Una arroba de palabras

¡Qué caprichosa es a veces la historia de las palabras! Nuestra imprescindible arroba, ciudadana del siglo XXI, nació hace ya unos cuantos siglos cuando ni siquiera la imprenta se había inventado. Echaban mano de ella los escribientes para abreviar ciertas preposiciones y conjunciones (ad, at), como usaban la ñ para abreviar la doble n latina, origen de nuestra querida letra eñe. Recuerden que la escritura era manuscrita y a pluma, de ave, no estilográfica. Todo lo que pudiera abreviarse era más que bienvenido. En español se usó además como símbolo para representar una unidad tradicional de medida de capacidad o de masa; hablamos así de una arroba de vino o de aceite o de un puerco de quince arrobas.
La @ ha sobrevivido y, con más vitalidad que nunca, ha brincado desde los escritorios de los amanuenses y desde los almacenes de los campesinos, con su regusto añejo, a nuestros imprescindibles correos electrónicos; del códice a la pantalla del ordenador. Es un caso precioso de adaptación de lo patrimonial a las nuevas necesidades de los hablantes.

No tan preciosa y, desde luego, incorrecta es la costumbre reciente de recurrir a ella para unificar formas masculinas y femeninas. Nosotros nos metimos en el problema, al duplicar innecesariamente los géneros. La lengua ya tenía una solución gramatical: el uso del género masculino para expresar a todos los miembros de una clase, sin distinción de sexos. Una arroba de palabras en busca de eco entre los hablantes.

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© 2010 María José Rincón

Pequeños grandes detalles

He encontrado a menudo personas a las que, como a mí, los errores ortográficos o gramaticales nos causan la sensación de verlos palpitar en el texto en que se encuentran. De la misma manera resuenan en nuestros oídos cuando se trata de la lengua hablada. Nos asusta que, de tanto oírlos o leerlos, nos lleguen a pasar desapercibidos.
Pero existen errores muy habituales que, por su sencillez, pueden ser corregidos sin demasiado esfuerzo por parte de los hablantes. Sólo se necesita voluntad de expresarse con corrección. No está de más refrescar lo que tal vez escuchamos en nuestros años escolares acerca del uso del artículo. Existen dos contextos de uso en los que frecuentemente cometemos errores: los países y los años.

Los nombres de países no van determinados por el artículo por tratarse de nombres propios. Sin embargo, se recomienda su uso cuando se trata de nombres compuestos, como en el caso de la República Dominicana, los Estados Unidos o los Países Bajos. Es una regla de fácil aplicación que nos puede resultar muy socorrida, más aún cuando el nombre de nuestro país es un ejemplo de uso muy frecuente.

Lo contrario sucede cuando nos referimos a los años. No debemos usar el artículo. Hablaremos por tanto de que “la Nueva gramática de la lengua española fue publicada en 2009” y de que “2010 será el año en que verá la luz el Diccionario académico de americanismos”. Son pequeños grandes detalles que hacen la diferencia.

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Aportes dominicanos al Diccionario

Cuando nos referimos al diccionario, los hispanohablantes aludimos, casi por antonomasia, al Diccionario de la lengua española de la Real Academia. Desde su nacimiento en 1726 muchos han sido sus defensores y muchos, y más ruidosos a veces, sus críticos. Se le achaca sin empacho la falta de atención a los vocablos propios del español de América, olvidando que, entre los diccionarios clásicos occidentales, es el que antes y con mayor ahínco ha reconocido el léxico diferencial: el aporte americano al léxico del español.
Es evidente que la colaboración de las Academias americanas de la lengua española ha rendido sus frutos. La riqueza léxica, que representa uno de los principales activos de nuestra lengua, por lo que supone de variedad expresiva y cultural, significa también uno de los grandes retos para los que hacemos diccionarios.

La labor que ha venido desarrollando la Academia Dominicana de la Lengua se aprecia si comparamos las cifras de dominicanismos registrados en las últimas ediciones del diccionario académico. La edición de 1992 recogía 190 palabras marcadas como propias de la República Dominicana; en la edición de 2001, la más reciente, pasan a ser 286. Este significativo aumento de la presencia dominicana es un reflejo del esfuerzo de nuestra corporación académica. Mucho mayor será nuestra aportación al Diccionario Académico de Americanismos que nos promete para este año la Asociación de Academias de la Lengua Española. Pero eso es harina de otro costal o bacalao de otro tonel.

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La lengua en femenino

La lucha legítima y necesaria por alcanzar la igualdad de derechos y oportunidades para las mujeres ha tomado, en el caso de la crítica al lenguaje sexista, derroteros poco sostenibles. Como casi siempre, nuestra sociedad se preocupa por las apariencias y deja de lado lo realmente importante: el contenido. La preocupación por las formas agota nuestras energías y nos impide llegar al fondo. Discutimos acaloradamente sobre el género de algunos sustantivos, sobre el matiz despectivo de algunas palabras, y perdemos de vista que la lengua es un sistema que se ha conformado para expresar a los hablantes de una comunidad. El contenido de esa expresión es responsabilidad de cada uno de esos hablantes.
Como mujer y como lingüista lamento que invirtamos nuestro tiempo en decorar el tejado cuando los pilares son los que se tambalean, un ejemplo más de nuestras prioridades extraviadas. La lengua es el medio de expresión de una sociedad sexista, que expresa contenidos sexistas; pero el sexismo no está en la lengua, del mismo modo que la fiebre no está en la sábana. Cuando las mismas mujeres nos vanagloriamos de cómo nuestras parejas “nos ayudan mucho en casa” expresamos un contenido sexista, aunque lo hagamos en lengua de signos. Preocupémonos por desterrar el sexismo de nuestras actitudes y de nuestros contenidos; nuestra lengua sabrá adaptarse a ese cambio, como a muchos otros, y comunicará con sabiduría a esa nueva sociedad a la que aspiramos en la que todos (no todos y todas) nos sentiremos representados y expresados.

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Eñe – Voces del español

La corrección en el decir o en el escribir no se puede medir en términos absolutos. La expresión correcta debe adecuarse, en primer término, a las normas gramaticales. Nuestros tiempos no son muy propicios al sometimiento a reglas establecidas. No nos gusta que nos digan cómo tenemos que hacer las cosas. Oímos frecuentemente decir que, aunque no sea correcto, si se entiende, es mejor dejarlo así. Los que siguen esta máxima como hablantes o escribientes se resignan a un empleo bajo mínimos de una extraordinaria herramienta expresiva: la lengua española. Los que estamos sometidos como oyentes a esta teoría del mínimo esfuerzo lingüístico nos vemos obligados a convivir con un uso mediocre, cuando menos, de nuestro patrimonio expresivo.
El español, como instrumento de comunicación compartido, exige de sus hablantes una adecuación respetuosa a sus normas, comunes a millones de seres humanos. Normas que no se inventaron ayer. Normas que hemos recibido como herencia de siglos de todos los que, antes que nosotros, hablaron la misma lengua.

La creatividad, tan valorada siempre, es un componente importante de la expresividad pero deja de ser efectiva cuando se sustenta en una expresión incorrecta. En este año 2010, en que estrenamos nuestra Nueva Gramática de la Lengua Española, no estaría de más que los hispanohablantes tomáramos conciencia de la importancia que para la expresión y comunicación personal y colectiva supone un uso correcto de nuestro mayor valor cultural: la lengua materna.

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Eñe – Voces del español

Una de las características fundamentales de la lengua española es su amplia difusión geográfica. La complejidad de las múltiples variaciones geográficas de nuestra lengua no puede compararse con ninguna otra lengua moderna occidental. Para los hablantes, la diferenciación de la lengua en los distintos países se hace evidente fundamentalmente en la pronunciación y en el vocabulario.
Un grupo muy interesante de americanismos lo componen las palabras que tienen como rasgo básico la de ser originarias del continente americano. Nacieron en América y se insertaron en nuestra lengua para nombrar realidades hasta ese momento desconocidas. Usaron nuestra lengua para difundirse en otras lenguas como el francés o el inglés.

La primera palabra americana que se incluye en español es canoa. Es sorprendente comprobar que ya aparece en el que se considera como uno de los primeros diccionarios dedicados al español. Elio Antonio de Nebrija la registra entre las primeras 18,000 palabras españolas de su Diccionario español-latino, ya en 1495. Sólo habían pasado tres años desde ese primer contacto entre las lenguas indígenas americanas y el español. Desde entonces el flujo de ida y vuelta no ha dejado de producir nuevas palabras, nuevas acepciones de palabras patrimoniales, de enriquecer el caudal léxico del que disponemos los hispanohablantes.

Ya no tendremos que esperar mucho para disfrutar del Diccionario Académico de Americanismos que nos ha propuesto la Asociación de Academias de la Lengua Española. En marzo de este año tendremos en las manos la inmensa riqueza del caudal léxico que América ha creado para el español.

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Eñe – Voces del español

¡Bienvenida!

Por fin tenemos en nuestras manos la Nueva Gramática de la Lengua Española. Su publicación es un gran acontecimiento para todos los hablantes de español. Acontecimiento muy esperado puesto que la anterior databa de 1931. Los años de espera nos han traído una obra panhispánica que recoge la norma lingüística común que rige a todos los hispanohablantes.

El tener como lengua materna una de las lenguas de mayor extensión geográfica y demográfica del mundo significa, además de un privilegio, una responsabilidad. La Nue-va Gramática debe reflejar toda su riqueza y ofrecer indicaciones normativas que sean válidas para millones de hablantes de español en todo el mundo.

Es una obra magna, la más extensa y pormenorizada de todas las gramáticas académicas; una obra que impresiona por su contenido y también por sus dimensiones, elaborada colectivamente por las 22 Academias de la Lengua Española en todo el mundo, también por nuestra Academia Dominicana de la Lengua. El texto está plagado de ejemplos reales de más de 2000 autores, entre los que se encuentran dominicanos como Pedro Henríquez Ureña, Federico Henríquez Gratereaux o Bruno Rosario Candelier.

No se echen atrás por lo apabullante de sus dos tomos y de sus 3885 páginas. La Asociación de Academias nos promete para este mismo año un Manual y una Gramática Básica. La oferta bibliográfica busca abarcar a investigadores, profesores, estudiantes y usuarios del español como primera o como segunda lengua. ¡Buena falta nos hace!

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© 2010 María José Rincón