Un enfoque sobre Sinfonía del águila

Por Emilia Pereyra

    Diecinueve textos componen el libro de cuentos del creador interiorista Miguel Solano, denominado Sinfonía de Águila, hermoso título que él explica en una instrucción nombrada Edad del águila, en la que refiere que es un apasionado de la danza afrodisíaca sin fin de esta bella ave depredadora, dotada de gran poder.

La primera historia, Vacío y dolor, está narrada en primera persona. Una voz femenina relata un encuentro con Don Diablo. El personaje airea el vacío interior que prevalece en su existencia, a pesar de que posee toda la riqueza que puede necesitar. Es un cuento existencialista, de tipo psicológico. Se trata de una exploración interior de una mujer arrasada.

Dice la protagonista: “Ese vacío genera una necesidad, un deseo de castigar el cuerpo, la carne, un deseo de ver cómo el castigo genera dolor y cómo ese dolor produce un cambio en el vacío, en el estado del vacío. Sé ahora que quienes promueven el dolor, la violencia, no lo hacen porque deseen hacer el mal o hacerse mal. En su búsqueda, en su exploración por una respuesta a un estado de vacío, de acumulada violencia, ven crecer una espantosa ansiedad que reclama como castigo darle dolor a las fuerzas físicas que creen lo generan” (págs. 20-21).

El Diablo, figura mítica recurrente en esta obra, vuelve a ser personaje en el cuento Experiencia propia, donde el ángel caído, tiene una singular conversación con Dios, al que reconoce como padre.

El Todopoderoso es de nuevo personaje en el cuento Edad del hombre, una versión libre, fantasiosa y maravillosa, sobre las ansias atribuidas a Dios.

A propósito, relata el narrador: “Más de quince mil millones de años le tomó el trabajo de crear la naturaleza tal y como la conocemos hoy, pero ya podía sentarse debajo de una mata de mango y descansar. ¡Qué cosa!, pero para Dios descansar es pensar; así que al mirar a los animales se dio  cuenta de  que le faltaba algo, ya había creado el libre albedrío, con lo cual eliminó la posibilidad de que alguien viniera a quejarse por su suerte, entonces una idea brilló ante sus ojos: ¡Institucionalidad! Eso es, aseguró, hay que definir funciones” (p.88).

En el ingenioso y divertido cuento se continúan plasmando las quejas y las solicitudes de animales y del mismo ser humano a Dios, que busca el modo de complacer peticiones.

   Dos mundos es el relato acerca del encuentro sexual de dos amantes, Cindy y Manuel Emilio, dos universos que terminan separándose. La narración tiene párrafos singulares en que se registran exploraciones sobre el pasado, y cito: “Y no sólo era la separación del objeto sino que sus mentes habían regresado al estado anterior, un estado de felicidad, de armonía en que desaparece el sentimiento de aislamiento o separación. Golpeaba en su interior el extraño eco, el regreso a sus primeros nueve meses de existencia, él dentro y ella sintiendo esa mágica sensación, ese sentimiento de omnipotencia que al conectarnos con el universo nos hace sentir como si todo fuera posible” (p.27).

En el Costo de la belleza, se recurre de nuevo a la primera persona para contar el encuentro de un hombre con una chica de belleza embrujadora en el hotel Lina, donde vivía entonces, en 1996. Con ella sostiene un diálogo chispeante, en el que negocian las condiciones de un acercamiento sexual.

Otro cuento sobre seducción y dinero es El origen de la dignidad, en el que se relata una sugestiva conversación entre una pareja de hoy, Adán y Eva, que se produce en clave bíblica y tono moderno.

   El origen de la justicia es una historia perspicaz, sobre las búsquedas espirituales a través del taoísmo, el budismo y otras corrientes. Lo protagoniza la doncella Chang-Lien Lu, que había iniciado “su conexión suprema con los dioses” cuando tenía trece primeras. Contada en la tercera persona, esta historia muy bien hilvanada y recreada termina arrancándonos una sonrisa, cuando se devela el resultado del prolongado estado de ensimismamiento con la gran revelación: “¡El sol sale para todos!” (p.36).

   ¡Paren eso!, es el siguiente cuento del mundo terrenal, sobre el abogado Manuel Caldosanto, caído en desgracia después de vivir una época de bonanza, debido a un cambio de gobierno, y en consecuencia se ve en las garras de los bancos a causa de un prolongado endeudamiento.

   El repartebienes un relato de cariz político, corto, de dos páginas, sobre aspectos de la realidad vernácula: la corrupción y el clientelismo, el manejo del poder y las truculencias, retratados en unas escenas palaciegas que se producen en cuatro templos del Palacio del León. A saber, la Consultoría Jurídica, la Secretaría Administrativa, el Secretario del Rey y la Cueva del Reynazo. Es un texto cargado de ironía y doble sentido, relacionado con tiempos políticos de nuestro pasado reciente.

Otro relato sobre clientelismo, extraído de nuestra realidad socio-política, es Yo sé dónde venden. Desarrolla el plan concebido por un gobernador para lograr un asiento en el parlamento con el uso de los bienes públicos.

   Zigzaguendo en Washington es otro cuento crítico, sobre el ámbito político, narrado con ironía. Se produce en Estados Unidos, donde en los meses de septiembre y octubre del inolvidable 2002, “el Francotirador se apoderó de las calles de Washington y los halcones de la capital del sacrosanto lugar plantearon que la mejor medida de protección era no caminar derecho sino zigzagueando (p.59).

   Parto imposible se refiere el escabroso tema del bestialismo. Ha sido narrado con gracia y la delicadeza que en literatura requieren los temas espinosos. “Los muchachos vieron a Marcial relinchar y haciendo fila; y permitiéndole al marido su retorno cada vez que este lo solicitaba. Fueron aprendices de esposos. De acuerdo con la sonrisa de Novia, unos fueron caballos, otros potros y otros apenas potriquillos”, escribe el narrador (p.50).

   El virus es una narración hiperbólica en torno al encuentro entre la doctora Amelia y Pablo del Robo, su paciente. “Miró el universo a través de la ventana del consultorio y empezó a reír, a carcajada, a plena felicidad; sonrió como a quien le han regalado el don de la felicidad eterna: la locura. Al voltearse y quedar frente aquellos ojos color oro de Amelia, impidió su penetración en su recién pasado mundo con una pregunta:̶ ¿Y si son bacterias?” (p.76).

Otros cuentos forman parte del volumen, como son Siete letras, de corte social, y ¿Lo sabía?, que versa acerca de un mujeriego tentado por el homo sexualismo. Solano remata el libro con dos microrrelatos, con apariencia de versos, titulados Con destino y ¡Rosa Roja!

Nuestro sagaz autor explora temas diversos en su Sinfonía del águila. Se percibe claramente que a él le interesan Dios, el Diablo, las filosofías orientales, el sexo, la seducción, el vacío existencial, el clientelismo, la política y la crítica social.

El autor cultiva un estilo propio, el indiscutible estilo Solano, salpicado de humor, picardía e introspección, y de la búsqueda de las verdades profundas. Lo hace empleando un lenguaje directo y estructuras gramáticas sencillas.

Miguel Solano sabe pincelar atmósferas con eficacia, y en gran parte de sus cuentos resaltan el tono crítico, la tendencia a satirizar y a narrar de forma distintiva.

© 2017, Emilia Pereyra.

Notas

1. Miguel Solano, Sinfonía del Águila, Ediciones aqi, Editora Búho, República Dominicana, 2006.págs… 20-21.
2. Ibídem,88.
3. Ibídem, 27.
4. Ibídem, 36.
5. Ibídem, 59.
6. Ibídem, 50.
7. Ibídem, 76.

Las lágrimas de mi papá, de Miguel Solano

Por Rafael Peralta Romero

En Las lágrimas de mi papá, Miguel Solano construye sus historias como si fuera un niño contando sus aventuras e intrepideces, pero incluyendo y magnificando las acciones que en su presencia realizan los adultos.  Los niños suelen ser unos delatores perfectos porque ellos no calculan las consecuencias que entraña la información de determinados hechos.

El niño como narrador de cuentos y novelas para adultos no es de empleo frecuente,  pero se trata de un recurso que  imprime  sencillez y gracia a los sucesos que ocurren ante  el narrador infantil, quien nada tiene que ocultar, porque ve con naturalidad y ajeno de juicios las acciones de los adultos, aunque el lector sepa que se  trata de hechos afrentosos: crimen, infidelidad conyugal, robo.

En este libro de Solano es un niño quien narra, pero un niño que el autor hace grande cuando quiere ponerlo a relatar hechos complejos que se suceden en el poblado  San Miguel, lugar real que parece de ficción, pues constituye una inmensa cantera de anécdotas y sucesos extravagantes que el autor cuenta con asombrosa naturalidad.

Me parece que es la naturalidad la condición predominante en este libro, formado por diez relatos o capítulos  imbricados por un entronque común, en los que predomina el protagonismo de Félix Solano, llamado también Don Solano, a través de sobresalientes  historias referidas por uno de sus hijos, Miguel.

   Las lágrimas de mi papá es un libro justamente  descriptivo y emocionante. Debo precisar que la descripción a que  me refiero, poco tiene que ver con la pintura verbal del espacio físico  en el que se desarrolla la obra, se trata más bien de la presentación de sentimientos y actitudes de los personajes, con profunda incursión en su sicología y acertada caracterización de los mismos.

Esta breve novela de Solano, cuya primera edición apareció en noviembre de 2005, es un libro de aparente simpleza, por la llaneza de su prosa y por la cotidianidad de los hechos que rodean a  la familia Solano. Digno de observación es, por ejemplo, lo que apunta el narrador en torno a  los esposos Solano después que el padre descalificara a un pretendiente   de su hija Nuris Raquel, por viejo y ladrón. Veamos:

   “Cuando estuvo en el ejército, papá había estudiado a Napoleón. Aprendió del genio militar francés que la única guerra que se gana huyendo es la que se libra contra una mujer. Mamá, por circunstancias de la vida, se llamaba Josefina; se paró del asiento, se puso su sombrero… y se marchó, sin decir hacia dónde”. Pág. 58.

Don Solano es un tipo de patriarca en la comunidad de San Miguel, en Hato Mayor del Rey. Entre cañaverales,  tráfico de haitianos,  trabajadores del ingenio, enredos amorosos y   extrañas creencias, mantiene  su negocio  como centro en torno al cual  giran todos y funge, sin que nadie lo haya designado,  como  un impartidor de justicia, un guía ilustre o el padre de todos en San Miguel.

Es una “novela vivencial”, como  ha expresado el escritor y académico Ramón Emilio Reyes, en el comentario de contraportada de la tercera edición, correspondiente a editorial Santuario. Y tal vez –creo yo- se pase de vivencial, pues Solano involucra en la obra a toda su familia, con nombres y apellidos y fotografías de sus padres y abuelos.

Desde su título, se anuncia la nostalgia que se esparce por el libro. Pero no sólo el padre llora:

   “Me monté en el vehículo y éste empezó a correr, tras él, dejando una hilera de universos, iban las lágrimas de mi papá”. Pág. 21.

La hija mayor  también derramará lágrimas:

    “Nuris Raquel estalló en lágrimas diciendo que ella jamás se casaría con semejante mequetrefe. Petronila e Iris Altagracia, viendo que ellas podrían verse en parecida situación, lanzaron gritos en su respaldo”. Pág. 59.      

La madre también ha de llorar. “Las lágrimas de las madres tienen el poder de paralizar las olas del mar, paran la circulación sanguínea, paran los buenos o malos deseos y golpean a uno en su interior como  si lo sacaran de su universo…” Pág. 63.

La novela Las lágrimas de mi papá incluye desgarramientos, muertes, mitos, dolor y la desgracia ocasionada por la torpeza del padre, el patriarca Don Solano, al desmedrar el patrimonio familiar. Pero al final, para que no muera la esperanza, se imponen el perdón, el amor y de nuevo brotan las lágrimas:

   “Papá nunca había escuchado semejante  confesión y empezó a llorar. Ya yo no era el niño de doce años que había visto aquel espectáculo en el que el cielo y la tierra se me desplomaron”.

© 2017, Rafael Peralta Romero.

De cómo simplificar lo intrincado

Sobre el libro de cuentos de Miguel Solanof

¡Explorando! La Imaginación Infantil.

 

Por Manuel Salvador Gautier

Los cuentos que yo leía de niño, como “Caperucita roja”, “La bella durmiente” o “Los tres cerditos”, tenían como fin entretenerme para que me estuviera tranquilo por un rato mientras los mayores hacían sus tareas. Vistos desde mi adultez, son cuentos de contenido violento que tienen algún tipo de enseñanza para el niño, que debe cuidarse de que no le ocurra lo que pasa en ellos. En “Caperucita”, el lobo persigue a la niña y se come a la abuela, y el niño aprende que hay seres malos fuera de la casa a los que hay que evitar; en “Cenicienta”, el niño comprende que existen personas que hacen la maldad para su propio beneficio y hay que aprender a juzgarlas; en “Los tres cerditos”, el niño aprecia que cuando unimos esfuerzos podemos enfrentar cualquier cosa. Por supuesto, de que yo entendiera esas enseñanzas en aquel momento, queda en entredicho; creo más bien que estas pasaban a ser advertencias en mi subconsciente. Lo que sí confieso con toda sinceridad es que esos cuentos y otros parecidos me fascinaban. Había uno en particular que me atraía y, al mismo tiempo, me horrorizaba, de una niña que, cada vez que los hermanitos halaban de una mata de higo para arrancar uno, ella cantaba: “Hermanitos, hermanitos, no me jalen mis cabellos, que mi madre me ha enterrado por un higo que ha faltado”. El horror venía por el castigo tan despiadado que le había impuesto la madre a la niña y la indiferencia de los hermanos hacia ella. Eran relaciones entre familiares que yo sufría en mi imaginación, puesto que en mi casa eso nunca ocurría entre mis padres, mis hermanos y yo. Eran las experiencias de otras personas que, para mí, no dejaban de ser estremecedoras. Es lo que hacen los libros. Nos apoderamos de su contenido, que se convierte en información para enriquecernos intelectualmente o, más intrigante, en una experiencia propia.

Esos cuentos eran escritos por sus autores con mucho detalle, la mayoría en continuidad tiempo-espacio y en tercera persona. Era el momento literario en que el autor daba toda la información al lector, que no tenía que adivinar qué ocurría en ellos, sino apropiarlos tal y como se lo relataban, para entonces hacer sus deducciones.

En ¡Explorando! La Imaginación Infantil, su autor, Miguel Solano, tiene una manera muy particular de publicar y escribir estos cuentos para niños. En la publicación del libro, Solano se ha esmerado en presentar una obra hermosísima, cuidadosamente diagramada, donde los cuentos están ilustrados con impactantes dibujos de colores. En su escritura, Solano los trabaja en la modalidad del cuento breve, algunos de una sola oración; redactados, en ciertos casos, con frases sencillas que proponen un significado fácil de entender, y en otros, con frases simbólicas o surrealistas que el lector tiene que interpretar para entenderlas, sea adulto o niño.

Esto último es el resultado del proceso creativo que comenzó a finales del siglo XIX, con el simbolismo de escritores como el poeta Stéphane Mallarmé (1842-1898), que el ensayista y poeta Paul Valery (1871-1945) definió con gran autoridad, indicando que, en la poesía, la forma debe de predominar sobre el sentido: “En este universo poético, tiene una importancia primordial la resonancia, que prevalece sobre la causalidad, y es imprescindible el efecto de la ʻformaʼ, como si estuviera reclamada por este”, dijo Valery (2). Este proceso continuó a principios del siglo XX con el surrealismo del poeta André Bretón (1896-1966), quien llegó a proponer que se podían tomar frases al azar de cualquier periódico, juntarlas y, simplemente por su proximidad, convertirlas en una propuesta literaria, ya que supuestamente una influenciaba en la otra. Estos planteamientos simbolistas y surrealistas fueron adoptados universalmente por la mayoría de los poetas del siglo XX y principios del XXI. Eventualmente, también fueron tomados por los narradores, especialmente, los cuentistas, y son los que maneja Miguel Solano para escribir la mayoría de sus cuentos.

De acuerdo al título de la obra, su objetivo es estimular la mente infantil, y es obvio que Solano entiende que la manera de lograrlo, quizás la única, es obligar al niño, no a recibir historias elaboradas por su autor, sino presentadas para que tenga que apropiarlas, como estaría obligado a hacer para descifrar la mayoría de estas frases. En definitiva, Solano somete al niño a una experiencia que lo transformará en un intérprete de lo que lee y, como consecuencia, en un creador.

Sobre estos cuentos, la poeta Romina Bayo nos dice:  “La primera vez que tuve en mis manos un borrador de este libro, me sorprendí ante el ingenio de Solano, pero a la vez, me invadieron algunas dudas. ¿Podrán los niños entender esto?

“Llevé esa copia a casa, y tentada por la curiosidad, fui a la casa de mis vecinos y me senté a leerlo rodeada de tres niños, Lucía, Agustín y Mateo.

“Sus padres y yo, comenzamos a leer los cuentos en voz alta, intentando dar forma a los dibujos que serían incluidos en el mismo. Y nada, ni una idea salía de mi cabeza. Fueron ellos, los niños, quienes, en respuesta a mi lectura, comenzaron a dibujar sueños en el aire…” (3).

La pregunta que yo me hago es si los niños, al leer u oír estos cuentos, descifran la historia de Solano o realmente hacen su propia historia, estimulados por una que otra frase que leen u oyen en cada cuento y los dibujos que los acompañan. Por supuesto, esto no lo sabremos nunca a menos que hagamos el mismo ejercicio que hizo Romina Bayo. Pero con dudas o sin dudas sobre la verdadera interpretación del cuento por los niños, lo cierto es que, al leerlos u oírlos, estos son estimulados a imaginar, a pensar por sí mismos, y eso, de por sí es lo que persigue Solano en esta obra y es su triunfo.

Tratemos ahora algunos aspectos puntuales sobre estos cuentos. Advierto que yo me comportaré como los niños, haciendo mi propia interpretación de estos, es decir, elaborando mis propios cuentos donde lo considere, ya que yo también quiero ser estimulado a imaginar.

Conviene aclarar que la apreciación de estos cuentos debe ser intuitiva. Tan pronto los sometemos al escrutinio de la lógica (como haré yo) , comienzan a aparecer significados inferidos que están más allá de su propio significado, como en el simbolismo, o frases incoherentes, contrasentidos y demás recursos del surrealismo, que hacen una tarea casi imposible encontrarles sentido. Sin embargo, tanto las obras simbolistas como las surrealistas lo tienen. No nos engañemos. Los simbolistas, y un tanto menos los surrealistas, no producían poesía o narrativa simplemente para juntar frases y encontrar belleza en esas aproximaciones. Esta era su meta principal, pero también incluían significados ocultos que el lector debía descubrir.

Este es el caso de Solano en muchos de sus cuentos. En cada uno de ellos hay un significado que en primera lectura puede escapársenos, envueltos en la estética de su narrativa.

Veamos uno, “Resistencia” (p. 13):

“Le ofreció la mitad de su millonaria fortuna, las tres cuartas partes si se tornaba exigente; quería corromperlo; pero el Miedo se negó a venderse, no le resultaba atractivo comerciar con su alma; prefirió seguir siendo pobre, pero fuerte”.

 Este cuento se entiende intuitivamente. Es una historia escrita con cierta sencillez, donde alguien le ofrece una fortuna a otro para corromperlo y este se niega a aceptarla porque tiene miedo a perder su alma. Lo curioso es que se trata de un cuento como los tradicionales de “Caperucita” y demás, que con sus historias proponen lecciones en el comportamiento humano. Solo que los seres humanos que aparecen aquí no son fantásticos como el lobo antropomorfo de “Caperucita” o la maga de “La bella durmiente”. Una característica de todos los cuentos de Solano es que presentan situaciones humanas que demuestran lo que ocurre en la vida real. En este caso, se trata de una situación humana  más común de lo que se quiere aceptar, que muchos hombres y mujeres han tenido que enfrentar y en la cual muchos han caído. Y es, como los cuentos tradicionales, una advertencia a todos, de que estas situaciones se dan y que hay personas que las rechazan por su propio bien, aunque se basen en el miedo para hacerlo.

Veamos un segundo cuento, “¿Edad?” (p. 33):

“Acudió a su memoria sin memoria. Sus recuerdos no los sacó de su decodificado cerebro, sino de los viejos apuntes que ya se habían hecho polvo y olvido”.

Aquí la intuición tambalea. Se juntan frases que puestas una al lado de otra se relacionan, aunque esto no sea tan evidente como en el cuento anterior. Sin embargo, en su primera leída, el lector entiende que en la contraposición de la “memoria sin memoria” donde no hay recuerdos y “los viejos apuntes que ya se habían hecho polvo y olvido” hay un planteamiento oculto que podría descifrase, y aquí entraría la imaginación del lector. Mi interpretación es que a pesar de que ya con el tiempo los humanos olvidamos muchas cosas importantes que nos ocurrieron, guardamos ocultos en nuestras memorias testimonios de estos hechos que podrían aparecer en cualquier momento. Es un planteamiento simbolista, que dramatiza el hecho de que mientras vivamos estamos sujetos a todo lo que hemos vivido, aunque no lo recordemos.

Veamos un tercer cuento (“Regreso”, p. 39):

“El corazón de la casa olía bien. El canto del gallo estaba en el horno nadando en vino. Ella vestía de sombras luciendo sus ojos de mar. El tiempo y el amor hicieron lo único que los dioses sospecharon: ¡Depositaron en sus cerebros las cenizas!”.

Aquí la intuición engaña. Tomando en cuenta el título del cuento, todo parece coincidir con el regreso feliz de alguien que ha abandonado la casa por un tiempo, hasta que encontramos la frase final que trastorna este parecer; dice: “El tiempo y el amor hicieron lo único que los dioses sospecharon: ¡Depositaron en sus cerebros las cenizas!”. Se trata de un contrasentido surrealista, puesto que “cenizas” además de su significado obvio, o sea, el producto de algo que se quema como la madera, tiene un significado simbólico: las consecuencias de los estragos que dejan las malas experiencias en los humanos, un significado que no es precisamente acogedor para alguien ausente. Esta frase se contrapone negativamente a la alegría de su regreso y crea una gran confusión que se debe aclarar para entender el cuento, o dejarla como está y conformarse con saber que el cuento trata sobre una anécdota que tiene algún tipo de significado.

Para narrar los cuentos que aparecen en ¡Explorando! La Imaginación Infantil, Solano adopta estos tres movimientos literarios, el tradicional con sus variaciones actuales, el simbólico y el surrealista. La pregunta sigue siendo: ¿Son cuentos para niños? Si aceptamos que, sin tener que entenderlos, estos estimulan la imaginación, debemos concluir que son aptos para cualquier edad. Esta es la manera más expedita que se nos presenta para simplificar lo intrincado. De esa manera nos enriquecemos con nuestras lecturas simbólicas y surrealistas, puesto que con estas no solo nos deleitamos con textos de gran calibre estético, sino que adquirimos conocimientos con los cuales, para alcanzarlos, desarrollamos nuestra imaginación. Solano sabe que esto es así y, con la adopción de este planteamiento, logra su cometido de explorar y estimular la imaginación infantil (y la adulta).

Con este libro, Miguel Solano nos presenta una de sus mejores obras narrativas.

 Notas:

1. MiguelSolano. ¡Explorando! La Imaginación Infantil. Exploring childrenʼs imagination. Santo Domingo, Ediciones AQI, Editora Búho, 2006.

2. Sobre Paul Valery.

3. Romina Bayo. ¡Explorando! La Imaginación Infantil. Exploring childrenʼs imagination.“¿Lo entenderán?” Santo Domingo, Ediciones AQI, Editora Búho, 2006, p. 11.

Manuel Salvador Gautier
Encuentro del Ateneo Insular Internacional
El Caimito, La Vega

La “razón poética” en Miguel Solano: la ficción creadora del narrador soldeño

Por Bruno Rosario Candelier
A Manuel Salvador Gautier,

ejemplar poeta del novelar.

 “Entre mis manos tengo el tiempo,

evoluciona hacia la nada,

muere en el todo”.

(Miguel Solano)

 Poética de la novelación

    En el encuentro literario con los escritores interioristas del Ateneo Insular, celebrado en el Centro de Espiritualidad “San Juan de la Cruz”, en La Torre, el 26 de noviembre de 2016, previo a la presentación de mi ponencia sobre la narrativa de Ofelia Berrido, dije el comentario siguiente cuya transcripción presento con la reacción que produjo: “Si nos remontamos a la antigua literatura griega, para los griegos solo había poesía, y todo lo que se escribía era poesía, con una clasificación: poesía lírica, poesía épica, poesía dramática, tres vertientes de la poesía (lírica, épica y dramática). De la poesía lírica nació lo que conocemos como poesía; de la poesía épica, lo que llamamos novela; y de la poesía dramática, lo que es el teatro. La palabra “teatro” significa representación porque la poesía dramática se escribía para representarse en un escenario (que en griego se llama teatro), y hoy nosotros le llamamos teatro a la obra dramática. En la antigua Grecia había un solo género literario, ya que todo lo que se escribía era poesía porque ellos tenían la concepción de que, que al hacer uso de la palabra con un propósito estético, se estaba creando, y a la creación le llamaban poyesis, vocablo que alude a la poesía. Por esa razón, el enojo de Manuel Salvador Gautier por la preferencia que aquí damos a la poesía no solo va contra el espíritu griego sino que no se justifica, de tal manera que si él se dedicara a estudiar la literatura griega comprenderá que tengo razón cuando insisto en que él es poeta en su obra narrativa. En su novelística él aplica recursos narrativos para plasmar su creación, pues cuando escribe está contando una historia ficticia, pero lo que escribe es una creación, no una reproducción como la del periodista que reproduce un hecho y lo cuenta como ocurrió; cuando el periodista describe un hecho, escribe lo que ve, y lo mismo el historiador, que cuando cuenta lo que aconteció en el pasado describe lo que ocurrió; de hecho, los primeros novelistas que nacieron en la cultura occidental fueron un desprendimiento de la historia porque antes de que apareciera la novela lo que se escribía era historia. ¿Cuándo nació la novela? Cuando hubo un historiador que comenzó a fabular, a inventar, añadiendo algo a lo que ocurrió, y ese “añadido” era una adición de lo que se creía que podía ser, y ese agregado es lo que se llama ficción. La novela nació como un desprendimiento de la historia; las primeras novelas nacieron en Grecia y fueron autores que dieron el salto de la historia a la ficción pero siguiendo el patrón primordial de la creación poética.

-Manuel Salvador Gautier: ¿Qué es entonces La Ilíada?

-BRC: Una novela en el formato de poesía.

-Manuel Salvador Gautier: Pero es tratada como poesía lírica.

   -BRC: No, Gautier. Es tratada como poesía épica escrita en verso. En el concepto griego era una poesía épica, y la poesía épica es la madre de la novela. La Ilíada y la Odisea se pueden valorar como novelas; de hecho, el cinemascope sobre esos dos textos son la filmación de una historia novelada con sentido poético. Entonces, espero que Manuel Salvador Gautier acepte el concepto de poesía como expresión creadora.

-Manuel Salvador Gautier: No quiero seguir discutiendo y acepto tu aclaración.

   -Miguel Solano: Maestro, usted no se imagina el insulto que me dio Gautier en Italia cuando yo le llamé poeta. Estábamos en el Centro Científico de Firenze, y antes de presentar la novela Al fin del mundo me iré, digo que conmigo están el poeta Avelino Stanley y el poeta Manuel Salvador Gautier, y Doy expresó: -¡Yo no soy poeta, yo soy narrador, usted no me puede a mí llamar poeta, eso es descalificarme!

BRC: Estoy seguro de que ya él no protestaría si de nuevo le llamas poeta.

   Manuel Salvador Gautier: Admito y entiendo el concepto de poeta como se establece en Grecia, según la explicación que has dado”.

Hasta ahí el preámbulo del citado encuentro interiorista, que uso como introducción al presente estudio sobre la narrativa de Miguel Solano para explicar el concepto poético que subyace en la creación de cualquier género literario.

   Pues bien, tanto la palabra como el concepto implicados en el vocablo “poética” aluden a los principios estéticos que aplican un autor o un movimiento literario en una obra de poesía, ficción, teatro y ensayo.

   Además de una poética de la poesía, existe una poética narrativa o una poética de la novela, el drama, la crítica y el ensayo, sin caer en contradicción de términos o conceptos, ya que “poética” o “poesía” implica lo relativo a la creación literaria, que obviamente se trata de una creación hecha con palabras, que es una creación diferente de cualquier otra creación de la realidad real y, en tal virtud, forma parte de la realidad estética y la dimensión metafísica del lenguaje.

Los antiguos griegos usaban el vocablo poiesis para referirse al acto de creación verbal en cualquier producción formalizada con palabras. De poiesis nació el término “poesía” en nuestra lengua, que a su vez fue tomada de la lengua latina, que se inspiró en el concepto poético de la lengua y la literatura de los helenos.

Para la antigua cultura griega la poesía comprende el arte de la creación literaria. Y todo lo que se hablaba, componía o escribía con un propósito ficticio, artístico o estético era poesía. Por tanto, la creación centrada en la expresión de sentimientos entrañables se llamaba poesía lírica; la creación centrada en la expresión de conflictos interiores se denominaba poesía dramática; y la creación que canalizaba el lenguaje de las emociones colectivas era poesía épica. Como cada una de esas variantes poéticas tiene rasgos peculiares, se idearon los géneros literarios, y así nacieron las diferentes modalidades de la creación poética: de la poesía lírica, surgió el poema; de la poesía dramática, el teatro; y de la poesía épica, la novela. Los susodichos géneros (poema, drama y novela) constituyen una creación poética en el sentido primordial, etimológico y esencial de poiesis, “poesía” o creación.

La obra narrativa de Miguel Solano, Emilia Pereyra, Rafael Peralta Romero, Ofelia Berrido, Ángela Hernández y Manuel Salvador Gautier, prestigiosos integrantes del grupo Mester de narradores, de la Academia Dominicana de la Lengua, entraña una poesía narrativa o una poética del novelar, cuyos rasgos creativos he desentrañado en los citados cultores de la palabra.

En esta ponencia sobre Miguel Solano me voy a referir a la poética del novelar del escritor soldeño, que es nuestro apreciado académico de la lengua y creador interiorista.

El poeta-narrador que vino al mundo con el nombre de Miguel Emilio Solano Rodríguez (1) es un singular cultor de la poesía narrativa. Nacido en las inmediaciones de Miches, amamantado en Sabana Grande de Boyá y criado en San Miguel de Hato Mayor, se curtió en la escuela de la vida y se formó en la ciencia de la economía, y, en las alforjas de su imaginación, nutrido en las vivencias de sus andaduras, tiene el material para la creación de su ficción poética.

Con la magia del creador que ausculta la dimensión inédita de fenómenos y hechos, enfocados desde la vertiente prístina de lo viviente, Solano emprende la escritura con el aliento de la “razón poética” de quien se enfrenta por primera vez ante la fluencia natural de lo viviente desde el acontecer de cosas y ocurrencias.

En su condición de usuario del lenguaje y creador de obras de poesía y ficción, Solano cultiva la poética de la narración con la emoción del niño que habita en su interior y la madurez del adulto que fabula bajo el cauce de una creación narrativa en busca de la faceta entrañable del discurrir natural, antropológico y cultural de sus criaturas imaginarias. En tal virtud, nuestro narrador aborda la conexión entre el hombre y la naturaleza, como buen poeta naturalista; entre el hombre y la realidad local, como buen autor criollista; entre la imaginación y la realidad, como buen creador mágico-realista; y entre la conciencia y la realidad, como buen creador interiorista, facetas que revelan el fuero de una poética narrativa fraguada con la estética de cuatro movimientos literarios conjugados armoniosamente.

Los narradores, dramaturgos y poetas hallan en el centro de sus apelaciones entrañables, en el fluir de lo viviente y en el acontecer del mundo la veta temática para sus novelas, dramas y poemas. Miguel Solano, que vino a la vida dotado del instinto poético del fabulador, escribe lo que fragua su imaginación en conexión con el inconsciente conectado a la realidad socio-natural, dando rienda suelta a su porosa sensibilidad, empática y fecunda, que mantiene en armonía con el fluir de lo viviente y el acontecer del mundo, y de cuanto percibe, disfruta y experimenta, infiere una anécdota, un cuento, un poema o una historieta.

La realidad antropológica y sociocultural, como la realidad natural, es infinita en la generación de temas y motivos para la fabulación, siendo el poder de la inteligencia creativa uno de los rasgos peculiares de la personalidad metafísica de Miguel Solano. Como centro de sus apelaciones entrañables y cauce de su vocación creadora, Solano tiene una poderosa razón poética para escribir, que se caracteriza por: 1. Un “cifrado operativo”, en cuya virtud descubre el rasgo de un hecho con valor y sentido para un poema, un drama o una novela. 2. Una “intuición estética” en cuya virtud capta el perfil novedoso de los datos sensoriales y suprasensibles de fenómenos y cosas. 3. Una “chispa alumbradora” o imaginación simbólica en cuya virtud percibe el valor creativo de hechos, fenómenos y cosas.

Matices poéticos de la narrativa soldeña

En un memorable encuentro literario celebrado con los escritores interioristas del Ateneo Insular en Casa de Campo de La Romana en el 2004, el narrador y poeta Miguel Solano leyó un cuento de su autoría, y al término de su lectura le sugerí, a partir de su narración, que escribiera cuentos breves porque en su composición de textos cortos aprecié un singular talento con los atributos para crear, con belleza y sentido metafísico, ese tipo de creación, de la cual transcribo el siguiente fragmento a modo de ilustración:

“El corazón del Mar se golpeó con el muro que el hombre erróneamente había colocado. En la espalda de su alma retrocedió el camino, dejando la luz de las estrellas sin huellas. El Mar quiso cantar, pero sólo le salió la sinfonía brutal del calentado viento. Pensó regresar, pero ya no existía en la memoria de su puente. Todo cuanto sintió en su piel fue la náusea de un extraño vuelo. El Mar se quedó inmóvil, pero su sombra siguió caminando”.

Al leer ese pasaje narrativo escrito por Miguel Solano, escribí este comentario: “En el siguiente encuentro literario mensual del Ateneo Insular con escritores del Interiorismo, que se efectuó en Moca, Miguel Solano me dijo que, tal como le había sugerido, ya había escrito un libro de cuentos breves, lo que me sorprendió por la presteza con que nuestro narrador realizó mi recomendación, lo que evidenciaba una notable facilidad para articular hechos y temas en elocuentes trazos narrativos con la gracia de su imaginación, vivaz y sugerente, para redactar una composición literaria con la aplicación de las normas de la escritura y el arte de la narración, sin obviar el dictado de su intuición, la pauta interiorista y la huella de su inspiración en una obra con sentido estético, metafísico y simbólico”.

El resultado fue un nuevo libro que nuestro entusiasta escritor soldeño tituló Ópera del cernícalo, donde figura el siguiente prólogo de mi autoría y que cito: “Miguel Solano emerge al mundo de las letras con la carta credencial de unos cuentos breves que revelan las dotes de un diestro narrador, original y auténtico. Con lenguaje preciso y pertinentes recursos narrativos, este nuevo valor de las letras dominicanas acude a la creación literaria prevalido de la estética interiorista y, con su talento creador y su sensibilidad estética, dispone de una actitud vitalista y radiante para la recreación de una narrativa estética, metafísica y simbólica. Nuestro narrador asume, de las manifestaciones que vertebran el discurrir social en un ambiente específico, los efectos que generan en el interior del sujeto el impacto de fenómenos, criaturas y cosas, una forma de canalizar la interiorización de lo real en la sensibilidad y la conciencia. En el desdoblamiento que el narrador despliega ante fenómenos y acontecimientos, humaniza el fluir de lo viviente, revelando la faceta novedosa y atractiva de los sucesos y fenómenos singulares. El mundo narrativo de Miguel Solano, los temas y motivos que toma de la sustancia de la realidad real, metafísica y estética para nutrir sus intuiciones y vivencias, así como el arte de narrar de este narrador dominicano revelan a un escritor con una  sensibilidad abierta, profunda y caudalosa, dispuesta para captar y reflejar la dimensión peculiar de lo viviente con la connotación estética, simbólica y espiritual de fenómenos y cosas.

“La fuerza sensorial de lo existente, que excita la creatividad de este narrador, da vida a cuanto asume y describe  en cuyo lenguaje enfoca su presencia significativa, y con esa sorprendente manera de reflejar el sentido de lo existente, el narrador ausculta el alma de fenómenos y cosas. En esos esbozos de cuentos, Solano capta el fluir de la vida, pone a gemir los elementos y alienta una razón poética, íntima y sutil de cuanto existe, viendo en la vitalidad del Universo la fuerza esencial del Cosmos, lo que es una singular manera traslaticia y simbólica de coexistir con el aliento espiritual de lo viviente.  Con una imaginación fecunda y luminosa, Solano juega con la luz y la sombra, las texturas y las apareriencias y, sobre todo, con el aliento subyacente que sus palabras captan, recrean y tamizan en imágenes y símbolos del acontecer del mundo. El autor de estas creaciones narrativas, verdaderos fragmentos del mundo como cifra vital de lo existente, pone su atención al movimiento de la materia, que Aristóteles centraba en el fluir del tiempo, motor de lo viviente y de las preocupaciones filosóficas y literarias de este acucioso narrador que hace del sentido la sustancia de su narración, vértice y canal de su talento narrativo.

“La clave para entender y valorar la narrativa de Miguel Solano, que da cuenta de su aliento creador, es la comprensión del impacto del reflejo -la sombra, el pasado, el retorno- que desde su fuero sensorial y entrañable  capta y revela su dimensión suprasensorial, razón y destino de una fecunda intuición, como la suya, que testimonia lo que estremece su conciencia” (2).

Así pues, la “razón poética” de un creador de ficciones es y ha sido siempre, como se manifiesta en Miguel Solano, el factor determinante para que surja un escritor con garra en el ámbito de la fabulación. Esa “razón poética” es el aliento germinal de la poesía, que en la creación literaria de Miguel Solano presentan los siguientes atributos:

1. Enfoque de la vertiente narrativa de un hecho con valor simbólico: “Todo cuanto nos quedaba era esperar el mensaje del Sol y su nuevo día. Y mi papá era como el Sol, nada perturbaba su salida. En el tercer día, allí estaba montado en su Bermejo, listo para patrullar su imperio, pero los Ozunas eran expertos en enterarse y regresó a nuestra casa acompañado de la Luna. Esa misma noche, cumpliendo con el plazo bíblico, siendo como la una de la mañana, tocaron la puerta de la casa. Mi papá supo que eran ellos, y que si venían en pos de venganza la hora era buena. Para no darle a Dios la indicación de que iniciaba un pleito, tomó el machete y lo puso al lado de la puerta; si lo usaba era en su defensa, acto que no ofendía a nadie, ni siquiera al Cielo” (3).

 2. Percepción de los datos sensoriales que atizan la sensibilidad estética: “Llorando por la muerte de la voz del tiempo, llorando por la muerte de sus lágrimas, de esas lágrimas que se negaron a seguir viviendo entre sus ojos, el frío de la casa salió a la calle y la golpeó. La golpeó como la lluvia a la tierra cuando descarga el peso de lo insoportable. La Luna con sus luces tristes, casi al borde de la muerte, quiso alumbrarlo, pero el frío reclamó su derecho a la oscuridad y se ocultó bajo la sombra. como salido del cañaveral que crece para esperar el fuego, el frío volvió y estremeció la cama, penetró bajo su sábana, besó su piel” (4).

 3. Creación de verdades poéticas intuidas por la inteligencia narrativa: “El tiempo solo se humilla ante Dios, fue lo único en que se me ocurrió pensar mientras observaba la oscuridad del charco al que debía saltar. Estaba a unos sesenta pies de altura, montado en un árbol conocido como jabilla. Era posible descender de la misma forma en que había ascendido, cruzando a través de otro árbol. Pero no era honorable. Y cuando los hombres crecen entendiendo que la vida debe vivirse en forma honorable, siempre sacrifican lo posible frente a lo honorable. El viento soplaba haciéndome tambalear en aquel árbol que, según la antigua leyenda, crece con espinas para que nadie lo trepe. Para que nadie de él se rasque. En tanto, conversaba con la muerte para ver si mi tiempo había llegado” (5).

 4. Ponderación de la peculiaridad de las cosas bajo el fluir de lo viviente: “Acepto”, fue la palabra que con firmeza, alegría y orgullo en su corazón, pronunció Julio Medina cuando el juez le preguntó que si aceptaba a María Elena Pérez como su esposa. Y tenía razón. Esa noche se llevó la perla más preciada del pueblo. María Elena no solo tenía un cuerpo con el que a cualquier súper mujer le era difícil competir, sino que su inteligencia la había convertido en la ganadora de todos los galardones en su universidad. Sus ojos verdes, sin explicación, cargaban una luz que hacía estremecer las fibras sanguíneas de cualquier hombre” (6).

 5. Formalización de los hechos que inspiran a la imaginación creadora: “Al mirar a la doctora sintió el extraño deseo de brincar sobre ella, despojarla de cuanto tenía y complacer sus sentimiento, apetitos o deseos; como complemento a su estado emocional, en el patio de la clínica se escuchó el “ven a peliar” de los gallos. Entonces reflexionó “es diabólico este virus, me quita toda la energía, destruye la fortaleza de mis músculos; y, sin embargo, me invita a ejercer la violencia”. “Quizás”, continuó caminando en su memoria, “la muerte acaba de reconocer que no podrá apoderarse de mi vida y en tal circunstancia me quiere obligar a que la deposite en otro cuerpo. ¿Debo estar cerca de sanarme? Miró al universo a través de la ventana del consultorio y entonces empezó a reír, a carcajada, a plena felicidad; sonrió como a quien le han regalado el don de la felicidad eterna: la locura” (7).

 Las cascadas intuitivas de una imaginación poética

    El narrador no debe dar explicaciones sobre los hechos que ocurren, sino ilustrar con un suceso preciso lo que la realidad genera y la inteligencia capta. Igualmente hay que decir que los narradores y poetas no deben teorizar en su poetizar lírico o narrativo, sino canalizar sus intuiciones y vivencias.

Un ejemplo apropiado lo brinda Solano cuando desliza, en un singular pasaje narrativo, un planteamiento conceptual en torno al alma: “Los idealistas dicen que el alma es invisible, inmedible, intocable, eterna. Los materialistas sostienen que la materia no se destruye, solo se transforma; y que en su forma de expresión más alta, el quantum, es invisible, inmedible, intocable y eterna. Ve, son las mismas cosas, pero los estúpidos discuten diciendo que tienen contradicciones” (8).

De la pluma de Miguel Solano fluyen el humor y la jocosidad, que se enciman a la azotea de su imaginación para fluir como cascadas que se desprenden de un gajo de la montaña. La emanación de júbilo y candor, propia de un ser feliz como Miguel Solano, que curcutea en los meandros de la realidad y desflora los entramados de su poetizar, hacen de la descripción del ambiente y la narración de los hechos, una sustancia hilarante a la luz de las eventualidades que concibe su magín y plasman sus personajes como algo concurrente en el fuero de los hechos:

“¿No crees que los problemas de conducta de Adán y Eva se deban a que no tuvieron madre?

-¿Tú crees que ésa es una pregunta apropiada para alguien que acaba de tener un orgasmo?

-Estoy tratando de entender tu conducta.

-¿Y qué tengo yo que ver con Adán y Eva?

-Eres su descendiente.

-Eso es correcto en la historia bíblica, y porque los evolucionistas no han sido capaces de cambiarle el nombre a los originadores, en la historia de ellos también eso es correcto.

-¿Por qué Dios creó al humano? Elena no respondió sino que, mirándolo, con la mano derecha se movió el rubio cabello hacia su espalda, y esperó la respuesta como se espera un beso.

-Para su propio placer.

-¿Qué significa eso?

-Que Dios un día, sin nada que hacer y un poco aburrido, tomó una de sus células y clonó una figura parecida a él, solo que para asegurarse de que su poder no entraría en peligro, a su clon le introdujo el virus de la muerte. Y así somos, hechos a su imagen y semejanza, pero con nuestro destino limitado en el tiempo.

-Y en el libro de la vida -dijo Elena con una angelical sonrisa-, tenemos asignado el deporte que Dios quiere que juguemos para él, para su propio placer” (9).

La narración, el poema y el drama constituyen un cauce adecuado para la expresión de una visión poética,  metafísica y simbólica de lo viviente. Mediante el surco de la imaginación, el dato de la intuición y el lenguaje de la fabulación, Miguel Solano proyecta las manifestaciones sensibles de la realidad natural y la irradiación suprasensible de la realidad metafísica, haciendo de la dimensión estética y simbólica el ánfora de una veta poético-narrativa:

 “Piensas que puedes limpiar tu conciencia

Piensas que puedes matar los recuerdos

Pero todo cuanto haces

es pintar tu memoria

y con el tiempo la pintura se borra

y los recuerdos regresan

Entonces tenemos que bebérnoslos

en nuestros sueños” (10).

    La formación profesional de Miguel Solano asoma en algunos pasajes de su ficción con el olfato intuitivo de quien sabe apreciar la falacia de ciertos discursos populistas aparentemente genuinos y veraces. La agudeza de su percepción pone en evidencia la verdad que subyace en la realidad socio-cultural:

“La violencia es un desafío humano, puramente humano. No parece tener relación con el régimen político social. No podemos afirmar que la genera la riqueza porque entonces Luxemburgo, Bélgica, Dinamarca, Suecia serían los países más violentos del mundo. No podemos afirmar que la produce la pobreza porque entonces La India, Camboya, Haití y Bolivia serían los países más violentos del mundo. Dos cosas sí son claras: La violencia es mayor en aquellas sociedades en donde la corrupción política y la falta de institucionalidad consumen legitimidad” (11).

La ironía y el humor, como una faceta inherente al imaginario narratológico del escritor interiorista, forman parte de su naturaleza estética:

“Lo que acabas de decirme me recuerda un hecho que ocurrió cuando yo estaba en la primaria. La profesora estaba dando clase de ciencias naturales e hizo una gran comparación entre el humano y el animal, entonces preguntó: “¿Quién es más inteligente la gente o los animales?”. “Los animales”, respondió una niña que debía andar por los cinco años. Todos sonreímos y la miramos como el ser más bruto de la tierra. La profesora, incómoda, le recrimina: “¿Cómo tú dices que los animales?, ¿por qué dices eso?” La niña, en la forma más natural del mundo respondió: “Porque cuando yo le hablo a mi perro él me entiende, y cuando él me habla a mí yo no lo entiendo”. Todos sonreímos de nuevo, pero ahora miramos a la niña como el ser más inteligente de este planeta de polvo y olvido” (12).

Metafísica simbólica de la narración

Al sentir la conexión de su conciencia personal con la conciencia cósmica, Miguel Solano pondera el inconsciente conectado, una manera original de aludir a lo que Carl Jung llamaba el “inconsciente colectivo”, que nuestro autor percibe con la frescura del niño y el raciocino del adulto cuando se sumerge en la dimensión de la realidad natural, social y metafísica de lo viviente:

“Y después de la batalla, conectado a la conciencia simultánea del macrocosmos y el microcosmos, Enriquillo se quedó allí mirando a la mar caminar en su espontánea persistencia” (13).

La conexión que Solano establece con la energía cósmica, desde “el inconsciente conectado”, le aporta la sustancia para articular lo que escribe. Esa conexión espiritual explica el fluir de fenómenos metafísicos en la conciencia humana, algunos de cuyos efluvios suprasensibles nuestro narrador testimonia con la fervorosa convicción de su vínculo con la esencia cósmica:

“Al cerrar sus ojos podía ver cómo, frente a él, sin la existencia de un espejo, aparecía claramente su figura, su propia figura. En ese estado de meditación, ya se había familiarizado con la naturaleza de lo que no podía evitar: la enfermedad, el envejecimiento y la muerte. Y al verse se preguntaba si aquella imagen, tan perfecta, no era una falsa percepción de la verdadera naturaleza de su alma” (14).

El poeta-narrador concibe una imagen y la asocia a los hechos que sus palabras describen. Solano percibe una anécdota o un suceso, y de inmediato busca el empalme que la encarna y la forma que la vivifica. La clave para entender la poética de Miguel Solano es meterse en su mundo narrativo para sintonizar la onda de su fuero imaginario.

Una obra literaria refleja y proyecta la sensibilidad, la intuición y la visión de su autor y, en tal virtud suele ser un espejo de su conciencia, un cauce de su talante y un canal de sus apelaciones entrañables. Esa máxima de la creación literaria la confirman las obras de Miguel Solano, cuyos textos literarios son índice y cauce de su inteligencia intuitiva y su sensibilidad empática.

Nuestro creador, para articular su obra, concilia tres cualidades importantes:

1. Un aporte visionario, desde la intuición de su conciencia y el fuero de su sensibilidad, afín al protocolo de la creación y la naturaleza humana: “Adán tenía sus ojos puestos en la Biblia vista. Caminó hacia el parque que mira al sur y sintió cómo su rostro era golpeado por una brisa que el mar enfría y calienta a su antojo. Allí, entre cantos de pájaros expulsados de la selva, pasa sus días el alma que gobierna su cuerpo. Bajo la soleada sombra de los árboles camina diariamente dos horas, entre pasos, sol y lluvia transitan por su cuerpo los alimentos del medio día. Como gendarme de los frutos, allí reconcilia sus pensamientos con la naturaleza una mujer que los normales le atribuyen desconexión con el mundo comercial. Ya noviembre de 2004 había sufrido en el corazón la puñalada del tiempo que lo enterraría, fue cuando, se encontró con Eva” (15).

2. Un fundamento conceptual desde una cosmovisión cifrada en un sentido trascendente y simbólico expresado con el encanto del sentido: “Con satisfacer mis necesidades materiales, ya lo dije, nunca tuve ningún inconveniente; son tan pocas y tan fáciles de complacer que aterra saberlo. Pero al tratar de satisfacer, con bienes materiales, las necesidades espirituales de mi alma, la hice insaciable, expandí su infinito vacío e incrementé, enormemente, su apetito por el dolor” (16).

3. Una orientación intelectual, espiritual y estética que ilumine la conciencia, provoque la emoción estética y atice la fruición espiritual con la certeza de la verdad y el encanto de la belleza sutil: “Yo puedo ver el cielo azul en tu corazón/Puedo caminar sobre la luz de la Luna/leyendo tus pensamientos/ puedo abrir las puertas de tus otras vidas/ Yo puedo amar tus manipulaciones/ y no puedo hacerte entender mis caminos” (17).

   La obra literaria de Miguel Solano, centrada en la poética de la ficción, al tiempo que refleja la huella de nuestros grandes narradores, proyecta la impronta de su talante narrativo. En virtud de su sensibilidad empática, Miguel Solano establece una conexión con los elementos de la Creación en todo lo que vive, escribe y hace. Tiene una conciencia conectada al fluir de lo viviente en sintonía con fenómenos, cosas y ocurrencias. Y hace de la palabra el cauce de sus vivencias entrañables y la fuente de sus ficciosas invenciones.

Los rasgos de la poética narrativa de Miguel Solano tienen estos atributos:

1. Arraigo en intuiciones y vivencias inspiradas en hechos, acontecimientos y fenómenos de la realidad histórica, natural, sociocultural.

2. Uso de los datos locales, el lenguaje criollo y tipos populares que fluyen en sus cuentos, relatos y novelas con el aliento de las estéticas de su predilección: Naturalismo, Criollismo, Realismo Mágico y el Interiorismo.

3. Compenetración sensorial, imaginativa, intelectual, afectiva y espiritual con la naturaleza de hechos, fenómenos y cosas que despliega en la fragua de su ficción narrativa.

4. Formalización del lenguaje de su creación ficticia con el protocolo de la fabulación, dando vida y verismo a historietas, leyendas y mitos.

5. Vivificación fabuladora de la realidad natural, la realidad estética y la realidad metafísica haciendo del arte de la creación verbal la concha de sus creaciones literarias y el cauce de sus apelaciones intelectuales, estéticas y espirituales.

    Nuestro narrador tiene una visión filosófica del tiempo como responsable del acontecer de lo viviente y del fluir de la vida hacia la muerte: “El tiempo sintió que las venas le sangraban como olas desde el fondo de su corazón. Intentó detener el avance de sus propias horas, pero el retroceso de las agujas era un acto de brutalidad física; quiso ser hijo de otros padres, tener hermanos, pero el semen de la creación ya había embarazado el huevo de su espacio. De nada le sirvió ir al puente y tirar su conciencia al río. Debía responder; y lo hizo: -Yo avanzo para que otros sepan que están retrocediendo” (18).

En sus textos se puede apreciar la concepción metafísica de Miguel Solano, con  el sello de su inteligencia intuitiva: “Estás como el universo/dándole vueltas al infinito/Saber que al llegar al final/habrás llegado al principio” (19).

El productor de esta visión metafísica del mundo, al canalizar su “razón poética”, va más allá de la apariencia sensible y ausculta, con la lupa de su intuición estética, lo que concita su sensibilidad profunda:

“El Viento del Este se interrogó. -¿Cómo aprendemos a amar la soledad?

Lo hacemos manteniendo nuestra conexión con el origen, con esa infinita fuerza vibratoria que contiene el Quantum. Quiero que sepan -les dijo para recordarles su importancia-, que sin ustedes no habrá soledad; y el dolor por haber perdido la soledad, el dolor que la gente sufrirá porque no supo cómo amar la soledad, será más grande, infinitamente más difícil que desterrar el dolor por la falta del pan. El Viento del Este se afeitó la barba y la esparció como fruto de la montaña, como lluvia del valle. Soltó su bastón de filósofo, lo entregó como alimento al fuego y antes de ocupar la cama del mar, proclamó su última sentencia: -La gente ha hablado mucho de la soledad, ahora quiero que le hablemos a la soledad” (20).

Forjador de una cosmogénesis literaria, nuestro agraciado narrador experimenta la necesidad de concebir una teoría del Universo, del que se siente vocero y amanuense para revelar lo que sus experiencias visionarias otean del pasado integrado al futuro, clave del discurrir de lo viviente: “Dios, que ignoraba su origen, estaba viviendo en el momento cero del surgimiento del Universo, en el llamado estado de “singularidad”. Como químico, ¡lo único que podía hacer!, trabajaba aceleradamente en la creación de la luz. Situado sobre campos gravitatorios fortísimos, como lo que había encontrado en los agujeros negros, intentaba dividir una fuerza única en cuatro: Quería el aire, el agua, el fuego y la tierra, pero las cosas no resultaban. Se tomó un descanso y se fue a dar un paseo por el espacio: todo cuanto encontró fue vacío. Entendió entonces que no tenía nada que cuidar y regresó con la clara idea de provocar el Big Bang o Gran Explosión. Concentró la materia del Universo en una zona extraordinariamente pequeña del espacio, la agrupó desordenadamente y empezó a agitarla, agitarla, agitarla hasta hacerla explotar; y explotó en forma tan extraordinaria que la materia salió impulsada en todas direcciones, ni siquiera el mismo Dios sabe cómo pudo salvarse, pero cuando recobró el sentido vio que la materia se había agrupado proyectando luz, habían nacido las primeras estrellas y las primeras galaxias: “¿Hice la luz?”, se preguntó emocionado mientras daba los primeros pasos del merengue. Ahora ya podía trabajar con toda paciencia, tenía luz y cuando se cansaba de provocar evoluciones hacia estados de velocidad superiores, podía tomarse un viaje hacia otra estrella y empezar allá a hacer lo mismo, pudiendo comprobar en cada una de ellas cuál evoluciona más rápido y mejor” (21).

Algunas de las reflexiones, medio en serio, medio en broma, de Miguel Solano recuerdan las de Jalil Gibrán, Rabindranath Tagore y Anthony de Mello, cuando canaliza, con el lenguaje de la paradoja, el sentido que trasciende:

Puedo ver la luz de las estrellas en tus ojos

Puedo sentir el calor del Sol brotar de tu piel

Puedo amarte para no tenerte

Porque si te tengo

 habré conseguido lo que quiero

y habré perdido lo que busco” (22).

    Miguel Solano tiene una afinidad empática con lo viviente y una cordial sintonía con los duendes de la Creación, y con una actitud limpia, amorosa y espontánea, como la de los niños, los orates y los místicos, da cuenta del torrente imaginario que corcovea su sensibilidad y del secreto que atiza su poder de fabulación.

En fin, este agraciado cultor de la poética de la imaginación ha hecho de su intuición estética y su conciencia espiritual el ánfora de sus apelaciones entrañables y la veta de sus verdades trascendentes.

Bruno Rosario Candelier
Encuentro literario del Interiorismo
Moca, Ateneo Insular, 17 de diciembre de 2016.

 

Notas:

 

1. Miguel Emilio Solano Rodríguez, nacido en las inmediaciones de Miches, criado en Sabana Grande de Boyá y desarrollado en San Miguel de Hato Mayor, Rep. Dominicana, nació el 22 de junio de 1958. Economista y escritor, forma parte del grupo Mester de Narradores de la Academia Dominicana de la Lengua (ADL), de la que es miembro correspondiente, y cultiva el ideario interiorista del Ateneo Insular, del que es miembro titular. Sus libros tratan temas socioeconómicos y literarios. Participa creadoramente en los encuentros literarios del Ateneo Insular y en las actividades lingüísticas de la ADL en la capital dominicana, donde reside.
2. Bruno Rosario Candelier, Madrid, 1 de diciembre de 2004. Publicado en Miguel Solano, Ópera del cernícalo, Santo Domingo, AQI, 2004, p. 12.
3. Miguel Solano, Las lágrimas de mi papá, S. Domingo, AQI, 2005, p. 50.
4. Miguel Solano, Las lágrimas de mi papá, p. 33.
5. Miguel Solano, Memorias del alma, Santo Domingo, Cocolo, 2002, p. 11.
6. Miguel Solano, Memorias del alma, p. 77.
7. Miguel Solano, Sinfonía del águila, S. Domingo, AQI, 2006, pp. 75-76.
8. Miguel Solano, La sagrada familia, Santo Domingo, AQI, 2006, p. 112.
9. Miguel Solano, El culpable, Santo Domingo, AQI, 2004, p. 39.
10. Miguel Solano, Desafío en la década del alma, S. D., Cocolo, 1999, p. 38.

11. Miguel Solano, La sagrada familia, p. 84.

12. Miguel Solano, La sagrada familia, p. 121.

13. Miguel Solano, La imaginación infantil, S. Domingo, AQI, 2006, p. 41.

14. Miguel Solano, Explorando la imaginación infantil, p. 43.

15. Miguel Solano, Sinfonía del águila, p. 55.

16. Miguel Solano, Sinfonía del águila, p. 22.

17. Miguel Solano, Desafío en la década del alma, p. 20.

18. Miguel Solano, Ópera del cernícalo, p. 38.

19. Miguel Solano, Ópera del cernícalo, p. 43.

20. Miguel Solano, Ópera del cernícalo, p. 56.

21. Miguel Solano, Sinfonía del águila, pp. 87-88.

22. Miguel Solano, Desafío en la década del alma, p. 24.

La intuición lingüística

Por Bruno Rosario Candelier 

A Guillermo Pérez Castillo,

cultor del ordenamiento gramatical.

Presentación de El genio de la lengua

Las palabras de presentación pronunciadas por Rafael Peralta Romero fueron precisas, didácticas y edificantes porque él sabe captar el sentido y el propósito de este libro de ensayos lingüísticos.

En el título El genio de la lengua (1), la palabra “genio” no alude al concepto que habitualmente entendemos cuando escuchamos “fulano es un genio en ciencia cuántica” o “zutano tiene mal genio”. El sentido que le doy al vocablo “genio” en este título aplicado a nuestra lengua equivale a ‘espíritu’, ‘aliento’ o ‘patrón’: “El genio de la lengua”. Todas las lenguas tienen un genio, es decir, un espíritu, un aliento, un patrón o unas características que perfilan su naturaleza como idioma. El nuestro, el idioma español, tiene un genio muy particular derivado de fuente primordial. Nuestra lengua es una derivación de la lengua latina y en tal virtud conserva gran parte del genio peculiar del latín, porque el 70% de nuestro vocabulario procede del latín. De todas maneras, las voces latinas adquirieron entre los castellanos no solo una nueva pronunciación, sino también una nueva matización semántica en su significación, y esos aspectos marcan el genio específico del español, es decir, el espíritu particular o el patrón idiomático que lo distingue del inglés, el alemán, el turco o el ruso; inclusive tiene un matiz diferenciador de otras lenguas neolatinas, es decir, de los idiomas que proceden del latín, que además del español, son el italiano, el francés, el portugués, el rumano y otros.

Nosotros, como hablantes del español, hemos asumido el genio de nuestra lengua con su realización lingüística. Desde el momento en que aprendemos un idioma, asimilamos su espíritu, su genio, su patrón idiomático. Hay un patrón lingüístico que conocemos justamente a medida que nos vamos adiestrando en su conocimiento mediante el uso del vocabulario, la aplicación de la pauta sintáctica de unir una palabra con otra para formar una oración, la pronunciación de las palabras con un acento fonético peculiar o la redacción de la escritura según la norma ortográfica de nuestra lengua.

Cuando el niño va creciendo en una comunidad o en un ambiente determinado, va asimilando el genio de la lengua, lo que indica que no hay que estudiarlo para captar el genio idiomático de nuestro lenguaje, ya que el espíritu de un idioma se asimila de manera automática mediante una inferencia que hace nuestro cerebro al captar los sonidos de las palabras, al entender el significado de las voces, al aplicar la combinación de las palabras para darle sentido al mensaje. Lo que hay que estudiar es el sentido de las palabras y la normativa de la escritura correcta para tener un dominio de la lengua. Los usuarios de la lengua de una región, un país o una comunidad asimilan la estructura de la lengua, pero cada uno de los hablantes se ve en la necesidad de estudiar lo que ha asimilado socialmente a través de sus mayores y eso es lo que hacemos en la escuela y en la universidad o cuando estudiamos una obra gramatical o consultamos el diccionario de nuestra lengua. Desde que ingresamos a la escuela nos enseñan las reglas del español, es decir, la pauta normativa para mejorar el conocimiento de nuestra lengua. Desde luego, un hablante no tiene que saber, por ejemplo, la diferencia entre un adjetivo y un sustantivo. Importa que el hablante sepa usar el adjetivo adecuadamente y emplee con propiedad el sustantivo y los verbos, aunque no sepa definir las características del adjetivo, el sustantivo o el verbo. En eso falla nuestro sistema de enseñanza porque se insiste más en el aspecto teórico que en el aspecto práctico del uso, en vez de enfatizar la práctica del lenguaje mediante ejercicios de pronunciación, tareas de redacción, desarrollo de composición o interpretación de textos o práctica de conversación para el desarrollo de la creatividad mediante la palabra. La dimensión teórica debe conocerla especialmente quien enseña y eso justifica la existencia del estudio de la lengua española en todos los niveles y, sobre todo, en el nivel especializado de la licenciatura, la maestría o el doctorado, pero lo que quiero subrayar es el hecho de que nosotros, como hablantes de la lengua española, estamos en la obligación de lograr el más alto conocimiento que nos sea posible mediante la lectura, el estudio de la gramática y la ortografía, el conocimiento del vocabulario o la creación de textos para convertirnos en hablantes ejemplares.

Los hablantes ejemplares son los hablantes cultos y casi siempre los hablantes cultos aparecen en el ámbito de la literatura entre poetas, narradores, dramaturgos, ensayistas, críticos literarios y en intelectuales que no son escritores, pero son hablantes cultos, porque han estudiado la lengua y algunos saberes en virtud de una conciencia intelectual, como “la conciencia de la lengua”, que es un aspecto muy importante que hay que enfatizar, porque cuando desarrollamos la conciencia de nuestra lengua nos interesamos por conocer mejor la naturaleza de nuestro idioma. Por eso suelo citar un pensamiento de Pedro Salinas sobre la importancia del estudio de nuestro idioma: “Está el hombre junto a su lengua como en la margen del agua de un estanque que tiene en el fondo joyas y pedrerías, misterioso tesoro celado. Las mirada no suele pasar del haz del agua donde se reflejan las apariencias de la vida, con belleza suficiente; pero el que hunda la mano más allá, más adentro, nunca la sacará sin premio” (2).

Alude el escritor español al hecho de adquirir un conocimiento de nuestra lengua con un particular interés y una vocación por el conocimiento de la palabra, por la valoración de la expresión, por el dominio de la escritura, conocimiento que podemos adquirir según el tiempo que le dediquemos al estudio de la lengua, porque hay que dedicarle tiempo y cultivo. Por ejemplo, si escucho a alguien que usa la palabra “medrar” y desconozco lo que significa esa palabra, no podría entender el contenido del mensaje. En ese caso se recomienda consultar el diccionario. Alguien de un modo impreciso podría decir que el sentido de ese vocablo se le parece a miedo. Y no es así. Lo que hay que hacer es buscarla en el diccionario. Cuando uno desconoce una palabra, buscar su significado en el diccionario es la mejor forma de conocer su significado preciso, porque de un modo automático conocemos cientos de palabras, pero hay muchas voces del español que ignoramos, y a veces hemos aprendido palabras de un modo impreciso, con un concepto divorciado del significado que esa palabra tiene, que es una forma de replicar un aprendizaje inapropiado.

Entre varios aspectos a ponderar en este libro está el concepto de energía, ya que en la palabra va implicado una forma de energía, una poderosa energía creadora. En verdad, todo es energía. Nuestra creación entraña una energía. La palabra encarna una energía, una energía divina ya que es una dotación proveniente de la Divinidad con el dispositivo neurológico que activa nuestra conciencia, concepto que originalmente lo intuyó Heráclito de Éfeso cuando inventó la palabra Logos para referirse a nuestra capacidad intelectual para reflexionar, intuir, crear y hablar. Por eso sostengo que la palabra implica la energía interior de la conciencia.

Cuando Heráclito cifró en el Logos la potencia de la inteligencia humana entendió que se trataba de una “energía divina”, ya que ese poder de la mente genera una singular energía que nos diferencia de los animales y las plantas, pues no poseen el Logos que nos identifica y, por tanto, no pueden reflexionar, intuir, hablar y crear. Nosotros poseemos Logos y en virtud de esa dotación de la conciencia tenemos varias capacidades, como el poder de reflexión, de intuición, de expresión y de creación.

Nosotros somos una poderosa energía que formamos parte de la energía cósmica. Cuando nuestra energía entra en contacto con la energía del Universo, el ser humano experimenta una particular sensación y una singular experiencia de la conciencia, porque comienza a sentir algo especial en su vinculación con el mundo, en su comunión con el alma de lo viviente, y eso lo manifiesta a través de la palabra como suelen hacerlo los creadores de poesía y de ficción.

Lo que  manifiesta la palabra, que es una consecuencia del “genio de la lengua”, es justamente la expresión de la creatividad que se desarrolla en nosotros en virtud de la palabra, por la palabra y con la palabra, y eso es lo hermoso de nuestra condición humana, dotación que está a nuestro alcance con la opción de potenciar esa singular condición de nuestra existencia como seres humanos con poder de intelección, valoración y creación.

Hay muchos aspectos implicados en El genio de la lengua, porque en este libro hay varios estudios vinculados con las tres grandes vertientes de la lengua, como la dimensión léxica, ortográfica y sintáctica de la palabra. Hay varios planteamientos concurrentes porque todo escritor sabe que el instrumento de su creación es la lengua cuya posesión entraña una compenetración sensorial, intelectual, emocional, imaginativa y espiritual con la sustancia de un decir que procede de nuestro ser profundo, no solo por su conexión con el ser de las cosas, sino con la misma palabra que es nuestro mejor vinculo para conectarnos con los hombres y las cosas, y comunicarnos con la fuente primordial de la palabra, que es la Energía espiritual del mundo que encarna la Divinidad.

Hemos recibido de la Divinidad, a través de unos circuitos especiales en determinadas células de nuestro cerebro, la capacidad para tener Logos. Observen ustedes que nuestros convivientes en el Cosmos son los animales y las plantas; pero los animales y las plantas carecen de Logos, porque la energía de la conciencia se manifiesta en la capacidad intuitiva de reflexión y creación, que animales y plantas no tienen porque no pueden formalizar intuiciones ni conceptos ya que no tienen Logos. Ciertamente ellos tienen capacidad de comunicación, porque tienen un lenguaje. El lenguaje de los animales y las plantas es diferente al de nosotros; pero no tienen lengua, y la lengua se funda en el Logos, que genera la potencia espiritual de la conciencia.

Pues bien, vamos a tener un conversatorio con quienes quieran hacer alguna pregunta o formular algún comentario sobre lo que Rafael Peralta Romero y este servidor hemos dicho en esta sesión.

El aliento inspirador de la palabra

    –Jesús Losada: Quiero agradecer, como profesor de estos alumnos, la presencia del doctor Bruno Rosario Candelier. Retomando su discurso, que me parece magnífico, hay un texto salomónico del siglo VII, que a la pregunta de qué es la palabra, responde: “Aliento, espíritu”. Y cuando le preguntan cómo podría retener ese aliento, dice: “Mediante la palabra”.

El Logos es un tema muy importante. Esa energía divina, como ha dicho don Bruno, se transforma en palabra, en aliento, en espíritu. También existe el concepto de comunión. La comunión en la misa tiene el sentido de comunicar. Yo creo que ese es el mensaje que nos conmueve, que enviamos una obra de creación al mundo y entra en acto de comunión con el otro. Eso verdaderamente es un mensaje alentador el que nos transmite don Bruno Rosario Candelier (3).

BRC: Es un concepto sugerente, que se relaciona con lo que planteaban los antiguos pensadores presocráticos.

   Jesús Lozada: Ciertamente. Sería interesante enfatizar el concepto de “aliento”, que el doctor Rosario Candelier refirió. El rey Salomón, que tenía fama de sabio y de profeta (en árabe se dice Suleyman, ‘hombre de gran sabiduría y poder’, dueño de un harén de hermosas mujeres en el que tenía de concubina a la hija del Faraón), le preguntó a los Afrit (los espíritus de fuego, genios y demonios de la mitología del desierto): -¿Qué es la palabra? Y el Afrit contestó: Fa- qala: Rihun la tahqa (“Un soplo pasajero, el aliento que se va”). -¿Y cómo podría retenerlo? A lo que contestó: Qala-al-Kitabatu (“mediante la escritura”).

BRC: Efectivamente, ese “soplo espiritual” (SpiritusRihum o Ruah para latinos, árabes y hebreos, respectivamente, equivale a la Musa de los antiguos griegos, al Soplo de la cultura hebrea y al Inconsciente colectivo de la psicología moderna), ya que es el aliento inspirador que desde siempre ha soplado en la mente de poetas, místicos y contemplativos. Y es la potencia que activa la energía interior de la conciencia y atiza el poder de la intuición, que comienza con la intuición del lenguaje para hacer posible nuestra creación.

   Procuremos ese aliento interior de fenómenos y cosas, el aliento inspirador de los efluvios de la Creación y, sobre todo, el aliento espiritual de lo divino mismo para hacer de la palabra el cauce expresivo de la voz personal y el cauce creativo de la voz universal que edifica, embellece y eleva la conciencia.

Jesús Losada: Quiero felicitar al doctor Bruno Rosario Candelier por venir a esta universidad a presentar su libro, a motivar a mis estudiantes de letras sobre la importancia de nuestra lengua y a comunicarnos su visión espiritual de la palabra.

BRC: Gracias, profesor Losada. El texto que usted cita es iluminador. Es un aspecto muy importante porque alude a esa condición espiritual de la palabra y, desde luego, enfatiza el concepto que tenemos sobre el sentido de la palabra, y eso es lo hermoso de la dotación espiritual del Logos. De hecho, los poetas suelen ser las personas con la capacidad para sintonizar el aliento inspirador que viene de lo Alto, que es la sabiduría espiritual del Numen, y entraña las revelaciones del Cosmos y, desde luego, permiten testimoniar el mensaje sutil y trascendente que la inteligencia percibe en virtud de una condición especial que tienen los poetas metafísicos, los místicos y los iluminados, porque en su condición de amanuenses del espíritu, es decir, de intermediarios o interlocutores del pensamiento trascendente, tienen un órgano especial en su cerebro para percibir las manifestaciones suprasensibles de la realidad para canalizar destellos, señales, estelas, voces y emanaciones trascendentes. Imagino el Universo como una fuente de la cual proceden permanentemente emanaciones mediante imágenes, símbolos o irradiaciones metafísicas que captan las antenas de la conciencia, pero la mayoría de los seres humanos no han desarrollado esa capacidad perceptiva para captar esas irradiaciones o destellos espirituales, como lo han desarrollado los poetas, sobre todo, los poetas metafísicos y los místicos, que hacen de la palabra el instrumento de comunicación con la energía divina y con la potencia del Cosmos, pero esto es algo que tiene que ver con una dimensión metafísica de la palabra, que es una faceta sugerente y clave para entender cabalmente el arte del lenguaje.

Prof. José Alejando Rodríguez: Quiero felicitar a don Bruno por su grandiosa obra, que es un gran aporte para todos los que estamos en este ámbito de la comunicación y la enseñanza. Usted hablaba del genio de la lengua y dijo que representa la sabiduría, y me viene a la mente un niño. Los que tenemos niños pequeños, yo tengo una niña que siempre me está preguntando. Entiendo que hay una necesidad que se traduce no solo en lectura y escritura, sino en conocimiento, en conocer, y pienso que todos tenemos ese genio por naturaleza que surge cuando cuestionamos, incluso a nosotros mismos y la forma normal es a través de la palabra. Espero que usted nos pueda aleccionar sobre esta actitud.

BRC: Cuando un niño es curioso y hace preguntas eso es buena señal, pues revela que tiene inquietud por saber. De nuestra parte estamos en la obligación de darle respuestas a sus inquietudes y no ignorarlo, como suele pasar, porque cuando el niño canaliza alguna inquietud a partir de una curiosidad es porque no sabe, porque si supiera no preguntara. Entonces esa es una magnífica ocasión para darle una respuesta a su pregunta y transmitirle el conocimiento que tenemos y motivarlo para que siga indagando. De hecho, quien es curioso suele ser un observador inteligente de la realidad, una persona que le pone atención a todo. Todos tenemos inteligencia, pero solo la desarrolla quien pone atención. Las personas inteligentes son las que ponen atención, porque a menudo uno mira o escucha y no pone atención. Se puede asistir a una conferencia y no poner atención al disertante, o asistir a una clase y mientras el profesor está explicando poner la mente en otra cosa o distraerse; incluso hasta en la lectura podemos distraernos porque una palabra la asociamos con otra o con alguna cosa, lo que dispara la imaginación y entonces eso hace que nos distraigamos. La atención es clave para el conocimiento y es una manera de reflejar la curiosidad y la necesidad de conocer. Cuando desde niño aparece la atención por algo, eso es una buena señal porque indica que ese infante va a desarrollar su inteligencia.

Los pensadores y poetas son personas que han tenido la fortuna de desarrollar el poder de su intelecto y la capacidad de creación en la dimensión conceptual y estética del lenguaje.

Miguel Solano: ¿Qué aporta más a la conciencia de la lengua, el estudio de la normativa o el uso de los hablantes ejemplares?

BRC: Ambos aportan. Ahora bien, ¿quién aporta más? Yo pienso que depende que cada persona, porque a mí me parece que el factor que más ayuda a lograr el conocimiento de la lengua es la curiosidad que se despierta en quien quiere conocer una palabra. Cuando se desarrolla la curiosidad nos interesarnos por conocer lo desconocido o las palabras cuyo significado desconocemos. Las palabras constituyen la vía más adecuada para profundizar en el conocimiento de la lengua y de la realidad porque nos abren el horizonte del mundo y expanden el horizonte cultural. De hecho, las palabras nos permiten tener un conocimiento del mundo, un conocimiento de la realidad y un mejor conocimiento del lenguaje. Canalizar ese conocimiento da a entender lo que sabemos y procuramos comunicar. En la medida en que poseamos un mayor vocabulario, nuestro horizonte cultural va a ser mayor. Yo creo que lo más influyente depende de cada sujeto, porque en función de la sensibilidad y la conciencia nos conectamos con las cosas. Cada uno de ustedes tiene una sensibilidad y una conciencia y en función de esa sensibilidad y esa conciencia se desarrollan las inclinaciones intelectuales, morales, estéticas y espirituales. Cada ser humano tiene una forma particular de reaccionar ante las cosas; por eso, además de nuestra sensibilidad, cada uno tiene también algo derivado de esa sensibilidad que es la manera particular del sentir y de reaccionar ante las cosas. ¿Saben cómo se llama en la lengua española esa manera particular, personal e individual de ser, esa manera peculiar de sentir ante las cosas? Se llama “talante”. Cada uno de ustedes tiene una sensibilidad y un talante, es decir, una capacidad de sentir y una manera de sentir o de reaccionar ante fenómenos y cosas, y asumir el mundo en función del talante personal es importante para saber cómo es nuestra sensibilidad, es decir, por qué y cómo reaccionamos ante las cosas, ante la realidad sensorial o ante las manifestaciones suprasensibles del mundo. Hay gente que fácilmente entiende el sentido de las cosas a través de los colores o del sonido o los olores. La manera de reaccionar ante las cosas, la forma de sentir, influye en el conocimiento del mundo, en el conocimiento de la lengua y en la valoración de las cosas.

Alexandra Borbón: Yo soy profesora del área de ciencia y quiero darle las gracias, profesor Bruno Rosario Candelier, por su valioso aporte y expresarle mi reconocimiento, a mucho orgullo lo digo, ya que usted fue mi profesor de español en la PUCMM de Santiago.

BRC: Gracias a ti, Alexandra. Tú optaste por el área de la ciencia, pero lo mismo para el arte como para la ciencia se necesita desarrollar el más grande poder que tiene el hombre en su conciencia. Tanto los científicos y pensadores, como los artistas, poetas, narradores, dramaturgos, músicos, pintores, contemplativos y místicos necesitan el don de la sensibilidad y el talento de la inteligencia para sentir y entender la realidad de las cosas, que es la intuición de la conciencia. El mayor poder que tiene el ser humano, que no lo tienen los animales ni las plantas, se llama “intuición”, por la que podemos entender lo que las cosas son y significan. Todo lo que el ser humano hace es producto de su intuición. Esa dotación de la inteligencia es la capacidad de la conciencia para entender lo que la apariencia de las cosas refleja. Nosotros captamos con los ojos, los oídos, el olfato, el tacto y el gusto la faceta sensible de las cosas. Pero lo más importante de las cosas no se ve, ya que lo más importante es la esencia, como dijera Antoine de Saint-Exupery en El principito. Lo más importante subyace en la profundidad de las cosas y a ese nivel interior, esencial, metafísico y místico de la realidad, solo llega la intuición, el más alto poder de la inteligencia sutil. Sin la intuición no hay creación, ni palabra, ni conocimiento. Sin la intuición no sabemos lo que somos, pues la intuición confirma nuestra grandeza, que es de índole espiritual y que se manifiesta en la palabra y en la creación que hacemos mediante el concurso creador de la inteligencia profunda.

Voy a cerrar con “Sendero de olvido”, de Carmen Pérez Valerio:

 Oh barro que me acoges,

qué extraño vínculo nos une.

A veces me siento profunda en ti,

y otras, lanzada al vacío de tu soledad.

Oh manantial que late en mi sangre,

no sé si me recorres

o si deambulo por sendero de olvido.

Todo nace en ti y todo muere en este latir constante,

en esta quietud inquieta de la tarde,

en la incertidumbre de un amanecer

que no sabemos si llegará.

Oh extraño juego de la memoria que muere

 cada día, que crece desde mis entrañas

y desciende por tu cabellera verde

tras la huella de pasos borrados.

En algún lugar me habitas y te habito,

dispersa, diluida, descendiendo por tus abismos

o navegando el azul entre dos cuencas de llanto.

 

Bruno Rosario Candelier
Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra

Santo Domingo, Rep. Dom., 29 de octubre de 2016.

 Notas:

1. Bruno Rosario Candelier, El genio de la lengua, Santo Domingo, Academia Dominicana de la Lengua, 2016.
2. Pedro Salinas, La responsabilidad del escritor, Barcelona, Seix Barral, 1963, p. 69.
3. La presentación de El genio de la lenguatuvo lugar en el Recinto Santo Tomás de Aquino, de la PUCMM en la capital dominicana, con la participación de profesores y estudiantes de letras de esa prestigiosa institución universitaria.

Irradiación metafísica en Rubén Darío: factores físicos y psicológicos de la conciencia

Por Bruno Rosario Candelier 

A
Francisco Arellano Oviedo,
avezado cultor de la palabra.

 

“…canta la cigarra porque ama al Sol,

 que en la selva su polvo de oro tamiza,

 entre las hojas espesas. Su aliento nos da

 en un soplo fecundo la madre Tierra,

con el alma de los cálices

 y el aroma de las yerbas”.

 (Rubén Darío, Azul)

Percepción metafísica de lo viviente

Muchos se preguntan a qué se debe la existencia de grandiosos creadores que han hecho una obra memorable con alta significación espiritual y estética para todos los tiempos y culturas. La respuesta a esa inquietud se cifra en una palabra cuyo sentido desarticula y conmueve la condición humana: el impacto del dolor en la conciencia. El dolor de haber experimentado una terrible experiencia traumática, que troquela las células cerebrales dispuestas para sintonizar singulares fenómenos de lo viviente.

Para que Nicaragua diera al mundo un escritor de la categoría de Rubén Darío, tuvieron que darse tres poderosos factores que determinaron su gestación como poeta y propiciaron la creación literaria que lo inmortalizó: un factor traumático, con su impacto negativo; un factor telúrico, con su impacto positivo; y una irradiación metafísica, que favoreció la recepción de los efluvios de la trascendencia en el hijo de León.

Rubén Darío había sido escogido para revelar en su lírica verdades profundas con sabios mensajes en renovada forma estética. La empatía cósmica que fluía de su corazón con la onda de sabiduría metafísica de la conciencia cósmica se cristalizó en su obra. Con el poder de percepción de su inteligencia metafísica pudo sintonizar los efluvios de la Creación con profundas verdades provenientes del Numen de la sabiduría cósmica.

Al factor determinante de traumas y miedos, como los que experimentaron la sensibilidad y la conciencia del poeta en su infancia, se suma el positivo influjo de vivir su niñez y su mocedad en León, la agraciada ciudad de Nicaragua, que tiene una fecunda irradiación cósmica y que nutrió la sensibilidad física y espiritual del inmenso creador nicaragüense.

Todos los países tienen dos o tres ciudades donde hay una poderosa irradiación metafísica, como la tiene León, que impregnó la sensibilidad de Rubén Darío con su aliento trascendente. Hay demarcaciones geográficas -Ávila en España, Puebla en México, Antofagasta en Chile, Moca en República Dominicana y León en Nicaragua- donde confluyen singulares efluvios trascendentes que propician la confluencia de emanaciones estelares de singular eficacia para el desarrollo de una alta conciencia. El aura de León tiene esa magia con el encanto de su tierra y la fascinación de su cielo. Haber vivido su infancia y su adolescencia en esa hermosa ciudad nicaragüense fue fundamental para que Rubén Darío desarrollara su sensibilidad metafísica y creara la obra que lo convirtió en uno de los creadores esenciales de las letras americanas.

La percepción de la faceta entrañable de las cosas, la recepción de los efluvios de la Creación y el sentimiento de lo divino son tres dimensiones al alcance de la intuición metafísica de la conciencia, como la tuvo y la aprovechó Rubén Darío.

Hay áreas del cerebro que se activan para experimentar los fenómenos de conciencia, cuando se despiertan las neuronas cerebrales con sus dispositivos de percepción que dan lugar a las vivencias metafísicas, la experiencia mística y las visiones sobrenaturales con la captación de singulares mensajes del Cosmos. Se necesitan determinadas condiciones físicas y metafísicas para que opere con pleno potencial la capacidad de la conciencia humana, incluidas las vivencias de los fenómenos extraordinarios de la conciencia. No podemos obviar que hay patologías síquicas de la conciencia, a menudo producidas por efectos derivados de golpes, caídas, rayos, corriente eléctrica, miedos y nacimiento traumático. Y algunas enfermedades, como la epilepsia y la viruela, desencadenan alucinaciones y delirios, que pueden provocar extrañas vivencias metafísicas y singulares experiencias interiores parecidas a las vivencias místicas.

Desde luego, hay experiencias místicas y vivencias metafísicas genuinas, en personas libres de sospecha patológica, que tienen la dicha de sentir y vivir, con plena conciencia, el fulgor de la dolencia divina.

Quiero advertir, en consecuencia, que no todas las experiencias místicas o metafísicas son alucinaciones de la conciencia o expresiones patológicas de una mente enfermiza. Es cierto que santa Teresa de Jesús y Francisco Matos Paoli padecieron patologías orgánicas en su cerebro y tuvieron hondas experiencias místicas. Como también es cierto que san Juan de la Cruz y Gabriela Mistral, que experimentaron experiencias trascendentes, eran personas sanas y crearon una obra inspirada en sus hondas vivencias espirituales. Lo que evidencia que ambos grupos humanos, los sanos y los enfermos, pueden experimentar fenómenos metafísicos de la conciencia. Quienes han desarrollado la sensibilidad trascendente pueden acceder, mediante el circuito neuronal del cerebro, a la sabiduría espiritual del Numen, que Carl Jung identifica con el inconsciente colectivo.

La conciencia alterada o expandida percibe señales, imágenes, efluvios, emanaciones y revelaciones trascendentes mediante los neurotransmisores de la conciencia metafísica, que yo denomino idiocinas, o las neuronas que canalizan a través del lenguaje de las imágenes los fenómenos sobrenaturales que el cerebro puede soportar.

Tanto la experiencia mística, como la vivencia metafísica, entrañan un estadio interior de carácter extraordinario, pero no siempre es un proceso patológico de la mente, sino un fenómeno sobrenatural de la conciencia sutil, que ocurre tanto en sujetos normales como en personas que sufren alguna patología cerebral.

Hay condiciones psicofisiológicas en la conciencia que determinan que una persona llegue a ser poeta, vidente o místico. Se trata de la irradiación de una energía divina que canaliza un órgano especializado para la percepción de lo sobrenatural, que una enfermedad o un trauma físico o psicológico suele desarrollar. Las vivencias místicas y metafísicas entran en ese cauce de la interioridad.

Desde luego, aunque la vivencia metafísica y la experiencia mística con fenómenos de la conciencia, hay diferencia entre la experiencia mística y la vivencia metafísica.  La experiencia mística conlleva una transformación en la concepción del mundo y en la conducta de la persona, la que implica un cambio radical de visión, de actitud y de valoración; en cambio, la vivencia metafísica genera una transfiguración, que es una vivencia espiritual, intensa y luminosa, pero sin efecto transformante como la mística.

Mientras la mística entraña el sentimiento de lo divino, la metafísica explora el sentido de la trascendencia. La sensorialidad de las cosas concita en el contemplador una experiencia estética, que genera en la sensibilidad una conmoción. La realidad de lo invisible concita una experiencia metafísica, que genera una transfiguración. Y el sentimiento de lo divino concita una experiencia mística, que provoca no solo una visión extática sino una transformación de vida. Desde luego, mientras la vivencia metafísica produce en la sensibilidad del visionario una mera transfiguración, la experiencia mística provoca en la conciencia del contemplativo un hondo efecto transformador. Pese a que en ambos fenómenos (vivencia metafísica y experiencia mística) concitan un singular estadio contemplativo, ambas vivencias, la metafísica y la mística, se diferencian en los resultados aunque dichos fenómenos espirituales acontecen en cerebros cuyos tejidos neuronales han desarrollado el órgano de percepción extrasensorial.

Poetas, narradores y dramaturgos pueden crear poesía y ficción con la sustancia de sus vivencias interiores y el material mental de sus sueños y visiones. Por supuesto, la naturaleza de sus traumas y conflictos es algo tan personal que nadie puede cuestionar, subestimar o vilipendiar porque tienen el sello de la intimidad individual y proceden de experiencias interiores y, en tal virtud, han sido conformadas con el caudal de imágenes y conceptos como expresión de un singular poder creativo de la inteligencia y la sensibilidad de quien concibe, imagina y siente en el fuero de su interioridad.

Mediante su poder de recepción, la conciencia capta la voz de lo arcano, que canaliza en imágenes y símbolos las emanaciones de la trascendencia. Rubén Darío fue un agraciado de esas singulares dotaciones. Como creador de poesía y ficción, era un genio de la expresión, que hacía música con las palabras, arte con el lenguaje y pensamiento con la belleza. Y vivía, como él mismo confesó, “loco de armonía”, es decir, sentía la música del mundo, el aliento de las esferas y la honda dimensión cósmica, como la sintieron los antiguos pensadores presocráticos, entre ellos Pitágoras de Samos, Heráclito de Éfeso y Leucipo de Abdera, que vieron en el Universo la voz del Creador.

Factores traumáticos de la personalidad

Potencialmente todos nacemos con el talento para la creación poética. Pero tienen que darse determinadas condiciones físicas y metafísicas para su plasmación o realización.

Tengo la convicción de que un impacto traumático o un suceso generador de un miedo aterrador (un suceso estremecedor, un golpe en la cabeza, un contacto eléctrico, un rayo del cielo o una dolencia patológica) activan las células cerebrales que atrapan las emanaciones de la trascendencia (voces, destellos, imágenes, efluvios sobrenaturales o irradiaciones espirituales), condición que desata la intuición metafísica de la conciencia con el potencial creador de una sensibilidad estremecida y una inteligencia sutil.

Los factores traumáticos que troquelaron el cerebro de Rubén Darío en su infancia fueron los siguientes: a) El trauma del miedo y el efecto de la viruela. b) El desamparo y la soledad en su edad imberbe. c) El impacto telúrico y celeste de la ciudad de León. d) El despertar de las neuronas en la infancia: circuitos interiores de la conciencia, con la gestación de un singular órgano de percepción. e) Los daños causados al cerebro por dolencia física o traumática (que producen diferentes perturbaciones, desde los miedos irracionales hasta las reacciones esquizofrénicas; aunque también activan las células responsables de la captación de las emanaciones sutiles de la trascendencia).

Hijo de un matrimonio deshecho, creció sin el afecto familiar de ambos padres; y en plena infancia, en una de sus andanzas infantiles, se perdió y lo encontraron, según el poeta testimoniara en su autobiografía, “entre unos matorrales” (1). Y escribe el poeta: “La imagen de mi madre se había borrado por completo de mi memoria” (2).

Fruto de un temprano desamparo, los fantasmas del miedo rondaban la imaginación infantil y cortejaban el infortunio de esa singular criatura: “La casa era para mí temerosa por las noches. Andaban lechuzas en los aleros. Me contaban cuentos de ánimas en pena y aparecidos, los dos únicos sirvientes: la Serapia y el indio Goyo. Vivía aún la madre de mi tía abuela, una anciana, toda blanca por los años, y atacada de un temblor continuo. Ella también me infundía miedo, me hablaba de un fraile sin cabeza, de una mano peluda, que perseguía, como una araña… Se me mostraba, no lejos de mi casa, la ventana por donde a la Juana Catina, mujer muy pecadora y loca de su cuerpo, se la habían llevado los demonios. Una noche, la mujer gritó desusadamente: los vecinos se asomaron atemorizados, y alcanzaron a ver a la Juana Catina, por el aire, llevada por los diablos, que hacían un gran ruido, y dejaban un hedor a azufre” (3).

El poeta evoca el terror de su infancia, y escribe: “De allí mi horror a las tinieblas nocturnas, y el tormento de ciertas pesadillas inenarrables. Quedaba mi casa cerca de la iglesia de San Francisco, donde había existido un antiguo convento. Allí iba mi abuela a misa primera, cuando apenas aparecía el primer resplandor del alba, al canto de los gallos. Cuando en el barrio había un moribundo, tocaban en las campanas de esa iglesia el pausado toque de agonía, que llenaba mi pueril alma de terrores” (4).

A la sensación de desamparo y al impacto del terror, se sumaba la crianza de tutores sin el aliento protector del afecto consentido: “Y mi verdadero padre, para mí, y tal como se me había enseñado, era el otro, el que me había criado desde los primeros años, el que había muerto, el coronel Ramírez. No sé por qué, siempre tuve un desapego, una vaga inquietud separadora, con mi “tío Manuel”. La voz de la sangre… ¡qué fláccida patraña romántica! La paternidad única es la costumbre del cariño y del cuidado”. Y añade Darío en su autobiografía este detalle: “El que sufre, lucha y se desvela por un niño, aunque no lo haya engendrado, ese es su padre” (5).

Esos factores adversos de la infancia, por el impacto del miedo y el terror a tan tierna edad, activaron en la imberbe criatura, las neuronas cerebrales que atrapan las ondas metafísicas del Cosmos, efluvios que rondan por los aires y que necesitan de peculiares circuitos de la conciencia para revelar su contenido.

De sus recuerdos infantiles en León, el poeta evoca: “Yo me apartaba frecuentemente de los regocijos, y me iba, solitario, con mi carácter ya triste y meditabundo desde entonces, a mirar cosas, en el cielo, en el mar. Una vez vi una escena horrible, que me quedó grabada en la memoria. Cerca de una yunta de bueyes, a orillas de un pantano, dos carreteros que se peleaban, echaron mano al machete, pesado y filoso, arma que sirve para partir la caña de azúcar, y comenzaron a esgrimirlo; y de pronto vi algo que saltó por el aire. Eran, juntos, el machete y la mano de uno de ellos” (6).

En momentos de lluvias y tempestades, el cuadro de miedo aumentaba con el temor de los adultos, cuyas actitudes temerosas aumentaban cuando acudían al rezo: “Debo decir que desde niño se me infundió una gran religiosidad, religiosidad que llegaba a veces hasta la superstición. Cuando tronaba la tormenta y se ponía el cielo negro, en aquellas tempestades únicas, como no he visto en parte alguna, sacaba mi tía abuela palmas benditas y hacía coronas para todos los de la casa; y todos coronados de palmas rezábamos en coro el trisagio y otras oraciones. Señaladas devociones eran para mí temerosas. Por ejemplo, al acercarse la fiesta de la Santa Cruz. Porque ¡oh, Dios de los dioses!, martirio como aquel, para mis pocos años, no os lo podéis imaginar. Llegado ese día, todos nos poníamos delante de las imágenes; y la buena abuela dirigía el rezo, un rezo que concluía después de varias jaculatorias, con estas palabras: Vete de aquí Satanás/que en mi parte no tendrás/porque el día de la Cruz/dije mil veces: Jesús” (7).

Quizás el impacto que activó en Rubén Darío el órgano de percepción sutil del cerebro fue el padecimiento de la viruela, terrible patología que atizó su conciencia y activó las neuronas de su mente para la percepción de fenómenos extraños: “Un día, en momentos en que estaba pasando horas tristes, sin apoyo de ninguna clase, viviendo a veces en casa de amigos y sufriendo lo indecible, me sentí mal en la calle. En la ciudad había una epidemia terrible de viruela. Yo creí que lo que me pasaba era un malestar causado por el desvelo; pero resultó que desgraciadamente era el temido morbo. Me condujeron a un hospital con el comienzo de la fiebre. Pero en el hospital protestaron, puesto que no era aquello un lazareto; y entonces, unos amigos, entre los cuales recuerdo el nombre de Alejandro Salinas, que fue el más eficaz, me llevaron a una población cercana, de clima más benigno, que se llamaba Santa Tecla. Allí se me aisló en una habitación especial y fui atendido, verdaderamente como si hubiese sido un miembro de su familia, por unas señoritas de apellido Cáceres Buitrago. Me cuidaron, como he dicho, con cariño y solicitud y sin temor al contagio de la peste espantosa. Yo perdí el conocimiento, viví algún tiempo en el delirio de la fiebre, sufrí todo lo cruento de los dolores y de las molestias de la enfermedad (subrayado de BRC); pero fui tan bien servido que no quedaron en mí, una vez que se había triunfado del mal, las feas cicatrices que señalan el paso de la viruela” (8).

Las pesadillas causadas por los fantasmas de su febril imaginación atenazaban la sensibilidad del mozuelo: “Por ese tiempo, algo que ha dejado en mi espíritu una impresión indeleble, me aconteció. Fue mi primera pesadilla. La cuento, porque, hasta en estos mismos momentos, me impresiona. Estaba yo, en el sueño, leyendo cerca de una mesa, en la salita de la casa, alumbrada por una lámpara de petróleo. En la puerta de la calle, no lejos de mí, estaba la gente de la tertulia habitual. A mi derecha había una puerta que daba al dormitorio; la puerta estaba abierta y vi en el fondo oscuro que daba al interior, que comenzaba como a formarse un espectro; y con temor miré hacia este cuadrado de oscuridad y no vi nada; pero, como volviese a sentirme inquieto, miré de nuevo y vi que se destacaba en el fondo negro una figura blanquecina, como la de un cuerpo humano envuelto en lienzos; me llené de terror, porque vi aquella figura que, aunque no andaba, iba avanzando hacia donde yo me encontraba. Las visitas continuaban en su conversación y, a pesar de que pedí socorro, no me oyeron. Volví a gritar y siguieron indiferentes. Indefenso, al sentir la aproximación de “la cosa”, quise huir y no pude, y aquella sepulcral materialización siguió acercándose a mí, paralizándome y dándome una impresión de horror inexpresable. Aquello no tenía cara y era, sin embargo, un cuerpo humano. Aquello no tenía brazos y yo sentía que me iba a estrechar. Aquello no tenía pies y ya estaba cerca de mí. Lo más espantoso fue que sentí inmediatamente el tremendo olor de la cadaverina, cuando me tocó algo como un brazo, que causaba en mí algo semejante a una conmoción eléctrica. De súbito para defenderme, mordí “aquello” y sentí exactamente como si hubiera clavado mis dientes en un cirio de cera oleosa. Desperté, con sudores de angustia” (9).

Era natural que el joven Darío creciera con un talante asustadizo y tímido. El propio poeta se confiesa hiperestésico, es decir, poseedor de una alta sensibilidad física y metafísica, predisposición que propició en el poeta la capacidad de percibir lo que él llamaba “revelaciones súbitas”: “Miraba las estrellas prodigiosas, oía el chapoteo de las aguas agitadas. Pensaba. Soñaba. ¡Oh, sueños dulces de la juventud primaveral! Revelaciones súbitas de algo que está en el misterio de los corazones y en la reconditez de nuestras mentes; conversación con las cosas en un lenguaje sin fórmula, vibraciones inesperadas de nuestras íntimas fibras y ese reconcentrar por voluntad, por instinto, por influencia divina en la mujer, en esa misteriosa encarnación que es la mujer, todo el cielo y toda la tierra” (10).

Rubén Darío tuvo visiones, precogniciones y corazonadas, amén de intuiciones y revelaciones. Desde muy joven, el poeta nicaragüense experimentaba una honda apelación por lo desconocido: “Vino un gran terremoto, estando yo de visita en una casa, oí un gran ruido y sentí palpitar la tierra bajo mis pies; instintivamente tomé en brazos a una niñita que estaba cerca de mí, hija del sueño de la casa, y salí a la calle; segundos después la pared caía sobre el lugar en que estábamos” (11).

Ya en edad adulta, cuando contempló la belleza de la pampa argentina advirtió la condición poética de quien sepa comprender el arte que flota sobre ese inconmensurable océano de tierra”: “De Bahía Blanca partí para una estancia del doctor Argerich, y allí fue mi primera visita a la pampa inmensa y poética. Poética, sí, para quien sepa comprender el vaho de arte que flota sobre ese inconmensurable océano de tierra, sobre todo en los crepúsculos vespertinos y en los amaneceres” (12).

Ciertamente, Rubén Darío abusó de las bebidas alcohólicas, pero no era el típico beodo que acudía a esas bebidas para saciar el vicio del ron. Acudía al alcohol para mitigar el impacto de las irradiaciones metafísicas que alteraban su cerebro.

A su sensibilidad empática se añadió la conciencia de lo trascendente con lecturas de obras de teosofía y de filosofía, sumándose el poeta nicaragüense a la tradición latinoamericana del pensamiento hermético y la literatura metafísica, que potenció su visión del mundo, al avizorar notables percepciones sobrenaturales: “Como dejo escrito, con Lugones y Piñeiro Sorondo hablaba mucho sobre ciencias ocultas. Me había dado desde hacía largo tiempo a esta clase de estudios, y los abandoné a causa de mi extremada nerviosidad y por consejo de médicos amigos. Yo había tenido ocasión, desde muy joven, si bien raras veces, de observar la presencia y la acción de las fuerzas misteriosas y extrañas, que aún no han llegado al conocimiento y dominio de la ciencia oficial. En Caras y caretas ha aparecido una página mía, en que narro cómo en la plaza de la catedral de León, en Nicaragua, una madrugada vi y toqué una larva, una horrible materialización sepulcral, estando en mi sano y completo juicio. También en La Nación, de Buenos Aires, he contado como en la ciudad de Guatemala tuve el anuncio psicofísico del fallecimiento de mi amigo el diplomático costarricense Jorge Castro Fernández, en los mismos momentos en que el moría en la ciudad de Panamá; y la pavorosa visión nocturna que tuvimos en San Salvador, el escritor político Tranquilino Chacón, incrédulo y ateo; visión que nos llenó más que de asombro, de espanto” (13).

Esa sensibilidad abierta y empática al fluir de lo viviente y a las manifestaciones de la trascendencia despertó en Darío “nuevas maneras de pensamiento y de belleza” (p. 45), con el poder de intuir la presencia de “fuerzas misteriosas y extrañas” (p. 53) y, sobre todo, con la capacidad para percibir en su conciencia las irradiaciones metafísicas del Universo y visualizar “lo misterioso del mundo” (14).

Natural era entonces que aflorara en Rubén Darío el sentimiento de la religiosidad, en primer lugar, fruto de la herencia espiritual de León, un pueblo altamente religioso; y, en segundo lugar, consecuencia de su conexión espiritual con la esencia del Cosmos, ya que tuvo la ocasión de “…admirar desde su altura los lejanos Alpes, luminosos bajo el Sol. Estuve en Pisa y admiré lo que hay que admirar, el Duomo, el Camposanto, la torre inclinada, hueca de la vieja ciudad, y el Baptisterio. Manifesté, en tal ocasión, líricas reminiscencias. Fui a la cartuja, con carta de recomendación para el prior don Bruno; oí cantar, en el calor de la estación y en los verdes olivos y viñas, pesadas de uvas negras, las cigarras itálicas. Aumenté mi religiosidad en el convento, y admiré la fe y el amor al silencio de aquellos solitarios” (14).

Estando en Palma de Mallorca, escribió una novela bajo la huella de una secreta y entrañable religiosidad: “Libre de las garras de hechizo de París, emprendí camino hacia la isla dorada y cordial de Mallorca. La gracia virgiliana del ámbito mallorquín devolvíame paz y santidad. Por cariñosa solicitud de mi excelente amigo don Juan Sureda, por su cariño vigilante, mi alma y mi carne ganaban de día en día la conveniente fortaleza. Me hospedé, pues, en su casa, que es aquel castillo del rey asmático, en la pintoresca y fresca Valldemosa. Sobre este castillo y su vecina cartuja como sobre todo aquel oro de Mallorca, escribí una novela en los días de mi permanencia en esa tierra de Lulio. Los atraídos por mi vagar y pensar tendrán en esas páginas de mi Oro de Mallorca, fiel relato de mi vida y de mis entusiasmos en esa inolvidable joya mediterránea” (15).

La huella sutil de una visión metafísica

    Efectivamente, el inmortal poeta nicaragüense desarrolló su capacidad poética con el acierto de la renovación métrica y la hondura de su percepción trascendente. En “Primaveral” (16), nuestro poeta percibe el canto de la Creación, que las aves cantarinas entonan al sentir el fulgor de lo viviente:

El nido es cántico.

El ave incuba el trino,

 ¡oh, poetas!;

de la lira universal

el ave pulsa una cuerda.

Bendito el calor sagrado

que hizo reventar las yemas.

¡Oh, amada mía!

Es el dulce

tiempo de la primavera

   En su descripción de la sensorialidad de las cosas, el poeta ausculta el soplo de lo viviente, fina empatía con el alma del mundo, como se aprecia en “Estival” (17):

La fiera virgen ama.

Es el mes del ardor.

Parece el suelo rescoldo;

y en el cielo el Sol, inmensa llama.

Por el ramaje obscuro

salta huyendo el canguro.

El boa se infla, duerme, se calienta

a la tórrida lumbre; el pájaro se sienta

a reposar sobre la verde cumbre.

Siéntense vahos de horno:

y la selva indiana en alas del bochorno,

lanza, bajo el sereno cielo, un soplo de sí.

La tigre ufana respira a pulmón lleno,

y al verse hermosa, altiva, soberana,

le late el corazón, se le hincha el seno.

   En el poema “Estival” (18), el poeta se llena de los latidos del mundo, y en una coparticipación con la energía física y metafísica de lo existente, y el sentido que subyace en cosas y animales, al ponderar al león evoca el eco de las musas y con ellas el aliento “que todo enciende, anima, exalta” ante el esplendor de lo viviente:

No envidia al león la crin, ni al potro rudo

el casco, ni al membrudo

hipopótamo el lomo corpulento,

quien bajo los ramajes del copulo baobab,

ruge al viento.

Así va él orgulloso, llega, halaga,

corresponde la tigre que le espera,

y con caricias las caricias paga,

en su salvaje ardor, la carnicera.

Después, el misterioso

tacto, las impulsivas fuerzas,

que arrastran con poder pasmoso;

y, ¡oh gran Pan!, el idilio monstruoso

bajo las vastas selvas primitivas.

No el de las musas de las blandas horas,

suaves, expresivas,

en las rientes auroras

y las azules noches pensativas;

sino el que todo enciende, anima, exalta,

polen, savia, color, nervio, corteza,

y en torrentes de vida brota y salta

del seno de la gran Naturaleza.

   En “Leconte de Lisle” (19), Darío aborda la luz que irradia su lira bajo la inspiración de los misterios seculares, al tiempo que refleja el conocimiento de la mística oriental:

De las eternas musas el reino soberano

recorres, bajo un soplo de vasta inspiración,

como un rajá soberbio que en su elefante indiano

por sus dominios pasa de rudo viento al son.

 

Tú tienes en tu canto como ecos de Océano;

se ve en tu poesía la selva y el león;

salvaje luz irradia la lira que en tu mano

derrama su sonora, robusta vibración.

 

Tú del faquir conoces secretos y avatares;

a tu alma dio el Oriente misterios seculares,

visiones legendarias y espíritu oriental.

 

Tu verso está nutrido con savia de la tierra;

fulgor de Ramayanas tu viva estrofa encierra,

y cantas en la lengua del bosque colosal.

 En “Autumnal” (20), el poeta percibe lo misterioso del viento con la profunda inspiración de la conciencia cósmica. Hace de la sensibilidad estremecida y la conciencia sutil la combinación ideal para sentir la más alta inspiración de lo viviente a la luz de la sabiduría espiritual del Numen, que el Logos de la conciencia trascendente depara a los iluminados y poetas con la potencia de la palabra creadora:

Una vez sentí el ansia

de una sed infinita.

Dije al hada amorosa:

-Quiero en el alma mía

tener la inspiración honda, profunda,

inmensa: luz, calor, aroma, vida.

 Ella me dijo: -¡Ven!- con el acento

con que hablaría un arpa.

En él había

un divino idioma de esperanza.

¡Oh sed del ideal!

Sobre la cima de un monte,

a media noche,

me mostró las estrellas encendidas.

Era un jardín de oro

con pétalos de llama que titilan.

Exclamé: -Más…

 

La aurora vino después.

La aurora sonreía,

con la luz en la frente,

como la joven tímida

que abre la reja, y la sorprenden luego

ciertas curiosas, mágicas pupilas.

Y dije: -Más…

 

Sonriendo

la celeste hada amiga

prorrumpió: ¡Y bien! ¡Las flores!

Y las flores

estaban frescas, lindas,

empapadas de olor: la rosa virgen,

la blanca margarita,

la azucena gentil, y las volúbilis

que cuelgan de la rama estremecida.

Y dije: -Más…

 

El viento

arrastraba rumores, ecos, risas,

murmullos misteriosos, aleteos,

músicas nunca oídas.

El hada entonces me llevó hasta el velo

que nos cubre las ansias infinitas,

la inspiración profunda

y el alma de las iras.

Y lo rasgó. Y allí todo era aurora.

En el fondo se veía

un bello rostro de mujer.

¡Oh, nunca,

Piérides, diréis las sacras dichas

que en el alma sintiera!

Con su vaga sonrisa:

-¿Más?… –dijo el hada.

 

Y yo tenía entonces

clavadas las pupilas

en el azul; y en mis ardientes manos

se posó mi cabeza pensativa…

   En fin, después de leer a los clásicos de la antigua Grecia y la literatura española del Siglo de Oro y a los simbolistas franceses del siglo XIX (21), Rubén Darío conoció la clave de la poesía, cifrada en su esencia primigenia: describir la belleza sensorial que la sensibilidad capta de las cosas y el sentido profundo que la conciencia intuye.

La energía amorosa, en armonía con la del Creador del Universo, es la conjunción perfecta para la vida y el arte de la creación. Así lo comprendió Rubén Darío. A esa comprensión llegan los iluminados, los poetas y los místicos. Los iluminados de la palabra. Los místicos de la sabiduría espiritual. Y los creadores del arte que edifica y la belleza que conmueve. 

Bruno Rosario Candelier
XV Simposio sobre Rubén Darío
León, Nicaragua, 18 de enero de 2017.

 Notas:

1. Rubén Darío, Autobiografía, Managua, Nicaragua, Distribuidora Cultural, 2015, 20ª reimpresión, p. 1.

2. Ibídem, p. 2.
3. Ibídem, pp. 2-3.
4. Ibídem, p. 3.
5. Ibídem, p. 5.
6. Ibídem, p. 6.
7. Ibídem, p. 6.
8. Ibídem, p. 21.
9. Ibídem, pp. 8-9.
10. Ibídem, p. 15.
11. Ibídem, p. 16.
12. Ibídem, p. 52.
13. Ibídem, p. 53.
14. Ibídem, p. 61.
15. Ibídem, p. 74.
16. Rubén Darío, Azul, Managua, Nicaragua, Distribuidora Cultural, 2015, p. 57.
17. Ibídem, p. 58.
18. Ibídem, 60.
19. Ibídem, 95.
20. Ibídem, pp. 62-63.
21. Rubén Darío, que vio la luz en Metapa, Nicaragua en 1867, murió en León, en 1916. Publicó Epístolas y poemas, 1885; Prosas profanas, 1886; Azul, 1888; Rimas, 1889; Cantos de vida y esperanza, 1892; Los cisnes y otros poemas, 1905; Oda a Mitre, 1906; El canto errante, 1907; Poema del otoño y otros poemas, 1910; Canto a la Argentina y otros poemas, 1910. En prosa, además de los cuentos incluidos en Azul, publicó: Los raros, 1892; La España contemporánea, 1901; Peregrinaciones, 1901; La caravana pasa, 1903; Tierras solares, 1904; Opiniones, 1906; Parisiana, 1908; El viaje a Nicaragua, 1909; y Todo al vuelo, 1912.

Ñoño, a – palear/paliar – ciega/siega – sé/se

ÑOÑO, A

A veces se pregunta uno si esta voz tiene algo que ver con el principal significado con que se reconoce en el habla de todos los días de los dominicanos, por la repetición de la misma sílaba; o si el propósito de la repetición en el fondo es solamente enfático.

Es bueno recordar que todavía en el año 1970, en la décimo novena edición del Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española, no se había asentado el principal significado dominicano.

En esos años los académicos solo reconocían que ñoño servía para referirse a la persona “apocada y de corto entendimiento”. Cuando se aplicaba a cosas era para denotar “soso, de poca sustancia”. Ya el significado que le dio origen iba en decadencia, pues se caracterizaba de anticuada la acepción “caduco, chocho”.

Se ha repetido antes en el desarrollo de este comentario,  “principal significado dominicano”. Con este se destaca el más conocido y empleado, que es el de “mimado, consentido”, como muy bien lo define el Diccionario del español dominicano (2013). Así mismo, la persona que se tipifica de ñoña lo es por ser “susceptible, delicada”; o bien, “inclinada a los mimos”.

Añadido a las demás, el último diccionario mencionado recoge la acepción que se refiere a persona o cosa “que se aprecia o se prefiere entre varias”. Trae dos acepciones más ese lexicón que son de menos uso, para designar la “barriga” y la “presidencia de la República”.

Ya en una intervención anterior por este medio se subrayó que la ñoña es la “banda presidencial” en tanto símbolo de la presidencia de la República, de donde los dominicanos han creado la expresión “terciarse la ñoña” para significar, llegar a la presidencia de la República.

Ahora bien, no se ha no se ha hecho espacio a esta voz solo para esencialmente repetir lo que la mayoría de los dominicanos conocen, sino para recordar una acepción que no ha recibido el reconocimiento oficial en los diccionario diferenciales. Ñoño también vale para expresar que algo es “grande, enorme”. Se emplea de preferencia para cosas. El autor de estos comentarios ha oído en muchas ocasiones este uso.

Para terminar, algunos ejemplos ayudarán a recordar este uso. “El capitán se paseaba entre los presos con un ñoño garrote”. Aquí se entiende como sinónimo de “enorme”. “El calié escondía en la cintura debajo, de la chacabana, el ñoño revólver con que disparó”. En este caso evoca la idea de “grande”.

PALEAR – PALIAR

“. . .como contingencia para PALEAR el desempleo. . .”

Las dos palabras del título son legítimas en el español de cada día. En realidad son muy diferentes en su uso porque los respectivos campos semánticos son distantes.

La confusión entre uno y otro de estos dos vocablos procede de la forma en cómo se  pronuncia el verbo palear en el habla descuidada, negligencia que lleva a enunciar las dos palabras de la misma forma.

Una vez que las dos voces se confunden en su elocución, eso conduce a que se equivoquen los significados y, en consecuencia, el uso que corresponde a cada una de ellas.

Palear es utilizar la pala para mover una cosa. En agricultura es aventar el grano para separarlo de la paja. En resumen, es trabajar con la pala.

Paliar es moderar, mitigar, ser indulgente. Mitigar ciertas enfermedades. Moderar, suavizar, atenuar una pena, disgusto, etc. Ser indulgente, disculpar, justificar algo.

CIEGA – SIEGA

“. . . si no es una voladora que CIEGA la vida de un morador de este sector marginado. . .”

La falta de diferencia en la pronunciación entre los dos sonidos, ese /s/ y ce /c/ en la mayoría de los países de la América Hispana es un fenómeno fonológico viejo. Las explicaciones que se han ofrecido sobre el origen a veces son difíciles de entender. El hecho es que se dicen o pronuncian de igual modo los sonidos de las letras s, z, o c seguidas de /e/ o /i/.

Si se sometiera a evaluación estadística el asunto que se mencionó en el párrafo anterior, es muy probable que se concluya admitiendo que hay una mayoría de hablantes de español que sesean; o lo que es lo mismo, que los ceceantes son minoría.

La forma de manifestar oralmente los vocablos que llevan las consonantes mentadas y las consecuencias engorrosas que de ellos pueden derivarse, son solucionados (o evitados) por el contexto.

Esto es, desambiguado por el entorno lingüístico, pragmático o social en que se coloca un elemento o un enunciado, como sucede en la cita. Aquí se salva la situación por el conocimiento lógico que existe en el lector de que una “voladora” (minibús de transporte público urbano) no deja privado de vista, sino por excepción. Estos conocimientos extralingüísticos del contexto particular concurren para despejar la duda.

Lo que se ha explicado más arriba no exime de culpa a una persona que incurra en el desliz de escribir ciega, con ce /c/, cuando lo que sugería el entorno particular era que lo hiciese con ese /s/. Ciega es del verbo cegar, que es privar de la vista. Siega es del verbo segar que es interrumpir de forma violenta y brusca.

En gran medida el desacierto se produce porque el redactor de la frase reproducida insertó una palabra dominguera para expresar “matar”. Si el articulista hubiese permanecido en el ámbito de su “voladora”, que es una palabra del español dominicano, no hubiese tenido problema alguno. Al engalanar la redacción se arriesgó en este caso más allá de los límites de lo conveniente para sus conocimientos. Este tipo de problemas se obvia manteniendo un apego a lo básico, al uso de los términos que son bien conocidos y que se frecuentan en las lecturas habituales. La otra forma de evitar estos enojos con la ortografía, es leer, sobre todo, leer buena literatura, pues de esas lecturas queda el sedimento que nutre el conocimiento de la lengua.

SÉ – SE

“. . .acaso el inicio de un esfuerzo empresarial, parcial o general, no lo SE, para el empresariado recuperar la cuota de poder. . .”

Los dos monosílabos son iguales en su ortografía. La única diferencia entre uno y otro es la tilde que puede observarse sobre uno de ellos. Ese acento ortográfico colocado allí es lo que se llama acento diacrítico, es decir, que le confiere un valor especial a la palabra.

En principio los monosílabos se escriben sin tilde, pues no existe la necesidad de señalar en cuál sílaba ha de hacerse el mayor esfuerzo de la articulación. En los ejemplos que se reproducen en el título, la tilde ejerce la función de distinguir el significado y la función gramatical de uno con relación a otro; esa es su función distintiva.

, con la tilde, acento gráfico, pertenece al verbo saber y representa la conjugación de la  primera persona del singular del presente del indicativo. Puede ser también el verbo “ser” en la segunda persona del singular del modo imperativo.

Este “sé” es el que debió escribir el articulista en la cita al principio de esta sección para que trascendiera claro su mensaje, pues se deduce del contexto del artículo que se trataba del verbo saber.

Se, sin la tilde, es un pronombre personal reflexivo. Pertenece a la tercera persona y se usa en dativo y acusativo en género masculino o femenino y número singular o plural. En esta sección no se entra en el detalle de todas las posibilidades en las que puede aparecer “se” en la lengua.

A la luz de lo explicado, por eliminación, parece muy sencillo discernir cuándo debe colocarse la tilde. Solo resta que el redactor sea cuidadoso para evitar el error.

© 2017, Roberto E. Guzmán.

Presentación del libro El genio de la lengua

Por Rafael Peralta Romero

 De las diez acepciones que acopia el Diccionario de la lengua española para  el sustantivo genio, Bruno Rosario Candelier ha escogido la número seis para centrar  la temática de su más reciente libro, titulado El genio de la lengua.  La definición a la que aludo dice: “Índole o condición peculiar de algunas cosas. El genio de la lengua”.

La séptima  acepción presenta el vocablo  genio como sinónimo de carácter (fuerza de ánimo). De modo que de la forma más elemental  podremos  afirmar que este libro trata de la “condición peculiar” de nuestro idioma, que incluye  las señas que lo identifican y lo hacen diferente de otras lenguas, aun de las que proceden del latín, lengua madre del español.

El genio de la lengua toca todas las características que  a ésta le son propias. Algunos hablantes, sin emplear  estas palabras,  parecen considerar que el español tiene mal genio. Por ejemplo, mientras el inglés y las lenguas neolatinas emplean los signos de interrogación y de entonación solo al final de la oración, el genio del español exige que se coloque al principio y al final de la expresión. No obstante, muchos  hay  que prescinden,  de este requisito, por negligencia o falsa rebeldía.

Cuando un usuario de la lengua española, sobre todo si es escritor o docente,  se ahorra estos signos al principio de la oración, incurre en una lamentable erosión al carácter de nuestro idioma, lo cual no puede permitirse nadie que  haya asumido conciencia de la lengua.

Otro ejemplo visible, muy gráfico, del genio de nuestra lengua es el signo eñe. En otras lenguas existe el sonido eñe, pero con diferente grafía a la que se emplea en español, consistente en una ene tocada por una virgulilla.

Si de la cocina italiana hemos aprehendido  el gustoso  alimento hecho con capas de pasta que se rellena de carne, vegetales o mariscos,  justo era también que tomáramos prestada, sin intención devolutiva,  la palabra que lo denomina. Lasaña se llama el plato, pero el genio de nuestro idioma estaba ahí para advertirnos: olvídate del grupo “gn” (lasagna)  y cámbialo por eñe.

Algo parecido ocurrió  con dos bebidas alcohólicas procedentes de Francia: champaña y coñac. Los vocablos que las denominan en lengua francesa se escriben con el dígrafo “gn”, que para ellos sueña eñe, pero para ajustarse al carácter del español  ese par de letras  desaparece para darle vigencia  al signo eñe. Así se porta el genio de nuestro idioma.

El genio del idioma, estudiado desde sus  diferentes manifestaciones léxicas, gramaticales y estéticas es lo que aparece en este libro desde el principio hasta el final.  Este volumen de 453 páginas, que lleva por subtítulo “El Logos en la horma de la palabra”, comprende cinco divisiones: I Reflexión teorética, II Textos literarios, III Entrevistas y consultas sobre temas lingüísticos y literarios, IV Entrevistas y reportajes, V Cartas, mensajes y correos electrónicos.

La característica más notoria del libro que se presenta hoy consiste en que  la idea central no aparece concentrada en un texto, sino que se trata de una serie de ensayos y conferencias  en los que se explica la inevitable presencia del genio del idioma, tanto en la teoría lingüística  como en la creación literaria  y la normativa gramatical.

Todos los puntos de vista del autor  confluyen hacia “la veneración sagrada por las palabras”, lo cual conecta con la filología. La filología es una especialidad de los estudios lingüísticos, pero a partir de la etimología de esa palabra (filo, amor; logos, estudio) Bruno Rosario Candelier monta un entramado perfecto  que sirve de soporte a un cuerpo doctrinal orientado a infundir amor e interés por nuestra lengua.

La filología viene de Grecia, y será muy difícil, por no decir imposible, que Rosario Candelier hable o escriba de literatura o de lingüística sin remontarse a la antigüedad griega. Los filósofos presocráticos asoman  en diferentes momentos, pero uno de ellos aparece desde la primera página con su teoría acerca de la esencia de la lengua. Me refiero a Heráclito de Éfeso, de quien escribe Bruno Rosario  lo siguiente:

“Desde aquellos lejanos días pensó que, al ejecutar el acto del habla, los humanos tenemos algo que decir, y esa frase, “algo que decir”, ha cifrado la reflexión de pensadores, teóricos, escritores, lingüistas, filólogos, críticos literarios y estetas, ya que DECIR entraña una forma y un sentido, una expresión y un contenido o una imagen y un concepto.

El pensador de Éfeso intuyó que la esencia del decir se cifraba en la sustancia de un influjo espiritual que denominó Logos. Esa intuición de Heráclito, sustentada en el Logos como sustancia del pensamiento y base de la expresión, encierra la esencia de la lengua, porque el Logos no solo se refiere al lenguaje como instrumento, sino como pensamiento y expresión, contenido y forma, lo que encierra el concepto de idea, sustancia, expresión, imagen, forma y contenido de la palabra”. (pág. 7)

El concepto Logos  creado por Heráclito representa para la filosofía rosariana una  columna  insustituible que soporta un pensamiento de orientación metafísica, aplicable sobre todo a la creación literaria y que ha permitido al pensador mocano elaborar los fundamentos de la Poética del Interiorismo,  que sirve de filosofía creadora a un movimiento literario que lleva más de un cuarto de siglo de existencia e influjo en República Dominicana y otros países de habla hispana.

Todo lo relacionado con el pensamiento, el discurso, las imágenes sensoriales y la intuición de formas verbales, para Rosario Candelier  parten del Logos. De ahí que se permita afirmar lo siguiente: “En tal virtud, el genio de la lengua se manifiesta en un patrón estructural, cuyo formato orgánico y onda espiritual pautan el talante de una cultura, el cauce de una visión del mundo y un modo de percibir y expresar la realidad de lo viviente”. (pág. 9).

La normativa gramatical se presta muy bien para explicar  en forma  elemental qué es el genio de la lengua. Para ello, a  mí me resulta cómodo  emplear como ejemplo del nombre del noveno mes, que es septiembre. Algunos no encuentran la razón de ser de la letra pe  en la sílaba “sep”.

La historia de la cultura  enseña que hubo un tiempo en que septiembre fue el séptimo mes y que razones políticas y sociales lo llevaron al puesto noveno. En tanto que el genio de la lengua española advierte que la raíz  “sept”  deriva  de “septem”, como se denomina el número siete en latín. Hay un pequeño grupo de palabras  procedentes de la familia “septem” a todas las cuales se le respeta la “p”.

Veamos: septeno (consta de siete partes), septenario (compuesto de siete unidades o guarismos), septenio (siete años), septeto (conjunto de siete personas), septillizo (nacido en parto séptuple), séptimo (que sigue al sexto), septisílabo (de siete sílabas), septuagenario (persona que  está entre 70 y 79 años), septuagésimo (una de las 70 partes de un todo), séptuple (que contiene una cantidad siete veces), septuplicación (acción de septuplicar), septuplicar (multiplicar por siete)  y séptuplo (siete veces mayor).

Desde este punto de vista resulta fácil apreciar  el carácter de la lengua. Pero hay una estructura profunda que requiere  dedicación por parte de aquel que aspire  a un conocimiento cabal de nuestra lengua y hacer uso de ella para fines profesionales o creativos.

A propósito de la normativa, apunta nuestro autor que la importancia que entraña la ortografía la advertimos desde que la conciencia de la lengua asoma en nuestra mente.  Y remacha de este modo: “Con ese propósito, hay que fijar y pautar la normativa de la lengua y exigir su aplicación sin concesiones”. (pág. 66).

A Bruno Rosario Candelier le indigna la despreocupación por el estudio del idioma y lamenta que en nuestro país cualquiera publica un libro sin  tener el conocimiento idiomático indispensable. Y más adelante lo expresa con mayor ahínco:

“Una de las condiciones que se les exigía a los estudiantes de filología era justamente tener el conocimiento del lenguaje. Esa exigencia ahora nos parece inconcebible, y lo digo porque, por ejemplo, en nuestro país el Ministerio de Educación les entrega el título de bachiller en filosofía y letras a individuos iletrados y, en las universidades se gradúan estudiantes de licenciados y hasta de maestrías sin tener el fundamento de la cultura, que lo es el dominio de la lengua. Era inconcebible en la antigua Grecia la existencia de un filósofo, un poeta o un maestro ignorante de su lengua. Entonces, la primera exigencia era tener un conocimiento del lenguaje, la primera disciplina que tenían que estudiar. No por casualidad surgieron en la antigua Grecia poetas de la categoría de Píndaro, Tirteo y Safo”. (pág. 26).

Quienes se dedicaron a la interpretación del sentido de la palabra y del alcance del lenguaje, en la antigua Grecia fueron llamados filólogos y su saber, filología. La filología aborda el estudio de la palabra a la luz de los textos literarios. Rosario agrega a esto que para los helenos ser filólogo implicaba   el conocimiento de cuatro disciplinas afines: la lingüística, para tener un conocimiento gramatical, lexicográfico y semántico; la filosofía, para conocer la esencia y la naturaleza de las cosas; la estética, para la valoración de las expresiones sensibles, como la belleza y el sentido, y la mística como estudio de lo divino y la espiritualidad, desde la visión de iluminados y contemplativos” (pág. 21).

Estos conocimientos permitirán al filólogo interpretar las creaciones literarias, ya que de acuerdo con Bruno, los filólogos, al igual que los poetas, participan del don de la intuición metafísica y estética, por lo cual saben interpretar las  sabias palabras de los creadores de poesía y ficción.

Bruno Rosario Candelier  es doctor en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid, pero su ejercicio  escritural y su  vehemente pasión por el quehacer literario  han probado que sin ese título también  hubiera demostrado  “la veneración sagrada por el valor de la palabra”.

En las aulas, en los medios de comunicación, en los libros publicados y en su gestión como director de la Academia Dominicana de la Lengua, Rosario Candelier se ha propuesto activar el genio del idioma. Ha repetido que la lengua amerita estudiarse en sus diferentes niveles (lexicológico, gramatical y ortográfico) para conseguir el uso adecuado y correcto.

Del libro que hoy presentamos  procede  la siguiente sentencia:

“En tal virtud, un creador de literatura necesariamente tiene que ser un hablante que conozca su idioma, que haga un uso creativo de su lengua, porque la obra literaria es el producto de un ejercicio intelectual de un autor que cultiva la palabra para testimoniar su visión del mundo y de la vida, para recrear su percepción de las cosas en forma estética; sobre todo, para transmitir una cosmovisión con un planteamiento filosófico, con una orientación conceptual mediante una posición que asume como escritor”. (pág. 41).

Aunque sus planteamientos concurren hacia un mismo objetivo,  que es la preservación y fortalecimiento del idioma español,  el libro El genio de la lengua  incluye un amplio espectro temático de vinculación específica con la lengua y la literatura. Y su autor tanto se ocupa de asuntos de alta complejidad y abstracción cual los emanados de la filosofía griega tan citada, como incurre en ilustraciones elementales acerca de nuestro idioma, tal ocurre en el hecho  de explicar que cuando en el diccionario una palabra tiene significados diferentes, cada uno de esos significados es una acepción. (pág. 130).

Por igual  detalla que las palabras  que son exclusivas del español dominicano se llaman dominicanismos, y que entre éstos  unos son semánticos  y otros son léxicos. (pág. 131). Esto pasa, sobre todo, porque Bruno Rosario Candelier contesta consultas que le llegan por diferentes vías  y es innegable que  las respuestas  resultan proporcionales al contenido de las preguntas. Obviamente, plantear que la lengua tiene dos vertientes: la expresión oral y la expresión  escrita dista mucho en complejidad que abordar  lo relativo al impacto que la lengua  ejerce en nuestra conciencia. Para ello   Rosario inicia con una cita de Pedro Salinas, poeta y ensayista español: “Está el hombre junto a su lengua como en la margen del agua de un estanque que tiene en el fondo joyas y pedrerías, misterioso  tesoro celado. La mirada no suele pasar de haz del agua donde se reflejan las apariencias de la vida con belleza suficiente; pero el que hunda la mano más allá, más adentro, nunca la sacará sin premio”.

Ahora les transmito la apreciación de Rosario Candelier. Dice el intelectual mocano:

“Esa estimación del poeta y ensayista español en su libro La responsabilidad del escritor, es una manera de invitarnos a que comprendamos el impacto que la lengua ejerce en nuestra conciencia espiritual, la huella que la lengua genera en nuestra sensibilidad y el influjo que imprime en nuestro intelecto y, sobre todo, el poder que adquirimos mediante la palabra. Nosotros somos una poderosa energía, y las palabras como correlato de la energía interior de la conciencia, que otorga el Logos, por lo cual tenemos que enamorarnos de los vocablos, posesionarnos del sentido de las palabras para establecer  ese vínculo entrañable con su forma y su sentido, de manera que podamos acoplar nuestra sensibilidad al caudal de voces y expresiones que esta grandiosa obra recoge para nuestra fortuna. Esa es la gran significación que tienen las palabras…” (pág. 89).

Bruno termina ese  tema con un poema de Vicente Aleixandre, que inicia con estos versos:

La palabra responde, por el mundo.
Hay mañanas en que oímos el mar,
la tierra en ella.

 Solo diré  otro ejemplo para resaltar en el nuevo libro de Bruno, la unidad en la pluralidad. Informa el maestro del Interiorismo que la Real Academia Española cuenta en su base de datos con unas seiscientas mil formas de expresión, cuyo dominio es cuestión de expertos.  Por igual  apunta que  el Diccionario oficial de nuestra lengua registra más de cien mil palabras.

El hablante ordinario puede llegar a dominar cinco mil palabras, mientras  el hablante sin formación escolar podría disponer de dos mil quinientas. Agrega Bruno que un  dominicano culto puede  dominar veinte o veinticinco mil palabras de las cien mil que recoge el Diccionario.

La adquisición del vocabulario se inicia con la infancia, el hogar aporta las palabras clave para la supervivencia y para denotar el vínculo con el entorno: mamá, papá, tía, cama, leche, pipí, agua, pan, perro, carro, colmado, celular…La actitud que asuma el adolescente frente a la lectura determinará en poco  tiempo  el nivel de su caudal lexicográfico.

Rosario Candelier precisa al respecto:

“El conocimiento de la palabra abre el horizonte intelectual, ensancha nuestro horizonte cultural. En la medida en que conocemos nuevas palabras se amplía el horizonte mental y cultural y esa es la ventaja del conocimiento de la lengua. Si se despierta en nosotros la conciencia de la lengua, se va a desarrollar una curiosidad natural  por el conocimiento de la palabra y por el uso ejemplar de la lengua, al momento de aplicar y conseguir lo que se llama el buen decir, que ha sido una aspiración de todos los buenos hablantes del español”. (pág. 44).

Conclusión

El español tiene un perfil que se ha conformado paulatinamente, durante siglos. El Diccionario, la Gramática y la Ortografía rigen para todos los hablantes. Pero la lengua de Cervantes es también la de  Pedro Henríquez Ureña, Rubén Darío,  Jorge Luis Borges, Pablo Neruda,  Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes. En cada país donde es hablado, el español muestra su genio, el que rige para todos, pero también asume peculiaridades, a través del vocabulario y frases que le otorgan tonalidades particulares.

Las variantes operan –señala Bruno- en función de la realidad geográfica, histórica, social y cultural de la región de que se trate. (pág. 337).

El genio de la lengua guarda elementos que parecen tocados por el misterio, pero todos  tienen su explicación.  He hablado al principio del  grupo de palabras que, como  séptimo y  septiembre, proceden del latín,  sin embargo  hay  en nuestra lengua otra familia  de palabras  que lleva la  raíz “sept” que no guarda relación alguna con las derivadas del número siete.

Hablo de séptico, septicemia, septicémico, y otras que   proceden de la raíz griega “septos”, que significa “podredumbre”.  Veamos  las definiciones.

Septicemia. f. Med. Afección generalizada producida por la presencia en la sangre de microorganismos patógenos o de sus toxinas.

Septicémico, ca. (Adjetivo). Perteneciente o relativo a la septicemia.

Séptico, ca. 1. adj. Med. Que produce putrefacción o es causado por ella.2. adj. Med. Que contiene gérmenes patógenos.

Lo contrario de lo séptico es lo aséptico. Pero  antes  hay que hablar de la voz “asepsia”,  palabra que pese a  su raíz griega, nos llegó del francés  “asepsie”. El DLE la define del modo siguiente: f. Med. Ausencia de materia séptica, estado libre de infección.

Con estos ejemplos he querido explicitar  lo que se ha denominado “genio de la lengua”. El concepto genio guarda íntima relación con “idiosincrasia”, palabra que vino del griego con la acepción de “temperamento particular”.  Por no conocer el genio del idioma algunas personas  se extrañan de qué idiosincrasia se escriba con “s” mientras una regla del español manda escribir con “c” las palabras terminadas en “cracia” como democracia, aristocracia, plutocracia, en todas las cuales la terminación “cracia” significa gobierno.  Es claro –indica el genio- que  idiosincrasia no pertenece al grupo de democracia.

Estas reflexiones vienen a cuento a propósito  del  nuevo regalo emanado del  persistente trabajo de Bruno Rosario Candelier en pro de la lengua y la literatura. El genio de la lengua es un  conjunto de textos sobre creatividad, teoría lingüística, consejos en torno al uso del idioma y filosofía de la composición que representan efluvios de sabiduría de un hombre que ha puesto el máximo empeño en transmitir su “veneración sagrada por las palabras”.

Estamos, queridos amigos, en presencia de un libro fundamentalmente motivador,  un libro bien documentado y edificante,  un libro, en fin, capaz de llenar las carencias que padecemos  muchos respecto de la índole de nuestro idioma y de los pasos  necesarios para adquirir la plena conciencia de la lengua y del arte de escribir. Se trata de un libro para ser aprovechado.

©Rafael Peralta Romero

La profecía en El sol secreto, de Ofelia Berrido

Por Miguel Solano

La única que le encuentra razón de ser a la insaciabilidad del viaje es la soledad. Y entonces viene la posesión del momento,  viene “la plaza roja desierta”, porque los poetas  somos los únicos que podemos celebrar “una gira debajo de un palmar”. Y debajo de ese palmar  aparece una soledad que quiere saberlo todo.

¿Casualidad?

En la tarde del primer sábado de noviembre de 2016, el poeta de “Susurros de la Lux”, Eduardo Gautreau de Windt y yo salimos para Peralta, en Azua. Allí nos reuniríamos con Emilia Pereyra y pasaríamos la tarde del sábado y la mañana del domingo ganando naturaleza, poesía y vino que en la ribera del rio Jura Emilia tiene bien acumulada.

Yo iba conduciendo y del equipo de música de la Ford Escape empezó a sonar la canción “Nathalie”, cantada por los chilenos Hermanos Arriagada. La composición es del poeta  francés Pierre Delanoe y  la música del cantante francés Gilbert Becaud. Al escucharla Eduardo empezó a cantarla y a repetirse, lo que todo el mundo se dice cuando escucha ese misterioso poema con música: “¡que canción tan bella!”, “¡que canción tan linda!”, repetí yo, una y otra vez.

El sábado en la noche, comimos, reímos, gozamos, abrimos botellas y bañamos la luna con soleadas polémicas. El domingo un paseo en la montaña y un viaje al rio. Cuando regresamos del rio, Emilia sintió que no encontraba sus lentes y al planteármelo exploramos la posibilidad de que lo hubiese dejado sobre las piedras del Jura. Salimos Emilia y yo hacia el río a buscarlo, inmediatamente. Cuando arrancamos el vehículo nuevamente empezó a sonar “Nathalie” y Emilia comentó: “¡que canción tan bella!” y en la medida que la íbamos escuchando fuimos penetrando en ella, como si penetrásemos en un vacío, como si navegáramos en la mar sin barcos. “y  es una belleza tan misteriosa”, dije yo. “Sí, es bien misteriosa la belleza de esa canción”, comentó Emilia.

Al llegar al rio examinamos nuestras memorias, removimos “el faldón de la pólvora” y recordamos que Eduardo y Emilia se habían quedado conversando mientras yo me había tirado al rio y disfrutado de las poderosas corrientes de agua que bajaban de las cordilleras con “el grito del tambor”. Paseamos cada metro andado anteriormente y no encontramos los lentes, entendimos que habían pasado a formar parte de “el crimen verde”. Regresamos y en la casa, esperándonos, entre “las cenizas del querer” estaban. Los lentes nunca  habían pasado a ser parte del “cóctel de frenesí”, sino que como “el inapelable designio de Dios” fingieron su perdida  para provocar que Emilia y yo conversáramos sobre “Nathalie”: aquello fue un ejemplo vivo de consciente conectado.

La expresión que adoptó Emilia, la mirada que me dio, ese “sí, es bien misteriosa la belleza de esa canción”, se quedaron en mi consciente gravitacional, día y noche, noche y día. Cuando tengo esos momentos clavados en mi alma, palpitando, siempre encuentro como solución salir para San Miguel del Seibo y al entrar en su campo magnético mi consciente conectado encuentra las respuestas.

Unos cinco kilómetros antes de llegar a Hato Mayor, entrando por Los  Hatillos, se toma la carretera que va para San Miguel. Justo cuando la tomé  empezó a soñar la canción “Nathalie”. Voy solo y en la carretera solo tengo como compañía la sombra de los árboles y el aleteo de las aves. Escucho en total concentración la canción y empiezo a entender: “El poema es una profecía”, me digo. Una profecía  tan perfecta y tan  bien lograda que todos pensamos  que se trababa de una alabanza al socialismo, de la perfecta historia de amor.  y sin embargo, era todo lo contrario, era el anuncio de su caída.

El consciente gravitacional  de Delanoe  se había conectado con el futuro y por esa razón, en el 1964, en un período de amplia expansión de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, el poeta vio “la plaza roja desierta”. El poema completo versa así:

La plaza roja desierta

delante de mi Nathalie

Tenía un lindo nombre mi guía: Nathalie…

II

La plaza roja muy blanca

la nieve formaba un tapiz

y yo seguía en aquel frio domingo a Nathalie…

III

Hablaba en francés muy sobrio

de la revolución de octubre

y yo pensaba ya…

que de la Tumba de Lenin

iríamos al café Pushkin

a tomar…un chocolate

IV

La plaza roja desierta

le tome un brazo y sonrió

rubio era el cabello de mi guía: Nathalie…

V

En su pieza de la universidad

un grupo de estudiantes la esperaba impacientes

Reímos, mucho conversamos

querían saberlo todo, Nathalie traducía

Moscú, los llanos de Ucrania y les champs-Elysees,o

de todo se habló

Después cantamos

luego ellos muy alegre

abrieron botellas de champagne de Francia y bailamos.

VI

Cuando todos ya se fueron

estuvo la fiesta en silencio

quede yo solo con mi guía: Nathalie

ya no hubo más pregunta sobre la Revolución de Octubre

ya no estábamos allí

se acabó la Tumba de Lenin

el chocolate del café pushkin

todo, lejos quedo

VII

Que vacía que quedo mi vida

mas sé que un día en París

seré yo quien servirá de guía: Nathalie…

Cada palabra en el poema está colocada en una secuencia profética asombrosa: “La plaza roja desierta…la plaza roja muy blanca, la nieve formaba un tapiz”. Esa plaza roja era el símbolo mundial de una voz y el poeta la vio desierta y blanca formando un tapiz. Tapiz es un “paño grande, tejido con lana o seda, y algunas veces con oro y plata, en el que se copian cuadros y sirve de paramento”, puede ser una “alfombra (‖ tejido con que se cubre el piso)”, pero usada como adjetivo aplica para “una persona que tiene aspecto extraño”. Y esa fue la figura que empezó a mostrar la Revolución de Octubre, en 1964.

“Se acabó la tumba de Lenin, el chocolate del café Pushkin”. El café pushkin ni siquiera existía. Se fundó en 1999, es decir, 35 años después de la canción y como un  homenaje a su fundación en el participó el cantante que hizo famosa la composición: Gilbert Becaud.

“Moscú, los llanos de Ucrania y les champs-Elysees,o”.  Ucrania seria el mayor desafío que tendría el Moscú post soviético y los campos elíseos, la más clara  mirada hacia la libertad

Cuando nuestro consciente se conecta con el futuro trae luz, iluminación y la vida puede verse con una claridad tan meridiana, que el poeta, sin ninguna dudas, puede profetizar lo que viene. Y Pierre Delanoe lo hizo claramente. Al final del poema verso: “Todo, lejos quedó, que vacía que quedó mi vida, mas sé que un día en París, seré yo quien servirá de guía: Nathalie…”

El Código en El sol secreto

La vida creativa de Ofelia Berrido, en el “El Sol Secreto” es una profecía, con algunos matices que  agravan el drama para fortalecerlo.  Cuando el  consciente gravitacional del personaje se conecta con el pasado, no encuentra  respuesta al principal dilema de su  vida: ¡su vocación!, decidir qué hacer con ese cuerpo  que como espíritu se mueve pensando.

El dilema de los personajes no es tanto existencial como la lectura  de la novela puede sugerir. Ya existen y tienen que vivir, aunque sea entre páginas. Las preguntas que se hacen, se las hacen por el dilema vocacional: el personaje quiere saber, lo que tiene que saber y quiere saber qué hacer con lo que ha aprendido, cómo llevarlo de la mano con la vida.

Ofelia nos ofrece una señal en el mismo primer párrafo con el que se inicia la novela:

“Nació flácida, azulada, enjuta, tres días después no aseguraban su vida. Su abuela, la matrona, reunió la familia para orar por su salvación. Imploraban por su restablecimiento; rezos con dobles propósitos pues de no sobrevivir, se transmutarían en guías del alma para traspasar los umbrales de la muerte…”, pág. 1

Luego de pasar el trauma de la migración, la devastación de San Zenón,  Felipe de la Cruz, padre de Lucia,  empieza a tener éxito en la vida económica, pero esos éxitos no traen la luz del Sol, no le traen paz y armonía a su alma y cree descubrir que su vocación es la de pintor.

En la llamada al encuentro con su interior cree descubrir que “Las historias a ser vividas, lo que el destino nos tiene reservado, no lo podemos evitar, no hay escape…”, Pág. 5. Y “Felipe, como acto sagrado, observaba la salida del Sol, tiempo de contemplación de ese círculo infinito, ilimitado, llameante, representación de la fuente de vida, símbolo del espíritu del hombre”, Pág. 6, segundo párrafo.

Erika de Jesús, era su esposa y madre de Lucia, es una “romántica, creía en el amor y la felicidad eterna”. De su constante lectura de “Hamlet”, le quedó, más que ninguna otra cosa, la frase: “Oh, alma mía que quieres librarte y más te pierdes”,pág. 8.

La vida se les torna dolorosa porque el consciente está conectado con el pasado y el pasado no ofrece soluciones al dilema vocacional. La magia ocurre cuando el consciente conectado se encuentra con el futuro, que aunque podría ser incierto, es siempre una propuesta de esperanza. Por esa razón el poema “Nathalie”, termina “Yo sé que seré de guía”.

En los personajes  vive un  universo y en el juego de la vida, los personajes  deciden hacia donde proyectar su luz. Aquí un ejemplo, un muy buen ejemplo,  de cómo funciona el consciente conectado con el futuro:

“…Ah, brillante como la mirada de un recién nacido e igual de profunda. ¿Has visto los ojos de un recién nacido? Tienen una mirada tan profunda, tan centrada, que parecería que vienen de un lugar lejano, mágico, pleno en sabiduría, que vienen llenos de experiencias que contar, que transmitir, pero no, aún no hay forma de comunicarnos.”,  pág. 26. Y esa es la profecía de Ofelia Berrido en “El Sol Secreto”.

El consciente gravitacional no le gusta el lenguaje directo, prefiere el juego en el lenguaje, los códigos secretos, las claves. El consciente gravitacional está ahí, como diría don Bruno Rosario Candelir, “en la cantera del universo”. Y está esperando a que el consciente conectado entre en juego y descifre los códigos.

La novela empezó con la paradoja de una luz que nace muriendo y termina con la paradoja de un apagón que se fuga.  “El Sol Secreto”, sale por primera vez en el 2006, es la primera obra narrativa  de  Ofelia Berrido.  Como narradora omnisciente, Ofelia Berrido tuvo que desarrollar 15 capítulos, en 151 páginas, para contar la historia de Lucia y su familia. Y en esa historia, en la página 26, hay un extraño código revelado, quizás “El Infiel”, o “Pájaros del olvido”, tal vez.

©Miguel Solano
Centro Espiritual San Juan de la Cruz,
Moca/La Vega, Rep Dom,
Noviembre 28/29 de 2016.

Mitología y simbolismos en el lenguaje de El infiel

Por Emilia Pereyra

El infiel, la segunda narración publicada por la escritora Ofelia Berrido, sobre el controversial tema de la traición que pervive en todos los estratos sociales y en todas las épocas,  se inscribe en el  campo de la novela psicológica que exige una peculiar habilidad para explorar las interioridades de los personajes.

En ese caso, la autora navega en las honduras de varios arquetipos y no solo retrata la psicología de los protagonistas. Igualmente, se percibe su interés en  aprehender y revelar las substancias de los espacios etéreos, lo que poco narradores se aventuran a hacer, ya que a pesar de que somos cuerpo, mente y espíritu, solo los creadores de elevada sensibilidad y conexión con la espiritualidad se atreven a explorar el alma, lo cual dota a sus obras de mayor profundidad relacionada con el campo de lo sutil.

En ese caso, la narradora, ensayista y poeta ha bebido en las fuentes del Numen, que  según ha explicado el maestro Bruno Rosario Candelier, en Metafísica de  la conciencia, es la cantera de la sabiduría espiritual del Universo a la que pueden acceder poetas, contemplativos y místicos.

La historia de Berrido versa sobre un triángulo amoroso y aborda no solo el adulterio con sus devastadoras consecuencias, sino el efecto  pernicioso de la mentira, de la traición al otro y  a uno mismo, y los daños que causan la deshonestidad y la ambición desmedidas.

¿Es una novela moralista? No. Es una obra sobre el drama del ser,  de sus  debilidades y acerca de  la ruptura interior y las laceraciones del espíritu. Es una narración sobre lo terrenal y lo espiritual. La autora no adoctrina ni aconseja. Muestra, revela y desnuda las consecuencias causadas por la deshonestidad y a través de su prosa podemos observar el fluir de los sentimientos y las turbulencias de las emociones.

A pesar de que los une un amor prohibido, que ellos consideran puro,  Arturo Amador  y Francesca Lomonte no son amantes ordinarios y sublimizan su pasión. Habitan en su propio parnaso, danzando ante el fulgor de las estrellas. Se ven como “almas inmortales conociendo los deleites del paraíso, muestra de amor eterno, puro y único. Amor Universal que se muestra al mundo en ese  instante de plenitud y gozo: pulsación del Todo”. (p.40).

El lenguaje, predominantemente estándar, está enriquecido con simbolismos e imágenes literarias y se manifiesta en una prosa bien cuidada, que caracteriza la novela. En consecuencia, el buen escribir se halla al servicio de una continua exploración interior que la autora inicia desde los primeros párrafos hasta finalizar el relato de la tragedia de Arturo, Francesca y Norma, la esposa traicionada.

Los personajes principales son educados y reflexivos y pertenecen a la clase media alta. Por ende, no encontramos locuciones propias de los sectores populares de la República Dominicana, ámbito geográfico de la narración, pero sí leemos algunos dominicanismos, que anclan con la cultura vernácula, como son las palabras yipeta y amargue, o expresiones como “botar el golpe”.

Berrido explora el inconsciente, la mente y el alma, estadios relacionados a la dimensión espiritual del ser, a la que todos tenemos acceso, porque forma parte de nosotros, pero que muchos cultores de la narrativa eluden y se concentran solo en las impresiones activadas por  los sentidos,  por temor o desconocimiento acerca de las vastas posibilidades creativas que nos da la inmersión en los cosmos analizados por  Freud, Jung, Lacan y otros estudiosos y en los objetos de estudio de varias filosofías,  como el hinduismo y el taoísmo.

Los personajes de El infiel viven angustiados. Posen gran densidad psicológica,  y la voz narradora tiene plena consciencia de que una de sus tareas es remover los sustratos para penetrar en el inconsciente e indagar en la naturaleza espiritual.

Los protagonistas giran en torno a conflictos que los superan. Por ejemplo, Arturo, un hombre débil de carácter,  tiene mucha capacidad introspectiva y  tiende evaluar y a cuestionar sentimientos, emociones y posturas. Por su lado, la deseada Francesca se desgarra debido a sus propias dudas, a la irregular y confusa situación en la que la sumerge su apasionada relación con un hombre casado, que no acaba de dejar a la esposa, una mujer que pese a saberse engañada prefiere padecer y batallar antes que renunciar  a su estatus.

La poderosa voz narradora predominante, omnisciente en tercera persona, describe con minuciosidad las sensaciones e imágenes que despiertan los sentidos. Al referirse a Arturo, cuando se halla ante el cadáver de la amada, relata: “Se sentía mareado, desfallecía en aquel lugar de olores fuertes: el formol de la muerte, el olor rancio a cadáver conservado por los hombres de ciencia. Ese olor sinónimo de consistencia dura, pero resbaladiza, sensación de hule y de cuero curtido; olor inolvidable a la muerte conservada”. (p.34).

Otra muestra de la manifestación sensorial la encontramos en una escena sobre Podermesky,  personaje secundario caracterizado por su peculiar pedantería, que gana relevancia en el último tramo de la novela. Al respecto la voz narradora describe: “Paladeaba su dulzor leve y los fuertes sabores a nueces y especias dulces, cada bocanada viajaba por los pasajes ocultos de las papilas de su boca y lo incitaba a rememorar las tierras fértiles del Cibao y Villa González…” (p.45).

Simbolismo y drama

La autora escribe: “El niño envuelto en el velo de Isis nadó entre las aguas del Mar Rojo, y pasando a través de una caverna estrecha dejaba la seguridad del vientre, casa, alimentación y amor por lo desconocido. Surgió de la oscuridad acogedora de los tiempos a una luz cegadora que alumbraba un mundo misterioso y hostil. Aquel día, el llanto desesperado de aquella alma encarnada marcó la separación  de su madre y su expulsión del paraíso. ¿Qué sería de él ahora? El recién nacido no sabía a qué se enfrentaría  y, a medida que pasaban las horas, sentía un miedo y una angustia que se eternizarían”. (p.27).

Superponiendo sutiles capas simbólicas,  en relación a la revelación de la luz, se nos narra el nacimiento de Arturo, cuando se produce la primera separación de un ser entrañable que experimenta en su vida.

El simbolismo, el mito y el lenguaje del inconsciente se unen para revelarnos al estado evocativo del amante, afectado por el inesperada muerte: “Soñaba con la amada, con el sonido de su voz embriagadora y eterna, única e insustituible; soñaba con el círculo perfecto, sin principio ni fin; con el gran amor que libera esta vida de luchas y sufrimientos, donde se encontraba atado por una malla tan fuerte que no la podía romper tan fina que no la podía ver…” (p.35).

El infiel es una obra poblada además por míticos dioses del Olimpo, en la que se alude a deidades como Eros (omnipotencia griega,  surgida del caos, representativa del amor y del sexo)  y  Neptuno (señor romano de las nubes y de la lluvia), cuyas cualidades se les transmutan a elementos de la naturaleza como el viento y el mar,  con el que relaciona a Francesca, la hermosa trigueña nacida en la “exuberante península de Samaná cerca de la soleada bahía de cristalino mar” (p.37).

Precisamente la fuerza de Eros, reflejada en las turbulencias del amor contrariado entre los amantes, se desborda continuamente en el relato dividido en siete capítulos y escrito en 202 páginas. Por tanto,  se describe la  consumación de esa pasión. “Le gustaba amarla; su amor lo embriagaba y más allá de eso nada existía. Francesca, sensible y expresiva, acariciaba suavemente las más recónditas veredas del cuerpo de Arturo, que yacía inmóvil, envuelto en el júbilo supremo que solo ofrece el amor. Regocijo puro, inocente y vital. Contacto y roce, fuente de humedad germinal”. (p.39).

La pujanza de Neptuno, el mismo Poseidón de la mitología romana, sacude la interioridad de los personajes y los mantiene en constante turbulencia. Por eso no prevalecen la paz ni la armonía entre los amantes aunque los escalda el amor elevado, lo cual se expresa en fulgurantes imágenes con las que la autora transmite el ardor de los sentimientos en juego.

El simbolismo, también se manifiesta en el relato sobre el momento en que Arturo le entrega a Francesa una alhaja: “Magnífico anillo incrustado sobre una elevación cuadrada de terciopelo azul: cuadratura perfecta. El cuadro dentro del círculo: la ‘seidad’ ilimitada. Era un aro de cadenas, un circulo sin principio ni fin, una alianza, una promesa; símbolo de la inmortalidad, de la armonía universal; manifestación de la divinidad. Amor. Ella, feliz, lo miró con ternura y tras un fuerte y prolongado abrazo planearon sus vidas juntos” (págs. 59-60).

La palabra sentenciosa

La fuerza de ley de la palabra se resalta en esta novela cuando el padre de Arturo lo hace asegurarle, mirándolo a los ojos, que nunca dejará de cumplir las promesas que haga a lo largo de su vida, arguyendo:  “La palabra es sagrada, es lo único que nos diferencia de los animales” (p.29).

Posteriormente, Francesca le reprocha a su amante que use las palabras como instrumento de seducción sin medir consecuencias, y le recalca: “La palabra es algo serio… atesora una enorme fuerza que solo se manifiesta cuando alguien la pronuncia: es creadora de formas, de orden y de mundos; da vida y da muerte y yo ya apenas puedo respirar, me ahogo, me estás matando…” (p.154).

A pesar de que la novela, de claro perfil interiorista,  gira en torno a un argumento estremecedor y  tiene personajes bien esculpidos,  inicio dramático,  final insospechado y posee descripciones coloridas, continuamente estimula la abstracción, el pensamiento y la exploración interior, lo que probablemente desconcierte a ciertos lectores, más  acostumbrados al estremecimiento causado por la carne que a la búsqueda de las sutilezas del espíritu.

Con la escritura de la novela El infiel, la narradora Ofelia Berrido ha ahondado en las  emociones y explorado la amplia espiritualidad de la que forman parte sus personajes, prototipos del todo, y lo ha hecho con el lenguaje del simbolismo  y de los sentidos,  brindándonos un viaje narrativo singular,  propio de su talante introspectivo y dador.

Notas:

1. Ofelia Berrido, El infiel, Santo Domingo, Editorial Letra Gráfica, Búho, 2012. p. 40
2. Ibídem, 34.
3. Ibídem, págs.45
4. Ibídem,27
5. Ibídem,35
6. Ibídem,37
7. Ibídem,39
8. Ibídem, págs. p.59-60
9. Ibídem,29
10. Ibídem,154

11. Bruno Rosario Candelier, Metafísica de la conciencia Santo Domingo, Amigo del Hogar, 2016.

© 2017, Emilia Pereyra
Santo Cerro, La Vega, República Dominicana
26 de noviembre de 2016.