San Juan de la Cruz y los juglares de Fontiveros: Discurso de Clara Janés sobre el místico abulense

Srª Alcaldesa de Fontiveros, sr. Presidente de la Diputación,

Ilustrísimo y reverendísimo sr. Obispo, señores académicos

de la Academia de Juglares de Fontiveros,

vecinos de la villa de Fontiveros, señoras y señores:

 

Venir a Fontiveros, cuna de san Juan de la Cruz, es siempre un privilegio, y mucho más cuando vengo para ser designada Juglar de Fontiveros y miembro de la Academia de san Juan de la Cruz, así como Hija adoptiva de la villa y miembro de la Institución Gran Duque de Alba, por todo lo cual me siento honrada y quiero manifestar mi profundo agradecimiento y emoción.

Fuera o no fundada Fontiveros, como dicen unos, por el romano Tiberio, por hallar este sitio especialmente ameno y en él una fuente cristalina, el carácter ameno del lugar y su cristalina fuente permanecieron, y en el siglo XVI tuvieron el privilegio de acoger a uno de los grandes santos y poetas de la historia. Ser Juglar de la villa, formar parte de la Academia de San Juan de la Cruz y ser nombrada aquí hija adoptiva, como decía, me honra y me emociona, pues me acerca al santo que venero y al poeta que más admiro, y siento estos hechos como un regalo celeste, en nada debido a mis posibles méritos. Cada vez me parecen más enigmáticos los movimientos de la vida. Y este hecho concreto lo intuyo como un nuevo nacimiento, el segundo relacionado con san Juan, pues fue su poesía la que me reveló mi propia vocación.

Era yo estudiante en la universidad, cuando mi padre, poeta y editor, contando 45 años, murió de un accidente de coche. Pocas semanas después llegaba a Barcelona, para ocupar la cátedra de literatura española, José Manuel Blecua. Desde un principio sus clases consistieron en la lectura y comentario de poemas. Empezó con Boscán y Garcilaso y, al poco,  nos leía y explicaba el Cántico de san Juan de la Cruz. Yo, espíritu rebelde que en el colegio me escapaba precisamente de las clases de literatura, al oírlo quedé deslumbrada y a la vez sentí que recibía un don, como una herencia. Cierto que a los 6 y 7 años había escrito algún poemilla, pero había quedado sólo en eso. Fue entonces cuando por vía de los versos de san Juan, entré de pronto en la dimensión de las palabras, en sus resonancias tanto musicales como plásticas, y en su enorme misterio, porque transmitían algo que era mucho más de lo que decían. Y esto acontecía de un modo seductor debido a que en el poema cada una destellaba adecuada a la imagen, el símbolo y la música que la requerían.

Ahora bien, si de aquel modo la poesía de san Juan me tocó, fue también porque el terreno estaba dispuesto en mí por el desarrollo de la vida y por dos tendencias naturales: la contemplación silenciosa y la inmersión en la música, ambas aparecidas desde un principio, pues mi primer recuerdo es de música y data de antes de un año y el segundo es de luz y procede del momento en que cumplí los tres. En el transcurso de otros tres años, por un cambio de casa estoy junto al monasterio de Pedralbes con la presencia de las monjas allí encerradas -que salían a ver el mundo un día al año desde el mirador y, en cambio, rezaban a cualquier hora del día y de la noche-, y así se completan las bases sobre las que se construyó mi modo de ser. Esto me sitúa, por tanto, en los seis años, precisamente en la misma edad en que san Juan tuvo que abandonar Fontiveros. ¿Qué recordaría él de su pueblo natal?

Nacido en el seno de una familia muy pobre, en el año 1542, fue el menor –después de Francisco y Luis- de los tres hijos de Gonzalo de Yepes y Catalina Álvarez. Gonzalo, su padre, murió poco después de nacer él, y pasados tres años también murió su hermano Luis. Su madre, Catalina, para ganarse mejor la vida, al parecer en 1548 se trasladó a Arévalo, pasando luego a Medina del Campo (1551).

Medina gozaba de una infraestructura de servicios sociales, como la Escuela de la Doctrina para niños pobres. Los que entraban en ella colaboraban en su mantenimiento participando en diferentes actividades. El pequeño Juan fue admitido, aprendió a leer y escribir y empezó trabajando de carpintero, sastre y pintor, pero no cuajaba en ningún oficio. Lo que le gustaba era estudiar. Cuando dejó la Escuela, pasó a cuidar los enfermos de sífilis del Hospital de las Bubas, y continuó su formación en el colegio de jesuitas de Medina (1559-1563). Su carácter se iba forjando. Conocía la pobreza, las miserias humanas, había visto de cerca la enfermedad y optó por la vida religiosa en la Orden de los Carmelitas, iniciando su noviciado en 1563, a los 21 años. Poco después se trasladó a Salamanca para ingresar en la Universidad. Se llamaba entonces Juan de Santo Matías. Cuatro años más tarde, recién ordenado, fue a Medina a celebrar su primera misa y allí conoció a Teresa de Jesús y a partir de entonces compartió su iniciativa reformista.

Por supuesto en la formación de un carácter cuentan los episodios vividos y los estudios, pero la forma de mirar al mundo es anterior y de gran peso. Tengo la certeza de que ese lugar ameno y esa fuente cristalina, y la atmósfera afable de Fontiveros contribuyeron al despertar del santo a la vida y estuvieron presentes a lo largo de toda ella, como para mí lo está la música que oí desde que nací, ya fuera a través de mi madre tocando al clave obras de Cabezón o de un disco que reprodujera el Concierto para dos violines de Bach, y lo está también el silencio impresionante del gótico monasterio de clarisas de Pedralbes. Si datan de la primera infancia, estas son cosas de mucho peso que permanecen y que no por ser interiores son menos reales que aquellas que podemos tocar. Por otra parte, aquí, en Fontiveros, queda en el aire, indudablemente, el espíritu del santo, pero también están su casa natal convertida en iglesia carmelita, la gran iglesia mudéjar donde reposan su padre y su hermano Luis, y la capilla del Baptisterio, donde él fue bautizado (24 de junio de 1542). Y me pregunto: ¿existían ya cuando él era pequeño estas fiestas de nombres tan evocadores como “lunes de aguas”, “las luminarias” o la “subida de los niños a Las Andas”?

Aguas y luces abundan con profundo significado en la poesía de san Juan, aguas que contienen los artículos de la fe y luces de la “llama” que lo sostiene a lo largo de su difícil vida, vida de Docto Maestro y de humilde monje, difícil encrucijada que le impulsa a escribir, ya en sus últimos tiempos, a la destinataria de su obra Llama de amor viva, Ana de Peñalosa: “Esta mañana habemos ya venido de coger los garbanzos, y así las mañanas. Otro día los trillaremos. Es lindo manosear estas criaturas mudas, mejor que no ser manoseado de las vivas”. No pasará mucho tiempo sin que su salud se resquebraje y sea trasladado a Úbeda donde muere, a los 49 años, la noche del 13 al 14 de diciembre de 1591. En 1675 Clemente X lo beatificó. En 1726 Benedicto XIII lo canonizó. Y en 1926 Pío XI lo declaró Doctor de la Iglesia Universal.

¿Qué hace que la poesía de san Juan sea tan única y pueda de tal modo penetrar en el espíritu? Creo que él mismo nos da la respuesta cuando afirma que sus versos “más parecen dislates que dichos en razón”. Me basta recordar la estrofa que me causó más impacto desde el principio:

Nuestro lecho florido

de cuevas de leones enlazado

de púrpura tendido,

de paz edificado,

de mil escudos de oro coronado.

 

Estas imágenes, sin duda, sorprendieron al mismo san Juan que, aunque sabía lo que su mente albergaba, no estaba analizando cómo se habían producido. Con todo, dijo “parecen dislates”, dijo “parecen”, y lo dijo porque incluso en los momentos más difíciles estuvo con los sentidos despiertos. “Vela mi corazón aunque yo duerma”, había escrito su maestro Salomón.

¿Qué recibe el que por primera vez oye o lee estos versos? Son unas pinceladas firmes de color, desde el verde de los tallos de las flores al posible blanco o azul de las corolas, al púrpura de la realeza –o del atardecer- y al oro de los escudos, la riqueza que encierra el amor, acaso las arras… Y en medio un movimiento de leones y, como contraste, la paz.

Pero también el principio del poema me seducía enormemente. Empieza el Cántico como una quête, una búsqueda. El amado ha desaparecido y la enamorada –en este caso el alma- lo busca por los prados y los ríos y pregunta por él a las criaturas, pastores, animales o plantas, que se va encontrando. Estas le responden. Poco a poco, el poeta va insertando estrofas donde describe el lecho o los elementos seductores del ser amado, ojos, cabello… Algunas de estas estrofas acaso para el conocedor de la Biblia podían resultar claras, otras no. Así se inicia la búsqueda:

1

¿Adónde te escondiste,

Amado y me dejaste con  gemido?

Como el ciervo huyste aviéndome herido;

salí tras ti clamando y eras ydo.

2

Pastores los que fuerdes

allá por las majadas al otero,

si por ventura vierdes

aquél que yo más quiero,

decidle que adolezco, peno y muero.

3

Buscando mis amores

yré por estos montes y riberas;

ni cogeré las flores,

ni temeré las fieras,

y pasaré los fuertes y fronteras.

 

Cuando uno llega a este punto, ya no le importa el sentido de los “fuertes y fronteras”. Ha caído en una red de erres, efes, es y as: flores, fieras, fuertes, fronteras, riberas, amores… Y también lo enlazan los finales de los futuros: cogeré, temeré, pasaré. Además acaba de oír fuerdes, otero, verdes, quiero, muero. Esta es la trama de san Juan de la Cruz. Hay una poesía fonética, en una poesía de imagen simbólica, montada sobre un ritmo que no se pierde ni un instante. Es decir, la fuerza de estos versos reside, para empezar, en el cuerpo de las palabras, en su materialidad, su energía, dictada por la sensibilidad, los sentidos, vehículo por el que el hombre entra en contacto con el mundo en ambas direcciones: hombre-mundo, mundo-hombre. Con esta trama nos entra sin que nos demos cuenta su alto contenido místico.

Es sabido que el hechizo, la palabra del mago, consiste en eso: la repetición de sonidos incluso formando sílabas carentes de sentido. La Cábala hebraica utiliza estos elementos con fines esotéricos. No sé si san Juan conocía esto, pero lo intuía y empleaba.

Hay, en fin, dos estrofas que me perseguían en aquellos años en que yo contaba 18. En ellas se da una enumeración de elementos del paisaje que equivalen al paisaje interior. Estamos en plena noche, pero es una noche de ojos abiertos: nada debe escapar a los protagonistas pues los distintos planos que cada cosa sugiere están hablando, revelando. Estas dos estrofas van dichas por boca de la esposa:

 

14

Mi amado las montañas,

los valles solitarios nemorosos,

las ínsulas extrañas,

los ríos sonorosos,

el silvo de los ayres amorosos,

15

la noche sosegada

en par de los levantes de la aurora,

la música callada,

la soledad sonora,

la cena que recrea y enamora.

 

Yo vivía a las afueras de Barcelona, en Pedralbes. Desde mi casa veía la ciudad y el mar por un lado, la montaña por otro. Para llegar, desde la parada del tranvía, pasaba por el monasterio y recorría un camino de tierra, había árboles y matojos, y un barranco. En mi casa silenciosa, la noche y el amanecer eran mis dominios secretos, que consistían en una ausencia transformada en oscuridad y en luz, en un mar, un monte y unos astros que eran música callada. Fue en aquellos años, en el momento en que descubrí el Cántico, cuando elegí el alba como hora de la poesía. Y sigo en ello, buscando una palabra que procede de la negrura y se revela “en par de los levantes de la aurora”. Ahora sé que estoy en par de otros levantes, la última etapa de la vida, la que para los hindúes es la cuarta, que sigue a la de vagar por el bosque, es decir, la de desasimiento completo y de estar a merced del que pase por el camino y quiera auxiliarte. Y se produce este hecho enigmático: el pueblo de mi santo y maestro me acoge como hija y juglar. Lo siento como una señal y mentalmente me traslado ya aquí con toda alegría, esperando poder entregar aún alguna palabra que acaso acuda a mí dando el salto a la luz desde la oscuridad.

Clara Janés, Fontiveros, 14 de diciembre de 2012.

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