La conciencia a la luz de la neurología

Por José Silié Ruiz

El distinguido intelectual Lic. Bruno Rosario Candelier, hoy nos entrega su más reciente libro “Metafísica de la Conciencia”, la que muy honrosamente para mí, nos lo dedica. La enjundiosa obra, es concedida este atardecer a la “intelligentsia” dominicana, teniendo este servidor el muy alto honor de presentarla, junto a otros distinguidos pensadores. Se han necesitado más de 15,000 millones de años de evolución de la materia y la energía para lograr un órgano como el cerebro, con capacidades funcionales creativas tan complejas como son la interpretación de una fuga de Bach, la construcción de las pirámides, el techo de la Opera de Paris por Chagall, el Guernica de Picasso, el desarrollo de una ecuación sobre equivalencia entre materia y energía, por Einstein, Resonancias espectroscópicas, y la nanotecnología. Pero, entre todas sus capacidades neuronales, se destaca por encima de todo lo demás, lo más importante: la palabra, expresión de superioridad biológica y universal, a la que hoy hacemos homenaje, máxime a las “buenas’ palabras.

Creo que cometo ante ustedes un sacrilegio mayor, casi parecido al de los dioses del Olimpo, al aceptar presentar esta obra sobre metafísica, compendio que es de mucha envergadura y complejidad para éste neurólogo, que es un simple admirador de la poesía, y en puridad de verdad me siento caer en la “temeridad” de Faetón, el hijo de Helios (el Sol) y de Climena. Habiéndole dado su padre permiso y, más de 4,000 millones de años de evolución de la vida sobre el planeta Tierra para guiar el carro del sol durante un día, estuvo a punto, por su inexperiencia, de abrasar el universo. Pero todo el que escribe admira a los escritores, el que sólo habla, puede rectificar y hasta negar lo dicho; pero lo escrito, escrito está, ahí radica la razón, es por la admiración al consagrado y prolífico escritor, lo que me motiva a realizar este acto de “bravura” de atreverme a presentar esta obra.

El autor con más de una treintena de producciones intelectuales lo convierten en un referente muy importante de la intelectualidad nacional. Es un verdadero incitador intelectual e insuperable maestro, se me antoja reconocerlo en nuestro terruño como el Ortega y Gasset dominicano. Ha realizado una titánica faena de información y formación filosófica que nunca ha interrumpido, en notas, artículos, tertulias, talleres, conferencias, que por numerosas prefiero resumir sus resultados, son “trascendentes”.

Cuando el Lic. Bruno Rosario, muy gentilmente me pidió que presentara la obra, jamás me imaginé en la tarea que me embarcaba. “La Metafísica de la Conciencia”, obra de 537 páginas, es una obra en verdad “compleja” por el tema, pero escrita en un sencillo y correcto español. En su página inicial como dedicatoria él señala: “A José Silié Ruiz, Cultor de la conciencia que edifica”, este dedicatorio homenaje viniendo del Presidente de la Academia Dominicana de la Lengua, lo aprecio en su amplia dimensión y lo agradezco desde el hondón de mi corazón. Si hacemos una definición simple de lo que es la metafísica, podemos decir que es la parte de la filosofía que enfoca el estudio del ser, la naturaleza y estructuras de la realidad. Desde la antigua Grecia se trataban estos temas, teniendo en Aristóteles uno de su más ilustre representante. Importante es, que en esa época constituía el saber más elevado al cual una persona podía pretender llegar, creo que aun con el paso de los siglos no ha variado mucho esa apreciación y sustento de que todavía hoy, se necesitan condiciones de lucidez mental superiores para manejar el tema. Se hacen necesarias tener esas emanaciones divinas a las que se refiere el autor en esta obra, es ese “todo” que entraña una perspectiva de conciencia para asumir la vida, la creación y el destino, eso tan especial que ofrece el aliento inspirador para hacer de “la palabra” el cauce metafísico, estético y simbólico en conexión con la llama de la Conciencia infinitiva.

Señala el prominente literato en la introducción de su obra: “De ahí que lo más importante con que cuenta la inteligencia humana es el poder intuitivo de esta facultad intelectiva que hace posible la existencia de la

conciencia. La intuición conforma, con la memoria, la imaginación, la estimativa y el sentido común, los sentidos interiores de la inteligencia humana, de los que depende nuestra capacidad de percepción, reflexión, expresión, valoración y creación. De hecho, el arte, la ciencia, la filosofía, la mística y la espiritualidad con todo lo que ha creado la humanidad a lo largo de la historia, se ha podido hacer por el poder de la intuición, que capta la vertiente profunda de fenómenos y cosas y, sobre todo, ayuda a captar y perfilar su valor y su sentido”. Creo que estos juicios son el “lato sensum” de este enjundioso tratado. Esta obra es una mezcla de: intelectualidad superior, sensorialidad, interiorismo, estética, espiritualidad, poética, misticismo, revelaciones, fruiciones espirituales, fulgores y por encima de todo de una gran sensibilidad humana.

Como la obra trata de la “conciencia”, el autor establece desde el principio la diferencia entre “consciencia” y “conciencia”, procedentes ambas de raíces latinas, se trata de dos vocablos afines. “Consciencia” significa –conocimiento-, mientras que “conciencia” alude al -órgano del conocimiento-. Por tanto puedo decir: “Tengo consciencia de que poseo conciencia”. En sus 34 capítulos los temas de: la intuición, el lenguaje, el Logos, la creación y la espiritualidad fueron mis preferidos. En sus más de 80 referencias el autor me honra citando cuatro de mis escritos.

El cerebro es el que nos da nuestra identidad, el que seamos quiénes somos y nos hace diferentes y únicos. Cada ser humano es particular, nadie tiene igual cerebro que el otro. Es un sistema cerrado en permanente actividad, capaz de construir imágenes del mundo exterior pero siempre en base a nuestras propias experiencias, eso es lo que nos hace particulares. Esa existencia propia es producto de siglos de evolución. Al nacer un niño no lo enseñamos a chupetear, esto viene en su código cerebral. Las neuronas y las sinapsis son tan eficientes que el cerebro utiliza solo 12 vatios de energía, donde la mayoría de esa energía consumida, es para mantener un adecuado campo eléctrico a través de las neuronas y los neurotransmisores, que mediante los axones generan señales químicas y eléctricas que duran una fracción de segundo. La conciencia como las emociones y el “yo”, son estados funcionales del cerebro. Las neuronas tienen oscilaciones, vibraciones que forman una especie de danza; dependiendo del sitio que se produzcan generan pensamientos, emociones y la conciencia. La simultaneidad de esta actividad neuronal es la base de la cognición.

En el capitulo “El lenguaje de la conciencia metafísica” dedicado a la distinguida intelectual y gran amiga Ofelia Berrido señala el autor: “Una introducción a la metafísica de la conciencia implica el abordaje del lenguaje de la conciencia. Podemos hablar de la relación con la conciencia consigo misma, es decir podemos auscultar nuestra propia conciencia. La mayor parte de nuestros pensamientos son inconscientes, pero el conocimiento realmente firme es el conocimiento consciente, que viene determinado por la lengua y el desarrollo de la mente, de tal manera que es el desarrollo de la lengua lo que determina la gestación de nuestra conciencia”. Puesto que la evolución se caracteriza por el cambio, el tema nos obliga a una investigación evolutiva de la mente moderna. Comenzará la cuestión en determinar en qué forma se fue transformando la mente humana con el transcurso del tiempo. Merlin Donald, se aprestó a dar una respuesta exhaustiva en su trabajo “Origins of the Modern Mind”, publicado en 1991. Sus influencias forjaron la llamada arqueología cognitiva, y sobre esta materia la Universidad de Cambridge, Inglaterra, celebra un congreso anual.

Es preciso indicar que la primera evolución cognitiva advino con la aparición de los primeros humanos (los primeros Homos), hace dos millones de años. Utilizaban herramientas líticas simétricas, lo que significa una mente radicalmente nueva, dotada de capacidad para la representación intencionada. Es decir, que la conciencia ha evolucionado paralelamente a la evolución biológica del Homo sapiens y con ese avance, el cerebro humano en particular, se ha transformado dramáticamente.

El proceso evolutivo, condujo a la aparición de humanos con cerebros cada vez más complejos, capaces probablemente de producir vivencias conscientes. Al alcanzar el cerebro un alto índice de complejidad, surgió una mente autoconsciente, probablemente durante la evolución de los homínidos. Esta mente “autoconsciente” proporcionó los mecanismos necesarios para la síntesis de las variadas y sumamente complejas pautas espaciotemporales de la actividad neuronal del cerebro. Pero con el cerebro y la mente humana surgió también la posibilidad de transcender al mundo del momento, hasta entonces incuestionable.

Algunos estudiosos del cerebro han esbozado dos grandes formas de ¨conciencia¨, las cuales están entrelazadas. Una, que tiene que ver con las emociones y las percepciones y la que de manera lógica se nutre de las informaciones que recibimos de nuestros sentidos, es la llamada conciencia primaria. La segunda planteada, es la conciencia extendida, relacionada con la cultura y las representaciones abstractas que aprendemos del mundo actual. El hombre moderno, desde hace esos dos millones de años ha evolucionado para soñar, logrando pensar en imágenes, dando inicio a la primera revolución cognitiva, en ese período sólo existía la conciencia episódica (nuestras experiencias vividas). No sin razón tenemos representado en el (homúnculo) área motora de nuestro cerebro, la boca y la lengua de mayor tamaño que todo el resto del cuerpo. En esta obra, son citados más de 20 poemas, pues bien sabemos que son ellos los bardos los que son capaces de hacernos comprender muchas de las complejidades del pensamiento. Este desarrollo sensorial nos permite hablar hoy del “homo aesteticus”, ese que padece el síndrome de la sensibilidad y el arte.

Los bebes, antes del primer año se reconocen en un espejo, esta capacidad es parte de eso que llamamos conciencia Ese aforo cerebral, hace que nos planteemos numerosos cuestionamientos. El cerebro físico es producto de una evolución, pero “la mente” que es inmaterial ¿de dónde surgió?, dónde se esconden esas experiencias subjetivas, ¿cuál es la base fisiológica de la subjetividad? No la ha podido replicar la computadora, cómo el humano tiene la capacidad de ¨ver¨ sin ojos, de ¨oír¨ sin oídos, ¿cómo valoramos los sueños? , esa es la subjetividad de la conciencia que hasta hoy no la podemos explicar.

Si me pidieran definir la personalidad de Bruno Rosario, yo diría que es de: una fuerte y amplia curiosidad intelectual, de una actividad incasable, de una vigorosa creencia en el hombre, con la más incondicional entrega a su vocación por la enseñanza y la creación filosófica, con una extraordinaria generosidad espiritual y un inmenso amor a la verdad y a la libertad. Soy de la creencia que esta obra “Metafísica y conciencia”, hace un encaje magistral entre el accionar cerebral, lo inteligente, la creatividad, el lenguaje, la poética, lo cósmico, la sensibilidad, lo psicológico, lo espiritual y la conciencia como ninguna otra producción nacional que mi lucidez conozca. Para el autor mil felicitaciones, por entregarnos este enjundioso tratado, donde se complejiza la palabra humana, el pensamiento superior, la relación con el Cosmos, el concepto iluminado, el raciocinio, la creatividad, lo excelso, y una muy amplia explicación de lo que constituyen las manifestaciones metafísicas de nuestro intelecto, esa la que su súmmum, es la “palabra”, la que nos hace superiores en la escala biológica por permitirnos razonar, comunicarnos, planear, intelectualizar, aprender, recordar y crear. En esta obra muy acabada, se revisan muchos de los medios que la originan y cómo lograr esas enriquecedoras y trascedentes formas reflexivas de encontrar la verdad consciente, racional y estética del pensamiento, en la amplitud de la metafísica de la conciencia, muchas gracias.

La voz mística de Jit Manuel Castillo: cauce estético y simbólico de la llama divina

Por Bruno Rosario Candelier
 
A Rafael Peralta Romero,
Cultor y guardián de las voces con sentido.

 

Sin mí
puéblame contigo.
A solas con el solo
en mi soledad todos entran.
¿De dónde esta presencia
que me deja tan ausente?
Tu claridad me refleja
como espejo de tu sombra”.

(Jit Manuel Castillo, “Plegaria”)

    Encontrar un genuino poeta que también sea un auténtico místico es una grata y auspiciosa coincidencia que pocas veces acontece en el ámbito de la literatura. Esa doble dotación espiritual se ha manifestado con elegancia y primor en la obra y la persona de Jit Manuel Castillo, singular portalira en las letras dominicanas. Oriundo de Santo Domingo, pertenece a la Orden de los frailes franciscanos y escribe poesía, narrativa y ensayo. Forma parte del Movimiento Interiorista y es cultor de una hermosa lírica mística (1).

En efecto, este creador dominicano y sacerdote franciscano vino al mundo dotado de la gracia poética y la gracia mística, dones que se potenciaron con la gracia sacerdotal que lo enaltece, triple condición amartelada en la palabra divina, la acción humanizada y la creación teopoética con alta irradiación trascendente, lírica, mística y simbólica que su poesía canaliza en hermosos y densos versos henchidos de amor, belleza y sabiduría.

El lenguaje de la lírica es un abrevadero inagotable y luminoso para encauzar la onda sublime que encierra el misterio de lo eterno, que el caudal lírico y simbólico revela mediante llama sutil de la inteligencia mística y la veta fecunda de la conciencia trascendente, cauce de la intuición espiritual que la palabra poética atrapa y promueve. En la lírica mística, el lenguaje no es solo un brocal del pozo de la samaritana, sino un espejo de la trascendencia y un vínculo con la Divinidad.

El aliento divino que subyace en la creación teopoética también encauza la belleza simbólica de una visión iluminada, por lo cual la palabra de este sacerdote-poeta inspira fascinación y hondura. Su poesía es un fino cauce del éxtasis transformante, con algo de la revelación trascendente y mucho de la redención final. En la luz de su lenguaje poético refulge un cautivante sentido que edifica y enciende. Y la Llama que purifica, con el entusiasmo que enciende, se posa con su aleteo sutil en las imágenes y los símbolos de su extasiada lírica.

Las grandes creaciones literarias, especialmente la literatura inspirada en el sentimiento de lo divino, como el “Cántico del Universo”, de san Francisco de Asís o el “Cántico espiritual”, de san Juan de la Cruz, paradigmáticos textos de las letras universales, evidencias son de la creación poética de inspiración religiosa, en las que ha abrevado nuestro agraciado poeta, junto a las grandes obras clásicas y modernas de las letras universales.

Un dato significativo, en este poemario de Jit Manuel Castillo es el epígrafe que trae cada poema, con el detalle de que la frase que preside cada texto corresponde al sentido orillado en el poema y a un autor místico de las letras universales, con la excepción de una ilustre dominicana, la poeta mística Martha María Lamarche.

Desde el pórtico del poemario En la voz del silencio se vislumbra en la persona lírica la huella transformante de la mística, cuya vivencia modifica la visión del mundo y concita una conducta coherente con la iluminación de esa singular vivencia, ya que, después de experimentar la inmortal dolencia, no deja igual a quien ha sido tocado por la Presencia, como se aprecia en “Crepúsculo”:

Doy testimonio de mí
quien entró al umbral del ocaso
no es el mismo que sale.
Penetré al misterio del crepúsculo
y petrificado en su volcán
me consumió un beso compasivo.
Tocado por los sueños y la ternura
me transfiguré en pasión y caricia
y he quedado sin palabras.

(En la voz del silencio, p. 10).

En efecto, el poeta queda sin palabras, tras la experiencia arrobadora, extática y transformante. Arde el alma del poeta en el fuego del misterio, y todo cuanto ve, hace o anhela, está marcado por la singular llama divina que impacta su sensibilidad, expande su conciencia y atraviesa su decir. En ese discurrir interior fluye la vida mística, que ha pautado la existencia de Jit Manuel Castillo de la Cruz, no solo por su vocación sacerdotal, sino por su dotación espiritual y estética, como lo revelan los encendidos versos fraguados en el fuego del amor divino (2).

Sabe el poeta franciscano que la lírica mística trabaja con el lenguaje de los símbolos y las figuraciones literarias para decir lo indecible de la experiencia mística a la luz del impacto intelectual, emocional y espiritual que, como en la pasión del amor, desmaya los sentidos y cautiva el alma con la dulce sensación de una singular vivencia trascendente.

En esa peculiar experiencia interior fluye la búsqueda mística, que es la búsqueda de lo Absoluto, mediante la cual el poeta dominicano vive la más alta apelación de los sentidos, al tiempo que expresa, con el ardor de una luminosa vocación redentora, lo que subyuga su sensibilidad y enajena su conciencia. Cuando regresa de la inmortal dolencia, como es la genuina dolencia divina, su alma contagia las cosas con su peculiar energía, y todo parece responder al “fuego sagrado” que lo abrasa, incita y purifica. Entonces, el mundo le parece diferente al contemplador de lo viviente. En tanto expresión de la Energía infinita, la Conciencia mística lo cambia todo: no solo porque todo viene de Todo y hacia el Todo vuelve, como intuyeran los iluminados y contemplativos de las diferentes culturas de Oriente y Occidente, sino porque en esa comunión entrañable con la Fuente primordial del Cosmos las cosas adquieren una singular connotación simbólica y el afortunado contemplativo se transforma y se ilumina: “¿Puede una luciérnaga / ocultársele a la noche?”, se pregunta extasiado el poeta, y de inmediato se responde: “Tampoco yo puedo esconderme a Tu misterio”.

En esa integración cósmica bajo la subyugación de la experiencia espiritual se resuelve la angustia del místico. En su anhelo de lo divino, Castillo de la Cruz vive imantado al fulgor de lo divino y experimenta la indecible ‘deificación’ en el centro mismo de su alma, en cuya virtud participa del “gozoso sentir” que experimentan los  iluminados y los místicos. Ya no es el “doloroso sentir” de los poetas, según la intuición estética de Garcilaso de la Vega, sino el “gozoso sentir” de los místicos que atribuyo a los contempladores de lo divino. De ahí la inmensa alegría y el júbilo entrañable que destila el alma del místico, como se manifiesta en este poeta interiorista, que canaliza en la gozosa entonación de sus versos la radiosa expresión del corazón enamorado al sentirse elegido y enaltecido por la potencia esencial de lo viviente, que encauza en la expresión mística de lo divino. El esplendor del mundo aflora límpido y puro en el lenguaje del poeta villaduarteño, que compensa el sentimiento de anonadación espiritual ante el arrebato del Misterio que concita su honda devoción por el Creador del Mundo. Sabe nuestro poeta manejar las imágenes que dan cuenta de su estado emocional y, con su amorosa mirada mística, asume los datos sensoriales de las cosas, según testimonia en “Luz y tinieblas”, que canaliza con la advertencia del epígrafe de santa Teresa de Jesús (“Si te perdieres, mi amada./alma, buscarte has en Mí”), para cantar conmovido por el sentimiento que horada su alma estremecida:

Soy luz intermitente.
A veces
ilumino el movimiento de la noche
para esconderme de Ti
tras un brillo que enloquece.
Otras veces
solo nado entre tinieblas
perdido entre las sombras
de Tus aguas que me encubren.

(En la voz del silencio, p. 26).

Bajo su pulcra mirada escrutadora, que es una mirada de amor, del limpio amor sagrado, el sacerdote-poeta experimenta, al tiempo que vive su pasión de amor, “gemidos interiores” como el dolor de la Creación, que según el vidente de Patmos, gime y sufre. Pero nunca ese dolor suplanta ni avasalla al júbilo místico, la ternura universal, ni el lenguaje simbólico, los tres rasgos del perfil distintivo de la creación teopoética, que En la voz del silencio de Jit Manuel Castillo, formaliza soberanamente en el fuero de la sede literaria (3). Una sabiduría divina destilan estos amartelados versos del místico poeta interiorista que calza y perfila esta lírica entrañable. Y una empatía cósmica concita el aliento de su alma encendida en la fragua de lo sagrado, vínculo de la gracia que convierte el amor en quejido y el dolor en luz bajo el fuego de lo divino. Con la sensorialidad de lo viviente el poeta se hace uno con el Todo, según canta en “Nos unió el llanto”:

Nos unió el llanto en la alborada
yo me derramé en lágrimas
Tú me acompañaste con el rocío.
Y por tus ojos entreabiertos
se fugó una estrella solitaria
pañuelo de mi alma herida.

(En la voz del silencio, p. 47).

Para el que vive místicamente el mundo, que es vivirlo bajo el aliento de lo divino, todo es pasión, armonía y entrega. Se vive así místicamente el mundo como expresión de lo sagrado a la luz de la irradiación de lo celeste. Jit Manuel lo sabe y lo siente porque ha sido imantado por la llama sutil de la Presencia infinita y la pasión inmortal de la dolencia divina. Y ha experimentado la inexorable transformación que vive la conciencia del místico. Así lo expresa el poeta franciscano en “Ya no es lo mismo”, por lo cual unos versos de san Juan de la Cruz (“¡Oh noche que guiaste/¡Oh noche amable más que la alborada!”), acuartela la mirada que purifica los sentidos y, como el niño atemorizado ante el miedo de la Caperucita, evoca el lenguaje del cuento infantil, que usa como mediación de sus cogitaciones interiores:

Ya no es lo mismo
todas mis noches se siembran
 de estrellas mi densa oscuridad
está poblada de constelaciones.
Cierro los ojos para mejor sentirte.

(En la voz del silencio, p. 48).

En efecto, quienes han experimentado la sublime sensación de la experiencia mística ven lo que el común de los mortales no atisba, y vive lo que ha sido reservado a iluminados y contemplativos, que viven el fulgor de la celeste llama. Es un “fuego divino” que atiza el hondón de la sensibilidad y la purifica el sentido bajo el crisol de lo sagrado. En “Hay un ardor en mi pecho” escribe el poeta:

Hay un ardor en mi pecho
no me pertenece y me quema.
Esa pasión no es mía
me abrasa y viene de lo Alto
aunque está bien adentro.
En lo profundo
tan honda que me trasciende.
Es devoradora y me funde.
Su misterio me habita
me posee    me integra.

(En la voz del silencio, p. 52).

Entonces el poeta experimenta extrañas, profundas y contradictorias señales. Entre antítesis y paradojas resuelve el poeta la ambivalencia de su lenguaje y la “contradicción” de la “soledad sonora” o la “tiniebla encendida” de los grandes místicos que en el mundo han sido. Sin buscar nada lo tiene todo y, como el Poverello de Asís, no quiere nada para tenerlo todo. El fundador de la Orden Franciscana, a la que pertenece Jit Manuel Castillo de la Cruz, es un paradigma de santidad y ternura, y de su corazón impregnado de amor divino, brotó la poesía que canta en sus tiernas cancioncillas, rociada de la llama mística de lo viviente, que este seguidor de su vida imita y cultiva en su lírica teopoética bajo la fragua del sentido. En “Temor de Dios” nuestro poeta expresa su visión iluminada:

 No es tu presencia lo que temo.
Es al dolor que persiste
cuando me dejas.
Devuélveme a Ti
aunque me duela.
Es como único soporto no sentirte.

(En la voz del silencio, p. 78).

Y en un aparente juego de palabras, propio de la paradoja muy del gusto de la mística, el poeta expresa el anhelo de ser para la luz, viviendo en medio de la sombra bajo el fulgor del misterio, como escribe en el poema “En tu ausencia”. El anhelo de “otro cielo estrellado”, para aludir al ámbito sutil de la trascendencia, hace suspirar su alma irredenta cuando se siente abandonado, solo y triste:

En tu ausencia, ni las arañas me visitan
para tejer su amor en mi abandono.
En mi abandono, ni las arañas se agitan
para expresar por tu ausencia mi dolor.
En mi dolor me detengo en las arañas
para disimular tu abandono.

(En la voz del silencio, p. 86).

En el poemario En la voz del silencio, título traslaticio y simbólico de una cautivante creación teopoética, el emisor de estos encendidos versos canta el hallazgo que emociona al poeta, anonadado ante el Misterio y arrobado ante la Presencia que le revela el Sentido y la entrañada Luz de la Hermosura. En “Plegaria”, que sirve de epígrafe a este estudio, el poeta canta el sentimiento místico de compenetración con lo divino que, con el lenguaje simbólico de la paradoja, expresa la conmoción que lo desconcierta ante el Fulgor del Misterio:

Sin mí
puéblame contigo.
A solas con el solo
en mi soledad todos entran.
¿De dónde esta presencia
que me deja tan ausente?
Tu claridad me refleja
como espejo de tu sombra”.

(En la voz del silencio, “Plegaria”).

Desde los tiempos antiguos los poetas creen, y lo creen porque lo viven, que con su creación verbal crean un mundo verbal que formalizan en sus imágenes y símbolos, aunque estén conscientes de que la suya no es una creación ex nihilo, es decir,  de la nada, como fue la Creación del Mundo según el relato bíblico. La de los narradores y poetas es una invención que tiene su base en la tradición, el lenguaje y la memoria, aunque participan la imaginación del creador con sus intuiciones y vivencias, ya que el lenguaje forma parte de la cultura colectiva de una comunidad con sus mitos, tradiciones y costumbres.

Los escritores han evidenciado que con la palabra pueden formalizar su capacidad simbólica, como lo vive el niño a través de procesos que experimenta en su confrontación con el mundo sensorial de lo existente. El lenguaje deviene un instrumento indispensable de relación y connotación que la creación formaliza. Con la palabra encauzamos nuestra visión del mundo, que lo representamos en el lenguaje discursivo y directo, o traslaticio, metafísico y simbólico.

Desde nuestra instalación en el mundo establecemos un vínculo con las cosas y, mediante el arte del lenguaje, lo recreamos, representamos y simbolizamos. Intuimos, conceptualizamos y simbolizamos lo que pensamos, que formalizamos en imágenes y conceptos con el concurso del lenguaje (verbal, pictórico o musical) y reproducimos nuestra percepción de las cosas y creamos un nuevo orbe nominal con los signos y los símbolos de nuestro lenguaje. Y como el lenguaje es una creación, tenemos la sensación -y el primero en tenerla es el niño- de que nos apropiamos del mundo por el lenguaje que lo representa, y por eso Adán aparece en el Jardín del Edén nombrando las cosas, una forma de apropiarse de ellas nominalmente. Los poetas, que con su lenguaje recrean la realidad de lo visible y lo invisible, representan con las palabras no solo lo que acontece en el mundo interior de su conciencia y en el mundo exterior de lo existente, sino lo que subyace en la apariencia de las cosas puesto que la creación poética capta su esencia y su sentido. Y, además, perfilan la dimensión metafísica y simbólica de lo viviente. Mediante el lenguaje canalizan lo que su intuición percibe, lo que la revelación les dicta o lo que su creatividad genera mediante su visión de lo incorpóreo. Y, desde luego, la representación simbólica que atribuyen a las cosas. Justamente por el lenguaje asume el hombre el mundo, como lo hace el niño desde sus primeros balbuceos, y al nombrar y recrear las cosas el hablante las confirma, y al confirmarlas y simbolizarlas, las conjura con la magia verbal de los vocablos y el acierto expresivo de los símbolos (4).

Hay realidades sensoriales (piedra, lluvia, gorrión), intelectuales (concepto, intuición, criterio), imaginativas (mito, fantasía, ilusión), afectivas (amor, atracción, rechazo), morales (pauta, ley, ordenamiento) y espirituales (fe, contemplación, éxtasis). Los símbolos se forman con realidades sensoriales, y a las referencias objetivas, concretas y tangibles, les asignamos un nuevo sentido. Por esa razón los símbolos tienen una concreción referencial, constatable y visible y, en tal virtud, facilitan su comprensión, a pesar de la connotación metafísica que entrañan, pues siendo realidades sensibles, encarnan una faceta suprasensible, por lo cual implican un nivel de representación intelectual y de irradiación espiritual superior a la evidencia de su materialidad física. En Jit Manuel Castillo de la Cruz la luz es símbolo de la llama divina, que anhela entrañablemente para mitigar la sombra que lo anula, según revela en su poema “Entre tinieblas”:

Luz es lo único que pido:
enciende mi corazón con Tu espíritu
y disipa el vacío que me envuelve.
¿Para qué finalmente un horizonte
si en la oscuridad de Tu vientre
me descubro tu hijo muy amado?

(En la voz del silencio, p. 13).

El poeta acude a las manifestaciones sensoriales vinculadas a la luz (Sol, hoguera, fuego, alborada, crepúsculo) para canalizar la honda pasión de su sensibilidad espiritual, con la obvia alusión a la Llama infinita, como expresa en “Ser hoguera”:

Anhelo ser hoguera
abrasada entre árboles.
Consumirme Contigo
en un bosque maternal.
Mas el miedo me quiebra
detiene mis pasos
hacia el sol llameante
y anula mis pisadas.

(En la voz del silencio, p. 21).

Con la connotación simbólica de su visión mística del mundo, en “Luz y tinieblas” el poeta interiorista procura conciliar los opuestos de luz y sombra, las dos coordenadas en las que desenvuelve su sensibilidad espiritual:

Soy luz intermitente.
A veces
ilumino el movimiento de la noche
para esconderme de Ti.
Otras veces
nado entre tinieblas
perdido en las sombras
de Tus aguas
que me encubren.

(En la voz del silencio, p. 55).

Al respecto conviene advertir que hay palabras que parecen abstractas y no lo son, como el silencio, que no es una ausencia, una irrealidad o una abstracción. El silencio es una entidad sensible, sonora y elocuente. Mediante el silencio escuchamos la voz interior de la conciencia, la voz entrañable de las cosas y la voz sutil de efluvios y emanaciones de la cantera cósmica o de la Divinidad. Por eso el silencio tiene una dimensión estética, simbólica y mística, como la siente y la vive fray Jit Manuel Castillo, según plasma en su hermoso poemario místico. Se trata de voces intangibles (silencio, soledad, contemplación), que generan efectos especiales en el hondón de la sensibilidad profunda.

   La vertiente simbólica del lenguaje entraña un conocimiento metafísico del mundo y una valoración mística de lo viviente. Todo lo que sensorialmente existe puede ser objeto de simbolización. El símbolo es la representación icónica de un concepto metafísico, de un significado trascendente o de una manifestación del inconsciente personal o colectivo. Y el símbolo arquetípico, como el más alto índice de la espiritualidad trascendente, es el modelo primordial del psiquismo humano y de la sabiduría espiritual del Numen, que la poesía metafísica y la creación teopoética suelen convocar.

“En la clara penumbra”, término contrastante para aludir a su anhelo profundo, la voz lírica explora las cosas vinculadas a la luz, símbolo de su alta aspiración mística, para significar que su vida tiene un destino y, su creación, un alto sentido:

Soy una llama
y me alargo para alcanzarte.
Pero mientras más me consumo
más me alejo de Ti.
Sin quemarme, no sentiría el calor
que confirma Tu presencia.
Ahora comprendo: estás en mí
en cada vano intento por alcanzarte.

(En la voz del silencio, p.85).

Los poemas están llenos de símbolos y la literatura mística es un caudal de connotaciones simbólicas. Lo que importa es entender el significado de cada símbolo ya que cada voz simbólica tiene una connotación metafísica o mística. El Universo es un caudal de símbolos que constantemente emanan de la cantera cósmica y de la Divinidad, la fuente primordial de símbolos, mensajes, señales, estelas, emanaciones y sonidos con valor simbólico. De hecho, Dios y el Cosmos se comunican simbólicamente como ha sabido entenderlo el autor de esta obra.

Poesía intuitiva, mística y simbólica la de Jit Manuel, revela una onda de sabiduría y una estela de espiritualidad edificante y trascendente. Cuando un poema, una ponencia o una palabra de luz contribuyen a la expansión de la conciencia, hay una irradiación divina que amplía el horizonte espiritual y una honda sutil que potencia la gracia divina. La lírica de Jit Manuel revela una conexión directa, no solo con la faceta mística de lo viviente y la vertiente metafísica de la realidad cósmica, sino con la realidad esencial, pura y primordial. La mística es la más alta creación de la conciencia por la conexión que entraña con la Fuente originaria.

Se siente en este poemario que su iluminado creador es un canal de energía con una frecuencia activada en la Energía pura, un canal de Dios, como lo evidencia su lírica teopoética a través de sus símbolos arquetípicos. Quién escribe en símbolos es un vaso comunicante con lo divino mismo porque Dios habla en símbolos a través de las sutiles emanaciones de la Trascendencia. Y el alma es la puerta por la cual fluye lo divino cuando está conectada con la Fuente. Llega la iluminación y con ella el amor divino desde la fragua de lo viviente. Y como corolario, la sabiduría que edifica y la belleza que conmueve.

La obra de este poeta franciscano es un vivo reflejo del esplendor del mundo, pero un reflejo que sorprende al mismo Reflejado. Quien habla en símbolos es un canal de lo trascendente para encauzar sabias palabras con mensajes eternos, como se manifiesta ejemplarmente en  el poemario En la voz del silencio.

Por eso, al término del poemario el poeta queda “Sin palabras” ya que, en la aparente contradicción de su anhelo infinito, sintiéndose sombra, se abre a la luz ya que el derrotero final de su ruta implica fundirse con la Luz:

En el mudo silencio
de mi espacio vacío
te encuentro
sembrado en Ti
también soy la LUZ
aunque parezca Tu sombra.

(En la voz del silencio, p. 93).

Como genuino cultor de la singular vivencia del espíritu, la persona lírica que habita en Jit Manuel Castillo experimenta en el fuero entrañable de la ‘realidad sagrada’ la comunión mística con la Divinidad, y cuando regresa de la singular vivencia de lo inefable, vuelve impregnado de la sabiduría que nutre su decir con el halo secreto de lo Eterno y, en gesto de generosidad y entrega, comparte su emoción estética y su fruición espiritual en esta obra inspirada en el lenguaje del amor sagrado bajo la onda sutil de la llama que ilumina, el aliento que embriaga y la voz que cautiva.

Bruno Rosario Candelier
Encuentro del Movimiento Interiorista
Moca, Ateneo Insular, 22 de octubre de 2016.

 Notas:

1. Jit Manuel Castillo de la Cruz nació en el barrio de Villa Duarte, Santo Domingo Este, el 18 de junio de 1974. Cursó estudios de filosofía en el Instituto Filosófico Pedro Francisco Bonó, del Intec, entre 1993-1996. Hizo un bachillerato en artes, mención filosofía, en la Universidad Central de Bayamón, Puerto Rico, y obtuvo una maestría en Divinidad por el Centro de Estudios de los Dominicos del Caribe, en la Isla del Encanto. En el año 2011 hizo un posgrado en teología pastoral de evangelización por el Instituto Teológico Franciscano en Petrópolis, Brasil. Impartió docencia en la rama de filosofía en el Instituto Filosófico Pedro Francisco Bonó y en el Seminario Pontificio Santo Tomás de Aquino, y teología en la Universidad Católica de Santo Domingo. Es asesor de las Comunidades Eclesiales de Base. En el vigésimo certamen literario de la Universidad Central de Bayamón ganó el primer lugar en poesía y cuento, y el segundo lugar en ensayo. Autor de la novela El apócrifo de Judas Izcariote, forma parte del Movimiento Interiorista del Ateneo Insular. Reside en Puerto Rico donde hace vida pastoral y literaria.

2. El poemario En la voz del silencio, primer libro de creación poética de Jit Manuel Castillo, refleja la dimensión mística en su temática y la belleza formal en su lenguaje.

3. Esta creación poética, interiorista y mística, aporta un nuevo aliento que nutre y potencia el cultivo de la lírica teopoética en las letras dominicanas, cuyo autor, Jit Manuel Castillo de la Cruz, comparte con los presbíteros dominicanos Freddy Bretón, Tulio Cordero, Fausto Leonardo Henríquez y Roberto Miguel Escaño, la plantilla de sacerdotes y poetas místicos, que el Movimiento Interiorista impulsa, estimula y promueve.

4. Bruno Rosario Candelier, Ensayos lingüísticos, Santiago, PUCMM, 1990, pp. 247ss.

Entaponar/entaponamiento – *precinto electoral – completar/*completizar – ciber

ENTAPONAR – ENTAPONAMIENTO

“. . . se han transformado en un verdadero mercado que contribuye al eterno ENTAPONAMIENTO del sector”.

Es ya un asunto conocido que cada país tiene una manera peculiar de denominar el atasco vehicular que se produce en las vías públicas de tránsito.

En República Dominicana dirán que hubo un tapón en la fluidez del tránsito terrestre. Este tapón ha de tomarse en el sentido de entorpecimiento u obstrucción en la circulación vehicular. Con las expresiones y explicaciones anteriores se pretende demostrar que el verbo y el nombre del título están bien formados y, en consecuencia, merecen el reconocimiento de la lexicografía.

En este tapón antes mencionado encuentra su origen el verbo entaponar que es de pura cepa dominicana; aunque no conste en ninguno de los diccionarios dedicados al habla de los dominicanos. En este verbo puede argüirse que se expresa lo que sucede o actúa (en forma) de tapón, “en tapón”, más la terminación –ar del verbo.

En tanto fenómeno natural, el verbo llama por un sustantivo que denomine el efecto o resultado del impedimento o dificultad en el flujo vehicular. La creatividad popular no tardó en producir el entaponamiento.

Las dos voces del título son moneda corriente en el español dominicano. A tal punto esto es realidad que los hablantes y estudiosos del español dominicano no detectaron la singularidad de las voces. Como consecuencia de lo anterior hay que aceptarlos en el habla y en la escritura dominicanas.

Del mismo modo en que se ha procedido en otras ocasiones, en esta se llama la atención de los diccionaristas para que tomen nota de este vocablo y lo consignen en los futuros diccionarios diferenciales.

*PRECINTO ELECTORAL

“. . .dependiendo la cantidad de votantes que tenga cada PRECINTO ELECTORAL. . .”

Como paso previo, antes de adentrarse en el tema de la sección, ha de tenerse en cuenta que el gerundio “dependiendo de” funciona como adverbio. De la manera en que se ha expuesto antes, este llama por la preposición de que no aparece en la cita.

El error del precinto lleva la señal de historia muchas veces repetida. Precinto en español es un sello o atadura para mantener cerrada una cosa de forma que si se rompe, se note. Una vez destacada esta acepción queda demostrado que eso de “precinto electoral” es un disparate.

Más abajo se examinará de donde procede la confusión y, cuál fue la palabra que debió usar el periodista en este caso.

Como tantas otras equivocaciones esta también viene del inglés. En esa lengua la voz precinct es la que por su parecido propicia el desacierto. En lengua inglesa esa palabra corresponde al español recinto que en español significa espacio cerrado por unos límites.

Como la voz del inglés por su parecido con la del español, se la toma por la semejanza y se incurre en error en los casos en que se traduce por *precinto policial, cuando se refiere en realidad a la estación, destacamento, comisaría de policía, o a la jurisdicción de esas.

En otras circunstancias la palabra del inglés se traduce de manera distinta a lo ya mencionado, pero esos casos se dejarán fuera de este escrito para no abrumar a los que no están expuestos a estas barbaridades. Tómese el último vocablo de la oración anterior con su valor de “dicho disparatado”.

La voz del inglés en el contexto de la cita corresponde en español a la “circunscripción de sufragantes, distrito electoral”. En iglesias y catedrales es “recinto”. Con relación a ciudades y lugares de habitantes es, “alrededores, afueras, barriadas”.

Si todos los recipientes de bebidas alcohólicas en la República Dominicana tuvieran un precinto, se haría más difícil adulterarlas sin que los compradores se percataran de los hechos. Este precinto es un sello que el fabricante coloca para seguridad del consumidor.

COMPLETAR – *COMPLETIZAR

“. . .la corrupción ha estado vinculada a las actuaciones de los funcionarios públicos. . . pero hoy día SE COMPLETIZA porque utilizan técnicas más sofisticadas. . .”

Antes de entrar en el meollo del asunto de esta sección vale la pena que se revise el acierto en la selección de la palabra “técnica”. En lugar de eso pudo escribir el articulista “procedimientos, recursos, medios, métodos”. La palabra técnica trae consigo un tufillo a mecánica, a las actividades relacionadas con la construcción y fabricación de cosas, o, con ciencias aplicadas a lo mencionado.

Ya en ocasiones anteriores se ha escrito acerca de la necesidad que sienten algunos escribientes de crear nuevas palabras. En algunos casos, se ha argumentado, la creación responde a una necesidad; en otras ocasiones son el fruto de la ignorancia o la necedad.

En el pasado de la lengua pueden encontrarse muchos ejemplos de nuevas voces que son más largas que las originales que tratan de reemplazar. Algunas de estas tuvieron influencia de la lengua francesa. En el caso presente en esta sección hay un rasgo que evoca esta posibilidad, pues se nota la incorporación de las dos letras iz en tanto infijo en medio del verbo del español tradicional.

Si cupiese como explicación podría proponerse que con este nuevo verbo lo que pretendió su creador fue hacer “más completa” la acción a que se refiere para, si se puede, perfeccionarla. Es posible que lo que buscaba el autor de las frases transcritas fuera destacar “acabar por completo” el proceso de la corrupción, en el sentido de agregarle mayor eficacia a la acción a que se refiere.

Aunque se pretenda suplir explicaciones para encontrar el origen de una creación de este género no cabe duda de que la razón es muy personal del autor y permanece sin reflejar una necesidad de la lengua.

No se escribe aquí que la extraña voz no exista, sino que todavía no es reconocida por la mayoría de los hablantes. Parece una creación aventurada sin futuro promisorio.

CIBER

“. . . y acerca de las preocupaciones mutuas, en materia de CIBERSEGURIDAD”.

La ciencia, el avance tecnológico y el progreso en general han impulsado el uso de palabras que llevan este ciber en su composición. No sobra que se recuerde que el desarrollo de las actividades en el campo cibernético provino de los países más desarrollados científicamente y, que la divulgación se operó desde la lengua inglesa.

En la actualidad se reconoce a ciber- en tanto elemento compositivo. Este elemento compositivo proviene del inglés cyber-. Ya en el diccionario académico del año 2001 aparecieron asentadas las palabras ciberespacio, cibernauta,  cibernética como sustantivo y, cibernético, ca como adjetivo.

El uso ha ido incorporando vocablos formados con este ciber-, como por ejemplo, ciberataque, cibercafé, cibercentro, cibercomercio, ciberdelito, ciberdelincuente, cibercultura, ciberespacio, ciberperiodismo, ciberlenguaje, ciberguerra, cibersexo, ciberseguridad, ciberterrorismo y cibertienda. La lista no termina ahí, pues se irán incorporando en el futuro más voces.

Hay que destacar que algunas de estas palabras no han sido reconocidas por los diccionarios generales de la lengua española. En su mayoría son adaptaciones de voces del inglés para situaciones, hechos o circunstancias de la vida moderna.

© 2016, Roberto E. Guzmán.

La mujer en la narrativa de Manuel Salvador Gautier

Por Miguel Solano

Para oficializar mi ingreso en el grupo de narradores de la Academia Dominicana de la Lengua, conocido como Mester, pronuncié un discurso titulado “Protagonismo oculto de la mujer en la narrativa Dominicana”. La tesis esencial del discurso fue demostrar que la mujer se había ocultado en la narrativa para adueñarse del control de los protagonistas y de esa forma explicar la historia de los hechos tales y como ocurrieron a partir de acontecimientos que fueron generados por el amor, un hijo predilecto de la poesía, la música y la libertad del pueblo quisqueyano. Tres mujeres, que en el transcurrir del tiempo resultaron ser las mismas, actuaron en tres obras tomadas como ejemplos de lo que el autor quería demostrar.

En “El Sueño era Cipango”, de Bruno Rosario Candelier, una diosa indígena llamada Toeya fue la diseñadora del “Misterio de la Fe Creadora”, que así llamo esta aparición misteriosa de la mujer en el mundo creativo. En “TIEMPO para HEROES”, de Manuel Salvador Gautier, la hacedora del milagro lo fue Zaida Guerrero y en “Las Lágrimas de mi Papá”, la mujer que se apoderó del destino del protagonista lo fue Josefina Rodríguez de Solano. Aquí nos interesa ocuparnos, única y exclusivamente, de las mujeres en la narrativa de Manuel Salvador Gautier.

Pues bien, “Tiempo para Héroes” son cuatro novelas. La primera, “El Atrevimiento”, tiene 242 páginas, en esa parte, Zaida Guerrero no aparece. En la segunda, “Pormenores del Exilio”, con 240 páginas, nuestra protagonista oculta inicia su vida en la página 13. La Tercera, con 217 páginas, lleva como título “La Convergencia” y la cuarta, con 130 páginas, tiene por nombre y apellido “Monte Adentro”.

El propio Don Manuel Salvador Gautier confiesa, en una conferencia titulada “El arte y la técnica en la novela”, dada en la Biblioteca República Dominicana, el 26 de julio de 2007, que “Tiempo para Héroes se inicia en Santo Domingo, en el momento en que su protagonista principal, Guarionex Pérez, pelea con un compañero de escuela en enero de 1958 y termina cuando éste muere en julio de 1959. El pleito hace que Guarionex sea enviado a Santiago, donde conoce al otro protagonista, Publio José Santamaría; allá, sin proponérselo saca a su tío Tutín Tejera de un atolladero; el tío, un rico empresario, agradecido, paga su viaje a Nueva York…y así sigue. Lo curioso es que, cuando la comencé, no sabía que todo esto iba a suceder. No había establecido una trama a seguir. Fui creando los episodios, las situaciones y las intrigas según escribía la novela”.

Don Manuel Salvador Gautier, nuestro laureado novelista y Coordinador del Grupo Mester, fue poseído por una maravillosa mujer que se hizo con todo el coraje, la belleza, la inteligencia y la astucia que debía tener una luchadora contra la maquinaria criminal de la tiranía Trujillo-Balaguerista. Y esa mujer reaparece, en su mismo rol de protagonista oculta, en las demás obras.

Liliana Nadal, en “Un árbol para esconder mariposas” aparece en la imaginación de Tian, el protagonista, con un extraordinario poder, podríamos decir que con el mayor poder que una mujer puede tener sobre las ilusiones de un hombre, pues aparece como su fuente inspiradora para su masturbación: ¡Qué sacro santo poder!

Liliana tiene que luchar contra esa mezcla de estupor y desaliento que significan el tener una relación no aceptada ni por la familia ni por la sociedad. Y esa relación la concluye sembrando un árbol para comenzar a comprender, hecho que aparece como una profecía en el nacer y surgimiento de Barack Obama como líder mundial y presidente de Los Estados Unidos de Norteamericano.

Doña Esclarí Pallares y Huguet es la protagonista oculta en “Dimensionando a Dios”, quien aparece en un monólogo que Don Felipe Aguedó, tutor de Juan Pablo Duarte, el protagonista, sostiene sobre ella, pues le ha sido ofrecida como posible esposa. Esclarí tiene como misión el asegurarse de que la empresa de su padre sea administrada por una persona con la capacidad suficiente para generar las ganancias que se necesitan para conseguir la libertad de su pueblo y como le fue ofrecida en matrimonio al señor Felipe Aguedó, negocia con éste el acuerdo, demostrando en el proceso, aunque realizado en la década del 1820, una capacidad de negociación propia de la literatura de crecimiento individual que inició su Boom por los años 1980. Lo maravilloso de esa capacidad de negociación demostrada por Esclarí es que, aunque se adelanta 160 años, no ofende al lector, pues envuelve su requerimiento en una obra de amor y por amor: La lucha por la libertad. Tan pronto Esclarí aparece en la novela la obra toma su real dimensión: Juan Pablo Duarte encuentra su camino hacia la liberación de su conciencia y de su patria, de esa Quisqueya que había abandonado. Así su regreso por la libertad de su amado pueblo se hace lúcido y esplendoroso.

Estas mujeres han penetrado hasta el dormitorio creativo de Manuel Salvador Gautier y han purificado el oxígeno de sus dramas. Ninguna de ellas ha tenido excusas a la hora de defender la poesía, a la hora de defender la música, la libertad, el amor y la Patria.

Se entregan con pasión, con placer, con voluntad a la causa abrazada. No hay dudas en ellas, no vacilan, no son personajes enfermizos, criaturas sin desenfrenos, sino que son mujeres con un claro discernimiento acerca del bien y el mal, dones que quizás MSG no les concedió, pero que supo desarrollarles, como ese de que aceptan la fácil moral de su siglo, pero exigiendo siempre purificarla hacia un estado de libertad superior.

No le tienen horror a la soledad. A las mujeres de MSG amarlas no es un error, compadecerlas no está aceptado porque ellas no sufren de ceguera del corazón, de sordera del alma o de mudes de la conciencia, porque ellas, cuando se trata del Amor y de la Fe, aprendieron a hablar lenguas puras.

¿Cómo llegó, en el sicológico mundo de sus personajes, MSG, a concebir mujeres de esta estirpe, quisqueyanas de esta clase? O, ¿cómo mujeres de esta estirpe, quisqueyana de esta clase, lograron penetrar en las necesidades espirituales de MSG?

Para mí, resulta una bellísima especulación imaginarme a MSG, con 11 años, oculto en un oscuro rincón de su casa materna leyendo a “La dama de las camelias”, de Alejandro Dumas. Allí, como Armando Duval, lloró hasta el delirio los padecimientos de Margarita Gautier, vivió su amor y lo sufrió. Y en su subconsciente debió haberse formado la idea de no hacer, jamás, a ningún ser humano llorar como él lloró, sufrir como él sufrió, amar sí, pero amar causas que el amor impulse, no causas que el amor destruya. Y Margarita Gautier sufrió tanto, que aun en sus momentos fuertes, sus argumentos eran una muestra dolorosa de su debilidad. Especulo que fue así, por oposición, como concibió la idea de que sus mujeres fuesen personajes que:

1-Tengan causas sociales a las que asocien su amor, a la que unan su evolución espiritual.

2- Que sean mujeres con capacidad para imponer sus criterios y lograr el triunfo de la poesía, la música y la libertad como fuerzas asociadas al amor, al sentimiento que nos redime.

3- Que sean mujeres con capacidad para obligar al hombre que les ha profesado su amor, a asumir las causas que ellas defienden.

4- Son mujeres con una preparación profesional admirable, sin importar el tiempo histórico.

5- Si sumamos las características que identifican a las mujeres de MSG, podemos resumirlas en una: son la antítesis de Margarita Gautier.

6- Solo hay una condición de Margarita Gautier de la cual MSG no pudo librarse, -¡y es bueno que así sea!-, esa característica es la belleza, el extraordinario encanto de la cortesana francesa.

7- Las mujeres de MSG, como Penélope, no son tejedoras de décadas, sino batalladoras de días, en cierta forma, compactas, seguras de sí mismas, sólidas como columnas del palacio social en construcción.

©Miguel Solano

La fascinación de la rosa, novela de Manuel S. Gautier

Por Ofelia Berrido

Esta obra novelística se inicia con una percepción cruda dirigida al lector. Se nos echa en cara ser pulga, animal que se nutre de otro animal: un perro callejero que deambula buscando comida en la basura. Simbolismo de una sociedad salvaje que se nutre de lo peor. Organismo al cual nos aferramos con garras para seguir adelante a como dé lugar. Chupar y chupar es la salida de sobrevivencia, porque lo otro, según nos dice…”es esperar que el perro se rasque y nos aplaste o nos lance en el vacío con una sacudida de su lomo”. No hay escapatoria en el mundo de esta percepción de Manuel Salvador Gautier.

Me sorprende y entusiasma conocer esta nueva faceta del autor: La profundidad y el alejamiento del mundo real cotidiano e histórico a que nos tiene acostumbrados en sus obras previas. Se muestra un Gautier reflexivo que penetra un universo de pensamiento mucho más complejo y se despoja de todos los tabúes ancestrales para reconocerse transformado por una nueva conciencia. El autor de la obra se abre a nuevas experiencias en un lenguaje mítico cosmogónico lleno de simbolismos.

No sé si la ideación de esta obra ha sido la clave que ha abierto las puertas de su nuevo imaginario o si es la madurez de un hombre en búsqueda lo que le ha llevado por nuevos senderos, pero el cambio es radical.

La obra está dividida en dos partes que pudiéramos catalogar como dos planos fuertemente diferenciados: la “realidad cotidiana” y el “realismo mágico” que a medida que avanza la trama se integran para formar la “única realidad”. La primera, nos muestra al Gautier conocido que se desplaza con facilidad en el dominio de la técnica que ha hecho de él un laureado escritor: diálogos naturales y espontáneos que intercalados con el uso del monólogo interior dan verosimilitud a lo narrado; una unidad lingüística manifiesta en enunciados bien estructurados a través de una coherencia y cohesión entre los hechos nos permite entender lo comunicado y hacer una lectura fluida sin exabruptos; una narrativa límpida que se desplaza de forma admirable; excelentes descripciones que nos permiten situarnos con comodidad en un telón de fondo bien constituido con párrafos breves y bien armados. Estas descripciones y la ambientación justa, ensamblados junto a diálogos apropiados y precisos, dan el tono perfecto a cada situación. El tiempo interno de la historia y el tiempo externo o histórico donde sucede se engarzan para convertir el tiempo en un personaje que define destinos. En esta obra el tiempo y espacio son el absoluto, lo inmutable donde todo es posible: Se trata de la ontología divina.

Hay varios recursos que nos llaman la atención: la facilidad con que el escritor puebla su novela de personajes con motivaciones claras que se internan y retiran de la historia con naturalidad; el uso frecuente de anglicismos al estilo Borges le dan una nota cosmopolita y define los grupos sociales que los emplea; y el uso notorio de sus conocimientos arquitectónicos y retratos de ciertas costumbres de nuestro país.

Pero pasemos al argumento: Federico Nadal el protagonista, un hombre solitario, abandonado por su esposa y descuidado por sus hijos se enfrenta a un hecho inesperado: una mujer entra a su vida para cambiarla de raíz. Termina el tedio y la dama se convierte en una puerta que lo lleva por un nuevo sendero. Se enamora. La musa es un pretexto que la vida le ofrece para provocar una transformación. Ella antes de aceptar su amor le exige que supere varios retos. El escritor utiliza el recurso cardinal de las novelas griegas, bizantinas y de caballerías: las pruebas. Esta novela de aventuras utiliza el esquema argumental arquetípico donde el héroe debe vencer los obstáculos que la vida le brinda para lograr alcanzar lo que busca: la meta final que se presenta como el amor de sus sueños. Luisa Escobar es la “Dulcinea del Toboso” de esta obra. Las aventuras en las que se ve envuelto Federico tienen un aura especial, son hazañas vividas con intensidad y entrega por el alto significado que encierran: el logro de la espiritualidad y de ahí el carácter único de cada aventura a que se expone.

Tres son las pruebas: primero, sobreponerse al mundo físico a través de la acción. De esta prueba sale airoso evidenciando su bondad y compasión, pero son las restantes aventuras las que hacen del libro una obra diferente a todo lo escrito por el autor… Una de ellas le muestra el mundo del vudú, y luego el cristianismo en el viaje que realiza desde el Este de la isla hacia Haití y luego, el regreso que cierra el círculo. Federico experimenta la fuerza de los elementos y se estremece tras cada prueba. Nota su sostenida transformación y tras cada superación recibe una rosa como símbolo del ascenso espiritual.

El tema religioso es tratado con respeto y sin los prejuicios que con frecuencia son manejados. El protagonista visita un templo vudú y al ver el ceremonial se sorprende de lo que ve y piensa…

“Me mira fijamente; no comprende la razón por la cual niego un lugar donde cada objeto natural o construido es receptáculo de la divinidad. Los arboles, los bohíos, la enramada, el piso de tierra de este lado del riachuelo, son el templo…”

Esto nos hace recordar las catedrales góticas como la de Chartres, y hasta la nuestra “La Catedral Primada de América”, hechas por artesanos virtuosos de la arquitectura sagrada, símbolo de la naturaleza y el universo con las columnas posicionadas como arboles del bosque al lado del sendero y los techos… bóvedas de crucerías como ramas que se entrecruzan. Tierra, naturaleza viva, fecundidad, fruto, vida y renacer…

Federico no se suma a la nueva realidad religiosa con que se encuentra sino que esta le sirve de catalizador para enfrentar sus propios fantasmas. Entiende claramente la simbiosis de culturas y está listo para conocer lo que se le presenta.

Lo que toca emocionalmente a Federico no es la aventura misma sino el significado transcendente que esta pueda tener y el cómo impactará su vida. Federico se enfrenta a lo desconocido para restablecer el orden perdido: Busca encontrar la felicidad malograda, pero en el proceso se descubre a sí mismo y descubre lo que para el protagonista es la necesidad de una religión que vea al ser humano como parte de la naturaleza y no separado de ella.

Esta obra se trata de la relación entre la aventura y el autoconocimiento del que habla Georg Simmel o como diría Carlos García Gaul: “esta aventura es en el fondo un asunto privado”.

“La fascinación de la rosa”, novela de aventuras de Manuel Salvador Gautier, es el viaje interior de iniciación de Federico Nadal: un viaje que tarde o temprano realizaremos todos…

Artículo publicado en la Revista literaria “Areito”
Periódico Hoy
Sábado 19 de mayo de 2012

Toda la vida, la historia como estrategia narrativa

Por Fernando Cabrera

El libro reciente del escritor Manuel Salvador Gautier, Premio Nacional de Novela 1995 otorgado por la Secretaria de Educación, Bellas Artes y Culto, 435 páginas, editado en los talleres de Editora Corripio, es un extraordinario esfuerzo de compendio de los anhelos y frustraciones de varias generaciones de dominicanos. Entre sus interesantes páginas de forma sistemática, reiterativa, incisiva y consciente, se van hilando lugares de nostalgia tanto físicos como ideológicos.

Hondas referencias de heroísmo y dolor a través de más de seis décadas de discurrir (1932-1992). Sesenta y dos años de soledad y donde todos los agentes históricos, con sus nombres y apellidos (se pueden observar en la portada, ambientados por el óleo de 1963 Hombre y Tambor de Paul Giudicelli: Rafael Leonidas Trujillo, Joaquín Balaguer, Rafael Bonnelly, Juan Bosch, Antonio Guzmán Fernández, Salvador Jorge Blanco y Donald Reid Cabral. Todos van desfilando con sus vestiduras de odio o redención, marcándonos de forma inexorable igual que lo hace el tiempo.

Tan intenso es el aroma de los hechos, de las implicaciones de los sucesos acecidos en la realidad dominicana recién pasada, que en la mayor parte de la obra resulta transparente, cuando no irrelevante, el drama de ficción que el autor presenta como eje axial de la novela. Importa más el devenir de Manolo Tavárez Justo o el contenido de la arenga radial pronunciada por José Francisco Peña Gómez a favor de la gesta constitucionalista de 1965, que el destino fatal o feliz de Juan Manuel Serra, “Chuchú”, personaje principal de Toda la vida. Dicho personaje y su familia, con una Idalia que al final se nos acerca a la Doña Ursula de Gabriel García Márquez, en suerte de criollos “Forrest Gump”, celebrada presentación cinematográfica que le valiera el segundo Oscar al actor Tom Hanks, son presentados como elementos motorizadores de primer orden en el escenario socio-político nacional.

Desde su privilegiada posición de familia perteneciente a la clase alta capitalina se van involucrando, en paradoja, como contrapeso a un accionar represivo e injusto, representado primero por Trujillo, luego por los esbirros adeptos a la idea de prolongación de la nefasta era, a los gestores del golpe de estado de 1963 y posteriormente, por Balaguer, a raíz de su ascenso al poder gracias al apoyo logístico de los Estados Unidos de América en su segunda invasión a nuestro territorio y posteriores reelecciones en la década del 70.

Siempre algún miembro de la distinguida familia, sobre todo “Chuchú”, aparece involucrado en alguna noble, desinteresada o heroica gestión, en cada suceso relevante. El autor se las ingenia para colocarlos en posiciones determinantes: luchadores anti-trujillistas, miembros o simpatizantes del movimiento 14 de junio, combatientes de la guerra de abril, patrocinadores de la oposición política encabezada por el Partido Revolucionario Dominicano durante los 12 años de gobierno Reformista, etc.

De lo anterior se deduce que no es casual que gran parte del presente análisis se refiera a vinculaciones históricas de la obra. El autor nos sujeta, quizás dejándose arrastrar más por una arraigada vocación de Herodoto que por inclinaciones de trapecistas de fábulas imposibles o por la devoción por lo lúdico en la palabra. Son importantes las aportaciones del autor en Toda la vida, para el entendimiento de un período tan históricamente determinante como éste, pues permiten un acceso diferente, ameno, didáctico, a los hechos, que bien podría ser aprovechado por nuestros académicos en los centros de enseñanza tanto del nivel de bachillerato como universitario. Lo anterior es, claro, a sabiendas de que se trata de una versión particular que puede, por lo sugestivo de todo mirar humano, ser cuestionada; sobre todo a partir de que en Toda la vida la realidad concreta se confunde en nebulosa con los elementos imaginarios y afectivos con los cuales el autor reviste personajes, escenarios y situaciones.

La utilización de la historia como recurso literario es totalmente válida en memorias y biografías, sin embargo, puede resultar peligrosa, por lo absorbente, en la novela. En este género lo importante será, como refiere Milán Kundera, la indagación de la vida, de la experiencia humana vertida en personajes creados, en la trama de carácter esencialmente ficticia narrada, donde la realidad presta esquemas referenciales característicos, elementos de verosimilitud. La trama respetará solo las leyes dictadas por su propio universo interior. La novela se debe percibir flotante, como melodía de jazz, con patrón previsible a voluntad del creador, alejada de todo afán documentalista.

La preponderancia de los hechos en Toda la vida hace que la historia abandone por momentos su función contextual, de sustentación, para pasar en orden protagónico a convertirse en propósito argumental. Por lo anterior, más que como novela histórica este texto podría ser percibido en ocasiones como historia novelada, donde los personajes de ficción son acomodados a la realidad para completar el punto de vista (a favor o en contra, sentido o sufrido) del narrador omnisciente que es en todo momento el autor.

En las novelas como Enriquillo, de Manuel de Jesús Galván, Sobre Héroes y Tumbas, de Ernesto Sábato, Sólo Cenizas Hallarás, de Pedro Vergés, incluso en La Insoportable Levedad del Ser, de un Kundera agobiado por la invasión Rusa a su país natal, Checoslovaquia, las situaciones temporales sirven como justificantes de la psicología de los personajes, el uso de relaciones históricas tiene una valoración distinta y una incidencia de menor cuantía, que precisamente permiten un mayor vuelo de la imaginación de los autores, con lo cual enfrenta mayores riesgos personales, tentaciones y, por lo tanto, más íntimos hallazgos. Todo debido a que el lenguaje como tal no es sólo medio, sino meta.

Dado el indiscutible oficio de escritor y la intuición estética que Gautier muestra al armar un epopéyico conjunto de obras coherentes, fascinantes, con una escritura depurada y comunicativa, y dado los significativos logros acumulados hasta el momento (también alcanzó el premio nacional de novela de 1994 con su tetralogía Tiempo para héroes) es seductora la posibilidad de una obra suya de absoluta ficción o, al menos, de mayor preponderancia de los imaginario sobre circunstancias temporales.

El Caribe, 18 de enero de 1997
Suplemento Literario

 

Aporte narrativo de Manuel Salvador Gautier

Por Rafael Peralta Romero

En cierta ocasión, en medio de una tertulia que se celebra al final de la semana cultural ArteMiches, en junio de cada año, un joven dirigió una pregunta a Manuel Salvador Gautier en la que insinuaba que la  poca proyección de los escritores dominicanos en el exterior era debida quizá a la ausencia de autores  de  suficiente calidad para ello.

Gautier, que suele ser humilde y comedido,  respondió en forma enfática su valoración de la literatura dominicana, incluyendo en su respuesta un juicio sobre sí mismo con expresión “Yo soy un escritorazo”. Y a mí me ha gustado  esa apreciación gotieriana porque creo que es verdad. Su obra, que es rica en volumen y consistente en valor literario,  está ahí para justificarlo.

Manuel Salvador Gautier ejerció a plenitud la profesión de arquitecto desde 1955,  cuando egresó de la Universidad de Santo Domingo,  y al mismo tiempo fue diseñando en su conciencia  un proyecto  literario de múltiples dimensiones, del  cual se han desprendido  casi docena y media de novelas.

A principio de la década de los 90, Gautier comenzó a publicar novelas. Desde entonces a la fecha, ha publicado  unas dieciséis  obras de este género, la más reciente de las cuales es  “Gregorio y su mundo perfecto”, 2016.

A continuación las obras narrativas publicadas por Gautier:

1-EL ATREVIMIENTO. 2-PORMENORES DEL EXILIO. 3-LA CONVERGENCIA. 4-MONTE ADENTRO, 1993. 5-TODA LA VIDA, 1995. 6-SERENATA, 1999. 7-BALANCE DE TRES, 2002. 8-HISTORIAS PARA UN BUEN DÍA, 2003. 9-EL ASESINO DE LAS LLUVIAS, 2006. 10-UN ÁRBOL PARA ESCONDER MARIPOSAS, 2009. 11-DIMENSIONANDO A DIOS, 2010. 12-LA FASCINACIÓN DE LA ROSA, 2010. 13-TRES COSAS TE OFREZCO, 2011. 14-EL MISTERIO DE LA CORBATA VERDE, 2012. 15-LA MALA MAÑA, 2014. 16-GREGORIO Y SU MUNDO PERFECTO, 2016.

Dada la amplitud de la  producción novelística de Gautier,  conviene  un enfoque  generalizado, aunque  haré particularizaciones con algunas obras y he incluido opiniones de otros autores en torno a libros específicos de este prolífico autor.

Algunos novelistas y cuentistas persisten en el empeño de construir obras narrativas al margen de la realidad, esa misma realidad que viene a menudo repleta de hechos y situaciones mucho más novedosos y extraños que aquellos que pueda crear la imaginación.

Prescindir de la anécdota en la composición de la obra narrativa ha formado parte de una corriente que, a mi modo de ver, puede complacer a críticos y especialistas literarios, pero nunca a los lectores de cuentos y novelas, quienes buscan emociones en las historias  y desean que éstas les cuenten algo que los toque interiormente.

Los historiadores, cuando pretenden para la historia la frialdad de las ciencias exactas, desdeñan los detalles de la intrahistoria. Quizás porque no se sustenta en pruebas documentales y se le trata despectivamente como anécdota. La intrahistoria se alimenta a veces de menudencias, de hechos pequeños que no siempre trascienden, lo cual no niega su importancia intrínseca.

Pero el desprecio de la anécdota no es exclusivo de los cientistas sociales, pues como dije antes, hay corrientes en la literatura de ficción que pretenden prescindir de ella para referir hechos imaginarios y narraciones literarias que no cuenten, sino que sugieran.

Desde luego, que la literatura no deja de ser creación porque el autor se haya fundamentado en hechos y personas reales para diseñar sus personajes y atribuirles los hechos que constituirán la trama de una novela, de un cuento, un drama teatral o el guion de una película.

La novela, por ejemplo, es el género que más se nutre de la historia, sin que sus propósitos y su forma de elocución puedan confundirse con esa ciencia. La función de una y de otra están claramente definidas y diferenciadas, no obstante las coincidencias que pueden encontrarse.

Nunca un historiador revela tan detenidamente las interioridades de una persona, como lo hace el novelista con sus personajes, que al fin y al cabo son personas proyectadas con otras perspectivas. El buen escritor ha de tener mucho de sicólogo para penetrar en el personaje y escrutar lo más íntimo, peculiar y útil de éste para realizar su trabajo de creación.

Escribir una novela conlleva el despliegue de inteligencia, imaginación, formación y dedicación.  La primera necesidad que  ha de satisfacer un escritor que se proponga incursionar en la novelística, debe  ser  mirar lo que ocurre o ha ocurrido en su entorno, penetrar en ello, captarlo, asimilarlo, transformarlo, procesarlo y devolverlo a la sociedad como obra de arte.

En  varias de las novelas de  Manuel Salvador Gautier, los personajes han sido tomados de la realidad, pero observando y dimensionando aspectos que a  los historiadores poco importan. Lo hace como un maestro  en el arte de bucear en el alma humana y revelar interioridades de la misma, que debe ser propósito de todo hacedor de personajes.

La diferencia entre un historiador y un novelista podría cifrarse en que  mientras el primero  relata los hechos  registrados y comprobados, el segundo  elabora su obra  a partir  de hechos que han pasado,  hechos que pasan y hechos que podrían pasar.

Bruno Rosario Candelier,  en su ensayo Fundamentos de la novelística de Manuel Salvador Gautier, ha señalado lo siguiente:

“Hay también una estrecha relación entre historia y mito. Todo novelista se vincula de alguna manera con esos dos aspectos de la cultura y la sociedad: con la historia, porque se nutre de la realidad y se alimenta de los hechos del pasado, aún más si se trata de un novelista que recrea la historia como lo ha hecho Gautier; pero al ser novelista y no historiador, el creador de ficciones tiene cierta relación con el mito, por lo que esa dimensión de la cultura antropológica comporta para la literatura”. (1)

Con la tetralogía “Tiempo para héroes”, Gautier adquirió el sello de autor de novelas históricas,  consideración que se acentuó  sobre todo con las novelas “Toda la vida”, “Serenata”, “Dimensionando a Dios”, “Balance de tres” e “Historias para un buen día”. Pero  hay que decir que mejor que escribir novelas históricas, Gautier erige sus obras  sobre cimientos  de hechos reales a los que trata como ha de tratar un novelista  la realidad.

Sélvido Candelaria considera que “Tiempo para héroes”  trata de la biografía secreta del autor,  mientras  Fari Rosario apunta que  “Gautier asume la literatura como un benevolente arte que le permite aproximarse al ser y a las encrucijadas históricas  del hombre dominicano”  (2).

Escribir una novela ceñido  a acontecimientos reales y serle fiel a fechas, nombres, lugares, ocurrencias y situaciones es un esfuerzo inútil. Escribir una novela sin derecho a la invención debe ser  un tremendo suplicio.

“La historia es pues, –afirma José Alcántara Almánzar- el telón de fondo de la novela, aunque me parece que sería una camisa de fuerza hablar de este caso de novela histórica en el sentido estricto” (3)

Algo más complejo todavía  es  observar  en la novela un rechazo  a la realidad. Esta apreciación corresponde a  Rosario Candelier y llama la atención porque él la plantea como una paradoja. Se rechaza la realidad, infiero, y se fabula a partir  de esa misma realidad, que es lo que hace Gautier.   “Porque la novela encierra –dice Bruno-  un profundo rechazo a la realidad, sobre todo a la faceta  indeseable de la realidad. Ese rechazo a la realidad nefasta es lo que mueve la vocación de ficción del ser humano…” (4).

De modo que Gautier  trata en sus novelas  los avatares de los dominicanos  en lucha por las libertades ante la opresión de la dictadura de Trujillo,  enfoca los levantamientos  guerrilleros para derrocar la tiranía, se ocupa de la  primera invasión  de Estados Unidos a nuestro territorio,  en una novela nos cuenta la vida  de Salomé Ureña y su esposo Francisco Henríquez y Carvajal y por igual dimensiona la figura del padre de la patria, Juan Pablo Duarte, en otra novela.

Muy recientemente ha publicado una novela, primera de una saga,  “Gregorio y su mundo perfecto”, que se desarrolla en la segunda mitad del siglo XIX, cuando se inició en nuestro país la construcción del sistema de comunicación vial, tanto por carretera como  ferroviaria.

En torno a esta novela  me permito  incluir un juicio de Miguel Solano:

“Manuel Salvador Gautier puso sobre el papel a Gregorio Riva, el Quisqueyano que viabilizó el ferrocarril Sánchez -Samaná. Un personaje con un peso emocional que lleva al lector no equívoco. Es un hombre de negocios, coherente, pero no tan transparente y predecible, técnica que le permite al lector penetrar en la mente del actor con gracia y profundidad. La trama tiene una belleza que rompe y encadena lo mágico de la soledad”.  (Miguel Solano, El Laurel, mayo 25, 2016).

Gautier   diferencia claramente  lo real de lo ficticio, pero aplica perfectamente las técnicas narrativas cuando quiere que lo real parezca ficticio o que lo ficticio se acepte como real.

Componer obras de ficción con la inclusión de personajes reales  puede conllevar    para el autor riesgos de   calificaciones    amargas.  El ser llamado  mendaz,  iconoclasta o atrevido  serían las diatribas de menor rango.  Pero para estructurar sus   novelas, Gautier ha   manejado a la perfección  la aleación  de los  hechos reales  con los fingidos.

Escribir una novela sobre la principal figura de la historia dominicana, sin replicar las versiones que nos presentan a Duarte como un elemento etéreo y angelical, y por igual sin caer  en actitudes que pudiesen menoscabar  la imagen del Patricio,  constituía, sin duda, un  reto inmenso.

Algo parecido ha ocurrido con la novela Serenata.   Esta novela se ocupa de aspectos singulares de la vida del matrimonio formado por Salomé Ureña y Francisco Henríquez y Carvajal, a quienes, como personas reales  y protagonistas de hechos sobresalientes,  hemos conocido a través de la educación formal. Pero en ellos aparecen comportamientos y peculiaridades, y sus vidas se hacen dignas de ser contadas desde la óptica literaria.…”

Gautier ha revelado de la familia Henríquez Ureña lo que no han dicho los historiadores. Crea y recrea los hechos que ocurrieron en esta familia, y aunque en la obra brota el lirismo y la gracia creativa, el autor se ciñe a hechos reales en los que coliden lo dulce y lo amargo, la fortuna y el desamparo,  el éxito y la derrota.

Desde este punto de vista, podría decirse que Serenata describe una realidad, pero no es historia; se vale de la ficción, pero no es mentira. Aun más, con esta novela Gautier eleva hechos de la historia local a la condición de universales, partiendo de los elementos sempiternos en la creación literaria: amor, ambición, traición, adulterio, angustia, vanidad, espera.

Gautier ha demostrado acendrada  devoción hacia las historias que colocan en certera dimensión a las figuras heroicas.

Es lo que ha hecho en sus novelas de tema histórico, para lo cual   no  copia la realidad, sino que la capta  con visión de artista, hasta penetrar a estratos a los que la mirada del historiador   no busca llegar. Pío Baroja,  novelista y ensayista español,  apuntó: “…en la novela y en todo arte literario, lo difícil es inventar, más que nada inventar personajes que tengan vida y que nos sean necesarios sentimentalmente para algo.

A estos detalles argumentales, hemos de agregar el vivificante dramatismo con que se cuentan los hechos, con claro dominio de la técnica narrativa, y la presencia de un nivel de estilo propio de las grandes creaciones.

Gautier luce una prosa nítida, aderezada con salpiques de poesía, y esto, junto al manejo de los hechos y situaciones, que como en el caso de Serenata, le permite justificar su incursión en las intimidades de la familia Henríquez Ureña, para desmitificarla y mostrar sus grandezas y también sus pequeñeces.

Con esta novela, Gautier plantea una provocación a la historia y a los historiadores. Y desafía también a los escritores que no ven en nuestro entorno temas dignos de sus creaciones y se pierden, por tanto, de la oportunidad de ofrecer su visión de nuestra sociedad a través de sus obras.

La novela “Toda la vida”, que sucedió a la tetralogía en orden de aparición,  se fundamenta también en hechos históricos y según explica el autor  se centra en los acontecimientos nacionales ligados a situaciones personales de un grupo de hombres y mujeres en un periplo que  va  desde la década de 1930, cuando nace el personaje principal, hasta la de 1990, cuando  éste reflexiona sobre sus experiencias. Sesenta años de la historia política dominicana, con Trujillo, Balaguer y el PRD, incluidos.

En un ensayo sobre esta obra, el escritor René Rodríguez Soriano, afirma que aunque  no sea la verdadera historia, “Toda la vida constituye la historia novelada de los anhelos, apetencias y frustraciones de una generación de dominicanos que aún no ha perdido sus esperanzas de levantar su voz por encima de toda una mole de escaparates y estandartes que no necesariamente alumbran con luz propia, o, en otras palabras, la luz que ellos creen que es la mejor o más adecuada”  (5).

Para terminar con las novelas de  tema histórico  hay que citar a “Balance de tres”,  aparecida en 2002,  en la que Gautier se adentra en el imborrable capítulo de la primera invasión gringa a nuestro país.

Tras preguntarse con cuáles trozos de la realidad fue compuesta esta novela, la ensayista Pura Emeterio señala algunos referentes advirtiendo que “en esta novela, como en toda obra de ficción,  funcionan los procesos alquímicos que mezclan elementos del mundo exterior y sus representaciones, con el  mundo subjetivo, que sirve de base” (6).

Bien se ha dicho que Gautier distingue entre el hecho y la fábula. Tan suficiente es su manejo de la técnica narrativa que no solo hace fina mixtura de los  hechos reales con la ficción, sino que puede crear tramas, personajes y situaciones a partir de la silueta de sujetos reales, aunque éstos  no aparezcan en primer plano.  A propósito de “Historias para un buen día”, obra en que  coliden los límites del relato y la novela, el poeta Juan Freddy Armando  ha planteado lo siguiente:

“Nuestros viejos caudillos –Santana, Lilís, Báez,Trujillo- reviven en la punta de los dedos de Gautier, no como fueron, sino como el autor nos los pinta, dándoles rasgos de carácter acordes con la trama de sus historias sin que se desnaturalicen, dejando de ser ellos para regresar de ese espejo cóncavo o convexo a ser otra vez ellos, hechos a mano por el autor” (7). No todo en la obra de Gautier se fundamenta en la historia social y política de la República Dominicana. No hay que olvidar que se trata de un autor de larga militancia  en el Movimiento Interiorista y por algún lado  tiene que asomar la influencia de esta filosofía creativa.

Ya desde la novela Serenata la crítica literaria María del Carmen Prosdocimi observaba, en 1999, “el cultivo de la interioridad y la trascendencia”. La escritora argentina, estrechamente vinculada a la literatura dominicana, apuntó en torno a Gautier y el interiorismo,  lo siguiente:

“Frente a las corrientes sociorrealistas  y experimentales, la nueva estética hace hincapié en las vertientes y facetas de la realidad que no se corresponden ni con la realidad objetiva ni con la imaginaria, para llegar a una realidad trascendente y metafísica”. (8)

Tanto en las tertulias del Movimiento Interiorista, como en conversaciones particulares, he apreciado el gusto con el que  Gautier se refiere a su novela “El asesino de las lluvias”, como de inspiración interiorista.

Bruno Rosario Candelier lo admite  con estas palabras: “Sus novelas tienen una dimensión histórica, como Toda una vida, o biográfica, como Serenata. En El asesino de las lluvias predomina una dimensión axiológica, ente lo antropológico y lo psicológico, que se mueve en tres vertientes: lo estético, lo cósmico y lo metafísico…” (9).

Fernando Cabrera, destacado crítico de arte y literatura, lo expresa en forma más directa que el padre del interiorismo. Dice: “Reitero, Gautier en El asesino de las lluvias permanece leal a su vinculación interiorista, toda vez que en esta obra importan tanto los aspectos biográficos y los hechos concretos como –y esto con preeminencia- preocupaciones míticas, místicas y metafísicas que recuperan los preceptos del movimiento referido”. (10).

Esta exposición se está haciendo larga, y peor que eso,  me temo que resultará incompleta.  No quiero despedirme sin señalar “La fascinación de la rosa”,  novela  publicada en 2010, como otra de las obras de carácter espiritual de Manuel Salvador Gautier. Me permito transcribir el asombro expresado por la escritora interiorista  Ofelia Berrido ante este acontecimiento literario:

“Me sorprende y  entusiasma conocer esta nueva faceta del autor: La profundidad y el alejamiento del mundo real cotidiano e histórico a que nos tiene acostumbrados en sus obras previas.  Se muestra un Gautier reflexivo que penetra un universo de pensamiento mucho más complejo y se despoja de todos  los tabúes ancestrales para  reconocerse transformado por una nueva conciencia. El autor de la obra se abre a nuevas experiencias en un lenguaje mítico, cosmogónico lleno de simbolismos”. (11)

Mi apreciación sobre la obra de Manuel Salvador  Gautier y su  aporte a la narrativa dominicana  ha sido esparcida a lo largo de esta disertación. Sin duda que su obra lo ubica entre los grandes escritores dominicanos de todos los tiempos. Es un novelista de oficio, tanto que Juan José Ayuso, poeta y ensayista,  opina que a “ lo mejor no es el mejor, pero profesional, y bueno,  es el único”. (12).

Para terminar y reafirmar que  de quien hablo se trata de un escritorazo,  me auxiliaré de una  certera opinión del  ensayista y poeta José Mármol, la cual suscribo plenamente:

“Manuel Salvador Gautier es un escritor auténtico, porque  ha asumido el oficio con pasión, con adicción y con espíritu de inevitable condena, parecida a la del mito griego de Sísifo, en la perspectiva literaria del escritor y pensador argelino Albert Camus. Gautier es un escritor porque reinventa la realidad a través de la fantasía y de la palabra, porque persigue con la ficción ponerse a salvo, y también poner a salvo al lector, de la perruna y horrorosa vida cotidiana…” (13)

Notas bibliográficas

1- Un instante de certidumbre, editor Isael Pérez, Edit. Santuario, Santo Domingo, 2014, pág. 22.

2- Ibídem, pág. 287.

3- ib pág. 57

4- Ib. pág. 23

5- Ib. pág. 95

6- Ib. pág.  172

7- Ib. pág.   228

8- Ib. pág.  117

9- Ib. pág.  239

10- Ib pàg. 264

11- “Areito”, periódico Hoy,  19 de mayo de 2012

12- Ib. pág.  318

13- Ib. pág.  309.

©Rafael Peralta Romero

Fundamentos de la novelística de Manuel Salvador Gautier

Por Bruno Rosario Candelier

 A Miguel Collado

Que rescata el tesoro de nuestras letras.

  “No dejes que la mediocridad limite tu horizonte, sobreponte a todas las sinrazones a las que te quieran someter, lucha por tu porvenir

 y atiende al clamor de la patria, tienes el talento para conseguirlo”.

 (M. S. G.)

 La fuerza inspiradora de una ficción

 El título de esta disertación, “Fundamentos de la creación novelística de Manuel Salvador Gautier”, es un tanto ambicioso y espero aproximarme a la sustancia de sus motivos y obsesiones de manera que nos permitan conocer y apreciar, en su esencia literaria, la obra narrativa de nuestro novelista y académico. Los buenos novelistas, y Gautier lo es, además de una cosmovisión y un fundamento conceptual, tienen especiales apelaciones y determinadas motivaciones para escribir su ficción.

Probablemente la historia de Manuel Salvador Gautier tenga cierto paralelo con la historia de la novelística dominicana. En la historia de las letras dominicanas, la novela aparece en el siglo XIX, lo que significa que desde finales del siglo XV y durante los siglos XVI, XVII, XVIII y la mitad del XIX, centurias en las cuales se publicaron obras en los diferentes géneros literarios, como poesía, cuentos, relatos, teatro y crónica, no hubo novela. La novela aparece a mediados del siglo XIX y el parangón con Gautier lo hago por el hecho de que nuestro novelista comienza a escribir novelas en su edad adulta, habiendo pasado por la juventud y la primera etapa de la adultez; de alguna manera el paralelismo es válido por la aparición tardía de ambos. La razón del retraso en Gautier quizás sea una razón del retraso novelístico en las letras dominicanas o viceversa.

En este estudio sobre la novelística de Manuel Salvador Gautier, no voy a enfocar las historias que narran las novelas de nuestro novelista, sino la razón profunda que lo mueve a escribir historias de ficción. Uso la palabra historia porque todo novelista narra hechos que conforman una o varias historias. Naturalmente, la historia de un novelista no se puede comparar con la de un historiador, porque el novelista escribe una obra de ficción, aun cuando se inspire en una realidad histórica, como lo hace Gautier.

Hay también una estrecha relación entre historia y mito. Todo novelista se vincula de alguna manera con esos dos aspectos de la cultura y la sociedad: con la historia, porque se nutre de la realidad y se alimenta de los hechos del pasado, aún más si se trata de un novelista que recrea la historia como lo ha hecho Gautier; pero al ser novelista y no historiador, el creador de ficciones tiene cierta relación con el mito, por lo que esa dimensión de la cultura antropológica comporta para la literatura.

El mito es una creación de la imaginación contrapuesta a las manifestaciones degradantes de la realidad. El mito comprende lo que la sensibilidad endiosa o idolatra movida por lo que siente; lo que la voluntad magnifica o sueña, movida por lo que desea; y lo que la mente idealiza o mitifica movida por lo que cree.  El novelista crea ficciones para escapar de las manifestaciones indeseables de la realidad. Se nutre de la realidad, pero quiere escapar de sus expresiones ingratas, porque su obra se contrapone a las dimensiones nefastas de la realidad. Un personaje del Hamlet de William Shakespeare dice: “Me encerraré en una cáscara de nuez para no soñar horrores”. Es una manera de indicar la aspiración secreta de todo fabulador y novelista. ¿Por qué digo esto? Porque la novela encierra un profundo rechazo a la realidad, sobre todo a la faceta indeseable de la realidad. Ese rechazo a la realidad nefasta es lo que mueve la vocación  de ficción del ser humano; por esa razón, en el fondo de todo novelista, hay un creador con vocación de mito, lo que significa que la creación mítica entraña una manera de repudiar el mundo degradado: es una forma de obviar la inclinación perversa de los hombres; una manera de condenar lo que la conciencia repudia; una vía de rectificación del comportamiento desviado de la sociedad y es también un modo de exaltar la dimensión hermosa y agradable del ideal humanizante; todo eso mueve al novelista a crear ficciones para canalizar su misión de fabulador.

Todo lo que se puede decir del mito, en consecuencia, se puede decir también de la función de la novela y de la misión del novelista; por esa razón, al hablar de la obra de Manuel Salvador Gautier, establezco un parangón con el mito por el vínculo semántico con el trasfondo de su operatividad como ficción y de su ejecutoria como novelista, porque Gautier plasma en su novela la esencia de la función mitológica: cuestiona y rechaza las inclinaciones deleznables de la condición humana; repudia y condena las manifestaciones indeseables de la realidad nefasta; reprocha y objeta las actuaciones injustas y discriminatorias de la conducta  humana.

Decía George Lukács, en su Teoría de la novela, que todo novelista se opone instintivamente a la vertiente degradada de la sociedad (1). Desde luego, el novelista tiene que conocer la realidad para repudiar o rechazar las manifestaciones nefastas e indignas de esa misma realidad; o al menos tiene que tener una sensibilidad humanizante que lo induzca a rechazar las expresiones negativas de la realidad. En su libro La resurrección de Belcebú, Mario Vargas Llosa sostiene que el novelista crea un mundo imaginario para proponer una realidad ficticia ejemplarizante en la que hay una propuesta que contradice a la realidad que repudia, y es lógico ese rechazo, que se corresponde con la genuina vocación del novelista. Las primeras novelas que conoció la humanidad, las antiguas ficciones griegas, fueron escritas por historiadores que rechazaban la expresión nefasta del mundo social, al tiempo que añadían ficciosas fábulas alternativas a la realidad indeseable.

El novelista es el escritor que, al plasmar una historia de aventuras y pasiones, propone un mundo ficticio alternativo y edificante, al tiempo que desentraña el sentido último de su apelación profunda. Al decir “sentido último de su apelación profunda”, deseo consignar que la creación novelística implica un hondo reclamo que mueve al novelista a escribir. ¿Cuál es la apelación de Manuel Salvador Gautier? ¿Cuál es esa fuerza inspiradora que hay en nuestro narrador? ¿En qué consiste el reclamo profundo que a modo de impulso interior motiva y concita la creación de ficción en Gautier? (2).

En todo novelista, junto a la cosmovisión que refleja la propuesta fictiva de su invención imaginaria, hay un tema con sus variaciones y ese tema se inspira en el sentimiento de rechazo a la manifestación degradante de la realidad. En los genuinos novelistas el tema va siempre vinculado a un sentido ético profundo: un sentido de revocación, de renovación, de rectificación de la sociedad; porque siempre hay aspectos indeseables, indecorosos, indignos, es decir, negativos y perversos de la realidad social que la sensibilidad del novelista rechaza de manera instintiva, rechazo que alienta su ficción y que, de alguna manera, concita la fuerza inspiradora para emprender la exigente labor del novelar.

¿Cuál es, entonces, el fundamento de la creación novelística de Manuel Salvador Gautier? El fundamento de su novelística se finca en una fuerza vital sustentada en un aliento específico o una motivación singular: la fuerza de quien sobrevive a una historia de vejaciones, atropellos e injusticias; la fortaleza de quien atraviesa, sin menguar su dignidad, situaciones humillantes y adversas; la energía de quien supera, mediante la convicción de sus ideales y la potencia de su temperamento, las experiencias indignantes, mezquinas y agobiadoras de la realidad; y es, desde luego, la potencia de quien sabe canalizar, a través de historias apropiadas a la narración ficticia, el ideal que mueve el impulso de su creación. Esas fuerzas están subyacentes en todo lo que escribe Manuel Salvador Gautier, esté o no esté él consciente de esa presencia, de esa fuerza proveniente de su interior profundo, de esa energía que ha hecho posible que nuestro novelista y académico tenga una sólida ejecutoria novelística. El relato en torno a Graciela, que en Serenata representa a Salomé Ureña, novela en la que Gautier se inspira en la vida de nuestra insigne poeta decimonónica, presenta pasajes en los que se puede apreciar uno de los móviles centrales de su vocación de novelista, como el ejemplo ilustrado en el siguiente parlamento:

   El barco esperaba en el puerto y debían tomarlo. Tito tenía órdenes de acompañarlos hasta subir a bordo, verlos partir, luego informar.

   Su madre no se levantó de la cama para despedirlos.

   “Hijo -dijo ella en un aparte que quiso tener con Matías-, no dejes que la mediocridad limite tu horizonte. Sobreponte a todas las sinrazones a las que te quieran someter. Lucha por tu porvenir y atiende el clamor de la Patria. Tienes el talento para conseguirlo”.

  Cristian los interrumpió entonces, sin darse cuenta, pero su madre no se alteró.

   “¡Nadie, más que tú, puede, hijo! -continuó diciendo-. Yo muero sin Patria y sin amor. ¡Reivindícame!”

   Cristian palideció y Matías no supo qué responder.

   Cundo oyó las palabras finales.

   “Yo te reivindicaré, Graciela”, dijo, acercándose a ella. Le besó la frente, los ojos, la boca. Lloraba. Era otra más de sus promesas explosivas, de sus fantasías.

   La acompañante le puso una mano en el brazo. No había familiaridad en el gesto, era sólo un requerimiento de atención.

   “Doctor -dijo-, hay que sedarla. Doña Graciela comienza a delirar”.

Cundo le inyectó la medicina que la esposa necesitaba.

  “Mañana estará mejor”, dijo.

   Se fueron, mirando el perfil de la enferma, inmóvil en la distancia, con la acompañante sentada a su lado, sin sonreír, sin saludar, ignorándolos como si ya ellos no estuvieran ahí (3).

Cosmovisión, formación intelectual y creación novelística

Hay tres dominicanos con una ejecutoria novelística ejemplar: Marcio Veloz Magiolo, Roberto Marcallé Abréu y Manuel Salvador Gautier. La ejecutoria novelística de un narrador comprende un ejercicio escritural sobre una decena de novelas, pues escribir diez novelas supone un trabajo intenso y permanente con una especial dedicación al cultivo de ese género narrativo de largo aliento. Esa consagración centrada en el cultivo de la novela, como lo ha hecho Gautier, refleja la creación de una línea específica, con una cosmovisión singular y una apelación profunda que ha superado una de las deficiencias de la tradición novelística dominicana. Una buena parte de las novelas dominicanas carecen de una cosmovisión. Los grandes novelistas inyectan, a través de sus historias y tramas con la actuación de sus personajes, la sustancia de un pensamiento, es decir, un planteamiento profundo, una reflexión sobre la vida y el Mundo, un contenido trascendente. La presencia de esa dimensión interior en la novela produce ciertos atributos en un creador que, en el caso de Gautier, reflejan temas y motivos de nuestra historia asumidos novelísticamente.

Es importante consignar que Manuel Salvador piensa como novelista, no como poeta, ni como dramaturgo, ya que posee lo que Lukács llamaba el “impulso demoníaco”, es decir, una fuerza poderosa para realizar una creación fundada en el rechazo a discriminaciones, atropellos y sinrazones. Es la fuerza que concita en nuestro creador el sentimiento de rechazo que subyace en el trasfondo de la novela y que canaliza a través de su ficción. Hay una cosmovisión presente en la novelística de Gautier con una particularidad: nuestro novelista aplica en sus ficciones los ejes de la creación novelística, que son los siguientes:

1. El eje del punto de vista y el eje de la perspectiva de la narración. En estos ejes se funda un relato coherente y armonioso. Al confundir ambos ejes narrativos se pierden los narradores mediocres por desconocimiento de lo que significa el punto de vista de un personaje, que es el enfoque narrativo desde la mirada de un ejecutante, que difiere de la perspectiva narrativa de un hecho, que alude a la posición de clase o de referentes conceptuales al narrar una acción.

2. El eje de la narración fictiva, propio de la narrativa de ficción. Aplicar el eje de la narración fictiva entraña saber cuándo se hace ficción, es decir, cuándo se narra un hecho inventado y cuándo se narra un hecho real que responde a una realidad histórica. Este eje distingue al novelista del historiador.

3. El eje de las leyes novelísticas que fundan la narrativa de ficción. La novela se construye sobre la base de ciertas leyes que los novelistas aplican en las creaciones novelísticas y que los buenos novelistas secundan en sus historias de aventuras y pasiones. Todos los géneros literarios tienen leyes propias y los creadores genuinos, aunque no tengan la disciplina intelectual para formalizar teóricamente esas leyes (4), saben aplicarlas instintivamente en virtud de los principios narrativos que han intuido mediante la lectura de novelas y en virtud de una sensibilidad dispuesta para escribir en un determinado género literario, que en el caso de la novela se distingue por su ficción. En este aspecto Gautier ha dado evidencias de que sabe aplicar los ejes de la creación novelística y sabe hacerlo con el acierto que han mostrado los grandes escritores de ficción.

En su etapa de formación intelectual, Gautier se ha inspirado en la lectura de las grandes creaciones del género novelístico, especialmente de las grandes novelas históricas como La Guerra y la Paz de León Tolstoy, El Conde de Montecristo de Alejandro Dumas o Lo que el viento se llevó de Margaret Mitchell, entre otras obras fundamentales de las letras universales. Entre esas novelas célebres figuran Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes, Los Miserables de Víctor Hugo, La montaña mágica de Thomas Mann, El Pobre de Asís de Nikos Kazantzakis, Pedro Páramo de Juan Rulfo, El reino de este mundo de Alejo Carpentier, La región más transparente de Carlos Fuentes, El nombre de la rosa de Umberto Eco, Cien años de soledad de Gabriel García Márquez y La casa verde de Mario Vargas Llosa.

También se ha nutrido nuestro autor en la lectura de las principales novelas dominicanas, como Enriquillo de Manuel de Jesús Galván, La sangre de Tulio M. Cestero, Guanuma de Federico García Godoy, La Mañosa de Juan Bosch, Guazábara de Alfredo Fernández Simó, La vida no tiene nombre de Marcio Veloz Maggiolo, Escalera para Electra de Aída Cartagena Portalatín, Solo cenizas hallarás de Pedro Vergés, Las devastaciones de Carlos Esteban Deive, Goeíza de Manuel Mora Serrano y Lucinda Palmares de Diógenes Valdez.

El conocimiento de las obras fundamentales de la tradición novelística, nacional e internacional, aporta no solo el dominio de técnicas y recursos narrativos, sino el soporte conceptual del tramado operativo de la novelación. En ese sentido, Gautier ha sabido aplicar leyes y principios de la creación novelística en cuya obra se halla la TRÍADA CONCEPTUAL de su escritura, conformada por los siguientes rasgos:

1. El influjo de la supervivencia del pasado en el presente, en cuya virtud se infiere el PRINCIPIO MITOLÓGICO de que, lo que acontece una vez, vuelve a repetirse.

2. El efecto del dique interior de la realidad estética, en cuya virtud se deduce el PRINCIPIO ANTROPOLÓGICO de que, lo que causa angustia o dolor, produce el deseo de escape o sublimación.

3. El impacto del fuero moral de la conciencia cósmica, en cuya virtud se crea el PRINCIPIO COSMOLÓGICO de que, lo que degenera la condición humana, postula la recreación de actitudes alternativas contrapuestas.

En atención a las leyes y principios de la novelación, Manuel Salvador Gautier ha sabido experimentar lo que califico con el apelativo de “la fruición por el pasado”, inclinación mediante la cual podemos conocer y usufructuar el legado histórico en la creación novelística cuyo conocimiento, de parte de nuestro novelista, ignoro si lo tiene de manera consciente ya que se manifiesta en su ficción, como es el de creer en la supervivencia del pasado en el presente, razón por la cual valora la historia y por esa valoración de lo que hicieron nuestros mayores, exalta y pondera el legado cultural, humanístico y espiritual del pasado.

En su creación literaria, Gautier proyecta una visión que da cuenta cabal de lo que está hablando, con la fuerza de la persuasión y la verdad intrínseca de la narración. Como narrador, Gautier crea una realidad estética en la que funda un universo propio, en el que se repliega interiormente para contrarrestar la baja autoestima que sufrió durante una etapa importante de su niñez y primera juventud. Durante muchos años nuestro escritor se debatió entre la indeterminación y el deseo de escribir y temía darse a conocer por esa baja autoestima; pero un buen día se llenó de coraje, potenció su valor y dio con la activación conceptual y emocional para convencerse de que podía lanzarse a escribir sobre aventuras y pasiones con plena fe, con absoluta seguridad y convicción de que lo haría bien, como efectivamente lo ha hecho, para beneficio de nuestra literatura.

Como persona, como ciudadano y como escritor, Manuel Salvador Gautier valora la libertad, el respeto y la dignidad del ser humano, manifestaciones de la cultura social que en algún momento sintió secuestradas de la convivencia humana bajo el régimen de fuerza que conoció en su juventud y que, por contraposición, lo llevaron a la lectura y el cultivo de la ficción. Cuando el ser humano rechaza instintivamente la realidad en que desenvuelve su existencia, automáticamente acude a la ficción, sea a partir de invenciones de la propia fabulación vividas en su intimidad o a partir de ficciones imaginarias plasmadas en una obra artística. Cuando una persona tiene la convicción de que, efectivamente, puede testimoniar su ficción mediante la escritura y que esa ficción puede ser útil a otros, entonces se anima a escribir, como en su momento lo hizo el autor que nos convoca aquí y ahora.

Nuestro novelista acudió a la ficción, primero como lector y después como creador de novelas, para vivir y canalizar, en sede literaria, los valores, los principios y las actitudes que su sensibilidad pondera, exalta y promueve. Para conseguirlo, acude al ánfora del lenguaje que su formación de hablante atesora, estimulado por el ejemplo de los grandes novelistas de nuestra lengua, como el testimonio narrativo del mexicano Agustín Yáñez, en Al filo del agua; del paraguayo Augusto Roa Bastos, en Vigilia del Almirante; y del cubano Alejo Carpentier, en Los pasos perdidos, obras y autores que asumen, desde el talante expresivo de un pueblo, la idiosincrasia de su talante y su cultura. Los dominicanos Alfredo Fernández Simó en Guazábara, Ramón Lacay Polanco en La niebla, Manuel Mora Serrano en Goeíza y Emilia Pereyra en Cóctel con frenesí, ilustran ese ejemplar acierto que capta y expresa, desde el lenguaje del yo profundo, el talante expresivo de un sector social cuya idiosincrasia estudian y recrean en su novelística.

Como creador de historias y aventuras novelescas, Manuel Salvador Gautier se siente interlocutor entre su mundo imaginario y su sociedad, de la que comparte sus vicisitudes, injusticias, angustias y adversidades, que su ficción retoma, contrapone y subvierte. Todo novelista es un vocero de su tiempo, de su pueblo, de su historia: en sus creaciones fictivas da cuenta, no solo de su propia percepción del Mundo, sino de los valores, las actitudes y las motivaciones que pretende inculcar a través de las historias que cuenta. En ese aspecto ningún novelista es insensible, ya que está consciente de lo que quiere, sobre todo, cuando tiene clara conciencia de que busca combatir adversidades, frustraciones y mezquindades que su ficción cuestiona.

En su obra novelística, nuestro narrador canaliza la proyección de sus obsesiones y proyectos que concitaron su inteligencia y su sensibilidad en el seno de la vida hogareña y la realidad social dominicana; por esa razón, el novelista que hay en Gautier, rechaza el ejercicio arbitrario, despótico, autoritario, impositivo e invasivo de otros, sobre todo, si ese ejercicio se ejecuta mediante el uso de la fuerza o la imposición, sea del poder del Estado o de la autoridad familiar. Y propugna por una apertura y transformación. Así lo sienten los narradores que han conocido una autoridad insoportable, razón por la cual prefieren una disciplina inducida mediante la persuasión.

El siguiente pasaje narrativo refleja algunos de los aspectos comentados en este estudio sobre la novelística de Gautier:

El pueblecito de Yabacoa estaba formado por gente buena, sencilla, humilde, simple. Todos los calificativos que se dan a los hombres y mujeres tocados por la pureza de los bienaventurados, y con sus limitaciones. Pobreza, ignorancia, superstición. La adoraban como a una santa. Lo que ella no era. Teresita suspiró. Nunca se sentiría satisfecha con el papel ambiguo que le había tocado en la vida. Poseía un don que provenía sólo de Dios, pero tenía apetencias igual que los demás. Apetencias que ella nunca pudo ni quiso controlar, como hacían los santos. Y este era el resultado. Un refugio, también ambiguo. De amor profano que compartía con Paco Encarnación, y de amor sacro que compartía con las cincuenta familias del pobladito. Fue el término medio que ella al fin aceptó, para no desperdiciar sus facultades, no contradecir su naturaleza, no desafiar a Dios. Atrás quedaron las escenas histéricas con Mamá Vicó y el padre Rogelio, los requerimientos a su santidad, la negación a su humanidad. Yabacoa era su refugio espiritual, donde ella se comunicaba con Dios. Entre aquellos pinares olorosos y aquellos riachuelos que se halagaban y volvían a formar cauce hasta fluir al río, hermoso y voluntarioso. Con la luz del Sol filtrándose entre las ramas y reverberando en el agua. Un acontecer inspirador que resumía el esplendor del Mundo. Una instancia de amor que hería la pupila asombrada y arrancaba de los labios la oración al Creador (5).

Vocación novelística, realidad cultural y ficción

En su novelística, Manuel Salvador Gautier refleja un rechazo a las expresiones de prejuicio, miedo y subestimación, que contrapone a actitudes positivas y progresistas para reorientar la sociedad y, desde luego, encauzar el comportamiento de los seres humanos que conforman el estamento imaginario de su ficción con los rasgos que configuran nuestra mentalidad cultural y nuestra idiosincrasia colectiva. Se trata de la encarnación de miedos, supersticiones y prejuicios que arrastramos del pasado mediante expresiones y gestos que, cuando no tenemos plena conciencia de su presencia, se manifiestan en actitudes y conductas que el novelista intuye y combate sutilmente en su ficción. Gautier sabe contraponer, a la dimensión nefasta de realidad, actitudes progresistas, comportamientos de arrojo y determinación; convicciones profundas que ponderan la armonía, la verdad y el bien, una manera edificante de exaltar valores y principios. Nuestro novelista sabe que hay que superar los moldes cerrados y atrasados de una sociedad prejuiciada o inducida mediante actitudes y expresiones negadoras de la mejor condición humana.

Como narrador de ficciones, Gautier posee una sensibilidad abierta y caudalosa: una imaginación fecunda y creativa; una capacidad de trabajo disciplinada y consciente; una disposición vigorosa para la creación de novelas que reflejen intuiciones y vivencias. Todas esas condiciones han sido determinantes para su éxito como novelista. Esa disciplina intelectual, con un horario diario de trabajo creador, es la disposición permanente que deben tener los escritores. Es una disciplina que debe comenzar por la valoración de la lengua, mediante el estudio y el respeto al propio idioma con el conocimiento del léxico adecuado y la normativa gramatical. Manuel Salvador Gautier tiene dominio de la lengua y aunque usa abusivamente el gerundio, un fallo que tiene que superar, él es de nuestros escritores que tienen un profundo conocimiento de nuestra lengua.

Las diferentes creaciones novelísticas de Manuel Salvador revelan que tiene la capacidad para auscultar la interioridad de sus personajes; para cotejar y canalizar su propia sensibilidad con las ideas y las actitudes de sus criaturas imaginarias; para darle sustancia narrativa a la realización de sus propuestas fictivas y sus proyectos narrativos. En todo novelista hay proyectos especiales con las obsesiones y angustias que mueven su creatividad a escribir novelas o a escribir un tipo específico de ficción, porque se siente concitado por el impulso de creación y una vigorosa energía creativa.

Manuel Salvador Gautier se identifica con la vertiente luminosa y creativa de nuestra cultura, cuyos valores asume y recrea con un sentido de compenetración y de edificación. Por su vocación humanizante y didáctica, también sabe auscultar los móviles ocultos que configuran el comportamiento y la idiosincrasia de nuestro pueblo, con cuyo destino se siente identificado, razón por la cual posee la fuerza interior que le aportan los principios y convicciones plasmados en sus actitudes y propuestas. Como narrador interiorista (6), exalta los valores permanentes de responsabilidad, de servicio, de trabajo honesto, de creatividad; pregona y practica genuinos sentimientos de armonía, respeto y comprensión. Revela una coherencia interna entre su cosmovisión, su creación y su palabra. Expresa los móviles ocultos que configuran el comportamiento de sus criaturas imaginarias. Posee una identificación emocional y espiritual con los valores interiores de la condición humana.

Participa militantemente en las actividades lingüísticas y literarias de la Academia Dominicana de la Lengua y en los encuentros literarios del Ateneo Insular del Movimiento Interiorista y probablemente es el más armonioso, entre otras virtudes que lo distinguen y enaltecen, como el sentimiento de tolerancia y valoración, que él aplica en su vida y canaliza en su obra. Esa manifestación de su personalidad indica que hay una adecuación entre lo que piensa, lo que hace y lo que escribe, aspecto muy importante a la hora de evaluar a un escritor. Esa coherencia interna, intelectual y ética, se manifiesta en su obra novelística y, desde luego, en su concepción intelectual y su cosmovisión literaria, lo que genera una obra armoniosa en virtud de la compenetración intelectual, imaginativa, emocional y espiritual con la verdad, la belleza y el bien.

De la lectura de las novelas de Manuel Salvador Gautier se puede inferir que nuestro novelista tiene la concepción de que la novela ha de ser un vehículo expresivo para canalizar los valores e ideales que informan y sostienen la base cultural, espiritual y educativa de la comunidad que aporta la sustancia narrativa para la ficción.

La cosmovisión intelectual y estética de la obra de Manuel Salvador Gautier, que les comento, aparecen plasmados en diferentes historias, escenas y personajes que asume como narrador para articular sus convicciones novelísticas. Esos aspectos intelectuales, espirituales y estéticos le han permitido hacer un aporte como novelista. A mi juicio, Gautier desentraña lo que ilustran sus personajes, cuyo comportamiento contrapone a la realidad nefasta: funda el sentido de su ficción en la potencia de sus convicciones profundas; alienta el relato de sus historias con un lenguaje apropiado a sus tipos y personajes; aplica técnicas y procedimientos narrativos coherentes con la estructura de los hechos y la trama de su narrativa.

Para concluir, pienso que Manuel Salvador Gautier merece que lo leamos con atención. Nuestro atildado novelista ha escrito varias novelas que testimonian su talento narrativo, que dan fe de ese talante que lo distingue, que plasma esa convicción profunda que tiene como escritor y que lo indujo a optar por la literatura de ficción para canalizar una profunda y hermosa vocación humanizante.

La obra narrativa de Manuel Salvador Gautier confirma que para canalizar la vocación literaria no importa la edad con la que se comienza a escribir, si se tiene la preparación intelectual, si hay la fuerza interior, si se cuenta con una motivación profunda, si se posee el talento y la convicción de que podemos testimoniar, desde nuestra peculiar percepción del Mundo, los valores que iluminan y edifican. En Balance de tres, el narrador formula el siguiente planteamiento, que se condice con lo que he subrayado en este estudio:

Teonil levantó el brazo para alcanzar la luna. Le parecía que tocaba el cuadro que había pintado hacía ya mucho tiempo. Era curioso. La catástrofe había vuelto a ocurrir, la sangre había corrido, su mano había sentido su viscosidad, como entonces; pero, después de varios días, todo se había regenerado y se presentaba, reluciente y fresco, sin pasado. Así lo plasmó ella en su lienzo, en aquel paisaje de cañaverales batidos por el viento, inminencia de locomotoras y sombras de negros en procesión infinita. Así transcurría la vida, entre altos y bajos que debían sortearse sin dejarse doblegar por ellos.

   -¡Ah, soy de carne y hueso! -se dijo, rechazando los pensamientos negativos. Reclamaba una decisión. Se sentía completa, después de atender a los heridos durante tandas interminables, en condiciones inhumanas, una labor ardua y lacerante, que no imaginó tan cruda, por más manuales que estudió y redactó, y por más experiencias anteriores, preparatorias para manejar situaciones como estas. Prevaleció su temperamento metódico, disciplinado-. Hay cosas pendientes. Me esperan en mi casa. Angustias se preguntará por qué no estoy a su lado para ayudarla a instalar la casa de modas. Aún tengo tiempo de asistir a los últimos agasajos que le ofrecen a Maritza como Reina del Periodismo y congraciarme de nuevo con mis amigos del semanario.

No importaba nada de eso, lo sabía. Al venir, pensó que conseguiría, finalmente, lo que perseguía, poner a Nilo Gómez a sus pies. Logró otras cosas. En la Sociedad de Auxilio Hospitalario obtuvo las medicinas necesarias para atender a las víctimas, curó a los heridos y se hizo querer del personal del hospital. Era admirada por las señoras del poblado, pero no encontró a Nilo (7).

 

El aporte de Manuel Salvador lo sintetizo en los siguientes rasgos:

1. Retrata la realidad social a través del comportamiento de sus personajes, hechos y ambientes.

2. Desentraña lo que anhelan sus personajes, cuyas actitudes contrapone a la realidad nefasta.

3. Funda el sentido de su ficción en la potencia de sus convicciones profundas.

4. Alienta el relato de sus historias con un lenguaje apropiado a sus tipos y personajes.

5. Asume y aplica técnicas y procedimientos narrativos en consonancia con la estructura de hechos, ambientes, tramas y escenas.

Los creadores literarios que se valen de la palabra para testimoniar su percepción y su valoración de la realidad son las personas que vienen a la vida con una misión singular para plasmar una visión enaltecedora y hermosa en cuya virtud están llamados a canalizar los valores más profundos que identifican la condición humana, hecho que constituye una manera, fecunda y ejemplar, para transformar nuestra percepción de la realidad y, quizás, nuestra manera de entender y valorar la vida, la realidad y la creación, como lo ha hecho el autor cuya ejecutoria novelística es sustanciosa, edificante y ejemplar.

Bruno Rosario Candelier

Academia Dominicana de la Lengua

Santo Domingo, 14 de enero de 2010.

 

Notas:

1. Manuel Salvador Gautier (Santo Domingo, 1930) es un destacado novelista dominicano. Ingeniero Arquitecto por la Universidad de Santo Domingo y Doctorado en Arquitectura por la Universidad degli Studi de Roma (Italia). Fue catedrático de la Facultad de Arquitectura de la UASD (1966-1976) y de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, UNPHU (1977-2001). Inicia su carrera literaria en 1964 y en 1995 edita su primera novela. Ese mismo año ingresó al Movimiento Interiorista del Ateneo Insular, entidad cultural dirigida por Bruno Rosario Candelier y en la que coordina, desde 2002, el Círculo Literario “Francisco Javier Ángulo Guridi”. En 2008 es elegido miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua. Por la calidad de su obra literaria ha sido merecedor de los siguientes galardones: Premio Nacional de Novela “Manuel de Jesús Galván” en dos ocasiones: en 1993 por Tetralogía: Tiempo para héroes y en 1995 por Toda la vida; Premio de Novela de la Universidad Central del Este en 2001 por Balance de tres; Premio Concurso de Ensayos “Víctor Hugo” 2002 por la obra La fatalidad no está en un campanario de París; y Segundo Premio, en 2005, en el Concurso de Cuentos “Citta di Viareggio” (Italia), promovido por la Editorial Il Ha publicado: Hacia un Plan Regulador de la Ciudad de Santo Domingo (1962, en colaboración con el Ing. Ramón Báez López-Penha); las novelas Tetralogía: Tiempo para héroes (1993), Toda la vida (1995), Serenata (1999), Balance de tres (2002), el libro de relatos Historias para un buen día (2003) y El asesino de las lluvias en 2006. Ha dictado conferencias sobre temas culturales y literarios y ha publicado numerosos ensayos sobre tópicos similares en revistas nacionales y extranjeras.

2. George Luckács, Teoría de la novela, Barcelona, Paidós, 1975, p. 69.

3. Manuel Salvador Gautier, Serenata, Santo Domingo, Búho, 1998, pp. 123-124.

4. Bruno Rosario Candelier, Tendencias de la novela dominicana, Santiago, PUCMM, 1988, pp. 89ss.

5. En Manuel Salvador Gautier, Tiempos para héroes (Monte Adentro), Santo Domingo, Taller, 1993, p. 111.

6. Como creador afiliado al Interiorismo, Manuel Salvador Gautier ha dado evidencias intelectuales y estéticas que asume y practica, con particular entrega, los fundamentos del ideario espiritual y estético consignado en la propuesta del Movimiento Interiorista que respalda y promueve.

7. En Manuel Salvador Gautier, Balance de tres, pp.161-2. En El asesino de las lluvias (Santo Domingo, Cedibil, 2006, pp. 104-105), de Gautier, leemos: -Bienvenido, poeta -se dirigía a Sergio-. Precisamente hablábamos de un hecho que interesa a intelectuales como usted, inmersos en el quehacer poético: la aventura maravillosa que es profundizar en la obra de Rainer María Rilke.

  -Conozco sus Sonetos a Orfeo.

   -¡Ah! –exclamó don Baltasar, como si confirmara la apreciación encomiástica que había hecho de Sergio al saludarlo, y continuó explicando el delicado balance que hacía el poeta alemán entre el interior y el exterior del hombre, entre lo permanente y lo transitorio del mundo. Tomó un libro, lo abrió con parsimonia y leyó varias estrofas de las Elegías. Enseguida, procedió a explicar la manera en que Rilke enfrentaba “el fantasma de lo transitorio”, o sea, la limitación inmanente al cosmos, el ciclo de la vida y la muerte, de la aparición y la desaparición de todas las cosas en la naturaleza.

   -Para Rilke el exterior, perecedero y fugaz, es el camino hacia el interior, donde el hombre puede unirse a la eternidad en una transmutación angélica.

   En lo mejor de la alocución, cuando don Baltasar comenzaba a explorar el misticismo angustiado de Rilke, donde el paso del hombre hacia lo trascendente es un acto terrible para éste por su pequeñez ante la inmensidad del Misterio, un limpiabotas se acercó a Sergio.

   -Hay un señor que quiere verlo –le dijo.

   -¡Sssch!

El nacimiento de un diccionario: El Diccionario del español dominicano

Por María José Rincón González

Nuestra lengua puede presumir del Vocabulario de Elio Antonio de Nebrija, nacido a finales del siglo XV, del Tesoro de la lengua castellana o española, publicado en 1611 por Sebastián de Covarrubias Orozco, y por supuesto del Diccionario de Autoridades, cuya composición fue el objetivo fundacional de la Real Academia Española. El empeño académico era demostrar el lugar preponderante de la lengua española en el conjunto de las lenguas europeas.

Los mismos factores que provocaron el surgimiento de la variedad americana del español produjeron, simultáneamente, su diferenciación regional interna, más patente y más rica, si cabe, en el vocabulario.

Si dejamos a un lado las obras enciclopédicas que describen la realidad americana o los pequeños glosarios de voces que facilitaron la labor misionera, los americanismos tardan en aparecer en nuestros diccionarios.

Según Humberto López Morales (1998: 151), desde la aparición en 1836 del Diccionario provincial de las voces de Cuba de Esteban Pichardo, dominicano, por cierto, reeditado en tres ocasiones, no han dejado de publicarse diccionarios de regionalismos.

Vicente Salváen 1846 presume de que su Nuevo Diccionario de Lengua Castellana recoge unas veintiséis mil voces más que el publicado por la Academia, “entre ellas muchas americanas”, que había obtenido carteándose con amigos e intelectuales del nuevo continente.

La fundación a partir de 1870 de las academias americanas de la lengua, entre las que se encuentra la Academia Dominicana de la Lengua, fundada en 1927, contribuye al reconocimiento de las distintas variedades americanas del español y a una presencia cada vez más notable de americanismos en los diccionarios académicos.

En  nuestros diccionarios, hasta ahora, se observaba un aprecio por la expresión criolla al mismo tiempo que una actitud purista en la que el español peninsular era tomado siempre como punto de referencia. Esta dualidad distingue nuestros diccionarios; Rafael Brito y su Diccionario de criollismos de 1930; el académico Manuel Antonio Patín Maceo y sus Dominicanismos de 1940 y 1947; y el también académico Carlos Esteban Deive y sus dos ediciones del Diccionario de Dominicanismos de 1986.

En la senda de estos antecesores en la Academia Dominicana de la Lengua nos vimos ante una necesidad prioritaria para la lexicografía dominicana: el diseño y la construcción de un diccionario que respondiera a técnicas y criterios actuales y que pudiera ofrecerse al hablante dominicano y al usuario que se acerque a esta variedad dialectal con las suficientes garantías de rigor científico; un diccionario de uso, que registra lo que decimos y cómo lo decimos, casi sin tomar partido académico sobre cómo deberíamos decirlo.

Como si se tratara de las dos caras de una moneda, toda obra lexicográfica está organizada a través de dos ejes indispensables: su macroestructura y su microestructura. Sin este armazón nuestra obra no podría aspirar a ser más que una simple lista de palabras que nos recordaría a aquellos pequeños glosarios medievales que ayudaban a los estudiantes y religiosos de escasa formación a defenderse con los textos latinos que se les hacían cada vez más ininteligibles.

La macroestructura establece qué palabras se incluyen y cuáles no. El Diccionario del español dominicano registra y describe el léxico propio de la variedad de la lengua española usada en la República Dominicana, con independencia de su origen. La selección de la nomenclatura del DED se ha realizado de forma contrastiva; es decir, el diccionario incluye las palabras y las acepciones del vocabulario usual en el español dominicano que no tienen un uso común en el español general. Estamos ante una obra que incluye el léxico vigente y frecuente en el presente y también el léxico desaparecido o en vías de desaparición por razones generacionales o de cambios en la cultura o en la forma de vida de la sociedad dominicana.

En la micro estructura el aspecto en el que se ha puesto más énfasis es en la uniformidad y regularidad estructural de todos los artículos, independientemente de su complejidad, lo que supone un avance cualitativo importante respecto a la tradición lexicográfica dominicana, caracterizada por la irregularidad estructural.

Uno de los aportes más relevantes de esta nueva obra lexicográfica es la atención que se le ha dedicado a la definición. El Diccionario del español dominicano prefiere las definiciones propias que cumplan con el principio de general de equivalencia entre el definido y la definición y su identidad categorial.  El seguimiento de estos principios introduce un componente modernizador.

El trabajo en equipo, que nos enorgullece en este diccionario, contrarresta el personalismo, y favorece la desaparición de la impronta ideológica en la definición, cuya eliminación ha sido uno de nuestros objetivos fundamentales. El Diccionario del español dominicano aspira a mostrar unas coordenadas sociales y culturales en las que puedan reconocerse todos los usuarios.

Todos estos aspectos, macro y micro estructurales, describen un proyecto lexicográfico académico que se ha desarrollado en la Academia Dominicana de la Lengua a lo largo de cuatro años, con el apoyo de la Fundación Guzmán Ariza pro Academia Dominicana de la Lengua, y que ha culminado con la publicación en noviembre de 2013 de un nuevo diccionario dialectal del español americano. La trascendencia de esta labor académica destaca especialmente en un contexto nacional con graves problemas de alfabetización y formación académica pero que aspira al mantenimiento y la defensa del buen uso de la lengua española como una de sus principales señas de identidad. Las cifras del DED son apabullantes pero lo verdaderamente importante es el inmenso caudal de información sobre nosotros y sobre cómo hablamos que mana de sus páginas.

PUCMM Santo Domingo, 3 de septiembre de 2016

El Logos en la gestación de la creación

Por Bruno Rosario Candelier

 A Rocío Santos, estela primorosa de lo divino.

Este tema es importante para los que se han consagrado al estudio de la lengua y al cultivo de las letras. Los que hemos estudiado lingüística, filología o literatura, y ustedes, que son estudiantes y profesores de esta área del saber humanístico, hacen bien en participar en esta actividad, porque estimo que saldrán de aquí motivados para compenetrarse con el mundo de la palabra, con lo que implica la formación intelectual y estética, y, sobre todo, con la búsqueda y la orientación que ustedes habrán de llevar a cabo para lograr y sembrar una disciplina académica en sus educandos.

Les voy a invitar a que conmigo hagamos un viaje retrospectivo hacia el período floreciente de la antigua Grecia cuando comenzaron los estudios filológicos y donde tuvo lugar por primera vez el enfoque de la conciencia, el cultivo de la palabra, la valoración de la creación humanística y el aporte creador a través de la literatura. Tendríamos que ubicarnos en el siglo V antes de Cristo, época de la antigua Grecia cuando florecieron los pensadores presocráticos. En esa etapa de la historia del pensamiento, que es la base de la cultura de Occidente, surgieron notables pensadores que se dedicaron a pensar el mundo y desde la palabra asumieron la realidad natural y la vocación intelectual, estética y espiritual para desarrollar la filosofía, las artes, la ciencia, la filología y la mística, y uno de sus principales pensadores, Heráclito de Éfeso, cuyo pensamiento es clave para el estudio de la filología, ante la pregunta de uno de sus discípulos sobre lo peculiar del ser humano o lo que distingue la naturaleza humana, respondió con una formulación nueva, con una nueva tesis y una nueva palabra que fue fundamental para la creación y la valoración de la lengua. Dijo que el hombre, al ser producto de la Divinidad, recibió una energía divina mediante un fuego sagrado, y ese aliento trascendente lo bautizó con un nombre muy particular, con la palabra Logos. Explicó que los seres humanos estamos dotados del Logos, cuya dotación nos distingue de las bestias y las plantas, y en virtud de esa dotación divina tenemos la capacidad para reflexionar, intuir y crear. En función del Logos los humanos tenemos un lugar especial en el mundo porque esa dotación de la conciencia es la más alta distinción del espíritu humano, que ha permitido que el hombre se desarrolle y perfeccione. Esos pensadores presocráticos con Heráclito a la cabeza hacían esas reflexiones con las personas que acudían en busca de orientación. Heráclito era un iluminado y como iluminado tuvo la capacidad para orientar a los estudiosos o interesados en el cultivo de la inteligencia y la sensibilidad.

Fíjense que dije “estudiosos” y no “estudiantes”, porque para ese entonces no existían institutos ni universidades. Los jóvenes con inquietudes intelectuales, artísticas o científicas, buscaban a quienes tenían conocimientos y sabiduría, y se arrimaban a ellos en procura de su formación, y un intelectual como Heráclito, a quien acudían los jóvenes inquietos, lo hacían justamente por la sabiduría de Heráclito, que desplegó a partir de la intuición del concepto del Logos en el espíritu humano, y motivado por esa inquietud, organizó cuatro grupos diferentes en atención a las condiciones intelectuales, humanísticas, estéticas y espirituales de esos estudiosos.

Por un lado, integró a los que tenían inquietud por el conocimiento de la palabra, quienes desde el Logos se dedicaban al estudio de la lengua. Aquellos jóvenes que tenían vocación lingüística, que tenían interés por conocer el vocabulario de su idioma, por dominar la expresión mediante un conocimiento ortográfico y gramatical de la escritura, los agrupó en esta área del saber, formando el grupo que constituyó la primera escuela de filología en la Antigüedad. Filología está formada por filo y Logos. Filo significa ‘amor’, ‘fervor’ o ‘devoción’ por alguna disciplina intelectual; y logía viene de Logos, palabra que da cuenta de la imagen y el concepto, porque Logos significa expresión, lenguaje, palabra, concepto, imagen, que son los atributos del poder operativo del Logos.

La primera atención que esos pensadores ponían era a la lengua como tal, valorando el estudio del instrumental de creación que es la palabra, y enfatizaban con alto rigor el conocimiento del lenguaje, de tal manera que un creador no podía acceder al ámbito de la creación si antes no había demostrado su capacidad idiomática para dedicarse a la literatura. Esa área tenían que estudiarla con rigurosa disciplina, con plena conciencia de lo que implicaba la formación intelectual.

En la antigua Grecia el estudio del griego antiguo fue una parte de ese conocimiento de la palabra, y una demostración de lo que tenían que hacer los lingüistas, literatos, escritores, filólogos e intelectuales se centraba en el estudio del lenguaje, porque se sentían obligados a tener el conocimiento de la palabra en todas las manifestaciones de la expresión justamente para poder crear una obra de calidad.

Una segunda vertiente a la que Heráclito y los antiguos pensadores ponían su atención era a la realidad del Universo, el tema del Cosmos, a la dimensión natural de lo viviente. Estos antiguos pensadores tenían una visión global del mundo. Werner Jaeger, el filólogo alemán autor de Paideia, obra fundamental para dedicarse al estudio de la lingüística, la filología y la literatura griega, sostiene que los antiguos griegos fueron los primeros en articular una visión del mundo y un concepto de la naturaleza a partir de una cosmovisión y un concepto de la realidad cósmica que cifraba la comprensión de lo viviente. A esos conocimientos de la naturaleza del Universo, de la estructura de lo natural, de la composición y el funcionamiento de lo viviente, le pusieron atención justamente por ese horizonte global que orientaba la cultura y la formación intelectual, y los estudiosos de la lengua y la literatura tenían que tener conocimiento de cosmología, de astrología y biología, es decir, un conocimiento sobre la naturaleza de las cosas. Por un principio básico fundamental nosotros estamos insertos en la naturaleza de lo viviente y formamos parte del Universo. De hecho, Heráclito tenía el concepto de que “todo viene del todo y todo vuelve al todo”, y por ese vínculo con la totalidad de lo existente estamos en conexión, articulados con seres humanos, plantas, animales y cosas, en cuya virtud es necesario tener un conocimiento del mundo, una idea del Cosmos y conocer y respetar las leyes que pautan el ordenamiento de lo existente, porque en función de ese respeto vamos a entendernos y a saber lo que somos, pensamos, sentimos y hacemos. Esa conexión de hombre con la realidad circundante fue determinante para la visión de insertarnos en la naturaleza con un conocimiento del mundo y su destino, con la función que estamos llamados a desempeñar como criaturas singulares de la Creación.

Una tercera vertiente y, paralelamente un tercer grupo que orientaba Heráclito, era el de los contemplativos. Dije que Heráclito de Éfeso era un iluminado, y los iluminados son las personas que logran una alta sabiduría como fruto del desarrollo de su intuición, su capacidad de observación, su mirada amorosa y su profunda espiritualidad. A los estudiosos de la filología en aquella época sus orientadores les exigían el uso de su inteligencia y su sensibilidad para el acto de la contemplación. Les enseñaban a contemplar el mundo, a observar la realidad y a compenetrarse con la energía de la naturaleza.

La palabra “teoría” la inventaron esos antiguos griegos porque en griego el concepto “teoría”, procedente de theorein, entrañaba la capacidad de nuestra conciencia para contemplar el mundo, y de esa contemplación se infería la capacidad para deducir las leyes del Universo, la normativa de la creación, tras observar el comportamiento de lo viviente. Y dirán ustedes, ¿y qué relación tiene ese ejercicio con la lengua y la literatura? Esos sabios antiguos, que tenían una comprensión amplia del saber, entendían que quien se dedicaba a pensar y a crear, tenía que tener una compenetración espiritual con la energía del Universo en función de que nosotros somos energía, de que todo es energía, de que la palabra es energía y de que el Universo es energía, y en función de esa realidad, lo que hablamos y escribimos comunica una energía creadora que Aristóteles llegó a sostener que era un rasgo fundamental de la conciencia, justamente como expresión del don originario que nos fue otorgado, que es el Logos. Esa convicción de que los hombres, integrantes de la naturaleza, teníamos que insertarnos en el ordenamiento de lo viviente y sentir como la naturaleza, es parte de la función operativa del proceso sensorial, intelectual y espiritual que se llama contemplación, que en nuestra cultura no practicamos. En la cultura de Occidente la mantienen, aisladamente, algunos individuos que cultivan la contemplación en virtud de la orientación espiritual que han asumido, pero en general en nuestra cultura no se nos enseña a contemplar, porque no hemos recibido esa orientación para entender el sentido de ese proceso de la inteligencia y la sensibilidad que contribuye al desarrollo de nuestros poderes intelectuales, morales, estéticos y espirituales.  Pues bien, esos antiguos pensadores griegos, estudiosos de la palabra, entendían que había que articular al hombre a todo lo existente, desde el proceso y la vivencia de la contemplación.

Una cuarta vertiente que enfatizaban los antiguos pensadores griegos es el cultivo de la estética. La estética, que estudia las manifestaciones de la sensorialidad, implica la atención no solo a la vertiente sensorial de la belleza física, sino a todas las expresiones vinculadas con los sentidos corporales. A esos jóvenes que estudiaban la palabra, que debían poner atención al funcionamiento del Universo y que hacían uso de la contemplación, también se les invitaba a que ejecutasen el poder de creación. Como consecuencia del poder primario del Logos, tenían que ejercitar el don de la creatividad, es decir, hacer uso de la palabra con un propósito creador, y la primera actividad creadora a la que ponían atención era a la poesía, porque entendían que la poesía era la más alta dotación estética de la inteligencia humana, de tal manera que Platón tenía la idea de que los poetas eran interlocutores entre los dioses y los hombres y, en tal virtud, recibían un don sagrado directamente de la Divinidad. De ahí que en la antigua Grecia a los poetas se les veneraba como seres sagrados, porque entendían que esos creadores tenían un don singular: el don de la creación poética, y eran muy exigentes en el acto de creación, pues además de demostrar que tenían conocimientos de la palabra y que podían emplearla con corrección, propiedad y elegancia, tenían que estudiar la métrica. La antigua métrica, esa normativa de la literatura griega, era sumamente complicada.

Los metros de la versificación consignaba la medida silábica y acentual en que debían emplearse los versos en la composición poética, y esas medidas, que eran precisas y ortodoxas, tenían unas exigencias en función del sonido de las palabras y de la combinación eufónica del lenguaje, porque uno de los atributos de los poetas siempre ha sido hacer uso de la palabra con un fin estético, para lo cual es necesario articular las voces con armonía, con el elegancia de la expresión sonora y elocuente para producir la sensación de fluidez, de una relación armoniosa entre las palabras desde el sonido de cada vocablo en armonía con su sentido, y esas exigencias poéticas o esas exigencias normativas, dieron su fruto. Famosos escritores como, Píndaro, Tirteo, Safo, no fueron productos del azar, sino de esas disciplinas a las que tenían que someterse los poetas para dedicarse al cultivo de la versificación. Una obra como la de Homero, que fue el padre de la literatura griega, fue producto de esa disciplina espiritual, de ese rigor académico, que entonces se exigía mucho más que ahora. Digo mucho más que ahora, porque en nuestro país el Ministerio de Educación anualmente da el título de Bachiller a verdaderos iletrados, y de las Universidades salen licenciados y graduados con el título de Maestría sin tener la formación intelectual debida, lo que indica que se perdió el rigor disciplinaro que había en la antigua Grecia. Ojalá pudiésemos recuperar esas inveteradas exigencias.

Cuando me inicié como profesor en la PUCMM de Santiago, en los primeros años descontábamos a nuestros estudiantes cinco puntos por cada falta ortográfica, pero luego tuvimos que bajarlo a dos puntos por la presión de los estudiantes: no superaban la prueba de esas exigencias normativas. Yo no sé cuánto se descuenta ahora. Lo que quiero decir con esto es que si hubiese profesores que exigieran con rigor el conocimiento ortográfico y gramatical de nuestra lengua, habría profesionales con conocimiento de la palabra, conocimiento que no tienen, porque no se les exige a los actuales estudiantes, ni en la escuela ni en la universidad, y los profesores no lo exigen porque ellos no tienen ese conocimiento del lenguaje.

Ojalá ustedes tomen conciencia de lo que les estoy diciendo y entiendan que la carrera que han elegido para formarse en una disciplina universitaria entraña una formación intelectual, lingüística y literaria, porque vamos a trabajar con la palabra, a transmitir una vocación por la palabra y a fomentar la comprensión y la creación del lenguaje. ¿Cómo un maestro que no lee va a transmitir a sus estudiantes amor a la lectura? El maestro da lo que tiene, y no puede dar lo que no tiene. Por eso en la Antigüedad eran altamente exigentes los profesores y los orientadores y los que se dedicaban a la vida intelectual, porque acudían a ella por vocación, sentían una verdadera inquietud espiritual para el desarrollo de la conciencia y amaban la palabra, que es lo que significa “filología”: un amor a la palabra, y el filólogo es alguien que cultiva la palabra para dar cuenta de sus vivencias y sus intuiciones. Los genuinos creadores son aquellos que escriben a partir de sus intuiciones y vivencias, a las que hay que darles forma y sentido mediante la normativa de la lengua y los recursos de la literatura.

Hay que estudiar la lengua y la literatura y tener conciencia de ese conocimiento. Mediante el desarrollo de la conciencia podríamos plasmar las inclinaciones intelectuales, morales, estéticas y espirituales, correlativas al genio de la lengua, la autoconciencia, la conciencia literaria y la conciencia de la creación, no solo para conocer y dominar la lengua y la expresión estética del lenguaje, que es la literatura, sino para promoverla, incentivarla y potenciarla.

Los que estudian lingüística o literatura están llamados a fomentar la creación de la palabra con todo lo que ella implica para el desarrollo del pensamiento y la sensibilidad, pero para eso hemos de formarnos mediante el conocimiento de la palabra y el poder de la creación. Por eso Heráclito decía que era una energía divina la que hemos recibido con la dotación del Logos. El Logos de la conciencia, el Logos que forja la conciencia, que hace posible la creación y el poder de la creación, está al alcance de todos.

Vamos a tomar conciencia de esta realidad para saber cuál es nuestra misión y cuál es el alcance y el sentido de la filología.

Bruno Rosario Candelier