Benito Pérez Galdós: «La conjuración de las palabras», cuento alegórico

 PRÓLOGO

A

LA CONJURACIÓN DE LAS PALABRAS

Cuento alegórico de Benito Pérez Galdós

Real Academia Española

 

Colección

Almuerzos del Director

Madrid, 2020

 

Hace muchos años que se estableció en la Real Academia Española la costumbre de celebrar, al término de las fiestas navideñas, el “Almuerzo del Director”. Es una ocasión para propiciar el intercambio amable de puntos de vista sobre política, historia, literatura, lengua, proyectos académicos y problemas de la institución. Explicado así, el almuerzo no tiene nada de particular que lo diferencie de las comidas que celebran por Navidad muchas instituciones y empresas.

El nuestro se distingue porque, al término del ágape, a la hora de los postres, los académicos que libremente lo soliciten recuerdan anécdotas y sucedidos o leen a sus compañeros textos de su cosecha, como sonetos, coplas, décimas, ovillejos, microrrelatos, o cualquier otra composición preparada para la ocasión o recuperada de algún cajón en que yacía olvidada. Este momento de los postres es singular. La atención de todos, dividida en conversaciones múltiples durante la comida, se concentra en lo que dice el académico disertante, que procura esmerarse en elegir ocurrencias con las que alegrar el momento a los contertulios.

Estos discursitos se han compilado a veces en pequeñas ediciones para el recuerdo del ingenio académico. José María Merino fue el último esforzado editor.

La mentada tradición tiene mucho valor para los académicos pero creo que, sin estorbarla, podría enriquecerse con la edición de textos breves, sean artículos, discursos, cartas, poemas o cuentecillos, elegidos entre los escritos de nuestros compañeros de años o siglos atrás. Serviría de evocación y de convocatoria a compartir la sobremesa con nosotros los académicos vivos.

Este folleto es la primera realización de esa idea y espero que sea también el inicio de una serie con tan larga proyección como tengan los Almuerzos del Director.

La elección de un autor ha venido, en esta primera entrega, impuesta por la historia de nuestra literatura. Era obligado invitar a nuestra mesa académica a Benito Pérez Galdós, uno de los narradores españoles más importantes e todos los tiempos, escritor prolífico, inventor de la novela moderna, historiador, articulista inagotable y dramaturgo e enorme éxito. Su primacía ha venido determinada por la circunstancia de que los días señalados para el tradicional Almuerzo del Director coinciden este año con la conmemoración de su muerte, ocurrida el 4 de enero de hace cien años.

El texto es poco conocido, aunque rebosa ingenio, soltura técnica e intención política (no lejana, pese al tiempo transcurrido, a los problemas de la España de hoy). La conjuración de las palabras se editó por primera vez el 12 de abril de 1868 en el periódico La Nación, que había fundado Pascual Madoz. Galdós tenía entonces 25 años.

Escribió La conjuración de las palabras al mismo tiempo que empezaba a familiarizarse con la gran literatura europea. En 1867 había visitado por primera vez París y la ciudad francesa le produjo gran fascinación. Se aplicó, como ya era costumbre suya en relación a Madrid, a callejearla sin descanso, para conocer al detalle cada rincón. Lo hizo sin desmayo en una ciudad que, según sus apreciaciones, era diez veces más grande que la capital española. Se familiarizó con los puestos de libros que encontraba a cada paso en los quais, y adquirió todos los que pudo; entre ellos Eugénie Grandet, el primer libro de Balzac que leyó. Más tarde empezaría a adquirir todos los volúmenes de La Comédie Humaine, que devoró. También descubrió Galdós a Dickens. Escribió luego que, por entonces, él conocía a Balzac pero no a Dickens, y que fue un periodista y escritor prestigioso, Federico Balart, quien se lo dio a conocer. El amor por la obra de Dickens fue de tan inmediata intensidad que se dispuso a traducir (con muy escasos conocimientos de inglés y apoyándose en las traducciones francesas) Pickwick Papers. Su versión apareció en La Nación entre el 9 de marzo y el 28 de julio de 1868. Galdós siempre consideró a Dickens (que para aquel año ya había escrito prácticamente toda su obra y estaba a tres de su muerte), “mi maestro más amado”.

En el periodo en que publica La conjuración de las palabras, Galdós está empeñado en la escritura de La Fontana de Oro, su novela sobre la política y la sociedad del Trienio liberal (1820-1823). Tal vez Benito tuviera intención de presentar la novela a un concurso convocado por la Real Academia Española, cuyo primer premio estaba dotado con la suculenta y asombrosa cifra de dos mil escudos (20000 reales). En La Nación de 19 de abril escribe Galdós admirado por la dotación del premio, pero emprendió poco después su segundo viaje a París y el plazo de presentación de candidaturas se cerró, sin La Fontana de Oro, el 13 de diciembre de aquel año.

La conjuración de las palabras lleva un subtítulo que ayuda a entenderlo como algo más que un cuento fantástico, clasificación en que suelen incluirlo los críticos junto a otros cuentos galdosianos: Una industria que vive de la muerte (1865); La novela en el tranvía (1871); La pluma en el viento (1873); La mula y el buey (1876); La princesa y el granuja (1877); Theros (1877); Tropiquillos (1884); Celín (1889); ¿Dónde está mi cabeza? (1892); El Pórtico de la Gloria (1896); y Rompecabezas (1897). Fantástico es, sin duda, La conjuración, pero el subtítulo, Cuento alegórico, advierte al lector que lo que ocurre en la breve narración es una manera de explicar otras cosas; a saber: la insolidaridad, el desorden y la falta de dirección de la política y la sociedad en los meses previos a la revolución de septiembre de 1868. Benito Pérez Galdós escribe sobre una conjuración promovida por las palabras del diccionario académico contra el mal uso que hacen de ellas los escritores, pero la mala relación de los sustantivos entre sí, si inocuidad si no los acompañan los adjetivos, el papel de los verbos, los adverbios, los pronombres, la puntuación y, en general, el desorden y la falta de criterio, conducen al fracaso de los sublevados.

El cuento anuncia que algo así podrá ocurrir en una sociedad que se acerca a una revolución, que efectivamente tendrá lugar pocos meses después de que se publicara el cuento, y que fracasará por razones equiparables a las que sacuden el lenguaje, si no hay una institución, como la Real Academia, que oriente su buen uso.

La Revolución del 68, intuida en las páginas del cuento, fue muy celebrada por Galdós. El estallido tuvo lugar cuando acababa de entrar en España de vuelta de su segundo viaje a París. Su familia, asustada, se embarcó en Barcelona, en el vapor América, rumbo a Canarias. Pero él insistió en desembarcar en Alicante para volver de inmediato a Madrid. Cuenta las celebraciones de aquellos días, con entusiasmo indisimulado, en Memorias de un desmemoriado.

Algunos académicos de la RAE pondrían el ojo en don Benito a partir de los años setenta, cuando ya era una celebridad en España. Pero resultó amarga su elección como miembro de la corporación. El primer intento de incorporarlo como numerario se produjo en 1888. Su candidatura fue propuesta por Valera, Núñez de Arce y Menéndez Pelayo, pero la mayoría se inclinó a favor de un catedrático de latín, don Francisco Andrés Commelerán. La decisión de los académicos resultó incomprensible y escandalosa. La prensa se puso del lado de Galdós y difundió las razones de índole política (los conservadores cerraban el paso a un liberal) que explicaban la votación y las trifulcas que habían precedido y sucedido a la elección.

Don Benito escribió una carta a Clarín el 29 de noviembre de 1888 (la votación se había celebrado el 17 de enero y aún le duraba el enorme disgusto), templada en las formas pero dándole cuenta de los sucedido; destacaba la bronca entre su principal defensor, Marcelino Menéndez Pelayo, y el más persistente opositor, Mariano Catalina, que llegó al extremo, dice la carta, que tuvieron que separarlos “porque estuvo en un tris que se pegaran”. Presumía Galdós de que estaban firmes de su parte los cinco “que son sin disputa la flor de la corporación, a saber: Marcelino, Valera, Núñez de Arce, Campoamor y Castelar”. Pero fue más fuerte el tirón de Cánovas, que estaba en el otro lado. El derrotado escribe, sin embargo, convencido de que “don Antonio deseaba que yo entrase (me consta de un modo indubitable)”. Cosas de los académicos…

La elección de don Benito Pérez Galdós como académico numerario se produjo, al segundo intento, el 13 de junio de 1889 por amplísima mayoría de votos. La candidatura la firmaron el conde de Cheste (director de la Academia), Cánovas y Tamayo y Baus.

Las circunstancias del ingreso y toma de posesión son interesantes pero bastante conocidas y asequibles para cualquier lector interesado: aplazó durante siete años la redacción de su breve discurso de ingreso titulado La sociedad presente como materia novelable, que leyó con tono apocado (a don Benito le aterraba hablar en público). Contestó al recipiendario Marcelino Menéndez Pelayo. Dos semanas después ingresó José María de Pereda, a quien contestó su amigo Galdós.

Esta edición, en pequeño formato, de La conjuración de las palabras, que abre un año de celebraciones y recuerdos de la vida y obra del gran don Benito Pérez Galdós, está ilustrada con algunos de sus dibujos. La conocida afición de Galdós por el dibujo, que mantuvo a lo largo de toda su vida, le permitió dejar representaciones gráficas de muchos de los personajes y situaciones que creó.

Escribió sobre tal inclinación que “antes de crear literariamente los personajes de mis obras, los dibujo con el lápiz para tenerlos después delante mientras que hablo con ellos. (…) Tengo dibujados a lápiz todos los personajes que he creado”.

 

Santiago Muñoz Machado

Director de la Real Academia Española

 

BENITO PÉREZ GALDÓS

LA CONJURACIÓN DE LAS PALABRAS

Cuento alegórico

 

Érase un gran edificio llamado Diccionario de la lengua castellana, cuyo tamaño era colosal y fuera de medida, que, al decir de los cronistas, ocupaba casi la cuarta parte de una mesa, de estas que, destinadas a muchos usos, vemos en las casas de los hombres. Si hemos de creer a un viejo documento hallado en un viejísimo pupitre, cuando ponían al tal edificio en el estante de su dueño, la tabla que lo sostenía amenazaba ruina, con detrimento de todo lo que encima había. Formábanlo dos anchos murallones de cartón, forrados en piel de becerro jaspeado, y en la fachada, que era también de cuero, se veía un ancho cartel con letras doradas, que decían al mundo y a la posteridad el nombre y la significación de aquel gran monumento.

Por dentro era una maravilla tan curiosa, que ni el mismo laberinto de Creta se le igualara. Dividíanlo hasta seiscientos tabiques de papel con sus números llamados páginas; cada tabique estaba subdividido en tres galerías o columnas muy grandes, y en estas galerías se hallaban innumerables celdas, donde vivían los ochocientos o novecientos mil seres que en aquel vastísimo y complicado recinto tenían su habitación. Estos seres se llamaban palabras.

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Una mañana sintiose un gran ruido de voces, patadas, choques de armas, roces de vestidos, llamamientos y rumores, como si un numeroso ejército se levantara y vistiera con grande prisa, apercibiéndose para una atroz y descomunal batalla. Y a la verdad, batalla o cosa parecida debía de ser, porque a poco rato salieron todas o casi todas las palabras del Diccionario, formadas en orden, con fuertes y relucientes armas, formando un escuadrón tan grande que no cupiera en la misma Biblioteca Nacional. Magnífico y sorprendente era el espectáculo que este ejército presentaba, según me dijo el testigo ocular que lo presenció todo desde un escondrijo inmediato, el cual testigo ocular era un viejísimo Flos sanctorum, forrado en pergamino, que en el propio estante se hallaba a la sazón.

La comitiva avanzó hasta que estuvieron todas las palabras fuera del edificio. Trataré de describir el orden y aparejo de aquella procesión, siguiendo fielmente la veraz, escrupulosa y auténtica narración del Flos sanctorum.

Delante venían unos heraldos llamados artículos, vestidos con relucientes dalmáticas y cotas de finísimo acero: no llevaban armas, y sí los escudos de sus señores los sustantivos, que venían un poco más atrás. Estos formaban un número cuasi infinito, y estaban todos tan vistosos y gallardos, que daba envidia el verlos. Unos llevaban resplandecientes armas del más puro metal, y cascos en cuya cimera ondeaban plumas y festones; otros vestían lorigas de paños de Segovia con listones de oro y adornos recamados de plata; otros cubrían sus cuerpos con luengos trajes talares, a modo de senadores venecianos. Unos iban, caballeros, en poderosísimos potros cordobeses, y otros a pie. Algunos había también menos ricos y lujosos en el vestir que los demás; y aun puede asegurarse que había bastantes pobremente vestidos, si bien estos eran poco vistos, porque el brillo y esplendidez de los otros como que les ocultaba y oscurecía.  Al lado de los sustantivos estaban los pronombres, que iban a pie y delante, teniendo la brida de los caballos, o detrás, sosteniendo la cola del vestido de sus amos, o guiándoles a guisa de lazarillos, o bien dándoles el brazo para sostén de sus flacos cuerpos, porque sea dicho de paso, también había sustantivos muy valetudinarios y decrépitos, y algunos parecían próximos a morir. También es cierto que había algunos pronombres que se hallaban allí representando a sus amos, que se habían quedado en la cama por enfermos o perezosos, y estos pronombres formaban en la línea de los sustantivos como si de tales tuvieran categoría. No es necesario decir que los había de ambos sexos; y las damas cabalgaban con tanto donaire como los hombres, y aun esgrimían las armas con tanto desenfado como ellos.

Detrás venían los adjetivos, todos a pie; y eran como servidores o satélites de los sustantivos, porque formaban al lado de ellos y atendían a sus razones para obedecerlas. Era cosa sabida que ningún caballero sustantivo podía hacer cosa buena sin el auxilio de un buen escudero de la familia de los adjetivos; pero estos, a pesar de la fuerza y significación que prestaban a sus amos, no valían solos ni un ardite, y se aniquilaban completamente en cuanto quedaban solos. Eran muy brillantes y primorosos sus vestidos y adornos, de colores vivos y formas muy determinadas; y lo mas particular era que cuando se acercaban al sustantivo, este tomaba el color y la forma de aquellos, quedando transformado al exterior, aunque en la esencia el mismo.

Como a diez varas de distancia venían los verbos, que eran unos seres de lo más extraño y maravilloso que puede concebir la fantasía.

No es posible decir su sexo, ni medir su estatura, ni pintar sus facciones, ni contar su edad, ni definirlos con precisión ni exactitud. Baste saber que se movían mucho y a todos lados, y tan pronto iban hacia atrás como hacia adelante, y se juntaban dos para andar juntos. Lo cierto del caso, según me aseguró el Flos sanctorum, es que sin tales verbos no se hacía cosa a derechas en aquella república, y, si bien los sustantivos eran muy útiles, no podían hacer nada por sí, y eran como unos instrumentos ciegos cuando no los dirigía algún verbo. Tras estos venían los adverbios, que tenían catadura de pinches de cocina; no servían más que para prepararles la comida a los verbos y servirles en todo. Es fama que eran parientes de los adjetivos, como lo acreditaban viejísimos pergaminos genealógicos, y aun había adjetivos que servían en la clase de adverbios, para lo cual bastaba ponerse una cola o falda en esta forma: mente.

Las preposiciones tenían un cuerpo enano; y más que personas parecían cosas que se movían automáticamente: iban junto a los sustantivos para llevar recados a algún verbo, o viceversa. Las conjunciones andaban por todos lados metiendo bulla; y había especialmente una, llamada que, que era el mismo enemigo; y a todos los tenia revueltos y alborotados, porque indisponía a un señor sustantivo con un señor verbo, y a veces tras- tornaba lo que este decía, variando completamente el sentido. Detrás de todos venían las interjecciones, que no tenían cuerpo, sino tan solo unas cabezas con una gran boca, siempre abierta. No se metían con nadie, y se manejaban solas; que aunque pocas en número, es fama que sabían hacerse valer.

De estas palabras, algunas eran nobilísimas y llevaban en sus escudos delicadas empresas, por donde se venía en conocimiento que tenían abolengo latino o árabe; otras, no tenían alcurnia antigua y eran nuevecillas y de poco más o menos. Las nobles las trataban con desprecio. Algunas había también que estaban en calidad de emigradas de Francia, esperando el tiempo para adquirir nacionalidad. También había algunas que se caían de puro viejas, y estaban arrinconadas, aunque las demás tenían consideración a sus canas; y las había también tan petulantes y pretenciosas, que desdeñaban a las demás mirándolas de soslayo.

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Llegaron a la plaza del Estante y la ocuparon toda. El verbo Ser hizo una especie de cadahalso o tribuna con dos admiraciones y algunas comas que por allí había, y subió a él con intención de hablar; pero le quitó la palabra un sustantivo muy travieso y hablador, llamado Hombre, el cual, subiendo a los hombros de sus dos edecanes, los nobles adjetivos Racional y Libre, saludó a la multitud, quitándose la H, que a guisa de sombrero le cubría, y empezó a hablar en estos o parecidos términos:

—«Señores: la osadía de los escritores españoles ha irritado nuestros ánimos, y es preciso darles justo y pronto castigo. Ya no basta introducir en sus libros palabras francesas, con gran detrimento nuestro, sino que cuando por casualidad se nos emplea, trastornan nuestro sentido y nos hacen decir lo que no significamos. (Bien, bien). De nada sirve nuestro noble origen latino, ni la exactitud de nuestro significado. Se nos desfigura de un modo que da grima y dolor el recordarlo. Así, permitidme que me conmueva, porque las lágrimas brotan de mis ojos y no puedo reprimir la emoción». (Nutridos aplausos).

El orador se enjugó las lágrimas con la punta de la e, que le servía de faldón, y ya se preparaba a continuar, cuando le distrajo el rumor de una disputa que no lejos se había entablado.

Era que el sustantivo Sentido estaba dando de mojicones al adjetivo Común, y le decía:

– Perro, follón y sucio vocablo, por ti me traen asendereado, y me ponen como salvaguardia de toda clase de desatinos. Desde que un escritor no entiende palotada de una ciencia, se escuda con el Sentido Común, y ya le parece que es el más sabio de la Tierra. Vete, sucio adjetivo, lejos de mí, o te juro que no saldrás con vida de mis manos.

Y al decir esto, el Sentido enarboló la t, y dándole un garrotazo con ella al adjetivo, lo dejó tan malparado, que tuvieron que ponerle un vendaje en la o y bizmarle las costillas de la m, porque se iba desangrando por allí, con más prisa que satisfacción.

– Haya paz, señores —dijo un sustantivo femenino llamado Filosofía, que con dueñescas y blanquísimas tocas apareció entre el tumulto. Mas en cuanto le vio otra palabra llamada Música, se echó sobre ella y empezó a mesarle los cabellos y a darle coces, diciendo:

– Miren la bellaca, la sandia, la loca; ¿pues no quiere llevarme encadenada con una preposición, diciendo que yo tengo Filosofía? Yo no tengo sino Música, hermana, y ruegue a Dios no se pudra de vieja, si anda en compañía con la Alemana, que es otra vieja loca.

– Quita allá, pazpuerca —dijo la Filosofía arrancándole a la Música el penacho o acento que muy erguido sobre la ú llevaba—; quita allá, que para nada vales, ni sirves más que de pasatiempo pueril.

– Poco a poco, señoras mías —dijo un sustantivo alto, delgado, flaco y medio tísico, llamado el Sentimiento—. A ver, señora Filosofía, si no me dice usted esas cosas a la Música, o tendremos que vernos los dos. Estese usted en paz y deje a Perico en su casa, porque todos tenemos trapitos que lavar, y si yo saco los suyos, ni con colada habrán de quedar limpios.

– Miren el mocoso —dijo la Razón, que andaba por allí en traje de mañana, y un poquillo desmelenada—, ¿qué sería de vuesas mercedes sin mí? No reñir, y cada uno a su puesto; que si me incomodo…

– No ha de ser —dijo el sustantivo Mal, que a la sazón llegaba.

– ¿Quién le mete a usted en estas danzas, tío Mal?  Váyase con Dios, que ya está de más en el mundo.

– No, señoras, perdonen usías, que no estoy sino muy retebién. Un poco decaidillo estaba; pero después que he tomado este lacayo, que ahora me sirve, no me va tan mal.

Y mostró un lacayo, que era el adjetivo Necesario.

– Quítenmela, que la mato —dijo la Religión, que había venido a las manos con la Política—; quítenmela, que me ha usurpado el nombre para ocultar en el mundo sus socaliñas y gatuperios.

– Basta de alusiones personales —dijo el sustantivo Neo, que todo tiznado de negro se presentó para poner paz en el asunto.

– Déjelas que se arañen, hermano —dijo la Hipocresía, que estaba rezando el rosario en una sarta de puntos suspensivos—; déjelas que se arañen, que ya sabe vuestra señoría que rabian de verse juntas. Entendámonos nosotros, y dejémoslas a ellas.

– Sí, bien mío…  ¿pero cuándo nos casamos? —dijo el sustantivo masculino.

– Pronto, luz de mis ojos —dijo el femenino.

Mientras estos dos amantes desaparecían abrazados entre la multitud, se presentó un gallardo sustantivo, vestido con relucientes armas y trayendo un escudo con primorosas figuras y lema de plata y oro. Este sustantivo se llamaba el Honor, y venía a quejarse de los innumerables desatinos que hacían los humanos en su nombre, dándole las más raras aplicaciones y haciéndole significar lo que más les venía a cuento. Pero el sustantivo Moral, que estaba en un rincón atándose un hilo en la l, porque se la habían roto en la refriega anterior, se presentó, atrayendo las miradas de todos. Quejose de que se le subían a las barbas ciertos adjetivos advenedizos, y concluyó diciendo que no le gustaban ciertas compañías, y que prefería andar solo, con lo cual se rieron mucho otros sustantivos, que no llevaban nunca menos de seis adjetivos de servidumbre.

Entretanto, el sustantivo Inquisición, que era una vieja que no se podía tener, estaba pegando fuego a una hoguerilla que había hecho con interrogantes gastados y palos de t y algunos paréntesis rotos, en la cual hoguera dicen que quería quemar a la Libertad que andaba dando zancajos por allí con singular gracia y desenvoltura. Por otro lado estaba el verbo Matar dando grandes voces y cerrando el puño con rabia, diciendo de vez en cuando:

– ¡Si me conjugo…!

Lo cual oyendo el sustantivo Paz, vino corriendo con tanta prisa, que tropezó en la z, con que venía calzada y cayó cuan larga era, dando un gran batacazo.

– Allá voy —dijo el sustantivo Arte, que ya se había metido a zapatero—. Allá voy a componer ese zapato, que es cosa de mi incumbencia.

Y con unas comas le clavó la z a la Paz, que tomó vuelo y se fue a hacer cabriolas ante el nombre propio Chassepot, de quien dicen que estaba grandemente enamorada.

No pudiendo el verbo Ser, ni el sustantivo Hombre, ni el adjetivo Racional poner en orden a aquella gente, y comprendiendo que de aquella manera iban a ser vencidos en la desigual batalla que con los escritores españoles iban a emprender, resolvieron volverse a su casa.  Dieron orden de que cada cual se fuera a su celda, y así se cumplió, aunque costó gran trabajo encerrar a algunos rezagados que se empeñaban en alborotar y hacer el coco.

Resultaron de este tumulto algunos heridos, que aún están en el hospital de sangre del Diccionario. Han determinado congregarse de nuevo para examinar los medios de imponerse a los escritores. Se está redactando un reglamento que establecerá el orden en las discusiones.  Aquella conjugación no tuvo resultados, pues gastaron el tiempo en estériles debates y luchas intestinas, en vez de congregarse para combatir al enemigo común; así es que concluyó todo con más prontitud que fruto.

El Flos sanctorum me aseguró que la Gramática había mandado al Diccionario una embajada de géneros, números y casos para ver si, por las buenas, y sin derramamiento de sangre, se arreglaban los trastornados asuntos de la Lengua castellana.

Madrid, abril de 1868.

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