Entrevista a José Enrique García sobre su novela «Taberna de náufragos»

SANTO DOMINGO, República Dominicana.- El poeta y novelista José Enrique García reveló que su más reciente novela, Taberna de náufragos, es el fruto de veinte años de trabajo literario y vivencias. La novela, que tiene como escenario a la Ciudad Colonial de Santo Domingo y algunas ciudades europeas, como la capital de Portugal, Lisboa…

—GUSTAVO OLIVO: Saludos, amigos. Ustedes sintonizan Acento TV, su espacio, de entrevistas y comentarios. Hoy contamos con la presencia de José Enrique García, que es doctor en Literatura y Filología, con estudios en República Dominicana y España. José Enrique tiene una larga trayectoria como poeta, como escritor de ficción, pero, además, es también estudioso de la literatura. Esto a propósito de este libro, el más reciente publicado por José Enrique García, Taberna de náufragos, que es un libro que, yo creo, que sienta un precedente porque es una novela, pero, al mismo tiempo, es un análisis de la sicología de los personajes, que atrapa al lector desde el principio. Bienvenido, José Enrique.

—JOSÉ ENRIQUE GARCÍA: Muchas gracias, Gustavo. Aquí, contigo.

—GO: Bien, bueno, desde que tomé este libro no pude dejarlo. Lo leí una vez y volví y lo leí. Dos lecturas consecutivas. Háblame un poco del origen de Taberna de náufragos.

—JEG: Bien. Yo publiqué Una vez un hombre, que es una novela que había escrito en España y que duró unos diez años en un cajón, y la publicó Alfaguara. Inmediatamente se publicó esa novela yo pensé en este trabajo, porque uno que se ha pasado la vida en esto… O sea, yo recuerdo que mi primer cuento lo escribí en 1970, que fue prácticamente una clase de español con Alberto Peña Lebrón y, desde entonces, yo he venido trabajado, paralelamente, poesía y cuento. Desde luego, la gente me ve más como poeta que como narrador, pero la cosa ha ido paralela.  Entonces, una obra terminada ya eso es parte de la historia. Inmediatamente uno comienza a pensar en otro proyecto, porque un escritor, la obra la lleva uno encima. Uno, constantemente, está en esto, porque esto es la vida de uno.  Entonces pensé “voy a escribir una novela, en cierto modo  diferente en cuanto a asuntos temáticos y a asuntos especiales y eso” —porque voy a situar esta novela en un espacio citadino, urbano—, porque Una vez un hombre es una novela situada totalmente en espacios rurales. Entonces, como yo he tenido en mi vida salto, viviendo en el campo que fue parte esencial de mi vida, pero otra parte en las ciudades, en Santiago, en la Capital, en España y otras partes, me dije: “voy a hacer esta novela, a situarla acá”.  Como tú sabes, una novela, o lo que uno escribe, en cierta forma es parte de los girones de su vida. Nadie escribe, aun lo soñado, aun imaginado, nadie escribe lo que no le pertenece. Entonces, esas historias, esos girones que están ahí, en cierto modo, forman parte de mi existencia.

—GO: No, yo a veces te veía en Fernando y a veces en Abelardo, los dos personajes fundamentales. Y me reía yo solo, leyéndolo.

—JEG: Sí, sí, entre Fernando y Abelardo, ¿cómo te voy a decir?, se conjugan, porque son experiencias. No es que la novela sea de experiencias en sí, que sea una cosa biográfica ni nada de eso, pero sí tiene ese soporte sustancial de la vida de uno. Por ejemplo, la taberna es imaginaria. La taberna es una sumatoria de tabernas, de espacios que uno ha vivido, es verdad. Pero el otro espacio, que es la pensión, yo viví un tiempo ahí, en esa pensión.

—GO: Como todo provinciano que emigró a la capital. Le tocó esa parte.

—JEG: Exactamente. Yo viví en esa pensión que está en La Ópera, encima, en El Conde, por allá, y ese balcón cuando comienza, es cuando tú estás desde arriba mirando el balcón hacia abajo: tú estás mirando hacia abajo, ¿verdad?, y la gente pasando de El Conde para acá, la gente para acá… Ahí comienza ese itinerario de gentes, que son personas que, de algún modo, tú los creas, pero que son, vamos a decir, conjunciones de visiones de la vida concreta que tú has vivido. Ahí hay muchas cosas que tú las ve a menudo.

—GO: Y de personas con las cuales tú vas intercambiando en tu vida. Tú vas construyendo esos personajes. Mira, es asombroso lo de Taberna de náufragos porque desde que… Hace muchos años yo leí una novela –que seguro tú conoces–, la del puertorriqueño Luis Rafael Sánchez, llamada La guaracha del Macho Camacho, que tenía la virtud de que se daba en un escenario que apenas se narraban hechos que te dijeran que hay mucha acción, el hilo de una acción, así compleja o que se da en una novela policíaca o de guerra. Sin embargo, mantenía al lector asiduo a esas páginas, La guaracha del Macho Camacho, y con tu Taberna de náufragos, sucede igual. Porque unas gentes dirán: “Bueno, esta gente confluyendo a ese lugar todos los días no es un hilo narrativo de una persona en una aventura que le ocurre esto o lo otro”. Son muchas personas a la vez y, aparentemente, no hay acción, pero las hay en cada una de esas personas que cuentan sus historias o como tú describes esos personajes en esa taberna.

—JEG: Bueno, esas observaciones que tú haces me gustan mucho. Exactamente das tú en el núcleo de la preocupación primaria. Mira, cuando yo hice esa novela, yo había escrito Una vez un hombre –que es una especie de puzle, contrapunto–. Cuando usted escribe una historia, que es lo uno crea, hay una eminencia a nivel estructural, no es contar una historia, vamos a decir, normal que todas tienen. Es una creación, tú tienes que tratar de crear, que se diga algo nuevo. Entonces, en esta novela —que es lo que tú señalas, lo que me gusta, que tú señalas eso—, una de las grandes preocupaciones mías era crear un espacio y un tiempo que no eran tiempo ni espacio tocable, visible, vamos a decir, identificable. Lo que más trabajo me dio a mí en esta novela era sacar el tiempo, y sacar los espacios de la novela para que el lector pusiese su espacio y su tiempo en la novela. Entonces, yo recuerdo —esa novela me duró veinte años trabajándola, yo hice muchas versiones—, yo recuerdo que una vez una de las versiones la llevo a Santiago, donde Rafael Castillo, que es mi amigo de toda la vida. Rafael lee la novela y me dice: “Mira, esa novela es un ritmo, esa novela es solamente un ritmo, un tono, porque aquí tú cuentas y no cuentas, y hay un susurro, eso no es ritmo, no hay historia bien definida, que se va a eso”. Y digo yo: “Es un ritmo, es un tono”. Y entonces yo me quedé pensando: “Bueno, sí, muy bien, un ritmo”. Como yo le hago mucho caso a su sugerencia, cuando vengo de allá pensando, pensando, digo yo: “Precisamente, yo andaba buscando un ritmo y un tono”, y digo “pero esto es posible porque una novela tiene que contar algo, tiene que contar una historia”. Entonces voy pensando y vengo, y cuando voy llegando por ahí por Bonao: “Ah, Samuel Becket, Esperando a Godot”. Y digo, pero lo que yo estoy haciendo es un procedimiento, lo que este hombre ha hecho. O sea, supe sacar el tiempo y el espacio para que el lector haga ese trabajo y lo ponga, eso es muy muy difícil.

—GO: Y lo difícil es lograrlo con que el lector se atrape y mantenga el interés y un interés, que lleva a uno a la ansiedad por saber qué viene.  Es un espacio, no como en las novelas convencionales —se desarrolla una acción en torno a un solo tema y un personaje o varios personajes—, sino que en ese espacio, que ya el lector se va acostumbrando a que, más o menos, tendrá los personajes conocidos, que serán temas recurrentes, sin embargo atrapa. Es decir, hay una ausencia de la acción y el hilo narrativo convencional, pero atrapa. ¿Cómo lograr eso, que supongo que es muy difícil?

—JEG: Bueno, Gustavo, muchas gracias por ese elogio que tú me das, a ese trabajo, que me justifica, en cierto modo.

—GO: Tú sabes que yo no regalo nada, ¿eh?

—JEG: Yo lo sé, por eso me regocija. Mira, yo esa novela, yo le di mucho tiempo. Comenzó con el título, Taberna de náufragos, que, generalmente, los títulos van cambiando, pero este se mantuvo, le di mucha vuelta, pero este se mantuvo. Por eso es que aparecen algunos errorcitos, porque eran tantas versiones, porque una de las preocupaciones mías era que la novela, precisamente, si no atrapa, si no mete al lector… El lector tenía que ser, prácticamente, un personaje de la misma novela. Es tan así, que hay un amigo mío, Yeyé, que me dice: “José, tengo preparada la novela para montar un teatro”, porque, sin modestia, yo pensé hacer una novela que fuera así prácticamente teatral.

—GO: Yo la vislumbré: un escenario y con esa taberna y esa cosa…

—JEG: Yo eso lo pensé, lo fui llevando a eso, a que tuviera esa plasticidad y que tuviera esos planos, que fuera una novela prácticamente montada. Pero, hay en la novela, sí, una gran preocupación formal, en sentido de que cada palabra yo la pienso, la busco, tiene que ser casi preciso lo que se busca, porque ahí es que está el soporte, realmente, en la novela.

—GO: Se nota que es un texto cincelado, para decirlo como el escultor que va sacándole forma a la madera o a la piedra, bien trabajado…

—JEG: Exacto, bien trabajado.

—GO: …Y demuestra, además, tus amplios conocimientos de diversas áreas de la cultura, que no siempre uno capta en muchos escritores, que solo es texto, solo es narración; pero aquí se nota un bagaje interesante del autor.

—JEG: Sí, porque al fin y al cabo nosotros somos parte del mundo. O sea, nosotros pertenecemos al mundo y, por lo tanto, lo que ocurre en el mundo lo hacemos nuestro. Ahí hay como tú señalas, muchas sugerencias, muchos deslices textuales dominicanos, sobre todo de la lengua. Y hay una cosa muy intencional, lo que voy a subrayar: yo creo que una novela es una creación, si vale la pena es algo que se le agrega al mundo. Por consiguiente, tú no puedes reproducir textualmente, o sea, herméticamente lo que existe. En la novela hay una serie de procedimientos factóricos, sobre todo en reproducir procedimientos estructurales, diversos, que es propio de la tradición. Ahí hay algo de teatro, ahí hay mucho diálogo, hay una serie de recursos que yo fui puliendo. Bueno, el que quiere narrar, que narre como quiera: un inicio, un desarrollo, un desenlace. Pero esto no es así, yo trabajé muchos esos elementos estructurales, de modo que la novela, aunque eso no lo vean tan visible, pero hay muchas cosas yuxtapuestas, a nivel, vamos a decir, cuestiones formales, pero que son sustanciales porque una novela está sustentada en una estructura, específicamente de una estructura. Toda creación es una estructura. Ahí hay, en Taberna de náufragos, conjunciones de procedimientos antiguos y muy modernos y hay sugerencias. Si tú te das cuenta, estos dos personajes son recurrentes, porque es que hay un problema: la lengua, la literatura en lengua española está fundada, está sustentada por El Quijote, básicamente, que es la novela que marca toda la modernidad y, si se puede ver, ahí hay rasgos de esa novela no visibles, pero a nivel estructural los hay. Y, desde luego, tú vas viendo de esos procedimientos estructurales, aspectos estructurales antiguos hasta los muy modernos, que es lo que hay ahí; desde luego, sin perder, creo, algo esencial que es: nosotros, nosotros, lo que somos. O sea, los espacios dominicanos, la esencia dominicana en cierto modo, el mundo dominicano, está ahí, “entreverado, amalgazao”, con referencias culturales, que son propias de nosotros también. Eso es parte de ese entramado.

—GO: Interesante el ambiente como tú lo describes, tanto en la pensión como en la propia taberna, en el bar, esa recurrencia de los personajes. Y, ciertamente, yo creo que el nombre viene muy bien porque todos, de alguna manera, eran náufragos en sus aventuras personales, algunos con mayores éxitos que otros, sus frustraciones descargaban ahí, ¿verdad? No faltaba esa parte malsana del ser humano: aquel que envidia al otro o no le reconoce su talento, todas esas cosas que se dan. Cómo es que se llama el personaje que leyó el libro —que ahora no recuerdo el nombre—, el hombre viejo que tú describes que lee un libro desde un atril y que algunos se quedaron como diciendo: “¿Y qué’jehto?”.

—JEG: Bueno, eso es interesante. Eso es un homenaje que yo le hago a un escritor dominicano amigo.

—GO: Anjá.

—JEG: Sí sí. Es un escritor que yo reconozco, que aprecio mucho y que yo tuve la oportunidad de aportar en la puesta en circulación de un libro. Ahí hay muchos susurros de James Joyce.

—GO: Sí sí. Interesante todo aquello, porque en la forma él no usaba signos de puntuación, prácticamente, ni nada.

—JEG: Sí sí. Eso es una, vamos a decir, una especie de … una anécdota que me pasó. Y yo dije: “Bueno, yo voy a reproducir a mi modo esto que yo vi en los años 70 aquí, en El Conde, por ahí”. Fue la puesta en circulación, que realmente sucedió, lo que pasa es que eso está todo modificado.

—GO: Obviamente.

—JEG: Está todo modificado. Entonces yo, en cierto modo, le hago un homenaje a ese amigo mío, con eso, porque es un escritor muy importante.

—GO: Si las cosas fueron así, fue muy doloroso para él, si las cosas fueron así.

—JEG: Fue un poco incómodo eso. Y eso fue de los últimos capítulos, de los últimos ajustes que yo hice en la novela, en esto. Pero no fue… Bueno, fue una especie de, si tú quieres, una crítica, dentro de la crítica a la misma novela que yo hice allí. Mira, al mismo tiempo que te hablo de los homenajes, hay mucha gente que yo pongo allí: Freddy Gastón Arce, lo presento ahí, porque es amigo mío, lo presento ahí, aparece Freddy como personaje.

—GO: Me parece que, más o menos, sé cuál es el personaje de él.

—JEG: Sí sí. Pero fíjate lo que ocurre, Gustavo, con esta obra, por eso yo te dije que el título se mantuvo siempre. Yo tengo algunos amigos que me dijeron: “que taberna…”. No pude quitarle el título.

—GO: No, pero yo creo que viene muy al caso.

—JEG: Muy al caso, porque al final de todo, el núcleo central de la novela es esa, vamos a decir, esa convocatoria final de la vida que se hace de manera natural, aunque uno no la empuje. Nosotros estamos empujados, necesariamente, a convivir los últimos tiempos ya en un espacio donde nos vemos nosotros de una forma, si se quiere, diferente, pero que está allí presente, que es, no solamente el discurrir, sino el diluir la misma vida. Eso es inexorable. Estos personajes se encuentran allí, aquí en este espacio — estamos hablando de personajes que pasan de los cincuenta, sesenta años, estamos hablando de eso—.

—GO: Sí, todos tienen historias ya dilatadas.

—JEG: Exacto. Todo el mundo tiene una historia dilatada, y esas historias, convocadas, reunificadas, dan todo un panorama epocal y de una u otra forma le toca. No es que nosotros fuimos bien por la vida o que no fuimos, ¿entiendes? Es que…Yo recuerdo, en eso, un verso famoso de Octavio Paz que dice: “Voy por tu cuerpo como por el mundo”, y no se sabe ni cómo fue que tú pasaste por el mundo. Entonces, aquí, en esta novela, se recogen las historias y se va tejiendo un drama, que al final es el drama de todos, porque es una novela, en cierto modo, con un cierto aliento existencialista que, hasta cierto punto esa no era su intención, pero que lo hay, porque la vida es eso: convocamos a la vejez, por un lado, hasta con la muerte.

—GO: Claro, la literatura no es ajena al análisis introspectivo de cada ser humano, al examen de las ideas con uno mismo.

—JEG: Exactamente. La novela, hay una línea que dice: “de todo el existencialismo me quedo con esta palabra, omitiéndose el otro”, algo así.

—GO: Eso es sartreano. Sartreano es eso.

—JEG: Sí, sartreano. El estudio al final, esta novela vivifica una cosa que es inevitable: que nos encontramos con lo bueno y lo malo al final, con las felicidades o no felicidades. O sea, hemos andado el mundo como nos tocó, como tuvimos que hacerlo, bueno o malo, y nos reunificamos al final, porque al final todo pasa, todo se diluye y quedan, quizá, ese temor mínimo que es encontrarse con nosotros.

—GO: José, ¿cómo ha estado la salida de la novela? ¿Se ha estado distribuyendo bien?

—JEG: Sí, en España la puse a circular y ha tenido mucha crítica, digo muchos comentarios buenos que me han llegado desde Sevilla. Y aquí se ha vendido mucho la novela, de esos ejemplares que yo traje aquí —que no fueron muchos, porque fue una edición que yo saqué, un poco apresurada, para poner a circular en el congreso de ASALE, en Sevilla—, pero la novela ha tenido una muy buena recepción.

—GO: Vas a hacer una edición nueva, supongo. ¿Verdad?

—JEG: Sí, voy a hacer una edición nueva porque tiene algunos problemitas, algunos errores breves, algunas cositas que le voy a corregir. Pero eso tendrá el próximo año, una nueva versión de la novela y a ponerla a circular de una forma más —después que pase todo esto—, con más sentido. Porque ¿qué ocurre?, Gustavo, es un proyecto de años. Una novela no se escribe: “Voy a escribir una novela hoy y voy a escribir una novela mañana”.

—GO: No. Solo hay que pensar que Cien años de soledad, García Márquez dice que duró 20 años pensándola y haciendo anotaciones, y cinco escribiéndola, 25 años.

—JEG: Sí. Desde luego, después que está hecha ya le pertenece a todo el mundo, uno ya va pensando en otra cosa, pero mientras uno esté en eso tiene que hacer la obra lo mejor que tú puedas, lo mejor que se pueda. Yo voy a decirte esto, realmente: yo tengo dos novelas, estoy escribiendo algo, por ahí, a ver qué sale. Nuestro país necesita, diez o quince novelas respetadas, que sean leíbles, vamos a decir, que sean leíbles. Porque ya lo decía Alejo Carpentier: “El que puede escribir una novela en su país que lo haga porque el país necesita eso”, porque en cierto modo esas novelas son las que nos representan, lo que somos”, ¿entiendes? Y no es que uno sea un novelista, pero…

—GO: No, no, eso ya queda, es un aporte invaluable, para el presente y para el futuro. Muchas gracias, José, ya tendremos que reunirnos y vernos de manera personal cuando todas estas cosas cesen y que se permitan los encuentros.

—JEG: Sí, exacto, cuando todo esto pase. Muchas gracias. Un placer.

—GO: Muchas gracias. Y les invito a los amigos a que busquen el libro y lo lean, que lo van a disfrutar.

ACENTO TV: (https://www.youtube.com/watch? 21de octubre de 2020.

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