Lo originario en la poesía de Andrés L. Mateo

Por Bruno Rosario Candelier

 

Realidad, intuición de lo originario y creación 

Los poetas suelen percibir, desde la onda intuitiva de su conciencia, la faceta singular y peculiar de lo existente mediante una percepción múltiple y simultánea de las cosas con el sentido inherente de fenómenos y vivencias. Esta afirmación tiene cabal cumplimiento en la creación literaria de Andrés L. Mateo, que tiene un ejercicio poético valioso y ejemplar.

Mediante el concurso de los sentidos percibimos la dimensión sensorial de la realidad que hiere nuestra sensibilidad, base de la intuición y caudal de las percepciones que nutren la creatividad. Para la comprensión de lo real los sentidos captan los rasgos de las cosas y la inteligencia realiza una operación intelectual que llamamos intelección (palabra que procede de intus légere, que significa ‘leer dentro’ de las cosas), lo que entraña una lectura de la realidad, pero esa comprensión interior de las cosas genera imágenes y conceptos que representan la cosa. Pensamos en conceptos que elaboramos con nuestras intuiciones y reflexiones sobre las cosas, pero los poetas traducen esos conceptos en imágenes sensoriales para hacer sentir lo que concitó su sensibilidad y su conciencia intuitiva.

Mientras los hablantes ordinarios pensamos en conceptos, los poetas piensan en imágenes con las cuales formalizan su intuición, y ese procedimiento lo usan quienes recrean lo que captan sus sentidos e inventan una nueva realidad con los recursos del lenguaje. La sensibilidad tiene su propia percepción de la realidad y, por una operación intelectual del entendimiento, los objetos son pensados y convertidos en conceptos, y en el proceso de la creación poética, esos conceptos se traducen en imágenes sensoriales, como explica Kant (1). Mediante la imagen el poeta formaliza su visión de lo real y el lenguaje de las imágenes da forma a la sustancia que sintetiza el sentido de percepciones e intuiciones. La poesía no reproduce la realidad, sino la operación imaginativa que realiza la intuición poética.

La intuición es determinante en la creación del poema. Como recurso de la inteligencia, la intuición capta el sentido de la realidad sensorial, pues como lo revela la etimología de intuir (que viene del latín intus ire, que es ‘ir dentro’ de lo real), operación que realiza la inteligencia para captar la esencia y el sentido, lo que permite entender el significado de fenómenos y cosas. Cuando el poeta escribe deja correr su intuición, que es la llave para abrir las compuertas de lo real y entender el misterio de lo existente o sentir la belleza sutil de la forma. Captar poéticamente el mundo es aprehenderlo en su valor profundo, razón por la cual los creadores revelan sus percepciones entrañables, que suele ser veraz, auténtico, peculiar e irrepetible.

La poesía es el aliento estético y espiritual que formalizan las palabras para crear con ellas una belleza sutil o una verdad profunda a la luz de una experiencia singular. O dicho de otra forma: la poesía da forma y sustancia al aliento espiritual de una vivencia profunda fundada en una experiencia de vida. Como obra del lenguaje, la poesía es una creación verbal que hace de una experiencia personal una vivencia estética o una verdad trascendente, dando sentido al aliento espiritual de una inspiración fecunda.

Poiein en griego es crear, y de poiein viene poiesis, palabra que dio origen a poesía, siendo la poesía una creación verbal de una realidad estética y espiritual. Con su creación el poeta afirma su percepción del mundo y testimonia su aliento creador. Su testimonio no da lugar a dudas porque opera con la intuición, facultad que percibe lo real en su esencia rotunda y permanente.

Cuando Paul Valery afirma que “toda claridad exige una mitad de sombra” o que “la larva hila donde fluía el llanto” está testimoniando una inspiración que atrapó su intuición estética. Al escribir lo que su sensibilidad percibe con la autoridad que dan las percepciones intuitivas, su enunciado constituye una certificación de su percepción auténtica y veraz porque nace de su contacto personal y genuino con las cosas. Estoy hablando del poeta original, del que funda su creación en sus propias intuiciones, no del que escribe a partir de la inspiración ajena. En su relación con lo real, en cuya virtud se instala en la realidad, el poeta se vincula con lo existente, sin mediación de nada que no sean su intuición, su sensibilidad, lenguaje y su pasión. La esencia del poetizar es la certificación de una percepción, que la intuición atrapa con sus antenas perceptivas, el lenguaje formaliza con sus signos y la pasión alienta con sus emociones entrañables.

La poesía entraña una intuición de lo originario. La intuición se pone en contacto con lo real, con lo que percibe la sensibilidad profunda. La obra poética deviene una interpretación intuitiva de la realidad. Por esa razón el poeta auténtico no imita sino que revela su percepción de las cosas desde su sensibilidad, con la que se pone en comunión con lo viviente. El poeta fija su atención en la naturaleza, en una actividad propia del contemplador, y el acto de la contemplación, que puede quedarse en lo sensorial o alcanzar los efluvios inmateriales, es esencial para crear el poema. Cuando los poetas asumen el objeto de su contemplación –theorein llamaban los griegos al acto estético de la contemplación– están en capacidad de formular una visión filosófica, trascendente o mística del mundo. Y en ese nivel de la contemplación la poesía perfila una cosmovisión que a menudo se adelanta a las especulaciones filosóficas y a los hallazgos científicos. Y el poeta, como recreador de vivencias y pasiones, elabora su pensamiento en imágenes, dando sustancia y sentido a la forma estética con que expresa sus sensaciones y vivencias.

Al respecto Antonio Fernández Spencer escribió: “El poeta es un intérprete intuitivo del mundo. […] un pensador que sueña sus pensamientos. Su concepción del Universo la dona en forma de sueños […] Los poetas y los filósofos coinciden muchas veces porque se proponen conocer la totalidad. Toda poesía es entregada por el poeta como afirmación” (2).  En su visión estética el poeta nos muestra su percepción de la realidad con la certeza de su propia contemplación, que tiene una percepción de las cosas desde la dimensión sensorial hasta su ladera sublime. La verdad que su intuición revela, afirma el modo como la realidad se le manifiesta en su íntima urdimbre, y con su decir poético, se instala en el origen de lo existente o, como dice Fernández Spencer, “en el primer día del conocimiento” (3), que es el conocimiento intuitivo.

Con su conocimiento intuitivo, el poeta sabe lo que capta y con su expresión, dice lo que siente y comunica su percepción con la fuerza de sus vivencias entrañables. Puede dudar de algún fenómeno de lo real, pero no de su modo de percibir y testimoniar lo real. La poesía arranca de la contemplación de lo viviente  plasma la percepción de la manifestación original de la cosa en su expresión intelectual, espiritual y estética. El poeta no pretende conocer la realidad de la naturaleza como la explora el científico o la enfoca el filósofo, sino testimoniar el sentido que su intuición percibe desde su estado de contemplación estética. Siente la belleza que embriaga su sensibilidad y con ella la forma que atrapa su contemplación. Y al contemplar lo que conmueve su sensibilidad se produce la emoción de la belleza nutrida en el sentido de conceptos, y esa emoción conduce a la admiración del objeto que la inspira. Cuando la belleza es intensa y profunda también alienta el sentimiento de lo espiritual, y ya dijo Platón que la belleza conduce a Dios (4). En el Simposio Platón habla de “lo bello o lo divino mismo” (Simposio, 211 E).

Cada ser humano está llamado a sentir el mundo experimentando el asombro original, el aliento prístino, la emoción primaria que concita y estremece la sensibilidad ante las sensaciones de las cosas. Los poetas asumen el mundo con la inocencia de quien ve la dimensión primordial de lo viviente, incluso la del hombre que, aun con la conciencia desgarrada, cree y canta contra toda esperanza, instalándose en el estadio original de lo viviente, volviendo al momento auroral de la sorpresa del misterio, poniéndose en contacto con lo viviente para atrapar la imagen primordial del mundo en el punto en que la revelación se hace misteriosa y mágica, sagrada y profunda en su esplendor sensorial, y en ese instante se despiertan los sentidos con el ansia de atrapar la incógnita de lo real en busca de certezas reveladas por la intuición que, como creía Henri Bergson, hace posible la captación de lo esencial de fenómenos y cosas (5). Escribe nuestro poeta sobre el instante mágico del “asombro en una llama”:

 

Vistió el fuego con pieles adornadas.

Lo hizo sentar junto a su cueva.

En su propio lecho de tierra

le acomodó una estancia.

Y, tomados de la mano,

recorrieron un largo camino.

Otros fuegos lo amaron,

pero aquel fuego pequeño, remoto,

que hizo esculpir el asombro en una llama

siguió siendo su infancia.

 

Platón llamó Eros a esa fuerza insaciable y recurrente del anhelo de conocer la dimensión ontológica de la cosa, y fue la palabra el instrumento que certificó esa búsqueda de los sentidos y ese afán de la conciencia. Como el Adán del Paraíso bíblico, el hombre dio estatura creativa a sus sensaciones y hallazgos, y se volvió poeta, recreando estéticamente el mundo, recubriendo con forma verbal primorosa los datos sensoriales que pueblan el universo material de lo viviente.

Filólogo, ensayista, poeta, novelista y profesor, Andrés L. Mateo (Santo Domingo, 1946) tiene en su haber un fecundo ejercicio intelectual con un sólido prestigio fundado en la hondura de su pensamiento, la belleza de su prosa y la impronta de su estilo fluyente, armonioso y cautivante. Creador de poesía y ficción, su obra literaria proyecta un mundo de resonancias clásicas y modernas en que las palabras, centro de sus apelaciones estéticas, traducen el manadero de su sensibilidad profunda.

Cuando los poetas sienten la llamada de la creación tienden a instalarse en el estadio original, prístino y puro de lo viviente en que las cosas acontecen para vivir y sentir la emoción de la vivencia primordial, como experimenta el alma enamorada al descubrir la llama de la pasión con la que disfruta el fulgor de lo viviente bajo la frescura de lo genuino y peculiar en su manifestación sensible, o quienes atrapan el esplendor de lo viviente bajo la apariencia de la forma en su belleza esplendorosa, como lo hace Andrés L. Mateo:

 

Si, porque una mano temblorosa

dibujaba en el fondo una cueva,

era la mismidad de lo cazado.

En mi infancia primera

no tenía dios.

Y fui lo que podía

allí donde la arcilla

modelaba lo humano,

y lo humano

se plasmaba en la arcilla.

Yo, era nosotros,

y cien brazos unidos era lo que una fiera.

 

Los factores de la creación poética, que aplica el creador, son los siguientes: 1. Mediante la sensibilidad establece un punto de contacto con el Universo, hecho que le permite captar los datos sensoriales de las cosas y los fluidos suprasensibles de la realidad sutil. 2. Los datos de la realidad material que perciben los sentidos nutren la sustancia que conforman los fenómenos de conciencia, que a su vez articulan la gestación de imágenes y conceptos, base de la creación poética. 3. Los datos de la realidad sensible sustentan la realidad estética que a su vez fundamenta la creación literaria. 4. Mediante los artificios del lenguaje las percepciones de la realidad objetiva se transmutan en imágenes sensoriales y figuraciones simbólicas. 5. Los modelos arquetípicos de la imaginación, como sueños, obsesiones y utopías, a través de la voz personal canalizan la voz del Universo en su esplendor viviente.

 

Intuición poética y conciencia de lo real

Nuestro poeta y académico ha formalizado en su poesía los factores de la creación poética con la conciencia del intelectual preparado y la intuición del creador genuino que asume la palabra con el arte del lenguaje y la gracia de la creación:

 

¿Qué viejo sílex duerme

bajo esta mano mía?

¿Qué pequeño cuchillo ceremonial, mortuorio, pezuñado,

cúbito

radio

carpo

Hizo una mano=>   matacarpo                       libre

falanges

falanginas

falangetas

e hizo el hombre?

El agua

En la infancia del tacto           la piedra

lo esplendoroso fue==>         el fuego

el barro

el árbol

siglos inmemoriales

en que el hombre

pudo tocar las cosas sin nombrarlas.

Pacto

Tacto======è    acto

sentido-infancia

 

La creación poética es por tanto una forma del arte altamente ponderada por nuestro creador que ha hecho de su sensibilidad estética una fuente de participación creadora y de vínculo entrañable con lo real. La sensibilidad estética que nuestro poeta revela en su creación, la sensibilidad espiritual y la conciencia cósmica que proyecta en su lírica, manifiestan tres niveles apreciables para la valoración de la poesía de Andrés L. Mateo, que ha sabido captar y valorar las percepciones de las cosas o los fluidos suprasensibles de la realidad en su íntima urdimbre. Las percepciones de la sensibilidad, mediante el concurso del lenguaje, la intuición y la pasión, constituyen los datos que conforman la realidad estética, la sustancia que articula el poema y los signos que perfilan los símbolos de su creación.

Andrés L. Mateo escribe siguiendo el dictado de su sensibilidad, que se enriquece en su contacto con el mundo, y asume la palabra como expresión de lo que tamizan sus sentidos en su vínculo con lo viviente, y en tal virtud su poesía se imanta del poder sensorial, fresco y genuino, que descubre nuestro poeta cuando atrapa el aliento primigenio de las cosas testimoniando la percepción que le deslumbra con la presencia luminosa, erótica y espiritual del Cosmos en su dimensión original, pura y prístina. Se trata de una lírica que se funda en percepciones primarias, frescas y auténticas, mediante el aliento peculiar de lo real que su poetizar plasma con asombro y ternura ante el acontecer de lo viviente:

 

Su lomo de ira fría

la desnudez

el rostro de centella que se desdobla

y mira desde mí con sus mil ojos,

el instante del agua.

¿Qué signo ha de atraparlo

en la página pétrea?

¿Soy yo quien llega o me acabo de ir

en su plato bruñido?

 

Desde su creación lírica Andrés L. Mateo proyecta la voz poética que da cuenta de los rasgos sensoriales de las cosas y expresa, desde la onda de su sensibilidad empática, lo que le atrae y emociona a partir del aliento virginal de lo viviente. De ahí que su sensibilidad refleja una apertura sensorial, abierta y plena, a lo originario, y por ese don singular de su sensibilidad sabe intuir la forma peculiar y singular de lo existente:

 

Mira como descubro

los mundos de tu cuerpo

cuando se me despeña

el plumaje de sangre.

Soy la pequeña herida

que te clavó a la tierra

y abrió tu torbellino

en la puerta de nadie.

De recorrer tu cuerpo

otros cuerpos te he dado.

 

Si se mira poéticamente todo lo que existe es bello, singular y trascendente, como es nuestra percepción del mundo en su estado originario. Para tener una vivencia similar a la vivencia originaria en el estadio adulto, hay que sentir poéticamente el mundo para lo cual han de darse las siguientes condiciones:

  1. Tener una sensibilidad caudalosa, abierta y empática hacia lo viviente.
  2. Establecer un punto de contacto con el Universo.
  3. Enfocar en el contacto con el mundo la dimensión singular y peculiar de fenómenos y cosas, que es su faceta exclusiva.
  4. Entender que en nuestras percepciones sensoriales podemos captar el sentido y la dimensión profunda de las cosas.
  5. Saber que podemos expresar, mediante el arte de la creación, nuestra visión peculiar del mundo con belleza y sentido.

El lenguaje de la lírica es, en la poesía de Andrés L. Mateo, un instrumento de su sensibilidad, y la misma creación es cauce de la belleza y fuero del sentido. La poesía es para este valioso creador la confluencia del aliento estético, el sentimiento erótico y el sentido cósmico que se integran en su poetizar bajo la cópula la belleza y el misterio:

 

Hunde su pica el frío

hasta el grito del hueso,

y la cola del sol muere de olvido.

Todo encendido,

todo,

entre dos cuerpos.

 

La vitalidad expresiva, ardiente y sensual de su decir lírico insufla un aura remozada a la percepción que sus sentidos atrapan y hace del lenguaje un medio para asumir e interpretar poéticamente el mundo en su dimensión inédita, sorprendente y asombrosa:

 

En tu cuerpo

el sol deja vivir

un poco de la noche.

Lenguas de fuego

lo recorren dormido.

 

La disposición de asumir el dimensión prístina de lo viviente conlleva las siguientes actitudes: a. Una disposición abierta, emocionada, de coparticipación con lo existente. b. Una atención privilegiada a las manifestaciones de la naturaleza. c. Una ponderación de lo bello y lo bueno del mundo con un sentimiento de comprensión y empatía. d. Un entusiasmo lírico impregnado de emoción entrañable. e. Una vocación de pureza expresiva, con el despliegue de los sentidos en sintonía con lo natural.

Esas actitudes líricas, estéticas y simbólicas, las podemos apreciar en la poesía de Andrés, que hace del poema un encuentro con lo natural:

 

Pálido sol calcáreo

retira una a una

las vendas de las sombras.

La ventana del mundo se hace inmensa.

El hombre vive:

abre y cierra un paréntesis.

 

La realidad del poema no es esta o aquella realidad palpable por los sentidos en su visión fragmentada del mundo. Los significados polisémicos que las palabras expresan entraña una percepción múltiple y simultánea de las cosas, que la expresión poética formaliza en imágenes y símbolos concitando un valor estético a su contenido (6).

 

Te llamas infinito

transparencia.

Te llamas mar

y agua que sobre el mar te llamas.

Torrente

pan

escarabajo y lodo

alas hendidas

descarnación y fuego.

 

La fuerza del poema viene dada por la verdad que la intuición perfila y la forma que le da belleza a la intuición estética. No importa la dimensión que las sensaciones fragüen, sino la impronta emocional que sacude la interioridad. Cuando una realidad arrebata la sensibilidad, no es necesario entenderla sino contemplarla, sentirla y vivirla, disfrutando su belleza, su esplendor o su aura subyugante:

 

Hacha que se desviste

y edifica la epifanía del surco.

La lengua de obsidiana hiende la tierra frívola,

mientras dos manos torpes rasgan su sexo oculto.

En el morral al hombro

la memoria del hueso

clava una estaca fina.

La tierra gime como una puta hueca.

 

Cuando en el principio las cosas fueron hechas al conjuro del aliento creador, la palabra hizo realidad el poder creador del Verbo, el Logos de la conciencia, intuido por Heráclito de Éfeso y explicado por san Juan en su texto bíblico de San Juan, y, como en el principio de los tiempos, cuando cada ser humano descubre el aliento virginal de lo existente, se le revela al hablante la palabra que testimonia el aliento puro de las cosas o crea una nueva realidad estética, como lo hace Andrés cuando se instala en las sensaciones primordiales:

 

Página blanca, alada,

fluye desde la única boca carnicera;

guiño del pensamiento

clava la oreja ígnea

de mis años de hombre.

Por ella voy y vengo,

trepándome en mí mismo,

horrorizado de ser,

en la palabra,

el otro que estoy siendo.

 

La clave para entender y valorar la creación poética de Andrés L. Mateo está en la búsqueda del sentido prístino que alienta y nutre su obra lírica. La voz poética que revela su creación pretende asir el sentido primordial de lo viviente, la onda originaria de las cosas como si anhelara sentir como sintieron los primeros hombres al experimentar esas sensaciones primarias con que nuestros antepasados sintieron en su contacto con las cosas. Y esa actitud genesíaca de lo viviente generó en Andrés L. Mateo una voz original y auténtica, un estilo singular de calidad impecable y la escritura de una belleza ejemplar:

 

Algo que brilla

me acompaña en el cielo.

He dicho luna.

Entre reflejo y asombro

siento que así debe llamarse.

Desvanecido en el charco

del camino

ahora observo mi rostro.

Luna, vuelvo a decir,

porque siento

 que así debe llamarse.

 

Rasgos de una creación original

Podemos sintetizar los rasgos de la poesía de Andrés L. Mateo en estos atributos:

1) Actitud o disposición sensorial, intelectual, afectiva, imaginativa y espiritual de enfocar la dimensión prístina de lo real con un lenguaje afín a ese principio originario, que se traduce en una forma pulcra, diáfana, original, límpida y abierta a los efluvios de las cosas en su frescura primordial, y ese ha sido el acierto poético de Andrés L. Mateo: “Soy la aventura improbable/anclada en ese puñado/de sílabas que me nombran./Escupitajo, bostezo del mar/Dios de las islas/ojo que capitula allá en la aurora/epifanía despeñada /agonía que cree morir/en su cruel llama,/parto sin madre de su propia trama”.

2) Esa disposición de su intuición subyace en su obra poética y recubre su visión del mundo con un aliento fresco, auténtico y genuino que lo convierte en un escritor singular y señero en las letras dominicanas: “El hombre de las islas,/llegado en la resaca del mar /que despereza salobres amaneceres,/cuartea la piel/y enlaza el aire y el fuego./Dios de las islas/tu improbable aventura no ha sido todavía”. 

3) Mediante su intuición estética, Andrés ha asumido el mundo como lo han hecho los poetas primordiales que han captado el encanto originario y prístino de lo viviente en su esplendor radiante. Al expresar el mundo con el lenguaje de la mitopoesía, se intuye su encanto originario, puro y mágico: “El girasol no tiene boca/ pero abre lejanías /y adentro de sus ojos /hay un fuego dormido”.

4) La palabra adquiere en su poesía su significación más profunda y luminosa ya que el poeta canta su emoción ante la sensación de la vivencia primordial, por lo cual dota al lenguaje de un sentido refrescante y luminoso haciendo de su visión del mundo una expresión viva y multívoca con su percepción múltiple y simultánea de las cosas: “Brizna de luz/relámpago amarillo./Miro en el girasol tantos espejos,/que me quedo y me voy en un celaje./Tiéndome en el estruendo/del amarillo que huye/y siento un sol más vivo /partiendo el firmamento. 

5) Con el lenguaje de la poesía, unas veces en forma realista y otras al modo surrealista, Andrés L. Mateo busca expresar la naturaleza de lo viviente captando las sensaciones primordiales que las cosas imprimen en su sensibilidad para atrapar su esencia fresca y el sentido prístino del mundo: “Vengo del girasol,/hay bestias amarillas dentro de mí latiendo./Sé que no tiene boca/pero abre lejanías./Tiene un fuego dormido”.

Andrés L. Mateo ha realizado una admirable repristinización del sentido primario de las sensaciones con una intención poética, haciendo de la emoción estética una fuente creativa del poema, desbordado por la onda de la ternura cósmica y prevalido del lenguaje de la creación poética en forma estética, simbólica y espiritual.

   Nuestro poeta es un artista de la palabra, es decir, un creador de una realidad estética, simbólica y espiritual, como lo confirma su poemario La infancia del signo (7) donde plasma, en forma original y auténtica, el modo como las criaturas se relacionan con las cosas, fenómenos y elementos, como acontecía en los tiempos primordiales en que los hombres tocaban las cosas sin nombrarlas mediante la participación de los sentidos en contacto con la realidad sensorial de lo viviente en actitud abierta, libre, pura, fresca y prístina. Gracias a su sensibilidad empática y abierta, Andrés L. Mateo hace de la poesía una fuente de inspiración creadora en su contacto con lo real, un instrumento estético para el desarrollo de la sensibilidad y un bien interior al servicio del crecimiento intelectual, estético y espiritual.

 

Bruno Rosario Candelier

Coloquio de la Academia Dominicana de la Lengua

Santiago de los Caballeros, PUCMM, 28 de febrero de 2004.

 

Notas:

  1. Emmanuel Kant, “Estética trascendental”, en Crítica de la razón pura, Buenos Aires, Sopena, 1966, p. 66.
  2. A. Fernández Spencer, A orillas del filosofar, Santo Domingo, Arquero, 1960, p. 49.
  3. Ibídem, p. 50.
  4. Platón, Simposio, 211 D.
  5. Henri Bergson, Introducción a la metafísica, Buenos Aires, Leviatán, 1956, p. 78.
  6. Cfr. Ethel Krauze, Cómo acercarse a la poesía, México, Ed. Limusa, 1997, p. 47.
  7. Los poemas que ilustran el presente estudio proceden del poemario inédito de Andrés L. Mateo, La infancia del signo, Santo Domingo, 2004.
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