Temas idiomáticos

Por María José Rincón

 

¡QUÉ FALTA NOS HACE!

27/10/2020

A comienzos de un gélido enero allá por 1920 los titulares del periódico El País comunicaban a los madrileños el fallecimiento de Benito Pérez Galdós: «Don Benito ha muerto. ¡Viva Galdós! Ha muerto el hombre, viva el escritor; vivirá en sus obras mientras viva el mundo». En este año 2020, digno de la realidad novelada de don Benito, conmemoramos el centenario de su muerte.

Muchos de los que hablamos y leemos en español descubrimos la magia de la novela con las obras de Galdós; como Luis Cernuda cruzamos con su obra «el umbral de un mundo mágico, la otra realidad que está tras esta». ¡Y qué realidad! La realidad de la España que veía morir el sigo XIX y nacer el XX, con toda su «confusión y nerviosas inquietudes», contada en nada menos que en 77 novelas. En ellas la Historia, esa que escribimos con mayúscula, en palabras de Galdós «comúnmente artificiosa y recompuesta», convive con la historia, esa que que escribimos con minúscula; como bien retrata Gullón, las pequeñas historias de amor, celos, traición y codicia trenzadas con los avatares históricos de una nación. María Zambrano nos invita a leer la inmensa galería de perspectivas sobre la condición humana que Galdós nos ha construido en sus relatos: «Recorrerlas todas una a una sería aleccionadora visión de cómo una humana vida, por ajena, exenta que pueda estar ante la historia, está enredada en ella».

Galdós estaba convencido de que la literatura debía «reflejar esta turbación honda, esta lucha incesante de principios y de hechos que constituyen un maravilloso drama de la vida actual». ¡Qué falta nos hace don Benito para que nos cuente este 2020 confuso y desconcertante!

 

COJAMOS IMPULSO

3/11/2020

La reflexión de una de las más recientes AM de Inés Aizpún me recordó la pregunta de una de mis alumnas en un taller literario dedicado al poeta Rubén Darío. Se preguntaba cómo podía explicarse la amplia cultura del poeta nicaragüense habiéndose formado en un pequeño pueblo sin acceso a centros de enseñanza destacados. Sin duda, a Rubén Darío en su escuela de León le enseñaron a leer. Y cuando nos enseñan a leer, no solo a juntar letras con dificultad, adquirimos un poder extraordinario que nos va a acompañar a lo largo de nuestra vida y de cuyo potencial nos convertimos en los principales responsables.

Ni que decir tiene que esto no significa renunciar a una enseñanza de calidad, especialmente la pública y gratuita, que nos acerque al conocimiento de la ciencia, de la historia o de las tecnologías, pero no debemos olvidar que todo lo que aprendemos en la escuela, y lo que seguiremos aprendiendo con los años, estará mediatizado por la calidad de nuestra comprensión lectora. La lectura, y con ella la escritura y la expresión oral, son esenciales para la adquisición y para la transmisión del conocimiento. Si renunciamos a que nuestros niños dominen la lectura, más allá, insisto, de aquello de «la m con la a, ma», estaremos renunciando a un poder extraordinario para comprender el mundo y para transformarlo. Sin esperar los resultados de las pruebas de desempeño escolar, experimentamos cotidianamente que no sabemos leer. Conviene recordar que el Diccionario de la lengua española define leer como ‘pasar la vista por lo escrito o impreso comprendiendo la significación de los caracteres empleados’. Sin duda la clave está en dar el salto del «pasar la vista» al «comprender». ¿Y si aprovecháramos los retos de 2020 para coger impulso y dar ese salto?

 

LUCIDOS CON ORGULLO

10/11/2020

Consulta un lector sobre la ortografía de nombres propios y sobrenombres o apodos. Los nombres propios, que designan a un único individuo, como los que aplicamos a las personas, deben escribirse con inicial mayúscula: Manuel, por ejemplo, como nuestro lector interesado en la ortografía. No solo son nombres propios los que aplicamos a las personas; también nombramos con ellos a nuestras mascotas: Mi perra se llama Canela. Miguel de Cervantes hizo a los perros Cipión y Berganza protagonistas de una de sus novelas. En los entornos familiares o de amistad solemos cambiar el nombre propio por el hipocorístico. Llamamos así a la abreviatura o adaptación cariñosa de un nombre propio. El Diccionario de la lengua española nos recuerda que la palabra tiene su origen en el griego hypokoristikós, que significa ‘acariciador’. Estos hipocorísticos, aunque afectuosos y confianzudos, también deben escribirse con inicial mayúscula: los Guillermos serán Memos; las Altagracias, Taticas; los Antonios serán Toños; las Dolores, Lolas.

Los apodos son también nombres propios. Se crean para designar a una persona concreta, a veces tomando como punto de partida una característica física o un rasgo de la personalidad, como los de la pareja real Felipe el Hermoso y Juana la Loca; o como los de la pareja, esta vez de la realeza merenguera, Fefita la Grande y Toño Rosario, el Cuco. La inicial mayúscula es obligatoria, tanto en el nombre como en el apodo. Sin embargo, observamos en los ejemplos anteriores cómo el artículo que aparece a veces junto al apodo se escribe con inicial minúscula.

Cuando nombre y apodo se escriben juntos, solo debemos recurrir a la coma para separarlos cuando el sobrenombre puede usarse de forma independiente: Luis Polonia, la Hormiga atómica, o Miguel Tejada, la Guagua. Luzca orgulloso su apodo, si así lo desea, pero demuestre que sabe escribirlo correctamente.

 

VÍNCULOS PODEROSOS

17/11/2020

La lengua española es extensa tanto geográficamente como en número de hablantes. Los que la hablamos debemos ser conscientes de que existen muchas formas de hablar correctamente nuestra lengua. Las variedades regionales son características de nuestra lengua, forman parte de su historia y de su patrimonio; nos enriquecen a todos y debemos aprender a conocerlas y a valorarlas.

Cuando hablamos con alguien que maneja una variedad regional distinta a la nuestra siempre encontraremos un acento sonoro que nos llama la atención, una forma curiosa de pronunciar, algún que otro detalle que nos parece extraño en la estructura de la frase, muchas palabras y expresiones diferentes de las nuestras. No conviene olvidar que si nuestro interlocutor se expresa en una variedad regional distinta a la nuestra seguramente estará experimentando la misma extrañeza con nuestra forma de hablar. Recuerden que, en lengua, como en tantas otras cosas de la vida, diferente no significa incorrecto. La historia de nuestra lengua es muy larga, muestro idioma ha recorrido extensos territorios y se ha adaptado a ellos y a sus hablantes. Ha recibido influencia en distintas medidas de las lenguas que se hablan en esos territorios. La vida y la realidad de sus hablantes le ha ido confiriendo rasgos de personalidad que la caracterizan en cada zona. Esta diversidad cultural la enriquece y debemos asumirla y valorarla como lo que es, un patrimonio valioso para todos los que hablamos español, un patrimonio del que sentirnos orgullosos, independientemente de la variedad en la que nos expresemos.

Cuando los dominicanos nos sentimos orgullosos de nuestra forma de hablar, de nuestras palabras tradicionales, de nuestro acento peculiar, compartimos ese orgullo con millones de hispanohablantes, de cualquier rincón del planeta, que sienten los vínculos poderosos que se establecen cuando nos sabemos hablantes de una misma lengua materna.

 

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