Segisfredo Infante: «Correo de Mr. Job»

Por Miguelina Medina 

 

Al analizar esta obra de Segisfredo Infante he percibido que hay varias formas de abordarla, las cuales hay que delimitar. Me ha sido necesario leerla varias veces, pues me dispersaba al transitar la palabra para llegar al contenido íntimo, al propósito y a la razón de la obra. Esto es porque hay un mapa discursivo que hay que identificar. Así que las interrupciones largas de su lectura tampoco son recomendables para poder darle el seguimiento a sus líneas.  Es un largo discurso, esta obra, este poema, asociado no a la extensión, sino al contenido de sus versos, que hay que investigarlo en la lectura minuciosa. La fuente de la inquietud del autor está en la Biblia, en el libro de Job. Hay muchos otros datos científicos, producto del alto conocimiento del autor, con los cuales afirma y reafirma la armadura de sus discursos.

Una de las formas, a las que me refiero, el mismo autor la anuncia en la dedicatoria: “Dedico este poema a los lectores astutos del presente y del futuro”, que es un indicativo de que hay una forma enigmática de abordar esta poesía. El autor presenta claves, haciendo uso de las llaves: simples {}, dobles {{}} y una triple que abre y cierra con cuatro {{{}}}}. Esta última marca de su mapa el autor la firma con su nombre al final del libro, reconfortándonos la percepción que íbamos tendiendo durante su lectura. La firma es como sigue: “{{{ Segisfredo Infante }}}}”. Aunque el contenido de las llaves forma parte de la secuencia de las estrofas en el poema, es otro mensaje que el autor desea que descubramos. En una de esas llaves triples, por ejemplo, el autor escribe: “{{{Más veloz que la luz / el pensamiento del escritor astuto.}}}}” (p. 20). Por otro lado, el autor muestra contenidos dentro de paréntesis. En uno de esos paréntesis, por ejemplo, cita las palabras de Job en la Biblia entre comillas y cursivas: “(“Por alimento tengo mis sollozos, y los gemidos se me escapan como agua.”)” (p. 18).  Es decir, para ese estudio distinto se requiere otra presentación y no está incluida en este que he realizado.

En este estudio me voy a referir al discurso central del autor, con sus implicaciones, en la voz de “Mr. Job” y, en ocasiones, en voces de otros personajes de la historia.  Señalo que siempre queda la verdad más cierta, que es la del propio autor. Sin embargo, creo que otros recipientes pueden recibir mensajes expuestos por medio de la palabra de los poetas. Como lo enseña don Bruno Rosario Candelier en el Interiorismo, podemos entender mensajes que el mismo autor no se ha dado cuenta de que lo ha dicho, es parte de las revelaciones que la misma palabra regala a quien la ama y la respeta.  Con el respeto imprescindible, expongo mis pensamientos, pidiendo disculpas al autor, si caigo en alguna interpretación errada.

 

DISCURSO CENTRAL DEL “CORREO DE MR. JOB”   

Cuando leemos el título y leemos “Job”, desde ya nos hacemos una idea y hasta nos duele leerlo. Ahora bien, lo extraño es “Correo”. ¿Qué quiere decir esto? El autor lo dice en la página 11: “Soy el Job posmoderno/ que subsiste/ que renace/… multiplicando fragmentos/ de dolor y sabiduría”. En la página 9 también lo explica: “Soy Job… Un viajero del mundo. Penitente. Inmóvil. Tratando de escribir amigo mío anónimos mensajes electrónicos buscando con Alguien conversar”. Así que, este es un mensaje, una carta, un “correo” de parte de “Job” para los Jobs del mundo que, en estos momentos, y desde hace mucho tiempo, son abordables a través de la maravilla del Internet. El autor ha utilizado es vía remota para exponer su revelación descriptiva y su mensaje.  Por esta vía, incluso, se puede transitar en anonimato, lo cual favorece enviar y recibir esos mensajes, conformes o no conformes, pero que al final edifican aunque nos enfrenten. Las primeras seis estrofas son claves para entender el discurso central de “Mr. Job”. En ellas él anuncia que hay un misterio (“una verdad a medias”) que hay que descifrar y él la va a decir.

 

El mundo era raíz de Paraíso plácido 

cuando sin avisarme 

cayó sobre mi techo la tiniebla 

del Ángel de la Muerte 

con todas las tinieblas inmortales. 

 

Los hombres del misterio me dijeron 

que el péndulo movía mi destino 

en la más grande apuesta sobre el alma: 

Axioma indecidible 

que no es bueno ni es malo. 

 

Soy Job en el Neguev. 

En Ruanda. En Etiopía. En el Kosovo. 

En Ceylán. En Bangladesh. 

Un viajero del mundo. Penitente. Inmóvil. 

Tratando de escribir amigo mío anónimo  

mensajes electrónicos; 

buscando con Alguien conversar. 

 

Te escribo a media noche, ¿Eres discreto? 

La discreción es bella. Es lo aceptable 

de este mundo de bronce, hierro, acero. 

 

Observa, pues, amigo bueno mis entrañas  

deshechas en lamentos 

de una verdad a medias… con pócimas hebreas 

y del país de Hus inolvidable: 

¡mi copa ha rebasado hasta la muerte! 

…a medias porque puedo respirar. 

 

Acércate lector indiferente. 

Acércate a la llaga del hambriento. 

Acércate al dolor desprejuiciado. 

Has de saber acaso qué incógnitas taladran 

los huesos de mi espíritu que aúllan 

como lobos y perros en una noche triste

 

Cuando el autor explica “…a medias porque puedo respirar”, es una respuesta inicial, que nos indica que la gran verdad que quiere transmitir el autor hay que descifrarla. No es una respuesta definitiva, que soluciona el problema presentado en el discurso, porque todo su poema lo ha basado, precisamente, en la falta de respuesta a esa verdad de que Job padeció tan cruelmente, que solo le faltó morir.

En el libro de Job, en el capítulo 1 y 2 de la Biblia, se narra esto a lo que el autor se refiere con “la más grande apuesta sobre el alma”. Leamos los versos del capítulo 1, del 6 al 12 (Utilizo la Sagrada Biblia, edición de Nácar-Colunga, Madrid, 1985, 4ta. edición): “Sucedió un día que los hijos de Dios fueron a presentarse ante Yahveh, y vino también entre ellos Satán. Y dijo Yahveh a Satán: «¿De dónde vienes?» Respondió Satán: «De dar una vuelta por la tierra y pasearme por ella». Y dijo Yahveh a Satán: «¿Has reparado en mi siervo Job, pues no lo hay como él en la tierra, varón íntegro y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?». Pero respondió Satán a Yahveh diciendo: «¿Acaso teme Job a Dios en balde?». ¿No le has rodeado de un vallado protector a él, a su casa y a todo cuanto tiene? Has bendecido el trabajo de sus manos, y sus ganados se esparcen por el país. Pero extiende tu mano y tócale en lo suyo, (veremos) si no te maldice en tu rostro. Entonces dijo Yahveh a Satán: «Mira, todo cuanto tiene lo dejo en tu mano, pero a él no le toques»”.

Y esto es lo que el autor le dice al lector: “Has de saber acaso qué incógnitas taladran/ los huesos de mi espíritu que aúllan/ como lobos y perros en una noche triste”.  A partir de ahí, entonces, el autor inicia la descomposición de su impacto en todo este libro lleno de maravillas, lo digo inmediatamente: la estética expresiva al transcribir el dolor, la verdad libre y empática que no calla, cómo hurga y expone sin miedo su impacto, es una belleza. Al autor le ha sido necesario evidenciar ese impacto, llevando a cuesta esa carga de Job y haciendo suya, también, la carga de los que igual han sentido esa misma “apuesta” divina, entre Dios y el Maligno.

 

Soy ángel y barro.  Una mixtura 

del verbo desnutrido entre la arcilla… 

El polvo de la mente se vuelve más difuso 

como espejo de estrellas; rojo que huye 

con témpanos que tragan las rodillas 

y dedos transparentes con el crujir de los huesos. 

Yo fui tan poderoso que las flores reían 

cual mujeres que mi tienda ansiaban 

y en vino derramaban sus perfumes 

La madera de Líbano epicentro 

de mi hogar obsequioso que viajeros extraños… 

…saboreaban el pan, la charla y la delicia de la vida. 

Ahí estaba YAVÉ contentando mis días 

vagando discretísimo en mi carpa 

de alfombras, cojines, inciensos y susurros, 

cerquita de mi corazón de mirra. 

… Y yo, me lo creía… 

(pp. 20, 21)

 

“Mi alma pregunta la sinrazón de la raíz de Dios” 

Aquí inician las quejas de “Mr. Job” contra Dios. Y es tal el dolor que, en este punto, utiliza la ironía por la infamia concebida: “(Quise decir Dos)” —dijo—, haciendo referencia a los Dos de la apuesta, por eso la mayúscula, porque representa nombre propio: es un símbolo que representa Dios y a Satanás.

 

Soy alma trashumante 

de un siglo de chatarras: siglo veinte 

que abdica entre bostezos y jazmines. 

Mi alma es desarmónica y pregunta 

la sinrazón de la raíz de Dios. 

(Quise decir de Dos) (p. 11)

 

Un príncipe sin patria, sin hacienda. Estoy. 

Sin padre, sin amada, descreído. Voy. 

Desheredado, sin amigos. Hoy. 

El más solo de los hombres solos. Soy 

un pobre suricata del deshecho 

debajo de un chubasco incontrolable… 

{Señor: ¿Por qué un día me sacaste de la Nada? 

¿No debiste ahí dejarme para siempre?} (pp. 18, 19).

 

TÚ inventaste la Muerte, el Caos, el Azar, la Asimetría, 

con Ley Universal de Rudolf Clausius, la Entropía. 

TÚ inventaste mi corteza cerebral 

con imagen-semejanza a la Tuya. 

Sin embargo el caballo interior está en el suelo 

mientras busco con mis ojos dislocados por el cielo 

perdiendo de la Vida y de la Muerte mi alegría (p. 20)

 

No maldigo Tu Nombre. No blasfemo YAVÉ. 

Ni el minuto imborrable que zurciste mi aliento 

a fugaces respiros de las cuerdas vocálicas. 

Solamente pregunto (pp. 20-21). 

 

Sin embargo, en medio de este innombrable dolor el autor rescata el reconocimiento que hace “Mr. Job” de la maravilla de la vida que es Dios mismo (p. 21):

 

Por ti es que he percibido la alegría 

de mujeres lozanas, cataratas de estrellas 

y los niños aplaudiéndole a la vida: Karin: Mía. 

{Amo a YAVÉ con el dolor del alma 

como se aman las ausencias insondables 

que elucubran don Escoto Erígena… 

Las hormigas te aman. Mi corazón te ama 

al margen de ecuaciones cerebrales 

o axiomas “negociables” al decir de Lakatos.} 

{{Te amo simplemente porque sí 

como el agua que salta del manantial}}. 

 

Aun así, “Mr. Job” completa su queja. El autor utiliza unas palabras tan hermosas y perfectas que, si no se tratara de una herida mortal, hasta pudiéramos exaltar el dolor que produjo tal estética (p. 21):

 

“Lo que taladra el tuétano es el ser elegido 

en esa apuesta ardiente contra lo frágil mío. 

Contra la pobre carne de los pobres 

sin valor de vivir; sin valor de morir. 

Quisiera penetrar el objetivo 

de tanto sufrimiento humano”. 

 

“El Job posmoderno” también conoce de Jesús y de su obra en la Cruz en los tiempos remotos posteriores al que él vivió. Y sabe, además, que aquel “Ángel del Señor¹” que se presentaba ante él, era el mismo Jesús. Por eso le reclama, haciendo alusión de que desde entonces él lo veía todo, conocía su vida y, por tanto, esto lo desgarra más al sentirse víctima de esta “apuesta” enardecida, inexplicable e incongruente, aparentemente. Por eso dice “Exijo” no dice ‘pido’.

 

He amado y leído. ¿Qué me queda? 

Vindicar mi derrota y este dolor eterno 

de haber dado completo el manantial del pecho 

a cambio de una copa de vinagre. 

Tengo sed y lo único que tengo, que me queda, 

son mis huesos y un poco de mi Espíritu. 

[…] 

Exijo que el Ángel del Señor 

en esta hora amarga, austera, sola, 

se rebaje a la tierra a obsequiarme algún ágape. 

Que venga con el rostro del rocío 

a humedecer las arrugas y este dolor de calcio. 

Pues la voz sapiencial de mis “amigos” 

–después de siete noches de silencio– 

hoy me parece vacua. 

 

Y añado que este es un discurso de doble salida: es queja y es defensa. Su queja la traslada a una defensa hacia Jesús y su obra redentora en la Cruz –que para muchos es sin valor, totalmente– y con ello resalta, además, su ‘muerte de cruz’ que era una de las más deshonrosas muertes que existía. En Fil. 2:8 se subraya este hecho de su muerte: “y muerte de cruz”, dice. Esta literatura de Segisfredo Infante es grandiosa: tanto es una fuente que se mueve con ondas que no podemos atrapar como con ondas que, solo si nos apresuramos en el momento de la luz, la atrapamos. Ojalá que mi estudio sea una de esas ondas de luces atrapadas, señor Segisfredo.

 

Mis “amigos” presionan 

–Hamurabí les habla– 

que declare mi autocrítica a YAVÉ y los hombres. 

Que monte el carrusel de mis defectos 

para el hazme reír de los malvados… 

 

Otra de las respuestas a la pregunta: ¿por qué el autor nombró “Correo”? a este poema es porque el “Job posmoderno” está utilizando el beneficio de la programación remota —en el término informático— disponible desde hace tiempo —pero no en sus tiempos, obviamente—. Entonces “Mr. Job” consulta con personajes como este, Hamurabí (p.22), que vivió en el siglo XIV a. C. mucho antes que él, que fue en el siglo VI a. C (según los datos consultados en Internet). El autor utiliza los recursos existentes de la ciencia para hacer su discurso de la posmodernidad posible en su personaje. Como este personaje hay muchos otros de tantas otras ciencias en este libro.  En su discurso “Mr. Job” reflexiona hondamente, y con el poder de su consciente reclamo pasa a realizar sus reproches a sus amigos:

 

No me llamen a juicio. Ningún Juicio: 

Mi vida es llaga breve 

saciada de miserias y de afrentas, 

Soy huérfano total 

en el borde universal. 

Tristeza poderosa se apodera 

de mi agrietado-empantanado ser. 

(Que el mismo Dios me defienda 

de mis doctos “amigos” y del Dios hiriente) 

(pp. 22, 23).

 

  Verdaderamente Mr. Job se siente inocente y agraviado (p. 23): “No recuerdo mi pecado que haya sido / más grave que soñar el Paraíso”. / […] / “Nada saben de piedad mis oponentes / que dicen ser amigos en esta hora ajenja / poblada de rasquiña, desolación y tejo”. / […] “Ingenuas-sapienciales son las preguntas mías / que amigos con sus gestos hoy quebrantan”. 

Y está muy consciente de que no es un pecado preguntar a Dios sobre su mal y reafirma su derecho (p. 24): “Saludable clemencia es lo que ansío / y un poco de agua fresca que ilumine mi lengua. / No quiero la arrogancia de nariz respingada de mis doctas visitas / que saben perorar literatura”. Pero Mr. Job también está consciente del peligro de sus preguntas: “Preguntas tenebrosas son las mías –las mías / buscando lucecitas más allá del Océano”.  Y ahí mismo está la respuesta de una vez a esta aclamación: “Se adueñan las tinieblas de mi Espíritu / y sangra tembloroso el corazón fallido”. 

  En su auscultación profunda “Mr. Job” encuentra que su búsqueda es una búsqueda sin respuesta, pero presiente, en su antigua íntima relación con su bondadoso Dios, que algo no anda bien con él“{La mente se traiciona cuando el dolor es fuerte}” (p. 23). La respuesta que encuentra es el silencio. Recordemos un momento estas palabras de David en circunstancias de dolorSalmos 77:9, 10: “¿Cesó para siempre su piedad? ¿Se acabó lo que prometió para generaciones y generaciones? ¿Se ha olvidado Dios de hacer clemencia? ¿Cerró airado su misericordia?”. Para luego reconocer, en su auscultación profunda, lo siguiente (versículos 11 y 12): “Me digo: «Mi dolor es éste: que se ha mudado la diestra del Altísimo». Me acuerdo de las obras portentosas de Yahvé, recuerdo tus antiguas maravillas”.  Mr. Job también describe la aparente compresión de sus “amigos” (p. 25): “Yo veo en torno mío / una desolación que finge ser paisaje; / […] / El paisaje me basta / y se basta a sí mismo en mi desgracia / donde sólo me acompañan las tinieblas / (Mis ojos nunca-nunca / volverán a las mieles de la dicha)”.

Finalmente se siente desvanecido y reconoce que necesita del mismo Dios que ha conocido y que se ha ensañado contra él. En su vacío encuentra la inmensa luz de Dios y la respeta a través del dolor, respeta la lucha desigual en donde, necesariamente, se debe quebrar ante Dios —inescrutable y soberano—, que en un tiempo fue todo bondad y amor para él como lo ha expresado. Dios, que hizo todo hasta los recónditos escondites del alma de los hombres. Ahora “Mr. Job” deja la ironía al nombrarlo “viejo amigo”. Entiende que el contender con Dios es lo que debe quitar de él, que aparentemente no sabía que esto existía dentro de él. Leamos la postración grandiosa de Mr. Job (p. 27):

 

“(¡Ay, YAVÉ, fortalece en esta hora mis rodillas!)  

Dios me suelta la mano 

apartando sus ojos 

del espacio que ocupo… 

Es como el Arco tenso 

en actitud de ataque filosófico 

sobre la flecha inmóvil 

y el blanco seguro de mi muerte 

[…] 

Te respeto YAVÉ con el dolor que clama 

la luz que me anonada ante la Nada 

Quisiera hablar contigo ante la Muerte 

 

Te invoco ante el abismo de los cielos 

–con azul al revés que mira desde abajo– 

y TÚ no me contestas viejo Amigo… 

Indigno de tu nombre impronunciable 

habitas en regiones para mi “dicha” herméticas

{…Pero es que todo este silencio me conduce al suelo}.

 

¡¡Bravo!! Grandiosamente edificante, señor autor. No hay otro lugar para presentarnos frente a Dios —enseña “Mr. Job”— que no sea desde el suelo, la cabeza baja. Ha reconocido que el mayor dolor del silencio de Dios es su mayor “dicha”, lo que antes era desgarrador: “(Mis ojos nunca-nunca / volverán a las mieles de la dicha)” (p. 25). La plenitud de Su conocimiento no es posible recibirla y mantenerse con fuerzas, todas se pierden ante la grandeza de la Luminosidad que lo penetra. Todo se tapona para morir y nadie comprendería tal muerte, solo Él que lo permitió. Por eso muchas veces calla, porque dar la respuesta brusca, sobre el dolor que sentimos, puede dar mal salida a los latidos de un corazón que trajo establecidas las frecuencias normales de su latir. Ahora Job lo ve más claro desde la posmodernidad y lo explica a los cibernéticos amigos, que él entiende necesitan su consuelo inteligente y sabio, porque ellos sufren como él, no como sus llamados “amigos”, por eso los califica entre comillas”:

 

“{{{Página de Internet; Página de Papiro; 

Amigo del cibermundo 

a ti desgrano mis penas. 

Perdona la digresión de un corazón de yerba 

que palpita con lluvia intermitente 

sonando melancólica en el zinc 

de casa abandonada en el postrero. 

Mis tres “amigos” mejores 

y “mi” mujer en comillas 

siguiendo al viejo Zenón 

me ofenden año tras año 

con el múltiplo de nueve; 

son tortugas infinitas; 

que ascienden paradójicamente al cielo. 

[…] 

A propósito de múltiplos de nueve 

prosaicos hacia abajo, hacia arriba, hacia los lados, 

el Papiro Matemático de Rhind 

tiene granos de trigo de cosecha perfecta. 

[…] 

(La luna, la lluvia y las ausencias 

Son consuelos incógnitos de algún amor perdido).}}}}”

   Y, si nos damos cuenta, este discurso que acabamos de leer está firmado por Segisfredo Infante. Todos los discursos del libro son de su autor, pero en su técnica escritural revelada hace ciertas aclaraciones. Esto es hermoso. Subrayo que no he descifrado todos los símbolos de Segisfredo Infante. Si lo digo estaría mintiendo. He dicho, en la primera página, que otro estudio hay que hacer a este libro Correo de Mr. Job. Está pendiente, porque hay que evitar esto que el propio autor dice: {La ofensa sustituye a la verdad} (p. 26).

 “A propósito” de la “mujer” de “Mr. Job” —que él mencionó en el pasaje anterior—, leamos la evocación que él hace de sus hermosos momentos íntimos con su amada:

 

“…un día el arco iris me obsequiaba 

con hijos, con gaviotas, esposas y océanos… 

Recuerdo ahora incluso los repliegues 

de mi Hamada esperándome en la alfombra; 

Sus lavas exquisitas huyendo de norte a sur 

por la ranura geológica deseante 

vadeando la rica comisura de sus labios 

hasta bajar al pozo que insinuaba Stephen Hawking” (pp. 19, 20).

 

Ahora expongo los discursos que “Mr. Job” dice sus “amigos” (pp. 28, 29): 

 

Mis “amigos” se allegan. Me amedrentan. 

Vituperan consejos. Yo les digo 

que jamás aconsejen las heridas 

derramadas en el llanto del Mar Muerto. 

Soy la estatua de sal contra el olvido 

que el aguacero airado desmorona. 

 

… No Zofar… ¿Acaso te equivocas? 

Yo me niego a las riquezas y auroras esplendentes 

No quiero regalías ni del Bien ni del Mal. 

Una sonrisa fresca de YAVÉ bastaría para morir en paz […] 

Ninguna interrogante es tan absurda 

como absurda es tu impiedad. 

 

Elifaz me calumnia  

en mi tratar a la gente. 

Ignora que he explorado la soberbia 

de seres poderosos planetarios: 

ignaros, iracundos, ignorantes, infraternos. 

 

Por alguna razón, que ya todos intuimos, “Mr. Job”, antes de discursar de Bildad, habla nuevamente arrastrando esa herida que siente de Dios, así lo rescata el autor:

 

El HACEDOR hace amargos los gemidos 

de un pobre minusválido del cuerpo 

pero también del alma 

que interroga fuertemente por el Zer y el Destiempo 

de su vida marchita (p. 30)

                                                                                          

Bildad me dice cosas que conozco 

hasta el lodo, Bildad 

es ortodoxia pura, cosmología, 

que rima demasiado con belleza 

y con hilachas poderosas de maldad. 

 

Elihú se repite hasta el hartazgo 

como ángel de latón sonando lata 

en el dogma y el vacío de sus sueños 

absurdos en el hielo y en el Ello 

de la infraternidad (p. 33)

 

Y cierra su discurso a los amigos de la siguiente manera (aunque Elihú era un amigo diferente “Mr. Job” tampoco se sintió conforme con él, él dice “tres amigos”, pero son cuatro, finalmente lo dice):

 

Mis “amigos” se solazan 

ocultando sus defectos 

agujereando mis carnes 

y adulando al Dios eterno. 

Mis “amigos” se autoalaban 

en falsa sinceridad. 

Los “amigos” encarnecen 

mi silencio y mi discreción. 

Ellos ahora caminan 

sobre el fémur del defecto (pp. 33, 34).

Más sabio que Elifaz es Epicuro, 

que Bildad, que Sofar. Mis tres “amigos”… 

Que Elihú el entrometido… tres más uno… 

pues nadie en esta fiesta le ha invitado (p. 38).

 

Discurso de la hermandad de Segisfredo en voz de “mr. Job”   

(Me permito algunas diferencias en la colocación de los versos, mas no en el orden secuencial del sentido. Solo por motivo de espacio. Con todo respeto) (pp. 34-37).  

Tendrán Ustedes el chance/ de burlarse de mis huesos yo les digo 

 hasta tergiversar los hechos indiscutibles… Nadie contestará la oquedad silenciosa de lo grave. Pero entonces cosecharan el lodo impuro de la causa infame. 

Insistiré, yo les digo, en la inocencia anoréxica de los niños que ahora mueren 

con el hambre dibujada en sus semblantes… 

Insistiré en la inocencia singularmente desnuda de esqueletos sobrevivientes 

 de prisioneros de guerra. 

Preguntaré por el cáncer sonrosado de los niños que cada día enmudecen 

 en henos inexorables. 

Insistiré en la pureza de los pobres sublimados  

en los hornos crematorios, sin Tora; sin Aleluya. 

Insistiré en la pureza de los niños “anormales” 

 que fueron asesinados en número de setecientos por la pronazis de Viena… 

Indagaré el desamparo de una niña violentada. Preguntaré por la suerte de las esclavas mulatas, ofendidas in extremis en los tiempos coloniales. 

Preguntaré por las guerras y su blanco sinsentido. El plateado de la Muerte de Hiroshima y Nagasaki. En Chernobil. Por el “SIDA” que se adquiere en hospitales sajones: relumbrantes y limpísimos con transfusiones de sangre. 

Indagaré la tristeza en la mirada perdida de un hombre que en relámpagos y truenos 

 de la nube Fonseca atisba poquito a poco el imposible retorno de su huraña 

 Bien-Hamada: en plumas de garza desde el lago de los sueños. 

   Tal parece, Segisfredo, que el paso anterior al cielo es este derramamiento de nuestra propia sangre, en nuestra propia cruz, a favor de los demás, como la está derramando usted ahora en esta obra, Correo de Mr. Job. Inmensamente, gracias.      

“Dios mío, Dios mío  ¿por qué me has abandonado?” 

   Extraigo esta frase de la Biblia porque, como Jesús, Segisfredo se ha inmolado al dar vida a Job en “Mr. Job”. Segisfredo rescata al Job olvidado, pero que está muy presente aún en esta época posmoderna. Job también estuvo en la Cruz. Esta voz de Segisfredo en el discurso de “Mr. Job” es la desembocadura de aquel Job. En las voces del autor la palabra sepultada de Job fue resucitada, la misma palabra presionó el corazón hipersensible de Segisfredo, y a él dictó su voz. Mucha gente ha entendido lo mismo, seguramente, pero el dolor de aquella “apuesta”, nadie —o muy pocos— se atreve a pronunciarlo como era necesario hacerlo: de frente, con su verdadero nombre. Ha sido honroso leer esta manera honesta de escudriñar y exponer del autor. Muchos han querido ocultar este detalle al analizar el libro de Job. Preguntamos a Dios, nos quejamos de Dios, culpamos a Dios. Segisfredo ha expuesto que Job lo hizo, mas encontró consuelo en su honestidad frente a Dios.  Que el mundo pregunte a Dios, pero hacerlo desde el amor hacia su Hacedor y con humildad, sería lo mejor. Pero si no puede, que espere la respuesta sublime porque vendrá, como le sucedió a Job. Segisfredo predica que este dolor de sentirnos abandonados por Dios tiene consuelo. La más grande respuesta en ese silencio tormentoso y adolorido es una “dicha”, reconoció “Mr Job”: «“habitas en regiones para mi “dicha” herméticas”».   Que el mundo sepa que Job no quedó sin la perfecta respuesta sanadora que ansiaba. El Dios de Job era bueno; Job lo reconoció en su espantoso dolor solitario. Job trascendió los tiempos. Segisfredo Infante lo rescata en una plataforma imprescindible, favorecida por el Mayor Tecnológico, el que hizo las redes del cerebro como una primicia ancestral de las grandes redes alambradas que posteriormente vendrían, desde las ondas captadas por los grandes equipos trascendentales de la ciencia.

Jesús, en su acto de inmolarse en la Cruz, se sintió abandonado, como Job, como “Mr. Job”, símbolo de todos los que sufren indeciblemente. Todo sufrimiento es grande —no hay uno pequeño— y el autor rescata con dignidad todo ese dolor en la sanación de Job. Por supuesto que la primera palabra está expresada en la Biblia, y Segisfredo ha sido un intérprete rescatador del amor de Dios. Él que lo ha visto directamente.  El autor nos dice, también, que Job conoció a Jesús en su propia época, era el “Ángel del Señor”, como ya vimos. Como Jesús, Segisfredo pregunta e indaga. Pero él mismo dice de qué manera inquiere (p. 30): “No huyo del dolor. Ni del saber. Ni del jugo del placer. Simplemente es mi hambre espiritual que en el fondo desearía comprehender”. Muchos estudiosos dan respuesta a esta pregunta de Jesús —que traje a mi conclusión— y expresan que toda la carga del pecado del hombre estaba siendo recibida por la persona humana de Jesús, y en esta separación de pecado —entre Dios y el hombre— Dios calla, se separa, hace silencio, hasta que Él lo considera. Esta sumisión debemos tenerla, —lo entendió “Mr. Job”— sin dejar de llevar nuestras quejas a Su altar, como lo hizo Jesús. Jesús en su obra redentora tuvo que hacerlo porque tenía naturaleza humana y solo así iba a poder comprenderse el dolor de estar separados de Dios. Esto está predicado en este libro de Segisfredo, en voz de “Mr. Job”, que es la misma voz del autor, repito.  Quiero expresarle a Segisfredo que los grandes hombres son privilegiados de ver a Dios directamente. Cuando esto les ha sucedido lo predican grandemente, como ha hecho él con sus palabras.   Le pasó a Blaise Pascal, por ejemplo. Y transcribo algunos enunciados del estudio del teólogo, e interiorista, Luis Quezada Pérez, titulado “Del logos de la razón al logos del corazón”, presentado el 28 de diciembre de 2019, en una reunión del Interiorismo —fundado por don Bruno Rosario Candelier—, en el Centro de Espiritualidad San Juan de la Cruz, Las Lajas de El Caimito, La Torre, La vega. R. D.:

El sueño único de la razón produce monstruos a la larga. De sueño, se torna pesadilla.            * Pascal sabía que la naturaleza humana demanda RAZÓN, pero también demanda algo más allá de la misma, que es el MISTERIO. * Pascal señala que aquella noche del 23 de noviembre de 1654, él pasó “de la razón a la revelación”, “de la razón que piensa a la razón que ama”. * No he encontrado otra definición mejor sobre la Revelación: “la razón que ama”. De ahí que expresara que “toda la Escritura se resume en el amor”.

 El mismo Luis Quezada lo dice en su poema, “Busqué y encontré”, presentado ese mismo día: Busqué el saber/ y mis pensamientos se diluían ante mi vaciedad. / Busqué hacer cosas grandes, novedosas, / imperecederas, / pero la sed no apagó mi vacío. / Busqué en todo lo creado, / y mi vaciedad fue mayor. / Entonces te busqué a Ti, el Hacedor de todas las criaturas / y por fin lo llenaste todo”.

La cruz es el sitial del amor genuino. El autor lo coloca en letras grandes, al final de esta obra, pero esta verdad la ha anunciado desde el principio y exhorta que a sea escuchada, a que no seamos indiferentes de este bien que sana el dolor y da esperanzas para vivir: “Acércate lector indiferente. Acércate a la llaga del hambriento… Soy ángel y soy barro. Una mixtura del verbo desnutrido entre la arcilla” (p. 10).

Don Bruno, le confieso que usted también está siendo misionero del mensaje de amor que predica el autor, pues es en este mes que el mundo celebra el nacimiento de Jesús: dos hechos históricos que son los que han dado la vida a la humanidad. Aquí ha quedado predicada la obra de Jesús en la Cruz. Muchas gracias, infinitamente.

Mensaje final de Segisfredo Infante: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá”. 

 Termino con los siguientes versos de Segisfredo Infante, a quien le expreso intensamente mi gratitud por su amor a la humanidad. En la voz de “Mr. Job”, y de otras voces en versos, él nos dice lo siguiente (pp. 52-60):

 

No pongo en la boca de YAVÉ 

Mi lenguaje circunciso-incircunciso 

como hacen los fanáticos del mundo. 

No pongo en esa yave de YAVÉ la clabe 

pero ansío algún misterio delicioso descifrar. 

No demuestro a mi YAVÉ. Ni tampoco lo refuto. 

No soy gnóstico ni agnóstico. 

Solo sigo el camino intransitado 

hacia el hondo Himalaya de mi vida… 

Porque mi Dios se distancia del logicismo de Leibniz 

y del geométrico sendero de Spinoza. 

Mi Dios es personal.  Zarza pura 

que farola intangible los extraños fragmentos de la Historia concreta. 

Mi Dios omnipresente… 

se expresa en lo pequeño 

del hueco incontrolable 

del átomo travieso y del dolor del Hombre 

en infinitas conexiones cerebrales. 

JESÚS histórico me justifica: 

Su carne, su saber y su saber me justifican: 

su frase terrenal más grande que el Universo 

igualmente me justifica: 

“YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA;  

EL QUE CREE EN MÍ, AUNQUE ESTÉ MUERTO VIVIRÁ” 

… 

Muero en el justo momento 

que comenzaba a pensar 

el concepto de lo Bello, 

lo intuitivo, lo intangible 

lo imposible de explicar. 

La columna de mi vida 

comienza a resquebrajar.  

… 

Ahora lo comprendo toditito 

que mi Salmo prosaico es menos digno 

que los Salmos del David poeta… 

Que la Ciencia que me gusta tanto-tanto 

nunca-nunca me separe de Tu Nombre, 

me separe de tu brisa. 

… 

Tu Nombre lo decide todo. 

… 

Soy rebelde en el Amor. He sido 

ese rebelde que pregunta todo, 

que digresiona todo. 

Pero rebelde en el Amor profundo 

hacia el Príncipe, de Amor, Impenetrable. 

 

El amigo contesta semimudo 

con Wittgenstein acaso semi-Aurelio 

acerca del sentido de la Vida 

de un terrible poema inacabado: 

Cataclismo de Job es el silencio. 

Esas llagas de Job son el consuelo. 

 

“Comparto ese dolor. Ese misterio. Del hombre pequeñito. En los mares gaseosos del Abismo…  Nuestro Job aparece, reaparece cada siglo reclamando escarnecido. Preguntándole a YAVÉ lo impreguntable. Respondiéndose a sí mismo en el dolor de Cristo”.Segisfredo Infante, Correo de Mr. Job, Tegucigalpa, Honduras, Editorial Universitaria, 2005.

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