Sobrenombre merecido

Por motivos personales y culturales soy más futbolera que beisbolera (por cierto, un adjetivo este de nueva incorporación al Diccionario de la lengua española más reciente). Sin embargo, reconozco que la estructura y la complejidad del beisbol han logrado seducirme.

Como en casi toda seducción, en la deportiva tiene que existir un seductor, una figura que nos llame la atención y nos despierte interés por algo que desconocemos. Mi seductor deportivo, en lo que a beisbol se refiere, es Pedro Martínez, de quien tanto hemos leído en estos días, y por tan buenas razones. Aunque nací en Sevilla llevo muchos años viviendo en Manoguayabo por lo que me gusta considerarme, con su permiso, su paisana de adopción.

Hemos visto ensalzado al deportista y al hombre con el sobrenombre de “el Grande”, con resonancias reales. Para que nuestra ortografía no desmerezca el objeto de nuestros escritos debemos respetar la inicial minúscula del artículo que antecede a los sobrenombres: Pedro el Grande, Alfonso X el Sabio, Isabel la Católica, David Ortiz, el Big Papi, el Greco. No se quejará Pedro de la compañía.

Nuestro extraordinario lanzador ha sido elegido para formar parte del Salón de la Fama. Cuidado, ha sido elegido, que no *electo. El único participio del verbo elegir es elegido y, por lo tanto, es la única forma que debe utilizarse para formar los tiempos compuestos. El adjetivo electo no debe usarse con esa función. Este adjetivo se aplica a quienes han sido elegidos para una dignidad y aún no han tomado posesión: la alcaldesa electa prepara su discurso.

Pedro Martínez está entre los mejores pícheres (pícheres, sí) del mundo; o, si lo prefieren con el término patrimonial, entre los mejores lanzadores del beisbol. Los manoguayaberos, y todos los dominicanos, podemos sentirnos orgullosos.

© 2015 María José Rincón González

 

 

 

 

Estar al día

Un lector preocupado por la ortografía me hizo llegar un artículo publicado a finales de 2014 en el que se calificaba a la República Dominicana como el país del “¡dele un chance!”. La sorpresa estaba en que en el mismo texto encontrábamos también la forma *¡déle un chance!”. Tiene una explicación sencilla.

Cuando en una lengua cambian las normas ortográficas siempre asistimos a un periodo de vacilación en el que los hablantes van conociendo las modificaciones y se adaptan a usarlas en sus escritos.

Las normas ortográficas académicas anteriores a 1999 establecían que las formas verbales que tenían tilde la mantenían cuando a ellas se unía un pronombre. Si la forma verbal (Dé un repaso a la nueva ortografía) se unía a un pronombre (*Déle un buen repaso) mantenía su tilde, aunque las normas generales no la exigieran en esta última forma (en este caso palabra llana terminada en vocal).

La Ortografía académica de 1999 ya estableció que la tilde solo debía mantenerse si la forma verbal resultante de la adición del pronombre enclítico cumplía las reglas generales de acentuación en español: Dele otro repaso a la ortografía; déselo siempre que tenga dudas. Una norma no tan nueva pero que muchos hablantes, al parecer, desconocen.

Este cambio normativo podría explicar la vacilación que nos ha señalado nuestro lector. Desde luego, pudo haberse resuelto con una consulta rápida a la Ortografía académica o al Diccionario panhispánico de dudas. Son herramientas accesibles que debemos tener a mano: consulten sus páginas, lean sus artículos; consúltenlas, léanlos.

© 2015 María José Rincón González

A pares

El seseo, compartido por hispanohablantes americanos, canarios y andaluces, tiene el inconveniente de provocar problemas ortográficos que, como buenos hablantes, debemos evitar. En gran parte de España se distinguen dos fonemas, /s/ y /z/; el fonema /s/ se representa en la escritura con la letra ese y el fonema /z/ puede representarse con la ce o la zeta, según los casos. En el español de América, Canarias y parte de Andalucía, estos dos fonemas se reducen a uno solo, articulado como /s/.

A modo de ejemplo quiero que nos fijemos en algunas parejas que los que seseamos pronunciamos de forma idéntica pero que se distinguen en la escritura por una sola letra.

El nombre de las cotidianas tazas procede del árabe hispánico tássa. Nos sirven el café o el té pero también recogen el agua que mana de una fuente. Las tasas suelen sonarnos un poco peor, por aquello de que son tributos. Mientras no nos impongan una tasa a nuestra taza de café…

Eso sería la gota que colma el vaso y rebosa. Ojo, no reboza. Un líquido que se derrama por encima de los bordes de un recipiente se rebosa. En cambio, para rebozar algo, y eso lo saben bien los aficionados a la cocina, hay que bañarlo en huevo y pan molido, como las croquetas, o en miel, como algunos deliciosos hojaldres.

En español hay infinidad de pares como estos, en los que una letra hace la diferencia. Para los que no las diferenciamos en la pronunciación el reto está en saber diferenciarlas en la escritura. En hacerlo bien o mal puede estar la distancia entre la cima (‘punto más alto de un monte o de un árbol) y la sima (‘cavidad grande y muy profunda en la tierra’). Tómense una taza de café a mi salud y practiquen con los pares más frecuentes.

© 2015 María José Rincón González

 

Sobrenombre merecido

Por motivos personales y culturales soy más futbolera que beisbolera (por cierto, un adjetivo este de nueva incorporación al Dicicionario de la lengua española más reciente. Sin embargo, reconozco que la estructura y la complejidad del beisbol han logrado seducirme.

Como en casi toda seducción, en la deportiva tiene que existir un seductor, una figura que nos llame la atención y nos despierte interés por algo que desconocemos. Mi seductor deportivo, en lo que a beisbol se refiere, es Pedro Martínez, de quien tanto hemos leído en estos días, y por tan buenas razones. Aunque nací en Sevilla llevo muchos años viviendo en Manoguayabo por lo que me gusta considerarme, con su permiso, su paisana de adopción.

Hemos visto ensalzado al deportista y al hombre con el sobrenombre de “el Grande”, con resonancias reales. Para que nuestra ortografía no desmerezca el objeto de nuestros escritos debemos respetar la inicial minúscula del artículo que antecede a los sobrenombres: Pedro el Grande, Alfonso X el Sabio, Isabel la Católica, David Ortiz, el Big Papi, el Greco. No se quejará Pedro de la compañía.

Nuestro extraordinario lanzador ha sido elegido para formar parte del Salón de la Fama. Cuidado, ha sido elegido, que no *electo. El único participio del verbo elegir es elegido y, por lo tanto, es la única forma que debe utilizarse para formar los tiempos compuestos. El adjetivo electo no debe usarse con esa función. Este adjetivo se aplica a quienes han sido elegidos para una dignidad y aún no han tomado posesión: la alcaldesa electa prepara su discurso.

Pedro Martínez está entre los mejores pícheres (pícheres, sí) del mundo; o, si lo prefieren con el término patrimonial, entre los mejores lanzadores del beisbol. Los manoguayaberos, y todos los dominicanos, podemos sentirnos orgullosos.

© 2015 María José Rincón González

 

 

 

Latinajos

Usar palabras raras no es signo de buen hablar o escribir, por mucho que algunos se empeñen. No se habla o se escribe mejor según la longitud de las voces o su supuesta extrañeza. La bondad de las palabras está en una elección apropiada. Decía Juan de Valdés en su Diálogo de la lengua allá por 1535: “Escribo como hablo; solamente tengo cuidado de usar de vocablos que signifiquen bien lo que quiero decir, y dígolo cuanto más llanamente me es posible”.

Del latín conservamos tal cual expresiones que han sido siempre parte de la lengua culta. Hay quien gusta de incrustarlas por doquier, como si le aportaran a lo que dicen un discutible regusto a cultura. Algunos latinismos se han popularizado en nuestra expresión diaria. Tanto a los parejeros como a los buenos hablantes siempre nos viene bien saber cómo se escriben correctamente y qué significan.

Puesto que se trata de expresiones de otra lengua deben escribirse en cursiva o entrecomilladas y sin tildes. Cuando escribimos debemos revisar su ortografía a priori (‘con anterioridad’) o a posteriori (‘con posterioridad’). No nos sirve citarlas grosso modo, ‘aproximadamente, a grandes rasgos’. La consulta de un buen diccionario es una condición sine qua non (‘imprescindible’) para aprender a conocerlas y debe hacerse motu proprio (‘por propia iniciativa’). Sin un uso apropiado, y comedido, de los latinismos nuestros textos serán considerados, como poco, sui generis (‘peculiares’) y tildados de incorrectos ipso facto (‘en el acto’).

A todos nos vendría de perlas un alter ego (‘persona de confianza que hace las veces de otra’) que nos señale algún que otro lapsus linguae (‘error de lengua’) o lapsus calami (‘error de escritura’). Los errores en las expresiones latinas no son peccata minuta (‘faltas pequeñas’). Más de uno de estos latinajos, como se los llama despectivamente, puede provocar que nuestras palabras o nuestros escritos sean recibidos con un vade retro.

© 2015 María José Rincón González

Taller de lectura de los clásicos

 

La Academia Dominicana de la Lengua les propone en 2015 un Taller de lectura de los clásicos de la lengua española. Decía Italo Calvino que «Los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír decir “Estoy releyendo…” y nunca “Estoy leyendo…”».

Tengo la suerte de que mi primer contacto con las obras fundamentales escritas en nuestra lengua se diera en mi infancia. A fuerza de oír hablar de ellas como parte una tarea escolar empecé a leerlas con una leve sensación de aburrimiento. La escuela está obligada a acercarnos a los clásicos con la esperanza de que en alguna lectura salte la chispa del enamoramiento: «No se leen los clásicos por deber o por respeto, sino solo por amor».

Con el tiempo la relectura de los clásicos empieza a parecernos imprescindible porque, citando a Calvino, «un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir».

El español es una lengua de rica tradición literaria. Es mucha la tarea, pero la recompensa es incomparable. El taller de lectura de los clásicos de la Academia quiere proporcionar a los lectores herramientas prácticas que los ayuden a disfrutar su lectura. Hemos elegido una obra emblemática para cada taller, desde el Cantar de Mío Cid a las Coplas de Manrique, desde el Libro de buen amor del Arcipreste de Hita a la picante Celestina.

Si ya los han leído, anímense y reencuéntrense con nuestra mejor literatura. Si es su primera vez, tengan presente el consejo de Italo Calvino: «Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos».

 

Fin de año

Cada año, cuando llegan estas fechas, acostumbramos a desear lo mejor a los que nos rodean. Los deseos son siempre los mismos. Quizás por esta razón encontramos demasiado trilladas las palabras para expresarlos.

Para hacerles llegar a mis lectores mis esperanzas para 2015 me he auxiliado de las palabras que una mujer extraordinaria eligió para la felicitación navideña de su hija Irene en 1928.

Nadie como un hijo resume lo más  querido, lo más cercano  y, a la par, lo más desconocido. En ellos se resumen nuestros miedos y nuestras aspiraciones. Este año he descubierto a Marie Curie, primera mujer que obtuvo el Premio Nobel y, además, por si fuera poco, en dos ocasiones. Esta mujer, con una voluntad y una mente incomparables, supo expresar con palabras precisas lo que yo les deseo para el año próximo:

«Os deseo un año de salud, de satisfacciones, de buen trabajo, un año durante el cual tengáis cada día el gusto de vivir, sin esperar que los días hayan tenido que pasar para encontrar su satisfacción y sin tener necesidad de poner esperanzas de felicidad en los días que hayan de venir».

Las grandes inteligencias saben expresar también la grandeza de lo cotidiano, de lo que nos depara cada día. Este año, como casi todos, tendrá trescientos sesenta y cinco días para aprovechar al máximo.  Solo de nosotros depende que logremos apurarles hasta la última gota de aprendizaje, de alegría, de amor.

© 2015 María José Rincón González

 

Vencer al tiempo

Supe en estos días que los japoneses llaman tsundoku a las personas que gustan de acumular libros que después no leen. Me maravilla que dispongan de una palabra para eso; señal de que deben tener muchos tsundokus. Confieso que padezco ese mal, aunque yo, al final, sí los leo. Cuando me encuentro con un libro no puedo evitar el deseo de hojearlo, que lleva aparejado el deseo de leerlo y, por supuesto, de tenerlo. Si me encuentro en el metro o en la sala de espera con alguien que lee, se me van los ojos detrás de la portada y no puedo reprimir la curiosidad. Dice Lope de Vega, como solo los clásicos saben decirlo: “Es cualquier libro discreto / (que si cansa de hablar deja) / un amigo que aconseja / y que reprende en secreto”.

Un libro siempre representa la promesa de una historia, el misterio de una conjunción de palabras que nos habla desde otro lugar o desde otro tiempo. ¿Qué hay mejor que una pila de libros por leer?

Si lo que leo me gusta, no puedo parar. Si lo que leo me gusta mucho, lo hago despacio y cierro las páginas cada poco para prolongar la experiencia. Si lo que leo me apasiona, leo despacio y después releo. Y releo muchas veces, generalmente en voz alta. Las palabras bien escritas y las historias bien contadas siempre me han servido de bálsamo: contra la inquietud, contra el aburrimiento, contra la desazón. Pero también me han servido de acicate: para la alegría,  para la esperanza, para la risa, para la memoria.

Qué grande es el misterio de unas letras que van sumándose para construir un mundo que antes no existía; un mundo que, nacido de las palabras, ya no dejará de existir y habrá vencido al tiempo.

Pregúntense ahora quién como padre, como educador, como amigo, podrá dejar de inculcar el placer de la lectura a los que lo rodean. Compartan los libros. No hay enseñanza ni regalo mejor.

© 2015 María José Rincón González

El lenguaje de las leyes

La Academia Dominicana de la Lengua finaliza el año con la incorporación como miembro de número del abogado Fabio J. Guzmán Ariza, un profesional comprometido y un amante de la lengua española.

Entre los académicos siempre ha habido juristas, que han mostrado una especial preocupación por el lenguaje especializado del derecho. Demasiado a menudo olvidamos que los textos jurídicos están destinados al ciudadano, a cualquier ciudadano, con independencia de su nivel social o cultural. Las sociedades democráticas deben instituir una administración pública y de justicia más cercana y accesible para todos; para lograrlo debemos paliar el desajuste entre el lenguaje de nuestras normas y nuestros ciudadanos.

El lenguaje jurídico trata de conseguir un máximo de precisión, pero a menudo produce documentos complejos y ambiguos. Guzmán Ariza ha estudiado nuestros textos jurídicos y administrativos y ha propuesto mejoras que los hagan adecuados, precisos y comprensibles.

Aunque parezca una verdad de Perogrullo, no me resisto a recordarnos a todos que los ciudadanos tenemos derecho a comprender las normas que nos afectan. En palabras de la Real Academia, “ese equilibrio complejo entre precisión técnica y claridad es el que define la excelencia en los buenos juristas”.

No hace mucho la RAE presentó un informe lingüístico con recomendaciones prácticas para los profesionales del derecho y la administración pública. Para que se hagan una idea este informe está introducido por un capítulo titulado “El derecho a comprender” que concluye: “Un mal uso del lenguaje por parte de los profesionales del derecho genera inseguridad jurídica e incide negativamente en la resolución de los conflictos sociales”.

Entre estos buenos juristas se encuentra quien hoy se convertirá en un nuevo miembro de nuestra corporación. Fabio J. Guzmán Ariza viene siendo, para orgullo nuestro, la avanzadilla académica en la corrección y modernización del lenguaje jurídico.

© 2014 María José Rincón González

Las biografías de las palabras

Álex Grijelmo compara al diccionario con una lupa para mirar de cerca las palabras. Me encanta la imagen porque expresa certeramente la idea de que los diccionarios son herramientas que nos permiten acercarnos con detalle al contenido que guardan las palabras.

Imaginen ahora si pudiéramos disfrutar de un diccionario en el que cada entrada se dedicara a contarnos la biografía de una palabra: cuándo nació, cómo ha crecido y cambiado, con quién se ha relacionado, para qué se ha usado y, en algunos casos, cuándo y por qué murió. No hace falta imaginarlo; ya existe. Se trata del Nuevo diccionario histórico del español (el NDHE), dirigido por José Antonio Pascual y coordinado por Mar Campos, un proyecto extraordinario de la Real Academia Española largamente anhelado. Lo más interesante es que su condición de diccionario histórico no lo circunscribe al pasado. Conocer en profundidad la historia de las palabras nos ayuda a entender cómo se usan y lo que significan en el presente.

Las nuevas tecnologías alivian un poco la carga de los lexicógrafos y nos permiten a los usuarios ir disfrutando de los resultados parciales de su tarea. Dense un paseo por la página de la Real Academia Española (www.rae.es) en el enlace de la Fundación Rafael Lapesa. Podrán consultar algunos de los registros que ya están publicados y que les ayudarán a hacerse una idea de la magnitud de este empeño. Si el diccionario académico registra unas noventa mil palabras, el NDHE aspira a contarnos la vida y milagros de unas cien mil.

© 2014 María José Rincón González.