La crítica retórica de Joaquín Balaguer

Por Bruno Rosario Candelier

 

  1. El llamado de las letras

Poeta, historiador, biógrafo, ensayista y crítico literario, Joaquín Balaguer es uno de los más fecundos escritores de la República Dominicana y uno de los más consagrados intelectuales del país. Autor de medio centenar de obras socio-históricas, políticas y literarias, líder político y Presidente de la República en varias ocasiones, antiguo profesor con un ejercicio magisterial en sus diferentes niveles escolares, es el doctor Balaguer, egresado de la Universidad de Santo Domingo y de la Soborna de París, un estudioso e intérprete de la realidad socio-política y cultural dominicana, como lo evidencian los libros publicados por este eminente representante de la intelectualidad nacional.

Con una larga ejecutoria ensayística y literaria, teórico y analista de nuestros grandes prosadores y poetas, historiador de las letras nacionales y creador de poesía y ficción, Joaquín Balaguer inaugura para la crítica literaria dominicana la llamada tendencia retórica cuyas bases se nutren de la retórica clásica, a la que llega nuestro estudioso tras una larga y paciente investigación de las normas tradicionales del buen decir.

Este brillante crítico, historiado y filólogo nace en Villa Bisonó, antigua Navarrete, el 1° de septiembre de 1907, y vivió hasta el 14 de julio de 2002, cuando falleció en Santo Domingo. Desde muy joven sintió el llamado de las letras, acudiendo en primer lugar a la apelación de las musas que deja sentir en sus primeros versos publicados en 1922 con los títulos de Salmos paganos, Claro de luna y Tebaida lírica, consagrándose posteriormente a la lectura de los clásicos grecolatinos y españoles, y al estudio formal de la retórica clásica, cuyas huellas destila en sus páginas desbordadas por el aliento romántico-modernista de la creación.

Con apenas 20 años, participa en 1927 en el concurso literario de los Juegos Florales de La Vega, donde ganó su primer galardón intelectual con un estudio sobre la obra literaria de Federico García Godoy, cuyo magisterio continuaría hasta culminar con obras históricas, ensayísticas, poética y narrativas que le acreditarían el Premio Nacional de Literatura por su valioso aporte a las letras dominicanas.

Joaquín Balaguer ha ejercido un liderazgo literario desde diversas tribunas: primero en la docencia, con la que combinó su vocación de creador y analista literario; segundo, a través del periodismo, habiendo dirigido el diario La Información, de Santiago, y publicado numerosos artículos y ensayos de diversa índole; y tercero, mediante la publicación de sus libros de crítica y teoría, obras que revelarían sus sobresalientes dotes intelectuales aplicadas al estudio y la interpretación de nuestros valores humanísticos.

La oratoria que distinguió el verbo iluminado de Joaquín Balaguer, que cultivo en sus actividades políticas, se deja sentir en sus ensayos y críticas y en cada uno de sus escritos socio-históricos. Producto del entusiasmo con que exalta las virtudes intelectuales, estéticas o morales de los escritores que merecieron su atención, Balaguer puede dar la impresión de que escribe arrastrado por la emoción, desbocado como un corcel sin bridas; sin embargo, sus parlamentos reflejan un extraordinario dominio de los matices expresivos de la lengua y un criterio depurado del uso apropiado de vocablos y giros idiomáticos que destacan la belleza estilística de sus páginas memorables. Y es que Balaguer buscaba siempre engalanar la expresión para lograr la belleza literaria expresada en palabras y sintagmas, en oraciones y párrafos rigurosamente apegados a los dictados de la doctrina clásica y a los cánones estéticos avalados por un linaje literario de alto abolengo y reputada aceptación. Para ello contaba nuestro autor con una sensibilidad crítica aguda, penetrante, imaginativa, y es generoso en la exaltación de las figuras nacionales y en la ponderación de sus cualidades literarias.

Con una prosa cincelada con el timbre de la más alta elocuencia para despertar las más calladas de las emociones, Balaguer orquestaba sus palabras como si se tratara de notas musicales en procura de la eufonía verbal mediante la imagen sonora y elocuente, el lenguaje depurado y culto, y el estilo fluido y elevado. La huella de Marco Tulio Cicerón, Dante Alighieri y Francisco de Quevedo, con el trasfondo de la cultura clásica de Occidente, se armonizan en Balaguer bajo la iluminación de Gustavo Adolfo Bécquer y Rubén Darío con el influjo del aliento intimista y emotivo, a sus vivencias y pasiones, con su entusiasmo enaltecedor, desde los senderos más insospechados y complicados hasta los más acendrados y sublimes de la vertiente estética, afectiva y espiritual que con tanto acierto llamaran los antiguos griegos la ‘dolencia divina’, frase que a menudo citaba el propio Balaguer en sus escritos críticos.

Partidario fervoroso de la métrica clásica –la que ha concitado la reflexión de Balaguer con importantes intuiciones estéticas propuestas por el teórico dominicano a las letras hispanas- nuestro crítico pondera el uso pertinente de los acentos expresivos, el empleo adecuado del ritmo melodioso, el manejo apropiado de la medida silábica en la cadena expresiva con su carga de pausas, entonaciones y dejos. Con gran despliegue investigativo, Balaguer supo enmendar la plana retórica a afamados teóricos de la versificación castellana, y sus recomendaciones respecto a la métrica tradicional han sido tomadas en cuenta por los principales tratadistas del género en ese aspecto normativo de la retórica clásica.

 

  1. El fundamento retórico de una teoría

Desde sus inicios en el estudio y el cultivo del verso, Joaquín Balaguer sentiría especial inclinación por las letras clásicas, y para entenderlas y valorarlas cabalmente, comprendió que debía dominar la naturaleza de su plataforma métrica y los caracteres del arte de la versificación. Para ello estudió los vericuetos más oscuros de la versificación castellana e indagó tratados y teorías en los que se advierte la presencia de la erudición española y extranjera. Para lograr una visión completa, coherente y definitiva sobre los diferentes enigmas de nuestra versificación, se dispuso Balaguer a escribir sus planteamientos teoréticos, y después de varios años de investigación y estudio, publicó Apuntes para una historia prosódica de la métrica castellana, editado por el Instituto “Miguel de Cervantes” de la Revista de Filología Hispánica de Madrid, en 1954.

Justamente en la biblioteca de ese Instituto filológico conocí la obra de Joaquín Balaguer mientras me hallaba en Madrid para realizar estudios sobre filología, disciplina en la que me doctoré en la Universidad Complutense de Madrid, y investigaba textos y teorías en la prestigiosa biblioteca del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, al que está adscrito el Instituto “Miguel de Cervantes” y que me facilitó la documentación para sostener la teoría de la multivocidad que desarrollé en Lo popular y lo culto en la poesía dominicana, sustentada como tesis doctoral en la Universidad Complutense de Madrid, en 1973, y publicada en Barcelona, con los auspicios de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, en 1977. Por ese mismo centro de investigación había pasado el más ilustre de los humanistas dominicanos, Pedro Henríquez Ureña, y como lo hiciera el autor de estas líneas en la década de los ’70, y Joaquín Balaguer en la década de los ’50, lo hizo Henríquez Ureña en la década de los ’20 del siglo XX cuando estudió bajo la dirección de los filólogos españoles, con Ramón Menéndez Pidal a la cabeza, y publicó, en la misma capital ibérica, y en 1920, otra teoría métrica con el título de La versificación irregular en la poesía castellana (Madrid, Revista de Filología Española, 1920). De manera que tres filólogos dominicanos, Pedro Henríquez Ureña, Joaquín Balaguer y Bruno Rosario Candelier, estudiamos en Madrid, escribimos sobre el arte de la creación poética y publicamos en España nuestras respectivas obras.

En Apuntes para una historia prosódica de la métrica castellana (México, Fuentes Impresores, 1974), en la que Balaguer realiza un importante estudio sobre varios aspectos de la métrica castellana, hace un recuento de las aportaciones de los principales tratadistas sobre la materia. Arranca del aporte de Antonio de Nebrija al fijar las leyes del verso de arte mayor, al cual los preceptistas asimilan las formas rítmicas compuestas de dos hemistiquios –partes en que se dividen un verso largo- fácilmente separable e independiente entre sí. Subraya la injusta acusación hecha a Antonio de Nebrija de que intentó introducir en la versificación castellana los pies cuantitativos del latín y la poca claridad con que Juan del Encina reprodujo las ideas del Nebrija, según nuestro avezado teórico, afirmó que en nuestra lengua existieran sílabas largas y sílabas breves como aconteciera en la lengua de Virgilio y Horacio.

Anota Balaguer, en consecuencia, el carácter indígena del arte mayor, es decir, su raigambre netamente hispánica, a pesar de que en él se imiten determinadas formas de la métrica clásica, habida cuenta de la filiación románica de nuestra lengua: “El arte mayor es un metro indígena, hijo del genio poético de España, y aunque en él se imiten, como en el pie de romance, determinadas formas de la métrica clásica, sus diversas combinaciones reflejan, con impresionante fidelidad, las tendencias características de los primeros tiempos de la poesía castellana. De ahí que en este metro, a pesar de su artificiosidad, se descubran muchas de las particularidades que dominan, durante su época de formación, la poesía de nuestra lengua. La primera de esas tendencias generales de la poesía española, correspondiente al período preclásico, que halla eco en el metro de Juan de Mena, es la de la influencia ejercida por la música sobre el lenguaje versificado” (Joaquín Balaguer, Apuntes…, p. 85).

Para hacer una afirmación de esa naturaleza, Balaguer se documenta en la autoridad del Marqués de Santillana, el primero en señalar el carácter indígena del arte mayor, según asegura en “Proemio e carta” al Condestable don Pedro (Ibídem, p. 85), y señala la ligereza de interpretar las ideas de Nebrija sobre el verso de arte mayor expuesta en su Gramática castellana (1492). Mientras los teóricos asimilan el arte mayor a las formas rítmicas compuestas de dos hemistiquios fácilmente separables entre los dos miembros del verso, algunos estudiosos, como Andrés Bello, sobre el arte mayor forman un solo verso pero sometido a cesura con sinalefa libre, de manera que un hemistiquio en aguda o en esdrújula se compensa en el siguiente: “La doctrina de Bello sobre el arte mayor se encuentra enérgicamente desmentida, en su parte fundamental, y de las composiciones críticas en el mismo metro que figuran en el Cancionero de Baena. Lo que se depende del examen del poema del vate cordobés es el hecho de que el arte mayor, contrariamente a lo que afirma Bello, es un verso compuesto de dos hemistiquios independientes, y no un verso cuyas cláusulas se hallan separadas por una simple cesura (Apuntes, p. 50).

La tesis de Balaguer ha sido tomada en cuenta. Por ejemplo, el filósofo alemán Rudolf Baehr la cita y la comenta ampliamente, lo que refleja el alcance del aporte de nuestro distinguido compatriota: “Joaquín Balaguer –dice el tratadista germánico- ha emprendido un nuevo intento de ordenar sistemáticamente la patente arbitrariedad de Juan de Mena en el uso de la cesura intensa y de la norma” (Rudolf Baehr, Manual de verificación española, Madrid, Gredos, 1970, p. 188). Precisa el ilustre autor que su punto de partida es la división del arte mayor, señalada expresamente en las poéticas antiguas, que atribuyen a los hemistiquios un carácter casi independiente. Según Balaguer, hay una tendencia al equilibrio en el verso de arte mayor. El octosílabo y su pie quebrado en un verso como Los infantes de Aragón / qué se fizieron?, de Jorge Manrique, se corresponde con la sinalefa y otras licencias que se permitían los versificadores tradicionales en pro de la compensación silábica. Balaguer ilustra, con varios ejemplos, el hecho de que los hemistiquios pueden tener una extensión diferente y aportar, como reconoce Baehr, nuevas perspectivas para enfocar el problema de la relación entre las cesuras normal e intensa (Baehr, Ob. Cit., p. 189).

Las composiciones de versos en arte mayor, exaltadas en el siglo XV por el metro de Juan de Mena en El Laberinto de Fortuna, renacen con otras variantes de cadencias o cesuras en el siglo XVII: “El primer cambio introducido en el metro de Juan de Mena, durante esta segunda época, consistió en variar la acentuación de los dos hemistiquios; el acento rítmico, en vez de cargar invariablemente sobre la segunda, sobre la quinta y sobre la octava sílaba, como lo requería la preceptiva del siglo XV y como lo enseñó el autor del Laberinto, se mueve en lo sucesivo con cierta libertad dentro del verso. El famoso fabulista don Tomás de Iriarte (1750-1791), quien ante todo se empreñó en infundir variedad a sus composiciones, figura entre los primeros iniciadores de esta práctica: en la fábula que lleva por epígrafe “El retrato de golilla”, el acento rítmico carga unas veces sobre la primera sílaba del hemistiquio:

 

Y así que del rostro toda la semblanza

Hubo trasladado, golillas le ha puesto…

Otras veces sobre la segunda: De frase extranjera el más pegadizo…

Y otras sobre la tercera: No sin hartos celos un pintor de hogaño…” (Apuntes, p. 116).

 

El “ancho vacío” que vino a llenar la obra filológica de Joaquín Balaguer, según el testimonio del investigador español E. Diez-Echarri en su Historia general de la literatura española e hispanoamericana (Madrid, Aguilar, 1966, p. 1529) obedece a que, en sus indagaciones sobre estos aspectos prosódicos, Balaguer curcuteó todos los vericuetos del verso español en un examen riguroso, retrospectivo y cronológico de la versificación de los más notables autores castellanos, al estudiar el metro de Juan de Mena y otros importantes aspectos de la versificación castellana: Todos los tratadistas posteriores a Nebrija, como es sabido, parten siempre del supuesto de que el paradigma del verso de Juan de Mena es el dodecasílabo. No hay necesidad de citar nombres particulares, porque todos, desde Rengijo y Luis Alfonso de Carvallo hasta Milá y Morel Faito, coinciden en lo que respecta a este punto. Nadie da explicaciones, desde luego; pero la seguridad con que todos afirman la existencia del fenómeno ha convertido en un aserto casi inexpugnable la hipótesis inventada por los primeros que escribieron mucho tiempo después de haber desaparecido el arte mayor de la lira española, sobre el famoso verso…” (Apuntes, p. 125).

Con el correr de los años (siglos XVIII y XIX) se mantiene la acentuación del dodecasílabo (segunda, quinta y octava sílabas) pero, como advierte Joaquín Balaguer, “la pausa tiende a convertirse en cesura, y la sinalefa puede tener lugar entre los dos hemistiquios” (Apuntes, p. 123).

Para la visualización de los acentos se suelen emplear estos símbolos (ó o), es decir, la letra o, acentuado o sin acento, para indicar, respectivamente, la sílaba tónica y la sílaba átona. (Desde antiguo los pies del verso, basados en la terminología de la métrica clásica, reciben los nombres de yambo (o ó), troqueo (ó o), dáctilo (ó o o), anfíbraco (o ó o). El signo del acento agudo ó denota la sílaba portadora de una vocal tónica (o ictus) propia de un tipo determinado de verso (Ver Baehr, Ob. cit., p 27). Muchos versificadores modernos desconocen estos fundamentos de la versificación tradicional y ese desconocimiento explica, a menudo, no sólo el desprecio por la antigua retórica sino la falta de destreza para componer al modo antiguo, y hasta la rudeza o aspereza en la no fluyente sonoridad de los versos modernos. La limpieza expresiva que se aprecia en poetas como Franklin Mieses Burgos o Mariano Lebrón Saviñón en parte se debe al conocimiento que esos poetas tenían de las leyes de la versificación tradicional o clásica.

Pues bien, los tratadistas posteriores a Nebrija parten del supuesto de que el paradigma del verso de Juan de Mena es el dodecasílabo, pero Balaguer señala varios ejemplos que relevan otras medidas silábicas. En su exhaustiva investigación, Balaguer descarta las propuestas hechas por Hermosilla, Sinibaldo de Más o José Eusebio Caro o la cláusula de duración apuntada por Andrés Bello en su Arte métrica. El pie que constituye el elemento esencial del verso de Juan de Mena, que ilustró con singular maestría el uso de arte mayor, como el de todos los metros castellanos, es el mismo que definió Nebrija con clarividencia asombrosa. Y cita sus palabras: “Más de los números e medida de la prosa diremos en otro lugar: ahora digamos de los pies de los versos: no como los toman nuestros poetas que llaman pies a los que habían de llamar versos; más por aquello que los mide; los cuales son unos asientos o caídas que hace el verso en ciertos lugares”. A lo que acota Balaguer: “Dos consecuencias, ambas capitales, resultan de las definiciones dadas por el humanista español de la versificación castellana: a) el pie de la versificación romance no es el mismo de la poesía latina, puesto que no se funda en la distribución de las sílabas en largas y breves, ni equivale tampoco a la cláusula rítmica de Bello, puesto que el dramático nebricense no habla de “partecillas de una duración fija”, sino que por el contrario, admite categóricamente que la anacrusis de una sílaba al comienzo del verso no rompe el compás o la estructura rítmica de éste; y b) el pie, y no la igualdad silábica, constituye el elemento esencial del verso castellano” (Apuntes, p. 163).

En su valoración prosódica Balaguer toma en cuenta la teoría de Nebrija, así como las de Gonzalo Correas, Bello, Hanssen, Fatio, Foulché Delbosc y otros renombrados tratadistas de la materia sin olvidar a Navarro Tomás y a Pedro Henríquez Ureña, e ilustra sus apreciaciones sobre el verso con textos de variados autores, desde Juan de Mena, Calderón de la Barca, Lope de Vega y Miguel de Cervantes, hasta Rubén Darío y algunos versificadores decimonónicos de nuestro país.

El libro de Balaguer revela erudición, precisión analítica, ilustración pertinente y claridad expositiva, cualidades que adornan al autor de Apuntes para una historia prosódica de la métrica castellana. El esfuerzo investigativo que consagró Joaquín Balaguer al escribir su más importante contribución al esclarecimiento del verso español –contribución reconocida por los especialistas del mundo hispánico- reportó al autor de Apuntes la satisfacción del éxito en tan compleja empresa intelectual y artística.

Hay que destacar, además, la coherencia del Balaguer teórico y del Balaguer crítico, pues en todos sus escritos hace la aplicación pertinente. Como crítico literario, Balaguer encabeza una tendencia crítica, la que he llamado crítica retórica, y en sus trabajos críticos es consecuente con sus postulados teóricos al analizar e interpretar la labor creadora de nuestros poetas del pasado.

En efecto, al estudiar la obra de Salomé Ureña señala que a esa poetisa egregia debemos los versos mejor construidos de la poesía dominicana, por lo que la sitúa entre los grandes versificadores de lengua española: “La obra poética de Salomé Ureña se distingue, en cuanto a la forma y al mecanismo de la versificación, por su pulcritud y su limpieza. Sus versos se hallan por lo general admirablemente construidos. Todas sus poesías, aún las que compuso en los comienzos de su carrera literaria, se encuentran libres de extravagancias retóricas, de falsas rimas y de amplificaciones ociosas, de prosaísmos chocantes y de violencias de estilo, de vicios de construcción y de locuciones ásperas y poco naturales” (Joaquín Balaguer, Historia de la literatura dominicana, Santo Domingo, Librería Dominicana, 1965, 3ª ed., p. 127).

Obviamente, el tratado de métrica castellana de Joaquín Balaguer, aunque es aplicable a la literatura tradicional, como veremos en la tercera parte de este estudio, no lo es a la literatura de la modernidad, pues la poesía moderna, por ejemplo, se liberó de la rima y de toda normativa concebida para la creación de versos tradicionales destinada a encasillar la expresión poética, pero como toda la literatura de la clasicidad se mantendrá inalterable para siempre, razón por la cual el estudioso de los textos poéticos antiguos hallará en estos Apuntes… unas observaciones útiles, instructivas y orientadoras sobre la organización de los versos al modo tradicional y sobre las medidas silábicas con sus peculiares acentos y la forma como el significante pautaba su ritmo y su sentido, su musicalidad y su expresión.

Aún más, se sabe que un estudio de esta naturaleza, como lo han revelado valiosos poetas modernos con cabal dominio de la métrica clásica, como lo hiciera Franklin Mieses Burgos al sostener que el poeta actual debe conocer la preceptiva clásica porque ese conocimiento conlleva una soltura mayor para el ejercicio del verso en el empleo de los acentos y en la colocación de las palabras, aun cuando no se versifique según la pauta tradicional pues el empleo del versolibrismo y la polimetría en la versificación moderna no descarta ciertos efectos sonoros y eurítmicos, y en tal virtud ayudan a la distribución de pautas y acentos y medidas, como todo el bagaje cultural anejo a la inveterada versificación tradicional.

En la historia de la formalización métrica, la obra de Balaguer contiene quizás las últimas y definitivas precisiones y observaciones pertinentes sobre este aspecto preceptivo de la versificación castellana, y conviene subrayar el aporte de este escritor y académico dominicano al conocimiento de los aspectos métricos de la poesía de la clasicidad.

 

  1. Ilustración de un ejercicio crítico

Los susodichos fundamentos teóricos, que Balaguer estudiara con rigor formal y consagrada disciplina en sus Apuntes, le han servido para el ejercicio de su práctica crítica. En ese sentido podemos reiterar que hay una coherencia entre el Balaguer teórico y el Balaguer crítico, pues en todos sus escritos críticos hace la aplicación pertinente de su concepción estética. En sus estudios críticos es consecuente con sus postulados teóricos, y la erudición clásica que poseía, la aplicaba a la labor creadora de los poetas que merecieron su atención crítica.

Al comentar la poesía de Gastón Fernando Deligne lo presenta como un versificador altamente culto, conocedor a fondo de la técnica del endecasílabo clásico, al tiempo que enriquece la formalización poética mediante el empleo de expresiones antiguas ajustadas al más exigente código de arte: “Fue Gastón F. Deligne, por su versificación sabia y por su tendencia a emplear toda clase de primores de estilo, artista de la familia cordobesa de Juan de Mena y de Góngora: el autor de Galaripsos no sólo ensanchó el dominio de la poesía con poemas de poderosa originalidad, sino que supo también enriquecer el verso con nuevos recursos expresivos” (Historia de la literatura dominicana, p. 230).

La aplicación que hace Balaguer a la crítica literaria no sólo refleja erudición clásica, sino una serie de rasgos exegéticos apreciables en su praxis crítica, y que son los siguientes:

 

1) Aplicación de los principios de la tradición clásica. Algunos de esos principios fundamentales de la tradición clásica hallan en Balaguer, como en los grandes estudiosos de las letras, cabal atención, como la preocupación por la suerte o el destino, como el conocimiento del alma humana, como el interés por las tendencias humanísticas. El cultivo del espíritu es una opción preferencial en los herederos de la tradición clásica, y ese aspecto lo subraya Balaguer en muchos de los hombres y mujeres ilustrados a quienes consagra sus horas de estudio y reflexión, como lo hace al ponderar los méritos de Virginia Elena Ortega, y para exaltar sus cualidades, destaca los aspectos que nadie podría disputarle, por lo cual suele usar términos enfáticos excluyentes (como nunca, nadie, jamás, mejor): “Virginia Elena Ortega ha sido la escritora dominicana mejor dotada para actividad literaria. Salomé Ureña, la reina de nuestro parnaso, tiene rivales que le disputan la corona del verso. Pero Virginia Elena Ortega, cuya estrella se apagó en la hora de su esplendor meridiano, no tiene, en cambio, quien le discuta un lauro más modesto, pero no menos codiciable: el de la prosa narrativa. Jamás se ha visto, en la literatura nacional, inteligencia de mujer a quien con más dulzura le sonrieran las Gracias; ni imaginación risueña, ni pluma más abundante dotada del don de narrar, en páginas encantadoras, las pequeñeces del vivir cotidiano” (Joaquín Balaguer, Semblanzas literarias, Santo Domingo, Editorial de la Cruz Aybar, 1985, p. 129).

 

2) Erudición clásica aplicada a sus estudios críticos. Se trata de un conocimiento y una instrucción sobre la cultura de los clásicos del pasado y que nuestro autor vincula, de un modo enriquecedor, al análisis de los textos elegidos. Esa erudición de la cultura clásica tiene la particularidad, en los trabajos de Balaguer, de ser aplicada a la realidad literaria dominicana, en la casi totalidad de sus interpretaciones y ensayos.  En efecto, consagrado a la interpretación de las letras nacionales, Balaguer dedica la mayor parte de sus estudios y análisis a los autores dominicanos, de manera que su apreciable talento analítico y su indudable capacidad interpretativa, los ha vertido a favor del desarrollo de nuestra literatura y en beneficio de su difusión y proyección. Esa erudición clásica se aprecia en todos sus ensayos críticos, como en este pasaje que presentamos como ilustración: “El cuento mitológico “Los diamantes”, ágilmente escrito, oculta un profundo sentido moral bajo la apariencia de una fantasía risueña. Proserpina, símbolo en el maravilloso relato de la mujer enloquecida por el pérfido brillo de la piedra alucinante, adquiere, al ser evocada por la pluma de Virginia Elena Ortea, aspecto de criatura al propio tiempo, espléndida y siniestra, digna de un bacanal del Ticiano. La figura de Plutón, fuertemente tallada en una especie de medallón llameante, cobra aquí toda su feroz grandeza para moverse en medio de su palacio diabólico, labrado por la noche” (J. Balaguer, Semblanza literarias, p. 132).

 

3) Retórica clásica orillada en sus exégesis textuales. La retórica, en la acepción de reglas o principios exigidos por cada movimiento literario, tuvo su germinación, como es natural, en el Clasicismo antiguo, y cada movimiento genera su propia retórica, de manera que podemos hablar de la retórica clásica, la retórica romántica, la retórica modernista, etc. Para la retórica clásica, o neoclásica, el dominio de la gramática y las reglas de la escritura y la composición, son normas ineludibles. Al destacar el aliento femenino de Virginia Elena Ortea (resulta chocante la clasificación de “acento varonil” que Balaguer atribuye a Salomé Ureña) nuestro crítico echa de menos la ausencia de retórica en una escritora que lo fue “más por vocación que por estudio” (Ibidem, p. 137). Al enjuiciar a Salomé Ureña, dice: “No hay caídas visibles ni defectos mercados en su verificación de pulcritud inmaculada. Fue tan grande su dominio del arte de la composición, tan sagaz y constante su instinto de la armonía, tan notable y tan activo su sentimiento de la belleza plástica del verso, que llegó hasta desechar aquellas sinéresis, sin dudas correctas pero ásperas y a veces también algo forzadas, que en los poetas dominicanos y aún en los de toda América subsistieron durante largo tiempo cuando ya habían sido proscritas de la pronunciación castellana” (Joaquín Balaguer, Letras dominicanas, Santo Domingo, Editorial de la Cruz Aybar, 2a. ed., p. 291).

 

4) Coherencia conceptual entre ideología estética y praxis crítica

La coherencia que se aprecia en el Balaguer teórico y el Balaguer crítico se puede reconocer también entre la vida y la obra de Balaguer, que actúa como piensa, de manera que no hay contraste entre su pensamiento y su acción, entre su decir y su hacer, y esa es una virtud que hay que destacar en nuestro crítico. Cuando ejercita su capacidad crítica pone de manifiesto esa concordancia entre su criterio y su discurso, entre su formación academicista y su aplicación escritural, entre su concepción teórica y su cumplimentación literaria.

Balaguer pondera el pasaje de Guanuma, la novela de Federico García Godoy, en la que el destacado novelista vegano penetra en el ánimo abatido de Santana al comprobar el paso de la Anexión de la República a España. Externa nuestro crítico palabras de compasión hacia el caudillo seibano: “Pero tal vez lo más admirable y lo más novelesco que hay en “Guanuma”, por ser lo que más fielmente refleja las repercusiones del drama de la Anexión en la conciencia del hombre que llevó adelante esa empresa, son las páginas donde se describe a grandes rasgos la crisis en que el fracaso de su obra precipita al general Pedro Santana. Ese proceso de descomposición moral se halla sin duda vigorosamente sentido y bien analizado. García Godoy, tan severo a veces con el Marquez de las Carreras, baja al fondo del alma de aquel gran caudillo y descubre los pliegues más íntimos de su pensamiento para fotografiarlos con rigor implacable, pero con rigor que no excluye cierto sentimiento de simpatía verdaderamente humano. En ese espectáculo interno, en el desarrollo de esa crisis que pasa desde el saboreo del triunfo hasta el amargo convencimiento de la derrota, y que abarca desde lo que hubo en el héroe de más grande y magnífico hasta lo que cupo en su espíritu de más sucio y más villano, reside el verdadero interés dramático de “Guanuma”. Esas solas páginas serán suficientes para hacer a toda la novela digna de sobrevivir entre las mejores obras de su género de la literatura hispano-americana” (Balaguer, Letras dominicanas, p. 203).

 

5) Vinculación del contexto histórico y el contexto literario

Aunque la crítica literaria de Joaquín Balaguer se apoya, como base especulativa, en la retórica clásica, también enfoca, paralelamente, el contexto histórico que empalma al literario en sus exégesis literarias. El acento en la retórica clásica, con las exigencias del buen decir y el gusto exigente y equilibrado en la normativa técnica y compositiva, por lo cual inscribimos su obra en la tendencia de la crítica retórica –que dijimos que él inaugura para las letras nacionales- no es obstáculo para engarzar su visión del fenómeno literario a la realidad histórica, por lo cual Balaguer orilla también la crítica histórica que desarrollaran en nuestro país críticos de la talla de Max Henríquez Ureña, Emilio Rodríguez Demorizi y Carlos Federico Pérez. Balaguer emplea con indudable maestría el método comparativo que auspiciaran en el siglo XIX los filólogos alemanes, y al aplicarlo a las letras dominicanas, revelan sus juicios críticos una erudición enciclopédica y una admirable cultura humanística ecuménica, haciendo inferencias muy provechosas para el conocimiento de la literatura criolla. Al enjuiciar a Fabio Fiallo, escribe nuestro analista: “El ruiseñor de Fabio Fiallo, en efecto, no anidó como el de Bécquer en el corazón de la humanidad, ni se detuvo a cantar como el de Heine en un arbusto venenoso. El poeta dominicano es, en otros términos, un poeta de salón, capaz de ditirambos y de cortesanías, pero no un poeta nacido, como los dos altos líricos a quienes manifiestamente recuerda, para convertir el amor en la cifra de todos los sentimientos que se agitan en el reino de las almas; y por eso, aunque permaneció durante más de treinta años cultivando rosas de pasión en el jardín de Eros, no acertó nunca a verte una siquiera de esas lágrimas que brotan d ela pluma de los grandes poetas y en las que se refleja no sólo el corazón de quien las vierte sino también el de todo el universo”. (J. Balaguer, Letras dominicanas, p. 13).

La dedicación de Joaquín Balaguer a las letras, tan fecunda como la de Pedro Henríquez Ureña y tan consagrada como la de Federico García Godoy, le ha permitido ejercer el autor de Métrica castellana un intenso magisterio literario que ha desplegado en numerosos textos exegéticos y que han contribuido al desarrollo de las letras nacionales y, de un modo especial, al fortalecimiento de la tradición crítica en la República Dominicana.

La categoría de crítico literario de Joaquín Balaguer no desaparece en el brillante escritor de Navarrete cuando las circunstancias de su carrera política lo elevan a la jefatura del Estado, cuya labor ilustra el ejemplo de la coexistencia de dos actividades tan absorbentes y contrapuestas como son la literatura y la política. En la labor crítica de Joaquín Balaguer su interpretación destila, a pesar de la generosidad con que enjuicia a sus autores favoritos, gotas de aliento dominicanista a través de su innegable sentido crítico. Balaguer no es el analista literario que funda sus juicios en un instinto crítico, sino que hay en él un claro sentido de la crítica que es resultado a la vez de la intuición y de la formación, y ese sentido crítico que revelan sus páginas de interpretación literaria, a pesar de la pasión con que a menudo exalta las cualidades de los escritores analizados, no deja de señalar los defectos o carencias de los textos o los escritores. Hasta en la literatura se aprecia la concepción providencialista de la historia que tiene Joaquín Balaguer, pero ese rasgo de su ideología no le ha impedido estudiar y moldear la idiosincrasia del dominicano, al que ha subyugado con la grandilocuencia de su verbo y la gallardía de su expresión, que maneja con igual solvencia en la tribuna pública o en el ejercicio de la crítica histórica o literaria con una constancia que supera más de medio siglo de vida intelectual, política o literaria.

La contribución intelectual de Joaquín Balaguer comprende no solo el ámbito de la teoría y la crítica literaria, sino que alcanza también la historiografía, el ensayo y la oratoria. El aporte de Balaguer a la crítica literaria es realmente valioso y hay que acudir a sus opiniones críticas para conocer la dimensión de nuestros escritores decimonónicos y los del primer tercio del siglo XX. Sus obras de historia no se restringen a los autores de textos literarios, sino que toma en cuenta diferentes aspectos de los próceres escritores (Núñez de Cáceres, Espaillat, Meriño) o combina la historia y la ficción (Los carpinteros). Como cultor de la palabra hablada, Balaguer enaltece la oratoria dominicana y su nombre figura junto a los de Eugenio Deschamps, Félix María del Monte y Fernando Arturo de Meriño entre los grandes oradores dominicanos. Su contribución teórica se aprecia en Apuntes para una historia prosódica de la métrica castellana, obra que le consagra como un teórico de la versificación española. Ese aporte fue determinante para figurar entre los miembros de la Academia Dominicana de la Lengua.

Prevalido de la erudición de cultura clásica, auxiliado del instrumental teórico de la preceptiva literaria y manumitido del aliento de su poderoso vuelo expresivo, Balaguer ha abordado con la pasión que la caracteriza, con la efusión de su verbo encendido y la fuerza de su sentido crítico, textos de creación y ensayos, de análisis y valoración de las grandes figuras de las letras nacionales. Como prosista virtuoso del lenguaje florido y preciosista, como estilista esmerado de la expresión pulcra y elegante y como cultor apasionado de la tradición humanista, Balaguer ha desplegado un entusiasmo inusitado por la difusión de los valores clásicos y ha sido consecuente con la preceptiva de linaje clásico en sus análisis críticos y teóricos.

Las grandes realizaciones de Joaquín Balaguer revelan a un intelectual enaltecido por la Historia como una figura singular del siglo XX. Es mucho lo que hay que aprender de este consagrado hombre de letras; es mucho lo que el país le debe a este incansable cultor de la palabra, y es grande el reto de los que han de continuar la huella de este escritor eminente.

 

Bruno Rosario Candelier

La retórica clásica de Joaquín Balaguer

Moca, Ateneo de Moca, 5 de agosto de 1988.

 

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