Mi propia biblia

Aunque todavía esperamos la visita de los Reyes Magos de Oriente, y algunos incluso la de la Vieja Belén, es hora de que dejemos las festividades atrás y nos pongamos manos a la obra con nuestros propósitos para este 2016.

¿Que ninguno de ustedes incluyó entre sus objetivos para este año el mejorar su ortografía, su vocabulario o su expresión oral y escrita? Me lo imaginaba. No se preocupen, la lista de propósitos sigue abierto y, si no, para eso está “Eñe” aquí.

Arranquemos con las mayúsculas para solventar la duda de un lector. Los nombres con los que nos referimos a los libros considerados sagrados por algunas religiones deben escribirse con mayúscula inicial; así el Corán, el Talmud, la Biblia o cualquiera de sus libros, como el Génesis o el Levítico, incluso su denominación de Sagrada(s) Escritura(s).

La palabra biblia en su acepción de texto sagrado de los cristianos debe llevar mayúscula inicial, pero esa misma palabra se escribe en minúscula cuando la usamos con cualquiera de sus otras acepciones. Por ejemplo, si nos referimos a una obra que cierto grupo considera como imprescindible o modélica: Ese manual es la biblia de los contables; o, con inspiración popular, para referirnos a la sabiduría de alguien: Esa niña es una biblia.

Después de casi seis años creo que me van  conociendo; no les sorprendo si me confieso devota de Miguel de Cervantes o elijo el Quijote, este también en mayúsculas, como mi biblia personal. Eso no me impide, es más, me obliga, como miembro de la cofradía cervantina, a demostrar respeto por la ortografía.

© 2016, María José Rincon.

Que el futuro nos pille leyendo

Faltan unos días para despedir este 2015 teresiano y cervantino. Para la Academia Dominicana de la Lengua ha sido el año del reencuentro con los clásicos. Nos lo hemos tomado en serio: diez talleres con los que hemos recorrido desde el Cantar de Mío Cid, primera obra literaria conocida en español, hasta el extraordinario aliento poético de San Juan de la Cruz y su Cántico espiritual. Como todo lo bueno, la lectura da seguidilla, así que 2016 nos pillará leyendo.

Todos hemos aprendido; un clásico, como decía Italo Calvino, nunca termina de decir lo que tiene que decir. A través de estos talleres he reafirmado mi convicción de que debemos trabajar para el futuro. Los jóvenes que se están formando como lectores hoy serán los lectores y escritores de mañana.

Un asiduo lector de Diario Libre decidió regalarle el Lazarillo de Tormes a su hija Eleonora, que ha cumplido quince años recientemente. Un regalo que nos habla bien del padre y de la hija. Otra amiga lectora, Marian, quien acaba de cumplir nueve años, me contaba de su éxito escolar con un cuento de su autoría titulado “La gallareta que se equivocaba”.

Eleonora y Marian son el futuro. Con su afición por la lectura se están formando como mejores personas y sentando los cimientos que les servirán como impulso en todo lo que decidan emprender. Decía Dostoyevski: “Déjennos ustedes solos y sin libros y enseguida nos haremos un lío, nos extraviaremos”. Y así nos va desde que nos hemos apartado de los libros.

Estos jóvenes lectores serán los que lleven las riendas de nuestro mundo mañana; y el mañana (un día como hoy es aún más evidente) está a la vuelta de la esquina. No los dejemos sin libros. Felices nuevas lecturas para todos y que el futuro los pille leyendo.

© 2015, María José Rincón.

En Belén con los pastores

Navidad, tiempo de aguinaldos. Una palabra de origen incierto que, al parecer, procede de la frase latina hoc in anno, ‘en este año’, que aparecía desde antiguo en los cánticos populares con los que se celebraba la llegada de un año nuevo. El aguinaldo es el regalo navideño, pero también la fiesta que nos reúne en torno a estos días.  Que levante la mano quien no lleve ya más de uno en el cuerpo este diciembre. Y que no falten.

Costumbres y palabras que se enlazan para evocarnos la Navidad. Algunas, como aguinaldo, nacieron en los lejanos tiempos del latín y comparten esta lengua madre con la mayoría de las voces de nuestra lengua.

Hay una que nació cuando un pequeño pueblo de Palestina le prestó su nombre a una representación que emula sus calles y sus personajes.

Los belenes, nacimientos, portales o pesebres, como se les llama en lo largo del mundo que habla español, bullen poblados de pastores, molineras, labriegos, lavanderas, y todo un ecosistema de ovejas, vacas, bueyes y mulas que nos huelen a campo y a infancia.

Quizás este bullicio ayudó a que belén sumara a sus acepciones las de ‘confusión’ o ‘desorden’. Más difícil me resulta dar razón de por qué los que están en Babia están también en Belén con los pastores.

Los belenes forman parte de nuestra tradición, aunque cada día escaseen más, vencidos por el abeto iluminado. Sea junto al belén o al arbolito, que la Nochebuena los encuentre junto a sus seres queridos y les traiga, al menos, dos palabras hermosas: salud y paz.

© 2015, María José Rincón.

 

Virtud lingüística

Vamos a despedir el año rodeados de dimes y diretes sobre injerencias. Algunos dimes cardenalicios se descalifican por sí solos gracias a su tono inapropiado y a la mentalidad retrógrada que manifiestan. Huelgan los comentarios, tanto de fondo como de forma.

Otros dimes pueden al menos dejarnos una enseñanza lingüística. Saben que, a veces, ojeamos u hojeamos la prensa con más prisa de la que deberíamos. Un atinado comentario de mi amigo Alejandro Castelli, buen hablante y muy buen corrector, me hizo ver la incongruencia más que evidente que revela la frase “Contra la injerencia extranjera, la virtud doméstica”.

Estoy de acuerdo con el fondo; lo que nos deja patidifusos a Alejandro y a mí es la selección del adjetivo doméstico. Me explico. Búsquenlo en el DRAE, por ejemplo. No encontraran entre sus acepciones ninguna que pueda aplicársele a esta frase. Doméstico en nuestra lengua significa ‘perteneciente o relativo a la cosa u hogar’. Emplearlo en un contexto como el que nos ocupa implica un sentido aproximado a ‘nacional’.

Es el mismo error que cometemos cuando hablamos de *vuelos domésticos o *empresas domésticas, en vez de decir, como sería lo correcto, vuelos nacionales o compañías nacionales; o cuando nos referimos a *problemas domésticos en lugar de a problemas internos.

Lo incongruente entonces es que hablemos de injerencia extranjera precisamente acudiendo a un calco semántico del inglés. La injerencia lingüística es en este caso flagrante y más dolorosa porque ha llegado al corazón mismo de lo que somos, a nuestra lengua. Gracias, Alejandro, por ser buen hablante y por ponernos delante de los ojos la virtud interna de nuestra lengua frente la injerencia de los falsos amigos.

© 2015, María José Rincón.

 

 

Ni muchos ni pocos

Ya en la escuela nos enseñaron que algunas palabras tienen número, singular o plural. Se trata de una propiedad gramatical que presentan los sustantivos (casa/casas), los adjetivos (verde/verdes), los pronombres (quien/quienes), los determinantes (esta/estas) y los verbos (escribe/escriben). En cambio, las preposiciones, las conjunciones o los adverbios no presentan esta característica.

Cuando usamos un sustantivo o un pronombre en plural expresamos que nos estamos refiriendo a más de uno. La opción de referirse a una realidad en singular o en plural es del hablante. Tiene, por tanto, libertad de elección.

Esta libertad de elección tiene dos excepciones: los pluralia tantum y los singularia tantum. Con estos latinajos nos referimos a los nombres que casi siempre se usan en singular (singularia tantum) o a los que casi siempre se usan en plural (pluralia tantum).

¿Se han dado cuenta de que por mucha sed que sintamos siempre la mencionamos en singular? El caos, aunque sea extraordinario, siempre es singular. Los asuntos toman buen o mal cariz, pero siempre en singular. Por el contrario, parece que los víveres o los honorarios van siempre en plural, aunque sean escasos. Siempre andamos por las afueras o los alrededores. Y siempre demostramos o carecemos de entrañas o de tragaderas.

Algunos de estos pluralia tantum componen locuciones que deben mantener su forma fija: andamos a gatas, vamos de compras, o dejamos las cosas a medias. Y aunque la palabra paz casi siempre la usamos en singular, siempre tendremos que hacer las paces.

© 2015, María José Rincón.

 

Pasado el huracán

Pasado el huracán del Viernes Negro y, aunque a las tarjetas de crédito de más de uno les durará todavía una temporadita la resaca consumista, podemos mirar atrás y al menos que nos aproveche para aprender un poco de ortografía. La avalancha de anuncios publicitarios y de comentarios en las redes sociales sobre esta “festividad” profana de nuestros tiempos trajo a cuestas un reguero de errores ortográficos.

Los días a los que distinguimos de otros con un nombre propio deben escribirse en español con mayúscula inicial en todas sus palabras significativas; sean entonces Viernes Negro, o Viernes Santo, si queremos un ejemplo más cercano a nuestra tradición. El Viernes Negro llega a la cola del Día de Acción de Gracias, un buen ejemplo que nos permite observar cómo las preposiciones no llevan mayúscula inicial; en este caso solo los sustantivos. Y los escribimos así,  tal cual, sin necesidad de recurrir a las comillas, de las que muchos publicistas, periodistas o usuarios de las redes sociales han abusado esta semana.

Las comilas, o la letra cursiva cuando la podamos utilizar, solo deben auxiliarnos si decidimos emplear la denominación en inglés; sea entonces, para los que añoran vientos anglosajones, Black Friday Thanksgiving.

Para ambos prefiramos el nombre en nuestra lengua. Si nos hemos sumado a la cena con pavo relleno, a la costumbre comercial y al rito consumista, ¿qué nos cuesta traer al menos sus nombres a nuestro terreno?

© 2015,  María José Rincón.

 

Amigas mágicas

Las academias de la lengua española son instituciones cargadas de tradición pero, como la lengua misma a la que defienden, están destinadas a adaptarse a los tiempos para seguir cumpliendo su misión.

Como colofón a la celebración de los trescientos años de la fundación de la RAE ya tenemos disponible el acceso completo a la 23.a edición del Diccionario de la lengua española, la que conocemos como la edición del tricentenario.

La página de consulta gratuita (www.dle.rae.es) presenta una nueva cara, más moderna e interactiva. En ella podemos consultar el texto íntegro de la nueva edición y además nos permite consultarlo de muchas formas. Olviden esa idea vetusta de que en el diccionario solo podemos encontrar el significado de las palabras que conocemos. Los diccionarios son herramientas poderosas que, potenciadas por las nuevas tecnologías, se han cargado de posibilidades.

La consulta tradicional se mantiene, pero el nuevo Diccionario en línea nos facilita la consulta por comienzos o finales de palabras. Y preguntarán ustedes, y esto ¿para qué sirve? Nos ayuda, por ejemplo, a descubrir prefijos y sufijos o a localizar familias de palabras; pruébenlo como herramienta para ayudar con las tareas o con la ortografía y me lo agradecerán.

Si quieren jugar un poco, prueben a realizar la búsqueda por anagrama. Cuando, al cambiar el orden en las letras de una palabra, obtenemos otra, tenemos un anagrama: si cambiamos el orden de las letras de la palabra amiga descubrimos que pueden formar la palabra magia.

La magia de las palabras a veces nos puede ayudar a que nuestros hijos comiencen a amar nuestra lengua jugando con ella. A los pequeños les apasionan las nuevas tecnologías. Con esta nueva consulta del Diccionario podemos animarles a que se acerquen a las palabras como lo que son, sus amigas mágicas. Y de paso, le echamos un vistazo nosotros, que falta nos hace.

© 2015, María José Rincón.

 

El mejor refugio

El pasado viernes, 13 de noviembre, conmemoramos el Día de las Librerías. Por azares de la vida lo celebré en una Lima nublada y fría. Nada más atrayente que una librería para refugiarnos del frío desapacible o del inmenso calor. La librería El virrey se esconde en las traseras de la elegante Plaza de Armas limeña: dos pisos, un piano, y paredes cubiertas de libros esperándonos.

Sin duda, cuando estamos de viaje, las librerías están cargadas de riesgos. Al precio de los libros se suma que, fuera del espacio familiar de nuestra librería habitual, siempre nos topamos con propuestas nuevas; a esto tenemos que añadir algo tan prosaico como el peso, no el tan llevado y traído peso del saber, sino ese otro peso de las leyes de la física. El problema es que, a los lectores, los libros no nos pesan.

Felizmente cargada con los “Comentarios reales” del Inca Garcilaso de la Vega y con un antiguo diccionario quechua/español (los diccionarios me persiguen) llegué a mi hotel. Se me heló el corazón con las noticias de lo que estaba sucediendo en París, de donde hemos recibido tantos libros. En la librería parisina Shakespeare and Co. se refugiaron algunos clientes durante la fatídica noche.

A mí, que soy buena conversadora por naturaleza y que me apasionan las palabras, me afectan especialmente los acontecimientos que me dejan sin ellas. El estupor inicial me impidió hojear la crónica del Inca, pero tengo el convencimiento de que de esta sinrazón solo nos pueden salvar los libros y las palabras.

© 2015, María José Rincón.

Cuestión de matices

La vida nos pone por delante muchas oportunidades para emplear determinadas palabras. Seguro que algún que otro lector ha tenido que echar mano de los sustantivos eficiencia y eficacia, y de sus correspondientes adjetivos, eficiente y eficaz. Lamentablemente es muy probable que con frecuencia similar, o aun mayor, hayan recurrido a sus antónimos ineficiencia, ineficacia, ineficiente o ineficaz. Aunque sus significados son cercanos, ciertos matices los diferencian y es de buenos hablantes preocuparse por usarlos apropiadamente.

La eficiencia se refiere a la capacidad de encontrar los medios que permitan lograr un objetivo. Cuando nos referimos a una persona que demuestra eficiencia, que prueba tener esta capacidad, hablamos de una persona eficiente. Generalmente relacionamos la eficiencia de una persona con un desempeño satisfactorio de su trabajo. Elegimos el sustantivo eficiencia cuando queremos poner el acento en los medios tanto como en el objetivo.

En cambio, nos decantamos por el sustantivo eficacia cuando nos enfocamos en la capacidad de lograr el objetivo por encima de los medios usados para hacerlo. La eficacia puede ser cosa de personas o de cosas por eso el adjetivo eficaz se usa referido a ambas. Las cosas eficaces producen los efectos para los que están destinadas y las personas eficaces logran los objetivos que se proponen.

Dos familias de palabras muy cercanas por sus orígenes latinos, que las hacen parecerse mucho. Los sutiles matices de sus significados le ponen la sal a la lengua y nos ayudan a expresar exactamente lo que queremos y a entender exactamente lo que nos dicen, siempre que sepamos servirnos de ellos.

© 2015, Maria José Rincón.

Apariencias engañosas

En aquellos tiempos en los que yo frecuentaba las aulas había un concepto que siempre se me atragantaba: la homonimia. Cómo serán las cosas que, con mi dedicación a los diccionarios, me he tenido que enfrentar con ella día sí, día también.

Dos palabras distintas, con un origen distinto, que se escriben y se pronuncian igual pero que tienen significados diferentes. Traigo esto a colación porque una consulta muy frecuente en la Academia está relacionada con la homonimia. Hace unos años le dediqué una de estas “Eñes” al verbo empoderar, que sigue desatando pasiones. Hay quienes lo utilizan como si no existiera otro verbo en nuestra lengua; pero hay también quienes lo descalifican. Y no les falta algo de razón.

En realidad hay dos verbos empoderar, dos homónimos. El primer empoderar es un derivado de poder, con el significado de ‘apoderar’; es antiguo en español aunque ha ido perdiendo vigencia de uso y así lo registra el DRAE. El segundo empoderar es, sin embargo, un calco del inglés empower y el diccionario académico lo define como ‘hacer poderoso o fuerte a un grupo social desfavorecido’. Al contrario que su homónimo, gana cada día más presencia.

El reconocimiento de esta generalización en el favor de los hablantes lo podemos comprobar comparando las dos últimas ediciones del Diccionario de la lengua española. En la vigesimosegunda edición solo aparecía nuestro patrimonial empoderar. En la vigesimotercera ya están los dos, marcados por un superíndice que hace notar su condición de homónimos.

Parecen la misma palabra, pero no lo son. No tienen el mismo significado ni la misma etimología. En apariencia son el mismo verbo, pero su parecido se limita a la escritura y la pronunciación. Recuerden que, muchas veces, las apariencias engañan.

 © 2015, María José Rincón.