Temas idiomáticos

Por María José Rincón

NORMA VARIABLE

29 / 01 / 2019

Cuando de corrección lingüística se trata, siempre solemos centrarnos en la ortografía. Sin embargo, la corrección y el buen uso de la lengua no se restringen a la escritura. Como buenos hablantes es importante que prestemos atención a la lengua oral. La pronunciación, aunque a primera vista no lo parezca, suele crear más dudas y malentendidos que la ortografía. Las normas ortográficas son por definición uniformadoras y todos debemos atenernos a un código único. Sin embargo, en el español encontramos variantes válidas de pronunciación que nos hablan de su extensión y de su diversidad.

Si nos centramos en las consonantes, los principales escollos los encontramos en la supresión de una consonante en la pronunciación de una palabra, lo que coloquialmente llamamos «comernos» una consonante». En algunos casos el fenómeno está bien o mal visto dependiendo del área del español de la que se trate. Por ejemplo, los hablantes cultos de español de España suelen «comerse» la -d- intervocálica, incluso en situaciones de cierta formalidad sin que esta omisión sea censurada socialmente. Sin embargo, los hablantes cultos en el español de América siguen sintiendo esta omisión de la -d- intervocálica como un fenómeno vulgar que debe restringirse a ambientes coloquiales o informales.

Para muestra valga una anécdota. Hace años, en una entrevista sobre el Diccionario del español dominicano, dije que los trabajos para su diseño y redacción habían «durao» cinco años. Sin duda, di muestras, a pesar de los años que hace que resido en el Caribe, de mi variedad dialectal personal. Algunos oyentes de la entrevista lo percibieron como un error y afearon mi «mala» pronunciación. Un ejemplo de que la norma culta, en ciertos casos, es variable. Cuidado, solo en ciertos casos. Saber distinguir estos casos es tarea para los buenos hablantes.

 

TRASPIÉS GRAMATICAL

05 / 02 / 2019

Un lapsus linguae del presidente está dando, injustificadamente, mucho que hablar, y es que con frecuencia nos escandalizamos por errores intrascendentes mientras pasamos por alto otros que deberían preocuparnos. Decir ocasionalmente *morido por muerto solo puede considerarse un traspiés gramatical involuntario motivado por el descuido, la prisa o la presión del entorno. A todos nos ha pasado.

Estos lapsus gramaticales, cuando suceden en la lengua infantil, prueban que la adquisición de las reglas va bien encaminada. Cuando un niño dice *yo sabo en lugar de yo sé, o *yo cabo en lugar de yo quepo, está aplicando una regla gramatical correcta que existe en la lengua, aunque la aplica a una palabra que no sigue la regla, precisamente porque es irregular. Es lo que se conoce como un error de sobre rregularización.

También encontramos estos errores en el lenguaje adulto. Por ejemplo, el pretérito perfecto simple del verbo andar, conjugado erróneamente por la mayoría de los hablantes, y me incluyo, como *yo andé, tú andaste, él/ella andó, nosotros/as andamos, ustedes, ellos/as andaron: *Andé por ahí toda la tarde y no logré encontrarla. Sin embargo, la conjugación correcta de este verbo es yo anduve, tú anduviste, él/ella anduvo, nosotros/as anduvimos, ustedes/ellos/as anduvieron: Anduve por ahí toda la tarde y no logré encontrarla. Los hablantes asimilan erróneamente la conjugación irregular del verbo andar a la conjugación regular de otros verbos terminados en -ar, como cantar (canté, cantaste, cantó, cantamos, cantaron).

Y, ojo, esto ya no es un lapsus, porque no se trata de un error ocasional. Un lapsus no es más que un resbalón, que, como tal, suele hacernos reír, sobre todo si es otro el que tropieza. Si nos aplicamos aquello de la paja y la viga y ponemos atención a los errores, que no lapsus, que todos cometemos, nuestra lengua nos lo agradecerá.

 

DESLICES PARA TODOS

12 / 02 / 2019

La Eñe de la semana pasada la protagonizó un lapsus gramatical. Ya saben que el protagonismo es fugaz y hoy los lectores se han interesado por el propio sustantivo lapsus.

De la palabra latina lapsus, ‘resbalón’, ‘desliz’, se han derivado en nuestra lengua dos palabras: lapso y lapsus. La primera es fruto de la evolución fonética que experimentó el latín vulgar. Distintas evoluciones de la misma lengua dieron lugar a las distintas lenguas romances: español, gallego, catalán, francés, italiano, rumano, etc. En la evolución del latín al español, por ejemplo, la terminación -us se convirtió en -oamicus > amigohortus > huertolapsus > lapso, con tres acepciones en nuestra lengua.

La palabra española lapsus, con la que designamos la equivocación que se comete por descuido, es un cultismo. Según el Diccionario académico, un cultismo es el ‘vocablo procedente de una lengua clásica que se toma en préstamo en una lengua moderna y no pasa por las transformaciones fonéticas propias de las voces populares o patrimoniales’.

En nuestra lengua culta existen además dos locuciones latinas para referirnos a dos tipos de deslices lingüísticos. Como extranjerismos que son, pues están tomados tal cual de la lengua de origen, debemos escribirlos en cursiva o entrecomillados. Una vez mas el DLE nos guía en el camino. Un lapsus linguae (cuya traducción literal del latín sería algo así como «error de la lengua») es un error involuntario que cometemos al hablar. Si el error, por el contrario, tiene que ver con la mecánica de la escritura estaremos cometiendo un lapsus calami (un «error de la pluma»). En el uso diario de la lengua estos lapsus son inevitables, los sufrimos todos, así que va siendo hora de que sepamos llamarlos por su nombre.

 

TESTIGOS

19 / 02 / 2019

En la ceremonia de mi investidura como doctora se recordó a seis científicos españoles, miembros de la Real Academia de Ciencias, que tuvieron que huir de España a causa de la Guerra Civil. Algunos de ellos se afincaron en México, como tantos otros intelectuales perseguidos por el fantasma atroz de la represión. Algunos, comprometidos con su vocación científica, siguieron ejerciéndola como forma de superar la ausencia gracias a la universalidad del saber.

La universidad, la academia, la ciencia, tienen su pilar fundamental en la transferencia del conocimiento. Si este pilar se resquebraja, la ciencia, que no se lleva bien con el aislamiento, se tambalea. Todos hemos aprendido de y nos hemos inspirado en nuestros maestros, en los que estudiaron nuestra disciplina antes que nosotros, en los que llevaron el testigo hasta donde nosotros lo recogemos. Si uno de ellos nos falta, el testigo cae al suelo y la carrera del conocimiento se interrumpe quién sabe por cuánto tiempo.

El exilio político puede robarnos a nuestros maestros, como le sucedió a la ciencia y a la cultura española; pero también nos los puede arrebatar el exilio económico: la escasez de medios, las precariedades y la ausencia de perspectivas para el futuro. La investigación, en todos los campos, necesita dedicación, apoyo y tiempo.

En el tren de vuelta a casa, con esa melancolía inimitable que produce el paisaje que dejamos atrás, me pregunto a cuántos intelectuales y científicos dominicanos formados o en formación hemos renunciado y seguiremos renunciando porque no somos capaces como sociedad de garantizarles el futuro a cambio de que ellos nos garanticen uno mejor para nosotros y para nuestros hijos.

 

UN PASEO LITERARIO

26 / 02 / 2019, 12:00 AM

Cuando paseamos nuestra mirada está puesta en lo que nos rodea; cuando paseamos por Nueva York nuestra mirada se escapa, inevitablemente, hacia las alturas, pero, a veces, lo más interesante está a ras del suelo.

Soy una enamorada de las bibliotecas y la Biblioteca Pública de Nueva York está entre mis preferidas. Si se acercan a ella caminando por la calle 41, al este de la Quinta Avenida, descubrirán una serie de placas sobre sus aceras en las que se leen citas relacionadas con la lectura y la creación literaria. Es lo que se conoce como el Library Walk, el Paseo de la Biblioteca, creado por el escultor Gregg LeFevre en 1998 para conmemorar la literatura del mundo.

Yo lo descubrí un día lluvioso en el que debía cuidar dónde ponía mis pies. En la primera placa que llamó mi atención, azares del caminar, se leía un verso de Julia Álvarez, una autora de origen dominicano: «Quien toca este poema toca a una mujer». Paso a paso recorrí arriba y abajo la cuadra buscando autores de lengua española.

Del argentino y universal Borges, su poema Una brújula: «Todas las cosas son palabras del/idioma en que Alguien o Algo, noche y día,/escribe esa infinita algarabía/que es la historia del mundo. […]».

José Martí nos trae de nuevo al Caribe y nos recuerda que la cultura, la lectura, el saber amplían nuestros horizontes y nos hacen libres: «El conocimiento de literaturas diferentes nos libera de la tiranía de unos pocos».

Las palabras construyen el mundo y la lectura es el aliado imprescindible para orientarnos en él. El Paseo de la Biblioteca de Nueva York me lleva a las palabras del Quijote: «Ahora digo que el que lee mucho y anda mucho ve mucho y sabe mucho».

«El degüello de moca»

Por Manuel Núñez

  El acontecimiento en torno al cual se teje la trama de la novela El degüello de Moca SD, Ateneo Insular, 2018) de Bruno Rosario Candelier es la matanza que emprendiera, el 3 de abril de 1805, la soldadesca de Christophe, tras su retirada de la porción española de la isla, a la sazón gobernada por Louis Ferrand, gobernador francés.

La novela se concibe en dos partes que se entrecruzan. La primera parte es una reconstrucción del nacimiento de la villa Nuestra Señora del Rosario de Moca, el 7 de octubre de 1751, nacida como poblado en los derredores de la Iglesia, obra de doce apóstoles, que en una trashumancia decidieron fundar en territorio de anacahuitas, samanes, tórtolas y perdices, una ciudad. Su ámbito se halla centrado en los primeros cincuenta años. Tradiciones, mitos, leyendas, historias, personajes. Nos tropezamos, pues, con una arqueología de la vida anterior a la matanza.

La segunda parte se halla conectada con el relato historiográfico. El macabro degüello emprendido contra la población de Moca el 3 de abril de 1805. los testimonios orales o escritos, las consejas transmitidas de padre a hijo e incluso los relatos heredados por los descendientes de los supervivientes de la hecatombe, tal el obispo Freddy Bretón, oriundo del tronco familiar de José Antonio Bretón y María Bueno, que salvaron sus vidas de la degollina porque quedaron disimulados entre la montaña de cadáveres.

Por su naturaleza la novela de Rosario Candelier nos coloca delante de las variopintas relaciones textuales mostradas por Gerard Genette en sus investigaciones sobre el relato (Confróntese: Mimologiques: voyage en Cratylie, 1976. introduction à l’architexte, 1979.Palimpsestes: La littérature auseconddegré, 1982Trad.: Nuevo discurso del relato, Cátedra, 1998.) A seguidas enumeramos las relaciones presentes en la elaboración de este relato.

  La relación intertextual: necesariamente la novela incluye cartas, notas, consejas orales, relatos historiográfico, cronologías de los acontecimientos que la inspiran; un pasaje del Cántico espiritual de San Juan de la Cruz; un soneto de Fray Miguel de Guevara, monje agustino y un poema del mocano José Bretón, convertido, según nos cuenta, su descendiente el obispo Freddy Bretón en testigo del acontecimiento central. Se incluyen, además, algunos pasajes de una obra de Elías Jiménez el autor de Tradiciones mocanas y de las prosas de Julio Jaime Julia, destacadísimos hombres de letras, del letrado famoso Artagnan Pérez Méndez, del periodista Iván Carvajal, de Jesús María Tejada,  historiógrafo; de Eduardo García Michel, economista de renombre y figura de pro, del notabilísimo Adriano Miguel Tejada, periodista y miembro sobresaliente de la Academia Dominicana de la Historia. Los pasajes, las notillas, dan cuenta de que la escritura de la novela ha sido precedida de un borbotón de informaciones, el bagaje donde ha abrevado de manera muy provechosa el novelista. La novela se halla henchida de estos contenidos que le sirven de tramoya al escritor.

  La relación architextual: el autor se concibe a sí mismo como un cronista, que narra el nacimiento de la Villa del Rosario de Moca. ¿Cómo era la vida antes de la matanza emprendida por los haitianos. ¿En qué momento fundaron el poblado? La disposición del relato se hace con arreglo a la estructura de las crónicas. Cada una de las facetas de la vida de Moca son contadas con el lenguaje de la época por el escribano Juan Francisco del Valle, narrador personaje. El propio narrador reconoce que su relato contiene muchas historias, mitos y leyendas. Por ejemplo, las que arrastra Margarita Jiménez concebida como su alma gemela, la única capaz de comprender sus lucubraciones intelectuales, para acompañarlo en las profundidades de la mística, y para mantener unas conversaciones suculentas, preñadas de hallazgos, que franquean las fronteras de lo ordinario, que elevan la hondura de la plática, hasta volverla ensoñación mística, monumento del lenguaje interior.

  La relación paratextual: nos empalma con otros textos que se refieren al mismo acontecimiento de la fundación de Moca. Poemas, obras de teatro, tradiciones, crónicas que preceden y abordan el mismo tema de la novela. Estos textos nos ponen en el umbral de las copiosas informaciones conectadas con el acontecimiento de la matanza y de la fundación de Moca. Podemos enumerarlos por orden de aparición: 1) El apellido Bretón en la República Dominicana, S.D. del obispo Bretón Martínez; 2) Ese Moca desconocido del destacadísimo letrado Artagnan Pérez Méndez ( SD, Amigo del Hogar, 2000), el ensayo Asombrado por los valores del escritor Jesús María Tejada (SD, Amigo del Hogar, 2012), Diario de la Independencia( SD, Editora Taller, 1994) del notabilísimo periodista, historiador y miembro de número de la Academia Dominicana de la Historia don Adriano Miguel Tejada; Al amanecer la niebla (SD, Diario Libre, 2016) de don Eduardo García Michel y el ensayo “ El degüello de Moca” del periodista Iván Carvajal, dado a conocer en el 2018 ( confróntese “ Tribuna mocana, 3/10/18), el ensayo “ Retos de la mocanidad” (Cf. “ La Vanguardia”22/3/41) de Ramón Amado Guzmán; la obra Perfiles mocanos de ayer(Miami, FL, 2003) de Pablo Michel.

La relación geno textual: que nos refiere el génesis de donde nace la trama de la novela, que, es acontecimiento que pervive en las memorias de los supervivientes, en el relato historiográfico y en el modo de representar con las libertades de la ficción cómo fueron vividos y recreados estos hechos por la población de Moca. Esta relación define cómo se engendra el texto narrativo. He aquí el esbozo.

Tres grandes temas penetran la presentación de la villa Nuestra Señora del Rosario de Moca.

-El descubrimiento de la sensualidad que se desarrolla dentro de las lindes de la contemplación, del sueño. Circunstancia que captamos en las volcánicas expresiones de los personajes en torno al voyerismo del narrador personaje.

1- La búsqueda del yo profundo, trascendente del místico y del poeta, que se expresa en los diálogos de Juan Francisco del Valle, el cronista y Margarita Jiménez, y en las expansiones de la lectura poética.

2- La vida sobrenatural de los mitos, contados por Cristina Mendoza, donde pululan las apariciones de ciguapas, los ensalmos de brujería y las artimañas de hombre lujuriosos.

Comencemos por la primera parte. Cada uno de los cuadros de la novela se organiza en secuencias que nos muestran un lienzo de la época: el lenguaje conserva aún en ese período el voseo, y los personajes arrastran en su memoria una cantera de cuentos orales, mitos y leyendas.

El personaje narrador Juan Francisco del Valle, tiene ínfulas intelectuales, y que tiene, además, como propósito entrar en el seminario porque era en aquel punto y hora, la única forma de darle albergue a sus ambiciones literarias. Inmediatamente surge el conflicto interior. Por un lado, halla en Margarita Jiménez, el doble vínculo que orienta su vida. Su devoción por las honduras místicas, por la comunión divina que envuelve a Santa Teresa y a San Juan de la Cruz. Por otro lado, la emoción que le produce la belleza femenina; la sensualidad del cuerpo, expuesto en toda su gloria. En las descripciones del cuerpo femenino que se vuelven prolijas en la primera parte entramos en esa delectación voyerista.

  De repente vi a Margarita Jiménez bañándose en el patio de su cabaña. Estaba completamente desnuda. (…) sus pechos túrgidos y ovalados destilaban polen de estrellas en sus picos. Su pelo chorreaba sobre su espalda como una cascada de lluvia. Sus labios, henchidos y redondos, excitaban tanto como sus pechos.

  Al hallarse ante la contemplación excitante del cuerpo femenino, el narrador queda desencajado del papel que se ha propuesto desempeñar, y nos ofrece una revelación que va incluso mucho más allá. Porque en toda obra literaria campa, a hurtadillas, los ríos profundos de la propia biografía del autor. No olvidemos que Bruno Rosario, al igual que Juan Francisco del Valle, estuvo parejamente en un seminario, donde desarrollaría su vocación religiosa.

Por unos instantes dudé de mi intención de irme al seminario a estudiar para sacerdote (…) confieso que sus encantos despertaron en mí una secreta atracción que me desarticuló.

  Los estímulos que produce el voyerismo aparecen en varios pasajes. En España se les llama mirones, buzos, en Venezuela; rascabucheador, en Cuba y brechero, entre nosotros.

Cuando cruzamos el montículo cercano al badén del río, la singular sorpresa fue ver a Josefina Rosario completamente desnuda, saliendo del río, se sacudía las aguas sin ocultar sus encantos. Nos agachamos detrás de un árbol para poder contemplar sin que ella se turbara, sus fascinantes atributos de mujer.

  Las descripciones voyeristas se asocian a la sexualidad de la época. Hay en esas escapadas voyeristas, el disfrute al contar las distintas etapas del desnudo, como cuando se refiere al striptease de una madre de treinta y cinco años. En otro pasaje el mirón espía a una mulata saliendo del río, y nos dice lo siguiente:

Sus bien formados senos firmes y túrgidos se corresponden con sus grandes nalgas sobresalientes y ovaladas. Al sacudirse sus cabellos, sus pechos temblaban como palomas voladoras

  1. Por otra parte, y en contraste con todo lo anterior, puede atisbarse el influjo que ejerce la lectura de los místicos en el personaje narrador de la novela y en Margarita Jiménez y en el Padre Henríquez. Ambos han abrevado en la fuente de los místicos San Juan, Santa Teresa, Fray Luis de León. Los tres comentan el soneto de Fray Miguel de Guevara. Los tres compendian en sus diálogos la experiencia mística. Se trata de una luz que ilumina la conciencia, una especie de aletheia platónica. Un lenguaje interior que es, además, una mejor comprensión del mundo visible y de sus relaciones. Los diálogos sustentan una teoría literaria:

La metáfora alumbra el sentido que representa.

—Lo que has dicho es hermoso, Margarita. Pero no se aplica a la metáfora sino al símbolo. La metáfora compara, no representa.

—Los símbolos se fundan en una palabra que representa un concepto y tienen dimensión espiritual

  En esas conversaciones Margarita y Juan Francisco se intercambian sus intuiciones, sus descubrimientos y su mundo interior. No sin un dejo de pesimismo por parte del cronista, que nos dice lo siguiente:

Lo lamentable es que ya estamos en el último tercio del siglo XVIII y no tenemos imprenta para imprimir libros y periódicos. ¿Cómo progresamos sin creación intelectual?

  1. En los relatos orales de Cristina Mendoza compaginan con visiones fantásticas. He aquí algunas muestras : a) dicen que un hombre sale desnudo montado en su caballo y le da la vuelta a la villa, llorando sobre su montura; b) en las casas de Moca solían aparecer las jupias, mujeres con los pies al revés, que eran golosas y sensuales, y hubo casos, como el de Manuela, violada mientras dormía por un haitiano, que la adormeció con una magia soporífera; la historia de Domitila, la curandera, que con unos brebajes y ensalmos logró recuperar a un marido descarriado. Son varias las historias que empalmadas en el relato de Cristina pero todas revelan la potencia del mito como generador de cultura y recuerdos.

La segunda parte de la novela se centra en el acontecimiento historiográfico de la matanza emprendida por las tropas de Henri Christophe el 3 de abril de 1805. Dos supervivientes de la hecatombe de Moca deponen ante el cronistas, María del Carmen Bueno Quezada, bisabuela del obispo Bretón y Ruth Figueroa, que se hallaba, al igual que la primera, en el templo Nuestra Señora del Rosario de Moca.

Los hechos se cuentan de forma circular. El mismo acontecimiento aparece contado por cada una de las testigos. Se trata de la narración de los sentimientos y de las menudencias vividas por estos personajes. La técnica empleada es una sucesión de monólogos.

La diégesis que se nos trasunta en esa segunda parte puede resumirse en este párrafo:

Henri Christophe, bajo cuyo mando actuaron las tropas en Moca, ordenó que entraran al templo como mansas ovejas. Fray Pedro Geraldino piensa que general haitiano quiere indultar a la población. Tan pronto como comenzó el tedeum, cerraron las puertas del templo, con unas cuatrocientas personas. Degollaron con sus sables a los hombres, atravesaron con sus bayonetas a las mujeres y ensartaron en sus fusiles a los niños. Tras concluir la degollina, incendiaron el templo, saquearon las viviendas aledañas. En el degüello del 3 de abril de 1805 murieron los blancos; no pereció un solo negro. El templo fue reducido a cenizas.

  Si la historia nos cuenta los hechos; la literatura nos fabrica una realidad. En los manuales de historiografía se desconoce las matanzas de Moca y Santiago. Algunos llegan incluso a decir son fabulaciones del anti haitianismo. Que esos hechos horrorosos no se produjeron. De manera que nuestros estudiantes terminan eclipsando estos acontecimientos; lo colocan en el terreno de las leyendas mitológicas. Quizá esta novela se emparenta con la famosa tradición escrita por el insigne escritor Cesar Nicolás Penson quien cuenta el asesinato de las hijas de Andrés Andújar, perpetrado por una gavilla de haitianos, en las cercanías de la Capital, leyenda conocida como “Las vírgenes de Galindo”.

Aun cuando los historiógrafos de hoy desdeñan este acontecimiento, José Gabriel García, padre de la historia dominicana, no omitió las menudencias del degüello de Moca. He aquí las palabras del Padre de la historia dominicana: “

Pues habiéndose anunciado que el día 3 de Abril se cantaría un Te Deum solemne en acción de gracias por la feliz terminación de la lucha, acudieron al templo más de 500 personas de todas clases, sexo y edades, además de la soldadesca desenfrenada de Faubert, la cual cerró todas las puertas al comenzar la ceremonia, y se entregó de lleno al desorden saciando su furor brutal sobre aquella concurrencia inofensiva, de las que quedaron muy pocas con vida, porque hasta el sacerdote que oficiaba fue ensartado en las bayonetas, en medio de la espantosa gritería de aquella horda de salvajes.

  Don Gaspar Arredondo y Pichardo, letrado sobreviviente de la matanza de Santiago es , de todos los testigos, quien ha descrito con todos los pormenores las matanzas llevadas a cabo por los haitianos en Santo Domingo, en ese año terrible. Dice don Gaspar que en aquel punto y hora, “ser blanco era un delito” y que los haitianos se habían proclamado enemigos del color de la población, y se habían propuesto la primera limpieza étnica en este lado de la isla. En sus Memorias de mí salida de Santo Domingo escrita cuando pudo escaparse a Cuba, nos cuenta entre otras cosas de Moca lo siguiente:

“. Que de todas las mujeres que estaban en la iglesia sólo quedaron con vida dos muchachas que estaban debajo del cadáver de la madre, de la tía o de la persona que las acompañaban; se fingieron muertas porque estaban cubiertas con la sangre que había derramado el cadáver que tenían encima; que en el presbiterio había por lo menos 40 niños degollados y encima del altar una señora de Santiago, doña Manuela Polanco, mujer de don Francisco Campos, miembro del Concejo Departamental, que fue sacrificado el día de la invasión y colgado en los arcos de la Casa Consistorial, con dos o tres heridas mortales de que estaba agonizando. Que don Antonio Geraldino, don Mateo Muñoz y el capitán de aquel Partido don José Lizardo habían sido sorprendidos en su casa y atados a sus camas las incendiaron, “El negro Félix me informó en Baracoa Cuba, que todos los desastres, muertes y atrocidades cometidos por los negros en las personas blancas de ambos sexos y en todos los pueblos por donde habían transitado en retirada de la capital de donde fueron rechazados, después de un sitio de veintitrés días que tuvieron que levantar más que de prisa. Que los altares, los archivos y hasta el reloj público lo habían reducido a cenizas echando a pie para el Guarico a todo el que no habían asesinado sin exceptuar aún a los sacerdotes, menos al cura don Juan Vásquez a quien después de atormentarlo con crueldad en el campo santo que estaba frente a la parroquia lo sacrificaron, y al fin, para saciar su brutal venganza lo quemaron con los escaños del coro y los confesonarios” (Cf. Invasiones haitianas, Emilio Rodríguez Demorizi, 1973).

Y esto lo subrayamos porque desde ahora advierto que esta novela será atacada sañudamente por todos aquellos que, en los medios de comunicación y en la enseñanza quieren anular nuestra nacionalidad, y tratan de descalificar a todo aquel que refiere las menudencias de las barbaries oriundas de ese país. Refiriéndose a estos hechos el historiador haitiano Thomas Madiou ( v. III) dice lo siguiente:

El capitán Habilhomme arrasó Montecristi; y, Roisy, jefe de batallón, La Isabela. Cuatrocientos hombres comandados por el comandante Brossard recorrieron todo el país que se extiende La Vega y Sabana de la Mar, incendiaron Macorís y llevaron en cautiverio una multitud. El 6 de abril, toda la división del norte se hallaron reunidos en Santiago. Christophe le pegó fuego con sus propias manos a los edificios de esta hermosa ciudad. En pocas horas, las construcciones romanas, la catedral construida en estilo gótico del siglo XVI por los castellanos, cuatros otros templos quedaron envueltos en las llamas. La mayoría de los prisioneros fueron linchados. Una veintena de sacerdotes fueron llevados al cementerio. Cuando se dio la orden de fusilarlos. Uno de ellos, el padre Vásquez, viéndolos tambalearse, dijo:” No temáis nada, reciban la muerte con felicidad. En verdad, que tendremos hoy coronas de laureles en el Paraíso”. Se arrodillaron. Levantaron sus manos hacia el cielo, y fueron inmolados, en esta actitud hasta el último. El general Christophe condujo al norte 349 hombres 430 adolescentes menores de quince años. Después de haber incendiado Altamira, entró en El Cabo el 9 de abril de 1805. En esta campaña hemos destruido las ciudades más antiguas del Nuevo Mundo, llenas de hermosos monumentos góticos. Nos mostramos muy crueles aniquilando esta población de los campos compuestas de los negros y gente de color.

  Lo que nos dice Madiou es que la matanza no se limitó a Moca y Santiago sino que fue en todo el territorio nacional, Veamos:

“La división Clervaux llevaba la retaguardia. La misma noche la caballería le pegó fuego a todos los ingenios de la llanura de Santo Domingo. Las columnas haitianas de la división del norte, armadas de antorchas, siembran el terror por todos los lados. Combatían sin cuartel a las tropas españolas (dominicanas), que hallaban a su paso.

Quemaron Monte Plata, San Pedro, Cotui, Macoris, La Vega. Aquellos habitantes de los municipios que no tuvieron tiempo de alejarse de la ruta que seguían Christophe y Clervaux fueron ya asesinados o apresados. Novecientas personas de La Vega fueron conducidas a Santiago por el jefe del batallón coronel Antoine. El coronel de la vigesimonovena brigada, Jean Bazile incendio los hatos (…) hizo ahorcar a un gran número de agricultores de esos poblados, dio a las llamas la ciudad de Moca y se presentó en Santiago donde se reunió con Christophe. Etienne Albert, coronel de la caballería, y Raymond coronel de la 27 compañía, cruzaron, a la cabeza de sus batallones, el río Yaque y llegaron a Bánica”

Thomas Madiou no esconde los horrores de aquella degollina con tintes bíblicos.

Como se ve, los acontecimientos novelados por Bruno Rosario Candelier en El degüello de Moca se hallan escoltados por una montaña de informaciones historiográficas rotundamente verídicas. El autor refiere los hechos como un notario, como el relato de una población nimbada de la piedad cristiana, que ha vivido, inexplicablemente, los horrores del apocalipsis. Con esta obra escrita en una prosa pulcra y ejemplar, se inicia la vida literaria de un acontecimiento que no debe ser olvidado, y que ahora entra de pleno derecho en el mármol de las letras nacionales.

«El degüello de moca»

Por Rafael Peralta Romero

Quien se proponga escribir una novela histórica, si se toma en cuenta el contenido que envuelve este adjetivo, asume, a mi modo de ver, uno de los retos más riesgosos en los que pueda incurrir un escritor.

Digo esto porque la historia es una ciencia, y como tal demanda rigor en el tratamiento de sus asuntos. La primera exigencia de la historia consiste en que los sucesos narrados se apeguen a la verdad y que quien los ha trabajado disponga de pruebas documentales.

La novela -ha sido la tradición desde sus inicios hasta hoy- se vale mayormente de hechos ficticios, aunque personajes y anécdotas tengan sus modelos en la realidad. Pienso que el trabajo más cómodo para un novelista es el de crear sus obras a partir de realidades que podrán ser moldeadas a conveniencia del creador.

Visto así, el trabajo del novelista es comparable al del escultor, pues este artista toma un trozo de metal, de piedra o de madera y lo somete a su soberano poder creativo para entregarlo convertido en una obra de arte, en muchos casos capaz de perpetuarse en el tiempo.

El novelista trabaja cómodamente cuando utiliza materiales históricos para novelarlos, con la consiguiente inclusión de los recursos que la técnica de escribir le facilita. De este modo, se obtiene una obra de ficción en la que se ha recreado un acontecimiento histórico, e intervienen personajes con las características de personas reales, mencionados generalmente con nombres fingidos.

En El degüello de Moca, Bruno Rosario Candelier, su autor, ha asumido la decisión de escribir una novela histórica, como hace constar en la portada de la primera edición, que hoy presentamos. “Novela histórica de la Villa Heroica”, reza.

El reto de escribir una novela histórica arrastra el riesgo de que los historiadores, poseídos del celo por la verdad auténtica,  la descalifiquen para esa categoría. Sin embargo, la novela así tratada habrá de contar con otras fuerzas para sostenerse, porque al fin y al cabo, se trata de una obra literaria que por más apegada a los hechos reales que esté, debe satisfacer el principio primordial en toda obra de arte: provocar el goce estético.

La novela El degüello de Moca ha partido de un suceso tenido por real, ocurrido en esa localidad en los inicios del siglo XIX, y es obvio que me refiero a la particular agresión a esa villa durante la invasión haitiana al territorio donde cuatro décadas después se fundaría la República Dominicana.

En enero de 1804 la parte occidental de la isla de Santo Domingo se había constituido en una nación independiente –Haití- , luego de que triunfara una rebelión de esclavos dirigida por Jean Jacques Dessalines. Proclamado emperador, el jefe haitiano decide, en 1805, invadir la parte oriental de la isla, que era dominio español, impulsado por el rechazo a la esclavitud y el odio racial hacia los blancos.

Rosario Candelier ha estructurado su novela en tres partes, dividida en trece capítulos. La primera parte, titulada Nacimiento de la Villa, es de carácter fundacional, y guiado por la intuición el autor reconstruye la historia de la fundación de Moca, con ayuda notoria de su imaginación.

A los detalles elementales de un grupo de hombres cortando madera para edificar chozas y buscar en el bosque frutos que no han plantado (plátanos, huevos…) para la alimentación, el autor le adiciona un elemento capaz de espantar la menor señal de aburrimiento: el baño de Margarita Jiménez bajo la luz de luna llena.

“El fulgor de su cuerpo, rutilante como la luna de esa noche, revelaba la armoniosa forma de su figura. [….] Sus pechos túrgidos y ovalados destilaban polen de estrellas en sus picos. Su pelo chorreaba sobre su espalda como una cascada de lluvia”. (pág. 15).

Rosario Candelier se inserta en el personaje Juan Francisco, muchacho de poco estudio, a quien su abuelo recomienda dejar el trabajo agrícola y dedicarse a las letras, para que haga de cronista de la fenomenal historia. Demasiado bien lo hace este cronista improvisado. Él  comprenderá a la perfección el interés de referir la historia de Moca en dos vertientes: antes y después del degüello.

La historia de la Villa de Moca incluye la biografía de Bruno Rosario Candelier. Se evidencia en las lecturas de Juan Francisco, el personaje que cuenta los sucesos, que gusta de contar historias, y por igual lee a San Juan de la Cruz y a Heráclito.

“Todos los hombres, sin excepción, tienen el poder de la intuición, que es una gracia espiritual para entender el sentido de las cosas, y en tal virtud ese atributo forma parte de lo que Heráclito llamaba Logos, nombre con que el pensador presocrático denominó a ese poder de la conciencia, que la concebía como una energía sagrada para reflexionar, intuir y crear”. Así piensa Juan Francisco.

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La segunda parte de la novela, que incluye los capítulos 6, 7, 8 y 9, lleva por título Sangre en el templo. Es aquí donde se encuentra el clímax de la obra. Se narran los horrendos sucesos dirigidos por Dessaline y ejecutados por Henri Christophe.

Bruno ha incluido fragmentos de narraciones en las que otros autores, sobre todo mocanos, cuentan los sucesos ocurridos el 3 de abril de 1805 en la entonces naciente ciudad de Moca. Se habla de quinientas personas acuchilladas por las hordas haitianas, incluyendo unos cuarenta niños. Todos congregados, con argucias del enemigo, en la iglesia de Nuestra Señora del Rosario.

El autor lo cuenta así:

“Iniciado el oficio religioso y el templo lleno de gente, los soldados haitianos sorpresivamente cerraron las puertas de la iglesia. Desde temprano en la mañana se habían congregado cientos de mujeres, hombres y niños y, de inmediato los haitianos protagonizaron una sangrienta escena. El general Henri Christophe le había dicho a fray Pedro Geraldino, párroco de la iglesia, que respetaría la vida de los feligreses, pero todos los presentes en el templo, menos  dos doncellas y un monaguillo, fueron degollados por los sables, puñales y bayonetas de los haitianos”.  (pág. 96).

El templo fue quemado y con el incendio ocurrió la cremación de  los cadáveres. Tres mujeres llamadas María testimoniaron al cronista lo sucedido. El autor retoca de mesianismo este pasaje por cuanto hace evocar las tres Marías que visitaron la tumba del Crucificado. El espíritu mesiánico se asocia con la muerte de Cristo y las tres Marías: María Magdalena, María la de Cleofás y María la madre de Jesús.

La misteriosa guadaña de la muerte había cercenado la paz de nuestra Villa, apunta el narrador. El degüello de Moca es un hecho que divide a los historiadores, unos, como Emilio Rodríguez, aportan documentación, y otros estiman sobredimensionado el suceso

La tercera y última parte del volumen se titula Reto de la mocanidad. El primer compromiso comunitario fue la reconstrucción del templo. Y a seguidas “borrar los vestigios del fatídico degüello y restaurar el aliento colectivo”. (pág. 156).

La Ideología predominante en esta obra apunta hacia la exaltación de la mocanidad, sentimiento que no es solo de Bruno Rosario Candelier, pero que este autor es uno, si no el más persistente cultor.

Para elaborar su obra, Bruno se ha valido de un suceso real, aunque distorsionado por el tiempo y cuestionado por los historiadores, pero que está en la conciencia de los mocanos y aporta sentido de unidad a ese microcosmos, a la vez que contribuye al fortalecimiento de la mocanidad.

La novela ha sido definida por la preceptiva literaria como narración en prosa de hechos ficticios. La de Rosario Candelier  se nos presenta como histórica, lo cual parece una paradoja, pero si los hechos fueran inciertos, el texto se arraigará de manera más firme en el género literario al que corresponde: novela, sin etiqueta alguna, como debió ser desde u principio.

Más que historia novelada, hablamos de una novela histórica, pero si la apreciable dosis de ficción  con la que ha sido adobada le restara méritos para ostentar esa categoría, El degüello de Moca seguirá siendo una novela que narra un suceso sumamente interesante y desgarrador con estilo diáfano y muy propio de la obra literaria. Enhorabuena, pues.

Acto celebrado en el recinto de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, en Santo Domingo, el 29 de enero de 2019.

El arquetipo “sombra” en «El degüello de moca»

Por Miguel Ángel Durán Ureña

   El degüello de Moca se clasifica dentro del subgénero de novela histórica por estar fundamentada en hechos reales acontecidos hace más 200 años, en la geografía del país. Esta trama encauza una red de acontecimientos, iniciados desde la imposición esclavista de nuestros aborígenes y de la trata de hombres y mujeres traídos principalmente desde el Continente africano con el propósito de sujetarlos entre las garras de la esclavitud.

Ese maltrato dado a nuestros aborígenes, como a los miles de africanos vendidos como esclavos, fue uno de los tantos eslabones (mutágenos) que formaron la cadena insana y odiosa, perversa y racista que engendraron estos lamentables hechos. Los traumas de este fatídico bloque histórico, incidieron pavorosamente en la personalidad de esta gente indefensa –principalmente africana- cuando fueron obligados a salir de su tierra, maltratados, vendidos, burlados, violados todos sus derechos, añadiendo la falsa ideología europea de que los africanos y aborígenes- no tenían alma, más bien eran animales.

Las heridas que tejieron la forma de pensar del hombre histórico tienen su base en el poder odioso expresado por un apetito voraz por las riquezas de los pueblos y que sustentaron el desarrollo económico de los más fuertes. Esto trajo consigo un dominio malévolo de los países –sobre todo- europeos (Francia, España, Inglaterra…) cuyo crecimiento industrial estuvo fundamentado en la explotación del hombre de los pueblos que habitaron estas maravillosas tierras.

Este golpe histórico que abrazó tanto lo político como lo religioso y lo místico… lo puramente humano, se manifiesta –en menor o mayor grado- en la conducta de los hombres nacidos luego en esta parte del mundo. En la novela El degüello de Moca se puede leer lo siguiente: “Fue entonces cuando Margarita me sorprendió diciéndome que ella ha tenido visiones tormentosas en las noches sobre algo terrible que sucederá en esta Villa…”.

Heredamos pues -entre tantas otras cosas- la violencia, y viene manifestándose desde la colonización, desde la era esclavista, desde la era liberadora de la república, con expresión indolente y diabólicamente perpetrada –en nuestro caso- por el ejército de Jacques Dessalines y de otros insurrectos. Por tanto, el degüello de Moca, revivido por el intelectual mocano Bruno Rosario Candelier, es una imperiosa necesidad de recordar esta complejidad de “sombras” que han mancillado el “genoma” más pulcro de la patria de Duarte.

La novela de Bruno Rosario Candelier no es más que uno de los tantos capítulos de este desastre, y por lo vivido, seguirá ese producto heredado y malévolo que aun sostiene la mala relación dominico-haitiana.

Una de las debilidades de esta novela histórica es la generosidad que tuvo su autor de no profundizar aún más en los daños y perjuicios de esta brutal acción; no solo a Moca, sino también a todo el territorio de nuestro país, y que ha cruzado la simiente más sagrada de la dominicanidad. Por lo visto, el detonante que encausó el degüello de Moca había comenzado ya en Haití, y se desparramó el odio por todos los pueblos de La Hispaniola, mancillando todos los caminos de la geografía nacional.

Este lamentable hecho histórico-traumático es un calidoscopio dentro del complejo geográfico nacional, donde los brazos negros unen los micros y grandes relatos que conformaron y siguen perjudicando la paz de la nación dominicana.

Por lo que la génesis del degüello de Moca no fue en la iglesia; la iglesia es todo el país, producto de esta “sombra” representada por la liberación de los demonios heredados que ocuparon el subconsciente de Dessalines y de Henri Cristophe, y que se expresaron con furor en las desavenencias y el bloque defensor dado por el ejército francés a cargo de Ferrand.

Basado en la premisa de este enfoque, los primeros capítulos de El degüello de Moca, de Bruno Rosario Candelier, lucen muy románticos y hasta divertidos, en una época donde los más nobles apellidos que construyeron estas fecundas tierras, no podían vivir tan tranquilos dada la época tan belicosa, de difícil vivir bajo cualquier condición, para que durmieran tan serenos: “Según supimos después, un negro prieto, un haitiano rudo y grosero, mediante magia entraba de noche a su cuarto de dormir y, con una sustancia soporífera la adormecía y yacía con ella, de manera que ni la misma muchacha sabía que un varón la penetraba y la vivía”.

Los mocanos de la época de ese trágico acontecimiento tenían que haberle temido a los haitianos desde mucho tiempo atrás. De seguro que fueron masacrados comenzando con el cura, para llevar a cabo dicho holocausto. No hay poesía para declamar este aciago momento, porque vive silente en las sensibilidades más hirvientes del corazón de los mocanos.

El autor de la novela del degüello, Bruno Rosario Candelier, asume un personaje omnisciente representada por el sacristán, información que recibiera de boca en boca y/o por la sustentación de la historia.

La esclavitud, que viene ya desde hace décadas, dice presente en la familia mocana de entonces. Los siguientes párrafos tomados de esta novela abren un capitulo interesante en lo referente a la “sombra” que domina el discurrir de esta narrativa, como también de la historia misma, y nos permite repensar este desastre, armando un complejo crucigrama de hechos sustentables: “La nuestra era una comunidad integrada no solo por familias de un claro abolengo español de Andalucía y Castilla, sino con negros de ascendencia africana, oriundos de Guinea Ecuatorial, que integran nuestros esclavos, y mulatas criollas que son nuestras criadas”.

Cada noche sucede un hecho tenebroso. Dicen que un hombre sale desnudo, montado sobre su caballo. Tengo la sospecha de que se trata del espectro de algún indio o de un esclavo: “Antes de que la sombra de la noche se tragase los últimos vestigios de la luz, comíamos lo que nos preparaban nuestras mujeres…”.

Presencia de “esclavos”, “sombra de la noche”, imagen de peso específico que el narrador explaya consciente o inconscientemente en su obra, y cae como un preludio del hecho mismo.

Los conceptos de “sombra”, noche, primanoche… se repiten más de 30 veces en los primeros capítulos de la obra, y puede distraer al lector desde el punto de vista literario; pero en su más profunda y fuerte significación contiene la trama de la verdad histórica de la obra. Connota un dominio sobre todo en los tres primeros capítulos adornando con bellas metáforas ese pesado bloque histórico nacional, pero aborda en su hondura la diabólica red del odio y la venganza.

 

El autor absorbió las energías embrujadas que aún circulan por las huertos fecundos de la ciudad, y define el hecho con vívidas palabras y símbolos esta amargura ancestral: “El cielo estaba repleto de estrellas y la lumbrera de la noche sofocaba las sombras que se acurrucaban en los rincones de la casa o en los matorrales cercanos. Una de esas primanoches rutinarias, de repente vi a Margarita Jiménez bañándose en el patio de su cabaña. Estaba completamente desnuda”.

Las pesadillas da el tono a los sueños que tienen su componente patológico, como bien se entiende en uno de los capítulos de la novela intitulado “La pesadilla de Ruth Figueroa”: Esta pesadilla otorga al título de este comentario, toda su veracidad: “Desde aquella luctuosa mañana de abril, cuando asesinos haitianos hostigaron la paz de esta Villa degollando y matando a cientos de nuestros compueblanos e incendiando nuestro templo, la sombra de ese terrible siniestro reclama una acción de desarraigo, purificación y exorcismo”.

«El degüello de Moca», de Bruno Rosario Candelier

Por Camelia Michel

Es una satisfacción participar en la presentación de la novela El degüello de Moca del Dr. Bruno Rosario Candelier, en el digno escenario de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, junto a estos reconocidos intelectuales y colegas académicos.

Es mucho lo que puede decirse en torno a esta obra, enraizada en un episodio luctuoso, como el exterminio de un importante segmento de la población de la llamada Villa Heroica, a manos de las fuerzas haitianas comandadas por Henri Christophe, el 3 de abril de 1805.Entre sus méritos debemos consignar su certera visión de los hechos históricos en torno a tres momentos fundamentales de Moca: su fundación, en la segunda mitad del siglo XVIII, la perpetración del degüello, punto central de la narración y, finalmente, la reconstrucción de la aldea.

Cuando la realidad nos pone contra la espada y la pared de una manera tan letal nos salvan la fe, el olvido o la ficción. En los duros avatares que registra la historia de nuestro país, hemos logrado muchas veces salir adelante y dar la batalla, aún traspasados por un fierro en el mismo pecho. Esa fe en nuestro Dios, en nosotros mismos, en el porvenir, en las fuerzas históricas que nos soportan y nos llevan a levantarnos luego de un ataque mortal.

En ocasión es el enemigo nos ataca por la espalda, y puede que entonces la desmemoria nos salve de la ignominia. Ésta se oculta en el silencio porque quizás nos resulta insoportable, o porque el recuerdo vigoroso atentó contra los intereses espurios del momento: en consecuencia, deviene en olvido de la historia. En el presente algo amenaza con barrer nuestra memoria, con lacerar el ethos nacional.

 

La ficción: un caballero alado que nos rescata

Afrontamos no solo la pérdida de muchos de nuestros mejores valores, costumbres y creencias, sino que asistimos a una tergiversación de los hechos pasados, y con sorpresa vemos que acontecimientos, hazañas y héroes van perdiendo su significado. En ese justo instante llega la ficción como un caballero de armadura alada -cuando ya la crónica no es suficiente para expresar la contundencia de los hechos, el dolor de las heridas- y nos rescata de la mentira, del desamparo, de la brutal amnesia.

El degüello de Moca es uno de esos sucesos nefastos que esta novela rescata, luego de muchos años de pretendido olvido o disimulo. Ahora que estamos sometidos a un proceso de disolución nacional, este texto es absolutamente indispensable. Dicha masacre constituye uno de los episodios más dolorosos y menos conmemorados: la ofensiva haitiana contra la parte oriental de la isla a principios del siglo XIX, en la que, al no poder contender con los franceses, las huestes de los vecinos se retiran hacia el occidente tomando represalias en la población de civil de varias demarcaciones del Cibao.

Pocas veces se ha dicho, y en este libro se consigna: que aquél fue un ataque centrado principalmente contra la población blanca del Santo Domingo Español y yo añado que constituye la primera limpieza étnica de que se tenga referencia en esta parte del mundo.   Cito:

“El degüello de Moca fue la bestial masacre concebida por Dessalines para eliminar a la población blanca de la isla. A los haitianos los mueve el odio racial, con una cultura fundada en la sevicia y la destrucción: odio a los blancos y a los mulatos, con cuya saña eliminaron a la población blanca de su territorio y pretendieron hacer lo mismo en el nuestro, como lo hicieron en Moca, donde hay una gran población blanca. En el degüello de Moca murieron los blancos; no pereció un solo negro.”[1]

El posterior secuestro como botín de guerra de sobrevivientes de Santiago y otros pueblos asolados por la ira de los haitianos, es también una suerte de pogromo, ya que la mayoría de ellos eran de raza blanca. De esos seres sometidos al destierro y al escarnio, cuya mayoría era compuesta por mujeres y niños, nunca se tuvo noticia, o su destino no fue consignado en ninguna crónica. Lo cierto es que en el Santo Domingo Español la población se redujo casi a la mitad luego de estas incursiones, punto en el que coinciden diversas fuentes, en parte por las incursiones exterminadoras, en parte por las migraciones obligadas.

Y mientras más pensamos en la contundencia de estos hechos, más sorprende la escasa mención que de ellos se hace. ¿Cuántas narraciones recuerdan esos ataques? ¿Cuántos historiadores actuales se atreven a situar en contexto esta parte de nuestro pasado? ¿Cuántas investigaciones sistemáticas han sido realizadas para aclarar dudas y puntos oscuros?

Entonces esta novela llega como una clarinada que nos recuerda que no todas las verdades pueden barrerse para ocultarse como polvo debajo de la alfombra. Hay acontecimientos, hay memorias, que al igual que fantasmas resurgen para cobrar una deuda. Una deuda de justicia, una deuda de recibir la palabra precisa que los rescate de la duda, de lo ambiguo, de la calumnia, de la ignominia y del aplastamiento, quizás.

Si la masacre fue devastadora al extremo, los intentos de ocultarla son igual o peor crimen. Los aliados de la Segunda Guerra Mundial no han permitido que se olvide el holocausto de los judíos perpetrado por Hitler y sus acólitos. No debemos propiciar ni aceptar que se trivialicen los hechos surgidos a raíz de las incursiones de las huestes de Dessalines en nuestro territorio: que sea minimizado el abuso, el crimen, contra una población pequeña, empobrecida y desarmada, que se enfrentaba con un enemigo poderoso y lleno de saña.

Se necesitaría que muchas investigaciones y narraciones paliaran toda este silencio y confusión. Ojalá la novela de Bruno Rosario sea la primera de muchas similares, manejadas por diversos escritores y puntos de vista.

 

Caos versus ficción: la narrativa como estrategia de rescate de la verdad

La primera forma literaria de organizar el caos en un acontecimiento específico es la crónica histórica, el esfuerzo por acopiar y describir los sucesos y de crear una línea de tiempo que nos permita entender lo que se presenta velado por el desorden y la fragmentación.

La segunda manera es revestir los hechos y esquemas que sustentan la narración histórica, escueta, fría y fácil de tergiversar u olvidar, con la belleza y verosimilitud de la ficción; con el rescate de esa cotidianidad que en los manuales de historia se olvida. Pero ambas formas de abordaje de la realidad se dan cita en la novela histórica.

Es interesante ver -a través de las páginas de la novela El degüello de Moca-cómo se despliegan ante nuestros ojos los momentos mágicos en que un puñado de familias se afinca en este lugar promisorio y despoblado, habitado solo por una frondosa vegetación y un paisaje salpicado de suaves accidentes.

En un relato de estructura lineal van apareciendo los primeros pobladores de esta aldea, con sus ilusiones y su voluntad de asentarse y progresar en medio de una naturaleza hermosa y fértil, pero no exenta de dificultades. La mayoría, hombres de la tierra, que poco a poco dieron sentido a un proyecto urbano y civilista:

“Llegamos al centro de una inmensa llanura despoblada”, señala Juan Francisco del Valle) y continúa: “Era una tarde soleada, con un limpio cielo azul y una suave brisa. Cansados y hambrientos, acampamos bajo la cobija de un frondoso árbol de anacahuita. Ya llevábamos dos días de una larga travesía. Antes de que nos arropara la sombra de la noche decidimos descargar ajuares, bastimentos y vituallas a la vera de un enorme samán”[2].

Esa comunidad que desarrolla su vida en torno al cultivo de la tierra y de su fe religiosa es parte de una dinámica bucólica; trabaja, vive, sueña, ama, canta, realiza sus festividades, ajena a los vaivenes y pugnas de intereses coloniales y de las metrópolis.

Así progresa hasta llegar a los albores del siglo XIX, en que la agitación del lado occidental de la isla de Santo Domingo le tiene deparada una sorpresa. Para 1805, la situación es la siguiente, y el narrador lo consigna de esta manera a través de Benito, un personaje secundario:

“En esta villa no sabemos lo que se mueve entre los poderosos por la posesión de oro, reses y productos de la tierra que piratas y corsarios saquean con el conocimiento o consentimiento de magnates locales”. Y también advierte que:

“Aquí no sabemos todo lo que pasa entre los tutumpotes de nuestro país y ya hay dos estados en esta isla de La Española, y un día los intereses provocarán guerras  entre las dos naciones en este territorio compartido. Los haitianos amenazan con adueñarse de la isla, alegando que vengarán el abuso que los blancos ejercieron contra ellos”.

Es evidente que el autor recurrió a las fuentes autorizadas para asentar su narración en un contexto histórico lleno de pinceladas costumbristas, pero también es cierto que acude a la intuición y la imaginación como herramientas de la creatividad, para dar verosimilitud a los acontecimientos narrados, a los pequeños momentos que tejen la vida de la comunidad de antaño, y que son parte de la urdimbre social.

El resultado es una novela cargada de acciones, diálogos e interacciones en apariencia pequeños, sin asomos épicos grandilocuentes, en los que se combinan los hechos históricos con los posibles sucesos, protagonizados por personajes que responden a nombres reales y otros ficticios, como el protagonista y narrador de los hechos: el sacristán Juan Francisco del Valle.

La acción entra en un punto culminante de agitación y angustia en el momento de la masacre, el 3 de abril de 1805, cuando el narrador dice: “excepto las dos doncellas y el monaguillo, todos fueron degollados, incluido el propio sacerdote celebrante del oficio religioso, que pereció ensartado en una de las bayonetas de esos salvajes en medio de la gritería y el espanto de la gente que, inocente y confiada, acudió al llamado de los haitianos”.[3] El narrador enfatiza que el degüello “implicó la muerte de numerosas víctimas pasadas a sables, cuchillos y bayonetas, con cabezas degolladas y cuerpos traspasados por las armas”.[4]

En una tercera fase, la novela abarca la época de la recuperación y del seguro estrés post traumático. Es importante señalar que la narración no se queda en la fase de lamentación, o en la exaltación del rencor y de los aprestos de venganza.

Antes bien, el autor se empeña en mostrar la capacidad resiliente de la menguada comunidad, que más allá de sus penas y temores reconstruye su templo, fulminado por un incendio a raíz del degüello, con mejores herramientas y materiales; levanta de nuevo las casas que fueran calcinadas a la salida de los haitianos de la comarca, y finalmente celebra y promete rehacer su dinámica de vida más apegada a sus costumbres y fe religiosa, y a un sentido del deber y la solidaridad más allá de cualquier obstáculo o dolor.

Como símbolo de la visión de futuro de la comunidad, la novela culmina con la reinauguración de la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario y con la celebración de las bodas conjuntas de las dos muchachas sobrevivientes de la masacre, quienes se desposaron con jóvenes laboriosos y emprendedores.

Antes de cerrar mi participación quiero destacar el uso de imágenes que bordan de poesía la narración, especialmente en las descripciones del paisaje. Igualmente, es notable que en algunos de los personajes surgen inquietudes espirituales y se evidencia una perspectiva interiorista. Finalmente, puedo señalar que el Degüello de Moca es no solo una novela histórico-costumbrista, sino que en esencia responde a los lineamientos de la literatura de compromiso, no con una connotación de panfleto, pero sí con la expresión de inquietudes y valores vinculadas al bien común y sentido de progreso y capacidad de reconstrucción de la comarca que, al igual que el Ave Fénix, resurge de sus cenizas la mañana del  oprobioso 3 de abril del 1805, miércoles de carnestolendas y testigo de una pasión tan injusta y sangrienta como la del cordero pascual que los cristianos conmemoramos en la Semana Mayor y que nos abre las puertas de la resurrección y la vida eterna.

 

[1]Pág. 107.

[2]Pág.11.

[3]Pág. 104.

[4]Pág. 105.

Manuel Matos Moquete

Por Marcio Veloz Maggiolo

El reciente Premio Nacional de Literatura que otorga la Fundación Corripio al Dr. Manuel Matos Moquete, uno de los más sobresalientes académicos dominicanos, constituye un verdadero acierto del jurado de esta notable institución que convoca año por año para un concurso que ha sentado sus decisiones no solo en la obra literaria de un autor, sino también en su carrera académica.

Matos Moquete, miembro notorio de la Academia Dominicana de la Lengua Española, ha sido un novelista que comprendiendo que lo universal puede también ser local, ha proyectado en sus novelas la lucha de los dominicanos contra la tiranía, y en sus clases, una verdadera visión de la realidad cotidiana, del pueblo dominicano.

El autor de es parte de aquellos que han encontrado en el tema nacional y sus episodios, materia prima para desarrollar capítulos donde la imaginación acierta con los inventos de vidas renuentes a la dictadura, ya que la propia cotidianidad lo ha llevado al campo de batalla revelado también en su literatura- Pero Matos Moquete, cubierto por sus aciertos intelectuales con numerosos premios, es de los escritores que consideran su país como la mejor de las fuentes argumentales y que con su obra dan la razón el Premio Nobel egipcio Mahafuz, quien hace tiempo proclamaría que los temas locales son también universales cuando el autor los muestra ampliamente conformes con valores de la misma categoría ética, y estética, con los que han desarrollado los suyos quienes han mostrado que en los localismos de los pueblos subdesarrollados se esconden temáticas que tratadas como puntas de lanza y como critica al sistema corrupto, contribuyen al despertar y a la creación de valores que a veces, de manera tímida, afloran como primicias de una sociedad dormida, la sociedad que ronca, sueña con fantasmas aletargados, que aun cree en las mentiras sociales de las clases más altas, y con ofertas que envueltas en papel celofán, se cubren de un falso brillo dotado de corazón transparente.

A la obra para criticar la sociedad fantasiosa, creedora en el mito del futuro literario de las tiras cómicas, Matos Moquete agrega sus ensayos sociológicos, literato modelado en la línea de Pedro Francisco Bono, ha sido maestro, orador, descriptor de problemas sociales, y ha proyectado sus conocimientos en aulas donde fl orece el pensamiento, aclarando para sus alumnos, lo que ha pregonado como tema de sus novelas, donde apunta la necesidad de un cambio social necesariamente vivo para la juventud que aspira a transformaciones sociales partiendo de la educación familiar, para aterrizar en el concepto de educación que debería primar en una sociedad que sin ser analfabeta, aun no ha aprendido a leer, y ni siquiera conoce a los autores literarios, ni siquiera los libros fundadores de nuestra literatura.

El poeta y novelista ilustre, don Andrés L. Mateo, me dijo cierta vez, con voz de maestro –y no de ceremonias- que los dominicanos no leen a los dominicanos. Pasa lo mismo, y hoy parece que el caso se agrava. Somos un pequeño grupo los que consideramos la lectura aire del alma.

Son validos los esfuerzos del Ministerio de Educación de hacernos flotar en una tabla de salvación llamada “la literatura dominicana”, pero acontece que no todos sabemos nadar, y que necesariamente el analfabeto de ayer, si no tiene que leer, aplique y se mantenga leyendo, puesto que la lectura flota con el impulso de la creciente fuerza de brazos capaces de mover, con instrumental nuevo, los remos de la canoa donde llevamos a puerto las productos de “nuestra” civilización, incluido del civilismo. Termino con frase comercial aunque en vez de ser hombre de los que viven detrás del mostrador, terminamos tras la pluma de palote, el llamado “papel ministro” y luego la máquina de escribir, Underwood, por supuesto, donde por la ausencia de la letra “Ñ”, quedamos impedido de aquella letra que como interjección había volado del pensamiento de la máquina.

Algunas ideas sobre el particular ocurrirán si el Estado sigue preocupándose por el “hombre de la calle”, y como creemos en los libros y en el texto que los define, aun esperaremos los resultados.

No soy un desesperado, y mi fe en el logos se acrecienta como la de los jóvenes escritores que desearían Kafka más completo y un Rulfo que por rubio fuera más charro, con inmortal bigote a lo Pancho Villa, “agudizando las contradicciones”.

Manuel Matos Moquete ha expuesto con su vida y con sus obras, modelos y métodos. Nos alegramos de corazón que haya sido escogido por su obra literaria, ganador. Pero también como meritorio pensador que una vez, como dijera el poeta Miguel Alfonsea era posible que alguien fuera “la voz del fusil” convertida en palabra. Y él lo fue. Pero el dialogo, entre el arco y el fusil, quizás más antiguo que el uso de la flecha y la pólvora, se ha convertido en nueva armadura y la palabra escrita, lo mismo que la expresada oralmente, deben fundirse en acuerdos, para un día ser la misma.

También ese ha sido el modelo del profesor, y hoy académico Manuel Matos Moquete, ganador del Premio Nacional de Literatura.

La hipercorrección y la ultracorrección presentes en República Dominicana

Por  Tobías Rodríguez Molina

Hace un buen tiempo le escuché a alguien decir que “El que se pasa es como el que no ha llegado.”  Esta expresión la considero fácil de entender y sumamente sencilla, y se puede aplicar completamente a los usuario de la lengua a los que nos referiremos en el presente artículo.

Un fenómeno  bastante frecuente en comunicadores dominicanos que aparecen a diario en programas de televisión y/o radio en República Dominicana, es el de la “hipercorrección”. Pero quiero que, antes de presentarles una definición de ese fenómeno, me permitan citarles un fragmento que aparece en el libro “La identidad lingüística de los dominicanos”, 2009, del investigador y escritor Orlando Alba (pág.80), donde dice:

=“…resulta particularmente chocante el comportamiento de los locutores y de los  periodistas que intervienen en los medios orales de comunicación en el país en lo concerniente a la pronunciación de la /s/ final de sílaba y de palabra. Una simple observación  de los programas de noticias en la televisión dominicana permite descubrir que la forma plena de la /s/, la variante sibilante, no solo  se mantiene prácticamente en la totalidad de las ocasiones posibles, sino que también es objeto de una articulación exageradamente tensa.”

El profesor Alba hace esa afirmación  en vista de que, de acuerdo con los estudios realizados por él y que aparecen en varios de los libros que ha publicado,  esa forma de hablar y leer de esos locutores y periodistas no representa el habla normal de los usuarios del español del nivel sociocultural  alto en lo referente a la realización de la /s/ final de silaba y de palabra. Según Alba,  los hablantes pertenecientes a ese nivel no pronuncian todas esas “eses” como /s/, sino que producen un 48% de ellas aspiradas, como la jota; ejemplo: lo jamigos (los amigos); un 41%  de esas eses las eliminan, y solo el restante 11% es producido por ellos como  /s/.  Esas variantes de la /s/ son aceptadas  y reconocidas como propias del habla culta dominicana, como lo afirma el profesor Orlando Alba en su libro “Cómo hablamos los dominicanos”, 2004, pág. 66.

Como se ve, esos locutores y periodistas  se pasaron de la raya que les marca su nivel sociocultural, que solamente produce un 11% de las  eses  de final de palabra y de sílaba, mientras que ellos las pronuncian casi en su totalidad.  Se pasaron mucho más de la cuenta “desertando”, de forma exagerada, del nivel que  les corresponde  en nuestro país,  y  “el que se pasa es como el que no ha llegado”, como dijimos antes.

Les pasa como al beisbolista que sale de la primera en un robo de base, llegó a la segunda antes que la pelota, pero se salió de la almohadilla, se pasó de la almohadilla y fue puesto “out”.  Le pasó igual  que si hubiera llegado a la segunda después que el jugador de la segunda base ya hubiera tenido la pelota en su guante.  Hubiera sido puesto fuera como quiera.

De lo antes expuesto, podemos extraer el concepto de “hipercorrección” como “el habla de un nivel sociocultural que está por encima de su nivel propio y normal”.

En el caso que nos ocupa, esos locutores y periodistas se colocan mucho más allá del nivel culto de los dominicanos, pues producen las “eses” como /s/ en casi un 100%, cuando su nivel culto solo las produce en un 11%, como lo vimos antes. Por eso se puede afirmar que son hipercorrectos, es decir, sobrepasan su nivel de corrección.

También encontramos en nuestra habla la “ultracorrección”. Esta consiste en la deformación de una palabra creyendo que se obtiene así una variante lingüística más culta. Ejemplos de ese caso serían: “fisno”, “por fino”;”masta”, “por mata”;”mangudo”, “por mangú”, y “Yo sor de Licel”, por Yo soy de Licey. Esta realización lingüística es propia del nivel sociocultural bajo. Sin embargo, otro tipo de ultracorreción  se encuentra en algunos integrantes de nivel medio y alto. Es el caso de algunos periodistas y hablantes que aspiran una “s” que no existe en una palabra.

Veamos dos ejemplos escuchados de un comunicador que se desempeña en un canal capitalino: “Esto va ja seguir ventilándose…”; y  : “…hay muchas familias viviendo jen casuchas…” Para que se exprese como un comunicador culto, que es lo que le debería corresponder, por el rol que desempeña en ese prestigioso canal donde se desempeña, debió haber dicho: “Esto va a seguir ventilándose…” y “…hay muchas familias viviendo en casuchas…”

Este  otro ejemplo de un hablante de Santiago perteneciente al nivel medio, amplía el cuadro que refleja un sector de ese nivel: “Mañana va ja ir una persona a tocar  la misa.” Y este comunicador de un canal de la capital dominicana no se diferencia en nada de los dos anteriores usuarios con la siguiente expresión: “…se han creado doce senpresas últimamente…” (Un lector de noticias en un canal de Santo Domingo, R. D.)

Con los datos que he ofrecido esta vez, espero que usted, apreciado lector, continúe usando apropiadamente nuestro idioma o, si es el caso, comience a emplearlo mejor que antes, acercándose, lo más posible, al sitial de usuario culto de nuestra lengua española Ese es mi gran deseo.

© 2019, Tobías Rodríguez Molina

Comparonear, mediodía/medio día, *avalanchar, «workshop»

Por Roberto E. Guzmán

COMPARONEAR

Todos los hablantes de español dominicano saben muy bien lo que “comparón” significa; es la persona presumida, pretenciosa, arrogante.

Con relación al verbo que se trae en esta entrega, comparonear, ha sucedido algo muy común en las lenguas naturales, del adjetivo o sustantivo surge un verbo que mantiene estrecha relación con estos.

Este verbo del título es el que presenta la forma en que se comporta el sujeto comparón. En las oraciones naturalmente formará parte del predicado. Gracias a este verbo el comparón se presentará desempeñando las funciones propias de la acción, de movimiento, de estado, de proceso; esto lo hará en el tiempo correspondiente a estas.

El comparón lo que hará con su conducta es mostrarse muy orgulloso de sí mismo o de sus cosas. Se preocupará en demasía del aspecto físico para aparentar atractivo. Pretenderá ser más de lo que en realidad es; se creerá superior a los demás. Demostrará así una inclinación desmesurada a creerse mejor que sus semejantes, con quienes se compara regularmente con palabras o acciones para resaltar las cualidades que él mismo considera que lo hacen preferible o más conveniente.

Esta forma de actuar que se ha detallado más arriba es la que caracteriza el proceder del comparón; por lo tanto, es comparonear. En los diccionarios del español dominicano hay que hacer un espacio para este verbo y así documentar su existencia.

 

MEDIODÍA – MEDIO DÍA

“El Show del Medio Día . . .”

En lo que se ha copiado a manera de ejemplo aparece Medio Día, esto es, escrito con dos iniciales mayúsculas tomando las dos palabras con el valor de título o nombre de un espectáculo. Que se tome la combinación del adjetivo con el nombre, medio día, para que desempeñe las funciones de nombre es legítimo.

Ahora bien, hay que aprovechar la ocasión para exponer las diferencias que existen entre los dos vocablos del epígrafe, pues la presentación en una sola palabra o en dos dependerá de su significado y función en la oración.

Escrito en una sola palabra, o en dos elementos, el significado no es el mismo. Mediodía, así en una sola palabra, es el momento del día en que el sol se encuentra en el punto más alto sobre el horizonte del lugar de que se trata. Es, además, el período que transcurre alrededor de ese momento, las doce del día. Así como para referirse al período entre las doce del mediodía y las dos de la tarde. Según parece, por el uso, el mediodía se sitúa alrededor de la hora del almuerzo, de allí que en algunos textos españoles sitúen ese momento entre las dos y las tres de la tarde.

Escrito en dos partes, medio seguido de día, comprende un período más largo que debe tomarse como la duración de la mitad de un día o de una jornada, sin que tenga que ser exacto en su duración.

Se debe recordar que mediodía también es una forma de llamar el punto cardinal opuesto al norte, sinónimo de “sur”. Hace unos años mediodía era la palabra favorita para aludir al sur de Francia, se decía o escribía acerca del Mediodía francés.

 

*AVALANCHAR

“En estos precisos momentos se AVALANCHA una multitud. . .”

En esta corta frase se detecta la existencia de varios errores. Estos se señalarán individualmente y se ofrecerá información acerca de algunas palabras que se asemejan.

La voz del título no aparece en sitio alguno. No se consigue rastro de ella. Se presume por su terminación que es un intento de crear un verbo. Esta presunción nace de la terminación de la voz y la construcción de la frase, pues parece que se trata de un movimiento de la multitud hacia un destino.

En la frase citada la conjugación (¿?) del verbo contiene una palabra, avalancha, que es conocida en español moderno. Se ha escrito moderno porque esa palabra quedó consagrada en el español cuando entró al diccionario académico en la edición de 1970 con la acepción “alud” (1970:146).

  1. Humberto Toscano en Hablemos del lenguaje, calificó la palabra avalancha de “viejo galicismo del siglo XIX”. Allí sostiene que ella “ha superado en el uso cotidiano” al castizo alud; sobre todo en las acepciones figuradas. (1965:334).

Si la palabra avalancha tuvo que permanecer en espera durante más de setenta años para obtener una sanción favorable, habrá que imaginarse la larga espera que tendrá que aguantar este invento que aparece en el epígrafe.

Ni en francés se ha conseguido un verbo de esta familia. Lo que sí existe es un adjetivo de esta familia de voces que apareció en 1927, a pesar de que avalanche figura en esa lengua desde el año 1611. En esa lengua esa es una voz importante por la frecuencia de aludes que se producen en invierno en las montañas con las caídas de nieve. Tiene incluso en francés sentido metafórico.

La voz francesa es un préstamo tomado del franco provenzal. Dictionnaire historique de la langue française (2012-I-249). Todavía en el siglo XVI en francés era lavanche que llegó a avalanche por el influjo de aval que en esa lengua es la parte inferior de un curso de agua o de un valle.

El alud del español no tiene nada que envidiar a la avalanche del francés, pues el vocablo castizo también alcanza a otras materias y no solamente a las masas de nieve que se desprenden por una vertiente.

Después de esta larga revisión, viene a la mente la idea de que el redactor quiso escribir algo parecido a “abalanzar(se)” que expresa “lanzar(se), arrojar(se) en dirección a alguien o algo”.

 

WORKSHOP

“. . . se harán los WORKSHOPS, donde se . . .”

No existe justificación alguna para continuar usando la voz workshop en español, cuando existen palabras del acervo común que sirven muy bien el propósito de nombrar el cursillo intensivo de enseñanza que en inglés denomina esa voz.

La lengua española ha ido lejos, hasta acomodar una acepción de una de sus palabras para cubrir exactamente las actividades que se hacen en los workshops. Lo que se esboza en la oración inmediatamente anterior a esta será desglosado en detalle en el cuerpo de esta exposición.

Fundéu de manera diáfana propugna la palabra “taller” para reemplazar el anglicismo workshop. Para justificar esa selección escribe que taller “hace referencia al concepto de ‘seminario’ o ‘reunión de trabajo’. La palabra seminario consta en la segunda acepción de taller, y en sí misma designa una clase de un profesor con sus discípulos para trabajos de investigación o, de trabajo en común de maestros y discípulos para labores de investigación o práctica de alguna disciplina.

Con esta respuesta Fundéu se aleja de la simple noción de “reunión de trabajo” para definirlo más bien como un concepto amplio de un, “Grupo de personas que realizan un trabajo persiguiendo un fin común”, que fue propuesto por el Nuevo diccionario de voces de uso actual (2003:1348).

El Diccionario de americanismos de la Asociación de Academias recoge la voz del inglés en letra cursiva y destaca su procedencia de la lengua inglesa. Ese lexicón escribe que esa voz es de uso en Chile, Nicaragua y Puerto Rico. En la actualidad se piensa que es de uso, además, en otros países hispanoamericanos. La acepción en este que acompaña a la palabra es, “taller, seminario”.

La voz inglesa forma parte de ese léxico desde el año 1562 y el Merriam-Webster´s Dictionary la define, “programa intensivo generalmente educativo para un grupo pequeño de personas, enfocado especialmente en técnicas y capacitación en un campo específico”. (Traducción RG).

© 2019, Roberto E. Guzmán

Premio Nacional de Literatura 2019

Por Manuel Matos Moquete

   Desde los primeros inicios de mi vida aprendí con el ejemplo de mis mayores que agradecer era la manifestación más noble del ser humano. Desde el fondo de ese aprendizaje quiero trasladar mi agradecimiento al conjunto de protagonistas que propiciaron el galardón que me honra: Premio Nacional de Literatura 2019.

Debo decir a la Fundación Corripio, al Ministerio de Cultura y al honorable jurado integrado por los rectores de las principales universidades del país y por el director de la Academia Dominicana de la Lengua, que a mis 75 años no me bastará el tiempo que me resta de vida para agradecerles tan elevada distinción, la cual asumo con humildad y responsabilidad, comprometiéndome esta noche a hacerle honor con mis actuaciones y con mi labor literaria y académica.

A mi esposa Lizet Rodríguez, a quien dedico y con quien comparto este premio; a mis hijos biológicos Ninon y José Antonio; y a mis hijos no biológicos Olivier, Li y Lisa, quiero decirles que el valor de este premio es el mensaje que encierra, que con mi ejemplo he tratado de comunicarles siempre: apostar a la potencia de la honestidad, del trabajo y la inteligencia.

A mi familia Matos y Matos Moquete, a mis compueblanos de Tamayo, a mis amigos y colegas, quisiera expresarles mi gratitud por las motivaciones recibidas en las horas y días que en su compañía cercana o lejana, pero siempre condescendiente, he consagrado al ideal de cultura que este premio representa.

Ahora, permítanme un breve relato del trayecto de mis vocaciones hasta el logro de este maravilloso galardón. Excúsenme, que debo hablar de mí, pero, entiendo que, justamente, este es el momento.

Nací con un defecto de fábrica: la ambigüedad vocacional.

A una edad, regularmente los jóvenes van clarificando su vocación. Anclan sus expectativas de futuro a una determinada esfera del saber y el hacer. Yo no. Siempre he estado atraído por una extraña e irregular ambigüedad vocacional.

Desde muy joven viví este conflicto: no sabía —y nunca supe— cuál era mi único y particular centro de interés. He venido cabalgando en la disyuntiva jamás resuelta del gusto por la literatura, por la ciencia y por el compromiso social.

He llevado esa ambigua inclinación hacia varios horizontes de vida lidiando con sus desventajas y sacando provecho de sus ventajas. Por momentos me he sentido confundido y paralizado. Y en ocasiones no he podido evitar pasar por un tipo “raro”, que no se conforma con un solo punto de vista y no se ajusta a un solo tipo de actividad. Pero, las diversas inquietudes me han permitido explorar mundos diferentes y continuamente nuevos.

En mi juventud sentía fascinación por las ciencias experimentales. Quería ser un gran científico, preferiblemente un médico, pero también un químico o un físico. Eso me llevó a elegir en el bachillerato la mención ciencias físicas y naturales. No pude seguir esa vía, pero he conservado el gusto por las ciencias y la tecnología, temas constantes en mis lecturas y en mi producción académica.

Pero mucho antes en Tamayo, en mi niñez, en un ambiente totalmente adverso, sin libros ni referentes letrados en mi familia, inexplicablemente era un compulsivo aficionado a la lectura. No olvido la lejana imagen de un poeta de la familia, el tío Miguelito Moquete , que mi madre evocaba como el hermano poeta que se había ido a Venezuela y de quien de año en año conocíamos noticias suyas cuando se recibía una carta y un dólar en un llamativo sobre orlado con colores postales de las correspondencias del extranjero.

Tampoco puedo escaparme de la imagen de un ogro filantrópico, mi padre Fabián Matos, que me obligaba a ir a la escuela, con amenazas de terribles castigos que urdía en complicidad con las maestras y toda la comunidad. Mucho menos debo ignorar 4 los desvelos de mi madre, Rita Moquete, para que sus seis hijos fueran profesionales, meta que efectivamente logró.

En Tamayo había una bibliotequita municipal que como un oasis en un desierto abría algunas horas a la semana y a la que, pienso, solo yo visitaba asiduamente; pero que, de todas maneras, me permitía leer cosas raras que me desconectaban del estrecho ámbito local. Ahí rumiaba los escasos libros que llegaban, principalmente de una colección consagrada a los papeles de Trujillo, pero también algunas obras de autores desconocidos, totalmente extraños, que con el tiempo supe que les llamaban “clásicos”.

El hecho es que cuando a los 17 años me fui a vivir a Santo Domingo, ya había leído bastante, y a los 19 años, cuando me hice bachiller, me había leído todo lo que leían los jóvenes de la capital del país.

Pero el gusto por la creación literaria me surgió del contacto con las narraciones orales del tipo de las recogidas por el investigador Manuel José Andrade en su obra Folklore de la República Dominicana.

Las oscuras horas nocturnas del Tamayo de mi niñez y adolescencia sin electricidad se hacían livianas alargándose desde la oración hasta la medianoche por los encantos de magistrales contadores de hazañas de brujas, diablos, aparecidos y extraordinarios personajes como Buquí y Malí y Juan Bobo y Pedro Animal, que colmaban mi yerma imaginación del placentero y tenebroso mundo de sorpresas indescriptibles.

Luego, al amanecer volvían los días sin horizontes de la ceñuda rutina de la vida pueblerina y las hoscas tareas de abrevar el ganado, de las siembras y las cosechas, pero alimentados por las creencias de la religiosidad popular. Gracias a las truculentas narraciones nocturnas, la imaginación ya estaba poblada de brujas, zánganos, bacás, luases, espantosas criaturas chupacabras encontradas en los recodos de los caminos y misteriosos personajes que aparecían y desaparecían deambulando por los campos; 5 si no la imagen nigromántica de la presencia y revelación de los muertos en la realidad de los setos y los tejados o en los sueños entregados a pesadillas innombrables.

Y en otras latitudes, los ritos hibridados del vudú y de la iglesia católica, poblados de espíritus malignos y bienhechores hermanados, erguían a exóticas divinidades en ceremonias sacrificiales y a la Virgen y a San Antonio en cultos y procesiones ceremoniosos; a la llegada de la lluvia meses enteros esperada, en bendiciones innombrables por los milagrosos episodios de manifestación de la gracia divina; en alabanzas de glorificación celestial por la portentosa sanación de los inválidos y la abrupta incorrupción y resucitación de los árboles podridos, los animales muertos y la suerte perdida devuelta a base de promesas cumplidas y dones otorgados por Dios y por los dioses múltiples que cohabitaban el territorio sagrado.

Ese es el mundo que narro y describo en mis novelas En el atascadero, Larga Vida, La avalancha y El regreso de Plinio El Mesías.

La dictadura de Trujillo hundió sus garfios en mi tierna adolescencia. La presencia apabullante del régimen me colocó en una situación límite que me obligaba a mirar hacia el lado terrible de la sociedad: miseria, abusos, asesinatos, incluso en el seno familiar, asfixia y carencia de libertad.

Así nací y así crecí. El apego a la vida y a la libertad no era una vocación. Era una obligación, una imperiosa necesidad. El ajusticiamiento del tirano nos tomó prevenidos y volcados hacia lo social y lo político.

En ese momento, sin proponérmelo, sin haberlo decidido, en mi universo personal ya reunía las tres vocaciones: la del científico, el lector-escritor y el promotor social y político. Sin embargo, las circunstancias me obligaron a seguir una sola, dejando de lado, temporalmente las otras dos.

Me involucré terriblemente de lleno en la política por el imperio de la necesidad de libertad y democracia que tenía el país. No hice carrera en el accionar político. En realidad, mis motivaciones profundas y permanentes han sido el compromiso social y el apego a los valores de los derechos humanos.

Por eso, nadie me hable de dictadores a lo Trujillo, a lo Fidel, a lo Chávez o lo Maduro, pero tampoco a lo Trump o lo Bolsonaro, o a los caudillos y los reeleccionistas de capa y espada que prosperan en nuestras tierras como la mala yerba.

Cuando estaba plenamente inmerso en la militancia política, redescubrí la vocación literaria. Empecé a escribir en los periódicos de izquierda, específicamente en el periódico Libertad del MPD; también redactaba octavillas para los sindicatos en apoyo a sus reclamos laborales; y en la cárcel escribí mi primer cuento y un libro de poemas.

Así pude entrelazar dos de mis tres entrañables vocaciones: escritor y promotor social. Faltaba retomar la del científico. En 1975 salí de prisión exiliado hacia Francia, y las circunstancias del momento me llevaron a poner fin a mi accionar político como militante, no así a la vocación social, que siempre se mantiene y que he desarrollado a través de mis labores profesionales y comunitarias.

Ya estaba inmerso en el quehacer literario, y en ese momento, apenas llegado a París, retomé la vocación académica y científica: empecé una extensa carrera de estudios en ciencias del lenguaje (semiótica, lingüística, poética, análisis del discurso, enseñanza de la lengua, etc.) durante ocho años, desde la licenciatura hasta el doctorado.

Desde ese momento la ciencia y la literatura se juntaron para siempre en el bagaje de mis actividades habituales, y están tan sólidamente integradas en mí adentro que investigar, leer y escribir son los actos que dan trascendencia a mi vida.

Esa relación quedó sellada en Paris en la época en que preparaba la tesis doctoral. Mientras investigaba y redactaba elementos de poética, semiótica y lingüística para ese trabajo culminante de mis estudios, utilizaba esos mismos elementos formativos 7 para imaginar y escribir una novela inspirada en mi pueblo Tamayo y en una localidad de Cuba de nombre Somarriba.

En 1982 aprobé el doctorado y regresé al país con mi título de doctor en literatura y con la novela terminada: En el atascadero. Dos años después, sometí esa obra al concurso de literatura de la Secretaría de Estado de Educación, Bellas Artes y Cultos ,siendo galardonada con el Premio Nacional de Novela Manuel de Jesús Galván 1984.

Así, y desde entonces, se cerró el círculo de mis tres vocaciones: soy escritor, soy científico y soy un promotor social y educativo, vocación esta última que ejerzo en las aulas universitarias y a través del Ministerio de Educación en múltiples acciones relacionadas con la educación nacional.

A mi entender, el sentido del galardón que me ha sido otorgado por la Fundación Corripio y el Ministerio de Cultura es el reconocimiento de variadas vocaciones en mi persona. El veredicto que lo justifica revela esa intención en la decisión del jurado.

En mi perfil, la vocación del académico y la del escritor son inseparables. No existe divorcio entre la producción científica y la producción literaria; entre ciencia y literatura.

¿Cuándo me otorgó este premio el jurado estuvo pensando solamente en mi personal condición, o tuvo como referencia el paradigma universal de ilustres personajes que son a la vez artistas, escritores y científicos?

¿Estaría el jurado pensando en los más grandes humanistas de nuestro país, los hermanos Henríquez Ureña: Pedro, Max y Camila, quienes nos enseñaron con sus ejemplares acciones educativas y sus producciones científicas y literarias que en el proyecto humanista pueden confluir la entrega a la labor social, a las letras y a las ciencias?

De ser así, me siento aún más gratificado y honrado por merecer este eximio galardón.

Muchas gracias

26 de febrero de 2019.

El lenguaje de la novela en la obra de Manuel Matos Moquete

Por Bruno Rosario Candelier

 

A Marjorie Félix,

Voz que enaltece la palabra.

   Vamos a abordar la más reciente novela de Manuel Matos Moquete, cuya presencia disfrutamos en este acto académico y, desde luego, el testimonio que él da con la escritura de esta obra.

Conocemos  y valoramos la trayectoria intelectual de Manuel Matos Moquete. En su labor creadora se destaca el rol que ha desempeñado como usuario de la lengua, como estudioso de la palabra y como experto en asuntos lingüísticos vinculados a la enseñanza de la lengua y, naturalmente él tiene en su haber un valioso aporte y un fecundo ejercicio a favor del conocimiento de la lengua. Fue eso justamente lo que le mereció un sillón en esta Academia Dominicana de la Lengua, pero además del usuario ejemplar que hace uso de la palabra en textos discursivos y literarios con singular valoración del lenguaje, pues Matos Moquete ha hecho uso de la palabra con un propósito literario. Justamente incursiona en el ensayo, con valiosos estudios literarios, y en la novela, como también lo hace en poesía para testimoniar su valoración de la expresión estética del lenguaje.

La novela tiene la particularidad de que aborda una dimensión histórica y social como fuente de iluminación para el autor que asume un tema específico, porque se inspira en la realidad de nuestra cultura. Todo novelista, cuando hace una novela, se inspira en la realidad histórica, ambiental, antropológica y social, fenómeno que acontece con la peculiaridad que esa dedicación literaria implica para alguien que se nutre de la realidad y se instala en otra realidad, la realidad verbal; y el resultado es un texto de ficción, y como texto de ficción, el autor cuenta con una libertad y coordenadas y presupuestos estéticos y literarios que dan cierta autonomía y cierta distinción para enfocar una vertiente del lenguaje donde se combinan el conocimiento de la realidad con el conocimiento de la lengua y el testimonio que él quiere dar a partir de sus intuiciones y vivencias. En esta obra se conjugan esos planos del arte del lenguaje.

El tema que Matos Moquete escoge para conformar esta novela es un asunto que reclama la atención a diferentes enfoques conceptuales según la posición ideológica y según la actitud que asuma el autor.

No es la primera vez que Manuel Matos Moquete asume la palabra con un propósito novelístico; es decir, esta no es su primera novela, pero probablemente esta sea la novela en que él logra el más alto desarrollo como novelista en virtud de la conciencia que se manifiesta en esta obra y, cuando digo “la conciencia”, me refiero a la conciencia lingüística y la conciencia literaria que una buena novela reclama. Lo digo por el hecho de que lo que el autor plasma en esta obra y, sobre todo, la forma como lo plasma, es lo que hay que enfocar y valorar, porque se trata de una obra literaria, que refleja a un autor que con conocimiento de lo que es la técnica de la escritura, conocimiento de lo que son los recursos narrativos y, sobre todo, conocimiento de lo que entraña la esencia y el sentido de la palabra.

En varios pasajes de esta novela se nota la actitud del autor cuando aborda la palabra. Él está consciente de lo que asume, de lo que hace y de lo que plasma cuando escribe lo que plantea en esta novela.    Como escritor de ficción, Matos Moquete disfruta lo que está haciendo y no lo disfruta solo porque la sustancia de su temática es un asunto vivencial en su historia personal, sino porque se trata de un autor con conciencia de su lengua, con conciencia de la técnica literaria y con conciencia de lo que quiere expresar. Entonces disfruta enormemente lo que implica para un narrador situarse en la realidad estética y asumir la historia que le sirve de fundamento como un texto para canalizar determinados pensamientos y valoraciones.

En este caso hay un aspecto que quiero subrayar de esta novela de Manuel Matos Moquete. Él titula la obra con una singular combinación, que califica deanti-memoria.

En literatura la forma “anti”, cuando se aplica a “memoria”, no es más que una variante de la memoria, porque hace acopio de todo lo que la memoria entraña para la creación literaria, y justamente lo que escribe nuestro narrador, lo escribe en función de la memoria, en función de esa reserva intelectual, psicológica y espiritual con la que nutre su narrativa y con la que le da fundamento a su creación.

Hay que tener presente que no podemos abordar una novela solo por el contenido, sino que hay que ponderar muy especialmente la forma, y el autor es consciente de lo que estaba haciendo justamente por la consciencia literaria que tiene en su condición de académico de la lengua y escritor de temas discursivos y temas de ficción.

Cuando nuestro distinguido autor da testimonio de lo que él evoca, aquí la palabra “evocación” es clave, porque en varios pasajes de esta novela él acude al procedimiento de la evocación, que no es más que el recuerdo de algo que ya aconteció. Un procedimiento que han usado todos los novelistas que en el mundo han sido, y han seguido hasta cierto punto como referente literario de inspiración en su caso particular. Pongamos como ejemplo la novela de Juan Rulfo, Pedro Paramo, que es un modelo respecto al creador que aborda su propio pasado, hace uso de la evocación y penetra en la intimidad de los personajes para desarrollar el tema de su ficción.

En esta obra narrativa, Manuel Matos Moquete da ejemplo y muestra aquí con cabal dominio lo que implica y significa penetrar en la intimidad de un personaje, auscultar el alma de una criatura imaginaria, y con ese propósito usar los recursos pertinentes, emplear las técnicas literarias apropiadas y valerse de los recursos narrativos adecuados, y entonces la obra tiene una dimensión social y una vertiente literaria con una faceta simbólica.

La novela de Matos Moquete tiene también una dimensión afectiva y una dimensión espiritual. En varios pasajes el autor aprovecha la ocasión para reflexionar, evocar y contrastar la historia que le dio fundamento a su entramado narrativo.  Para lograr esa conexión, desde la sensibilidad del narrador con la realidad de la historia narrada, por un lado el autor acude a su experiencia de vida y, por otro lado, el conocimiento de la lengua del locutor que habla; y en tercer lugar, la ubicación de la realidad y la contextualización de los personajes que él asume como protagonistas de la historia que aquí cuenta. Eso es una magnífica ocasión que Matos Moquete sabe aprovechar muy bien como escritor para auscultar el alma del personaje que se mueve en ese mundo de ficción. No duden ustedes de que se trata de un procedimiento narrativo complicado y exigente. Cuando el narrador cuenta una historia quiere al mismo tiempo ser fiel a los datos con la realidad que ha sucedido y, sobre todo, con la circunstancia particular y personal de los protagonistas; por eso el narrador hace uso de la introspección, y por eso hace uso de la situación afectiva cuando se emociona ya que acude al lenguaje romántico para canalizar algo de intimidad que experimenta el personaje en momentos de soledad, sobre todo, recuerda al amor con la emoción que lo concita. Otra parte importante y significativa en esta narrativa es la reflexión que hace el narrador combinando hechos diversos y teniendo al mismo tiempo presente el respeto a un acontecer, a una historia y a una forma de narración. El narrador aprovecha con mucho acierto y, a veces en pasajes que el lector tendría que ser un lector atento, consciente de lo que capta, y me refiero a un lector con la capacidad de perforar el trasfondo de la palabra en el marco de las emociones entrañables, porque el narrador coteja su propia vida con la vida de los personajes y con la evolución o la transformación que se ha ido operando en él.

En toda novela hay una ley que aplican los buenos narradores. Me refiero a la ley de la transformación. Si no hay una transformación en los personajes, aunque sea en un solo, es una novela fallida. Una de las leyes novelísticas es justamente la plasmación de esa dimensión, de ese efecto que desarrolla la vida en función del proceso y de la evolución que experimentan los seres humanos en el transcurso de su existencia, porque los hombres estamos incardinados a una realidad social, histórica, antropológica, lingüística y cultural. En todos los humanos en algún momento de su vida acontece un hecho que impacta, una circunstancia que lo lleva a vivir lo que Carl Jung llamaba “experiencia cardinal”.

Una experiencia cardinal acontece cuando un suceso terrible, dramático e impactante subyuga la personalidad e influye en nuestro modo de entender y proseguir la vida, así como en la cosmovisión. Por efecto se produce esa transformación que experimentamos en algún momento de la vida, y eso es lo que da lugar al desarrollo de conciencia y a la expansión del espíritu.

Muy oportunamente el narrador de esta novela sabe aprovechar la coyuntura que se le presenta para reflexionar y ponderar cómo ha sido su vida y comprender que algunos proyectos revolucionarios que perturban la mente de muchos jóvenes favorece el proceso de la vida, y en la medida en que se va observando, reflexionando y ponderando el verdadero sentido de la vida, entonces el narrador comprende algo esencial y nos hace ver qué valores, actitudes y principios son irrenunciables, inconmutables e intransferibles.

Hay una dimensión espiritual, que es importante tomarla en cuenta, para el derrotero mismo de la vida, para el desarrollo esencial de nuestra conciencia. La palabra ha de llevarnos siempre al desarrollo de la conciencia porque la palabra, como la propia vida y como la propia lengua, es energía. La palabra entraña una energía proveniente de la energía espiritual del Cosmos.

Nosotros, como todo lo que existe en el Universo, somos energía. La dimensión energética de la palabra, que tiene nuestra creación y todo lo que hacemos, es lo que nos va  a permitir transformar nuestra conciencia y asumir el rol que cada uno debe realizar en la circunstancia en que se mueve para hacer lo que le corresponde en la vida, que siempre está inserta en una realidad social y cultural.

El autor hace esa reflexión en el decurso de los acontecimientos que lo llevan a narrar esta singular historia. Uno de los méritos de Manuel Matos Moquete, con la madurez que ha alcanzado, con la experiencia que le dan los años (porque en su caso particular esas canas reflejos son no solo del paso del tiempo, sino del tesoro de su ascenso en la vida), el resultado de lo que significa pasar por la vida y entender el auténtico sentido de la existencia.

 

Bruno Rosario Candelier

Academia Dominicana de la Lengua