Sobrenombre merecido

Por motivos personales y culturales soy más futbolera que beisbolera (por cierto, un adjetivo este de nueva incorporación al Dicicionario de la lengua española más reciente. Sin embargo, reconozco que la estructura y la complejidad del beisbol han logrado seducirme.

Como en casi toda seducción, en la deportiva tiene que existir un seductor, una figura que nos llame la atención y nos despierte interés por algo que desconocemos. Mi seductor deportivo, en lo que a beisbol se refiere, es Pedro Martínez, de quien tanto hemos leído en estos días, y por tan buenas razones. Aunque nací en Sevilla llevo muchos años viviendo en Manoguayabo por lo que me gusta considerarme, con su permiso, su paisana de adopción.

Hemos visto ensalzado al deportista y al hombre con el sobrenombre de “el Grande”, con resonancias reales. Para que nuestra ortografía no desmerezca el objeto de nuestros escritos debemos respetar la inicial minúscula del artículo que antecede a los sobrenombres: Pedro el Grande, Alfonso X el Sabio, Isabel la Católica, David Ortiz, el Big Papi, el Greco. No se quejará Pedro de la compañía.

Nuestro extraordinario lanzador ha sido elegido para formar parte del Salón de la Fama. Cuidado, ha sido elegido, que no *electo. El único participio del verbo elegir es elegido y, por lo tanto, es la única forma que debe utilizarse para formar los tiempos compuestos. El adjetivo electo no debe usarse con esa función. Este adjetivo se aplica a quienes han sido elegidos para una dignidad y aún no han tomado posesión: la alcaldesa electa prepara su discurso.

Pedro Martínez está entre los mejores pícheres (pícheres, sí) del mundo; o, si lo prefieren con el término patrimonial, entre los mejores lanzadores del beisbol. Los manoguayaberos, y todos los dominicanos, podemos sentirnos orgullosos.

© 2015 María José Rincón González

 

 

 

Latinajos

Usar palabras raras no es signo de buen hablar o escribir, por mucho que algunos se empeñen. No se habla o se escribe mejor según la longitud de las voces o su supuesta extrañeza. La bondad de las palabras está en una elección apropiada. Decía Juan de Valdés en su Diálogo de la lengua allá por 1535: “Escribo como hablo; solamente tengo cuidado de usar de vocablos que signifiquen bien lo que quiero decir, y dígolo cuanto más llanamente me es posible”.

Del latín conservamos tal cual expresiones que han sido siempre parte de la lengua culta. Hay quien gusta de incrustarlas por doquier, como si le aportaran a lo que dicen un discutible regusto a cultura. Algunos latinismos se han popularizado en nuestra expresión diaria. Tanto a los parejeros como a los buenos hablantes siempre nos viene bien saber cómo se escriben correctamente y qué significan.

Puesto que se trata de expresiones de otra lengua deben escribirse en cursiva o entrecomilladas y sin tildes. Cuando escribimos debemos revisar su ortografía a priori (‘con anterioridad’) o a posteriori (‘con posterioridad’). No nos sirve citarlas grosso modo, ‘aproximadamente, a grandes rasgos’. La consulta de un buen diccionario es una condición sine qua non (‘imprescindible’) para aprender a conocerlas y debe hacerse motu proprio (‘por propia iniciativa’). Sin un uso apropiado, y comedido, de los latinismos nuestros textos serán considerados, como poco, sui generis (‘peculiares’) y tildados de incorrectos ipso facto (‘en el acto’).

A todos nos vendría de perlas un alter ego (‘persona de confianza que hace las veces de otra’) que nos señale algún que otro lapsus linguae (‘error de lengua’) o lapsus calami (‘error de escritura’). Los errores en las expresiones latinas no son peccata minuta (‘faltas pequeñas’). Más de uno de estos latinajos, como se los llama despectivamente, puede provocar que nuestras palabras o nuestros escritos sean recibidos con un vade retro.

© 2015 María José Rincón González

Taller de lectura de los clásicos

 

La Academia Dominicana de la Lengua les propone en 2015 un Taller de lectura de los clásicos de la lengua española. Decía Italo Calvino que «Los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír decir “Estoy releyendo…” y nunca “Estoy leyendo…”».

Tengo la suerte de que mi primer contacto con las obras fundamentales escritas en nuestra lengua se diera en mi infancia. A fuerza de oír hablar de ellas como parte una tarea escolar empecé a leerlas con una leve sensación de aburrimiento. La escuela está obligada a acercarnos a los clásicos con la esperanza de que en alguna lectura salte la chispa del enamoramiento: «No se leen los clásicos por deber o por respeto, sino solo por amor».

Con el tiempo la relectura de los clásicos empieza a parecernos imprescindible porque, citando a Calvino, «un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir».

El español es una lengua de rica tradición literaria. Es mucha la tarea, pero la recompensa es incomparable. El taller de lectura de los clásicos de la Academia quiere proporcionar a los lectores herramientas prácticas que los ayuden a disfrutar su lectura. Hemos elegido una obra emblemática para cada taller, desde el Cantar de Mío Cid a las Coplas de Manrique, desde el Libro de buen amor del Arcipreste de Hita a la picante Celestina.

Si ya los han leído, anímense y reencuéntrense con nuestra mejor literatura. Si es su primera vez, tengan presente el consejo de Italo Calvino: «Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos».

 

Fin de año

Cada año, cuando llegan estas fechas, acostumbramos a desear lo mejor a los que nos rodean. Los deseos son siempre los mismos. Quizás por esta razón encontramos demasiado trilladas las palabras para expresarlos.

Para hacerles llegar a mis lectores mis esperanzas para 2015 me he auxiliado de las palabras que una mujer extraordinaria eligió para la felicitación navideña de su hija Irene en 1928.

Nadie como un hijo resume lo más  querido, lo más cercano  y, a la par, lo más desconocido. En ellos se resumen nuestros miedos y nuestras aspiraciones. Este año he descubierto a Marie Curie, primera mujer que obtuvo el Premio Nobel y, además, por si fuera poco, en dos ocasiones. Esta mujer, con una voluntad y una mente incomparables, supo expresar con palabras precisas lo que yo les deseo para el año próximo:

«Os deseo un año de salud, de satisfacciones, de buen trabajo, un año durante el cual tengáis cada día el gusto de vivir, sin esperar que los días hayan tenido que pasar para encontrar su satisfacción y sin tener necesidad de poner esperanzas de felicidad en los días que hayan de venir».

Las grandes inteligencias saben expresar también la grandeza de lo cotidiano, de lo que nos depara cada día. Este año, como casi todos, tendrá trescientos sesenta y cinco días para aprovechar al máximo.  Solo de nosotros depende que logremos apurarles hasta la última gota de aprendizaje, de alegría, de amor.

© 2015 María José Rincón González

 

Vencer al tiempo

Supe en estos días que los japoneses llaman tsundoku a las personas que gustan de acumular libros que después no leen. Me maravilla que dispongan de una palabra para eso; señal de que deben tener muchos tsundokus. Confieso que padezco ese mal, aunque yo, al final, sí los leo. Cuando me encuentro con un libro no puedo evitar el deseo de hojearlo, que lleva aparejado el deseo de leerlo y, por supuesto, de tenerlo. Si me encuentro en el metro o en la sala de espera con alguien que lee, se me van los ojos detrás de la portada y no puedo reprimir la curiosidad. Dice Lope de Vega, como solo los clásicos saben decirlo: “Es cualquier libro discreto / (que si cansa de hablar deja) / un amigo que aconseja / y que reprende en secreto”.

Un libro siempre representa la promesa de una historia, el misterio de una conjunción de palabras que nos habla desde otro lugar o desde otro tiempo. ¿Qué hay mejor que una pila de libros por leer?

Si lo que leo me gusta, no puedo parar. Si lo que leo me gusta mucho, lo hago despacio y cierro las páginas cada poco para prolongar la experiencia. Si lo que leo me apasiona, leo despacio y después releo. Y releo muchas veces, generalmente en voz alta. Las palabras bien escritas y las historias bien contadas siempre me han servido de bálsamo: contra la inquietud, contra el aburrimiento, contra la desazón. Pero también me han servido de acicate: para la alegría,  para la esperanza, para la risa, para la memoria.

Qué grande es el misterio de unas letras que van sumándose para construir un mundo que antes no existía; un mundo que, nacido de las palabras, ya no dejará de existir y habrá vencido al tiempo.

Pregúntense ahora quién como padre, como educador, como amigo, podrá dejar de inculcar el placer de la lectura a los que lo rodean. Compartan los libros. No hay enseñanza ni regalo mejor.

© 2015 María José Rincón González

El lenguaje de las leyes

La Academia Dominicana de la Lengua finaliza el año con la incorporación como miembro de número del abogado Fabio J. Guzmán Ariza, un profesional comprometido y un amante de la lengua española.

Entre los académicos siempre ha habido juristas, que han mostrado una especial preocupación por el lenguaje especializado del derecho. Demasiado a menudo olvidamos que los textos jurídicos están destinados al ciudadano, a cualquier ciudadano, con independencia de su nivel social o cultural. Las sociedades democráticas deben instituir una administración pública y de justicia más cercana y accesible para todos; para lograrlo debemos paliar el desajuste entre el lenguaje de nuestras normas y nuestros ciudadanos.

El lenguaje jurídico trata de conseguir un máximo de precisión, pero a menudo produce documentos complejos y ambiguos. Guzmán Ariza ha estudiado nuestros textos jurídicos y administrativos y ha propuesto mejoras que los hagan adecuados, precisos y comprensibles.

Aunque parezca una verdad de Perogrullo, no me resisto a recordarnos a todos que los ciudadanos tenemos derecho a comprender las normas que nos afectan. En palabras de la Real Academia, “ese equilibrio complejo entre precisión técnica y claridad es el que define la excelencia en los buenos juristas”.

No hace mucho la RAE presentó un informe lingüístico con recomendaciones prácticas para los profesionales del derecho y la administración pública. Para que se hagan una idea este informe está introducido por un capítulo titulado “El derecho a comprender” que concluye: “Un mal uso del lenguaje por parte de los profesionales del derecho genera inseguridad jurídica e incide negativamente en la resolución de los conflictos sociales”.

Entre estos buenos juristas se encuentra quien hoy se convertirá en un nuevo miembro de nuestra corporación. Fabio J. Guzmán Ariza viene siendo, para orgullo nuestro, la avanzadilla académica en la corrección y modernización del lenguaje jurídico.

© 2014 María José Rincón González

Las biografías de las palabras

Álex Grijelmo compara al diccionario con una lupa para mirar de cerca las palabras. Me encanta la imagen porque expresa certeramente la idea de que los diccionarios son herramientas que nos permiten acercarnos con detalle al contenido que guardan las palabras.

Imaginen ahora si pudiéramos disfrutar de un diccionario en el que cada entrada se dedicara a contarnos la biografía de una palabra: cuándo nació, cómo ha crecido y cambiado, con quién se ha relacionado, para qué se ha usado y, en algunos casos, cuándo y por qué murió. No hace falta imaginarlo; ya existe. Se trata del Nuevo diccionario histórico del español (el NDHE), dirigido por José Antonio Pascual y coordinado por Mar Campos, un proyecto extraordinario de la Real Academia Española largamente anhelado. Lo más interesante es que su condición de diccionario histórico no lo circunscribe al pasado. Conocer en profundidad la historia de las palabras nos ayuda a entender cómo se usan y lo que significan en el presente.

Las nuevas tecnologías alivian un poco la carga de los lexicógrafos y nos permiten a los usuarios ir disfrutando de los resultados parciales de su tarea. Dense un paseo por la página de la Real Academia Española (www.rae.es) en el enlace de la Fundación Rafael Lapesa. Podrán consultar algunos de los registros que ya están publicados y que les ayudarán a hacerse una idea de la magnitud de este empeño. Si el diccionario académico registra unas noventa mil palabras, el NDHE aspira a contarnos la vida y milagros de unas cien mil.

© 2014 María José Rincón González.

No hay de qué

La tilde diacrítica se usa en ciertas palabras para diferenciar sus formas átonas y tónicas. Es lo que sucede con qué, cuál, quién, cómo, cuán, cuánto, cuándo, dónde y adónde.

Este tipo de tilde es excepcional (es decir, no se atiene a las normas generales de acentuación del español) y se utiliza en estos casos para diferenciar entre los interrogativos y exclamativos tónicos y las conjunciones y los relativos átonos. ¡Qué lío! ¿A quién se le habrá ocurrido esto?

Se trata de armarse de valor e ir practicando con paciencia los casos en los que debemos usar esta tilde. Un ejemplo interesante es el de las expresiones que incluyen estas palabras con su correspondiente tilde diacrítica. No son muchas pero las usamos con cierta frecuencia.

Muchos de nosotros pensamos en el qué dirán y nos da no sé qué escribir por el temor a cometer una falta de ortografía. Hay también algunos, a cuál más atrevido, que no “le dan mente a nada”. Quién sabe, a lo mejor no debemos preocuparnos tanto por escribir mal. Qué va, dirán otros, ellos no son quiénes para decirnos cómo tenemos que escribir. No sé cuántas veces he oído la misma cantaleta. No sé a quién se le ocurrió eso de seguir la ortografía, unas reglas del año no sé cuántos.

Generalmente los que así opinan son los que peor escriben. Mira por dónde, no estoy de acuerdo con ellos. Escribir correctamente es difícil pero demuestra formación, interés y cultura. Algunos no les prestarán atención a estos consejos pero muchos los agradecerán. No hay de qué.

© 2014 María José Rincón González

Mientras tanto

¿Quién no anda pegado en estos días a un celular o a un móvil, o como quiera que se llamen esos aparatejos que tanto nos facilitan y complican la vida? Entono el mea culpa y reconozco que cada día soy un poco más dependiente de ellos, aunque me resista. Ya no son solo las llamadas.

Ahora que hemos dejado los mensajes de texto un poco atrás nos aficionamos como neófitos al WhatsApp. Confieso que lo uso con frecuencia y que he tenido que aprender a usar correctamente las nuevas palabras que se relacionan con este servicio. Si nos referimos a la aplicación de mensajería instantánea en sí, debemos respetar la denominación comercial oficial de la marca, manteniendo sus características gráficas registradas: Cada vez enviamos más mensajes por WhatsApp.

Sin embargo, si queremos referirnos a los mensajes que se envían mediante este sistema podemos echar mano de wasap, sustantivo de nuevo cuño que sigue para su adaptación al español las reglas establecidas por la Ortografía de las academias de la lengua española. Como se trata de una castellanización podemos escribir la palabra en redonda y sin comillas: Me envía tantos wasaps que no me da tiempo a leerlos. Se trata de una palabra aguda terminada en un grupo consonántico por lo que no debemos ponerle tilde aunque la consonante final sea ese. Su hispanización es irreversible porque ha llegado a generar un verbo derivado utilizando los mecanismos regulares del español para la derivación: Nos pasamos el día wasapeando.

Las academias de la lengua tendrán que plantearse la inclusión, o no, de estas recién llegadas en los diccionarios académicos estudiando si su uso se impone, se generaliza y se mantiene entre los hablantes. Otros diccionarios de uso tal vez las incluyan antes. Mientras tanto los que las usamos tenemos que saber cómo se escriben correctamente.

© 2014 María José Rincón González

¡Ay!, la coma

Mucha gente hay por ahí que cree que la ortografía es solo saber cuándo poner o no una hache o elegir entre la be y la uve. Existen además, para los que no lo sepan, los signos ortográficos. Usarlos mal o no usarlos cuando son necesarios también constituye una falta de ortografía de esas que, al menos antes, los maestros rodeaban de un acusatorio círculo rojo.

Entre los signos de puntuación destaca, por su especial dificultad, la coma. Por experiencia propia creo que lo más acertado para mejorar nuestro manejo de la coma es ir puliendo poco a poco las situaciones en las que hay que usarla y en las que no.

Un contexto en el que todos los días echo en falta la coma es en las interjecciones. Estas expresiones exclamativas, formadas por una o más palabras y más frecuentes de lo que pensamos, tiñen de expresividad nuestros escritos. Conservan cierta autonomía sintáctica dentro de un texto y, por esta razón, deben escribirse delimitadas por comas. ¡Ni modo!, tendremos que aprender a usarlas.

Las expresiones que usamos como fórmulas de saludo o despedida se consideran interjecciones y siguen esta misma regla. Todos podemos aplicarla cada vez que escribimos un correo electrónico y lo encabezamos con un coloquial Hola, amigos o con un más formal Buenos días, señores y señoras.

¡Ay, caray! Vaya, vaya, mira por dónde vamos buscándole la vuelta a esa coma. Un poco de práctica y, ¡eureka!, lo habremos conseguido.

© 2014 María José Rincón González