Apariencias engañosas

En aquellos tiempos en los que yo frecuentaba las aulas había un concepto que siempre se me atragantaba: la homonimia. Cómo serán las cosas que, con mi dedicación a los diccionarios, me he tenido que enfrentar con ella día sí, día también.

Dos palabras distintas, con un origen distinto, que se escriben y se pronuncian igual pero que tienen significados diferentes. Traigo esto a colación porque una consulta muy frecuente en la Academia está relacionada con la homonimia. Hace unos años le dediqué una de estas “Eñes” al verbo empoderar, que sigue desatando pasiones. Hay quienes lo utilizan como si no existiera otro verbo en nuestra lengua; pero hay también quienes lo descalifican. Y no les falta algo de razón.

En realidad hay dos verbos empoderar, dos homónimos. El primer empoderar es un derivado de poder, con el significado de ‘apoderar’; es antiguo en español aunque ha ido perdiendo vigencia de uso y así lo registra el DRAE. El segundo empoderar es, sin embargo, un calco del inglés empower y el diccionario académico lo define como ‘hacer poderoso o fuerte a un grupo social desfavorecido’. Al contrario que su homónimo, gana cada día más presencia.

El reconocimiento de esta generalización en el favor de los hablantes lo podemos comprobar comparando las dos últimas ediciones del Diccionario de la lengua española. En la vigesimosegunda edición solo aparecía nuestro patrimonial empoderar. En la vigesimotercera ya están los dos, marcados por un superíndice que hace notar su condición de homónimos.

Parecen la misma palabra, pero no lo son. No tienen el mismo significado ni la misma etimología. En apariencia son el mismo verbo, pero su parecido se limita a la escritura y la pronunciación. Recuerden que, muchas veces, las apariencias engañan.

 © 2015, María José Rincón.

 

Pequeñas y dobles

Dice el refrán que no hay dos sin tres. En el caso de los signos ortográficos dobles no hay uno sin dos: paréntesis, corchetes, signos de interrogación y exclamación y comillas.

En la lengua hasta los signos ortográficos tienen historia. A pesar de su pequeñez las comillas se remontan a la antigua costumbre de marcar en el margen de la página una parte de un escrito que se consideraba relevante. Para esta tarea se recurría a un signo ortográfico doble denominado diple (< >).

La diple doble (« ») empezó así a enmarcar las citas de palabras o textos de otro autor cuando se reproducían con exactitud y fidelidad: «¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mismos!», dijo el Lazarillo de Tormes. A estas comillas angulares las llamamos latinas o españolas. El primer par son las comillas de apertura y el segundo las comillas de cierre.

La recomendación ortográfica es que prefiramos las comillas españolas para los textos impresos. Pero en español existen además las comillas inglesas (“ ”) y las simples (‘ ’). No crean que es cuestión de capricho. Estas variantes tienen su propia función. Están reservadas para entrecomillar una parte de un texto que ya está entrecomillado: «Siempre repetían el mismo refrán: “Mientras el hacha va y vienes, descansa el palo”».

Pequeñas y todo tienen también sus exigencias ortográficas. Debemos escribirlas pegaditas de la primera y la última palabra del texto que enmarcan, y separadas de las palabras que las preceden y las siguen. Solo así señalan su camino y cumplen con su función.

Recuerden: las comillas son signos ortográficos dobles. Pongamos atención en que no se queden cojas. Cuando una comilla se abre siempre hay otra que se cierra.

© 2015, María José Rincón.

 

Apercollada – complejizar – culebrear

APERCOLLADA

“Este gravísimo problema evidencia el fracaso de la actualización del modelo económico en la agricultura APERCOLLADA”.

Para las personas que se divierten con las lecturas de artículos redactados en dialectos ajenos, encontrar voces de este género es una aventura entretenida. Claro, para los que procuran entenderlo todo de inmediato y fácilmente, este tipo de encuentro constituye un estorbo.

Se hará una exposición detallada de lo que se ha encontrado en relación con esta voz en los diccionarios de americanismos. Al final se verá si el empleo del vocablo es justo; además, se verán las acepciones en los diferentes países hispanoamericanos.

En casos de palabras como la del título hay que recurrir directamente a los diccionarios de americanismos. La primera mención que se encuentra consta en el Diccionario de regionalismos de la lengua española (1998). Las dos acepciones asentadas corresponden a Colombia y Ecuador. En el primer país es ‘besuquearse, pegarse el lote’. En el segundo es ‘exigir algo de modo insistente y violento’. Por el contexto en que se ha encontrado el adjetivo citado no tiene cabida en el texto copiado con ninguna de esas significaciones. ¿Quién adivina?

En Guatemala el verbo apercollarse en funciones transitivas es cogerse, robarse algo. De este modo aparece en el Diccionario de la expresión popular guatemalteca (1971). El Diccionario de voces usadas en Guatemala (1982) consigna “apercollados” ‘quienes están en grandes caricias y besos’. Con estas definiciones la voz apercollada del texto citado cae fuera de sitio.

En el año 2007, en Nicaragua se publicó el Diccionario del español de Nicaragua que recoge el verbo y atribuye su origen al latín per collum, por el cuello. En tanto verbo transitivo le asigna el significado de ‘abrazar fuertemente [a alguien]’. Nueva vez puede expresarse que este valor no le confiere sentido directo a la oración transcrita.

Hay que esperar hasta el año 2010 para encontrar en el Diccionario de americanismos de la Asociación de Academias una acepción, entre otras, que permite inferir que se ha hecho un ensanchamiento para ajustarlo al caso de la cita. ‘Apretar una persona el cuello a alguien en una pelea’. El Diccionario de mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua (2010) trae una acepción que se aviene mejor a lo que deseó expresar la redactora del escrito: ‘someter a alguien impidiéndole ser libre, independiente o próspero’.

Se escribió inferir porque debe interpretarse que la agricultura, en el caso de la cita, está apretada por el cuello, no se le permite ser libre, independiente. Definido de este modo el verbo del título se asemeja a “acogotar”, que desciende de cogote.

Pudo ser más fácil escribir que la agricultura estaba controlada, dominada, reprimida. No es menos cierto que escrito de ese modo directo quizás perdía el sabor del país de la articulista. No está mal que de vez en cuando se salpiquen algunas oraciones con una que otra voz del dialecto del país en que se escribe y publica. Mas ha de tenerse en cuenta que si se escribe para consumo internacional, es mejor llevarlo a un español que se presume conocido de las mayorías.

 

COMPLEJIZAR

“La actividad de comercio se COMPLEJIZÓ porque Acopio ya no es el único distribuidor y comercializador. . .”

Algunos hablantes dirían que si este verbo no ha obtenido su carta de naturaleza en la lengua española es porque hay lentitud en reconocer la legitimidad de su nacimiento. Este verbo es fruto de la necesidad de expresión. Obedece su incursión en el español escrito a un acortamiento o economía en el esfuerzo expresivo, que es una “ley” de la expresión oral de las lenguas.

Se ha notado que este verbo nuevo se suscita más en la lengua escrita que en la oral. De esto se deduce que es más bien un instrumento de la formulación culta de la lengua.

La tendencia que tiene el verbo a adquirir reconocimiento oficial en la lengua será estudiada en esta sección. Se examinarán las acepciones que le asignan dos diccionarios reconocidos por su seriedad investigativa y, la propensión que se observa en el español empujada por la existencia de un verbo semejante en lenguas extranjeras.

El Diccionario del español actual (1999) recoge el verbo complejizar y complejizarse. La acepción que allí consta es, ‘hacer(se) complejo o más complejo’. Con la lectura de la acepción se percata quien lo hace de la sencillez del verbo.

De manera parecida a la anterior anota el Diccionario integral del español de Argentina (2008) lo correspondiente al verbo complejizar en tanto transitivo, al enunciarlo, ‘aumentar la complejidad de una cosa’. En ambos casos la redacción es sencilla y clara.

En inglés el verbo correspondiente en esa lengua existe desde el año 1658, de acuerdo con lo que escribe el diccionario Merriam-Webster y la noción consignada es muy parecida a la ofrecida en español.

El verbo complexifier en francés hizo su aparición en fecha más reciente, aparece documentado en 1951 en el diccionario Petit Robert de 1993 con una acepción que no difiere de las anteriores, ‘hacer complejo’. En esa lengua se acepta que deriva de la palabra que en español corresponde a complejo.

Se considera probable que en la próxima edición del diccionario de la Asociación de las Academias de la Lengua Española se incluya la bendición de este verbo.

 

CULEBREAR

“. . .hay muchos intermediarios y comerciantes CULEBREANDO sin estar declarados ni pagar impuestos. . .”

Este verbo del título posee varias acepciones en el español americano. La República Dominicana y Puerto Rico comparten una significación que es muy peculiar a las dos sociedades. Existe otra acepción que puede afirmarse que comparten los dos grupos de hispanohablantes, solo que hay una tenue diferencia en las redacciones. Aquí se evaluarán los significados semejantes en esas dos sociedades.

En el año 1998, el Nuevo diccionario de americanismos e indigenismos, de M. Morínigo, consideraba que el verbo del título era intransitivo y que era conocido en Las Antillas. La significación antigua era, ‘eludir o huir la dificultad’. En lo concerniente a República Dominicana esa obra consignó, ‘hacer acciones oscuras y poco honestas’.

Ya en el año 2010 el verbo culebrear continuaba con su designación de intransitivo, pero adquirió la característica de poder ser utilizado pronominalmente. El Diccionario de americanismos de la Asociación de Academias de la Lengua incluyó tres países centroamericanos en los cuales el verbo sirve de equivalente de, ‘adular y mantener una conducta servil ante alguien’. En México se usa el verbo para ‘arrepentirse de un compromiso, después de haber dicho que sí’. En Puerto rico emplean el verbo para ‘quedarse alguien indeciso por conveniencia’. También allí es ‘engañar una persona a alguien solapadamente’.

En la República Dominicana y en Puerto Rico sirve el verbo para ‘eludir alguien una dificultad o responsabilidad con subterfugios’. Los cambios que se notan en cuanto a las acepciones no son sencillamente de redacción en lo que concierne al concepto expresado para la República Dominicana.

El Tesoro lexicográfico del español de Puerto Rico (2005) colocó una acepción para el verbo culebrear que, para quien estas notas redacta, se parece mucho al empleo que del verbo se hace en República Dominicana. Esa obra de la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española recoge esta acepción: ‘quedarse indeciso por conveniencia’ que la tomó del Diccionario de voces coloquiales de Puerto Rico (1984), de Gabriel V. Maura.

En República Dominicana el verbo ha procreado otras voces relacionadas con la acción principal de este. El culebreo corresponde a la ‘elusión o evasión de una dificultad o responsabilidad’. Se presume que la persona que sabe oponer pretextos o recursos para evitar situaciones difíciles es una persona astuta por su habilidad e ingenio. De estas características es el culebro que es el nombre que recibe la persona astuta, o es el adjetivo que lo tipifica. Este culebro se conoce también en Colombia donde es de poco uso; es más bien una voz dominicana.

El culebreo aparece recogido en el Diccionario del español dominicano (2013), con la definición que le corresponde: ‘elusión, evasión de una dificultad o responsabilidad’. El adjetivo culebrero se aplica a la persona ‘astuta, sagaz’, así lo caracteriza este diccionario.

Todo lo anterior adquiere sentido si se piensa que el dominicano sostiene que “culebra no se agarra/amarra en lazo”. Es un animal que no cae en ese tipo de trampa, pues los movimientos que caracterizan su modo de locomoción la salvan de este ardid. La sinuosidad o serpenteo de la culebra se aviene con el cambio de actitud del culebro.

Alabada sea el habla dominicana.

© 2015, Roberto E. Guzmán.

 

 

 

 

Una hache curiosa

La letra hache tiene la peculiaridad de ser la única letra de nuestro abecedario que no representa ningún sonido. Son muchos los que critican su mantenimiento. Si la finalidad última de las letras es la de representar los sonidos, ¿qué sentido tiene una letra muda? La etimología y la tradición ortográfica mandan.

La tradición tiene que ver con unas haches curiosas. Hubo un tiempo en que las letras u y v podían usarse indistintamente para representar el sonido vocálico /u/ y el sonido consonántico /b/. Esta vacilación provocaba dudas a la hora de leer algunas palabras, como las que tienen sílabas que empiezan con los diptongos /ua/, /ue/ y /ui/. Para evitar la confusión e indicar que esa u se leía como una vocal /u/ y no como una consonante /b/ se impuso la costumbre de añadirle una hache: se escribió hueco, con hache, para señalar que se pronunciaba /uéco/ y no /béco/.

Con el tiempo la vacilación desapareció pero la tradición mantuvo esta hache que les da un aspecto peculiar a algunas familias de palabras. Ya sabemos de dónde viene la hache de hueco, que no estaba en su étimo latino occare; en oquedad, un miembro de esta familia, la hache brilla por su ausencia porque no hay diptongo. Así sucede con el sustantivo huérfano, del latín orphanus; el diptongo exige la presencia de la hache que, sin embargo, no aparece en su derivado orfandad. La misma hache aparece en huevo, del latín ovum, y desaparece en oval.

Comparen los casos anteriores con el de huésped. Su origen es el latino hospes; su hache es etimológica y la comparte con hospitalidad, hospedar, hospedería, hospedaje. Los casos de hache tradicional son la excepción que confirma la regla de que las familias de palabras pueden ayudarnos con la ortografía.

© 2015, María José Rincón.

 

 

Un académico más

La Academia Dominicana de la Lengua se fundó en Santo Domingo, República Dominicana, el 12 de octubre de 1927. Ayer cumplimos ochenta y ocho años. Conmemoramos nuestro octogésimo octavo aniversario (por reivindicar nuestros ordinales, tan poco y tan mal usados). Y este año lo vamos a celebrar leyendo, y leyendo nada más y nada menos que La vida de Lazarillo de Tormes, y de su fortuna y adversidades.

Digna celebración para una corporación académica que tiene como misión fomentar el estudio y el buen uso de la lengua española. Y nada fomenta más el buen uso de la lengua que la lectura, especialmente si es la de nuestros clásicos. El autor del Lazarillo, quien prefirió mantener el anonimato, hizo gala de su genio y lo puso al servicio de la crítica social. Con él nos legó una obra extraordinaria que se convirtió en la semilla del género picaresco.

En la Academia Dominicana de la Lengua estamos releyendo a los clásicos de nuestra literatura desde enero. Nos estamos acercando a sus páginas con avidez y respeto. Los azares de la cronología han querido que el pícaro más malaventurado de nuestra literatura sea el anfitrión de nuestro aniversario. Quizás, allá por 1927, no habríamos contado con el beneplácito de nuestro primer director, Monseñor Nouel, puesto que los clérigos no salen muy bien parados en la novela, que llegó a estar prohibida por la Inquisición. Sin ninguna duda lo habrían disfrutado otro académico fundador, Manuel Patín Maceo, quien ocupó el sillón E, y su sucesor en este sillón, el insigne Mariano Lebrón Saviñón, nuestro director durante dieciocho años.

Me atrevo a asegurar que un crítico literario como nuestro actual director, Bruno Rosario Candelier, saluda a Lazarillo como anfitrión. Un tiguerito curtido en mil y una andanzas, las más de ellas desventuradas, que escribe una relación de su vida y adversidades para ser recompensado “no con dineros, mas con que vean y lean sus obras y, si hay de qué, se las alaben”. Lazarillo, desde luego, en esto, podría haber sido un académico más.

© 2015, María José Rincón.

 

 

De vuelta al lápiz

Busque un lápiz de carbón. Revise si está bien afilado. Como lleva demasiado tiempo arrumbado en una gaveta, lo encontrará con la punta roma. Busque y rebusque a ver si encuentra por algún lado un sacapuntas. A mí me gustan los metálicos, pero vale cualquiera que aparezca. Pruebe a ver si recuerda aquella sensación de introducir el lápiz, girarlo y ver salir una viruta reluciente que, si lo hace bien, será continua y festoneada del color del vestido del lápiz.

Listo. Ahora pruebe a escribir una frase en letra cursiva sobre una hoja de papel en blanco. Si todavía recuerda cómo se hace, verá surgir, como por arte de magia, un trazo continuo en el que, a poco que nos acerquemos, podemos apreciar el brillo y la textura del grafito. La lentitud del trazo a mano lo obligará a pensar lo que va a escribir; le recordará que, si no presta atención y se equivoca, se verá obligado a buscar una goma de borrar y a rehacer lo escrito. Estará obligando a su cerebro a trabajar con intensidad, a concentrarse; pondrá en marcha tres capacidades cerebrales: la motora, la visual y la cognitiva.

Cuando deje el lápiz sobre la mesa, el teclado le seguirá siendo imprescindible, pero no olvide, sobre todo si es responsable de educar a un niño, que el lápiz (o el bolígrafo, o la pluma) y la escritura a mano desarrollan nuestra capacidad de análisis, de redacción, de memoria y de comprensión lectora. Y tal y como están las cosas estas capacidades nos son más necesarias cada día.

© 2015, María José Rincón.

 

 

El perejil de todas las salsas

Hablábamos la semana pasada de signos ortográficos humildes; los hay humildes sí, pero que nos aparecen hasta en la sopa. Ese es el caso del apóstrofo, que no apóstrofe, que es otra cosa muy distinta.

Un apóstrofe es algo así como una pela de lengua breve, si me lo permiten (según el DRAE, ‘dicho denigrativo que insulta y provoca’). El apóstrofo, en cambio, es un signo ortográfico que a veces, demasiadas, empleamos para reproducir por escrito las elisiones que se producen en la lengua coloquial: pa’l trabajo o el mucho más frecuente pa’l cara…

Siempre les escribo sobre lo que debe hacerse; hoy déjenme que les insista en lo que no se debe hacerse.

No debemos usarlo para indicar la supresión del final de una palabra cuando la palabra que le sigue no se ve afectada: nada de *pa’ mañana. Si lo que queremos es reflejar la pronunciación vulgar, y puesto que mañana no se altera, lo correcto es escribir pa mañana.

Olvídense del apóstrofo para abreviar los años. Nada de generación del ’60; basta con generación del 60. Y, ya que hablamos de años, no lo utilicen para expresar las décadas: *los convulsos 90’s (copiada del inglés, por cierto) se escribe los convulsos 90.

Y, sobre todo, evítenlo para pluralizar las siglas: *CD’s. Si queremos expresar el plural de una sigla marquémoslo con su artículo y dejemos la sigla invariable: los CD.

El apóstrofo es humilde; respetemos su condición y no queramos que sea como el arroz blanco o que se convierta en el perejil de todas las salsas.

© 2015, María José Rincón.

Cafeses – decursar – indocumentado

CAFESES

“. . .se encuentran tiendas, bancos y también pastelerías, CAFESES, hoteles y restaurantes”.

Todo hablante de buen español sabe a ciencia cierta que el plural de café es cafés. En esta sección se va a aprovechar la ocasión que ofrece el error del redactor itinerante para introducir la palabra cafese(s) con un significado propio del español dominicano. Todo parece indicar que ha perdido vigencia la voz cafese(s) en el habla de los dominicanos, pero se documentará el uso que tuvo con ese significado y un poco de historia de la voz.

Sesenta años atrás en República Dominicana, un café no era solo un establecimiento para expendio del “néctar negro de los dioses blancos”, sino también, un lugar de diversión con la venta y consumo allí de bebidas alcohólicas.

Este tipo de café descrito hasta este punto existió en otros países. En Francia tuvieron (y quizás tienen todavía) un café donde se baila: el “café danzante”. Otro café en el que se hacían representaciones teatrales y se escuchaba música interpretada por personas presentes: café-concert. Algunos de estos sitios, sobre todo el último, se le conoció además con el nombre de cabaret.

Los cafese(s) dominicanos eran hermanos gemelos de los cabareses. Una de las características de estos sitios era que en ellos se traficaba con sexo, es decir, se podían contratar las prostitutas que frecuentaban el sitio. Los hombres en esa época después de una noche de bebentina podían decir “vamo pa´lo cafese” y eso equivalía a lo que más tarde se convirtió en “ir pa´villa”.

La invitación para ir a los cafeses podía en algunos casos cambiarse por su semejante, “coger pa´lo cabarese”, que indicaba hacia la misma dirección.

En los dos casos, del café y del cabaré, el plural anómalo lo formó el vulgo o simplemente lo adoptó el hablante porque estaba consciente de que mencionaba con esas voces lugares de baja reputación moral.

Dos observaciones finales. Una. Los dominicanos no creen necesario en casos como estos tener que pronunciar la ese /s/ final en el plural los porque se sobreentiende que es plural en esta posición. Además el artículo definido está seguido de cafese que es plural vulgar. La otra. Café y cabaré terminan en letra /e/ acentuada é, por lo tanto el plural de esas palabras se hace añadiendo la letra ese /s/, para formar cafés y cabarés. Esa es la tradición en el español predominante.

 

DECURSAR

“Una de las arterias más comerciales de la ciudad. . . En su DECURSAR se encuentran tiendas, bancos y también algunas pastelerías. . .”

El decurso más conocido es el que se refiere a tiempo. Es el transcurso del tiempo, la fase de declive de una enfermedad y un período de la luna. Resulta extraño que se encuentre en este entorno el verbo decursar.

Es muy probable que el periodista haya querido utilizar una palabra parecida a decurso, pero más corta, curso. Curso cabría aquí si se le da un estirón al significado que esta tiene en lo que se refiere a “recorrido, movimiento, circulación”.

Se ha expresado muy claramente que se aceptaría en último recurso la inclusión de este vocablo -curso-, haciendo gala de gran tolerancia, teniendo en cuenta que en casos específicos este término equivale a las tres palabras que se mencionaron y que podrían tener cabida con respecto de una arteria en tanto sinónima de calle, avenida, paseo.

A pesar de la extrañeza que se consignó antes con relación al encuentro de este vocablo en esta compañía, ha de hacerse notar aquí que no es la primera vez que este uso se detecta, o la utilización, como aquí, de decursar. Es muy probable que exista una razón que explique este desliz. Tal vez en algún dialecto se acepta este uso u otro parecido.

Lo que se ha propugnado en muchas ocasiones anteriores se repite de nuevo. La mejor forma de alcanzar la transmisión de un mensaje es utilizando un lenguaje recto, por medio de un español que se encuentre al alcance de todos los lectores. El recurso a palabras rebuscadas expone a quien eso hace a incurrir en errores y a complicar más la comprensión del escrito.

 

INDOCUMENTADO

“. . .se han promulgado leyes que permiten la expedición de licencias de conducir para INDOCUMENTADOS”.

Antes de entrar en la materia de estas observaciones, no puede dejarse pasar la ocasión para mencionar que la palabra que rige la preposición en la segunda proposición es “expedición” y que antes de ella está el verbo permitir. Todo esto empuja a adoptar una preposición acorde con ese sustantivo y el verbo mencionado. Conforme con lo que las costumbres de la lengua han impuesto en este caso no es indicado utilizar “para”, sino A. De acuerdo con lo expuesto, la frase sería así: “. . .que permiten la expedición de licencias de conducir a indocumentados”. “Para indocumentados” haría pensar que se trata de permisos de conducir especialmente diseñados para indocumentados.

Con mucha frecuencia en el español de los Estados Unidos de Norteamérica se emplea este adjetivo del título en funciones de sustantivo para aplicárselo a las personas que viven en ese país sin los permisos para ello. El vocablo sometido a estudio se ha traducido directamente del inglés undocumented sin cuestionar su validez.

La dificultad para usar esa voz en español con el propósito de llamar así a las personas que se mentaron antes estriba en que de acuerdo con lo que la corporación madrileña de la lengua entiende, indocumentado es quien no lleva consigo documentos que lo identifiquen. En los casos en que se refiere a una persona esta no tiene arraigo ni respetabilidad. En los dos casos puede desempeñar las funciones de sustantivo.

Con el adjetivo se califica a la persona ‘que no tiene prueba fehaciente o testimonio válido’. Por último, y más grave, este adjetivo se aplica a la persona ‘ignorante, inculta’.

Los únicos diccionarios que se ocupan de documentar el término “indocumentado” son dos diccionarios mexicanos, que actúan de ese modo afectados por la condición de muchos de sus nacionales del otro lado del Río Grande. El Diccionario de mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua asienta la palabra con la índole de sustantivo exclusivamente, ‘persona que emigra ilegalmente a Estados Unidos para trabajar y lograr mejores condiciones económicas’. Si se examina de cerca la definición se verá que limita su manto a los que emigran para trabajar y mejorar sus condiciones económicas. Es una definición acorde con el propósito de la emigración ilegal.

El Diccionario del español usual en México, del Colegio de México, recoge una acepción parecida a la anterior, ‘persona que emigra ilegalmente a Estados Unidos con el fin de trabajar y ganar dólares’.

En la actualidad en la República Dominicana se está produciendo un fenómeno parecido al mencionado antes con los inmigrantes haitianos que no poseen documentos y los descendientes de estos nacidos en territorio dominicano. A los últimos no se les ha proveído de documentos legales. Existe una distancia que separa los dos casos y que no viene al caso tratar en este escrito, pero en algunos casos los dos tipos de haitianos pueden considerarse indocumentados.

© 2015, Roberto E. Guzmán

 

 

 

 

Bruno Rosario Candelier habla de su trayectoria con Guillermo Ricart

-Guillermo Ricart Calventi: La obra suya es vasta, profunda y extensa. Se habla hoy día de más de 50 libros publicados y eso me lleva necesariamente a una primera lectura que es la siguiente: ¿en qué medida esta obra de don Bruno se ha ido construyendo en función de un cierto plan premeditado, de un punto de partida hacia un destino?

-Bruno Rosario Candelier: Sin duda alguna todo escritor, desde su primera obra, perfila y anuncia la línea de su creación, porque en la obra uno da cuenta de un planteamiento que obedece a la expresión de la inteligencia y de la sensibilidad o de la visión del mundo, y yo creo que sí, que ha habido un plan, un proyecto que no ha sido nada improvisado. Cada obra es la ejecución de una etapa, de una vertiente de ese proyecto global.

-Guillermo: Visto así don Bruno, ¿cuál es el sentido que usted le da a la filología?

-BRC: La filología es clave en mi trayectoria literaria y desde joven sentí una especial estimación por la palabra. La filología es la disciplina que enseña a interpretar el sentido de los textos literarios. Para interpretar el sentido hay que sentir amor por la palabra. De hecho filología quiere decir “amor al lenguaje, amor a la palabra”, es decir, pasión por el buen decir. Recuerdo que siendo niño, una señora llega emocionada a mi casa y le dice a mi padre: “Juancito, si tú hubieras escuchado lo que yo escuché. El cura tiraba chispas de oro por su boca”. Yo, un imberbe de ocho o nueve años le dije a mi hermano: “¡Ah caramba!, qué pena que yo no estuviese ahí para recoger esas pepitas de oro”. Entonces no sabía que la expresión “chispa de oro” era una metáfora, que lo supe mucho tiempo después; pero eso refleja que ya yo tenía cierta inclinación por la palabra, por la valoración de la palabra. De hecho me dediqué al estudio de la palabra, al cultivo del lenguaje; vista la palabra como expresión natural, pero también como expresión estética del lenguaje, porque la filología es el estudio de la palabra desde el punto de vista del lenguaje y también desde el punto de vista de la creatividad, de la creación de poesía y ficción a la que yo le he puesto atención. En efecto, yo soy el primer dominicano en adquirir un doctorado en Filología hispánica, que cursé en la Universidad Complutense de Madrid.

-Guillermo: ¿Qué implica entonces que su primer libro, Lo popular y lo culto en la poesía dominicana, date de 1977?

-BRC: Esa obra fue mi tesis doctoral en la Universidad Complutense de Madrid. Esa tesis doctoral fue fruto de una circunstancia. En el año 1971 se celebró en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) un congreso de literatura que organizó el grupo de la Joven Poesía y sus organizadores me invitaron a que presentara una ponencia con ese tema y me preguntaron si yo estaba dispuesto a preparar una ponencia sobre “Lo popular y lo culto en la poesía dominicana”; desde luego, les dije que sí, y entonces desarrollé una tesis literaria. Hay tres autores dominicanos (Pedro Henríquez Ureña, Joaquín Balaguer y Bruno Rosario Candelier) que han desarrollado una tesis literaria (tesis en el sentido originario de la palabra, no en el sentido común de “hacer una tesis para la universidad”, sino en el sentido conceptual y filosófico de presentar un nuevo aporte sobre un fenómeno o un hecho con ideas intuitivas y originales. En Lo popular y lo culto en la poesía dominicana desarrollé la tesis de la multivocidad, y llamó la atención en 1971, aquí en Santo Domingo. A los dos o tres días viajo a España a cursar el doctorado en filología y yo, enamorado de esa idea (incluso me llevé mucho material poético para fundamentar ese tarea) que la concebí como mi futura tesis doctoral y efectivamente después de leer e investigar las obras sobre el tema y redactar unas 500 páginas me la aprobaron en la universidad, y a mi retorno al país la Universidad Católica Madre y Maestra (UCMM), donde reasumí la docencia literaria que había iniciado en 1969, la publicó en Barcelona en la colección de sus ediciones. La obra se publica en el 1977, pero fue escrita entre 1971 y 1973, cuando la presenté como tesis en la Universidad Complutense de Madrid.

-Guillermo: ¿Cuáles serían entonces los elementos y los ingredientes que lo conducen con ese encargo hacia otra etapa, incluso a elegir la filología?

-BRC: Mira, Guillermo, yo estudié humanidades en el seminario salesiano de Jarabacoa y filosofía en el seminario Santo Tomás de Aquino aquí en Santo Domingo. En esa etapa de mi formación recibí la instrucción básica para entender la importancia de la palabra desde la filosofía y me di cuenta de que el conocimiento del lenguaje implica el estudio de la palabra comenzando por lo básico, que es la ortografía, ya que para tener una visión del mundo hay que ahondar en la gramática, la ortografía y el vocabulario. El horizonte intelectual depende de la lengua, del caudal de vocabulario, del ordenamiento de los conceptos, de la belleza, la corrección y la propiedad de la expresión. La palabra nos proporciona el conocimiento del mundo, pero a través de las obras literarias nos proporciona todos los saberes. Todo se ha escrito, todas las disciplinas: históricas, sociológicas, antropológicas, psicológicas, teológicas, literarias, biológicas, todos los saberes están plasmados en la palabra a través de las diferentes disciplinas. Entonces, esa inquietud mía por la palabra es una vocación que se fue gestando sin uno darse cuenta.

Cuando yo tenía 15 años cayó en mis manos un libro de un autor de Santiago de los Caballeros, Enrique Deschamps, titulado La República Dominicana: Directorio y guía general. Esa obra presenta un panorama general del país en todos los aspectos: en su historia, sus costumbres, sus tradiciones, las casas y edificaciones, la realidad social y cultural, las diferentes expresiones de clases sociales, y le dedica un capítulo a la literatura titulado “Movimientos literarios”. Cuando leí ese capítulo a mí me llamó la atención la ponderación que hacía el autor de los grandes escritores de finales del siglo XIX y de principios del siglo XX, entre los cuales mencionaba a Manuel de Jesús Galván, Monseñor Fernando Arturo de Meriño, César Nicolás Penson, Federico García Godoy, Pedro Henríquez Ureña y otros. Mientras leía ese capítulo sentí una motivación especial y me dije: “Yo quiero llegar a ser como uno de estos escritores” y esas son motivaciones que uno va experimentando y la vida te va proporcionando las condiciones materiales y espirituales para canalizar esa vocación.

-Guillermo: Comprobable que en su obra posterior ha dedicado el tiempo al estudio en particular, también de los movimientos literarios dominicanos y de las distintas generaciones que van componiendo la madeja de la historia, como Ensayos críticos, publicado en el año 1982, ¿Qué recoge fundamentalmente?

   -BRC: Recoge y explica la obra de los autores que habían incursionado en la poesía y la ficción. Ahí estudio la narrativa de Juan Bosch, Emilio García-Godoy, Manuel del Cabral, Aída Cartagena, Pedro Mir, Manuel Mora Serrano, Cayo Claudio Espinal y presento también textos vinculados con la lengua y los movimientos literarios. Esa ha sido una dedicación para dar cuenta de lo que han hecho nuestros escritores, porque yo he aplicado la crítica literaria para lo que debe hacer, que es valorar y explicar el aporte de un autor a través de su palabra, lo que ha sido la línea creadora de un autor y lo enfoco desde la forma y desde el contenido, que son las dos vertientes que tiene una obra literaria.

-Guillermo: Los ensayos en sí mismos son un género. Al final de cuenta los especialistas dicen que la diferencia entre uno y otro suelen ser sutiles.

-BRC: Sí, algunos tienen esa teoría, pero realmente hay diferencias, porque no es lo mismo escribir un ensayo que una poesía; no es lo mismo escribir una crítica literaria que una novela, o sea, cada género implica un criterio, una actitud, unos procedimientos. La lengua es la misma y tal vez el objetivo puede ser el mismo de un autor al escribir en diversos géneros literarios, pero los procedimientos son diferentes, las técnicas son diferentes. El estilo podría ser el mismo, pero el resultado va a ser diferente.

-Guillermo: Pretende usted o ha aprendido en este sentido establecer de alguna manera una forma en sí misma que tenga prácticamente que ser el molde.

-BRC: Pues mira que en algunos géneros lo he hecho; por ejemplo en novela traté de presentar un canon, incluso escribí un artículo que decía “El canon de la novela dominicana” a petición de José Rafael Lantigua. Entonces, uno debería buscar un canon en todo lo que uno escribe, porque en toda obra literaria hay una normativa, hay una pauta, un planteamiento básico, una orientación fundamental, unos principios, y esos principios los plasma el creador aun cuando el propio creador no pueda formalizar ese canon, porque eso lo hace el crítico literario, eso lo hace el filólogo, que es el intérprete de la literatura. El creador produce una obra, un poeta que escribe dando cuenta de sus intuiciones y vivencias. A veces el autor desconoce el trasfondo de lo que intuye, porque en su obra canaliza imágenes y símbolos cuyo contenido no siempre tiene conciencia de lo que ha abordado; esa labor la hace el filólogo o el crítico literario.

   -Guillermo: ¿Hacia dónde nos conducen las tendencias literarias en el país asociadas o no a generaciones o movimientos? De lo que se trata es también de encontrar las tendencias, no solo el canon. Usted es un filólogo, pero no lo siento más que con su propio Interiorismo, del que vamos a hablar, no lo veo sentirse parte de una generación. No lo veo ni en la Poesía Sorprendida, ni en la poesía del Postumismo, ni del Vedrinismo, ni en la Generación del 48 ni en la generación de posguerra.

-BRC: Todo escritor pertenece a una época, se enmarca en una cosmovisión, pertenece a un grupo o a una tendencia estética; entonces ese grupo, esa época o esa tendencia le van a concitar una posición. Como escritor, yo pertenezco a la Generación del 60, en la que han descollado Marcio Veloz Maggiolo, Federico Henríquez Gratereaux, Ramón Francisco, Juan José Ayuso y otros escritores.

-Guillermo: ¿Podría hablar de un perfil de esa generación?

-BRC: Sí, esa generación tiene como perfil un sentimiento nacionalista, una vocación por la libertad, porque las promociones anteriores, que se desarrollaron bajo la coyunta del régimen dictatorial, tuvieron que someterse a un ordenamiento determinado. A partir del 60, cuando el país comienza a respirar los aires de la libertad, entonces surge esa dimensión social, un tanto patriótica en algunos casos, pero sobre todo, una apertura de la conciencia y la imaginación hacia la realidad social y cultural. En narrativa se manifiesta con el Socio-realismo y, sobre todo, con el Realismo mágico, que es el movimiento que cobra fuerza en Latinoamérica y que comienza a tener presencia en nuestro país con obras como Goeíza, La vida no tiene nombre, Lucinda Palmares y otras. La generación del 60 tiene la responsabilidad de abrir la creación literaria hacia un nuevo horizonte intelectual y espiritual, y tiene la ventaja de que ya disponía de libertad para actuar, para escribir, porque los escritores anteriores tenían que someterse a una disciplina, tenían que pensar lo que iban a decir; claro, encontraron la forma de evadir la expresión directa con el lenguaje de la imaginación a través del Surrealismo y el Simbolismo, porque los poetas de la Generación del 48 encontraron la vía del símbolo para expresar su insatisfacción ante el régimen sin que peligrara el pellejo, que fue una habilidad, una astucia literaria de ese grupo.

-Guillermo: ¿De qué fiebre juvenil adolece la generación del 60?

-BRC: El pecado de esa generación fue exagerar el cultivo social, de tal manera, que esa literatura socio-realista llegó a un extremo tan reiterativo de convertir la creación literaria en un panfleto, porque querían transmitir un mensaje con una orientación social muy específica. Esa fue la parte negativa de esa generación, que luego superó.

-Guillermo: Desde el punto de vista de sus estudios críticos y sus escritos ficcionales, ¿cuándo rompe usted con ese parámetro?

-BRC: Cuando comencé a investigar la dimensión mágica de la cultura dominicana, la idiosincrasia cultural dominicana, cuyo trabajo plasmé en dos obras, La imaginación insular y La creación mitopoética, me di cuenta que había que prestarle atención a la faceta mitopoética de la imaginación viendo la obra literaria como la expresión de la mentalidad del pueblo dominicano. Entonces comprendí que había otro sendero, otros cauces interiores y metafísicos que configuraron mi visión de la creación, que desembocó en el Interiorismo, y que había esa dimensión de la conciencia que le da cauce al pensamiento libre y trascendente, a las creencias y la imaginación. Esos dos libros son una expresión de esa tendencia mitopoética de la conciencia, pero la mayor ruptura en mi caso fue cuando visualicé una nueva orientación literaria al postular la poética del Interiorismo. Así fue como advertí que efectivamente había un cauce, una dimensión, una vertiente metafísica del pensamiento y de la sensibilidad que aquí no se le había puesto la suficiente atención, como es la dimensión espiritual del ser humano y, entonces comencé a plasmar lo que esa poética postulaba.

-Guillermo: Veo que en 1991 usted publica Valores de las letras dominicanas, y en 1992 Poética interior, que parecen convertirse en la zapata reflexiva de su orientación literaria.

-BRC: Tienes razón, Guillermo. De hecho yo sostengo en ese libro que la generación del 90, en la que nace el Interiorismo, estaba llamada a abrir un nuevo cauce a la sensibilidad estética y espiritual, lo que anuncié en el libro Valores de las letras dominicanas.

-Guillermo: Entonces, ¿cómo enlaza La creación mitopoética y La imaginación insular? ¿Qué es mitopoética?

-BRC: Es una forma de asumir el mito como fuente de creación. El mito es lo que crea nuestra imaginación a partir de nuestras creencias, y hay una forma de ver el mundo centrado en el mito; de hecho, sostengo en ese libro que la cultura del pueblo dominicano está inmersa en la etapa mágica, inclusive mucha gente que vive en Santo Domingo, que se cree moderna y avanzada, tiene una mentalidad aferrada a patrones arcaicos, a supersticiones y prejuicios, que se manifiestan en creencias y actitudes. Comencé a valorar el mito como una apertura, una visión de la imaginación, una posibilidad de abrir un nuevo cauce al espíritu de creatividad del ser humano, que es lo que planteo en esos dos libros: uno enfoca la poesía y el otro la narrativa.

-Guillermo: Obviamente estamos hablando de un proceso suyo en estudios y creaciones, que va sembrando la base para la formación del Movimiento Interiorista, ¿En qué medida esto es un manifiesto?

-BRC: El manifestó literario lo publiqué en Poética interior, que es del 1992.

-Guillermo: Hay una generación literaria que se hizo llamar como La generación de los 80. Uno de sus principales y quizás su figura más relevante, el poeta José Mármol, que tiene una formación filosófica y además una obra poética construida por sus propias creencias. ¿En qué medida esa generación del 90, que asume el Interiorismo, se enlaza con la obra, la gestión cultural de los 80?

-BRC: No tiene vinculación literaria, porque la generación interiorista del 90 es más bien deudora del grupo de poetas que precedió a la llamada generación de los 80. Ese grupo está conformado por poetas como José Enrique García, Pedro José Gris, Sally Rodríguez y Cayo Claudio Espinal. Esos cuatro poetas son los que realmente crean una poética del pensar, una poética de reflexión honda y profunda, aunque hay que reconocer la obra que ha hecho el poeta José Mármol. Entonces, nosotros somos la continuación de estos poetas citados o esos poetas son nuestros predecesores en ese ámbito del pensamiento creativo. El Interiorismo va a profundizar en la conciencia, comienza con el mito, profundiza en la metafísica y termina en la mística. Esas son las tres vertientes que postula el Interiorismo.

-Guillermo: ¿Camino único?

-BRC: No, no hay un camino único en el fuero de la creación; de hecho, no debe haber un camino único para nada, porque cada sensibilidad encuentra su manera de vincularse con el mundo y una determinada teoría o una determinada estética, no es más que una propuesta de orientación y de creación. El Interiorismo es abierto, te da una pauta y te dice: “Trata de descubrir tu propia interioridad, de profundizar en el impacto que lo real produce en tu conciencia, y entonces escribe a partir de lo que tu conciencia y tu sensibilidad pueden captar de la visión de la realidad y de la visión del mundo con una apertura plena, dándole espacio y libertad a que cada escritor desarrolle su interioridad y plasme la concepción de su sensibilidad y la intuición de su conciencia en su creación.

-Guillermo: ¿Cuál es la importancia de la conciencia en el Movimiento Interiorista?

-BRC: El Interiorismo promueve una conciencia de la creación y una atención a la conciencia como fuente de creación. Proponemos la atención a la realidad trascendente y a la dimensión metafísica de la conciencia. Postulamos el estudio del fenómeno creador y centramos la creación como expresión de la conciencia. Y abrimos un cauce expresivo al Realismo trascendente a la luz de la conciencia y sus implicaciones espirituales y estéticas. Entendemos que el ser humano está llamado a desarrollar el potencial de su conciencia mediante el poder del Logos, que es la energía interior de la conciencia, que es la mayor dotación del ser humano porque es la energía divina impregnada en la conciencia, como enseñó Heráclito de Éfeso, uno de los pensadores presocráticos de la antigua Grecia.

-Guillermo: ¿Y el Numen?

-BRC: El concepto del Numen, que también procede de la antigua cultura griega, es otro aspecto que he dado a conocer para dar a entender la sabiduría espiritual del Universo, a la que el Interiorismo postula como una vía para sintonizar las emanaciones del Cosmos o los efluvios de la Creación. Lo que buscamos es que el creador desarrolle su potencial creador, que todo autor desarrolle su talento y su creatividad, que plasme lo que entraña estar dotado del Logos mediante el cual podemos reflexionar, intuir y crear. Eso recoge el potencial que nos distingue y enaltece como criaturas de la Creación del Universo.

-Guillermo: Don Bruno, aunque alejado, digamos de cualquier emulación metodológica científica, ustedes proponen la creación interiorista. Lo que a mí me resalta es cómo hay en el Movimiento, en sus exponentes y en usted mismo y en sus obras un rechazo claro de lo que no se quiere ser, pero al mismo tiempo con su propio pecado original, que es de suponer como una especie de dogma, aunque no religiosa, de lo que podría ser la creación artística literaria.

-BRC: Yo no lo veo como dogma, sino como una base de orientación para la creación. Yo siento que la palabra dogma tal vez sea muy fuerte, aunque toda creación tiene una norma, una pauta, una disciplina y eso tiene el fundamento en el hecho de que el ser humano forma parte de la creación del Universo. El Universo, y todo lo que existe, está sometido a un ordenamiento con unas leyes que todo lo viviente tiene que cumplir, pues nada funciona si no se somete a esas leyes. Lo que el hombre crea también tiene la misma sujeción. Nadie puede hacer una creación libre de normas, ausente de reglas, leyes y principios. Ni siquiera los que se declaran independientes de movimientos literarios, pues en su creación hay la aplicación de la normativa pautada por una orientación estética. El primero que inventó la silla tuvo el acierto de crear una forma de construir este artefacto que nos sirve para sentarnos y todo el que hace una silla tiene que aplicar unos principios. Puedes variar la forma de la silla y ponerle dibujitos o cualquier otro detalle, pero no puedes hacer una silla sin las cuatro patas, sin un fondo para sentarte y un espaldar para sostenerte. Entonces, todo lo que crea el ser humano tiene que estar sometido a una normativa, a una ley, a una pauta, a unos principios, que tú le quieras llamar dogma, bueno llámale dogma, porque el dogma implica una coyunda, pero no olvides que todo tiene una normativa.

-Guillermo: Esto me conduce al Sentido de la cultura, de 1997. ¿Cuál es el sentido de la cultura, según Bruno Rosario Candelier?

-BRC: El sentido de la cultura tiene un fundamente esencial. La cultura responde al fundamento ético de una sociedad. Cada sociedad tiene su cultura y los miembros de esa comunidad se comportan de acuerdo con la pauta de esa cultura, y esa pauta tiene un fundamento que da esa visión del mundo, esa visión de la vida, esa concepción de las cosas. Desde el hogar recibimos esa orientación de nuestros padres y los que llegamos a ser padres la transmitimos a nuestros hijos: una disciplina, una forma de comportarse, de actuar y de proceder según una moral y unos valores. Vamos a la escuela y nos transmiten también esas pautas y disciplinas. Así es toda la sociedad, porque si no hay ese fundamento fuera un desorden todo.

-Guillermo: Usando un término metodológico y sociológico, cuando usted aborda un reto como el sentido de la cultura, ¿qué semilla piensa y dónde lanzarla?

-BRC: Pienso en los orientadores, los intelectuales, los escritores, los promotores del saber, la gente que hace algo por contribuir a fomentar la tradición literaria y cultural del país, los que organizan actividades culturales en diferentes comunidades desde diferentes centros culturales, que son los llamados a dar esa orientación. El guijarro lanzado al agua genera un fluir de ondas concéntricas que se expanden. Así la gestación de la cultura.

-Guillermo: Ese es el perfil suyo de gestor cultural, que está asociado también a su obra.

-BRC: Sí, eso es parte de mi personalidad literaria. Yo soy un gestor cultural, promotor de cultura, además de creador y orientador literario. El primer taller literario que hay en el país lo fundé yo en el año 1967, en la Escuela Normal de Licey al Medio, de Santiago de los Caballeros, mucho antes del taller literario “César Vallejo” que se fundó en la UASD, por donde pasaron gestores culturales como Mateo Morrison, José Mármol y Rafael García Romero, entre otros. También fundé uno en Moca con el nombre de “Octavio Guzmán Carretero”, en marzo del 1969 y que aún existe.

-Guillermo: Recuerde que uno de los atributos de Franklin Mieses Burgos era que su casa se convirtió en un taller literario.

-BRC: Sí, pero no con el nombre de taller literario. Eso se dijo muchos años después, aunque de hecho era un taller. Efectivamente, uno taller literario era los que se hacía en la casa de Franklin Mieses Burgos, pero no tenía el nombre de taller, sino de tertulia literaria, pero sin duda alguna, lo que hace un taller ya lo hizo el grupo de Franklin Mieses Burgos.

-Guillermo: Dígame una cosa, algunos creen que usted se gradúa un poco como novelista a partir de El sueño era Cipango.

-BRC: Pues sí, El sueño era Cipango es una novela. Esa obra sale como fruto de una motivación de un momento determinado. Un día, sentado en mi casa, visualizo los barcos que llegaban a nuestra isla y no sé por qué me llegó esa imagen y yo imagino a los primeros colonizadores que llegan por la vecindad de Puerto Plata, por el norte, y ahí me surge la idea ver cómo sería esa primera población, que se llamó La Isabela. El sueño era Cipango es la gestación de la primera ciudad dominicana y ahí describo lo que pasó allí. En su mayor parte es el fruto de la invención del novelista, porque la historia es muy poco lo que cuenta sobre el primer poblado de nuestro país.

-Guillermo: ¿Y qué tipo de investigación hizo?

-BRC: Entonces investigué, leí libros de historia a ver qué contaban de La Isabela. Yo fui a La Isabela a conocer el espacio físico, a hablar con sus pobladores, a empaparme de los árboles y a partir de ahí tejí una historia ambientada en esa comarca cibaeña.

-Guillermo: Hay una técnica particular de usted al ir a un texto ficcional de este tipo, porque su amigo Federico Henríquez Gratereaux planteó al momento de escribir su primera novela, una novelastra, donde desarrolla su propia teoría. Al final es un intento de escribir una novela capitulada en un periódico. Ese fue su método, él buscó muchos artículos que eran textos de su novela. ¿En qué medida cuando usted habló del género lo hace con creatividad interiorista?

-BRC: En la medida en que ahí planteo unos principios metafísicos y un sentido místico para ver la realidad, para ver como la realidad sensorial tiene otro sentido y cómo la dimensión cósmica tiene un trasfondo que trato de explorar y plasmar en esa obra. Ese trasfondo que ofrece el Universo, esa otra dimensión de lo viviente, esa vertiente metafísica y mística fundan El sueño era Cipango, que es una novela mística, la primera escrita según la pauta estética del Interiorismo.

-Guillermo: ¿Cuál es el subtexto que habría que decodificar atendiendo a los códigos del Interiorismo?

-BRC: Que ahí se plantea la búsqueda del sentido de lo viviente, que es lo Absoluto.

-Guillermo: Esa es una noción importante de ese movimiento.

-BRC: Claro, muy importante, porque nosotros estamos conscientes de que formamos parte de la totalidad de lo existente, y esa totalidad es obra de un Creador, la obra de la Divinidad, y nosotros y nuestra propia dotación intelectual y espiritual tiene un origen divino; de ahí que enfaticemos esa dimensión espiritual del ser humano.

-Guillermo: Que no tendríamos que hacer un corolario de Interiorismo y religión.

-BRC: No, son aspectos diferentes. Nada tiene que ver el Interiorismo con religión. El concepto de religiosidad lo utilizamos en el sentido filosófico, no en el sentido dogmático, ritual o doctrinal. La religiosidad en sentido filosófico es el vínculo que el ser humano puede establecer con la esencia del Cosmos, con el fluir de lo viviente. Al formar parte de todo lo existente recibimos el influjo de la naturaleza, somos parte de todo cuanto existe; entonces, el Interiorismo da pauta; por ejemplo, una dimensión importante que postula el Interiorismo es que el ser humano, a través de la dotación del Logos, tiene la capacidad para entrar en sintonía con la sabiduría espiritual del Universo, que es el Numen. Hay una sabiduría espiritual que registra la humanidad, que ya la ciencia de la física cuántica ha certificado y, entonces, desde nuestra sensibilidad y desde la dotación de nuestra mente, en virtud de ese poder de la conciencia podemos entrar en sintonía con los conocimientos del Universo, con la sabiduría espiritual.

-Guillermo: Con su maravillosa ficción Borges pretende perderse en una biblioteca. ¿No se perderían ustedes los interioristas o cualquiera en la intimidad de la palabra?

-BRC: Ese riesgo existe, como existe en cualquier otro movimiento literario, pero el creador interiorista tiene la opción de desarrollar un campo de creación que responde a la naturaleza humana. Si nosotros postulamos el cultivo de la conciencia es porque eso es una virtualidad en la condición humana; si postulamos el cultivo de la interioridad es porque es una virtualidad de la condición humana. Podemos penetrar en la interioridad de las cosas mediante la intuición, que es lo que enseña el Interiorismo. Mediante la intuición podemos penetrar en la dimensión esencial de las cosas, en la dimensión entrañable de lo viviente o en nuestra propia dimensión interior.

-Guillermo: Profesor, el hombre ha creado rituales y se ha hecho acompañar de sustancias para alcanzar ese contacto poético con la realidad.

-BRC: Inclusive hubo románticos que decían que la bebida alcohólica ayudaba a la creación, pero eso es falso, porque la dotación de la creación la tenemos los seres humanos por naturaleza, es una dotación divina. Las bebidas alcohólicas, las drogas, los enteógenos no es verdad que ayudan a fomentar la creación; incluso hasta poetas modernistas decían que había que acudir a parrandas y bebidas para crear, pero no es asó, el espíritu del hombre no necesita nada de eso, son elementos externos, peligrosos y riesgosos.

-Guillermo: Sin embargo, ustedes a través de la intuición podrían llegar a compartir con el Surrealismo de Bretón, de esos poetas que planteaban el fluir de la intuición.

-BRC: La intuición la han desarrollado todos los creadores del mundo de cualquier movimiento, porque todo el que crea, crea porque tiene intuición; de hecho, el arte y la ciencia son fruto de la intuición. Pero claro, cada movimiento tiene una orientación estética muy específica para que cada creador se entienda a sí mismo y conozca su procedimiento. Nosotros postulamos la intuición como un medio de creación y postulamos el principio de que la creación es pasible de perfeccionamiento, que nosotros tenemos que fundar nuestra creación en un saber. Ya no puede haber un creador ignorante, el creador tiene que tener una formación intelectual que abarque las ciencias, las artes, la filosofía, la teología, la literatura, la historia, la psicología, la antropología, todos los conocimientos.

-Guillermo: Con todo respeto me late que ustedes son puros masones, yo siento incluso debajo de la forma un cierto esoterismo.

-BRC: Pues yo no siento eso ni creo que es correcta tu interpretación. No lo es porque aun cuando postulamos la mitopoética, la metafísica y la mística como vías de creación, no es la metafísica como la postulan los estudiosos del esoterismo, donde hay incluso algunas aberraciones, porque nosotros concebimos la metafísica como la búsqueda del sentido, porque desde el momento en que tú asumes tu conciencia ya estás en el nivel de la metafísica; desde el momento en que asumes tu intuición, estás en el nivel de la metafísica, porque la intuición no es como tu brazo que tú lo puedes mostrar. El poder de la intuición está en tu interioridad, en el fondo de tu conciencia: entonces tienes necesariamente que meterte en la metafísica, es decir, no hay que tenerle miedo al concepto de metafísica ni hay que ver la mística como un asunto religioso sino como la búsqueda de lo divino, inclinación que forma parte de la condición humana en todas las lenguas y culturas.

8 de septiembre de 2015.

El sentido de la filología

Por Bruno Rosario Candelier

A Josanny Moní

Primor que rutila entusiasmo

 

Quiero, en primer lugar, expresar mi agradecimiento a las autoridades universitarias por esta honrosa invitación, especialmente al doctor Enrique Sánchez Costa, para compartir con ustedes algunas inquietudes sobre filología en esta disertación inaugural del doctorado de filología en esta Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra.

Con la apertura de esta carrera se va a conocer entre nosotros el alcance de la filología. Tengo en mi haber la satisfacción de ser el primer dominicano en obtener el doctorado en filología hispánica, título que obtuve en la Universidad Complutense de Madrid, pero cuando digo que soy filólogo o que estudié filología, como en nuestro país se desconoce esta hermosa disciplina de las humanidades, tengo que explicar el significado de esa palabra y el ámbito de acción de esta valiosa profesión.

La filología aborda el estudio de la palabra y, en tal virtud, desde antiguo implicaba el conocimiento de cuatro disciplinas afines: la lingüística, para tener un fundamento gramatical, lexicográfico y semántico; la filosofía, para conocer la esencia y la naturaleza de las cosas; la estética, para la valoración de la belleza y el sentido; y la mística, para el estudio de lo divino y la espiritualidad, desde la visión de iluminados y contemplativos.

El saber del filólogo se centra en el Logos, vale decir, en el alma de la palabra, su forma y su contenido. El conocimiento era la más alta aspiración del hombre griego, y en razón de que el conocimiento del mundo nos llega por la palabra, lógico era iniciar el conocimiento de las cosas desde el abordaje de la palabra, base y vía del saber humano.

El concepto del Logos, según la concepción de Heráclito de Éfeso, entraña una energía divina, ya que funda la esencia del espíritu. El Logos encarna la energía interior de la conciencia. El Logos de Heráclito, cono “energía divina”, es el espíritu que conforma el sentido, dando cuenta del alma de las cosas o canalizando el conocimiento del mundo desde nuestras intuiciones y vivencias.

Entre los antiguos pensadores presocráticos, Heráclito se distinguió por ser el primer intelectual griego en fundar en la palabra la esencia del conocimiento, y como entendía que todo cuanto existe es creación divina, infirió el concepto de que todo, forma parte del Todo, en cuya virtud el hombre y las cosas participan de las mismas leyes de la naturaleza en razón de su incardinación a la realidad universal de lo viviente. Siendo el Logos una dotación divina, tiene también las mismas leyes del ordenamiento cósmico, que la gramática de la expresión y la normativa de la palabra han de aplicar en su plasmación formal. Por eso el Logos, que alude a la palabra como forma del pensamiento, entraña el estudio del lenguaje en sus manifestaciones formales y conceptuales

El Logos es una emanación divina, como lo son todas las cosas. Desde que el Logos se instaló en el Universo, comenzó la era de la humanización y la trascendencia porque insufló al hombre la esencia espiritual de lo divino mismo y prohijó el vínculo de lo Eterno, otorgando al hablante el poder auscultar la voz de su propia conciencia, la voz la Creación y la voz de la Divinidad.

El Logos de la conciencia aporta la clave para entender lo que somos, lo que concebimos y lo que creamos. Por eso, cuando la palabra se instala en el Universo, que es la manifestación de la instalación del Logos en la conciencia, tiene el mismo destino de todo lo existente.

Heráclito acuñó el concepto del Logos y con él la convicción de que los hombres tienen acceso a la sabiduría divina por la conexión que la palabra entraña como emanación directa de la Divinidad, condición que han potenciado filósofos, místicos y poetas, razón por la cual Platón llegó a decir que la dotación poética era un don divino dado a los mortales (1).

Fue Isócrates de Atenas el creador del concepto de filología. Corresponde al filólogo, como estudioso de la palabra, conocer la naturaleza del lenguaje, explicar el sentido de los textos escritos e interpretar el trasfondo conceptual del pensamiento y la expresión. Es decir, dar con el sentido de los manuscritos y el significado aparente y oculto de la palabra. El trasfondo de intuiciones y vivencias que la palabra formaliza. En esencia, el sentido de la creación por la palabra.

Vamos a remontarnos al origen de la disciplina filológica que dio lugar a la primera escuela lingüística y literaria que hubo en la cultura de Occidente, como aconteciera en Grecia, donde nacieron las artes y las ciencias, el estudio de las letras y la filosofía, los conocimientos fundamentales del saber humano. Para entender la filología el estudioso del lenguaje tiene que ser una persona con honda sensibilidad para sentir y adecuada inteligencia para entender lo que las palabras entrañan y transmiten. Heráclito de Éfeso, que enalteció la alta condición de los antiguos pensadores presocráticos, vivió en el siglo VI a. C., y con sus reflexiones contribuyó al desarrollo de esta disciplina de la palabra, así como también dio fundamento a la visión cósmica y mística del mundo. La suya fue la época de la gestación del pensamiento filosófico, de la vocación estética y la inclinación mística, es decir, la etapa en que esos antiguos pensadores aportaron el fundamento de la cultura occidental, a lo que contribuyó la gestación de la filología y lo que esa disciplina humanística implicaba para la cultura de la lengua y el cultivo de las letras.

Cuando Heráclito instruía a sus seguidores, que no era una docencia como la que se imparte ahora, sino una reunión de estudiosos del pensamiento, el arte y la espiritualidad para alentar el desarrollo de la conciencia, reflexionaba sobre las diversas cuestiones relacionadas con el hombre, la naturaleza, la creación y la fuente de la creación. En una de esas sesiones intelectuales, uno de los inquietos estudiosos le preguntó al Maestro cuál era el aspecto determinante y esencial de la condición humana, y el ilustre pensador se retiró unos días para meditar en torno a esa pregunta. Al regreso vino con una nueva palabra y un nuevo concepto que fue fundamental para el desarrollo del pensamiento y la creatividad, al sostener que el hombre está dotado de una energía divina, y esa dotación espiritual era el atributo más importante por lo que implicaba para el desarrollo de la inteligencia y la sensibilidad, y a esa potencia de la inteligencia, a esa llama de la sensibilidad, a esa energía divina le llamó Logos. Heráclito de Éfeso fue el creador de ese vocablo. Con esa palabra cifraba el pensamiento, la imagen, la expresión y el concepto, es decir, todo lo que nuestro cerebro puede concebir y manifestar mediante la palabra. Explicaba que en virtud del Logos tenemos una conexión íntima con la Divinidad, y esa conexión divina le da al hombre el poder intelectual y creativo, poder que lo distingue de las bestias y las plantas, ya que carecen de Logos. Por el Logos, el hombre se conoce a sí mismo, tiene un conocimiento del mundo, capta intuiciones y revelaciones, y puede crear. “Por su origen divino se halla en condiciones de penetrar en la intimidad divina de la naturaleza de la cual procede”, explicó Werner Jaeger en Paideia (2).

Las creaciones de todo tipo, y de un modo especial las especulaciones filosóficas, las creaciones artísticas y científicas, así como la interpretación conceptual y poética, provienen del poder del Logos. Y los filólogos, al igual que los poetas, participan del don de la intuición metafísica y estética, por lo cual saben interpretar las sabias palabras de los creadores de poesía y ficción.

Los antiguos pensadores presocráticos tenían una concepción universal de la cultura. No era una concepción restringida o limitada a un área del saber, sino que abarcaba todos los saberes. Para ellos, la persona que desarrollaba su inteligencia y su sensibilidad tenía que cultivarse en todas las áreas; por esa razón, tenían una visión espiritual de la capacidad humana, y además tenían el criterio de que en virtud de esa dotación divina los humanos tenemos un vínculo entrañable con la totalidad del Universo y, de un modo especial, con la fuente de la Divinidad. En virtud de esa convicción, Heráclito atizó en sus estudiantes el pensamiento filosófico, el sentido cosmológico y la vivencia mística, valorando la sabiduría espiritual de lo viviente.

Desde la perspectiva del Logos, el Cosmos y el Numen, enfocaban la interioridad humana, los efluvios de la Creación y la sabiduría espiritual del Universo para activar el pensamiento, la cosmovisión y la espiritualidad de la conciencia. La energía de la palabra es una derivación de la energía de la conciencia, que a su vez lo es de la energía cósmica. La energía de la conciencia es una dotación divina, cifrada en el Logos. Los procesos conscientes e inconscientes activan y canalizan el legado biológico y espiritual de los ancestros y de la sabiduría cósmica que atesora el Numen de la Creación.

Heráclito de Éfeso estaba convencido de que todo viene del Todo, y todo vuelve al Todo, como ya he dicho. Mediante esa concepción del Universo los estudiosos del pensamiento y la filología asumieron el cultivo de la mística, la cosmología y la espiritualidad como base de la cultura universal.

En esa dirección, hay tres conceptos y tres perspectivas que ayudan a entender y expresar, desde la perspectiva de la filología, el sentido de la creación: 1. El Logos, como fundamento de la interioridad de la conciencia y el sentido de la intuición estética. 2. El Cosmos, centro del fluir de lo viviente y base de la intuición metafísica. 3. El Numen, fuente de la sabiduría espiritual y la intuición mística de lo viviente.

Correlativamente a ese planteamiento conceptual, se puede enfocar la voz interior con el lenguaje del yo profundo, que es el lenguaje del mito; la voz de la Creación, mediante el lenguaje de la intuición, que es el lenguaje de la metafísica; y la voz de la Divinidad, con el aliento trascendente que se atisba en el soplo del Espíritu mediante el lenguaje de los símbolos, que es el lenguaje de la mística (3). Ya en la Antigüedad griega esos aspectos de la alta cultura tenían un espacio de atención entre filósofos, místicos y filólogos.

En vista de que todo, forma parte del Todo, hay una interconexión en todo lo existente, de tal manera que hay un punto de vinculación con todo, pero la virtualidad del Logos, que es exclusiva del ser humano, le da la oportunidad al ser pensante para desarrollarse, para intuir fenómenos y sentidos, para apreciar la dimensión espiritual de fenómenos y cosas. Así lo expresaría Platón, quien va a identificar el ideal de superación del hombre griego con el concepto de Eros, significando con la dimensión erótica la aspiración humana para crecer intelectual y espiritualmente, de tal manera, que los estudiosos de la cultura llegaron a la convicción de que la alta vocación por el saber, el ansia infinita de conocimiento y el anhelo de medrar, eran atributos del de la potencia de Eros, fundamental en la visión cultural de la antigua Grecia. Así, pues, la inclinación erótica es expresión de esa sabiduría, de la inquietud por la cultura y de una genuina valoración del saber.

Entonces, en esa relación del hombre con la naturaleza, consigo mismo y con la Divinidad, a la hora de enfocar en términos intelectuales y espirituales, encontramos cuatro disciplinas fundamentales que los filólogos debían conocer y estudiar. Cuando Isócrates inventó la palabra “filólogo”, ya se tenían los conocimientos aportados por Heráclito de Éfeso, Pitágoras de Samos, Leucipo de Abdera y los otros pensadores, contemporáneos suyos, conocimiento que potenciaría la contribución filosófica y mística de Sócrates, Aristóteles y Platón. El vocablo y el concepto de filólogo se aplicaba al amante de la palabra, al quien ama, valora y cultiva la palabra. Ese es el sentido de filología etimológicamente hablando.

No corresponde al filólogo auscultar el trasfondo de su conciencia o la dimensión inédita de lo real o la faceta mística de lo viviente, pero sí desentrañar el sentido de imágenes y símbolos que formalizan los poetas al abordar esas vertientes de la creación.

Las cuatro disciplinas que merecieron la atención de los antiguos filólogos griegos fueron la lingüística, la cosmología, la filosofía y la mística.

En la etapa inicial de la filología en la Grecia antigua existía un alto respeto por el saber, una concepción sagrada del saber, en especial la creación de los pensadores y poetas.

Los estudiantes que conformaban la primera escuela filológica tenían que comenzar por el estudio de la gramática y la ortografía. La preparación fundamental que debían tener los filólogos era el conocimiento lingüístico, porque estaban convencidos de que el filólogo, en su condición de estudioso de la palabra, debía dominar el instrumental de la creación, que es el lenguaje, ya que estudia la cultura de una comunidad, de un pueblo o de un autor a través de los textos literarios. Para alcanzar un cabal conocimiento de los textos precisaban el conocimiento del instrumental que usan los escritores para plasmar un texto literario en cualquiera de sus géneros. Ese instrumental viene dado por la gramática, la ortografía y la semántica de las palabras, disciplinas primordiales para adentrarse en el trasfondo de los conceptos y captar sus significados, así cuanto implica la combinación de los sonidos y sentidos en la gestación del lenguaje.

Consecuente con esa concepción de la palabra y su alta valoración de la creación, en la antigua Grecia había una escuela de poesía. En la actualidad cualquiera publica un libro sin tener el conocimiento idiomático indispensable. En la antigua Grecia el escritor tenía que demostrar su conocimiento del lenguaje, dar demostraciones de que se sabía usar con propiedad y corrección el arte de la creación, comenzando por la palabra; del mismo modo los aspirantes a poetas debían estudiar la gramática, la ortografía y la semántica, y en el arte de la versificación tenían que demostrar conocimientos de la métrica, que es muy complicada en la antigua poesía griega. Debían tener el conocimiento de la retórica, la gramática y la lógica para crear.

Una de las condiciones que se les exigía a los estudiantes de filología era justamente tener el conocimiento del lenguaje. Esa exigencia ahora nos parece inconcebible, y lo digo porque, por ejemplo, en nuestro país el Ministerio de Educación les entrega el título de bachiller en filosofía y letras a individuos iletrados y, en las universidades se gradúan estudiantes de licenciados y hasta de maestrías sin tener el fundamento de la cultura, que lo es el dominio de la lengua. Era inconcebible en la antigua Grecia la existencia de un filósofo, un poeta o un maestro ignorante de su lengua. Entonces, la primera exigencia era tener un conocimiento del lenguaje, la primera disciplina que tenían que estudiar. No por casualidad surgieron en la antigua Grecia poetas de la categoría de Píndaro, Tirteo y Safo.

Una segunda disciplina era el conocimiento cosmológico, el estudio del Universo, porque esos antiguos pensadores eran observadores de la realidad cósmica. Fueron los antiguos griegos los primeros en tener un conocimiento del orden del mundo, del ordenamiento de lo viviente, y llegaron a intuir verdades que hoy han sido ratificadas por la ciencia de la física cuántica, y esos conocimientos formaban parte del conocimiento del filólogo, porque el filólogo era el intelectual dedicado al saber y dar a conocer el sentido de la palabra en cualquier disciplina. Como la palabra canaliza el conocimiento, el filólogo no podía ignorar los conocimientos sobre la organización y el comportamiento del Universo.

La tercera disciplina que los estudiosos de la filología tenían la obligación de estudiar era la estética desde el punto de vista del arte y la filosofía. Por un lado estaban los pensadores y, por otro lado, los estetas. El pensador era el estudioso de la realidad que se dedicaba a contemplar el mundo para conocer, desde la perspectiva intelectual, los fundamentos del ser y la esencia de las cosas. A su vez, los estetas eran los que, desde el aporte de su sensibilidad, contemplaban la realidad sensorial de lo viviente para canalizar lo que sentían a través de la creación poética o mediante cualquier otro arte. La estética era fundamental para los filólogos y para entender el concepto mismo de filología, de tal manera que los estudiosos de los grandes poetas griegos que hemos conocido a través de la historia de la literatura, desde Homero, el padre de la alta literatura griega, pasando por los grandes dramaturgos, como Eurípides y Sófocles, ya que todos habían pasado por una escuela similar y tenían una alta disciplina, fundada en el estudio de la lengua, el conocimiento de la métrica, el sentido de la belleza y la trascendencia de la mística y de la creación. Esto significa que tenían que dominar el instrumento desde el punto de vista de la técnica de la creación, de tal manera que ellos, cuando pensaban en el creador, veían dos vertientes en el fenómeno de la creación: el creador original, el que creaba por primera vez la técnica de la creación; y el creador que aplicaba la técnica de la creación inventada por otro.

Los estudios filológicos eran una singular ocupación entre la intelectualidad griega, como lo evidencia el aporte de los pensadores Aristóteles y Platón, de los dramaturgos Sófocles y Eurípides, de los poetas Homero y Safo. Esos grandes creadores gestaron los fundamentos intelectuales, estéticos y espirituales de las humanidades, y todos pusieron especial atención al lenguaje, al cultivo de la palabra, a la “energía divina” del Logos, según la estimación de Heráclito, quien resaltaba esa dotación espiritual de la condición humana. Ese sabio reflexionó sobre la capacidad para pensar, ya que el desarrollo del raciocinio está vinculado al lenguaje, por lo cual el estudio de la lengua y de la expresión estética del lenguaje, que es la literatura, potencia y profundiza los dones de la inteligencia y la sensibilidad.

Las disciplinas cuyo estudio era obligatorio para un pensador, poeta o intérprete de la creación en la antigua Grecia, implicaban conocimientos de lingüística, cosmología, estética y mística. Esos estudios se requerían para desarrollar las habilidades y destrezas cognoscitivas en las diferentes vertientes del saber. De ahí que los intelectuales y creadores se clasificaban en pensadores, estetas y contemplativos, aunque todos debían conocer todos los saberes vinculados al conocimiento del mundo.

Ya decía Platón que los filólogos o intérpretes tenían la misma dotación de los poetas, en razón de que tenían la capacidad para desentrañar el sentido de las creaciones artísticas. Esos antiguos filólogos debían cultivar y practicar la mística mediante la contemplación, elevando así su espíritu hasta saber captar y expresar el “fuego divino” que recibían, y testimoniar, como intelectuales y poetas, la singular condición de los iluminados, como lo eran Heráclito de Éfeso, Parménides de Elea o Pitágoras de Samos.

El ideal de la Grecia clásica se cifraba en que sus intelectuales y poetas pudiesen articular en forma armoniosa y creadora los cuatro pilares del cultivo del intelecto, de la sensibilidad estética y la sensibilidad espiritual, como garantes del mundo interior de la conciencia, los efluvios de la Creación y de la Energía Espiritual del Universo, para testimoniar verdades profundas y la belleza sutil, intuidas por la sensibilidad y la conciencia. Gracias al desarrollo del intelecto y el cultivo del espíritu, esos sabios griegos podían experimentar y cultiva la emoción estética y la fruición espiritual, sentidas o experimentadas ante la certeza de lo real o intuidas ante la hermosura de fenómenos y cosas. Esa experiencia de la conciencia y ese testimonio de la sensibilidad explican la más alta y profunda dotación que la Divinidad ha conferido al ser humano para el desarrollo de su cultura, según la estimación de esos pensadores, poetas y filólogos (4).

Aristóteles hablaba de la enérgeia, palabra que generó en español energía. Decía el filósofo de Estagira que en todo creador hay una energía creadora (“energía divina”, según Heráclito) y esa energía se manifestaba en las vertientes antes mencionadas, a las que ponían singular cuidado; entonces, los filólogos tenían que ser estudiosos de la creación, entender el sentido de la creación, porque son los intérpretes de la creatividad. Los filólogos son los intérpretes de la palabra y del sentido de las palabras. Se tenía una alta valoración del filólogo porque como intérprete estaba dotado de la potencia creadora de los poetas.

Sabemos que los poetas disfrutaban de una alta valoración en la antigua Grecia, porque los veían como intermediarios de los dioses, a los que llamaban “musas”, entendiendo este concepto porque recibían el ‘soplo divino’, que es el aliento de la inspiración. Los poetas eran los llamados a canalizar ese soplo y los intérpretes o filólogos eran los llamados a interpretar el sentido de la creación, y tenían por lo tanto que conocer la naturaleza y la estructura de la composición poética. Los filólogos eran los llamados a entender y explicar lo que era una imagen, lo que era un concepto, así como las técnicas y los recursos de la creación. Concepto e imagen como constitutivos de la expresión del Logos de la conciencia, de esa energía espiritual que encarnamos los humanos y que en esa época tuvo una alta valoración entre los antiguos pensadores presocráticos. Esa alta concepción y ponderación del arte, el pensamiento y la creación del lenguaje la inició Heráclito, quien formalizó la conceptualización más específica de esta primera disciplina de la Antigüedad griega, que se llamó filología.

Una cuarta vertiente que los filólogos estudiaban en la Antigüedad griega era la mística. Heráclito era un iluminado, como lo eran Pitágoras, Parménides, Anaximandro y los demás. Esos antiguos pensadores presocráticos eran hombres iluminados, es decir, intelectuales dotados de una sabiduría altamente espiritual. Eran creyentes, creían en la Divinidad, creían en la creación intelectual y estética en virtud de la dotación originaria llamada Logos. Por eso buscaban la relación con lo divino, y para eso los primeros filólogos practicaban la contemplación espiritual, que se hacía con el propósito de contribuir a la elevación de la conciencia y a la purificación de la sensibilidad. En virtud de la firme creencia de que la energía divina fragua la inteligencia humana, de que el “fuego divino”, como le llamaba Heráclito, enaltece a creadores, intelectuales y filólogos, se tenía una alta estimación por los estetas, iluminados y contemplativos. Y ese “fuego divino” se les otorgaba a los filósofos, poetas, filólogos y místicos para un propósito muy elevado, como era el de plasmar a través de la palabra lo que la inteligencia podía concebir y canalizar en virtud de su conexión con el mundo y con lo divino mismo.

Al tiempo que esos primeros estudiosos tenían esta conexión con la realidad de lo viviente y la fuente de la Divinidad, con la palabra y la obra del lenguaje, eran verdaderos estudiosos de las humanidades, con la condición para la disciplina intelectual y el cultivo estético y espiritual. En esa visión global, articulaban todos los saberes hacia una dirección específica, el desarrollo de la una vocación intelectual profunda y coherente que explicaba su visión del mundo y su aporte a la cultura.

Desde ese punto de vista prestaban atención a la realidad física, a la realidad sensorial, a las diversas manifestaciones sensibles de lo viviente y, de ahí nació el concepto del sentido estético, que no es más que el sentimiento que nos induce a ponerle especial atención a la sensorialidad de lo existente para hallar en lo sensible, en los datos sensoriales de las cosas, la base de la belleza y el sentido. Captar la belleza de las cosas y el sentido de lo viviente para que el creador genuino pueda producir su obra y a su través generar un sentimiento espiritual que en literatura se llama “emoción estética”, y si esa emoción estética es profunda y cautivadora puede concitar otra expresión de la sensibilidad interior de la conciencia, que es una “fruición espiritual”, y eso debe saberlo el filólogo. No corresponde al filólogo crear la obra literaria, sino interpretarla y valorarla, sabiendo que el sentido de la literatura no se cifra simplemente en la expresión de la belleza, sino que busca una sabiduría más profunda y, para penetrar en esa sabiduría tiene que conocer las imágenes y los símbolos, para así entender esa dimensión alta y trascendente, esa expresión sublime de la intuición. La alta creación es fruto de la intuición, que es la dimensión de la inteligencia que permite captar la dimensión invisible de la realidad, esa vertiente inédita y esencial de lo real, esa faceta honda, sutil y trascendente de las cosas.

Cuando los antiguos filólogos enfocaban el sentido cósmico de lo viviente, buscaban la interconexión con la realidad profunda del Universo, para lo cual hacían ejercicios de contemplación. De la contemplación pasaban a la creación poética y a sesiones para pensar, porque en la escuela de filología había creadores, pensadores e intérpretes, que eran los filólogos; es decir, estudiosos que se inclinaban por el pensamiento y la sensibilidad, como también había quienes se interesaban por la parte formal de la palabra (5).

Desde luego, la parte formal de la palabra siempre ha tenido sus riesgos, ya que Platón advertía del peligro de la pleonexia, es decir, de la vacuidad que entraña fijarse solamente en el ropaje de la palabra, concepto mediante el cual el pensador griego aludía a los que se conformaban con disfrutar la dimensión formal o expresiva de la palabra. Esto es, al estudio del lenguaje sin penetrar en la dimensión profunda, como hacían los sofistas de la época o, como pasó en el siglo pasado con el estructuralismo, que se quedaba en la mera apariencia del lenguaje y no profundizaba en el sentido según postula la filología: penetrar el sentido a través de la palabra. El peligro de la valoración formal al modo de los sofistas y retóricos, es caer en la pleonexia, es decir, en la mera satisfacción por la expresión formal del lenguaje, poniendo el centro del saber en la elocuencia.

Entonces, quien procura una formación filológica puede abordar incluso la psicología del creador, porque puede penetrar en la mente del escritor a través de lo que expresan las palabras, cómo piensa, cómo siente el creador, y cómo entender el sentido de una cultura. Los textos literarios son canales adecuados para conocer la mentalidad de un pueblo, la psicología de un creador y la idiosincrasia de una comunidad, como se ha demostrado en la literatura hispanoamericana, por ejemplo, en la narrativa novelística de nuestros creadores, como se evidenció en los novelistas del boom de los años 60 del s. XX.

Todos los temas pueden ser explorados e interpretados por la filología. El sentido cósmico, que Pierre Teilhard de Chardin atribuía a la percepción de la dimensión profunda de la naturaleza cuando el contemplador entra en comunión con lo viviente, explica parte de la emoción que experimenta el creador inspirado en el esplendor de la naturaleza, y nosotros podemos entrar en comunión con la naturaleza desde nuestra esencia profunda cuando establecemos un contacto con la realidad mediante una especial relación entre nuestra energía, la energía interior de la conciencia, con la energía de la cosa. Entonces, eso va a concitar la chispa de la creación.

Dije al principio que Heráclito era un iluminado y, como iluminado, tenía una visión sagrada de lo viviente y una concepción mística de la existencia, concepción trascendente en la valoración de la Divinidad que concibió a través de la genial intuición de que la palabra encarna y manifiesta la “energía divina” en cada ser humano justamente mediante la condición del Logos, singular dotación que hemos recibido para pensar, hablar y crear. Esas inclinaciones intelectuales, estéticas y espirituales activaron la capacidad filosófica de los grandes pensadores griegos; la capacidad dramática de sus grandes dramaturgos; la capacidad de iluminación de los grandes contemplativos helenos y la virtualidad creativa de los grandes líricos griegos.

Estos planteamientos es oportuno revivirlos para que ustedes se convenzan de que esta hermosa carrera que hoy inician les va a dar la oportunidad para alcanzar un desarrollo intelectual y espiritual si se lo proponen, si asumen con seriedad lo que implica el estudio de la palabra, valorando el Logos como la más alta y profunda dotación que hemos recibido de la Divinidad. Para ello contamos con libros fundamentales que nos ayudarán en nuestra formación académica. Para entender la filología, a quien habla le ha sido clave haber estudiado a Werner Jaeger en Paideia, que explora el sentido de la cultura griega desde la filología; La incógnita del hombre, de Alexis C1arrel, quien desde la biología humana estudia el sentido del arte y la cultura, penetrando en estos meandros del pensamiento y de la sensibilidad para conocer la naturaleza humana, al tiempo que aborda, con singular maestría, el sentido del misticismo. Y Carta al Greco, de Nikos Kazantzakis, donde el ilustre griego explora el misterio del ser humano a través de la palabra, dando un panorama altamente iluminativo respecto a lo que somos y sentimos a través de la creación, del lenguaje y la espiritualidad (6).

Durante la etapa de formación intelectual, ustedes van a tener la oportunidad de conocer a los autores fundamentales de la filología, porque aquí van a estudiar el aporte de eminentes filólogos en el estudio de la lengua y el cultivo de las letras, desde Platón y Aristóteles, hasta Dámaso Alongo y Werner Jaeger. La filología comprende la lengua como fundamento de la creación a través de la palabra; y la literatura como la expresión estética del lenguaje, dos ramas del saber que debe estudiar el filólogo.

Ponderen siempre el instrumental de la creación, que formalizan las palabras expresadas con propiedad, elegancia y corrección, que son las cualidades esenciales del buen decir, y esa valoración comienza a partir del estudio de la palabra, de la semántica de los vocablos, de la combinación de las palabras en las oraciones y párrafos, de la ortografía de la palabra y de la adecuación de la idea a la palabra. En nuestro país no se le da la debida importancia a este aspecto, de modo tal que ni aun nuestros escritores valoran cabalmente el cultivo de la palabra desde el punto de vista ortográfico, semántico y gramatical. Es penoso que un escritor tenga que valerse de un corrector de estilo para que le corrijan lo que escribe. Y es inconcebible que un filólogo no domine la técnica de la composición y la pauta de la normativa de la escritura, ya que debe ser un conocedor del lenguaje y su formalización.

Ojalá sus profesores les exijan a ustedes el dominio gramatical y ortográfico junto al conocimiento de la teoría filológica, exigencia que los filólogos requerían en la antigua Grecia. Al estudiante que no calificaba en la expresión ortográfica y gramatical lo rechazaban, una forma de mantener un respeto hacia el ordenamiento del lenguaje. El orden ortográfico y gramatical de la expresión es una manifestación del orden del Universo. El filólogo ha de tener el “dolorido sentir” de que hablaba Garcilaso de la Vega para valorar como se debe el arte de la creación. Por eso decía Platón que el excelso don que distingue a los poetas también lo tienen los filólogos porque con su saber pericial han de penetrar en el trasfondo de la poesía para interpretar su belleza y su sentido en el caudal de sus imágenes y símbolos. Para ese fin, hemos de auxiliarnos de tres disciplinas esenciales, como son la poesía, la cuántica y la mística, que nos ayudarán en la comprensión de la intuición poética, la visión cuántica del Universo y la sabiduría mística en el estudio de la filología (7).

He de subrayar, para concluir, que el filólogo es quien ama y cultiva la palabra para conocer la creación lingüística y literaria, auscultar las raíces espirituales de la humanidad, conocer el mundo en sus expresiones culturales y sintonizar los efluvios de la Creación, canalizando la huella de la Divinidad desde la palabra y a favor de la palabra.

Cuando Heráclito de Éfeso afirmaba que todo está sometido al ordenamiento del Cosmos, incluyendo la expresión creadora del lenguaje, incluía la literatura; y, en virtud de la conexión humana con la fuente originaria de lo divino nace ese respeto hacia la palabra, que es lo que ustedes, estudiosos de la filología, deben sentir: una veneración sagrada por el valor de la palabra, que en esencia es lo que ilustra y pauta el sentido de la filología.

 

Bruno Rosario Candelier

Lección inaugural del doctorado en filología

PUCMM, Santo Domingo, 5 de septiembre de 2015.-

 

Notas:

  1. Según Platón, los poetas hablaban por inspiración divina. Cfr. La República (533E-534C). Werner Jaeger, Paideia: Los ideales de la antigua cultura griega, México, FCE, 1971, p. 766.
  2. Werner Jaeger, Paideia: Los ideales de la antigua cultura griega, p. 178.
  3. Bruno Rosario Candelier, La belleza y el sentido, Santo Domingo, Academia Dominicana de la Lengua, 2010.
  4. Entre los filólogos dominicanos del siglo XX citamos a Pedro Henríquez Ureña, Federico García Godoy, Carlos Federico Pérez, Antonio Fernández Spencer, Flérida de Nolasco, Héctor Incháustegui Cabral y Manuel Rueda.
  5. En la Academia Dominicana de la Lengua tenemos especialistas y estudiosos de la filología. Con formación académica en filología figuran Ramón Emilio Reyes, Manuel Matos Moquete, Manuel Núñez Asencio, Diógenes Céspedes, Andrés L. Mateo, José Enrique García, Irene Pérez Guerra, Ricardo Miniño Gómez, Ana Margarita Haché, María José Rincón, Odalís Pérez Nina, Liliana de Montenegro, Orlando Alba, Roxana Amaro, Pedro José Gris, Carmen Pérez Valerio y Bruno Rosario Candelier; y con formación autodidáctica en filología tenemos a Federico Henríquez Gratereaux, Marcio Veloz Maggiolo, Carlos Esteban Deive, Rafael González Tirado, Juan José Jimenes Sabater, José Rafael Lantigua, Guillermo Piña-Contreras, Tony Raful Tejada, José Miguel Soto Jiménez, Fabio Guzmán Ariza, José Alcántara Almánzar, Domingo Caba, Roberto Guzmán Silverio, Rafael Peralta Romero, Ramón Antonio Jiménez, Guillermo Pérez Castillo y Fernando Cabrera.
  6. Paideia, de Werner Jaeger, aborda el sentido de la cultura griega desde los textos escritos; La incógnita del hombre, de Alexis Carrel, va desde la biología humana hasta la dimensión de la conciencia; y El pobre de Asís, de Nikos Kazantzakis, desde las vivencias cotidianas aborda el sentido de la mística.
  7. Entre los filólogos con valiosas obras recomiendo a Ferdinand de Saussure, Edward Spranger, Werner Jaeger, Leo Spitzer, Wolfgang Kayser, Benedetto Croce, Umberto Eco, Thomas S. Eliot, Gilbert Chesterton, George Steiner, Roman Jacobson, Andre Martinet, Eugenio Coseriu, Pedro Salinas, Guillermo de Torre, Dámaso Alonso, Carlos Bousoño, Emilio Orozco, Víctor García de la Concha y Luce López-Baralt.