Una nueva ventana

Volví a ver aquella película de Woody Allen en la que un ama de casa se convierte en millonaria y se propone mejorar su formación cultural. Siente que sus nuevas relaciones sociales (no digo mejores) sacan a la luz la pobreza de su vocabulario.

Ni corta ni perezosa decide aprenderse todas las palabras del diccionario, empezando por la A, por supuesto. Cuando se dirigen a ella con una palabra que desconoce no duda en contestar: “No he llegado a esa letra todavía”.

No es este el método idóneo para aprender nuevas palabras. Para esto de la lengua no hay fórmulas mágicas ni inventos de última hora. La lectura sigue siendo el recurso más eficaz, más consistente y, ni que decir tiene, más divertido para aprender nuevas palabras. La lectura nos abre ventanas por las que nos asomamos a horizontes nuevos, lejanos, desconocidos. La lectura nos despeja caminos por los que nos internamos en realidades humanas, temporales o espaciales, muy distintas a las que nos rodean. Las palabras que vamos encontrando a lo largo del recorrido son herramientas que podrán sernos útiles en cualquier recodo del camino, del que estemos recorriendo hoy o de otro que nos atrevamos a emprender.

En el Museo de Pérgamo en Berlín vi una estatua antiquísima en cuyo pie estaban tallados caracteres primitivos de escritura alfabética. Un invento que ha permitido que disfrutemos de nuestra cultura desde las ancestrales tablillas de cera a nuestras modernas tabletas. Vivamos la extraordinaria experiencia de viajar a lomos de la palabra escrita echando en nuestras alforjas pequeñas herramientas que, en el momento menos pensado, pueden abrirnos una nueva puerta, una nueva ventana, un nuevo camino.

© 2015 María José Rincón González

 

 

 

Lo que las diferencia

A petición de un lector dedicamos una “Eñe” anterior a la tilde diacrítica. El adjetivo diacrítico nos ayuda a entender cómo funcionan estos signos ortográficos. Cuando en medicina decimos que un síntoma es diacrítico, reconocemos que ese síntoma nos permite distinguir exactamente una enfermedad de otra. Algo similar sucede cuando le aplicamos este adjetivo a las tildes. Las tildes diacríticas nos avisan sobre el valor distintivo de una palabra monosílaba.

Un caso similar al de la semana pasada es el de aún/aun. Para ayudarnos a distinguirlos podemos utilizar el método de la sustitución por un sinónimo.

Cuando aun equivale a palabras como incluso, hasta, también, estamos ante un término átono que no lleva tilde diacrítica: Aun con esta aclaración sigo teniendo dudas.

Cuando aún puede sustituirse por el adverbio todavía estamos ante una palabra tónica que debe llevar tilde diacrítica: ¿Aún les plantea dudas su ortografía? No se preocupen aún no hemos terminado.

Dos casos particulares en los que nos encontramos errores con frecuencia son los de aun así y aun cuando. Aun así es un conector que nos ayuda a relacionar una parte de un texto con otra; significa ‘a pesar de eso, con todo, sin embargo’. Aun cuando es una locución conjuntiva sinónima de aunque. Ambas nos pueden ser útiles para estructurar nuestros textos escritos y en ambas aun se escribe sin tilde.

Aun cuando la teoría sobre el uso de esta tilde diacrítica es sencilla, siempre es práctico refrescar conocimientos. Esta columna puede colaborar en eso pero, aun así, debemos prestar mucha atención para evitar deslices.

@2015 María José Rincón

 

 

 

Con el pío de los pollitos

Las onomatopeyas son palabras que imitan un sonido que, curiosamente, es representado de distintas formas en diferentes idiomas. Incluso estas palabras especialmente sonoras tienen su ortografía en nuestra lengua.

Las onomatopeyas pueden recrear sonidos producidos por animales. Los cuentos infantiles están plagados de ellas. Son la especialidad de los que les leen cuentos a sus niños. ¡Quién sabe cuántos guau, miau y quiquiriquí pueblan nuestros anocheceres! Si el sonido es continuado nos servimos de la repetición de la palabra (pío, pío, cua, cua), y, en este caso, las separamos con comas, o del alargamiento de las vocales: beeee, muuu.

Los objetos que nos rodean emiten sus propios sonidos, aunque este cambie con los tiempos. Los teléfonos hacen cada día menos ring y los relojes cada vez menos tic tac; aunque, desafortunadamente, los disparos siguen haciendo bang y las bombas bum.

Los seres humanos no nos quedamos en silencio: lloramos (bua), estornudamos (achís), y hablamos sin parar (bla, bla, bla). Cuando nos reímos lo hacemos con gran variedad de matices, que dejo a su interpretación: ja, ja; je, je; ji, ji; jo, jo.

A veces la representación onomatopéyica de un sonido tiene éxito entre los hablantes a lo largo de los tiempos y se fija como un sustantivo, escrito en una sola palabra. Algunos de ellos están incluidos en los diccionarios: El blablabá nos aturde y el tictac del reloj nos recuerda que el tiempo no espera a nadie.

Estarán conmigo en que la letra de la Sonora Ponceña (“con el pío de los pollitos y el zum zum de los mosquitos no se puede descansar”) tiene toda la razón. Pocas cosas hay más molestas que un zum zum rondando nuestras orejas.

© 2015 María José Rincón

 

 

 

Chiquito pero matón

Los lectores de esta “Eñe” semanal ejercen como tales y nos proponen sus dudas. Esta vez ha sido la tilde diacrítica. Cierto es que las nuevas normas ortográficas académicas han suprimido algunas de las clásicas, pero la tijera no ha llegado a la que distingue más de mas.

La conjunción adversativa mas podemos considerarla como un sinónimo de pero. En nuestros tiempos ha quedado circunscrita al lenguaje escrito más formal y con un barniz de antaño. No debe llevar tilde por tratarse de un monosílabo átono.

Es esta condición de palabra átona, sin acento, lo que la diferencia en el habla del adverbio, el adjetivo, el pronombre y el sustantivo más, que, como monosílabo tónico, debe llevar tilde en la lengua escrita. No puede ser más sencillo (adverbio). Cada vez más hablantes se preocupan por la ortografía (adjetivo).

Más, sustantivo masculino con el significado de ‘signo de la suma’, también es tónico y, por lo tanto, lleva tilde diacrítica: Debes escribir el más para indicar que esa operación es una suma.

Ya habrán notado que los más/mas son chiquitos pero matones. Curiosamente existe un uso de más que distingue el español del área del Caribe, Andalucía y Canarias. En nuestra habla coloquial anteponemos el más; así Nunca más nos equivocaremos y Nadie más dejará de poner la tilde cuando sea necesaria se transforman en Más nunca nos equivocaremos y Más nadie dejará de poner la tilde diacrítica.

Hasta las palabras de apariencia más sencilla tienen su uso correcto. Si entendemos cómo funcionan y les prestamos más atención no tienen que darnos guerra nunca más, o más nunca.

© 2015 María José Rincón

Bajo una yagua

Ya saben que dicen por ahí que, de cualquier yagua vieja, sale tremendo alacrán. Con los errores en el uso de las palabras pasa algo similar. La ortografía suele ser la más evidente fuente de sorpresas pero también las encontramos en el empleo inapropiado de las palabras El calco de los significados de palabras extranjeras nos hace resbalar con frecuencia.

En la prensa he encontrado estos dos titulares: “La alergia a los alimentos: una condición poco conocida y muy peligrosa”; “El sida, de enfermedad catastrófica o condición crónica”. Si nos acercamos a las acepciones del sustantivo condición en nuestros diccionarios no encontraremos ninguna que pueda aplicarse en este contexto; y es que el uso de este sustantivo, en apariencia sencillo, oculta alguna que otra trampa que debemos evitar. Cuando lo utilizamos con el significado de ‘trastorno, enfermedad’, como en los ejemplos anteriores, cometemos el error de adoptar el significado del inglés condition para una palabra española que no tiene ese significado.

En los parqueos de una frecuentada plaza comercial capitaleña, sin embargo, lo encontramos usado correctamente en una hermosa señal que nos pide respeto por las plazas reservadas para las embarazadas: “Si no tienes su condición, por favor no ocupes su lugar”. En este caso el sustantivo expresa el sentido de ‘estado o situación especial en que se halla alguien’, porque no creo que los autores del mensaje confundan, como a veces ocurre, el embarazo con una enfermedad (¿o sí?, en cuyo caso la elección del término sería incorrecta).

En nuestra condición de ciudadanos y hablantes responsables respetemos a los demás y respetemos nuestra lengua, tan maltratada a veces por quienes deberíamos defenderla con más pasión.

© 2015 María José Rincón González

 

 

Sospechas fundadas

Mi amigo Daniel tiene una imaginación desbordante. Cuando conversas con él puedes verla brillar en sus ojos. Hace unos días recibió uno de esos mensajes de correo tramposos que pretenden acceder a tus datos personales sin tu consentimiento. Me comentaba Daniel que el mensaje le resultó sospechoso por dos razones. La primera sospecha la causó que el mensaje tenía faltas de ortografía; la segunda, que su mamá ya le había advertido que este tipo de mensajes circulaba por la red. Y es que mi amigo Daniel tiene once años y, con sus dos sospechas, me demostró que, además de una extraordinaria imaginación, tiene también perspicacia.

Nuestra forma de hablar y de escribir da pistas sobre quiénes y cómo somos. Delata nuestro nivel de formación académica, nuestra forma de hacer las cosas, de trabajar y de relacionarnos. Con una expresión incorrecta e inadecuada provocamos una pobre imagen de nosotros mismos y de nuestras capacidades.

Si extrapolamos esta imagen a la que produce una deficiente  comunicación empresarial, oral o escrita, podemos hacernos una idea de qué efecto podemos causar en nuestros clientes o nuestros socios. Recuerden que en nuestras interacciones profesionales la lengua escrita adquiere cada día mayor protagonismo. La imagen de nuestra empresa se abre al mundo desde una página electrónica y para nuestra comunicación son indispensables los correos electrónicos, los tuits, los wasaps… Recuerden también que, si tenemos suerte, nuestros clientes y usuarios se parecerán cada día más a mi amigo Daniel.

¿Pueden pasar nuestros escritos personales y profesionales por la criba de un lector preparado y con capacidad crítica? Se nos llena la boca hablando de servicio al cliente. Más y mejores clientes exigen mejor ortografía.

© 2015 María José Rincón González

 

Sobrenombre merecido

Por motivos personales y culturales soy más futbolera que beisbolera (por cierto, un adjetivo este de nueva incorporación al Dicciionario de la lengua española más reciente). Sin embargo, reconozco que la estructura y la complejidad del beisbol han logrado seducirme.

Como en casi toda seducción, en la deportiva tiene que existir un seductor, una figura que nos llame la atención y nos despierte interés por algo que desconocemos. Mi seductor deportivo, en lo que a beisbol se refiere, es Pedro Martínez, de quien tanto hemos leído en estos días, y por tan buenas razones. Aunque nací en Sevilla llevo muchos años viviendo en Manoguayabo por lo que me gusta considerarme, con su permiso, su paisana de adopción.

Hemos visto ensalzado al deportista y al hombre con el sobrenombre de “el Grande”, con resonancias reales. Para que nuestra ortografía no desmerezca el objeto de nuestros escritos debemos respetar la inicial minúscula del artículo que antecede a los sobrenombres: Pedro el Grande, Alfonso X el Sabio, Isabel la Católica, David Ortiz, el Big Papi, el Greco. No se quejará Pedro de la compañía.

Nuestro extraordinario lanzador ha sido elegido para formar parte del Salón de la Fama. Cuidado, ha sido elegido, que no *electo. El único participio del verbo elegir es elegido y, por lo tanto, es la única forma que debe utilizarse para formar los tiempos compuestos. El adjetivo electo no debe usarse con esa función. Este adjetivo se aplica a quienes han sido elegidos para una dignidad y aún no han tomado posesión: la alcaldesa electa prepara su discurso.

Pedro Martínez está entre los mejores pícheres (pícheres, sí) del mundo; o, si lo prefieren con el término patrimonial, entre los mejores lanzadores del beisbol. Los manoguayaberos, y todos los dominicanos, podemos sentirnos orgullosos.

© 2015 María José Rincón González

 

 

 

 

Sobrenombre merecido

Por motivos personales y culturales soy más futbolera que beisbolera (por cierto, un adjetivo este de nueva incorporación al Diccionario de la lengua española más reciente). Sin embargo, reconozco que la estructura y la complejidad del beisbol han logrado seducirme.

Como en casi toda seducción, en la deportiva tiene que existir un seductor, una figura que nos llame la atención y nos despierte interés por algo que desconocemos. Mi seductor deportivo, en lo que a beisbol se refiere, es Pedro Martínez, de quien tanto hemos leído en estos días, y por tan buenas razones. Aunque nací en Sevilla llevo muchos años viviendo en Manoguayabo por lo que me gusta considerarme, con su permiso, su paisana de adopción.

Hemos visto ensalzado al deportista y al hombre con el sobrenombre de “el Grande”, con resonancias reales. Para que nuestra ortografía no desmerezca el objeto de nuestros escritos debemos respetar la inicial minúscula del artículo que antecede a los sobrenombres: Pedro el Grande, Alfonso X el Sabio, Isabel la Católica, David Ortiz, el Big Papi, el Greco. No se quejará Pedro de la compañía.

Nuestro extraordinario lanzador ha sido elegido para formar parte del Salón de la Fama. Cuidado, ha sido elegido, que no *electo. El único participio del verbo elegir es elegido y, por lo tanto, es la única forma que debe utilizarse para formar los tiempos compuestos. El adjetivo electo no debe usarse con esa función. Este adjetivo se aplica a quienes han sido elegidos para una dignidad y aún no han tomado posesión: la alcaldesa electa prepara su discurso.

Pedro Martínez está entre los mejores pícheres (pícheres, sí) del mundo; o, si lo prefieren con el término patrimonial, entre los mejores lanzadores del beisbol. Los manoguayaberos, y todos los dominicanos, podemos sentirnos orgullosos.

© 2015 María José Rincón González

 

 

 

 

Estar al día

Un lector preocupado por la ortografía me hizo llegar un artículo publicado a finales de 2014 en el que se calificaba a la República Dominicana como el país del “¡dele un chance!”. La sorpresa estaba en que en el mismo texto encontrábamos también la forma *¡déle un chance!”. Tiene una explicación sencilla.

Cuando en una lengua cambian las normas ortográficas siempre asistimos a un periodo de vacilación en el que los hablantes van conociendo las modificaciones y se adaptan a usarlas en sus escritos.

Las normas ortográficas académicas anteriores a 1999 establecían que las formas verbales que tenían tilde la mantenían cuando a ellas se unía un pronombre. Si la forma verbal (Dé un repaso a la nueva ortografía) se unía a un pronombre (*Déle un buen repaso) mantenía su tilde, aunque las normas generales no la exigieran en esta última forma (en este caso palabra llana terminada en vocal).

La Ortografía académica de 1999 ya estableció que la tilde solo debía mantenerse si la forma verbal resultante de la adición del pronombre enclítico cumplía las reglas generales de acentuación en español: Dele otro repaso a la ortografía; déselo siempre que tenga dudas. Una norma no tan nueva pero que muchos hablantes, al parecer, desconocen.

Este cambio normativo podría explicar la vacilación que nos ha señalado nuestro lector. Desde luego, pudo haberse resuelto con una consulta rápida a la Ortografía académica o al Diccionario panhispánico de dudas. Son herramientas accesibles que debemos tener a mano: consulten sus páginas, lean sus artículos; consúltenlas, léanlos.

© 2015 María José Rincón González

A pares

El seseo, compartido por hispanohablantes americanos, canarios y andaluces, tiene el inconveniente de provocar problemas ortográficos que, como buenos hablantes, debemos evitar. En gran parte de España se distinguen dos fonemas, /s/ y /z/; el fonema /s/ se representa en la escritura con la letra ese y el fonema /z/ puede representarse con la ce o la zeta, según los casos. En el español de América, Canarias y parte de Andalucía, estos dos fonemas se reducen a uno solo, articulado como /s/.

A modo de ejemplo quiero que nos fijemos en algunas parejas que los que seseamos pronunciamos de forma idéntica pero que se distinguen en la escritura por una sola letra.

El nombre de las cotidianas tazas procede del árabe hispánico tássa. Nos sirven el café o el té pero también recogen el agua que mana de una fuente. Las tasas suelen sonarnos un poco peor, por aquello de que son tributos. Mientras no nos impongan una tasa a nuestra taza de café…

Eso sería la gota que colma el vaso y rebosa. Ojo, no reboza. Un líquido que se derrama por encima de los bordes de un recipiente se rebosa. En cambio, para rebozar algo, y eso lo saben bien los aficionados a la cocina, hay que bañarlo en huevo y pan molido, como las croquetas, o en miel, como algunos deliciosos hojaldres.

En español hay infinidad de pares como estos, en los que una letra hace la diferencia. Para los que no las diferenciamos en la pronunciación el reto está en saber diferenciarlas en la escritura. En hacerlo bien o mal puede estar la distancia entre la cima (‘punto más alto de un monte o de un árbol) y la sima (‘cavidad grande y muy profunda en la tierra’). Tómense una taza de café a mi salud y practiquen con los pares más frecuentes.

© 2015 María José Rincón González