Temas idiomáticos

Por María José Rincón

 

EL SECRETO

30/03/2021 

Escribir con concisión tiene mucho que ver con la selección de las palabras que usamos para decir lo que queremos decir sin recargar el mensaje rodeos que no aportan al contenido ni a la expresividad del texto. Como en las preposiciones y los adverbios, que tratamos la semana pasada, también encontramos sustantivos que empiezan a verse desplazados por derivados más largos y altisonantes. Es lo que la Guía práctica del español correcto del Instituto Cervantes llama «la moda del archisílabo», que se basa en la idea errónea de que si la palabra es más larga nos hace ver más preparados o más cultos.

Las palabras son las que son; una sílaba de más no las mejora. Nuestro objetivo a la hora de elegirlas es que digan con exactitud lo que queremos decir y que su estilo se adapte a nuestra necesidad concreta. Son muchos los ejemplos de palabras que pierden uso frente a susderivados: tema y temáticarecibir y recepcionariniciar e inicializarclima y climatologíaproblema y problemática. Con los verbos sucede algo parecido. En lugar de usar el verbo simple de toda la vida nos decantamos por expresar lo mismo dando un rodeo. Basta compararlos: viajar y realizar un viajenotificar y dar cuenta de algollamar y hacer un llamamientousar y hacer usoopinar y ser de la opinión desaber y tener conocimiento de algo. Son creaciones innecesarias, con el mismo contenido significativo, no aportan ningún matiz que nos ayude a expresarnos con más propiedad, no designan objetos o conceptos nuevos. Son expresiones superfluas que nos suenan engañosamente más importantes. No se dejen confundir; en la claridad y la concisión está el secreto de una buena expresión.

 

SUJETOS Y VERBOS ENLAZADOS

6/4/2021 

En una expresión correcta, tanto al hablar como al escribir, intervienen, por supuesto, la ortografía o el dominio de la cantidad y la calidad del vocabulario. A estos elementos esenciales se le suma uno tan importante como ellos: una estructura gramatical correcta. Para lograrla debemos, entre otras cosas, fijarnos bien en la concordancia. Gracias a ella los elementos que forman la frase se vinculan entre sí. Por ejemplo, gracias a la concordancia verbal se relacionan sujeto y verbo; la concordancia exige que sujeto y verbo coincidan en persona y número. Cuando de concordancia verbal se trata hay dos estructuras que generan muchas dudas y por las que me preguntan muy a menudo. Analicemos una de ellas: Yo soy de los que creen que hay que cuidar la ortografía; Tú eres de los que piensan que hay que leer más.

 

GRAMÁTICA Y CORRECCIÓN

13/04/2021

Desde la semana pasada los casos de concordancia verbal nos traen de cabeza. La regla de que el sujeto y el verbo deben concordar en género y número nos obliga a prestar atención a la estructura de nuestras frases para que los elementos que las forman se vinculen adecuadamente entre sí. Si el sujeto está formado por varios elementos coordinados (el precio alto y la mala ubicación) el verbo debe ir en plural: Lo desanimaron el precio alto y la mala ubicación. En cambio, hay otras estructuras del sujeto que concuerdan con el verbo en singular. Por ejemplo, encontramos uno de estos casos cuando el sujeto está formado por elementos coordinados que se refieren a la misma persona, el verbo concuerda con ellos en singular: La investigadora y académica recibió merecidamente el galardón. Así mismo, usamos el verbo en singular si los elementos coordinados que forman el sujeto se refieren a etapas de un mismo proceso continuo: La subida y bajada de precios influye en la inestabilidad del mercado; El análisis del problema y la propuesta de soluciones está a cargo de una comisión. Un tercer tipo de sujeto que exige el verbo en singular es aquel que está formado por verbos en infinitivo coordinados. Podemos verlo funcionando por partida doble en el siguiente ejemplo: Aunque cantar y bailar no es su fuerte, le encanta reunirse con amigos y organizar fiestas.

Cuando allá por los tiempos escolares estudiábamos gramática olvidábamos a menudo –o no nos lo recordaban lo suficiente– que no era un simple ejercicio de memorización; la gramática es esencial para construir mensajes correctos y para entender cómo hacerlo.

En ambas oraciones los pronombres (yo y tú) son los sujetos del verbo ser y concuerdan con él en número (singular) y en persona (primera o segunda, respectivamente). En cambio, el sujeto de las oraciones de relativo los que piensan y los que creen es plural y tercera persona y exige que el verbo sea conjugado en tercera persona del plural: creen y piensan.

Una estructura similar es la que encontramos en estas frases: Yo soy la que organiza la agenda o Tú eres el que plantea problemas. De nuevo en estos ejemplos yo y  son los sujetos del verbo ser y deben concordar con él. En cambio, en las oraciones de relativo la que organiza y el que plantea problemas el sujeto es una tercera persona del singular y así concuerda con los verbos organiza y plantea

 

EL PAPEL DE LOS AFIJOS

20/04/2021 

La lengua tiene sus propios mecanismos para formar nuevas palabras. La derivación es uno de ellos. A una palabra le añadimos un afijo y conseguimos una nueva palabra con diferentes funciones gramaticales o con distintos matices de significado. Los afijos, como pequeñas piezas de un maravilloso rompecabezas, pueden ser de tres tipos dependiendo del lugar en el que se colocan en la nueva palabra.

Cuando el afijo precede a la raíz de la palabra a la que modifica lo llamamos prefijo; lo llamamos sufijo, en cambio, si se pospone a esa raíz; y lo llamamos interfijo si se intercala entre la base léxica de la palabra y un sufijo. Si los analizan verán que todos estos términos que usamos para referirnos a los afijos se crean gracias a ellos: a-fijo, pre-fijo, su-fijo, inter-fijo. Aprovechemos para recordar que, cuando nos referimos a un prefijo en la escritura, le colocamos un guion al final para indicar que es un elemento que no funciona de forma independiente, sino cuya misión es sumarse a las palabras para formar nuevas voces. Los afijos, aunque no disfrutan de la independencia de otros elementos de la lengua, también tienen su lugar en los diccionarios. Si los buscamos, podemos consultar qué matices de significación les aportan a las palabras que forman. Prueben a consultar, por ejemplo, en el Diccionario de la lengua española los cuatros afijos que hemos visto hoy; o algunos de los sufijos que registra el Diccionario del español dominicano.

Saber reconocerlos como parte de las palabras que utilizamos nos puede resultar útil. Los afijos nos aproximan al significado de las voces en las que intervienen, nos proporcionan pistas útiles sobre la ortografía y nos dan una idea de cómo se van formando nuevas palabras a partir de las que ya tenemos.

El horizonte que señalan las catedrales: pensamiento catedral

Por Jorge J. Fernández Sangrador

 

En agosto de 1904, Marcel Proust publicó, en “Le Figaro”, un artículo titulado “La mort des cathédrales” (La muerte de las catedrales), en el que describía, haciendo referencia a los edificios históricos eclesiásticos, las consecuencias que acarrearía la aplicación de la Ley Briand para la separación del Estado y la Iglesia.

El novelista partía, en esa tribuna, de la supuesta situación de que el catolicismo hubiera desaparecido de sobre la faz de la tierra sin dejar otro rastro que las catedrales: vacías, mudas, enucleadas, secularizadas, ininteligibles, descontextualizadas. Sin embargo, un grupo de estudiosos habría logrado reconstruir, a partir de documentos antiguos, cómo eran las ceremonias en ellas celebradas.

Y si unos artistas, con deseos de representar el drama sacro que allí oficiaron los sacerdotes del pasado, se atrevieran a llevarlo a escena, el gobierno lo subvencionaría encantado, al igual que el teatro. Más aun, lo financiaría exultante, puesto que se trataría de realizar algo genuino, oportuno y de extraordinario alcance histórico, en aquellos edificios «que son la expresión más alta y más original del genio de Francia», es decir, las catedrales.

Los snobs, escribía Proust, al igual que viajan al santuario operístico wagneriano de Bayreuth, irían entusiasmados a Amiens, Chartres, Bourges, Laon, Reims, Beauvais, Rouen y Paris, para disfrutar de los sagrados ritos, ejecutados por actores, en los lugares para los que aquellos fueron creados.

Lo que sucedería, sin embargo, es que lo que practicasen los actores no sería otra cosa que diletantismo. Estarían imbuidos de los textos, sí, pero carentes del alma de antaño, mientras que el clero y el pueblo, los arquitectos, los vidrieros, los emplomadores, los escultores, los pintores, los capataces, los albañiles, los canteros, los herreros, los carpinteros, los carreteros, los campaneros y cuantos participaron en la construcción, el sostenimiento y el engrandecimiento de las catedrales, todos ellos “creían”.

Marcel Proust pronosticaba en aquel artículo que cuando las catedrales pasasen a manos del Estado, quedarían secularizadas y destinadas a los más variados usos laicos. Lo que no llegó a imaginar es que, en Francia, se incendiaría una cada diez años a causa de la incuria estatal, según ha declarado Édouard de Lamaze, presidente del Observatorio del Patrimonio Religioso de Francia. Las últimas, Notre-Dame de París y la de Nantes.

«Cuando ya no se celebre en las iglesias el sacrificio de la carne y de la sangre de Cristo, ya no habrá en ellas vida. La liturgia católica forma una unidad con la arquitectura y la escultura de nuestras catedrales, pues aquélla y éstas se derivan de un mismo simbolismo», escribió, lamentándose, el autor de “En busca del tiempo perdido”.

No hacía falta que lo dijera Proust. Los cantos, el órgano, los cirios, el incienso, las estatuas, los vitrales, las columnas, las molduras, las nervaturas, las cenefas, las rejerías, los retablos, los relieves, las inscripciones, las sillerías, los remates, los dorados, los plateados, las puertas, los reflejos de la luz solar, las baldosas ajedrezadas, las vestiduras, las plegarias, los salmos, las procesiones, las gradas, la oratoria, el silencio, el arcano … ¡Qué belleza!

Y es que las catedrales son de gran significación para las sociedades que se desarrollaron en torno a ellas. En las ciudades en las que hay una, ésta señala a toda la ciudadanía que deambula y se arrebuja bajo su maravillosa mole en qué consiste la excelencia de la obra bien hecha, empujada hacia arriba por la fe de quienes la proyectaron, diseñaron y alzaron; manufacturada en unidades de tiempo que duran, en la que menos, cien años; erigida en emblema del tesón, la perseverancia y la confianza en el futuro de las generaciones, una detrás de otra, hasta cinco o seis, que la casi concluyeron, porque una catedral no puede darse nunca por finalizada del todo.

No es extraño, pues, que el concepto “pensamiento catedral” (cathedral thinking) se haya originado a la vista de tan fenomenales construcciones. Ellas representan lo contrario del cortoplacismo, fueron creadas para el disfrute de las generaciones que no conocieron su comienzo, se desarrollaron armonizando en sí, a instancias de la religión, todos los saberes y no cesan de proclamar ante los siglos que, para ser bien, ha de ser el espíritu el que tire de la materia y no al revés.

En ellas resplandecen la fe, la inteligencia, la clarividencia, el buen gusto, la imaginación, la técnica, la economía y el deseo de hacer algo que perdure en el futuro. Y después de leer el libro “The Good Ancestor” (el buen antepasado), del australiano Roman Krznaric, uno se pregunta: ¿seré yo un buen antepasado para quienes me sucedan en el tiempo y en las tareas?

El teólogo Dietrich Bonhoeffer decía que la cuestión última que una persona responsable ha de plantearse no es la de cómo se las va a arreglar para resolver, de la mejor forma posible, el asunto que trae entre manos, sino la de cómo será la vida de la generación que viene a continuación de la suya.

Y en este tiempo nuestro, que discurre entre incertidumbres, emprender acciones audaces que se espera que den frutos en un futuro, ya próximo, ya remoto, es algo que reclaman las personas del mañana, que han de seguir haciendo crecer la magna catedral, incoada anteayer, de la fe religiosa, de la confianza inteligente y del amor que todo lo dignifica, embellece y humaniza.

 

Notas sobre la narrativa de Marcio Veloz Maggiolo

Por Andrés L. Mateo

 

(Marcio fue mi maestro y mi jefe. Trabajé con él en distintos escenarios y la brillantez de su pensamiento siempre nos sorprendía. Un intelectual de dimensiones universales, un trabajador infatigable. ¡Perra, la muerte!)

Estas son unas brevísimas notas sobre la narrativa de Marcio Veloz Maggiolo, que quiere comenzar por situar los grandes temas de casi todas sus propuestas formales. A mi modo de ver los textos narrativos de Marcio se compaginan armonizando o desarmonizando la historia y la memoria. Y como ambas, la memoria y la historia, son hechuras del tiempo, el tiempo es la hipermetáfora de la narrativa de Marcio Veloz Maggiolo. Yo he presentado por lo menos tres de sus novelas, y cualquier presentador de sus textos sabe que la narrativa de Marcio es siempre una conciencia imaginante que hace surgir múltiples historias que brotan, se desarrollan y desaparecen de manera infinita.

Generalmente sus novelas se comienzan a situar a partir de dos textos pioneros: “El buen Ladrón” y “La vida no tiene nombre”. Estas dos novelas iniciales tienen, también, fundamento histórico, y en apariencia dejan fluir la narración en sentido lineal. Pero “El buen ladrón” no es un texto exegético y va más allá de esa materia precaria con que se fundan para la razón las verdades bíblicas. Fue, al menos para entonces, un texto sospechoso. “La vida no tiene nombre”, en cambio, recuperaba un costado doloroso de la historia inmediata de los dominicanos, y situaba en medio de la historia objetiva, a personajes de la “vida real” junto a personajes del discurso de la ficción.

Yo siempre he creído que esta novela no ha sido bien leída, porque ella abre en la novelística dominicana, y en la de Marcio Veloz Maggiolo en particular, un discurso filosófico universal en el que se comienzan a superponer los tiempos, y en el cual el marco de la novela histórica queda superado. Ese final dramático de “El cuerno”, el personaje central de la novela que encarna el gavillerismo histórico, y que reflexiona como un existencialista lo haría ante la muerte, abre por primera vez en la novela dominicana la manifestación de una distancia entre el personaje y su universo, que puede colmarse con ironía, desconsuelo o desencanto. Y en la que la memoria es ese cemento invisible que une todas las aristas.

Esa clave de la memoria fundacional se comenzó a desplegar ahí, y se convertirá en técnica predominante. Y si quienes leímos, a finales de los años sesenta del siglo pasado, la novela “Los ángeles de hueso”, hubiéramos tenido en cuenta esa apertura filosófica del final de “La vida no tiene nombre”, quizás hubiéramos entendido el carácter abarcador, la pretensión de totalidad, que esta novela trajo a la literatura dominicana. Lo percibiríamos después, muy claramente. En la narrativa de Marcio Veloz Maggiolo, “Los ángeles de hueso” es para mí como un rollo chino, que al irse desenvolviendo prefigura todas las líneas posteriores que su narrativa asumirá. Ese hilo conductor va de “Los ángeles de hueso” a “De abril en adelante”, y “De Abril en adelante” a Los relatos de “La fértil agonía del amor” y a la “Biografía difusa de Sombra Castañeda” y a “Flor bella”. De ahí a “Materia prima”. Y de “Materia prima” a “Ritos de Cabaret”. De “Ritos de Cabaret” a “Uña y Carne. Memorias de la virilidad”, hasta sus últimos textos “El hombre del acordeón y “La mosca soldado”, pasando por sus “cuentos, recuentos y casicuentos”. En toda esta narrativa la técnica que se despliega reúne las mismas características, y hasta Marcio Veloz Maggiolo, y a partir de “Los ángeles de hueso”, no existe en la literatura dominicana un escritor que pretendiera abarcar tanto de la historia y la vida cotidiana, con un sentido semejante de totalidad.

El universo de la narrativa de Marcio se instala siempre en las grietas de la realidad, es casi un mundo por añadiduras que integra esa sustancia de ausencias, pérdidas, olvidos, memorias y desmemorias. Todo brota de esa conciencia imaginante que se desplaza angustiosa cifrando y nombrando las cosas y los hechos para que no se vayan a perder. La historia más aparentemente insignificante queda esculpida en un espacio inventado allí donde la realidad objetiva hizo desaparecer una casa, una calle, un barrio. Quienes lean, por ejemplo, “Materia prima”, recuperarán espacios físicos de “Villa Francisca” que ya no existen en la realidad. Incluso el propio barrio de “Villa Francisca” pasa de barrio real en el que se vivieron años imperecederos de la existencia, a barrio mítico labrado en el texto contra el olvido.

Es por eso que muchas de las novelas de Marcio no tienen un personaje, sino cientos de personajes que cruzan sus páginas, dicen sus parlamentos para inventar mundos paralelos donde la realidad está representada, se desbordan en el sexo o en la ambición, y luego se construyen a sí mismos, se desdicen, descubren que los valores aceptados por su mundo eran una corteza vacía, y se despiden, o no se despiden sino que se transforman en su contrario. Incluso muchos de los personajes recurrentes en esta narrativa aparecen sólo como una imagen, como una relación.

Alguien creerá reconocer un jirón de historia concreta: Trujillo, por ejemplo, y se le deshilará la madeja porque ese Trujillo concreto, el que recuperamos de las miles de interpretaciones aportadas cotidianamente por historiadores, y por quienes lo vivieron y contemplaron en el cielo del sueño, no es en el relato de Marcio Veloz Maggiolo más que la visión interior de su hipérbole.

El Trujillo de carne y hueso no permitiría rendir todo su significado, el que adquiere por ejemplo en “Los ángeles de hueso” o en “Uña y carne. Memorias de la virilidad”, como un espíritu absoluto hegeliano que abre y cierra el relato constantemente, no sólo desde su yo apabullante o su sexo insaciable, sino desde una realidad más profunda, que infecta las conciencias y ha penetrado inexorablemente la historia verdadera.

Porque sucede que el texto de la ficción tiene más riqueza que la realidad, se nutre de los vacíos que la realidad no puede llenar, y nos aclara algo acerca de esa realidad que antes no había sido dicho.

Como la narrativa de Marcio Veloz Maggiolo se sustenta en la historia, e incluso en la investigación antropológica y arqueológica (“Flor bella” o “ La mosca soldado”,por ejemplo), es necesario deslindar ambos campos. Lo que Marcio atrapa siempre no es lo que ha sido, sino lo que podría haber sido o lo que podría llegar a ser.

Y a veces ni siquiera lo acontecido por la vía de la construcción de lo narrado se mantiene en pie. Ya hemos dicho que esta narrativa se construye y se deconstruye a sí misma, y que renuncia a aquella objetividad aparente del relato del siglo XIX que pretendía transcribir, sin interferencias visibles, la continuidad de la vida misma. Marcio trabaja con la afluencia del recuerdo, con los diversos tipos de la memoria operante, que él mismo ha clasificado en numerosas variables.

Por lo tanto, en sus novelas cada personaje formula y reformula su propio pasado, lo reinventa, lo deja fluir en el tiempo de la composición, durante el cual se despliega como un infinito de posibilidades.

Incluso, hay que reconocerlos como dualidad, y coexistir con ellos como entes contradictorios, porque la propia memoria de cada cual puede ser modificada y cualquier historia real se puede trastocar en otra. Por ejemplo, en “Uña y carne. Memorias de la virilidad” Carmina es también María Testado, envuelta en muchas otras historias que se niegan una a la otra. Tico Sinatra es en verdad Augusto Pérez. Eulalia Rosadiz fue también muchas otras, y su espejo es una concavidad infinita. Lo mismo se puede decir de la relación entre los personajes que pueden ser inmediatamente reconocidos en la historia objetiva y los personajes inventados. Hay una serie de vasos comunicantes que impiden establecer la certeza de quién inventó a quién, porque la historia real de los dominicanos hace saltar en mil pedazos el instrumental de la razón como procedimiento analítico de nuestra realidad. Hay otra pista en la narrativa de Marcio Veloz Maggiolo que es necesario destacar, antes de finalizar estas notas.

Los novelistas se desvanecen siempre en la tortura mortificante de una necesidad de integración, justamente porque el relato de la novela integra lo que en el relato de la vida ha quedado disperso. Todo cuanto Marcio escribe lo toma de un material propicio al olvido. El escritor ata los cabos sueltos, pega retazos de memorias y desmemorias, y cifra allí las intuiciones, los sueños. Lo que Marcio esculpe es una realidad enteramente recorrida por su imaginación desbordante, una de las mayores capacidades imaginativas dominicanas de todos los tiempos, y ese fluido visionario produce un apóstrofe lírico que anula la relación espacio-temporal en sus textos.

En sus novelas la cultura universal es embutida en la cultura nacional, y la historia particular de esta media isla se trasvasa legitimándose en la historia universal. Mundo dentro del mundo, es tan laberíntico el universo interior del escritor, que tiene que atravesar la cultura universal para que nuestra historia ilusoria se pueda inscribir en una totalidad articulada. Creo que toda esa sucesión discursiva de la producción narrativa de Marcio Veloz Maggiolo está signada por ese esfuerzo de volver inteligible algo que se presenta como una multitud incongruente de hechos; secuencia de acontecimientos que conocemos como nuestra historia particular, y que en sus narraciones se entrecruzan con infinita complejidad con la historia universal.

La muerte de un gigante

Por José Rafael Lantigua

 

Hace alrededor de tres semanas me envió sus dos libros más recientes, que serían los últimos suyos en vida. Días después me hizo llegar unos libros de su biblioteca, con dedicatorias que me avergüenza reproducir y que, viniendo de él, constituyen el mejor regalo que he recibido en mucho tiempo. Me había prometido esos libros poco antes de la pandemia, con el compromiso de que fuera a su casa. Le prometí que acompañaría mi visita con un buen vino para compartir un rato. Faltaban días para que se desatara el virus y nunca pudo realizarse el encuentro. En esos días previos a que se conociese su contagio y su internamiento médico, volvió a insistir en que debía pasar a recoger el obsequio. Le prometí hacerlo en cuanto ambos nos vacunáramos. No perdió tiempo –no le quedaba mucho tiempo-: dos días después llegaban a mi casa unas joyas literarias perfectamente conservadas que, ahora, han adquirido un valor incalculable para mí. Fue su despedida. El pasado sábado, 10 de abril, con la llegada de la mañana, Marcio Veloz Maggiolo dejó de existir. Yo escribí hace poco más de cuatro años el siguiente texto con motivo de su 80º aniversario de vida. Lo titulé “Los 80 años de un gigante”. Con algunas actualizaciones lo reproduzco, porque creo que este fue, entonces, como lo es hoy, un homenaje a su trayectoria y a su nombre. Marcio celebró mucho este artículo, como en estos días sus amigos recordamos al Maestro, con mayúsculas, con lágrimas y con una celebración de su vida y de su gloria que, esperamos, mantener por siempre. Hasta volver a vernos. Marcio Veloz Maggiolo es un hombre de muchos nacimientos y aniversarios. El suyo es un linaje de palabras distribuidas entre vocaciones varias y luces de sabiduría que iluminan múltiples caminos. Su trayectoria: una de las más dilatadas y plenas que conoce nuestra historia cultural. Nació poeta. A los veintiún años da a conocer su primer libro, el poemario El sol y las cosas (1957). En 1986, después de que sus versos hicieran su recorrido inspirador, dejó su mochila poética sobre la mesa de sus mudanzas literarias para que las musas dejaran abiertas las sendas de sus ya encaminadas preocupaciones hacia nuevos estadios de creación. De ese primer libro suyo, con el que comenzó a construirse su marcha incesante en las letras nacionales, se cumplen ya sesenta y cuatro años. No había suspendido su oficio de poeta cuando, en 1960, se estrenó como novelista. Con El buen ladrón nacía, así, entrando firme en la enredadera de la ficción desde el primer estallido, una de las mejores novelas de la literatura dominicana. Hace sesenta y un años de ese suceso que marcó la consagración de Marcio antes de que llegase el amplio registro de toda su gran obra.

Nació para el cuento en ese mismo decenio de los sesenta (El prófugo, 1962), se estrena como ensayista iniciando los setentas (Cultura, teatro y relatos en Santo Domingo, 1972), y de inmediato tiene un nuevo natalicio, esta vez como arqueólogo y antropólogo –una de sus grandes pasiones- con la Arqueología prehistórica de Santo Domingo, 1972).

Al poeta, al novelista, al cuentista, al ensayista, al antropólogo, le nacieron luego otras compañías: el dramaturgo, el narrador infantil, el historiador, el columnista, el memorioso que desnuda fantasmas y que fermenta remembranzas. En todas estas categorías literarias la suma de sus producciones debe ser una de la más extensa y sólida de nuestra cultura literaria. Sus dos primeras novelas –en total, publicó dieciséis- y los relatos bíblicos inauguran una especie que le distingue no solo en nuestras letras sino que pudiera correr suertes en cualquier otra latitud. Sus cuentos y casicuentos entran sin apuros en cualquier antología continental. Sus estudios arqueológicos son puntales de esa materia de especialistas que lo mismo bucea en nuestros ancestros aborígenes, como planea sobre nuestras sociedades arcaicas y sobre nuestra cotidianidad. Sus ensayos son pruebas no solo de erudición sino de una fortalecida conciencia que rodea momentos fundamentales de nuestra historia cultural o sondea los trances alucinados de un barrio y su paisaje humano.

Yo entré a la literatura de Marcio en los finales de los sesenta, en pleno bachillerato, cuando la profesora de literatura Rafaela Joaquín trajo una mañana la novela Los ángeles de hueso como una auténtica novedad que nos obligó a todos en el aula a leerla. Incluso, convocó un concurso para premiar al que escribiese el mejor examen de la obra que correspondió a mi trabajo. Así me encaminé yo en los senderos nunca abandonados de las letras de nuestro gran escritor. Nunca imaginé que treinta y cinco años después, en una tarde inolvidable, Marcio –sin conocer esta historia- me pediría presentar la tercera edición de Los ángeles de hueso. Entonces, dije lo siguiente, que ahora reafirmo. “Con la irrupción de la narrativa de Marcio Veloz Maggiolo en la dinámica literaria dominicana entre el final de la Era de Trujillo y los inicios del período de transición a la democracia, que es cuando comienza formalmente su trayectoria, el entramado de la literatura nacional sufre un cambio radical que establece nuevas coordenadas de enfoque, técnica, tema y ensamblaje del hecho narrativo en ese escenario. Todos veníamos de leer y estudiar el Enriquillo, Over, Cosas añejas, Baní o Engracia y Antoñita que eran los referentes obligados de la literatura dominicana. Cuando llega Los ángeles de hueso, en 1967, se produce una revolución en la concepción de la literatura como materia insurreccional, levantisca, rebelde, donde la palabra puede jugar a ser emblema y visión de una realidad interior, como experiencia individual ajena a normativas tradicionales”.  A partir de entonces, comenzamos a perseguir al Marcio anterior y posterior a esa novela, hasta que toda su obra se convirtió en un momento sensible de nuestras personales querencias literarias. Tempranito en la mañana de un domingo imborrable en nuestra memoria, Marcio llegó a mi casa para dejarme el manuscrito de Uña y carne, una de sus novelas más sacudidoras que, como escribí en otro lugar, produce un estrujón cerebral cuando se intenta aprehender la galería de significantes de obra tan convulsa. Sin ritmo lógico, Marcio seguía innovando más de cuarenta años después de su salida hacia la gloria literaria, con ese memorial de virilidades insospechadas y de memorias truncas. Cuando propuse crear un gran premio como parte del programa de la Feria del Libro, el primer ganador fue Marcio con uno de mis libros favoritos cuyos capítulos nunca he dejado de releer: Trujillo, Villa Francisca y otros fantasmas, publicado hace justamente veinte y cinco años. Y dos años más tarde, cuando creamos la Colección Cultural Codetel, Marcio fue uno de los tres autores que seleccioné para el primer volumen, Santo Domingo, elogio y memoria de la ciudad. Y volvió a serlo cuando a tres manos se escribió el volumen ocho de esa desaparecida colección, con uno de los temas de su preferencia que maneja con conocimiento inigualable, El bolero, visiones y perfiles de una pasión dominicana. Y cuando esa colección cerró en su noveno año de existencia, ahí estaba Marcio para escribir junto a Hugo Tolentino Dipp, Gastronomía dominicana, historia del sabor criollo. A la admiración sin pausas, se unió pues la complicidad literaria en la producción de textos únicos en nuestra literatura. Con toda seguridad afirmo que Marcio Veloz Maggiolo fue, hasta hace una semana, el escritor dominicano viviente más completo y de mayor trascendencia. Nació a la vida el 13 de agosto de 1936, por los predios de Villa Francisca. Nació a la eternidad el pasado sábado 10 de abril. Poco más de ochenta y cuatro años en un profesional de la palabra y la escritura que supo nacer muchas veces, como si en cada nacencia suya la génesis de la gloria lo esperase para alcanzar nuevos vuelos desde las alturas gigantarias que ocupa en nuestras letras. ¡Buen viaje, Maestro!

La obra de Marcio Veloz Maggiolo

Por Jeannette Miller

 

Ha fallecido Marcio Veloz Maggiolo, una de las figuras más importantes de la cultura dominicana. Novelista, cuentista, poeta, ensayista, antropólogo, pintor… Su talento abarcaba distintas disciplinas y en todas alcanzó niveles de maestría sorprendentes.

Catedrático, diplomático, periodista cultural, su capacidad de trabajo ayudó a construir una gran obra que ha quedado en sus numerosos libros y en la conciencia de quienes lo conocieron. Afable, caballeroso, con una curiosidad permanente que le permitió manejar temas disímiles, se puede decir que don Marcio era una enciclopedia viviente.

Participó y apoyó a importantes grupos y generaciones literarias (La Generación del 48, La Generación del 60, El Puño…) y estimuló a los jóvenes escritores a seguir su vocación. Para nosotros queda el hueco de su persona y de su obra, una obra que lo mantendrá vivo a través del tiempo en la memoria cultural de nuestro país. 

En honor a Marcio Veloz Maggiolo

Por José Alcántara Almánzar

HA SIDO UN ESCRITOR TUTELAR, NO SOLO POR EL ALCANCE DE SU OBRA, SINO TAMBIÉN POR SU ESTIMULANTE PRESENCIA, ORIENTADORA Y SABIA.

Durante una conferencia en la Feria del Libro de Madrid 2019, dedicada a la República Dominicana, dije que Marcio Veloz Maggiolo (1936) es el escritor dominicano vivo más importante de nuestro país. Él ha sido un escritor tutelar, no solo por el alcance de su obra, sino también por su estimulante presencia, orientadora y sabia, su generosa actitud hacia los jóvenes creadores, y su ejemplo de escritor consagrado e innovador.

Mucho antes de que el tema se pusiera de moda, Marcio fue el escritor que más profundizó en los laberintos de la dictadura de Trujillo, y lo hizo desde distintas perspectivas y géneros, hurgando en los entresijos de la historia para construir perdurables criaturas de la imaginación, o dejar un testimonio único, como lo demostró en Trujillo, Villa Francisca y otros fantasmas (1997), que es también una excelente biografía colectiva de su barrio, y de personajes emblemáticos de una era infame.

Veloz Maggiolo es un escritor ecuménico cuya obra abarca la poesía, el relato, la novela, la crítica, la antropología cultural y la prehistoria de nuestra isla, entre otros. Su infatigable labor de más de seis décadas se mantiene vigorosa, con la publicación de nuevas obras que son prueba fehaciente de su tenacidad y su lucidez.

Algunas de sus novelas mayores han trascendido los límites insulares para proyectarse a otros países, siendo traducidas a numerosos idiomas y estudiadas por críticos literarios de prestigio. Conocí personalmente a Marcio Veloz Maggiolo en aquellos tiempos promisorios de los Premios Siboney (1978-1985), en los que él era secretario y mediador respetado por jurados de primera, y donde jugó un papel clave. Y le estaré siempre agradecido por su trato afable con Ida y conmigo, y sus palabras la noche de la puesta en circulación de La carne estremecida (1989), y sobre todo por la distinción de su amistad.

 

Marcio Veloz Maggiolo: coherencia entre vida y escritura

Por Manuel Matos Moquete

     Alejo Carpentier nutre sus novelas de su vasta erudición: libros, música, arquitectura, pintura; sus viajes, sus conocimientos de lugares, de las capitales europeas, como la de Francia; o de la historia del Caribe, de Haití, particularmente; o de las selvas amazónicas, o del camino de Santiago de Compostela, etc. Todas esas improntas circulan en sus diversas obras narrativas.

Así mismo procede nuestro ilustre novelista Marcio Veloz Maggiolo. Quien tuvo la dicha de compartir con él de cerca, por ejemplo, visitarlo en su biblioteca, sabe que Veloz Maggiolo no era un escritor que escribía sólo de su inspiración e imaginación. En su estudio de trabajo había libros, grabadoras, discos, películas, mapas, instrumentos de arqueología, pinturas, estatuilla, retratos e imágenes de personajes y sucesos importantes; en fin, un conjunto de materiales e instrumentos propios de su profesión de arqueólogo, antropólogo e historiador y escritor, que durante sus largas jornadas de trabajo le permitían estudiar, experimentar, recordar y crear. Estamos, pues, ante un autor que en sus novelas juega en tres planos: la experiencia de vida, el arte literario y el saber científico.

Es de José Saramago esta expresión: “lo que digo es que el Autor está en el libro todo, que el Autor es todo el libro, incluso cuando el libro no consiga ser todo el Autor.” En verdad, si no hubiese más argumentos para apoyar la afirmación del Premio Nobel de Literatura, bastaría con aportar el caso de Marcio Veloz Maggiolo, tal como se muestra en sus novelas y en su vida diaria.

De lo que se trata aquí es de la fuerte relación entre la escritura y la vida, que Marcio Veloz Maggiolo ilustra de forma ejemplar al dejar huellas palmarias de su presencia en su obra, desde los capullos de su infancia en Villa Francisca hasta los frutos de su formación profesional de arqueólogo, antropólogo e historiador. En su cotidianidad y en su hogar, Veloz Maggiolo vivía con la humildad y la sencillez de un estudioso de las culturas de los pueblos. Así era, así vestía, así comía, así lo veíamos en la calle. Era alguien que almorzaba como todo el mundo, la bandera dominicana (arroz, habichuela y carne, incluso con un poco de concón) y dulces criollos de postre.

Los diversos roles apuntados son otras tantas voces de Veloz Maggiolo en sus novelas, puesto que nunca separó sus roles en la vida: la coherencia entre los diversos aspectos de su vida, es su legado principal. Y así mismo, la voz del narrador se multiplica en las funciones del autor, en todas sus novelas, y de forma particularmente evidente en La mosca soldadoFlor bellaMateria primaBiografía difusa de Sombra CastañedaEl hombre del acordeónLa Navidad.

En Materia Prima Veloz Maggiolo explora el folclor barrial: personas y estampas, chismes, lugares, situaciones, hechos, que carecen de trascendencia y que se cuentan por el sólo hecho del placer de contar menudencias locales e historias de vida, que son de gran interés para el antropólogo.

Mosca soldado es una novela científica como un ensayo: llena de reflexiones e informaciones de tipo arqueológico y antropológico. Novela-investigación arqueológica. La mosca es un personaje arqueológico.  Esta novela es la voz del arqueólogo que narra una experiencia difícil de establecer en la ficción o la realidad. Hay datos biográficos y de lugares que concuerdan con que es arqueología lo que se cuenta o es cuento lo que se sirve de la arqueología. Es una historia maravillosa.

Flor bella es también una novela arqueológica, nacida de la misma reflexión y circunstancia que Mosca soldado: Al respecto afirma Veloz Maggiolo: “Cuando hace ya largos años laboraba con otros colegas en la desembocadura del río Higuamo (El Soco) tratando de auscultar el corazón de un cementerio indígena en las riberas del mismo, un codo fino, de mujer, como enarbolando una metáfora, emergió de la tierra del cementerio como un llamado a la imaginación. Cuando con brocha de pintor mi compadre Fernando Luna Calderón dejó fuera el esqueleto de la que llamé en principio Florbella aun el codo se mantenía en alto, vertical como un poste de bandera, y alrededor el cuerpo de la mujer enterrada era como la osamenta de un buque con rasgos humanos. De pronto la imaginación me dijo que esta mujer joven guardaba una historia, y la historia surgió en mi cabeza como si el hallazgo fuera parte de un extraño documento.”

En Sombra Castañeda Veloz Maggiolo hace un despliegue de saber antropológico relacionado con la religiosidad popular. Ahí nos narra historias acerca del bacá y otras divinidades. Es una novela fantástica, es puro realismo mágico. Es la búsqueda de un personaje mítico, legendario que representa la historia de los tiranos populares en un mundo de dos culturas en la línea fronteriza donde están presentes la magia, el vudú, la superstición.

El hombre del acordeón registra los conocimientos antropológicos y folclóricos, específicamente musicales acerca del ritmo del merengue. Es novela antropológica sobre el merengue en la cual se describe ese ritmo, el baile, los instrumentos, la tambora, el perico ripiao, la historia del acordeón y del mundo de la gallera donde muere Honorio Lora. También se refuerza la búsqueda del folclor rural: brujería, gallera, merengue, pleitos, instrumentos musicales, personajes y figuras típicas que forman parte como estampas imborrables del medio social y el paisaje natural de nuestras aldeas. También, en el aspecto musical, Veloz Maggiolo une en sus novelas el tema del bolero. Ritos de cabaret es una especie de parodia musical al estilo musical: el personaje vive de canciones; habla y piensa en canciones.

La navidad es una novela histórica bien documentada, en la cual el historiador y el antropólogo de la cultura ponen al servicio de la ficción un mundo legendario, pero de base real, acerca del primer establecimiento de los conquistadores española en el fuerte de La Isabela.

En nuestro autor, las informaciones desplegadas provienen del enorme caudal de sus conocimientos y experiencias profesionales en las referidas áreas de las humanidades y las ciencias sociales, que en sus novelas circulan sin ambages en un sistema de referencias que se apoya en datos bibliográficos, nombres de autores, textos, citas, versos; así como en otras áreas y artes: cuadros, pinturas, música, etc.

Hay varios aspectos en común en las novelas de Veloz Maggiolo:

  1. Conocimiento histórico, antropológico y arqueológico.
  1. Metanovela o el arte de novelar en las novelas: hay siempre un escritor elaborando un proyecto de escritura.
  1. Narraciones densas, que dan volumen al personaje contador. Contar es un vértigo; y en él, ver y vivir el universo es esencial; no como aquellas novelas en las cuales el narrador y la narración se ven mucho en las palabras y menos en las historias.
  1. El punto de vista del yo, de la primera persona en singular, y descubrir las voces desde las cuales se narra, comenzando por la voz del propio autor. Trabajar este aspecto es fundamental para entender la obra de ese autor.
  1. La mezcla de narración poética (bella, subjetiva, rica en imágenes y en léxico) y narración académica (datos, vocablos, conceptos, sintaxis, prosaísmo) proveniente de la antropología, de la arqueología, del saber erudito de Maggiolo.
  1. La evocación, el recuerdo, rasgo principal en los personajes.

Conclusiones y enseñanzas de las novelas de Veloz Maggiolo:

  1. Que se escribe novela como a uno le da la gana y de lo que a uno le da la gana. Aquí lo que cuenta es el talento, la creatividad, la cultura y el carácter del novelista.
  1. Que se narra como a uno se le antoja. Veloz Maggiolo hizo maravillas con la narración, sobre todo a través del vanguardismo y la experimentación, rasgos permanentes en sus novelas, siempre novelas en las novelas, o protonovelas.
  1. Que la profesión, los conocimientos, los recuerdos y demás ajuares que uno lleva encima son la materia prima de la novela y no (solamente) la invención, la imaginación, la creación.

 

Marcio Veloz Maggiolo, ícono de las ciencias y las humanidades

Por Manuel Matos Moquete

 

Cuando en un ejercicio de apreciación crítica, siempre subjetivo y parcial, tratamos de visualizar el desarrollo de las humanidades en nuestra sociedad, entre los escritores y los intelectuales percibimos grados diversos. En una cultura, es dable destacar a aquellos que reúnen perfiles más completos en las letras y el intelecto. Y cuanto mejor, perfiles de científicos y humanistas.

Desde el primer tercio del siglo XX, Pedro Henríquez Ureña se situó como el intelectual más importante de nuestro país. Era ya apreciado y reconocido en los polos centrales de la cultura a nivel continental, como uno de los principales humanistas América hispánica, junto con los mexicanos José Vasconcelos y Alfonso Reyes, por sus grandes aportes como pensador, ensayista e investigador en diferentes áreas de las ciencias del lenguaje y la cultura.  Entonces, Juan Bosch, iniciaba una ascendente trayectoria literaria y política que lo convertiría, a mediados de ese siglo, en el segundo intelectual dominicano de mayor relieve. En el género del cuento, había despuntado como uno de los mejores de habla hispana, en la línea del uruguayo Horacio Quiroga. Y como pensador político era considerado como uno de los grandes demócratas de América, junto a Víctor Raúl Haya de la Torre, Rómulo Betancourt y José Figueres. A partir de 1963, Bosch creció y se proyectó aún más, como estadista e intelectual. Hoy, en este primer cuarto del siglo XXI, no me cabe duda de que Marcio Veloz Maggiolo es, actualmente, el exponente más importante de las letras y el intelecto de República Dominicana; completando así, gradualmente, un exclusivo triángulo cultural en cuya cúspide brilla sin igual, Pedro Henríquez Ureña. Veloz Maggiolo es, sin duda, en este presente, el producto más acabado de la cultura y las letras dominicanas.

Esos tres autores despuntan como las personalidades señeras de nuestras humanidades. Contamos con otros excelentes escritores: poetas, narradores, dramaturgos y ensayistas. Y en otras disciplinas de las ciencias sociales y las humanidades, hay, sin duda, especialistas de renombre: filósofos, lingüistas, historiadores, antropólogos, sociólogos, psicólogos, economistas. Pero, no se hable aquí de un género o un saber en particular, sino del perfil general de los autores y del impacto de sus obras dentro y fuera de nuestro país a través del tiempo.

Hubo un tiempo en el que las ciencias y las humanidades andaban juntas, pero como manifestaciones excepcionales en determinados individuos.  Fue un tiempo en que el conocimiento y las letras emanaban de la misma búsqueda y tenían los mismos cultivadores, quienes se singularizaban como íconos de la cultura universal. Fue el tiempo en que, en siglos diferentes, vivieron Platón, Leonardo Da Vinci, Montaigne, Pascal y Einstein. Fue el tiempo de nuestro Pedro Henríquez Ureña, contemporáneo del gran físico alemán, y también de Juan Bosch.

Hoy, esa conjunción de las ciencias y las humanidades se prolonga con mayor amplitud que en el pasado; pero, a la vez, las especialidades del saber encuentran también su máxima expresión. Es el tiempo de Veloz Maggiolo, quien representa hoy, mejor que nadie, la reunión de las ciencias, las humanidades y las letras. Obra integral es la suya: pintor, escritor y científico. Es uno de los padres fundadores de las ciencias arqueológicas y antropológicas en el país. Es hoy por hoy el novelista de más renombre. Es cuentista, es poeta y es ensayista.

A través del trabajo con la memoria personal y social, leitmotiv y estrategia principal del arte y pensamiento de Veloz Maggiolo, él nos comunica su propia imagen y la imagen de la sociedad dominicana. La labor tesonera en ese sentido, en sus investigaciones y sus escritos, es un acercamiento total a la cultura en todas sus manifestaciones: artes, literatura, historia, ciencia, tecnología, costumbres. Las funciones del escritor y del científico se aúnan en un solo crisol. Y eso se refleja en su obra narrativa y ensayística. Coexisten en los ensayos el rigor académico-científico y la necesidad de vulgarización, empalmándose bajo su lupa y su pluma esos dos modelos de comunicación. Y en las obras de ficción, el autor muestra una amplia gama en la cual convergen variados géneros, modalidades y estilos.

La obra literaria e intelectual de Veloz Maggiolo debe ser estudiada y apreciada en el contexto general del humanismo y las humanidades en nuestra sociedad. Es la obra de un creador, un investigador, un escritor, que a lo largo de toda su vida ha encarnado y propiciado el desarrollo de una visión integral del conocimiento humano.

Es difícil, al abordar la obra de un creador multidimensional, separar los productos de la creación. Sobre todo, en Veloz Maggiolo, quien plasma el vivir, crear, investigar y escribir en obras de géneros diferentes. En este autor, el estilo literario y el estilo de la ciencia son inseparables.

Encontramos así, en Veloz Maggiolo, en primer lugar, al hombre, a sí mismo. Su subjetividad, sus experiencias, su mundo cultural. Leerlo y apreciar su obra es escuchar a Michel de Montaigne decir: “Así, lector, yo mismo soy la materia de mi libro.” En el humanismo de la Antigüedad, una frase atribuida a Publio Terencio resume mejor que cualquier tratado, el perfil general de Veloz Maggiolo: “Hombre soy, y nada humano me es ajeno”.

Ese es Marcio Veloz Maggiolo.

«La mosca soldado», de Marcio Veloz Maggiolo: la novela de la experiencia trascendente

Por Bruno Rosario Candelier

 

El trasfondo arqueológico de un hecho sorprendente

La publicación de La mosca soldado de Marcio Veloz Maggiolo (Santo Domingo, 1936) conlleva un salto cualitativo en la producción del novelista dominicano (1), que narra en esta novela una historia dramática con trasfondo arqueológico envuelta en la magia de una realidad intangible. Con impresionante maestría narrativa, Marcio Veloz Magiolo despliega su talento novelístico en la narración de un acontecimiento ocurrido en el Caribe hispánico combinando el dato antropológico, la memoria vicaria y la ensoñación poética.

Impregnada de intriga y misterio, La mosca soldado va tejiendo la madeja de una historia que va anticipando las ocurrencias de los hechos al modo homérico mediante el uso de la prolepsis, técnica que emplean los buenos narradores para despertar la curiosidad del lector. El narrador fabula en torno a un suceso de la historia insular de hace mil años y lo empalma a una experiencia reciente acontecida en El Soco, paraje ubicado en la zona oriental de la isla antillana, entre la ciudad de Santo Domingo y San Pedro de Macorís. Es una manera original y sorprendente de indagar raíces etnográficas, antropológicas y culturales de una identidad que subyace en la preocupación intelectual del distinguido escritor.

La investigación arqueológica, trasfondo científico de una narración literaria, alienta la trama de un fenómeno sobrenatural que sacude la sensibilidad del novelista traspuesto por ese hecho extraordinario cuya dimensión pone a prueba la verdad científica y la verdad de la revelación ante el impacto del misterio. El testimonio de dos sobrevivientes del hecho inexplicable que concita lo mágico y lo divino se articula con sorprendentes resultados a la documentación científica y las leyendas alucinantes de una cultura atrapada en la mentalidad tradicional.

El ámbito de lo sobrenatural ha estado presente en algunos relatos de autores nacionales y el propio Veloz Maggiolo ha dado cuenta de esa presencia (2). En esta singular novela unas moscas fueron un elemento clave en la investigación del pasado y en el tramado narrativo que incentivó la imaginación del narrador. Una mosca soldado prende la obsesión de una búsqueda imparable en tumbas aborígenes y particularmente de una que atizó recuerdos, vivencias y pasiones.

El sujeto narrativo alterna con el autor en referencias autobiográficas que aluden a su trabajo de investigador arqueológico y confiesa que jamás pensó que los acontecimientos de El Soco pudiesen gestar una novela. De esa manera usa una estrategia narrativa que va combinando la técnica de anticipación y recursos metanovelísticos, dosificando paulatinamente la sustancia de su novelar como quien va contando parcialmente lo que constituye el meollo de la narración para despertar la curiosidad del lector hacia el tema central de la novela. El narrador, en efecto, le va participando a su imaginario interlocutor la historia que centra el núcleo de esta novela en una especie de ‘diálogo solitario’ o ‘monólogo compartido’ con el amigo cómplice del suceso secreto. Al ponderar la fuerza del destino, advierte que no andaba en busca de leyendas ni a la caza de albatros, ni pretendía escuchar ocarinas perdidas en un tiempo de tragedias ni entender cómo las almas de los cortadores de cañas muertos bajo el rigor del trabajo vuelven y repican el tambor en los rituales africanos. Nada de eso.

Lo que motivó la sustancia novelesca de La mosca soldado fue ciertamente un hecho intrigante y misterioso, como intrigante y misterioso es también el procedimiento narrativo que el diestro novelista utilizó para formalizar la pasión que lo alentó. La chispa que desató la narración fue el espectáculo de un esqueleto de mujer muerta hace mil años cuya historia concitó esta aventura que asombra y atrae con la misma pasión que vivió el autor. Marcio Veloz devela las brumas de un tiempo muerto, el meollo de una extraña historia que hubiera sido imposible conocerla sin los fragmentos de cerámica, fechas de radiocarbono, noticias etnológicas, análisis biológicos y sueños de poeta, según revela el narrador, así como también la virtual colaboración de los actantes del relato y las sorprendentes moscas alfareras que susurraban un hecho sutil. De ahí que el narrador, al ver en la vida un desván de objetos perdidos que estando en el pasado se manifiestan “en cuanto abres una ventana a universos que esperan manifestarse una y otra vez” (p.20), se auxilia de los conocimientos arqueológicos y antropológicos que posee para reconstruir un pasado y, prevalido de la magia de la imaginación, recrea entusiasmado y conmovido la vida de un esqueleto que recubre de carne y aliento para sentirla esplendorosa y viviente. Todo lo demás, según infiere, es obra del azar y del misterio. Y aunque el final de la historia dista de lo fabuloso y novelesco sigue siendo misterioso a pesar de la labor de reconstrucción del presente en las raíces del pasado, lo que de alguna manera viene pautado por “ese ir y venir del espíritu en la búsqueda de una realidad que no puede palparse con las manos” (p. 205).

Hubo desde luego señales que trascendieron el azar: “Cuando los insectos osaron introducirse en la tumba de Pandora, comprendí o tal vez comprendimos -señala el narrador testigo-, que la señal iba más allá de una simple forma del azar” (p.21). Y fue entonces la ocasión propicia para “poner alma a la vida insólita que se manifestaba desde el fondo de aquellas tumbas” (p.21) que presagiaban una materialidad intangible. La experiencia de El Soco cambió la visión del narrador y centró su atención en otra forma de vida, desde una vertiente interior y meditativa viendo las cosas con otra actitud, indagando “las expresiones de los objetos que contenían el mensaje y de los entornos reales que lo sugerían” (p.32).

El versado narrador, antropólogo por formación y poeta por vocación, asume la ciencia y la poesía para enfocar un costado de la realidad que se le escapaba a su control y que la historia va tejiendo en hechos y documentos no escritos almacenando una veta insospechada y profunda vinculada a lo esencial del ser humano. A veces la misma realidad nos agobia con mensajes que no sabemos descifrar, pues como leemos en esta novela: “Ese mensaje puede estar en un pedazo de vasija, en una mosca necia que insiste, en un sonido musical, en tantas cosas. Comprendimos, por lo menos yo lo comprendí, que el papel garabateado no es la única fuente para entender el mundo, que la escritura es una parte de millones de historias nunca llevadas al alfabeto y que por tanto los restos arqueológicos son documentos que pueden completarse con otros altamente intangibles, hasta el punto de que pudieran no ser calificados de ese modo. ¿Cómo calificarlos si completan, sin embargo, la materialidad y la inmaterialidad de la historia? ¿Cómo dar categoría de documento a una intuición, a un presentimiento que se hace corpóreo? El pasado no impreso, no llevado a las letras, puede flotar como una nube que descarga luego su chubasco sobre nuestro mundo cerrado y nos empapa de realidades nuevas” (p.44).

Pasa a seguidas a explicar el narrador que muchas historias intangibles vuelan a nuestro alrededor y debido al modo tomista y lógico de nuestro pensar sólo ponemos a atención a lo tangible. Consecuente con su actitud abierta, empática y totalizadora, el narrador anhela “tomar posesión del pasado” (p. 45) para entender en su esencia profunda el sentido de lo existente, advirtiendo que conviene preparar a los demás para que la intangibilidad de los fenómenos no los sorprenda. Desde luego, esta novela se escribió años después de la ocurrencia del acontecimiento que apeló la conciencia del narrador, que se lanza a contar la historia que aconteciera entre las brumas de leyendas, visiones y poesía cuya reconstrucción reclama la participación de la memoria vicaria, la ciencia antropológica, las tradiciones dominicanas y la invención mítica en un lenguaje vivo, elocuente y cautivante.

Una novela como La mosca soldado supone el desarrollo de la sensibilidad trascendente, como en efecto acontece en Marcio Veloz Maggiolo y, aunque es la primera vez que este prolífico autor incursiona en una narración adscrita al modo de ficción metafísico, ya nuestro distinguido académico había dado señales, en estudios y artículos publicados en la prensa nacional (3), de que había desarrollado su intuición de lo profundo y podía sintonizar la ladera oculta de la realidad, que en otro estudio he llamado REALIDAD TRASCENDENTE (4). El alter ego del autor la alude al señalar: “No somos quiénes para encarcelar la vida, para encerrarla, ponerle barrotes y decir ahí está la vida prisionera y nadie puede hacerla aparecer de otro modo. No, no creí mucho ni creo en esa manía de asegurarnos a nosotros mismos creyendo que lo que no vemos es irreal, que lo que no comprendemos es inexistente. Y todo esto, como supondrás, me llega como una conclusión definitiva con los años, porque las experiencias en El Soco fueron el inicio de una visión de mi concepto como ser humano, y de la tuya. […] Creo en lo tangible y en lo intangible. Mucho de lo que se ve ha dejado de verse durante largo tiempo, y por el contrario, mucho de lo que no hemos visto se verá y existe sin que los sentidos puedan captarlo” (pp. 66-7).

Se trata obviamente de la existencia de una realidad intangible o la presencia indiscutible de la realidad trascendente, ante la cual el narrador abre un intersticio a lo imaginario, sin desconocer la participación de ese sentido interior en la percepción de lo real. Decía William Wordsworth que la imaginación era el sentido mediante el cual el hombre formaliza la visión mística del Mundo y Marcio Veloz Maggiolo concibe ese poder de la sensibilidad en esta novela, la que no dudo en calificar de grandiosa, como el puente entre la ciencia y lo divino mismo, abriendo un espacio en el ámbito de lo viviente a lo misterioso y sagrado, que Mircea Eliade concibiera como Terrible y Fuerte (5). Para el novelista dominicano la imaginación es clave para entender “lo que no hemos estado buscando y aparece de pronto” (p.72).

La apelación de la realidad trascendente 

El narrador está consciente de que sentía “cosas del más allá” (p.184) y sabiendo que somos una porción de la Totalidad, conforme enseña la mística, por lo cual ocupamos un puesto singular en el concierto del Universo, el hombre viene a ser una célula de un gran organismo supraestelar y, en tal virtud, puede sintonizar los efluvios inmateriales que el autor supo canalizar entendiendo el sentido misterioso de la poderosa apelación que lo concitó. Es el fascinante fenómeno intangible que articula la esencia de esta novela interiorista, que dio lugar a la experiencia trascendente y que al mismo tiempo apeló la conciencia del creador y concitó en el autor la pasión de lo sagrado con el concurso de la imaginación poética, la formación antropológica y el sentido profundo de la realidad trascendente.

La experiencia de El Soco fue revivida por la fuerza de la imaginación, el aliento de la pasión y el recurso de la memoria, la ciencia y la poesía para la remoción de cenizas misteriosas. Cuando el autor se vale de lo que he llamado la memoria vicaria para la creación de esta obra -lo que me halaga al citarme por mi nombre en la página 20 de esta novela- anota que la memoria vicaria en tanto memoria ajena completa la nuestra recreando el pasado, como la de su padre narrándole viejos recuerdos de su barrio natal o el sonido de la ocarina en las manos de un niño o las voces de Feltrudis, Samuel o Nathaniel, que alentaron la reconstrucción del pasado para la previsión del porvenir.

La filosofía escolástica inspirada en Aristóteles fundaba la jerarquización de las bondades del ser en las cualidades ascendentes de la belleza, la verdad y el bien, valores que fundamentan la cosmovisión espiritual de Marcio Veloz Maggiolo. Como buen científico, el narrador buscaba la verdad y su intuición de poeta confluía en la sabiduría del creyente que percibía en la inocencia la fluencia de lo divino, razón por la cual consignaba entre sus convicciones íntimas: “Si yo buscaba la verdad de gentes perdidas entre cenizas y pasado, y si esa verdad podía enriquecerse con la imaginación de un niño, me interesaba notablemente la misma.  Amo la inocencia, y me parece ahora una especie de canal a través del cual pueden expresarse todas las divinidades. Dueño de un mundo intangible, para mí cierto aunque los demás lo negaran, Damián era un guía de lo extraño e inmaterial, de lo incontaminado” (p.115).

Señala el narrador que estando frente a aquel mundo floreciente con raíces en la leyenda, sentía que inventaba un ambiente y que se adaptaba al misterio. Entonces percibió que su vieja vocación de narrador corría pareja con la del arqueólogo y que podía compaginar la realidad física con la realidad imaginaria y, por supuesto, se dejaba arrastrar por un ‘realidad nueva’ (p. 115). Fue a partir de ese momento cuando advirtió que podía comprender la verdadera realidad de lo vivido en El Soco, que compartía con Eduardo y Nora, cómplices de su singular vivencia.

La experiencia de vida conlleva verdades profundas que la intuición atrapa y el narrador sabe que cada objeto contiene un sentido y cada espacio revela silencios descifrables. Sentir esa dimensión supone una sensibilidad trascendente y descubrir ese sentido es hacer metafísica. El escritor de esta novela siente apelaciones profundas, entre ellas la de escuchar la voz del pasado, captar el mensaje inherente a todo lo existente y apreciar que “un fragmento de vasija contiene el sudor de un hombre del siglo X, contiene el momento en el que una niña de ocho o diez años encendió el fuego para quemar la cerámica, contiene la arena del río que fue usada para reforzar la masa de barro y por lo tanto refleja esa caminata del poblado a la playa para traer la arena; un trozo de hueso pulido contiene el momento de la cacería; es un testigo mínimo del momento en el que el cazador golpeó con el hacha el animal, lo descuartizó y lo convirtió en alimento y en instrumental hecho de hueso; el polen de guáyiga contiene las caminatas alrededor del poblado, la recolección de las plantas, la hora en la que se levanta el recolector y la hora en que se acuesta, contiene la tradición de siglos; cada objeto tiene un mensaje dentro, un idioma que deberemos descubrir, recrear, para entender más profundamente el pasado” (p.190).

Cuando esa semiótica del pasado cuaja en la sensibilidad de un novelista auténtico, nace la novela metafísica que esta obra de Marcio Veloz encarna. Esa concurrencia de factores hace posible que el narrador perciba ‘sombras móviles’ que se repiten en expresiones materiales que nos marcan y el pasado lo persigue con su secreta apelación irrevocable que la memoria del amigo y el cariño de la esposa lo llevan a percibir como fuente de inspiración para su obra. El científico que se revela en esta novela no es el analista puro centrado en lo material y tangible que obvia las señales ocultas, a veces más impactantes y reveladoras que las visibles de la materialidad tangible. Convencido de que la ciencia puede dar vida y sentido a la imaginación trascendente y que la misma poesía sirve para horadar el misterio, su amigo interlocutor le reta a que acuda a la literatura para testimoniar esa dimensión de la realidad sensorialmente inabordable. De esa manera el narrador cuenta con la complicidad de Eduardo, el amigo entrañable a quien le va contando la historia que va haciendo la novela, advirtiéndole que el pasado vive en nosotros porque “nada se pierde, todo se acumula”, razón por la cual toma posesión del pasado para entender en su esencia el sentido de la vida y con ese fin asume la antropología asumiendo la vertiente de la realidad que la misma vida va tejiendo en hechos y documentos en los cuales deposita una rica veta de verdades profundas y conocimientos esenciales.

Consecuente con esa visión integral del Mundo, entiende el novelista que hemos de estar abierto a todas las manifestaciones de la realidad sensible y suprasensible y, mucho menos, negar que “lo que no vemos es irreal, que lo que no comprendemos es inexistente” (p.66). Y precisa: “Creo en lo tangible y en lo intangible. Mucho de lo que se ve, ha dejado de verse durante mucho tiempo y, por el contrario, mucho de lo que no hemos visto se verá y existe sin que los sentidos puedan captarlo” (p.67). De ahí que el narrador pondere, como efectivamente lo hace, que “toda expresión es una cara de los dioses” (p. 173).

Con esa atmósfera espiritual, emocional y estética, su inteligencia y su sensibilidad estaban dispuestas para percibir y entender el meollo profundo de la revelación que sacudió el hondón de su ser interior, circunstancia que hizo posible y plausible, la singular vivencia que motorizó la gestación de esta novela. Su convicción sobre la particular reiteración de tantos fenómenos extraños le lleva a precisar: “Creo, y parece ser así, que estas experiencias pudieran ser una prueba de que la vida repite los mismos tipos, los mismos cuerpos, iguales ritos y las mismas angustias en gentes que siendo diferentes podrían ser, en el fondo, las mismas. Paisajes, flores, música, sacralidades inconclusas y rumores se multiplican por encima de la lógica y de toda precisión humana. La historia desova como una mosca, y si encuentra materia prima para repetirse transformada en un nuevo ser, lo consigue” (p. 215).

Cuando el sujeto de la narración se preparaba para experimentar el momento mágico de su gran vivencia, la misma naturaleza parecía vivir esta complicidad del misterio. El narrador despliega entonces su talento descriptivo con hermosas sinestesias y cautivantes imágenes que dan cuenta de los datos sensoriales del ambiente: “Esta vez no había Luna. Sombras y ruidos de gaviotas que huyen golpeando el agua acompañaban el rumor distante de los tambores, lo que nos generaba cierta fruición. Y así era, con sólo cerrar los ojos y dejarse acariciar por el tam-tam podía uno imaginar el sonido triste de la ocarina acompañando el rumor agreste y alegre del furioso balsié, cuyo toque de yuca era conocido en toda la región, en donde la fiesta de palos -tambor y güira únicamente- se mezclaba con el sudor, el alcohol y el alegre vaho de las bailarinas de senos calientes, cubiertos de ‘sudor y de estrellas’, como una vez diría uno de mis poetas favoritos…” (p.151).

La fuerza numinosa de lo intangible 

Conociendo la existencia de la realidad profunda, interna y mística, vinculada entrañablemente al origen divino del hombre y el de la herencia universal que archiva el pensamiento de la humanidad en forma inmaterial y trascendente (6), Marcio Veloz acomete la más fascinante aventura literaria de su brillante carrera de escritor.

La narración de esta novela va anticipando, como ya dije, la realidad de la experiencia de lo inmaterial que vivió el narrador y acuciado por el interlocutor del relato para que acuda a la literatura en la formalización de esa vertiente de la realidad, lo convence de que narre la sorprendente historia que vivieron bajo el impacto de lo trascendente. El narrador se auxilia de la imaginación poética para validar sus conocimientos científicos en una narración de lo sobrenatural y misterioso. Y se vale de las opias, aquellos espíritus de los aborígenes de los que habló fray Ramón Pané y que, al no formar parte de la materia según la leyenda, se materializan para mostrarnos sus rostros y sus vivencias singulares desde el más allá que los taínos antillanos concebían como un lugar de misterios y ánimas insomnes en los guayabales del Este de esta isla antillana y tropical. El narrador, sin embargo, no suelta fácilmente sus prendas. Va dosificando el anuncio de la revelación que le fue dable y reitera que Eduardo le insiste en la narración de la singular vivencia que estremeció su sensibilidad y su conciencia bajo el aletazo del misterio. Fueron unas inocentes moscas atrapadas la clave del hallazgo de verdades sorprendentes. Las relaciones autobiográficas que aparecen en diversos paréntesis funcionan como recurso narrativo de expansión y distensión engarzada bajo la autoridad de un versado narrador que escribe, recrea y rememora una historia fascinante.

La ocurrencia de hechos aparentemente fortuitos presagia el contexto de una espiritualidad coincidente con el fenómeno sobrenatural sugiriendo que el pasado sigue vigente reproduciéndose y gestándose de nuevo en el presente, como si la onda del misterio procurase perturbar la percepción de lo real descargando en su interior una inquietud creciente bajo el aliento sonoro de una flauta, anticipando la vivencia de un misterio a través de la música, la sombra cómplice y el aura de magia con que lo inexplicable suplanta lo tangible en sensaciones extrañas que condicionan lo imprevisto. El narrador va preparando el escenario para su revelación: “El rugido del mar se hacía cada vez más fuerte. No había narrado a nadie mi experiencia de la madrugada. Se hubiesen reído. Sólo a ti te confié lo que había pasado. Ahora, reconstruyendo el recuerdo, me atrevo a escribir sobre un tema tan poco científico y tan poco creíble para quienes acostumbran a medir la vida al través del corazón de los ordenadores. Cumplo contigo, Eduardo. Eres como el residuo de la historia, no diría residuo, sino el testigo final” (p.97).

Para conseguir la máxima eficacia narrativa y la atención de los lectores, el narrador emplea técnicas de contrapunto narrativo con las que va anticipando y dosificando la noticia que centra el núcleo de la novela. De esa manera ambienta de misterio y asombro el entorno y “en la distancia una luz de cocuyos sobre los cañaverales” (p.87), y mediante el recurso de enumeración que activa el relato novelesco evoca la figura de la india que su imaginación recrea: “Suprimí esa noche todas las ideas, todos los pensamientos; me concentré en las numerosas imágenes que pudieron encarnar a Pandora. La vi como una viuda medieval, pequeña y grácil, tejiendo en paños flamencos mariposas doradas; a un lado estaba la rueca amarilla, con incrustaciones de oro; al fondo vi gobelinos con arcángeles y trigales. Me la imaginé luego en la selva amazónica, con el viejo taparrabo amarillento, sirviendo el jugo fermentado de yuca, el masato, el mabí que emborracha a todos y que es parte de la fiesta en los grupos tribales. El areíto o fiesta colectiva comenzaba, y en torno a ella el buhitío inhalaba los polvos que le llevarían hacia un universo ubicado más allá de la vida terrenal…” (p. 158).

Entonces subraya el rol de la memoria vicaria, de la que esta magistral novela es cabal testimonio y ejemplificación, completando con sus recuerdos y vivencias la visión de los hechos que recrean el pasado. Su capacidad de imaginación le permite revivir la escena de un pueblo que danzaba mientras llevaba en hombros a una mujer joven, advirtiendo que la realidad es tan inmensa que no cabe en la imaginación y, tras aceptar el reto de narrar la historia que lo deslumbró, fundada en una experiencia situada más allá de la ciencia, más allá de la poesía, más allá de lo posible, su sensibilidad fue arrebatada para vivir la dimensión de un fenómeno sobrenatural sensorialmente trascendente. El narrador, habiendo preparado al lector para participarle su experiencia memorable, preparación explicable a la luz de la formación intelectual del hombre occidental formado en una cultura racionalista, se decide a narrar su vivencia con la pasión de quien revela un misterio, mientras fragua su mejor novela.

El narrador entonces despliega la fuerza dramática de su verbalización al contar la naturaleza de su experiencia, pero para no privarle al lector la fascinación de descubrir por sí mismo el impacto espiritual de este episodio extraordinario sólo diré que se trata de una experiencia metafísica. Aquel silbo impregnado de música de atabales había concitado la gestación del misterio hecho presencia rediviva que imprimió en la vida del narrador otro sentido y otra actitud ante lo viviente de tal magnitud y relevancia que a partir de esta experiencia todo lo enfocaba desde la perspectiva mágica de un entorno que como el de El Soco “tenía relaciones profundas con una especie de ‘más allá’” (p. 100), mientras se dejaba arrastrar por la vaporosa condición de la leyenda.

La dimensión interna y mística de esta experiencia trascendente suele transmutar la visión del Mundo y la manera de asumir la comprensión de lo real. Nuestro narrador no escapa a esa determinación del espíritu en el interior de la conciencia. A partir de entonces todo se transforma y revaloriza, hasta el mismo instrumental científico de la investigación. Y el Mundo adquiere connotaciones que antes no se percibían. La misma Naturaleza parece confabularse para el hechizo de esta revelación mística del Mundo. El tránsito hacia el más allá de las opias que animan la concurrencia de sucesos inauditos contenía el gran secreto que alentó la enervante historia de esta narración. La visión que experimenta el narrador cambiará el panorama de un suceso y el hecho sorprendente del relato adquiría una ritualidad nunca pensada. Tras la vivencia del singular misterio el narrador recompone su visión del Mundo como consecuencia inevitable del éxtasis transformante. La historia intangible, que se alterna con la historia del quehacer científico, aporta la dimensión espiritual, trascendente y poética en un vínculo visceral con lo viviente. “Todo forma parte del Todo” (p. 199), dice el narrador, como lo dijera hace medio milenio Leonardo da Vinci o como lo creyeran los neoplatónicos antiguos hace mil años (7).

El narrador testigo que cuenta su experiencia impactante tiene la habilidad narrativa de ir alternando la técnica de anticipación y el recurso de la metanovela, dosificando la sustancia de su novelar para irse acercando poco a poco ante el limen del misterio. De ahí la oportuna ambientación del relato. Describe el ambiente donde suceden cosas singulares, extrañas y misteriosas, como la aparición de espíritus que se montan, la leyenda de las Marimantas o la lucha de creencias que gestan mitos y fabulaciones. Todo se armoniza para reconstruir, guiado por la maestría de un genuino narrador, la vida de un pasado misterioso, el pasado de una historia inusitada que desata la más hermosa novela de nuestro admirado creador.

En procura de ese propósito literario se suman la caracterización de personajes y ambientes, la descripción de paisajes y objetos, la evocación de leyendas y creencias y, desde luego, la sólida formación intelectual, científica y artística del más importante escritor dominicano vivo. Se trata de un narrador que busca la verdad de gentes perdidas entre cenizas y pasado y, si esa verdad podía encontrarse con la imaginación de un niño o la magia de la poesía, nada se descartaba. Se trata de conciliar la verdad histórica y la verdad poética, que tanto inquietó a Aristóteles, siendo la intuición estética y científica del narrador, que se aunaba al autor, la base para hacer posible esta gran novela nacional. La intuición mística de percibir que a través de la inocencia del niño “pueden expresarse todas las divinidades” (p.115) era una manera de dejar fluir la corriente de lo divino mismo para vivir a plenitud la experiencia de lo trascendente y sentirse dueño de un mundo intangible, luminoso y edificante entre lo inmaterial y lo incontaminado. Cuando el autor se convenció de que su vocación de narrador compaginaba con la del arqueólogo no dudó en articular una novela que penetraba la realidad trascendente sin obviar la realidad física y la realidad imaginaria en pos de la revelación del misterio. Por eso el narrador, que tiene la sabiduría para insuflar a su novela el aliento de la verdad poética y el dato de la verdad científica en la preparación para la revelación de su gran verdad vivencial y testimonial, dice perlas como esta: “El tallo no es el dueño de la flor, ni su dictador. La flor es todo. Toda flor está virtualmente ‘esperando’ su luz. Todo movimiento de la mente o del cuerpo tiene dentro un mensaje” (p. 191). Ese mensaje conmovió las fibras profundas de nuestro narrador.

Quiero finalmente ponderar la riqueza de datos relacionados con el mundo de la mitología insular que sostiene la investigación de campo de esta novela y revelan la sólida erudición de Marcio Veloz Maggiolo en facetas tan diversas como leyendas, mitos, tradiciones y creencias con un conocimiento profundo y riguroso de la cultura viva y la antropología dominicana y antillana, lo que refuerza la calidad de esta novela, confirma la categoría intelectual del autor y testimonia la seriedad profesional que avala esta obra maestra de la novelística dominicana.

La dinámica narración de esta novela viene potenciada por la fuerza de su lenguaje, la voz personal y auténtica del escritor y su estilo audaz, vivo y fluyente consustanciado al aliento dramático y el acento entrañable de su formalización. La mosca soldado, de Marcio Veloz Maggiolo, inscrita en el modo de ficción trascendente en las letras dominicanas, apuntala la prestancia literaria del ilustre escritor y académico.

 

Bruno Rosario Candelier

Academia Dominicana de la Lengua

Santo Domingo, Ciudad Colonial, 20 de abril de 2005.

 

Notas:

  1. Marcio Veloz Maggiolo, La mosca soldado, Madrid, Siruela, 2004.
  2. Cfr. Marcio Veloz Maggiolo, “Lo sobrenatural en algunos escritores dominicanos”, en El Siglo, Santo Domingo, 15 mayo de 1999, p. 3F.
  3. Cfr. Marcio Veloz Maggiolo, “Las maneras ocultas de ‘ganar’ la eternidad”, en Listín Diario, Santo Dgo., 28 de marzo de 1993, p. 4.
  4. Bruno Rosario Candelier, Poética Interior, Santiago, República Dominicana, PUCMM, 1991, p.22.
  5. M. Eliade, Lo sagrado y lo profano, Madrid, Guadarrama, 1973, p. 25.
  6. Cfr. Marcio Veloz Maggiolo, “Ciencia, religión y filosofía de lo ‘inmaterial’”, en Listín Diario, Santo Domingo, 10 de enero de 1993, p. 4.
  7. J. Alsina Clota, El Neoplatonismo, Barcelona, Antropos, 1989, p. 9.

 

«La vida no tiene nombre», de Marcio Veloz Maggiolo: novela vanguardista de las luchas gavilleras

Por Bruno Rosario Candelier

   Marcio Veloz Maggiolo (Santo Domingo, 1936) escribe su primera novela vanguardista, La vida no tiene nombre, en 1965, y anoto el año porque para ese tiempo se estaba gestando en Latinoamérica una nueva corriente novelística, promovida por el llamado ´boom´ de narradores latinoamericanos, destinada a renovar la novelística hispanoamericana y a ponerla en el primer plano de la novelística mundial. De modo que en Santo Domingo había un dominicano que estaba en sintonía con la tónica de la época, contribuyendo, desde su ámbito narrativo a la renovación de la novelística nacional.

Justamente, esta noveleta de Veloz Maggiolo (1), asume el tema de la lucha de los gavilleros del Este dominicano contra la ocupación norteamericana, por lo cual se incardina dentro del tema de la tradición montonera en una ficción que recrea la vida en una hacienda de la zona y la vida de un gavillero que lucha por su país.

Veloz Maggiolo había incursionado antes en la novelística con un tema bíblico (El buen ladrón, 1960), novedoso desde el punto de vista temático en la narrativa dominicana, y sería audaz aún con Los ángeles de hueso (1967) y todavía más con De abril en adelante (1975) con la que reafirmó su vocación renovadora y su consagración como el novelista dominicano de vanguardia y como el más fecundo novelista nacional por su amplia ejecutoria en el género.  Lo que digo lo confirman sus numerosos títulos: El buen ladrón, 1960; Judas, 1962; El prófugo, 1962; La vida no tiene nombre, 1965; Nosotros los suicidas, 1965; Los ángeles de hueso, 1967; De abril en adelante, 1975; De dónde vino la gente, 1978; Biografía difusa de Sombra Castañeda, 1981; Florbella, 1985; Materia prima, 1986; Ritos de cabaret, 1991; Uña y carne, 2000; El Jefe iba descalzo, 2002.

El tema de La vida no tiene nombre es la rebelión guerrillera prohijada por “gavilleros” alzados contra la primera intervención armada de los Estados Unidos en la República Dominicana, que aconteciera en el período 1916-1924, y que se repetiría en 1965, recién publicada la novela de Veloz Maggiolo, para aplastar una revuelta militar constitucionalista y democrática, pero que los americanos y sus apoderados criollos consideraban comunista. En la novela de Veloz Maggiolo se recuerda que la intervención del ´16 se hizo para controlar a los “revolucionarios” de la época, cuyos opositores a la intervención fueron calificados de “gavilleros”, vale decir, bandidos, criminales y revoltosos a los cuales era preciso eliminar para la salud la Patria y la pacificación del País. La vida no tiene nombre constituye una protesta por las  intervenciones militares contra los países de América Latina. La vida no tiene nombre no es sólo una obra de testimonio, denuncia y condena.  Es también, y muy oportunamente, una obra de renovación, de remozamiento de la novelística dominicana. Marcio Veloz libera la narración criolla atada a la vieja estructura lineal y cronológica: su novelística impulsa el despegue hacia la modernidad.  Rompe con la cronología tradicional, emplea el narrador-personaje, usa recursos novedosos, como el monólogo interior, la retrospección, la intercalación de planos narrativos…

La sangrienta jornada de los “gavilleros”

   La vida no tiene nombre narra las peripecias de un “gavillero” del Este, Ramón Vieth, alias El Cuerno, hijo de un rico terrateniente de El Seibo, de origen holandés, y una pobre inmigrante haitiana, llamada Simián, víctima de varias violaciones, entre ellas las de su amo, para quien trabajaba como sirvienta en su hacienda, base de la perspectiva del relato. El Cuerno, cuyo sobrenombre se hará famoso en la región oriental del País, es el protagonista de la obra, desde cuyo pórtico se presenta el escenario de la noveleta y la índole de la temática:

   “Las tierras del Este son pródigas en caña de azúcar y yerba para el ganado.  Son tierras donde los hombres no tenemos ni siquiera precio; donde los hombres trabajamos como animales, de sol a sol, por unos cuantos centavos americanos.  Para mí, que en estas tierras uno ya ha perdido hasta la conciencia, porque cada familia tiene miedo de sus vecinos debido al terror que implantan los invasores con la fuerza de sus fusiles Máuser y de sus ametralladoras.  Ellos han establecido sus leyes a fuerza de ahorcamientos y balazos. Todos los respetamos, o mejor dicho, casi todos” (p.3). 

El Cuerno conoció la terrible explotación de la vida en la hacienda, fue víctima social por su humilde condición y origen, y se sentía subestimado, maltratado y humillado por parte de sus amos insensibles y despiadados. Su posterior incorporación a las bandas guerrilleras se debió a ese maltrato. Se sentía despreciado por los dueños de la hacienda, a pesar de que el amo era su padre. El tiempo histórico de la narración se ubica en 1921, fecha en la que el país vivía la dolorosa experiencia de la primera intervención militar norteamericana.  Y fue precisamente el Este del país la zona de la mayor resistencia de los gavilleros, los luchadores que combatieron a los marines interventores.

Los dominicanos de la época conocieron las atrocidades jamás imaginadas.  Los yankis ahorcaban, torturaban, violaban, quemaban, en fin, mataban a todo aquel que protestara contra su presencia interventora.  A El Cuerno le dolía “cómo las balas de los fusiladores han acabado con la vida de algunos de mis compañeros” (p.5) y le chocaba el hecho de que la llamada ‘guardia nacional’ estuviese al servicio de los americanos para capturar y fusilar a los gavilleros. El Cuerno relata, desde la celda de la cárcel donde se encuentra a la espera de su ejecución, no sólo su vida, sino la lucha de los gavilleros, y con ella el trasfondo social, histórico, económico y político de una etapa importante de la vida dominicana como fue el gobierno de la primera intervención militar norteamericana:

   “Estoy preso por dos delitos: haber combatido a las fuerzas de ocupación y haber asesinado a mi padre (…).  Nadie sabe cuándo le viene a uno la de fuñirse, la de salir embarrado.  A mí me sucedió la cosa y aquí estoy, esperando que cualquier cabrón dé la orden de fusilamiento y me cuadren tres o cuatro balas en medio del pecho o en plena cabeza.  Caeré como lo que he sido:  un hombre que no le tiene miedo a la muerte, un hombre valiente (p.4). 

Y pensar que fueron dominicanos los principales colaboradores de los interventores americanos.  Ramón Vieth, El Cuerno, lo entendía, pero no podía asimilar que su padre y su hermano fuesen colaboradores de los gringos prestándose “a la cacería de gavilleros, para que así los americanos respetaran su podrida hacienda” (p.7).  Un día El Cuerno no aguantó más y se largó de la hacienda y se unió a la lucha de los gavilleros:

Mientras anduvimos alzados en las montoneras venían las noticias y mis compañeros me preguntaron en dos o tres ocasiones si yo era capaz de partirle el alma al par de lambiscones que eran mi padre y mi hermano Fremio” (p.8). 

Fueron, como El Cuerno, hombres del pueblo los que se alzaron en armas contra los gringos y los que formaron los frentes gavilleros para las guerrillas montoneras.  Ramón Vieth, como hijo del pueblo, sintió entrañablemente la traición que dominicanos ricos, como su padre, cometían contra dominicanos pobres que defendían su tierra y su patria.  Y fue esa traición, más el maltrato de su amo, que motorizó su adhesión a los gavilleros, alentada por el amor que sentía por la tierra que le vio nacer:

   “Yo llevaba en mi alma el deseo profundo de demostrarles a los Vieth (así se apellidaban mi padre y sus hijos) que era más dominicano que ellos, que sentía mucho más que ellos amor por esta tierra que tanta traición ha engendrado en los últimos años; por eso, un buen día me enrolé en las tropas alzadas del general Matías Remigio, cuando los americanos, que hoy me tienen preso, pisaron San Pedro de Macorís y Gilbert le partió el pecho a uno de ellos con un viejo revólver treinta y ocho. Entonces nos persiguieron durante años.  Nos llamaron “gavilleros”  porque en cada emboscada le partíamos el alma a quince o veinte gringos de esos.  Los volvíamos locos.  Fuego por aquí, fuego por allá.  Los cañaverales ardían y los marinos, burlados por nosotros, ametrallaban entonces los pueblos indefensos… Yo luché contra ellos y estoy orgulloso de haberlo hecho (p.12).

El gavillero tenía que vivir escondido en matorrales y cañaverales, fugitivo, sin sitio fijo, para evitar la cacería de los americanos. Y desde sus refugios preparaban ataques relámpagos, emboscadas furtivas, asaltos frecuentes tras los cuales retornaban a sus escondites en la manigua:

   “(…) el toque de alborada significaba para nosotros los gavilleros, la retirada inmediata o el ataque por sorpresa contra las tropas gringas.  A esta hora atravesábamos los cañaverales y los campos todavía sombríos para caer sobre los centinelas que se ocultaban en sus garitas de madera y comenzaban a disparar sobre nosotros con furia.  Se armaba el corredero, y los Máusers y los Colines decían presentes, mientras los gringos apostaban sus ametralladoras y rociaban de balas los cuatro puntos cardinales sin importarles quien cayera.  Muchas veces las balas herían algún muchacho o mataban alguna anciana. Los gringos entregaban el cuerpo a sus familiares y les pedían excusas. Todo el mundo aprobaba las excusas y nosotros nos retirábamos indignados, dispuestos a vengarnos en la próxima ocasión, pero en la próxima ocasión sucedía lo mismo, y todas las mañanas, siempre que los gavilleros atacábamos en cualquier punto a la gringada, morían muchos más de los nuestros que de los de ellos…” (p.16).

Naturalmente, los gavilleros no podían competir con el poderío de los americanos.  Amén de su pesada artillería, a los gavilleros les restaba la falta de colaboración de las gentes del pueblo.  “Casi nadie nos ayudaba”, dice el relator.  Y añade: “Todos tenían miedo de que los americanos los baquetearan con estopa o les marcaran las espaldas con un hierro al rojo vivo” (p.17).  Pero eso no amilanó el espíritu de combate de los valientes gavilleros, y cuando el cabecilla decide abandonar la lucha por motivos familiares, nombran a El Cuerno el jefe de la banda gavillera. Fue la falta de respaldo popular la que llevó a los gavilleros a cometer fechorías bochornosas, como saqueo, robo, ataques o linchamientos a campesinos delatores.  El noble sentimiento del patriotismo se vio empañado por acciones vandálicas que cometían los infortunados gavilleros.  Así, aquellas bandas armadas de forajidos alzados contra el gobierno interventor, aquella pandilla de gavilleros desesperados, entre los cuales había verdaderos patriotas, terminó degenerándose y convirtiéndose en fuerzas temerarias y temibles a los ojos de la población, y a los ‘gavilleros’ se sumaron todas las bandas deseosas de saqueo, sin escrúpulos para violar y matar, para robar y atemorizar, y esos elementos negativos, aunque numérica y militarmente engrosaban el pelotón de combatientes, moralmente desacreditaban al movimiento revolucionario. Los conjurados, de ese modo, llevaban en su propio seno el germen de la destrucción.  El mismo protagonista lo reconoce y en medio de su relato hace El Cuerno esta confesión:   “Visitaba a Simián con regularidad, es decir, dos o tres veces al año.  Mi vida se había reducido a la guerra, al saqueo y al robo.  De algún modo teníamos que sostenernos donde nadie se atrevía a regalarnos un pedazo de carne ni una manta para abrigarnos. Muchos de los gavilleros eran padres de familia con doce hijos, lo mismo que aquel desgraciado que ametrallamos junto a la javilla.  Simián estaba cada vez peor y ya mi nombre había sido colocado en todos los campamentos gringos, junto a la cantidad que daban por mi cabeza” (p.25).

El propio jefe de los gavilleros reconoce la degeneración del movimiento reivindicativo y como había en su mente un auténtico sentimiento patriótico y como las circunstancias no le permitían regenerar a las bandas gavilleras, decide abandonar la lucha guerrillera.  Transcribimos a continuación parte de su reflexión:

   “Luego de tres años de lucha decidí retirarme del guerrillerismo…Pensé dejarle la banda a Juan Crisóstomo, que no había perdido ni la fuerza ni el interés.  Además había algo que me inquietaba profundamente: aquel grupo que comenzó sus andanzas para defender a los dominicanos y tener en jaque a la gringada, había tenido que cometer fechorías a costa de pobres gentes, porque esas gentes no respondían y en vez de ayudarnos, como defensores, nos denunciaban para cobrar pequeñas sumas pagádales por la delación.  Así eran de insignificantes, y es lo que más me dolía de ellos, quizás más que las seis heridas que por defenderlos había recibido en las montoneras” (p.26).

Abandonada la lucha, El Cuerno se lanza a una nueva aventura en busca de nuevos horizontes, y adonde quiera que iba se llevaba a su vieja; vive un tiempo en la cercanía de Moca; para evitar que lo reconozcan los gringos destacados en el Cibao, se traslada a Samaná, y allí contempla para su mayor azoro y descorazonamiento, el fusilamiento de los principales líderes gavilleros que habían sido sus compañeros en la montonera.  Cuando su vieja se enferma, decide retornar a la hacienda con la esperanza de encontrar la ayuda monetaria de su antiguo amo, y padre a la vez, y en lugar de la esperada protección, halla la trampa que le tendió su propio hermano, tras de la cual va a parar a la cárcel:

   “-Está bien, te daré quinientos pesos y te me vas bien lejos.  Me perjudicas.  Todo el mundo sabe quién eres.  Se dirigió hacia una caja de hierro y yo le seguí sin sospechar que Fremio preparaba contra mí la peor de todas las jugadas.  Hizo girar un disco repleto de numeritos, la puerta de la caja se abrió, y cuando yo esperaba ver en sus manos el dinero con el que salvaría a Simián, vi que Fremio giraba lentamente sobre sí mismo y me encañonaba con un Smith y Wesson.

   -Caíste en tu propia trampa, hijo de puta.  Ahora vas a hacer lo que te indique.  No pienso matarte mientras me obedezcas…Suelta el cuchillo, lánzalo por aquella ventana.

Así lo hice.

-Toma esa soga y ahorca al viejo… ¡Tómala!

Oí el ruido, el “crack” del revólver.  Un ruido tenebroso.  No sé cómo no permití que mejor me diera un balazo, pero ahora comprendo que lo hice porque así me vengaba de papá” (p.39).

Gavillerismo, intervención y autodeterminación

En la etapa histórica en que la humanidad conoció el enfrentamiento de dos poderosos sistemas sociopolíticos contrapuestos, el capitalista y el comunista, la lucha política parecía darle más importancia a la posición ideológica que a la concepción de las nacionalidades, de tal manera que hubo casos en que la ‘presencia’ armada de un invasor extraño no se calificaba de ‘intervención’ sino de ‘solidaridad’ internacional, actitud que anulaba la frontera de lo nacional y se veían los pueblos y las razas, no en función de sus respectivas fronteras geográficas sino de su identificación o rechazo con la alineación a una de las grandes potencias mundiales.  A partir de la llamada ‘guerra fría’, y tal como se manifestó en una guerra como la de Vietnam, la frontera ideológica parecía tener más incidencia que la frontera nacional.

Cuando acontecen los hechos narrados en La vida no tiene nombre, el nacionalismo dominaba la concepción ideológica de los patriotas criollos, y es el patriotismo un sentimiento muy entrañable en el alma de los pueblos.  La intervención militar americana del ’16 se haría para someter al orden y las leyes del sistema democrático a los revoltosos guerrilleros que en tiempos de Concho Primo mantenían al país en un desorden permanente con sus ‘revoluciones’ montoneras.  50 años después, esto es, la segunda intervención militar americana, la de 1965, se haría para evitar la toma del poder de unos combatientes revolucionarios que presuntamente transformarían el sistema vigente.  Tanto en el ’16 como en el ’65 los marines yankis intervinieron para someter al orden, y los argumentos de la primera se repitieron en la segunda intervención militar. Aunque en ambas intervenciones los yankis encontraron resistencia armada, la del ’16 fue más dispersa, menos coherente y organizada, y tal vez por ello con menos efectividad popular.

Las luchas montoneras fueron, aparentemente, los factores que determinaron la intervención de las fuerzas norteamericanas en el período de 1916 a 1924.  Al respecto escribió Martín David Clausner lo siguiente: “Con respecto a lo que pasaba en los años de 1911 a 1916 no dudo que la importancia del papel que tuvo Desiderio Arias asombrará tanto a los dominicanos como a los americanos. (…) Sería posible demostrar que tarde o temprano, la intervención era inevitable. Sin embargo, el hecho es que Arias fue la causa inmediata no sólo del desembarque inicial de tropas americanas, sino también de la declaración de ocupación militar siete meses más adelante. Esencialmente la intervención se fundó en distintas interpretaciones de la palabra “rebelión”…  Dijo el Secretario de Estado del Presidente Woodrow Wilson, William Jennings Bryan en 1913: “Que sepan los revolucionarios y los que fomentan la revolución, que la República Dominicana, de conformidad con el Convenio de 1907, tiene prohibido aumentar su deuda sin el consentimiento de los EE.UU. y que este gobierno no consentirá que el Gobierno dominicano aumente sus deudas para pagar gastos y reclamaciones revolucionarias” (Telegrama de Bryan al Ministro americano).  Santo Domingo, 11 de septiembre de 1913). (Al que) contestó Américo Lugo en 1914: “La revolución es el medio natural y necesario par que hombres libres la empleen como recurso último contra la tiranía o el despotismo de su gobierno.  Los EE.UU. no tienen ni derecho moral ni derecho legal a intervenir, aunque siguieran los gobiernos revolucionarios…”. 

   La mención de Desiderio Arias, cabecilla de levantamientos armados en el Cibao, explica la posición de Clausner, que prosigue su “Comentario” con estas palabras: “La decisión de Wilson de recurrir a la fuerza, aunque técnicamente defendible, se ha reconocido por muchos escritores americanos, como Sumner Welles esencialmente, como ejercicio del imperialismo, injustificado, ilegal y falto de moralidad” (2).

Ningún pueblo soberano acepta el dominio de otro bajo ningún pretexto. De modo que ni las motivaciones económicas, ni las argumentaciones políticas, ni las apelaciones paternalistas o supuestamente proteccionistas justifican la intervención, mucho menos cuando se trata de una nación poderosa contra una débil y dependiente, y mucho menos si esa intervención es armada, es decir, a base de la fuerza, la que no encuentra asidero en ningún tratado o convenio internacional.  El citado comentarista escribe más adelante en el artículo ya aludido: “Con al muerte de Cáceres, la República volvió al viejo camino de las revoluciones, invasiones de la Tesorería, y la política ruinosa de partidos y del egoísmo de los jefes regionales. El país volvió a lo que Pedro Troncoso Sánchez llamaba “el Caciquismo” (3).

No se discute el hecho de que el país precisaba de una reorientación en la conducción de la Cosa Pública, y la forma como reaccionaban los revolucionarios de la época ‘conchoprimesca’ –a base de conspiraciones caudillistas, pillaje, autocratismo y desorden- no era la más saludable para la República. Los bandos revolucionarios durante la intervención, calificados de ‘gavilleros’, tenían dos vertientes:  la de los patriotas auténticos y la de los pandilleros oportunistas y maleantes, y fue la tropelía de estos últimos la que desacreditó al movimiento gavillero, por su pillaje, latrocinio y crueldad.  Un pasaje de la novela de Marcio presenta las dos vertientes: “Todo era huir, quemar, fusilar a los indecisos y robar cuando estábamos en apuros. Aquellos pueblos de mi tierra, que tanta protesta levantaron cuando los gringos pisaron nuestro suelo, pronto se acostumbraron a servirles, cayeron en el servilismo que durante tanto tiempo nos ha hecho a los dominicanos unos payasos que bailan para el que más comida ofrece.

   Daba pena ver aquello. Muchachas entregadas por sus madres y cosas como esas. Nosotros llorábamos de rabia, pero no podíamos hacer nada.  Pronto llegaron a creerse que éramos unos salvajes y que ellos eran los reyes del país.  Pronto nadie salió después de las seis de la tarde y los americanos se hicieron cargo de las tabernas y de las mejores mujeres de cada pueblo.  Así de triste era aquella vida por la que me desangré…” (p.18). 

Ciertamente las revoluciones montoneras, auspiciadas por los caciques regionales, no sólo trastornaban la vida política nacional sino que conllevaban para los gobiernos gastos frecuentes y enormes, desatención a áreas prioritarias, como la educación, la agricultura, reformas generales, administración adecuada y eficiente del tesoro fiscal y otros renglones de la vida nacional.  La deuda pública crecía y la recaudación fiscal menguaba.  Para los americanos, los gastos contra-revolucionarios no sólo formaban parte de la deuda pública sino que la acrecentaban.  Este aspecto fue debatido por la opinión pública de la época, y aunque no hubo un consenso al respecto, vamos a citar el parecer de dos notables de entonces, uno poeta establecido y otro abogado de renombre.  Los políticos de la época admitían que los gastos en “filtraciones y revoluciones” impedían cumplir con el compromiso del Convenio de 1907 (entre los gobiernos americano y dominicano), y Pelegrín Castillo reconoció que “la vida desordenada e inmoral de revoluciones y de saqueos de la Tesorería (puso) a la República fuera de la ley de las naciones” (4).

Clausner cita además el criterio del arzobispo Nouel, según el cual la única esperanza para ‘componer la vida y establecer la prosperidad y la decencia en la República sería la firmeza americana en obligar a los dominicanos a cambiar ‘su manera de gobernarse’ (5). Recuérdese que la conjuración gavillera tuvo lugar en el Este del país, y la misma palabra gavillero tenía una connotación despectiva de ‘pillaje’, ‘bandidaje’, ‘latrocinio’, y otros conceptos afines.  A los gavilleros se tenían como perturbadores del orden y la paz pública.  En su obra La viña de Naboth, Sumner Welles reproduce parte de una proclama americana, en la que tras declarar que las fuerzas armadas de los Estados Unidos habían penetrado en la República Dominicana “para apoyar las autoridades constitucionales y poner fin a los movimientos revolucionarios y las consiguientes perturbaciones del orden tan en detrimento del progreso ordenado y la prosperidad del país”, y aunque no les interesaba apoderarse de territorio alguno de la República ni ‘violar’ su soberanía, estarían en suelo dominicano hasta acabar “con todo movimiento revolucionario y hasta que ciertas reformas juzgadas para asegurar el bienestar futuro del país hayan sido adoptadas y estén en operación afectivas” (6).  Según Clausner, en los archivos del Departamento de Estado y de la Marina “reposa una multitud de comunicaciones oficiales rechazando los gritos de abogados representantes, dueños de negocios, y hasta el Gobierno de Gran Bretaña, todos buscando la protección de tropas americanas contra la violencia de los gavilleros y de los revolucionarios, especialmente en el Este y cerca de Sánchez” (7). Y Ramón Marrero Aristy escribe: “Los gavilleros, en cambio, no asumieron nunca el carácter de verdaderos patriotas, en el buen sentido de la palabra, y su presencia sólo dio motivo para que se mantuviera por largo espacio un clima de violencia en las provincias del Seybo y de San Pedro de Macorís, y un espacio dentro del cual algunos oficiales, clases y soldados del invasor tendrían la oportunidad de ofrecer exaltadas muestras de sadismo en la aplicación de torturas y crueldades tanto a aquellos que eran o parecían gavilleros, como a miembros de la población civil pacífica…(8).

La intervención americana había sido proclamada oficialmente el 29 de Noviembre de 1916 por el Capitán Harry S. Knapp, y en nombre del Gobierno de los Estados Unidos se proponía abolir las “plagas históricas”, entre las cuales figuraban, en primer lugar, la guerra civil y la revolución, manifestaciones violentas de las luchas caudillistas que afectaba a la población. De ahí el apoyo que en determinados núcleos sociales, especialmente en las familias beneficiarias de la cultura patriarcal, concitó la intervención.  Marrero Aristy apuntaba:  “Los gavilleros sirvieron también como de encargo para que algunos directores de los más importantes ingenios azucareros de la región –operados todos en ese tiempo por capital extranjero, predominantemente norteamericano-,  auxiliados por abogados y notarios dominicanos puestos a su servicio, aprovecharan la prolongada situación de terror e incertidumbre a que el bandolerismo y la actuación de las tropas de ocupación sometieron a los campesinos, para alcanzar rápidamente sus propios objetivos obteniendo de los aterrorizados pobladores de la zona rural en formas de apariencias más o menos legales, las tierras que en circunstancias normales quizás los campesinos no se hubieran dejado arrebatar…”(9).

El narrador de La vida no tiene nombre dice al respecto: “Llegaron un buen día los marines de Estados Unidos y oí decir que un tal míster Knapp tenía la muñeca fuerte, es decir, era capaz de meter en cintura al más pintado.  Yo no lo conocí; sólo he oído mencionar su nombre, y les juro que lo que dicen de él parece verdad: por muertes y atropellos no se paraba el míster Knapp” (p.4).

Aunque fue cierto que la lucha opositora de los gavilleros generó violencia, también es cierto que esa violencia era la reacción a la violencia de inspiración oficial, y aunque cometieron excesos en sus reclamos nacionalistas, en justicia no se puede afirmar, como lo sostuvo Marrero Aristy, que había ausencia de patriotismo en el frente gavillero.  Porque los primeros en cometer excesos y abusos contra la población fueron las fuerzas interventoras a las cuales se opusieron valientemente los gavilleros y por cuya oposición sufrieron las consecuencias (torturas, cárcel, muerte) los mismos gavilleros que iniciaron la lucha liberadora contra las tropas de ocupación.  Dice el narrador de La vida no tiene nombre: “Fueron, lo mismo que yo, juzgados por un grupo de soldados vestidos de caqui y declarados traidores al gobierno de los Estados Unidos y al pueblo dominicano, al que, según los americanos, estas gentes maltrataron.  Según me ha dicho Jonás, el gobierno de los Estados Unidos puede hacer eso porque lo autoriza una nota de un departamento americano, por medio de la cual ellos pueden meterse aquí, con el fin de garantizar el ejercicio de la ley” (p.19).

Naturalmente, el poderío de los americanos se impuso, y doblegaron la resistencia de los gavilleros y anularon su lucha liberadora e impusieron la “paz”, al igual que aquella pax que imponían los romanos cuando eran el imperio del mundo.  Dice Clausner: “Pero por encima de todo, la ocupación trajo la paz.  La tranquilidad reinó en el campo.  Se acabaron las revoluciones. Los campesinos, por primera vez, podían mandar a sus hijos a las escuelas rurales, sin pagar.  ¿Y el precio? La indignidad de la ocupación, soportada por el momento hasta por los políticos alejados de sus oficinas y de su autoridad.   A los infelices, por otra parte, a quienes siempre les había tocado pagar los errores de los políticos, les dolía menos, mucho menos” (Art. cit., p.67).  Entre los patriotas montoneros y los interventores hubo desde el principio una guerra abierta y sin cuartel: “Un buen día se aparecieron las tropas yankis dizque a proteger la isla de Santo Domingo.  Gilbert, un muchacho de San Pedro, le descargó su 38 en el pecho de un jefe americano en plena cubierta del barco, logrando escaparse, y de allí en adelante la guerra a muerte se hizo cada vez más cruenta” (La vida no tiene nombre, p.21).

Al poderío americano había que sumar la debilidad del frente gavillero y la falta de colaboración de la población: “Cuando la cosa se puso fea y los campesinos, aterrorizados por la propaganda gringa nos cerraban las puertas, Chano Aristy dijo: -No voy a seguir en esta pelea, porque tenemos un pueblo que no responde y al que sólo dándole muerte entra en carril.  Ahora nos niegan hasta un trozo de vívere con tal de estar en paz con la gringada” (p.23).

A esos factores adversos, se añade la degeneración a la que descendieron los gavilleros, en su lucha de supervivencia, y eso fue un descrédito en su contra y al mismo tiempo a favor de los planes americanos, hecho que el propio Ramón Vieth reconoce como causa eficiente de su derrota: “En mi travesía observé cómo los gringos habían hablado con los campesinos para que no se atrevieran ni siquiera a conversar con los extraños.  En el Norte los gavilleros eran más escasos, pero de vez en cuando aparecía una que otra banda que atropellaba a todos sin distinción.

   Aquello no era lo que nosotros, los fundadores de bandas habíamos perseguido en un principio. La degeneración había también infectado a los liberadores y la guerra se producía ya sin ninguna ansia de libertad  Los gavilleros no eran ya patriotas, portaban el estandarte del terror y de la muerte, se habían puesto a la par de los marinos en maldad y violencia” (p.28).

Las palabras de El Cuerno revelan que había en su lucha una concepción liberadora; que la motivación inicial fue realmente patriótica, pero que el movimiento de liberación fracasó no sólo por el poderío de los interventores, sino por la degeneración de los gavilleros y la falta de colaboración de la población.  Ciertamente, la tradición guerrillera formaba parte de la idiosincrasia del pueblo dominicano, pero con el agravante de que las ‘revoluciones’ carecen de principios normativos, de orientación ideológica o de motivaciones altruistas. Las revoluciones montoneras han sido motorizadas por ambiciones personalistas. El ideal revolucionario claudicaba ante el avasallante personalismo de las revoluciones (caudillistas o gavilleras) que truncaba toda posible motivación social con la satisfacción de los apetitos personales, y ese mal, que con los gavilleros degeneró en bandidaje, no sólo fue fermento de luchas y levantamientos, sino ocasión propicia para el fracaso. Entre muchos dominicanos prima la concepción de que la política se ejerce para resolver los problemas personales, no para solucionar los problemas del país, y cuando esas apetencias subalternas no se satisfacen, viene la degeneración, la corrupción, el saqueo. Durante la primera intervención, el desorden y la destrucción de los gavilleros dio pretexto a los americanos para desarmar la población civil, y con el desarme de la población, el poder tradicional del sistema caudillista sufrió un golpe devastador, al que se sumó el apuntalamiento del estado moderno bajo la inspiración norteamericana y la decapitación o neutralización de los principales caudillos regionales.

A la dominación tradicional de los caciques regionales se añadía la jefatura personalista de los caudillos nacionales, en una escala jerárquica con frentes intermedios de liderazgo y clientelismo.  Cuando las circunstancias normales impedían el usufructo del poder, surgían entonces las revoluciones con su secuela de destrucción y muertes y, naturalmente, de desorden y anarquía, y cuando se triunfaba, se llegaba al poder a disfrutar del botín de bienes y prebendas oficiales.

La Constitución de la República Dominicana de alguna manera ha avalado la tradición caudillista al darle al Presidente de la República poderes especiales para el manejo de la recaudación fiscal.  La tradición caudillista daba al caudillo gobernante poderes absolutos sobre los manejos de los fondos estatales, de manera que en la realidad de los hechos el jefe de Gobierno, que en nuestro país ha sido al mismo tiempo el jefe del Estado, podía confundir, y de hecho así acontecía, el uso personal con el uso estatal en la administración de los bienes del Estado, y ese hecho consuetudinario entre nosotros ha propiciado o estimulado la ‘distracción’ de los fondos públicos para beneficio personal.  En ese sentido, el Ejecutivo de la Nación opera sin limitación alguna, y desde el punto de vista moral es condenable el desvío de los fondos del erario nacional para usufructo personal.  De manera que una comisión de esa naturaleza, tan reiterada en nuestra historia republicana, es otra de las secuelas del caudillismo inveterado que prohijaron las montoneras con consecuencias negativas para el pueblo dominicano.  Esa tradición caudillista que autorizaba el uso de los bienes nacionales a discreción del caudillo ha estimulado la búsqueda del poder, no para ayudar a resolver los problemas nacionales, sino para que se hagan millonarios a costa del erario público los funcionarios públicos con acceso a las más altas instancias del Estado, hecho y tradición que genera un comportamiento negativo para el desarrollo del país.

De todos modos, hubo entre los luchadores del Concho Primo, como hubo entre los gavilleros, dominicanos de buena ley, con la fuerza moral y patriótica para luchar por la liberación de los poderes que oprimen y sojuzgan, y que sienten como una afrenta de lesa patria, como una herida en sus entrañas de patriotas, la presencia dominante de botas extranjeras que los lleva a repudiar con el arma combativa toda intervención, tal como se ha manifestado en diversos períodos históricos, y esa esperanza, la de que aún existen dominicanos dispuestos a luchar por la liberación del pueblo es el único consuelo que mantiene el espíritu en alto de El Cuerno, cuando al final de la novela se halla a la espera de su ejecución. Aunque los interventores aleguen el pretexto de ‘promover la paz y respetar al gobierno soberano’, así como ‘restaurar el orden y evitar las revoluciones o la guerra civil’, el sentimiento patriótico arraigado en el pueblo aflora para repudiar las ocupaciones militares o las intervenciones abiertas o solapadas, como lo hizo en la primera ocupación militar del año 1916, hecho que movió al autor de La vida no tiene nombre a escribir la historia que le da vida al relato de sus páginas. No negamos que los dominicanos precisábamos de disciplina y educación, de formas institucionales y métodos civilizados, pero esas conquistas deben ser el resultado de una suma de procesos gestados y protagonizados por el propio pueblo en su devenir histórico al cumplimentar sus necesidades y aspiraciones.

Con su intervención, los americanos propiciaron el ascenso de Trujillo al poder, y fue el Trujillismo la peor secuela de la intervención armada en el país.  Cuando los principales líderes gavilleros fueron atrapados con el auxilio de la guardia nacional, aparece la figura de Trujillo, a la sazón capitán al servicio de los marinos yankis.  En la siguiente escena, en la que se ejecuta una orden sumaria, aparecen los símbolos dominantes de la época del Conchoprimismo -el Remington y el Máuser- y la orden de fusilamiento contra los gavilleros que luchaban por la liberación: “El oficial Trujillo, con polainas hasta la rodilla, un fusil Remington de repetición y dos correas de balas cruzadas sobre el pecho, apoyó el pie sobre el estribo y bajó de la bestia.

   -¡Pónganlos a cavar su propia tumba! -ordenó.  Juan Crisóstomo y Mayí se negaron a tomar los picos, entonces otro hijo de puta con el mismo rango de Trujillo les golpeó violentamente en la cara con la culata del Máuser.  Tuve que aguantarme como un hombrazo y voltearme de espaldas” (p.32).

Según el protagonista-relator, los gringos “nos enseñaron a ser crueles y sanguinarios” (p.22), como sería el régimen, años después, del capitán que estuvo al servicio de los americanos en la persecución de los gavilleros, y fue el Trujillismo una derivación, nefasta y trágica para el pueblo dominicano, de la primera intervención americana.  Al final de la noveleta que inspira este estudio, aparece  un pasaje deprimente y descorazonador, aunque con intersticio de esperanza y aliento: “Me queda una sola esperanza: ¡Los gavilleros no se acabarán nunca!, son una raza interminable; mientras existan robo y pillaje habrá gavilleros, pero también mientras exista un poco de patriotismo. (…) Todos terminarán como yo, bajo el fuego de las balas gringas, frente al pelotón de fusilamiento, frente al ¡fire! de las tropas de ocupación comandadas ahora por esos dominicanos que como el oficial Trujillo han vendido su alma y su porvenir a los que pisan y maltratan un pueblo terriblemente pequeño.  ¡Qué doloroso resulta morir con estas dudas clavadas tan adentro! La vida no tiene nombre, no, no tiene nombre, es algo que no acabo de comprender” (p.42).

Hacienda, opresión y rebelión

La ocupación militar conllevó un trastorno de la vida social en el país.  El atraso, la ignorancia y la miseria formaban parte de la vida del dominicano de la época en que acontece la primera ocupación americana, y sin duda las fuerzas invasoras trataron de disciplinar el país e implantar el orden a base de represión y terror, pero de esta forma el remedio desencadena el odio y la violencia que se anidó en el seno de los gavilleros a materializar la rebeldía.  Las actitudes, los contravalores y comportamientos que el autor combate en su novela, tales como el crimen, el chantaje, el abuso, el racismo, el discrimen social, la explotación, la traición, el servilismo, la falta de patriotismo y, naturalmente, la misma intervención armada, de alguna manera condujeron a una condición social que haría posible, pocos años después de consumada la ocupación, la aparición de un sistema despótico, como fue el Trujillismo cuyo régimen terminó subyugando la dignidad humana.

El protagonista de La vida no tiene nombre es un hombre del pueblo que cuenta su historia ‘revolucionaria’ y su vida mientras se halla preso, que lo fue por los americanos a quienes combatió, en espera de su ejecución.  Sus palabras denotan su origen social:  “Como yo era un “hijo de perra”, “un cuerno”, seguí haciendo las veces de sirviente, de esclavo de las ocurrencias de los demás.  Mi mamá, que tal vez ya ha muerto, provenía de lejos, casi del extremo oeste de la isla, desde una lejana aldea situada en algún rincón de Haití.  Hasta los doce años vivió sin familia, y un día se lanzó a través de la frontera a caminar tierras, recalando allí, mal pasando acá, hasta llegar a los lados de El Seybo, débil y violada varias veces por los campesinos de la parte sur” (p.9).

El Cuerno, tal como le llamarían en adelante a Ramón Vieth por ser fruto de un ‘cuerno’, fue un parto casual, pues varias veces el amo de la hacienda que ‘engendró’ a aquella criatura intentó a base de golpes y patadas que la haitiana abortara, como les ocurrió a otras mujeres por los mismos motivos, y a otras como resultado de su copulación con americanos que sólo buscaban satisfacer su instinto sexual con las criollas indefensas: “Mientras yo peleaba con un Máuser entre las pezuñas, estos de casa, papá y Fremio, le hacían la corte al capitán Harrison y le brindaban las trabajadoritas de aquel lugar, que tenían que acostarse obligadamente con los soldados, y que daban a luz luego hijos que eran eliminados por los propios padres gringos para evitar rastros de su porquería” (p.8).

Sin embargo, la discriminación social no evitaba el contubernio sexual a la hora de satisfacer la lujuria del amo de la hacienda, que a su vez lo era de la vida y la voluntad de sus sirvientas: “Decía que yo era haitiano como si eso fuera un insulto, y a mí siempre que me lo dijo me daba por pensar que si él consideraba a mi mamá un animal por el hecho de ser haitiana, él, papá, debía ser un animal peor y hasta más insignificante que mamá puesto que se ayuntó con ella cuantas veces le dio la gana, y seguramente que al hacerlo no sintió ni el asco ni la conmiseración que a veces aparentaba por los negros” (p.10).

En su obra Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, José Carlos Mariátegui, al describir el sistema de hacienda, habla de “la mentalidad colonial de esta casta de propietarios (el hacendado) acostumbrados a considerar el trabajo con criterio de esclavistas y “negreros”.  (…) El ambiente de la hacienda se mantiene íntegramente señorial. Las leyes del Estado no son válidas en el latifundio (…) sin preocuparse mínimamente de los derechos civiles de la población que vive dentro de los confines de su propiedad.  Cobra arbitrios, otorga monopolios, establece sanciones contrarias siempre a la libertad de los braceros y de sus familias.  Los transportes, los negocios y hasta las costumbres están sujetas al control del propietario dentro de la hacienda” (10).

El propietario o hacendado, como un antiguo esclavista señorial, es dueño de vidas y de bienes.  Los servidores de su hacienda dependen de su capricho y autoridad.  El hacendado es el amo, el orden, la ley.  El padre de Ramón Vieth, que era al mismo tiempo su amo, y que lo trataba no como hijo sino como esclavo y sirviente, se comportaba con este y con su madre con crueldad y despotismo.  Para el amo, los peones y demás miembros del servicio de la hacienda eran tratadas como se suelen tratar a las bestias, sin la consideración que ameritan su condición de criaturas.  En una ocasión El Cuerno recuerda que los animales de la hacienda nunca patearon a su madre, como lo llegó a hacer el amo, a pesar de usarla como mujer.  Los golpes y las injurias del amo obedecían a la situación de miseria, atraso e ignorancia de sus ´esclavos´.  La miseria, fuera de la hacienda, era tan grande que los desposeídos de fortuna tenían que aguantar cuantos maltratos e injurias venían de sus amos y señores.  Siempre le oí decir a mi madre que donde la miseria instaura su realeza, emigra la dignidad, y así acontecía en la Hacienda con Simián, su hijo y los demás miembros del servicio doméstico:“Simián (…) aguantó allí el foete del patrón sin renunciar a su privilegio de beberse una taza de sopa y comerse dos pedazos de plátanos salcochados diariamente.  Era la primera vez que comían tan repetidamente y le molestaba pensar que podría volver a vivir en la indigencia. No fueron pocas las veces que yo le dije: “Simián, vámonos de aquí, yo trabajaré en los bateyes, estoy bastante grande para mantenerte”.  Pero Simián se pegaba como una garrapata al lugar aquel donde papá era una especie de rey al que había que adorar” (p.10-11).

Obviamente, el amo era prepotente y despiadado con Simián y su hijo, y esa actitud la sembró en los demás miembros de su familia:  “Simián no era mala mujer como pensaban los de la casa.  Para ellos sus pecados más grandes eran el de haberme parido y el de ser haitiana” (p.12).  Pero a pesar de ser negra y haitiana le servía para desahogar su pasión sexual.  Como era el amo, la sirvienta no tenía más alternativa que consentir: “Me contaba Simián que una noche se apareció papá en su cuarto, borracho; la desnudó y sin decir una sola palabra hizo de ella lo que quiso.  Como papá era el jefe, Simián no se atrevía a protestar.  Además, ella misma me dijo que si en otras ocasiones se acostó con desconocidos por un plato de comida, no era para ella desagradable hacerlo con quien, como mi padre, le había asegurado la vida durante mucho tiempo” (p.13).

El dueño de la hacienda era al mismo tiempo el amo de los hombres y mujeres y, obviamente, el amante, a las buenas y o a las malas, de las trabajadoras que le servían.  Cuando la esposa se ausentó de la casa por disgusto,  Simián tenía que servirle de mujer: “Mientras Marta estaba lejos de la hacienda tuvo mi madre que saciar nuevamente los bríos y los instintos de papá.  Lo hacía como siempre:  por no perder el plato de comida de todos los días y la felicidad de vivir bajo un techo.  Esta vez no quedó encinta, porque las dos veces que lo pareció, la bruja Engracia se encargó de hacerle un brebaje amargo que tomado hacía desaparecer cualquier sospecha” (p.15).

La vida en la hacienda era terrible para los sirvientes, pero principesca para el amo y los miembros de su familia.  El temor a vivir sin la seguridad del pan y del techo, llevó a Simián a aguantar “las patadas de todo el mundo”.  Y añade el narrador: “Parece increíble que los únicos que no patearon a Simián fuesen los animales del establo” (p. 15).

Ramón Vieth, el Cuerno, el hijo de Simián y su amo, se crió en la hacienda como un sirviente más y allí conoció la opulencia y la fastuosidad de la familia del amo, y la miseria y la indignidad de su madre y de los demás peones y sirvientes que, como él, tenían que estar al servicio de sus amos a cambio de un miserable techo y un pequeño bocado que recibían junto al mal trato y la desconsideración; pero un día llegó la ocasión en que no soportaron más humillación y opresión y sintiéndose “hastiados de la hacienda, decidimos al fin largarnos a correr fortuna un día cualquiera” (p.20).  Ese maltrato había generado el odio subyacente que normaba la vida en la hacienda.  En la casa de los Vieth, el amo y su esposa Marta odiaban a Simián y a su hijo, y de los dos hijos de los Vieth, Fremio y Santa, sólo esta compartía con el servicio de la casa: “Éramos intrusos en aquella casa -dice el relator de los hechos- pero no teníamos culpa de estar allí. Era papá el responsable de todo.  Pero ¡ay de quien se atreviera a refutar sus órdenes! La misma Santa me dijo cierto día:  “Todos nos odiamos, es lo que papá nos ha enseñado”.  Y añade:  “Simián guardaba sus resquemores. Los amasaba como harina o como un gran tesoro. Quizás esperaba que yo me hiciera completamente hombre para que pudiera sacarla de aquel lugar” (p.11).

El narrador contrasta el nacimiento de los dos hermanos: el de Santa, hija de la familia dueña de la hacienda, y el de Ramón, hijo de la sirvienta aunque del mismo padre que Santa. Ambos nacieron el mismo día, en la misma hacienda, pero con atenciones diferentes: “Nací casi al mismo tiempo que Santa, quien era sietemesina.  Mientras la mujer de papá pujaba en manos de la comadrona, mi madre hacía lo mismo en medio de la hacienda, a la luz de una lámpara humeadora, y socorrida por una bruja llamada Engracia que sabía curar el mal de ojo, los dolores del padrejón, las hemorragias, las hinchazones y los entuertos” (p.14).

Además del odio reinante entre personas que convivían en la misma hacienda, el maltrato del amo y la identificación de este con los americanos generó en Ramón Vieth la decisión de unirse a los gavilleros, hecho que confirma lo que he venido sosteniendo en este libro, es decir, que la cultura patriarcal con la violencia que fomenta, genera la rebelión en aquellos que son víctimas de injusticias y atropellos.  Aunque la actitud del patrón, esto es, su entreguismo a los americanos contribuyó a la rebelión de su hijo Ramón, sobre todo cuando este veía que su amo buscaba “campesinitas para los marines” o se ponía a su servicio “para mantener intocada su hacienda” (p. 23), el abuso que se cometía con él y su madre en la misma hacienda donde servían con tanta devoción y sacrificio, decidieron su incorporación a las milicias de los gavilleros y ello explica también el bandidaje al que cayeron los guerrilleros, no sólo porque llevaban en su alma el odio de clase originado en el desprecio y la opresión que recibían de sus amos cuando les servían en la hacienda, sino también la misma traición de la población que no colaboraba en la causa liberadora de los gavilleros:  “Aquellos pueblos de mi tierra, que tanta protesta levantaron cuando los gringos pisaron nuestro suelo, pronto se acostumbraron a servirles, pronto cayeron en el servilismo que durante tanto tiempo nos ha hecho a los dominicanos unos payasos que bailan para el que más comida ofrece. Daba pena ver aquello. Muchachas entregadas por sus madres y cosas como esas. Nosotros llorábamos de rabia, pero no podíamos hacer nada. Pronto llegaron a creerse que éramos unos salvajes y que ellos eran los reyes del país” (p.18).

Así se multiplicaba el odio, el rencor y la rabia en la manigua guerrillera.  Y aquellas ejecuciones que cometían los yankis contra los alzados gavilleros, que lo hacían en público para escarmiento de la población y de los mismos luchadores que combatían contra la intervención, eran “estupideces de los americanos, porque aquellas cosas sólo nos incitaban a la venganza.  Sentíamos ese rencor profundamente arraigado en el pecho” (p.22). Y así era, porque el propio Ramón Vieth, a la espera de su ejecución, razonaba en la cárcel, desde donde cuenta la historia que se narra en esta noveleta, pensando que “si en el cielo hay gringos es preferible que me vaya al infierno” (p.41) para no estar junto a aquellos contra los cuales luchó.

Lucha, frustración y esperanza

El sentimiento patriótico tiene su culminación en el sacrificio heroico de la propia vida al sentirse como un honor morir por la patria, tal como lo registrara la sentencia latina que recoge la inmortal expresión: Dulce et decorum est pro patria mori, y que los luchadores revolucionarios la encarnaban con la entrega de su propia vida: “Los haitianos nos invadieron una vez, y los franceses y los ingleses; todo esto me lo dijeron los que saben de estas cosas y se han guardado sus historias para que los que vivimos en el campo no olvidemos que morir por nuestra tierra es un honor” (p.3).

Cuando el líder de los gavilleros decide abandonar la lucha por la falta de apoyo popular, recibe estas palabras que traducen un sentimiento de derrota y dolor: “-Si quieres irte, vete; yo ni te atajo ni te empujo; lo que sí es bien seguro es que te agarrarán y no podrás protegerte.  Nosotros somos uno y nos defendemos unos a otros.  Recuerda eso; te puedes largar cuando quieras, no por eso vamos a decir que eres un cobarde, todos sabemos que eres guapo como abeja de piedra, pero recuerda que siempre seguiré siendo tu amigo y tu subalterno cuando quieras volver. Todavía tengo fe en los dominicanos” (p. 27).

El sentimiento de hermandad aflora en El Cuerno ante la determinación sumaria de que serían víctimas no sólo el propio líder de los gavilleros, sino sus otros compañeros de lucha cuya ejecución tuvo que contemplar impasible en Samaná: “-Fuego! – gritó el oficial, y lo gritó en inglés, como si en el pelotón la mayoría no fueran dominicanos. Las balas atravesaron los cuerpos de mis antiguos compañeros, que cayeron en las zanjas sin decir una sola palabra y sin dar un solo grito.   Les echaron tierra.  Por la madrugada, a eso de las dos, me acerqué al sitio donde habían sido fusilados Juan y Mayí.  Puse una cruz de campeche que permaneció en aquel lugar hasta el momento de mi partida” (p.33).

Como ese, hay otros valores contenidos en La vida no tiene nombre que se desprenden de las actuaciones y las actitudes de los hombres que desfilan por las páginas de la obra de Marcio Veloz Maggiolo.  Por ejemplo, la valentía con que los guerrilleros enfrentan a los poderosos invasores norteamericanos: “Caeré como lo que he sido; un hombre que no le tiene miedo a la muerte, un hombre valiente. Si, señor, yo puedo decir, sin temor a ruborizarme, que soy un guapo, y mis compañeros muertos hace tiempo no me dejarían mentir si estuviesen aquí, cerca de mi” (P.4).

Esa misma valentía, junto a las motivaciones ya dichas, dieron aliento para combatir a las tropas extranjeras:  “Combatí a las tropas de ocupación…” (p.4). Y en su momento, algunos de esos gavilleros prefirieron morir antes que matar a un compueblano. En otras circunstancias tenían que guardar silencio y recibir torturas y vejaciones.

Todo eso llevó a El Cuerno al pesimismo, a un sentimiento de frustración que va aplastando al lector a medida que avanza al relato.  Un sentimiento pesimista en cuyo contexto se describe el ritual vudú, según lo practicaban los haitianos del Este: “Los haitianos de los demás bateyes vinieron a la hacienda, encendieron una hoguera en un pelado del monte y empezaron a cantar y a saltar alrededor de la misma con tristes aullidos de desesperación. Al que nace no le queda otro camino que el sufrimiento, por eso los compueblanos de Simián lloraban, saltaban y caían dando vueltas, revolcándose después de haberse bebido enormes jarros de clerén.  Ya en la medianoche los tambores eran sordos y las mujeres se habían desnudado alrededor de la hoguera. Me contó Simián que aquella noche muchos curiosos presenciaron el espectáculo. La fiesta duró hasta el amanecer. Cuando el sol comenzó a salir ya la celebración había terminado y el papá bocó se marchó hacia su batey…” (p.14).

El pesimismo vital que atrapa a los sufrientes hijos del pueblo lo siente El Cuerno en pasajes que delatan postración, abatimiento y derrota: “En este país las cosas nunca salen como uno las planea, y cuando todo parece estar de acuerdo con lo que pensamos, viene una marejada de porquería y nos ensucia la vida como se ensucia un bacín de tuberculoso” (p.20).

   “-Mira Juan- le dije al negro-, los dominicanos nacimos para que nos pisen.  Nos defienden y denunciamos al defensor.  Les negamos el agua para la sed y el candil para lo oscuro.  Nos vendemos por un pedazo de plátano y los campesinos venden a cualquiera.  ¿Qué hace uno con defenderlos si se han dejado dañar por los pesos de los gringos?…Les dan a escoger entre su libertad y cinco dólares y toman los cinco.  Estas gentes de por acá piensan con el estómago, Juan, con el estómago; mientras los sobornen, mientras las tropas les den frazadas U.S. y sopa en latas y leche y tabletas de chocolate americano, estos hijos de su maldita madre no harán nada.  Venden a sus hijas por diez pesitos, Juan, a nosotros nos venden por menos, figúrate, no somos ni siquiera sus parientes.  ¿Cómo crees que podemos pelear así? Hacerlo es seguir forzándolos revólver en mano y eso ya no es liberarlos, a nadie se libera por la brava, quien no tenga conciencia de que de que tiene que ser libre que se hunda, que se lo lleve el diablo, Juan (p.26).

Este pesimismo, que podríamos llamar vivencial, es fruto de su vida traspasada por el sufrimiento, por una angustia interior que se refleja en cada uno de sus actos: “Como yo era un “hijo de perra”, “ un cuerno”, seguí haciendo las veces de sirviente, de esclavo de las ocurrencias de los demás” (p. 9).

Sólo después de enterarse que su padre estaba moribundo experimentó un sentimiento nunca sentido en su pecho, una mezcla de ternura y libertad; yo creo que ese fue el momento más importante de su vida porque rompió con las cadenas interiores que lo mantenían prisionero, que le impedían vivir: “En el fondo de mi alma sentí una alegría profunda. No sé, pero la sentí. En mucho tiempo no había percibido esa sensación de libertad que ahora me asaltaba” (p.38).

A veces el ser humano experimenta comportamientos increíbles derivados del odio y de la ambición en unos casos, como el de Fremio que mandó matar a su padre para quedarse  con la herencia pero que además delató y entregó a su hermano para cobrar la recompensa.

Ese sentimiento depresivo, latente y patente en cada acción heroica, llevaba al antihéroe, desde el pórtico del relato hasta su último aliento, a comprender que ‘la vida no tiene nombre’.  La depresión, el pesimismo, la derrota…son sentimientos que abaten al personaje que narra la historia de su vida y de su pueblo.

Cuando Ramón se entera de que su hermana Santa tiene un hijo piensa que es uno más que viene “a desgañitarse gritando en este mundo.  Al fin se cansará, como todos.  Tomará la vida como una carcajada más, como una cosa sin importancia”(p.15).  Ramón Vieth siente, con áspero dolor, que “los mal paridos como nosotros no tenemos nada que esperar de la vida” (p.20).  “Las cartas de los pobres nunca llegan a ningún sitio” (p.35), dirá cuando inútilmente remite misivas tratando de averiguar el precio del tratamiento médico para su madre enferma, y cuando comprueba que hay oficiales dominicanos que se venden a los que maltrataban a su pueblo, y estando en espera de su propia ejecución, le duele saber que va a morir “con estas dudas clavadas tan adentro”, para concluir con esta exclamación que sirve de título a la noveleta:  “La vida no tiene nombre, no, no tiene nombre, es algo que no acabo de comprender” (p.42).

El Cuerno, antes de caer fusilado por los gringos, experimenta una duda esperanzadora que aligera el sentimiento depresivo, con el pensamiento de que a pesar de todo, vale la pena luchar y llega a la conclusión de que la vida sí tiene nombre; ese nombre se lo ha de dar cada ser humano con sus actitudes y comportamientos: “Me queda una sola esperanza.  ¡Los gavilleros no se acabarán nunca!, son una raza interminable; mientras exista robo y pillaje habrá gavilleros, pero también mientras exista un poco de patriotismo.  ¡Pobres gavilleros, ojalá no terminen todos vendidos por una fanega de arroz, entregados por una lata de leche en polvo!  Todos terminarán como yo, bajo el fuego de las balas gringas, frente al pelotón de fusilamiento, frente al “fire” de las tropas de la ocupación…(p.42).

Creación, renovación y formalización

Esta novela corta de Marcio Veloz Maggiolo recibió el influjo de reconocidos narradores norteamericanos que con su valiosa obra narrativa motivaron la renovación novelística en Hispanoamérica.  El propio autor hace la siguiente revelación:  “Escribí en el año 1956 una novela con grandes influencias de Steinbeck y Faulkner, cuyo argumento se desarrollaba en el Sur de los Estados Unidos.  Mientras laboraba en las salas nocturnas del Servicio Meteorológico Nacional donde trabajé durante cinco años, escribí en cuadernos y con tinta esta novela.  Fue mi primer intento narrativo de gran alcance, anterior, como se verá, a mi obra El buen ladrón.  Diez años después la retomé, y sus 300 páginas de entonces fueron reducidas y convertidas en un relato que titulé La vida no tiene nombre.  De ser una novela sobre la vida americana se convirtió en una novela corta sobre la intervención norteamericana de 1916.  El entorno cambió, los personajes fueron rehechos en una secuencia de pensamiento que abarcó diez años.  Su cronología real es 1965; su cronología emocional abarca una estratigrafía ideológica que no puede reseñarse fácilmente” (11).

Dije en la introducción de este estudio que Marcio Veloz Maggiolo conquista para la novelística dominicana una nueva manera de narrar con La vida no tiene nombre, y lo hace al mismo tiempo que lo estaban haciendo en Latinoamérica los narradores que lograron renovar la narrativa hispanoamericana.

Técnicamente, esta novela está narrada por el narrador-personaje que cuenta su historia en primera persona, testimoniando lo que conoció, ejecutó, vio y comprobó durante su etapa de guerrillero durante la intervención americana del ´16: “Combatí a las tropas de ocupación y desgañoté a mi padre.  Por eso estoy aquí.  Pero resulta extraño cómo cosas que no tienen nada que ver la una con la otra, se juntan para desgraciar a uno.  Cuando salí a visitar mi padre no llevaba la intención de matarlo, aunque se lo merecía; o tal vez la llevaba tan profundamente metida entre las costillas que no me daba cuenta de nada.  La pura verdad es que tuve mala suerte.  Yo pude vivir felizmente y el destino me hizo una jugada terrible.  Yo pude vivir en sosiego; cuando me atraparon los yankis era yo un hombre de paz, pero ellos no podían perdonarme mi pasado…” (pp. 4-5).

La forma testimonial es un procedimiento muy frecuente en esta novela (“Me contaba Simián…”; “oí decir a los viejos de entonces…”, etc.) por lo cual toda la historia se cuenta a base de evocación, rememorándose los hechos vividos y protagonizados por el propio sujeto narrativo: “Recuerdo perfectamente cuando papá golpeaba con todas sus fuerzas a mamá. Su mano, que hoy se habrán comido los gusanos, se dejaba caer contra aquella haitiana llamada Simián, que por obra y gracia de una suerte perra fue madre de un servidor” (p.8).

Dos grandes traiciones constituyen el eje de la trama de esta novela.  Con gran acierto interpretativo así lo percibió María del Carmen Prosdocimi:  “El relato equilibrado acusa una tensión creciente enfatizada hacia el cierre en el que ambas líneas se unen:  la traición familiar precedida por la traición patriótica y la única salida posible en la fe del movimiento rebelde” (12).

El ambiente familiar, que es el de la hacienda, coincide con el ambiente histórico, el de la intervención americana del 16, según la posición de los actuantes: identificación de los amos y rechazo de los sirvientes.  La novela narra los hechos desde la perspectiva de la hacienda y del amo dominante y señoril, pero el punto de vista es el de los hombres y mujeres del pueblo, representados en el hijo de la sirvienta de la hacienda, que lo evoca todo desde la celda de la cárcel donde está a la espera de su ejecución por haberse rebelado contra el invasor uniéndose a los gavilleros del Este. El punto de vista es el del gavillero, el hijo natural del dueño de la hacienda, que se rebela contra las arbitrariedades de su amo y contra las arbitrariedades de los gringos invasores: “Los pueblecitos de los alrededores de San Pedro nos temían mucho.  Los americanos les habían metido entre ceja y ceja que éramos unos bandidos terribles, capaces de violar a sus hijitas y de degollar al más infeliz. Eso contaban de nosotros, y los buenos pendejos se lo creían, de todo corazón lo creían, así es que andábamos bien apretados de lado y lado y sin poder defendernos ni convencer a nuestros compañeros de los bateyes de que eso que los gringos decían no era cierto ni mucho menos” (p.17).

Como se trata de una narración hecha a base de recuerdos, toda la historia se narra en pasado, el tiempo predilecto de los narradores: “Me enrolé en cuanta banda había entre los montes y los cañaverales.  Los gringos nos perseguían como a fieras.  Nos soltaban enormes perros y nos rociaban con ametralladoras”(p.21). Obviamente, como se desprende del pasaje anterior, el punto de vista del narrador se despersonaliza, es decir, se hace colectivo, el yo se vuelve nosotros, el singular representa el plural, de manera que el narrador no habla en representación individual, sino como vocero de su pueblo, del pueblo dominicano por quien sentía luchar y pelear.  Y como testigo y actor de su propia historia, usa la técnica de anticipación para avanzar o sugerir lo que acontecerá después, como la propia desgracia del héroe, o mejor, del anti-héroe que encarnaba: “La miseria me tendía una trampa terrible. Hasta me hice la triste ilusión de que mi hermano Fremio me recibiría con alegría.  Así, olvidándome un poco de todo, de mi odio, de los marines, de mi mala fama y de los tropiezos que siempre tuve para conseguir algo, emprendí el regreso  una noche del mes de marzo, dejando a Simián en manos de una vecina llamada Remigia, que complaciente prometió atenderla hasta tanto yo volviera” (p.36).

El pasaje citado continúa con la tónica narrativa del neo-realismo, relatando la forma como los hombres del pueblo reaccionan ante sus agobiantes problemas cotidianos: “Partí hacia el Este de nuevo.  Trece días de camino.  Días de camino peligroso.  Evitando encontrarme con la guardia nacional y con los puestos militares.  Llevaba entre mi ropa un largo cuchillo de monte y catorce pesos con veinte centavos. A los seis días había alcanzado ya el salto de agua que se mete por Guasa y sigue hacia el río Soco.  Tierras desesperadas por la pobreza, las plagas y los marines. Desde allí en adelante la caminata resultó más dura; tenía que ocultarme para proseguir en la noche.  Un hombre conocido como yo, no podía darse el lujo de ser visto”(p.36).

Para  darle mayor verismo a su relato, el narrador practica la narración antidramática, siguiendo la tradición de los grandes maestros de la narrativa: “Entonces oí un disparo al tiempo que un dolor intenso como una mordida en la pierna derecha me hacía caer.  Sentí luego el golpe que me privó del conocimiento.  Un golpe en medio de la cabeza.  Fremio había cumplido con su plan.  Le salió perfecto” (p.40). Así de las técnicas de antiguo contar, tomaba aquellos recursos que le dan agilidad y contundencia a la narración, como el procedimiento enumerativo o la técnica del suspenso dramático, como la enseñó la tragedia griega,  tan afín a la temática de esta novela: “Me dijeron que un oficial dominicano al servicio de los gringos había apresado cerca de Nagua a dos gavilleros, y que los venía a fusilar en Samaná por ser la ciudad más cercana. Me fui con toda aquella gente y con un grave presentimiento en el corazón.  Mi sorpresa fue grande cuando divisé a los prisioneros montados sobre dos mulas de la U. S. (…) Los traía aquel oficial delgado, alto y requemado por el sol.  Los soldados le llamaban Trujillo” (p.32).

Entonces el autor introduce el monólogo interior, uno de los más apropiados procedimientos para auscultar la mente de los personajes: “Me extrañó ver a tantos dominicanos con el uniforme de la armada yanki, y más que nada me dolió la presencia de aquel oficial joven que servía incondicionalmente a los gringos..”.

“Ya los gringos ni siquiera utilizan a sus tropas para aniquilarnos; usan a los mismos dominicanos para esa labor”, me dije con tristeza” (p.32).

Los desplazamientos espacio-temporales abundan en esta obra de corte modernizante.  El relato comienza en El Seibo, pero una parte se desarrolla en el Cibao y otra en Samaná.  Paralelamente hay desplazamientos temporales ya que la obra comienza en la etapa final de El Cuerno, encerrado en la cárcel, pero retrotráese a su infancia y recorre su vida y sus peripecias en la guerrilla montonera con los gavilleros.  Al principio de la narración se da cuenta de que El Cuerno está preso por dos delitos. Haber combatido las tropas de ocupación y haber asesinado a su padre, y este último hecho se entiende al final del relato cuando conocemos la verdad de que no mató con premeditación a su padre sino que fue forzado a hacerlo por el hermano que quería heredarlo y al mismo tiempo cobrar la recompensa que daban por su captura.  Casi al final, el relator retoma la acción: “-Este hombre fue atrapado anoche mientras asesinaba a su propio padre para tratar de robarle – dijo el oficial a los jueces americanos.

   Me di cuenta entonces de que ellos por lo menos entendían el dominicano.

   -Según el que lo trajo, este bandido, este gavillero, venía a buscar su herencia creyendo que su padre había muerto.

   ¿Qué herencia podía yo reclamar sin que antes me apresaran? Comprendí perfectamente aquello de“matar dos pájaros de un tiro”; Fremio cobró sus cinco mil y heredó también las propiedades a causa del asesinato que él mismo propició” (41).

Antes de caer en la trampa, y tras una larga travesía a pie, de noche y con numerosos contratiempos, el protagonista crea con su relato una impresionante imagen visionaria a base de metáforas, comparaciones y epítetos con cuyas figuraciones el narrador parece alucinado, enajenado, al emparejar los elementos de la naturaleza con sus enemigos reales:

   “Salté el cercado de púas que venía divisando desde hacía unos diez o quince minutos.  Me hallé por fin dentro de las inmensas tierras de papá. El pastizal enorme se me clavó en los ojos y me dolieron.  Los recuerdos vinieron de golpe y me hicieron un daño enorme. La yerba, empujada por la brisa recia y cimarrona, se doblaba formando olas verdes.  Recordé entonces que Simián esperaba allá, en las márgenes del litoral, mientras las olas de la bahía rompían en la arena dejando la playa manchada de una espuma grasienta.  El yerbajo parecía cantar…” (p.37).

La imagen visionaria consistente en ver al adversario reflejado en los elementos naturales continúa desatando la imaginación del narrador que, como ejecutor de los hechos, se siente asediado, huyendo como estaba y como tal no podía fijar sus ojos en la belleza del paisaje sino en el dolor de su lucha; no hay lugar para la contemplación y el ensueño: “Me parecía ver el viento uniformado de caqui, sombrero de fieltro verde y de lona dura, cabalgar sobre una gran mula amarilla.  El viento como un Máuser sobado y sus dos correas de tiros cruzadas sobre el pecho. En un país como este no sería nada raro que el mismo viento del cañaveral denunciara por unos míseros dólares mi presencia por aquel lugar” (p.37).

El narrador-personaje se siente atrapado en medio de la confusión, el delirio y la ansiedad, como si la tormenta exterior se confabulara con la tormenta interior que experimenta, lo que parece una manera de identificar el acontecer de la naturaleza con el acontecer, agitado y turbulento, del ánimo del protagonista:  “Se abalanzó sobre mí, pero el brillo cándido y convincente de mi cuchillo, lo paró en seco.  Retrocedió asustado.  Una brillante carga de odio relampagueó entre sus ojos, y en mí nació la impresión de que aquel relampagueo iluminaba por momentos la habitación… Pero no, de improviso escuché un trueno y oí la lluvia.  No eran los ojos de Fremio, era la tormenta” (p.38).

El escenario rural de la historia de esta novela postula, consecuentemente, recursos naturalistas, como son sus imágenes comparativas: “…el ¡fire! Con el que dejan a uno patas arriba como un marrano”; la madre se plantó en la hacienda “como una estaca de campeche”; el rencor era “ como una carga de algodón…liviano y perdurable”; Simián se había ajado “como una hoja de tabaco reseca” y se consumía “como una mecha de lámpara”; el cielo estaba “amoratado, como un gavillero muerto a golpes”, y el rostro del padre se veía “arrugado y amarillo como panal de abejas”.  Al narrador le gusta la adjetivación trimembre con epítetos densos y vigorosos: camiseta “mugrosa, agujereada y hedionda”; el guerrillero “flaco, derrengado, lleno de ronchas”.  O emplea sinestesias con acento olfativo: “turbio olor a melaza”; “nubes hediondas, sucias”; “cerezas agrias como el mal aliento del carcelero”.

La vida de las imágenes, la pluralidad de procedimientos y la multiplicidad de recursos muestra al escritor nato, al narrador versado, al literato consumado que es Marcio Veloz Maggiolo. La creación de  lo que llamo ‘imagen correlativa’ consiste en elaborar una figuración en armonía con la sustancia temática de manera que parezca  hecha con el mismo material de la historia, un relato dramático, formidable, trepidante:

   “De noche los mosquitos venían en patrullas, afilados como las bayonetas de los marines. Nos hinchaban. Después averigüé el poder del humo de anamú para espantarlos, y los ahuyentaba hasta pasada la medianoche. Cuando apenas comenzábamos a dormir, volvían los muy cabrones y hacían su banquete” (p.31).

Novelación, modernidad y compromiso

Marcio Veloz Maggiolo representa para la novelística dominicana la vanguardia narrativa. Su novelística constituye un experimento moderno, una renovación de la antigua manera de novelar, y  tiene el mérito de haberlo hecho al mismo tiempo en que lo hacían los grandes renovadores del género en Hispanoamérica, de modo que Marcio actualiza y renueva en esta área del Caribe español la novelística latinoamericana.

   La vida no tiene nombre, su primer experimento renovador, combina la tendencia neo-realista con procedimientos vanguardistas, dando testimonio de la realidad política y social del primer cuarto del siglo XX en un país sometido e intervenido por las tropas de ocupación americanas, planteando los problemas que esa ocupación originó y haciéndolo con las técnicas y los procedimientos más actualizados que se ajustaban al tipo de narrador -personificado en un hombre del pueblo- que contaba la historia que protagonizó.

   Con esta novela corta, Veloz Maggiolo se propuso despertar la conciencia de la dominicanidad, remozar el patriotismo, al tiempo que contaba, de una forma ágil, moderna, interesante, la historia de la intervención americana, sus efectos sociales, históricos y políticos, y el trasfondo sociocultural de una zona del país en una época determinada de su historia.  Se aprecia así, el comportamiento socio-político de los dominicanos durante la primera intervención militar americana.

La novela pretende reflejar un pesimismo, originado en la explotación de los amos, la opresión en que mantenían al personal dependiente, la traición de dominicanos contra dominicanos durante la ocupación.  Asimismo, el servilismo de unos compatriotas que se doblegaban por unos míseros dólares, la discriminación social y racial, la crueldad de los bandos en pugnas, y obviamente la degeneración a que descendieron los gavilleros, justamente los que mantenían encendida la lámpara del patriotismo en medio de las condiciones más adversas, y por supuesto el dolor, el sufrimiento de un hombre que se sentía extraño en este mundo y que no comprendía el porqué lo odiaban, es decir, las razones por las cuales lo maltrataban, lo humillaban y lo pateaban.  Todo esto parece reflejar una actitud pesimista del autor, pero hay que convenir en que, como autor y narrador de la historia que cuenta, es decir, como vocero de su sociedad, el escritor narra, presenta y describe lo que  esa realidad ofrece, sin desvirtuar o mitificar los hechos, presentándolos con sus lacras sociales, sus aberraciones humanas y las manifestaciones degradantes de una realidad inocultable.

Se siente el peso ominoso, como una sentencia apocalíptica, la afirmación de Pedro Francisco Bonó, ya citada en otra parte de esta obra, de que “tendremos mal que nos pese rebeliones y más rebeliones, dictaduras y más dictaduras” (13). En efecto, hemos conocido rebeliones caudillistas y dictaduras personalistas, y una larga cadena de alzamientos guerrilleros y desórdenes gavilleros antes y durante la intervención americana, y una larga dictadura, como su secuela más nefasta. Aún conoce el país manifestaciones conductuales de ese pasado que hay que superar.

   La vida no tiene nombre, que trata sobre la intervención americana de 1916 y cuyo trasfondo sociográfico enfocó el autor con precisión y verismo, se centra en los problemas de la intervención americana, funda su historia en la hacienda de un rico terrateniente  del Este y da una visión del estado social de los personajes que en ella intervienen y de las implicaciones de la explotación practicada en una hacienda oriental en la época de la intervención americana.  Todo lo que se narra en esta corta novela de Veloz Maggiolo y la forma modernizante de su narración convierten a esta valiosa obra del narrador dominicano en una novela fascinante dentro del conjunto de novelas que conforman la galería dominicana de la ficción montonera.

 

Notas:

  1. Marcio Veloz Maggiolo, La vida no tiene nombre, Santo Domingo, Colección Testimonio, 1965.
  2. Martin David Clausner, “Comentario de un americano sobre la ocupación militar de 1916-1924” en Eme-Eme #9, Vol. II, Santiago de los Caballeros, Noviembre-Diciembre de 1973, pp.61-2.
  3. Ibídem, p.64.
  4. Pelegrín Castillo, La intervención americana, Santo Domingo, Imprenta Listín Diario, 1916, pp.9 y 15. Cita a Fabio Fiallo en Listín Diario, 13 de Diciembre de 1915, p. 6.
  5. Clausner, cit., p. 66.
  6. Sumner Welles, La viña de Naboth, Santiago de los Caballeros, Editorial El Diario, 1939, T. II, p. 237.
  7. Clausner, cit., p.66.
  8. Ramón Marrero Aristy, La República Dominicana, Ciudad Trujillo, Editora del Caribe, 1958, T II, p. 382.
  9. Ibídem, pp.382-3.
  10. José Carlos Mariátegui, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, La Habana, Cuba, 1963, p.71.
  11. Marcio Veloz Maggiolo, “La hora de la creación”, en “Isla abierta”, Suplemento Cultural de Hoy, Santo Domingo, 8 de Febrero de 1986, p.14.
  12. María del Carmen Prosdocimi, “Marcio Veloz Maggiolo reúne en volumen tres novelas cortas”, en Suplemento Cultural de El Caribe, Santo Domingo, 10 de Enero de 1981, p.14.
  13. Editora del Caribe, 1964, p. 228. 

(En Bruno Rosario Candelier, La ficción montonera, Santo Domingo, Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 2003, pp. 149-178).