fue para Evangelina (Celicia), al igual que le sucedió a Clara Janés, determinante: «Jordania fue decisiva en mi información». No existe en el panorama musical español nadie, salvo ella, que pueda jactarse de haber dado un recital, siendo aún adolescente, en el anfiteatro de Jerash, la antigua Geraza, en cuya ágora el canónigo magistral de la catedral de Oviedo, Emilio Olávarri Goicoechea, dirigió una excavación arqueológica memorable. Cecilia cantó en los parajes de la serranía de Galaad, en aquellos mismos que evocó el Amado del Cantar de los Cantares en su exuberante sartal de piropos a la Amada: «¡Palomas son tus ojos a través de tu velo! Tu melena, rebaño de cabras que desciende del monte Galaad». Y tal vez en estos días anteriores a la clausura del Año de la misericordia pudiera resultar placentera la lectura del Cantar de Salomón, el más sublime, el más excelente de entre todos los cantares”.

 

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Notas:

Dedico mi reseña a don Bruno Rosario Candelier, al Ateneo Insular y el Movimiento Interiorista; a Emilia Pereyra, a Adriano Miguel Tejada y Diario Libre; a Ignacio Guerrero y al periódico La Información, al antiguo diario vespertino Voz Diaria; a Rosa Francia Esquea editora de la antigua revista infantil Tinmarín del periódico Hoy. A todos, muchas gracias, en nombre de todos los niños del mundo. Gracias a todas las personas de las diferentes culturas del mundo que utilizan sus conocimientos para trabajar con devoción en favor de los demás.

¹ Jorge Juan Fernández Sangrador nació en Cangas de Onís en 1958; fue ordenado sacerdote en 1982; es doctor en Teología, licenciado en ciencias Bíblicas, y en Filología; es vicario general de la diócesis de Oviedo y canónigo de la Santa Iglesia Catedral; “ha sido nombrado nuevo rector-capellán de la Universidad de Oviedo” en 2020 (https://www.lne.es/oviedo/2020/07/31/fernandez-sangrador-nuevo-rector-capellan-14426326.html).

² Cosmovisión, calco del alemán Weltanschauung (https://es.wikipedia.org/wiki/Cosmovisi%C3%B3n

 

El aporte espiritual de Jorge Juan Fernández Sangrador

Por Bruno Rosario Candelier

 

El presente año de 2020 será recordado, entre otros hechos relevantes, por el impacto trágico y traumático de la pandemia del Covid-19, especialmente en Europa y América, pero como todo lo malo tiene algo bueno, este año también ha concitado una mayor conciencia de la condición humana, pues ha hecho que revaloremos lo bien que vivíamos aunque no lo sabíamos, y ha despertado la vocación creadora de muchas personas en diferentes disciplinas y artes de la creatividad. Y entre las realizaciones positivas de este año quiero destacar la publicación dominical de los enjundiosos artículos del padre Jorge Juan Fernández Sangrador en el periódico La Nueva España, de Asturias. Y, desde luego, justo es reconocer el aporte a la reflexión interior que sus escritos generan en la conciencia intelectual, moral, estética y espiritual de sus lectores (1). 

   El presbítero Jorge Juan Fernández Sangrador (2) publica cada domingo un artículo en el periódico asturiano La Nueva España, en cuyos textos enfoca, desde la base de su formación sacerdotal, teológica y cristiana, la dimensión religiosa de la condición humana y la vertiente de la religiosidad en sus variadas manifestaciones a través del arte, la ciencia, los libros, la creación espiritual y la palabra.

El sentido profundo de los conceptos implicados en religión, religioso y religiosidad, proveniente del vocablo latino religare, significa ‘unir’, lazo que entraña un vínculo de empatía y solidaridad con lo viviente para hacer más amable la vida y más fecunda la existencia compartida. Eso lo sabe, lo vive y lo proclama el sacerdote Jorge Juan, que se vale de su alta formación intelectual, teológica y mística para hacer de la palabra el cauce solidario de lo que reconoce como “el hecho religioso diario”, como tituló su primer libro, fuero y cauce de su honda vocación religiosa, de su profunda convicción espiritual y de la razón entrañable que hermana a hombres, pueblos y culturas a la luz de la espiritualidad humana. 

   Por ejemplo, en su artículo “Morada de la belleza”, una hermosa y refrescante reflexión sobre el sentido estético, este iluminado pastor de lo sagrado, el sacerdote Fernández Sangrador, nos brinda un banquete espiritual con el aderezo teológico de la reflexión mediante la cual ausculta la dimensión interior de la belleza para describir y abordar el anhelo profundo del creyente, de cuyo texto reproduzco dos párrafos al final de este comentario, ya que revela la sensibilidad estética y espiritual del padre Jorge Juan. El presbítero y escritor canaliza su sabiduría divina en este y en tantos artículos periodísticos mediante los cuales ausculta el centro mismo “Donde mora la belleza” (La Nueva España, 26 de abril de 2020, p. 35), al tiempo que enseña, edifica y alienta (3).

Hondura espiritual, interiorización de lo divino y belleza mística reflejan la inteligencia sutil y la sensibilidad trascendente de Jorge Juan Fernández Sangrador, como se aprecia en el artículo sobre Etty Hillesum  titulado “La casa de Etty” (La Nueva España, 3 de mayo de 2020, p. 36). Hondura espiritual, interiorización religiosa y belleza mística proyectan sus escritos, como ese artículo dedicado a Etty Hillesum.

Elocuente texto revelador de su alta conciencia lingüística es el artículo “Lexicógrafos” (La Nueva España, 10 de mayo de 2020, p. 19).  Y el artículo sobre Julio Verne no solo es edificante y luminoso, sino oportuno y revelador de su sólida formación intelectual y su honda sabiduría espiritual (La Nueva España, 26/07/2020, p. 29).

El artículo sobre León Fleisher, que ilustra la superación física de un músico que padeció en los dedos de la mano derecha una distonía focal, aborda el ejemplo de una voluntad férrea ante una inesperada minusvalía física, y al mismo tiempo enseña, como es la intención didáctica del ilustre autor de este episodio, el impacto del sentido moral en la conciencia, índice y cauce del poder de la voluntad ante la aparición de una adversidad, que casi siempre afecta no solo en el aspecto físico y moral, sino en el aspecto material, organizativo, operativo y social, lo que sirve de motivación para no rendirse ante contratiempos y dificultades, lección de sentido moral que este artículo del padre Fernández Sangrador nos comunica (La Nueva España, 9 de agosto de 2020, p. 19).

En su artículo titulado “Kamala” (La Nueva España, 30/08/20), a pesar del costado político del tema a propósito de las elecciones en USA, fluye un enfoque objetivo, original y novedoso, índice y señal de su actitud equidistante de las pasiones humanas que dividen a los hombres.

Su hermoso y aleccionador artículo “Invisible belleza”, del 13 de septiembre de 2020, es un ánfora de sabiduría sagrada, que Jorge Juan despliega en su brillante exégesis del libro de Antoine de Saint-Exupery, El Principito, grandioso texto de honda y reveladora inspiración para hacer de la vida una veta del sentido trascendente con belleza incluida.

Desde antiguo, los contemplativos, teólogos y teopoetas inspirados en los principios fundados en la teología cristiana y la doctrina católica, han creído y afirmado que el Logos de la conciencia es una dotación divina, concepto originalmente ideado por Heráclito de Éfeso y secundado por Juan el Evangelista.  Y, desde luego, reafirmado por teólogos y poetas místicos, desde santa Teresa de Jesús hasta Karol Wojtyla, quienes confirman esa intuición espiritual, que más bien parece una revelación divina. De ahí la profunda inspiración de Fernández Sangrador, que se emparenta con la iluminación sagrada de san Francisco de Asís y la inteligencia mística de san Juan de la Cruz, dos santos inspiradores y cultores de lo divino.

En su artículo “Mortandad léxica” (La Nueva España, 25 de octubre de 2020, p. 33), el presbítero Fernández Sangrador, con su devoción por la palabra, escribió: “«Y Dios vio que era muy bueno», se repite sucesivamente en el capítulo 1 del libro bíblico del Génesis ante la contemplación de las obras convocadas a la existencia por la disposición de diversificarse y de multiplicarse, en virtud del poder que les otorgó la Palabra única, que preexiste al Universo. Ella es generadora de las otras palabras, variadas y polivalentes, por medio de las cuales esa Palabra primordial ha ido dándose a conocer, a entender y a amar, y con las que el ser humano asigna nombres a las realidades, visibles e invisibles, que se hallan ante él, pues, de no hacerlo, acabará sucediendo aquello que Carl Linnaeus advertía: «Nomina si nescis, perit et cognitio rerum» (“Si ignoras los nombres de las cosas, desaparece también lo que sabes de ellas”).

El padre Jorge Juan Fernández Sangrador es un pensador y místico de la trascendencia, como se puede apreciar en su audio sobre Marcel, una vía de comunicación -el audio- de gran impacto en la actualidad, dado a conocer el 28 de octubre de 2020, entre otros títulos y mensajes que nuestro eminente sacerdote-escritor usa para canalizar sus inquietudes intelectuales, espirituales y estéticas.

Llama la atención cómo este pensador asturiano sabe husmear libros curiosos, en inglés, francés y español, que sin ser obras de ficción lo parecen por la temática abordada y el tratamiento formal y, sobre todo, por el lenguaje impecable del sacerdote-escritor y, en la mayoría de los casos, perfila la faceta espiritual que su sensibilidad mística ausculta en temas aparentemente triviales y comunes, como el artículo del 18 de octubre de 2020 titulado “Mudlarks y el Camino de Santiago”, que Jorge Juan, con su olfato teológico, percibe la obra que inspira, el sentido que edifica y la belleza que embriaga.

El 25 de octubre de 2020 le escribí el siguiente mensaje al distinguido presbítero asturiano: “La formación intelectual pasa por una conciencia de lengua, como lo confirma usted en este artículo inspirado en el grandioso novelista castellano Miguel Delibes cuya inquietud léxica, al igual que la suya, se refleja en el amor a las palabras que el pueblo llano usa y reconoce. El proceso cambiante de los vocablos, según los cambios sociales, se manifiesta en la desaparición de voces, que pasan a formar parte del léxico arcaico de nuestra lengua, como se aprecia en su artículo “Mortandad léxica”, del 25 de octubre de 2020, publicado en La Nueva España. El texto de ilustración que usted eligió es muy apropiado y convincente, a propósito del centenario de Miguel Delibes: ««Me temo que muchas de mis propias palabras, de las palabras que yo utilizo en mis novelas de ambiente rural, como por ejemplo aricar, agostero, escardar, celemín, soldada, helada negra, alcor, por no citar más que unas cuantas, van a necesitar muy pronto de notas aclaratorias como si estuviesen escritas en un idioma arcaico o esotérico, cuando simplemente he tratado de traslucir la vida de la Naturaleza y de los hombres que en ella viven y designar al paisaje, a los animales y a las plantas por sus nombres auténticos»». Su afirmación de “que no solo se mueren los pueblos, sino también las palabras que les dieron vida”, es una verdad irrebatible que nos pone a meditar sobre la brevedad de la vida de hombres, palabras y realizaciones humanas con la consecuente cogitación sobre el sentido trascendente de la vida. Muchísimas gracias por su profundo y edificante artículo, y también por hacerme partícipe de sus escritos. Bendiciones del Altísimo”.

La profunda sensibilidad lexicográfica de Jorge Juan es una expresión de su gran empatía por las palabras, que las asume como índice y cauce de la Palabra primordial y, en tal virtud, pondera a quienes se dedican al estudio de las voces como señal de la riqueza espiritual inherente en vocablos y expresiones, como se aprecia en su artículo del 8 de noviembre de 2020, “Geólogos y geómetras de las palabras”, publicado en La Nueva España, dedicado al cultor de las palabras Alain Rey, que este destacado presbítero exalta en reconocimiento a su inmenso servicio a la cultura idiomática del sabio francés.

Su artículo sobre Ennio Morricone (“Morricone secreto: Los salmos”, La Nueva España, 22/11/20/21) revela la hondura interior de su valoración sagrada. De ese artículo reproduzco la siguiente cita: “Morricone apreciaba enormemente la extraordinaria belleza poética de los salmos. Hay en ellos “poesía escondida”, decía, cuyo origen se encuentra más allá de nuestros horizontes inmediatos, en un “Lugar” al que él confesaba elevarse con el pensamiento, y, cuando se hallaba en el trance de tener que verter esa experiencia de trascendencia en locución humana, encontraba que la poesía le resultaba más adecuada que la prosa. Estimaba Morricone que, si bien es verdad que Dios, inefable e inaccesible, se ha relacionado con nosotros por medio de la encarnación de Jesucristo, nos ha concedido, no obstante, la posibilidad de que construyamos, con el material de las palabras, aun siendo limitadas, un puente por el que podamos aproximarnos a él. Y esa función de mediación es la que realiza la poesía sálmica, que es, además, oración pura, acompañada de música, porque es para ser cantada, y de silencio”.  Hermosa, profunda y elocuente señal de la conexión del padre Jorge Juan con la sabiduría mística, que revela su inteligencia sutil. Este artículo sobre Ennio Morricone  revela, como la mayoría de sus escritos, que el padre Jorge Juan está pendiente de lo que, en el plano intelectual, estético y espiritual del ámbito cultural, periodístico, editorial, musical y religioso, sucede en Europa, con singular atención a la faceta luminosa de la espiritualidad sagrada. Índice de un espíritu atento a lo divino, y también de un misionero de la palabra que orienta, edifica y enaltece. Su intuición de lo trascendente le acompaña en cuanto observa, valora y escribe.

La sabiduría bíblica, su sólida formación intelectual y su vasta cultura literaria le dan, a los escritos del padre Fernández Sangrador, una densidad espiritual de alta estirpe sagrada. Su artículo “Biblia y literatura” (La Nueva España, 20/12/20/26) habla de cuatro escritores actuales para quienes la Biblia ha sido una fuente de su inspiración, a pesar de que se confiesan indiferentes al sentido religioso, pero reconocen el peso del texto bíblico con la moral que imprime a la vida y la visión trascendente de una elevada conciencia interior. El impacto de la Historia Sagrada en la cosmovisión y la conducta de los pueblos, subyace en el ‘hecho religioso diario’ que mueve la sensibilidad y el intelecto del sacerdote-escritor que cada semana nos ilumina y orienta, desde la tribuna periodística de La Nueva España, con su hermoso y edificante artículo de honda sabiduría sagrada y de alta valoración del aliento invisible.

El aporte literario semanal del ilustrado presbítero español aborda el fenómeno religioso y místico desde sus manifestaciones intelectuales, morales, estéticas y espirituales, sin obviar ninguna expresión social, política, científica o artística y, en cada entrega dominical aflora la luz que anida en su alma, la sabiduría que atesora su espíritu y la fecunda sensibilidad amorosa y empática de su corazón sacerdotal.

 

Bruno Rosario Candelier

Academia Dominicana de la Lengua

Moca, Rep. Dominicana, 20 de diciembre de 2020.

 

Notas:

  1. Un buen día del año de gracia de 2019 tuve la dicha de recibir la visita del gallardo sacerdote asturiano, el reverendo Jorge Juan Fernández Sangrador, en mi oficina de Moca, donde resido. Grata fue mi sorpresa cuando el ilustre presbítero, a quien conocí ese día, me dijo que había sido director de la Biblioteca de Autores Cristianos, de Madrid; que fue profesor de Teología en la Universidad de Salamanca y es el vicario general de la Diócesis de Oviedo, y autor de varios libros, entre ellos El hecho religioso diario, que me obsequió.

 

  1. El padre Jorge Juan Fernández Sangrador nació en Cangas de Onís (Asturias) en 1958 y fue ordenado sacerdote en esa misma ciudad en 1982. Doctor en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca, licenciado en Ciencias Bíblicas, por el Pontificio Instituto Bíblico, de Roma, y en Filología por la Universidad Complutense de Madrid. Es vicario general de la diócesis de Oviedo y canónigo de la Santa Iglesia Catedral. En la Universidad Pontificia de Salamanca fue director del Instituto Superior de Ciencias de la Familia, profesor de Orígenes del Cristianismo y Patrología, director espiritual del Colegio Mayor Santa María para sacerdotes estudiantes en la universidad y secretario del Curso de Teología para Sacerdotes. Dirigió la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC) y la Biblioteca de Publicaciones de la Conferencia Episcopal Española. El papa Benedicto XVI lo nombró experto para la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre «La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia» (2008), y, con fecha 10 de octubre de 2009, consultor del Pontificio Consejo de la Cultura. Su nombramiento fue renovado por el papa Francisco hasta 2021.  Es el rector-capellán de la Universidad de Oviedo y vicario general de la Diócesis de Oviedo. Laboró en varias parroquias asturianas y dirigió los centros teológicos de la diócesis. Fue distinguido con el premio de periodismo “Ángel Herrera Oria” por sus publicaciones en La Nueva España. Sus libros son los siguientes:El hecho religioso diario; La Sagrada Escritura en la Iglesia; Metodología para el estudio de Orígenes del Cristianismo y Patrología; Medicina, familia y calidad de vida; Orígenes de la comunidad cristiana de Alejandría.

3. A continuación reproduzco parte de su artículo “Donde mora la belleza”: “La actual epidemia de coronavirus ha golpeado a la Iglesia duramente en su carne, pues ella es, en el tiempo y en el espacio, la prolongación de la encarnación de Cristo, y el sentido del tacto no es ajeno a la vivencia de la fe. Para la comunidad cristiana, que reconoce la acción eficaz de la gracia de Cristo en los signos sacramentales, no es cosa menor el que sus miembros se vean privados de la posibilidad del abrazo fraterno, del contacto con las santas imágenes, de las abluciones con agua bendecida, de las unciones con los óleos consagrados y de la fuerza que se comunica por la imposición de las manos. Y, sobre todo, un cristiano no asumirá jamás el que se le prive del Pan que es alimento para el camino, fuego encendido en el corazón, generador de vida nueva y principio de inmortalidad, ni de la celebración del Día de la resurrección de Cristo, el Día del Señor”. Luego subraya: “El creyente, sin embargo, siente ganas de ver, gustar, tocar, oler y oír la belleza que ha hecho del templo su morada, anhela deambular por el atrio del santuario, deleitarse contemplando la nobleza de su construcción y la delicadeza con la que han sido manufacturados sus enseres, aspirar la fragancia que exhalan el incienso y las azucenas, ser recibido como huésped en el recinto sacro, cumplir la ofrenda más pura que quepa realizar, dar las gracias por el don inmenso de la que es vida verdadera, festejar con otros la alegría de saberse salvado, saborear anticipadamente las delicias de los bienes que se esperan y recrearse en la escucha de aquella declaración de la que Dios no se desdice jamás: «Esta es mi mansión por siempre; aquí viviré, porque la deseo» (Salmo 131)” (Jorge Juan Fernández Sangrador, La Nueva España, 26 de abril de 2020, p. 35).

Entrevista a José Enrique García sobre su novela «Taberna de náufragos»

SANTO DOMINGO, República Dominicana.- El poeta y novelista José Enrique García reveló que su más reciente novela, Taberna de náufragos, es el fruto de veinte años de trabajo literario y vivencias. La novela, que tiene como escenario a la Ciudad Colonial de Santo Domingo y algunas ciudades europeas, como la capital de Portugal, Lisboa…

—GUSTAVO OLIVO: Saludos, amigos. Ustedes sintonizan Acento TV, su espacio, de entrevistas y comentarios. Hoy contamos con la presencia de José Enrique García, que es doctor en Literatura y Filología, con estudios en República Dominicana y España. José Enrique tiene una larga trayectoria como poeta, como escritor de ficción, pero, además, es también estudioso de la literatura. Esto a propósito de este libro, el más reciente publicado por José Enrique García, Taberna de náufragos, que es un libro que, yo creo, que sienta un precedente porque es una novela, pero, al mismo tiempo, es un análisis de la sicología de los personajes, que atrapa al lector desde el principio. Bienvenido, José Enrique.

—JOSÉ ENRIQUE GARCÍA: Muchas gracias, Gustavo. Aquí, contigo.

—GO: Bien, bueno, desde que tomé este libro no pude dejarlo. Lo leí una vez y volví y lo leí. Dos lecturas consecutivas. Háblame un poco del origen de Taberna de náufragos.

—JEG: Bien. Yo publiqué Una vez un hombre, que es una novela que había escrito en España y que duró unos diez años en un cajón, y la publicó Alfaguara. Inmediatamente se publicó esa novela yo pensé en este trabajo, porque uno que se ha pasado la vida en esto… O sea, yo recuerdo que mi primer cuento lo escribí en 1970, que fue prácticamente una clase de español con Alberto Peña Lebrón y, desde entonces, yo he venido trabajado, paralelamente, poesía y cuento. Desde luego, la gente me ve más como poeta que como narrador, pero la cosa ha ido paralela.  Entonces, una obra terminada ya eso es parte de la historia. Inmediatamente uno comienza a pensar en otro proyecto, porque un escritor, la obra la lleva uno encima. Uno, constantemente, está en esto, porque esto es la vida de uno.  Entonces pensé “voy a escribir una novela, en cierto modo  diferente en cuanto a asuntos temáticos y a asuntos especiales y eso” —porque voy a situar esta novela en un espacio citadino, urbano—, porque Una vez un hombre es una novela situada totalmente en espacios rurales. Entonces, como yo he tenido en mi vida salto, viviendo en el campo que fue parte esencial de mi vida, pero otra parte en las ciudades, en Santiago, en la Capital, en España y otras partes, me dije: “voy a hacer esta novela, a situarla acá”.  Como tú sabes, una novela, o lo que uno escribe, en cierta forma es parte de los girones de su vida. Nadie escribe, aun lo soñado, aun imaginado, nadie escribe lo que no le pertenece. Entonces, esas historias, esos girones que están ahí, en cierto modo, forman parte de mi existencia.

—GO: No, yo a veces te veía en Fernando y a veces en Abelardo, los dos personajes fundamentales. Y me reía yo solo, leyéndolo.

—JEG: Sí, sí, entre Fernando y Abelardo, ¿cómo te voy a decir?, se conjugan, porque son experiencias. No es que la novela sea de experiencias en sí, que sea una cosa biográfica ni nada de eso, pero sí tiene ese soporte sustancial de la vida de uno. Por ejemplo, la taberna es imaginaria. La taberna es una sumatoria de tabernas, de espacios que uno ha vivido, es verdad. Pero el otro espacio, que es la pensión, yo viví un tiempo ahí, en esa pensión.

—GO: Como todo provinciano que emigró a la capital. Le tocó esa parte.

—JEG: Exactamente. Yo viví en esa pensión que está en La Ópera, encima, en El Conde, por allá, y ese balcón cuando comienza, es cuando tú estás desde arriba mirando el balcón hacia abajo: tú estás mirando hacia abajo, ¿verdad?, y la gente pasando de El Conde para acá, la gente para acá… Ahí comienza ese itinerario de gentes, que son personas que, de algún modo, tú los creas, pero que son, vamos a decir, conjunciones de visiones de la vida concreta que tú has vivido. Ahí hay muchas cosas que tú las ve a menudo.

—GO: Y de personas con las cuales tú vas intercambiando en tu vida. Tú vas construyendo esos personajes. Mira, es asombroso lo de Taberna de náufragos porque desde que… Hace muchos años yo leí una novela –que seguro tú conoces–, la del puertorriqueño Luis Rafael Sánchez, llamada La guaracha del Macho Camacho, que tenía la virtud de que se daba en un escenario que apenas se narraban hechos que te dijeran que hay mucha acción, el hilo de una acción, así compleja o que se da en una novela policíaca o de guerra. Sin embargo, mantenía al lector asiduo a esas páginas, La guaracha del Macho Camacho, y con tu Taberna de náufragos, sucede igual. Porque unas gentes dirán: “Bueno, esta gente confluyendo a ese lugar todos los días no es un hilo narrativo de una persona en una aventura que le ocurre esto o lo otro”. Son muchas personas a la vez y, aparentemente, no hay acción, pero las hay en cada una de esas personas que cuentan sus historias o como tú describes esos personajes en esa taberna.

—JEG: Bueno, esas observaciones que tú haces me gustan mucho. Exactamente das tú en el núcleo de la preocupación primaria. Mira, cuando yo hice esa novela, yo había escrito Una vez un hombre –que es una especie de puzle, contrapunto–. Cuando usted escribe una historia, que es lo uno crea, hay una eminencia a nivel estructural, no es contar una historia, vamos a decir, normal que todas tienen. Es una creación, tú tienes que tratar de crear, que se diga algo nuevo. Entonces, en esta novela —que es lo que tú señalas, lo que me gusta, que tú señalas eso—, una de las grandes preocupaciones mías era crear un espacio y un tiempo que no eran tiempo ni espacio tocable, visible, vamos a decir, identificable. Lo que más trabajo me dio a mí en esta novela era sacar el tiempo, y sacar los espacios de la novela para que el lector pusiese su espacio y su tiempo en la novela. Entonces, yo recuerdo —esa novela me duró veinte años trabajándola, yo hice muchas versiones—, yo recuerdo que una vez una de las versiones la llevo a Santiago, donde Rafael Castillo, que es mi amigo de toda la vida. Rafael lee la novela y me dice: “Mira, esa novela es un ritmo, esa novela es solamente un ritmo, un tono, porque aquí tú cuentas y no cuentas, y hay un susurro, eso no es ritmo, no hay historia bien definida, que se va a eso”. Y digo yo: “Es un ritmo, es un tono”. Y entonces yo me quedé pensando: “Bueno, sí, muy bien, un ritmo”. Como yo le hago mucho caso a su sugerencia, cuando vengo de allá pensando, pensando, digo yo: “Precisamente, yo andaba buscando un ritmo y un tono”, y digo “pero esto es posible porque una novela tiene que contar algo, tiene que contar una historia”. Entonces voy pensando y vengo, y cuando voy llegando por ahí por Bonao: “Ah, Samuel Becket, Esperando a Godot”. Y digo, pero lo que yo estoy haciendo es un procedimiento, lo que este hombre ha hecho. O sea, supe sacar el tiempo y el espacio para que el lector haga ese trabajo y lo ponga, eso es muy muy difícil.

—GO: Y lo difícil es lograrlo con que el lector se atrape y mantenga el interés y un interés, que lleva a uno a la ansiedad por saber qué viene.  Es un espacio, no como en las novelas convencionales —se desarrolla una acción en torno a un solo tema y un personaje o varios personajes—, sino que en ese espacio, que ya el lector se va acostumbrando a que, más o menos, tendrá los personajes conocidos, que serán temas recurrentes, sin embargo atrapa. Es decir, hay una ausencia de la acción y el hilo narrativo convencional, pero atrapa. ¿Cómo lograr eso, que supongo que es muy difícil?

—JEG: Bueno, Gustavo, muchas gracias por ese elogio que tú me das, a ese trabajo, que me justifica, en cierto modo.

—GO: Tú sabes que yo no regalo nada, ¿eh?

—JEG: Yo lo sé, por eso me regocija. Mira, yo esa novela, yo le di mucho tiempo. Comenzó con el título, Taberna de náufragos, que, generalmente, los títulos van cambiando, pero este se mantuvo, le di mucha vuelta, pero este se mantuvo. Por eso es que aparecen algunos errorcitos, porque eran tantas versiones, porque una de las preocupaciones mías era que la novela, precisamente, si no atrapa, si no mete al lector… El lector tenía que ser, prácticamente, un personaje de la misma novela. Es tan así, que hay un amigo mío, Yeyé, que me dice: “José, tengo preparada la novela para montar un teatro”, porque, sin modestia, yo pensé hacer una novela que fuera así prácticamente teatral.

—GO: Yo la vislumbré: un escenario y con esa taberna y esa cosa…

—JEG: Yo eso lo pensé, lo fui llevando a eso, a que tuviera esa plasticidad y que tuviera esos planos, que fuera una novela prácticamente montada. Pero, hay en la novela, sí, una gran preocupación formal, en sentido de que cada palabra yo la pienso, la busco, tiene que ser casi preciso lo que se busca, porque ahí es que está el soporte, realmente, en la novela.

—GO: Se nota que es un texto cincelado, para decirlo como el escultor que va sacándole forma a la madera o a la piedra, bien trabajado…

—JEG: Exacto, bien trabajado.

—GO: …Y demuestra, además, tus amplios conocimientos de diversas áreas de la cultura, que no siempre uno capta en muchos escritores, que solo es texto, solo es narración; pero aquí se nota un bagaje interesante del autor.

—JEG: Sí, porque al fin y al cabo nosotros somos parte del mundo. O sea, nosotros pertenecemos al mundo y, por lo tanto, lo que ocurre en el mundo lo hacemos nuestro. Ahí hay como tú señalas, muchas sugerencias, muchos deslices textuales dominicanos, sobre todo de la lengua. Y hay una cosa muy intencional, lo que voy a subrayar: yo creo que una novela es una creación, si vale la pena es algo que se le agrega al mundo. Por consiguiente, tú no puedes reproducir textualmente, o sea, herméticamente lo que existe. En la novela hay una serie de procedimientos factóricos, sobre todo en reproducir procedimientos estructurales, diversos, que es propio de la tradición. Ahí hay algo de teatro, ahí hay mucho diálogo, hay una serie de recursos que yo fui puliendo. Bueno, el que quiere narrar, que narre como quiera: un inicio, un desarrollo, un desenlace. Pero esto no es así, yo trabajé muchos esos elementos estructurales, de modo que la novela, aunque eso no lo vean tan visible, pero hay muchas cosas yuxtapuestas, a nivel, vamos a decir, cuestiones formales, pero que son sustanciales porque una novela está sustentada en una estructura, específicamente de una estructura. Toda creación es una estructura. Ahí hay, en Taberna de náufragos, conjunciones de procedimientos antiguos y muy modernos y hay sugerencias. Si tú te das cuenta, estos dos personajes son recurrentes, porque es que hay un problema: la lengua, la literatura en lengua española está fundada, está sustentada por El Quijote, básicamente, que es la novela que marca toda la modernidad y, si se puede ver, ahí hay rasgos de esa novela no visibles, pero a nivel estructural los hay. Y, desde luego, tú vas viendo de esos procedimientos estructurales, aspectos estructurales antiguos hasta los muy modernos, que es lo que hay ahí; desde luego, sin perder, creo, algo esencial que es: nosotros, nosotros, lo que somos. O sea, los espacios dominicanos, la esencia dominicana en cierto modo, el mundo dominicano, está ahí, “entreverado, amalgazao”, con referencias culturales, que son propias de nosotros también. Eso es parte de ese entramado.

—GO: Interesante el ambiente como tú lo describes, tanto en la pensión como en la propia taberna, en el bar, esa recurrencia de los personajes. Y, ciertamente, yo creo que el nombre viene muy bien porque todos, de alguna manera, eran náufragos en sus aventuras personales, algunos con mayores éxitos que otros, sus frustraciones descargaban ahí, ¿verdad? No faltaba esa parte malsana del ser humano: aquel que envidia al otro o no le reconoce su talento, todas esas cosas que se dan. Cómo es que se llama el personaje que leyó el libro —que ahora no recuerdo el nombre—, el hombre viejo que tú describes que lee un libro desde un atril y que algunos se quedaron como diciendo: “¿Y qué’jehto?”.

—JEG: Bueno, eso es interesante. Eso es un homenaje que yo le hago a un escritor dominicano amigo.

—GO: Anjá.

—JEG: Sí sí. Es un escritor que yo reconozco, que aprecio mucho y que yo tuve la oportunidad de aportar en la puesta en circulación de un libro. Ahí hay muchos susurros de James Joyce.

—GO: Sí sí. Interesante todo aquello, porque en la forma él no usaba signos de puntuación, prácticamente, ni nada.

—JEG: Sí sí. Eso es una, vamos a decir, una especie de … una anécdota que me pasó. Y yo dije: “Bueno, yo voy a reproducir a mi modo esto que yo vi en los años 70 aquí, en El Conde, por ahí”. Fue la puesta en circulación, que realmente sucedió, lo que pasa es que eso está todo modificado.

—GO: Obviamente.

—JEG: Está todo modificado. Entonces yo, en cierto modo, le hago un homenaje a ese amigo mío, con eso, porque es un escritor muy importante.

—GO: Si las cosas fueron así, fue muy doloroso para él, si las cosas fueron así.

—JEG: Fue un poco incómodo eso. Y eso fue de los últimos capítulos, de los últimos ajustes que yo hice en la novela, en esto. Pero no fue… Bueno, fue una especie de, si tú quieres, una crítica, dentro de la crítica a la misma novela que yo hice allí. Mira, al mismo tiempo que te hablo de los homenajes, hay mucha gente que yo pongo allí: Freddy Gastón Arce, lo presento ahí, porque es amigo mío, lo presento ahí, aparece Freddy como personaje.

—GO: Me parece que, más o menos, sé cuál es el personaje de él.

—JEG: Sí sí. Pero fíjate lo que ocurre, Gustavo, con esta obra, por eso yo te dije que el título se mantuvo siempre. Yo tengo algunos amigos que me dijeron: “que taberna…”. No pude quitarle el título.

—GO: No, pero yo creo que viene muy al caso.

—JEG: Muy al caso, porque al final de todo, el núcleo central de la novela es esa, vamos a decir, esa convocatoria final de la vida que se hace de manera natural, aunque uno no la empuje. Nosotros estamos empujados, necesariamente, a convivir los últimos tiempos ya en un espacio donde nos vemos nosotros de una forma, si se quiere, diferente, pero que está allí presente, que es, no solamente el discurrir, sino el diluir la misma vida. Eso es inexorable. Estos personajes se encuentran allí, aquí en este espacio — estamos hablando de personajes que pasan de los cincuenta, sesenta años, estamos hablando de eso—.

—GO: Sí, todos tienen historias ya dilatadas.

—JEG: Exacto. Todo el mundo tiene una historia dilatada, y esas historias, convocadas, reunificadas, dan todo un panorama epocal y de una u otra forma le toca. No es que nosotros fuimos bien por la vida o que no fuimos, ¿entiendes? Es que…Yo recuerdo, en eso, un verso famoso de Octavio Paz que dice: “Voy por tu cuerpo como por el mundo”, y no se sabe ni cómo fue que tú pasaste por el mundo. Entonces, aquí, en esta novela, se recogen las historias y se va tejiendo un drama, que al final es el drama de todos, porque es una novela, en cierto modo, con un cierto aliento existencialista que, hasta cierto punto esa no era su intención, pero que lo hay, porque la vida es eso: convocamos a la vejez, por un lado, hasta con la muerte.

—GO: Claro, la literatura no es ajena al análisis introspectivo de cada ser humano, al examen de las ideas con uno mismo.

—JEG: Exactamente. La novela, hay una línea que dice: “de todo el existencialismo me quedo con esta palabra, omitiéndose el otro”, algo así.

—GO: Eso es sartreano. Sartreano es eso.

—JEG: Sí, sartreano. El estudio al final, esta novela vivifica una cosa que es inevitable: que nos encontramos con lo bueno y lo malo al final, con las felicidades o no felicidades. O sea, hemos andado el mundo como nos tocó, como tuvimos que hacerlo, bueno o malo, y nos reunificamos al final, porque al final todo pasa, todo se diluye y quedan, quizá, ese temor mínimo que es encontrarse con nosotros.

—GO: José, ¿cómo ha estado la salida de la novela? ¿Se ha estado distribuyendo bien?

—JEG: Sí, en España la puse a circular y ha tenido mucha crítica, digo muchos comentarios buenos que me han llegado desde Sevilla. Y aquí se ha vendido mucho la novela, de esos ejemplares que yo traje aquí —que no fueron muchos, porque fue una edición que yo saqué, un poco apresurada, para poner a circular en el congreso de ASALE, en Sevilla—, pero la novela ha tenido una muy buena recepción.

—GO: Vas a hacer una edición nueva, supongo. ¿Verdad?

—JEG: Sí, voy a hacer una edición nueva porque tiene algunos problemitas, algunos errores breves, algunas cositas que le voy a corregir. Pero eso tendrá el próximo año, una nueva versión de la novela y a ponerla a circular de una forma más —después que pase todo esto—, con más sentido. Porque ¿qué ocurre?, Gustavo, es un proyecto de años. Una novela no se escribe: “Voy a escribir una novela hoy y voy a escribir una novela mañana”.

—GO: No. Solo hay que pensar que Cien años de soledad, García Márquez dice que duró 20 años pensándola y haciendo anotaciones, y cinco escribiéndola, 25 años.

—JEG: Sí. Desde luego, después que está hecha ya le pertenece a todo el mundo, uno ya va pensando en otra cosa, pero mientras uno esté en eso tiene que hacer la obra lo mejor que tú puedas, lo mejor que se pueda. Yo voy a decirte esto, realmente: yo tengo dos novelas, estoy escribiendo algo, por ahí, a ver qué sale. Nuestro país necesita, diez o quince novelas respetadas, que sean leíbles, vamos a decir, que sean leíbles. Porque ya lo decía Alejo Carpentier: “El que puede escribir una novela en su país que lo haga porque el país necesita eso”, porque en cierto modo esas novelas son las que nos representan, lo que somos”, ¿entiendes? Y no es que uno sea un novelista, pero…

—GO: No, no, eso ya queda, es un aporte invaluable, para el presente y para el futuro. Muchas gracias, José, ya tendremos que reunirnos y vernos de manera personal cuando todas estas cosas cesen y que se permitan los encuentros.

—JEG: Sí, exacto, cuando todo esto pase. Muchas gracias. Un placer.

—GO: Muchas gracias. Y les invito a los amigos a que busquen el libro y lo lean, que lo van a disfrutar.

ACENTO TV: (https://www.youtube.com/watch? 21de octubre de 2020.

Que la tierra te sea leve, querido Linche

(https://www.diariolibre.com/opinion/lecturas/que-la-tierra-te-sea-leve-querido-linche-FI23097064  4 de diciembre de 2020

 

 

Por José Rafael Lantigua 

 

Desde pequeño en Moca lo consideraban un niño prodigio. Se había graduado de bachiller a los dieciséis años, escribía periodiquitos de uno o dos ejemplares para mostrarlos a familiares y amigos, recibía las mejores notas escolares, hablaba inglés perfectamente y yo siempre he bromeado recordando que fue el primer amigo que conocí portando una chequera personal cuando todavía era un muchacho como todos nosotros. Lo vi un día en su casa firmando un cheque de dos pesos para alguien y corrí impresionado a mi hogar a contárselo a mi mamá. Parecen detalles insignificantes hoy día, pero no era habitual en nuestra aldea común y, tal vez, en cualquier otra parte del país pelonero en que nos tocó vivir y desarrollar nuestra niñez y adolescencia.

Con tan sólo doce años, en el apogeo de Elvis y Chubby Checker, formó un grupo de Rock and Roll junto a Luis Ovalles. Lo llamó “The Ready Boys” (Los chicos listos) y el fungía de cantante principal puesto que en Moca sólo dos personas sabían inglés, él y Rafael Toribio, a quien todos conocíamos en la comarca como “Rafa el cómico”. Posteriormente, Linche –como siempre lo llamamos sus amigos y compueblanos– fundó otro grupo musical, al que Luis Ovalles se une y del cual surgen “Los Juveniles”, una orquesta que causó furor durante años en todo el Cibao, extendida luego a Santo Domingo. Linche ya no fue parte de este grupo pues había comenzado sus estudios en la UCMM de Santiago, pero solía subirse a la tarima en cualquier fiesta para hacer coro y tocar la güira o la tumbadora. Llegó incluso a componer un merengue que hizo fama en honor de Cipriano Bencosme, el guapo mocano que enfrentó la intervención norteamericana de 1916 y la dictadura de Trujillo en sus inicios. Sencillo, jovial, inteligente, sin poses, con un humor contagioso, pleno de anécdotas, a pesar de su posterior ascenso como funcionario académico de la UCMM en Santiago, solía atravesar la ciudad vestido de árbitro, desde su casa en la calle Colón hasta el play de los padres, como todos conocían al amplio espacio deportivo de los salesianos, para “ampayar” un juego de fútbol. En más de una ocasión, episodio que pocos han de recordar, con equipos casi rupestres de la única emisora de radio que poseía Moca entonces, transmitíamos y narrábamos los partidos de fútbol que se realizaban allí, desde la azotea del colegio Don Bosco. La emisora de radio quedaba en un campo de Moca, que hoy está incorporada a la zona urbana, El Caimito, y hacia allí caminábamos a diario durante un tiempo –finales de los sesenta– para hacer un programa a las cinco de la tarde que tenía muy buena audiencia. El 25 de diciembre de 1968, día de Navidad, velamos hasta el alba –junto a Elba Russo y José María Hernández que había regresado de París, quien luego se casaría con Sonia Guzmán Klang– a dos amigos de nuestro grupo que fallecieron en un accidente de tránsito mientras viajaban a Salcedo a dar una serenata a una muchacha de allí que uno de ellos cortejaba. Linche y yo nos salvamos porque acordamos ir más tarde, pero no nos esperaron.

Era Miguel Adriano, como firmaba entonces, un imprescindible en todas las actividades de la mocanidad que le fue tan suya, tan propia. Siempre hacía bromas con él porque le decía que cambió su nombre luego de que se comenzó a leer y a comentar la novela de Marguerite Yourcenar Memorias de Adriano que él me envió un día de regalo con Miguel Gómez, el chofer que nos condujo a todos por años de Moca a Santo Domingo y viceversa, con una simple nota, muy típica de él: “Lee eso”. La novela había sido publicada en 1951, pero de un momento a otro resurgió con fuerza en los años setenta. Hoy figura entre uno de mis libros preferidos de todas las épocas. Lo mismo pasó con otro libro. Yo tenía 17 años cuando él se apareció en mi casa de Moca y me dijo lo mismo: “Lee eso” y agregó: “Luego comentamos sus pormenores”. Era La tierra escrita de Aída Cartagena Portalatín, nuestra compueblana y amiga, que en ese poemario, lleno de claves, refería aspectos familiares y comarcales (“Este es un libro testimonio y yo no puedo mentir”). Posteriormente, Linche, actuando como editor, fue el responsable de que se conocieran dos piezas claves de dos escritores mocanos, para lo cual contó con el respaldo del ayuntamiento de Moca: las Tradiciones Mocanas de Elías Jiménez, y el poemario Solazo de Octavio Guzmán Carretero. A inicios de los setenta, a instancias de Bruno Rosario Candelier que había llegado de estudiar en España, ambos fundaron el Ateneo de Moca, del que fui miembro, y organizaron los famosos coloquios que reunieron entonces, para promover el debate, a las principales figuras de la literatura dominicana.

Desde pequeño compartimos el interés por el periodismo y colaboramos con distintos periódicos locales y nacionales, hasta que en 1973 fundamos “El Viaducto”, del que sólo salieron cinco ediciones. Fue el periódico número 100 en nuestro pueblo (dato que aportó Linche que era el joven historiador de la mocanidad, junto al veterano don Julio Jaime Julia), donde el periodismo siempre fue muy activo llegando a tener, en épocas distantes a la nuestra, un diario y varios semanarios. Antes de este periódico provinciano, en 1970 ambos propusimos públicamente la creación de un Instituto de la Juventud, con la finalidad de orientar a los jóvenes y de facilitarles fuentes de formación al estilo de uno que habíamos conocido por publicaciones de Costa Rica. Don Rafael Herrera nos dedicó dos editoriales que nos abrirían las puertas de la “fama”, pero desistimos de la propuesta cuando vimos que podíamos ser utilizados en un proyecto que nos nació a los dos sanamente y que algunos sectores de izquierda entendieron que “hacía juego al gobierno de Balaguer”. Víctor Gómez Bergés tenía entonces su propio partido, el Movimiento Nacional de la Juventud, era amigo nuestro y de nuestras familias, y algunos confundieron ambas cosas. El proyecto además era inviable en un gobierno como el de Balaguer. Con los años nos reiríamos de lo acontecido, y ambos creíamos que ese Instituto de la Juventud fue el preludio de lo que sería, muchos años después, la Secretaría de Estado de la Juventud. Linche llegaría a dirigir el diario La Información, estuvo entre los fundadores del diario El Día, escribía para Ultima Hora, laboró en la revista Rumbo y terminó su carrera periodística como director de Diario Libre.

La complicidad en diferentes proyectos nos unió desde muy jóvenes. Desde actos lírico-culturales, como se llamaban entonces, hasta la organización de la Feria Internacional del Libro, donde siempre fue mi asesor number one, como le decía. En la adolescencia, conseguía los long play o LP, aquellos discos grandes de vinilo de los que aún conservo muchos. Gracias a él disfrutábamos, junto a amigos comunes, devotos de la música que gustábamos en esos años inolvidables, de genios musicales que hoy sólo podrán tener presente algunos coleccionistas. Conformábamos una logia muy exclusiva de simpatizantes y seguidores de esa legión que formaban la orquesta de Percy Faith (The Song from Moulin Rouge, Theme for Young Lovers); Ray Conniff, otro instrumentista de excepción que popularizo el famoso Lara’s Theme, tema musical de la película Doctor Zhivago, y que se distinguió por interpretar música latina (Bésame mucho, El día que me quieras, La bamba); Engelbert Humperdinck, un crooner británico de origen indio que inmortalizó canciones con las que crecimos en nuestro circuito cerrado musical (Release Me, After the Lovin); el gran Gene Krupa, que era entonces toda una sensación por ser el primer baterista solista de la historia; el Bob Dylan que comenzaba a rastrillarnos la poesía en sus canciones sin que lo reconociéramos como tal hasta decenios después y que por entonces era un simple cantautor folk (Blowing’ in the Wind, A Hard Rain’s a Gonna Fall) y entre muchos más, la música y los intérpretes criollos que nos encandilaban, donde el puesto de principalía lo tuvo siempre la súper orquesta José Reyes de nuestro compueblano Papa Molina, su distintivo opening y aquellas instrumentalizaciones mágicas de la música de Glenn Miller –otro de nuestros favoritos– con su inolvidable Serenata a la luz de la luna, o del merengue Por ai María se va, que creo fue original de Antonio Morel, la big band que le hacía frente a la del maestro Papa. Mocanos los dos, por cierto.

Viví cada paso de su noviazgo con Himilce, con quien tuvo sus primeras hijas. Infaltable a todos nuestros convites, los domingos no contaran con él porque ese día se lo pasaba en La Vega tras su amada. Así vivió él cada paso de mi perseguimiento tenaz para “levantarme” a la niña casi imposible de conquistar con la que he de cumplir cuarenta años de casados el año entrante. Linche fue el poeta que le cantó cuando ella fue presentada en sociedad en el Club Recreativo de Moca a sus quince años, pero entonces yo no la conocía. Mi mujer guarda ese poema como una reliquia. Nunca nos distanciamos. Tengo en archivo todas las cartas que me escribiera mientras estudiaba en Filadelfia, Pittsburgh y West Virginia donde me contaba de sus avances, de sus lecturas, de sus aventuras, de sus sueños de regresar a su país para poner en ejecución lo aprendido en las universidades norteamericanas. Tendría tanto para hablar de él y de nuestra amistad de toda la vida. Un sentido de fraternidad que cubrió a muchos prosélitos, porque siempre fue fiel al amigo como lo fue a sus principios, y a la memoria de sus padres, doña Amparo, la mejor pastelera de Moca que, a su vez, fue una digna educadora y dueña imbatible de todas las grandes fiestas de sociedad, de las bodas y cumpleaños de postín, y don Miguel, apacible, recto, ecuánime; y de la memoria de su hija que perdió apenas nacer y a quien siempre le quiso reiterar públicamente su amor y que habrá sido la primera, junto a sus padres, que ha ido a recibirle con los brazos abiertos en la morada definitiva de los justos. Hace dos semanas le pregunté cómo estaba viviendo sus días de jubilado. Me respondió que no se sentía bien, lo que atribuía a cambios de medicación. Me invitó a cenar junto a Miguelina, mi esposa, y Justina, la suya, en su casa, una vez mejorara para festejar sus 72 años de vida que cumplió el mismo día de su partida. Tres días después me envió, como lo hacía cuando éramos jóvenes, el libro reciente de Barak Obama. Disfruta, querido Linche, la tierra prometida. Y como acostumbrabas a concluir en tus editoriales, cuando despedías a alguna personalidad de nuestro país: que la tierra te sea leve.

 

Libros 

Cultura Política 

Adriano Miguel Tejada

Taller, 1994

398 págs.

Reunión de sus artículos en Ultima Hora, publicados entre 1991 y 1993. Su gran obra como escritor la escribió en las páginas de diarios y revistas. Legados de cultura, de principios y valores inalterables.

 

Diario de la Independencia 

Adriano Miguel Tejada

CPEP, 2007

350 págs.

Reeditado varias veces, este libro sigue, paso a paso, los sucesos previos y posteriores al grito de febrero de 1844. Narrados con lenguaje periodístico para llegar a todos los públicos.

 

El ajusticiamiento de Lilís 

Adriano Miguel Tejada

CPEP, 1999

105 págs.

Su casa familiar queda justo al lado de la casa de Jacobito de Lara donde fue ajusticiado el dictador Ulises Heureaux. Adriano se convirtió en el historiador de ese suceso de su vecindad.

 

La prensa y la guerra de abril de 1965 

Adriano Miguel Tejada

Academia de la Historia, 2016

209 págs.

Los primeros cinco días de la revolución abrileña vistos desde las páginas de diarios y revistas nacionales y extranjeras que dieron cuenta, de distintas formas, de aquel importante acontecimiento histórico.

 

Los AM de Diario Libre 

Adriano Miguel Tejada

Búho, 2020

650 págs.

El último libro de Adriano, que no llegó a presentar formalmente a causa de la pandemia. Compilación de sus artículos en la famosa columna “Antes del meridiano”, de 2004 a 2019. Reflexiones de la última parte de su carrera periodística.

 

 

La lengua y el texto literario

Por Rita Díaz Blanco

   La lengua es por excelencia un sistema complejo que nos permite comunicarnos. Esa es su misión principal. Su vinculación con el desarrollo del lenguaje y el pensamiento es innegable, pero la lengua trasciende al individuo. Desde el momento en que el hombre quiere comunicarse: codificar y decodificar el mensaje, la lengua se socializa. La socialización implica la escuela, el salir del grupo familiar, el poder entenderse y asumir hábitos diferentes a los familiares, en definitiva, el poder abandonar el código restringido. En todo sistema de lengua encontramos la norma que posibilita que dicho sistema de lengua permanezca pese a los usos individuales de habla. La lengua es la materia prima de la que se vale el creador, en nuestro caso, el escritor. Y este, no está de más recordarlo, utiliza la lengua de su entorno, la lengua de la que se vale para su comunicación, la lengua que le es propia para la expresión de sus circunstancias, la lengua que le es propia para expresar el mundo que le ha tocado vivir, en fin, se vale de su lengua socializada y de lo que representa para sus creaciones, para que estas tengan vida en la órbita dispuesta.

Mucho antes de la aparición de la Lingüística como ciencia, la Filosofía había tratado el problema de la relación entre la palabra con la realidad objetiva, es decir, el problema de la referencia o denotación, aunque como polémica incrustada en otra superior: la posibilidad del conocimiento. Ya Platón reconoce que el nombre no es el medio para conocer la esencia de las cosas ya que para conocerlas hay que partir de las cosas mismas y no de los nombres que las designan, que son sus meras imágenes. Aristóteles retoma la polémica y dice que las palabras no son el vehículo idóneo para conocer la esencia de algo. Para él, la palabra es el símbolo convencional que a través del pensamiento le damos a la cosa sensible.

Esta será la opinión que prevalecerá hasta la llegada de Ferdinand de Saussure, para quien la palabra es un signo que consta de expresión y contenido; es el concepto mental que tenemos de una realidad concreta o abstracta. El significado del texto es el contenido lingüístico actualizado por el habla, la designación, la referencia de los significados actualizados en el texto a las realidades extralingüísticas. El contenido conceptual de un texto no coincide con el significado ni con la designación de las palabras de forma individual; es decir, lo que el texto quiere decir, es la suma de sus unidades léxicas y gramaticales.  La designación o denotación, es decir, el valor informativo-referencial de un texto, constituye un primer nivel de significación.

Si pasamos ahora al terreno de la literatura, diremos que las obras literarias están hechas de palabras, como también lo están los textos científicos y los producidos en la cotidianidad, y que estas palabras tienen un significado determinado. Para autores como T. Todorov, la connotación es un fenómeno que engloba todas las significaciones no referenciales. Hjemslev nos permite afinar un poco la definición de este fenómeno. Para la glosemática hjemsleviana, el signo es el resultado de la relación entre la forma de la expresión y la forma del contenido. Si consideramos a esta como una primera relación del sistema, que, a su vez, funciona como plano de la expresión de un segundo sistema, podemos considerar al primer sistema como el plano de la denotación, y al segundo, de la connotación. Por ejemplo, si tomamos la palabra gallo, tendremos un primer nivel de significación: animal, ave, doméstica, variación de colores, tamaño, etc. Pero si tenemos en cuenta otra característica de este animal, como la valentía, la actitud rebelde y conquistador frente a las mujeres y decimos de alguien que es gallo, estamos uniendo el primer sistema al segundo sistema, como una especie de trasferencia semántica, por afinidad de comportamiento. Para comprender el segundo sistema, es necesario atravesar por el primero y al hacerlo, creamos a partir de esta unión un nuevo significado (hombre valiente, conquistador). Asimismo, podrían aparecer otros significados unidos por lazos socioculturales. La denotación, sería, entonces, el valor informativo-referencial, regulado por el código, y la connotación, el valor añadido, regulado también por un código. Pero el código es el código de una comunidad de hablantes y ninguna comunidad es homogénea.

Si se quiere entender la poesía o la narrativa de un autor,  solo el lector que posea el código denotativo como base, puede escalar a lo connotativo que le permite entender que perteneciente al equivalente, así podrá captar el valor extra del enunciado. Y ese código es uno muy concreto: el del idioma hablado en  un lugar determinado. Esta información externa constituye un marco en el que se inserta una palabra, un hecho, una escena, una referencia, etc. Dicho de otra manera, es una estructura de datos para representar conceptos almacenados en nuestra memoria. No es difícil suponer que estos bloques de conocimiento son de naturaleza social. Así, un hablante del español dominicano que lea un texto sobre el carnaval esperará encontrar información sobre el colorido, las cuevas, los latigazos, la música estruendosa, los vejigazos, el ruido, etc. Y la asociación con la experiencia es inevitable. Cuando se encuentre con la extensión del significado en: La oficina se convirtió a medio día en un carnaval, sabrá que del término objetivo se tomó una sustancia valorativa para señalar el ruido o el comportamiento fuera de lo habitual en un lugar que suele ser tranquilo y calmado. Estos dos procesos actúan de forma simultánea y permiten la comprensión. Así, cuando leemos el repique de la campana de la iglesia, podríamos pensar en un funeral, veríamos en nuestra psiquis la secuencia del velatorio, la congoja, el color negro…  y si en la misma iglesia suena la marcha nupcial, esperamos a la novia, vestida de blanco, dirigiéndose al altar. Podemos hacer esto porque en nuestro archivo mental se halla registrado un tipo de rito social como es una escena de boda o un funeral. Ahora bien, cuando las expectativas que genera la aparición de determinada información no se cumplen, se produce un shock que realza el estado de alerta, alterando la química de las emociones. Además, puede ocurrir que, a pesar de tener el esquema previo, el lector no comprenda las pistas que le da el autor para entender. Se puede dar el caso de que el lector entienda un significado del texto, pero posiblemente no el ofrecido por el autor. En este caso, entenderá el texto pero no al autor, es decir, entenderá lo que dice el texto pero no lo que este quiere decir. Algo parecido ocurre en literatura. En la novela Por quién doblan las campanas de Hemingway, en el capítulo 2 se lee: — ¿Y cómo es esa mujer, la mujer de Pablo? —Una bestia —dijo el gitano sonriendo—. Una verdadera bestia. Si crees que Pablo es feo, tendrías que ver a su mujer. Pero muy valiente. Mucho más valiente que Pablo. Una bestia.  En este caso, el cortocircuito provoca el humor, que es un producto de expectativas distintas a las esperadas.  Los textos literarios operan desde el pensamiento en imagen que deriva en la creación de una realidad estética. La lengua aparece al servicio de la expresión de lo sensible, lo sublime, lo intuitivo a través de la prosa creativa y fabulada y del lenguaje poético. La palabra se consigna, entonces, en percepción del mundo que traduce el artista en una experiencia renovadora.  Bruno Rosario Candelier, en la obra El ánfora del lenguaje (2008) plantea un decálogo de la creación, que aunque lo contempla dentro de las leyes del poema, considero aplicable 9 de ellas a toda creación literaria:

  • Pensar en imágenes
  • Crear una realidad estética
  • Vincular el contenido a elementos de la Naturaleza
  • Asociar las percepciones de lo real a varios sentidos
  • Testimoniar la voz personal de la intuición estética
  • Asignar un carácter simbólico a referentes comunes
  • Crear una realidad verbal estética y autónoma
  • Canalizar el torrente irracional de lo imaginario
  • Articular la estructura organizativa

Desde Grecia, la palabra con sentido poético  estuvo vinculada a los dioses: oportunidades que venían desde lugares sagrados, envolvían casi inconscientemente al creador y le hacían producir realidades que a veces no podían explicar. Lo que sí es indiscutible es que el literato es un ser con altos dotes de sensibilidad, un estado alterado de la conciencia y gran capacidad creativa. Utiliza la palabra para recrear y crear con estética singular. Si vemos en Rubén Darío la búsqueda nostálgica que durante siglos ha cargado el ser humano en las entrañas, ese anhelo profundo, pero a la vez tierno de compenetración consigo mismo y con las cosas que le rodean. Un reconocimiento piadoso de la mortalidad; no es una queja vulgar, es un canto a la imperfección humana:

“Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,

y más la piedra dura porque esa ya no siente,

pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,

ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,

y el temor de haber sido y un futuro terror…

Y el espanto seguro de estar mañana muerto,

y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,

y la carne que tienta con sus frescos racimos,

y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos, ni de dónde venimos!…”

 

Lo hermoso del texto poético es que las palabras sacuden el alma del lector. He ahí su grandeza, su valor sublime. Palabras a favor del cultivo del espíritu, de las cualidades intelectuales, pues para crear necesitamos del conocimiento, a favor de la compenetración con el  Cosmos, la noche, la lluvia, las estrellas, con uno mismo. El literato vive y testimonia el mundo con su creación. Se puede decir que la comunicación humana tiene lugar en la confluencia de una intrincada red de canales interrelacionados, que se refuerzan mutuamente, a veces con un importante grado de redundancia. La comunicación verbal es el medio más importante para comprender información acerca de nuestros conocimientos, tradiciones, cultura; es también el principal vehículo del pensamiento.

 

Referencias bibliográficas:

-Darío, Rubén (2016). «Lo fatal», en Rubén Darío, Del símbolo a la realidad. Real Academia Española. p154.

-Gil, José María (2001). Introducción a las teorías lingüísticas del siglo XX. Melusina, Argentina.

-Rosario Candelier, Bruno (2008). El ánfora del lenguaje. Santo Domingo,  Academia Dominicana de la lengua. p. 57-67.

La palabra en la valoración de las cosas

Por Luis Quezada Pérez

 

  1. EL PODER DE LA PALABRA

Quiero iniciar mi exposición con un párrafo clarificador y muy penetrante del Dr. Bruno Rosario Candelier, en un ensayo titulado “El estudio de la lengua y el cultivo de las letras”, recogido en su libro El lenguaje de la creación: “La palabra confiere un singular poder al hablante con conciencia de la lengua:

  • un don para nombrar las cosas;
  • un poder para conceptualizar ideas;
  • una convicción para edificar con la verdad nuestra conciencia;
  • un vehículo para diseñar la visión del mundo;
  • una dotación para testimoniar nuestra valoración de las cosas
  • un talento para crear una nueva realidad verbal con belleza y sentido.

Como filosofo me atrevo a decir que las primeras 4 manifestaciones del poder de la palabra entran dentro de la categoría del LOGOS, que solamente incluye la EPISTEME, es decir, la VERDAD; solamente la quinta, planteada por BRC entra dentro de la categoría del ÁGAPE, que incluye la ÉTICA Y LA ESTÉTICA. Esta última categoría (la axiología de las cosas por la Palabra) solamente es alcanzable si superamos el LOGOS como finalidad del SER y lo convertimos en mediación para llegar al ÁGAPE.

  1. EL SER COMO FUENTE DE LA PALABRA

Los filósofos cuando reflexionamos sobre algo, siempre vamos “al principio”, a la “arché” como decían los presocráticos en el siglo VI a.C. Seré telegráfico en mi exposición, por razones de tiempo. El tema fontanar de la filosofía es el tema del SER.

En toda la tradición filosófica griega, desde el siglo VI a.C.,

  • El SER es LOGOS, es decir, comunicación.
  • El LOGOS es PALABRA, es decir, expresión.
  • La PALABRA es la expresión del SER.
  • El LOGOS existe por el NOUS.
  • El NOUS es el pensamiento. El hombre es el ser-que-piensa. Como decía Heidegger, “el hombre es el ser que se pregunta por el Ser”. Porque piensa, piensa el ser. El NOUS no solamente piensa sino que nos piensa, y porque piensa, todo es.

Como filosofo me atrevo a decir que este es el HORIZONTE FILOSÓFICO PLANTEADO POR LA MODERNIDAD Y LA POSMODERNIDAD. La filosofía del siglo XXI, si quiere liberarse de “la cárcel de Hegel” (el mayor sistematizador de la modernidad), debe dar el salto a la TRANSMODERNIDAD, que nos lleva a superar el LOGOS como finalidad del SER y convertirlo en MEDIACIÓN DEL SER PARA ALCANZAR EL ÁGAPE. Aquí me inscribo en la tradición levinasiana y de la filosofía latinoamericana de la liberación.

Sin este salto LA VALORACION DE LAS COSAS POR LA PALABRA no deja de ser solamente epistémica, y no trasciende a lo ético y estético.

 

  • EL LOGOS DESARROLLA LA CONCIENCIA Y ESTA SE FORMALIZA A TRAVES DEL LENGUAJE

Bruno Rosario Candelier, en su obra El lenguaje de la creación, reflexiona con gran clarividencia lo siguiente:

  • “Debemos al LOGOS el desarrollo de la CONCIENCIA”.
  • “Las expresiones de la CONCIENCIA el LOGOS la formaliza en el LENGUAJE”.
  • “El LOGOS funda la ENERGÍA INTERIOR DE LA CONCIENCIA”.
  • “Esa energía interior de la conciencia canaliza la PALABRA, atributo exclusivo de la condición humana”.

Como filosofo puede decir que todo lo anterior es verdadero, pero sigue siendo una verdad a medias. El gran problema de envergadura del pensar filosófico lo constituyen los trascendentales del ser: la verdad, la bondad y la belleza, o para decirlo de otra manera, la episteme, la ética y la estética. Son tres hermanas que troquelan el SER. El gran problema de la filosofía desde los presocráticos hasta hoy es que las tres hermanas que deberían ser iguales, se deshermanaron y la episteme convirtió en hermana mayor y con derecho a vasallaje a la ética y a la estética.

El vasallaje de dos trascendentales en favor de la episteme, trajo la dictadura del LOGOS en el pensar filosófico. El LOGOS se convirtió en la finalidad del SER y no en la MEDIACIÓN para llegar al ÁGAPE. Esa es la gran desconstrucción que tiene que realizar la filosofía del siglo XXI con relación a 2,500 años de pensamiento filosófico centrado en el LOGOS.

 

  1. EL PROBLEMA NO RESUELTO ENTRE LA FILOSOFÍA DEL SIGLO XX Y DEL SIGLO XXI 

Pienso que el siglo XX fue la última expresión y la crisis de la MODERNIDAD iniciada desde el siglo XVI por Descartes, fundamentada críticamente por Kant, sistematizada por Hegel, desglosada fenomenológicamente por Husserl y llevada a su hontanar ultimo por Heidegger. La MODERNIDAD llegó sencillamente a esto: EL SER ES LOGOS. Y eso es verdad, pero no toda la verdad. La TRANSMODERNIDAD LLEGA A LA CONCLUSIÓN DE QUE EL logos NO ES EL fin del ser, sino medio para llegar a algo. El LOGOS es MEDIACIÓN, no FINALIDAD. Entonces, ¿cuál es la finalidad? Si lo fuera a cifrar en una sola frase, diría así:

EL SER ES LOGOS PARA LLEGAR AL ÁGAPE.

Si el SER es LOGOS como finalidad, nos quedamos en el SABER.

Si el SER es LOGOS para llegar al ÁGAPE, alcanzamos entonces la SABIDURÍA.

La Filosofía, desde siempre, no ha sido curiosamente “amor al SABER”, sino “amor a la SABIDURÍA”. Pero no ha llegado a esta porque se quedó ESTANCADA EN el Logos y no alcanzo el ÁGAPE. De ahí que Levinas le da una vuelta al planteamiento etimológico de la palabra filosofía y la visualiza no como amor a la sabiduría, sino como sabiduría del amor. Hace una verdadera inversión epistemológica que convierte al LOGOS en MEDIACIÓN y al ÁGAPE en FINALIDAD. Creo que este es el salto cualitativo que puede dar la filosofía del siglo XXI con respecto a la del siglo XX y toda la tradición de 2,500 años, hasta entroncar con los presocráticos y sobre todo con Heráclito de Éfeso, que inventa la palabra LOGOS como constitutivo sustancial y teleológico del SER.

 

LA PALABRA SOLAMENTE SERÁ VALORACIÓN DE LAS COSAS CUANDO SE HAYA DADO EL SALTO DEL LOGOS AL ÁGAPE” 

Pienso que la genial intuición de BRC consiste en que su propuesta estética basamentada en el Interiorismo sin darse cuenta provoca una ruptura con toda una tradición filosófica cuyo mayor límite del SER era el LOGOS. El Interiorismo no desemboca curiosamente en lo mítico ni en lo metafísico, que son hijos de la episteme y por tanto del LOGOS, sino que desemboca en la mística, que es hija de la ética y la estética. A veces lo siento entrampado en el LOGOS, pero se sacude y termina visualizando al final del túnel, que la luz del LOGOS es estéril si no nos conduce al ÁGAPE. Sé que este planteamiento puede crear muchas ronchas conceptuales, pero me atrevo a ponerlo sobre el tapete para que ulteriores discusiones arrojen más luz sobre lo que apenas ha sido brevemente esbozado.

Solamente así la PALABRA no será solamente NOMBRAR LAS COSAS, CONCEPTUALIZAR LAS COSAS, EDIFICAR VERAZMENTE LAS COSAS, DISEÑAR LA VISIÓN DE LAS COSAS, sino también y sobre todo testimoniar la VALORIZACIÓN DE LAS COSAS y crear una nueva realidad verbal con belleza (estética) y sentido (ética).

 

Los presbíteros Espinosa y Moscoso, dos prohombres de la Iglesia católica

Por Bruno Rosario Candelier

 

El padre Pedro Alejandro Batista (1) es uno de los grandes genealogistas de la República Dominicana. Su obra monumental, Genealogía y personalidad de Nicolás de Jesús Cardenal López Rodríguez (2019) confirmó las sobresalientes dotes de investigador genealógico del presbítero santiagués. Y a ese dato intelectual se suma el dominio de la palabra con la cual este ilustre varón de la Iglesia Católica enaltece no solo su consagración sacerdotal sino también el oficio de la creación verbal.

Lo primero que llama la atención, de esta valiosa obra del padre Batista, es la fotografía de la portada del libro Espinosa y Moscoso, que revela la imagen de una procesión al salir de la iglesia de San José de las Matas, tomada el 21 de enero de 1946 por Nene Peralta, en la que unos monaguillos, al salir del templo religioso, inician el desfile por las calles principales del pueblo con la participación de los feligreses y el cura celebrante del oficio sagrado con la presencia y la alegría fervorosa de los parroquianos de la comunidad serrana. Imagen de una época y signo de una fe en la que niños, adultos y mayores fundaban sus vidas con la firme creencia en la Divinidad.

Sabe nuestro agraciado genealogista husmear entre viejos documentos de los archivos parroquiales para hallar la información pertinente, el dato preciso y la constancia de la acción sacerdotal en capillas, parroquias y catedrales. Sabe el padre Batista valorar el dato antropológico, histórico y cultural cuando se encuentra con una joya genealógica en su investigación, que lleva a cabo con la paciencia y la constancia necesarias para dar con nombres y referencias de alto valor histórico y documental. Y tiene la inmensa dotación intelectual y la inagotable capacidad de trabajo para curcutear entre viejos y raídos papeles hasta dar con la información anhelada que una inteligencia adiestrada y luminosa, como la suya, sabe auscultar, desentrañar y ponderar con los datos obtenidos en archivos, cartas, memoriales, actas de nacimientos, bautizos, matrimonios y otros textos de añeja valencia informativa para la ciencia de la genealogía.

Con su abierta sensibilidad empática para orillar los meandros de la palabra que registra los hechos del pasado, el padre Pedro Alejandro Batista va más allá de las referencias genealógicas y aborda, con su olfato histórico, las implicaciones antropológicas, parentales, sociales, religiosas y culturales de las familias cuyo pasado curcutea entre sus ascendientes y descendientes para mostrar un panorama sociográfico de nombres, hechos, personas  y ambientes de una comunidad en torno a una parroquia, que como institución eclesial, recoge, documenta y aporta los datos de matrimonios, nacimientos, bautizos, confirmaciones y celebraciones eucarísticas con la participación de padres, hijos, compadres, familiares y feligreses de una demarcación parroquial de la Iglesia Católica en la República Dominicana.

Abordar lo que ha ocurrido en una familia, una parroquia o una comunidad es lo que se llama intrahistoria, es decir, la historia interna de un conglomerado humano, de un hogar o de una institución. En esta valiosa obra genealógica, el padre Batista enfoca la intrahistoria de la parroquia de San José de las Matas en el siglo XIX al estudiar la vida y el ejercicio sacerdotal de los presbíteros José Eugenio Espinosa Azcona y Manuel de Jesús Moscoso Rodríguez, plasmada en el libro Espinosa y Moscoso (2) en cuyas páginas conocemos no solo la trayectoria de estos dos grandes varones de la Iglesia Católica, sino la idiosincrasia, los perfiles y la trayectoria de una parroquia, un pueblo y varias familias dominicanas a través de esta radiografía de un ejercicio sacerdotal.

En efecto, en esta obra genealógica del padre Pedro Alejandro Batista se proyecta un paneo sociológico de la realidad histórica, antropológica, religiosa, idiomática y cultural del pueblo dominicano en tiempos de los sacerdotes Espinosa y Moscoso a la luz de su ejercicio sacerdotal en San José de las Matas, y a su través, el autor presenta una visión panorámica de la historia de Santiago de los Caballeros y Santo Domingo de Guzmán, como se puede apreciar en la siguiente cita: “En su obra Santiagueses ilustres de la colonia, su autor, Manuel Antonio Machado y Báez, dibuja el Santiago de principios de siglo XIX. Él lo describe en los siguientes términos: El año 1810 está saturado de romanticismo. Hay un remozamiento cultural. La juventud de entonces andaba por los vericuetos de los enciclopedistas. La actividad literaria florece ahora en las veladas hogareñas. José Cruz Limardo pinta admirablemente esta época de Santiago. Sus costumbres, sus mujeres, sus paisajes, sus tertulias en la residencia de los Julia, los Espaillat, los Portes, los Pichardo, los Del Monte. Sin embargo, fruto de la situación político-social, se da una fuerte emigración hacia los países vecinos, especialmente por las invasiones haitianas de 1801, 1905 y 1822. En 1801 los primeros que emprenden el camino de la emigración son Lucas Pichardo y Juan de Portes” (Pedro Alejandro Batista, Espinosa y Moscoso, p. 14).

El siguiente pasaje, estremecedor y angustioso, muestra la barbarie de los invasores haitianos contra la población dominicana, anticipo de la cruenta masacre del fatídico “degüello de Moca”. He aquí lo que se narra de Santiago: “El drama es patético y desolador, pues al entrar Henri Cristophe y su contingente el 26 de febrero de 1805 a Santiago, la ciudad queda desolada, no es posible subsistir, desaparecen todas las formas de cultura. Se ejecuta una política de persecuciones y represalias. No respetan nada, ni las mujeres, ni los niños, ni los ancianos, ni los templos. Violan las muchachas. Pasan a cuchillo a los prisioneros. Persiguen implacablemente a los patriotas. Incendian la ciudad. Los hogares están enlutados. El cielo entristecido. Nadie está seguro. Solo se oye el grito de los moribundos en esta noche de fines de febrero y el chasquido del látigo de la soldadesca entregada al pillaje. Santiago es una ciudad en capilla. La sombra negra del dominador pone trágico dolor en los corazones santiagueses” (Pedro Alejandro Batista, Espinosa y Moscoso, p. 15).

Advierte el autor de esta edificante obra que la terrible masacre sufrida por los santiagueros impactó la sensibilidad de Espinosa cuando era un adolescente, tragedia que nunca olvidaría. Y señala que su vocación sacerdotal sería estimulada por el hermano de su madre, el sacerdote Juan López, quien lo bautizara cuando era el párroco de la parroquia de la Villa Nuestra Señora del Rosario, de Moca. Del padre Juan López, quien fuera el primer párroco de la Iglesia Nuestra Señora del Rosario de Moca, escribe: “La ascendencia levítica del padre Espinosa era tanto paterna como materna; paterna por el vicario Luis Espinosa, clérigo y presbítero en la ciudad de Campeche, México, quien era a su vez tío de José Espinosa y Ortega, padre del presbítero Espinosa. Así mismo por la línea materna por el padre Juan López, párroco de Moca, tío de su madre, María del Pilar Azcona López. Por eso podemos afirmar que el padre Espinosa llevaba el sacerdocio ministerial en la sangre” (Pedro Batista, Espinosa y Moscoso, p. 16).

En la página 33 de esta obra el padre Batista refiere que fray Pedro Gerardino no fue decapitado en el degüello de Moca, como informan algunos historiadores y yo mismo consignara en mi novela El degüello de Moca, sino que fue atrapado y enviado en calidad de prisionero a Haití, como consta en la siguiente relación: “Hace el tiempo de veinte y seis años que soy Comandante Militar de esta común, en los diversos gobiernos que se han sucedido por sus acontecimientos, pero no he sido nunca autor de revoluciones, sino seguir el correr de las cosas que no pueden curarse: estoy en la edad de sesenta años, hijo de padres cristianos. He profesado siempre la más ciega obediencia y respeto a los sacerdotes. Mis esfuerzos por sacar del cautiverio de entre los indígenas desde el año 1805, hasta el 5 de octubre de 1806, al padre Fray Pedro Gerardino, que estaba en Juana Méndez, aunque cooperé como uno de los segundos Gefes” (Pedro Alejandro Batista, Espinosa y Moscoso, p. 33). En nota al pie de esa misma página, el padre Batista recuerda que a los haitianos les llamaban “indígenas”, y añade que, contrario a lo que afirman los historiadores, el padre Gerardino no fue asesinado en el degüello de Moca, sino hecho prisionero y llevado a territorio haitiano.

En esa misma época se desempeñaba como capellán el padre Juan Vásquez, que ocupa un lugar en la historia literaria dominicana por la quintilla que escribiera a finales del siglo XVIII, en alusión a la indefinición de nuestra nacionalidad en esa etapa dolorosa de esta isla, que empeoró con la invasión haitiana a nuestro país. De ese sacerdote dice la leyenda que murió quemado en la iglesia de Santiago cuando los haitianos incendiaron la ciudad cibaeña. Las letras de la famosa quintilla son las siguientes: “Ayer español nací,/ a la tarde fui francés/ en la noche etíope fui./ Hoy dicen que soy inglés. / No sé qué será de mí”.

Además de las referencias genealógicas, sociales y culturales, hay varios datos léxicos que dan cuenta del habla de los dominicanos en siglos pasados, como el uso de voces del caudal patrimonial del castellano antiguo, entre las cuales anoto maravedíes (p. 90), pesos fuertes (p. 91), sobrino carnal (p. 93), hábito talar (p. 97), tonsura (p. 98) y congrua (p. 98). También se pueden apreciar voces del lenguaje popular. Por ejemplo, del vocablo “orilla” nace “orillero”, que en el español dominicano alude al tipo vulgar de los barrios pobres. En efecto, la palabra orilla alude a los barrios distantes del centro donde viven los pobres, de la que nace “orillero” para aludir al populacho y al tigueraje, según queda ilustrado en esta obra. En efecto, cuando el autor pone su mirada en la capital dominicana alude al detalle curioso de la iluminación de la ciudad de Santo Domingo, y aporta el dato que refiere Navarijo, novela de Francisco Moscoso Puello, pariente del segundo sacerdote protagonista de esta obra del padre Batista, como lo fuera el padre Manuel de Jesús Moscoso. He aquí una muestra: “La iluminación de la ciudad, además de la Luna, era con una escasa cantidad de faroles de gas, que se apagaban a la medianoche en las orillas y permanecían encendidos hasta el amanecer únicamente en los barrios céntricos. Sin embargo, esta iluminación era tan insuficiente que dejaba la ciudad envuelta en tinieblas y por la ausencia de los faroles algunos sitios en las noches sin Luna permanecían completamente oscuros” (Pedro Alejandro Batista, Espinosa y Moscoso, p. 61).

La ciudad de Santo Domingo, pequeña, tradicional, con costumbres pueblerinas, mostraba una vida modesta, aunque había un pequeño sector de la alta clase con su estilo peculiar de existencia. Sobre el discurrir de la ciudad, anota nuestro autor: “El Santo Domingo de 1885 era una ciudad pobre, humilde y tranquila, donde se oían frecuentes toques de cornetas, se rezaba un poco y casi no se hacía nada. Los habitantes eran sencillos, honestos y pudorosos. Como único esparcimiento tenían sus fiestas de barrio y sus procesiones. Una o dos veces al año asistía a una corrida de toros, a un circo de maromas o iban al teatro. Era una aldea sin pretensiones y todavía sentía temor de Dios” (Pedro Alejandro Batista, Espinosa y Moscoso, p. 61).

Aflora en nuestros conciudadanos el sentimiento prohispánico, opuesto al sentimiento antihaitiano, que sigue dominante en la mayoría de los dominicanos: “Su sentimiento españolista y aversión haitiana se reflejaban en sus conversaciones, las cuales influyeron en sus descendientes. Sentía gran admiración por el Gral. Pedro Santana, los consideraba un libertador, pues echó a los haitianos del país” (Pedro Alejandro Batista, Espinosa y Moscoso, p. 63).

Refiere esta obra la epidemia de la viruela que generó una mortal pandemia en todo el mundo, de la que los dominicanos no se libraron: “El 7 de abril de 1881 aparecieron los primeros ataques de viruelas en Santo Domingo. Ya en el mes de febrero se habían registrado varios casos en Puerto Plata y Santiago. De Santiago pasó a Moca y de ahí a San Francisco de Macorís. Esta epidemia trajo innumerables calamidades. La mortalidad fue muy alta, la gente se moría en un abrir y cerrar de ojos, a veces sin asistencia médica. A los atacados los envolvían en hojas de plátano para que no se les pegaran las sábanas. Se hicieron rogativas, os templos se llenaban de gente que iban a rezar y oír misas que las personas pudientes mandaban a decir. En la familia de los Moscoso le tocó sufrirla al futuro presbítero Manuel de Jesús. Su madrastra, Sinforosa Puello, se encargó de él mientras estuvo enfermo. Según cuenta Francisco Eugenio, su madre decía que “Jesús era una llaga viva en medio de la cama. Fueron muchas las noches que en mi casa no se durmió, velando a Jesús. A todas horas estaban pendientes de La Misericordia y tenían que se presentara en la casa a sacar a Jesús apenas agonizara” (Pedro Alejandro Batista, Espinosa y Moscoso, p. 65).

En esta importante obra del padre Batista vemos una descripción de uno de los rasgos culturales de las familias ‘acomodadas’ de la época, como la que reflejaba una velada social, mientras las muchachas de la casa toca el piano en una reunión familiar: “El día de las Mercedes, 24 de septiembre de 1884, a la hora de la cena, mi madre no quiso ir a la mesa. Estaban en mi casa reunidas algunas personas, como todos los años, oyendo tocar el piano a las muchachas, tomando licores para celebrar ese día, en unión de Jesús, capellán del templo. Mi padre celebraba esta fiesta todos los años” (Pedro Alejandro Batista, Espinosa y Moscoso, p. 68).

La referencia a los levantamientos armados en tiempos de Concho Primo era un signo de esa época levantisca y tormentosa, que el padre Batista registra en esta obra genealógica: “Su hermano Abelardo, que siempre fue un dolor de cabeza para la familia por sus inclinaciones políticas y su temperamento extrovertido, hizo sufrir mucho a su familia cuando desaparecía de la casa, fruto de los levantamientos guerrilleros de la década de los ochenta. El padre Moscoso, su hermano, le escribió una carta a su padre para informarle sobre su hermano Abelardo, quien fue a parar a San José de las Matas huyéndole a los levantamientos. En este sentido escribió su hermano menor, el Dr. Moscoso Puello: Una mañana se recibió en mi casa una carta del Cibao. Mi hermano Jesús le participaba en ella a mi padre que Abelardo estaba con él desde hacía días. El misterio quedó aclarado. Aunque Jesús no decía las causas por las cuales Abelardo se encontraba en San José de las Matas, todos en mi casa comprendieron. Se había escapado de Azua, sin duda, por temor a ser perseguido” (Pedro Alejandro Batista, Espinosa y Moscoso, p. 69).

 

 

El autor de esta obra consigna, al mostrar el documento de bautismo de José Eugenio Espinosa, el dato del incendio del archivo parroquial de Santiago a manos de los depredadores haitianos, encabezados por Jacques Dessalines, y también figura el nombre del padre Juan López, primer sacerdote oficiante en Moca, quien sirvió como padrino del coprotagonista de esta obra del padre Batista: “Yo, el infrascrito, certifico en debida forma que sirviendo la Tenencia Cura de Santiago de los Caballeros, en el año de mil setecientos noventa y nueve, nació Eugenio, hijo legítimo de Don José de Espinosa y de Doña María de Pilar Azcona, a quien como Teniente de Cura de aquella parroquia bauticé solemnemente, siendo su padrino el presbítero Don Juan López y a de parte legítima con motivo de haber fenecido el Archivo de dicha parroquia en el incendio general, cuando la entrada del negro Dessalines, pongo la presente y la firmo en Santo Domingo a treinta de enero de mil ochocientos once años” (Pedro Alejandro Batista, Espinosa y Moscoso, p. 86).

Ya dije que en esta obra genealógica encontramos el registro diacrónico de voces patrimoniales del castellano antiguo, como pesos reales, fuertes y maravedíes, usados por notarios del siglo XIX: “Según aparece de la retasación que nuevamente, quedando reducido su valor a seis mil ochocientos sesenta y seis pesos, cuatro reales, que deben también soportar el gasto de doscientos fuertes, que se le computan suficientes para su reparo y desde luego cumpliendo con dichas providencias e instrucciones del poder que tiene, adjudica en pago al Sr. Don José Joachin del Monte cuatro mil ciento noventa y un pesos, seis reales y cuatro maravedís a la parte legada que corresponden a su legítima madre y demás que constan de tres documentos que también irá inserto en este instrumento, y a Doña María Navarro dos mil quinientos cuarenta y tres pesos, siete reales, diez maravedís, que todo importa seis mil setecientos treinta y cinco pesos, cinco reales, catorce maravedís” (Pedro Alejandro Batista, Espinosa y Moscoso, p. 91).

En esta obra su prestante autor refiere la llegada del padre Moscoso a San José de las Matas y cita la referencia que al respecto presenta el investigador matense Piero Espinal Estévez: “El ilustrado presbítero don Manuel de Jesús Moscoso, de la Capital, está entre nosotros. Las diferentes cartas de recomendación que respecto de él hemos tenido el gusto de recibir se expresan todas de este modo, poco más o menos: Moscoso es una bella adquisición. Patriota, ilustrado, progresista y bueno en toda la significación de la palabra. Va a derramar allí todo el caudal de su bella moral en esa hermosísima tierra del genio y la libertad. Salve, pues, al nuevo mensajero de progreso y de luz. Va para San José de las Matas. Guarde ese pueblo bien tan preciosos tesoro” (Pedro Alejandro Batista, Espinosa y Moscoso, p. 217).

Una carta del padre Moscoso a monseñor Fernando Arturo de Meriño, arzobispo de Santo Domingo, revela su precaria salud y su siempre disposición de servir a la iglesia: “He recibido su carta en fecha 12 del mes en curso, por la cual me concede licencia para pasar a la Capital. Nadie puede sondear el porvenir. Cuando solicité esa licencia, aunque me encontraba quebrantado, creí que al recibo de ella estaría en perfecta salud y dispuesto para marchar. Mas, eso me figuraba y así no puede ser. Por un lado, mis quebrantos (el pecho), que aunque leves, pero me han extenuado y el ánimo se resiste a caminar una jornada tan larga y tan pesada. Por otro lado la Cuaresma, que tiene mucho que trabajar: ella es como un campo que hay que ararlo para que en él germine la fe purísima del Evangelio. De suerte, que si V. a bien lo tiene, voy a dejar el viaje para pasada la Semana Mayor. Sus chinchorros están en mi poder, yo se los llevaré con más cuidado que otro cualquiera. El zinc de la iglesia está comprado, puede emprenderse en este mes el trabajo. Mande como guste a su sincero servidor. Pbro. Manuel de Jesús Moscoso (Pedro Alejandro Batista, Espinosa y Moscoso, p. 245).

Uno de los datos interesantes de esta obra es la consagración del templo de San José de las Matas por el arzobispo de Santo Domingo, monseñor Adolfo Alejandro Nouel, acto en el que el párroco de dicho templo era el padre Moscoso, conforme refiere esta hermosa descripción del 2 de junio de 1907: “Una hora antes de la llega (del arzobispo Nouel), el general Félix Zarzuela, con una numerosa comitiva de jinetes, y el párroco Revdo. P. Moscoso, se hallaban esperando. Después de los saludos y presentaciones se dirigió la comitiva al pueblo, que estaba adornado con una gran profusión de ramas de flores naturales y de papel en todas las calles y banderas en todas las casas. La dicha y el regocijo popular eran indescriptibles. Las campanas tocaban con alborozado y alegre repiqueteo. La víspera de la bendición del templo, empezaron a afluir infinidad de personas de otros pueblos y contornos. El bullicio era inmenso, el contento rayano en delirio: música, cohetes, bailes, el ir y venir de los jóvenes, el estrépito de las risas, fiestas del amor, todo alegría” (Reseña del periódico El Diario, del 7 de junio de 1907, citado por el autor de esta obra. Pedro Alejandro Batista, Espinosa y Moscoso, p. 281).

Quiero, finalmente, consignar en la valoración de esta investigación genealógica la grata impresión que me produjo la foto que preside la portada de este libro del padre Batista, con el esplendor de una fotografía admirable. La fotografía de la portada es ilustrativa, reveladora y sugerente. De esa preciosa gráfica infiero siete aspectos importantes: 1. El estilo arquitectónico del templo, formato usual en los siglos XVIII, XIX y XX en nuestro país, conforme la descripción de edificaciones eclesiásticas de esas épocas. 2. La foto de portada, que retrata una procesión católica en San José de las Matas en 1946, ilustra una imagen visual de la costumbre ritual que a su vez reflejaba la inmensa fe de la población dominicana a la luz de la espiritualidad cristiana. 3. El uniforme de los niños (pantalón negro, camisa blanca) y los vestidos de las mujeres (casi todas de blanco) era una manera de asistir a los oficios sagrados del templo con la devota unción de una honda fe religiosa. 4. El amplio espacio perimetral contiguo al templo, con árboles incluidos, servía de atrio del templo y esparcimiento a los feligreses. 5. El panorama visual que refleja la foto de la celebración religiosa de un pueblo, índice del respaldo masivo de los feligreses cuya presencia evidencia y enaltece el ideario espiritual de la catolicidad. 6. La imagen de la foto refleja el testimonio, vivo y elocuente, de la fe de una comunidad, como la que sembraron y motivaron los dos consagrados sacerdotes que inspiraron esta obra del padre Batista, como fueron los presbíteros Espinosa y Moscoso conforme explica y detalla nuestro agraciado genealogista, el eminente intelectual oriundo de Mata Grande, el también presbítero y escritor Pedro Alejandro Batista. 7. Por último, y no menos importante, la foto de marras presenta una panorámica de un singular escenario, que el arte de la fotografía capta y graba en una imagen a blanco y negro cuyos datos sensoriales se conservan contra el proceso fugaz y transitorio del tiempo, vértice y cauce de cuanto sucede en la vida, testimonio congruente plasmado en esta singular obra del gallardo sacerdote.

   Relato de la trayectoria existencial de estos dos consagrados correligionarios del sacerdocio, el padre Pedro Alejandro Batista reconstruye (3), en su indagación genealógica, la vida de estos dos consagrados sacerdotes, uno de Santiago, José Eugenio Espinosa, y el otro de Santo Domingo, Manuel de Jesús Moscoso, dos grandiosos presbíteros que sembraron la simiente de la religiosidad católica en San José de las Matas, el primero durante la primera parte del siglo XIX, y el segundo al final de esa centuria decimonónica y comienzos del siglo XX. Loor y gratitud a esos dos prohombres de la iglesia, y reconocimiento reverencial al ilustre genealogista matense de la arquidiócesis de Santiago, el reverendo sacerdote y acrisolado investigador Pedro Alejandro Batista.

 

Bruno Rosario Candelier

Academia Dominicana de la Lengua

Moca, Rep. Dominicana, 21 de noviembre de 2020.

 

Notas:

  1. El padre Pedro Alejandro Batista (Mata Grande, San José de las Matas, República Dominicana, 1968) es un destacado genealogista y sacerdote diocesano de la arquidiócesis de Santiago de los Caballeros. Tiene dos licenciaturas, una en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, de Santiago, y otra en Ciencias Religiosas por el Seminario Pontificio Santo Tomás de Aquino, de Santo Domingo. Inició su ministerio sacerdotal en 1997 en el Seminario Menor San Pío X y fue párroco de las parroquias San Isidro Labrador, de El Rubio en San José de las Matas, y de Nuestra Señora del Rosario, de Moca. Fue profesor de Historia de la Iglesia en el Seminario Pontificio Santo Tomás de Aquino. Además de su sagrado ministerio sacerdotal, el padre Pedro Alejandro Batista se ha consagrado a la investigación histórica en busca de los troncos genealógicos de importantes figuras nacionales, siendo su primera obra en esta rama de la historiografía su libro Genealogía y personalidad de Nicolás de Jesús Cardenal López Rodríguez (Santo Domingo, Amigo del Hogar, 2019), que presentamos en Moca.
  2. Pedro Alejandro Batista, Espinosa y Moscoso, Santo Domingo, Ed. Argos, 2012.
  3. En su obra Genealogía y personalidad de Nicolás de Jesús Cardenal López Rodríguez, el padre Batista enseña que el padre Juan López Fernández de Barrios, quien fuera el primer párroco de la parroquia Nuestra Señora del Rosario, de Moca, lumbre y crisol de la Mocanidad, figura entre los antepasados del ilustre mitrado que enalteciera a la Iglesia Católica con su servicio sacerdotal y su consagración episcopal al frente del Arzobispado de Santo Domingo.

 

Genealogía y personalidad del cardenal López Rodríguez

VALORACIÓN DE LA OBRA DEL P. PEDRO ALEJANDRO BATISTA

 

Por Bruno Rosario Candelier

   El inspirador de este libro del padre Pedro Alejandro Batista (1), Nicolás de Jesús Cardenal López Rodríguez, es el eminente purpurado dominicano que fuera arzobispo de la Arquidiócesis de Santo Domingo. En esta presentación voy a ponderar la obra genealógica del distinguido presbítero cibaeño que fuera párroco de la Iglesia Nuestra Señora del Rosario de Moca.

Este libro de investigación genealógica es una obra fundamental para conocer el pasado de nuestro pueblo, documentar la historia de Moca y precisar el origen de la familia López Rodríguez cuya máxima figura lo es el cardenal dominicano. Hay datos, referencias y múltiples detalles sobre la historia de nuestro pueblo que se conocen a través de la intrahistoria familiar o mediante el estudio de las personalidades que el padre Batista aborda en esta obra genealógica cuyo centro de atención es la genealogía y la personalidad del cardenal López Rodríguez, el protagonista que atizó la curiosidad por los orígenes, como la tiene el padre Batista, que quedó subyugado por la personalidad del protagonista de su investigación genealógica.

El cardenal López Rodríguez consignó en sus palabras de agradecimiento al agraciado presbítero que exploró los orígenes de su familia lo siguiente: “Como es natural, tratándose de un experto en genealogía, al parecer al padre Batista se le ocurrió de inmediato la generosa idea de investigar a profundidad, por los medios a su alcance, las raíces históricas de mi familia; por lo menos a partir del momento en que los López y los Rodríguez comenzaron a establecerse en la parte Este de la Isla de Santo Domingo, mediante sucesivas migraciones europeas, especialmente de las Islas Canarias, las cuales tuvieron lugar con posterioridad al descubrimiento y la colonización de América. Es digno de mención el hecho de que, como resultado de ese loable esfuerzo, el padre Batista ha realizado una labor encomiable, sobre todo si se tiene en cuenta lo difícil que es en nuestro país tener acceso a ese tipo de datos e informaciones, principalmente debido al precario estado de conservación en que se encuentran numerosos archivos nacionales. Esto equivale a decir que, si el propósito perseguido por este sacerdote era el de darme una sorpresa muy agradables, ciertamente lo ha logrado con creces” (2).

Quien hace una investigación genealógica automáticamente se remonta a los orígenes del asunto de estudios, es decir, se instala en la etapa inicial de un hecho o de una persona, y en este caso particular, donde se explora el origen de una persona, dicha búsqueda puede ser de una familia o de un pueblo. El hecho de rastrear los orígenes de una persona supone un trabajo de investigación inmenso. Yo me imagino las horas de trabajo, de estudio, de exploración, de curcuteo en los archivos y documentos que hizo el padre Pedro Alejandro para confeccionar este libro porque cuando el lector lo tenga en sus manos se va a dar cuenta de tantos detalles genealógicos y la organización precisa, secuencial, de un antepasado al siguiente hasta llegar a la actualidad. El hecho de organizar el origen de tantas familias mocanas en esta obra es para preguntarse: ¿Y cómo pudo encontrar el padre Batista tantos datos genealógicos? ¿Qué virtud tiene el padre Batista para olfatear el dato preciso que dé cuenta de un detalle de manera que sirva como identificador del decurso de un personaje, que nos revele la idiosincrasia de un pueblo, que manifieste aspectos históricos, lingüísticos, antropológicos en su estudio genealógico de tantas familias para dar como resultado esta obra que se llama Genealogía y personalidad de Nicolás de Jesús Cardenal López Rodríguez?

Con relación a su investigación genealógica, nuestro investigador eclesiástico responde a la inquietud de conocer su motivación para abordar esta rama de la historiografía: “Desde que llegamos a Moca en el año 2009 como párroco de la Iglesia Nuestra Señora del Rosario, comenzamos a organizar el archivo parroquial que estaba muy deteriorado y fuimos ordenando las informaciones de las familias mocanas. En el año 2011 invitamos a su eminencia, Nicolás de Jesús Cardenal López Rodríguez, para que asistiera el 30 de septiembre a las patronales que se celebran del 28 de septiembre al 7 de octubre, día de la patrona. En medio de una amena conversación, nos dijo que sus cuatro abuelos eran nativos de Estancia Nueva y que descendía de los canarios. Al ver su interés por conocer dichos ancestros, nos motivamos a estudiar más profundamente su genealogía, y es así como surge este trabajo. En el año 2012 tuvimos la oportunidad de visitar y entrevistar en su hogar a la señora Altagracia de Jesús López Salcedo, la tía paterna más joven del Cardenal, que nació en el año 1913 en Barranca, La Vega. Ella nos comunicó que sus ascendientes eran de origen canario, que vivían en Estancia Nueva de Moca y luego se mudaron a Barranca, La Vega, en la década de 1910. De sus ocho hermanos, los primeros cuatro nacieron en Moca y los últimos cuatro en Barranca, siendo ella la última. También nos afirmó, como nota curiosa, que tuvo la suerte de montar el ferrocarril de La Vega a Moca en el gobierno de Horacio Vásquez.  Para conocer la genealogía y la personalidad del cardenal López Rodríguez, hay que remitirse a sus orígenes genealógicos, los cuales se remontan a las inmigraciones canarias de los siglos XVI al XVIII, realizadas por disposición de la Corona Española a los pueblos del Nuevo Mundo, a fin de repoblar las islas que estaban siendo despobladas, o en algunos casos, como el de la Hispaniola, proteger las fronteras de las amenazas de piratas y corsarios, y en otras para el trabajo agrícola” (3).

Al hablar del cardenal López Rodríguez, naturalmente se trata de una personalidad carismática como, sin duda, lo es el eminente purpurado dominicano, un hombre de iglesia con un peso histórico, cultural, eclesiástico y pastoral en nuestro país por el vigor intelectual, moral, religioso y espiritual que había heredado de su familia. En esta obra del padre Batista podemos apreciar el tremendo influjo de una familia en la formación de un niño, en el desarrollo de una persona, en la evolución de una personalidad que asume y proyecta un ideal de vida a través de su conducta, su palabra y su obra.

Para ponderar la importancia de este libro quiero señalar y comentar algunos aspectos relevantes de esta obra de investigación que a continuación enumero.

En primer lugar, en este libro encontramos los orígenes del cardenal dominicano que se remontan al presbítero Juan López Fernández. Una primicia reveladora es el dato de que dicho sacerdote es el primer párroco de la iglesia de la Villa Nuestra Señora del Rosario de Moca. Descubrir y revelar ese dato, una genuina primicia de esta obra, es un aporte importante de este libro del padre Batista para la historia de la Iglesia Católica en Moca y para la historia de nuestro país. ¿Por qué hago esa afirmación? Por lo que eso implica para el conocimiento del pasado de la parroquia Nuestra Señora del Rosario de Moca; para conocer la historia misma de Moca y, desde luego, para tener una idea del trayecto original del primer cardenal de nuestra amada Iglesia Católica.

Nuestro sacerdote-escritor descubre, en segundo lugar, la línea levítica del purpurado dominicano, lo que implica dos facetas importantes en la vida de nuestro cardenal: ese entronque levítico revela una singular tradición, es decir, la vocación clerical del propio mitrado, con todo lo que eso implica en su trayectoria espiritual, porque viene de una tradición religiosa, da continuidad a la tradición de un pasado fundado en una génesis eclesiástica; y además, ese entronque levítico entraña una vinculación genética con la raza judía en términos genealógicos.

Al respecto escribe nuestro sacerdote-escritor: “Al abordar la faceta religiosa, veremos la línea levítica del cardenal, desconocida en su mayoría por el propio cardenal, su familia y la de los involucrados. Esta comienza por el lado de los López en el mismo siglo XVIII con el presbítero Juan López Fernández de Barrios, quien sirve como primer párroco de la Iglesia del Rosario, la más antigua de Moca, y cómo sigue esta línea con su sobrino y ahijado, el P. José Eugenio Espinosa Azcona, la cual continúa con su sobrino el P. Emilio Santelises y, de este, su nieto el P. Ricardo Santelises Pellerano. Además, con los hermanos presbíteros Honorio y Santiago Liz Salcedo, y más contemporáneamente con Mons. Hugo Eduardo Polanco Brito, P. Pascual Torres Torres, los hermanos presbíteros José Benito y Luis Daniel Taveras Hernández, y Mons. Freddy Antonio Bretón Martínez. Por el lado de los Rodríguez, con el P. Plinio Comprés Fermín, sdb y, posiblemente antes, con el P. Joaquín Rodríguez Grullón. Esperamos que su lectura cautive a sus familiares, que son numerosos, así como a todos los que sentimos cariño y respeto por su trabajo tesonero y celo pastoral al frente de la Arquidiócesis de Santo Domingo por casi 35 años. Para los que sintieron en algún momento resabio, vean en la profundidad de su corazón un hombre que ama a su patria y ha sido capaz de defenderla desde los años mozos de seminarista, cuando, precisamente, según algunos testigos, era uno de los que estaba en una lista del espía de Trujillo en el seminario para ser asesinado, por su posición vertical en contra de dicho régimen. Esta lista fue encontrada por dos seminaristas que entraron a la habitación del espía del régimen” (4).

Nuestro acucioso investigador señala el parentesco del cardenal López Rodríguez con los tres presidentes mocanos que nuestro pueblo ha dado al país. Y su conexión con otras personalidades, héroes políticos de nuestra historia y con diversas familias con las cuales tiene vínculos colaterales. En esta obra el presbítero Pedro Alejando Batista da todos los aspectos, todos los detalles, todos los datos concernientes a esa singular condición, patriótica y legendaria, familiar y eclesiástica, de nuestro grandioso cardenal.

Desde el punto de vista de su confección historiográfica esta obra es modelo del rigor metodológico que supone la investigación y la redacción de una obra centrada en la genealogía, es decir, de un libro fincado en la exploración del pasado, en la génesis de una persona, una familia o un pueblo. Y ese detalle es importante consignarlo por el gran valor que le otorga a este libro de investigación genealógica.

Esta obra genealógica del padre Batista revela y confirma la importancia de los archivos parroquiales. Fijémonos en el siguiente detalle: los archivos parroquiales registran datos importantes de una persona cuando alguien va a bautizarse, a confirmarse o a casarse, ya que le toman sus datos biográficos; esos datos quedan  registrados en los archivos parroquiales; y esos archivos se constituyen en una fuente documental valiosísima para conocer la historia de un pueblo, para indagar la historia de una familia, para curcuteer la historia de una comunidad.

Cuando escribí la novela El degüello de Moca tuve naturalmente que documentarme y acudir al pasado histórico de nuestro pueblo. ¡Cuánto me hubiera gustado contar con una obra como esta fuente de documentación, de inspiración y de constatación de tantos datos útiles y oportunos sobre nuestro pueblo! Pero no había fuente documental sobre el templo Nuestra Señora del Rosario de Moca porque cuando ocurrió el Degüello de Moca, en 1805, los haitianos no solo pasaron por las armas a los feligreses mocanos dentro del mismo templo, sino que quemaron la iglesia y todo se incendió, incluidos los archivos parroquiales, y con el incendio del templo, previamente habían degollado y matado a los fieles allí congregados, sino que destruyeron todo, incluidos los archivos parroquiales, y los datos que allí estaban consignados se perdieron. Entonces, no fue sino a partir de 1806 en adelante cuando, tras la reconstrucción del templo de Nuestra Señora del Rosario de Moca, se reinició el registro que cada sacerdote comenzó a consignar, a partir de esa tragedia que impactó la historia de nuestro pueblo. Entonces es a inicios del siglo XIX cuando comenzó de nuevo a tener vida la documentación histórica de nuestro pueblo. Por eso la importancia de esta obra del padre Batista, por esa documentación que consigna y testifica, ya que él se nutrió en los archivos parroquiales de otros templos católicos y otras fuentes documentales, hecho que le acredita a su favor una alta valoración de esta obra de su autoría.

Quiero ponderar también que en esta recopilación histórica y genealógica de datos sobre el cardenal López Rodríguez se señala la vinculación de la familia del cardenal dominicano con canarios, es decir, con españoles procedentes de las Islas Canarias, y ese hecho fue fundamental en la historia de Moca y para la misma historia del español dominicano. Importantes familias mocanas son la continuación de esos canarios que en los siglos XVII y XVIII se establecieron en Moca y fraguaron la base genealógica de la familia del cardenal López Rodríguez. Y en esta obra ese dato histórico se consigna con mucha propiedad.

Sobre los orígenes de la familia del cardenal López Rodríguez, el padre Batista consigna: “Profundizar sobre un tema como el que nos hemos embarcado es arduo y profundamente agotador. Pero, al mismo tiempo, la satisfacción es plena cuando se ha arribado a los objetivos o metas propuestas, y esto es lo que se ha logrado en esta investigación: presentar la genealogía del cardenal Nicolás López Rodríguez, partiendo del origen canario de sus cuatro abuelos, nativos de Estancia Nueva, y, a través de ella, estudiar su personalidad. Lo primero fue presentar el contexto de cómo las islas Canarias han dejado un fuerte legado en la composición social de la nacionalidad dominicana, desde el descubrimiento de América hasta nuestros días, y cómo se ha mantenido esta herencia entre nosotros, la cual se logra olfatear en las propias costumbres, lengua y habla de varios sectores de nuestro pueblo. Así como el arte culinario y la música de los isleños, sobre todo en los campos de algunos pueblos fundados por los canarios. Para llegar a la demostración de la tesis de que la familia del cardenal López Rodríguez es de ascendencia canaria, recurrimos a los movimientos o repoblaciones de la parte Este de la isla Hispaniola en los tres primeros siglos de la vida colonial y a la distribución geográfica de las familias canarias en la isla. Así vimos cómo llega a Moca José Guzmán, el barón del Atalaya, al final del siglo XVIII, tras el Tratado de Basilea, formando parte de esa prolija familia mocana, que le ha dado grandes hijos a dicho pueblo. Además, quisimos presentar los arzobispos y obispos descendientes de las familias canarias que poblaron esta isla, en cuya tradición se inserta más recientemente el cardenal. Escudriñamos las primeras informaciones de las familias López y Rodríguez en los documentos escritos a los que hemos tenido acceso y, dentro de lo posible, las hemos enriquecido con datos de los registros civiles y eclesiales a nuestro alcance. Para el año 1721 ya se encontraban estas familias en Santiago de los Caballeros, en las Revueltas de los Capitanes contra las disposiciones del gobernador colonial” (5).

Asimismo quiero ponderar la elección que hizo el padre Batista de la figura de cardenal López Rodríguez, que no fue una elección al azar, sino bien pensada en atención a la figura y la personalidad de cardenal dominicano. Todos los seres humanos tenemos una personalidad física y una personalidad metafísica. La del cardenal López Rodríguez es una personalidad sobresaliente, impactante y determinante por muchos aspectos: por su firme convicción religiosa, su decidida determinación moral y su indeclinable defensa patriótica. De ahí el poderoso influjo que él ejerciera por su espíritu organizador, su celo pastoral, su edificación teológica y por el profundo amor a la Iglesia Católica. Esa identificación plena y rotunda que se manifestó como sacerdote, como obispo y posteriormente como arzobispo y cardenal, la conoce y la valora el pueblo dominicano. Entonces, la elección que hizo el padre Batista del cardenal como fuente de estudio para su labor genealógica fue muy acertada y, desde la perspectiva que nos presenta sobre el origen genealógico del cardenal dominicano, hay toda una proyección que nos permite conocer, no solo el pasado de tantas familias mocanas, sino también la idiosincrasia de nuestro pueblo. Hay aspectos antropológicos, sociales, lingüísticos y religiosos que se derivan del estudio concienzudo, preciso, detallista que hizo este gran investigador para escribir esta grandiosa obra. Por eso la importancia de este libro, no solo para la historia dominicana, para la genealogía, la cultura, la iglesia y nuestro pueblo por la implicación de tantas familias consignadas en esta obra de investigación que realizara el padre Pedro Alejandro Batista.

Es oportuno y provechoso ponderar en esta obra genealógica el impacto de la herencia ancestral en la conformación de la personalidad. ¿Saben ustedes lo que eso implica? Se trata de la participación de una familia en la sociedad. El influjo de los padres en el hogar, las tradiciones y la cultura, el influjo de los valores y de la iglesia en la mentalidad de un pueblo; el influjo de los poderes espirituales que de alguna manera penetran en nosotros con su impacto en las fuerzas sociales y culturales para que lleguemos a ser lo que somos. Y esa faceta de la vida interior de la conciencia tiene mucho peso en la conformación espiritual de una persona, una familia y una comunidad.

Por ese influjo sociocultural, psicológico y espiritual en uno de mis libros, centrado en la historia literaria de Moca, Lumbre de la Mocanidad, esa “lumbre” fue inspirada, originalmente, por los sacerdotes y los párrocos que dirigieron y orientaron, desde el templo de la Villa Nuestra Señora del Rosario de Moca, la base doctrinaria, religiosa y espiritual de nuestro pueblo, que fue fundamental en la conformación de nuestra idiosincrasia y ha sido fundamental en la historia de Moca. El alma de la Mocanidad, el sello de la Mocanidad, lo imprimió a nuestro pueblo el influjo sagrado y místico del templo Nuestra Señora del Rosario por el impacto moral, religioso y espiritual que sus sacerdotes forjaron en nuestra conciencia cultural. De ahí el producto tan fino, tan excelso, tan luminoso, como ha sido el ejemplo vivo y elocuente del cardenal López Rodríguez, fruto de la iglesia, huella de la iglesia y gloria de nuestra iglesia. Y ese detalle me ha motivado exaltar esa dimensión que he llamado “herencia ancestral de la cultura”, que se infiere de esta valiosa obra del padre Batista: cómo todo lo que somos ha sido fruto de decenas de factores familiares, sociales, lingüísticos, religiosos y espirituales que influyen en el desarrollo de nuestro ser, en la gestación de nuestra personalidad y en la conformación de nuestra cultura, de tal manera que hacen que seamos lo que somos. De ahí el peso de una comunidad tan singular como el pueblo de Moca. De ahí la impronta espiritual de la Mocanidad, que se refleja en esta obra del padre Batista; de ahí el influjo de la familia en la personalidad, como se olfatea en esta obra genealógica del padre Batista; y de ahí también el efecto de todos esos factores que conforman esa herencia ancestral en la espiritualidad de un hombre, un pueblo y una cultura. El padre Batista ha exaltado con la creación de esta obra la figura del cardenal López Rodríguez.

No puedo dejar de consignar que este libro tiene una redacción impecable, es decir, el autor de esta obra sabe usar las palabras con propiedad, corrección y elegancia, lo que revela que nuestro sacerdote tiene un conocimiento preciso del lenguaje, que usa con rigor, precisión y, por supuesto, se ajusta a la normativa estilística, gramatical y ortográfica de la escritura.

La obra del padre Pedro Alejandro Batista, que aborda la genealogía del cardenal López Rodríguez, nos enseña que:

  1. Sus orígenes se remontan al presbítero Juan López Fernández, primer párroco de la iglesia de la Villa Nuestra Señora del Rosario de Moca.
  2. Descubre la línea levítica del purpurado dominicano, lo que lo emparenta con una tradición de religiosidad y misticismo de su personalidad espiritual.
  3. Señala el parentesco del cardenal López Rodríguez con los tres presidentes de origen mocano y con héroes nacionales oriundos de nuestro pueblo.
  4. Ejemplo de rigor metodológico en la investigación genealógica, como rama de la historiografía es una magnífica obra para conocer el pasado de Moca.
  5. Redacción impecable con un lenguaje claro, correcto y comprensible, afín a la expresión formal de la lengua discursiva con base conceptual.
  6. Esta obra confirma que los archivos parroquiales constituyen una fuente primordial para el conocimiento de los datos genealógicos de pueblos, familias y personas.
  7. Comprende este libro una recopilación de datos referenciales no solo de los antepasados de nuestro cardenal, sino que aporta informaciones lingüísticas, sociales, religiosas y culturales de nuestro pueblo.
  8. Esta obra constituye una manera historiográfica de conocer y exaltar la figura señera de nuestro cardenal López Rodríguez.
  9. La obra genealógica del padre Batista confirma el impacto de la herencia ancestral en la forja de la personalidad, ilustrada en la vida y la obra ejemplar, laboriosa y espiritual del purpurado dominicano.
  10. Finalmente, la confección de este libro pone de relieve al mismo tiempo la figura intelectual y religiosa del padre Pedro Alejandro Batista, acucioso investigador genealógico y valioso presbítero de la Iglesia Católica de nuestro país.

El padre Pedro Batista no imagina el inmenso bien que le ha hecho a la historia de Moca, a la iglesia dominicana y al cardenal López Rodríguez por haber confeccionado esta valiosa genealogía del eminente purpurado dominicano.

Finalmente quiero significar que la confección de este libro no solo constituye un homenaje a nuestro pueblo, sino también una manera de nosotros reconocer el hermoso trabajo literario, escritural y genealógico que ha hecho la figura intelectual y religiosa del padre Pedro Alejandro Batista, quien ha demostrado que es un acucioso investigador con una identificación espiritual con nuestro pueblo, con el pasado de nuestro cardenal y con la Iglesia Católica, de la que forma parte como sacerdote petrino. Se nota en este trabajo del padre Batista su compenetración con la Iglesia Católica, que es la más hermosa creación con que cuenta la humanidad, porque la Iglesia Católica fue la obra creada por Jesús de Nazaret. Y de ahí la huella histórica, religiosa y espiritual de nuestra iglesia en la conformación de nuestra religiosidad, fundamento de la cultura occidental a la que pertenecemos. De manera reverencial me inclino ante el padre Pedro Alejandro Batista por este grandioso aporte, por este hermoso trabajo suyo a favor de nuestro pueblo, a favor de nuestro cardenal, a favor de nuestra Iglesia Católica y a favor de nuestra cultura. ¡Enhorabuena, reverendo padre Pedro Batista, con mi reconocimiento y mi distinción!

 

Bruno Rosario Candelier

Presentación del libro del padre Pedro Batista

Moca, Teatro Don Bosco, 15 de noviembre de 2019.

Notas:

  1. El padre Pedro Alejandro Batista nació en Mata Grande, San José de las Matas, República Dominicana, en 1968. Sacerdote de la arquidiócesis de Santiago de los Caballeros, licenciado en filosofía por la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra y en ciencias religiosas por el Seminario Pontificio Santo Tomás de Aquino. Inició su ministerio sacerdotal en 1997 en el Seminario Menor San Pío X y fue párroco de las parroquias San Isidro Labrador, de El Rubio en San José de las Matas, de Nuestra Señora del Rosario y Santa Catalina de Siena en Moca, además de servir como misionero en la parroquia San Juan Bosco en Bayamo-Manzanillo, Cuba. Fue formador del Seminario Pontificio Santo Tomás de Aquino y profesor de historia de la iglesia universal, latinoamericana y dominicana. Su pasatiempo favorito es la investigación genealógica en busca de los troncos genealógicos de la provincia Espaillat, siendo esta su primera obra en este contexto.
  2. Pedro Alejandro Batista, Genealogía y personalidad de Nicolás de Jesús Cardenal López Rodríguez, Santo Domingo, Amigo del Hogar, 2019, p. 17.
  3. Pedro Alejandro Batista, Ibídem, p. 19.
  4. Pedro Alejandro Batista, Ibídem, pp. 20-21.
  5. Pedro Alejandro Batista, Ibídem, p. 107.