«El degüello de moca»

Por Rafael Peralta Romero

Quien se proponga escribir una novela histórica, si se toma en cuenta el contenido que envuelve este adjetivo, asume, a mi modo de ver, uno de los retos más riesgosos en los que pueda incurrir un escritor.

Digo esto porque la historia es una ciencia, y como tal demanda rigor en el tratamiento de sus asuntos. La primera exigencia de la historia consiste en que los sucesos narrados se apeguen a la verdad y que quien los ha trabajado disponga de pruebas documentales.

La novela -ha sido la tradición desde sus inicios hasta hoy- se vale mayormente de hechos ficticios, aunque personajes y anécdotas tengan sus modelos en la realidad. Pienso que el trabajo más cómodo para un novelista es el de crear sus obras a partir de realidades que podrán ser moldeadas a conveniencia del creador.

Visto así, el trabajo del novelista es comparable al del escultor, pues este artista toma un trozo de metal, de piedra o de madera y lo somete a su soberano poder creativo para entregarlo convertido en una obra de arte, en muchos casos capaz de perpetuarse en el tiempo.

El novelista trabaja cómodamente cuando utiliza materiales históricos para novelarlos, con la consiguiente inclusión de los recursos que la técnica de escribir le facilita. De este modo, se obtiene una obra de ficción en la que se ha recreado un acontecimiento histórico, e intervienen personajes con las características de personas reales, mencionados generalmente con nombres fingidos.

En El degüello de Moca, Bruno Rosario Candelier, su autor, ha asumido la decisión de escribir una novela histórica, como hace constar en la portada de la primera edición, que hoy presentamos. “Novela histórica de la Villa Heroica”, reza.

El reto de escribir una novela histórica arrastra el riesgo de que los historiadores, poseídos del celo por la verdad auténtica,  la descalifiquen para esa categoría. Sin embargo, la novela así tratada habrá de contar con otras fuerzas para sostenerse, porque al fin y al cabo, se trata de una obra literaria que por más apegada a los hechos reales que esté, debe satisfacer el principio primordial en toda obra de arte: provocar el goce estético.

La novela El degüello de Moca ha partido de un suceso tenido por real, ocurrido en esa localidad en los inicios del siglo XIX, y es obvio que me refiero a la particular agresión a esa villa durante la invasión haitiana al territorio donde cuatro décadas después se fundaría la República Dominicana.

En enero de 1804 la parte occidental de la isla de Santo Domingo se había constituido en una nación independiente –Haití- , luego de que triunfara una rebelión de esclavos dirigida por Jean Jacques Dessalines. Proclamado emperador, el jefe haitiano decide, en 1805, invadir la parte oriental de la isla, que era dominio español, impulsado por el rechazo a la esclavitud y el odio racial hacia los blancos.

Rosario Candelier ha estructurado su novela en tres partes, dividida en trece capítulos. La primera parte, titulada Nacimiento de la Villa, es de carácter fundacional, y guiado por la intuición el autor reconstruye la historia de la fundación de Moca, con ayuda notoria de su imaginación.

A los detalles elementales de un grupo de hombres cortando madera para edificar chozas y buscar en el bosque frutos que no han plantado (plátanos, huevos…) para la alimentación, el autor le adiciona un elemento capaz de espantar la menor señal de aburrimiento: el baño de Margarita Jiménez bajo la luz de luna llena.

“El fulgor de su cuerpo, rutilante como la luna de esa noche, revelaba la armoniosa forma de su figura. [….] Sus pechos túrgidos y ovalados destilaban polen de estrellas en sus picos. Su pelo chorreaba sobre su espalda como una cascada de lluvia”. (pág. 15).

Rosario Candelier se inserta en el personaje Juan Francisco, muchacho de poco estudio, a quien su abuelo recomienda dejar el trabajo agrícola y dedicarse a las letras, para que haga de cronista de la fenomenal historia. Demasiado bien lo hace este cronista improvisado. Él  comprenderá a la perfección el interés de referir la historia de Moca en dos vertientes: antes y después del degüello.

La historia de la Villa de Moca incluye la biografía de Bruno Rosario Candelier. Se evidencia en las lecturas de Juan Francisco, el personaje que cuenta los sucesos, que gusta de contar historias, y por igual lee a San Juan de la Cruz y a Heráclito.

“Todos los hombres, sin excepción, tienen el poder de la intuición, que es una gracia espiritual para entender el sentido de las cosas, y en tal virtud ese atributo forma parte de lo que Heráclito llamaba Logos, nombre con que el pensador presocrático denominó a ese poder de la conciencia, que la concebía como una energía sagrada para reflexionar, intuir y crear”. Así piensa Juan Francisco.

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La segunda parte de la novela, que incluye los capítulos 6, 7, 8 y 9, lleva por título Sangre en el templo. Es aquí donde se encuentra el clímax de la obra. Se narran los horrendos sucesos dirigidos por Dessaline y ejecutados por Henri Christophe.

Bruno ha incluido fragmentos de narraciones en las que otros autores, sobre todo mocanos, cuentan los sucesos ocurridos el 3 de abril de 1805 en la entonces naciente ciudad de Moca. Se habla de quinientas personas acuchilladas por las hordas haitianas, incluyendo unos cuarenta niños. Todos congregados, con argucias del enemigo, en la iglesia de Nuestra Señora del Rosario.

El autor lo cuenta así:

“Iniciado el oficio religioso y el templo lleno de gente, los soldados haitianos sorpresivamente cerraron las puertas de la iglesia. Desde temprano en la mañana se habían congregado cientos de mujeres, hombres y niños y, de inmediato los haitianos protagonizaron una sangrienta escena. El general Henri Christophe le había dicho a fray Pedro Geraldino, párroco de la iglesia, que respetaría la vida de los feligreses, pero todos los presentes en el templo, menos  dos doncellas y un monaguillo, fueron degollados por los sables, puñales y bayonetas de los haitianos”.  (pág. 96).

El templo fue quemado y con el incendio ocurrió la cremación de  los cadáveres. Tres mujeres llamadas María testimoniaron al cronista lo sucedido. El autor retoca de mesianismo este pasaje por cuanto hace evocar las tres Marías que visitaron la tumba del Crucificado. El espíritu mesiánico se asocia con la muerte de Cristo y las tres Marías: María Magdalena, María la de Cleofás y María la madre de Jesús.

La misteriosa guadaña de la muerte había cercenado la paz de nuestra Villa, apunta el narrador. El degüello de Moca es un hecho que divide a los historiadores, unos, como Emilio Rodríguez, aportan documentación, y otros estiman sobredimensionado el suceso

La tercera y última parte del volumen se titula Reto de la mocanidad. El primer compromiso comunitario fue la reconstrucción del templo. Y a seguidas “borrar los vestigios del fatídico degüello y restaurar el aliento colectivo”. (pág. 156).

La Ideología predominante en esta obra apunta hacia la exaltación de la mocanidad, sentimiento que no es solo de Bruno Rosario Candelier, pero que este autor es uno, si no el más persistente cultor.

Para elaborar su obra, Bruno se ha valido de un suceso real, aunque distorsionado por el tiempo y cuestionado por los historiadores, pero que está en la conciencia de los mocanos y aporta sentido de unidad a ese microcosmos, a la vez que contribuye al fortalecimiento de la mocanidad.

La novela ha sido definida por la preceptiva literaria como narración en prosa de hechos ficticios. La de Rosario Candelier  se nos presenta como histórica, lo cual parece una paradoja, pero si los hechos fueran inciertos, el texto se arraigará de manera más firme en el género literario al que corresponde: novela, sin etiqueta alguna, como debió ser desde u principio.

Más que historia novelada, hablamos de una novela histórica, pero si la apreciable dosis de ficción  con la que ha sido adobada le restara méritos para ostentar esa categoría, El degüello de Moca seguirá siendo una novela que narra un suceso sumamente interesante y desgarrador con estilo diáfano y muy propio de la obra literaria. Enhorabuena, pues.

Acto celebrado en el recinto de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, en Santo Domingo, el 29 de enero de 2019.

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