Dimensión estética y mística en la poesía de Jit M. Castillo

Por Camelia Michel

   Un saludo deferente a quienes integran la mesa de honor, y a todos y cada uno de ustedes que nos acompañan en tan significativa ocasión.

Luego de haber sorprendido nuestro mundo literario en el 2012, con una novela rica en recursos vanguardistas, el escritor y sacerdote Jit Manuel Castillo nos presenta su nueva propuesta literaria: el poemario En la voz del silencio[1], cuyo nacimiento celebramos hoy en el recinto de esta benemérita Academia Dominicana de la Lengua.

Atrapado en su búsqueda del misterio, el religioso no ceja. Con esta obra se lanza a la parte más profunda de su camino literario: la poesía mística, en la que despliega un renovado vigor y ternura. Este fuego espiritual no nos sorprende, porque en sus anteriores trabajos él muestra una parte importante de ese camino interior: en su novela Apócrifo de Judas Iscariote se esfuerza por encontrar nuevos senderos para abordar los temas bíblicos.

A principios de año publica, además, un estudio sobre un tema que lo preocupa y motiva, no sólo a investigar, sino a vivir una vida de servicio plena y sincera: la interculturalidad y la evangelización, titulado La Interculturalidad, un nuevo paradigma de evangelización para un mundo postmoderno, plural y multiétnico. Hay que enfatizar que Jit Manuel Castillo de la Cruz es dueño de una vocación espiritual y religiosa integral, en la que la expresión poético-literaria es complemento de una vida de entrega a los más necesitados.

Perteneciente a la orden franciscana, con una sólida formación intelectual versada en temas y teoría teológica y literaria, su labor en beneficio de las comunidades en que trabaja y su vida de oración se combinan sabiamente con la vocación de aeda y escritor. En Jit Manuel Castillo se unen, pues, dos impulsos que lo inducen a la lírica mística: el poético y el religioso.

El lenguaje poético de Jit Manuel Castillo

La dimensión estética en la poesía de Jit Manuel Castillo debe ser descubierta paso a paso. Debemos atarnos las sandalias si queremos recorrer su ruta. Hay que prestar atención y guardar silencio, pues su camino poético puede ser engañoso y hasta sumergirnos en una trampa, debido a que el universo en que su voz se pasea, apacible y solitaria, llega vestido con un ropaje literario de sobriedad y equilibrio, vertebrado por textos breves, sencillos en apariencia; casi con la limpieza y economía de palabras que vemos en poetas y sabios orientales, para luego asestarnos el zarpazo de la desazón, del deseo vigoroso, de la angustia que doblega, provoca y nos marca con un aro de fuego y un lanzallamas terrible. Es que su camino literario no es más que el ropaje que embellece la búsqueda quizás aterradora de lo divino; aquello que supera y destruye nuestros límites y fragilidades, para dejarnos atisbar lo eterno.

Es importante destacar que en su poemario En la voz del silencio puede captarse el llamado de la divinidad, que se vuelca en todas las formas de inspiración posibles: por momentos delirante, como la describe Platón; por momentos como una especie de soplo, a semejanza de los episodios bíblicos; y sobre todo, receptivo a, y lleno del misterio que surge de la otredad, como la concibe Octavio Paz. Es, sobre todo, una búsqueda silente de lo otro, de la divinidad, que unas veces parece eludirlo, y otras, se hace una con el hablante poético.

Los textos plasmados en el poemario En la voz del silencio, logran expresar imágenes comedidas y nada rebuscadas, en versos libres y breves. Su decir poético hace un énfasis de mucha intensidad en algunos casos, aunque sin exabruptos ni expresiones desbordadas o delirantes. En esa economía, sin embargo, la pasión crece y martillea hasta llevarlo a dialogar con el amado, con el buscado e innombrable Señor de la Trascendencia y aquí se produce el milagro: donde la metáfora explaya su belleza en lo leve y sutil, la voluntad de infinito incendia el espacio, abriendo el canal para la flama mística.

Jit Manuel Castillo es un buscador dispuesto a la lucha. Él corre tras el Cristo y espera su presencia en lo inmanente y clama por el Padre, quien pudo dividirse en el “todos”, y a cuyo vacío se inclinan los seres. El Padre, por quien sacrificó Jesús el divino cuerpo, en aras de salvar las almas que caminan por el mundo.

Y así describe este poeta su periplo, en el poema titulado Viaje al abismo:

“Quemo las naves de moradas y certezas

En un éxodo irreversible

Hacia el caleidoscopio de la sombra.

Viajo al abismo sin forma

Cual temblorosa onda de luz

Itinerante en el tiempo”.[2]

   Las metáforas de Jit Manuel reflejan los estados de conciencia que van apareciendo en la medida en que el poeta y orante avanza, o incluso retrocede, en su búsqueda hacia lo divino. Sus imágenes se nutren otras veces de elementos de la naturaleza, especialmente del fuego y el agua. Esta preferencia se explica por el gran simbolismo que tienen en la espiritualidad la llama, como canal de iluminación, y el agua, que expresa los cambiantes estados de ánimo o de conciencia.

Pero hay un elemento recurrente: la búsqueda del silencio. No del silencio físico, sino del interior: ése que nos permite echarnos a los pies de la divinidad sin siquiera  formular pensamientos. Crear el espacio para que el silencio deje escuchar su voz, es, pues, el objetivo patente de este poemario.

Pero aquí se nos presenta la sensación de que esta paradoja podría no resolverse, porque ¿cómo podríamos hacer para que “suene” el silencio? ¿y para qué habría de sonar, si lo que deseamos es, justamente, dar un cierre a la palabra? Leamos, en el poema La totalidad de las palabras

“Gustar la PALABRA

en el silencio de todas las lenguas.

Aquélla que ni se pronuncia ni se escribe.

La que balbucea el MISTERIO

y lo hace presente”[3].

   Estas inquietudes se van sugiriendo a medida que  avanzamos en el poemario. Pero nadie nos da las respuestas. Cada buscador tiene que trazar su ruta hacia el conocimiento.

Mientras tanto, volvamos a En la voz del silencio como breviario de palabras y recursos literarios. Allí se encuentran la búsqueda ontológica de su autor y la pesquisa desde el lenguaje literario y la técnica poética. En algunos instantes, Jit Manuel Castillo nos lucirá un escritor hermético, en otros, nos hablará de manera diáfana:

Preguntas previas

¿Qué será de mí

Cuando seamos UNO en un abrazo transfinito?

¿Acaso, ya no sería yo

ni tú Aquél a quien tanto amo?”[4]

   Al igual que los poetas místicos de la tradición hispanoparlante, Jit Manuel Castillo se auxilia de las paradojas, del oxímoron, para crear nuevos y más complejos significados, con los que supera los pares de opuestos y trasciende a lo unitario.

Separadas venturas de una misma noche

Seres desnudos

Despojos de un medio día de amor.

Nocturno silente:

remeda un grito sin cuerdas vocales”[5].

   El filósofo español José Ortega y Gasset señala, en torno al lenguaje empleado por los hacedores de poesía mística, que: “El clásico del lenguaje, el místico, se hace especialista del silencio”. Otra paradoja es que un libro plasmado para exaltar el silencio, en gran parte se sustente del diálogo con el Gran Otro, el buscado, y con otros buscadores y escritores místicos, con cuyos escritos hace un ejercicio de intertextualidad, lo que destaca la gran poeta y ensayista puertorriqueña, Lucy López Baralt, en el prólogo de En la voz del silencio.

Finalmente quiero destacar que la poesía de Jit Manuel Castillo es, sin duda, una forma personal de orar: la forma más sublime de poesía. A nosotros nos toca acompañar a este poeta y abrir nuestro ser a la palabra desde sus páginas.

Santo Domingo, 15 de septiembre, 2017

Academia Dominicana de la Lengua

 

[1] Jit Manuel Castillo de la Cruz, En la voz del silencio, Editorial Mandala, Madrid 2017.

[2] Pág. 87

[3] Pág. 21

[4] Pág. 37

[5] Pág. 48

 

Tras la gestación del poeta En la voz del silencio

Fray Jit Manuel Castillo de la Cruz

 

Silencio antes de nacer

silencio después de morir

vivir anhelante entre dos silencios.[1]

 

Con estos versos de Hirma Contreras apuntalo que mi empeño por vivir entre el silencio que antecedió a mi nacimiento y el que precederá a mi muerte, es un parto a destiempo que está preñado de voces, lo mismo que estas palabras mías, que llevan por título “Tras la gestación del poeta En la voz del silencio”, en las que irónicamente ―para mi sorpresa y la de muchos de ustedes ―, he tenido que hablar tanto para referirme al Silencio.

La madrugada del 15 de julio de 2016, fiesta de san Buenaventura de Bagnoregio, desperté con esta lapidaria sentencia resonado en mis adentros: “Lo que es posible decir en absoluto puede decirse con claridad: y de lo que no puede hablarse, sobre ello hay que guardar silencio”.[2] Al levantarme, recordé que son de Wittgenstein y que se han repetido hasta la saciedad en los círculos intelectuales más variados, como el germen de un velado agnosticismo. En mí, por el contrario, retumbaban cual imperativo categórico como la búsqueda de aquello que se esconde en las palabras. Así las evoca Franklin Mieses Burgos en su poema “Canción dialogada por voces en el viento”: “―Ya te he dicho mil veces / que no quiero palabras; / hay algo más en ellas… / ―¿Quieres decir canciones? / ¿Voces estremecidas? ―Yo pienso que son tales, / aún cuando ellas no tengan / ese temblor sublime / que es propio de las alas”.[3]

El poemario En la voz del silencio, que esta noche sale a la luz, es mi intento ―fracasado en su raíz, como se lamentaba san Agustín de Hipona― por balbucir en mi limitado lenguaje una experiencia que ha trascendido todas mis limitaciones. Puro don inmerecido al que, sin embargo, todos estamos llamados. Pues la fuente en la que he saciado todas mis ansias sigue ahí para quien en ella desee abrevar su más honda sed.

La voz que aquella madrugada retumbó en mi interior ―por calificarla de algún modo―, no era otra cosa que el gozoso preludio de un arduo trabajo que había llegado a su fin: la purificación de mi ser En la voz del silencio.[4] Lo cual me colocaba ante otro desafío: el de garabatear, ahora en prosa, esas otras realidades a las que también alude Wittgenstein en su Tractatus lógico-philosophicus, cuando nos conmina a desvelar lo indecible: “Hay, en todo caso, cosas inexpresables. Es algo que se muestra; es lo místico”,[5] y a hacerlo, por los senderos intransitados que él mismo denominó “los intersticios del lenguaje”, los laberintos que atravesamos para dejar atrás los lugares comunes, de modo que afloren en nuestro ser los inéditos versos de un genuino poetizar. Esto es, descubrir que lo que nos hace poetas, quizás no otra cosa que este esfuerzo persistente por expresar aquello sobre lo que deberíamos callarnos. Porque como formula Emilio Adolfo Westphalen: “Tal vez sea este empeño por obligar a las palabras a que digan lo que no estaban hechas para decir ―el único elemento común― el parentesco que se establece entre los miembros de la hermandad poética”.[6]

La vida me ha ido enseñando que esto es posible si entramos en un tipo de silencio en el que se incuba una palabra nueva, aquella que es nuestra razón de ser en el mundo, la que solo nosotros podemos proferir. Dado que únicamente luego de este acallamiento interior podemos gustar la verdad de cuanto somos y de cuanto es el otro, prerrequisitos para abrirnos a una auténtica relación con nosotros mismos, con los demás y con Dios. Con razón, quienes conocieron de cerca a Julia de Burgos, nos cuentan que esta no establecía una amistad profunda con quien no fuese capaz de compartir con ella dos horas de silencio. Y es que el silencio del que hablamos no es el que nos lleva a huir del mundo, “sino a transfigurarlo, que es algo más que redimirlo: es resucitarlo”, como bien nos sugiere Raimon Panikkar.[7] Así entendido, este acallamiento es más que la ausencia de fonemas, es “una sensación positiva”, que nos permite sentir el palpitar de la vida en su centro, para expresarlo en los mismos términos que Simone Weil cuando afirma: “Entonces, la infinitud del espacio ordinario de la percepción es reemplazada por una infinitud a la segunda o tercera potencia. Al mismo tiempo, esa infinitud de infinitud se llena por entero de silencio, un silencio que no es ausencia de sonido, sino el objeto de una sensación positiva, más positiva que la de un sonido”.[8]

En mi práctica personal del silencio, he llegado a gustar con bastante claridad y lucidez, esa primera, segunda y tercera potencia de la que nos habla Simone Weil. La primera la he identificado como un silencio físico o material, la segunda como un silencio interior o sagrado y la tercera como un silencio absoluto o relacional.

El silencio físico o material que he experimentado, es el que nos aparta de los ruidos externos. Es aquello a lo que en el Zen llaman el Za-zen, la práctica del silencio sentado o en la quietud, que en mi caso no es otra cosa que la vivencia de cuanto la tradición judeocristiana nos aconseja en el siguiente salmo: “Comuníquense con su propio corazón sobre el lecho y guarden silencio” (Sal 4, 5).

El silencio interior o sagrado al que he accedido, consiste en acallar nuestras voces internas para serenar el alma. En el budismo lo denominan Samu-angya. Es el silencio que se ejercita en el movimiento y en el trabajo como aprendizaje de la escucha. Para mí, este ha sido un recogerme interiormente para aguardar en el Señor, como vislumbramos en el salmista que se dice a sí mismo: “Solo a Dios espera en silencio, alma mía, pues de Él proviene tu esperanza” (Sal 62, 6).

El silencio absoluto o relacional lo he intuido como manifestación de todo cuanto somos y hacemos, porque es comunión de nuestro corazón humano con el corazón de Dios y con el corazón del cosmos. A este silencio, los budistas lo nombran como el San-zen, es la vivencia del silencio en la vida, en el encuentro con los demás y en el diálogo con ellos.[9] En la experiencia de Elías, lo descubrimos como un silencio habitado; pues, luego de acallar sus furias externas y su ira interior, Elías consigue escuchar a Dios como el sonido del silencio: “Y después del fuego, Elías escuchó el sonido del silencio (qôl demamâ) y he aquí que la voz vino sobre él” (Re 19, 13).

En múltiples sentidos estos poemas que comparto En la voz del silencio fueron esculpidos en el crisol de estas tres estancias del silencio y son el eco de aquello que resuena en cada una de ellas. El primero y más obvio, es que estos versos son un regalo de Dios, que brota del silenciamiento a todo ruido exterior, durante meses de soledad en el Bosque del Pueblo, en Adjuntas, Puerto Rico, y en el Monte de oración, en Moca, República Dominicana. El segundo, un tanto más sutil, es que los fui puliendo en el mutismo de innumerables vigilias nocturnas, como quien cual Michelangelo Bonarroti, despoja al bloque que esculpe ―la propia vida― de todo cuanto le sobra para revelar la obra de arte que se esconde en sus entrañas. El tercero, que fácilmente nos podría pasar inadvertido, es que estos poemas nacieron del acallamiento que he cultivado en la oración y en la vida, como un ejercicio continuo de diálogo con Dios, con los demás y con la creación, en el que mi propio ser se ha ido transfigurando.

No es casualidad que en mi profesión solemne escogiese como primera lectura el texto en el que el profeta Isaías rememora el inicio de su vocación: “Entonces uno de los serafines voló hacia mí. En su mano llevaba un carbón encendido, lo había tomado del altar con unas tenazas. Con este carbón tocó mi boca, y dijo: «Con este carbón he tocado tus labios, para remover tu culpa y perdonar tu pecado»”. (Is 1, 6). Y es que, así como el serafín purificó los labios de Isaías con una braza en llamas, yo evoco el toque de Dios como un silencio incandescente ardiendo en mi corazón. Es que mi vocación ―que yo llamaría profético-poética― ha acontecido en parámetros muy similares a los apuntalados por Martin Heidegger, cuando nos recuerda que: “La llamada carece de toda expresión vocal. No se manifiesta de ningún modo en palabras ―y a pesar de ello no es en absoluto oscura ni indefinida―. La conciencia habla única y constantemente en la modalidad del silencio”.[10]

Esta llamada me ha permitido sentir en carne viva, aunque más allá de la carne ―como asegura san Pablo en su Segunda carta a los Corintios (12, 2)―, que Dios es el silencio absoluto. Lo que me ha llevado a cuestionarme, ¿si el silencio no es el auténtico nombre de la palabra de Dios experimentada por el místico? Porque como tan atinadamente nos advierte san Agustín de Hipona: “Tal vez el silencio fuera el único homenaje que el entendimiento podría dar a lo inefable; pues si algo puede expresarse con palabras, ya no es inefable. Y Dios es inefable”.[11] Esta es la misma experiencia que declara san Juan de la Cruz cuando celebra “la noche sosegada / en par de los levantes de la aurora, / la música callada, la soledad sonora, / la cena que recrea y enamora”;[12] la que balbuce Angelus Silesius cuando en su poema “Dios habla lo menos posible” nos confiesa que: “Sin tiempo y sin lugar, nadie habla menos que Dios: / Desde toda la eternidad, pronuncia una sola Palabra”.[13] De igual forma la intuyó José Saramago en su Cuadernos de Lanzarote I [1993-1995] al declarar: “Dios es el silencio del universo y el hombre es el grito que da sentido a ese silencio”.[14]

Ahora bien, quien percibe a Dios de este modo siente la urgencia de “convertir el habla en silencio”,[15] que según el rabino Israel Baal Shem Tov (1700-1760) es la finalidad última de toda auténtica plegaria; se debate con la intensidad angustiosa con la que nuestra amada Luce López-Baralt se lo pregunta al mismo Creador: “¿Cómo me las arreglo para gritar tu nombre en silencio?”[16] No obstante, lo mismo que ella, tenemos la plena certeza de que “aunque llorara diamantes no podría (mos) decirlo”.[17] Esta conciencia es la que nos obliga a transitar por los senderos de “los cantos sin palabras”, por los que tan libremente se desplaza el poeta Luis Palés Matos, tras atravesar la “Puerta al viento en tres voces” para encontrarse con su amada más allá y más acá de las palabras entre la música, la poesía y el canto:

Es el silencio tan cercano al grito / que recorre las noches estrelladas / y mas lo vemos que lo oímos / y casi le palpamos la sustancia… / ¿Qué lenguaje te encuentra con qué idioma / (ojo inmóvil, voz muda, mano laxa) / podré yo asirte, columbrar tu imagen, / la imagen de tu imagen reflejada, / muy allá de la música-poesía, / muy atrás de los cantos sin palabras?[18]

Para quienes así lo hemos experimentado, Dios es mucho más que un concepto, que una idea, que un personaje, Dios es un Tú con el que nos relacionamos. Nos sabemos uno con Él y con el cosmos. En el corazón de esta íntima relación, percibimos la gran necesidad que tienen los seres humanos y el mundo de este testimonio, para que ya no andemos tan extraviados, tan alejados de nuestro centro. Nos sentimos subyugados ante esa voz que nos ordena en el silencio que debemos decir cuánto estamos viviendo; conscientes de que el lenguaje nos es insuficiente para expresarlo y que permanecer callado también nos es imposible. Todo sucediendo simultáneamente en nuestro interior y en conexión con el Todo. Es participación en una vivencia que está más allá de los dualismos yo-tú, energía-materia, palabra-silencio, porque como nos advierte Óscar Pujols, experimentamos que: “El silencio y la palabra son, en cierta forma, las dos caras complementarias del absoluto”.[19] Porque ¿cómo existirían las palabras sin el silencio, o este sin las palabras?, ¿no es acaso el uno el interludio de las otras, y viceversa?

En esta hondura, que podemos llamar trans-consciente, coinciden la experiencia de la creación y la del lenguaje, la vivencia mística y el quehacer poético. En cuanto a la equivalencia entre creación y lenguaje, se nos revela aquello que concibe el alfabeto sánscrito y la cosmovisión que lo sustenta, según la cual existe un silencio primordial, que corresponde al vacío de la creación. Este emite una vibración que es la resonancia suprema, que se condensa en un punto sonoro, una gota de sonido fónico, pero que contiene en sí toda la potencialidad del lenguaje y de la creación.[20] Así mismo, en este plano también comulgan la vivencia mística y el quehacer poético. Porque como constata Jacques Maritain: “La experiencia poética y la experiencia mística nacen cerca una de otra, y cerca del centro del alma, en los vivientes manantiales de la vitalidad del espíritu, pre-conceptual o supra-conceptual”.[21]

A propósito de esto, los estudiosos del misticismo reconocen que este se enraíza en el silencio, como se desprende del hecho de que las diversas raíces de la palabra mística estén tan íntimamente ligadas al silencio. Por ejemplo, el término griego mystikós, alude a los misterios; su raíz myô, significa mantener el secreto; y el vocablo indoeuropeo mu, del que este se deriva, nos remite al “sonido” que se hace con los labios cerrados. Por lo que el místico (mystés) es aquel que ha sido iniciado en los misterios o se ha cultivado en la escuela del silencio. De ahí que, en términos lingüísticos, podamos sugerir la experiencia mística como un acto sintético de autorreflexión sin palabras, que se realiza en el espejo del propio ser. La cual, de acuerdo con Oscar Pujols, nos permite: “Percibir simultáneamente la cosa, la palabra, su significado, quién la habla y quién la escucha, el acto de comunicación y el silencio como fuerza bruta detrás del sonido de las palabras”.[22] Cuando esto nos ocurre, como sugiere Paul Fenton, “el habla transformada en silencio se (nos) convierte en luz, pensamiento, meditación y examen de conciencia”.[23]

Quien esto ha vivido, pasa de “la palabra hablada” a “la palabra hablante”, como planteaba Merleau Ponty. Esto es, se retrotrae al silencio primigenio, que es anterior al sonido de la palabra, para que de su interior brote una voz que es transformadora de su propio ser y de la palabra misma.[24] Este acontecimiento, despierta en nosotros a la vez al maestro y al poeta, porque nos permite liberar el lenguaje del propio lenguaje, posibilitando no solo que seamos creativos, sino que seamos creadores: anfibio que deambula entre el silencio del ser y el hablar de la nada; alquimia del acallamiento que nos torna en la Palabra, con mayúscula, por la que de hablantes pasamos a ser el habla misma, es decir, la realidad última que se expresa sin la intervención de nuestro ego.

Entonces asistimos a la gestación del poeta, a nuestro propio nacimiento, que nos torna en “el hijo amante”, del que hablara María Zambrano, que “une en un ilimitado amor, el amor filial, con el enamoramiento”,[25] porque como un hijo se preocupa por su origen, por lo que es y le ha sido dado; pero que como un amante, lo vive con la pasión y la locura de quien se ha dejado seducir por la poesía, a la que la misma María Zambrano reconoce como “un abrirse del ser hacia dentro y hacia afuera al mismo tiempo, un oír en el silencio y un ver en la oscuridad”.[26]

Quisiera ilustrar este proceso que se me ha regalado con una historia del budismo zen, que retrata lo que sucede en la tercera potencia del silencio a la que antes hice referencia. Es una metáfora de cuanto acontece en nuestro interior en este tránsito espiritual: Cuenta la leyenda que un monje acudió donde el maestro Hui-nen porque quería ser su discípulo. Luego de hacerle la pertinente reverencia, el maestro le preguntó: «¿Quién eres realmente tú, que así has venido hasta mí?» Ante semejante cuestión, el discípulo se retiró avergonzado. Habían pasado unos tres años cuando este pudo regresar ante el maestro con su propia respuesta: «Ya una sola palabra sobre el yo no acierta a alcanzar al verdadero yo».[27]

En mi ser, la respuesta ha emergido más lentamente que en el corazón de este discípulo. Quizás por ser más lerdo que él me he tardado unos veinte años para articularla. Ha cristalizado En la voz del silencio, que ahora es pan consagrado en mis manos para ser compartido. Es el fruto de la eucaristía cósmica de la que nos habla Teilhard de Chardin:[28] concelebrada con miríadas de personas y acontecimientos sobre el altar del mundo, con las migajas de miles de gestos de amor y esperanza, que anticipan un nuevo cielo y una tierra nueva en los que Dios es Todo en todos. Entiendo que estos versos ya no me pertenecen. En gratuidad los he recibido de Dios, de la vida y de tantas personas, y así mismo los restituyo a Dios, al universo y a todos aquellos que se animen a comulgarlo.

A propósito de ello, al finalizar esta presentación, entregaremos unos pétalos de rosas. Aparentemente no son un gran regalo, pero constituyen una significativa muestra de mi amor por ustedes, pues, así como “la rosa es sin porqué, / (y) florece porque florece”, esas corolas contienen algo del aroma y la belleza que a mí se me ha dado en la experiencia de Dios y en la gestación de estos poemas. Cada pétalo que hoy les entrego, igual que cada verso que hoy les comparto y que cada mendrugo de pan que he consagrado, es una ofrenda en la que salgo de mí mismo a su encuentro. Con ello, además de restituir cuanto he recibido, los conmino a cultivar el anhelo del Absoluto que late en su interior, para que nuestras vidas arriben a su más hondo sentido.

No puedo terminar estas palabras sin expresar mi más profundo agradecimiento a mis familiares, especialmente a mi hermana Soriana Nelly Castillo, que tanto se desvive por mí; a la Dra. Luce López-Baralt, sacerdotisa y comadrona que ha posibilitado la gestación de este poemario y la del poeta que lo rubrica; a Fernando Cabal, director de Ediciones Mandala, que tan positivamente ha valorado esta obra; a fray Gerardo Antonio Vargas Cruz, por su amistad y por disponer de un espacio en su tan apretada agenda para dirigirnos la invocación a la Santísima Trinidad en este evento; a la Lic. Camelia Michel Díaz, por la hondura y seriedad con la que se ha adentrado en mi poemario; a don Bruno Rosario Candelier, presidente de la Academia Dominicana de la Lengua que, además de un motivador incansable de estos versos, ha posibilitado que presentásemos este libro en este prestigioso lugar; a la Dra. Nina Bruni, que ha tenido a bien desplazarse de tan lejos para deleitarnos con una presentación tan sublime como exquisita; al escritor Rafael Peralta Romero que, como maestro de ceremonia, ha sabido honrar la discreción a la que apunta nuestro poemario; a cada uno de los miembros del Movimiento Interiorista; a los integrantes del Taller literario del Norte, en Puerto Rico; a los frailes franciscanos, en especial a  Eddie Caro Morales y Wilson Franco Encarnación; a los postulantes, que tanto han afanado en esta actividad; a los hermanos de los diversos espacios (pastorales, académicos y sociales) con quienes me he ido forjando; y a quienes con tanto empeño y dedicación han organizado esta tan hermosa presentación de mi poemario (Ramona Santos García, Argentina Montero, Carmen Pura de Jesús, Sheyla Maldonado, Felícita,; al fotógrafo Antonio García, siempre tan disponible para servir; a las periodistas Riamny María Méndez y Jacqueline Pimentel. Finalmente, deseo manifestar mi gratitud y devoción a los cuatro ángeles que, en su singular generosidad, me han honrado con su amor y compañía en este itinerario espiritual: a la Dra. María de los Ángeles Mejía Pujols, a fray Ángel Darío Carrero Morales, a la hermana Santa Ángela Cabrera y a la escritora Ángela Hernández Núñez.

 

Fray Jit Manuel Castillo de la Cruz, OFM

Santo Domingo, 15 de septiembre de 2017

 

[1] Hirma Contreras, Entre dos silencios, Santuario, Santo Domingo, 2008, p. 9.

[2] Ludwig Wittgenstein, Tractatus lógico-philosophicus,

[3] Franklin Mieses Burgos, “Canción dialoga por voces en el viento”, en Obras completas, Sociedad Dominicana de Bibliófilos, Santo Domingo, 2000, p. 90-91.

[4] Dado que, sin que yo lo supiera, en esa misma alborada Luce López-Baralt dio los toques finales al prólogo de mi poemario.

[5] Ludwig Wittgenstein, Tractatus lógico-philosophicus, Op. Cit., p.

[6] Emilio Adolfo Westphalen, La Poesía, los poemas, los poetas, Universidad Iberoamericana, México 1995, p. 82.

[7] Raimon Panikkar, El mundanal silencio, Ediciones Martínez Roca, Barcelona 1999, p. 15.

[8] Simone Weil, A la espera de Dios, Trotta, Madrid 1993, p. 43.

[9] Cf. Shizuteru Ueda, “Silencio y habla en el budismo zen”, en Oscar Pujols y Amador Vega (Eds), Las palabras del silencio: el lenguaje de la ausencia en las distintas tradiciones místicas, Trotta, Madrid 2006, p. 14.

[10] Martin Heidegger, Sein und Zeit 56.

[11] San Agustín de Hipona, Sermón 117.

[12] San Juan de la Cruz, Cantico Espiritual 14.

[13] Angelus Silesius, El peregrino querúbico IV, 129, en edición de Lluís Dush Álvarez, Siruela, Madrid 2005, p. 176.

[14] José Saramago, Cuadernos de Lanzarote I [1993-1995], Turolelo, 2015. Recuperado en http://assets.espapdf.com/b/Jose%20Saramago/Cuadernos%20de%20Lanzarote%20I%20(1993-1995%20(4160)/Cuadernos%20de%20Lanzarote%20I%20(1993-%20-%20Jose%20Saramago.pdf

[15] Paul Fenton, “El silencio como modo de espiritualidad en la mística judía”, en Oscar Pujols y Amador Vega (Eds), Las palabras del silencio. Op. Cit., p. 46.

[16] Luce López-Baralt, Luz sobre luz, Trotta, Madrid, 2014, p. 95.

[17] Ibíd., p. 96.

[18] Luis Palés Matos, Puerta al tiempo en tres voces, 1998

[19] Óscar Pujols, “El simbolismo del alfabeto sánscrito”, en Oscar Pujols y Amador Vega (Eds), Las palabras del silencio. Op. Cit., p. 67.

[20] Cf. Ibídem.

[21] Jacques Maritain, La intuición creadora en el arte y la poesía. Kamleshdutta Tripathi, “De lo sensible a lo suprasensible: estética india tradicional: conceptos clave de rasa, dhvani y bhâva-anukirtana”, en Oscar Pujols y Amador Vega (Eds), Las palabras del silencio. Op. Cit., p. 90.

[22] Oscar Pujols y Amador Vega (Eds), Las palabras del silencio…, Op. Cit., p. 9.

[23] Paul Fenton, “El silencio como modo de espiritualidad en la mística judía”, en Oscar Pujols y Amador Vega (Eds), Las palabras del silencio…, Op. Cit.,, p. 42. En paréntesis es nuestro para hacer más coherente la oración.

[24] Cf. Shizuteru Ueda, “Silencio y habla en el budismo zen”, en Oscar Pujols y Amador Vega (Eds), Las palabras del silencio…, Op. Cit., p. 19-20.

[25] María Zambrano, Filosofía y poesía, Fondo de Cultura Económica, México 1996, p. 106.

[26] Ibíd., p. 110.

[27] Cf. Shizuteru Ueda, “Silencio y habla en el budismo zen”, en Oscar Pujols y Amador Vega (Eds), Las palabras del silencio…, Op. Cit., p. 35.

[28] Cf. Teilhard de Chardin, El medio divino. Ensayo de vida interior, Taurus, Madrid 1959.

Labor de promoción de la Academia Dominicana de la Lengua

Por Juan Ventura

Miembro correspondiente de la ADL

 

La Academia Dominicana de la Lengua quedó instalada en el Palacio Arzobispal de Santo Domingo el 12 de octubre de 1927, siendo sus doce miembros fundadores connotadas figuras de la intelectualidad dominicana, encabezada por Mons. Adolfo Alejandro Nouel Bobadilla. Esta institución fue reconocida por la Real Academia Española, el 31 de diciembre de 1932 y sus miembros de número son reconocidos como miembros correspondientes de la Corporación de Madrid. Esta institución forma parte de la Asociación de Academias de la Lengua Española, desde el 28 de julio de 1960. El lema de la Academia Dominicana de la Lengua es “La Lengua es la Patria”.

El primer Presidente fue Monseñor Nouel, de 1927 a 1937. Los demás han sido Cayetano Armando Rodríguez, de 1937 a 1940; Juan Tomás Mejía Soliere, de 1940 a 1961; Fabio A. Mota, de 1961 a 1975; Carlos Federico Pérez, de 1975 a 1984; Mariano Lebrón Saviñón, de 1984 a 2002; y, Bruno Rosario Candelier, de 2002 hasta ahora. Después de la llegada del connotado filólogo, ensayista, crítico literario, novelista y promotor cultural, Dr. Bruno Rosario Candelier, las puertas de la ADL han sido abiertas de par en par para recibir a nuevos miembros de número y miembros correspondientes. Y la ADL se ha abierto a la comunidad nacional, tanto en la Capital como en el interior del país, con numerosas actividades lingüísticas y literarias.

Bajo la dirección del Dr. Bruno Rosario Candelier esta institución se ha proyectado en el ámbito nacional e internacional mediante charlas, conferencias, seminarios, coloquios, conversatorios, tertulias, recitales poéticos, así como informes lingüísticos, gramaticales y lexicográficos a la Real Academia Española. También se han publicado libros, boletines y diccionarios. En todos los proyectos de la RAE y de la ASALE, la ADL ha estado colaborando en la confección de los códigos lexicográficos, gramaticales, fonéticos y ortográficos de nuestra lengua. El último ha sido la 23ª. edición del Diccionario de la lengua española con motivo del 300 aniversario de la institución académica.

La publicación del Diccionario del español dominicano constituyó un hito en el campo lexicográfico dominicano. Asimismo el Diccionario fraseológico del español dominicano y otros diccionarios de la ADL. Para sus ediciones, esta institución recibe el apoyo entusiasta de la Fundación Guzmán Ariza pro Academia Dominicana de la Lengua, presidida por el jurista, lingüista y académico Lic. Fabio Guzmán Ariza.

Actualmente su Junta Directiva es la siguiente: Bruno Rosario Candelier, director; Federico Henríquez Gratereaux, subdirector; José Enrique García, secretario; Manuel Núñez, tesorero; Manuel Matos Moquete, bibliotecario; Franklin Domínguez y S. E. R. Nicolás de Jesús Cardenal López Rodríguez, vocales, cuyo mandato fue recientemente renovado hasta octubre de 2020.

La Academia Dominicana de la Lengua publica su órgano de difusión: el Boletín. Se han publicado 32 números. Dice el Dr. Bruno Rosario Candelier: “Con esta labor intelectual a favor del estudio de nuestra lengua y el cultivo de las letras, esta corporación continúa impulsando el legado lingüístico y cultural de la lengua española en América mediante el trabajo permanente, intenso y entusiasta, que realiza la actual directiva con el apoyo de valiosos colaboradores de la institución” (Boletín no. 30, 2014, p. 242).

Laboratorio del lenguaje

Por Sélvido Candelaria

Miembro correspondiente de la ADL

 

A través de un enlace compartido en mi muro de Facebook, me he enterado de dos artículos publicados sobre las elecciones en la Academia Dominicana de la Lengua. Dos artículos que, a toda persona con conciencia, deben inspirar pena y vergüenza. Pena por las retorcidas almas de quienes los han prohijado, y vergüenza al ver el embotamiento de la sensibilidad a que llegan humanos taladrados por sus incompetencias o frustraciones.

Al doctor Bruno Rosario Candelier lo conozco desde el año 2005. Al ser humano, no creo que pueda ser perfecto. Lo que sí me consta es que no existe otro intelectual, en la actualidad, que se haya dedicado a la promoción y el desarrollo de las actividades literarias en este país (y posiblemente en el Continente americano), como él. Los últimos 25 años de su trajinar, mes tras mes, por todos los confines del país y parte de Hispanoamérica y España, así lo demuestran. Los cientos de escritores que en algún momento de sus carreras han buscado y obtenido sus orientaciones técnicas, lo confirman. Entonces no puede uno permanecer impertérrito ante acusaciones tramadas con toda la mala fe del mundo y expuestas con la mayor sevicia.

En uno de los artículos se dice “Los doctores Diógenes Céspedes y Andrés L. Mateo denunciaron que el filólogo y literato Bruno Rosario Candelier introduce personas a la academia a las cuales luego de otorgarles beneficios les exige apoyo para que su gestión se mantenga”. El solo hecho de que entre los últimos miembros de la ADL (motivados por su director y elegidos por el sufragio mayoritario de los miembros) se encuentren Odalís Pérez, Tony Raful, Manuel Matos Moquete y José Miguel Soto Jiménez, lo que es suficiente para desmentir esa vacuidad.

Otro desacertado párrafo de ese artículo cita a Diógenes Céspedes, quien en su turbio  modo de expresarse parece más bien alguien formado en el chismoteo, al decir: “Nosotros enfrentamos el continuismo de Bruno Rosario Candelier. Él llevaba en cada elección en unos sobres los votos de los académicos que había nombrado y con ellos nadie podía ganarle, y así se ha mantenido”. Esto es un grave dislate porque, en la Academia, sea por conciencia, inercia o agradecimiento, se vota de acuerdo a como está establecido en los estatutos: de forma personal o por medio de una carta firmada por el sufragante. Y ambas formas son legales estaban establecidas en los Estatutos de la Academia antes de don Bruno ser director de esa corporación.

Y aquí caemos en el segmento donde se denuncia como una trama infernal el que en la ADL se haga votar a los muertos. Es fácilmente comprobable que la carta donde Rubén Suro vota por don Bruno fue hecha antes de su muerte. Solo hay que ir a los archivos. Pero vivimos en la época de la “postverdad”, y mentir, si se propaga adecuadamente, deja sus réditos. Por ello se insiste en retorcimientos como el que sigue: “En todos los boletines de la academia Bruno Rosario ocupa casi el 60 por ciento de todo lo que se produce y se escribe allí…y eso está para que se publiquen los artículos relacionados con las investigaciones con respecto a la literatura”. Total falacia y malintencionada inferencia. En el último Boletín publicado bajo la dirección del Dr. Mariano Lebrón Saviñón, el número 16, de marzo de 1993, aparecen 9 artículos de fondo y 4 de ellos los calza el director Lebrón Saviñón. En el Boletín número 31, de 2016, aparecen 22 artículos de fondo y solo dos son de la autoría del Dr. Bruno Rosario Candelier.

En los doce años que tengo interactuando con don Bruno Rosario Candelier hemos tenido diferencia de criterios. He llegado hasta a cuestionar algunos de sus planteamientos, pero nunca he sentido de su parte alguna retaliación o resentimiento. Siempre lo he hecho enmarcado dentro del respeto que merece una persona entregada por completo a la noble causa del amor por las letras y el crecimiento intelectual de sus congéneres. Estas palabras buscan solo eso para este hombre: respeto. Si no a su forma de pensar o a sus lineamientos estéticos, a su persona y su obra, que no puede ser borrada por amargados ni resentidos que, en vez de sacar sus teas para alumbrarles el camino a otros, pretenden apagar las pocas que se atreven a desafiar la noche, para después, ellos medrar tranquilamente en la oscuridad.

La ADL tiene 90 años de fundada y durante ese periodo solo ha tenido 7 directores. Lo normal entre los directores ha sido que sólo la muerte o el impedimento físico interrumpen sus funciones. Mariano Lebrón Saviñón dirigió la Academia durante 18 años y, por sus limitaciones de salud, fue relevado en el 2002 por el actual director. Entonces, si la tradición en la ADL es la reelección de sus directores, ¿por qué viene tanta alharaca?

Antes de que a algún fabulador se le vaya a ocurrir incluirme entre los “beneficiarios” de la Academia de la Lengua, quiero manifestar que sí, que soy un beneficiario de ella. Y que me siento muy orgulloso de pagar el costo que conlleva recibir esos beneficios, circunscritos, única y exclusivamente, a la alimentación intelectual y espiritual, que recibo al participar en sus actividades, para lo cual debo trasladarme desde Miches a Santo Domingo bajo mi propio financiamiento. Pero, por lo menos, tengo la posibilidad de acceder a un círculo cultural que hasta hace unos años era coto cerrado. Y es aquí donde radica la diferencia entre la nueva ADL y la tradicional. Y es esto lo que parece molestarles a ciertos intelectuales elitistas. Debe hablarse de la Academia Dominicana de la Lengua, antes y después del 2002. En los quince años posteriores, la Academia ha publicado 16 boletines públicos y 180 boletines privados en cuya comunicación académica recogen las actividades. Hasta el año 2002, la ADL era un grupo exclusivo de 18 miembros de número, y los miembros correspondientes no existían, instancia creada por don Bruno. Otra más. Antes del referido año, la ADL sólo hacía eventuales reuniones y uno que otro acto en fechas especiales a los cuales se invitaba a un grupo muy selecto. Con Rosario Candelier, en su nueva política de hacer llegar sus actividades a la población, la ADL cuenta con los grupos Mester de Narradores y Juglares de la Academia, formados por escritores dominicanos que se trasladan a diferentes puntos del país a intercambiar experiencias con grupos literarios y el público en general. También se imparten talleres lingüísticos y literarios, conferencias, coloquios, seminarios, recitales en sus instalaciones, readecuadas para acoger al público en condiciones placenteras, abiertas a cualquier acto relacionado con sus funciones y objetivos. 

Comentario del poeta Leopoldo Minaya: “Estoy del lado de don Bruno Rosario Candelier. No creo que haya nadie que trabaje como él, ni que ame tanto las letras como él, ni que escriba como él, ni se dedique a los demás como él. Aquí nadie o casi nadie se interesa por las obras de los otros, salvo él; todos se endiosan ellos mismos, menos él”.

 

El aporte lexicográfico de la Academia

Por Camelia Michel

Miembro correspondiente de la ADL

 

La Academia Dominicana de la Lengua es una fragua de proyectos que apuntalan el uso y desarrollo del español dominicano. La institución asemeja un taller donde las ideas toman forma como la materia que modela un escultor cuando plasma su mejor efigie. Eso lo atestiguan las obras publicadas gracias al intenso trabajo que desarrollan Bruno Rosario Candelier y el equipo de trabajo que integra la comisión lexicográfica.

Aún estoy conmocionada por la capacidad para el denuesto y los insultos ruines y zafios contra Bruno Rosario Candelier y Manuel Núñez. Y aún estoy más sorprendida porque algunos de los peores epítetos que recibieron ambos provinieron de personas con suficiente nivel, tanto intelectual como académico, para expresar su inconformidad de forma decente. ¡Cuánta grosería, vulgaridad y bajeza! Y lo extraordinario es que gente llena de tanta mezquindad se sienta con calidad moral para decidir lo que es bueno o malo y, peor aún, para juzgar y descalificar la labor de toda una vida de quienes tienen una trayectoria sólida y beneficiosa para la sociedad como son los susodichos académicos.

Bruno Rosario Candelier no necesita cobijarse bajo las alas de la Academia Dominicana de la Lengua para ser quien es. Muy por el contrario, llegó a esa institución por sus méritos. Luces le sobran para tomar las iniciativas en su fructífera labor al frente de la ADL. De Manuel Núñez no necesito decir mucho, pues el respeto que le profeso no es de estos tiempos. Nuestra amistad data desde que ambos pasamos por los medios de comunicación, él, en calidad de articulista, y yo, en mi condición de reportera, y aunque muchos deseen restarle méritos, su labor enjundiosa y su versátil talento hablan por sí solos. Estoy segura de que mucha gente está de acuerdo conmigo y no lo dice. Los doctores Bruno Rosario Candelier y Manuel Núñez son también dos objetivos para algunas personas de nuestro país que se venden como muy “de avanzada” para resarcir sus propios demonios. Para citar uno solo de los aportes de Rosario Candelier desde la ADL basta citar su labor lexicográfica.

En  una época en la que parece disolverse el perfil identitario nacional con una confusión de paradigmas, el Diccionario del español dominicano presenta a un pueblo con una voz muy antigua, singular y, al mismo tiempo, actualizada. Entre los aportes fundamentales de la ADL al acervo cultural de nuestro país, el Diccionario del español dominicano, el Diccionario fraseológico y el Diccionario de símbolos asumen un rol de primer orden a favor de nuestro vocabulario y de nuestra cultura idiomática.

Para el director de la ADL, Dr. Bruno Rosario Candelier, acercarse al estudio o a la observación del español dominicano es una forma ideal de celebrar la dominicanidad. El intelectual dominicano exhorta de manera muy particular a los profesionales, maestros, estudiantes y a todos los nacionales preocupados por nuestra cultura a tener estos diccionarios como fuente de consulta permanente. Esos diccionarios tienen la particularidad de estar íntimamente vinculados al origen y la esencia del país. Consultarlos equivale a una travesía por más de 500 años de historia, en la que se conjugan palabras y frases con raíces heredadas de los aborígenes, del castellano arcaico y de hablantes llegados de África, en una primera etapa. Posteriormente el español dominicano va incorporando voces, locuciones y ses procedentes de diversas culturas antiguas y contemporáneas, correspondientes a los pueblos con los que el país ha tenido interacción. Los estudios de nuestros académicos confirman que una riquísima mezcla de lenguas y hechos históricos hicieron del idioma dominicano lo que es hoy en día, pero igual apuntan a que la impronta idiomática de este nuevo mundo que abre sus puertas en Santo Domingo, queda marcada en la lengua española. Como ejemplo, la palabra “canoa”, que designaba las embarcaciones indígenas y que es recogida por Cristóbal Colón en una de sus primeras comunicaciones, figura en el Vocabulario español latino de 1495 y el Tesoro de la lengua española, de Sebastián de Covarrubias, en 1611. Manuel Núñez señala que esta voz se impone en todos los textos de los cronistas de Indias, e igualmente sucede con las palabras “bohío” y “caney”, que designaban distintos tipos de viviendas de los pueblos precolombinos. Núñez Asencio advierte que los indigenismos de La Española se impusieron en otros territorios americanos: “Designaciones de utensilios, nombres de personas, de lugares, de animales y de plantas llenarán las páginas de los primeros historiógrafos de América” y también de los expedicionarios que acometieron la empresa de conquistar el Continente, tomando como punto de partida esta isla.

Por otro lado, el director de la ADL resalta el carácter histórico del español que se habla en República Dominicana. Señala que “es el más antiguo de América, por lo cual conserva voces arcaicas, como “dizque” (‘dicen que’), “trasuntarse” (‘parecerse a alguien’), “curcutear” (‘averiguar’), entre otros. En adición a los arcaísmos pueden citarse numerosas “creaciones léxicas” y “creaciones semánticas”, según explica Rosario Candelier, que reportan los términos “pariguayo”, “medalaganario”, “compinche” y otras palabras que son usuales en áreas rurales y urbanas, y que por mediación de la ADL figuran en el Diccionario de la lengua española y en el Diccionario de americanismos. Igualmente fueron tomados en cuenta usos que figuran en el lenguaje escrito y en la literatura dominicana. Explica que en la formación de una modalidad lingüística regional o local surgen dos tipos de expresiones nativas que son tomadas en cuenta: “Las creaciones léxicas, que entrañan la generación de nuevos vocablos en su escritura, como “chinchincito”; y las “creaciones semánticas”, como “lámina”, que en sentido dominicano alude a una mujer hermosa. Esta modalidad consiste en asignar “un nuevo significado a una palabra de la lengua, como “esperanza” (‘insecto de color verde’) o “china” (‘naranja dulce’)”, dice Rosario Candelier. Este diccionario es el primero en su especie realizado de manera colegiada por la ADL, con la participación de Bruno Rosario Candelier, María José Rincón, Fabio Guzmán Ariza y Roberto Guzmán, obra que llena una necesidad fundamental, en el que los dominicanos se encuentran reflejados en voces y frases comunes del país. El carácter didáctico de esta obra referencial de nuestro español se complementa con un estilo ameno, que lo hace de fácil consulta y lectura.

Rosario Candelier advierte que el DED es un diccionario que “toma en cuenta la realidad dialectal dominicana sin emitir juicio sobre su ‘corrección’. La preparación de este Diccionario supuso cinco años de trabajo en que participaron los miembros de la comisión lexicográfica de la ADL bajo la coordinación del Dr. Rosario Candelier.  En su fructífera trayectoria al frente de la ADL, don Bruno ha coordinado los proyectos de colaboración con la RAE: Diccionario de la lengua española, Diccionario panhispánico de dudas, Diccionario de americanismos, Gramática, Fonética y Ortografía de la lengua española.

Cuando le pregunté al doctor Bruno Rosario Candelier su opinión sobre los ataques de adversarios suyos, simplemente me respondió: “Indica que algo bueno hemos hecho, que los envidiosos y frustrados nos atacan”.

 

De horribles blasfemias de las academias

Por José Enrique García

Miembro de número de la ADL

 

   En la “Letanía de Nuestro Señor Don Quijote”, de Rubén Darío, leemos: “De tantas tristezas, de dolores tantos ⁄ de los superhombres de Nietzsche, de cantos ⁄ áfonos, recetas que firma un doctor, ⁄ de las epidemias, de horribles blasfemias ⁄ de las Academias, ¡líbranos, Señor!”

De horribles blasfemias, de las academias, líbranos, Señor, como tantos versos suyos, este saltó de lo hondamente culto y se insertó en lo popular. Así, cuando alguien, con desdén y malicia, quería adjudicarle el calificativo de retórico, atrasado, acabado, deficiente, acudía a este verso: “De las academias, líbranos, Señor”. Se entendía, de inmediato, que esta recriminación iba dirigida a la institución que albergaba a señores que se dedicaban al estudio y promoción de la lengua española. Ahora bien, Darío se refería al amplio ejercicio de la lengua propio del momento histórico. Luchaba contra la retórica establecida en todos los ámbitos en que se manifestaba la lengua. Y en esa lucha buscaba fundar otra retórica: “Yo percibo una forma que no encuentra mi estilo”, dice en Prosa profana y ratifica en Cantos de vida y esperanza: “Yo soy aquel que ayer no más decía ⁄ el verso azul y la canción profana”. Él, dentro de su propio mundo y de su propia retórica, lucha contra ella, procuraba el gesto nuevo dentro de estructuras establecidas. De modo que el verso, su contenido, no contiene una alusión privativa de las academias de la lengua; más bien, hacia el comportamiento general en cuanto al uso de la lengua y, específicamente, en lo referente a la retórica dominante en la literatura en el mundo hispánico, cuando se estaban produciendo sacudimientos en todas las formas del poetizar como consecuencia de la inauguración de una nueva época. Y dicho así, el señalamiento que, tradicionalmente se asumió y tal vez aún como algo despectivo queda en lo anecdótico y en la ocurrencia. Retórico somos todos, de alguna manera. Una retórica desplaza a la otra.

Hoy, tal vez como en ningún otro momento de la historia, las academias de la lengua constituyen verdaderos laboratorios del lenguaje. Y la nuestra, con sus limitaciones, en las últimas dos décadas ha ido adquiriendo esa naturaleza. Un hecho: asistimos en 2015, junto al Dr. Bruno Rosario Candelier, al XV Congreso de las Academias de la Lengua Española (ASALE) en México. En ese congreso pudimos percatarnos de varias realidades: 1. La expansión de la lengua española en el mundo es un hecho irreversible que tiene y tendrá influencias decisivas no solo en el ámbito de la reflexión lingüística, literaria y filosófica, sino en otros, como la política, la economía y la cultura. 2. Los escritores más importantes de los países que escriben en lengua española tienen asiento en las academias de la lengua. 3. En las academias se emplean las últimas tecnologías para dar a conocer los más avanzados estudios de la lengua. Ya no es posible realizar estudios diacrónicos sin el concurso de la computación. 4. Comprobamos que nuestra academia, dentro del concierto de las Academias Hispanoamericanas, ocupa un lugar de primer orden. Debemos a Bruno Rosario Candelier la inserción de la Academia Dominicana de la Lengua en la modernidad. 5. Ese sitial se debe al trabajo sistemático y permanente realizado en las últimas dos décadas, periodo dilatado, como todos los periodos desde su fundación, hecho que obedece a su naturaleza. Y cabe al Dr. Bruno Rosario Candelier, su Presidente, el crédito de ese trabajo, así como a los miembros de la institución que le hemos apoyado, de manera decisiva, consciente y voluntaria, en su reelección al frente de la ADL.

La conformación de comisiones lingüísticas y literarias de trabajo especializados que han elaborado los diferentes textos de la institución: Diccionario del español dominicano, Diccionario fraseológico, Diccionario de símbolos, Diccionario de mística y Diccionario de refranes, así como trabajos lexicográficos, gramaticales y ortográficos requeridos por la Real Academia Española para la elaboración del Diccionario de la lengua española, la Nueva gramática y la Ortografía de la lengua española, como otros documentos lingüísticos, ejemplarizan la labor de Bruno Rosario Candelier. Su vocación de servicio y su capacidad de trabajo creador fue lo que condujo a que la gran mayoría de los miembros de la Academia Dominicana de la Lengua ratificaran la continuación, mediante votaciones libérrimas, del Dr. Bruno Rosario Candelier al frente de nuestra corporación. Y por eso, con Rubén Darío, repetimos: “De las descalificaciones retóricas, de las blasfemias, de las epidemias, líbranos, Señor”.

La Academia dominicana y el estudio de la lengua

Por Rafael Peralta Romero

Miembro correspondiente de la ADL

 

La Academia Dominicana de la Lengua no es un centro de enseñanza donde acuden unos alumnos provistos de cuadernos y lápices a tomar clases, por ejemplo, de gramática. Como la Real Academia Española y las demás corporaciones de Hispanoamérica, Filipinas, África y Estados Unidos de América, la nuestra ejerce también un apostolado de  la palabra.

La enseñanza en el aula conduce al educando -niño o adolescente- al descubrimiento de esa herramienta tan esencial para los seres humanos que es la lengua. La Academia de la lengua, en cambio, ejerce un influjo que abarca al alumno, al maestro, a los padres y a los que ya dieron por terminado su ciclo de estudios formales. Ese magisterio se coloca muy encima de los parámetros del sistema educativo, porque pone a los individuos a descubrir en la lengua un manantial de recursos que proporcionan deleite espiritual y a la vez los encauza por la vía de ampliar su capacidad de entendimiento, además de descubrir la grandeza, y también privilegio, que representa un manejo adecuado de la lengua.

Para la ADL, respaldar el conocimiento de nuestra lengua constituye una responsabilidad. Responsabilidad asumida en libertad, como lo plantea el filósofo Fernando Savater: “Responsabilidad es saber que cada uno de mis actos me va construyendo, me va definiendo, me va inventando” (Ética para Amador, p. 82). La Academia cumple esta función por medio de coloquios, talleres, tertulias, conferencias, conversatorios y análisis de obras literarias o de contenido formativo en torno a la lengua y la literatura.

Todo apostolado implica hacer campaña en pro de una causa o doctrina. En sus salones, como fuera de ellos, y al  mismo tiempo por su página de consulta en la web, nuestra Academia esparce la normativa que le da consistencia al idioma español y las recomendaciones prácticas para su buen uso. Ese es el gran servicio de Fundéu Guzmán Ariza, con la asesoría de la Academia Dominicana de la Lengua. El punto clave es sembrar entre los dominicanos la provechosa simiente de la conciencia de la lengua, partiendo de la premisa de que la persona se posee a sí misma en la medida que posee su lengua. Así lo entiende la ADL cuando promueve  -y lo hace con buena frecuencia- actos destinados a insertar en los dominicanos el interés por un mejor empleo del español. La intención predominante en estos encuentros es la valoración y el aprecio por la lengua española y el compromiso que frente a la misma han de asumir los hablantes y los profesionales que se valen de ella como principal herramienta de trabajo. Es cuestión de ética mayormente para escritores, periodistas, comunicadores y educadores el conocer, e incluso enseñar, las normas gramaticales.

Nadie dude que el estudio de la lengua y el cultivo de la literatura faciliten desarrollar la energía interior de la conciencia. La idea de conciencia implica conocimiento, saber, reflexión. En su libro La conciencia del lenguaje, Bruno Rosario Candelier lo explica de esta manera: “Darse cuenta de lo que las cosas significan, de lo que hace el pensamiento y del proceso que realiza quien piensa y crea, es el rol de la conciencia cuyo ejercicio conlleva el concurso de la intuición, la memoria, la imaginación, la tradición y el  lenguaje” (La conciencia del lenguaje, p. 118).

La Academia Dominicana de la Lengua quiere, con sus actos, que los ciudadanos, particularmente quienes buscan el conocimiento del buen decir, entiendan que el lenguaje es, y tiene que ser, un asunto sustancial, de primera importancia para todo estudio, dado que es el vehículo indispensable para la expresión del pensamiento y un ente determinante para que los seres humanos aprehendan el mundo exterior y expresen su mundo interior. La conciencia de la lengua implica el desarrollo de una actitud reflexiva en torno de esta facultad humana que nos diferencia de los otros seres vivos. La adquisición de la lengua es un proceso social, que se torna tan natural que antes de los seis años un ser humano ha logrado un cúmulo de palabras que le permite expresar sus necesidades, sobre todo las biológicas. Pero el ser humano tiene necesidades de carácter espiritual, cuya satisfacción es clave para su vida de relación: vivir con los demás, enunciar pensamientos, divulgar sentimientos, manifestar sus preocupaciones y expresarse artísticamente. Es aquí donde hemos de caer en la cuenta de la importancia de cobrar conciencia de lo que es el idioma, porque más allá de la utilidad en la expresión de necesidades (pedir agua o comida, por ejemplo), tenemos que la lengua es el instrumento básico para revelar nuestro mundo interior y nuestras aptitudes. Aquí entra el rol de la ADLengua en nuestra cultura.

La Academia no solo estudia la lengua en forma abstracta, sino que también se ocupa del habla de los dominicanos y de los textos literarios, los cuales emplean para ilustrar, sobre todo en el área lexicográfica, los contenidos de las publicaciones académicas. La dominicana y las academias de los otros países hispanoparlantes forman con la de España, la Asociación de Academias de la Lengua Española, que es la autoridad que vela por el perfeccionamiento del español y que se expresa a través de las publicaciones  institucionales: Diccionario de la lengua española, Gramática, Ortografía y el Diccionario panhispánico de dudas. En su aporte lexicográfico a nuestros hablantes, la ADL ha publicado el Diccionario del español dominicano, el Diccionario fraseológico del español dominicano y el Diccionario de símbolos. Y labora en la confección de otros diccionarios.

La conciencia de lengua nos sitúa en un compromiso con nuestro idioma y nuestros hablantes, como una demostración de amor hacia nuestro sistema de comunicación y un respeto sobre la normativa ortográfica que despierta preocupación por los aspectos léxicos como la propiedad o aspectos sintácticos como la concordancia. Para el logro de esos objetivos trabaja la Academia Dominicana de la Lengua. En eso radica su apostolado.

La Academia Dominicana de la Lengua: centro de estudios del español dominicano

Por María José Rincón

Miembro de número de la ADL

 

En la Academia Dominicana de la Lengua, fundada en Santo Domingo, República Dominicana,  el 12 de octubre de 1927, conmemoramos este año el nonagésimo aniversario de su fundación, y continuaremos haciendo lo que sabemos hacer: fomentar el estudio y el buen uso de la lengua española.

Manuel Patín Maceo, miembro fundador de nuestra Academia, publicó uno de los primeros diccionarios dedicados al registro de nuestro vocabulario. No es otro el empeño de los académicos. Acercarnos a la vida de las palabras con avidez y respeto. La lengua en la que se expresan los dominicanos comienza en el proceso de criollización la aportación de nuestros hablantes al caudal inagotable y compartido del español general.

La conciencia de la internacionalidad de nuestra lengua se forjó desde que, en la cubierta de embarcaciones que hoy nos parecerían cáscaras de nuez, atravesó el Atlántico para alejarse de los valles castellanos que la vieron nacer y extenderse humana y territorialmente por la ancha y larga América, hasta convertirse en la lengua que hoy consideramos materna más de cuatrocientos setenta millones de hablantes y que estudian, como segunda lengua, más de veintiún millones.

La ADL fomenta el cultivo del buen hablar que asegura, como ninguna otra cosa, la cohesión y la vitalidad del español. Un objetivo que ya reconoció el poeta y académico Dámaso Alonso en su «Unidad y defensa del idioma»: «… nuestra lucha tiene que ser para impedir la fragmentación de la lengua común». La investigación filológica y la divulgación lingüística y literaria son los aperos que nos asisten en la labor, en la que se hace imprescindible el esfuerzo y la colaboración de muchos.

La labor académica panhispánica ha rendido sus frutos. Sus obras se han convertido en libros de cabecera de los buenos hablantes y aspiramos a que sirvan de inspiración y ayuda a los que quieren llegar a serlo. Si repasamos solo la producción de estos últimos años no dejaremos de enorgullecernos. Acompáñenme, si no, en este repaso por las tres obras fundamentales en el estudio de una lengua: ortografía, gramática y diccionario.

La Ortografía de la lengua española de 2010 nos recuerda que nuestra lengua es un producto cultural e histórico que va tomando forma a lo largo de siglos y con el uso continuado de cientos de millones de personas. Los hablantes somos los responsables de irle aportando su carácter, sin olvidar que no hemos sido nosotros los primeros que hablamos en español y que no vamos a ser los últimos. Todas las variantes fonéticas, incluidas las dominicanas, quedan recogidas por un conjunto de sistemas convencionales de representación gráfica, que es lo que en la actualidad entendemos por disciplina ortográfica. Las pequeñas variantes ortográficas presentes en los hablantes dominicanos cultos se registran en esta obra académica gracias a los aportes de los académicos especializados en esta área del conocimiento lingüístico.

En 2010 ve la luz la Nueva gramática de la lengua española. Su texto fue aprobado por todas las academias, entre ellas la dominicana, en 2007. Sus páginas nos acercan al «maravilloso artificio de la lengua» en su verdadera diversidad y en boca de hablantes de todas las zonas donde se habla español. El enfoque panhispánico ha logrado lo que muchos anhelábamos: el Diccionario de americanismos. Su punto de referencia lo constituye el léxico compartido por todos los que hablamos en español, y que representa más del ochenta por ciento de nuestro vocabulario. Lo que identifica y le da personalidad a este diccionario es que recoge el léxico propio del español de América, que supone la población y la extensión territorial mayoritaria de los hablantes de español como lengua materna, desde Tierra del Fuego en el sur del continente, pasando por nuestra isla caribeña, al gigante estadounidense, hoy por hoy el segundo país hispanohablante del mundo.

Las aportaciones lexicográficas de primera mano de la comisión académica dominicana sobre el uso y la difusión de cada vocablo entre los hablantes dominicanos acortó la brecha de conocimiento del caudal léxico de la variedad del español que hablamos en esta isla.

Un buen ejemplo de colaboración interacadémica es el Diccionario de la lengua española, nuestro diccionario académico. Entre las faenas que se les encomiendan a las Academias está la de proponer la incorporación al DLE de una selección de palabras vigentes en los países hispanohablantes. Nuestra tarea consiste, por tanto, en certificar los usos dominicanos para que, en concurrencia con los de otros países hispanohablantes, puedan ser considerados para su inclusión en el lemario del diccionario oficial. Cada Academia recibe como material de trabajo las listas de los americanismos (todos los lemas y sus acepciones) correspondientes a su país. Para avalar cada uso deben aportarse textos en los que se utilice la voz, ejemplos claros, breves y sin errores ortográficos o gramaticales. A estas alturas ya habrán notado que uno de los rasgos fundamentales de los lexicógrafos es la de ser extremadamente quisquillosos; en dominicano diríamos periquitosos. Toda la documentación recopilada por nuestra Academia se envía al Instituto de Lexicografía Hispánica, encargado de analizar los resultados, cotejarlos con los obtenidos por otras academias sobre sus respectivas variedades dialectales y de incorporar al diccionario los lemas y acepciones resultantes de este proceso de selección.

Esta tarea, junto con otras tantas, tan delicadas y tan trascendentes como esta, resultan en una nueva edición del diccionario, que debe adaptarse a la lengua que registra, una lengua que nunca para de cambiar. La labor que ha venido desarrollando la Academia Dominicana de la Lengua se aprecia si comparamos las cifras de dominicanismos registrados en las últimas ediciones del diccionario académico.

Nuestra labor de estudio del español dominicano no se limita a hacerlo presente en las obras panhispánicas. Fruto de nuestro interés por la investigación y la valoración de la variedad dominicana del español nos hemos dedicado al registro de nuestro léxico, que culminó en la publicación, en 2013, del Diccionario del español dominicano, una obra que refleja en toda su vigencia y su riqueza nuestra realidad léxica.

El trabajo académico exige formación, dedicación y entusiasmo, además de una conciencia activa y un conocimiento profundo de la lengua propia. El contacto diario con el español de la calle, de los medios de comunicación, de las aulas, provoca a menudo la sensación de que nada de lo que podamos aportar logrará que las cosas mejoren. El Diccionario del español dominicano ha supuesto para los que hemos participado en él el antídoto perfecto. Su publicación ha despertado un interés y una expectación que nos siguen sirviendo de acicate.  Muchos son los defensores y muchos, y más ruidosos a veces, los críticos. Los académicos, inevitablemente, siempre vamos a la zaga de la vitalidad de la lengua. Cuando una obra de estudio se publica, cuando un diccionario se cierra, ya otro está dando sus primeros pasos. Solo nos queda invitar a los hablantes dominicanos a que usen la Academia Dominicana de la Lengua, la Academia de su lengua, su Academia.

La Academia Dominicana de la Lengua: fuero, crisol y cauce del buen decir

Por Bruno Rosario Candelier

Director de la Academia Dominicana de la Lengua

 

 Naturaleza. La Academia Dominicana de la Lengua (ADL), correspondiente de la Real Academia Española (RAE), se estableció en Santo Domingo el 12 de octubre de 1927, y desde su fundación comparte la misión que por mandato oficial le fuera asignada a la RAE y en tal virtud colabora en las tareas que realiza la Corporación de Madrid, centradas en el estudio de la lengua y el cultivo de las letras para conservar su esencia originaria, impulsar su desarrollo y atizar el potencial de su genio idiomático con entusiasmo y tesón.

La ADL cuenta con 30 miembros de número, 40 miembros correspondientes nacionales y 20 miembros correspondientes extranjeros. Los numerarios son los miembros titulares de la institución, y su elección, mediante el voto de los titulares, se formaliza con un discurso de ingreso del recipiendario, que es recibido por un miembro designado por el director y, según el protocolo establecido por la tradición académica, se procede a instalarlo en el sillón signado con una letra del alfabeto y, cuando el director le impone la medalla, queda oficializada la incorporación del nuevo académico como miembro de número de la ADL y miembro correspondiente de la RAE.

Integrante de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), desde su fundación la ADL promueve el conocimiento de nuestra lengua y la valoración de nuestras letras, según consignan los estatutos de las Academias de la Lengua, y todas secundan el lema de la RAE, “Limpia, fija y da esplendor”, que alude a la pureza, la corrección y la elegancia del buen decir. El estudio sobre la naturaleza y el desarrollo de nuestro sistema de signos y de reglas en su dimensión discursiva, expresiva y activa plasmada en los hechos de lengua, implica la observación de los actos del habla y sus variantes dialectales y estilísticas, con especial atención a la obra de los escritores, que son los usuarios privilegiados de la lengua, y ambos estamentos, la lengua viva del pueblo y la lengua culta de los literatos, comprenden el caudal léxico, semántico y gramatical en cuya veta idiomática abordamos nuestro medio de comunicación, no con una simple actitud de aficionado, sino con esmerada disciplina para que nuestros estudios propicien una fuente válida para el conocimiento de la palabra, enaltecedor vínculo de lo humano y lo divino.

Presencia. La conciencia de lengua constituye una poderosa motivación intelectual para asumir la palabra como herramienta de trabajo, ya que el uso del lenguaje, entre cuyos usuarios importantes figuran escritores, profesores, sacerdotes, políticos, periodistas, actores y comunicadores mediante la realización de un decir que sirve de transmisión de conocimientos, intuiciones, verdades, testimonios y vivencias que fundan los cimientos de nuestra cultura con el despliegue del talento creador de cuantos acuden a la palabra con sentido científico, humanístico, estético y espiritual. De ahí la necesidad de contribuir al desarrollo de una expresión correcta, precisa y elegante mediante el uso acrisolado de la lengua, que esta Academia impulsa y promueve para que nuestros hablantes forjen sus imágenes y conceptos con el fulgor de la belleza que conmueve y el sentido de la verdad que edifica.

La autoridad lingüística de la Academia Dominicana de la Lengua, en su condición de institución rectora del idioma, conlleva la confección de una obra lexicográfica, gramatical y ortográfica para “lograr el fruto que se propone de poner la lengua castellana en su mayor propiedad y pureza”, según rezan los estatutos de la institución, misión que asumimos los académicos dominicanos en nuestra condición de cultores de la lengua. La vocación para forjar una expresión ejemplar que potencie el caudal idiomático y enriquezca la expresión literaria en la fragua del buen decir, ha sido crisol y cauce de la más alta aspiración lingüística de hablantes conscientes del don que entraña la creación de la palabra.

Servicio. En nuestra condición de hablantes, estudiosos y cultores del español dominicano, los académicos acoplamos el genio de nuestra lengua a nuestra idiosincrasia cultural. La lengua es la mejor vía para fortalecer nuestra esencia como pueblo y nuestra idiosincrasia intelectual, mediante una definida cosmovisión abierta y un horizonte espiritual que potencie, mediante una expresión correcta, comprensible y hermosa, el fuero de nuestra lengua. Para cumplimentar ese objetivo hemos realizado centenares de actividades lingüísticas y literarias en la sede de la Academia y en otros escenarios. Con académicos de la lengua nos hemos desplazado a diferentes centros culturales y comunidades del país para incentivar el interés por la lengua y el cultivo de las letras. Hemos organizado coloquios, conferencias y talleres lingüísticos y literarios. Hemos editado boletines, libros y diccionarios. Hemos contestado decenas de comunicaciones y respondido a variadas consultas lingüísticas y literarias. Con Fundéu, Fabio Guzmán Ariza y Ruth Ruiz dan oportunas recomendaciones ortográficas, lexicográficas y gramaticales. Hemos presentado los códigos de la lengua en diversos escenarios nacionales. Contestamos cartas y correos electrónicos del país y el exterior, y aclaramos dudas sobre lengua y literatura. Llevamos nuestras inquietudes idiomáticas a diversos centros docentes del país. Hemos presentado ponencias, charlas y libros en diferentes centros culturales nacionales e internacionales. Y, desde que asumimos la dirección de la ADL, hemos aportado una fecunda colaboración a la Real Academia Española, de la que somos los interlocutores autorizados de nuestra Academia y de nuestro país, mediante informes lexicográficos, gramaticales, fonéticos y ortográficos sobre nuestros códigos lingüísticos. Asimismo, redactamos un reporte mensual de actividades lingüísticas y literarias para los académicos de la lengua y preparamos ponencias e informes idiomáticos sobre nuestra labor.

Con la colaboración de los miembros de la comisión lingüística de la ADL, María José Rincón, Fabio Guzmán Ariza, Ricardo Miniño Gómez, Ana Margarita Haché, Irene Pérez Guerra, Rafael González Tirado, Guillermo Pérez Castillo, Roberto Guzmán, Rafael Peralta Romero, Domingo Caba, Roxana Amaro y Ruth Ruiz, hemos sembrado inquietudes lingüísticas mediante conferencias, talleres y publicaciones; y con la colaboración de los integrantes de la comisión literaria de la institución, Federico Henríquez Gratereaux, Marcio Veloz Maggiolo, Manuel Núñez Asencio, José Enrique García, Manuel Matos Moquete, Juan José Jimenes Sabater, Franklin Domínguez, Tony Raful, Ofelia Berrido, Emilia Pereyra, Carmen Pérez Valerio, Sélvido Candelaria y Camelia Michel, hemos llevado orientación literaria a diferentes escenarios donde nos la han solicitado.

El estudio y la promoción de la lengua y la literatura han sido, desde su fundación, la razón y la inspiración que justifica la existencia de la Academia Dominicana de la Lengua a favor de nuestro idioma. Desde las raíces de nuestra cultura y la energía interior de nuestra conciencia aflora el aliento iluminador mediante el cual fluye, con el saber que edifica y la belleza que conmueve, la voz oportuna y sugerente. Con esa tarea centrada en la palabra, la Academia Dominicana de la Lengua cumple la misión que le fuera signada para hacer de nuestro idioma el centro de nuestras apelaciones intelectuales, morales, estéticas y espirituales, fuero, crisol y cauce de la palabra ejemplar.

La voz mística de Jit Manuel Castillo: cauce estético y simbólico de la llama divina

Por Bruno Rosario Candelier

 

A Rafael Peralta Romero,
cultor y guardián de las voces con sentido.

 

Sin mí
puéblame contigo.
A solas con el solo
en mi soledad todos entran.
¿De dónde esta presencia
que me deja tan ausente?
Tu claridad me refleja
como espejo de tu sombra.
(Jit Manuel Castillo, “Plegaria”)

 

Encontrar un genuino poeta que también sea un auténtico místico es una grata y auspiciosa coincidencia que pocas veces acontece en el ámbito de la literatura. Esa doble dotación espiritual se ha manifestado con elegancia y primor en la obra y la persona de Jit Manuel Castillo, singular portalira de las letras dominicanas. Oriundo de Santo Domingo, pertenece a la Orden de los frailes franciscanos y escribe poesía, narrativa y ensayo. Forma parte del Movimiento Interiorista y es cultor de una hermosa lírica mística (1).

En efecto, este creador dominicano y sacerdote franciscano vino al mundo dotado de la gracia poética y la gracia mística, dones que se potenciaron con la gracia sacerdotal que lo enaltece, triple condición amartelada en la palabra divina, la acción humanizada y la creación teopoética con alta irradiación trascendente, lírica, mística y simbólica que su poesía canaliza en hermosos y densos versos henchidos de amor, belleza y sabiduría.

El lenguaje de la lírica es un abrevadero inagotable y luminoso para encauzar la onda sublime que encierra el misterio de lo eterno, que el caudal lírico y simbólico revela mediante llama de la inteligencia mística y la veta de la conciencia trascendente, cauce de la intuición espiritual que la palabra poética atrapa y promueve. En la lírica mística, el lenguaje no es solo un brocal del pozo de la samaritana, sino un espejo de la trascendencia y un vínculo con la Divinidad.

El aliento divino que subyace en la creación teopoética también encauza la belleza simbólica de una visión iluminada, por lo cual la palabra de este sacerdote-poeta inspira fascinación y hondura. Su poesía es un fino cauce del éxtasis transformante, con algo de la revelación trascendente y mucho de la redención final. En la luz de su lenguaje poético refulge un cautivante sentido que edifica y enciende. Y la Llama que purifica, con el entusiasmo que enciende, se posa con su aleteo florido en las imágenes y los símbolos de su extasiada lírica.

Las grandes creaciones literarias, especialmente la literatura inspirada en el sentimiento de lo divino, como el “Cántico del Universo”, de san Francisco de Asís o el “Cántico espiritual”, de san Juan de la Cruz, paradigmáticos textos de las letras universales, evidencias son de la creación poética de inspiración religiosa, en las que ha abrevado nuestro agraciado poeta, junto a las grandes obras clásicas y modernas de las letras universales.

Un dato significativo, en este poemario de Jit Manuel Castillo es el epígrafe que trae cada poema, con el detalle de que la frase que preside cada texto corresponde al sentido orillado en el poema y a un autor místico de las letras universales, con la excepción de una ilustre dominicana, la poeta mística Martha María Lamarche.

Desde el pórtico del poemario En la voz del silencio se vislumbra en la persona lírica la huella transformante de la mística, cuya vivencia modifica la visión del mundo y concita una conducta coherente con la iluminación de esa singular vivencia, ya que, después de experimentar la inmortal dolencia, no deja igual a quien ha sido tocado por la Presencia, como se aprecia en “Crepúsculo”:

Doy testimonio de mí

quien entró al umbral del ocaso

no es el mismo que sale.

Penetré al misterio del crepúsculo

y petrificado en su volcán

me consumió un beso compasivo.

Tocado por los sueños y la ternura

me transfiguré en pasión y caricia

y he quedado sin palabras.

(En la voz del silencio, p. 10).

   En efecto, el poeta queda sin palabras, tras la experiencia arrobadora, extática y transformante. Arde el alma del poeta en el fuego del misterio, y todo cuanto ve, hace o anhela, está marcado por la singular llama divina que impacta su sensibilidad, expande su conciencia y atraviesa su decir. En ese discurrir interior fluye la vida mística, que ha pautado la existencia de Jit Manuel Castillo de la Cruz, no solo por su vocación sacerdotal, sino por su dotación espiritual y estética, como lo revelan los encendidos versos fraguados en el fuego del amor divino (2).

Sabe el poeta franciscano que la lírica mística trabaja con el lenguaje de los símbolos y las figuraciones literarias para decir lo indecible de la experiencia mística a la luz del impacto intelectual, emocional y espiritual que, como en la pasión del amor, desmaya los sentidos y cautiva el alma con la dulce sensación de una singular vivencia trascendente.

En esa peculiar experiencia interior fluye la búsqueda mística, que es la búsqueda de lo Absoluto, mediante la cual el poeta dominicano vive la más alta apelación de los sentidos, al tiempo que expresa, con el ardor de una luminosa vocación redentora, lo que subyuga su sensibilidad y enajena su conciencia. Cuando regresa de la inmortal dolencia, como es la genuina dolencia divina, su alma contagia las cosas con su peculiar energía, y todo parece responder al “fuego sagrado” que lo abrasa, incita y purifica. Entonces, el mundo le parece diferente al contemplador de lo viviente. En tanto expresión de la Energía infinita, la Conciencia mística lo cambia todo: no solo porque todo viene de Todo y hacia el Todo vuelve, como intuyeran los iluminados y contemplativos de las diferentes culturas de Oriente y Occidente, sino porque en esa comunión entrañable con la Fuente primordial del Cosmos las cosas adquieren una singular connotación simbólica y el afortunado contemplativo se transforma y se ilumina: “¿Puede una luciérnaga / ocultársele a la noche?”, se pregunta extasiado el poeta, y de inmediato se responde: “Tampoco yo puedo esconderme a Tu misterio”.

En esa integración cósmica bajo la subyugación de la experiencia espiritual se resuelve la angustia del místico. En su anhelo de lo divino, Castillo de la Cruz vive imantado al fulgor de lo divino y experimenta la indecible ‘deificación’ en el centro mismo de su alma, en cuya virtud participa del “gozoso sentir” que experimentan los  iluminados y los místicos. Ya no es el “doloroso sentir” de los poetas, según la intuición estética de Garcilaso de la Vega, sino el “gozoso sentir” de los místicos que atribuyo a los contempladores de lo divino. De ahí la inmensa alegría y el júbilo entrañable que destila el alma del místico, como se manifiesta en este poeta interiorista, que canaliza en la gozosa entonación de sus versos la radiosa expresión del corazón enamorado al sentirse elegido y enaltecido por la potencia esencial de lo viviente, que encauza en la expresión mística de lo divino. El esplendor del mundo aflora límpido y puro en el lenguaje del poeta villaduarteño, que compensa el sentimiento de anonadación espiritual ante el arrebato del Misterio que concita su honda devoción por el Creador del mundo. Sabe nuestro poeta manejar las imágenes que dan cuenta de su estado emocional y, con su amorosa mirada mística, asume los datos sensoriales de las cosas, según testimonia en “Luz y tinieblas”, que canaliza con la advertencia del epígrafe de santa Teresa de Jesús (“Si te perdieres, mi amada./alma, buscarte has en Mí”), para cantar conmovido por el sentimiento que horada su alma estremecida:

Soy luz intermitente.

A veces

ilumino el movimiento de la noche

para esconderme de Ti

tras un brillo que enloquece.

Otras veces

solo nado entre tinieblas

perdido entre las sombras

de Tus aguas que me encubren.

(En la voz del silencio, p. 26).

   Bajo su pulcra mirada escrutadora, que es una mirada de amor, del limpio amor sagrado, el sacerdote-poeta experimenta, al tiempo que vive su pasión de amor, “gemidos interiores” como el dolor de la Creación, que según el vidente de Patmos, gime y sufre. Pero nunca ese dolor suplanta ni avasalla al júbilo místico, la ternura universal, ni el lenguaje simbólico, los tres rasgos del perfil distintivo de la creación teopoética, que En la voz del silencio de Jit Manuel Castillo, formaliza soberanamente en el fuero de la sede literaria (3). Una sabiduría divina destilan estos amartelados versos del místico poeta interiorista que calza y perfila esta lírica entrañable. Y una empatía cósmica concita el aliento de su alma encendida en la fragua de lo sagrado, vínculo de la gracia que convierte el amor en quejido y el dolor en suspiro bajo el fuego de lo divino. Con la sensorialidad de lo viviente el poeta se hace uno con el Todo, según canta en “Nos unió el llanto”:

Nos unió el llanto en la alborada

yo me derramé en lágrimas

Tú me acompañaste con el rocío.

Y por tus ojos entreabiertos

se fugó una estrella solitaria

pañuelo de mi alma herida.

(En la voz del silencio, p. 47).

   Para el que vive místicamente el mundo, que es vivirlo bajo el aliento de lo divino, todo es pasión, armonía y entrega. Se vive así místicamente el mundo como expresión de lo sagrado a la luz de la irradiación de lo celeste. Jit Manuel lo sabe y lo siente porque ha sido imantado por la radiosa llama de la Presencia infinita y la pasión inmortal de la dolencia divina. Y ha experimentado la inexorable transformación que vive la conciencia del místico. Así lo expresa el poeta franciscano en “Ya no es lo mismo”, por lo cual unos versos de san Juan de la Cruz (“¡Oh noche que guiaste/¡Oh noche amable más que la alborada!”), acuartela la mirada que purifica los sentidos y, como el niño atemorizado ante el miedo de la Caperucita, evoca el lenguaje del cuento infantil, que usa como mediación de sus cogitaciones interiores:

Ya no es lo mismo

todas mis noches se siembran

 de estrellas mi densa oscuridad

está poblada de constelaciones.

Cierro los ojos para mejor sentirte.

(En la voz del silencio, p. 48).

   En efecto, quienes han experimentado la sublime sensación de la experiencia mística ven lo que el común de los mortales no atisba, y vive lo que ha sido reservado a iluminados y contemplativos, que viven el fulgor de la celeste llama. Es un “fuego divino” que atiza el hondón de la sensibilidad y la purifica el sentido bajo el crisol de lo sagrado. En “Hay un ardor en mi pecho” escribe el poeta:

Hay un ardor en mi pecho

no me pertenece y me quema.

Esa pasión no es mía

me abrasa y viene de lo Alto

aunque está bien adentro.

En lo profundo

tan honda que me trasciende.

Es devoradora y me funde.

Su misterio me habita

me posee   me integra.

(En la voz del silencio, p. 52).

Entonces el poeta experimenta extrañas, profundas y contradictorias señales. Entre antítesis y paradojas resuelve el poeta la ambivalencia de su lenguaje y la “contradicción” de la “soledad sonora” o la “tiniebla encendida” de los grandes místicos que en el mundo han sido. Sin buscar nada lo tiene todo y, como el Poverello de Asís, no quiere nada para tenerlo todo. El fundador de la Orden Franciscana, a la que pertenece Jit Manuel Castillo de la Cruz, es un paradigma de santidad y ternura, y de su corazón impregnado de amor divino, brotó la poesía que canta en sus tiernas cancioncillas, rociada de la llama mística de lo viviente, que este seguidor de su vida imita y cultiva en su lírica teopoética bajo la fragua del sentido. En “Temor de Dios” nuestro poeta expresa su visión iluminada: 

No es tu presencia lo que temo.

Es al dolor que persiste

cuando me dejas.

Devuélveme a Ti

aunque me duela.

Es como único soporto no sentirte.

(En la voz del silencio, p. 78).

 Y en un aparente juego de palabras, propio de la paradoja muy del gusto de la mística, el poeta expresa el anhelo de ser para la luz, viviendo en medio de la sombra bajo el fulgor del misterio, como escribe en el poema “En tu ausencia”. El anhelo de “otro cielo estrellado”, para aludir al ámbito sutil de la trascendencia, hace suspirar su alma irredenta cuando se siente abandonado, solo y triste:

En tu ausencia, ni las arañas me visitan

para tejer su amor en mi abandono.

En mi abandono, ni las arañas se agitan

para expresar por tu ausencia mi dolor.

En mi dolor me detengo en las arañas

para disimular tu abandono.

(En la voz del silencio, p. 86).

  En el poemario En la voz del silencio, título traslaticio y simbólico de una cautivante creación teopoética, el emisor de estos encendidos versos canta el hallazgo que emociona al poeta, anonadado ante el Misterio y arrobado ante la Presencia que le revela el Sentido y la entrañada Luz de la Hermosura. En “Plegaria”, que sirve de epígrafe a este estudio, el poeta canta el sentimiento místico de compenetración con lo divino que, con el lenguaje simbólico de la paradoja, expresa la conmoción que lo desconcierta ante el Fulgor del Misterio:

Sin mí

puéblame contigo.

A solas con el solo

en mi soledad todos entran.

¿De dónde esta presencia

que me deja tan ausente?

Tu claridad me refleja

como espejo de tu sombra”.

(En la voz del silencio, “Plegaria”).

 Desde los tiempos antiguos los poetas creen, y lo creen porque lo viven, que con su creación verbal crean un mundo verbal que formalizan en sus imágenes y símbolos, aunque estén conscientes de que la suya no es una creación ex nihilo, es decir,  de la nada, como fue la Creación del Mundo según el relato bíblico. La de los narradores y poetas es una invención que tiene su base en la tradición, el lenguaje y la memoria, aunque participan la imaginación del creador con sus intuiciones y vivencias, ya que el lenguaje forma parte de la cultura colectiva de una comunidad con sus mitos, tradiciones y costumbres.

Los escritores han evidenciado que con la palabra pueden formalizar su capacidad simbólica, como lo vive el niño a través de procesos que experimenta en su confrontación con el mundo sensorial de lo existente. El lenguaje deviene un instrumento indispensable de relación y connotación que la creación formaliza. Con la palabra encauzamos nuestra visión del mundo, que lo representamos en el lenguaje discursivo y directo, o traslaticio, metafísico y simbólico.

Desde nuestra instalación en el mundo establecemos un vínculo con las cosas y, mediante el arte del lenguaje, lo recreamos, representamos y simbolizamos. Intuimos, conceptualizamos y simbolizamos lo que pensamos, que formalizamos en imágenes y conceptos con el concurso del lenguaje (verbal, pictórico o musical) y reproducimos nuestra percepción de las cosas y creamos un nuevo orbe nominal con los signos y los símbolos de nuestro lenguaje. Y como el lenguaje es una creación, tenemos la sensación -y el primero en tenerla es el niño- de que nos apropiamos del mundo por el lenguaje que lo representa, y por eso Adán aparece en el Jardín del Edén nombrando las cosas, una forma de apropiarse de ellas nominalmente. Los poetas, que con su lenguaje recrean la realidad de lo visible y lo invisible, representan con las palabras no solo lo que acontece en el mundo interior de su conciencia y en el mundo exterior de lo existente, sino lo que subyace en la apariencia de las cosas puesto que la creación poética capta su esencia y su sentido. Y, además, perfilan la dimensión metafísica y simbólica de lo viviente. Mediante el lenguaje canalizan lo que su intuición percibe, lo que la revelación les dicta o lo que su creatividad genera mediante su visión de lo incorpóreo. Y, desde luego, la representación simbólica que atribuyen a las cosas. Justamente por el lenguaje asume el hombre el mundo, como lo hace el niño desde sus primeros balbuceos, y al nombrar y recrear las cosas el hablante las confirma, y al confirmarlas y simbolizarlas, las conjura con la magia verbal de los vocablos y el acierto expresivo de los símbolos (4).

Hay realidades sensoriales (piedra, lluvia, gorrión), intelectuales (concepto, intuición, criterio), imaginativas (mito, fantasía, ilusión), afectivas (amor, atracción, rechazo), morales (pauta, ley, ordenamiento) y espirituales (fe, contemplación, éxtasis). Los símbolos se forman con realidades sensoriales, y a las referencias objetivas, concretas y tangibles, les asignamos un nuevo sentido. Por esa razón los símbolos tienen una concreción referencial, constatable y visible y, en tal virtud, facilitan su comprensión, a pesar de la connotación metafísica que entrañan, pues siendo realidades sensibles, encarnan una faceta suprasensible, por lo cual implican un nivel de representación intelectual y de irradiación espiritual superior a la evidencia de su materialidad física. En Jit Manuel Castillo de la Cruz la luz es símbolo de la llama divina, que anhela entrañablemente para mitigar la sombra que lo anula, según revela en su poema “Entre tinieblas”:

Luz es lo único que pido:

enciende mi corazón con Tu espíritu

y disipa el vacío que me envuelve.

¿Para qué finalmente un horizonte

si en la oscuridad de Tu vientre

me descubro tu hijo muy amado?

(En la voz del silencio, p. 13).

 El poeta acude a las manifestaciones sensoriales vinculadas a la luz (Sol, hoguera, fuego, alborada, crepúsculo) para canalizar la honda pasión de su sensibilidad espiritual, con la obvia alusión a la Llama infinita, como expresa en “Ser hoguera”:

Anhelo ser hoguera

abrasada entre árboles.

Consumirme Contigo

en un bosque maternal.

Mas el miedo me quiebra

detiene mis pasos

hacia el sol llameante

y anula mis pisadas.

(En la voz del silencio, p. 21).

   Con la connotación simbólica de su visión mística del mundo, en “Luz y tinieblas” el poeta interiorista procura conciliar los opuestos de luz y sombra, las dos coordenadas en las que desenvuelve su sensibilidad espiritual:

Soy luz intermitente.

A veces

ilumino el movimiento de la noche

para esconderme de Ti.

Otras veces

nado entre tinieblas

perdido en las sombras

de Tus aguas

que me encubren.

(En la voz del silencio, p. 55).

Al respecto conviene advertir que hay palabras que parecen abstractas y no lo son, como el silencio, que no es una ausencia, una irrealidad o una abstracción. El silencio es una entidad sensible, sonora y elocuente. Mediante el silencio podemos escuchar la voz interior de la conciencia, la voz entrañable de las cosas y la voz profunda de los efluvios y las emanaciones provenientes de la cantera infinita o de la Divinidad. Por eso el silencio tiene una dimensión estética, simbólica y mística, como la siente y la vive fray Jit Manuel Castillo, según plasma en su hermoso poemario místico. Se trata de voces intangibles (silencio, soledad, contemplación), que generan efectos especiales en el hondón de la sensibilidad espiritual.

   La vertiente simbólica del lenguaje entraña un conocimiento metafísico del mundo y una valoración mística de lo viviente. Todo lo que sensorialmente existe puede ser objeto de simbolización. El símbolo es la representación icónica de un concepto metafísico, de un significado trascendente o de una manifestación del inconsciente personal o colectivo. Y el símbolo arquetípico, como el más alto índice de la espiritualidad trascendente, es el modelo primordial del psiquismo humano y de la sabiduría espiritual del Numen, que la poesía metafísica y la creación teopoética suelen convocar.

“En la clara penumbra”, término contrastante para aludir a su anhelo profundo, la voz lírica explora las cosas vinculadas a la luz, símbolo de su alta aspiración mística, para significar que su vida tiene un destino y, su creación, un alto sentido:

Soy una llama

y me alargo para alcanzarte.

Pero mientras más me consumo

más me alejo de Ti.

Sin quemarme, no sentiría el calor

que confirma Tu presencia.

Ahora comprendo: estás en mí

en cada vano intento por alcanzarte.

(En la voz del silencio, p. 85).

 Los poemas están llenos de símbolos y la literatura mística es un caudal de connotaciones simbólicas. Lo que importa es entender el significado de cada símbolo ya que cada voz simbólica tiene una connotación metafísica o mística. El Universo es un caudal de símbolos que constantemente emanan de la cantera cósmica y de la Divinidad, la fuente primordial de símbolos, mensajes, señales, estelas, emanaciones y sonidos con valor simbólico. De hecho, Dios y el Cosmos se comunican simbólicamente como ha sabido entenderlo el autor de esta obra.

Poesía vivencial, mística y simbólica, la de Jit Manuel revela una onda de sabiduría y una estela de espiritualidad edificante y trascendente. Cuando un poema, una ponencia o una palabra de luz contribuyen a la expansión de la conciencia, hay una irradiación divina que amplía el horizonte espiritual y una onda sutil que potencia la gracia divina. La lírica de Jit Manuel revela una conexión directa, no solo con la faceta mística de lo viviente y la vertiente metafísica de la realidad cósmica, sino con la realidad esencial, pura y primordial. La mística es la más alta creación de la conciencia por la conexión que entraña con la Fuente originaria.

Se siente en este poemario que su iluminado creador es un canal de energía con una frecuencia activada en la Energía pura, un canal de Dios, como lo evidencia su lírica teopoética a través de sus símbolos arquetípicos. Quién escribe en símbolos es un vaso comunicante con lo divino mismo porque Dios habla en símbolos a través de las emanaciones de la Trascendencia. Y el alma es la puerta por la cual fluye lo divino cuando está conectada con la Fuente. Llega la iluminación y con ella el amor divino desde la fragua de lo viviente. Y como corolario, la sabiduría que edifica y la belleza que conmueve.

La obra de este poeta franciscano es un vivo reflejo del esplendor del mundo, pero un reflejo que sorprende al mismo Reflejado. Quien habla en símbolos es un canal de lo trascendente para encauzar sabias palabras con mensajes eternos, como se manifiesta ejemplarmente en el poemario En la voz del silencio.

Por eso, al término del poemario el poeta queda “Sin palabras” ya que, en la aparente contradicción de su anhelo infinito, sintiéndose sombra, se abre a la luz ya que el derrotero final de su ruta implica fundirse con la Luz:

En el mudo silencio

de mi espacio vacío

te encuentro

sembrado en Ti

también soy la LUZ

aunque parezca Tu sombra.

(En la voz del silencio, p. 93).

   Como genuino cultor de la singular vivencia del espíritu, la persona lírica que habita en Jit Manuel Castillo experimenta en el fuero entrañable de la ‘realidad sagrada’ la comunión mística con la Divinidad, y cuando regresa de la singular vivencia de lo inefable, vuelve impregnado de la sabiduría que nutre su decir con el halo secreto de lo Eterno y, en gesto de generosidad y entrega, comparte su emoción estética y su fruición espiritual en esta obra inspirada en el lenguaje simbólico de la llama que ilumina, el aliento que embriaga y el amor que enajena.

 

Bruno Rosario Candelier

Encuentro del Movimiento Interiorista

Notas:

1. Jit Manuel Castillo de la Cruz nació en el barrio de Villa Duarte, Santo Domingo Este, el 18 de junio de 1974. Cursó estudios de filosofía en el Instituto Filosófico Pedro Francisco Bonó, del Intec, entre 1993-1996. Hizo un bachillerato en artes, mención filosofía, en la Universidad Central de Bayamón, Puerto Rico, y obtuvo una maestría en Divinidad por el Centro de Estudios de los Dominicos del Caribe, en la Isla del Encanto. En el año 2011 hizo un posgrado en teología pastoral de evangelización por el Instituto Teológico Franciscano en Petrópolis, Brasil. Impartió docencia en la rama de filosofía en el Instituto Filosófico Pedro Francisco Bonó y en el Seminario Pontificio Santo Tomás de Aquino, y teología en la Universidad Católica de Santo Domingo. Es asesor de las Comunidades Eclesiales de Base. En el vigésimo certamen literario de la Universidad Central de Bayamón ganó el primer lugar en poesía y cuento, y el segundo lugar en ensayo. Autor de la novela El apócrifo de Judas Izcariote, forma parte del Movimiento Interiorista del Ateneo Insular. Reside en Puerto Rico donde hace vida pastoral y literaria.

2. El poemario En la voz del silencio, primer libro de creación poética de Jit Manuel Castillo, refleja la dimensión mística en su temática y la belleza formal en su lenguaje.

3. Esta creación poética, interiorista y mística, aporta un nuevo aliento que nutre y potencia el cultivo de la lírica teopoética en las letras dominicanas, cuyo autor, Jit Manuel Castillo de la Cruz, comparte con los presbíteros dominicanos Freddy Bretón, Tulio Cordero, Fausto Leonardo Henríquez y Roberto Miguel Escaño, la plantilla de sacerdotes y poetas místicos, que el Movimiento Interiorista impulsa, estimula y promueve.

4. Bruno Rosario Candelier, Ensayos lingüísticos, Santiago, PUCMM, 1990, pp. 247 ss.