El Logos en la gestación de la creación

Por Bruno Rosario Candelier

 A Rocío Santos, estela primorosa de lo divino.

Este tema es importante para los que se han consagrado al estudio de la lengua y al cultivo de las letras. Los que hemos estudiado lingüística, filología o literatura, y ustedes, que son estudiantes y profesores de esta área del saber humanístico, hacen bien en participar en esta actividad, porque estimo que saldrán de aquí motivados para compenetrarse con el mundo de la palabra, con lo que implica la formación intelectual y estética, y, sobre todo, con la búsqueda y la orientación que ustedes habrán de llevar a cabo para lograr y sembrar una disciplina académica en sus educandos.

Les voy a invitar a que conmigo hagamos un viaje retrospectivo hacia el período floreciente de la antigua Grecia cuando comenzaron los estudios filológicos y donde tuvo lugar por primera vez el enfoque de la conciencia, el cultivo de la palabra, la valoración de la creación humanística y el aporte creador a través de la literatura. Tendríamos que ubicarnos en el siglo V antes de Cristo, época de la antigua Grecia cuando florecieron los pensadores presocráticos. En esa etapa de la historia del pensamiento, que es la base de la cultura de Occidente, surgieron notables pensadores que se dedicaron a pensar el mundo y desde la palabra asumieron la realidad natural y la vocación intelectual, estética y espiritual para desarrollar la filosofía, las artes, la ciencia, la filología y la mística, y uno de sus principales pensadores, Heráclito de Éfeso, cuyo pensamiento es clave para el estudio de la filología, ante la pregunta de uno de sus discípulos sobre lo peculiar del ser humano o lo que distingue la naturaleza humana, respondió con una formulación nueva, con una nueva tesis y una nueva palabra que fue fundamental para la creación y la valoración de la lengua. Dijo que el hombre, al ser producto de la Divinidad, recibió una energía divina mediante un fuego sagrado, y ese aliento trascendente lo bautizó con un nombre muy particular, con la palabra Logos. Explicó que los seres humanos estamos dotados del Logos, cuya dotación nos distingue de las bestias y las plantas, y en virtud de esa dotación divina tenemos la capacidad para reflexionar, intuir y crear. En función del Logos los humanos tenemos un lugar especial en el mundo porque esa dotación de la conciencia es la más alta distinción del espíritu humano, que ha permitido que el hombre se desarrolle y perfeccione. Esos pensadores presocráticos con Heráclito a la cabeza hacían esas reflexiones con las personas que acudían en busca de orientación. Heráclito era un iluminado y como iluminado tuvo la capacidad para orientar a los estudiosos o interesados en el cultivo de la inteligencia y la sensibilidad.

Fíjense que dije “estudiosos” y no “estudiantes”, porque para ese entonces no existían institutos ni universidades. Los jóvenes con inquietudes intelectuales, artísticas o científicas, buscaban a quienes tenían conocimientos y sabiduría, y se arrimaban a ellos en procura de su formación, y un intelectual como Heráclito, a quien acudían los jóvenes inquietos, lo hacían justamente por la sabiduría de Heráclito, que desplegó a partir de la intuición del concepto del Logos en el espíritu humano, y motivado por esa inquietud, organizó cuatro grupos diferentes en atención a las condiciones intelectuales, humanísticas, estéticas y espirituales de esos estudiosos.

Por un lado, integró a los que tenían inquietud por el conocimiento de la palabra, quienes desde el Logos se dedicaban al estudio de la lengua. Aquellos jóvenes que tenían vocación lingüística, que tenían interés por conocer el vocabulario de su idioma, por dominar la expresión mediante un conocimiento ortográfico y gramatical de la escritura, los agrupó en esta área del saber, formando el grupo que constituyó la primera escuela de filología en la Antigüedad. Filología está formada por filo y Logos. Filo significa ‘amor’, ‘fervor’ o ‘devoción’ por alguna disciplina intelectual; y logía viene de Logos, palabra que da cuenta de la imagen y el concepto, porque Logos significa expresión, lenguaje, palabra, concepto, imagen, que son los atributos del poder operativo del Logos.

La primera atención que esos pensadores ponían era a la lengua como tal, valorando el estudio del instrumental de creación que es la palabra, y enfatizaban con alto rigor el conocimiento del lenguaje, de tal manera que un creador no podía acceder al ámbito de la creación si antes no había demostrado su capacidad idiomática para dedicarse a la literatura. Esa área tenían que estudiarla con rigurosa disciplina, con plena conciencia de lo que implicaba la formación intelectual.

En la antigua Grecia el estudio del griego antiguo fue una parte de ese conocimiento de la palabra, y una demostración de lo que tenían que hacer los lingüistas, literatos, escritores, filólogos e intelectuales se centraba en el estudio del lenguaje, porque se sentían obligados a tener el conocimiento de la palabra en todas las manifestaciones de la expresión justamente para poder crear una obra de calidad.

Una segunda vertiente a la que Heráclito y los antiguos pensadores ponían su atención era a la realidad del Universo, el tema del Cosmos, a la dimensión natural de lo viviente. Estos antiguos pensadores tenían una visión global del mundo. Werner Jaeger, el filólogo alemán autor de Paideia, obra fundamental para dedicarse al estudio de la lingüística, la filología y la literatura griega, sostiene que los antiguos griegos fueron los primeros en articular una visión del mundo y un concepto de la naturaleza a partir de una cosmovisión y un concepto de la realidad cósmica que cifraba la comprensión de lo viviente. A esos conocimientos de la naturaleza del Universo, de la estructura de lo natural, de la composición y el funcionamiento de lo viviente, le pusieron atención justamente por ese horizonte global que orientaba la cultura y la formación intelectual, y los estudiosos de la lengua y la literatura tenían que tener conocimiento de cosmología, de astrología y biología, es decir, un conocimiento sobre la naturaleza de las cosas. Por un principio básico fundamental nosotros estamos insertos en la naturaleza de lo viviente y formamos parte del Universo. De hecho, Heráclito tenía el concepto de que “todo viene del todo y todo vuelve al todo”, y por ese vínculo con la totalidad de lo existente estamos en conexión, articulados con seres humanos, plantas, animales y cosas, en cuya virtud es necesario tener un conocimiento del mundo, una idea del Cosmos y conocer y respetar las leyes que pautan el ordenamiento de lo existente, porque en función de ese respeto vamos a entendernos y a saber lo que somos, pensamos, sentimos y hacemos. Esa conexión de hombre con la realidad circundante fue determinante para la visión de insertarnos en la naturaleza con un conocimiento del mundo y su destino, con la función que estamos llamados a desempeñar como criaturas singulares de la Creación.

Una tercera vertiente y, paralelamente un tercer grupo que orientaba Heráclito, era el de los contemplativos. Dije que Heráclito de Éfeso era un iluminado, y los iluminados son las personas que logran una alta sabiduría como fruto del desarrollo de su intuición, su capacidad de observación, su mirada amorosa y su profunda espiritualidad. A los estudiosos de la filología en aquella época sus orientadores les exigían el uso de su inteligencia y su sensibilidad para el acto de la contemplación. Les enseñaban a contemplar el mundo, a observar la realidad y a compenetrarse con la energía de la naturaleza.

La palabra “teoría” la inventaron esos antiguos griegos porque en griego el concepto “teoría”, procedente de theorein, entrañaba la capacidad de nuestra conciencia para contemplar el mundo, y de esa contemplación se infería la capacidad para deducir las leyes del Universo, la normativa de la creación, tras observar el comportamiento de lo viviente. Y dirán ustedes, ¿y qué relación tiene ese ejercicio con la lengua y la literatura? Esos sabios antiguos, que tenían una comprensión amplia del saber, entendían que quien se dedicaba a pensar y a crear, tenía que tener una compenetración espiritual con la energía del Universo en función de que nosotros somos energía, de que todo es energía, de que la palabra es energía y de que el Universo es energía, y en función de esa realidad, lo que hablamos y escribimos comunica una energía creadora que Aristóteles llegó a sostener que era un rasgo fundamental de la conciencia, justamente como expresión del don originario que nos fue otorgado, que es el Logos. Esa convicción de que los hombres, integrantes de la naturaleza, teníamos que insertarnos en el ordenamiento de lo viviente y sentir como la naturaleza, es parte de la función operativa del proceso sensorial, intelectual y espiritual que se llama contemplación, que en nuestra cultura no practicamos. En la cultura de Occidente la mantienen, aisladamente, algunos individuos que cultivan la contemplación en virtud de la orientación espiritual que han asumido, pero en general en nuestra cultura no se nos enseña a contemplar, porque no hemos recibido esa orientación para entender el sentido de ese proceso de la inteligencia y la sensibilidad que contribuye al desarrollo de nuestros poderes intelectuales, morales, estéticos y espirituales.  Pues bien, esos antiguos pensadores griegos, estudiosos de la palabra, entendían que había que articular al hombre a todo lo existente, desde el proceso y la vivencia de la contemplación.

Una cuarta vertiente que enfatizaban los antiguos pensadores griegos es el cultivo de la estética. La estética, que estudia las manifestaciones de la sensorialidad, implica la atención no solo a la vertiente sensorial de la belleza física, sino a todas las expresiones vinculadas con los sentidos corporales. A esos jóvenes que estudiaban la palabra, que debían poner atención al funcionamiento del Universo y que hacían uso de la contemplación, también se les invitaba a que ejecutasen el poder de creación. Como consecuencia del poder primario del Logos, tenían que ejercitar el don de la creatividad, es decir, hacer uso de la palabra con un propósito creador, y la primera actividad creadora a la que ponían atención era a la poesía, porque entendían que la poesía era la más alta dotación estética de la inteligencia humana, de tal manera que Platón tenía la idea de que los poetas eran interlocutores entre los dioses y los hombres y, en tal virtud, recibían un don sagrado directamente de la Divinidad. De ahí que en la antigua Grecia a los poetas se les veneraba como seres sagrados, porque entendían que esos creadores tenían un don singular: el don de la creación poética, y eran muy exigentes en el acto de creación, pues además de demostrar que tenían conocimientos de la palabra y que podían emplearla con corrección, propiedad y elegancia, tenían que estudiar la métrica. La antigua métrica, esa normativa de la literatura griega, era sumamente complicada.

Los metros de la versificación consignaba la medida silábica y acentual en que debían emplearse los versos en la composición poética, y esas medidas, que eran precisas y ortodoxas, tenían unas exigencias en función del sonido de las palabras y de la combinación eufónica del lenguaje, porque uno de los atributos de los poetas siempre ha sido hacer uso de la palabra con un fin estético, para lo cual es necesario articular las voces con armonía, con el elegancia de la expresión sonora y elocuente para producir la sensación de fluidez, de una relación armoniosa entre las palabras desde el sonido de cada vocablo en armonía con su sentido, y esas exigencias poéticas o esas exigencias normativas, dieron su fruto. Famosos escritores como, Píndaro, Tirteo, Safo, no fueron productos del azar, sino de esas disciplinas a las que tenían que someterse los poetas para dedicarse al cultivo de la versificación. Una obra como la de Homero, que fue el padre de la literatura griega, fue producto de esa disciplina espiritual, de ese rigor académico, que entonces se exigía mucho más que ahora. Digo mucho más que ahora, porque en nuestro país el Ministerio de Educación anualmente da el título de Bachiller a verdaderos iletrados, y de las Universidades salen licenciados y graduados con el título de Maestría sin tener la formación intelectual debida, lo que indica que se perdió el rigor disciplinaro que había en la antigua Grecia. Ojalá pudiésemos recuperar esas inveteradas exigencias.

Cuando me inicié como profesor en la PUCMM de Santiago, en los primeros años descontábamos a nuestros estudiantes cinco puntos por cada falta ortográfica, pero luego tuvimos que bajarlo a dos puntos por la presión de los estudiantes: no superaban la prueba de esas exigencias normativas. Yo no sé cuánto se descuenta ahora. Lo que quiero decir con esto es que si hubiese profesores que exigieran con rigor el conocimiento ortográfico y gramatical de nuestra lengua, habría profesionales con conocimiento de la palabra, conocimiento que no tienen, porque no se les exige a los actuales estudiantes, ni en la escuela ni en la universidad, y los profesores no lo exigen porque ellos no tienen ese conocimiento del lenguaje.

Ojalá ustedes tomen conciencia de lo que les estoy diciendo y entiendan que la carrera que han elegido para formarse en una disciplina universitaria entraña una formación intelectual, lingüística y literaria, porque vamos a trabajar con la palabra, a transmitir una vocación por la palabra y a fomentar la comprensión y la creación del lenguaje. ¿Cómo un maestro que no lee va a transmitir a sus estudiantes amor a la lectura? El maestro da lo que tiene, y no puede dar lo que no tiene. Por eso en la Antigüedad eran altamente exigentes los profesores y los orientadores y los que se dedicaban a la vida intelectual, porque acudían a ella por vocación, sentían una verdadera inquietud espiritual para el desarrollo de la conciencia y amaban la palabra, que es lo que significa “filología”: un amor a la palabra, y el filólogo es alguien que cultiva la palabra para dar cuenta de sus vivencias y sus intuiciones. Los genuinos creadores son aquellos que escriben a partir de sus intuiciones y vivencias, a las que hay que darles forma y sentido mediante la normativa de la lengua y los recursos de la literatura.

Hay que estudiar la lengua y la literatura y tener conciencia de ese conocimiento. Mediante el desarrollo de la conciencia podríamos plasmar las inclinaciones intelectuales, morales, estéticas y espirituales, correlativas al genio de la lengua, la autoconciencia, la conciencia literaria y la conciencia de la creación, no solo para conocer y dominar la lengua y la expresión estética del lenguaje, que es la literatura, sino para promoverla, incentivarla y potenciarla.

Los que estudian lingüística o literatura están llamados a fomentar la creación de la palabra con todo lo que ella implica para el desarrollo del pensamiento y la sensibilidad, pero para eso hemos de formarnos mediante el conocimiento de la palabra y el poder de la creación. Por eso Heráclito decía que era una energía divina la que hemos recibido con la dotación del Logos. El Logos de la conciencia, el Logos que forja la conciencia, que hace posible la creación y el poder de la creación, está al alcance de todos.

Vamos a tomar conciencia de esta realidad para saber cuál es nuestra misión y cuál es el alcance y el sentido de la filología.

Bruno Rosario Candelier

Marca – carecer/adolecer – por contra/por el contrario – distrital

MARCA

“Con Lula crearon una valiosa MARCA de alcance internacional”.

Recientemente se ha notado una fuerte tendencia a utilizar la palabra del título con una significación que hasta hace poco tiempo era imposible reconocerle. La manera cuidadosa en que se ha redactado la primera oración de esta sección obedece al movimiento que se observa en el seno de la lengua española. Expresado en términos claros, el uso que se hace de los vocablos en la actualidad tiene mayor peso que en el pasado. Los especialistas y conocedores de la lengua le atribuyen y reconocen al habla un valor que no tenía antes.

Las acepciones que posee la voz marca constan en los diccionarios desde hace largo tiempo. Se han incorporado algunas a las más antiguas, pero desde hace muchos años la lista no se ha engrosado.

La marca es la señal. Es, además, el distintivo que un fabricante pone a sus productos. Así mismo, es el instrumento para poner marcas. También es huella, cicatriz que deja algo, como una enfermedad. En lingüística es el rasgo que sirve para distinguir un elemento o vocablo de otro. Es, en otro campo, la medida determinada que debe tener una animal o cosa. En deportes es el mejor resultado alcanzado en una competición. Por último, es la provincia o distrito en la frontera.

Al repasar estas acepciones se notará que si se trata de incluir una de ellas en tanto equivalente de la marca de la cita, se produce un contrasentido. Aun cuando se alegue que se usa de la palabra de modo figurado, con el modo de redacción adoptado se hace imposible aceptarlo.

Piénsese en la acepción que se separa en Argentina para la “huella o el recuerdo que deja una persona por ser de gran importancia o significar un cambio para ella”. Así aparece en el Diccionario integral del español de la Argentina (2008:1127).

Aquí puede alegarse que la acepción argentina recibe influencia de la asentada en el Novo dicionário Aurelio da língua portuguesa (1986:1088), donde se retiene que marca es “impresión que permanece en el espíritu”.

En el último caso mencionado, si se cambia la redacción puede expresarse la misma idea. Por ejemplo. “Lula se ha convertido en una figura de alcance internacional”. “Lula ha dejado una marca de alcance internacional”. Por delicadeza, en el último caso se prefiere escribir “huella” en lugar de marca.

Para concluir con esta revisión de influencias foráneas sobre el español, vale la pena considerar una acepción del inglés para mark. Dice así: “modelo de actuación, de eficacia, de normas”. Esta es una traducción personal de cómo aparece el concepto en el Merriam-Webster´s Dictionary. La idea de norma aquí es la que corresponde a pauta, criterio o modelo para hacer algo. Con estas nociones traídas del inglés, se piensa que se proyecta luz sobre el modo en que deseó el redactor expresar su opinión.

CARECER – ADOLECER

“Un elemento importante a destacar es que del total de pacientes que acudieron al operativo 813 mujeres, equivalente a un 46% ADOLECÍAN de seguros médicos…”

Se comenzará por adolecer porque es el verbo que se usa en la cita. Adolecer de es sufrir o padecer una enfermedad. Cuando se refiere a una persona se la toma por tener un defecto, que es una carencia o imperfección. De menos uso en la actualidad, “adolecer de” expresa participar en el sentimiento de una persona que sufre o ha sufrido una desgracia, es decir, compadecer. En otro sentido es crecer o desarrollarse una persona. Por su parte, el verbo carecer es tener falta o privación de algo.

Si se relee lo citado a manera de ejemplo del mal uso, se comprende con facilidad que carece de sentido, vale para expresar que no tiene sentido.

Es muy probable que en el proceso de redacción el autor de la desafortunada oración mantuviera en su cerebro el verbo adolecer para referirse a las enfermedades que padecían las pacientes que acudieron al operativo médico.

POR CONTRAPOR EL CONTRARIO

“POR CONTRA, subraya, ´la candidata demócrata ha pasado la mayor parte de su vida adulta con sueldo público. . .´

Esto de las influencias de lenguas extrajeras, unas sobre otras, es un asunto que no se somete a discusión en los tiempos modernos. Cada día más las lenguas pesan unas sobre otras. Los métodos modernos de transmisión de las ideas han logrado que las lenguas trasciendan fronteras con mayor frecuencia que antes.

Este “por contra” llega a las orillas del español desde la lengua francesa. No hay que rasgarse las vestiduras por ello, pues son muchas las influencias recibidas en español que provienen del francés. El Diccionario de uso del español (2007:780) confirma que “por contra” procede del francés.

En francés existe par contre que al llevarlo al español se representa por medio de, “por el contrario”. En francés este contre expresa oposición, contrario a, opuesto a, en sentido contrario.

El español de Argentina integra a “por contra” en función de conjunción que “introduce una oración independiente en la que se afirma algo opuesto o contrario a lo afirmado antes”. Esta cita se extrajo del Diccionario integral del español de la Argentina (2008:443).

De modo parecido registra el Diccionario del español actual (1999:1226) a “por contra”, con el sentido de “en cambio”. “Por el contrario” es una locución adversativa que significa “al revés, de manera opuesta, de un modo opuesto, al contrario”. Cuando actúa en su función de expresión adversativa se usa para exponer algo contrario a otra cosa ya expresada. El adjetivo adversativo, -a se utiliza para ciertas conjunciones y locuciones conjuntivas que sirven para comunicar oposición o contradicción entre lo expresado por las oraciones que conectan.

No hay motivo para mostrar extrañeza si se encuentra “por contra” en escritos o se oye en conversaciones.

DISTRITAL

“Aunque para lograrlo, al parecer deberá fortalecer la capacidad técnica de direcciones generales, regionales y DISTRITALES”.

Si alguien trata de consultar el diccionario académico para saber la definición exacta de este adjetivo, se encontrará con que ese lexicón no inventaría esa voz.

El vocablo es conocido en muchos países de Hispanoamérica; este consta en el Diccionario de americanismos (2010), de la Asociación de Academias, donde se enumeran dieciséis países en los cuales se utiliza.

La acepción que recoge el antes mencionado diccionario es “relativo al distrito”. El distrito a su vez es una circunscripción territorial más pequeña del país en que se divide una provincia.

Ya antes de la publicación del Diccionario de americanismos, el Diccionario del habla actual de Venezuela (1994:191) había registrado la voz estudiada aquí como: “Perteneciente o relativo a un distrito”. En México el Diccionario de mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua (2010:185) incluye el término examinado en esta sección.

Como es costumbre ya, el hispanohablante no puede ceñirse a emplear solamente las palabras que enumera el diccionario académico. Son muchas las voces corrientes que no constan en la nómina oficial de la lengua, pero que cuentan con el aval del uso inveterado o persistente.

Este vocablo del título es legítimo por su origen. Su definición y uso llenan un vacío en la lengua, lo que hace apropiado su empleo. La formación es correcta.

© 2016, Roberto E. Guzmán

Escafandra – rotura/fractura – grabado/gravado

ESCAFANDRA

En República Dominicana se utiliza esta palabra para un objeto y no para un aparato. La palabra designa en español dominicano una máscara que permite a un submarinista ver debajo del agua. Por lo general la persona que se sirve de este objeto lo usa para nadar a poca profundidad y observar lo que sucede debajo de la superficie del agua.

En la mayoría de los casos, la escafandra mejor equipada consta además de un tubo curvo provisto de un dispositivo especial que impide la entrada de agua cuando la persona se sumerge y permite respirar por la boca sobre la superficie del agua a poca profundidad y, fuera del agua sin necesidad de retirar el tubo. Este mecanismo opera de manera autónoma.

Ese objeto que se acaba de describir es el que en República Dominicana se conoce con el nombre de escafandra. El Diccionario de la lengua española, a su vez, designa con ese nombre un aparato mucho más complicado.

La escafandra académica consta de una vestidura impermeable y un casco herméticamente cerrado. El casco posee un cristal que permite ver debajo del agua. Además está provisto de tubos que permiten renovar el aire. Esto es en realidad un equipo de buceo con un mecanismo adecuado que permite respirar debajo del agua.

El lexicón oficial de la lengua española entra en detalle con respecto al origen de la palabra estudiada en esta sección. Deriva del francés scaphandre, que se compone de dos palabras del griego. En la decimonovena edición del Diccionario de la Real Academia Española, (1970) no se mencionaban los antecedentes franceses de esta voz.

La incorporación del antecedente francés se produjo en la vigesimotercera edición (2014) del diccionario oficial de la lengua española. Es muy probable que se deba a las diligencias del académico Valentín García Yebra, quien publicó su Diccionario de galicismos prosódicos y morfológicos, y, en esa obra rescata la etimología francesa próxima (1999:165). Para reforzar su criterio se apoya en el Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico de Corominas y Pascual (1987).

En español existe el vocablo escafandro que se integró al español en el año 1899; fue en el año 1901 cuando se incorporó el vocablo femenino escafandra. Muy bien explica García Yebra: “La vacilación del género gramatical en español procede de le –e francesa, que puede dar en español –a u –o”.

En el español dominicano la escafandra prevalece. Nunca se ha oído del escafandro. Además, es una suerte de máscara (careta) que tiene un cristal en el frente y, en la mayoría de los casos cubre la nariz. La persona que se sumerge utiliza la boca para respirar a través del tubo curvo provisto de una pelotita de tenis de mesa que impide que al sumergirse el agua llegue a la boca. Hay varios tipos de escafandras.

Lo importante en el caso de la palabra escafandra es que en el español dominicano no se corresponde con lo que se entiende en el español internacional. Se parece más al snorkel sencillo del inglés. En atención a lo expuesto aquí, los diccionarios de español dominicano deben hacer espacio a la palabra estudiada aquí.

ROTURA – FRACTURA

“…algunas de ellas en coma y otras por ROTURAS en las extremidades inferiores”.

La mejor selección es la que se adecua a las circunstancias. El entorno de la situación en que se produce un hecho es el que define la terminología que se emplea para relatar los acontecimientos. Esto que acaba de resumirse es la esencia de la buena redacción en materia de reseñas. Si se falla en la pauta del vocabulario de lo acontecido, se dificulta el entendimiento del suceso.

No hay lugar a duda. Una rotura es la acción y efecto de romper o romperse una cosa. El verbo romper indica que algo (una parte) se separa del todo a que estaba unida. Luego, cualquier sólido que se separa del todo del cual formaba parte puede llamarse rotura.

No es menos cierto también que cuando esta rotura se produce en un hueso, esta acción y el resultado de ella tienen un nombre que es más apropiado, pues no deja espacio a interpretación de cualquier género que esta sea.

La fractura es la “rotura de un hueso”. Esa es la redacción que el lexicón mayor de la lengua española ha adoptado. Es una acepción corta y precisa. En consecuencia, cada vez que se trate de la rompedura de un hueso, el nombre por excelencia para fijar con claridad, exactitud y precisión esa acción o resultado, es fractura. Cualquier otra elección léxica corre el riesgo de ser vaga.

GRABADO – GRAVADO

“La muerte de B. A. es una gran pérdida, este día quedará GRAVADO en la memoria. . .”

El descuido, por no utilizar otro término, que se observa en la cita puede atribuirse a la falta de cultura. Las dos palabras del título poseen significados muy distantes el uno del otro.

Grabar es inscribir un letrero, o tallar una figura o representación de un objeto cualquiera. Además, es registrar sonidos, datos o imágenes en un disco, cinta magnetofónica, etc., para luego reproducirlos. La idea se elevó al concepto de “fijar profundamente en el ánimo un concepto, un sentimiento o un recuerdo”. La última es la tercera acepción que asienta la Real Academia para el verbo grabar.

El verbo gravar, a su vez, es imponer una obligación, contribución, cargo, impuesto o gravamen; es obligar a un pago o cumplimiento de una responsabilidad.

La confusión se origina en la pronunciación, en la manera de decir los dos verbos. Al articular los verbos aquí estudiados, no se percibe diferencia alguna entre ellos. La discriminación en cuanto a la grafía se deja,  en consecuencia, al contexto.

Los dos verbos son homófonos por su pronunciación igual, suenan iguales. Se produce, sin embargo, una transcripción diferente del mismo sonido. Este es un fenómeno que se observa en la lengua, sin que haya que alarmarse por ello. Otros casos, por el mismo estilo, se encuentran entre acerbo y acervo; botar y votar.

© 2016, Roberto E. Guzmán

 

Mudancero – a/en cámara lenta – transicional – a fin/al fin de cuentas

MUDANCERO

Últimamente en la prensa dominicana se utiliza esta voz con bastante frecuencia. Se la usa para referirse a las personas o familias que se mudan desde el extranjero hacia República Dominicana. En algunas instancias se sospecha que se denomina con esa nueva voz a las compañías que se dedican al negocio de realizar mudanzas internacionales con destino a la República Dominicana.

Se puede certificar que la voz es de creación reciente en República Dominicana. No se ha encontrado rastro de la voz tratada en esta sección en los repertorios de voces latinoamericanas.

Con anterioridad, los hablantes de español dominicano empleaban la combinación “compañías de mudanzas” para las empresas dedicadas a esta actividad comercial. Cuando las firmas no solo realizaban las mudanzas de enseres y muebles del hogar y, se dedicaban al acarreo de todo tipo de mercancías entonces preferían llamarse compañías de “mudanzas y acarreos”. Con el último nombre los empresarios dejaban claro que también transportaban mercancías de todo tipo. Otras preferían llamarse de “compañías de transporte de cargas”.

La mudanza a la que se contrae esta sección es a la que se refiere al cambio de domicilio. No tiene relación alguna con los cambios de parecer, ideas o sentimientos que experimentan las personas durante sus vidas.

De acuerdo con lo que consigna el Diccionario del español dominicano (2013), para la mudanza del cambio de domicilio los dominicanos también usan el vocablo mudada.

Esta voz del título, de reciente introducción, tendrá que demostrar su perdurabilidad a través del tiempo. Si cae muy bajo el uso puede que desaparezca del vocabulario activo de los dominicanos.

Enfocado el asunto desde el punto de vista de la formación de la palabra, la terminación –ero se ha utilizado con frecuencia en español, como ejemplo de eso pueden citarse, guagüero, bodeguero, barbero, peluquero y, muchos más. Estos ejemplos, así como la voz del título son derivados de formas plenas que denotan actividad, ocupación o, profesión.

A CÁMARA LENTA – EN CÁMARA LENTA

“Es un desastre que se mueve A CÁMARA LENTA”.

En las conversaciones, así como en algunos escritos se utiliza con frecuencia la preposición en, en lugar de la preposición a, que es la de uso de acuerdo con la tradición.

Todos los diccionarios asientan la forma de la locución adverbial con la “A”. Hasta el Diccionario de uso del español de María Moliner así lo consigna. Entre los consultados, el Diccionario del español actual incluye la preposición EN para lo que se hace “a ritmo más lento de lo normal”, es decir, “muy despacio”; esto es, “a velocidad más lenta de la habitual”.

No hay necesidad de cambiar el hábito de decir o escribir la locución. Las dos formas están acreditadas por el uso, aun cuando algunos diccionarios no registran la manera de hacerlo con la preposición “en”. La última preposición aparece en el Diccionario integral del español de la Argentina.

TRANSICIONAL

“. . .con el acuerdo de paz implementará un sistema de justicia TRANSICIONAL en el que todos los responsables de delitos comparecerán ante los tribunales”.

Las reconocidas autoridades de la lengua antes de conceder el reconocimiento oficial a una palabra se adentran en todo tipo de averiguaciones. Van hasta los genes de la nueva voz que trata de penetrar en el seno de la lengua española, esa que busca reconocimiento oficial.

No se conforman las academias con investigar los genes, sino que van más allá, investigan la frecuencia de uso con la ayuda de los medios modernos de medición. Es más, inquieren en torno al tiempo que hace que estos nuevos vocablos se mantienen en el uso de los hablantes, y sobre todo, de los escribientes.

Para que una nueva palabra sea admitida en la lengua tiene que pasar por varios cedazos que certifiquen su validez, su vigencia y su permanencia. En la lengua española no existe decisión alguna que se deje al azar.

En paralelo a las autoridades reconocidas de la lengua existen reconocidos investigadores que mantienen las antenas alertas para captar los cambios que ocurren en el español cotidiano. Por eso  se mencionan las obras de esos estudiosos en estos comentarios. Además, ellos no están ligados por las mismas responsabilidades que las academias cuando estas actúan en nombre de las instituciones.

Luego de otra introducción fuera de proporciones, puede pasarse al examen de la voz del título, transicional, que no ha logrado el reconocimiento que merece si se evalúa su utilización.

La voz transicional no está inventariada en el DEL, Diccionario de la lengua española. No obstante, el diccionario Clave, Diccionario de uso del español actual lo registra en tanto adjetivo invariable, con la acepción, “que pasa de un estado a otro”. Así mismo, en el Diccionario del español actual costa con la definición: “De (la) transición”. En esencia estas dos acepciones se reducen al mismo contenido, porque la transición es el “paso de un estado o modo de ser a otro”, de acuerdo con lo que consigna el Gran Diccionario Larousse de la lengua española. No se sitúa muy lejos el Diccionario integral del español de la Argentina cuando escribe que transicional es: “De la transición o relativo a ella”.

Al transcribir lo que esos diccionarios entienden se hace con la intención de destacar que existe la tendencia a introducirlo en el español sancionado. Es probable que en la próxima edición del diccionario oficial de la lengua se incluya porque los redactores hacen sentir la necesidad de esta voz en el español moderno.

A FIN DE CUENTAS – *AL FIN DE CUENTAS

“AL FIN DE CUENTAS, todos saben que cualquier paso en falso terminará siendo repetido sin cansancio por la televisión”.

Son muchos los argumentos que pueden invocarse para mantener que la forma correcta es con la preposición a, y, no con la contracción de esa preposición con el artículo el, que produce al.

El primer argumento es el uso, que es el que impone los modos y formas en que la lengua se pule a través del tiempo. Otro argumento que puede esgrimirse es que cuando una persona pregunta por las razones que la impulsan a hacer algo, dice: ¿A cuenta de que actúas así?

Cuando se desea expresar “en resumen, en definitiva”, se dice o escribe “a fin de cuentas”, que se considera una locución adverbial. Vale para expresar que con esa expresión se reafirma o apoya la idea que precede al uso de la locución. Por esta cuenta existe también, la locución prepositiva “a fin de” que equivale a “con objeto de, para”.

La confusión se origina porque en español hay además otras locuciones que se forman con la ayuda de al fin. La locución adverbial al fin sirve para expresar “por último, después de vencidos todos los obstáculos”.

© 2016, Roberto E. Guzmán.           

Paneo – saltear – electo

PANEO

“. . .no sólo hace un PANEO por eventos tan conocidos como el caso. . .”

La palabra del título logró su incorporación en el lexicón mayor de la lengua española en la última edición. En algunos países la voz es desconocida, aunque en varios países de la América Hispana tiene ya historia.

Los primeros indicios de la vitalidad del vocablo en cuestión se presentaron cuando fue expuesto en el Diccionario de americanismos (2010) de la Asociación de Academias de la Lengua Española. Ya ese diccionario se refirió por sus nombres a los países hispanohablantes que utilizan el paneo en sus hablas y textos.

El diccionario antes mencionado asienta cuatro acepciones diferentes para paneo. Todas ellas tienen relación con la vista o la imagen. Esa uniformidad le confiere sentido a la inclusión que ha hecho el lexicón oficial con respecto a ese “vistazo rápido que se hace sobre algo con una cámara antes de fijar el objetivo”.

Lo que se observa en el uso transcrito en la cita es que no se circunscribe a lo que se hace con la cámara, sino que se utiliza en uno de los sentidos que retuvo el Diccionario de americanismos. Así el paneo termina con el valor de, “visión general, revisión visual”.

En una de sus acepciones americanas, el paneo implica selección, tal cual ocurre en una de las acepciones que existen en inglés. Esto no es asunto que provoque extrañeza, porque hasta la Real Academia reconoce que este sustantivo deriva del inglés panning, que se acepta con el significado en español de “barrido de cámara”.

En resumen, el paneo se reconoce ya en diez países de Hispanoamérica. Con el significado original incluido por las autoridades de la lengua española en nueve países y, con otro diferente, de los nueve originales para las acepciones que retienen la idea proyectada al plano de lo intelectual.
No debe causar extrañeza si más adelante, con el tiempo, algunas de estas acepciones aún no aceptadas oficialmente, se incorporan al diccionario oficial. En República Dominicana es posible que el paneo sea solo conocido por los camarógrafos y personas versadas en esas actividades.

SALTEAR

“. . .el paisaje que las recibió, de arena blanca SALTEADA con pequeñas conchas podría haber sido un paraíso. . .”

No es un hecho nuevo que algunas personas que escriben en publicaciones periódicas se dejen impulsar por los sentimientos cuando escriben, específicamente, por un sentimiento que podría calificarse de poético. Ese estado afectivo que puede embargar al escribiente puede causar que quien escribe se permita algunas licencias que sobrepasan lo estrictamente real.

En otras ocasiones, lo que acontece es que al redactar la persona que escribe resulta acometida (una acepción de saltear), por una palabra que la sorprende, otra acepción; o se deja saltear, le sobrevienen de pronto (otra acepción) por vocablos que no vienen al caso.

Luego de la diversión con respecto del verbo saltear hay que regresar a la seriedad que impone el tipo de estudio que se hace por medio de estos comentarios. Lo que se produjo en realidad fue que el redactor de la reseña en el periódico se dejó sorprender por una voz extraña al español.

En inglés hubiera podido escribirse o decirse que en esa playa había scattered pequeñas conchas marinas. En esa lengua extranjera al español ese verbo que se escribió en pretérito valdría para dar a entender en español, “esparcidas, dispersas”. En el español hablado eso se expresa diciendo que hay pequeñas conchas, “aquí y allá”.

El vocablo que se le escapó fue “salpicado/a”; salpicar, verbo para el cual en una de sus definiciones la Real Academia utiliza el verbo esparcir, “esparcir varias cosas”, así escribe la Real Academia en la tercera acepción para salpicar.

La recomendación que puede hacerse en casos parecidos al estudiado en esta sección es que quien componga las oraciones lo haga con más cuidado y sopese los términos en que apoya sus escritos.

ELECTO

“. . .los dos se enfrentarán este mes en una primaria demócrata, retados por tres novatos de la política en la Florida que nunca han ocupado cargos ELECTOS.

Varios errores en los que incurren algunos redactores dimanan de la rigidez que adoptan al redactar. Si introdujesen algunas variantes en la redacción, evitarían diversos desaciertos.

Durante largo tiempo se ha insistido en que “electo” es el participio irregular del verbo elegir. Se ha repetido que este participio sirve para expresar que se trata de una persona que ha sido elegida para desempeñar una dignidad o cargo, empleo, puesto, pero que todavía no ha tomado posesión de esa posición.

El participio regular del verbo elegir, es elegido. Algo que se pasa por alto es que en el habla culta de Argentina y Uruguay, el participio irregular, electo, conserva en muchos casos su función verbal, esta información la trae el Diccionario de uso del español (2012: 1109).

Consecuente con la mención con respecto de la excepción de uso, en el apartado correspondiente a la palabra electo, en el Diccionario integral del español de la Argentina (2008:645), viene una nota que reza, “Si bien desde el punto de vista normativo se considera incorrecto, se registra con frecuencia su uso como participio irregular: Fue electo presidente de la comisión”.

La forma más expedita para evitar la engorrosa situación con respecto del participio “electo”, en la cita transcrita, era cambiar la redacción y recurrir a otro giro o perífrasis. Por ejemplo, “…que nunca han sido elegidos para cargo alguno”. “Que nunca han participado en elecciones”.

El Diccionario panhispánico de dudas en el párrafo en que se ocupa de electo en sus páginas trae lo siguiente. “Por lo tanto, no debe utilizarse este adjetivo para formar los tiempos compuestos o la pasiva perifrástica de elegir. . .”

La Gramática académica reconoce que en algunas áreas de América, lo que se expuso más arriba, se utiliza el participio irregular “electo” en la formación de la voz pasiva. En esos casos, en la formación pasiva exclusivamente, no se considera impropia la selección de “electo”.

© 2016, Roberto E. Guzmán.

 

 

 

 

 

 

Reinsertarse /*convulsividad/sobredosis–drogodependencia

REINSERTARSE – *RE-INSERTARSE

“. . . consecuentemente no se la podemos negar a aquellos que intentaran RE-INSERTARSE en la sociedad”.

Hace tiempo ya que las autoridades reconocidas de la lengua española están abogando porque los prefijos se unan, integren, añadan, a las palabras que preceden.

No hay que rasgarse las vestiduras por este tipo de olvido. Es algo que sucede con frecuencia a las personas que no se preocupan por mantenerse al día con respecto de las nuevas normas de la lengua.

El prefijo re- actúa de varias maneras en el español; es decir, dependiendo del significado de la palabra ante la cual se coloca, varía en cuanto a su significado.

Puede funcionar este prefijo para significar repetición, detrás de, o hacia atrás; puede denotar intensificación, oposición, resistencia o negación.

En todos los casos, el prefijo se unirá a la palabra a la que precede. No debió el redactor colocar ese guion que se observa en el título entre el prefijo y la palabra siguiente.  El concepto de unir los prefijos con las palabras a las cuales preceden, como prescriben las autoridades de la lengua, es muy fácil de retener si se entiende de modo claro lo que  prefijo es.

El prefijo es un afijo que en la derivación de las palabras se coloca delante a la palabra raíz. Tan pronto como estos prefijos se reconocen, el problema desaparece porque la identificación de estos permite asignarles el modo de integración. El afijo junto a la raíz es un elemento formativo que contribuye a la constitución de la palabra.

Los problemas se presentan cuando prefijos muy conocidos se usan delante de palabras completas y reconocidas. Entre estos hay que recordar los prefijos anti, semi, co, etc.

Este prefijo re- no necesita guion ni espacio, va unido a la palabra siguiente en todos los casos, esto es, en todas las situaciones en que aparezca utilizado, para denotar repetición, intensificación o para los demás casos en los cuales se utiliza.

*CONVULSIVIDAD

“De hecho, sus pinturas son una especie de traslación a los lienzos de una CONVULSIVIDAD de la vida en los suburbios. . .”

Ha de tenerse en cuenta que la primera condición que se impone al lenguaje es que sea claro, que evite la imprecisión, que sea conciso, exacto. En esta cita, se está en presencia de un neologismo que aparece resaltado para que no pase inadvertido.

Es cierto que los cambios son vitales en el ciclo de las lenguas; sin embargo, hay que evitar que se produzca una invasión indiscriminada de voces acuñadas al azar y de modo acelerado.

Una de las cualidades que se aprecia en el neologismo es que contribuya al afinamiento en el valor expresivo de las palabras y que sea genuino en su formación. Debe guardarse la lengua de aceptar el neologismo que se cuela en las publicaciones periódicas cuando este obedece a la pedantería y al esnobismo. O cuando la persona que lo utiliza lo hace por afán de novedad.

Es necesario convenir en que la lengua no es inmutable, que es viva y ha ido cambiando, modificándose a lo largo del tiempo de manera que llega a los hablantes del presente como una lengua funcional.

Los neologismos son aceptables cuando evitan rodeos y ambigüedades. Una característica del neologismo es su condición de provisional; si su introducción es exitosa, si se integra al habla cotidiana o al conocimiento general, deja de ser neologismo. El tiempo y la utilidad del término pulen los vocablos inventados y los integran si estos son justos y necesarios. En el momento de evaluar las palabras nuevas hay que proceder con calma y ponderación, sin acritud.

La lengua española ha tenido escritores innovadores, muy famosos ya, que se permitieron aliñar su prosa con palabras nuevas. Vale la pena que se recuerde lo que Feijoo dijo, que esas innovaciones se les permiten a los “poetas príncipes”.

Luego de una introducción que excede lo usual, puede evaluarse la voz creada por el periodista especializado en artes visuales. Ya en otras ocasiones se ha señalado que estos cronistas o críticos de arte son quienes muestran una mayor tendencia a inventar nuevas voces. Voces de vida efímera porque son de uso muy restringido. Tal parece que a estas personas el idioma general les resulta exiguo. Lo triste del caso es que con estas invenciones no expresan con mayor fidelidad lo que el ojo aguzado percibe.

El autor de la frase copiada creó un sustantivo para expresar la cualidad de convulso, de convulsión, de la agitación espasmódica que sacude la vida de los suburbios que el pintor plasma en sus lienzos.

SOBREDOSIS–*SOBRE DOSIS – DROGODEPENDENCIA–*DROGO DEPENDENCIA

“Manifiesto es una pertinaz DROGO DEPENDENCIA que le produjo la muerte por SOBRE DOSIS de heroína en 1988. . .”

Al leer esta parte del escrito que se transcribe, tal parece que el redactor se ha peleado con los compuestos formados en el seno de la lengua para expresar situaciones.

Primero escribe “sobre dosis”, cuando hace largo tiempo que en la lengua lo propugnado y aceptado es que esa idea se represente en el español corriente en  una sola palabra, sobredosis. La Real Academia de Madrid lo expresa de modo muy claro. La sobredosis es la “dosis excesiva de un medicamento o de una droga”.

Inmediatamente se lee lo que el DLE (Diccionario de la lengua española) de las Academias publica, se percibe que puede tratarse de sobredosis de medicamentos prescritos o de medicamentos que no son prescritos para la persona que los utiliza de modo excesivo. Además, usa el vocablo droga, que en estos casos debe retenerse en tanto “sustancia o preparado medicamentoso de efecto estimulante, deprimente, narcótico o alucinógeno”.

Con respecto a drogodependencia, es una dependencia a las drogas (explicación inteligente), que se conceptúa como el “uso habitual de estupefacientes al que el drogadicto no se puede sustraer”. Estos estupefacientes son sustancias que alteran “la sensibilidad y pueden producir efectos estimulantes, deprimentes, narcóticos o alucinógenos, y cuyo uso continuado crea adicción”.

Un fenómeno que se observa en todas las lenguas es la economía de esfuerzo. Esto (traducido al esperanto) significa que los hablantes tratarán de hacer el menor esfuerzo posible en el habla y consecuentemente en la escritura. De allí viene que se acepte en varias lenguas que se hagan enlaces entre palabras, que se arrastren sonidos y se encadenen unos con otros. Esto se observa en el español hablado, aunque no es tolerado ni mucho menos aceptado en la escritura.

Colocarse contra este movimiento natural es una demostración de torpeza, por no utilizar otro calificativo quizás más apropiado pero menos elegante. En textos como estos, resulta incongruente que el redactor pretenda meterle nuevas palabras a la lengua cuando aún muestra debilidades en el empleo de las normas.

© 2016, Roberto E. Guzmán.

Injerencismo – *ingerencismo – desecho – deshecho

*INGERENCISMO – INJERENCISMO

“…que según su relato, recogería el descontento de otros empresarios con la presidencia de P. B.

y su INGERENCISMO político. . .”

Tan pronto como se lee el título de esta sección, puede observarse que una de las dos voces tiene señalada un asterisco. Esa se considera espuria, mientras que la otra, puede pasar las pruebas de fuego para que se la admita en el español general. El detalle de lo esbozado aquí se verá en el cuerpo de esta exposición.

El verbo que por necesidad se encuentra en el origen de la voz *ingerencismo es el verbo ingerir que tiene solo un significado en el español internacional, “introducir por la boca. . .” Se dejó sin completar las acepciones de este verbo porque lo que se deseaba destacar era precisamente eso, que solo tiene relación con la boca como sitio de entrada.

En otras ocasiones se ha criticado el uso de *ingerencia en lugar de injerencia. Según parece algunos redactores no acaban de entender que la letra /g/ no procede en este sustantivo femenino en sus funciones de equivalente de intromisión.

Ya quedó demostrado que el verbo que reúne los genes para permitir la creación de la nueva voz que denomine la intromisión, de entremeterse, en asuntos que no son de su directa competencia, es injerir, porque en uno de sus acepciones es “meterse una persona en problemas o asuntos ajenos”. Como ocurre con frecuencia en las lenguas, este verbo ensanchó su campo de acción y salió del angosto terreno de “una persona”.

La lengua corriente en el área política tiene una palabra para designar la tendencia de los poderes públicos a intervenir en negocios que competen a la sociedad civil, sobre todo en el ámbito económico, es el intervencionismo. En el campo de política internacional, la política intervencionista es la tendencia favorable a la intervención del Estado en conflictos o políticas que existen en otros países.

No puede olvidarse que los cambios e innovaciones obligan al conjunto léxico a expresar fielmente los acontecimientos que suceden en el mundo moderno. La creación de nuevas palabras o acepciones para palabras conocidas ya, forman parte de la evolución de la lengua. En gran medida los traductores son responsables de estas innovaciones.

Algo que no puede obviarse es que el término elegido obedezca a la legitimidad de su función. Debe llenar unan necesidad expresiva y en casos como el presente la raíz culta le otorga mayor validez.

En el caso específico del injerencismo, este sustantivo masculino expresa cabalmente la idea que lo auspicia. Es una intromisión, un entremetimiento, es decir, un “inmiscuirse donde no lo han llamado”. Se sostiene que ello es así porque el vocablo injerencia ha cobrado un matiz envilecedor y eso traduce muy bien la idea subyacente. No hay que olvidar que toda lengua viva crea palabras nuevas.

Se piensa que la palabra propugnada, “injerencismo”, es aceptable en el plano lingüístico y precisa en el plano terminológico. Las raíces del término lo acreditan para que sea aceptado por su valor expresivo y su posibilidad de comprensión.

DESECHO – DESHECHO

“Una raza rendida y DESECHA que ostenta con júbilo las heridas de su vergüenza”.

Existe homofonía entre dos o más palabras cuando hay identidad fónica entre ellas. Las dos palabras del título se pronuncian igual, pero la grafía es diferente. La homofonía se destaca en estos casos porque estas palabras representan lexemas distintos.

El término homofonía deriva de dos palabras griegas, homós que vale para indicar igual, y la palabra phonós, que en español es sonido. Esto es, de igual sonido. En español existen muchos vocablos de este género, entre ellos, votar, botar; hierro, yerro; vasto, basto.

Resulta difícil perdonar a un articulista o columnista que incurra en un error de este género. El error salta a la vista porque el verbo desechar no tiene cabida en la oración, porque no le confiere sentido a lo escrito.

Lo que debió escribir el autor de la oración fue deshecha, que es la conjugación del verbo deshacer en funciones de adjetivo. En la oración puede tomarse este vocablo con el significado de “derrotada, rota; estropeada, gravemente maltratada”. Es probable que esa haya sido la intención del articulista, solo que erró en la selección de la grafía.

Este tipo de error se encuentra cuando la persona que redacta carece de suficiente cultura o, en los casos en que hay descuido en la redacción. Puede ocurrir en las situaciones en las cuales la persona compone su pieza escritural con mucha prisa y no tiene tiempo de revisar su escrito.

Esta igualdad en la pronunciación de algunas palabras que tienen sentido diferente es la que ha dado lugar a los juegos de palabras o calambures; sobre todo, estos se producen cuando la homonimia es producto del encadenamiento del habla y se agrupan las sílabas de manera que alteren el significado de las palabras a que pertenecen. El diccionario de las Academias trae este ejemplo: “Este es conde y disimula”.

Los lectores podrán imaginar que la homofonía se produce a veces en español; en francés acaece con inusitada frecuencia como resultado de que existen muchas palabras cuyas pronunciaciones son iguales, pero en las que el significado es muy diferente. No es pues un fenómeno que solo se da en español.

El autor de estas reflexiones acerca de la lengua es un amante de los juegos de palabras y, en parte, eso le ha permitido ampliar su léxico en varias lenguas. En consecuencia, no hay que temerle a las palabras homófonas.

© 2016, Roberto E. Guzmán.

 

*Colgar – colocar – anunciar – poner

*COLGAR – COLOCAR – ANUNCIAR – PONER

“. . .en un comunicado COLGADO en la página de la asociación. . .”

En ciencia y tecnología, los descubrimientos e invenciones introducen nuevos términos en las lenguas. El inglés es la lengua que lleva la delantera en cuanto al desarrollo en el campo tecnológico. Como es natural, en esa lengua utilizan las voces que son convenientes para expresar las nuevas situaciones y avances que se producen.

En las demás lenguas, entre ellas el español, lo que hacen los hablantes y hasta los escritores es elegir palabras que traduzcan esas circunstancias. Muchas veces sucede que quienes eligen esos vocablos no son expertos en lengua, y, como consecuencia, las traducciones que seleccionan no son las más apropiadas.

Este “colgar” de la frase copiada constituye un ejemplo al canto de lo que se ha expuesto más arriba. El equivalente de ese verbo en inglés es el que se usa para publicar algo en un sitio, página o portal en el internet.

Entre el español y el inglés existen muchas coincidencias en cuanto al uso del verbo colgar; es decir, hay muchas correspondencias entre las dos lenguas en sus acepciones. A pesar de lo anterior, no existe manera alguna para que colgar pueda servir para divulgar un comunicado o algo parecido.

Si se examinan las traducciones que para este hang existen en español, se constata de modo fácil que en casos como el de los anuncios que aparecen en los medios de comunicación que se sirven de la Internet, podrán usarse verbos tales como, “presentar, mostrar, exponer”. La conveniencia de usar uno u otro de estos verbos depende del contexto y la manera de redactar.

Lo que uno debe negarse a tolerar es que escriban colgar cuando las definiciones que existen para este verbo no se compaginan con la acción que se ejerce en estos medios.

© 2016, Roberto E. Guzmán.

 

El Diccionario fraseológico: una celebración de la dominicanidad

Por Rita Díaz Blanco

La confección de un diccionario supone para una cultura un avance significativo y trascendental, pues se convierte en una herramienta de doble provecho: como representación folklórica, reflejo de un acuerdo social sobre el uso de la lengua, y como fuente de información, de provecho didáctico-pedagógico. Ello se convierte en reflejo neto de la lengua y la cultura en un espacio y tiempos definidos recurrentemente fundamentales para las necesidades comunicativas de sus hablantes, lo cual posibilita una continua reflexión sobre el idioma, sus peculiaridades, sus fortalezas y debilidades.

Para la República Dominicana constituye un logro enorme el caudal de frases compiladas y definidas en esta obra, el Diccionario fraseológico del español dominicano (Difrado), obra publicada por la Academia Dominicana de Lengua (ADL), bajo la autoría de Bruno Rosario Candelier, Irene Pérez Guerra y Roberto Guzmán. Este registro cultural posee la recopilación de un amplio número de frases, adagios, giros y locuciones con cuyos rastros idiomáticos se ponen de manifiesto no solo las variantes de un español caribeño, sino las creencias populares, los estilos de vida y la diversidad cultural de sus hablantes. El Difrado contempla aquellas expresiones que con sus variantes nos permiten conocer cercanamente cómo piensan, viven y hablan los dominicanos a través del tiempo.

La descripción de los modismos de esta obra es fruto de la exploración literaria en textos de carácter diverso: narrativa, ensayo, poesía, así como de la tradición oral y las publicaciones de la prensa nacional, organizados de acuerdo a los lineamientos que rige la investigación de un trabajo de esta naturaleza.

Las obras consultadas de manera minuciosa y certera permitieron recrear distintos escenarios regionales, aunque permea la tonalidad de una población que habla el mismo idioma y conserva su propia identidad: un proyecto que tiene como producto y protagonista al pueblo dominicano. Por lo que es evidente que no solo representa el caudal del argot popular, sino de toda la población, sin importar su estatus económico, social y cultural. Sus quinientas treinta y siete páginas son un deleite folclórico y una genuina celebración de la dominicanidad. Además, es imprescindible asentar que el proceso de selección y anotación que se ha llevado a cabo es fiel representante del producto que se ha logrado publicar, ejecutada con rigor y brillantez, sin nada que envidiar de otros trabajos fraseológicos internacionales.

Por otro lado, es importante establecer su valor como producto del lenguaje que nos sirve como medio para manifestar nuestros pensamientos. El ser humano, único ser capaz de razonar más allá de sus necesidades circunstanciales e instintivas, lleva consigo consustancialmente la palabra para expresar emociones, ideas, remembranzas, etc. No en vano afirmaba Octavio Paz que “El hombre es un ser de palabras” y con ellas puede crear su espacio social, darse a entender a otros e interpretar el mundo que le rodea. Las palabras nos permiten dejar huellas y registro de mensajes a lo largo del tiempo, y este diccionario no es la excepción.

El Difrado fija una marca en el antes y el después del español dominicano. Las combinaciones idiomáticas que se recogen en este registro fraseográfico son la viva voz de un pueblo que con el pasar del tiempo ha sabido adaptar la lengua que viajó con los conquistadores a sus posibilidades y necesidades y hacerla peculiar a su forma de decir las cosas, con encanto, con sabor a cultura propia. En ninguna parte se habla un español como el que cae en boca de los quisqueyanos de la patria de Duarte. Cuando analizamos, por ejemplo, la palabra “palo”, el jolgorio de significados que brota de sus entrañas es digno de admiración: si se es vengativo se “dan palos por garrotazos”, es decir, se devuelve mal por mal. Si se obtiene un beneficio, a pesar del riesgo que se toma el hecho, “se da el palo de la gata”. Si toma alcohol, solo o acompañado, se “está dando sus palitos”. Si hace algo sorpresivamente que afecta a otro, ha dado “un palo acechao” (Palo, p.361). Y así sucesivamente, vamos encontrando la particularidad dialectal de nuestro pueblo.

En cuanto a su provecho didáctico-pedagógico que mencionaba al principio, es pertinente dilucidar que, aunque el Difrado no define las unidades léxicas con el peso de un diccionario tradicional, ya que no es un diccionario de palabras, es un elemento primordial para docentes del área de lengua española, sociología y disciplinas afines que pretendan entender el contexto discursivo en que producimos nuestras expresiones. El valor que se recoge en los idiomatismos de este material permite determinar el significado y su correcta interpretación que condiciona nuestra comunicación. Entonces, no es lo que decimos, sino cómo lo decimos lo que hace la diferencia en esta constante adecuación a las variadas circunstancias, por lo que la producción y la recepción de mensajes solo puede darse con efectividad cuando tenemos conocimiento del contexto sociocultural de los diferentes registros que utilizamos. El resultado de la inclusión del Difrado en programas de formación será orientamos para poder interpretar y promover el contenido de un mensaje de forma pertinente.

Pocos lugares guardan, como la República Dominicana, historias pintorescas, curiosas leyendas, hechos imponentes donde los relatos cotidianos toman una óptica fantástica. Lo que decimos, lo decimos a nuestra manera y nos permitimos recorrer un amplio arsenal de situaciones, porque en verdad, hay cosas que solo les pasan a los dominicanos y otras que solo somos capaces de hacerlas nosotros.

El valor de las idiolexías, como le llama Bruno Rosario Candelier en el prólogo de este diccionario a las unidades fraseológicas, poseedoras de significación única y típica de nuestros usuarios de la lengua, testimonian las vivencias y creencias de unos hablantes que han sabido, con gran astucia, sacar el mejor provecho a las circunstancias adversas. Cada usuario del español dominicano se encuentra representado en esta obra, pues es el Difrado un espejo cultural cuyos reflejos irradian las expresiones con las que, con inmensa capacidad creativa y de construcción, piensa, sueña y habla la sociedad en general.

Definitivamente, la ADL ha “quemado la liga” al poner en nuestras manos un tesoro del idioma que es “carne de nuestra carne” y que aspira a manifestar lo que verdaderamente somos, creemos y sentimos.

 

Rita Díaz Blanco
Academia Dominicana de la Lengua

La Vega, Casa de la Cultura, 27 de agosto de 2016.

Rubén Darío en uno de sus poemas

José Enrique García

Tras las huellas del poeta, tras su voz y rastro, este trabajo procura recrear su poética, su visión del mundo, del hombre, de la palabra, el verso, el poema. Y dadas están en un poema: “Yo soy aquel”. El poema en sí es todo Darío, reunifica fuentes, estilos, ritmo y tono, concilia las naturales desavenencias del discurrir, los ritmos y las entregas, derrotas y destemplanzas, asombro y duda, lo ínfimo y la totalidad, es raíz y vuelo, sangre, agua y vino, las singularidades que pluralizan.

El poema, pórtico, prólogo, puerta de cierre y apertura, circularidad en fin, constituye una evidente autobiografía que funciona como crítica, autocrítica, balance, reflexión a mitad del viaje y en el viaje íntegro, y desde una poética, que más bien recoge frutos ya maduros, que la espera de los mismos. Y es, además, un testimonio diáfano y coherente de un hombre y su hacer sobre la tierra. Huellas para el tiempo, perennes pesos, palabras que no las borra nadie, ni aún las palabras que le suceden en tiempo y espacio.

Iniciemos, pues, el ascenso al poema. El poema está construido en base de principios poéticos clásicos: veinte y ocho estrofas de cuatro versos, es decir, cuartetos, y estos suman ciento doce versos. Los versos son normales  endecasílabos. Rima asonántica, rimando siempre el primero con el tercero, y el segundo con el cuarto.

Como el poema responde a una estructura clásica y, por tanto, las “ideas” de un verso se concretizan en otro u otros, seguiremos en el análisis este desplazamiento, haciendo el enfoque por estrofa.

Yo soy aquel que ayer no más decía
el verso azul y la canción profana,
en cuya noche un ruiseñor había

que era alondra de luz por la mañana.

El poeta toma el canto desde la primera palabra, yo, individualidad que reúne y totaliza. Y luego, con las dos palabras siguientes “soy aquel” inicia la modificación del lenguaje, y se enfila hacia la creación poética. En el verso inicial hay toda una ruptura de la linealidad del lenguaje, de lo discursivo. Entre el sujeto “yo” y el verbo “soy” y el pronombre “aquel” se produce una contrariedad temporal-expresiva. Soy (presente) se opone a aquel (pasado), pero en esa oposición temporal radica la unificación temporal de la obra. Con tres palabras, con este sintagma “Yo soy aquel” inicia Rubén el ascenso a la creación, y ya ahí, el lenguaje trasciende lo ordinario, lo común. ¿Cómo sucede esto? Veamos: decíamos, porque el poema así lo refleja, que estamos frente a una creación poética autobiográfica y, por tanto, el “Yo” como sujeto conducente prevalece y el poeta, como tal, inicia con él, luego sigue el verbo: ser, en presente “soy” para actualizar e imprimir sentido de permanencia; en ese soy no solo está el poeta cantando en el instante, sino que está vigenciando toda su creación, contemporizando su obra: y más adelante viene “aquel”, una palabra que indica lejanía, distancia; en sentido último, pasado; pues sucede que dentro de la distribución de los pronombres demostrativos, “aquel” ocupa el lugar más lejano, convoca distancia, lejanía, pasado (este, aquí, ese, ahí, aquel, allá) hasta el eco adviene cuando se enuncia. De modo, pues, que en ese aquel introduce el elemento contrastante desde el ángulo de la temporalidad; y se hace tan expresivo porque en el contexto general del poema el pasado gravita en cada verso: y el soy porque sostiene la permanencia. El resto del verso “no más decía reitera el sentido de pasado que encierra el pronombre.

El segundo verso alude directamente a la práctica poética, sus ilustres antecedentes, sus libros donde el modernismo echa raíces, frutos, y madureces. Azul, el primer libro y Prosas profanas, segundo libro donde ahonda la corriente iniciada en el libro anterior. En los dos versos siguientes de esta primera estrofa, contrastan dos realidades exteriores “noche” y “mañana”, las que refieren dos condiciones íntimas del poeta: “ruiseñor”, “alondra de luz”. El canto que tiene inicio en la noche continua en la luz y entonces la circularidad es la totalidad.

El dueño fui de mi jardín de sueño,
lleno de rosas y de cisnes vagos;
el dueño de las tórtolas, el dueño

de góndolas y liras en los lagos;

Esta estrofa, en conjunto, alude a sus posesiones interiores, convoca a ese “ensueño” dominante en su libro Azul. Las referencias, o mejor decir, jardín, sueño rosas, cisnes, vagos, tórtolas, góndolas, liras y lagos. Sustantivos y adjetivos modernistas fluyen a través de ellos el ensueño, la transparencia, la limpieza interior y exterior. Ahora, Darío reitera su condición de poeta modernista poseedor de un vocabulario y concepciones muy específicas. Un mundo de ensoñación y vuelo, lejano del lodo y lo oscuro, de suciedades, y la hace utilizando tres veces la palabra “dueño”. Asume en estos cuatro versos su condición de poseedor de un vocabulario que reúne música y luz, sentido y belleza, sueño y elevación.

y muy siglo diez y ocho y muy antiguo
y muy moderno; audaz, cosmopolita;
con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo,

una sed de ilusiones infinita.

Darío alude directamente con estos versos a sus fuentes primarias, a sus iniciales maestros franceses: Víctor Hugo y Paul Verlaine. Esta mención de estos poetas tiene, además de ese valor autobiográfico, uno que toca uno de los versos más elevados del mismo texto, me refiero a “ser sincero es ser potente”, pues Darío honra con ello a sus predecesores, y a la vez se honra a sí mismo, y ejemplariza lo que también propone el texto.

Hay, por otro lado, en la estrofa tres adjetivos: moderno, audaz y cosmopolita que caracteriza, en cierto modo, el sentir, la visión, la dirección poética de Darío en esos momentos de plenitud del modernismo: ser audaz; ir en contra de lo establecido, lo agotado, cansado, lo inexpresivo; modernos: testimoniar su momento y la historia misma a través de nuevos y renovados instrumentos expresivos; y cosmopolita, es decir, hacer una literatura más ecuménica, distante del ruralismo realista y de melancolismos cansados y lastimosos.

Yo supe de dolor desde mi infancia:
mi juventud… ¿fue juventud la mía?
sus rosas aún me dejan la fragancia,

una fragancia de melancolía.

El primer verso de esta estrofa –de cara a ese presente inmediato en que el poeta evocaba, sumaba y también restaba– hay un sentido más profundo: el dolor, el sufrimiento humano (y no solo el de Darío sino el de todos los hombres, el de los grandes poetas de la historia. Pues el sufrimiento es fuego que alimenta los elevados espíritus, pocas obras han salido de lo festivo, lo bucólico y agradable. El dolor sostiene porque es origen, transcurrir y muerte). Y a esto, desde luego, hay que sumarle la vida misma de Darío: abandonado por su padre y criado por la madre. Además, Darío a los primeros años de existencia ya andaba versificando,  regando con versos, tocando el dolor desde la palabra de otro: y de la de sí mismo.

 Potro sin freno se lanzó mi instinto,
mi juventud montó potro sin freno;
iba embriagada y con puñal al cinto;

si no cayó, fue porque Dios es bueno.

Refiere la estrofa a ese momento de su vida en que se dio al mundo sin contemplación ni sujeción, que buscó los placeres de la materia, lo que la vida concreta e inmediata le brindaba, época briosa, cuando el horizonte es ancho y sin obstáculos, época romántica, de desenfreno absoluto, como bien señala Pedro Salinas: “Es la sensualidad lo que le empuja a matrimonios desdichados. Ella, en combinación con el alcohol, le hace casarse con la que fue su segunda esposa, Rosario Murillo, en un episodio penoso entre todos, que es, si acaso, todo lo contrario de la gran aventura erótica romántica”.[1] Y ese sentido que llevó hasta el lecho de muerte y también ese sentido de destino.

En mi jardín se vio una estrella bella,
se juzgó mármol y era carne viva;
una alma joven habitaba en ella,

sentimental, sensible, sensitiva.

Esta estatua es Darío que vive más lejos del lodo, del cierno. Es él vivo y latiendo, un hombre definido por una perfecta aliteración de tres adjetivos donde el fonema –s– hace posible esa aliteración y, sobre todo, imprime ese sentido de limpieza, de susurro, de claridad y elevación “sentimental, sensible, sensitiva”. Es Darío con “carne viva”, como señala Gerardo Diego: “Está hablando Rubén de su estatua, es decir, de su obra, del alma de la estatua de su jardín que es la suya propia”.[2] Aquí Rubén enfatiza, de constancia de su humano calor, de su íntimo estado de ser, hasta por encima del mismo poeta. Su alma es limpia, sensitiva y sensible; lo demás, circunstancias del vivir.

Y tímida ante el mundo, de manera
que, encerrad en silencio, no salía
sino cuando en la dulce primavera

era la hora de la melodía…

El poeta temeroso del mundo se refugia en sí mismo, protegíase, indefenso se sabía: y únicamente enfrentábalo con su canto, con la palabra, con su verso, de ahí que solo cuando la primavera, como símbolo del florecer, de la fecundación, salía de ese silencio que él mismo tejía, y era para cantar, y su canto era su escudo y estandarte, su arma y verdad, todo entero.

Hora de ocaso y de discreto beso
hora crepuscular y de retiro;
hora de madrigal y de embeleso,

de “te adoro”, de “¡ay!” y de suspiro.

Tiempo de término del día e inicio de otro tiempo muy distinto, aunque contrastante como el mismo poema, tiempo mustio y de recogimiento, de sutilezas y claroscuros, de insinuaciones y tiernos regocijos junto a la mujer amada, esa mujer de primeros besos, mujer ingenua y débil de experiencia, mujer para la evocación y ensoñación. ¿Quién humano, “sensible, sensitivo y sentimental” no carga con esta hora vivida o soñada?

Y entonces era en la dulzaina un juego
de misteriosas ganas cristalinas,
un renovar de notas del Pan griego

y un desgranar de músicas latinas.

¿Es un juego el amor? Parece ser que cuando es puro, es juego. Un juego que cada vez que sucede se revaloriza al dios griego, se revivifica la vida, se renueva la existencia que no es más que ese “un renovar de notas del Pan griego”. Es que Darío siempre fue en pro de ese amor puro y justo y que nunca alcanzó.

Con aire tal y con ardor tan vivo,
que a la estatua nacían de repente
en el muslo viril patas de chivo

y dos cuernos de sátiro en la frente.

En esta estrofa que evidencia esa inclinación inicial de Darío hacia las preferencias griegas, propia del Modernismo, de la escuela literaria, continúa el desarrollo de ese elemento decidor: la estatua, que es él en viva carne, y por tanto, su propensión al amor carnal, el goce de placeres de carne suave, sensitiva y amorosa, a esa época, en que los juveniles ímpetus lo lanzaban a las totalidades del amor, “Pan griego” primero, luego vuelve la alusión, empleando un adjetivo que precisa “viril” y la palabra “sátiro”. Era un amador, o un hombre que procuraba el amor si freno, sin nudos; un joven tras las frescuras de la carne; y las desnudas pasiones.

Como la Galatea gongorina
me encantó la marquesa verlainiana
y así juntaba a la pasión divina

una sensual hiperestesia humana;

Dos nuevas referencias, que de soslayo alude a fuentes, Góngora, el inmenso poeta español, y de nuevo Verlaine. Sin embargo, donde la significación de los versos, que también responden ese transcurrir sensual, amoroso que arranca en este poema desde esa “estatua” se encuentra en esta conjunción “pasión divina” y “sensual hiperestesia humana”. Dos sensibilidades haciéndose una, juntos cielo y tierra, como diría Juan Ramón, lo divino y lo terrenal; dualidad que asume y proyecta en actos, y que aquí deja, en un acto de pureza, al desnudo, a flor de músculo, sin piel que cubra: Darío se sentía un amante que iba, como sátiro, en conquista de las vastas experiencias de la carne, de la vida.

 Todo ansia, todo ardor, sensación pura
y vigor natural; y sin falsía,
y sin comedia y sin literatura…

si hay una alma sincera, esa es la mía.

En esta estrofa reside, en esencia, la razón del poema, en ese verso final de ella: “si hay una alma sincera, esa es la mía”. Toda la aspiración, el poema en su totalidad, se concreta en el verso; el deseo de ser como fue ante sí mismo, y ante los otros, puro entro de las circunstancias de la vida, sin engaño, sin máscara, lejos de ropaje, distante de la retórica de la palabra, de la retórica de la vida, como es en la tierra que pisa, y como es en los versos que escribe. “Y el mérito de mi obra, si alguno tiene, es el de una gran sinceridad”, dice Darío en Historia de mis libros.

La torre de marfil tentó mi anhelo;
quise encerrarme dentro de mí mismo,
y tuve hambre de espacio y sed de cielo

desde las sombras de mi propio abismo.

Dos referencias claves: “tentó mi anhelo” y “quise encerrarme”. Las dos señalan inclinaciones, búsquedas, refugio. El poeta procura apartarse del mundo concreto que lo cercaba, mas no pudo, y no podía porque era tan humano como los mismos con quienes se trataba, y además, porque estaba marcado por igual condición: humano ser “su propio abismo”. Esto no es la torre de marfil literaria que se alude siempre cuando se habla de modernismo y de Darío, es una alusión a alejarse del mundo y sus materialismos, pues esa no la necesitaba, como señala Pedro Salinas:

Él llevaba su torre de marfil a cuestas, no necesitaba materializarse ese anhelo de retirarse, retrotrayéndose a un lugar aparte, sino que le bastaba con recogerse en su alma que “se juzgó mármol y era carne viva. De ahí su aire sonámbulo, de hombre que está y no está donde se le ve, que anda con los que anda y está solo”.[3]

La vida, en fin, era bastante torre.
Como la esponja que la sal satura
en el jugo del mar, fue el dulce y tierno
corazón mío, henchido de amargura

por el mundo, la carne y el infierno.

Ese sentido trágico del existir, inherente a la vida como al crear mismo, Darío lo asume por entero, “henchido de amargura”. Mas es la vida un ir llenando instantes de pesadumbre que de jubileo, y mucho más en el sentir del mundo, del hombre y de sí mismos, y entonces, ese dolor común a todo ser humano, en esta criatura se agiganta hasta alcanzar proporciones de visiones, hasta tocar límite del cielo o del infierno.

Mas, por gracia de Dios, en mi conciencia
el Bien supo elegir la mejor parte;
y si huno áspera hiel en mi existencia

meleficó toda acritud el arte.

Esa dualidad del hombre referida en la anterior estrofa, ese moverse entre lo dulce y lo amargo, que es común decir, entre el bien y el mal que existe en la tierra, porque la habita el hombre quien encarna la doble condición: ángel y demonio en una eterna batalla que únicamente conduce a la destemplanza, a la agonía, a esa pesadumbre última; esa dualidad, por una gracia de lo divino, y aquí entra ese sentido religioso íntimo que llevó Darío hasta el lecho de muerte, se desgaja, una se pone sobre la otra, el arte salva lo mejor, el bien conduce al hombre por el camino de las creaciones. Los dos últimos versos, como señala Salinas, clave son para la comprensión total de la confesión de este hombre, de este poeta ante el pórtico de su libro de mayor hondor telúrico y metafísico.

Leído esto, olvidándose de la vida de Darío, suena a pura invención metafórica, que se mueve en el alto plano de lo puramente poético. Pero esos dos versos bajan, de allí, como rayo iluminador, clave final de la vida terrena del poeta, de la que son el más certero resumen, el más hermoso y sobrio epitafio que poner sobre su inmortalidad.[4]

El arte salva el vivir, o en otro caso, justifica ese vivir, constituye en último sentido, la única forma de sobrevivir como proyecto humano en la tierra.

Mi intelecto libré de pensar bajo,
bañó el agua castelia el alma mía,
peregrinó mi corazón y trajo

de la sagrada selva la armonía.

El primer verso, dentro de esta confesión, manifiesta una condición inherente al poeta, y también al hombre: la pureza. Y después, “la sagrada selva” y “la armonía”. Dos realidades contrapunteadas en la realidad misma; pero que en la poesía de Darío hallan, precisamente, justa armonía. La sagrada selva es el mundo y el hombre, de la procedencia o fuente de la materia poética, de ahí injusta y equivocada aplicar el sentido escapista, huidizo a la obra de Darío, pues este enfrentó la vida con su vida. Gerardo Diego expresa:

La armonía que nos canta, ¿es la armonía sin más, cualquiera armonía que nos canta, es la armonía sin más, cualquier armonía de la selva? En el fondo, las dos cosas. Es toda la armonía y viene de la sagrada selva, donde preexestía, y nada más que allí, en ella.[5]

La selva, la vida, el mundo, el cosmos de donde proviene la palabra, el ritmo, el tono, y el todo.

¡Oh, la selva sagrada! ¡Oh, la profunda
emanación del corazón divino
de la sagrada selva! ¡Oh, la fecunda

fuente cuya virtud vence el destino!

La selva sagrada es el mundo, el hombre y, sobre todo, lo interior del hombre, lo hondo, insondable, el misterio que siempre es temblor y asombro, dubitación permanente, honda esencia del ser humano, y sobre eso, anduvo el poeta en procura del desvelamiento, de la permanencia de lo que sabía fugaz.

Bosque ideal que lo real complica,
allí el cuerpo arde y viene y psiquis vuela;
mientras abajo el sátiro fornica,
ebria de azul deslíe Filomena.

Aquí el poeta continúa el desarrollo de esa idea o sensación contrapunteada de la “sagrada selva”, ahora dada por “bosque ideal” que lo cotidiano, lo común y ordinario, y además, retoma un tema muy caro a su época de Azul. Específicamente el amor en su sentido puro y limpio, salvaje y amoroso, tierno y hondo, rememora, en fin, El año lírico.

Perla de ensueño y música amorosa
en la cúpula en flor del laurel verde;
Hipsipila sutil liba en la rosa,

y la boca del fauno el pezón muerde.

Continúa esta estrofa describiendo la voluptuosidad, el amor que se hace recíproca posesión sin mediación, únicamente los cuerpos, y la naturaleza de fondo y de testigo, el ensueño y la música, la flor y la rosa y ese fauno que muerde el pezón, es decir, la leche y la sal, la vida que despierta y se derrama. Referencias evidentes del mundo clásico que tanto conoció el poeta, que tanto utilizó y que tanto pervive.

Allí va el dios en celo tras la hembra,
y la caña de Pan se alza del lodo;
la eterna vida sus semillas siembra,

y brota la armonía del gran todo.

 “La caña de pan se alza del lodo”, inigualable manera de repetir la expresión bíblica: “Polvo somos”. Ese lodo que es aliento proviene del amor que es la continuidad, o mejor, su prolongación “la eterna semilla” que “brota y crea armonía”, es decir, al mundo, al hombre “al todo”. De ahí que esta estrofa, en el transcurrir del poema, se constituya en síntesis, reunión de metafísicas inquietudes que atraviesan la carne del poeta, y su visión misma.

El alma que entra allí debe ir desnuda
temblando de deseo y fiebre santa,
sobre cardo heridor y espina aguda:

así sueña, así vibra y así canta.

 Llama interior, temblor total que se integra a la fuente más pura de donde proviene esa estatua que era carne viva, que el poeta en su concreticidad de existencia, entre el debate de la vida misma procura la armonía del todo, de ese Todo donde la desnudez es condición indispensable, pero desnudez no del cuerpo, sino de la vida interior, de esa que permanece por encima del polvo y de la nada de la carne, “sueña, vibra, canta”, razón y ejercicio de su existir.

Vida, luz y verdad, tal triple llama
produce la interior llama infinita.
El arte puro como Cristo exclama:

¡Ego sum lux et verita et vita!

 La triple llama, como decir, la perfecta alianza. El poeta, sin recurrir a ningún acto de insinceridad, compara o asocia el arte con Cristo, la siempre idea del poeta-dios, desde luego, y esto lo sintió Darío en carne propia: el poeta es un visionario, alcanza visiones, llega a tocar misterios, le he dado por el mismo dios, o dioses, la condición de visionario, y esto lo testimonia grandes poetas: Blake, Holderlín, Víctor Hugo, Milton, Kilke, Machado, Vicente Huidobro, quien dijo de Darío:

Honremos el genio y demos gracias al maestro de las nuevas generaciones. Al que tiene en su poesía todas las tonalidades posibles, desde el gorjeo divino del ruiseñor hasta el rugido del león feroz, al que rompió las cadenas de la retórica, los férreos grillos de la métrica fija, al que nos enseñó a volar libremente.[6]

Darío siempre gravitando, extendiéndose en él y en los otros, a través de las generaciones, de los hombres, los poetas. Como testimonio uno de los grandes poetas de la lengua, Juan Ramón Jiménez: ¡Tanto Rubén Darío en mí; tan vivo siempre, tan igual y tan distinto; siempre tan nuevo![7]

Y la vida es misterio, la luz ciega
y la verdad inaccesible asombra;
la adusta perfección jamás se entrega,

y el secreto ideal duerme en la sombra.

Pero Darío, que escribe este poema, cuando había experimentado las más hondas experiencias humanas como hombre y como poeta, como dice César Fernández Moreno:

En el momento triunfal del modernismo, Rubén Darío, que todo lo dijo y todo lo adivinó, escribía en el poema inicial de Cantos de vida y esperanza (1905) este resumen de la nueva realidad.[8]

Quien todo lo vio y sintió y adivinó, conviene en esta declaración de fe poética en que aún el arte, la creación más pura después de la divina, es incapaz de dar todas las verdades, de desvelar los misterios y además que obra acabada, perfecta solo la alcanza Dios. Misterios e imposibilidades, conjunción que se persisten desde la primera raíz humana.

Por eso ser sincero es ser potente;
de desnuda que está, brilla la estrella;
el agua dice el alma de la fuente

en la voz de cristal que fluye d, ella.

 El poeta en estos inigualables cuatro endecasílabos; donde pone en práctica uno de sus virtuosismo formal, hace la contracción “d,ella” y no “de ella”, lo que le permitió hacer el endecasílabo sin cacofonía y sin rudeza, reúne el sentido primario del poema: la develación de su vida y obra a través de un sincero discurrir temporal y circunstancial. En el primer verso, no solo se encuentra la reveladora fuerza del poeta “Por eso ser sincero es ser potente”, sino que se convierte en una máxima para ser aplicable a todos los hombres y a toda actividad que se realiza en la tierra.

Tal fue mi intento, hacer del alma pura
mía, una estrella, una fuente sonora,
con el horror de la literatura

y loco de crepúsculo y de aurora.

El ejercicio poético de Darío constituyó una forma de ser sobre el mundo, un modo de acercarse a lo más puro y noble, y como el arte, de toda la actividad humana, es la que más proporciona ese anhelo, ese deseo; hubo en él, por encima de todo ese deseo de ser puro como la estrella, como la lluvia, como la naturaleza entera. Palpitaba siempre en él ese constante: la de ser limpio y transparente, aunque partiera del lodo, de lo común, de la literatura misma, en sentido de palabras y nada más, como bien señala Pedro Henríquez Ureña:

La forma solo debe interesar cuando está hecha para decir alguna belleza: armonía del pensamiento, música del sentir, creación de la fantasía, “todo lo demás es literatura”.[9]

Darío siempre estuvo, como confiesa y testimonia sus poemas, por encima de la palabra, de la palabra a sola.

Del crepúsculo azul que da la pauta
que los celestes éxtasis inspirar,
bruma y tono menor -¡toda la flauta!

y Aurora, hija del sol -¡toda la lira!

“Del crepúsculo azul que da la pauta”, vuelve Darío a referirse a su libro Azul, inicio, no de su vida poética, pero sí de su obra de madurez, la que quedará mientras exista un hombre en la tierra, después, la flauta y toda la lira, es decir, sus grandes cantos. Y esto acontece porque el poeta en esta confesión ya comienza a referirse, a reunirse en las dos últimas estrofas, y va cerrando el poema, y va completando la imagen, la totalidad del canto.

Pasó una piedra que lanzó una honda:
pasó una flecha que aguzó un violento.
La piedra de la honra fue a la onda,

y la flecha del odio fuese al viento.

Reciprocidades. En estos versos que se suceden en círculo, en remolino formal, Darío sintetiza su actitud ante el otro, los otros, el mundo. Sereno, seguro, sin manchas, puro de hechos e intenciones, al final, y como fue en el transcurrir; firme y sin miedo a lo que viene que ya se vislumbró. Lo que va vuelve; y espera frutos quien bien sembró.

La virtud está en ser tranquilo y fuerte;
con el fuego interior todo se abrasa;
se triunfa del rencor y de la muerte,

y hacia Belén… ¡la caravana pasa!

En esta estrofa final del poema se concilia el pulso y el vuelo, la raíz y la flor, lo fugaz y eterno. Darío, el hombre el hombre poeta, y como tal transitorio en constitución humana, se reconcentrase en su interior, en su propio fuego, con humildad; y deja el tiempo, solo al tiempo el destino de él y de su obra. Y el destino es justo porque su obra es justa.

 

[1] Pedro Salinas, La poesía de Rubén Darío, Buenos Aires, Editorial Losada, 1948, p. 15.

[2] Gerardo Diego, “Notas sobre Darío”, Cuadernos Hispanoamericanos, Nos. 212-213, agosto-septiembre 1967, p. 263.

[3] P. Salinas, La poesía…, p. 218.

[4] P. Salinas, La poesía…, p. 28.

[5] G. Diego, “Notas sobre Darío”, p. 254.

[6] Vicente Huidobro, Obras completas, tomo I, Chile, Editorial Andrés Bello, 1976, p. 858.

[7] Juan Ramón Jiménez, Libros de poesía, Madrid, Editorial Aguilar, 1959, P. XXVIII.

[8] César Fernández Moreno, América Latina en su literatura, séptima edición, México, Siglo XXI Editores, 1980, p. 84.

[9]Pedro Henríquez Ureña: Ensayos, Santo Domingo, Editora Taller, 1976, p. 74.