San Juan de la Cruz y la literatura mística

Por María José Rincón

 

Cuando surge una personalidad creadora del talante de san Juan de la Cruz, la crítica y la historia de la literatura se tambalean en su afán por dar razón de la genialidad de su obra. La misma etapa histórica, las mismas fuentes literarias, incluso parecidas circunstancias vitales y personales, forjan autores de muy diferente nivel de calidad. La calidad poética, la profundidad lírica y la originalidad creadora no están determinadas por estas coordenadas. Esos parámetros de estudio pueden servir como simples herramientas para tratar de aproximarnos a su figura y a su obra.

La España renacentista fue inspirada por el Humanismo y la influencia italiana, por Erasmo y por el ideal del cortesano de Castiglione, por el hombre heroico y por la aspiración a una cultura europea; más aún, universal. Esta España cambia de signo con la llegada al trono de Felipe II, momento histórico que marca el comienzo del peso de las directrices de la Contrarreforma en el ambiente social, político y cultural de la España del XVI.

El retiro del emperador Carlos V al monasterio de Yuste trasluce, como un símbolo casi literario, el triunfo de una concepción ascética del mundo, frente a la concepción heroica, imperante a lo largo de su reinado.

Estas líneas, dibujadas en la creación artística de la segunda mitad del XVI, se muestran en la lírica, campo que más se nos acerca en relación con Juan de la Cruz, en el incremento de tratamiento del tema religioso, apenas tocado por los autores del primer lustro del siglo con la intensidad con que ahora lo encontramos.

Todas las producciones literarias que tratan este tema religioso, muy numerosas, más de tres mil en menos de dos siglos, según el índice bibliográfico de Nicolás Antonio, bosquejan lo que se ha llamado la literatura ascético-mística española. En este notable volumen de producción se ha querido ver un indicio de cómo la tendencia al Misticismo le es propia al genio español, tendencia que no podrá ser corroborada científicamente si no es con un estudio global de la creación, ya no literaria, sino artística, española.

Porque, y esto sí es un hecho fehaciente, y que ha sido objeto de la atención de la historia literaria, lo característico de la literatura española es la concentración de las creaciones ascético-místicas en un corto y muy delimitado lapso temporal, entre los siglos XVI y XVII. Es además una eclosión con pocos antecedentes durante la etapa medieval. Raimundo Lulio quizás sea el más destacado, si atendemos a la religiosidad cristiana, y, con menor importancia algunas manifestaciones de la mística musulmana, que nos llegan básicamente a través de este autor; esta producción ascético-mística contó, además, con escasa sucesión desde entonces hasta nuestros días.

¿Qué circunstancias históricas, sociales o culturales pueden explicarnos este surgimiento aislado, del contexto cultural europeo?

Pedro Sáinz Rodríguez, en su Introducción a la historia de la literatura mística en España, aporta un precioso estudio de los factores que impulsaron a la eclosión de la literatura ascético-mística. Ninguno de ellos aisladamente podría haberla provocado; es la coincidencia y la imbricación de todos la que nos acerca a un conocimiento más profundo del fenómeno.

En España la lucha religiosa se había transformado en un proceso político y de Estado que tiñó la vida del país hasta en sus manifestaciones más insospechadas. La conclusión de la Reconquista, después de ocho siglos de intensa actividad guerrera, dejó una acumulación de energía religiosa, si es que podemos llamarla así, en busca de cauce de manifestaciones. Lo que sí podemos asegurar es el hecho de que no se trata de un fenómeno aislado, sino, como afirma Sáinz Rodríguez, de “la expresión cimera de un estado colectivo”.

Uno de los factores que más contribuyó a la creación de este “estado colectivo” propicio fue la extraordinaria difusión de las ideas neoplatónicas. En España tuvieron una gran parte de responsabilidad en esta divulgación los Diálogos de Amor de León Hebreo, que crearon una sensibilidad general que llegó a tener gran importancia social y cultural.

Aparte de estos elementos externos, si prestamos atención a la lengua, un factor interno y fundamental para la creación literaria, nos damos cuenta de que los creadores de esta etapa encontraron el castellano en un proceso ascendente de consolidación y fijación como vehículo de expresión literaria, cuya calidad ya estaba respaldada por la obra de grandes figuras literarias. Sin embargo, el latín seguía siendo la lengua científica, destinada al tratamiento de temas considerados elevados, como el religioso o teológico.

La labor de estos autores no fue, por tanto, la consolidación del castellano, sino la reivindicación de éste como lengua válida también para la expresión de materias doctrinales, materias “elevadas”, como ellos las llamaban. La trascendencia posterior de esta parcela de la creación literaria española puede explicarse quizás porque tuvo grandes impulsores en sus figuras más destacadas, que no sólo fueron creadores, en el más estricto sentido, sino que contribuyeron a la conservación y difusión de las obras de autores de menor calidad que no hubieran tenido resonancia de no haber sido porque nuestros grandes místicos los recogieron, como muy bien expresa Otis H. Green, “en busca de ayuda con que analizar y expresar su propia experiencia mística”.

Hasta ahora hemos tomado la literatura religiosa como un conjunto global para tratar de acercarnos a la comprensión de su nacimiento y ubicación histórica. Sin embargo, en la historia de la literatura ha existido tradicionalmente una clasificación que la divide en producciones místicas o ascéticas. Como todas las parcelaciones sirve para poner un poco de concierto en la gran variedad de tratamientos literarios de la experiencia religiosa. Pero no podemos llevarla hasta el punto de querer que todos los autores y todas las obras encajen a la perfección, como si de piezas de un rompecabezas se tratara, en uno u otro de los grupos. Debemos acudir a estos conceptos cuando sean necesarios para acercarnos a una mayor comprensión de la creación poética, pero nunca en sentido inverso: nunca manipular la obra poética, con lo que esta manipulación lleva en sí misma de mutilación, para que esté totalmente codificada, para que se amolde a una teoría de la historia literaria.

La poesía calificada como mística tiene la misma estructura formal y emplea idénticos recursos estilísticos que las demás creaciones poéticas. Se considera diferente fundamentalmente por su contenido, aunque éste no deja de ser, en casos como el de San Juan de la Cruz, una variante del tema amoroso, tradicional en la literatura de todos los tiempos. Es esencialmente, y en pocas palabras, la expresión del proceso de acercamiento del alma hacia Dios, teniendo como clímax su unión espiritual. De acuerdo con los estudios sobre este tipo de poesía, se trata de un proceso gradual que se manifiesta a través de tres momentos, denominados tradicionalmente vía purgativa, vía iluminativa, y vía unitiva.

Las obras que reflejan únicamente los dos primeros momentos son consideradas ascéticas; mientras que las que alcanzan el tercer y último grado son calificadas como obras místicas. La literatura mística está fuertemente marcada por una lucha esencial con la lengua; es la lucha por hacer decir a las palabras lo que se considera inefable por definición; es la lucha por conocer y expresar lingüísticamente estados espirituales que trascienden la experiencia sensible acercándose al misterio de lo desconocido. No es más que la lucha eterna del poeta. Por eso la experiencia mística y la experiencia poética están tan íntimamente ligadas. Fray Luis de León, por ejemplo, defendía el temperamento religioso de la inspiración lírica. Cualquier aplicación de esta energía poética a temas vulgares o profanos era considerada por fray Luis como una degradación, una especie de profanación, para usar el término religioso.

Nuestros dos grandes poetas místicos, Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, se insertan plenamente en la tradición literaria española, por su formación y por las influencias recibidas. Por esto podemos tomarlos como ejemplo para profundizar en el análisis del entorno literario de este tipo de creaciones. Sus obras están dentro de una costumbre de canto religioso, a la que se atribuye origen franciscano, y que surgió en el ámbito carmelitano para momentos de recreación durante las festividades. Santa Teresa compone sus versos, y los acompaña generalmente de música, para el solaz de sus monjas. De esta característica derivan algunos recursos de ritmo y estilo. Y también, como no podía ser de otra forma, la imbricación de esta poesía con la de origen popular: no sólo por su molde formal, metros cortos como el octosílabo de cancionero, el romance, el villancico y la glosa, sino por muchas de sus imágenes y símbolos.

San Juan recoge estas influencias métricas populares en sus romances de inspiración bíblica, en sus coplas y glosas. Creaciones de inspiración tan tradicional como la jarcha o la canción de amigo gallego-portuguesa surgen en la poesía mística de san Juan de la Cruz, formando el fundamento estructural del Cántico espiritual, una de sus obras maestras.

Una práctica literaria que en nuestros días casi no concebimos, y que, sin embargo, era muy habitual y reconocida en nuestro siglo de oro, es la de crear versiones religiosas de poemas profanos que habían alcanzado cierto éxito, son las llamadas versiones a lo divino. Son los autores religiosos los que más emplearon esta técnica, basándose ya en poesía profana culta o en estrofas y villancicos populares como es el caso de la famosa Vivo sin vivir en mí teresiana, de la que sólo pertenece a la autora el comentario.

La influencia de la nueva poesía de inspiración italiana, introducida por Boscán y Garcilaso, les llega a nuestros místicos, y en general a los poetas de temática religiosa, a través de la versión a lo divino que Sebastián de Córdoba hace de la obra de Garcilaso de la Vega.

En San Juan este influjo italianizante se observa en la utilización de combinaciones estróficas como la lira o de metros de base endecasilábica. Es en estas composiciones, como dice muy bien Cristóbal Cuevas, “donde se acendra el misticismo lírico, llegándose a los grandes poemas de la insondable profundidad y el vértigo amoroso: la Noche oscura del alma, el Cántico espiritual y la Llama de amor viva.

No sólo aprovechan las corrientes tradicionales e innovadoras en lo que respecta a la métrica y a la composición estrófica. Los tópicos simbólicos de estas dos vertientes de la literatura española, a su vez recogidos en su gran mayoría de la literatura clásica de la Antigüedad greco-latina, se acrisolan en sus creaciones: el ciervo herido, la soledad sonora, la llama de amor viva, son lugares habituales en los poemas de Juan de la Cruz.

Es esta una de las cualidades de la poesía sanjuanista: el efecto de extrañeza, conseguido, según expresión acertada de Luce López-Baralt refiriéndose al Cántico, por “la yuxtaposición sorprendente de elementos poéticos de las más diversas culturas: recordemos el clásico canto de serenas frente al bíblico y miedos de las noches veladores. Se nos obliga, en efecto, a rápidos e improvisados ajustes estéticos entre lo más diversos ambientes literarios: el grecolatino, el bíblico, el italianizante, el cancioneril, el popular”.

Es esta evocación de múltiples connotaciones y resonancias lo que eleva la creación de Juan de la Cruz a una de las cimas de la poesía lírica universal. Cada evocación crea un sentido propio en la estructura textual. De esta forma se ha reconocido a San Juan como un gran poeta simbolista. Dice Francisco Ynduráin: “La verdad es que desde la escuela simbolista es cuando se ha venido prestando más atención a una poesía abierta hasta las más remotas resonancias, y (…) se ha leído con otra actitud la poesía anterior. La magia verbal y el puro simbolismo inagotable, he aquí los valores, las calidades específicas y privativas de la lírica de san Juan”.

Y enlazamos así con lo que me gustaría que fuera la conclusión de esta ponencia: uno de los aspectos más controvertidos en la poesía de Juan de Cruz, condenado a ser controvertido como la mayoría de los creadores geniales. Es una faceta que enlaza al lector, al crítico y al historiador de la literatura. Es la polémica en torno a la recepción de su obra. La contienda se fundamenta en dos acercamientos radicalmente distintos: uno, el de los que consideran como una irreverencia la lectura religiosa, más aún, que no esté dentro de la ortodoxia católica; otro, el de los que utilizan la obra para apoyar una ideología que se aparte de la tradicional.

Estos enfoques encontrados manipulan la obra poética para hacerla encajar en doctrinas convencionales y ortodoxas, o en posiciones dudosamente revolucionarias. Como afirma Domingo Ynduráin, cuyo enfoque crítico recomiendo, “de lo que se trata es de averiguar, dentro de lo posible, cómo funciona la poesía sanjuanista para producir un efecto literario tanto entre lectores de ideología coincidente como ajena. Los intérpretes doctrinarios deberían hacerse también esta pregunta, y tratar de contestarla, pues es precisamente ahí, en ese ámbito de coincidencia entre lectores de uno y otro signo, donde residen los valores literarios de estas poesía”.

Debemos reivindicar la lectura del poema. La lectura sin anteojos, de cualquier clase o color que sean, que empeñen u oscurezcan la resplandeciente diafanidad del misterio de amor de la poesía de San Juan de la Cruz.

 

María José Rincón

1er. Congreso de Poesía Mística

Encuentro del Movimiento Interiorista

Puerto Plata, Fushimaña, 25 de noviembre de 2007.

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