Cántico espiritual

SAN JUAN DE LA CRUZ

 

CÁNTICO ESPIRITUAL

Canciones entre el alma y el esposo

ESPOSA

1

¿Adónde te escondiste,

Amado, y me dejaste con gemido?

Como el ciervo huiste

habiéndome herido;

salí tras ti clamando, y eras ido.

2

Pastores, los que fueres

allá por las majadas, al otero

si por ventura vieres

aquel que yo más quiero

decidle que adolezco, peno y muero.

3

Buscando mis amores

iré por esos montes y riberas

ni cogeré las flores,

ni temeré las fieras,

y pasaré los fuertes y fronteras.

 

PREGUNTA A LAS CRIATURAS

4

¡Oh bosques y espesuras

plantadas por la mano del Amado !

¡Oh prado de verduras

de flores esmaltado!

decid si por vosotros ha pasado.

RESPUESTA DE LAS CRIATURAS

5

Mil gracias derramando

pasó por estos sotos con presura,

y, yéndolos mirando,

con sola su figura

vestidos los dejó de hermosura.

ESPOSA

6

¡Ay!, ¿quién podrá sanarme?

Acaba de entregarte ya de vero;

no quieras enviarme

de hoy más ya mensajero,

que no saben decirme lo que quiero.

 

7

Y todos cuantos vagan

de ti me van mil gracias refiriendo,

y todos más me llagan,

y déjame muriendo

un no sé qué que quedan balbuciendo.

 

8

Mas, ¿cómo perseveras,

¡oh vida !, no viviendo donde vives,

y haciendo porque mueras

las flechas que recibes

de lo que del Amado en ti concibes?

 

9

¿Por qué, pues has llagado

aqueste corazón, no le sanaste ?

Y, pues me le has robado,

¿por qué así le dejaste,

y no tomas el robo que robaste?

 

10

Apaga mis enojos,

pues que ninguno basta a deshacellos,

y véante mis ojos,

pues eres lumbre dellos,

y sólo para ti quiero tenellos.

 

(11 B)

Descubre tu presencia,

y máteme tu vista y hermosura ;

mira que la dolencia

de amor, que no se cura

sino con la presencia y la figura.

 

11

¡Oh cristalina fuente,

si en esos tus semblantes plateados

formases de repente

los ojos deseados

que tengo en mis entrañas dibujados!

 

 

 

12

Apártalos, Amado,

que voy de vuelo.

 

ESPOSO

Vuélvete, paloma,

que el ciervo vulnerado

por el otero asoma

al aire de tu vuelo, y fresco toma.

 

ESPOSA

 

13

Mi Amado: las montañas,

los valles solitarios nemorosos,

las ínsulas extrañas,

los ríos sonorosos,

el silbo de los aires amorosos,

 

14

la noche sosegada

en par de los levantes del aurora,

la música callada,

la soledad sonora,

la cena que recrea y enamora.

 

15

Nuestro lecho florido,

de cuevas de leones enlazado,

en purpura tendido,

de paz edificado,

de mil escudos de oro coronado.

 

16

A zaga de tu huella

las jóvenes discurren al camino

al toque de centella,

al adobado vino;

emisiones de bálsamo divino.

 

17

En la interior bodega

de mi Amado bebí, y , cuando salía,

por toda aquesta vega,

ya cosa no sabía,

y el ganado perdí que antes seguía.

 

18

Allí me dio su pecho,

allí me enseñó ciencia muy sabrosa,

y yo le di de hecho

a mí, sin dejar cosa ;

allí le prometí de ser su esposa.

 

19

Mi alma se ha empleado

y todo mi caudal en su servicio ;

ya no guardo ganado,

ni ya tengo otro oficio,

que ya sólo en amar es mi ejercicio.

 

20

Pues ya si en el ejido

de hoy más no fuere vista ni hallada,

diréis que me he perdido,

que, andando enamorada,

me hice perdidiza y fui ganada.

 

21

De flores y esmeraldas,

en las frescas mañanas escogidas,

haremos las guirnaldas

en tu amor florecidas,

y en un cabello mío entretejidas.

 

22

En sólo aquel cabello

que en mi cuello volar consideraste,

mirástele en mi cuello

y en él preso quedaste,

y en uno de mis ojos te llagaste.

 

23

Cuando tú me mirabas,

tu gracia en mí tus ojos imprimían ;

por eso me adamabas,

y en eso merecían

los míos adorar lo que en ti vían.

 

24

No quieras despreciarme,

que, si color moreno en mí hallaste,

ya bien puedes mirarme

después que me miraste,

que gracia y hermosura en mí dejaste.

 

25

Cazadnos las raposas,

que está ya florecida nuestra viña,

en tanto que de rosas

hacemos una piña,

y no parezca nadie en la montiña.

 

26

Detente, cierzo muerto;

ven, austro, que recuerdas los amores,

aspira por mi huerto

y corran sus olores,

y pacerá el Amado entre las flores.

 

ESPOSO

 

27

Entrado se ha la esposa

en el ameno huerto deseado,

y a su sabor reposa,

el cuello reclinado

sobre los dulces brazos del Amado.

 

28

Debajo del manzano,

allí conmigo fuiste desposada ;

allí te di la mano,

y fuiste reparada

donde tu madre fuera violada.

 

29

A las aves ligeras,

leones, ciervos, gamos saltadores,

montes, valles, riberas,

aguas, aires, ardores,

y miedos de las noches veladores :

 

30

Por las amenas liras

y canto de sirenas, os conjuro

que cesen vuestras iras,

y no toquéis al muro,

porque la esposa duerma más seguro.

 

ESPOSA

 

31

¡Oh ninfas de Judea!

en tanto que en las flores y rosales

el ámbar perfumea,

morá en los arrabales,

y no queráis tocar nuestros umbrales.

 

32

Escóndete, Carillo,

y mira con tu haz a las montañas,

y no quieras decillo;

mas mira las compañas

de la que va por ínsulas extrañas.

 

ESPOSO

 

33

La blanca palomica

al arco con el ramo se ha tornado,

y ya la tortolica

al socio deseado

en las riberas verdes ha hallado.

 

34

En soledad vivía,

y en soledad ha puesto ya su nido,

y en soledad la guía

a solas su querido,

también en soledad de amor herido.

 

ESPOSA

 

35

Gocémonos, Amado,

y vámonos a ver en tu hermosura

al monte y al collado,

do mana el agua pura;

entremos más adentro en la espesura.

 

36

Y luego, a las subidas

cavernas de la piedra nos iremos,

que están bien escondidas,

y allí nos entraremos,

y el mosto de granadas gustaremos.

 

37

Allí me mostrarías

aquello que mi alma pretendía,

y luego me darías

allí tú, ¡vida mía!,

aquello que me diste el otro día:

 

38

el aspirar del aire,

el canto de la dulce filomena,

el soto y su donaire

en la noche serena,

con llama que consume y no da pena

 

39

Que nadie lo miraba;

Aminadab tampoco parecía,

y el cerco sosegaba,

y la caballería

a vista de las aguas descendía.

San Juan de la Cruz y la literatura mística

Por María José Rincón

 

Cuando surge una personalidad creadora del talante de san Juan de la Cruz, la crítica y la historia de la literatura se tambalean en su afán por dar razón de la genialidad de su obra. La misma etapa histórica, las mismas fuentes literarias, incluso parecidas circunstancias vitales y personales, forjan autores de muy diferente nivel de calidad. La calidad poética, la profundidad lírica y la originalidad creadora no están determinadas por estas coordenadas. Esos parámetros de estudio pueden servir como simples herramientas para tratar de aproximarnos a su figura y a su obra.

La España renacentista fue inspirada por el Humanismo y la influencia italiana, por Erasmo y por el ideal del cortesano de Castiglione, por el hombre heroico y por la aspiración a una cultura europea; más aún, universal. Esta España cambia de signo con la llegada al trono de Felipe II, momento histórico que marca el comienzo del peso de las directrices de la Contrarreforma en el ambiente social, político y cultural de la España del XVI.

El retiro del emperador Carlos V al monasterio de Yuste trasluce, como un símbolo casi literario, el triunfo de una concepción ascética del mundo, frente a la concepción heroica, imperante a lo largo de su reinado.

Estas líneas, dibujadas en la creación artística de la segunda mitad del XVI, se muestran en la lírica, campo que más se nos acerca en relación con Juan de la Cruz, en el incremento de tratamiento del tema religioso, apenas tocado por los autores del primer lustro del siglo con la intensidad con que ahora lo encontramos.

Todas las producciones literarias que tratan este tema religioso, muy numerosas, más de tres mil en menos de dos siglos, según el índice bibliográfico de Nicolás Antonio, bosquejan lo que se ha llamado la literatura ascético-mística española. En este notable volumen de producción se ha querido ver un indicio de cómo la tendencia al Misticismo le es propia al genio español, tendencia que no podrá ser corroborada científicamente si no es con un estudio global de la creación, ya no literaria, sino artística, española.

Porque, y esto sí es un hecho fehaciente, y que ha sido objeto de la atención de la historia literaria, lo característico de la literatura española es la concentración de las creaciones ascético-místicas en un corto y muy delimitado lapso temporal, entre los siglos XVI y XVII. Es además una eclosión con pocos antecedentes durante la etapa medieval. Raimundo Lulio quizás sea el más destacado, si atendemos a la religiosidad cristiana, y, con menor importancia algunas manifestaciones de la mística musulmana, que nos llegan básicamente a través de este autor; esta producción ascético-mística contó, además, con escasa sucesión desde entonces hasta nuestros días.

¿Qué circunstancias históricas, sociales o culturales pueden explicarnos este surgimiento aislado, del contexto cultural europeo?

Pedro Sáinz Rodríguez, en su Introducción a la historia de la literatura mística en España, aporta un precioso estudio de los factores que impulsaron a la eclosión de la literatura ascético-mística. Ninguno de ellos aisladamente podría haberla provocado; es la coincidencia y la imbricación de todos la que nos acerca a un conocimiento más profundo del fenómeno.

En España la lucha religiosa se había transformado en un proceso político y de Estado que tiñó la vida del país hasta en sus manifestaciones más insospechadas. La conclusión de la Reconquista, después de ocho siglos de intensa actividad guerrera, dejó una acumulación de energía religiosa, si es que podemos llamarla así, en busca de cauce de manifestaciones. Lo que sí podemos asegurar es el hecho de que no se trata de un fenómeno aislado, sino, como afirma Sáinz Rodríguez, de “la expresión cimera de un estado colectivo”.

Uno de los factores que más contribuyó a la creación de este “estado colectivo” propicio fue la extraordinaria difusión de las ideas neoplatónicas. En España tuvieron una gran parte de responsabilidad en esta divulgación los Diálogos de Amor de León Hebreo, que crearon una sensibilidad general que llegó a tener gran importancia social y cultural.

Aparte de estos elementos externos, si prestamos atención a la lengua, un factor interno y fundamental para la creación literaria, nos damos cuenta de que los creadores de esta etapa encontraron el castellano en un proceso ascendente de consolidación y fijación como vehículo de expresión literaria, cuya calidad ya estaba respaldada por la obra de grandes figuras literarias. Sin embargo, el latín seguía siendo la lengua científica, destinada al tratamiento de temas considerados elevados, como el religioso o teológico.

La labor de estos autores no fue, por tanto, la consolidación del castellano, sino la reivindicación de éste como lengua válida también para la expresión de materias doctrinales, materias “elevadas”, como ellos las llamaban. La trascendencia posterior de esta parcela de la creación literaria española puede explicarse quizás porque tuvo grandes impulsores en sus figuras más destacadas, que no sólo fueron creadores, en el más estricto sentido, sino que contribuyeron a la conservación y difusión de las obras de autores de menor calidad que no hubieran tenido resonancia de no haber sido porque nuestros grandes místicos los recogieron, como muy bien expresa Otis H. Green, “en busca de ayuda con que analizar y expresar su propia experiencia mística”.

Hasta ahora hemos tomado la literatura religiosa como un conjunto global para tratar de acercarnos a la comprensión de su nacimiento y ubicación histórica. Sin embargo, en la historia de la literatura ha existido tradicionalmente una clasificación que la divide en producciones místicas o ascéticas. Como todas las parcelaciones sirve para poner un poco de concierto en la gran variedad de tratamientos literarios de la experiencia religiosa. Pero no podemos llevarla hasta el punto de querer que todos los autores y todas las obras encajen a la perfección, como si de piezas de un rompecabezas se tratara, en uno u otro de los grupos. Debemos acudir a estos conceptos cuando sean necesarios para acercarnos a una mayor comprensión de la creación poética, pero nunca en sentido inverso: nunca manipular la obra poética, con lo que esta manipulación lleva en sí misma de mutilación, para que esté totalmente codificada, para que se amolde a una teoría de la historia literaria.

La poesía calificada como mística tiene la misma estructura formal y emplea idénticos recursos estilísticos que las demás creaciones poéticas. Se considera diferente fundamentalmente por su contenido, aunque éste no deja de ser, en casos como el de San Juan de la Cruz, una variante del tema amoroso, tradicional en la literatura de todos los tiempos. Es esencialmente, y en pocas palabras, la expresión del proceso de acercamiento del alma hacia Dios, teniendo como clímax su unión espiritual. De acuerdo con los estudios sobre este tipo de poesía, se trata de un proceso gradual que se manifiesta a través de tres momentos, denominados tradicionalmente vía purgativa, vía iluminativa, y vía unitiva.

Las obras que reflejan únicamente los dos primeros momentos son consideradas ascéticas; mientras que las que alcanzan el tercer y último grado son calificadas como obras místicas. La literatura mística está fuertemente marcada por una lucha esencial con la lengua; es la lucha por hacer decir a las palabras lo que se considera inefable por definición; es la lucha por conocer y expresar lingüísticamente estados espirituales que trascienden la experiencia sensible acercándose al misterio de lo desconocido. No es más que la lucha eterna del poeta. Por eso la experiencia mística y la experiencia poética están tan íntimamente ligadas. Fray Luis de León, por ejemplo, defendía el temperamento religioso de la inspiración lírica. Cualquier aplicación de esta energía poética a temas vulgares o profanos era considerada por fray Luis como una degradación, una especie de profanación, para usar el término religioso.

Nuestros dos grandes poetas místicos, Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, se insertan plenamente en la tradición literaria española, por su formación y por las influencias recibidas. Por esto podemos tomarlos como ejemplo para profundizar en el análisis del entorno literario de este tipo de creaciones. Sus obras están dentro de una costumbre de canto religioso, a la que se atribuye origen franciscano, y que surgió en el ámbito carmelitano para momentos de recreación durante las festividades. Santa Teresa compone sus versos, y los acompaña generalmente de música, para el solaz de sus monjas. De esta característica derivan algunos recursos de ritmo y estilo. Y también, como no podía ser de otra forma, la imbricación de esta poesía con la de origen popular: no sólo por su molde formal, metros cortos como el octosílabo de cancionero, el romance, el villancico y la glosa, sino por muchas de sus imágenes y símbolos.

San Juan recoge estas influencias métricas populares en sus romances de inspiración bíblica, en sus coplas y glosas. Creaciones de inspiración tan tradicional como la jarcha o la canción de amigo gallego-portuguesa surgen en la poesía mística de san Juan de la Cruz, formando el fundamento estructural del Cántico espiritual, una de sus obras maestras.

Una práctica literaria que en nuestros días casi no concebimos, y que, sin embargo, era muy habitual y reconocida en nuestro siglo de oro, es la de crear versiones religiosas de poemas profanos que habían alcanzado cierto éxito, son las llamadas versiones a lo divino. Son los autores religiosos los que más emplearon esta técnica, basándose ya en poesía profana culta o en estrofas y villancicos populares como es el caso de la famosa Vivo sin vivir en mí teresiana, de la que sólo pertenece a la autora el comentario.

La influencia de la nueva poesía de inspiración italiana, introducida por Boscán y Garcilaso, les llega a nuestros místicos, y en general a los poetas de temática religiosa, a través de la versión a lo divino que Sebastián de Córdoba hace de la obra de Garcilaso de la Vega.

En San Juan este influjo italianizante se observa en la utilización de combinaciones estróficas como la lira o de metros de base endecasilábica. Es en estas composiciones, como dice muy bien Cristóbal Cuevas, “donde se acendra el misticismo lírico, llegándose a los grandes poemas de la insondable profundidad y el vértigo amoroso: la Noche oscura del alma, el Cántico espiritual y la Llama de amor viva.

No sólo aprovechan las corrientes tradicionales e innovadoras en lo que respecta a la métrica y a la composición estrófica. Los tópicos simbólicos de estas dos vertientes de la literatura española, a su vez recogidos en su gran mayoría de la literatura clásica de la Antigüedad greco-latina, se acrisolan en sus creaciones: el ciervo herido, la soledad sonora, la llama de amor viva, son lugares habituales en los poemas de Juan de la Cruz.

Es esta una de las cualidades de la poesía sanjuanista: el efecto de extrañeza, conseguido, según expresión acertada de Luce López-Baralt refiriéndose al Cántico, por “la yuxtaposición sorprendente de elementos poéticos de las más diversas culturas: recordemos el clásico canto de serenas frente al bíblico y miedos de las noches veladores. Se nos obliga, en efecto, a rápidos e improvisados ajustes estéticos entre lo más diversos ambientes literarios: el grecolatino, el bíblico, el italianizante, el cancioneril, el popular”.

Es esta evocación de múltiples connotaciones y resonancias lo que eleva la creación de Juan de la Cruz a una de las cimas de la poesía lírica universal. Cada evocación crea un sentido propio en la estructura textual. De esta forma se ha reconocido a San Juan como un gran poeta simbolista. Dice Francisco Ynduráin: “La verdad es que desde la escuela simbolista es cuando se ha venido prestando más atención a una poesía abierta hasta las más remotas resonancias, y (…) se ha leído con otra actitud la poesía anterior. La magia verbal y el puro simbolismo inagotable, he aquí los valores, las calidades específicas y privativas de la lírica de san Juan”.

Y enlazamos así con lo que me gustaría que fuera la conclusión de esta ponencia: uno de los aspectos más controvertidos en la poesía de Juan de Cruz, condenado a ser controvertido como la mayoría de los creadores geniales. Es una faceta que enlaza al lector, al crítico y al historiador de la literatura. Es la polémica en torno a la recepción de su obra. La contienda se fundamenta en dos acercamientos radicalmente distintos: uno, el de los que consideran como una irreverencia la lectura religiosa, más aún, que no esté dentro de la ortodoxia católica; otro, el de los que utilizan la obra para apoyar una ideología que se aparte de la tradicional.

Estos enfoques encontrados manipulan la obra poética para hacerla encajar en doctrinas convencionales y ortodoxas, o en posiciones dudosamente revolucionarias. Como afirma Domingo Ynduráin, cuyo enfoque crítico recomiendo, “de lo que se trata es de averiguar, dentro de lo posible, cómo funciona la poesía sanjuanista para producir un efecto literario tanto entre lectores de ideología coincidente como ajena. Los intérpretes doctrinarios deberían hacerse también esta pregunta, y tratar de contestarla, pues es precisamente ahí, en ese ámbito de coincidencia entre lectores de uno y otro signo, donde residen los valores literarios de estas poesía”.

Debemos reivindicar la lectura del poema. La lectura sin anteojos, de cualquier clase o color que sean, que empeñen u oscurezcan la resplandeciente diafanidad del misterio de amor de la poesía de San Juan de la Cruz.

 

María José Rincón

1er. Congreso de Poesía Mística

Encuentro del Movimiento Interiorista

Puerto Plata, Fushimaña, 25 de noviembre de 2007.

Luz de oscura llama

 CLARA JANÉS

LUZ DE OSCURA LLAMA

(Interior de un convento.

Juan tiene la visión de su final)

 

1ª VOZ MASCULINA

(En off)

(Severa, odiosa)

¡Qué muera en soledad,

que goce de este último tormento!

LEGO

¡Tanta dureza hacia un alma

que todo lo soporta en mansedumbre!

1ª VOZ MASCULINA

(En off)

¡Y véase privado

de toda compañía!

 

(Entra corriendo una Doncella con unas

vendas en las manos. Se dirige a Lego a

quien se las entrega)

DONCELLA

Hermano, aquí os traigo

las vendas para el santo.

¿Cómo está? ¿duerme?

 

LEGO

¿Quién lo adivina?

Tiene siempre los ojos en lo alto,

y no emite una queja.

El prior lo obligaba

a asistir a los actos

solo por reprenderlo duramente…

 

DONCELLA

mas él resplandecía en luces

y emitía dulcísimos aromas.

LEGO

Ahora ya está inmóvil.

En la celda más pobre lo han metido,

en silencio resiste los cuchillos

que penetran su carne hasta los huesos.

Con fuego cauterizan sus heridas,

sus cinco llagas como las de Cristo,

 en tanto que le niegan medicinas.

 

DONCELLA

Mas él sana al enfermo,

ataja las tormentas,

vence las casas que se derrumban.

LEGO

¿Y vencerá también ese proceso,

esas difamaciones que hasta del hábito

pretenden despojarle?

DONCELLA

Nada podrán.

Y cuando el alma liberada

a la tierra ese cuerpo ya abandone,

el pueblo todo irrumpirá en su celda,

y celebrará gozoso sus milagros.

LEGO

Y hasta los cuatro vientos

proclamarán sus enseñanzas,

pues es maestro místico, pájaro solitario

de cinco propiedades adornado:

La primera, que se pone en lo más alto;

la segunda que siempre tiene vuelto el pico

hacia donde viene el aire;

la tercera que está solo y no consiente

ave alguna junto a sí;

la cuarta que canta muy suavemente;

la quinta que no es de color determinado.

DONCELLA

Porque es abismo

de noticia de Dios la que posee.

JUAN

¡Oh llama de mor viva!

 

PRIMER ACTO

(En el locutorio del convento de la

Encarnación. Monjas con hábito de calzadas

alborotando, enjoyadas, hablando con caballeros

 –cuchicheos, risas, ruidos de trajes-.

Se oye un toque de campana.

Las monjas no hacen caso. Entra Teresa).

TERESA

¡Hermanas! ¿Qué es todo este alboroto?

Ya sonó la campana llamando a la oración.

(Las monjas siguen sin hacer caso)

TERESA

¡Señoras! ¿No me han oído?

¡Pasen al oratorio!

Fray Juan vendrá después a confesarlas.

(Las monjas se van marchando.

Queda Teresa sola)

Muerte dicen es mudar de costumbre,

y estas hijas, que en tal desorden viven,

bravías son, de difícil doma.

Pero yo misma, más de veinte años

con las sayas naranjas

estuve en esta casa

y en tan hermosa celda

que solo abandonarla me dolía.

¡Cuánto tardé en reformar la orden!

(Entra Juan)

JUAN

Loado sea el Señor, Madre.

¿Cómo se halla hoy el huerto

que sus manos cuidan?

TERESA

Todavía agreste y con escasos frutos.

La tierra no labrada

lleva abrojos y espinas.

 

JUAN

Para mayor triunfo del Divino Hacedor

que en floración trocará la maleza.

TERESA

Mas huyen como soplos nuestros días…

JUAN

¿Y aquella monja víctima del maligno?

 

TERESA

Confío en vuestro don.

JUAN

Desvaneced temores.

TERESA

Dichosa el alma

que las cabezas de la bestia fulmina

con lanzada de amor.

JUAN

Es difícil

sujetar a ciento treinta hermanas

a las que el hambre empuja

fuera de estos muros.

Con tanto ir y venir

al halago del mundo se acostumbran.

TERESA

Muy dura es la falta de alimentos.

 

JUAN

Requiere el cuerpo poco auxilio

cuando el alma está próxima al Señor.

TERESA

Mas precisa remedio.

Penitencia en exceso no conviene,

no se halle deleite.

JUAN

Vos, madre,

de manera muy bella dais excusas,

pero harto os complacéis

con el cuerpo de Jesús sacramentado.

Mortificaros he yo en este punto

por vuestra perfección.

TERESA

No apartemos los consuelos de la gracia.

El mismo Cristo necesitó

que un ángel lo confortara.

 

JUAN

Este es el punto nuestro cotidiano:

la noche de la fe.

En la oración debemos insistir.

Y las hermanas de este monasterio…

 

TERESA

Mucho les falta para alcanzar la quietud

que en el sueño recoge las potencias

y ya el agua del río

es quien riega el cercado por sí sola,

es la unión, ese glorioso desatino…

 

JUAN

de todo gusto hay que privarse para ello.

Son oración mental y estudio sus apoyos,

aunque se niegue el entendimiento luego.

TERESA

¡Aguardad! Aquí tengo aquellos libros.

(Teresa coge unos libros y se los entrega)

El abecedario, de Francisco de Osuna,

y otros de Laredo y García de Cisneros.

Harto trabajo nos queda por hacer.

 

JUAN

¡Mientras no nos los estorben

los hermanos calzados!

Parece que Fray Jerónimo Tostado

va camino de Roma

a negociar allí otros nombramientos…

 

TERESA

¡De él nos libre el Señor!

(Irrumpe en escena una monja no

reformada, endemoniada, graznando como

un cuervo. Otras monjas, reformadas, la

siguen hasta que consiguen sujetarla por los

brazos. La Endemoniada se dirige

directamente a Juan)

 

ENDEMONIADA

Cuervos y buitres

ávidos de tu sangre

buscan ya tus entrañas!

 

 

TERESA

¡Calle, hermana!

ENDEMONIADA

Hurgan ya entre las telas de tu carne,

sorben el fuego de tus pechos de hembra,

en número de siete.

TERESA

¡Hermana, sosiéguese!

JUAN

¡Déjela, madre,

Dios nos envía también pruebas terribles!

ENDEMONIADA

Culebra de tu cuerpo

en el cuervo se adentra,

entra en volcán de nieves, penetra la paloma,

rayos arranca a su pulpa encendida.

TERESA

¡Padre, haga algo, que este alma se pierde!

ENDEMONIADA

Dragón de lava estéril,

Elías y Moisés entrelazándose,

fundidos en su semen,

Lucifer que las brasas

por tu goce devoras.

TERESA

¡Acállela, Fray Juan!

ENDEMONIADA

Tu espada vierte aceite en llamas

en mi boca.

Con heridas inmundas

el corazón arrancas

y clavas en la cruz

entre los féretros.

JUAN

¡Suéltenla, nada teman!

(Las monjas dejan libre a la Endemoniada)

 

ENDEMONIADA

Íncubo que me preña

de sapos hediondos,

aenanthol, betel, cáñamo índico, belladona,

cicuta y raíz de heléboro son tus jugos.

Tres de tus pechos

con hiel me amamantan,

los otros tres

con leche de alacrán,

y el uno con Príamo de loco que embriaga.

(Se tira por los suelos y chilla, se da golpes

en la cabeza con el suelo)

TERESA

¡Traigan el agua bendita, hermanas,

que de ella huyen los diablos

para no tornar!

ENDEMONIADA

¡A mí, puto de Dios,

cabrón que con dos cuernos

taladra el pan de sangre y lo maldice!

¡A mí, a mi!

(Una monja trae el agua y un hisopo y otra

una cruz. Juan permanece inmóvil)

 

TERESA

Fray Juan, aquí está el agua.

JUAN

(Inmutable)

Denme la cruz.

(La coge con una mano y en la otra el hisopo)

Adjutorium nostrum in nomine Domini

 

ENDEMONIADA

¡Eres la rosa roja que devora

las palmas más erectas!

JUAN

(Echándole agua bendita)

En nombre de Dios,

yo te lo mando,

deja en paz a esta hermana.

 

ENDEMONIADA

¡Y eres palma de espinas,

que se clavan en mi seno!

JUAN

(Echándole de nuevo agua bendita)

¡Te lo ordeno, vete,

y di tu nombre!

(La endemoniada se retuerce violentamente)

ENDEMONIADA

¡Puto, cabrón, carroña!

Legión, ese es mi nombre.

JUAN

¡Vete, digo, por la Cruz!

ENDEMONIADA

¡Me ahogo ya, en el fuego

y la sangre que desprendes!

¡Ya me invaden!

¡Ya se me va el sentido!

(Queda desmayada)

TERESA

(Dirigiéndose a Juan)

¡Quedó por fin en paz!

¡Bendito sea el Señor

que tal poder os ha otorgado!

 

JUAN

¡Sea bendito y alabado,

y a todos el sosiego nos conceda!

(la Endemoniada se recobra y empieza a

levantarse. Teresa y otras monjas cogen

suavemente a la Endemoniada y se la llevan.

Las demás las siguen. Juan queda solo en escena,

visiblemente agotado)

 

JUAN

¡Oh que extraña fatiga!

Se desvanecen las fuerzas en mi cuerpo,

una niebla me envuelve,

se borran las imágenes

y se funde la voz en mi garganta.

¡Palabra y luz me huyen!

Acaso sea solo la congoja,

pues también esta noche

aquellos caballeros vigilaron mi casa,

sé que mis temores, son fundados:

nos quieren destruir,

exigen que abandone este convento…

en mis ojos se asienta la ceguera,

me acecha la oscuridad…

 

(Juan se dirige a una silla alta que es donde

confiesa, y se sienta en ella. Van entrando las

monjas y se van confesando. Cuando acaban

algunas entregan el hábito de calzadas.

Aparece la Doncella)

 

DONCELLA

Juan es la voz de la llama

que en la noche oscura

abre un camino al alma.

Juan es la roca firme,

inamovible, por la entrega,

pájaro solitario desasido de color.

(La Doncella desaparece. Juan se levanta de

la silla. Entra Teresa y lo acompaña a la puerta.

Él sale. Entra un caballero)

CABALLERO

Fray Juan se niega a abandonar

su cargo junto a ustedes

en favor de un calzado…

hallado es culpable, de rebeldía

y condenado a prisión,

¡por cuánto tiempo guste

el padre general!

TERESA

¡Ah, un viento helado se cierne en los sembrados!

(Las monjas quedan consternadas. Se apagan las luces.

Cae el telón).

(Clara Janés, Luz de oscura llama, Ávila, Talleres de Miján, 2002, pp. 25-41)

San Juan de la Cruz y los juglares de Fontiveros: Discurso de Clara Janés sobre el místico abulense

Srª Alcaldesa de Fontiveros, sr. Presidente de la Diputación,

Ilustrísimo y reverendísimo sr. Obispo, señores académicos

de la Academia de Juglares de Fontiveros,

vecinos de la villa de Fontiveros, señoras y señores:

 

Venir a Fontiveros, cuna de san Juan de la Cruz, es siempre un privilegio, y mucho más cuando vengo para ser designada Juglar de Fontiveros y miembro de la Academia de san Juan de la Cruz, así como Hija adoptiva de la villa y miembro de la Institución Gran Duque de Alba, por todo lo cual me siento honrada y quiero manifestar mi profundo agradecimiento y emoción.

Fuera o no fundada Fontiveros, como dicen unos, por el romano Tiberio, por hallar este sitio especialmente ameno y en él una fuente cristalina, el carácter ameno del lugar y su cristalina fuente permanecieron, y en el siglo XVI tuvieron el privilegio de acoger a uno de los grandes santos y poetas de la historia. Ser Juglar de la villa, formar parte de la Academia de San Juan de la Cruz y ser nombrada aquí hija adoptiva, como decía, me honra y me emociona, pues me acerca al santo que venero y al poeta que más admiro, y siento estos hechos como un regalo celeste, en nada debido a mis posibles méritos. Cada vez me parecen más enigmáticos los movimientos de la vida. Y este hecho concreto lo intuyo como un nuevo nacimiento, el segundo relacionado con san Juan, pues fue su poesía la que me reveló mi propia vocación.

Era yo estudiante en la universidad, cuando mi padre, poeta y editor, contando 45 años, murió de un accidente de coche. Pocas semanas después llegaba a Barcelona, para ocupar la cátedra de literatura española, José Manuel Blecua. Desde un principio sus clases consistieron en la lectura y comentario de poemas. Empezó con Boscán y Garcilaso y, al poco,  nos leía y explicaba el Cántico de san Juan de la Cruz. Yo, espíritu rebelde que en el colegio me escapaba precisamente de las clases de literatura, al oírlo quedé deslumbrada y a la vez sentí que recibía un don, como una herencia. Cierto que a los 6 y 7 años había escrito algún poemilla, pero había quedado sólo en eso. Fue entonces cuando por vía de los versos de san Juan, entré de pronto en la dimensión de las palabras, en sus resonancias tanto musicales como plásticas, y en su enorme misterio, porque transmitían algo que era mucho más de lo que decían. Y esto acontecía de un modo seductor debido a que en el poema cada una destellaba adecuada a la imagen, el símbolo y la música que la requerían.

Ahora bien, si de aquel modo la poesía de san Juan me tocó, fue también porque el terreno estaba dispuesto en mí por el desarrollo de la vida y por dos tendencias naturales: la contemplación silenciosa y la inmersión en la música, ambas aparecidas desde un principio, pues mi primer recuerdo es de música y data de antes de un año y el segundo es de luz y procede del momento en que cumplí los tres. En el transcurso de otros tres años, por un cambio de casa estoy junto al monasterio de Pedralbes con la presencia de las monjas allí encerradas -que salían a ver el mundo un día al año desde el mirador y, en cambio, rezaban a cualquier hora del día y de la noche-, y así se completan las bases sobre las que se construyó mi modo de ser. Esto me sitúa, por tanto, en los seis años, precisamente en la misma edad en que san Juan tuvo que abandonar Fontiveros. ¿Qué recordaría él de su pueblo natal?

Nacido en el seno de una familia muy pobre, en el año 1542, fue el menor –después de Francisco y Luis- de los tres hijos de Gonzalo de Yepes y Catalina Álvarez. Gonzalo, su padre, murió poco después de nacer él, y pasados tres años también murió su hermano Luis. Su madre, Catalina, para ganarse mejor la vida, al parecer en 1548 se trasladó a Arévalo, pasando luego a Medina del Campo (1551).

Medina gozaba de una infraestructura de servicios sociales, como la Escuela de la Doctrina para niños pobres. Los que entraban en ella colaboraban en su mantenimiento participando en diferentes actividades. El pequeño Juan fue admitido, aprendió a leer y escribir y empezó trabajando de carpintero, sastre y pintor, pero no cuajaba en ningún oficio. Lo que le gustaba era estudiar. Cuando dejó la Escuela, pasó a cuidar los enfermos de sífilis del Hospital de las Bubas, y continuó su formación en el colegio de jesuitas de Medina (1559-1563). Su carácter se iba forjando. Conocía la pobreza, las miserias humanas, había visto de cerca la enfermedad y optó por la vida religiosa en la Orden de los Carmelitas, iniciando su noviciado en 1563, a los 21 años. Poco después se trasladó a Salamanca para ingresar en la Universidad. Se llamaba entonces Juan de Santo Matías. Cuatro años más tarde, recién ordenado, fue a Medina a celebrar su primera misa y allí conoció a Teresa de Jesús y a partir de entonces compartió su iniciativa reformista.

Por supuesto en la formación de un carácter cuentan los episodios vividos y los estudios, pero la forma de mirar al mundo es anterior y de gran peso. Tengo la certeza de que ese lugar ameno y esa fuente cristalina, y la atmósfera afable de Fontiveros contribuyeron al despertar del santo a la vida y estuvieron presentes a lo largo de toda ella, como para mí lo está la música que oí desde que nací, ya fuera a través de mi madre tocando al clave obras de Cabezón o de un disco que reprodujera el Concierto para dos violines de Bach, y lo está también el silencio impresionante del gótico monasterio de clarisas de Pedralbes. Si datan de la primera infancia, estas son cosas de mucho peso que permanecen y que no por ser interiores son menos reales que aquellas que podemos tocar. Por otra parte, aquí, en Fontiveros, queda en el aire, indudablemente, el espíritu del santo, pero también están su casa natal convertida en iglesia carmelita, la gran iglesia mudéjar donde reposan su padre y su hermano Luis, y la capilla del Baptisterio, donde él fue bautizado (24 de junio de 1542). Y me pregunto: ¿existían ya cuando él era pequeño estas fiestas de nombres tan evocadores como “lunes de aguas”, “las luminarias” o la “subida de los niños a Las Andas”?

Aguas y luces abundan con profundo significado en la poesía de san Juan, aguas que contienen los artículos de la fe y luces de la “llama” que lo sostiene a lo largo de su difícil vida, vida de Docto Maestro y de humilde monje, difícil encrucijada que le impulsa a escribir, ya en sus últimos tiempos, a la destinataria de su obra Llama de amor viva, Ana de Peñalosa: “Esta mañana habemos ya venido de coger los garbanzos, y así las mañanas. Otro día los trillaremos. Es lindo manosear estas criaturas mudas, mejor que no ser manoseado de las vivas”. No pasará mucho tiempo sin que su salud se resquebraje y sea trasladado a Úbeda donde muere, a los 49 años, la noche del 13 al 14 de diciembre de 1591. En 1675 Clemente X lo beatificó. En 1726 Benedicto XIII lo canonizó. Y en 1926 Pío XI lo declaró Doctor de la Iglesia Universal.

¿Qué hace que la poesía de san Juan sea tan única y pueda de tal modo penetrar en el espíritu? Creo que él mismo nos da la respuesta cuando afirma que sus versos “más parecen dislates que dichos en razón”. Me basta recordar la estrofa que me causó más impacto desde el principio:

Nuestro lecho florido

de cuevas de leones enlazado

de púrpura tendido,

de paz edificado,

de mil escudos de oro coronado.

 

Estas imágenes, sin duda, sorprendieron al mismo san Juan que, aunque sabía lo que su mente albergaba, no estaba analizando cómo se habían producido. Con todo, dijo “parecen dislates”, dijo “parecen”, y lo dijo porque incluso en los momentos más difíciles estuvo con los sentidos despiertos. “Vela mi corazón aunque yo duerma”, había escrito su maestro Salomón.

¿Qué recibe el que por primera vez oye o lee estos versos? Son unas pinceladas firmes de color, desde el verde de los tallos de las flores al posible blanco o azul de las corolas, al púrpura de la realeza –o del atardecer- y al oro de los escudos, la riqueza que encierra el amor, acaso las arras… Y en medio un movimiento de leones y, como contraste, la paz.

Pero también el principio del poema me seducía enormemente. Empieza el Cántico como una quête, una búsqueda. El amado ha desaparecido y la enamorada –en este caso el alma- lo busca por los prados y los ríos y pregunta por él a las criaturas, pastores, animales o plantas, que se va encontrando. Estas le responden. Poco a poco, el poeta va insertando estrofas donde describe el lecho o los elementos seductores del ser amado, ojos, cabello… Algunas de estas estrofas acaso para el conocedor de la Biblia podían resultar claras, otras no. Así se inicia la búsqueda:

1

¿Adónde te escondiste,

Amado y me dejaste con  gemido?

Como el ciervo huyste aviéndome herido;

salí tras ti clamando y eras ydo.

2

Pastores los que fuerdes

allá por las majadas al otero,

si por ventura vierdes

aquél que yo más quiero,

decidle que adolezco, peno y muero.

3

Buscando mis amores

yré por estos montes y riberas;

ni cogeré las flores,

ni temeré las fieras,

y pasaré los fuertes y fronteras.

 

Cuando uno llega a este punto, ya no le importa el sentido de los “fuertes y fronteras”. Ha caído en una red de erres, efes, es y as: flores, fieras, fuertes, fronteras, riberas, amores… Y también lo enlazan los finales de los futuros: cogeré, temeré, pasaré. Además acaba de oír fuerdes, otero, verdes, quiero, muero. Esta es la trama de san Juan de la Cruz. Hay una poesía fonética, en una poesía de imagen simbólica, montada sobre un ritmo que no se pierde ni un instante. Es decir, la fuerza de estos versos reside, para empezar, en el cuerpo de las palabras, en su materialidad, su energía, dictada por la sensibilidad, los sentidos, vehículo por el que el hombre entra en contacto con el mundo en ambas direcciones: hombre-mundo, mundo-hombre. Con esta trama nos entra sin que nos demos cuenta su alto contenido místico.

Es sabido que el hechizo, la palabra del mago, consiste en eso: la repetición de sonidos incluso formando sílabas carentes de sentido. La Cábala hebraica utiliza estos elementos con fines esotéricos. No sé si san Juan conocía esto, pero lo intuía y empleaba.

Hay, en fin, dos estrofas que me perseguían en aquellos años en que yo contaba 18. En ellas se da una enumeración de elementos del paisaje que equivalen al paisaje interior. Estamos en plena noche, pero es una noche de ojos abiertos: nada debe escapar a los protagonistas pues los distintos planos que cada cosa sugiere están hablando, revelando. Estas dos estrofas van dichas por boca de la esposa:

 

14

Mi amado las montañas,

los valles solitarios nemorosos,

las ínsulas extrañas,

los ríos sonorosos,

el silvo de los ayres amorosos,

15

la noche sosegada

en par de los levantes de la aurora,

la música callada,

la soledad sonora,

la cena que recrea y enamora.

 

Yo vivía a las afueras de Barcelona, en Pedralbes. Desde mi casa veía la ciudad y el mar por un lado, la montaña por otro. Para llegar, desde la parada del tranvía, pasaba por el monasterio y recorría un camino de tierra, había árboles y matojos, y un barranco. En mi casa silenciosa, la noche y el amanecer eran mis dominios secretos, que consistían en una ausencia transformada en oscuridad y en luz, en un mar, un monte y unos astros que eran música callada. Fue en aquellos años, en el momento en que descubrí el Cántico, cuando elegí el alba como hora de la poesía. Y sigo en ello, buscando una palabra que procede de la negrura y se revela “en par de los levantes de la aurora”. Ahora sé que estoy en par de otros levantes, la última etapa de la vida, la que para los hindúes es la cuarta, que sigue a la de vagar por el bosque, es decir, la de desasimiento completo y de estar a merced del que pase por el camino y quiera auxiliarte. Y se produce este hecho enigmático: el pueblo de mi santo y maestro me acoge como hija y juglar. Lo siento como una señal y mentalmente me traslado ya aquí con toda alegría, esperando poder entregar aún alguna palabra que acaso acuda a mí dando el salto a la luz desde la oscuridad.

Clara Janés, Fontiveros, 14 de diciembre de 2012.

Intuición mística de San Juan de la Cruz llama viva de la creación teopoética

Por Bruno Rosario Candelier

A

Juan Alberto Tejada Méndez,

cultor ejemplar de símbolos interiores.

 

La contemplación mística

 

Fue san Juan de la Cruz quien vislumbró una singular llama en la noche oscura, el aliento vaporoso de la soledad sonora, así como la intuición de la inteligencia mística, que canalizó en textos de sabiduría teológica y en reveladoras imágenes de la creación teopoética.

El corazón del místico es un ánfora divina impregnada de amor y sabiduría sagrada: experimenta una empatía hacia personas y cosas; tiene una iluminación de lo Alto; y siente un amor infinito por el Padre de la Creación. Ese sentimiento de amor se manifiesta en el júbilo de su sensibilidad, y cuando se desborda, se vuelve un canto gozoso con su expresión emocionada, ardiente y entrañable por la llama que incendia el corazón de los espirituales. Entonces nace la poesía mística, con su triple vertiente estética, simbólica y sagrada, como la más alta creación de la inteligencia humana.

San Juan de la Cruz, el poeta místico por excelencia de las letras españolas, recibió el don de la poesía, el don del sacerdocio y el don de la mística, que fragua en su lírica teopoética mediante el arte de la creación verbal en el más alto grado de la emoción estética y la fruición interior. La creación teopoética se produce en virtud del sentimiento de lo divino. Fluye el anhelo de expresar el torrente emocional, imaginativo y espiritual, que se desprende de una sensibilidad extasiada ante la Belleza sutil y el Misterio trascendente. Y vive una creación que expresa no solo lo que experimentan sus sentidos, sino la hermosa realidad que su intuición percibe. En el fondo de esa creación, hay un sentimiento de ternura sagrada mediante los fenómenos que lo apelan con su encanto. Y adviene el deseo de expresar lo que siente el corazón en un canto hermoso y dulce, ardiente y apasionado.

La creación teopoética es el resultado de una vocación sublime y de una sensibilidad con predilección por la vertiente mística. Y tiene motivos especiales que la inspiran. La sensación de sentir el mundo como creación divina genera el sentimiento de identificación emocional, intelectual y espiritual por lo viviente.

Y todo le habla al místico de Dios, y en todo ve la huella de Dios. Se trata de la participación y la concepción del vínculo divino. En esa vivencia los niños, los poetas y los místicos tienen en común que experimentan un sentimiento de participación con la cosa y de compenetración con todo en virtud del nexo divino que los une. Por eo el místico termina siendo partícipe de una sabiduría profunda que le revela el sentido de fenómenos y cosas o participa de una revelación que le permite aproximarse al misterio del mundo y a la fuente primordial de lo viviente.

En el místico nace un poderoso sentimiento de empatía universal, ternura cósmica y amor divino. La esencia de la vocación mística es el amor, y el amor es una gracia divina. O una llamarada de Dios en el corazón. En virtud de esa gracia aflora un júbilo interior ante el esplendor de la naturaleza. San Juan de la Cruz, el sacerdote y poeta de Ávila que vino al mundo con el nombre de Juan de Yépez, sentía en su sensibilidad el sentimiento que mueve a los iluminados, santos y profetas a expresar su valoración del mundo con la fuerza que despierta su vocación creadora, espiritual y estética. A los poetas místicos los mueve una singular apelación que opera a modo de llamada secreta que atizan motivaciones especiales. En el caso de san Juan apreciamos la señal de una comprensión amorosa del mundo. El poeta abulense se sentía concitado por un espíritu de amor y una inteligencia de lo divino. Movido por una apelación sagrada, su vocación contemplativa era la manera de sentir el alma inflamada en espíritu de amor. Un deseo de iluminación espiritual potenciaba en él el disfrute de la gracia divina, los valores sublimes y la belleza suprema, que culmina en el amor místico, es decir, en ese anhelo de sentir y gozar la unión con Dios.

El santo español, en su condición de sacerdote, poeta y teólogo, fue reconocido como Doctor de la Iglesia y patrono de los poetas. Por eso desde su fundación el Ateneo Insular invocó a san Juan de la Cruz como su patrono espiritual, modelo de creador. Su concepción teológica participa de los dichos de amor en inteligencia mística. Entendía que había que saltar de la vía sensible y la vía imaginativa a la vía contemplativa de la trascendencia para entrar en la vía del espíritu. La vía contemplativa supone un vínculo con lo sensorial, un contacto directo con las criaturas vivientes, para sentirse uno con todo, y en esa relación sensorial, afectiva y espiritual con la naturaleza, halla la forma de comunicarse con Dios.

 

Concepción espiritual y estética

El gran lírico español pertenecía a la Orden de los Carmelitas, que él ayudó a reformar y reorientar con su sabiduría mística y su formación teológica. Este grandioso poeta, místico y sacerdote carmelita creía en el amor como la fuerza que nos une a Dios por cuanto la dolencia divina descubre y revela el sentido de la vida, el valor interior de las cosas y la fuente de la gracia divina. El amor puro y sagrado germina en las almas desapegadas de los bienes materiales y, sobre todo, en quienes desarrollan su sensibilidad con pureza, sabiduría y bondad. La sabiduría mística, la más alta cima del desarrollo espiritual, pasa del conocimiento de las imágenes sensibles al conocimiento de las vías suprasensibles o sobrenaturales mediante la intuición del sentido y la experiencia de lo sagrado. El místico abulense asumía ese don como una gracia divina. Por supuesto, que esa gracia enriquece y potencia la sensibilidad, la visión del mundo y la conciencia espiritual.

En el caso particular de nuestro poeta su sensibilidad estaba marcada por una definida ternura divina con una capacidad de amor inmenso. Y en virtud de esa sensibilidad abierta había en Juan de Yepes una empatía universal hacia todo. Dotado de la gracia poética, la gracia mística y la gracia sacerdotal, su alma vivía inflamada en el amor divino, y esa inclinación amorosa de ver y sentir la huella de Dios en todo lo inclinaba cordialmente hacia criaturas, cosas y elementos.

El místico percibe el mundo como una emanación divina y su visión de la trascendencia pone en el más allá el más alto bien. Para buscar y sentir a Dios, el místico acude a la contemplación, el silencio y la oración, las vías para arrimarse a la realidad trascendente. El sentido de la contemplación implica entrar en el interior de sí mismo para escapar del cerco del mundo. Y es también una ocasión para vivir, en el fuero de la conciencia, la llama de la Luz divina. Los místicos se compenetran con lo viviente mediante una identificación sensorial, intelectual, afectiva, imaginativa y espiritual con lo contemplado y, en el goce de esa empatía amorosa, tienen una vivencia de amor, que es su cuota de eternidad. Desde esa experiencia espiritual se abren a la vivencia de lo sagrado y al sentido de lo Eterno.

Se cree que la experiencia mística se torna inefable por el misterio que entraña, por su condición cerrada y oculta, que es lo que significa la palabra “mística”, del griego myein, que significa ‘cerrado’, ‘secreto’, ‘oculto’, ‘misterioso’, como todo lo desconocido. Como no podemos ver a Dios, ni lo que está más allá del alcance de nuestros sentidos corporales, nos ponemos en contacto con criaturas, cosas y elementos de la naturaleza, y el místico lo hace con la convicción de que todo lo existente es creación divina. Como revelación del misterio o conocimiento revelado de verdades divinas, los místicos acuden a términos simbólicos para comunicar el fulgor extático de la experiencia mística. Algunas voces adquieren una connotación representativa por su irradiación trascendente. En tal virtud, la poesía mística participa de la gracia divina, y el poeta místico le da forma a la vivencia espiritual que lo cautiva cuando vive el estadio de contemplación, silencio y oración:

 

Y si lo queréis oír

consiste esta suma ciencia

en un subido sentir

de la divina Esencia:

es obra de su clemencia

hacer quedar no entendiendo

toda ciencia trascendiendo.

 

En su prólogo al Cántico espiritual, san Juan de la Cruz enseña que se trata de una apelación a “lo puro del espíritu” para llegar a valorar, mediante la contemplación, las verdades divinas (1). Significa que la poesía mística, en su peculiar dimensión como vivencia de la gracia divina, entraña la comunión de valores trascendentes en tanto vivencia sagrada de lo Alto. Para formalizar esa vivencia, el contemplativo necesita soledad, adobada del silencio y la gracia amorosa. El poeta lo revela en Cántico espiritual:

 

Y si lo queréis oír

consiste esta suma ciencia

en un subido sentir

de la divina Esencia:

es obra de su clemencia

hacer quedar no entendiendo

toda ciencia trascendiendo.

 

En su prólogo al Cántico espiritual, san Juan de la Cruz afirma que se trata de una apelación a “lo puro del espíritu” para llegar a valorar, mediante la contemplación, las verdades divinas (1). Significa que la poesía mística, en su peculiar dimensión como vivencia de la gracia divina, entraña la comunión de valores trascendentes en tanto vivencia sagrada de lo Alto. Para formalizar esa vivencia, el contemplativo necesita soledad, adobada del silencio y la gracia amorosa. El poeta lo revela en Cántico espiritual:

 

En soledad vivía

y en soledad ha puesto ya su nido,

y en soledad la guía

a solas su Querido,

también en soledad de amor herido.

 

La poesía mística tiene como base el sentimiento de lo divino y como tema el amor a Dios. Contemplar es ponerse en comunión con lo viviente, meditar las cosas divinas y vivir los misterios religiosos. La contemplación se asocia a la palabra “templo”, lugar de recogimiento, silencio y oración que invita a una mirada reflexiva, sosegada y sagrada sobre los misterios de la vida y el sentido de la trascendencia, y esa mirada contemplativa se hace en la soledad del cubículo, la alcoba o el templo, de manera que el resultado de esa vivencia espiritual se fundamente en la contemplación de lo divino. El poeta místico hace de su mundo interior un templo y, del mundo circundante, la fuente contemplativa de la vía sensorial para modelar, a imagen y semejanza de la Creación, la sustancia que amasa, con el gozo del amor divino, su música íntima. Transido de la gracia divina, el místico contempla jubiloso el esplendor del mundo y a su través el misterio de lo Eterno.

San Juan de la Cruz (1542-1591), sacerdote y poeta, pensador y místico, hizo de Ávila el centro espiritual de la mística y, de su poesía, la cumbre mística de la lírica española con Noche oscura, Llama de amor viva y Cántico espiritual. De hecho, esos poemas sanjuanistas constituyen la más alta expresión de la lírica mística, que es un rasgo distintivo de la poesía española. Su formalización entraña la divinización de la lírica mediante la poesía a lo divino, peculiar de los místicos españoles encabezados por el santo poeta carmelita de Ávila. La poesía mística es la base de la tradición espiritual de la literatura hispánica que se sitúa, como infiere Dámaso Alonso, “en el centro vital de las letras y del espíritu de España” (2).

Un rasgo distintivo de la poesía mística es la asunción del amor y el erotismo, transmutados con la gracia divina en su sentido sagrado. Los poetas místicos asumen el amor y la poesía amatoria para divinizarlos, y esa tendencia a la divinización obedece a sacralidad de su concepción espiritual y a la pureza de la experiencia mística, que se comunica mediante imágenes del amor profano, como enseñan los críticos españoles (3). La mística, con una vigorosa tradición en la lírica hispánica, florece en poetas creyentes dotados de dos excelsos dones: la gracia poética y la gracia mística, que se unifican en la creación teopoética para hacer del sentimiento de lo divino un tributo de amor al Padre de la Creación. Cuando al amor se aúna la gracia divina, se incendia el corazón del poeta con la más ardiente apelación de los sentidos dando lugar a la dolencia divina. Por eso el místico poeta de Ávila pudo escribir en “Llama de amor viva”:

 

¡Oh llama de amor viva,

que tiernamente hieres

de mi alma en el más profundo centro!,

pues ya no eres esquiva,

acaba ya si quieres,

rompe la tela de este dulce encuentro.

 

Como saben los entendidos de la poesía mística, entre ellos Aurora Egido, Víctor García de la Concha y Luce López-Baralt, la locución “romper la tela” de ese encuentro, remite a la época del siglo XVI cuando un telar separaba en las casas la ubicación de los enamorados. El poeta siente una necesidad de expresión, y si a esa necesidad se suma la apelación de lo divino, se enaltece su sensibilidad y exalta su conciencia, fuertemente aguijoneada: herido de amor por la dolencia divina, apelado por el esplendor del mundo y concitado por la gracia sagrada, el poeta siente enardecidos los sentidos con una fuerza irresistible. Con esa motivación, contempla las criaturas del Universo, disfruta el encanto del mundo y aprecia el esplendor de lo viviente como un signo de la presencia divina, y entonces se excita su sensibilidad, se despierta su potencia creadora, se entusiasma su corazón, y canta; y en su canto expresa lo que sacude su emoción al sentir en contacto con lo visible los destellos invisibles de las irradiaciones estelares. Su expresión participa del júbilo místico en un testimonio armonioso, enaltecedor y edificante. Para lograr ese estadio de la espiritualidad mística, que entraña una transfiguración de la conciencia, el contemplador pasa por tres vías hacia el ascenso del espíritu en pos de la gracia mística, como dice el teólogo de Ávila: a) la vía de la purgación, que es la purificación o ascesis de los sentidos; b) la vía de la iluminación, que entraña la transfiguración de la conciencia mediante la gracia divina; y c) la vía de la unión, que conlleva la compenetración del alma del místico con el aliento, soplo o Ruah de lo divino.

 

Cántico de amor sagrado y puro

El poema del místico abulense, Cántico espiritual, inspirado en la dolencia divina, comienza con el dolor de la amada, que lamenta la ausencia del Amado y, al comunicar su estado emocional, para encontrarlo pide auxilio:

 

¿A dónde te escondiste,

Amado, y me dejaste con gemido?

Como el ciervo huiste

habiéndome herido;

salí tras ti clamando, y eras ido.

Pastores, los que fuerdes

allá por las majadas al otero:

si por ventura vierdes

aquel que yo más quiero,

decidle que adolezco, peno y muero.

 

La atribulada esposa interroga a las criaturas de la naturaleza, que responden exaltando las cualidades amables del Amado, y en su búsqueda desesperada acude a elementos contrapuestos (“oh vida, no viviendo donde vives”); contrasta la realidad y el deseo (“los ojos deseados/que tengo en mis entrañas dibujados”); y conjura con intención de ascesis los datos del mundo circundante que describe simbólicamente (“las montañas, los valles solitarios nemorosos, / las ínsulas extrañas, / los ríos sonorosos,/ el silbo de los aires amorosos, / la noche sosegada,/ en par de los levantes de la aurora,/ la música callada, / la soledad sonora, / la cena que recrea y enamora”).

La búsqueda del Amado que expresa la amada del Cántico, a pesar del sentido místico que se le atribuye, apuntala el deseo, que contraviene la tendencia mística, que postula la supresión del deseo. El lenguaje de amor en san Juan de la Cruz, dice Julio Castellanos, es “el lenguaje del deseo”: “Como poema místico es poema del deseo”, y el hecho de acrecentar el deseo, distancia la mística de la ascética (4). A menos que se aplique esa idea al deseo, no ya de la carne, sino del espíritu que anhela el bien divino.

En el amor humano, la búsqueda de la persona amada da sentido al discurso y sustancia a la pasión. En el Cántico espiritual, cifrado en el amor divino, la búsqueda del Amado da sentido al discurso místico y a la súplica de la amada. En la organización del poema, 32 estrofas corresponden a la amada, 7 al esposo y 1 a las criaturas. La amada busca con ansiedad la presencia del Amado y anhela la liberación de cuanto le impide llegar a Él. Con el corazón herido de amor, a la emisaria de los versos se le desmayan los sentidos y clama con el lenguaje de la pasión erótica:

 

¿Por qué, pues, has llagado

aqueste corazón, no le sanaste?

Y, pues me has robado,

¿por qué así le dejaste

y no tomas el robo que robaste?

 

Como todo amante insatisfecho, la amada se rebela contra lo que le impide vivir el amor con la presencia del Amado para sentir y disfrutar la dolencia divina. La acción dramática del poema, similar a lo que acontece en el bíblico Cantar de cantares por la ausencia del Amado, refleja la intensidad y el dramatismo con que el poeta sufre la dolorosa pasión al expresar lo que viven los amantes. En la imagen del poemario del místico de Ávila (“La dolencia de amor solo se cura con la presencia y la figura”), dicha en un contexto de iluminación espiritual, se puede inferir la alusión divina de la amorosa frase. Los poetas místicos usan el lenguaje del amor humano para explicar el sentido del amor divino, aliento que mueve la sensibilidad de creyentes, iluminados, santos y contemplativos:

 

¡Apaga mis enojos

pues que ninguno basta a deshacellos

y véante mis ojos,

pues eres lumbre de ellos,

y sólo para ti quiero tenellos.

¡Descubre tu presencia

y mátenme tu vista y hermosura;

mira que la dolencia

de amor, que no se cura

sino con la presencia y la figura!

 

Tras los clamores el esposo accede al reclamo de la amada y se manifiesta con sus atributos. El poeta se vale de criaturas y datos naturales para exaltar las cualidades del Amado. Sabe el poeta que comunica aliento, gracia, luz, ternura y entusiasmo, lo que estimula el encuentro de amor entre los amantes, que hace hermosa la vivencia de amor que anhela el corazón y disfrutan los sentidos. La vivencia del amor se refleja en la pasión, el ritmo, el acento, las vibraciones del alma enamorada por el goce de la unión, la más alta apelación de los sentidos bajo la emoción de la carne florecida:

 

Entrado se ha la esposa

en el ameno huerto deseado

y a su sabor reposa

el cuello reclinado

sobre los dulces brazos del Amado.

 

El fuego que desata la búsqueda del Amado, igual que en El cantar de cantares que lo inspira, atiza el anhelo del corazón, que se desvive por el aliento de quien hace posible el más hondo reclamo del cuerpo y la más densa fruición del alma. A menudo la realización del amor encuentra escollos y peligros, como sabe todo amante. La persona lírica del Cántico espiritual desafía los posibles obstáculos para vivir la llama del amor, y alude a ellos en la imagen de la fiera, que tiene un linaje bíblico, para enfatizar su disposición de luchar contra miedos, obstáculos y enemigos:

 

Buscando mis amores

iré por esos montes y riberas,

ni cogeré las flores

ni temeré las fieras

y pasaré por fuertes y fronteras.

 

Entonces el poeta describe los encantos del Amado. Se aprecia la dolencia del amor (¿quién que ama no sabe del dolor que entraña amar?). Enfatiza la dolencia del corazón llagado con la herida del amor, y exalta la vivencia de la pasión amorosa. Realmente el amor es el aliento contra la nostalgia, el desamparo y la soledad. Es la más intensa forma de sentir la vida con emoción y vivencia apasionada. Por eso al tiempo que nos alienta y vivifica, el amor evoca la muerte, porque lo más cercano al amor es la muerte. De ahí la relación entre Eros y Thánatos, es decir, entre el amor y la muerte, y a pesar de esa extraña asociación, el amor es el antídoto contra la soledad, el vacío o la nada, y por tanto es la más densa cuota de eternidad que experimentan los mortales. Leemos en el Cántico espiritual:

 

Gocémonos, Amado,

y vámonos a ver en tu hermosura

al monte y al collado

do mana el agua pura;

entremos más adentro en la espesura.

 

Y luego a las subidas

cavernas de la piedra nos iremos,

que están bien escondidas,

y allí nos entraremos

y el mosto de granadas gustaremos.

 

Y allí me mostrarás

aquello que mi alma pretendía

y luego me darías allí tú, vida mía,

aquello que me diste el otro día.

 

Usando el recurso de la táctica amorosa, el Amado se ausenta, huye y no aparece, y entonces con su ausencia despierta el más intenso de los deseos y desata la más honda de la pasión del alma en la esposa enamorada, porque ella no advierte que lo lleva en sus entrañas: “Oh cristalina fuente, / si en esos tus semblantes plateados/ formases de repente / los ojos deseados / que tengo en mis entrañas dibujados”.

La amada finalmente satisface su anhelo de amor, y lo satisface desde la mirada porque la mirada es la forma más asequible para ratificar la presencia de manera que pueda sentir que cuenta con su Amado. En la mirada se percibe lo que siente el alma cuando ama. Y una mirada canaliza lo que cuece el corazón cuando experimenta el anhelo de sentir lo que calma su sed o reclaman los sentidos. De hecho, en el poema se produce la unión a partir de la mirada, en la que se identifican los amantes mediante la cópula de amor en la imagen de la fuente cristalina a la par del deseo reflejado:

 

Escóndete, Carillo,

y mira con tu haz a las montañas

y no quieras decillo;

mas mira las compañas

de la que va por ínsulas extrañas.

(…)

Por las amenas liras

y canto de serenas os conjuro

que cesen vuestras iras

y no toquéis el muro

porque la esposa duerma más seguro.

(…)

En la interior bodega

de mi Amado bebí, y cuando salía

por toda aquesta vega

ya cosa no sabía

y el ganado perdí que antes seguía.

 

Se trata de la vivencia del amor en su punto culminante, el éxtasis de amor con el alma embriagada y los sentidos suspendidos en la llama que incendia el corazón bajo el aliento de la dolencia divina. El poema lo dice de esta forma:

 

Allí me dio su pecho,

allí me enseñó ciencia muy sabrosa,

y yo le di de hecho

a mí, sin dejar cosa;

 allí le prometí de ser su esposa.

 

Es el lenguaje del amor, que enciende la pasión, atiza los sentidos y encanta el corazón y, a su través, concita una réplica traslaticia y simbólica, amorosa y mística, para buscar la unión divina, que es el más alto sueño del místico: conseguir la compenetración con la Divinidad, meta final de la búsqueda mística.

 

La llama de la pasión mística

El Cántico espiritual es la más alta expresión de la lírica mística, que se fundamenta en una contemplación amorosa de lo divino. Mediante la contemplación de la realidad, el poeta místico procura, con el concurso de la intuición, disfrutar la vivencia de lo sagrado. La realidad natural, como se aprecia en este poema sanjuanista, es la fuente de la contemplación. El esplendor del mundo se aprecia como expresión y cauce de la Divinidad.

Para canalizar la búsqueda de lo divino y expresar lo que capta la intuición mística, los poetas acuden a imágenes, símbolos y voces antitéticas que comuniquen la particularidad de la vivencia mística, que participa de una gracia trascendente. Y su creador tiene una sensibilidad especial potenciada por una ternura cósmica, una empatía universal y el amor divino. Tras quedar liberado por la vía purgativa de las pasiones cegadoras y las ambiciones desmedidas, de los egoísmos humanos y los apegos caducos, de las inclinaciones insanas y los intereses subalternos, su espíritu se imanta a la gracia divina que lo embriaga, y comienza un camino de ascenso espiritual a partir de la valoración de lo viviente como expresión de lo divino. La búsqueda mística que se opera en el Cántico espiritual de san Juan de la Cruz se funda en la vivencia de una experiencia de amor y una experiencia mística. De hecho, el poeta se vale del lenguaje del amor para transitar su vivencia espiritual. Y acude a términos y alusiones eróticas con una sensual ternura para dar comunicar el arrebato sublimador del misterio divino: “Allí me dio su pecho, / allí me enseñó ciencia muy sabrosa”;  “cuando tú me mirabas, / su gracia en mí tus ojos imprimían”. Y tras el disfrute de la dimensión sensual pasa al goce supremo del espíritu, “do mana el agua pura”. La amada, entonces, busca la “llama que consume y no da pena”, porque la llama humana, la que enciende el fuego de los amantes, es dolorosa, y aunque alienta y alegra, también hace sufrir y penar, pero la verdadera llama, la llama de lo Eterno, “consume y no da pena”. En esa vivencia de amor el poeta asume lo contemplado como punto de referencia y medio de conexión para alcanzar la más alta vivencia del amor sagrado que anhela el místico en su alta contemplación espiritual. En ese proceso interior, asume y conjura lo real objetivo para dar el salto a lo real trascendente donde se halla su más preciado anhelo. De ahí la empatía cósmica con todo lo que le conecte con lo sobrenatural y, desde luego, la simpatía por la “soledad sonora”, la “música callada”, el “cautiverio suave”, fórmulas antitéticas para expresar la excitación de la pasión erótica que encalabrina los sentidos. Con ese fin, toma de la realidad natural los referentes físicos que usa como símbolos del ámbito trascendente en procura de la gracia divina, la llama alucinante y luminosa, el esplendor sagrado de lo eterno. Y busca vivenciar en su hondura entrañable el sentido último, que es la unión con lo divino. De ahí el hábito místico de ver la ‘luz’ en la ‘noche’, la ‘riqueza’ en la ‘desnudez’, la ‘vida’ en la ‘muerte’, el ‘todo’ en la ‘nada’, como infiere Leo Spitzer (5). Por eso el místico aprecia en lo simple, en la sombra, en la poquedad, una huella de Dios, y por lo mismo se despierta, en contacto con las cosas, la onda del destello sutil que opera el milagro de la luz, el júbilo del amor, la nostalgia del Paraíso que se aplaca en la jubilosa onda de la ternura consentida, en la presencia de una llama de amor o en el aletazo jocundo de lo eterno.

Esta singular vivencia de amor, este goce de la gracia mística, es una experiencia compatible con nuestra vida cotidiana, con cualquier oficio y condición, pues la vivencia mística no es un privilegio exclusivo de monjes, ascetas, iluminados y santos, sino de todo el que tiene desarrollada su sensibilidad espiritual y, cuando se trata de la creación poética, que imprime el aliento místico al arte de la palabra, además de la vocación creadora, es necesario sentir una singular apelación de íntima coparticipación en lo viviente, según el reclamo de una nueva conciencia mediante la contemplación trascendente.

San Juan de la Cruz es modelo de creador en la lírica mística y en Teología, razón por la cual la Iglesia Católica, además de distinguirlo entre los Doctores Místicos, lo declaró Patrono de los Poetas, como en efecto lo hizo su Santidad Juan Pablo II. La creación literaria del santo abulense encarna la excelencia mística y poética a la vez, porque alcanzó su comunicación con la Divinidad, que canaliza en una lengua mediante figuraciones simbólicas formalizados con términos y datos de la naturaleza. De la esfera de lo sobrenatural fluyen voces del Numen y de la Noosfera, que encierra la sabiduría espiritual y sagrada, de manera misteriosa  la voz del Espíritu Santo, como la experimentaron Pablo de Tarso, san Juan de la Cruz y otros místicos que sintieron el aletazo del misterio y escucharon voces claras y entendibles. Por eso el contemplativo y místico de Ávila, san Juan de la Cruz, cuando la madre Magdalena del Espíritu Santo le preguntó, admirada por el portento de sus palabras, de dónde las sacaba para crear versos tan maravillosos, el carmelita le contestó: “-Hija, unas veces me las daba Dios y otras las buscaba yo”. Y así supo transmutar su pasión amorosa en una cálida dolencia divina revestida de un ardor espiritual. Por eso pudo decir: “Mi alma se ha empleado, / y todo mi caudal en su servicio;/ ya no guardo ganado /ni ya tengo otro oficio, / que ya sólo en amar es mi ejercicio”.

Se trata de una apelación suprema que transmuta la apelación erótica en cauce de amor divino. El místico de Ávila vivió su pasión de amor en su búsqueda de lo divino, y se valió de elementos naturales y de anhelos carnales que supo sublimar para cristalizar su búsqueda mística. El poeta y místico del Siglo de Oro español conjugó maravillosamente la erótica y la mística, las dos apelaciones más poderosas que sacuden la sensibilidad humana, y esas dos fuerzas subyugantes encontraron en el poeta abulense el armonioso punto de fusión en virtud de la sensibilidad poética, la apelación espiritual y la vocación mística. En esa relación entrañable y profunda, amorosa y mística, se potenció su vocación de amor divino para enaltecer la lírica mística hispánica:

 

Pues ya si en el ejido

de hoy más no fuera vista ni hallada,

diréis que me he perdido;

que andando enamorada,

me hice perdidiza y fui ganada.

 

Esa marca de la lírica hispánica se expresa en el empleo de formas poéticas popularizantes para acomodar la mística a formas expresivas de fácil comprensión, como el romance, el estribillo o las letrillas, y lo que tipifica el rasgo más definido de la literatura española, su vocación mística, en una clara apelación de lo divino. La poética sanjuanista establece un logro estético en su vertiente mística, que en sus rasgos estilísticos presenta matices del lenguaje y expresiones de la imagen en procura de lo inefable, propio de la contemplación:

 

No quieras despreciarme,

que si color moreno en mí hallaste,

ya bien puedes mirarme

después que me miraste,

que gracia y hermosura en mí dejaste.

 

En otro pasaje del Cántico espiritual, que es un canto de amor, el sujeto lírico alude al amor que su corazón anhela, pero hay que advertir que el autor se refiere al amor divino: determinados términos y expresiones del celebrado poema, como ‘gracia’, ‘agua pura’, ‘cristalina fuente’, ‘noche sosegada’, ‘huerto deseado’ o ‘noche serena’, tienen una representación simbólica con una connotación mística por el sentido sagrado y divino que procuran y enfatizan esas singulares voces y expresiones de la lírica mística (6):

 

Gocémonos, Amado,

y vámonos a ver en tu hermosura

al monte y al collado,

do mana el agua pura:

entremos más adentro en la espesura.

   La creación poética del místico abulense representa una expresión de amor en inteligencia mística, no solo por las figuraciones y semejanzas con valor simbólico y connotación divina sino en atención a la abundancia de sentidos que colinda con la dimensión espiritual. Según san Juan de la Cruz, el alma puede alcanzar una “sabiduría espiritual” en virtud de la inteligencia mística: “(…) esta es la causa por que Dios le da las visiones y formas, imágenes y las demás noticias sensitivas e inteligibles espirituales; no porque no quisiera Dios darle luego en el primer acto la sabiduría del espíritu, si los dos extremos, cuales son humano y divino, sentido y espíritu, de vía ordinaria pudieran convenir y juntarse con un solo acto” (7). La tendencia mística con aplicación estética que en el Misticismo español adquirió una fuerza dominante, tuvo en san Juan de la Cruz una culminación consagratoria, a tal grado que esa vertiente del Realismo trascendente marcó un hito en las letras hispanas y una marca distintiva en la literatura universal. Se trata de una forma singular de hacer poesía, que en la vivencia del amor sublime hace compatible la gracia divina y la gracia poética por la prodigiosa sensibilidad de un creador que tuvo el don de vivir la pasión amorosa en una doble vocación espiritual y estética, para hacer de la búsqueda mística y de la dolencia divina, en su éxtasis de amor sagrado, el más hermoso sentido de la vida con la emoción que embriaga el corazón de los contemplativos.

 

Bruno Rosario Candelier

Coloquio del Movimiento Interiorista

Santiago, PUCMM, 30 de junio de 2001.

 

Notas:

  1. San Juan de la Cruz, Vida y obras, Madrid, BAC, 1960, p. 737.
  2. Dámaso Alonso, Poesía española, Madrid, Gredos, 1971, p. 227.
  3. Ibídem, p. 264. Ver Emilio Orozco, Poesía y mística, Madrid, Guadarrama, 1959, 47ss.
  4. Julio Castellanos, “San Juan de la Cruz: el amor como lenguaje”, en Ciclo de poesía religiosa y mística, Córdoba, Argentina, Ediciones Sade, 2000, p. 40.
  5. Leo Spitzer, Lingüística e historia literaria, Madrid, Gredos, 1968, 2da. ed., p. 194.
  6. Gracias a la profunda interpretación mística de la destacada sanjuanista puertorriqueña Luce López-Baralt, por el Cántico espiritual de san Juan de la Cruz sabemos que la poesía extática del reformador abulense combina el fondo ortodoxo de la teología cristiana con la forma alumbrada de la literatura sufí, lo que explica el misterioso lenguaje del poeta más sublime de la literatura española. Cfr. Luce López-Baralt y Eulogio Pacho, San Juan de la Cruz: Obra completa, Madrid, Alianza Editorial, 1999, 3ª. edición, pp. 7-48. Cfr. Luce López-Baralt, Asedios a lo indecible, Madrid, Trotta, 2009.
  7. San Juan de la Cruz, Vida y obras de san Juan de la Cruz, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1960, p. 186.

Pautas para el empleo de la coma, el punto y el punto y coma (1 de 2)

Por Tobías Rodríguez Molina

 

Es bien sabido que,  por la  estructura sintáctica de la lengua española, hay aspectos de ella que nos resultan dificultosos cuando de aplicar las normas se trata.  Uno de ellos es el que tiene que ver con el empleo de la coma, el punto y el punto y coma. En lo que respecta al uso de los signos de puntuación en general, encontramos en www.divulgaciondinamica.es lo siguiente: “Los signos de puntuación permiten jerarquizar el texto e influir de forma decisiva en el ritmo narrativo además de aportar claridad al mismo eliminando ambigüedades o malentendidos cuando aparecen mal colocados.” De ahí la importancia del buen empleo de los signos de puntuación y, en concreto, de la coma, el punto y el punto y coma.

No hay  dudas de que muchos usuarios tienen serias dificultades con el uso de esos signos de la lengua, y de que  es bastante frecuente en ellos  el empleo de la coma en lugar del punto y coma y aun del punto.  Mi experiencia docente del área de  redacción y de corrector de estilo de libros y tesis,  me lleva a  afirmar que es un usuario excepcional de la lengua aquella persona que en una página de  texto no escriba, más de  una vez, una coma en lugar del punto y coma o del punto.

En esta  ocasión trataré de contribuir a que esta situación se  revierta en su caso si usted es de los que tienen  dificultad con esos signos de puntuación.

Mi opinión con respecto al mal empleo de la coma, el punto y el punto y coma, es que los textos que tratan ese tema no son precisos al presentar las normas a aplicar para el acertado empleo de esos signos, y dejan al que  lee las normas, lleno de dudas e inseguridades. Al respecto, un alumno que hizo un curso de español conmigo y que tenía serias dificultades con la puntuación, me confesó que antes no se atrevía a enviarle ni un papelito a nadie, pero que ya le podía enviar una carta a cualquiera, pues aprendió a usar los signos de puntuación y eso lo llenó de confianza y seguridad en sí mismo a la hora de redactar cualquier texto.

En esta ocasión trataré de quitarles dudas e inseguridades a quienes me lean, presentándoles el uso de cada signo en particular con la parte teórica y ejemplos de cada caso.

Usos de la Coma.  Iniciemos diciendo que la coma tiene varios  usos obligatorios y otros que son opcionales,  como aparece detallado a continuación.

Usos Obligatorios:

  1. Un uso obligatorio es aquel en que se emplea la coma para indicar la separación de cada uno de los componentes de una serie de elementos análogos (semejantes), sean palabras, frases o proposiciones. Ejemplos: a. Naranja, cajuil, piña, melón y guanábana son frutas muy nutritivas. ; b. Por la mañana, al mediodía, por la tarde y por la noche tocaba sus canciones preferidas en su guitarra. ; c. Escribía cuentos, leía novelas, escuchaba música clásica y también jugaba tenis.
  2. También se emplea la coma en forma obligatoria para separar partes oracionales que tienen carácter incidental, es decir, aclaratorio del sentido principal de la oración. Ejemplos: a. Los  jóvenes, si los orientan bien, tendrán una conducta correcta. ; b. Tus notas, eso era de esperarse, no fueron tan altas como las del cuatrimestre pasado. ; c. Estudió muy poco y, sin embargo, obtuvo una nota excelente en su examen de Matemáticas II.

Es bueno saber que los incidentales se pronuncian desligados, en cierto modo, del resto de la oración y normalmente en un tono más bajo, y si se suprimen se mantiene una oración completa. Hagamos la prueba con esta sencilla oración: Eso, según parece, tú no lo sabías. Por supuesto, si quitamos el incidental “según parece”, nos queda la oración completa, que es  “Eso tú no lo sabías”.

  1. Además de los casos anteriores, se debe marcar la coma delante de “sino” cuando esa palabra aparece en medio de ideas o contenidos contrapuestos. Ejemplos: a. No estaba concentrado en su tarea, sino distraído dibujando muñequitos. ; b. Este diseño no lo realizó Pedro, sino la arquitecta Lucía Medrano.
  2. También se usa la coma en forma obligatoria en el caso del vocativo. Veamos unos ejemplos: a. Pamela, pásame esa mascota. ; b. Pásame esa mascota, Pamela. ; c. Pásame, Pamela, esa mascota. Fíjense que hay que tener en cuenta la ubicación del  vocativo, pues de eso puede   depender  la cantidad de comas y dónde se escribe(n).
  3. Escribiremos coma, también obligatoriamente, delante de “ya que”, “puesto que”, “en vista de que”, etc., con carácter o sentido consecutivo, es decir, que expresan, en  las proposiciones de una oración compuesta, una relación de causa-consecuencia y que no permiten el empleo del  punto y coma o del punto por el nexo que las relaciona, y porque, por el  sentido que expresan, la una necesita de la otra. Ejemplos: a. Deja de estudiar tanto, ya que has estado muy débil últimamente. ; b. Seguro que obtendrás buenas notas, puesto que has estudiado muy bien el material que te asignaron.
  4. También se usará coma obligatoria delante y después de “es decir”, “o sea”, “esto es”, “por consiguiente”, “en efecto”, “por lo tanto”, “sin embargo”, etc., cuando estas expresiones relacionan partes de una oración simple. Ejemplos: a. Esa joven, es decir, Matilde, trabaja en una empresa de Bonao. ; b. Y Agustín Pérez, en efecto, renunció  como contador de esa compañía. ; c. No le aplicaron correctamente lo que estipula el contrato. Y ella, por consiguiente, reclamó sus derechos.
  5. Se usará también coma obligatoria después de “en afecto”, “es decir”, “o sea”, “esto es”, “por consiguiente”, “por lo tanto”, “sin embargo”, etc., cuando estas expresiones unen partes (o proposiciones) de una oración compuesta. Veamos ejemplos de este caso 7: a. El maquinista está muy cansado; en efecto, los duros trabajos realizados lo afectaron fuertemente. ; b. Renato es un empleado muy competente; es decir, lo que le toca resolver lo realiza a la perfección. ; c. Ella estaba muy cansada; sin embargo, media hora más tarde siguió preparando su examen.  (Continuará)

Clavo, desespere, paniqueado

Por Roberto E. Guzmán

CLAVO

“Ahora nadie en inopia y todos con un CLAVO guardado”.

¿A quién en su sano juicio se le ocurre guardar un clavo? Para que alguien guarde un objeto tan común, ha de ser muy especial o tener un valor sentimental muy elevado.

En verdad se está evitando develar el sentido de este clavo dominicano en esta parte. Más adelante llegará el lugar oportuno para hacerlo. Antes de llegar a esa parte, ha de aumentarse la expectación.

El clavo tiene larga historia en la lengua española. La acepción dominicana del clavo tiene precedentes semejantes en el español de otros países. No obstante, este clavo dominicano reviste características que lo individualizan. Se repasará esto más abajo en detalle.

En México el clavo es dinero, ya sea este en monedas, billetes o en objetos de valor guardados, escondidos. En ese país con ese nombre se designa también el escondrijo donde se guardan cosas.

La característica principal en el clavo dominicano, además de ser guardado, ahorrado, es que esto se hace con la intención de hacer frente a contingencias desagradables, para momentos o situaciones de necesidad.

Puede añadirse a lo que es puramente de la lengua que el clavo en otras regiones del país se llama “puñal”. Las personas que generalmente recurren a esta sana costumbre de ahorrar dinero para los tiempos difíciles son las mujeres. En algunas ocasiones los maridos de esas mujeres están al tanto de que ellas han distraído ese dinero, pues no hay mala intención en ello.

Llama la atención en la elección de las dos palabras dominicanas para el dinero ahorrado y escondido el hecho de que tanto puñal como clavo son objetos que pueden clavarse, hincarse, son objetos que penetran.

Aparte de lo ya consignado el clavo sirve para calificar otras cosas. Por ejemplo, se llamará clavo a la película de mala calidad, que aburre. Según parece esa calificación pasó a otros ámbitos, así lo registra el Diccionario del español dominicano (2013:191), pues incluye las actividades y los libros tediosos entre los que pueden calificarse de clavos.

 

DESESPERE

“. . . en realidad están en un DESESPERE atroz . . .”

La inventiva del hablante de español dominicano puede decirse que no conoce límites. Esto que se afirma se escribe sin desmedro del respeto que merecen las creaciones léxicas que existen en otros países.

Se está en la certeza de que los lectores de estos escritos ya saben que estas líneas tienen dos enfoques. Uno de ellos es el que concierne a la producción semántica de la actividad del habla; del modo en que se hace en esta sección. La otra vertiente de los enfoques tiene por objetivo recordar algunas nociones aceptadas por la mayoría de hablantes cultos.

El hablante dominicano no se conforma con el léxico que ha aprendido a través del tiempo, sino que crea nuevas voces que se ajustan mejor a sus necesidades expresivas.

En otro aparte se examinó la voz desespero. En esta ocasión le toca a desespere. Ambas voces son usadas en funciones de sustantivos. Esto a pesar de que en el español general existe la palabra desesperación.

El Diccionario del español dominicano (2013:253) asienta la voz desespero, “Impaciencia, intranquilidad”. Por medio del concepto que trae ese lexicón puede percibirse la diferencia entre esa voz y la desesperación. La última es la falta total de esperanza.

En el desespere hay agitación producto de la tensión e incertidumbre. Se utiliza la voz para transmitir el estado de ánimo que resulta de una determinada situación o actividad.

Puede aventurarse una explicación para establecer la diferencia entre el desespero y el desespere. Tal y como es posible hacerlo mediante la lectura de lo vaciado antes, el desespero es más suave, la situación emocional se manifiesta más en el interior de la persona. En el desespere trasciende al exterior el estado afectivo. Si lo que se ha expuesto más arriba se considera razonable, valdría la pena hacer un espacio para este desespere en los diccionarios de español dominicano del futuro.

 

PANIQUEADO

“La gente está PANIQUEADA. . .”

En el español regulado y reglado no hay un verbo derivado del nombre pánico que exprese el miedo o temor muy intenso que se siente o experimenta. En lugar de un solo verbo se hace necesario recurrir a una perífrasis con un verbo.

De modo indirecto puede decirse que una persona es “presa de pánico, que esa persona es presa del pánico, que fue paralizada por el pánico, entró en pánico”. Así mismo se dirá o escribirá que algo “causa, provoca, infunde, inspira, despierta pánico”.

No conforme con estos recursos que la lengua ha puesto a disposición del hablante; como producto de la práctica del habla y sobre todo de la escritura, algunas personas no se sienten cómodas con esas vueltas y prefieren disponer de algo más directo para expresar la impresión que sienten bajo los efectos del pánico.

Es de esa actitud de inconformidad de donde se deriva que algunos hablantes hayan sentido la necesidad de abreviar el mensaje y se hayan entregado a la tarea de crear un verbo, paniquear.

La lengua inglesa es muy posible que haya tenido influencia en esta creación del verbo paniquear y del adjetivo paniqueado. En inglés el verbo to panic puede ser transitivo e intransitivo.

Hace ya bastante tiempo que en el habla se usa el verbo y sus derivados. El Diccionario de americanismos de la Asociación de Academias de la Lengua Española registra el verbo “paniquearse” en funciones de intransitivo pronominal en uso entre los hablantes jóvenes en Estados Unidos, Guatemala, Costa Rica, República Dominicana, Puerto Rico y Ecuador. En México es de uso popular. En estos países se emplea para, “Experimentar pánico, alarmarse”.

En algunos países se utiliza solo para, “Tener pánico por efecto de las drogas”.

Ramplimazo / ramplinazo, papadió, a escondidas / a *escondida, etéreo / estéreo

Por Roberto E. Guzmán

RAMPLIMAZO – RAMPLINAZO

“A pesar del RAMPLIMAZO que yo le había propinado. . .”

En el español dominicano existe este ramplimazo documentado en la literatura. De acuerdo con lo que recuerda quien escribe estas notas acerca del idioma dominicano este había oído una voz con una pequeña diferencia en su ortografía con igualdad de acepciones, ramplinazo.

Es muy probable que la voz primera para el “golpe fuerte que se recibe” fuera la que termina en -nazo (con ene/n/) que cambió a la letra eme /m/, como resultado de la atracción que le hizo la existencia en español de la palabra mazo, con el significado de “martillo grande o, maza pequeña para machacar”. Ha de tenerse en cuenta que los vocablos martillo y mazo son herramientas para golpear; por lo tanto, tienen relación con ramplimazo.

Que algo como lo que se sugiere ocurriera no es un fenómeno raro en las lenguas, pues ha ocurrido y está ampliamente documentado en la historia del español. El más fácil de explicar y de entender es el de vagamundo por vagabundo.

El ramplinazo ha evolucionado a través del tiempo. Comenzó por ser solo el golpe fuerte. Luego pasó a ser la señal que deja el golpe. De ahí a significar la reprimenda severa. Al final llegó hasta a designar el “impulso repentino de hacer algo”, que es una metáfora sedimentada quizás en el rasgo de “inesperado o imprevisto” que consta en su definición.

Por una inexplicable razón o, sin ella, desde la primera vez que se oyó esta voz hace cerca de sesenta y cinco años, se ha identificado el golpe del ramplinazo, ramplimazo con el que se propina con una espada, espadín o machete. Esto así quizás por aquello de “planazo” que es el golpe que se da con la plana del machete o del sable. El propósito o en todo caso el resultado de este tipo de golpes es producir contusiones y no heridas cortantes. El ran/ram de la primera parte de esta voz “suena” como una onomatopeya que mueve a pensar en el sable, el machete y la espada cuando estos golpean.

 

PAPADIÓ

“. . . cierto que se está llevando mucha gente a visitar a PAPADIÓ. . .”

Hay que celebrar que algunos escritores y periodistas rescaten algunas voces del habla diaria que de otro modo caerían en el olvido. Este Papadió es una de ellas.

Se escribió Papadió con pe /p/ inicial mayúscula porque se usa en lugar de simplemente utilizar Dios que es un nombre propio antonomástico, por tanto, pasa a tener las mismas cualidades que el Dios es para la persona que profesa una religión monoteísta.

En la voz del título no hay secreto. Se ha formado utilizando la palabra papá en tanto nombre de alguien protector, de allí que algunas personas al mencionar a esa divinidad lo hagan más cercana a sí mismos, Papadió. Hay quienes para mencionar al dios que reconocen lo hacen llamándolo “El Padre”.

El Diccionario de americanismos de la Asociación de Academias de la Lengua Española recoge la voz Papadios en tanto reconocida en Panamá y Venezuela. Una vez más hay que destacar la gran coincidencia que existe entre las voces populares corrientes de República Dominicana y Venezuela.

Queda claro mediante lo expuesto más arriba que una cosa es la representación de la voz para consumo de los eruditos y otra la forma de pronunciarla en las conversaciones de cada día, de allí que quien la usó, la escribió de la manera en que suena en el habla descuidada. La escritura refleja una costumbre típica del habla diaria.

Con lo que se ha escrito aquí y la documentación que se mencionó antes queda preparado el terreno para que se incorpore esta voz a los diccionarios del habla de los dominicanos.

 

A ESCONDIDAS – A *ESCONDIDA

“. . . se está defendiendo, hasta A ESCONDIDA . . .”

Algunas locuciones al escribirlas resultan víctimas de la pronunciación descuidada. Eso a lo que se aludió en la oración anterior parece que ha sucedido en el caso de la locución adverbial de conocimiento general “a escondidas” que en el texto copiado más arriba figura sin la ese /s/ final.

Hay que señalar que la locución del título es muy conocida. El problema que se presenta con esta en la cita es en lo relativo a esa última letra ese /s/, que al decirla “se queda en el buche”, no se enuncia porque no se reconoce de inmediato razón alguna para que la lleve. Puede ser también porque en el habla cotidiana la ese /s/ final desaparece.

A escondidas lleva el mensaje de “escondiéndose, tratando de no ser visto”. Diccionario fraseológico documentado del español actual (2017:307). El Diccionario de uso del español (2007-I-1229) ofrece una equivalencia que se presenta mejor para aclarar el concepto en cuanto al sentido con que se usa en la cita, “ocultamente, ocultándose”.

 

ETÉREO – ESTÉREO

“. . . lo que no puede ser visto, imperceptible, ESTÉREO . . .”

El refinamiento puede llevar al error por exageración. Esa es la impresión que se percibe al leer la frase que a manera de ejemplo engalana esta sección. La refinada ese /s/ colocada fuera de sitio cambia en este caso la significación de la palabra.

De las dos palabras del epígrafe una pertenece al lenguaje culto, al tiempo que la otra comenzó por ser del lenguaje técnico para acabar en el habla común del hablante de a pie. Esto y más se detallará más abajo.

Etéreo es un término que pertenece a la Filosofía. De allí pasó a la literatura. Se ha quedado en las alturas. Comenzó por ser adjetivo relacionado con éter. En el lenguaje literario lo recogieron por la cualidad de sutil, vago, impreciso, sublime. De allí lo llevaron a designar “del cielo”. Todo lo anterior se extrajo del Gran diccionario de la lengua española de Larousse.

El vocablo estéreo tiene un currículo más pedestre. De unidad de medida en su origen se hizo famoso por haberlo adoptado la comodidad del hablante como el apócope de estereofónico. El rasgo definitorio de la estereofonía es que da sensación de relieve a los sonidos.

En el habla de los dominicanos estéreo cobró el valor de sustantivo equivalente de “equipo de sonido estereofónico”. Se popularizó el sistema hasta que dejó de llamar la atención por su omnipresencia.

Etéreo es un palabra de domingo. De día festivo y círculo escogido. Goza por nombrar las cosas que están más allá de la tierra, lo celestial, espiritual. Cuando se utiliza para una cualidad de algo se destaca con este término su falta de sustancia material. De allí es de donde los escritores han tomado el término para llevarlo a significar lo delicado o refinado.

Por lo vaciado en el párrafo retropróximo puede apreciarse la gran distancia que separa los dos vocablos del título. No hay “perdón de Dios” para quien confunde los dos vocablos.

 

Tendencia al empleo del yqueísmo y del ydesqueísmo con “Ojalá”

Por Tobías Rodríguez Molina

 

Se cuentan por miles (se dice que son 4000) las palabras del castellano que tienen origen árabe, muchas de las cuales empleamos diariamente, como son aceite, almohada, baño, limón, naranja, quintal.

Una de las palabras que proceden de esa lengua y que usamos con frecuencia  es “ojalá”. Esta tiene matiz religioso y significa, por los elementos constituyentes que la forman, “Si Dios quisiera” o “Quiera Dios”. En el uso español expresa un deseo del que habla hacia aquel con quien intercambiamos,   nos comunicamos o en quien pensamos.

Así, cuando decimos “Ojalá que te vaya bien en tu viaje”, expresamos “Queremos que te vaya bien en tu viaje”. Pero por la implicación religiosa que tiene “ojalá”, como lo acabamos de decir,  por su origen árabe, implícitamente queremos significar “Quiera Dios”  o “Nos gustaría que Dios quisiera” que te vaya bien en tu viaje.

Pasando al plano sintáctico, que es lo que quiero exponer esta vez, diremos que la oración “Ojalá que te vaya bien en tu viaje”, está constituida por una oración compuesta de dos proposiciones, una que es la principal, y la otra que  es una subordinada adjetiva con función  de objeto directo. La principal es “Ojalá”=Queremos=Quiera  Dios=Nos gustaría que Dios quisiera; y la subordinada de objeto directo “que te vaya bien en tu viaje.” Esta última, la subordinada, en buen castellano, irá iniciada por “que”. Por esa razón, en toda oración iniciada por “Ojalá” la palabra que le debe seguir es “que”, al igual que como lo hacemos con “Queremos que…”, “Deseamos que…”, “Quiera Dios que…”

Es de notar que ninguno de nosotros dice ni ha oído decir “Queremos y…”, “Queremos y que…”, “Quiera Dios y que…”, pero con el empleo de “Ojalá” sí escuchamos a muchos decir “Ojalá y que…”, “Ojalá y…”, como en los casos siguientes:

  1. Ojalá y que te vaya bien en tu viaje.
  2. Ojalá y te vaya bien en tu viaje.

Al uso que aparece en el ejemplo 1,   se le ha dado el nombre de “yqueísmo”, y al que aparece en el 2, se le ha nominado “ydesqueísmo”.  En el “yqueísmo” se usa indebidamente  “y” delante del “que” que pide la sintaxis, y en el “ydesqueísmo” se elimina  “que” y en  su lugar se emplea  “y”.

Esos dos usos sintácticos, quebrantadores de la sintaxis tradicional del castellano, están apareciendo en el habla dominicana con mucha frecuencia, o mejor dicho, con extremada frecuencia. Para constatar lo que acabo de afirmar, vea y  escuche el canal Telesistema, en su horario de 6 a 8 de la mañana, dedicado a noticias, comentarios y entrevistas. Allí escuchará el “ojalá” con el empleo del “yqueísmo” y del “ydesqueísmo” de parte de una comunicadora.  Lo mismo sucederá en Colorvisión en el programa de 8 a 10, cuando la locuaz y joven comunicadora  usa “ojalá”.  A ambas comunicadoras, con su admirable fluidez expresiva, las escucharemos decir “Ojalá y …”, y “Ojalá y que…” Es muy probable que escuche “Ojalá y que…” en boca de otros muchos comunicadores y usuarios dominicanos, al igual que “Ojalá y…”, aunque también escuchará, como yo escuché en la Z101, y en emisoras de radio y en canales de televisión, el empleo de “Ojalá” en la forma sintáctica que nos dicta la norma, es decir: “Ojalá que…”

Además del “yqueísmo” y del “ydesqueísmo” usado con “Ojalá”, se da, aunque con menor frecuencia, el “desqueísmo”, que consiste en emplear “Ojalá” sin el “que”, como sería “Ojalá llegues temprano a La Vega”.

Está tan metido en el  hábito lingüístico de las dos comunicadores ya mencionadas, el emplear “Ojalá” alejado de la norma sintáctica, que es muy improbable escucharlas decir “Ojalá que…” Aparentemente ese uso lingüístico aparece empleado, tratándose de comunicadores, con mayor frecuencia, en comunicadoras. Y  decimos aparentemente al no existir ningún estudio con valor científico sobre este tópico, por lo cual solo podemos hablar de este fenómeno por simples apreciaciones.

Ahora bien, ¿cuál pudiera ser el origen del uso de “Ojalá y que…” Es probable que ese empleo  provenga de la presencia de una “y” en una oración formada por 3 proposiciones articuladas por la principal representada por “Ojalá”, y dos subordinadas de objeto directo, que a su vez van coordinadas mediante “y”, como lo podemos visualizar en el siguiente ejemplo:

“Ojalá que tengas éxito en tu diligencia y que regreses temprano a tu casa.”

Como se puede ver en ese ejemplo, la segunda proposición tiene “y que” obligatorio por la coordinación existente entre la primera proposición “que tengas éxito en tu diligencia” y la segunda proposición “que regreses temprano a tu casa”. Quizás por algún tipo de “contagio”, provocado por el “y que” de la coordinación,   se  comenzٕó  a emplear “Ojalá” seguido de  “y que” a pesar de no haber coordinación.

De acuerdo a lo antes expuesto, debe quedar claro que la sintaxis del español no permite “y” en la primera subordinada. Por lo tanto, no debe decirse ni:

  1. Ojalá y que te vaya bien.
  2. Ojalá y te vaya bien.

Ni tampoco debe suprimirse “que” después de “Ojalá”. Es por eso que debe decirse:

-Ojalá que te vaya bien. (Pero no: “Ojalá te vaya bien”, como a veces se le escucha decir a algunos usuarios de nuestro “Ojalá” en programas de una alta audiencia).

¿Seremos capaces de rectificar el desacierto de emplear el “yqueísmo” y el “ydesqueísmo” y comenzar a usar a “ojalá” con su “que”, diciendo “Ojalá que…”?

 

 

 

Temas idiomáticos

Por María José Rincón

 

HOY NO ES VIERNES

Ando enredada con la mitología clásica; y, como siempre, con las palabras. Algunas de las nuestras –no podían ser menos como herederas del latín– tienen su origen en los nombres de ciertos personajes mitológicos y presumen de una curiosa historia que nos transporta a relatos ancestrales que forman parte de nuestra cultura.Siete días tiene la semana y cuatro de ellos les deben sus nombres a antiguos dioses. El martes (dies Martis), como hoy, segundo día de la semana, se le dedica a Marte, dios de la guerra, aquel que para los griegos era el dios olímpico Ares, hijo de Zeus y Hera. El mismo origen del adjetivo marcial, relacionado con la guerra y la milicia.

El miércoles (dies Mercuris) honraremos a Mercurio, el mensajero de los dioses; Hermes para los griegos, hijo de Zeus y Maya, ingenioso y buen orador, era venerado como dios del comercio. Calzaba unas sandalias aladas que le ayudaban a cruzar con facilidad las fronteras, incluso aquella que separa la vida de la muerte. También el elemento químico mercurio, metal y líquido, le rinde homenaje por su movilidad.

El jueves (dies Iovis), le llega el turno a Júpiter el Zeus griego, padre de los dioses olímpicos, cuyo nombre está en el origen de la palabra dios.

El viernes (dies Veneris), quinto día de la semana y el más esperado, está dedicado a la diosa romana Venus, la griega Afrodita. Diosa del amor y del erotismo, su nombre latino está en el origen del adjetivo venéreo, relacionado con el placer sexual, y con las enfermedades que se transmiten por contacto sexual; y de su nombre griego surgen el sustantivo y adjetivo afrodisíaco (o afrodisiaco), para referirse a lo que excita o estimula el apetito sexual. Hasta aquí, que hoy no es viernes y el cuerpo lo sabe.

 

EL HILO DE ARIADNA 

Guiada por el hilo de Ariadna sigo recorriendo el laberinto de las palabras con ecos mitológicos. Fue Dédalo el arquitecto más famoso por haber diseñado y construido, por orden de Minos, rey de Creta, el laberinto en cuyas encrucijadas se perdía Minotauro. A este arquitecto y a su obra alude el sustantivo dédalo con el que nos referimos a algo confuso o enredado.

Nada mal nos vendría un atlas para no perdernos en nuestro viaje por el mundo de las palabras mitológicas. Atlas, el titán castigado por el dios Zeus a cargar sobre sus hombros la bóveda celeste, le presta el nombre a este libro formado por una recopilación de mapas (los hay, incluso, de palabras). Imaginen los padecimientos del pobre titán Atlas con las cervicales; por eso la primera de estas vértebras también le rinde homenaje con su nombre. Los titanes, hijos de los dioses Gea y Urano, prestaron su nombre para designar a quien se le reconoce alguna cualidad extraordinaria; con él construimos el adjetivo titánico para describir lo que es desmesurado o excesivo; y el nombre del titanio, elemento químico metálico de gran dureza y resistencia.

Como alguna vez escribí, un recorrido por la lengua es una odisea de palabras; nos embarcamos, según la definición del DLE , en un ‘viaje largo, en el que abundan las aventuras adversas y favorables al viajero’. Las peripecias nos esperan en cada recodo del camino, como aquella de descubrir que el sustantivo odisea le debe su ser a la Odisea, el poema de Homero que narra el mítico viaje de regreso de Odiseos desde las costas de Troya a su anhelado hogar, Ítaca. Nuestra odisea con las palabras conduce casi siempre al diccionario, que, como el hilo de Ariadna, nos ayuda a regresar a casa.

 

SIRENAS Y QUIMERAS

El viaje por las palabras y la mitología es largo y está plagado de aventuras. Durante la travesía nos topamos con seres extraordinarios y con sus no menos extraordinarios nombres. Roguemos para que la voluntad de Eolo, señor de los vientos, nos sea favorable y llene nuestras velas con sus impulsos eólicos. En nuestro recorrido encontraremos a los cíclopes, gigantes de un solo ojo en la frente, de fuerza descomunal, que han prestado su nombre a los adjetivos ciclópeo y ciclópico, para describir lo gigantesco o excesivo.

No nos desviarán los cantos de las sirenas, esas ninfas marinas con busto de mujer y cuerpo de ave que pierden a tantos marineros. Cómo sería esa forma de cantar que ha dado el nombre de cantos de sirena a las palabras hermosas y convincentes que encierran una gran capacidad de seducción. Un poco más prosaicas, pero igualmente audibles, son las sirenas de las ambulancias, de los carros de policía o de los camiones de bomberos, o aquellas que anuncian alguna situación de alarma o el final de la jornada laboral. En el mar encontraremos infinidad de medusas –aguamalas o aguavivas también se las llama–, cuyos tentáculos recuerdan a las serpientes venenosas que formaban la cabellera de Medusa, una de las tres gorgonas, que petrificaba a todo aquel que la miraba a los ojos.

Cuando atraquemos y nuestros pies bajen a tierra quizás tengamos la desdicha de encontrarnos con Quimera, un ser mitológico con cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de dragón. Nunca sabremos cuántas quimeras más nos esperan en el camino; las quimeras, imaginaciones y espejismos que aparentan ser verdaderos y que no lo son, no logran desviarnos de este camino de las palabras mitológicas que recorreremos nuevamente la próxima semana.

 

DIOSES Y HÉROES

La mitología clásica está detrás de algunos sustantivos y adjetivos que atribuyen cualidades o comportamientos relacionados con los dioses o los héroes griegos y romanos. Como en tantos aspectos de nuestra cultura, la mitología funciona como punto de referencia, aunque las más de las veces nos pase desapercibida.

El nombre del dios olímpico Dioniso es la raíz de nuestro adjetivo dionisíaco (o dionisiaco), que atribuye a quien se le aplica la naturaleza impulsiva, vitalista y gozadora de Dioniso, dios del vino y la fertilidad. Dioniso tenía a Baco como su correlato latino y, a partir de su nombre, surge el adjetivo báquico, aplicado a aquello relacionado con la ebriedad. Por el contrario, el nombre de Apolo, uno de los dioses olímpicos más poderosos, considerado el dios de la belleza, de la armonía y del equilibrio, está en el origen del adjetivo apolíneo, que se aplica a todo aquello que posee estas cualidades. Si en un hombre queremos destacar la perfección de sus rasgos o de su cuerpo diremos de él que es apolíneo, o lo consideraremos directamente un apolo; incluso, un adonis, comparándolo a la eterna belleza y juventud del dios Adonis.

En cambio, si la cosa no va de belleza sino de fuerza, lo consideraremos un hércules, acordándonos de Hércules, héroe mitológico de extraordinaria fuerza y corpulencia que presta su nombre para construir el adjetivo hercúleo, referido a una persona musculosa y muy fuerte. Cuando, en cambio, lo que destaca es el carácter enamoradizo, lo consideramos un cupido, en referencia a Cupido, dios romano del amor, hijo de la diosa Venus.

 

VIDA Y MUERTE

El hilo conductor de la mitología, como el hilo de Ariadna, nos está sirviendo para repasar un nutrido grupo de hermosas palabras de nuestra lengua que remontan su origen a personajes clásicos. Hablábamos la semana pasada de Cupido, dios romano del amor. Hoy hablaremos de su correspondiente griego, el dios Eros, que está en el origen de nuestros términos erotismo y erótico. En griego la palabra eros se refería al amor sexual, de ahí que funcione como raíz de erotismo ‘amor o placer sexuales’ y de erótico ‘relativo al amor o placer sexuales’ o ‘que excita el deseo sexual’.

Cupido era hijo de la diosa Venus, diosa del amor y la belleza, cuyo nombre usamos como sustantivo común, siempre con minúscula inicial, para referirnos a una mujer muy hermosa considerándola una venus. Su nombre también está en la raíz del adjetivo venéreo, ‘relacionado con el placer o el acto sexual’, y que usamos además para referirnos a las enfermedades de transmisión sexual.

El correlato griego de Venus era Afrodita, diosa nacida de la espuma del mar (les debo los detalles de la historia, que no pueden ser más escabrosos). Su nombre ha dado lugar al adjetivo afrodisíaco (afrodisiaco), aplicado a aquello que estimula el deseo sexual. Como sustantivo se refiere a las sustancias que tienen este efecto (o que dicen tenerlo, vaya usted a saber).

Entre los personajes mitológicos femeninos estaban las Parcas (las Moiras en Grecia), tres hermanas hilanderas que tenían en sus manos el destino de los mortales; una hermana hilaba, la otra devanaba y la última cortaba el hilo de la vida; por eso usamos la palabra parca para referirnos poéticamente a la muerte. Seguro que más de una vez han oído decir que nuestra vida pende de un hilo.