Labor de promoción de la Academia Dominicana de la Lengua

Por Juan Ventura

Miembro correspondiente de la ADL

 

La Academia Dominicana de la Lengua quedó instalada en el Palacio Arzobispal de Santo Domingo el 12 de octubre de 1927, siendo sus doce miembros fundadores connotadas figuras de la intelectualidad dominicana, encabezada por Mons. Adolfo Alejandro Nouel Bobadilla. Esta institución fue reconocida por la Real Academia Española, el 31 de diciembre de 1932 y sus miembros de número son reconocidos como miembros correspondientes de la Corporación de Madrid. Esta institución forma parte de la Asociación de Academias de la Lengua Española, desde el 28 de julio de 1960. El lema de la Academia Dominicana de la Lengua es “La Lengua es la Patria”.

El primer Presidente fue Monseñor Nouel, de 1927 a 1937. Los demás han sido Cayetano Armando Rodríguez, de 1937 a 1940; Juan Tomás Mejía Soliere, de 1940 a 1961; Fabio A. Mota, de 1961 a 1975; Carlos Federico Pérez, de 1975 a 1984; Mariano Lebrón Saviñón, de 1984 a 2002; y, Bruno Rosario Candelier, de 2002 hasta ahora. Después de la llegada del connotado filólogo, ensayista, crítico literario, novelista y promotor cultural, Dr. Bruno Rosario Candelier, las puertas de la ADL han sido abiertas de par en par para recibir a nuevos miembros de número y miembros correspondientes. Y la ADL se ha abierto a la comunidad nacional, tanto en la Capital como en el interior del país, con numerosas actividades lingüísticas y literarias.

Bajo la dirección del Dr. Bruno Rosario Candelier esta institución se ha proyectado en el ámbito nacional e internacional mediante charlas, conferencias, seminarios, coloquios, conversatorios, tertulias, recitales poéticos, así como informes lingüísticos, gramaticales y lexicográficos a la Real Academia Española. También se han publicado libros, boletines y diccionarios. En todos los proyectos de la RAE y de la ASALE, la ADL ha estado colaborando en la confección de los códigos lexicográficos, gramaticales, fonéticos y ortográficos de nuestra lengua. El último ha sido la 23ª. edición del Diccionario de la lengua española con motivo del 300 aniversario de la institución académica.

La publicación del Diccionario del español dominicano constituyó un hito en el campo lexicográfico dominicano. Asimismo el Diccionario fraseológico del español dominicano y otros diccionarios de la ADL. Para sus ediciones, esta institución recibe el apoyo entusiasta de la Fundación Guzmán Ariza pro Academia Dominicana de la Lengua, presidida por el jurista, lingüista y académico Lic. Fabio Guzmán Ariza.

Actualmente su Junta Directiva es la siguiente: Bruno Rosario Candelier, director; Federico Henríquez Gratereaux, subdirector; José Enrique García, secretario; Manuel Núñez, tesorero; Manuel Matos Moquete, bibliotecario; Franklin Domínguez y S. E. R. Nicolás de Jesús Cardenal López Rodríguez, vocales, cuyo mandato fue recientemente renovado hasta octubre de 2020.

La Academia Dominicana de la Lengua publica su órgano de difusión: el Boletín. Se han publicado 32 números. Dice el Dr. Bruno Rosario Candelier: “Con esta labor intelectual a favor del estudio de nuestra lengua y el cultivo de las letras, esta corporación continúa impulsando el legado lingüístico y cultural de la lengua española en América mediante el trabajo permanente, intenso y entusiasta, que realiza la actual directiva con el apoyo de valiosos colaboradores de la institución” (Boletín no. 30, 2014, p. 242).

Laboratorio del lenguaje

Por Sélvido Candelaria

Miembro correspondiente de la ADL

 

A través de un enlace compartido en mi muro de Facebook, me he enterado de dos artículos publicados sobre las elecciones en la Academia Dominicana de la Lengua. Dos artículos que, a toda persona con conciencia, deben inspirar pena y vergüenza. Pena por las retorcidas almas de quienes los han prohijado, y vergüenza al ver el embotamiento de la sensibilidad a que llegan humanos taladrados por sus incompetencias o frustraciones.

Al doctor Bruno Rosario Candelier lo conozco desde el año 2005. Al ser humano, no creo que pueda ser perfecto. Lo que sí me consta es que no existe otro intelectual, en la actualidad, que se haya dedicado a la promoción y el desarrollo de las actividades literarias en este país (y posiblemente en el Continente americano), como él. Los últimos 25 años de su trajinar, mes tras mes, por todos los confines del país y parte de Hispanoamérica y España, así lo demuestran. Los cientos de escritores que en algún momento de sus carreras han buscado y obtenido sus orientaciones técnicas, lo confirman. Entonces no puede uno permanecer impertérrito ante acusaciones tramadas con toda la mala fe del mundo y expuestas con la mayor sevicia.

En uno de los artículos se dice “Los doctores Diógenes Céspedes y Andrés L. Mateo denunciaron que el filólogo y literato Bruno Rosario Candelier introduce personas a la academia a las cuales luego de otorgarles beneficios les exige apoyo para que su gestión se mantenga”. El solo hecho de que entre los últimos miembros de la ADL (motivados por su director y elegidos por el sufragio mayoritario de los miembros) se encuentren Odalís Pérez, Tony Raful, Manuel Matos Moquete y José Miguel Soto Jiménez, lo que es suficiente para desmentir esa vacuidad.

Otro desacertado párrafo de ese artículo cita a Diógenes Céspedes, quien en su turbio  modo de expresarse parece más bien alguien formado en el chismoteo, al decir: “Nosotros enfrentamos el continuismo de Bruno Rosario Candelier. Él llevaba en cada elección en unos sobres los votos de los académicos que había nombrado y con ellos nadie podía ganarle, y así se ha mantenido”. Esto es un grave dislate porque, en la Academia, sea por conciencia, inercia o agradecimiento, se vota de acuerdo a como está establecido en los estatutos: de forma personal o por medio de una carta firmada por el sufragante. Y ambas formas son legales estaban establecidas en los Estatutos de la Academia antes de don Bruno ser director de esa corporación.

Y aquí caemos en el segmento donde se denuncia como una trama infernal el que en la ADL se haga votar a los muertos. Es fácilmente comprobable que la carta donde Rubén Suro vota por don Bruno fue hecha antes de su muerte. Solo hay que ir a los archivos. Pero vivimos en la época de la “postverdad”, y mentir, si se propaga adecuadamente, deja sus réditos. Por ello se insiste en retorcimientos como el que sigue: “En todos los boletines de la academia Bruno Rosario ocupa casi el 60 por ciento de todo lo que se produce y se escribe allí…y eso está para que se publiquen los artículos relacionados con las investigaciones con respecto a la literatura”. Total falacia y malintencionada inferencia. En el último Boletín publicado bajo la dirección del Dr. Mariano Lebrón Saviñón, el número 16, de marzo de 1993, aparecen 9 artículos de fondo y 4 de ellos los calza el director Lebrón Saviñón. En el Boletín número 31, de 2016, aparecen 22 artículos de fondo y solo dos son de la autoría del Dr. Bruno Rosario Candelier.

En los doce años que tengo interactuando con don Bruno Rosario Candelier hemos tenido diferencia de criterios. He llegado hasta a cuestionar algunos de sus planteamientos, pero nunca he sentido de su parte alguna retaliación o resentimiento. Siempre lo he hecho enmarcado dentro del respeto que merece una persona entregada por completo a la noble causa del amor por las letras y el crecimiento intelectual de sus congéneres. Estas palabras buscan solo eso para este hombre: respeto. Si no a su forma de pensar o a sus lineamientos estéticos, a su persona y su obra, que no puede ser borrada por amargados ni resentidos que, en vez de sacar sus teas para alumbrarles el camino a otros, pretenden apagar las pocas que se atreven a desafiar la noche, para después, ellos medrar tranquilamente en la oscuridad.

La ADL tiene 90 años de fundada y durante ese periodo solo ha tenido 7 directores. Lo normal entre los directores ha sido que sólo la muerte o el impedimento físico interrumpen sus funciones. Mariano Lebrón Saviñón dirigió la Academia durante 18 años y, por sus limitaciones de salud, fue relevado en el 2002 por el actual director. Entonces, si la tradición en la ADL es la reelección de sus directores, ¿por qué viene tanta alharaca?

Antes de que a algún fabulador se le vaya a ocurrir incluirme entre los “beneficiarios” de la Academia de la Lengua, quiero manifestar que sí, que soy un beneficiario de ella. Y que me siento muy orgulloso de pagar el costo que conlleva recibir esos beneficios, circunscritos, única y exclusivamente, a la alimentación intelectual y espiritual, que recibo al participar en sus actividades, para lo cual debo trasladarme desde Miches a Santo Domingo bajo mi propio financiamiento. Pero, por lo menos, tengo la posibilidad de acceder a un círculo cultural que hasta hace unos años era coto cerrado. Y es aquí donde radica la diferencia entre la nueva ADL y la tradicional. Y es esto lo que parece molestarles a ciertos intelectuales elitistas. Debe hablarse de la Academia Dominicana de la Lengua, antes y después del 2002. En los quince años posteriores, la Academia ha publicado 16 boletines públicos y 180 boletines privados en cuya comunicación académica recogen las actividades. Hasta el año 2002, la ADL era un grupo exclusivo de 18 miembros de número, y los miembros correspondientes no existían, instancia creada por don Bruno. Otra más. Antes del referido año, la ADL sólo hacía eventuales reuniones y uno que otro acto en fechas especiales a los cuales se invitaba a un grupo muy selecto. Con Rosario Candelier, en su nueva política de hacer llegar sus actividades a la población, la ADL cuenta con los grupos Mester de Narradores y Juglares de la Academia, formados por escritores dominicanos que se trasladan a diferentes puntos del país a intercambiar experiencias con grupos literarios y el público en general. También se imparten talleres lingüísticos y literarios, conferencias, coloquios, seminarios, recitales en sus instalaciones, readecuadas para acoger al público en condiciones placenteras, abiertas a cualquier acto relacionado con sus funciones y objetivos. 

Comentario del poeta Leopoldo Minaya: “Estoy del lado de don Bruno Rosario Candelier. No creo que haya nadie que trabaje como él, ni que ame tanto las letras como él, ni que escriba como él, ni se dedique a los demás como él. Aquí nadie o casi nadie se interesa por las obras de los otros, salvo él; todos se endiosan ellos mismos, menos él”.

 

El aporte lexicográfico de la Academia

Por Camelia Michel

Miembro correspondiente de la ADL

 

La Academia Dominicana de la Lengua es una fragua de proyectos que apuntalan el uso y desarrollo del español dominicano. La institución asemeja un taller donde las ideas toman forma como la materia que modela un escultor cuando plasma su mejor efigie. Eso lo atestiguan las obras publicadas gracias al intenso trabajo que desarrollan Bruno Rosario Candelier y el equipo de trabajo que integra la comisión lexicográfica.

Aún estoy conmocionada por la capacidad para el denuesto y los insultos ruines y zafios contra Bruno Rosario Candelier y Manuel Núñez. Y aún estoy más sorprendida porque algunos de los peores epítetos que recibieron ambos provinieron de personas con suficiente nivel, tanto intelectual como académico, para expresar su inconformidad de forma decente. ¡Cuánta grosería, vulgaridad y bajeza! Y lo extraordinario es que gente llena de tanta mezquindad se sienta con calidad moral para decidir lo que es bueno o malo y, peor aún, para juzgar y descalificar la labor de toda una vida de quienes tienen una trayectoria sólida y beneficiosa para la sociedad como son los susodichos académicos.

Bruno Rosario Candelier no necesita cobijarse bajo las alas de la Academia Dominicana de la Lengua para ser quien es. Muy por el contrario, llegó a esa institución por sus méritos. Luces le sobran para tomar las iniciativas en su fructífera labor al frente de la ADL. De Manuel Núñez no necesito decir mucho, pues el respeto que le profeso no es de estos tiempos. Nuestra amistad data desde que ambos pasamos por los medios de comunicación, él, en calidad de articulista, y yo, en mi condición de reportera, y aunque muchos deseen restarle méritos, su labor enjundiosa y su versátil talento hablan por sí solos. Estoy segura de que mucha gente está de acuerdo conmigo y no lo dice. Los doctores Bruno Rosario Candelier y Manuel Núñez son también dos objetivos para algunas personas de nuestro país que se venden como muy “de avanzada” para resarcir sus propios demonios. Para citar uno solo de los aportes de Rosario Candelier desde la ADL basta citar su labor lexicográfica.

En  una época en la que parece disolverse el perfil identitario nacional con una confusión de paradigmas, el Diccionario del español dominicano presenta a un pueblo con una voz muy antigua, singular y, al mismo tiempo, actualizada. Entre los aportes fundamentales de la ADL al acervo cultural de nuestro país, el Diccionario del español dominicano, el Diccionario fraseológico y el Diccionario de símbolos asumen un rol de primer orden a favor de nuestro vocabulario y de nuestra cultura idiomática.

Para el director de la ADL, Dr. Bruno Rosario Candelier, acercarse al estudio o a la observación del español dominicano es una forma ideal de celebrar la dominicanidad. El intelectual dominicano exhorta de manera muy particular a los profesionales, maestros, estudiantes y a todos los nacionales preocupados por nuestra cultura a tener estos diccionarios como fuente de consulta permanente. Esos diccionarios tienen la particularidad de estar íntimamente vinculados al origen y la esencia del país. Consultarlos equivale a una travesía por más de 500 años de historia, en la que se conjugan palabras y frases con raíces heredadas de los aborígenes, del castellano arcaico y de hablantes llegados de África, en una primera etapa. Posteriormente el español dominicano va incorporando voces, locuciones y ses procedentes de diversas culturas antiguas y contemporáneas, correspondientes a los pueblos con los que el país ha tenido interacción. Los estudios de nuestros académicos confirman que una riquísima mezcla de lenguas y hechos históricos hicieron del idioma dominicano lo que es hoy en día, pero igual apuntan a que la impronta idiomática de este nuevo mundo que abre sus puertas en Santo Domingo, queda marcada en la lengua española. Como ejemplo, la palabra “canoa”, que designaba las embarcaciones indígenas y que es recogida por Cristóbal Colón en una de sus primeras comunicaciones, figura en el Vocabulario español latino de 1495 y el Tesoro de la lengua española, de Sebastián de Covarrubias, en 1611. Manuel Núñez señala que esta voz se impone en todos los textos de los cronistas de Indias, e igualmente sucede con las palabras “bohío” y “caney”, que designaban distintos tipos de viviendas de los pueblos precolombinos. Núñez Asencio advierte que los indigenismos de La Española se impusieron en otros territorios americanos: “Designaciones de utensilios, nombres de personas, de lugares, de animales y de plantas llenarán las páginas de los primeros historiógrafos de América” y también de los expedicionarios que acometieron la empresa de conquistar el Continente, tomando como punto de partida esta isla.

Por otro lado, el director de la ADL resalta el carácter histórico del español que se habla en República Dominicana. Señala que “es el más antiguo de América, por lo cual conserva voces arcaicas, como “dizque” (‘dicen que’), “trasuntarse” (‘parecerse a alguien’), “curcutear” (‘averiguar’), entre otros. En adición a los arcaísmos pueden citarse numerosas “creaciones léxicas” y “creaciones semánticas”, según explica Rosario Candelier, que reportan los términos “pariguayo”, “medalaganario”, “compinche” y otras palabras que son usuales en áreas rurales y urbanas, y que por mediación de la ADL figuran en el Diccionario de la lengua española y en el Diccionario de americanismos. Igualmente fueron tomados en cuenta usos que figuran en el lenguaje escrito y en la literatura dominicana. Explica que en la formación de una modalidad lingüística regional o local surgen dos tipos de expresiones nativas que son tomadas en cuenta: “Las creaciones léxicas, que entrañan la generación de nuevos vocablos en su escritura, como “chinchincito”; y las “creaciones semánticas”, como “lámina”, que en sentido dominicano alude a una mujer hermosa. Esta modalidad consiste en asignar “un nuevo significado a una palabra de la lengua, como “esperanza” (‘insecto de color verde’) o “china” (‘naranja dulce’)”, dice Rosario Candelier. Este diccionario es el primero en su especie realizado de manera colegiada por la ADL, con la participación de Bruno Rosario Candelier, María José Rincón, Fabio Guzmán Ariza y Roberto Guzmán, obra que llena una necesidad fundamental, en el que los dominicanos se encuentran reflejados en voces y frases comunes del país. El carácter didáctico de esta obra referencial de nuestro español se complementa con un estilo ameno, que lo hace de fácil consulta y lectura.

Rosario Candelier advierte que el DED es un diccionario que “toma en cuenta la realidad dialectal dominicana sin emitir juicio sobre su ‘corrección’. La preparación de este Diccionario supuso cinco años de trabajo en que participaron los miembros de la comisión lexicográfica de la ADL bajo la coordinación del Dr. Rosario Candelier.  En su fructífera trayectoria al frente de la ADL, don Bruno ha coordinado los proyectos de colaboración con la RAE: Diccionario de la lengua española, Diccionario panhispánico de dudas, Diccionario de americanismos, Gramática, Fonética y Ortografía de la lengua española.

Cuando le pregunté al doctor Bruno Rosario Candelier su opinión sobre los ataques de adversarios suyos, simplemente me respondió: “Indica que algo bueno hemos hecho, que los envidiosos y frustrados nos atacan”.

 

De horribles blasfemias de las academias

Por José Enrique García

Miembro de número de la ADL

 

   En la “Letanía de Nuestro Señor Don Quijote”, de Rubén Darío, leemos: “De tantas tristezas, de dolores tantos ⁄ de los superhombres de Nietzsche, de cantos ⁄ áfonos, recetas que firma un doctor, ⁄ de las epidemias, de horribles blasfemias ⁄ de las Academias, ¡líbranos, Señor!”

De horribles blasfemias, de las academias, líbranos, Señor, como tantos versos suyos, este saltó de lo hondamente culto y se insertó en lo popular. Así, cuando alguien, con desdén y malicia, quería adjudicarle el calificativo de retórico, atrasado, acabado, deficiente, acudía a este verso: “De las academias, líbranos, Señor”. Se entendía, de inmediato, que esta recriminación iba dirigida a la institución que albergaba a señores que se dedicaban al estudio y promoción de la lengua española. Ahora bien, Darío se refería al amplio ejercicio de la lengua propio del momento histórico. Luchaba contra la retórica establecida en todos los ámbitos en que se manifestaba la lengua. Y en esa lucha buscaba fundar otra retórica: “Yo percibo una forma que no encuentra mi estilo”, dice en Prosa profana y ratifica en Cantos de vida y esperanza: “Yo soy aquel que ayer no más decía ⁄ el verso azul y la canción profana”. Él, dentro de su propio mundo y de su propia retórica, lucha contra ella, procuraba el gesto nuevo dentro de estructuras establecidas. De modo que el verso, su contenido, no contiene una alusión privativa de las academias de la lengua; más bien, hacia el comportamiento general en cuanto al uso de la lengua y, específicamente, en lo referente a la retórica dominante en la literatura en el mundo hispánico, cuando se estaban produciendo sacudimientos en todas las formas del poetizar como consecuencia de la inauguración de una nueva época. Y dicho así, el señalamiento que, tradicionalmente se asumió y tal vez aún como algo despectivo queda en lo anecdótico y en la ocurrencia. Retórico somos todos, de alguna manera. Una retórica desplaza a la otra.

Hoy, tal vez como en ningún otro momento de la historia, las academias de la lengua constituyen verdaderos laboratorios del lenguaje. Y la nuestra, con sus limitaciones, en las últimas dos décadas ha ido adquiriendo esa naturaleza. Un hecho: asistimos en 2015, junto al Dr. Bruno Rosario Candelier, al XV Congreso de las Academias de la Lengua Española (ASALE) en México. En ese congreso pudimos percatarnos de varias realidades: 1. La expansión de la lengua española en el mundo es un hecho irreversible que tiene y tendrá influencias decisivas no solo en el ámbito de la reflexión lingüística, literaria y filosófica, sino en otros, como la política, la economía y la cultura. 2. Los escritores más importantes de los países que escriben en lengua española tienen asiento en las academias de la lengua. 3. En las academias se emplean las últimas tecnologías para dar a conocer los más avanzados estudios de la lengua. Ya no es posible realizar estudios diacrónicos sin el concurso de la computación. 4. Comprobamos que nuestra academia, dentro del concierto de las Academias Hispanoamericanas, ocupa un lugar de primer orden. Debemos a Bruno Rosario Candelier la inserción de la Academia Dominicana de la Lengua en la modernidad. 5. Ese sitial se debe al trabajo sistemático y permanente realizado en las últimas dos décadas, periodo dilatado, como todos los periodos desde su fundación, hecho que obedece a su naturaleza. Y cabe al Dr. Bruno Rosario Candelier, su Presidente, el crédito de ese trabajo, así como a los miembros de la institución que le hemos apoyado, de manera decisiva, consciente y voluntaria, en su reelección al frente de la ADL.

La conformación de comisiones lingüísticas y literarias de trabajo especializados que han elaborado los diferentes textos de la institución: Diccionario del español dominicano, Diccionario fraseológico, Diccionario de símbolos, Diccionario de mística y Diccionario de refranes, así como trabajos lexicográficos, gramaticales y ortográficos requeridos por la Real Academia Española para la elaboración del Diccionario de la lengua española, la Nueva gramática y la Ortografía de la lengua española, como otros documentos lingüísticos, ejemplarizan la labor de Bruno Rosario Candelier. Su vocación de servicio y su capacidad de trabajo creador fue lo que condujo a que la gran mayoría de los miembros de la Academia Dominicana de la Lengua ratificaran la continuación, mediante votaciones libérrimas, del Dr. Bruno Rosario Candelier al frente de nuestra corporación. Y por eso, con Rubén Darío, repetimos: “De las descalificaciones retóricas, de las blasfemias, de las epidemias, líbranos, Señor”.

La Academia dominicana y el estudio de la lengua

Por Rafael Peralta Romero

Miembro correspondiente de la ADL

 

La Academia Dominicana de la Lengua no es un centro de enseñanza donde acuden unos alumnos provistos de cuadernos y lápices a tomar clases, por ejemplo, de gramática. Como la Real Academia Española y las demás corporaciones de Hispanoamérica, Filipinas, África y Estados Unidos de América, la nuestra ejerce también un apostolado de  la palabra.

La enseñanza en el aula conduce al educando -niño o adolescente- al descubrimiento de esa herramienta tan esencial para los seres humanos que es la lengua. La Academia de la lengua, en cambio, ejerce un influjo que abarca al alumno, al maestro, a los padres y a los que ya dieron por terminado su ciclo de estudios formales. Ese magisterio se coloca muy encima de los parámetros del sistema educativo, porque pone a los individuos a descubrir en la lengua un manantial de recursos que proporcionan deleite espiritual y a la vez los encauza por la vía de ampliar su capacidad de entendimiento, además de descubrir la grandeza, y también privilegio, que representa un manejo adecuado de la lengua.

Para la ADL, respaldar el conocimiento de nuestra lengua constituye una responsabilidad. Responsabilidad asumida en libertad, como lo plantea el filósofo Fernando Savater: “Responsabilidad es saber que cada uno de mis actos me va construyendo, me va definiendo, me va inventando” (Ética para Amador, p. 82). La Academia cumple esta función por medio de coloquios, talleres, tertulias, conferencias, conversatorios y análisis de obras literarias o de contenido formativo en torno a la lengua y la literatura.

Todo apostolado implica hacer campaña en pro de una causa o doctrina. En sus salones, como fuera de ellos, y al  mismo tiempo por su página de consulta en la web, nuestra Academia esparce la normativa que le da consistencia al idioma español y las recomendaciones prácticas para su buen uso. Ese es el gran servicio de Fundéu Guzmán Ariza, con la asesoría de la Academia Dominicana de la Lengua. El punto clave es sembrar entre los dominicanos la provechosa simiente de la conciencia de la lengua, partiendo de la premisa de que la persona se posee a sí misma en la medida que posee su lengua. Así lo entiende la ADL cuando promueve  -y lo hace con buena frecuencia- actos destinados a insertar en los dominicanos el interés por un mejor empleo del español. La intención predominante en estos encuentros es la valoración y el aprecio por la lengua española y el compromiso que frente a la misma han de asumir los hablantes y los profesionales que se valen de ella como principal herramienta de trabajo. Es cuestión de ética mayormente para escritores, periodistas, comunicadores y educadores el conocer, e incluso enseñar, las normas gramaticales.

Nadie dude que el estudio de la lengua y el cultivo de la literatura faciliten desarrollar la energía interior de la conciencia. La idea de conciencia implica conocimiento, saber, reflexión. En su libro La conciencia del lenguaje, Bruno Rosario Candelier lo explica de esta manera: “Darse cuenta de lo que las cosas significan, de lo que hace el pensamiento y del proceso que realiza quien piensa y crea, es el rol de la conciencia cuyo ejercicio conlleva el concurso de la intuición, la memoria, la imaginación, la tradición y el  lenguaje” (La conciencia del lenguaje, p. 118).

La Academia Dominicana de la Lengua quiere, con sus actos, que los ciudadanos, particularmente quienes buscan el conocimiento del buen decir, entiendan que el lenguaje es, y tiene que ser, un asunto sustancial, de primera importancia para todo estudio, dado que es el vehículo indispensable para la expresión del pensamiento y un ente determinante para que los seres humanos aprehendan el mundo exterior y expresen su mundo interior. La conciencia de la lengua implica el desarrollo de una actitud reflexiva en torno de esta facultad humana que nos diferencia de los otros seres vivos. La adquisición de la lengua es un proceso social, que se torna tan natural que antes de los seis años un ser humano ha logrado un cúmulo de palabras que le permite expresar sus necesidades, sobre todo las biológicas. Pero el ser humano tiene necesidades de carácter espiritual, cuya satisfacción es clave para su vida de relación: vivir con los demás, enunciar pensamientos, divulgar sentimientos, manifestar sus preocupaciones y expresarse artísticamente. Es aquí donde hemos de caer en la cuenta de la importancia de cobrar conciencia de lo que es el idioma, porque más allá de la utilidad en la expresión de necesidades (pedir agua o comida, por ejemplo), tenemos que la lengua es el instrumento básico para revelar nuestro mundo interior y nuestras aptitudes. Aquí entra el rol de la ADLengua en nuestra cultura.

La Academia no solo estudia la lengua en forma abstracta, sino que también se ocupa del habla de los dominicanos y de los textos literarios, los cuales emplean para ilustrar, sobre todo en el área lexicográfica, los contenidos de las publicaciones académicas. La dominicana y las academias de los otros países hispanoparlantes forman con la de España, la Asociación de Academias de la Lengua Española, que es la autoridad que vela por el perfeccionamiento del español y que se expresa a través de las publicaciones  institucionales: Diccionario de la lengua española, Gramática, Ortografía y el Diccionario panhispánico de dudas. En su aporte lexicográfico a nuestros hablantes, la ADL ha publicado el Diccionario del español dominicano, el Diccionario fraseológico del español dominicano y el Diccionario de símbolos. Y labora en la confección de otros diccionarios.

La conciencia de lengua nos sitúa en un compromiso con nuestro idioma y nuestros hablantes, como una demostración de amor hacia nuestro sistema de comunicación y un respeto sobre la normativa ortográfica que despierta preocupación por los aspectos léxicos como la propiedad o aspectos sintácticos como la concordancia. Para el logro de esos objetivos trabaja la Academia Dominicana de la Lengua. En eso radica su apostolado.

La Academia Dominicana de la Lengua: centro de estudios del español dominicano

Por María José Rincón

Miembro de número de la ADL

 

En la Academia Dominicana de la Lengua, fundada en Santo Domingo, República Dominicana,  el 12 de octubre de 1927, conmemoramos este año el nonagésimo aniversario de su fundación, y continuaremos haciendo lo que sabemos hacer: fomentar el estudio y el buen uso de la lengua española.

Manuel Patín Maceo, miembro fundador de nuestra Academia, publicó uno de los primeros diccionarios dedicados al registro de nuestro vocabulario. No es otro el empeño de los académicos. Acercarnos a la vida de las palabras con avidez y respeto. La lengua en la que se expresan los dominicanos comienza en el proceso de criollización la aportación de nuestros hablantes al caudal inagotable y compartido del español general.

La conciencia de la internacionalidad de nuestra lengua se forjó desde que, en la cubierta de embarcaciones que hoy nos parecerían cáscaras de nuez, atravesó el Atlántico para alejarse de los valles castellanos que la vieron nacer y extenderse humana y territorialmente por la ancha y larga América, hasta convertirse en la lengua que hoy consideramos materna más de cuatrocientos setenta millones de hablantes y que estudian, como segunda lengua, más de veintiún millones.

La ADL fomenta el cultivo del buen hablar que asegura, como ninguna otra cosa, la cohesión y la vitalidad del español. Un objetivo que ya reconoció el poeta y académico Dámaso Alonso en su «Unidad y defensa del idioma»: «… nuestra lucha tiene que ser para impedir la fragmentación de la lengua común». La investigación filológica y la divulgación lingüística y literaria son los aperos que nos asisten en la labor, en la que se hace imprescindible el esfuerzo y la colaboración de muchos.

La labor académica panhispánica ha rendido sus frutos. Sus obras se han convertido en libros de cabecera de los buenos hablantes y aspiramos a que sirvan de inspiración y ayuda a los que quieren llegar a serlo. Si repasamos solo la producción de estos últimos años no dejaremos de enorgullecernos. Acompáñenme, si no, en este repaso por las tres obras fundamentales en el estudio de una lengua: ortografía, gramática y diccionario.

La Ortografía de la lengua española de 2010 nos recuerda que nuestra lengua es un producto cultural e histórico que va tomando forma a lo largo de siglos y con el uso continuado de cientos de millones de personas. Los hablantes somos los responsables de irle aportando su carácter, sin olvidar que no hemos sido nosotros los primeros que hablamos en español y que no vamos a ser los últimos. Todas las variantes fonéticas, incluidas las dominicanas, quedan recogidas por un conjunto de sistemas convencionales de representación gráfica, que es lo que en la actualidad entendemos por disciplina ortográfica. Las pequeñas variantes ortográficas presentes en los hablantes dominicanos cultos se registran en esta obra académica gracias a los aportes de los académicos especializados en esta área del conocimiento lingüístico.

En 2010 ve la luz la Nueva gramática de la lengua española. Su texto fue aprobado por todas las academias, entre ellas la dominicana, en 2007. Sus páginas nos acercan al «maravilloso artificio de la lengua» en su verdadera diversidad y en boca de hablantes de todas las zonas donde se habla español. El enfoque panhispánico ha logrado lo que muchos anhelábamos: el Diccionario de americanismos. Su punto de referencia lo constituye el léxico compartido por todos los que hablamos en español, y que representa más del ochenta por ciento de nuestro vocabulario. Lo que identifica y le da personalidad a este diccionario es que recoge el léxico propio del español de América, que supone la población y la extensión territorial mayoritaria de los hablantes de español como lengua materna, desde Tierra del Fuego en el sur del continente, pasando por nuestra isla caribeña, al gigante estadounidense, hoy por hoy el segundo país hispanohablante del mundo.

Las aportaciones lexicográficas de primera mano de la comisión académica dominicana sobre el uso y la difusión de cada vocablo entre los hablantes dominicanos acortó la brecha de conocimiento del caudal léxico de la variedad del español que hablamos en esta isla.

Un buen ejemplo de colaboración interacadémica es el Diccionario de la lengua española, nuestro diccionario académico. Entre las faenas que se les encomiendan a las Academias está la de proponer la incorporación al DLE de una selección de palabras vigentes en los países hispanohablantes. Nuestra tarea consiste, por tanto, en certificar los usos dominicanos para que, en concurrencia con los de otros países hispanohablantes, puedan ser considerados para su inclusión en el lemario del diccionario oficial. Cada Academia recibe como material de trabajo las listas de los americanismos (todos los lemas y sus acepciones) correspondientes a su país. Para avalar cada uso deben aportarse textos en los que se utilice la voz, ejemplos claros, breves y sin errores ortográficos o gramaticales. A estas alturas ya habrán notado que uno de los rasgos fundamentales de los lexicógrafos es la de ser extremadamente quisquillosos; en dominicano diríamos periquitosos. Toda la documentación recopilada por nuestra Academia se envía al Instituto de Lexicografía Hispánica, encargado de analizar los resultados, cotejarlos con los obtenidos por otras academias sobre sus respectivas variedades dialectales y de incorporar al diccionario los lemas y acepciones resultantes de este proceso de selección.

Esta tarea, junto con otras tantas, tan delicadas y tan trascendentes como esta, resultan en una nueva edición del diccionario, que debe adaptarse a la lengua que registra, una lengua que nunca para de cambiar. La labor que ha venido desarrollando la Academia Dominicana de la Lengua se aprecia si comparamos las cifras de dominicanismos registrados en las últimas ediciones del diccionario académico.

Nuestra labor de estudio del español dominicano no se limita a hacerlo presente en las obras panhispánicas. Fruto de nuestro interés por la investigación y la valoración de la variedad dominicana del español nos hemos dedicado al registro de nuestro léxico, que culminó en la publicación, en 2013, del Diccionario del español dominicano, una obra que refleja en toda su vigencia y su riqueza nuestra realidad léxica.

El trabajo académico exige formación, dedicación y entusiasmo, además de una conciencia activa y un conocimiento profundo de la lengua propia. El contacto diario con el español de la calle, de los medios de comunicación, de las aulas, provoca a menudo la sensación de que nada de lo que podamos aportar logrará que las cosas mejoren. El Diccionario del español dominicano ha supuesto para los que hemos participado en él el antídoto perfecto. Su publicación ha despertado un interés y una expectación que nos siguen sirviendo de acicate.  Muchos son los defensores y muchos, y más ruidosos a veces, los críticos. Los académicos, inevitablemente, siempre vamos a la zaga de la vitalidad de la lengua. Cuando una obra de estudio se publica, cuando un diccionario se cierra, ya otro está dando sus primeros pasos. Solo nos queda invitar a los hablantes dominicanos a que usen la Academia Dominicana de la Lengua, la Academia de su lengua, su Academia.

La Academia Dominicana de la Lengua: fuero, crisol y cauce del buen decir

Por Bruno Rosario Candelier

Director de la Academia Dominicana de la Lengua

 

 Naturaleza. La Academia Dominicana de la Lengua (ADL), correspondiente de la Real Academia Española (RAE), se estableció en Santo Domingo el 12 de octubre de 1927, y desde su fundación comparte la misión que por mandato oficial le fuera asignada a la RAE y en tal virtud colabora en las tareas que realiza la Corporación de Madrid, centradas en el estudio de la lengua y el cultivo de las letras para conservar su esencia originaria, impulsar su desarrollo y atizar el potencial de su genio idiomático con entusiasmo y tesón.

La ADL cuenta con 30 miembros de número, 40 miembros correspondientes nacionales y 20 miembros correspondientes extranjeros. Los numerarios son los miembros titulares de la institución, y su elección, mediante el voto de los titulares, se formaliza con un discurso de ingreso del recipiendario, que es recibido por un miembro designado por el director y, según el protocolo establecido por la tradición académica, se procede a instalarlo en el sillón signado con una letra del alfabeto y, cuando el director le impone la medalla, queda oficializada la incorporación del nuevo académico como miembro de número de la ADL y miembro correspondiente de la RAE.

Integrante de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), desde su fundación la ADL promueve el conocimiento de nuestra lengua y la valoración de nuestras letras, según consignan los estatutos de las Academias de la Lengua, y todas secundan el lema de la RAE, “Limpia, fija y da esplendor”, que alude a la pureza, la corrección y la elegancia del buen decir. El estudio sobre la naturaleza y el desarrollo de nuestro sistema de signos y de reglas en su dimensión discursiva, expresiva y activa plasmada en los hechos de lengua, implica la observación de los actos del habla y sus variantes dialectales y estilísticas, con especial atención a la obra de los escritores, que son los usuarios privilegiados de la lengua, y ambos estamentos, la lengua viva del pueblo y la lengua culta de los literatos, comprenden el caudal léxico, semántico y gramatical en cuya veta idiomática abordamos nuestro medio de comunicación, no con una simple actitud de aficionado, sino con esmerada disciplina para que nuestros estudios propicien una fuente válida para el conocimiento de la palabra, enaltecedor vínculo de lo humano y lo divino.

Presencia. La conciencia de lengua constituye una poderosa motivación intelectual para asumir la palabra como herramienta de trabajo, ya que el uso del lenguaje, entre cuyos usuarios importantes figuran escritores, profesores, sacerdotes, políticos, periodistas, actores y comunicadores mediante la realización de un decir que sirve de transmisión de conocimientos, intuiciones, verdades, testimonios y vivencias que fundan los cimientos de nuestra cultura con el despliegue del talento creador de cuantos acuden a la palabra con sentido científico, humanístico, estético y espiritual. De ahí la necesidad de contribuir al desarrollo de una expresión correcta, precisa y elegante mediante el uso acrisolado de la lengua, que esta Academia impulsa y promueve para que nuestros hablantes forjen sus imágenes y conceptos con el fulgor de la belleza que conmueve y el sentido de la verdad que edifica.

La autoridad lingüística de la Academia Dominicana de la Lengua, en su condición de institución rectora del idioma, conlleva la confección de una obra lexicográfica, gramatical y ortográfica para “lograr el fruto que se propone de poner la lengua castellana en su mayor propiedad y pureza”, según rezan los estatutos de la institución, misión que asumimos los académicos dominicanos en nuestra condición de cultores de la lengua. La vocación para forjar una expresión ejemplar que potencie el caudal idiomático y enriquezca la expresión literaria en la fragua del buen decir, ha sido crisol y cauce de la más alta aspiración lingüística de hablantes conscientes del don que entraña la creación de la palabra.

Servicio. En nuestra condición de hablantes, estudiosos y cultores del español dominicano, los académicos acoplamos el genio de nuestra lengua a nuestra idiosincrasia cultural. La lengua es la mejor vía para fortalecer nuestra esencia como pueblo y nuestra idiosincrasia intelectual, mediante una definida cosmovisión abierta y un horizonte espiritual que potencie, mediante una expresión correcta, comprensible y hermosa, el fuero de nuestra lengua. Para cumplimentar ese objetivo hemos realizado centenares de actividades lingüísticas y literarias en la sede de la Academia y en otros escenarios. Con académicos de la lengua nos hemos desplazado a diferentes centros culturales y comunidades del país para incentivar el interés por la lengua y el cultivo de las letras. Hemos organizado coloquios, conferencias y talleres lingüísticos y literarios. Hemos editado boletines, libros y diccionarios. Hemos contestado decenas de comunicaciones y respondido a variadas consultas lingüísticas y literarias. Con Fundéu, Fabio Guzmán Ariza y Ruth Ruiz dan oportunas recomendaciones ortográficas, lexicográficas y gramaticales. Hemos presentado los códigos de la lengua en diversos escenarios nacionales. Contestamos cartas y correos electrónicos del país y el exterior, y aclaramos dudas sobre lengua y literatura. Llevamos nuestras inquietudes idiomáticas a diversos centros docentes del país. Hemos presentado ponencias, charlas y libros en diferentes centros culturales nacionales e internacionales. Y, desde que asumimos la dirección de la ADL, hemos aportado una fecunda colaboración a la Real Academia Española, de la que somos los interlocutores autorizados de nuestra Academia y de nuestro país, mediante informes lexicográficos, gramaticales, fonéticos y ortográficos sobre nuestros códigos lingüísticos. Asimismo, redactamos un reporte mensual de actividades lingüísticas y literarias para los académicos de la lengua y preparamos ponencias e informes idiomáticos sobre nuestra labor.

Con la colaboración de los miembros de la comisión lingüística de la ADL, María José Rincón, Fabio Guzmán Ariza, Ricardo Miniño Gómez, Ana Margarita Haché, Irene Pérez Guerra, Rafael González Tirado, Guillermo Pérez Castillo, Roberto Guzmán, Rafael Peralta Romero, Domingo Caba, Roxana Amaro y Ruth Ruiz, hemos sembrado inquietudes lingüísticas mediante conferencias, talleres y publicaciones; y con la colaboración de los integrantes de la comisión literaria de la institución, Federico Henríquez Gratereaux, Marcio Veloz Maggiolo, Manuel Núñez Asencio, José Enrique García, Manuel Matos Moquete, Juan José Jimenes Sabater, Franklin Domínguez, Tony Raful, Ofelia Berrido, Emilia Pereyra, Carmen Pérez Valerio, Sélvido Candelaria y Camelia Michel, hemos llevado orientación literaria a diferentes escenarios donde nos la han solicitado.

El estudio y la promoción de la lengua y la literatura han sido, desde su fundación, la razón y la inspiración que justifica la existencia de la Academia Dominicana de la Lengua a favor de nuestro idioma. Desde las raíces de nuestra cultura y la energía interior de nuestra conciencia aflora el aliento iluminador mediante el cual fluye, con el saber que edifica y la belleza que conmueve, la voz oportuna y sugerente. Con esa tarea centrada en la palabra, la Academia Dominicana de la Lengua cumple la misión que le fuera signada para hacer de nuestro idioma el centro de nuestras apelaciones intelectuales, morales, estéticas y espirituales, fuero, crisol y cauce de la palabra ejemplar.

La voz mística de Jit Manuel Castillo: cauce estético y simbólico de la llama divina

Por Bruno Rosario Candelier

 

A Rafael Peralta Romero,
cultor y guardián de las voces con sentido.

 

Sin mí
puéblame contigo.
A solas con el solo
en mi soledad todos entran.
¿De dónde esta presencia
que me deja tan ausente?
Tu claridad me refleja
como espejo de tu sombra.
(Jit Manuel Castillo, “Plegaria”)

 

Encontrar un genuino poeta que también sea un auténtico místico es una grata y auspiciosa coincidencia que pocas veces acontece en el ámbito de la literatura. Esa doble dotación espiritual se ha manifestado con elegancia y primor en la obra y la persona de Jit Manuel Castillo, singular portalira de las letras dominicanas. Oriundo de Santo Domingo, pertenece a la Orden de los frailes franciscanos y escribe poesía, narrativa y ensayo. Forma parte del Movimiento Interiorista y es cultor de una hermosa lírica mística (1).

En efecto, este creador dominicano y sacerdote franciscano vino al mundo dotado de la gracia poética y la gracia mística, dones que se potenciaron con la gracia sacerdotal que lo enaltece, triple condición amartelada en la palabra divina, la acción humanizada y la creación teopoética con alta irradiación trascendente, lírica, mística y simbólica que su poesía canaliza en hermosos y densos versos henchidos de amor, belleza y sabiduría.

El lenguaje de la lírica es un abrevadero inagotable y luminoso para encauzar la onda sublime que encierra el misterio de lo eterno, que el caudal lírico y simbólico revela mediante llama de la inteligencia mística y la veta de la conciencia trascendente, cauce de la intuición espiritual que la palabra poética atrapa y promueve. En la lírica mística, el lenguaje no es solo un brocal del pozo de la samaritana, sino un espejo de la trascendencia y un vínculo con la Divinidad.

El aliento divino que subyace en la creación teopoética también encauza la belleza simbólica de una visión iluminada, por lo cual la palabra de este sacerdote-poeta inspira fascinación y hondura. Su poesía es un fino cauce del éxtasis transformante, con algo de la revelación trascendente y mucho de la redención final. En la luz de su lenguaje poético refulge un cautivante sentido que edifica y enciende. Y la Llama que purifica, con el entusiasmo que enciende, se posa con su aleteo florido en las imágenes y los símbolos de su extasiada lírica.

Las grandes creaciones literarias, especialmente la literatura inspirada en el sentimiento de lo divino, como el “Cántico del Universo”, de san Francisco de Asís o el “Cántico espiritual”, de san Juan de la Cruz, paradigmáticos textos de las letras universales, evidencias son de la creación poética de inspiración religiosa, en las que ha abrevado nuestro agraciado poeta, junto a las grandes obras clásicas y modernas de las letras universales.

Un dato significativo, en este poemario de Jit Manuel Castillo es el epígrafe que trae cada poema, con el detalle de que la frase que preside cada texto corresponde al sentido orillado en el poema y a un autor místico de las letras universales, con la excepción de una ilustre dominicana, la poeta mística Martha María Lamarche.

Desde el pórtico del poemario En la voz del silencio se vislumbra en la persona lírica la huella transformante de la mística, cuya vivencia modifica la visión del mundo y concita una conducta coherente con la iluminación de esa singular vivencia, ya que, después de experimentar la inmortal dolencia, no deja igual a quien ha sido tocado por la Presencia, como se aprecia en “Crepúsculo”:

Doy testimonio de mí

quien entró al umbral del ocaso

no es el mismo que sale.

Penetré al misterio del crepúsculo

y petrificado en su volcán

me consumió un beso compasivo.

Tocado por los sueños y la ternura

me transfiguré en pasión y caricia

y he quedado sin palabras.

(En la voz del silencio, p. 10).

   En efecto, el poeta queda sin palabras, tras la experiencia arrobadora, extática y transformante. Arde el alma del poeta en el fuego del misterio, y todo cuanto ve, hace o anhela, está marcado por la singular llama divina que impacta su sensibilidad, expande su conciencia y atraviesa su decir. En ese discurrir interior fluye la vida mística, que ha pautado la existencia de Jit Manuel Castillo de la Cruz, no solo por su vocación sacerdotal, sino por su dotación espiritual y estética, como lo revelan los encendidos versos fraguados en el fuego del amor divino (2).

Sabe el poeta franciscano que la lírica mística trabaja con el lenguaje de los símbolos y las figuraciones literarias para decir lo indecible de la experiencia mística a la luz del impacto intelectual, emocional y espiritual que, como en la pasión del amor, desmaya los sentidos y cautiva el alma con la dulce sensación de una singular vivencia trascendente.

En esa peculiar experiencia interior fluye la búsqueda mística, que es la búsqueda de lo Absoluto, mediante la cual el poeta dominicano vive la más alta apelación de los sentidos, al tiempo que expresa, con el ardor de una luminosa vocación redentora, lo que subyuga su sensibilidad y enajena su conciencia. Cuando regresa de la inmortal dolencia, como es la genuina dolencia divina, su alma contagia las cosas con su peculiar energía, y todo parece responder al “fuego sagrado” que lo abrasa, incita y purifica. Entonces, el mundo le parece diferente al contemplador de lo viviente. En tanto expresión de la Energía infinita, la Conciencia mística lo cambia todo: no solo porque todo viene de Todo y hacia el Todo vuelve, como intuyeran los iluminados y contemplativos de las diferentes culturas de Oriente y Occidente, sino porque en esa comunión entrañable con la Fuente primordial del Cosmos las cosas adquieren una singular connotación simbólica y el afortunado contemplativo se transforma y se ilumina: “¿Puede una luciérnaga / ocultársele a la noche?”, se pregunta extasiado el poeta, y de inmediato se responde: “Tampoco yo puedo esconderme a Tu misterio”.

En esa integración cósmica bajo la subyugación de la experiencia espiritual se resuelve la angustia del místico. En su anhelo de lo divino, Castillo de la Cruz vive imantado al fulgor de lo divino y experimenta la indecible ‘deificación’ en el centro mismo de su alma, en cuya virtud participa del “gozoso sentir” que experimentan los  iluminados y los místicos. Ya no es el “doloroso sentir” de los poetas, según la intuición estética de Garcilaso de la Vega, sino el “gozoso sentir” de los místicos que atribuyo a los contempladores de lo divino. De ahí la inmensa alegría y el júbilo entrañable que destila el alma del místico, como se manifiesta en este poeta interiorista, que canaliza en la gozosa entonación de sus versos la radiosa expresión del corazón enamorado al sentirse elegido y enaltecido por la potencia esencial de lo viviente, que encauza en la expresión mística de lo divino. El esplendor del mundo aflora límpido y puro en el lenguaje del poeta villaduarteño, que compensa el sentimiento de anonadación espiritual ante el arrebato del Misterio que concita su honda devoción por el Creador del mundo. Sabe nuestro poeta manejar las imágenes que dan cuenta de su estado emocional y, con su amorosa mirada mística, asume los datos sensoriales de las cosas, según testimonia en “Luz y tinieblas”, que canaliza con la advertencia del epígrafe de santa Teresa de Jesús (“Si te perdieres, mi amada./alma, buscarte has en Mí”), para cantar conmovido por el sentimiento que horada su alma estremecida:

Soy luz intermitente.

A veces

ilumino el movimiento de la noche

para esconderme de Ti

tras un brillo que enloquece.

Otras veces

solo nado entre tinieblas

perdido entre las sombras

de Tus aguas que me encubren.

(En la voz del silencio, p. 26).

   Bajo su pulcra mirada escrutadora, que es una mirada de amor, del limpio amor sagrado, el sacerdote-poeta experimenta, al tiempo que vive su pasión de amor, “gemidos interiores” como el dolor de la Creación, que según el vidente de Patmos, gime y sufre. Pero nunca ese dolor suplanta ni avasalla al júbilo místico, la ternura universal, ni el lenguaje simbólico, los tres rasgos del perfil distintivo de la creación teopoética, que En la voz del silencio de Jit Manuel Castillo, formaliza soberanamente en el fuero de la sede literaria (3). Una sabiduría divina destilan estos amartelados versos del místico poeta interiorista que calza y perfila esta lírica entrañable. Y una empatía cósmica concita el aliento de su alma encendida en la fragua de lo sagrado, vínculo de la gracia que convierte el amor en quejido y el dolor en suspiro bajo el fuego de lo divino. Con la sensorialidad de lo viviente el poeta se hace uno con el Todo, según canta en “Nos unió el llanto”:

Nos unió el llanto en la alborada

yo me derramé en lágrimas

Tú me acompañaste con el rocío.

Y por tus ojos entreabiertos

se fugó una estrella solitaria

pañuelo de mi alma herida.

(En la voz del silencio, p. 47).

   Para el que vive místicamente el mundo, que es vivirlo bajo el aliento de lo divino, todo es pasión, armonía y entrega. Se vive así místicamente el mundo como expresión de lo sagrado a la luz de la irradiación de lo celeste. Jit Manuel lo sabe y lo siente porque ha sido imantado por la radiosa llama de la Presencia infinita y la pasión inmortal de la dolencia divina. Y ha experimentado la inexorable transformación que vive la conciencia del místico. Así lo expresa el poeta franciscano en “Ya no es lo mismo”, por lo cual unos versos de san Juan de la Cruz (“¡Oh noche que guiaste/¡Oh noche amable más que la alborada!”), acuartela la mirada que purifica los sentidos y, como el niño atemorizado ante el miedo de la Caperucita, evoca el lenguaje del cuento infantil, que usa como mediación de sus cogitaciones interiores:

Ya no es lo mismo

todas mis noches se siembran

 de estrellas mi densa oscuridad

está poblada de constelaciones.

Cierro los ojos para mejor sentirte.

(En la voz del silencio, p. 48).

   En efecto, quienes han experimentado la sublime sensación de la experiencia mística ven lo que el común de los mortales no atisba, y vive lo que ha sido reservado a iluminados y contemplativos, que viven el fulgor de la celeste llama. Es un “fuego divino” que atiza el hondón de la sensibilidad y la purifica el sentido bajo el crisol de lo sagrado. En “Hay un ardor en mi pecho” escribe el poeta:

Hay un ardor en mi pecho

no me pertenece y me quema.

Esa pasión no es mía

me abrasa y viene de lo Alto

aunque está bien adentro.

En lo profundo

tan honda que me trasciende.

Es devoradora y me funde.

Su misterio me habita

me posee   me integra.

(En la voz del silencio, p. 52).

Entonces el poeta experimenta extrañas, profundas y contradictorias señales. Entre antítesis y paradojas resuelve el poeta la ambivalencia de su lenguaje y la “contradicción” de la “soledad sonora” o la “tiniebla encendida” de los grandes místicos que en el mundo han sido. Sin buscar nada lo tiene todo y, como el Poverello de Asís, no quiere nada para tenerlo todo. El fundador de la Orden Franciscana, a la que pertenece Jit Manuel Castillo de la Cruz, es un paradigma de santidad y ternura, y de su corazón impregnado de amor divino, brotó la poesía que canta en sus tiernas cancioncillas, rociada de la llama mística de lo viviente, que este seguidor de su vida imita y cultiva en su lírica teopoética bajo la fragua del sentido. En “Temor de Dios” nuestro poeta expresa su visión iluminada: 

No es tu presencia lo que temo.

Es al dolor que persiste

cuando me dejas.

Devuélveme a Ti

aunque me duela.

Es como único soporto no sentirte.

(En la voz del silencio, p. 78).

 Y en un aparente juego de palabras, propio de la paradoja muy del gusto de la mística, el poeta expresa el anhelo de ser para la luz, viviendo en medio de la sombra bajo el fulgor del misterio, como escribe en el poema “En tu ausencia”. El anhelo de “otro cielo estrellado”, para aludir al ámbito sutil de la trascendencia, hace suspirar su alma irredenta cuando se siente abandonado, solo y triste:

En tu ausencia, ni las arañas me visitan

para tejer su amor en mi abandono.

En mi abandono, ni las arañas se agitan

para expresar por tu ausencia mi dolor.

En mi dolor me detengo en las arañas

para disimular tu abandono.

(En la voz del silencio, p. 86).

  En el poemario En la voz del silencio, título traslaticio y simbólico de una cautivante creación teopoética, el emisor de estos encendidos versos canta el hallazgo que emociona al poeta, anonadado ante el Misterio y arrobado ante la Presencia que le revela el Sentido y la entrañada Luz de la Hermosura. En “Plegaria”, que sirve de epígrafe a este estudio, el poeta canta el sentimiento místico de compenetración con lo divino que, con el lenguaje simbólico de la paradoja, expresa la conmoción que lo desconcierta ante el Fulgor del Misterio:

Sin mí

puéblame contigo.

A solas con el solo

en mi soledad todos entran.

¿De dónde esta presencia

que me deja tan ausente?

Tu claridad me refleja

como espejo de tu sombra”.

(En la voz del silencio, “Plegaria”).

 Desde los tiempos antiguos los poetas creen, y lo creen porque lo viven, que con su creación verbal crean un mundo verbal que formalizan en sus imágenes y símbolos, aunque estén conscientes de que la suya no es una creación ex nihilo, es decir,  de la nada, como fue la Creación del Mundo según el relato bíblico. La de los narradores y poetas es una invención que tiene su base en la tradición, el lenguaje y la memoria, aunque participan la imaginación del creador con sus intuiciones y vivencias, ya que el lenguaje forma parte de la cultura colectiva de una comunidad con sus mitos, tradiciones y costumbres.

Los escritores han evidenciado que con la palabra pueden formalizar su capacidad simbólica, como lo vive el niño a través de procesos que experimenta en su confrontación con el mundo sensorial de lo existente. El lenguaje deviene un instrumento indispensable de relación y connotación que la creación formaliza. Con la palabra encauzamos nuestra visión del mundo, que lo representamos en el lenguaje discursivo y directo, o traslaticio, metafísico y simbólico.

Desde nuestra instalación en el mundo establecemos un vínculo con las cosas y, mediante el arte del lenguaje, lo recreamos, representamos y simbolizamos. Intuimos, conceptualizamos y simbolizamos lo que pensamos, que formalizamos en imágenes y conceptos con el concurso del lenguaje (verbal, pictórico o musical) y reproducimos nuestra percepción de las cosas y creamos un nuevo orbe nominal con los signos y los símbolos de nuestro lenguaje. Y como el lenguaje es una creación, tenemos la sensación -y el primero en tenerla es el niño- de que nos apropiamos del mundo por el lenguaje que lo representa, y por eso Adán aparece en el Jardín del Edén nombrando las cosas, una forma de apropiarse de ellas nominalmente. Los poetas, que con su lenguaje recrean la realidad de lo visible y lo invisible, representan con las palabras no solo lo que acontece en el mundo interior de su conciencia y en el mundo exterior de lo existente, sino lo que subyace en la apariencia de las cosas puesto que la creación poética capta su esencia y su sentido. Y, además, perfilan la dimensión metafísica y simbólica de lo viviente. Mediante el lenguaje canalizan lo que su intuición percibe, lo que la revelación les dicta o lo que su creatividad genera mediante su visión de lo incorpóreo. Y, desde luego, la representación simbólica que atribuyen a las cosas. Justamente por el lenguaje asume el hombre el mundo, como lo hace el niño desde sus primeros balbuceos, y al nombrar y recrear las cosas el hablante las confirma, y al confirmarlas y simbolizarlas, las conjura con la magia verbal de los vocablos y el acierto expresivo de los símbolos (4).

Hay realidades sensoriales (piedra, lluvia, gorrión), intelectuales (concepto, intuición, criterio), imaginativas (mito, fantasía, ilusión), afectivas (amor, atracción, rechazo), morales (pauta, ley, ordenamiento) y espirituales (fe, contemplación, éxtasis). Los símbolos se forman con realidades sensoriales, y a las referencias objetivas, concretas y tangibles, les asignamos un nuevo sentido. Por esa razón los símbolos tienen una concreción referencial, constatable y visible y, en tal virtud, facilitan su comprensión, a pesar de la connotación metafísica que entrañan, pues siendo realidades sensibles, encarnan una faceta suprasensible, por lo cual implican un nivel de representación intelectual y de irradiación espiritual superior a la evidencia de su materialidad física. En Jit Manuel Castillo de la Cruz la luz es símbolo de la llama divina, que anhela entrañablemente para mitigar la sombra que lo anula, según revela en su poema “Entre tinieblas”:

Luz es lo único que pido:

enciende mi corazón con Tu espíritu

y disipa el vacío que me envuelve.

¿Para qué finalmente un horizonte

si en la oscuridad de Tu vientre

me descubro tu hijo muy amado?

(En la voz del silencio, p. 13).

 El poeta acude a las manifestaciones sensoriales vinculadas a la luz (Sol, hoguera, fuego, alborada, crepúsculo) para canalizar la honda pasión de su sensibilidad espiritual, con la obvia alusión a la Llama infinita, como expresa en “Ser hoguera”:

Anhelo ser hoguera

abrasada entre árboles.

Consumirme Contigo

en un bosque maternal.

Mas el miedo me quiebra

detiene mis pasos

hacia el sol llameante

y anula mis pisadas.

(En la voz del silencio, p. 21).

   Con la connotación simbólica de su visión mística del mundo, en “Luz y tinieblas” el poeta interiorista procura conciliar los opuestos de luz y sombra, las dos coordenadas en las que desenvuelve su sensibilidad espiritual:

Soy luz intermitente.

A veces

ilumino el movimiento de la noche

para esconderme de Ti.

Otras veces

nado entre tinieblas

perdido en las sombras

de Tus aguas

que me encubren.

(En la voz del silencio, p. 55).

Al respecto conviene advertir que hay palabras que parecen abstractas y no lo son, como el silencio, que no es una ausencia, una irrealidad o una abstracción. El silencio es una entidad sensible, sonora y elocuente. Mediante el silencio podemos escuchar la voz interior de la conciencia, la voz entrañable de las cosas y la voz profunda de los efluvios y las emanaciones provenientes de la cantera infinita o de la Divinidad. Por eso el silencio tiene una dimensión estética, simbólica y mística, como la siente y la vive fray Jit Manuel Castillo, según plasma en su hermoso poemario místico. Se trata de voces intangibles (silencio, soledad, contemplación), que generan efectos especiales en el hondón de la sensibilidad espiritual.

   La vertiente simbólica del lenguaje entraña un conocimiento metafísico del mundo y una valoración mística de lo viviente. Todo lo que sensorialmente existe puede ser objeto de simbolización. El símbolo es la representación icónica de un concepto metafísico, de un significado trascendente o de una manifestación del inconsciente personal o colectivo. Y el símbolo arquetípico, como el más alto índice de la espiritualidad trascendente, es el modelo primordial del psiquismo humano y de la sabiduría espiritual del Numen, que la poesía metafísica y la creación teopoética suelen convocar.

“En la clara penumbra”, término contrastante para aludir a su anhelo profundo, la voz lírica explora las cosas vinculadas a la luz, símbolo de su alta aspiración mística, para significar que su vida tiene un destino y, su creación, un alto sentido:

Soy una llama

y me alargo para alcanzarte.

Pero mientras más me consumo

más me alejo de Ti.

Sin quemarme, no sentiría el calor

que confirma Tu presencia.

Ahora comprendo: estás en mí

en cada vano intento por alcanzarte.

(En la voz del silencio, p. 85).

 Los poemas están llenos de símbolos y la literatura mística es un caudal de connotaciones simbólicas. Lo que importa es entender el significado de cada símbolo ya que cada voz simbólica tiene una connotación metafísica o mística. El Universo es un caudal de símbolos que constantemente emanan de la cantera cósmica y de la Divinidad, la fuente primordial de símbolos, mensajes, señales, estelas, emanaciones y sonidos con valor simbólico. De hecho, Dios y el Cosmos se comunican simbólicamente como ha sabido entenderlo el autor de esta obra.

Poesía vivencial, mística y simbólica, la de Jit Manuel revela una onda de sabiduría y una estela de espiritualidad edificante y trascendente. Cuando un poema, una ponencia o una palabra de luz contribuyen a la expansión de la conciencia, hay una irradiación divina que amplía el horizonte espiritual y una onda sutil que potencia la gracia divina. La lírica de Jit Manuel revela una conexión directa, no solo con la faceta mística de lo viviente y la vertiente metafísica de la realidad cósmica, sino con la realidad esencial, pura y primordial. La mística es la más alta creación de la conciencia por la conexión que entraña con la Fuente originaria.

Se siente en este poemario que su iluminado creador es un canal de energía con una frecuencia activada en la Energía pura, un canal de Dios, como lo evidencia su lírica teopoética a través de sus símbolos arquetípicos. Quién escribe en símbolos es un vaso comunicante con lo divino mismo porque Dios habla en símbolos a través de las emanaciones de la Trascendencia. Y el alma es la puerta por la cual fluye lo divino cuando está conectada con la Fuente. Llega la iluminación y con ella el amor divino desde la fragua de lo viviente. Y como corolario, la sabiduría que edifica y la belleza que conmueve.

La obra de este poeta franciscano es un vivo reflejo del esplendor del mundo, pero un reflejo que sorprende al mismo Reflejado. Quien habla en símbolos es un canal de lo trascendente para encauzar sabias palabras con mensajes eternos, como se manifiesta ejemplarmente en el poemario En la voz del silencio.

Por eso, al término del poemario el poeta queda “Sin palabras” ya que, en la aparente contradicción de su anhelo infinito, sintiéndose sombra, se abre a la luz ya que el derrotero final de su ruta implica fundirse con la Luz:

En el mudo silencio

de mi espacio vacío

te encuentro

sembrado en Ti

también soy la LUZ

aunque parezca Tu sombra.

(En la voz del silencio, p. 93).

   Como genuino cultor de la singular vivencia del espíritu, la persona lírica que habita en Jit Manuel Castillo experimenta en el fuero entrañable de la ‘realidad sagrada’ la comunión mística con la Divinidad, y cuando regresa de la singular vivencia de lo inefable, vuelve impregnado de la sabiduría que nutre su decir con el halo secreto de lo Eterno y, en gesto de generosidad y entrega, comparte su emoción estética y su fruición espiritual en esta obra inspirada en el lenguaje simbólico de la llama que ilumina, el aliento que embriaga y el amor que enajena.

 

Bruno Rosario Candelier

Encuentro del Movimiento Interiorista

Notas:

1. Jit Manuel Castillo de la Cruz nació en el barrio de Villa Duarte, Santo Domingo Este, el 18 de junio de 1974. Cursó estudios de filosofía en el Instituto Filosófico Pedro Francisco Bonó, del Intec, entre 1993-1996. Hizo un bachillerato en artes, mención filosofía, en la Universidad Central de Bayamón, Puerto Rico, y obtuvo una maestría en Divinidad por el Centro de Estudios de los Dominicos del Caribe, en la Isla del Encanto. En el año 2011 hizo un posgrado en teología pastoral de evangelización por el Instituto Teológico Franciscano en Petrópolis, Brasil. Impartió docencia en la rama de filosofía en el Instituto Filosófico Pedro Francisco Bonó y en el Seminario Pontificio Santo Tomás de Aquino, y teología en la Universidad Católica de Santo Domingo. Es asesor de las Comunidades Eclesiales de Base. En el vigésimo certamen literario de la Universidad Central de Bayamón ganó el primer lugar en poesía y cuento, y el segundo lugar en ensayo. Autor de la novela El apócrifo de Judas Izcariote, forma parte del Movimiento Interiorista del Ateneo Insular. Reside en Puerto Rico donde hace vida pastoral y literaria.

2. El poemario En la voz del silencio, primer libro de creación poética de Jit Manuel Castillo, refleja la dimensión mística en su temática y la belleza formal en su lenguaje.

3. Esta creación poética, interiorista y mística, aporta un nuevo aliento que nutre y potencia el cultivo de la lírica teopoética en las letras dominicanas, cuyo autor, Jit Manuel Castillo de la Cruz, comparte con los presbíteros dominicanos Freddy Bretón, Tulio Cordero, Fausto Leonardo Henríquez y Roberto Miguel Escaño, la plantilla de sacerdotes y poetas místicos, que el Movimiento Interiorista impulsa, estimula y promueve.

4. Bruno Rosario Candelier, Ensayos lingüísticos, Santiago, PUCMM, 1990, pp. 247 ss.

Puntear, financierización, digresión/*digresión, medalaganario/a

PUNTEAR

En el epígrafe aparece un verbo que posee una acepción netamente dominicana, es decir, que solo ocurre en el español dominicano. Ese será el tema de esta sección.

En otros países de Hispanoamérica el verbo tiene otras significaciones que en la mayoría de los casos se alejan mucho del significado del verbo en el habla de los dominicanos.

Es en el español de Puerto Rico en el que se produce un uso que se acerca ligeramente al del español dominicano para el verbo del título. Allí en tanto verbo transitivo es, “Desarrollarse la espuela del gallo cuando empieza a dejar de ser botón”.

El verbo en el habla de los dominicanos se aplica solamente a las adolescentes. El uso se recuerda claramente entre los jóvenes. No puede asegurarse que todavía perdure la utilización; sin embargo, hay que documentarlo para que no caiga en el olvido por falta de huellas de su uso.

El verbo “puntear” se recuerda que se empleaba para destacar cuando las púberes comenzaban a desarrollar los senos. Se refería al momento en que por debajo de la ropa se notaba la punta de los incipientes senos. De esta “punta” es de donde deriva el verbo en cuestión.

El verbo puntear comparte con el verbo despuntar una ligera semejanza, solo en el aspecto en que el último verbo se relaciona con “empezar a brotar”.

 

FINANCIERIZACIÓN

“. . . cuya renta mensual, generalmente por la FINANCIERIZACIÓN de la economía. . .”

En el título figura un vocablo nuevo en la lengua española. El radio de acción y el campo de uso del neologismo están restringidos al área de la economía y las actividades financieras; sin embargo, eso no le resta vigencia y valor a la nueva voz y por eso se le abre un espacio en estos comentarios.

La Asociación de Academias no ha tenido tiempo todavía de darle la bienvenida en las páginas de su diccionario, pero Fundéu le ha dado un visto bueno que presagia su próxima introducción en el lexicón general.

Fundéu llama esta voz “palabra bien formada”. Explica esa organización que se refiere “al creciente peso del sector financiero en la economía”. El sustantivo financierización “hace referencia a la tendencia actual de que los mercados financieros dominen la economía”.

Hay que tomar nota de este neologismo que cuenta con un sentido semántico muy específico.

 

DIGRESIÓN – *DISGRESIÓN

“. . . me decido a compartir estas DISGRESIONES. . .”

Una que otra vez se encuentra en algunos escritos y, con mayor frecuencia aún en el habla, la palabra digresión escrita o pronunciada con una ese /s/ intercalada que no le corresponde.

Digresión da a entender que se rompe el hilo en la conversación o en el escrito y se tratan asuntos sin relación o conexión con el asunto principal, este apartamiento puede compararse con divagar.

Quien coloca esa consonante /s/ en un sitio que no le pertenece lo hace por un exceso de celo; es una ultracorrección. Quien así actúa piensa que la pronunciación digresión es descuidada.

  1. Fernando Lázaro Carreter en su Diccionario de términos filológicos (1962:400), considera que la ultracorrección es un, “Fenómeno que se produce cuando el hablante interpreta una forma correcta del lenguaje como incorrecta y la restituye a la forma que él cree normal”. Algunos tratadistas llaman este fenómeno “hipercorrección”.

No obstante lo que consta en el párrafo que precede a este, D. Manuel Seco considera este tipo de error como un “vulgarismo”. Así aparece en su Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española (1998:164).

No anda mal encaminada la persona que se equivoca en este caso, porque existen en español muchos vocablos que comienzan por dis-; además, el componente de palabra dis- entre otros significados posee el de “separación”, y, para el ultracorrecto debió ser *disgresión.

Digresión significa “que se aparta del tema” y eso equivale a que se “separa” de lo principal en el pensamiento de quien corrige la digresión del español, de allí que escriba o pronuncie “dis”. Lo que a veces olvida esta persona es que esta digresión deriva del latín digressio, que a su vez procede de digredi. Como se nota enseguida, en las dos voces del latín no aparece ese /s/ alguna.

 

MEDALAGANARIO/A

“. . . no es una concesión *MEDAGANARIA del gobierno. . .”

Hay que convenir en que la voz del título no es fácil de decir o de escribir. Es larga y está compuesta de cuatro palabras, “me da la gana”, con una terminación añadida –rio.

No se critica que le haya salido mal o incompleta la creación dominicana al articulista. Se aprovecha la oportunidad que brinda esta equivocación para aclarar algunos aspectos de la palabra sometida a estudio.

Según entiende quien estas apostillas escribe, fue D. Bienvenido Gimbernard, el caricaturista creador del personaje Conchoprimo o Concho Primo el creador de la palabra dominicana que figura en cabeza de esta sección.

Según se oyó o leyó, esa voz fue la respuesta que él, Gimbernard, dio a alguien como contestación a la periodicidad de sus caricaturas. Esto es, “cuando le entraba el deseo de hacerlo” o “según su gusto o arbitrio”, es decir, cuando le apetecía.

De acuerdo con lo que se encuentra en el Diccionario del español dominicano (2013:455), medalaganario, ria, desempeña funciones de adjetivo o sustantivo, “Referido a una persona, que actúa arbitrariamente, sin criterio o sin método”. Como adjetivo, “Referido a una acción o decisión, arbitraria, sin criterio o sin método”.

Como es natural el adjetivo produjo un adverbio, medalaganariamente, que como es de esperarse es “arbitrariamente”. Si el sustantivo y el adjetivo hay que escribirlos con cuidado, más cuidado aún hay que observar si se dice o escribe el adverbio por lo largo e inusual que resulta.

© 2017, Roberto E. Guzmán.

Fundango, descollar, arbolada/*alboreada , viralizar

FUNDANGO

Esta voz se conoce en República Dominicana. Quizás no sea una voz de uso cotidiano especialmente por el significado. De que existió en el habla de los dominicanos no cabe duda. Existe, sin embargo, la posibilidad de que no tenga ya la vigencia que tuvo en el pasado. Otra desventaja que enfrenta esta voz es que tiene un rasgo de festiva, y, es posible que no encontrara quien la llevara a la literatura.

Como una consecuencia de no haber trascendido a la literatura, la voz fundango no ha encontrado quien la rescate del olvido. Esto equivale a decir que no consta en los lexicones de palabras usuales del habla de los dominicanos.

La terminación –ango de la voz en estudio es de muy poca frecuencia en español, aún en el español hispanoamericano. Esa terminación se encuentra en algunas palabras centroamericanas y mexicanas que tienen origen aborigen. De acuerdo con la opinión de Gary A. Scavnicky en su libro Innovaciones sufijales en el español centroamericano (1987:68), “. . . las terminaciones

–anga, –ango no se manifiestan como verdaderos sufijos”.

En cuanto a la primera parte de la voz fun- esta parece que tiene relación con la parte trasera o el fondo de una cosa, de donde los dominicanos usan fundillo también, para referirse al trasero de una persona.

De alguna manera puede considerarse que fundango tiene un rasgo festivo y otro que puede considerarse eufemístico. Esto es, se evitan las palabras conocidas para las nalgas -eso significa este fundango-, y al mismo tiempo, se comunica su significado muchas veces por el contexto.

Conforme con lo que escribe Ch. Kany, en Cuba a la parte posterior de la anatomía humana la denominan con términos parecidos al del título de esta sección, fondongo, fondoque, así aparece en el libro American-Spanish euphemisms (1960:139).

Este autor trae la noticia de que fundango se usa en Panamá. De acuerdo con esta información los dominicanos y los panameños comparten esta voz con el mismo propósito de evitar tener que utilizar el nombre que ha caído en desgracia por el prurito de la vida moderna en sociedad.

Hay que señalar que el Diccionario de americanismos de la Asociación de Academias no registra la voz del epígrafe en su inventario. Se presume que quizás en Panamá ya no se usa, o, que se olvidó incluirla, tal como parece que ocurrió en el caso dominicano.

 

DESCOLLAR

“. . . Madiba DESCOLLA entre gigantes. . .”

La conjugación de este verbo ha ocasionado más de un enfado a buenas plumas. Se trae a estos comentarios porque en el presente del indicativo algunos redactores no lo conjugan del modo prescrito por las normas cultas. D. Manuel Seco escribe, “Hay cierta tendencia semiculta a usar este verbo como regular”, así consta en el Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española (1998:158).

El verbo descollar tiene larga historia en la lengua española. Joan Corominas y J. A. Pascual encontraron las primeras huellas de ese verbo en el siglo XVII, este dato es consignado por estos autores en el Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico (1980-II-270).

El verbo tiene un significado bien establecido en la lengua y es útil, puede referirse a personas o cosas que tienen una cualidad superior a las demás de su especie. Entre los equivalentes pueden mencionarse despuntar, destacarse, diferenciarse, distinguirse, elevarse, predominar, resaltar, sobresalir. Cada uno de estos sinónimos (¿?) puede reemplazar a descollar en algunos de los casos, aunque difícilmente lo hagan en todas las hipótesis posibles.

La Real Academia asegura que este verbo es intransitivo y que puede utilizarse también como pronominal. Con respecto a la conjugación anota que sigue el ejemplo del verbo contar. Esto es, en el presente del indicativo es, yo descuello, tú descuellas, ella/él descuella, ustedes/ellas/ellos descuellan. En el presente del subjuntivo vuelve a producirse el fenómeno del cambio de la raíz, al formar esta un diptongo ue, en las mismas personas que en el indicativo. En el imperativo, tú, usted y ustedes repiten el cambio ya mencionado.

 

ARBOLADA – *ALBOREADA

“. . . en la hermosa, artística, ALBOREADA. . .”

El verbo arbolar es de poco uso en el español de todos los días. Por ese rasgo puede fácilmente confundir a cualquier escribiente de español. A lo anterior contribuye que el verbo del título hace un cruce con una palabra más conocida, alborada, que es de dominio más general en el español corriente.

Arbolado en tanto adjetivo tiene relación con árbol, es, “dicho de un sitio, poblado de árboles”. Puede en funciones de sustantivo referirse además, a un “conjunto de árboles”.

Hay otro verbo en español más refinado, arborizar, que es poblar de árboles un terreno. Los paisajistas que son diseñadores de parques y jardines, utilizan ese verbo para “plantar árboles para que provean sombra y sirvan de adorno”.

Al decir o escribir este tipo de vocablos hay que observar cautela pata no incurrir en error.

 

VIRALIZAR

“. . . o rumores para que se VIRALICEN de manera. . .”

El verbo del epígrafe no está reconocido oficialmente por las organizaciones guardianas de la lengua común. No obstante eso, parece que no tardará largo tiempo antes de que se tome conciencia de la utilidad de este y se le haga un espacio en el lexicón mayor de la lengua general.

Viralizar tiene relación con el virus moderno, el de la informática. Para este virus la Real Academia ofrece una explicación en su diccionario. Es un “Programa introducido subrepticiamente en la memoria de una computadora que, al activarse, afecta a su funcionamiento destruyendo total o parcialmente la información almacenada”.

Hay que observar de inmediato que en esta redacción la Real de Madrid no utiliza la palabra ordenador para el computador, al que denomina con el femenino computadora.

En el español moderno existen varias voces que tienen relación con estos virus informáticos, como son, por ejemplo, viral, viralidad, viralización y viralizar.

Conforme con lo que asienta la obra Neologismos del español actual (2013:234), viralizar es un verbo transitivo y pronominal que consiste en, “Difundirse extraordinariamente un contenido por Internet en un corto espacio de tiempo”.

Este verbo y las demás voces de la misma familia hay que aceptarlos en tanto que neologismos necesarios, pues sirven para acciones o cualificaciones de actividades que se manifiestan en la vida moderna, y, para las cuales no hay mejores opciones que estas antes mencionadas.

© 2017, Roberto E. Guzmán.