El mejor refugio

El pasado viernes, 13 de noviembre, conmemoramos el Día de las Librerías. Por azares de la vida lo celebré en una Lima nublada y fría. Nada más atrayente que una librería para refugiarnos del frío desapacible o del inmenso calor. La librería El virrey se esconde en las traseras de la elegante Plaza de Armas limeña: dos pisos, un piano, y paredes cubiertas de libros esperándonos.

Sin duda, cuando estamos de viaje, las librerías están cargadas de riesgos. Al precio de los libros se suma que, fuera del espacio familiar de nuestra librería habitual, siempre nos topamos con propuestas nuevas; a esto tenemos que añadir algo tan prosaico como el peso, no el tan llevado y traído peso del saber, sino ese otro peso de las leyes de la física. El problema es que, a los lectores, los libros no nos pesan.

Felizmente cargada con los «Comentarios reales» del Inca Garcilaso de la Vega y con un antiguo diccionario quechua/español (los diccionarios me persiguen) llegué a mi hotel. Se me heló el corazón con las noticias de lo que estaba sucediendo en París, de donde hemos recibido tantos libros. En la librería parisina Shakespeare and Co. se refugiaron algunos clientes durante la fatídica noche.

A mí, que soy buena conversadora por naturaleza y que me apasionan las palabras, me afectan especialmente los acontecimientos que me dejan sin ellas. El estupor inicial me impidió hojear la crónica del Inca, pero tengo el convencimiento de que de esta sinrazón solo nos pueden salvar los libros y las palabras.

© 2015, María José Rincón.

Cuestión de matices

La vida nos pone por delante muchas oportunidades para emplear determinadas palabras. Seguro que algún que otro lector ha tenido que echar mano de los sustantivos eficiencia y eficacia, y de sus correspondientes adjetivos, eficiente y eficaz. Lamentablemente es muy probable que con frecuencia similar, o aun mayor, hayan recurrido a sus antónimos ineficiencia, ineficacia, ineficiente o ineficaz. Aunque sus significados son cercanos, ciertos matices los diferencian y es de buenos hablantes preocuparse por usarlos apropiadamente.

La eficiencia se refiere a la capacidad de encontrar los medios que permitan lograr un objetivo. Cuando nos referimos a una persona que demuestra eficiencia, que prueba tener esta capacidad, hablamos de una persona eficiente. Generalmente relacionamos la eficiencia de una persona con un desempeño satisfactorio de su trabajo. Elegimos el sustantivo eficiencia cuando queremos poner el acento en los medios tanto como en el objetivo.

En cambio, nos decantamos por el sustantivo eficacia cuando nos enfocamos en la capacidad de lograr el objetivo por encima de los medios usados para hacerlo. La eficacia puede ser cosa de personas o de cosas por eso el adjetivo eficaz se usa referido a ambas. Las cosas eficaces producen los efectos para los que están destinadas y las personas eficaces logran los objetivos que se proponen.

Dos familias de palabras muy cercanas por sus orígenes latinos, que las hacen parecerse mucho. Los sutiles matices de sus significados le ponen la sal a la lengua y nos ayudan a expresar exactamente lo que queremos y a entender exactamente lo que nos dicen, siempre que sepamos servirnos de ellos.

© 2015, Maria José Rincón.

Apariencias engañosas

En aquellos tiempos en los que yo frecuentaba las aulas había un concepto que siempre se me atragantaba: la homonimia. Cómo serán las cosas que, con mi dedicación a los diccionarios, me he tenido que enfrentar con ella día sí, día también.

Dos palabras distintas, con un origen distinto, que se escriben y se pronuncian igual pero que tienen significados diferentes. Traigo esto a colación porque una consulta muy frecuente en la Academia está relacionada con la homonimia. Hace unos años le dediqué una de estas “Eñes” al verbo empoderar, que sigue desatando pasiones. Hay quienes lo utilizan como si no existiera otro verbo en nuestra lengua; pero hay también quienes lo descalifican. Y no les falta algo de razón.

En realidad hay dos verbos empoderar, dos homónimos. El primer empoderar es un derivado de poder, con el significado de ‘apoderar’; es antiguo en español aunque ha ido perdiendo vigencia de uso y así lo registra el DRAE. El segundo empoderar es, sin embargo, un calco del inglés empower y el diccionario académico lo define como ‘hacer poderoso o fuerte a un grupo social desfavorecido’. Al contrario que su homónimo, gana cada día más presencia.

El reconocimiento de esta generalización en el favor de los hablantes lo podemos comprobar comparando las dos últimas ediciones del Diccionario de la lengua española. En la vigesimosegunda edición solo aparecía nuestro patrimonial empoderar. En la vigesimotercera ya están los dos, marcados por un superíndice que hace notar su condición de homónimos.

Parecen la misma palabra, pero no lo son. No tienen el mismo significado ni la misma etimología. En apariencia son el mismo verbo, pero su parecido se limita a la escritura y la pronunciación. Recuerden que, muchas veces, las apariencias engañan.

 © 2015, María José Rincón.

 

Pequeñas y dobles

Dice el refrán que no hay dos sin tres. En el caso de los signos ortográficos dobles no hay uno sin dos: paréntesis, corchetes, signos de interrogación y exclamación y comillas.

En la lengua hasta los signos ortográficos tienen historia. A pesar de su pequeñez las comillas se remontan a la antigua costumbre de marcar en el margen de la página una parte de un escrito que se consideraba relevante. Para esta tarea se recurría a un signo ortográfico doble denominado diple (< >).

La diple doble (« ») empezó así a enmarcar las citas de palabras o textos de otro autor cuando se reproducían con exactitud y fidelidad: «¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mismos!», dijo el Lazarillo de Tormes. A estas comillas angulares las llamamos latinas o españolas. El primer par son las comillas de apertura y el segundo las comillas de cierre.

La recomendación ortográfica es que prefiramos las comillas españolas para los textos impresos. Pero en español existen además las comillas inglesas (“ ”) y las simples (‘ ’). No crean que es cuestión de capricho. Estas variantes tienen su propia función. Están reservadas para entrecomillar una parte de un texto que ya está entrecomillado: «Siempre repetían el mismo refrán: “Mientras el hacha va y vienes, descansa el palo”».

Pequeñas y todo tienen también sus exigencias ortográficas. Debemos escribirlas pegaditas de la primera y la última palabra del texto que enmarcan, y separadas de las palabras que las preceden y las siguen. Solo así señalan su camino y cumplen con su función.

Recuerden: las comillas son signos ortográficos dobles. Pongamos atención en que no se queden cojas. Cuando una comilla se abre siempre hay otra que se cierra.

© 2015, María José Rincón.

 

Apercollada – complejizar – culebrear

APERCOLLADA

“Este gravísimo problema evidencia el fracaso de la actualización del modelo económico en la agricultura APERCOLLADA”.

Para las personas que se divierten con las lecturas de artículos redactados en dialectos ajenos, encontrar voces de este género es una aventura entretenida. Claro, para los que procuran entenderlo todo de inmediato y fácilmente, este tipo de encuentro constituye un estorbo.

Se hará una exposición detallada de lo que se ha encontrado en relación con esta voz en los diccionarios de americanismos. Al final se verá si el empleo del vocablo es justo; además, se verán las acepciones en los diferentes países hispanoamericanos.

En casos de palabras como la del título hay que recurrir directamente a los diccionarios de americanismos. La primera mención que se encuentra consta en el Diccionario de regionalismos de la lengua española (1998). Las dos acepciones asentadas corresponden a Colombia y Ecuador. En el primer país es ‘besuquearse, pegarse el lote’. En el segundo es ‘exigir algo de modo insistente y violento’. Por el contexto en que se ha encontrado el adjetivo citado no tiene cabida en el texto copiado con ninguna de esas significaciones. ¿Quién adivina?

En Guatemala el verbo apercollarse en funciones transitivas es cogerse, robarse algo. De este modo aparece en el Diccionario de la expresión popular guatemalteca (1971). El Diccionario de voces usadas en Guatemala (1982) consigna “apercollados” ‘quienes están en grandes caricias y besos’. Con estas definiciones la voz apercollada del texto citado cae fuera de sitio.

En el año 2007, en Nicaragua se publicó el Diccionario del español de Nicaragua que recoge el verbo y atribuye su origen al latín per collum, por el cuello. En tanto verbo transitivo le asigna el significado de ‘abrazar fuertemente [a alguien]’. Nueva vez puede expresarse que este valor no le confiere sentido directo a la oración transcrita.

Hay que esperar hasta el año 2010 para encontrar en el Diccionario de americanismos de la Asociación de Academias una acepción, entre otras, que permite inferir que se ha hecho un ensanchamiento para ajustarlo al caso de la cita. ‘Apretar una persona el cuello a alguien en una pelea’. El Diccionario de mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua (2010) trae una acepción que se aviene mejor a lo que deseó expresar la redactora del escrito: ‘someter a alguien impidiéndole ser libre, independiente o próspero’.

Se escribió inferir porque debe interpretarse que la agricultura, en el caso de la cita, está apretada por el cuello, no se le permite ser libre, independiente. Definido de este modo el verbo del título se asemeja a “acogotar”, que desciende de cogote.

Pudo ser más fácil escribir que la agricultura estaba controlada, dominada, reprimida. No es menos cierto que escrito de ese modo directo quizás perdía el sabor del país de la articulista. No está mal que de vez en cuando se salpiquen algunas oraciones con una que otra voz del dialecto del país en que se escribe y publica. Mas ha de tenerse en cuenta que si se escribe para consumo internacional, es mejor llevarlo a un español que se presume conocido de las mayorías.

 

COMPLEJIZAR

“La actividad de comercio se COMPLEJIZÓ porque Acopio ya no es el único distribuidor y comercializador. . .”

Algunos hablantes dirían que si este verbo no ha obtenido su carta de naturaleza en la lengua española es porque hay lentitud en reconocer la legitimidad de su nacimiento. Este verbo es fruto de la necesidad de expresión. Obedece su incursión en el español escrito a un acortamiento o economía en el esfuerzo expresivo, que es una “ley” de la expresión oral de las lenguas.

Se ha notado que este verbo nuevo se suscita más en la lengua escrita que en la oral. De esto se deduce que es más bien un instrumento de la formulación culta de la lengua.

La tendencia que tiene el verbo a adquirir reconocimiento oficial en la lengua será estudiada en esta sección. Se examinarán las acepciones que le asignan dos diccionarios reconocidos por su seriedad investigativa y, la propensión que se observa en el español empujada por la existencia de un verbo semejante en lenguas extranjeras.

El Diccionario del español actual (1999) recoge el verbo complejizar y complejizarse. La acepción que allí consta es, ‘hacer(se) complejo o más complejo’. Con la lectura de la acepción se percata quien lo hace de la sencillez del verbo.

De manera parecida a la anterior anota el Diccionario integral del español de Argentina (2008) lo correspondiente al verbo complejizar en tanto transitivo, al enunciarlo, ‘aumentar la complejidad de una cosa’. En ambos casos la redacción es sencilla y clara.

En inglés el verbo correspondiente en esa lengua existe desde el año 1658, de acuerdo con lo que escribe el diccionario Merriam-Webster y la noción consignada es muy parecida a la ofrecida en español.

El verbo complexifier en francés hizo su aparición en fecha más reciente, aparece documentado en 1951 en el diccionario Petit Robert de 1993 con una acepción que no difiere de las anteriores, ‘hacer complejo’. En esa lengua se acepta que deriva de la palabra que en español corresponde a complejo.

Se considera probable que en la próxima edición del diccionario de la Asociación de las Academias de la Lengua Española se incluya la bendición de este verbo.

 

CULEBREAR

“. . .hay muchos intermediarios y comerciantes CULEBREANDO sin estar declarados ni pagar impuestos. . .”

Este verbo del título posee varias acepciones en el español americano. La República Dominicana y Puerto Rico comparten una significación que es muy peculiar a las dos sociedades. Existe otra acepción que puede afirmarse que comparten los dos grupos de hispanohablantes, solo que hay una tenue diferencia en las redacciones. Aquí se evaluarán los significados semejantes en esas dos sociedades.

En el año 1998, el Nuevo diccionario de americanismos e indigenismos, de M. Morínigo, consideraba que el verbo del título era intransitivo y que era conocido en Las Antillas. La significación antigua era, ‘eludir o huir la dificultad’. En lo concerniente a República Dominicana esa obra consignó, ‘hacer acciones oscuras y poco honestas’.

Ya en el año 2010 el verbo culebrear continuaba con su designación de intransitivo, pero adquirió la característica de poder ser utilizado pronominalmente. El Diccionario de americanismos de la Asociación de Academias de la Lengua incluyó tres países centroamericanos en los cuales el verbo sirve de equivalente de, ‘adular y mantener una conducta servil ante alguien’. En México se usa el verbo para ‘arrepentirse de un compromiso, después de haber dicho que sí’. En Puerto rico emplean el verbo para ‘quedarse alguien indeciso por conveniencia’. También allí es ‘engañar una persona a alguien solapadamente’.

En la República Dominicana y en Puerto Rico sirve el verbo para ‘eludir alguien una dificultad o responsabilidad con subterfugios’. Los cambios que se notan en cuanto a las acepciones no son sencillamente de redacción en lo que concierne al concepto expresado para la República Dominicana.

El Tesoro lexicográfico del español de Puerto Rico (2005) colocó una acepción para el verbo culebrear que, para quien estas notas redacta, se parece mucho al empleo que del verbo se hace en República Dominicana. Esa obra de la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española recoge esta acepción: ‘quedarse indeciso por conveniencia’ que la tomó del Diccionario de voces coloquiales de Puerto Rico (1984), de Gabriel V. Maura.

En República Dominicana el verbo ha procreado otras voces relacionadas con la acción principal de este. El culebreo corresponde a la ‘elusión o evasión de una dificultad o responsabilidad’. Se presume que la persona que sabe oponer pretextos o recursos para evitar situaciones difíciles es una persona astuta por su habilidad e ingenio. De estas características es el culebro que es el nombre que recibe la persona astuta, o es el adjetivo que lo tipifica. Este culebro se conoce también en Colombia donde es de poco uso; es más bien una voz dominicana.

El culebreo aparece recogido en el Diccionario del español dominicano (2013), con la definición que le corresponde: ‘elusión, evasión de una dificultad o responsabilidad’. El adjetivo culebrero se aplica a la persona ‘astuta, sagaz’, así lo caracteriza este diccionario.

Todo lo anterior adquiere sentido si se piensa que el dominicano sostiene que “culebra no se agarra/amarra en lazo”. Es un animal que no cae en ese tipo de trampa, pues los movimientos que caracterizan su modo de locomoción la salvan de este ardid. La sinuosidad o serpenteo de la culebra se aviene con el cambio de actitud del culebro.

Alabada sea el habla dominicana.

© 2015, Roberto E. Guzmán.

 

 

 

 

Una hache curiosa

La letra hache tiene la peculiaridad de ser la única letra de nuestro abecedario que no representa ningún sonido. Son muchos los que critican su mantenimiento. Si la finalidad última de las letras es la de representar los sonidos, ¿qué sentido tiene una letra muda? La etimología y la tradición ortográfica mandan.

La tradición tiene que ver con unas haches curiosas. Hubo un tiempo en que las letras u y v podían usarse indistintamente para representar el sonido vocálico /u/ y el sonido consonántico /b/. Esta vacilación provocaba dudas a la hora de leer algunas palabras, como las que tienen sílabas que empiezan con los diptongos /ua/, /ue/ y /ui/. Para evitar la confusión e indicar que esa u se leía como una vocal /u/ y no como una consonante /b/ se impuso la costumbre de añadirle una hache: se escribió hueco, con hache, para señalar que se pronunciaba /uéco/ y no /béco/.

Con el tiempo la vacilación desapareció pero la tradición mantuvo esta hache que les da un aspecto peculiar a algunas familias de palabras. Ya sabemos de dónde viene la hache de hueco, que no estaba en su étimo latino occare; en oquedad, un miembro de esta familia, la hache brilla por su ausencia porque no hay diptongo. Así sucede con el sustantivo huérfano, del latín orphanus; el diptongo exige la presencia de la hache que, sin embargo, no aparece en su derivado orfandad. La misma hache aparece en huevo, del latín ovum, y desaparece en oval.

Comparen los casos anteriores con el de huésped. Su origen es el latino hospes; su hache es etimológica y la comparte con hospitalidad, hospedar, hospedería, hospedaje. Los casos de hache tradicional son la excepción que confirma la regla de que las familias de palabras pueden ayudarnos con la ortografía.

© 2015, María José Rincón.

 

 

Un académico más

La Academia Dominicana de la Lengua se fundó en Santo Domingo, República Dominicana, el 12 de octubre de 1927. Ayer cumplimos ochenta y ocho años. Conmemoramos nuestro octogésimo octavo aniversario (por reivindicar nuestros ordinales, tan poco y tan mal usados). Y este año lo vamos a celebrar leyendo, y leyendo nada más y nada menos que La vida de Lazarillo de Tormes, y de su fortuna y adversidades.

Digna celebración para una corporación académica que tiene como misión fomentar el estudio y el buen uso de la lengua española. Y nada fomenta más el buen uso de la lengua que la lectura, especialmente si es la de nuestros clásicos. El autor del Lazarillo, quien prefirió mantener el anonimato, hizo gala de su genio y lo puso al servicio de la crítica social. Con él nos legó una obra extraordinaria que se convirtió en la semilla del género picaresco.

En la Academia Dominicana de la Lengua estamos releyendo a los clásicos de nuestra literatura desde enero. Nos estamos acercando a sus páginas con avidez y respeto. Los azares de la cronología han querido que el pícaro más malaventurado de nuestra literatura sea el anfitrión de nuestro aniversario. Quizás, allá por 1927, no habríamos contado con el beneplácito de nuestro primer director, Monseñor Nouel, puesto que los clérigos no salen muy bien parados en la novela, que llegó a estar prohibida por la Inquisición. Sin ninguna duda lo habrían disfrutado otro académico fundador, Manuel Patín Maceo, quien ocupó el sillón E, y su sucesor en este sillón, el insigne Mariano Lebrón Saviñón, nuestro director durante dieciocho años.

Me atrevo a asegurar que un crítico literario como nuestro actual director, Bruno Rosario Candelier, saluda a Lazarillo como anfitrión. Un tiguerito curtido en mil y una andanzas, las más de ellas desventuradas, que escribe una relación de su vida y adversidades para ser recompensado “no con dineros, mas con que vean y lean sus obras y, si hay de qué, se las alaben”. Lazarillo, desde luego, en esto, podría haber sido un académico más.

© 2015, María José Rincón.

 

 

De vuelta al lápiz

Busque un lápiz de carbón. Revise si está bien afilado. Como lleva demasiado tiempo arrumbado en una gaveta, lo encontrará con la punta roma. Busque y rebusque a ver si encuentra por algún lado un sacapuntas. A mí me gustan los metálicos, pero vale cualquiera que aparezca. Pruebe a ver si recuerda aquella sensación de introducir el lápiz, girarlo y ver salir una viruta reluciente que, si lo hace bien, será continua y festoneada del color del vestido del lápiz.

Listo. Ahora pruebe a escribir una frase en letra cursiva sobre una hoja de papel en blanco. Si todavía recuerda cómo se hace, verá surgir, como por arte de magia, un trazo continuo en el que, a poco que nos acerquemos, podemos apreciar el brillo y la textura del grafito. La lentitud del trazo a mano lo obligará a pensar lo que va a escribir; le recordará que, si no presta atención y se equivoca, se verá obligado a buscar una goma de borrar y a rehacer lo escrito. Estará obligando a su cerebro a trabajar con intensidad, a concentrarse; pondrá en marcha tres capacidades cerebrales: la motora, la visual y la cognitiva.

Cuando deje el lápiz sobre la mesa, el teclado le seguirá siendo imprescindible, pero no olvide, sobre todo si es responsable de educar a un niño, que el lápiz (o el bolígrafo, o la pluma) y la escritura a mano desarrollan nuestra capacidad de análisis, de redacción, de memoria y de comprensión lectora. Y tal y como están las cosas estas capacidades nos son más necesarias cada día.

© 2015, María José Rincón.

 

 

El perejil de todas las salsas

Hablábamos la semana pasada de signos ortográficos humildes; los hay humildes sí, pero que nos aparecen hasta en la sopa. Ese es el caso del apóstrofo, que no apóstrofe, que es otra cosa muy distinta.

Un apóstrofe es algo así como una pela de lengua breve, si me lo permiten (según el DRAE, ‘dicho denigrativo que insulta y provoca’). El apóstrofo, en cambio, es un signo ortográfico que a veces, demasiadas, empleamos para reproducir por escrito las elisiones que se producen en la lengua coloquial: pa’l trabajo o el mucho más frecuente pa’l cara…

Siempre les escribo sobre lo que debe hacerse; hoy déjenme que les insista en lo que no se debe hacerse.

No debemos usarlo para indicar la supresión del final de una palabra cuando la palabra que le sigue no se ve afectada: nada de *pa’ mañana. Si lo que queremos es reflejar la pronunciación vulgar, y puesto que mañana no se altera, lo correcto es escribir pa mañana.

Olvídense del apóstrofo para abreviar los años. Nada de generación del ’60; basta con generación del 60. Y, ya que hablamos de años, no lo utilicen para expresar las décadas: *los convulsos 90’s (copiada del inglés, por cierto) se escribe los convulsos 90.

Y, sobre todo, evítenlo para pluralizar las siglas: *CD’s. Si queremos expresar el plural de una sigla marquémoslo con su artículo y dejemos la sigla invariable: los CD.

El apóstrofo es humilde; respetemos su condición y no queramos que sea como el arroz blanco o que se convierta en el perejil de todas las salsas.

© 2015, María José Rincón.

Cafeses – decursar – indocumentado

CAFESES

“. . .se encuentran tiendas, bancos y también pastelerías, CAFESES, hoteles y restaurantes”.

Todo hablante de buen español sabe a ciencia cierta que el plural de café es cafés. En esta sección se va a aprovechar la ocasión que ofrece el error del redactor itinerante para introducir la palabra cafese(s) con un significado propio del español dominicano. Todo parece indicar que ha perdido vigencia la voz cafese(s) en el habla de los dominicanos, pero se documentará el uso que tuvo con ese significado y un poco de historia de la voz.

Sesenta años atrás en República Dominicana, un café no era solo un establecimiento para expendio del “néctar negro de los dioses blancos”, sino también, un lugar de diversión con la venta y consumo allí de bebidas alcohólicas.

Este tipo de café descrito hasta este punto existió en otros países. En Francia tuvieron (y quizás tienen todavía) un café donde se baila: el «café danzante». Otro café en el que se hacían representaciones teatrales y se escuchaba música interpretada por personas presentes: café-concert. Algunos de estos sitios, sobre todo el último, se le conoció además con el nombre de cabaret.

Los cafese(s) dominicanos eran hermanos gemelos de los cabareses. Una de las características de estos sitios era que en ellos se traficaba con sexo, es decir, se podían contratar las prostitutas que frecuentaban el sitio. Los hombres en esa época después de una noche de bebentina podían decir “vamo pa´lo cafese” y eso equivalía a lo que más tarde se convirtió en “ir pa´villa”.

La invitación para ir a los cafeses podía en algunos casos cambiarse por su semejante, “coger pa´lo cabarese”, que indicaba hacia la misma dirección.

En los dos casos, del café y del cabaré, el plural anómalo lo formó el vulgo o simplemente lo adoptó el hablante porque estaba consciente de que mencionaba con esas voces lugares de baja reputación moral.

Dos observaciones finales. Una. Los dominicanos no creen necesario en casos como estos tener que pronunciar la ese /s/ final en el plural los porque se sobreentiende que es plural en esta posición. Además el artículo definido está seguido de cafese que es plural vulgar. La otra. Café y cabaré terminan en letra /e/ acentuada é, por lo tanto el plural de esas palabras se hace añadiendo la letra ese /s/, para formar cafés y cabarés. Esa es la tradición en el español predominante.

 

DECURSAR

“Una de las arterias más comerciales de la ciudad. . . En su DECURSAR se encuentran tiendas, bancos y también algunas pastelerías. . .”

El decurso más conocido es el que se refiere a tiempo. Es el transcurso del tiempo, la fase de declive de una enfermedad y un período de la luna. Resulta extraño que se encuentre en este entorno el verbo decursar.

Es muy probable que el periodista haya querido utilizar una palabra parecida a decurso, pero más corta, curso. Curso cabría aquí si se le da un estirón al significado que esta tiene en lo que se refiere a “recorrido, movimiento, circulación”.

Se ha expresado muy claramente que se aceptaría en último recurso la inclusión de este vocablo -curso-, haciendo gala de gran tolerancia, teniendo en cuenta que en casos específicos este término equivale a las tres palabras que se mencionaron y que podrían tener cabida con respecto de una arteria en tanto sinónima de calle, avenida, paseo.

A pesar de la extrañeza que se consignó antes con relación al encuentro de este vocablo en esta compañía, ha de hacerse notar aquí que no es la primera vez que este uso se detecta, o la utilización, como aquí, de decursar. Es muy probable que exista una razón que explique este desliz. Tal vez en algún dialecto se acepta este uso u otro parecido.

Lo que se ha propugnado en muchas ocasiones anteriores se repite de nuevo. La mejor forma de alcanzar la transmisión de un mensaje es utilizando un lenguaje recto, por medio de un español que se encuentre al alcance de todos los lectores. El recurso a palabras rebuscadas expone a quien eso hace a incurrir en errores y a complicar más la comprensión del escrito.

 

INDOCUMENTADO

“. . .se han promulgado leyes que permiten la expedición de licencias de conducir para INDOCUMENTADOS”.

Antes de entrar en la materia de estas observaciones, no puede dejarse pasar la ocasión para mencionar que la palabra que rige la preposición en la segunda proposición es “expedición” y que antes de ella está el verbo permitir. Todo esto empuja a adoptar una preposición acorde con ese sustantivo y el verbo mencionado. Conforme con lo que las costumbres de la lengua han impuesto en este caso no es indicado utilizar “para”, sino A. De acuerdo con lo expuesto, la frase sería así: “. . .que permiten la expedición de licencias de conducir a indocumentados”. “Para indocumentados” haría pensar que se trata de permisos de conducir especialmente diseñados para indocumentados.

Con mucha frecuencia en el español de los Estados Unidos de Norteamérica se emplea este adjetivo del título en funciones de sustantivo para aplicárselo a las personas que viven en ese país sin los permisos para ello. El vocablo sometido a estudio se ha traducido directamente del inglés undocumented sin cuestionar su validez.

La dificultad para usar esa voz en español con el propósito de llamar así a las personas que se mentaron antes estriba en que de acuerdo con lo que la corporación madrileña de la lengua entiende, indocumentado es quien no lleva consigo documentos que lo identifiquen. En los casos en que se refiere a una persona esta no tiene arraigo ni respetabilidad. En los dos casos puede desempeñar las funciones de sustantivo.

Con el adjetivo se califica a la persona ‘que no tiene prueba fehaciente o testimonio válido’. Por último, y más grave, este adjetivo se aplica a la persona ‘ignorante, inculta’.

Los únicos diccionarios que se ocupan de documentar el término “indocumentado” son dos diccionarios mexicanos, que actúan de ese modo afectados por la condición de muchos de sus nacionales del otro lado del Río Grande. El Diccionario de mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua asienta la palabra con la índole de sustantivo exclusivamente, ‘persona que emigra ilegalmente a Estados Unidos para trabajar y lograr mejores condiciones económicas’. Si se examina de cerca la definición se verá que limita su manto a los que emigran para trabajar y mejorar sus condiciones económicas. Es una definición acorde con el propósito de la emigración ilegal.

El Diccionario del español usual en México, del Colegio de México, recoge una acepción parecida a la anterior, ‘persona que emigra ilegalmente a Estados Unidos con el fin de trabajar y ganar dólares’.

En la actualidad en la República Dominicana se está produciendo un fenómeno parecido al mencionado antes con los inmigrantes haitianos que no poseen documentos y los descendientes de estos nacidos en territorio dominicano. A los últimos no se les ha proveído de documentos legales. Existe una distancia que separa los dos casos y que no viene al caso tratar en este escrito, pero en algunos casos los dos tipos de haitianos pueden considerarse indocumentados.

© 2015, Roberto E. Guzmán