Voces y sentidos de un glosario de símbolos: voces representativas en su formalización operativa

Por Bruno Rosario Candelier 

A Reina Lissette Ramírez,
 Amanuense de símbolos arquetípicos.

 

Naturaleza de la simbología

El concepto de símbolo alude a la imagen con la que física o metafísicamente se representa un concepto intelectual, moral, estético o espiritual, diferenciándose de los signos en general. Los signos “significan”, es decir, sirven como referentes o imágenes de una cosa; mientras que los símbolos, además de “connotar”, “simbolizan”, es decir, representan un concepto diferente del significado básico que la palabra expresa en su sentido primario, connotación que funda su dimensión simbólica. Por ejemplo, la paloma, como signo, es un ave, y como símbolo, representa al espíritu.

El término simbología (del griego symbolon, ´signo´, y logos, ´estudio´) es una rama de la lingüística que estudia el caudal de símbolos, razón por la cual constituye una parte especializada de la semiología, ciencia que se ocupa del estudio de signos y símbolos de una comunidad, una disciplina o una cultura. Un símbolo es la representación sensorial de una idea que guarda un vínculo convencional y arbitrario con su objeto de referencia. La noción de simbología sirve para identificar al sistema de símbolos que encarnan los diferentes elementos de su representación. En tal virtud, se puede hablar de la simbología de cualquier rama del saber, con los iconos o representaciones gráficas que permiten reconocer cada elemento significativo.

Cada saber tiene su propia simbología. Y cada lengua tiene la suya. En la literatura dominicana hay un caudal de símbolos que este diccionario presenta, describe y ejemplifica. En tal virtud, es posible clasificar la simbología según su objeto de estudio o área de su competencia. En este sentido, la simbología religiosa estudia los símbolos que intervienen en una creencia o práctica ritual o confesional. De igual manera, la simbología del folklore, de la cultura culinaria o de otra vertiente de la mentalidad o de la idiosincrasia de un país se ocupa de los símbolos que representan dichos aspectos dentro de la vida social, histórica, lingüística y cultural. En ese orden de ideas, la simbología de una cultura comprende todos los símbolos que permiten reflejar su idiosincrasia cultural. El himno nacional, el escudo y la bandera son ejemplos de símbolos que forman parte de la cultura simbólica de una nación.

La historia de la humanidad ha plasmado una inquietud del ser humano por la representación simbólica de su entorno y su cultura, a través de un simbolismo peculiar. Basta con referirse al descubrimiento de la escritura, como comprensión de este sistema de signos y símbolos que contribuyó a la relación entre los seres humanos. Por lo general, un símbolo puede representarse por una palabra y una imagen para significar un concepto o una vivencia. Para citar un ejemplo, en la tradición egipcia, el escarabajo significa y representa, lo mismo la palabra que su imagen icónica, la idea de la resurrección, que se usó como amuleto de vida y poder, como una protección contra el mal, visible e invisible, proporcionando aliento y fe al espíritu humano.

El lenguaje simbólico canaliza las intuiciones de creadores, hablantes o poetas, así como pensamientos, emociones y deseos. Como potencia generadora de pensamientos, la energeia de la creación se manifiesta en conceptos, imágenes y símbolos que fundan un decir peculiar en forma expresiva, técnica compositiva y visión espiritual que recrea la experiencia humana acumulada en la historia y la cultura, que la lengua recoge y formaliza.

 Un diccionario con valores simbólicos

La elaboración de un diccionario de simbología conlleva la reunión del entramado representativo propio del ámbito de referencia en su conjunto lingüístico, histórico, literario, social y cultural. La riqueza de sentidos de los símbolos en la historia de la cultura es relevante, y una de las dimensiones fundamentales es su realización en el fuero de los textos escritos, en especial los literarios, ya que una vertiente principal es la simbólica. En su formalización, este diccionario tendrá una estructura enciclopédica.

La Academia Dominicana de la Lengua creó un equipo de trabajo para la investigación de voces con valor representativo con miras a la confección de este Glosario de términos simbólicos.

En mi condición de director de la ADL y coordinador de las tareas lexicográficas de la institución, les expliqué a los integrantes del equipo de colaboradores la base teórica, conceptual y metodológica para llevar a cabo esta obra lingüística. Con esa finalidad seleccioné a los integrantes del equipo de trabajo y les impartí las pautas pertinentes para colaborar en este diccionario asignándoles tareas concretas para el expurgo de las fuentes (obras literarias, textos periodísticos, cultura viva), privilegiando la literatura dominicana.

La dedicación a esta labor implica un conocimiento del concepto de símbolo, la simbología y la simbolización, un nivel de expresión del lenguaje, interior y complejo, ya que el símbolo no es algo que acontece en la realidad objetiva, como un espejo, un caballo o un florero, sino que comprende vocablos de nuestra lengua con significados peculiares, como acontece en palabras como “espada”, “lámpara” o “cordero”, que admiten una connotación simbólica, metafísica y espiritual mediante un proceso de simbolización para representar otro sentido, que supera la dimensión sensorial y aborda lo intangible. El símbolo no es visible como una cruz o una paloma, y esas dos palabras (cruz y paloma) expresan una connotación simbólica, metafísica y mística.

El Universo es un símbolo, la cultura tiene símbolos y los escritores crean símbolos. Hay que saber interpretar la dimensión simbólica de la realidad, la cultura y el lenguaje, inserta en el caudal léxico del idioma, para lo que hay que entender el pensamiento intuitivo y la faceta representativa de los hablantes, así como la vertiente simbólica de la creación literaria. Todo tiene sentido, pero el símbolo añade un nuevo valor semántico al sentido primordial de las palabras y las cosas.  El símbolo es un valor agregado que otorga a la cosa asumida como representación otra dimensión, como sucede con fuego, puente o espada.

Con las instrucciones lingüísticas y metodológicas para las tareas propias de un glosario de símbolos, quienes laboramos en la búsqueda y el expurgo de las obras literarias (textos periodísticos, obras literarias y el lenguaje de la oralidad) y algunas fuentes secundarias (como diccionarios). En todas las áreas del saber humano hay símbolos, que son creados e interpretados por autores y lectores. Disciplinas como mitología, religión, literatura, derecho, historia, música, arquitectura, mística, periodismo, filosofía, astronomía, física, etc., tienen un caudal de símbolos.  En todas las ramas del saber y en los diferentes ámbitos de los conocimientos se encuentra una simbología, y cada lengua, como cada cultura, tiene la suya. En la cultura dominicana hay variados símbolos, algunos de los cuales recoge este diccionario.

En la fuente literaria abordamos la poesía, la narrativa, el teatro, la crítica y el ensayo. A la cultura de una lengua le corresponde identificar la expresión simbólica de determinadas voces y expresiones. La dimensión simbólica tiene una vertiente trascendente que representa esa abstracción en el plano de la realidad estética o la realidad metafísica. Es en el ámbito espiritual y metafísico donde funciona el símbolo. La elaboración de un diccionario de símbolos conlleva la valoración representativa en su expresión lingüística, literaria, social, metafísica y cultural. La riqueza de sentidos de los símbolos en la cultura es relevante, y una de las dimensiones fundamentales es su realización en el fuero de los textos escritos.

Identificada la entrada o palabra clave que facilita la búsqueda al lector, consignada como voz simbólica, escrita con letras mayúsculas y en negritas, aplica las pautas del siguiente decálogo: 1. Definición del significado básico o valor literal de la palabra. 2. Descripción del valor metafórico. 3. Identificación del valor simbólico. 4. Clasificación según el ámbito del saber (ling., med., rel., lit., folk., psic., fil., mit., met., míst., teol., astr., agr., dep., mús., arq., der., fís., hist., antr., etc.). 5. Los elementos clasificados van con abreviaturas en negritas. 6. Ejemplificación o ilustración literaria (con la cita textual de una obra). 7. Ejemplo de ilustración escrito entre comillas y citado en su fuente original. 8. La palabra clave de la cita se destaca con letras en negritas. 9. Si se ponen varios ejemplos, se enumeran. 10. Sus variantes se consignan con números en negritas.

En la elaboración del Diccionario ejecutamos las siguientes tareas: a. Selección del equipo de trabajo, compuesto por este redactor y tres colaboradores. b. Búsqueda y expurgo de las fuentes primarias (obras literarias), las fuentes secundarias (diccionarios que guarden relación con la cultura a través de los símbolos). c. Determinación de la estructura lexicográfica de este tipo de diccionario. d. Selección del material a incluir en el diccionario, con las definiciones y las ilustraciones correspondientes. e. Revisión de los ejemplos y su formalización según la pauta asignada. El lenguaje es el medio expresivo más adecuado para el hablante consignar lo que crea o inventa mediante la creación de textos con conceptos, imágenes y símbolos que conforman la poesía, la ficción y la representación. Con su creación los autores inventan un mundo verbal que formalizan en sus imágenes aunque estén conscientes de que la suya no sea una creación de la nada, como fue la Creación del Mundo según el relato bíblico. La de narradores y poetas es una creación que tiene su base en la tradición, el lenguaje y la memoria, a la que se suman la imaginación y la intuición del creador, que potencian la cultura  de una lengua y una comunidad con su modo de escritura y su estilo de vida.

Los literatos, filólogos y semiólogos han constatado que mediante los signos del lenguaje pueden formalizar su capacidad simbólica, como lo aprende el hablante a través de procesos que experimenta en su relación con su entorno. Entonces el lenguaje deviene un instrumento indispensable de relación y un vínculo ineludible para la comunicación. Por el lenguaje certificamos que estamos en el mundo y podemos representarlo verbal y simbólicamente, recreándolo a nuestro modo y manera.  Estamos inmersos en una realidad sociocultural con su caudal de símbolos, y mediante el lenguaje lo representamos. Pensamos y simbolizamos en conceptos e imágenes que formalizamos mediante la palabra, y con ella reproducimos nuestra percepción del mundo y creamos un orbe verbal con los signos y los símbolos comunicantes. Como el lenguaje es una creación, tiene el hombre la sensación  de que se apropia del mundo por el lenguaje que lo representa, y por eso Adán aparece en el Jardín del Edén nombrando las cosas, una forma de apropiarse de ellas mediante la palabra. Los poetas, que recrean con su lenguaje la dimensión sensible y suprasensible de fenómenos y cosas, fijan en la letra impresa lo que acontece en el mundo, puesto que la palabra poética atrapa la esencia de las cosas y la vertiente simbólica de lo existente. Mediante el lenguaje asumimos el mundo, como lo hace el niño desde sus primeros balbuceos, pues al nombrar las cosas las confirma, y al confirmarlas, las conjura con la magia verbal de los vocablos y sus símbolos (1).

Todo símbolo proyecta varias enseñanzas en virtud de su contenido implícito: 1. Una indicación lingüística, vinculada con el sentido de la palabra, el concepto o su imagen. 2. Una proyección psicológica que evidencia la relación del sujeto con la cosa significada. 3. Una vinculación cósmica, asociada al significado de lo viviente a la luz de la realidad cósmica. 4. Un enlace cuántico donde se manifiesta la relación de la materia, el espíritu y la conciencia. 5. Una vertiente metafísica con las señales trascendentes que vinculan el símbolo a la esencia profunda y al sentido trascendente.

Desde el punto de vista del lenguaje, el acto de hablar es un signo que representa lo que el habla intenta expresar (2). Por esa razón, con gran intuición expresó Emerson que “somos símbolos y habitamos símbolos” (3), y los poetas comenzaron a poblar el mundo con símbolos de alcance metafísico, como lo reflejan estos versos de Keats al apreciar en “el rostro estrellado de la noche vastos símbolos oscuros de un sublime romance” (Upon the night’s star’d face huge cloudy symbols of a hig’romance… “When I have fears”). La siguiente cita de Pedro Salinas ratifica la estimación de que por el lenguaje nos apropiamos del mundo: “Empieza a andar el niño por la vida como andaríamos nosotros por una vasta estancia, a oscuras, en la que se guarda una gran copia de objetos, muebles, libros, estatuas. La vista no llega a percibir con exactitud ninguna cosa, yerra sobre el conjunto desvalido; pero si enfocamos una linternilla eléctrica sobre el montón, de su abigarrada mescolanza saldrá, preciso, exacto, definido, el objeto que el rayo de luz aprehenda en su haz. El niño cuando dice “flor” mirando a la rosa o al clavel, emplea la palabra denominadora, como un maravilloso rayo delimitador que capta en el desconcierto del mundo material una forma precisa, una realidad. ¡Gran momento este! El momento en que el ser humano empieza a gozar, en perfecta inocencia, la facultad esencial de la inteligencia; la capacidad de distinguir, de diferenciar unas cosas de otras, de diferenciarse, él, del mundo. El niño al nombrar el perro, la casa o la flor, convierte lo nebuloso en claro, lo indeciso en concreto. Y el instrumento de esa conversión es el lenguaje. Lo cual significa que el lenguaje es el primero, y yo diría que el último modo que se le da al hombre de tomar posesión de la realidad, de adueñarse del mundo” (4).

Técnica de formalización simbólica

Las palabras de nuestra lengua, que articulan sonidos con sentidos, son la representación gráfica de conceptos, imágenes y símbolos de fenómenos y cosas. Las palabras tienen un significado básico; muchas se usan con un sentido traslaticio y otras con un valor simbólico. Cuando otorgamos a la palabra un valor semántico diferente a su significado de base, adquiere una connotación metafórica o simbólica. En un glosario de términos simbólicos se recogen, definen e ilustran las voces de nuestro lenguaje con valor simbólico.

El símbolo se funda en una palabra sustantiva con referente concreto, como lobo, balcón, lámpara, etc. Por tanto, no admiten representación simbólica las voces que aluden a conceptos abstractos (verdad, sabiduría, dulzura, etc.) o  acciones o conceptos (canción, invento, clave, etc.), pues no son apropiadas para asignarles un valor simbólico. Los símbolos encarnan un concepto sutil y trascendente de una cosa específica cuyo significado interpreta el exégeta literario o el filólogo de la palabra.

Hay realidades sensoriales (piedra, lluvia, gorrión), intelectuales (imagen, criterio, tendencia), imaginativas (ilusión, mito, fantasía), afectivas (odio, angustia, atracción), morales (disciplina, ley, acatamiento) y espirituales (fe, contemplación, éxtasis). Los símbolos se forman con realidades sensoriales y solo con esas referencias objetivas, concretas y tangibles. Por esa razón los símbolos tienen una concreción referencial, constatable y visible y, en tal virtud, no se construyen con adjetivos ni verbos ni pronombres, sino con sustantivos que facilitan su comprensión, a pesar de la alusión metafísica que entrañan, pues siendo realidades objetivas y sensibles, tienen una connotación subjetiva y suprasensible, por lo cual implican un nivel de comprensión intelectiva superior a su materialidad física. Al respecto quiero advertir que hay palabras que parecen abstractas y no lo son, como silencio, que no entraña una ausencia o una abstracción. El silencio es una entidad sonora y sugerente. Mediante el silencio escuchamos la voz interior de la conciencia, la voz entrañable de las cosas y la voz íntima de los efluvios metafísicos de la Creación. Por eso el silencio tiene una dimensión simbólica, metafísica y mística, que justifica su elección en un glosario de símbolos. Algunas voces intangibles (como silencio, soledad, contemplación) generan efectos sensibles, sugerentes y representativos en la conciencia del hablante.

   La vertiente simbólica del lenguaje implica un conocimiento metafísico del mundo. Todo lo que existe puede ser objeto de simbolización. El símbolo es la representación icónica, espiritual y trascendente de un concepto metafísico, de un significado interior o de una expresión del inconsciente personal o colectivo. Y el símbolo arquetípico es un modelo primordial del psiquismo humano y de la sabiduría espiritual del Numen cósmico, que la poesía suele plasmar.

Los poemas están llenos de símbolos y la literatura metafísica y mística es un caudal de connotaciones simbólicas. Lo importante es entender lo que significa cada símbolo ya que tienen una connotación espiritual profunda. El mundo de lo sensible es una veta simbólica y hay vocablos, como paloma, que proyectan una dimensión simbólica porque aluden a sentidos y mensajes provenientes de la cantera infinita y de la misma Divinidad, que es la fuente primordial de valiosos símbolos. El Cosmos y la Divinidad se comunican simbólicamente. Quien escribe con símbolos es un vaso comunicante de lo divino y un canal de mensajes profundos que encauzan sabias palabras con significados eternos.

Además del valor denotativo de la palabra, abordaremos el sentido metafórico y la connotación simbólica, aspectos que ejemplificaremos con citas pertinentes. Ante la ausencia de un ejemplo textual para ilustrar el uso de un determinado símbolo, el redactor de esta obra, que tiene una aproximación a un diccionario enciclopédico, crea ejemplos para hacer más comprensible la metáfora o el símbolo. La metáfora y el símbolo son imágenes que comparan o representan alguna dimensión oculta o sugerente de determinados vocablos, según la figuración estética del lenguaje. Mientras la metáfora entraña una comparación, el símbolo encarna una representación. De igual manera, se puede hablar de imagen simbólica. Llamo imagen simbólica a la relación asociativa que atribuimos a una obra literaria, a un fenómeno social o a un personaje. Un ejemplo es el “yo” del que habla el poeta norteamericano Walt Whitman, cuando dice: “Yo, un Cosmos, un hijo de Manhattan”, donde ese yo no es el yo individual, sino un yo representativo del yo colectivo. O decir que el diluvio que narra la Biblia puede ser asumido como una metáfora de las tragedias humanas. En fin, la imagen simbólica no es un mero recurso literario, sino una creación de la imaginación poética y la intuición lingüística del hablante. En el glosario de símbolos la voz que presentamos en su dimensión simbólica se describe y se consigna como entrada léxica, presidiendo la explicación de su significado. En la explicación de cada entrada se aplica un conjunto de criterios en procura de una uniformidad lexicográfica para la mejor comprensión de sus significados, connotaciones y variantes. Identificada la entrada o palabra clave, que se consigna al principio de cada explicación con letras mayúsculas y en negritas, se aplican los criterios del siguiente decálogo:

1. Definición del significado básico o valor literal de la palabra
2. Consignación del valor metafórico
3. Identificación del valor simbólico
4. Clasificación según el ámbito del saber (ling., med., rel., lit., folk., psic., fil., mit., met., míst., teol., astr., agr., dep., mús., arq., der., fís., hist., antr., etc.)
5. Consignación gráfica con abreviaturas en negritas
6. Ejemplificación o ilustración textual (cita textual de una obra)
7. El ejemplo de ilustración se escribe entre comillas y se cita la fuente
8. La palabra clave que aparece en la cita, se destaca en negritas
9. Si se pone más de un ejemplo, se subdividen a partir de su numeración
10. La enumeración de cada uno de los niveles se consigna en negritas

Ilustración de voces simbólicas

 PEZ. 1. Animal vertebrado acuático con extremidades en forma de aleta, que respira por branquias y se reproduce por huevos. 2. Usado como imagen amorosa, que con ternura se mueve en ámbitos inhóspitos: “Quisiera ser un pez para tocar mi nariz en tu pecera/ y hacer burbujas de amor por dondequiera/pasar la noche en vela/mojado en ti” (JLGuerra, “Burbujas de amor”). 3. Relig. El sentido simbólico de la pesca milagrosa: “Dijo Jesús: Muchachos, ¿no tenéis en la mano nada que comer? Le respondieron: -No. Él les dijo: Echad la red a la derecha de la barca y hallaréis. La echaron, pues, y ya no podían arrastrar la red por la muchedumbre de peces. Dijo entonces a Pedro el discípulo a quien amaba Jesús: ¡Es el Señor! Así que oyó Simón Pedro que era el Señor, se ciñó la zamarra -pues estaba desnudo- y se arrojó al mar. Los otros discípulos vinieron en la barca, pues no estaban lejos de tierra, sino como unos doscientos codos, tirando de la red con los peces. Así que bajaron a tierra, vieron unas brasas encendidas y un pez puesto sobre ellas y pan. Dijo Jesús: Traed de los peces que habéis cogido ahora. Subió Simón Pedro y arrastró la red a tierra, llena de ciento cincuenta y tres peces grandes; y con ser tantos, no se rompió la red. Jesús les dijo: Venid y comed. Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntarle: ¿Tú quién eres?, sabiendo que era el Señor. Se acercó Jesús, tomó el pan y se lo dio, e igualmente el pez” (Jn., 21, 1-13). 3. 1. Representación confesional de identificación cristiana: “Efectivamente, el pez es un símbolo religioso de vieja data en el Cristianismo. Se remonta a los primeros tiempos apostólicos, en el estadio heroico de la gestación del Cristianismo. En la etapa inicial de la iglesia fundada por Cristo, que es la iglesia católica, los primeros cristianos sufrieron una terrible persecución por parte de los funcionarios del Imperio Romano. Como consecuencia de esa persecución, los seguidores de Cristo tuvieron que refugiarse en las catacumbas de Roma, para evadir apresamiento y tortura. Con la finalidad de identificarse entre sí, los primeros cristianos idearon como señal de identidad el símbolo del pez, una manera de reconocerse entre ellos. La elección de la figura del pez no fue casual, sino sabiamente pensada, ya que esa imagen aludía simbólicamente a Cristo, puesto que los Evangelios relatan la escena del milagro de los panes y los peces. Inspirados en la frase “Jesús Cristo Dios nuestro Salvador”, citada como un lábaro sagrado, los primeros cristianos idearon el símbolo del pez, ya que en griego se dice [Iesu Kristou Theou imerene Soter, ´Jesús Cristo Dios nuestro Salvador´], sigla de iktís, que en griego significa pez, pues una mente brillante advirtió que la letra inicial de cada palabra de la citada frase genera la palabra [ixtis], parónimo que en la lengua de los helenos significa ‘pez’, por lo cual se procedió a usar la figura del pez como señal y símbolo de que el portador era cristiano” (BRosarioCandelierLenguaje3) (5).

 CRUZ. 1. Estructura formada por un madero hincado en tierra y atravesado por otro más pequeño que se une perpendicularmente, donde se sujeta a una persona por los brazos y las piernas para torturarla o matarla: “Jesús fue humillado en una cruz. 2. Carga asumida o sentida como sacrificio, por lo cual la cruz tiene un madero para afincarse en tierra en dirección vertical y otro transversal, fijado en su parte superior en dirección horizontal: “Tu presencia en mi vida ha sido mi cruz”. 3. Míst. Representación simbólica de carga, angustia y abandono: “No hay huerto de olivos en que no me haga sudar angustia, /ni cruz en que no me haga sentir abandono” (FLeonardoHenríquezGemidos35) (6). 3. 1. Símbolo de sacrificio y veneración: “Una cruz clavada en el tope del cerro, por orden de Cristóbal Colón, se convirtió, según la leyenda, en el incentivo milagroso para que los españoles triunfaran e hicieran huir a los indígenas. Desde aquel entonces, el Santo Cerro, con su cruz de madera, se convirtió en símbolo de veneración hasta que desapareció casi totalmente con el paso de los siglos al ser descuartizada por la oleada de peregrinos, en miles de astillas venerandas, repartida por muchos lugares y conservada como reliquias en muchas iglesias; hasta la tierra del hoyo, donde fue clavada la cruz, fue motivo de búsqueda por los supuestos milagros que se recibían” (FRHerrera-Miniño, “Veneración”, Hoy, 24/09/15/12A) (7).

SEMILLA. 1. Germen del fruto de una planta que contiene el embrión de otra. 2. Medio comparativo usado como causa de algo: “Quien actúa movido por la semilla del odio, no genera sino reacciones contrapuestas”. 3. Met. Fuente de luz que fecunda la conciencia para las altas vivencias del espíritu: “Eco de otra voz/útero eterno de llama/nudo de irradiaciones de arcanos mensajes/de la semilla del Numen” (BRosarioCandelierCántico69) (8). 3. 1. Cauce metafísico y simbólico de ternura y piedad: “En un mensaje enviado a los participantes en el encuentro con los padres salesianos, la vicepresidente Margarita Cedeño de Fernández agradeció a los salesianos de Don Bosco por sembrar una semilla de amor, humildad y servicio en favor del pueblo dominicano. Una semilla de amor que ha florecido en los miles de exalumnos que han sido formados en sus centros educativos y en sus oratorios, y de la cual yo he sido testigo de excepción, como expresión de la gracia de nuestro amado Señor Jesús” (BApolinar, “Salesianos”, L. D., 28/09/15/2A).  

 MACO. 1. Vocablo del español dominicano para nombrar al “sapo”, que el Diccionario del estudiante define como “Anfibio sin cola, de ojos saltones, cuerpo rechoncho y robusto, extremidades cortas y piel de aspecto verrugoso”. 2. La palabra maco suele emplearse con el sentido traslaticio de ‘trampa’ y ‘engaño’: “Ahí hay un maco” (‘truco’ o ‘engaño’). Voz traslaticia de equívoco: “Tú crees que el maco es peje” (para decir que ‘estás equivocado’). “Es un acuerdo de maco y cacata” (‘cosa extraña e improcedente’). 3. Folk. Representa un concepto impuro: “Algunos periódicos usan comillas en la palabra “maco” para advertir que se trata de un término no puro. Sapo, a nivel universal, y maco, en República Dominicana, simbolizan lo feo, lo grotesco, lo desagradable. El término “maco” no le viene mal a los teléfonos ilegales, los mismos que nos arrebatan los ladrones…” (RPeraltaRomero, “Orto-escritura”, E. N., 13/09/15/31).

 PALOMA. 1. Ave de suave plumaje y armonioso vuelo: “Los parques públicos se adornan de palomas y las personas se agrupan para alimentarlas”. 2. Persona tranquila o de genio pacífico: “Vi una paloma cándida, bizarra/mecerse en el bambú/ mi mano esquiva por aleve garra/¡la paloma eras tú! (FMMonte, “Dolora”, en AHernándezAntología43). 2. Debilidad presentada frente a un acontecimiento: “Summers deja entrever posturas más de paloma que de halcón” (JHilsenrath, “Economía”, L. D., 31/07/13). 2. 1. En sentido metafórico se refiere a las nubes: “Blancas palomas/tardes con alas/como si todas/ de dos en una viajara solas…” (GPérezCastilloAcecho58). 3. Lit. Voz simbólica del sueño humano de realización gozosa y plena: “Sí, aquí, rodeándome de cosas amables y ligeras,/un trino, una paloma, cuatro letras tomadas/de tu nombre/para ahuyentar estos fantasmas que persiguen noche y día./La soledad es un fantasma que acosa sin sosiego,/el amor es un fantasma/y tú, mi fantasma mejor, mi preferido./Estoy inventariando pertenencias ya sin rótulos/porque la muerte no requiere de alfabeto que la nombre,/la muerte es el designio de los días habitables,/el designio de sueños frustrados cuando todo se rehúsa/para estas manos en alto levantadas” (MValerioCoral43). 3. 1. Rel. La paloma es el símbolo de la paz, proveniente de la experiencia narrada en Génesis cuando Noé envía la paloma por segunda vez trayendo una rama de olivo en su pico. Esto significaba que el castigo de Dios había cesado y empezaba una nueva era de paz: “Esperó aún otros siete días, y volvió a enviar la paloma fuera del arca. Y la paloma volvió a él a la hora de la tarde; y he aquí que traía una hoja de olivo en el pico; y entendió Noé que las aguas se habían retirado de sobre la tierra” (Gn.8:10-11). También, en el año 2008, el buscador Google colocó una paloma blanca y la bandera colombiana en el logo de su página de Internet como representación de solidaridad con el pueblo colombiano para sumarse a las manifestaciones por la libertad de los secuestrados en ese país. 3. 2. Biol. De manera simbólica se refiere a los pechos de una mujer joven y hermosa: “Todo tu cuerpo tiene/copa o dulzura destinada a mí. / Cuando subo la mano/encuentro en cada sitio una paloma/que me buscaba, como/si te hubieran, amor, hecho de arcilla/para mis propias manos de alfarero” (PNerudaCapitán19). 3.3. Míst. 2. Voz indicadora de armonía, belleza y dulzura como expresión simbólica de la Divinidad. Como los grandes místicos de Occidente, Tulio Cordero ve a Dios en el viento, el rocío, las palomas: “Unas letras temblorosas,/solo para decirte/que no he dormido estas noches./…Y no es de pensar en Ti,/sino de tenerte dentro./(Es lo que no se lleva dentro/lo que se piensa)./…Estas estaciones divagan/sin poder robárteme./Es que te llevo dentro/como el pueblo su dolor y su esperanza./Y yo soy pueblo y tú…/Ay,/paloma mía,/no duermo” (TCorderoLatido43).

La intuición semiológica de la simbolización

Cuando conformé el equipo de colaboradores en la investigación de voces con valor simbólico con miras a la confección de un Glosario de símbolos, dicté a sus integrantes un taller de orientación simbólica. En la primera reunión, les expliqué a los integrantes de este equipo de investigadores las directrices teóricas para llevar a cabo este nuevo proyecto lexicográfico de la ADL.

Un diccionario de símbolos implica un efectivo conocimiento del “símbolo”, la simbología, el simbolismo, la semiología y la simbolización, que es un nivel de interpretación de una expresión del lenguaje, dimensión altamente compleja, ya que el símbolo no es una cosa que figura en la realidad como un puente, una espada o una lámpara, sino que es una connotación metafísica y espiritual de la cosa simbolizada, ya que lo que la dimensión simbólica es intangible. No es visible como una cruz o una lanza, pero tienen un valor simbólico.

Todas las cosas proyectan un conocimiento simbólico, que el lenguaje formaliza en voces de referentes concretos. El mundo sensorial de lo existente y el ámbito sutil de lo invisible concitan una interpretación simbólica, que la conciencia del contemplador o la mente del analista y estudioso de los símbolos ha de interpretar a la luz de lo que la palabra refleja.  Un dato importante es el tipo de palabras que encarnan símbolos. Se trata, especialmente, de los sustantivos, específicamente, sustantivos concretos. La función simbólica redimensiona los rasgos esenciales de las cosas, asumidas como expresión de su dimensión interior, metafísica y trascendente. El símbolo ilumina el sentido. Y da lugar a valiosas facetas interiores de la realidad. Importa saber interpretar esa dimensión representativa del lenguaje y la realidad, que entraña el simbolismo de voces, porque hemos de entender y valorar el pensamiento intuitivo de los poetas y la reflexión lógica de otras manifestaciones del lenguaje no poético, que tienen un valor simbólico. Por ejemplo, la escalera representa la conexión entre lo visible y lo invisible, entre la conciencia del sujeto y la realidad de lo viviente y el inconsciente colectivo. Igualmente, la mariposa representa el camino hacia la transformación. Y el fuego, que es uno de los arquetipos cósmicos (9), simboliza la esencia de lo divino y el espíritu de la verdad. En su onda mística y simbólica asociada a la Divinidad, el fuego encarna la potencia de la Creación. El fuego del Espíritu representa la Llama de lo Eterno. Cuando los místicos viven la experiencia del fuego tienen la sensación de la presencia divina. Reconocen la Esencia infinita y se conectan con la Fuente primordial del mundo. Esa certeza la viven en el interior de su conciencia, desde la dimensión vivencial de la espiritualidad y la pureza. Como dijo Juan-Eduardo Cirlot: “El fuego, orientado hacia abajo, representa la vida erótica; orientado hacia el cielo, expresa la purificación” (10).

Es importante reiterar que el símbolo añade un nuevo valor a las cosas, que siempre significan. El símbolo agrega otro valor a la palabra o al objeto asumido como tal, como la copa, el pez o la cruz. Así, por ejemplo, el pez, como signo simbólico de Jesús, apela a una conciencia superior, una conciencia crística, es decir, la convicción que guiaba al cristiano para vivir la llama de la fe inspirada en la prédica del Mesías y, en consecuencia, alude a la pureza del espíritu. Cualquier objeto (una ruina, un utensilio, una piedra, etc.) genera una señal, una voz, un sentido que la palabra formaliza y expresa con el lenguaje de la interpretación de una ‘presencia’ de su pasado ligado al hombre, la historia y la cultura. De ahí nace el valor simbólico de las cosas, que el semiólogo, el filólogo o el intérprete intuyen y recrean dando lugar a una sabiduría escondida o a un conocimiento soterrado y profundo que la realidad sugiere. El idioma secreto que las cosas ocultan está ahí, esperando al intérprete de la palabra que contiene el trasfondo de un significado inherente a cuanto existe en su forma física “legible” para el que sabe ‘intuir’ más allá de la apariencia sensible.

Descifrar la voz de las cosas es lo que hacen filólogos, místicos, arqueólogos, novelistas, poetas y semiólogos, que el entendido en el saber llamado simbolismo desentraña y perfila a la luz de lo que un objeto contiene y sugiere. Como dijera Marcio Veloz Maggiolo, hay un filón de datos que hacen que el intérprete se convierta en un alter, es decir, en otro ser y otra voz que escucha y narra: “Cuando en ciertos momentos las cosas parecen tener un habla, somos nosotros los que estamos conformando el doble, como alter nuestro, ya que nuestro otro es el que se desdobla queriendo imitar lo que es material confiable y sugerente para nuestra creación literaria” (11).

En todas las áreas de la realidad y del saber humano, especialmente en la creación literaria, hay símbolos. Esos símbolos son creados e interpretados por el hablante. Este Glosario de símbolos presenta una interpretación de voces que representan una singular dimensión simbólica de nuestra cultura.

 

Bruno Rosario Candelier
Academia Dominicana de la Lengua
Santo Domingo, 12 de febrero de 2017.

Notas:

1. B. Rosario Candelier,  Ensayos lingüísticos, Santiago, PUCMM, 1990, pp. 247.
2. Karl Bühler, Teoría del lenguaje, Madrid, Revista de Occidente, 1966, pp. 21ss.
3. Ralph Waldo Emerson, Ensayos, XIII. En Stephen Ullman, Semántica, Madrid, Aguilar, 1972, p.17.
4. Pedro Salinas, La responsabilidad del escritor, Barcelona, Seix y Barral, 1970, p.22.
5. Bruno Rosario Candelier, El lenguaje del buen decir, Santo Domingo, Academia Dominicana de la Lengua, 2014, pp. 3-4.
6. Fausto Leonardo Henríquez, Gemidos del ciervo herido, Madrid, Fundación Fernando Rielo, 2014, p. 35.
7. Fabio R. Herrera-Miniño, “Una veneración bañada por la sangre indígena”, Hoy, 24/09/15/12A.
8. Bruno Rosario Candelier, Cántico interior, Moca, Ateneo Insular, 2017, p. 9.
9. Juan-Eduardo Cirlot, Diccionario de símbolos, Barcelona, Labor, 1981, p. 46.
10. Fredo Arias de la Canal, Filosofía de la estética anterior al descubrimiento de las leyes de la creatividad, México, Frente de Afirmación Hispanista, 2003, p. XXV.
11. Marcio Veloz Maggiolo, “Ciertas creatividades”, Listín Diario, 11/09/15/9A.

Juntadera, maledicente/*malediciente, absurdez, cuido

JUNTADERA

. . . lo que significa que estos jóvenes carecen de puntos de reunión, de JUNTADERA. . .”

La palabra consignada como título es de difícil localización. El único lexicón que registra la voz en cuestión es el Diccionario del español dominicano (2013). La acepción que este recoge es, “Reunión de amigos”. Como consecuencia de lo mencionado en las oraciones precedentes a esta, debe considerarse en tanto dominicanismo léxico.

La voz que se localizó en otras obras fue “juntadero”. Se halló en la obra Innovaciones sufijales en el español centroamericano (1987:56). En ese libro se señala que es de uso en Argentina para, “Lugar donde se juntan varias personas para discutir o platicar”. Este autor lo toma de El habla rural de San Luis de Berta Vidal de Battini (1949:260).

No se trata aquí solo de apuntar lo que antecede, sino también de abogar por una acepción diferente para la voz en el español dominicano. Lo que se ha oído de boca de dominicanos es el vocablo tratado aquí con el significado de “compañía”. La palabra compañía hay que aceptarla aquí en tanto equivalente de persona o grupo de personas que se acompañan unas a otras.

Puede rememorarse aquí el consejo de la tía Nena, “No me gusta esa juntadera”. Ese es un ejemplo del uso dominicano con el significado de compañía, de compaña. Hay que agregar a lo ya escrito, que se recuerda que casi siempre se utilizaba en sentido negativo, es decir, con un rasgo despectivo acerca de la compañía a la que se refería. Esa acepción puede asemejarse a “amigote” por considerarse mala compañía.

Esta juntadera dominicana tiene algo similar con otro juntadero argentino que aparece recogido en el Diccionario del habla de los argentinos (2008:397) en la que se halla definida como: “Lugar donde se acumulan personas o cosas valoradas negativamente”. La similitud se refleja en el adverbio negativamente. Llama la atención que la fuente que cita este lexicón es la misma anterior de la señora Vidal; así mismo, trae una cita del periódico La Nación del año 2000. Según parece esta acepción se debe a la señora C. Paiz sacada de su libro El lenguaje de los correntinos (2004:59).

En realidad, este derivado que forma el hablante dominicano obedece a la función que le otorgan y reconocen quienes lo emplean. El uso dominicano formó una voz que no se ajusta completamente a lo que los derivados con –ero, -era dan lugar. Estos derivados en general denominan nombres de objetos, utensilios; de lugares; de árboles, plantas y, con mayor frecuencia, de oficios, profesiones, ocupación, actividad. Puede referirse también a “cantidad de algo, conjunto de”.

Ha de tenerse en cuenta que el sufijo en la juntadera es –era y, que se añadió al sustantivo junta, (raíz) con la inserción de esa letra de /d/ (interfijo), para que el elemento agregado completo acabe con la terminación –dero.

Con la exposición que antecede se pretende argumentar para que se tome en cuenta la voz estudiada y se incorpore en futuros diccionarios del español dominicano.

MALEDICENTE – *MALEDICIENTE

“. . . a los que los MALEDICIENTES y sediciosos atribuyen. . .”

En el título se presenta primero la forma usual para el adjetivo que expresa que la persona a quien se le aplica incurre en maledicencia. Sirve la última palabra, maledicencia, para mencionar las acciones de las personas cuando difaman, murmuran o calumnian.

La raíz latina del vocablo es maledicens, maledicentis. Se nota de inmediato que en la raíz latina no se encuentra la segunda letra /i/ que se censura en el título.

La maledicencia es el sustantivo que incorpora la letra /i/ que contribuye a la confusión en el caso del adjetivo. Este sustantivo lo tipifica el Diccionario de la lengua española al escribir que es la “acción o hábito de maldecir (denigrar)”.

Hay que tomar nota de la ortografía acreditada para escribir el adjetivo y no incurrir en error.

ABSURDEZ

“. . .y con una ABSURDEZ e ignorancia dijo. . .”

La lengua en su frecuencia, y a veces con sus repeticiones, tiene acostumbrados a los lectores a levantar una señal de alerta cuando los ojos se topan con una palabra o expresión que se sale de lo habitual. Esa reacción que se acaba de describir es la que produce la voz del título al posarse sobre esta los ojos.

El uso consuetudinario tiene acostumbrado a los oyentes y lectores a la repetición de los mismos términos que se han asentado en la lengua desde hace largo tiempo.

La calidad de absurdo en el español corriente se expresa mediante la palabra absurdidad. Se retiene por absurdo aquello que escapa a lo racional, contrario a la lógica, al buen sentido; lo que es disparatado; se refiere a los dichos y hechos con características propias de lo absurdo.

La palabra del español está relacionada con la voz absurdus del latín que está formada de ab y de surdus, inaudible (=sordo). El sentido que tiene el vocablo absurdo en español existía ya en latín para la voz mencionada. En sentido figurado alcanzó el sentido de “lo que no está de acuerdo con la lógica” desde temprano en la lengua. La palabra absurdo ha hecho fortuna en el teatro, “teatro del absurdo”; y en filosofía con las obras de A. Camus.

El Diccionario de la lengua española no reconoce la voz absurdidez, que sin embargo está inventariada en el Diccionario del español actual (1999) con una remisión a  la palabra absurdidad.

Los diccionarios que asientan la absurdez son el Diccionario de uso del español (2012) y el Diccionario de uso del español actual (1997). El último diccionario describe el uso como coloquial y en esencia envía a absurdidad. En el diccionario mencionado primero en este párrafo, los redactores definen la absurdez como la cualidad de lo absurdo; cosa absurda.

Por medio de lo expuesto más arriba puede entenderse que no es descabellado o inconcebible que una persona utilice la voz absurdez para expresar algo que es incomprensible, inexplicable, incongruente; aunque debe considerarse poco elegante por el rasgo señalado para esta en el Diccionario de uso del español actual.

CUIDO

“. . . no me limitaré. . . por asuntos moralistas ni por CUIDOS innecesarios. . .”

Al escribir sobre este vocablo viene a la memoria la primera vez que se oyó. Hace largo tiempo ya, pero se recuerda que el uso provino de una persona de escasa formación educativa. Por las circunstancias en que se produjo la utilización, se intuyó sin problemas lo que significaba. El hecho se produjo en el ámbito rural.

El propósito de este estudio es adelantar la idea de que esa palabra en el habla tradicional de los dominicanos tiene una especialización en su uso. El uso especial se establece por oposición a la otra voz del español que tiene significados semejantes, cuidado.

Desde el principio hay que señalar que “cuido” nunca se usará para llamar la atención o advertir de peligro a una persona. No expresa temor, preocupación  o recelo. El cuido se refiere al esmero que se pone para la atención de cosas físicas, así lo especifica el Diccionario de la lengua española de la Real Academia: “Acción de cuidar, especialmente de cosas materiales”.

Esta aseveración puede confirmarse si se revisan los ejemplos que registra el Diccionario de americanismos de la Asociación de Academias de la Lengua Española. Esos ejemplos de uso se manifiestan con respecto de animales, como gallos y ganado.

De lo anterior puede deducirse que el autor de la frase transcrita llevó la voz cuido a un campo que no le corresponde. En el caso específico el redactor de la frase se refería a la exposición de ideas, a la expresión de opiniones.

© 2017, Roberto E. Guzmán.

 

 

Sanear/saneamiento, constante/contante, intromisión/invasión

SANEARSANEAMIENTO

El verbo en infinitivo y el sustantivo que constan en el título de esta sección poseen una acepción que solo se conoce en República Dominicana. Se trae a estas reflexiones acerca del lenguaje porque esta no se ha documentado todavía en los diccionarios diferenciales del español dominicano.

No hay que extrañarse de que algo tan común como este verbo y sus derivados se pasen por alto en la recolección de dominicanismos. En gran medida esto se debe al hecho de que el verbo y el sustantivo tratados aquí responden en su sentido estricto al lenguaje jurídico dominicano. Esto significa que solo circula en el ámbito judicial y de bienes raíces.

Para traer este verbo y sus palabras relacionadas basta con mencionar que se utiliza sobre todo en el ámbito catastral. Esto se entiende mejor si se explica que el verbo mantiene su campo de acción en el lenguaje jurídico específico relacionado con los inmuebles. La palabra catastral tiene relación con catastro que es una lista de los inmuebles medidos, deslindados y registrados (inscritos) en el padrón oficial para este efecto.

Sanear un inmueble en República Dominicana no tiene relación alguna con la limpieza del terreno a que se contrae el asunto. Para los dominicanos sí hay limpieza, porque significa que se quita lo que estorba, se libera la propiedad inmobiliaria de los elementos que son perjudiciales para cualquier negociación ulterior.

El saneamiento a que se refiere el verbo en lenguaje jurídico consiste en un proceso judicial de depuración. Una vez que la propiedad en cuestión se ha sometido al proceso antes citado se expide al dueño un certificado de título que sirve para atestar sus derechos sobre el inmueble. Este certificado es oponible a todo el mundo. Los inmuebles que no son saneados son aquellos que se denominan “inmuebles no registrados”.

El saneamiento a que se contrae la acción implica una mensura oficial de terreno, colocación o mención de los linderos y propiedades colindantes. En el documento que resulta del acto de saneamiento se inscriben los nombres de los propietarios y los posibles gravámenes que pesan sobre el inmueble descrito con sus mejoras si las hay.

El verbo y el sustantivo correspondiente, tratados en esta sección, serán temas obligados de una futura edición del lexicón del español dominicano, pues en ese repertorio, así como en todos los que se han editado hasta esta fecha esos vocablos no se recogen con sus acepciones dominicanas.

CONSTANTE – CONTANTE

“. . .Gore le ganó a Bush por más de 500,00 votos CONSTANTES y sonantes. . .”

No cabe duda alguna de que los dos vocablos del título tienen un gran parecido. La similitud se hace mayor si se toma en cuenta que en el habla descuidada esa letra ese /s/ puede desaparecer. Esa similitud puede mover a que al utilizar una u otra de las dos palabras el hablante enfrente la duda al escoger cuál es la que conviene en ese caso. Puede suceder, como ocurrió en la cita, que la voz escogida no sea la conveniente para imprimir sentido a lo expresado.

Como es costumbre en esta sección se analizarán las dos palabras de modo sucesivo y se delimitará el caso en que debe usarse de manera acertada una y otra.

Constante es un adjetivo que indica que se tiene constancia. Además es “que consta”. Manifiesta así mismo, tenacidad, persistencia o duración. Desempeña funciones de sustantivo o adjetivo cuando se refiere a hechos o cosas que suceden  continuamente. En el campo de las matemáticas transmite la idea de una cantidad que tiene un valor fijo en un proceso determinado. En informática se refiere a un dato cuyo valor y naturaleza se establece mientras se escribe un programa y que no debe cambiar durante la ejecución. En algunas circunstancias específicas constante funciona como valor estadístico; en otras situaciones puede ser una característica definida, como  lo hace en el ámbito de la física. Aparte de esas significaciones posee otra en medicina.

Con lo escrito en el párrafo inmediatamente anterior a este se satisface lo concerniente a constante. Más abajo se analizará lo pertinente a contante.

Contante es un vocablo que tiene su origen en el francés comptant y, en tanto adjetivo, dicho de dinero transmite la idea de que se paga en efectivo. En el español actual se utiliza en varias combinaciones como “dinero contante”, o “dinero contante y sonante” para indicar que se trata de dinero pronto, efectivo o corriente; que se paga en efectivo. Se usa también como “moneda contante y sonante” para denotar que se trata de moneda metálica.

En la frase transcrita el redactor incurrió en varios desaciertos. El primero fue colocar “constante” en la combinación donde no cabe. La segunda fue utilizar “constante” para mencionar algo que ocurrió una sola vez. La tercera se refiere al intento de usar la combinación para algo que le es extraño, pues se mentó antes que solo se emplea para dinero.

Todas las equivocaciones anteriores y otras por este estilo se evitan poniendo cuidado en la redacción. No toma largo tiempo verificar, con los recursos modernos del computador, la conveniencia de los términos usados en la redacción.

INTROMISIÓN – INVASIÓN

“. . .como represalia por una INTROMISIÓN en la embajada dominicana en Puerto Príncipe. . .”

Los dos vocablos que constan en el título comparten una idea; en ellos interviene una irrupción que en uno puede ser benéfico, mientras en el otro se presume que no lo es. En los dos casos no se produce una invitación para la ejecución de la acción que así se caracteriza.

La apariencia de sinonimia que se cuela entre las dos palabras aquí estudiadas puede inducir al error de emplear una de ellas, cuando en realidad la conveniente es la otra. Más adelante se examinarán las diferencias para dejar bien separadas las aplicaciones de ambas.

La intromisión es la “acción y efecto de entremeter o entremeterse”, de acuerdo con lo que entiende la RAE, esto es, la Real Academia. Esa misma corporación en su diccionario (DLE) escribe que entremeter es dicho de una persona “meterse donde no la llaman, inmiscuirse en lo que no le toca”. La segunda muy conocida acepción es “ponerse en medio o entre otros”.

Si se examina el texto copiado más arriba a la luz de esas acepciones se concluirá que esos no fueron los hechos a los que el articulista quiso referirse. La aseveración se refuerza si se piensa que la intromisión es una “intervención ilegal, no solicitada o inoportuna en asuntos ajenos”, que es la definición que el Gran diccionario de la lengua española de Larousse asienta en sus páginas.

De las caracterizaciones de la intromisión se llega a la conclusión que la acción se refiere más bien a una intervención intelectual, a una participación no solicitada en asuntos que no le incumben a la persona que incurre en la acción de la intromisión.

Los hechos que refirió el articulista fueron una invasión o penetración de personas ajenas a la embajada en los terrenos de esta. Fue una irrupción en los predios de la embajada, pues se internaron en el perímetro de esta. Fue una penetración de corta duración en ese terreno protegido. Fue una entrada ilegal, sin autorización; una transgresión a las leyes y los usos establecidos en materia de embajadas y los espacios que estas ocupan.

Hubo una acción que puede catalogarse de invasión porque fue una irrupción, con entrada sin permiso o invitación. Fue una penetración anormal o irregular, aunque no fue con intención de permanecer en el inmueble. Fue un acto de provocación en reacción de enojo.

© 2017, Roberto E. Guzmán.

Nudo – más bueno/más malo – mula/mulo – erguir/*herguir – cabo/cavo

NUDO

En República Dominicana existe un nudo que no se encuentra documentado en ningún otro país.

Se trata de una formación subcutánea. Según las informaciones que se han recogido este nudo se produce en personas excedidas en su peso corporal y que sufren golpes.

El nudo consiste en un hematoma interno cubierto por una parte de la piel endurecida que forma un pequeño bulto duro que sobresale de la superficie de la piel.

En otras ocasiones se ha escuchado la misma palabra, nudo, para designar en el habla dominicana una superficie de la piel que forma una especie de retorcimiento con abultamiento formado por exceso de grasa, que se percibe en la piel en las personas que están sobrepeso. Estas áreas se destacan cuando los músculos situados en esa área resultan tensados por esfuerzo. Se menciona aquí que este nudo no debe confundirse con la celulitis.

Si alguna vez se le hace espacio en un diccionario del español dominicano habría que sintetizar los rasgos descritos para que se reduzcan a una o dos acepciones propias de diccionarios.

MÁS BUENO – MÁS MALO

“Más” se considera adverbio comparativo para denotar superioridad. Si aparece colocado delante de un sustantivo, entonces funciona como adjetivo. Cuando funciona en tanto adverbio, delante de adjetivos, se utiliza solamente delante de los adjetivos que indican grados positivos. No se acepta que se use “más” delante de adjetivos en grados superlativos.

En lo que algunos tratadistas consideran el uso general, más debe posponerse a “nada, nadie, ninguno y nunca”. En República Dominicana la costumbre contradice este “uso general”.

Los defensores de la lengua pura entienden que “más bueno” solo debe emplearse en los casos en que se manifiesta de este modo la bondad de una persona. Además, consideran correcto este uso para expresar el comparativo de bueno en el sentido de “gustoso o apetecible”.

“Más malo” puede usarse en caso similares a los de “más bueno”, es decir, pero en los casos en que se refiere a una persona que carece de bondad. De este modo, los dominicanos han retenido una expresión motivada por hechos históricos, “Más malo que Buceta”. Se considera correcto también su empleo para establecer comparaciones positivas acerca del sabor.

Los abusos de “más” delante de los citados adjetivos son frecuentes en el habla de los dominicanos. Algunos de quienes así se expresan lo hacen por ignorancia, mientras que otros lo hacen por “majadería expresa” para destacar su desacato a los usos predominantes en otras latitudes.

No debe olvidarse que “peor” y “mejor” no aceptan que se coloque delante de ellos, o después,  ese “más” que se ha tratado aquí, pues son dos superlativos que corresponden a los adjetivos “malo” y “bueno”. En estos casos “no se vale el resabio”.

MULA – MULO

Las palabras del título han hecho fortuna en el léxico español internacional. El español dominicano reconoció hace largo tiempo ya el sentido de mulo en tanto persona fuerte, de gran vigor y energía. Además, ese “mulo de trabajo” no se queja de la carga que se le impone. La terquedad del mulo/a se utiliza tanto para el femenino como para el masculino. Una mujer terca será aquella que no cede en su obstinación.

El párrafo anterior comenta aspectos de los vocablos del epígrafe que son de conocimiento general. No se traen estas voces a estas reflexiones solo para explicar nociones ya conocidas por el gran público. En el párrafo siguiente se entrará en una acepción dominicana de “mula”.

Se deja bien claro desde el principio que lo consignado de aquí en adelante es una constatación del uso y que ello no contiene juicios valorativos ni sexistas.

La mujer que se califica de “mula” es aquella que es parca para expresar verbalmente sensaciones agradables que se perciben durante el acto sexual. Esto es, no manifiesta mediante palabras, gemidos u otros medios la satisfacción que experimenta durante el coito y sus prolegómenos.

Esta definición no se ha encontrado en las obras dedicadas a recoger las definiciones del español dominicano. No creo que ello se deba a pruritos, porque como puede comprobarse mediante la lectura de lo que antecede, el concepto puede maquillarse para que se entienda y se acepte.

ERGUIR *HERGUIR

“. . . HIERGUEN su poder como una espada empuñada para destruir el pueblo. . .”

El verbo “erguir(se)” es de uso muy limitado en la lengua escrita y, más aún, en la hablada. Una de las razones para que así sea es la dificultad de su conjugación. Aquí no se conjugará el verbo para enderezar entuertos, pero sí vale la pena que se recuerde que es modelo de conjugación y en este la raíz del verbo no se altera con la introducción de una hache /h/.

Lo anterior explicado significa que si el verbo en infinitivo es erguir, no hay espacio ni motivo para que en la conjugación se incluya una hache /h/ como hizo infortunadamente quien escribió la frase transcrita más arriba.

Viene a la memoria el profesor petromacorisano que en sus clases cuando deseaba que un estudiante se levantara o se pusiera de pie le decía, “írguete”. No está de más que se escriba que en la mayoría de los casos lo estudiantes permanecían perplejos ante la orden impartida por el catedrático de Derecho.

Hay que añadir que este verbo sirve para expresar “levantar y poner derecho, enderezar” a alguien o algo. Vale también para expresar que alguien se engríe o ensoberbece. Los edificios se irguen cuando se levantan y sobresalen sobre un plano.

Ya en muchas ocasiones anteriores se ha aconsejado a que quienes escriben que deben mantenerse en el ámbito de sus conocimientos sólidos; no aventurarse a emplear verbos o vocablos de escaso uso.

CABO – CAVO

“. . . que el ejecutivo lleva a CAVO junto a un grupo jurídico. . .”

El cabo dominicano, compartido con el cubano, es la colilla o resto del cigarrillo. Esto se menciona para fines de recordar las voces propias del español dominicano. De paso (fino ¿?) es oportuno que se miente que hubiese sido de mejor gusto escribir “grupo de juristas”.

La locución verbal “llevar a cabo” tiene por necesidad que escribirse con este cabo con la letra be /b/, porque la otra correspondería al verbo cavar que no resultaría con sentido alguno. Este cabo con la B de burro, B alta, tiene relación con “término de algo” y, se relaciona con llevar a término una acción, que es “hacer o realizar una cosa”.

“Llevar a cabo”, o, “llevar al cabo” algo, es ejecutarlo, concluirlo, efectuarlo, finalizarlo, acabarlo, ultimarlo, terminarlo.

Los dominicanos conocen un “cabo de agua” que es diferente del que la Real Academia conoce. Se llama de ese modo a la persona encargada de abrir y cerrar los canales de riego en los predios rurales. Es la persona que dirige el riego de agua de los canales. Es una persona importante en su medio porque puede favorecer o perjudicar con sus acciones a los agricultores que dependen de su trabajo.

Los dominicanos tienen una locución que es “tirar un cabo” que se usa para expresar “ayudar a alguien a salir de una situación difícil”. Como puede deducirse, esta procede de la marinería y entró con esta actividad al español dominicano. En este caso este cabo es una cuerda, soga.

Para terminar con este examen, se referirá el cuento que se relataba en la escuela hace años ya, cuando se trataba de explicar de modo jocoso la conjugación del verbo caber que es muy irregular. En medio de un ejercicio militar, el cabo ordena a un alistado que pase por un sitio estrecho. El último le explica al primero, “No puedo, porque no cabo, cabo”. El cabo de inmediato le replica, “Tonto, no se dice cabo, se dice quepo”. El alistado le contesta, “Es que no quepo, quepo”.

Ahora, ría si puede; pero no llore ante errores como el resaltado en este estudio.

© 2017, Roberto E. Guzmán.

La riqueza conceptual en La dolencia divina, de Bruno Rosario Candelier

Palabras del escritor  Rafael Peralta Romero en la presentación del libro La dolencia divina: conciencia mística y espiritualidad, durante el encuentro interiorista efectuado en La Torre, La Vega, el 28 de enero de 2017.

“Cada día  vamos aprendiendo algo ya que el discurrir de la vida nos permite ir acumulando conocimientos, experiencias, intuiciones, y todo eso va fecundando la memoria, la inteligencia y la creatividad. Todo lo que conocemos, todo lo que hemos vivido o experimentado se va  almacenando en la memoria. La memoria tiene varios registros y todo lo que traspasa el umbral de la conciencia lo conserva; por esa razón es importante tener contacto con las diversas manifestaciones de la realidad y conocerlo todo, gozarlo todo, sufrirlo todo, vivirlo todo”. (Pág. 69).

Parece que estoy iniciando por el final, pues este párrafo  tan dotado de autoridad, tan pleno de sentido y  tan conclusivo, bien podría prestarse para el cierre de una disertación en torno al libro La dolencia divina, que lleva por subtítulo “Conciencia mística y espiritualidad”, la más reciente publicación del doctor Bruno Rosario Candelier, director de la Academia Dominicana de la Lengua y presidente del Ateneo Insular.

El volumen, de 398 páginas, sale con el sello del Ateneo Insular, con el respaldo de la Fundación Guzmán Ariza Pro Academia Dominicana de la Lengua,  y –lo más importante-  constituye un enjundioso tratado sobre la  mística, que con la metafísica y la mitopoética  representa  los tres pilares  sobre los que se sostiene el movimiento interiorista.

Había pensado señalar de inicio que el contenido de esta obra me descalifica para ser quien hable por  ella  ante ustedes para ponderar la riqueza de su temática, es decir su presentador. Efectivamente, en la página 59 Rosario Candelier afirma lo siguiente:

“La metafísica profundiza el sentido, ya que quien indaga el sentido está haciendo metafísica. Normalmente el drama vital de la realidad humana atrae a quien tiene sensibilidad social, pero a los que tienen sensibilidad metafísica les atrae el drama cósmico, que es el drama mayor de lo que acontece en el Universo, y así enfocan la vida, la muerte, el tiempo, la eternidad, el devenir, la Creación, el sentido de la trascendencia, que son los temas que preocupan a quien tiene sensibilidad metafísica”.

¿Ven ustedes? Quien les habla no va más allá de la sensibilidad social, la cual permite captar  el modo de vida de la gente, sus manifestaciones  con relación a la divinidad, al sexo, a las cosas materiales, así como sus actitudes frente a la vida, sus luchas por la supervivencia  y sus hábitos idiomáticos.

En tanto que la sensibilidad metafísica, explica el autor del libro, propicia en los favorecidos con esa facultad, la capacidad de ver más allá de las apariencias, penetrar en la dimensión profunda de las cosas, interesarse por la esencia y el sentido de lo real, y procurar una visión del mundo y de la vida, es decir una cosmovisión.

La cosmovisión implica la existencia de una metafísica,  y Bruno Rosario se adelanta  a contradecir a quienes piensan que  la metafísica es una evasión de la realidad, porque la  metafísica persigue una visión más profunda de la realidad, “no es una visión superficial, sino profunda, trascendente, porque la visión metafísica procura una inmersión en el sentido de la trascendencia, una inmersión en el misterio del hombre y de la vida…”  

Este libro está compuesto de cuatro partes: I-Reflexiones místicas. II-Diálogos y conversatorios. III-Estudios de textos místicos. IV- Correos literarios.

La primera parte se compone de catorce textos   cuya escritura   denota  la sobriedad y la hondura del escrito científico, no obstante tratarse de tópicos propensos a la especulación y la valoración personal, y que en consecuencia se  tornan  fértiles para la controversia.

En este apartado, Rosario Candelier  explica con suficiencia de información y ardiente sentir  temas relacionados con  la experiencia mística, la gestación de la conciencia mística, desarrollo de la conciencia mística  y la relación de estos asuntos con la estética, la contemplación, todo  aplicado a la creación literaria.

La segunda parte recoge  diálogos  y conversatorios   en los que intervienen Bruno Rosario Candelier  y poetas interioristas que han  alcanzado apreciable  desarrollo de  la conciencia mística o de la sensibilidad metafísica, tales como Yky Tejada, Ramón Antonio Jiménez, Tulio Cordero y  Fausto Leonardo Henríquez.

La tercera parte, titulada “Estudios de textos místicos”, no es de menor enjundia que las anteriores.  Aquí Rosario Candelier  parte de  concepciones de clásicos de la literatura mística, a propósito de la cual  describe el Ideario místico de Santa Teresa de Jesús y por igual enfoca “La dolencia divina en la teopoética de san Juan de la Cruz”.

Al mismo tiempo se extasía el filólogo mocano en la obra poética de tres creadores dominicanos que han sabido transitar “la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido”, como preconizara fray Luis de León. Me refiero a los ensayos titulados “Paradigma de Tulio Cordero como creador de lírica teopoética”, “Claves de la intuición mística en la teopoética de Rocío Santos” y “La voz mística de Jit Manuel Castillo”.

La cuarta parte  viene formada por la  infaltable comunicación electrónica que suele sostener Bruno con académicos, poetas y personas interesadas en consultar  algún aspecto en torno a la lengua, la literatura o la creación literaria. Es la parte más general  y podría decirse  liviana, sin menospreciar el interés que ha movido esas comunicaciones.

Desde su inicio, este libro  entra dilucidando cuestiones fundamentales en torno a la conciencia. Una de esas cuestiones  toca lo concerniente  a la conciencia alterada o conciencia expandida, a partir de lo cual  siquiatras y neurólogos atribuyen a  personas  destacadas en las artes o en la  mística  religiosa padecimientos de algunas patologías distorsionadoras de la conducta, entre ellas la epilepsia. A ese respecto, Rosario Candelier apunta lo siguiente:

“Pero, ¿por qué todos los epilépticos no tienen las vivencias místicas que experimentan los iluminados y contemplativos? ¿Son acaso las experiencias místicas un fenómeno  de conciencia exclusivo de epilépticos y sujetos con algún trauma patológico de la conciencia? Obviamente que no. Es improcedente, en consecuencia, inferir que las vivencias místicas responden a un cerebro afectado por una dolencia patológica”. (pág. 9)

Para estar en consonancia con planteamientos  desarrollados en otro encuentro interiorista efectuado en este mismo recinto, nuestro autor admite que hay algo en común entre locos, místicos, contemplativos, poetas y epilépticos, ya que tienen experiencias que van desde clarividencias hasta delirios.  Reconoce el autor que algunos perturbados tuvieran revelaciones  trascendentes. “Pero –aclara- también es verdad que han existido contemplativos, místicos y santos, sin patología mental conocida, como los ejemplos de Thomas Merton, Jorge Luis Borges, Concha Urquiza, Karol Wojtyla, que recibieron el don de la contemplación mística, la gracia de la dolencia divina y el éxtasis de los elegidos”. (Pág. 11).

Más adelante, Bruno Rosario explica el sentido místico de la inspiración y dice que  consiste en una energía supraindividual que se impone a una persona y que le permite sentir lo no habitual, una peculiar manifestación trascendente o epifanía de lo sobrenatural.

“Hay dos  modos de vivencias místicas: las del paciente patológico que las teje en su cerebro (caso Francisco Matos Paoli, que padeció de locura) o las del sujeto contemplativo que las experimenta en su sana conciencia (caso de Luce López-Baralt)”. Esto afirma nuestro autor. Pero no solo eso,  sino que por otro lado nos hace ver que la mística entraña la búsqueda de lo divino, por cuanto  representa el estadio más alto de la conciencia espiritual “y aparece cuando la sensibilidad se abre a los efluvios del Universo”.

El libro que hoy presentamos, no solo constituye el más amplio soporte documental sobre los estudios místicos  que se haya elaborado en nuestro país, y en muchos otros, sino que también representa  un auténtico cuerpo doctrinal  sobre esa materia, reservada  a un número muy reducido de seres humanos.

Algo de muy particular importancia  se encuentra  en la preocupación de Bruno  Rosario Candelier por la falta de una escuela destinada a los estudios místicos, para lo cual es indispensable, en primer lugar, la existencia de poetas y narradores místicos. Y es  obvio que la labor del  intelectual mocano  a través del Movimiento Interiorista ha venido preparando las bases para establecer  esa escuela, ya que son miembros del  Interiorismo los dominicanos  que en los últimos veinticinco años  han transitado la senda de la mística en sus creaciones.

Vale recordar que el poeta interiorista,  dominicano,  Fausto Leonardo Henríquez, ganó en 2009, el XXIX Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística, celebrado en Roma. Su libro  “Gemidos del ciervo herido”  fue escogido entre 207 obras procedentes de 20 países.

Hay temas  que en Bruno Rosario Candelier son  recurrentes.  Por ejemplo, su referencia  frecuente a los filósofos presocráticos nutre  su pensamiento respecto de cuestiones metafísicas y filosofía lingüística.

Precisamente, el  ensayo titulado “Visión intelectual, estética y mística en los pensadores presocráticos”, que aparece en la página 146 del volumen que hoy se da conocer, resulta una magnifica imbricación del ideal metafísico con la sensibilidad social.

“El tema del pensamiento místico a la luz de los antiguos pensadores presocráticos  –sostiene Rosario Candelier-  nos ofrece una interesante perspectiva de la sensibilidad espiritual y la vocación creadora. Los antiguos filósofos griegos fueron los primeros pensadores de la cultura de Occidente y fueron los intelectuales que con su pensamiento y creatividad dieron fundamento y cauce a la filosofía, la cosmología, la filología, la poesía y la creación artística bajo el aliento de la inspiración mística”.  (Pág. 137)

En este autor, la sensibilidad metafísica  se alía  con la social y brota como resultado que todos los puntos de vista confluyan hacia “la veneración sagrada por las palabras”, lo cual conecta con la filología.  La filología es una especialidad de la lingüística, cuya etimología (filo, amor; logos, estudio) sirve  a Bruno Rosario para promover  una doctrina orientada a infundir amor e interés por nuestra lengua, la literatura y el desarrollo del pensamiento.

En noviembre de 2016 fue presentado el libro “El genio de la lengua”, de Rosario Candelier, del cual he considerado consiste un magnífico curso de filología. Les ruego la paciencia de permitirme transcribir un párrafo de lo que, en calidad de presentador,  escribí entonces:

“Quienes se dedicaron a la interpretación del sentido de la palabra y del alcance del lenguaje, en la antigua Grecia fueron llamados filólogos y su saber, filología. La filología aborda el estudio de la palabra a la luz de los textos literarios. Rosario agrega a esto que para los helenos ser filólogo implicaba   el conocimiento de cuatro disciplinas afines: “la lingüística, para tener un conocimiento gramatical, lexicográfico y semántico; la filosofía, para conocer la esencia y la naturaleza de las cosas; la estética, para la valoración de las expresiones sensibles, como la belleza y el sentido, y la mística como estudio de lo divino y la espiritualidad, desde la visión de iluminados y contemplativos” (El Genio de la lengua, 2016, pág. 21).

Justamente en este reclamo es que el nuevo libro, “La dolencia divina”, empalma con el anterior. Después de explicar  los métodos y doctrinas de los filósofos griegos que vivieron y enseñaron  previo a la aparición de Sócrates, quien murió 399 años antes del nacimiento de Jesucristo, Rosario retoma la preocupación por el amor al saber, partiendo de que la filología ensancha  el horizonte mental de las personas porque  estudia la lengua y la literatura y recalca al respecto  que  “…los antiguos pensadores estaban conscientes de que el conocimiento era clave para el crecimiento de la conciencia”.

En páginas anteriores ya había explicado que la conciencia es el órgano del conocimiento. “Cada actividad que el hombre realiza da lugar a una operación de la conciencia”. (Pág. 119).

Al principio de esta exposición se ha hablado de conciencia inflamada, conciencia alterada, circunstancia que podría afectar por igual a místicos  y poetas como a personas  atacadas por desórdenes emocionales.  La dolencia divina ha sido explicada en este libro  como una fuerza que descubre y revela el sentido de la vida. “Se trata de la vivencia del amor en su punto culminante, el éxtasis de amor con el alma embriagada y los sentidos suspendidos en la llama que incendia el corazón bajo el ardiente aliento de la dolencia divina”. (Pág. 263).

Confieso que no tengo una conclusión propia para este trabajo. En tal virtud, he preferido  recomendar a quienes  aspiren desarrollar la gracia de la poesía mística, tal como san Juan de la Cruz, nuestro modelo de la lengua española,  adoptar la filosofía contenida  en La dolencia divina, un libro que por su riqueza conceptual, elevará la formación intelectual  de sus lectores y acrecentará el prestigio de las letras dominicanas.

La mínima expresión de ese estupendo cuerpo teórico sobre conciencia mística y espiritualidad, el maestro Bruno Rosario Candelier la ha expresado en el  “Decálogo para el desarrollo de la conciencia creadora”, el cual aparece en la  página 104 de La dolencia divina, publicación del Ateneo Insular. He aquí el decálogo.

1-Descubrir los dones peculiares (como la capacidad creadora o interpretativa) por la cual tenemos un poder que nos fue dado para canalizar con nuestro talento y nuestra palabra el sentido de fenómenos y cosas.

2-Apreciar la  coparticipación conceptual, estética, erótica y espiritual en cuya virtud fusionamos carne y alma para sentir en la sensibilidad y el espíritu la llama de la Creación.

3-Generar en la inteligencia y en la sensibilidad el poder de la creatividad que canaliza el aporte de nuestras intuiciones para vivir con sentido de iluminación lo que la vida nos brinda.

4-Inspirar un ideal edificante de vida para darle sentido y trascendencia a nuestra existencia con gozo y entusiasmo.

5-Asumir la energía  interior de la conciencia con la convicción de que tenemos un poder para recrear el sentido de la vida con la alentadora edificación.

6-Canalizar, desde la esfera de la imaginación, la conciencia y la sensibilidad, la conexión con la energía espiritual del Cosmos.

7-Distinguir y formalizar la más significativa  apelación de la interioridad en armonía con nuestra sensibilidad y nuestro talante.

8-Saber que somos cultores no solo del Logos de la conciencia sino del Numen de la sabiduría cósmica en cuyas virtudes, mediante el cordón umbilical espiritual, estamos en conexión con la potencia mayor de la Creación.

9-Entender que tenemos una misión creadora, no solo para testimoniar nuestra percepción de lo viviente, sino para encauzar y enriquecer, mediante la realidad estética y espiritual del arte de la palabra, el pensamiento que edifica la conciencia y la belleza que embriaga la sensibilidad.

10-Propiciar con nuestros pensamientos, actitudes y acciones, nuevas ideas y relaciones armoniosas, edificantes  y luminosas, de tal manera que, al tiempo  que creamos una buena obra, también podemos inspirar a otros o ser fuente de  inspiración de otra obra.

© 2017, Rafael Peralta Romero.

La intuición metafísica de la conciencia

Por Camelia Michel

Todo comenzó hace más de veinte años, cuando un hombre de estatura contemporánea y corazón de Jano, decidió lanzar una flecha de eternidad para herir los ojos de quienes pudieran abrirse a las luces de la belleza perenne, y espolear los pies de los buscadores que deben regresar por las veredas antiguas hacia el punto de partida en que nacieron los mundos alternos de la expresión literaria y la necesaria reflexión en torno a los fenómenos de la creación artística, que es otra forma de filosofar. En este punto, paradójicamente, se retorna, no al pasado en términos de caducidad de las formas, sino al origen del que todo parte en constante esfuerzo de renovación.

Bruno Rosario Candelier no sólo nos obsequia su labor de muchos años en la búsqueda del sentido y la esencia de eso que llamamos creación y arte a través de la palabra, sino que apuesta a que compartamos el núcleo de sus reflexiones y de todo lo que significa la búsqueda interior. Y he ahí el instante en que el regalo de este singular maestro deviene en reto, pues nada de lo que él ofrece nos lleva a la pasividad o al descanso -como podría entenderse cuando nos remite a los métodos de conocimiento y emancipación de los antiguos pensadores y poetas, cultores de la contemplación- sino a la búsqueda y a la interrogación constante, a la escalonada tarea de hacernos más sensibles al fenómeno estético, a representar lo mejor posible el reflejo de todo lo que es, y que sólo a través del arte nos es dado aprehender. Al igual que ustedes, me he sentido espoleada por su insistencia y certera voluntad de enseñanza hacia la búsqueda recurrente y expresa de mi yo consciente y creador por la vía interna, que muchos escritores siguen, pero que se hace explícita en el Movimiento Interiorista, no sólo como ideal, sino como método de trabajo. Así nos provoca a enfrentar los obstáculos que, como seres perfectibles en constante evolución, debemos encarar si queremos en verdad desarrollar una vocación literaria.

Debo reconocer que no pocas veces se me hace cuesta arriba involucrarme en el ensayo, y al parecer, nuestro querido don Bruno se ha percatado de este leve pecado mío, que yo creía muy bien guardado y oculto, y que él -como buen maestro- parece haber descubierto y -en consecuencia- haberse propuesto aguijonearme para hacerme romper mi zona de confort. Y no es que no me agrade este género literario, sino que mis necesidades de expresión discursiva suelo satisfacerlas habitualmente a través de los artículos y reportajes por los que quizás algunos de ustedes ya me conocen, y que son parte de mi trayectoria periodística, la cual en cierta forma deviene en mi persona como una segunda naturaleza.

Por otro lado, suelo encontrar en la poesía un camino de libertad expresiva y experimentación formal que en ciertas épocas de mi vida se transforma en un imperativo insoslayable e insustituible y que me hacen pensar que mi yo poético es mi verdadera y única naturaleza.

En esos momentos olvido el terreno de la prosa, ya artística, ya periodística, y siento que nada es más importante que esta forma de lenguaje. Por ende, una buena parte del tiempo, más que una necesidad profunda, el ensayo y la narrativa son para mí una suerte de divertimento y coqueteo con posibilidades literarias y discursivas diferentes, y, sobre todo, de complementaria búsqueda de lo otro.

Pero, independientemente de mis motivaciones vine, al igual que el emisario de aquel famoso relato moralizante, “Una carta a García”, decidida a cumplir mi cometido con la mayor dedicación posible; así que tuve que avituallarme con dos armas fundamentales para llevar a cabo la empresa que constituye este ensayo: el libro de Bruno Rosario Candelier,Metafísica de la conciencia: El Logos en la pantalla del Cosmos (2016), en el cual me baso para auscultar lo que implica la intuición metafísica para el Interiorismo.

La segunda arma es absolutamente inmaterial, pero opera como una brújula que ha de llevarme al meollo de este concepto del que vengo a hablarles. Se trata de una pregunta que trataré de responderme y de responder ante ustedes a lo largo de este texto: ¿Qué es la intuición metafísica de la conciencia, abordada desde la perspectiva interiorista, en la obra ya mencionada? Esta interrogante tiene una derivación que tampoco podemos pasar -y no pasaremos- por alto: ¿cómo se vincula la intuición metafísica con la creación literaria?

Debo decirles que para mí el ensayo es un viaje intelectual que implica una búsqueda, y esa búsqueda -como toda pesquisa- es también un desplazamiento que nos lleva  por mundos desconocidos o por caminos trillados. En ellos puede que nos deslumbre el hallazgo, o que nos absorba la reflexión, la revisión del dato y/o la perfección del concepto y su intelección. El buen término de esta travesía viene en función de qué tan eficaz búsqueda hayamos realizado y de nuestra capacidad para exponer sus resultados, obviamente.

Los fenómenos de la conciencia

El periplo realizado en este texto abarca la lectura de sus treinta y tres ensayos, con énfasis en los seis primeros, y, obviamente en los vinculados de manera directa con la intuición. Así podemos citar “El Logos en la pantalla del Cosmos”, que figura como subtítulo de esta obra; “Naturaleza y función de la conciencia”, “El Logos en la gestación de la conciencia”, “El Logos en el fluir de la conciencia”, “La intuición de la conciencia y el arte de la creación”, entre otros. En todos estos ensayos predomina la reflexión sobre diferentes aspectos y fenómenos inherentes a la conciencia, entendida como el fuero donde el yo se reconoce como centro y teatro donde opera el Logos.

En este ámbito en que se expresa y desarrolla la energía de la conciencia se articulan diferentes aspectos que dan precisión a la fenomenología metafísica y su objetivo fundamental de reflexión: el ser y su naturaleza esencial, su vinculación con el Cosmos y los diferentes aspectos de la realidad externa e interna y especialmente su vertiente de creación a través de la palabra.

Quiero precisar que, si bien la perspectiva que se enfoca en esta obra -una constante en los planteamientos interioristas fundamentales- parte de una cosmovisión emparentada con el idealismo clásico -que tiene su origen en los planteamientos de los filósofos presocráticos y que alcanza su plenitud en la época antigua, con Platón- y con algunos enfoques neoplatónicos medievales y de la mística occidental y oriental, no se queda en el plano de lo filosófico-conceptual -de la definición y el esfuerzo intelectivo tendente a fortalecer o crear un nuevo cuerpo teórico, ni a repetir categorías ya existentes-. Más bien se esfuerza en comprender y explicar desde una perspectiva holística los diferentes factores que inciden en la creación literaria, para llevar a los cultores de las artes vinculadas con la palabra a un entendimiento de ese fenómeno artístico, y valerse de una manera consciente de los recursos y posibilidades que nos ofrecen las facultades o potencias físicas, intelectuales y espirituales inherentes al ser humano, y que cada individuo puede desarrollar y usar en su función creadora. Por eso no es extraño que, a la citada perspectiva filosófica, el enfoque de Bruno Rosario Candelier del fenómeno de la creatividad artística y literaria, incluya los aportes investigativos de la psiquis humana relativos a la moderna psiquiatría y a las ciencias neuro-físicas: complejos aspectos de la conciencia y la mente humanas.

Son frecuentes sus alusiones a los paradigmáticos Sigmund Freud y Carl J. Jung, y cito: “El “inconsciente colectivo” de que hablaba Carl Gustav Jung aludía a la herencia espiritual de la humanidad, memoria colectiva o sabiduría cósmica que han ido acumulando los archivos del Universo, algunos de los cuales podemos percibir mediante sueños y revelaciones”. También hace referencias a las consideraciones de científicos y pensadores dominicanos, por lo que nos encontramos recientemente con sus observaciones a ensayos escritos por el neurólogo José Silié Ruiz, quien escribió un enjundioso texto acerca de los estados de conciencia y sus patologías. Además -y esto se hace más patente en obras anteriores- el autor de Metafísica de la conciencia: El Logos en la pantalla del Cosmos, nos remite a los avances de la física contemporánea, especialmente en el estudio de la energía y las micro-partículas que componen la materia. Tal es el caso de sus ensayos en torno a los principios del quantum de energía, aplicados a los fenómenos de conciencia y la relación del ser humano y el Universo. Dichos textos fueron compilados en la obra La intuición cuántica de la creación (2013). Dice Bruno Rosario Candelier: “La ciencia de la física cuántica ha demostrado que el Universo no es uno solo, sino que hay múltiples universos, y son múltiples las formas en que podemos compartir la realidad”.

Una interesante derivación de ese tema es su abordaje de este fenómeno reflejado en la poesía del gran poeta puertorriqueño y presidente de la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española, José Luis Vega, en su poemario Sínsoras, que dio lugar a otro libro: La experiencia cuántica en José Luis Vega (2014). Sin importar el aspecto que aborde Bruno Rosario Candelier, hay una marcada visión ontológica que se pone de manifiesto, especialmente cuando se refiere a la relación del ser humano con su conciencia, con la naturaleza y el mundo material en general (donde siempre reside el ser en sí conceptuado por los filósofos clásicos) y el Ser inmanente en el Cosmos multifacético. Ese Ser que subyace en la esfera de las ideas, visualizado por Platón, y que los neoplatónicos que incidieron en la escolástica equiparan al Dios de la tradición judeo cristiana.

Los ejemplos son muchos: “Esas funciones del intelecto explican que la conciencia es el nexo del hombre con sus congéneres, con las cosas y con la Divinidad”, dice Rosario Candelier. Y aquí entramos a un elemento fundamental como ámbito donde centra el ser humano su teatro de operaciones internas: la conciencia, concepto central en la gnoseología y que, junto al Logos, que es el elemento catalizador de la misma, juega un papel de primer orden en la perspectiva interiorista de la creación literaria.

En el ensayo “La conciencia como fuero de creación”, BRC afirma: “(…) podemos asumir la conciencia como fuente creativa. Con el conocimiento de la realidad logramos una valoración de las cosas y una idea de la propia conciencia, que piensa la realidad y se piensa a sí misma. Es una manera de entroncar la propia conciencia con la conciencia universal”.

En “El Logos en la pantalla del Cosmos”, Rosario Candelier puntualiza que “El concepto de conciencia y lo que esta facultad cognitiva implica para el ejercicio reflexivo y el acto de creación son determinantes para entender la categoría del ser humano, porque tener la capacidad para concebir ideas de los fenómenos y cosas en imágenes y conceptos, conocer y saber que conocemos, reflexionar, hablar y crear, implican la dotación de una energía interior y trascendente que hace posible la percepción y la valoración de la realidad mediante el concurso de la intuición y las vivencias del espíritu”.

En cuanto al Logos, expresa en el ensayo “Naturaleza y función de la conciencia: La lengua en el desarrollo de la personalidad”, que “Como impulso interior de la conciencia, el Logos es el aliento que nos empata a la Divinidad, el principio espiritual del pensamiento y germen generativo de la creatividad”. Explica que este concepto, heredado de los antiguos griegos, se vincula a la noción de “idea”, “palabra”, “verbo”, “imagen”, “porque entraña el principio espiritual que funda nuestro lenguaje, así como la energía interior de la conciencia”.

Indica en el ensayo “El Logos en la pantalla del Cosmos”, que “En las operaciones intelectuales, afectivas, imaginativas, estéticas y espirituales de la inteligencia y la sensibilidad coparticipan el Logos y la intuición de la mente al canalizar el impacto de las cosas en la sensibilidad y la conciencia”.

Pero, ¿qué es la intuición y qué papel tiene en los juegos de la conciencia? De acuerdo con los planteamientos anteriores, podemos colegir que la intuición es un elemento constitutivo de la inteligencia humana, inherente a la conciencia, copartícipe en los procesos cognitivos, aliada del Logos y canal de los diferentes niveles de la realidad en la conciencia. Sin embargo, hay que precisar mejor los contornos de esta potencia. Y aquí haremos un intento de entender la naturaleza y el alcance de la intuición, toda vez que ella facilita y mejora los procesos cognitivos, incidiendo en la conciencia y en todas las manifestaciones de la creatividad.

Comenzaremos por repasar algunos conceptos presentes en los principales exponentes de la filosofía clásica: para el Sócrates de los Diálogos, recogidos o urdidos por Platón, la inteligencia es el auriga del alma, el conductor del carruaje que puede llevar al ser humano a las esferas divinas, donde residen las ideas, o mundo de los arquetipos.

Siempre atado a un vehículo tirado por dos corceles de naturaleza opuesta, uno dócil, que lo sigue, y otro rebelde, que lo obstaculiza y retrasa en ese viaje, este guía es el que recuerda el mundo perfecto al que el alma debe volver, luego de su revolución por el mundo de las formas: “La esencia sin color, sin forma, impalpable, no puede ser contemplada más que por el guía del alma, la inteligencia; es el patrimonio del conocimiento verdadero”, dice Sócrates en el Diálogo a Fedro. “En efecto”, dice en otro pasaje de ese mismo diálogo, “el hombre debe esforzarse por lo que llama idea, elevándose de la multiplicidad de las sensaciones a una unidad cuya reunión es un acto de reflexión. Ahora bien, esta facultad no es sino el recuerdo de lo que nuestra alma vio cuando se asociaba a la marcha de un dios, cuando, dirigiendo una mirada de desdén sobre lo que llamamos seres, se elevaba hasta la contemplación del ser verdadero”.

Así, el esfuerzo realizado a través de la razón, no es más que un mero ejercicio nemónico, en el que el alma recuerda lo que le fue dado ver en el mundo de la idea. Y esta visión de la inteligencia se acerca bastante al concepto de intuición, dado que aquella es la única parte del alma capacitada para ver la realidad que subyace bajo el mundo de las formas, al igual que esta última, que en apreciación de místicos y metafísicos, es la forma más directa y espiritual del conocimiento, que emana directamente del alma humana. La única diferencia que existe entre ambas formas de entendimiento o intelección viene dada en función de su forma de alcanzar el objeto a conocer: la idea, pues, por un lado, la inteligencia racional trabaja a partir de la realidad fenoménica o material, y aplicando el método de razonamiento lógico puede aprehender los arquetipos, mientras que la intuición es un conocimiento directo, en el que se accede a estos sin pasar por los métodos racionales. Según Platón, dijo Sócrates en este diálogo, que “El hombre que sabe servirse de estas reminiscencias se inicia sin cesar en los misterios de la perfección infinita, y es el único que verdaderamente se perfecciona”. La intuición, además, ha sido considerada por el gran maestro de la India, Paramahansa Yogananda, como la forma más elevada de inteligencia, pues ella expresa la sabiduría del alma. Obviamente, el concepto de la intuición ha pasado por diferentes momentos interpretativos en la medida en que surgen las tendencias filosóficas en diversos períodos históricos; pero se trata de una noción permanente y de estudio frecuente en el campo de la epistemología, aunque, al igual que otros aspectos filosóficos, no sea de amplio dominio público.

Para Bruno Rosario Candelier, “Hay también una sabiduría registrada en las redes cósmicas, y algunas personas tienen la capacidad para ponerse en comunicación con esa sabiduría. Sostengo la teoría de que hay personas que tienen un cordón umbilical en su alma (“por eso he hablado del cordón umbilical espiritual”) para entrar en comunión con la sabiduría del Universo, como son las personas con alta sensibilidad metafísica, como se manifiesta en los creadores de poesía metafísica y poesía mística, en cuya virtud están dotados de las condiciones espirituales para establecer esa conexión cósmica. A esa capacidad no se llega porque se desee, sino cuando se desarrollan las condiciones espirituales de la sensibilidad profunda”.

Pues bien, ese cordón umbilical del espíritu se manifiesta a través de la intuición, y en poesía es el mejor aliado que puede tener un escritor. Las verdades inmensas, imposibles de verificar por los métodos intelectivos racionales, bullen sin cesar en las metáforas y símbolos de que hacen gala los poetas. En sentido general, la intuición es considerada una forma de intelección directa, que no se basa en los procesos atinentes a los esquemas lógicos racionales. Por la dificultad de encontrar una definición amplia en los diccionarios de la lengua, y por carecer de un diccionario filosófico que precisara mejor los bordes de la intuición, me remití a varias búsquedas virtuales, cuyos enlaces comparto con ustedes en este texto.

En principio, las definiciones que encontré en el siguiente enlace http://definicion.de/intuicion/ nos ponen en contacto con algunas de las más comunes acepciones o aplicaciones de este término.

La más elemental asegura que: “Intuición es la facultad de comprender las cosas al instante, sin necesidad de realizar complejos razonamientos. El término también se utiliza para hacer referencia al resultado de intuir: En realidad no sabía que ibas a estar allí; fue pura intuición”. Es preciso señalar que en el habla del vulgo se identifica la intuición con el presentimiento.

En la página citada se establece la dimensión que adquiere el término en el ámbito epistemológico-filosófico en el que la intuición “está relacionada al conocimiento inmediato, directo y autoevidente. No requiere, por lo tanto, de ningún tipo de deducción”.  En el campo de la psicología, la intuición es un conocimiento al que no se accede por vías racionales, “por lo tanto, no puede explicarse, y, a veces, ni verbalizarse” y que obedece a procesos mentales de los que no se tiene conciencia. Tampoco en el ámbito de la psicología se vincula la intuición con experiencias paranormales o mágicas.

Para completar el panorama, nos remitiremos ahora a la definición de intuición ofrecida por Wikipedia (https://es.wikipedia.org/wiki): “La intuición (del latín intueri, «mirar hacia dentro» o «contemplar») es un concepto de la teoría del conocimiento aplicado también en la epistemología que describe el conocimiento, que es directo e inmediato, sin intervención de la deducción o del razonamiento, siendo considerado como evidente. Se cree que la percepción sensible ofrece un conocimiento intuitivo de la realidad. De la misma forma, el entendimiento tenía una “intuición intelectual” capaz de conocer la esencia de las cosas y sus diversas formas mediante los conceptos. En la edad moderna ha sido estudiado por los racionalistas, los empiristas, Kant y el criticismo y la fenomenología. No obstante lo anterior, poco a poco el problema de la intuición ha ido derivando desde el campo de la especulación filosófica al campo de la ciencia positiva, siendo considerado más bien un tema de investigación psicológica y neurológica. Añade que: “Hoy día la intuición es considerada dentro del marco de investigación de las acciones cognitivas, lo que se conoce como cognitivismo. Es un problema de transversalidad en que intervienen multitud de ciencias tanto estrictamente positivas (neurofisiología, biología molecular, genética, psicología, etc.), como filosóficas (antropología, sociología, lingüística, cultura, etc.)”.

¿Por qué intuición metafísica? Hice referencia a nociones generales sobre la intuición, también a los orígenes de este término y a su evolución desde la epistemología y la filosofía clásica, hasta las ciencias positivas. Hice énfasis en su significado en el ámbito espiritual, pues para los santos y contemplativos, ella es la voz del alma. Pero ¿qué es la intuición para poetas y metafísicos, y cuál es el lugar exacto de la intuición para los interioristas, encabezados por Bruno Rosario Candelier? ¿Acaso es ella un don sólo para elegidos, o seres con sensibilidad especial, artística, o espiritual? Indiscutiblemente que no. La intuición opera por vías desconocidas y nos ilumina con la presteza e imprevisibilidad del rayo. Puede manifestarse indistintamente a cualquier humano, pero es indispensable, para que haga acto de presencia, que quien la reciba confíe en ella. La intuición suele llegar por caminos inesperados, pero en cierta forma, podemos condicionarla y atraerla.

El científico alemán Augusto Kekulé (1829-1896), uno de los gestores de la Teoría de la Estructura Química y descubridor de las complejas estructuras moleculares del benceno, relató que había descubierto la forma del anillo de ese compuesto en un sueño, en el que seis serpientes se entrelazaban mordiéndose las colas, con lo que formaron una celdilla hexagonal. Dicho sueño llegó luego de años de intensos estudios y cavilaciones en torno a dicha sustancia.

Debo señalar que ya hemos conversado de las diferentes facetas y campos de acción de la intuición en otras ocasiones, y hemos estado contestes de que ella puede hacerse presente en la actividad científica, artística, y en la vida cotidiana. Aunque se le llame de manera diferente: intuición científica, filosófica, metafísica, lo cierto es que la intuición es una forma de conocimiento que responde a mecanismos similares en los seres humanos. Lo que difiere en cada uno de nosotros es su campo de acción, pues obviamente, ella está vinculada estrechamente a nuestros intereses vitales. Por ende, más que hablar de intuición matemática, o artística, o metafísica, prefiero decir, intuición en los campos metafísicos, artísticos, etc.

Bruno Rosario Candelier ha abundado bastante con reflexiones que se apuntalan en fuentes muy diversas, como el ya citado psiquiatra e investigador psicoanalista Carl J. Jung, quien señalaba que muchos estímulos diversos podían despertarla, como los sensoriales, y datos de diferente índole. Pero como señala Rosario Candelier, hay individuos poseedores de grados más altos de sensibilidad, con una capacidad intuitiva más desarrollada, y capaces, por tanto, de percibir por su concurso fenómenos de difícil captación para la generalidad de la gente. Las limitaciones de la conciencia material que prolifera en nuestra actual civilización pone hitos a nuestras posibilidades cognitivas y de visión; por eso, son raros los casos de quienes pueden tener un conocimiento de diversos aspectos de la realidad trascendente mediante el rayo intuitivo. Los elevados mundos supramateriales permanecen silenciosos para la generalidad de nosotros, pero de repente, si afinamos nuestra conciencia y liberamos nuestra receptividad, la intuición puede revelarnos verdades ocultas que llegarán a nosotros por diversas vías.

Algunas de estas se encuentran cifradas en los pasos de la vida contemplativa o de búsqueda espiritual, pero también pueden tocar a los artistas, poetas y pensadores. Igualmente a los devotos sinceros y a quienes hacen gala de un amor profundo por los demás y por las diversas manifestaciones de la vida universal.

Intuición y poesía

Los poetas son seres intuitivos por naturaleza y en la poesía se pone de manifiesto la intuición en todas sus variantes. Cuando leemos el poema de Rubén Darío a Roosevelt, nos sentimos sorprendidos de la capacidad predictiva de este texto publicado en 1904, sesenta y cinco años antes de que la misión norteamericana Apolo Once alunizara, hazaña que marcó el liderazgo de los Estados Unidos en la tecnología espacial. Este acierto de la intuición de Darío no se produce en el ámbito metafísico, ni espiritual o estético. No manifiesta ninguna verdad de vida individual, sino que se adhiere con singular certeza a lo histórico-futurista, al ámbito político. Comparto con ustedes esta estrofa: “Los Estados Unidos son potentes y grandes. /Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor/ Que pasa por las vértebras enormes delos Andes./ Si clamáis, se oye como el rugir del león./Ya Hugo a Grant le dijo: las estrellas son vuestras./(Apenas brilla, alzándose, el argentino sol/Y la estrella chilena se levanta…) Sois ricos. Juntáis al culto de Hércules el culto de Manmón;/ Y alumbrando el camino de la fácil conquista,/ La Libertad levanta su antorcha en Nueva York”.

En el destacado poeta dominicano y miembro del movimiento de la Poesía Sorprendida, Antonio Fernández Spencer, encontramos un riquísimo acervo de imágenes y símbolos que nos acercan a verdades profundas y universales. Quiero compartir con ustedes unas breves estrofas, en las que se perfila un importante atisbo de intuición filosófica, en su importante, aunque poco conocido poema Misiva a Rosamunda: “Suena el teléfono, y no es tu voz, Rosamunda, que me dice : “te veré mañana”. /Creo en la lluvia y en las casas donde podremos vernos./ Hablaremos tercamente y sin sentido de las cosas;

/veremos mares de rostros, allá abajo, en la tierra,/y estaremos subidos a los astros del sueño./Comprobaremos esa apariencia deshumanizada de la masa y el número,/y oiremos hablar a la gente: el pordiosero decir de sus palabras./Si no tuvieran la palabra, ¿en qué se diferenciarían/de los peces de plata ni de los pájaros que cantan? /¿Pero qué dicen sus palabras? ¿Hacia qué mundo apuntan sus verbos?

/Todo lo que esos hombres se están diciendo unos a otros;/todo lo que leen y todo el hablar con el que llenan sus días/es el flujo planetario hacia el abismo de la nada”.

En los últimos siete versos de este poema, Fernández Spencer sugiere el sentido universal de la palabra, el vínculo del Logos con el ser humano y la naturaleza, y llega más lejos, pues advierte el poder vital de la palabra en el orbe planetario, su poder para crear y destruir la materia. En la cosmología religiosa de la India, la palabra es la madre de la creación, pues la vibración sonora del OM es la responsable de la condensación del mundo fenoménico material. El sonido es, realmente, el regazo de todo lo existente.

Un poema particularmente significativo es “La criatura terrestre”, de Manuel Rueda, en el que el poeta hace un hermoso recuento de las experiencias primordiales de su niñez y primera juventud, en el ámbito familiar, allá en su natal Montecristi. Es un texto sobrecogedor y bello en toda su extensión; sin embargo, las estrofas que me parecieron más reveladoras son las que se refieren al período prenatal, en las que se describe el estado de conciencia de la etapa previa a la vida. En ellas se sugiere que el alma, la conciencia, entra y sale del feto, y se asienta en la carne al momento del nacimiento. Siempre me he preguntado si esas estrofas surgieron de una fecunda imaginación, estimulada por teorías esotéricas, o más bien obedecen a la intuición de una memoria perdida. Esto nunca podré preguntárselo, pues hace mucho que Rueda no está entre nosotros.

En nuestro movimiento también tenemos sobradas muestras de poetas y poemas ricos en intuiciones, especialmente entre quienes se ocupan de la poesía mística y metafísica. Por sólo mencionar a algunos, citaré a Guillermo Pérez Castillo, Carmen Comprés, Carmen Pérez Valerio, Sally Rodríguez y a Tulio Cordero. En la pasada reunión me tocó hablar del poemario de Jit Manuel Castillo, el que leí con fruición, y sólo puedo decir que en la aparente oscuridad de sus frecuentes paradojas, hay un ritmo vital, unas imágenes que sugieren la presencia de poderosas intuiciones metafísicas y espirituales, surgidas de la grandiosa presencia del Innombrable.

A modo de cierre, debo decir que todos hemos reflexionado en el significado de la intuición y también hemos consultado diversas fuentes, pero pocas veces tenemos la oportunidad de plantearnos cómo desarrollarla y aplicarla de manera más cabal en nuestra búsqueda artística y literaria. Indiscutiblemente, este es uno de los afanes fundamentales del Dr. Bruno Rosario Candelier, quien se ha referido a la necesidad de cultivar la contemplación y los esfuerzos de interiorización, a la par que la lectura y la reflexión, especialmente en torno a nuestras experiencias de vida. Estas deben nutrir el acervo personal y literario de cada uno, para el enriquecimiento de nuestra producción poética.

Puedo enfatizar que el citado maestro Paramahansa Yogananda hacía énfasis en la importancia de la disciplina espiritual y la meditación para desarrollar la intuición, que para las escuelas filosóficas y espirituales de la India son fundamentales. Creo que para los poetas y escritores en sentido general no hay mejor ejercicio que dejar que corran nuestros impulsos, y escribir, escribir, escribir con la certeza de que nuestro entendimiento va corriendo sus velos. En el torrente de las imágenes y los símbolos, muchas verdades nos serán develadas.

Camelia Michel Díaz
Santo Domingo, 17 de diciembre de 2016.

Un enfoque sobre Sinfonía del águila

Por Emilia Pereyra

    Diecinueve textos componen el libro de cuentos del creador interiorista Miguel Solano, denominado Sinfonía de Águila, hermoso título que él explica en una instrucción nombrada Edad del águila, en la que refiere que es un apasionado de la danza afrodisíaca sin fin de esta bella ave depredadora, dotada de gran poder.

La primera historia, Vacío y dolor, está narrada en primera persona. Una voz femenina relata un encuentro con Don Diablo. El personaje airea el vacío interior que prevalece en su existencia, a pesar de que posee toda la riqueza que puede necesitar. Es un cuento existencialista, de tipo psicológico. Se trata de una exploración interior de una mujer arrasada.

Dice la protagonista: “Ese vacío genera una necesidad, un deseo de castigar el cuerpo, la carne, un deseo de ver cómo el castigo genera dolor y cómo ese dolor produce un cambio en el vacío, en el estado del vacío. Sé ahora que quienes promueven el dolor, la violencia, no lo hacen porque deseen hacer el mal o hacerse mal. En su búsqueda, en su exploración por una respuesta a un estado de vacío, de acumulada violencia, ven crecer una espantosa ansiedad que reclama como castigo darle dolor a las fuerzas físicas que creen lo generan” (págs. 20-21).

El Diablo, figura mítica recurrente en esta obra, vuelve a ser personaje en el cuento Experiencia propia, donde el ángel caído, tiene una singular conversación con Dios, al que reconoce como padre.

El Todopoderoso es de nuevo personaje en el cuento Edad del hombre, una versión libre, fantasiosa y maravillosa, sobre las ansias atribuidas a Dios.

A propósito, relata el narrador: “Más de quince mil millones de años le tomó el trabajo de crear la naturaleza tal y como la conocemos hoy, pero ya podía sentarse debajo de una mata de mango y descansar. ¡Qué cosa!, pero para Dios descansar es pensar; así que al mirar a los animales se dio  cuenta de  que le faltaba algo, ya había creado el libre albedrío, con lo cual eliminó la posibilidad de que alguien viniera a quejarse por su suerte, entonces una idea brilló ante sus ojos: ¡Institucionalidad! Eso es, aseguró, hay que definir funciones” (p.88).

En el ingenioso y divertido cuento se continúan plasmando las quejas y las solicitudes de animales y del mismo ser humano a Dios, que busca el modo de complacer peticiones.

   Dos mundos es el relato acerca del encuentro sexual de dos amantes, Cindy y Manuel Emilio, dos universos que terminan separándose. La narración tiene párrafos singulares en que se registran exploraciones sobre el pasado, y cito: “Y no sólo era la separación del objeto sino que sus mentes habían regresado al estado anterior, un estado de felicidad, de armonía en que desaparece el sentimiento de aislamiento o separación. Golpeaba en su interior el extraño eco, el regreso a sus primeros nueve meses de existencia, él dentro y ella sintiendo esa mágica sensación, ese sentimiento de omnipotencia que al conectarnos con el universo nos hace sentir como si todo fuera posible” (p.27).

En el Costo de la belleza, se recurre de nuevo a la primera persona para contar el encuentro de un hombre con una chica de belleza embrujadora en el hotel Lina, donde vivía entonces, en 1996. Con ella sostiene un diálogo chispeante, en el que negocian las condiciones de un acercamiento sexual.

Otro cuento sobre seducción y dinero es El origen de la dignidad, en el que se relata una sugestiva conversación entre una pareja de hoy, Adán y Eva, que se produce en clave bíblica y tono moderno.

   El origen de la justicia es una historia perspicaz, sobre las búsquedas espirituales a través del taoísmo, el budismo y otras corrientes. Lo protagoniza la doncella Chang-Lien Lu, que había iniciado “su conexión suprema con los dioses” cuando tenía trece primeras. Contada en la tercera persona, esta historia muy bien hilvanada y recreada termina arrancándonos una sonrisa, cuando se devela el resultado del prolongado estado de ensimismamiento con la gran revelación: “¡El sol sale para todos!” (p.36).

   ¡Paren eso!, es el siguiente cuento del mundo terrenal, sobre el abogado Manuel Caldosanto, caído en desgracia después de vivir una época de bonanza, debido a un cambio de gobierno, y en consecuencia se ve en las garras de los bancos a causa de un prolongado endeudamiento.

   El repartebienes un relato de cariz político, corto, de dos páginas, sobre aspectos de la realidad vernácula: la corrupción y el clientelismo, el manejo del poder y las truculencias, retratados en unas escenas palaciegas que se producen en cuatro templos del Palacio del León. A saber, la Consultoría Jurídica, la Secretaría Administrativa, el Secretario del Rey y la Cueva del Reynazo. Es un texto cargado de ironía y doble sentido, relacionado con tiempos políticos de nuestro pasado reciente.

Otro relato sobre clientelismo, extraído de nuestra realidad socio-política, es Yo sé dónde venden. Desarrolla el plan concebido por un gobernador para lograr un asiento en el parlamento con el uso de los bienes públicos.

   Zigzaguendo en Washington es otro cuento crítico, sobre el ámbito político, narrado con ironía. Se produce en Estados Unidos, donde en los meses de septiembre y octubre del inolvidable 2002, “el Francotirador se apoderó de las calles de Washington y los halcones de la capital del sacrosanto lugar plantearon que la mejor medida de protección era no caminar derecho sino zigzagueando (p.59).

   Parto imposible se refiere el escabroso tema del bestialismo. Ha sido narrado con gracia y la delicadeza que en literatura requieren los temas espinosos. “Los muchachos vieron a Marcial relinchar y haciendo fila; y permitiéndole al marido su retorno cada vez que este lo solicitaba. Fueron aprendices de esposos. De acuerdo con la sonrisa de Novia, unos fueron caballos, otros potros y otros apenas potriquillos”, escribe el narrador (p.50).

   El virus es una narración hiperbólica en torno al encuentro entre la doctora Amelia y Pablo del Robo, su paciente. “Miró el universo a través de la ventana del consultorio y empezó a reír, a carcajada, a plena felicidad; sonrió como a quien le han regalado el don de la felicidad eterna: la locura. Al voltearse y quedar frente aquellos ojos color oro de Amelia, impidió su penetración en su recién pasado mundo con una pregunta:̶ ¿Y si son bacterias?” (p.76).

Otros cuentos forman parte del volumen, como son Siete letras, de corte social, y ¿Lo sabía?, que versa acerca de un mujeriego tentado por el homo sexualismo. Solano remata el libro con dos microrrelatos, con apariencia de versos, titulados Con destino y ¡Rosa Roja!

Nuestro sagaz autor explora temas diversos en su Sinfonía del águila. Se percibe claramente que a él le interesan Dios, el Diablo, las filosofías orientales, el sexo, la seducción, el vacío existencial, el clientelismo, la política y la crítica social.

El autor cultiva un estilo propio, el indiscutible estilo Solano, salpicado de humor, picardía e introspección, y de la búsqueda de las verdades profundas. Lo hace empleando un lenguaje directo y estructuras gramáticas sencillas.

Miguel Solano sabe pincelar atmósferas con eficacia, y en gran parte de sus cuentos resaltan el tono crítico, la tendencia a satirizar y a narrar de forma distintiva.

© 2017, Emilia Pereyra.

Notas

1. Miguel Solano, Sinfonía del Águila, Ediciones aqi, Editora Búho, República Dominicana, 2006.págs… 20-21.
2. Ibídem,88.
3. Ibídem, 27.
4. Ibídem, 36.
5. Ibídem, 59.
6. Ibídem, 50.
7. Ibídem, 76.

Las lágrimas de mi papá, de Miguel Solano

Por Rafael Peralta Romero

En Las lágrimas de mi papá, Miguel Solano construye sus historias como si fuera un niño contando sus aventuras e intrepideces, pero incluyendo y magnificando las acciones que en su presencia realizan los adultos.  Los niños suelen ser unos delatores perfectos porque ellos no calculan las consecuencias que entraña la información de determinados hechos.

El niño como narrador de cuentos y novelas para adultos no es de empleo frecuente,  pero se trata de un recurso que  imprime  sencillez y gracia a los sucesos que ocurren ante  el narrador infantil, quien nada tiene que ocultar, porque ve con naturalidad y ajeno de juicios las acciones de los adultos, aunque el lector sepa que se  trata de hechos afrentosos: crimen, infidelidad conyugal, robo.

En este libro de Solano es un niño quien narra, pero un niño que el autor hace grande cuando quiere ponerlo a relatar hechos complejos que se suceden en el poblado  San Miguel, lugar real que parece de ficción, pues constituye una inmensa cantera de anécdotas y sucesos extravagantes que el autor cuenta con asombrosa naturalidad.

Me parece que es la naturalidad la condición predominante en este libro, formado por diez relatos o capítulos  imbricados por un entronque común, en los que predomina el protagonismo de Félix Solano, llamado también Don Solano, a través de sobresalientes  historias referidas por uno de sus hijos, Miguel.

   Las lágrimas de mi papá es un libro justamente  descriptivo y emocionante. Debo precisar que la descripción a que  me refiero, poco tiene que ver con la pintura verbal del espacio físico  en el que se desarrolla la obra, se trata más bien de la presentación de sentimientos y actitudes de los personajes, con profunda incursión en su sicología y acertada caracterización de los mismos.

Esta breve novela de Solano, cuya primera edición apareció en noviembre de 2005, es un libro de aparente simpleza, por la llaneza de su prosa y por la cotidianidad de los hechos que rodean a  la familia Solano. Digno de observación es, por ejemplo, lo que apunta el narrador en torno a  los esposos Solano después que el padre descalificara a un pretendiente   de su hija Nuris Raquel, por viejo y ladrón. Veamos:

   “Cuando estuvo en el ejército, papá había estudiado a Napoleón. Aprendió del genio militar francés que la única guerra que se gana huyendo es la que se libra contra una mujer. Mamá, por circunstancias de la vida, se llamaba Josefina; se paró del asiento, se puso su sombrero… y se marchó, sin decir hacia dónde”. Pág. 58.

Don Solano es un tipo de patriarca en la comunidad de San Miguel, en Hato Mayor del Rey. Entre cañaverales,  tráfico de haitianos,  trabajadores del ingenio, enredos amorosos y   extrañas creencias, mantiene  su negocio  como centro en torno al cual  giran todos y funge, sin que nadie lo haya designado,  como  un impartidor de justicia, un guía ilustre o el padre de todos en San Miguel.

Es una “novela vivencial”, como  ha expresado el escritor y académico Ramón Emilio Reyes, en el comentario de contraportada de la tercera edición, correspondiente a editorial Santuario. Y tal vez –creo yo- se pase de vivencial, pues Solano involucra en la obra a toda su familia, con nombres y apellidos y fotografías de sus padres y abuelos.

Desde su título, se anuncia la nostalgia que se esparce por el libro. Pero no sólo el padre llora:

   “Me monté en el vehículo y éste empezó a correr, tras él, dejando una hilera de universos, iban las lágrimas de mi papá”. Pág. 21.

La hija mayor  también derramará lágrimas:

    “Nuris Raquel estalló en lágrimas diciendo que ella jamás se casaría con semejante mequetrefe. Petronila e Iris Altagracia, viendo que ellas podrían verse en parecida situación, lanzaron gritos en su respaldo”. Pág. 59.      

La madre también ha de llorar. “Las lágrimas de las madres tienen el poder de paralizar las olas del mar, paran la circulación sanguínea, paran los buenos o malos deseos y golpean a uno en su interior como  si lo sacaran de su universo…” Pág. 63.

La novela Las lágrimas de mi papá incluye desgarramientos, muertes, mitos, dolor y la desgracia ocasionada por la torpeza del padre, el patriarca Don Solano, al desmedrar el patrimonio familiar. Pero al final, para que no muera la esperanza, se imponen el perdón, el amor y de nuevo brotan las lágrimas:

   “Papá nunca había escuchado semejante  confesión y empezó a llorar. Ya yo no era el niño de doce años que había visto aquel espectáculo en el que el cielo y la tierra se me desplomaron”.

© 2017, Rafael Peralta Romero.

De cómo simplificar lo intrincado

Sobre el libro de cuentos de Miguel Solanof

¡Explorando! La Imaginación Infantil.

 

Por Manuel Salvador Gautier

Los cuentos que yo leía de niño, como “Caperucita roja”, “La bella durmiente” o “Los tres cerditos”, tenían como fin entretenerme para que me estuviera tranquilo por un rato mientras los mayores hacían sus tareas. Vistos desde mi adultez, son cuentos de contenido violento que tienen algún tipo de enseñanza para el niño, que debe cuidarse de que no le ocurra lo que pasa en ellos. En “Caperucita”, el lobo persigue a la niña y se come a la abuela, y el niño aprende que hay seres malos fuera de la casa a los que hay que evitar; en “Cenicienta”, el niño comprende que existen personas que hacen la maldad para su propio beneficio y hay que aprender a juzgarlas; en “Los tres cerditos”, el niño aprecia que cuando unimos esfuerzos podemos enfrentar cualquier cosa. Por supuesto, de que yo entendiera esas enseñanzas en aquel momento, queda en entredicho; creo más bien que estas pasaban a ser advertencias en mi subconsciente. Lo que sí confieso con toda sinceridad es que esos cuentos y otros parecidos me fascinaban. Había uno en particular que me atraía y, al mismo tiempo, me horrorizaba, de una niña que, cada vez que los hermanitos halaban de una mata de higo para arrancar uno, ella cantaba: “Hermanitos, hermanitos, no me jalen mis cabellos, que mi madre me ha enterrado por un higo que ha faltado”. El horror venía por el castigo tan despiadado que le había impuesto la madre a la niña y la indiferencia de los hermanos hacia ella. Eran relaciones entre familiares que yo sufría en mi imaginación, puesto que en mi casa eso nunca ocurría entre mis padres, mis hermanos y yo. Eran las experiencias de otras personas que, para mí, no dejaban de ser estremecedoras. Es lo que hacen los libros. Nos apoderamos de su contenido, que se convierte en información para enriquecernos intelectualmente o, más intrigante, en una experiencia propia.

Esos cuentos eran escritos por sus autores con mucho detalle, la mayoría en continuidad tiempo-espacio y en tercera persona. Era el momento literario en que el autor daba toda la información al lector, que no tenía que adivinar qué ocurría en ellos, sino apropiarlos tal y como se lo relataban, para entonces hacer sus deducciones.

En ¡Explorando! La Imaginación Infantil, su autor, Miguel Solano, tiene una manera muy particular de publicar y escribir estos cuentos para niños. En la publicación del libro, Solano se ha esmerado en presentar una obra hermosísima, cuidadosamente diagramada, donde los cuentos están ilustrados con impactantes dibujos de colores. En su escritura, Solano los trabaja en la modalidad del cuento breve, algunos de una sola oración; redactados, en ciertos casos, con frases sencillas que proponen un significado fácil de entender, y en otros, con frases simbólicas o surrealistas que el lector tiene que interpretar para entenderlas, sea adulto o niño.

Esto último es el resultado del proceso creativo que comenzó a finales del siglo XIX, con el simbolismo de escritores como el poeta Stéphane Mallarmé (1842-1898), que el ensayista y poeta Paul Valery (1871-1945) definió con gran autoridad, indicando que, en la poesía, la forma debe de predominar sobre el sentido: “En este universo poético, tiene una importancia primordial la resonancia, que prevalece sobre la causalidad, y es imprescindible el efecto de la ʻformaʼ, como si estuviera reclamada por este”, dijo Valery (2). Este proceso continuó a principios del siglo XX con el surrealismo del poeta André Bretón (1896-1966), quien llegó a proponer que se podían tomar frases al azar de cualquier periódico, juntarlas y, simplemente por su proximidad, convertirlas en una propuesta literaria, ya que supuestamente una influenciaba en la otra. Estos planteamientos simbolistas y surrealistas fueron adoptados universalmente por la mayoría de los poetas del siglo XX y principios del XXI. Eventualmente, también fueron tomados por los narradores, especialmente, los cuentistas, y son los que maneja Miguel Solano para escribir la mayoría de sus cuentos.

De acuerdo al título de la obra, su objetivo es estimular la mente infantil, y es obvio que Solano entiende que la manera de lograrlo, quizás la única, es obligar al niño, no a recibir historias elaboradas por su autor, sino presentadas para que tenga que apropiarlas, como estaría obligado a hacer para descifrar la mayoría de estas frases. En definitiva, Solano somete al niño a una experiencia que lo transformará en un intérprete de lo que lee y, como consecuencia, en un creador.

Sobre estos cuentos, la poeta Romina Bayo nos dice:  “La primera vez que tuve en mis manos un borrador de este libro, me sorprendí ante el ingenio de Solano, pero a la vez, me invadieron algunas dudas. ¿Podrán los niños entender esto?

“Llevé esa copia a casa, y tentada por la curiosidad, fui a la casa de mis vecinos y me senté a leerlo rodeada de tres niños, Lucía, Agustín y Mateo.

“Sus padres y yo, comenzamos a leer los cuentos en voz alta, intentando dar forma a los dibujos que serían incluidos en el mismo. Y nada, ni una idea salía de mi cabeza. Fueron ellos, los niños, quienes, en respuesta a mi lectura, comenzaron a dibujar sueños en el aire…” (3).

La pregunta que yo me hago es si los niños, al leer u oír estos cuentos, descifran la historia de Solano o realmente hacen su propia historia, estimulados por una que otra frase que leen u oyen en cada cuento y los dibujos que los acompañan. Por supuesto, esto no lo sabremos nunca a menos que hagamos el mismo ejercicio que hizo Romina Bayo. Pero con dudas o sin dudas sobre la verdadera interpretación del cuento por los niños, lo cierto es que, al leerlos u oírlos, estos son estimulados a imaginar, a pensar por sí mismos, y eso, de por sí es lo que persigue Solano en esta obra y es su triunfo.

Tratemos ahora algunos aspectos puntuales sobre estos cuentos. Advierto que yo me comportaré como los niños, haciendo mi propia interpretación de estos, es decir, elaborando mis propios cuentos donde lo considere, ya que yo también quiero ser estimulado a imaginar.

Conviene aclarar que la apreciación de estos cuentos debe ser intuitiva. Tan pronto los sometemos al escrutinio de la lógica (como haré yo) , comienzan a aparecer significados inferidos que están más allá de su propio significado, como en el simbolismo, o frases incoherentes, contrasentidos y demás recursos del surrealismo, que hacen una tarea casi imposible encontrarles sentido. Sin embargo, tanto las obras simbolistas como las surrealistas lo tienen. No nos engañemos. Los simbolistas, y un tanto menos los surrealistas, no producían poesía o narrativa simplemente para juntar frases y encontrar belleza en esas aproximaciones. Esta era su meta principal, pero también incluían significados ocultos que el lector debía descubrir.

Este es el caso de Solano en muchos de sus cuentos. En cada uno de ellos hay un significado que en primera lectura puede escapársenos, envueltos en la estética de su narrativa.

Veamos uno, “Resistencia” (p. 13):

“Le ofreció la mitad de su millonaria fortuna, las tres cuartas partes si se tornaba exigente; quería corromperlo; pero el Miedo se negó a venderse, no le resultaba atractivo comerciar con su alma; prefirió seguir siendo pobre, pero fuerte”.

 Este cuento se entiende intuitivamente. Es una historia escrita con cierta sencillez, donde alguien le ofrece una fortuna a otro para corromperlo y este se niega a aceptarla porque tiene miedo a perder su alma. Lo curioso es que se trata de un cuento como los tradicionales de “Caperucita” y demás, que con sus historias proponen lecciones en el comportamiento humano. Solo que los seres humanos que aparecen aquí no son fantásticos como el lobo antropomorfo de “Caperucita” o la maga de “La bella durmiente”. Una característica de todos los cuentos de Solano es que presentan situaciones humanas que demuestran lo que ocurre en la vida real. En este caso, se trata de una situación humana  más común de lo que se quiere aceptar, que muchos hombres y mujeres han tenido que enfrentar y en la cual muchos han caído. Y es, como los cuentos tradicionales, una advertencia a todos, de que estas situaciones se dan y que hay personas que las rechazan por su propio bien, aunque se basen en el miedo para hacerlo.

Veamos un segundo cuento, “¿Edad?” (p. 33):

“Acudió a su memoria sin memoria. Sus recuerdos no los sacó de su decodificado cerebro, sino de los viejos apuntes que ya se habían hecho polvo y olvido”.

Aquí la intuición tambalea. Se juntan frases que puestas una al lado de otra se relacionan, aunque esto no sea tan evidente como en el cuento anterior. Sin embargo, en su primera leída, el lector entiende que en la contraposición de la “memoria sin memoria” donde no hay recuerdos y “los viejos apuntes que ya se habían hecho polvo y olvido” hay un planteamiento oculto que podría descifrase, y aquí entraría la imaginación del lector. Mi interpretación es que a pesar de que ya con el tiempo los humanos olvidamos muchas cosas importantes que nos ocurrieron, guardamos ocultos en nuestras memorias testimonios de estos hechos que podrían aparecer en cualquier momento. Es un planteamiento simbolista, que dramatiza el hecho de que mientras vivamos estamos sujetos a todo lo que hemos vivido, aunque no lo recordemos.

Veamos un tercer cuento (“Regreso”, p. 39):

“El corazón de la casa olía bien. El canto del gallo estaba en el horno nadando en vino. Ella vestía de sombras luciendo sus ojos de mar. El tiempo y el amor hicieron lo único que los dioses sospecharon: ¡Depositaron en sus cerebros las cenizas!”.

Aquí la intuición engaña. Tomando en cuenta el título del cuento, todo parece coincidir con el regreso feliz de alguien que ha abandonado la casa por un tiempo, hasta que encontramos la frase final que trastorna este parecer; dice: “El tiempo y el amor hicieron lo único que los dioses sospecharon: ¡Depositaron en sus cerebros las cenizas!”. Se trata de un contrasentido surrealista, puesto que “cenizas” además de su significado obvio, o sea, el producto de algo que se quema como la madera, tiene un significado simbólico: las consecuencias de los estragos que dejan las malas experiencias en los humanos, un significado que no es precisamente acogedor para alguien ausente. Esta frase se contrapone negativamente a la alegría de su regreso y crea una gran confusión que se debe aclarar para entender el cuento, o dejarla como está y conformarse con saber que el cuento trata sobre una anécdota que tiene algún tipo de significado.

Para narrar los cuentos que aparecen en ¡Explorando! La Imaginación Infantil, Solano adopta estos tres movimientos literarios, el tradicional con sus variaciones actuales, el simbólico y el surrealista. La pregunta sigue siendo: ¿Son cuentos para niños? Si aceptamos que, sin tener que entenderlos, estos estimulan la imaginación, debemos concluir que son aptos para cualquier edad. Esta es la manera más expedita que se nos presenta para simplificar lo intrincado. De esa manera nos enriquecemos con nuestras lecturas simbólicas y surrealistas, puesto que con estas no solo nos deleitamos con textos de gran calibre estético, sino que adquirimos conocimientos con los cuales, para alcanzarlos, desarrollamos nuestra imaginación. Solano sabe que esto es así y, con la adopción de este planteamiento, logra su cometido de explorar y estimular la imaginación infantil (y la adulta).

Con este libro, Miguel Solano nos presenta una de sus mejores obras narrativas.

 Notas:

1. MiguelSolano. ¡Explorando! La Imaginación Infantil. Exploring childrenʼs imagination. Santo Domingo, Ediciones AQI, Editora Búho, 2006.

2. Sobre Paul Valery.

3. Romina Bayo. ¡Explorando! La Imaginación Infantil. Exploring childrenʼs imagination.“¿Lo entenderán?” Santo Domingo, Ediciones AQI, Editora Búho, 2006, p. 11.

Manuel Salvador Gautier
Encuentro del Ateneo Insular Internacional
El Caimito, La Vega

La “razón poética” en Miguel Solano: la ficción creadora del narrador soldeño

Por Bruno Rosario Candelier
A Manuel Salvador Gautier,

ejemplar poeta del novelar.

 “Entre mis manos tengo el tiempo,

evoluciona hacia la nada,

muere en el todo”.

(Miguel Solano)

 Poética de la novelación

    En el encuentro literario con los escritores interioristas del Ateneo Insular, celebrado en el Centro de Espiritualidad “San Juan de la Cruz”, en La Torre, el 26 de noviembre de 2016, previo a la presentación de mi ponencia sobre la narrativa de Ofelia Berrido, dije el comentario siguiente cuya transcripción presento con la reacción que produjo: “Si nos remontamos a la antigua literatura griega, para los griegos solo había poesía, y todo lo que se escribía era poesía, con una clasificación: poesía lírica, poesía épica, poesía dramática, tres vertientes de la poesía (lírica, épica y dramática). De la poesía lírica nació lo que conocemos como poesía; de la poesía épica, lo que llamamos novela; y de la poesía dramática, lo que es el teatro. La palabra “teatro” significa representación porque la poesía dramática se escribía para representarse en un escenario (que en griego se llama teatro), y hoy nosotros le llamamos teatro a la obra dramática. En la antigua Grecia había un solo género literario, ya que todo lo que se escribía era poesía porque ellos tenían la concepción de que, que al hacer uso de la palabra con un propósito estético, se estaba creando, y a la creación le llamaban poyesis, vocablo que alude a la poesía. Por esa razón, el enojo de Manuel Salvador Gautier por la preferencia que aquí damos a la poesía no solo va contra el espíritu griego sino que no se justifica, de tal manera que si él se dedicara a estudiar la literatura griega comprenderá que tengo razón cuando insisto en que él es poeta en su obra narrativa. En su novelística él aplica recursos narrativos para plasmar su creación, pues cuando escribe está contando una historia ficticia, pero lo que escribe es una creación, no una reproducción como la del periodista que reproduce un hecho y lo cuenta como ocurrió; cuando el periodista describe un hecho, escribe lo que ve, y lo mismo el historiador, que cuando cuenta lo que aconteció en el pasado describe lo que ocurrió; de hecho, los primeros novelistas que nacieron en la cultura occidental fueron un desprendimiento de la historia porque antes de que apareciera la novela lo que se escribía era historia. ¿Cuándo nació la novela? Cuando hubo un historiador que comenzó a fabular, a inventar, añadiendo algo a lo que ocurrió, y ese “añadido” era una adición de lo que se creía que podía ser, y ese agregado es lo que se llama ficción. La novela nació como un desprendimiento de la historia; las primeras novelas nacieron en Grecia y fueron autores que dieron el salto de la historia a la ficción pero siguiendo el patrón primordial de la creación poética.

-Manuel Salvador Gautier: ¿Qué es entonces La Ilíada?

-BRC: Una novela en el formato de poesía.

-Manuel Salvador Gautier: Pero es tratada como poesía lírica.

   -BRC: No, Gautier. Es tratada como poesía épica escrita en verso. En el concepto griego era una poesía épica, y la poesía épica es la madre de la novela. La Ilíada y la Odisea se pueden valorar como novelas; de hecho, el cinemascope sobre esos dos textos son la filmación de una historia novelada con sentido poético. Entonces, espero que Manuel Salvador Gautier acepte el concepto de poesía como expresión creadora.

-Manuel Salvador Gautier: No quiero seguir discutiendo y acepto tu aclaración.

   -Miguel Solano: Maestro, usted no se imagina el insulto que me dio Gautier en Italia cuando yo le llamé poeta. Estábamos en el Centro Científico de Firenze, y antes de presentar la novela Al fin del mundo me iré, digo que conmigo están el poeta Avelino Stanley y el poeta Manuel Salvador Gautier, y Doy expresó: -¡Yo no soy poeta, yo soy narrador, usted no me puede a mí llamar poeta, eso es descalificarme!

BRC: Estoy seguro de que ya él no protestaría si de nuevo le llamas poeta.

   Manuel Salvador Gautier: Admito y entiendo el concepto de poeta como se establece en Grecia, según la explicación que has dado”.

Hasta ahí el preámbulo del citado encuentro interiorista, que uso como introducción al presente estudio sobre la narrativa de Miguel Solano para explicar el concepto poético que subyace en la creación de cualquier género literario.

   Pues bien, tanto la palabra como el concepto implicados en el vocablo “poética” aluden a los principios estéticos que aplican un autor o un movimiento literario en una obra de poesía, ficción, teatro y ensayo.

   Además de una poética de la poesía, existe una poética narrativa o una poética de la novela, el drama, la crítica y el ensayo, sin caer en contradicción de términos o conceptos, ya que “poética” o “poesía” implica lo relativo a la creación literaria, que obviamente se trata de una creación hecha con palabras, que es una creación diferente de cualquier otra creación de la realidad real y, en tal virtud, forma parte de la realidad estética y la dimensión metafísica del lenguaje.

Los antiguos griegos usaban el vocablo poiesis para referirse al acto de creación verbal en cualquier producción formalizada con palabras. De poiesis nació el término “poesía” en nuestra lengua, que a su vez fue tomada de la lengua latina, que se inspiró en el concepto poético de la lengua y la literatura de los helenos.

Para la antigua cultura griega la poesía comprende el arte de la creación literaria. Y todo lo que se hablaba, componía o escribía con un propósito ficticio, artístico o estético era poesía. Por tanto, la creación centrada en la expresión de sentimientos entrañables se llamaba poesía lírica; la creación centrada en la expresión de conflictos interiores se denominaba poesía dramática; y la creación que canalizaba el lenguaje de las emociones colectivas era poesía épica. Como cada una de esas variantes poéticas tiene rasgos peculiares, se idearon los géneros literarios, y así nacieron las diferentes modalidades de la creación poética: de la poesía lírica, surgió el poema; de la poesía dramática, el teatro; y de la poesía épica, la novela. Los susodichos géneros (poema, drama y novela) constituyen una creación poética en el sentido primordial, etimológico y esencial de poiesis, “poesía” o creación.

La obra narrativa de Miguel Solano, Emilia Pereyra, Rafael Peralta Romero, Ofelia Berrido, Ángela Hernández y Manuel Salvador Gautier, prestigiosos integrantes del grupo Mester de narradores, de la Academia Dominicana de la Lengua, entraña una poesía narrativa o una poética del novelar, cuyos rasgos creativos he desentrañado en los citados cultores de la palabra.

En esta ponencia sobre Miguel Solano me voy a referir a la poética del novelar del escritor soldeño, que es nuestro apreciado académico de la lengua y creador interiorista.

El poeta-narrador que vino al mundo con el nombre de Miguel Emilio Solano Rodríguez (1) es un singular cultor de la poesía narrativa. Nacido en las inmediaciones de Miches, amamantado en Sabana Grande de Boyá y criado en San Miguel de Hato Mayor, se curtió en la escuela de la vida y se formó en la ciencia de la economía, y, en las alforjas de su imaginación, nutrido en las vivencias de sus andaduras, tiene el material para la creación de su ficción poética.

Con la magia del creador que ausculta la dimensión inédita de fenómenos y hechos, enfocados desde la vertiente prístina de lo viviente, Solano emprende la escritura con el aliento de la “razón poética” de quien se enfrenta por primera vez ante la fluencia natural de lo viviente desde el acontecer de cosas y ocurrencias.

En su condición de usuario del lenguaje y creador de obras de poesía y ficción, Solano cultiva la poética de la narración con la emoción del niño que habita en su interior y la madurez del adulto que fabula bajo el cauce de una creación narrativa en busca de la faceta entrañable del discurrir natural, antropológico y cultural de sus criaturas imaginarias. En tal virtud, nuestro narrador aborda la conexión entre el hombre y la naturaleza, como buen poeta naturalista; entre el hombre y la realidad local, como buen autor criollista; entre la imaginación y la realidad, como buen creador mágico-realista; y entre la conciencia y la realidad, como buen creador interiorista, facetas que revelan el fuero de una poética narrativa fraguada con la estética de cuatro movimientos literarios conjugados armoniosamente.

Los narradores, dramaturgos y poetas hallan en el centro de sus apelaciones entrañables, en el fluir de lo viviente y en el acontecer del mundo la veta temática para sus novelas, dramas y poemas. Miguel Solano, que vino a la vida dotado del instinto poético del fabulador, escribe lo que fragua su imaginación en conexión con el inconsciente conectado a la realidad socio-natural, dando rienda suelta a su porosa sensibilidad, empática y fecunda, que mantiene en armonía con el fluir de lo viviente y el acontecer del mundo, y de cuanto percibe, disfruta y experimenta, infiere una anécdota, un cuento, un poema o una historieta.

La realidad antropológica y sociocultural, como la realidad natural, es infinita en la generación de temas y motivos para la fabulación, siendo el poder de la inteligencia creativa uno de los rasgos peculiares de la personalidad metafísica de Miguel Solano. Como centro de sus apelaciones entrañables y cauce de su vocación creadora, Solano tiene una poderosa razón poética para escribir, que se caracteriza por: 1. Un “cifrado operativo”, en cuya virtud descubre el rasgo de un hecho con valor y sentido para un poema, un drama o una novela. 2. Una “intuición estética” en cuya virtud capta el perfil novedoso de los datos sensoriales y suprasensibles de fenómenos y cosas. 3. Una “chispa alumbradora” o imaginación simbólica en cuya virtud percibe el valor creativo de hechos, fenómenos y cosas.

Matices poéticos de la narrativa soldeña

En un memorable encuentro literario celebrado con los escritores interioristas del Ateneo Insular en Casa de Campo de La Romana en el 2004, el narrador y poeta Miguel Solano leyó un cuento de su autoría, y al término de su lectura le sugerí, a partir de su narración, que escribiera cuentos breves porque en su composición de textos cortos aprecié un singular talento con los atributos para crear, con belleza y sentido metafísico, ese tipo de creación, de la cual transcribo el siguiente fragmento a modo de ilustración:

“El corazón del Mar se golpeó con el muro que el hombre erróneamente había colocado. En la espalda de su alma retrocedió el camino, dejando la luz de las estrellas sin huellas. El Mar quiso cantar, pero sólo le salió la sinfonía brutal del calentado viento. Pensó regresar, pero ya no existía en la memoria de su puente. Todo cuanto sintió en su piel fue la náusea de un extraño vuelo. El Mar se quedó inmóvil, pero su sombra siguió caminando”.

Al leer ese pasaje narrativo escrito por Miguel Solano, escribí este comentario: “En el siguiente encuentro literario mensual del Ateneo Insular con escritores del Interiorismo, que se efectuó en Moca, Miguel Solano me dijo que, tal como le había sugerido, ya había escrito un libro de cuentos breves, lo que me sorprendió por la presteza con que nuestro narrador realizó mi recomendación, lo que evidenciaba una notable facilidad para articular hechos y temas en elocuentes trazos narrativos con la gracia de su imaginación, vivaz y sugerente, para redactar una composición literaria con la aplicación de las normas de la escritura y el arte de la narración, sin obviar el dictado de su intuición, la pauta interiorista y la huella de su inspiración en una obra con sentido estético, metafísico y simbólico”.

El resultado fue un nuevo libro que nuestro entusiasta escritor soldeño tituló Ópera del cernícalo, donde figura el siguiente prólogo de mi autoría y que cito: “Miguel Solano emerge al mundo de las letras con la carta credencial de unos cuentos breves que revelan las dotes de un diestro narrador, original y auténtico. Con lenguaje preciso y pertinentes recursos narrativos, este nuevo valor de las letras dominicanas acude a la creación literaria prevalido de la estética interiorista y, con su talento creador y su sensibilidad estética, dispone de una actitud vitalista y radiante para la recreación de una narrativa estética, metafísica y simbólica. Nuestro narrador asume, de las manifestaciones que vertebran el discurrir social en un ambiente específico, los efectos que generan en el interior del sujeto el impacto de fenómenos, criaturas y cosas, una forma de canalizar la interiorización de lo real en la sensibilidad y la conciencia. En el desdoblamiento que el narrador despliega ante fenómenos y acontecimientos, humaniza el fluir de lo viviente, revelando la faceta novedosa y atractiva de los sucesos y fenómenos singulares. El mundo narrativo de Miguel Solano, los temas y motivos que toma de la sustancia de la realidad real, metafísica y estética para nutrir sus intuiciones y vivencias, así como el arte de narrar de este narrador dominicano revelan a un escritor con una  sensibilidad abierta, profunda y caudalosa, dispuesta para captar y reflejar la dimensión peculiar de lo viviente con la connotación estética, simbólica y espiritual de fenómenos y cosas.

“La fuerza sensorial de lo existente, que excita la creatividad de este narrador, da vida a cuanto asume y describe  en cuyo lenguaje enfoca su presencia significativa, y con esa sorprendente manera de reflejar el sentido de lo existente, el narrador ausculta el alma de fenómenos y cosas. En esos esbozos de cuentos, Solano capta el fluir de la vida, pone a gemir los elementos y alienta una razón poética, íntima y sutil de cuanto existe, viendo en la vitalidad del Universo la fuerza esencial del Cosmos, lo que es una singular manera traslaticia y simbólica de coexistir con el aliento espiritual de lo viviente.  Con una imaginación fecunda y luminosa, Solano juega con la luz y la sombra, las texturas y las apareriencias y, sobre todo, con el aliento subyacente que sus palabras captan, recrean y tamizan en imágenes y símbolos del acontecer del mundo. El autor de estas creaciones narrativas, verdaderos fragmentos del mundo como cifra vital de lo existente, pone su atención al movimiento de la materia, que Aristóteles centraba en el fluir del tiempo, motor de lo viviente y de las preocupaciones filosóficas y literarias de este acucioso narrador que hace del sentido la sustancia de su narración, vértice y canal de su talento narrativo.

“La clave para entender y valorar la narrativa de Miguel Solano, que da cuenta de su aliento creador, es la comprensión del impacto del reflejo -la sombra, el pasado, el retorno- que desde su fuero sensorial y entrañable  capta y revela su dimensión suprasensorial, razón y destino de una fecunda intuición, como la suya, que testimonia lo que estremece su conciencia” (2).

Así pues, la “razón poética” de un creador de ficciones es y ha sido siempre, como se manifiesta en Miguel Solano, el factor determinante para que surja un escritor con garra en el ámbito de la fabulación. Esa “razón poética” es el aliento germinal de la poesía, que en la creación literaria de Miguel Solano presentan los siguientes atributos:

1. Enfoque de la vertiente narrativa de un hecho con valor simbólico: “Todo cuanto nos quedaba era esperar el mensaje del Sol y su nuevo día. Y mi papá era como el Sol, nada perturbaba su salida. En el tercer día, allí estaba montado en su Bermejo, listo para patrullar su imperio, pero los Ozunas eran expertos en enterarse y regresó a nuestra casa acompañado de la Luna. Esa misma noche, cumpliendo con el plazo bíblico, siendo como la una de la mañana, tocaron la puerta de la casa. Mi papá supo que eran ellos, y que si venían en pos de venganza la hora era buena. Para no darle a Dios la indicación de que iniciaba un pleito, tomó el machete y lo puso al lado de la puerta; si lo usaba era en su defensa, acto que no ofendía a nadie, ni siquiera al Cielo” (3).

 2. Percepción de los datos sensoriales que atizan la sensibilidad estética: “Llorando por la muerte de la voz del tiempo, llorando por la muerte de sus lágrimas, de esas lágrimas que se negaron a seguir viviendo entre sus ojos, el frío de la casa salió a la calle y la golpeó. La golpeó como la lluvia a la tierra cuando descarga el peso de lo insoportable. La Luna con sus luces tristes, casi al borde de la muerte, quiso alumbrarlo, pero el frío reclamó su derecho a la oscuridad y se ocultó bajo la sombra. como salido del cañaveral que crece para esperar el fuego, el frío volvió y estremeció la cama, penetró bajo su sábana, besó su piel” (4).

 3. Creación de verdades poéticas intuidas por la inteligencia narrativa: “El tiempo solo se humilla ante Dios, fue lo único en que se me ocurrió pensar mientras observaba la oscuridad del charco al que debía saltar. Estaba a unos sesenta pies de altura, montado en un árbol conocido como jabilla. Era posible descender de la misma forma en que había ascendido, cruzando a través de otro árbol. Pero no era honorable. Y cuando los hombres crecen entendiendo que la vida debe vivirse en forma honorable, siempre sacrifican lo posible frente a lo honorable. El viento soplaba haciéndome tambalear en aquel árbol que, según la antigua leyenda, crece con espinas para que nadie lo trepe. Para que nadie de él se rasque. En tanto, conversaba con la muerte para ver si mi tiempo había llegado” (5).

 4. Ponderación de la peculiaridad de las cosas bajo el fluir de lo viviente: “Acepto”, fue la palabra que con firmeza, alegría y orgullo en su corazón, pronunció Julio Medina cuando el juez le preguntó que si aceptaba a María Elena Pérez como su esposa. Y tenía razón. Esa noche se llevó la perla más preciada del pueblo. María Elena no solo tenía un cuerpo con el que a cualquier súper mujer le era difícil competir, sino que su inteligencia la había convertido en la ganadora de todos los galardones en su universidad. Sus ojos verdes, sin explicación, cargaban una luz que hacía estremecer las fibras sanguíneas de cualquier hombre” (6).

 5. Formalización de los hechos que inspiran a la imaginación creadora: “Al mirar a la doctora sintió el extraño deseo de brincar sobre ella, despojarla de cuanto tenía y complacer sus sentimiento, apetitos o deseos; como complemento a su estado emocional, en el patio de la clínica se escuchó el “ven a peliar” de los gallos. Entonces reflexionó “es diabólico este virus, me quita toda la energía, destruye la fortaleza de mis músculos; y, sin embargo, me invita a ejercer la violencia”. “Quizás”, continuó caminando en su memoria, “la muerte acaba de reconocer que no podrá apoderarse de mi vida y en tal circunstancia me quiere obligar a que la deposite en otro cuerpo. ¿Debo estar cerca de sanarme? Miró al universo a través de la ventana del consultorio y entonces empezó a reír, a carcajada, a plena felicidad; sonrió como a quien le han regalado el don de la felicidad eterna: la locura” (7).

 Las cascadas intuitivas de una imaginación poética

    El narrador no debe dar explicaciones sobre los hechos que ocurren, sino ilustrar con un suceso preciso lo que la realidad genera y la inteligencia capta. Igualmente hay que decir que los narradores y poetas no deben teorizar en su poetizar lírico o narrativo, sino canalizar sus intuiciones y vivencias.

Un ejemplo apropiado lo brinda Solano cuando desliza, en un singular pasaje narrativo, un planteamiento conceptual en torno al alma: “Los idealistas dicen que el alma es invisible, inmedible, intocable, eterna. Los materialistas sostienen que la materia no se destruye, solo se transforma; y que en su forma de expresión más alta, el quantum, es invisible, inmedible, intocable y eterna. Ve, son las mismas cosas, pero los estúpidos discuten diciendo que tienen contradicciones” (8).

De la pluma de Miguel Solano fluyen el humor y la jocosidad, que se enciman a la azotea de su imaginación para fluir como cascadas que se desprenden de un gajo de la montaña. La emanación de júbilo y candor, propia de un ser feliz como Miguel Solano, que curcutea en los meandros de la realidad y desflora los entramados de su poetizar, hacen de la descripción del ambiente y la narración de los hechos, una sustancia hilarante a la luz de las eventualidades que concibe su magín y plasman sus personajes como algo concurrente en el fuero de los hechos:

“¿No crees que los problemas de conducta de Adán y Eva se deban a que no tuvieron madre?

-¿Tú crees que ésa es una pregunta apropiada para alguien que acaba de tener un orgasmo?

-Estoy tratando de entender tu conducta.

-¿Y qué tengo yo que ver con Adán y Eva?

-Eres su descendiente.

-Eso es correcto en la historia bíblica, y porque los evolucionistas no han sido capaces de cambiarle el nombre a los originadores, en la historia de ellos también eso es correcto.

-¿Por qué Dios creó al humano? Elena no respondió sino que, mirándolo, con la mano derecha se movió el rubio cabello hacia su espalda, y esperó la respuesta como se espera un beso.

-Para su propio placer.

-¿Qué significa eso?

-Que Dios un día, sin nada que hacer y un poco aburrido, tomó una de sus células y clonó una figura parecida a él, solo que para asegurarse de que su poder no entraría en peligro, a su clon le introdujo el virus de la muerte. Y así somos, hechos a su imagen y semejanza, pero con nuestro destino limitado en el tiempo.

-Y en el libro de la vida -dijo Elena con una angelical sonrisa-, tenemos asignado el deporte que Dios quiere que juguemos para él, para su propio placer” (9).

La narración, el poema y el drama constituyen un cauce adecuado para la expresión de una visión poética,  metafísica y simbólica de lo viviente. Mediante el surco de la imaginación, el dato de la intuición y el lenguaje de la fabulación, Miguel Solano proyecta las manifestaciones sensibles de la realidad natural y la irradiación suprasensible de la realidad metafísica, haciendo de la dimensión estética y simbólica el ánfora de una veta poético-narrativa:

 “Piensas que puedes limpiar tu conciencia

Piensas que puedes matar los recuerdos

Pero todo cuanto haces

es pintar tu memoria

y con el tiempo la pintura se borra

y los recuerdos regresan

Entonces tenemos que bebérnoslos

en nuestros sueños” (10).

    La formación profesional de Miguel Solano asoma en algunos pasajes de su ficción con el olfato intuitivo de quien sabe apreciar la falacia de ciertos discursos populistas aparentemente genuinos y veraces. La agudeza de su percepción pone en evidencia la verdad que subyace en la realidad socio-cultural:

“La violencia es un desafío humano, puramente humano. No parece tener relación con el régimen político social. No podemos afirmar que la genera la riqueza porque entonces Luxemburgo, Bélgica, Dinamarca, Suecia serían los países más violentos del mundo. No podemos afirmar que la produce la pobreza porque entonces La India, Camboya, Haití y Bolivia serían los países más violentos del mundo. Dos cosas sí son claras: La violencia es mayor en aquellas sociedades en donde la corrupción política y la falta de institucionalidad consumen legitimidad” (11).

La ironía y el humor, como una faceta inherente al imaginario narratológico del escritor interiorista, forman parte de su naturaleza estética:

“Lo que acabas de decirme me recuerda un hecho que ocurrió cuando yo estaba en la primaria. La profesora estaba dando clase de ciencias naturales e hizo una gran comparación entre el humano y el animal, entonces preguntó: “¿Quién es más inteligente la gente o los animales?”. “Los animales”, respondió una niña que debía andar por los cinco años. Todos sonreímos y la miramos como el ser más bruto de la tierra. La profesora, incómoda, le recrimina: “¿Cómo tú dices que los animales?, ¿por qué dices eso?” La niña, en la forma más natural del mundo respondió: “Porque cuando yo le hablo a mi perro él me entiende, y cuando él me habla a mí yo no lo entiendo”. Todos sonreímos de nuevo, pero ahora miramos a la niña como el ser más inteligente de este planeta de polvo y olvido” (12).

Metafísica simbólica de la narración

Al sentir la conexión de su conciencia personal con la conciencia cósmica, Miguel Solano pondera el inconsciente conectado, una manera original de aludir a lo que Carl Jung llamaba el “inconsciente colectivo”, que nuestro autor percibe con la frescura del niño y el raciocino del adulto cuando se sumerge en la dimensión de la realidad natural, social y metafísica de lo viviente:

“Y después de la batalla, conectado a la conciencia simultánea del macrocosmos y el microcosmos, Enriquillo se quedó allí mirando a la mar caminar en su espontánea persistencia” (13).

La conexión que Solano establece con la energía cósmica, desde “el inconsciente conectado”, le aporta la sustancia para articular lo que escribe. Esa conexión espiritual explica el fluir de fenómenos metafísicos en la conciencia humana, algunos de cuyos efluvios suprasensibles nuestro narrador testimonia con la fervorosa convicción de su vínculo con la esencia cósmica:

“Al cerrar sus ojos podía ver cómo, frente a él, sin la existencia de un espejo, aparecía claramente su figura, su propia figura. En ese estado de meditación, ya se había familiarizado con la naturaleza de lo que no podía evitar: la enfermedad, el envejecimiento y la muerte. Y al verse se preguntaba si aquella imagen, tan perfecta, no era una falsa percepción de la verdadera naturaleza de su alma” (14).

El poeta-narrador concibe una imagen y la asocia a los hechos que sus palabras describen. Solano percibe una anécdota o un suceso, y de inmediato busca el empalme que la encarna y la forma que la vivifica. La clave para entender la poética de Miguel Solano es meterse en su mundo narrativo para sintonizar la onda de su fuero imaginario.

Una obra literaria refleja y proyecta la sensibilidad, la intuición y la visión de su autor y, en tal virtud suele ser un espejo de su conciencia, un cauce de su talante y un canal de sus apelaciones entrañables. Esa máxima de la creación literaria la confirman las obras de Miguel Solano, cuyos textos literarios son índice y cauce de su inteligencia intuitiva y su sensibilidad empática.

Nuestro creador, para articular su obra, concilia tres cualidades importantes:

1. Un aporte visionario, desde la intuición de su conciencia y el fuero de su sensibilidad, afín al protocolo de la creación y la naturaleza humana: “Adán tenía sus ojos puestos en la Biblia vista. Caminó hacia el parque que mira al sur y sintió cómo su rostro era golpeado por una brisa que el mar enfría y calienta a su antojo. Allí, entre cantos de pájaros expulsados de la selva, pasa sus días el alma que gobierna su cuerpo. Bajo la soleada sombra de los árboles camina diariamente dos horas, entre pasos, sol y lluvia transitan por su cuerpo los alimentos del medio día. Como gendarme de los frutos, allí reconcilia sus pensamientos con la naturaleza una mujer que los normales le atribuyen desconexión con el mundo comercial. Ya noviembre de 2004 había sufrido en el corazón la puñalada del tiempo que lo enterraría, fue cuando, se encontró con Eva” (15).

2. Un fundamento conceptual desde una cosmovisión cifrada en un sentido trascendente y simbólico expresado con el encanto del sentido: “Con satisfacer mis necesidades materiales, ya lo dije, nunca tuve ningún inconveniente; son tan pocas y tan fáciles de complacer que aterra saberlo. Pero al tratar de satisfacer, con bienes materiales, las necesidades espirituales de mi alma, la hice insaciable, expandí su infinito vacío e incrementé, enormemente, su apetito por el dolor” (16).

3. Una orientación intelectual, espiritual y estética que ilumine la conciencia, provoque la emoción estética y atice la fruición espiritual con la certeza de la verdad y el encanto de la belleza sutil: “Yo puedo ver el cielo azul en tu corazón/Puedo caminar sobre la luz de la Luna/leyendo tus pensamientos/ puedo abrir las puertas de tus otras vidas/ Yo puedo amar tus manipulaciones/ y no puedo hacerte entender mis caminos” (17).

   La obra literaria de Miguel Solano, centrada en la poética de la ficción, al tiempo que refleja la huella de nuestros grandes narradores, proyecta la impronta de su talante narrativo. En virtud de su sensibilidad empática, Miguel Solano establece una conexión con los elementos de la Creación en todo lo que vive, escribe y hace. Tiene una conciencia conectada al fluir de lo viviente en sintonía con fenómenos, cosas y ocurrencias. Y hace de la palabra el cauce de sus vivencias entrañables y la fuente de sus ficciosas invenciones.

Los rasgos de la poética narrativa de Miguel Solano tienen estos atributos:

1. Arraigo en intuiciones y vivencias inspiradas en hechos, acontecimientos y fenómenos de la realidad histórica, natural, sociocultural.

2. Uso de los datos locales, el lenguaje criollo y tipos populares que fluyen en sus cuentos, relatos y novelas con el aliento de las estéticas de su predilección: Naturalismo, Criollismo, Realismo Mágico y el Interiorismo.

3. Compenetración sensorial, imaginativa, intelectual, afectiva y espiritual con la naturaleza de hechos, fenómenos y cosas que despliega en la fragua de su ficción narrativa.

4. Formalización del lenguaje de su creación ficticia con el protocolo de la fabulación, dando vida y verismo a historietas, leyendas y mitos.

5. Vivificación fabuladora de la realidad natural, la realidad estética y la realidad metafísica haciendo del arte de la creación verbal la concha de sus creaciones literarias y el cauce de sus apelaciones intelectuales, estéticas y espirituales.

    Nuestro narrador tiene una visión filosófica del tiempo como responsable del acontecer de lo viviente y del fluir de la vida hacia la muerte: “El tiempo sintió que las venas le sangraban como olas desde el fondo de su corazón. Intentó detener el avance de sus propias horas, pero el retroceso de las agujas era un acto de brutalidad física; quiso ser hijo de otros padres, tener hermanos, pero el semen de la creación ya había embarazado el huevo de su espacio. De nada le sirvió ir al puente y tirar su conciencia al río. Debía responder; y lo hizo: -Yo avanzo para que otros sepan que están retrocediendo” (18).

En sus textos se puede apreciar la concepción metafísica de Miguel Solano, con  el sello de su inteligencia intuitiva: “Estás como el universo/dándole vueltas al infinito/Saber que al llegar al final/habrás llegado al principio” (19).

El productor de esta visión metafísica del mundo, al canalizar su “razón poética”, va más allá de la apariencia sensible y ausculta, con la lupa de su intuición estética, lo que concita su sensibilidad profunda:

“El Viento del Este se interrogó. -¿Cómo aprendemos a amar la soledad?

Lo hacemos manteniendo nuestra conexión con el origen, con esa infinita fuerza vibratoria que contiene el Quantum. Quiero que sepan -les dijo para recordarles su importancia-, que sin ustedes no habrá soledad; y el dolor por haber perdido la soledad, el dolor que la gente sufrirá porque no supo cómo amar la soledad, será más grande, infinitamente más difícil que desterrar el dolor por la falta del pan. El Viento del Este se afeitó la barba y la esparció como fruto de la montaña, como lluvia del valle. Soltó su bastón de filósofo, lo entregó como alimento al fuego y antes de ocupar la cama del mar, proclamó su última sentencia: -La gente ha hablado mucho de la soledad, ahora quiero que le hablemos a la soledad” (20).

Forjador de una cosmogénesis literaria, nuestro agraciado narrador experimenta la necesidad de concebir una teoría del Universo, del que se siente vocero y amanuense para revelar lo que sus experiencias visionarias otean del pasado integrado al futuro, clave del discurrir de lo viviente: “Dios, que ignoraba su origen, estaba viviendo en el momento cero del surgimiento del Universo, en el llamado estado de “singularidad”. Como químico, ¡lo único que podía hacer!, trabajaba aceleradamente en la creación de la luz. Situado sobre campos gravitatorios fortísimos, como lo que había encontrado en los agujeros negros, intentaba dividir una fuerza única en cuatro: Quería el aire, el agua, el fuego y la tierra, pero las cosas no resultaban. Se tomó un descanso y se fue a dar un paseo por el espacio: todo cuanto encontró fue vacío. Entendió entonces que no tenía nada que cuidar y regresó con la clara idea de provocar el Big Bang o Gran Explosión. Concentró la materia del Universo en una zona extraordinariamente pequeña del espacio, la agrupó desordenadamente y empezó a agitarla, agitarla, agitarla hasta hacerla explotar; y explotó en forma tan extraordinaria que la materia salió impulsada en todas direcciones, ni siquiera el mismo Dios sabe cómo pudo salvarse, pero cuando recobró el sentido vio que la materia se había agrupado proyectando luz, habían nacido las primeras estrellas y las primeras galaxias: “¿Hice la luz?”, se preguntó emocionado mientras daba los primeros pasos del merengue. Ahora ya podía trabajar con toda paciencia, tenía luz y cuando se cansaba de provocar evoluciones hacia estados de velocidad superiores, podía tomarse un viaje hacia otra estrella y empezar allá a hacer lo mismo, pudiendo comprobar en cada una de ellas cuál evoluciona más rápido y mejor” (21).

Algunas de las reflexiones, medio en serio, medio en broma, de Miguel Solano recuerdan las de Jalil Gibrán, Rabindranath Tagore y Anthony de Mello, cuando canaliza, con el lenguaje de la paradoja, el sentido que trasciende:

Puedo ver la luz de las estrellas en tus ojos

Puedo sentir el calor del Sol brotar de tu piel

Puedo amarte para no tenerte

Porque si te tengo

 habré conseguido lo que quiero

y habré perdido lo que busco” (22).

    Miguel Solano tiene una afinidad empática con lo viviente y una cordial sintonía con los duendes de la Creación, y con una actitud limpia, amorosa y espontánea, como la de los niños, los orates y los místicos, da cuenta del torrente imaginario que corcovea su sensibilidad y del secreto que atiza su poder de fabulación.

En fin, este agraciado cultor de la poética de la imaginación ha hecho de su intuición estética y su conciencia espiritual el ánfora de sus apelaciones entrañables y la veta de sus verdades trascendentes.

Bruno Rosario Candelier
Encuentro literario del Interiorismo
Moca, Ateneo Insular, 17 de diciembre de 2016.

 

Notas:

 

1. Miguel Emilio Solano Rodríguez, nacido en las inmediaciones de Miches, criado en Sabana Grande de Boyá y desarrollado en San Miguel de Hato Mayor, Rep. Dominicana, nació el 22 de junio de 1958. Economista y escritor, forma parte del grupo Mester de Narradores de la Academia Dominicana de la Lengua (ADL), de la que es miembro correspondiente, y cultiva el ideario interiorista del Ateneo Insular, del que es miembro titular. Sus libros tratan temas socioeconómicos y literarios. Participa creadoramente en los encuentros literarios del Ateneo Insular y en las actividades lingüísticas de la ADL en la capital dominicana, donde reside.
2. Bruno Rosario Candelier, Madrid, 1 de diciembre de 2004. Publicado en Miguel Solano, Ópera del cernícalo, Santo Domingo, AQI, 2004, p. 12.
3. Miguel Solano, Las lágrimas de mi papá, S. Domingo, AQI, 2005, p. 50.
4. Miguel Solano, Las lágrimas de mi papá, p. 33.
5. Miguel Solano, Memorias del alma, Santo Domingo, Cocolo, 2002, p. 11.
6. Miguel Solano, Memorias del alma, p. 77.
7. Miguel Solano, Sinfonía del águila, S. Domingo, AQI, 2006, pp. 75-76.
8. Miguel Solano, La sagrada familia, Santo Domingo, AQI, 2006, p. 112.
9. Miguel Solano, El culpable, Santo Domingo, AQI, 2004, p. 39.
10. Miguel Solano, Desafío en la década del alma, S. D., Cocolo, 1999, p. 38.

11. Miguel Solano, La sagrada familia, p. 84.

12. Miguel Solano, La sagrada familia, p. 121.

13. Miguel Solano, La imaginación infantil, S. Domingo, AQI, 2006, p. 41.

14. Miguel Solano, Explorando la imaginación infantil, p. 43.

15. Miguel Solano, Sinfonía del águila, p. 55.

16. Miguel Solano, Sinfonía del águila, p. 22.

17. Miguel Solano, Desafío en la década del alma, p. 20.

18. Miguel Solano, Ópera del cernícalo, p. 38.

19. Miguel Solano, Ópera del cernícalo, p. 43.

20. Miguel Solano, Ópera del cernícalo, p. 56.

21. Miguel Solano, Sinfonía del águila, pp. 87-88.

22. Miguel Solano, Desafío en la década del alma, p. 24.