MATONISTA – INFARTARSE – BAMBUCO

“Cooperar a la preservación de su tiranía MATONISTA y de la oligarquía que ha montado…”

En pasajes de literatura periodística como estos es en los cuales los lectores tienen que emplear su imaginación y toda su inteligencia para adivinar lo que el autor desea expresar. Si el lector no tiene que elevarse a los niveles adivinatorios, no es menos cierto que tiene que recurrir a sus dotes imaginativas para desentrañar el sentido de la palabra destacada en el texto.


En textos como el que se comenta en esta sección hay dos vertientes. Una es la de pensar que la voz introducida es una incitación a la inteligencia del lector. La otra es que el término utilizado hace la lectura incómoda. Olvídese la primera vertiente y procédase a recoger el guante del desafío.

Este “matonista” hay que hacerlo derivar de matón, por fuerza. Sobre todo si se tiene en cuenta que en el contexto viene muy bien con el movimiento del pensamiento del autor del artículo.

Ocurre a menudo que el escritor desea evitar la repetición cansona de la misma palabra. Por eso recurre a introducir términos equivalentes que encuentra en el seno de la lengua. En otras ocasiones recrea vocablos abusando de la extensión de los significados propios de algunos vocablos.

No conforme con ese estirón de los significados de las palabras llegan los analistas de noticias hasta a inventar voces que crean basándose en palabras legítimas de la lengua, añadiéndoles a ellas sufijos propios del español.

El caso enunciado en el párrafo anterior es el que se comprueba en el término del título. El escritor tomó la palabra matón, y a ella le sumó la terminación “-ista”. Sobre el término matón, que significa propenso a riñas, creó el matonista.

No anda mal encaminado el escritor si se tiene en cuenta que con la palabra matonismo se entiende que uno se refiere a la conducta que busca imponer su voluntad por la amenaza o el terror.

El último párrafo en secciones de este tipo siempre se dedica a tratar de dilucidar hacia donde se encamina un movimiento de este tipo. Si se deja en libertad a todos los redactores para que inventen palabras a su atojo es probable que el idioma se dirija hacia un campo minado de dificultades.

De nuevo. En la lengua española hay que ser sobrios. La licencia para inventar vocablos les pertenece a los poetas en gran medida y solo a unos escogidos de la genialidad que tienen pleno derecho sobre la lengua.

INFARTARSE

“. Como insistir en que la tierra es plana, o que el sol gira a su alrededor. Galileo SE INFARTA todos los días en su tumba”.

Hace medio siglo los castellanohablantes y los escritores de la misma lengua eran más comedidos en la creación de verbos a los cuales se les añadía la partícula “-se”. No era admitido que el simple hablante convirtiera un verbo en reflexivo, en pronominal.

En la actualidad se utiliza con mucha frecuencia el recurso de la voz media para convertir un verbo en pronominal. De esta suerte al sujeto le ocurre lo que denota el verbo.

En el pasaje que se utiliza como ejemplo del uso, la autora se sirve del verbo infartar para convertirlo en “sufrir un infarto”, “padecer un infarto”, “ser objeto de un infarto”.

En muchos casos del habla regular la persona “tiene un infarto”. En realidad no lo posee, es “víctima de un infarto”. Hay que tener en cuenta que en el texto comentado no se entiende el verbo en su sentido real. Es una traslación de acción, o un sentido figurado.

Con este tipo de redacción se procura llevar a la mente del lector que el sujeto de la acción sufre. En el caso de Galileo se trata de un muerto. No sufre un infarto, pero se le utiliza como una figura simbólica para atribuirle sentimientos.

Pudo la autora utilizar otro verbo o expresión para transmitir la idea. Si recurrió al verbo infartar es porque en la mayoría de los casos el infarto conduce a la muerte y en el caso presente Galileo muere todos los días. Sufre pues, la peor de los padecimientos, “muere todos los días”.

No hay que sobresaltarse con este tipo de abuso literario de los verbos y los significados. Si no fuera por ellos la literatura sería aburrida. Solo los autores que son capaces de abusar de este recurso lingüístico logran poner en acción la imaginación del lector para que entiendan lo que se escribe, pero entiéndase bien, eso es en literatura, no en periodismo.

BAMBUCO

“El BAMBUCO chavista juega con la inocencia de muchos”.

Este vocablo no es de conocimiento general. Los colombianos y los venezolanos por fuerza de las circunstancias saben lo que esto significa. Los antillanos solo lo saben si viajan a esos países o si leen obras de esos países en las que se mencionan esos términos.

El DRAE consigna una acepción de esta voz. Es un baile popular de Colombia y de la provincia ecuatoriana de Esmeraldas. Es una tonada de este mismo baile.

Este vocablo antes de llegar al léxico oficial de la lengua española tuvo una historia -la tiene todavía- muy interesante. Refiere Ángel Rosenblat en el libro “Buenas y malas palabras” (1974) que Martí entre las cuarenta voces venezolanas que inventarió recogió esta voz. La mayoría de las que él consignó se referían a términos musicales.

Debe consignarse que a pesar de que Martí no era un filólogo era un amante de la palabra; “en el sentido platónico” añade Rosenblat.

Entre las palabras que Martí estudió está bambuco. Dice él que es un zapateado, un jarabe. Rosenblat asegura que Martí no menciona el país, pero que pensaba en Colombia, donde muchos consideran este baile como nacional.

El bambuco se baila en Cuba, según Fernando Ortiz, en su “Glosario de afronegrismos”. Podría ser un afronegrismo según él, aunque la Academia piense diferente.

Para sustentar su tesis acerca del origen africano de esta voz, Ortiz mienta que “Bambuku es el “gentilicio de un pueblo que se extiende desde la costa marina hasta las septentrionales del gran volcán de los Camerones”.

En otras palabras, bambucu es una palabra para denominar un pueblo carabalí. Como en otros casos, es una denominación dada a los aires y tonadas peculiares de ese pueblo, o acompañadas con sus rítmicos sones.

En términos diferentes, es un baile de origen africano que predomina en regiones de Colombia, Venezuela y Ecuador. El hecho de que toque tres diferentes países es una tarea para etnólogos y musicólogos interesados en este tipo de fenómenos.

La interpretación del texto que consta al principio de esta sección es obvia. Se refiere al baile o tonada; a la canción o estribillo.

MORENO

“Los tres eran MORENOS, trigueños, planteaba la monografía”.

Algunas palabras son más interesantes que otras. En el español dominicano los vocablos pueden adoptar tonalidades que necesariamente no se corresponden con las de otros países. Con manifiesto propósito se utiliza en este caso el término “tonalidades” para este matiz de piel.

Los morenos dominicanos no son negros “retintos” como se acostumbra a decir en el español de la República Dominicana. No es un negro que se sitúa entre “azul y buenas noches” como reza el refrán de los dominicanos.

El moreno es un negro un poco más claro que el negro neto. Ese es uno de los matices de las voces referentes a colores de piel que se ha perdido quizás en el dominicano actual. En el léxico dominicano el moreno era un negro menos oscuro que los demás.

Muy a pesar de lo que se ha expresado en los párrafos anteriores, la acepción dominicana para moreno no coincide plenamente con lo que la Academia entiende y asienta en su diccionario.

La Academia entiende que moreno es “oscuro que tiende a negro”. Aún para las personas de piel blanca, moreno es “de tono oscuro”. Al final de la historia a la Academia no le queda más recurso que escribir que moreno es: persona negra.

El libro “Dictionary of Latin American Racial and Ethnic Terminology” (1989) trae notas muy interesantes acerca de la palabra moreno. Porque el texto es muy extenso se tratará de condensar el contenido para acomodarlo a esta sección.

El moreno según esta obra es una persona cuyo color de piel oscila de blanco a marrón claro o muy negro. Este concepto viene avalado en este diccionario por voluminosa referencia al respecto.

Este diccionario recoge las diferentes versiones del moreno en América. Algunos autores entienden que el moreno es una persona de “color”, con la piel más clara. Otros entienden que es un marrón cobrizo. Algunos autores introducen un factor social en la nomenclatura y afirman que el moreno es cualquier persona de piel oscura, de clase baja. No falta quien entienda que el moreno es de ascendencia negra, de raza mixta. Algunos hasta clasifican como moreno a la persona de raza mixta con predominancia de rasgos negros.

Entre los tonos conocidos de moreno los hay que son “bastante moreno, moreno criollo, moreno oscuro, moreno subido, moreno tostado, y moreno trigueño”.

Ángel Rosenblat al mentar por primera vez la palabra moreno en su libro “Buenas y malas palabras” señala que en Argentina son trigueñas las personas de color moreno. Enseguida de este señalamiento menciona que moreno es una manera de designar eufemísticamente al negro.

Últimamente los dominicanos han perdido las suavizantes palabras que se emplean para introducir matices en el color de la piel. Si antes conocían y practicaban estas palabras es porque la dictadura de Trujillo hizo de ellas parte de su política para evitar así el clasificar como negro al que mostrara algunos rasgos de blanco, mestizo o mulato.

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