El pensamiento creador de Segisfredo Infante

DIMENSIÓN FILOSÓFICA, ESTÉTICA Y MÍSTICA

 

Por Bruno Rosario Candelier

A

Fausto Leonardo Henríquez,

explorador de la cultura catracha.

 

Dimensión teorética de la intuición conceptual 

Cuando Segisfredo Infante asume la palabra para explicar el mundo se auxilia de tres vertientes conceptuales, estéticas y espirituales. En primer lugar, concibe la existencia del sujeto pensante, es decir, la persona que reflexiona, que contempla la realidad de lo viviente, y entonces testimonia lo que percibe cuando entra en contacto con el mundo. El hecho de que un creador asuma el pensamiento y la creación poética es un factor favorable al desarrollo cultural de su país. Acontece que cada persona tiene la posibilidad, desde su sensibilidad y su conciencia, de ponerse en contacto con el mundo, y ese contacto lo hace desde la sensibilidad y la conciencia del sujeto que piensa. Él visualiza la primera instancia al ponerle atención para explicar el mundo, porque el mundo no existe para la conciencia si no hay quien lo piense. Si nadie piensa el mundo es como si no existiera, y ese planteamiento lo hace el pensador y por eso la importancia que tiene en su filosofía la instancia del “sujeto”.

El sujeto es la persona que piensa, intuye, habla y crea en virtud de la dotación del Logos de la conciencia. El individuo se sitúa en la realidad y se establece en una determinada circunstancia natural, social y cultural. Sucede que todos estamos instalados en el mundo y compartimos algo del Universo en la circunstancia que nos ha tocado vivir, y esa es la tarea de cada persona como sujeto: ponerse en contacto con el mundo y dar testimonio de ese contacto. De hecho, lo que hace a los escritores, a los intelectuales y creadores es justamente colocarse ante la realidad y testimoniar lo que perciben de esa realidad desde su propia percepción del mundo.

En su reflexión filosófica, el pensador hondureño Segisfredo Infante concibe tres instancias para la contemplación teorética: el sujeto que piensa, la realidad que apela al sujeto pensante y el pensamiento que produce la conciencia del sujeto sobre la realidad. Se trata de una valoración del pensamiento, la intuición y la revelación de la esencia, el valor y el sentido de fenómenos, cosas y efluvios: “El pensamiento resulta ser, como un ente emanado desde un objeto orgánico complejo, en su desarrollo subjetivo posterior, algo excesivamente importante en la evolución del Universo entero. Es como una tercera realidad que involucra, sin prejuicios, en un comienzo, al pensamiento mítico, al poético y al revelado. Tal pensamiento “revelado” originario lo encontramos en la profética de los hebreos, los antiguos pensadores griegos, cargados de poesía enigmática. Sin olvidar a la buena literatura hindú; y al “yin” y el “yan” de los chinos inmemoriales” (1).

La realidad es la segunda instancia a la que Segisfredo Infante le pone atención. Obviamente todo pensador, al pensar el mundo, piensa la realidad al darse cuenta de que está ante una evidencia constatable. A la realidad nos enfrentamos todos, y todos estamos instalados en una realidad, Constantemente estamos en conexión con la realidad. Una conexión que es sensorial a través de nuestros sentidos materiales; que es intelectual a través de nuestra mente o intelecto; que es afectiva a través de nuestra sensibilidad; que es espiritual a través de esa dotación singular de la conciencia que nos enaltece a todos los humanos. Entonces, ante la realidad, que es la que aporta a toda disciplina una cuota de su ser, una cuota de su existencia, de su condición física y de su condición suprasensorial, porque acontece que la realidad no es solo la dimensión material que percibimos con nuestros sentidos corporales. La realidad tiene una dimensión inmaterial, mucho más importante que la misma dimensión material.

El pensador se sitúa ante una realidad, ante la cual también se sitúa el poeta, pero pensadores y poetas procuran desentrañar, mediante conceptos e imágenes, lo que la realidad le ofrece. Si cada uno de nosotros enfoca su propia realidad puede apreciar diferentes matices y vertientes que permiten imaginar y pensar el mundo. La realidad sensorial y la realidad suprasensible inspiran imágenes y conceptos que el intelecto traduce en una obra de reflexión filosófica y creación poética, como lo ha hecho el pensador y poeta de Honduras, que plasma en su obra filosófica Fotoevidencia del sujeto pensante y en su obra poética De Jericó, el relámpago y Correo de Mr. Job.

En el libro de Segisfredo Infante, Fotoevidencia del sujeto pensante, hay un recuento de diversos planteamientos filosóficos de los principales pensadores que del mundo occidental, pero nuestro pensador no se conforma solo con hacer una síntesis de lo que han aportado los filósofos, sino que él, al tiempo que sintetiza, también aporta su propia reflexión teorética como pensador. Realmente cuesta pensar, de hecho, nuestra cultura no nos enseña a pensar y esa es una de nuestras deficiencias. No nos enseñan a pensar y cuando aparece alguien con esa capacidad reflexiva, como Segisfredo Infante, hay que saludarlo y celebrar su existencia  como pensador que presenta su punto de vista cuando observa la realidad como lo han hecho los pensadores que en el mundo han sido.

Segisfredo Infante, situado ante la realidad de lo viviente, concibe el pensamiento como un milagro de la creación, atizado por la “materia organizada” que se refleja en la conciencia: “Las diversas expresiones del pensamiento más o menos articulado se presentan, frente al Hombre histórico en sí mismo, como si fueran la culminación de un milagro universal, al grado que inclusive los ateos confesos y los materialistas-deterministas se impresionaron al escribir, y describir, en otros tiempos, a la “materia altamente organizada”. No hablamos, aquí, solo del pensamiento racional positivo, ni tampoco del edificante, sino de cualquier pensamiento humano, anexándose el lado negativo, el apasionado, el desbordado y el aparentemente irracional, porque la irracionalidad posee sus niveles ascendentes y descendentes, incluyendo en este sendero el proceso de la metáfora; la fábula o la rigurosa poesía. Los expertos en neurobiología del cerebro, y los apasionados en inteligencia artificial, que aspiran a alcanzar la verdad última en este laberíntico tema, dejarán siempre rincones inexplorados, incontestables; o fisuras tectónicas imperceptibles, e insondables; porque en cierto modo el pensamiento abarcador del hombre es más complejo y aleatorio que los saltitos cuánticos de las partículas subatómicas” (Fotoevidencia11).

Los primeros pensadores de nuestra cultura occidental fueron los pensadores presocráticos, que supieron instalarse en la realidad, contemplar la materia organizada de la naturaleza y, producto de esa contemplación de la realidad, comenzaron a teorizar en torno a las manifestaciones de la misma realidad, a decir, lo que percibían de su entorno, del ordenamiento de lo viviente, de todas las manifestaciones físicas y metafísicas que el mismo Universo ofrece permanentemente, porque  en todas partes del mundo hay señales, irradiaciones, destellos, estelas, voces e imágenes que vienen del Cosmos y, mediante ondas electromagnéticas, tocan las neuronas de nuestro cerebro con singulares mensajes trascendentes y sutiles.

Nosotros somos sujetos con capacidad para entender algunas señales del Universo, para captar algunas irradiaciones profundas a través de sus ondas electromagnéticas que se manifiestan en la luz, en ondas y estelas misteriosas que circulan por el orbe. Eso no es un capricho,  ni una suposición, ni una ilusión de un pensador o un poeta. Es una realidad, como lo ha demostrado la ciencia de la física cuántica, que ha certificado que el Universo es una red con múltiples circuitos y señales, con sensaciones y efluvios, y nosotros estamos insertos en esa red cósmica, en un enclave de esta estancia terrestre conectado desde nuestra sensibilidad profunda con la esencia sutil de lo viviente.

Los antiguos pensadores presocráticos pensaron el mundo y desde entonces han existido en todos los tiempos y culturas, en todos los pueblos y lenguas, personas que han experimentado esa inquietud intelectual, estética y espiritual. La inquietud de conocer para saber por qué y para qué estamos en el mundo y cuál es la razón de ser de nuestra estancia en la tierra. La autoconsciencia, que es la reflexión del propio sujeto sobre su conciencia, para Segisfredo Infante es una de las evidencias más impactantes de la condición humana por el hecho, objetivo y constatable, de que podemos pensar la realidad, pensar que pensamos y pensar el pensamiento sobre la realidad, rejuego de la conciencia con su poder de reflexión, intuición y creación. En tal virtud, Infante Tejeda percibe diversas manifestaciones de la realidad: 1. La realidad de las cosas. 2. La realidad de las palabras. 3. La realidad del pensamiento. 4. La realidad trascendente (el ámbito sutil de lo existente). 5. La realidad mística.

En sus planteamientos reflexivos nuestro pensador habla de una tercera instancia que tiene mucha importancia para él, que es “el pensamiento”. El pensamiento en el que se introduce nuestro pensador (los pensadores que se han dedicado a pensar infieren que  tenemos la capacidad para pensar la realidad, pensar el pensamiento y testimoniar lo que pensamos mediante la palabra. El pensamiento no es más que el fruto de la reflexión intelectual sobre la realidad, que el sujeto pensante asume y recrea en sus detalles sensoriales y suprasensibles, y como resultado escribe sobre la realidad, sobre el sujeto que piensa la realidad y sobre la creación que genera el pensamiento.

Hay una adecuación o una coherencia en esos planteamientos que hace el pensador hondureño Segisfredo Infante, quien concibe el pensamiento como un milagro de la creación. Nosotros, como sujetos pensantes y hablantes, creamos el pensamiento como expresión de esa dotación intelectual, y creamos poesía en virtud de la dotación intelectual e intuitiva que recibimos de lo Alto justamente porque somos seres humanos creados por el Padre de la Creación, que se manifiesta en la palabra según el concepto originario que concibió Heráclito de Éfeso cuando ideó el Logos para referirse a la dotación del intelecto que genera la energía interior de la conciencia en cuya virtud podemos reflexionar, intuir, hablar y crear. Por esa razón Segisfredo Infante dice que el pensamiento es un milagro, en virtud de lo hermoso que es darle forma a una idea que nos surge ante la contemplación de la realidad. A menudo nos surgen ideas e imágenes con sus emociones inherentes cuando contemplamos una planta, una noche estrellada, una tarde lluviosa, o cuando nos sobrecoge una nostalgia, un dolor, una angustia o un momento de felicidad o una vivencia de infinito, y entonces eso produce en nuestra conciencia un pensamiento, una palabra, un poema. Ante la realidad generamos dos manifestaciones fundamentales a las que dan cuenta filósofos y poetas: los conceptos y las imágenes que forjamos de las cosas.

La primera gestación de nuestra conciencia es el pensamiento, porque tenemos la capacidad para crear conceptos de las cosas, que Segisfredo Infante lo plantea en su libro. Al observar la realidad forjamos en nuestra conciencia un concepto de esa realidad y podemos definir y valorar las cosas, crear un concepto de cualquier sensación de la realidad, y eso nos convierte en seres pensantes y creadores.

La segunda vertiente que produce la contemplación de la realidad es la gestación de imágenes de nuestras percepciones entrañables, porque la realidad la podemos explicar como concepto y sentirla como imagen; y son justamente los poetas, narradores, dramaturgos, músicos, pintores, arquitectos y escultores quienes convierten en imágenes las diversas manifestaciones que perciben de la realidad, dándoles forma estética a la percepción de su intuición creadora. Así nace el arte, la poesía y la ficción.

Justamente lo que distingue a un poeta es el hecho de que cuando piensa, piensa en imágenes, diferente al hablante que, cuando piensa, piensa en conceptos. Ambas vertientes, la de quien piensa en conceptos y del que piensa en imágenes son al mismo tiempo el resultado de esa capacidad de la inteligencia para intuir el sentido de fenómenos y cosas, y eso es lo que reflexionan los pensadores, como Segisfredo Infante, cuando se dispone a pensar el mundo para dar cuenta del caudal de sus conceptos a partir de sus reflexiones, o cuando hace poesía a partir de sus intuiciones y vivencias con la valoración que él hace de la realidad.

Me gustaría seguir profundizando en esta introducción en torno al pensamiento de Segisfredo Infante porque hay mucha materia para hablar en ese aspecto del intelecto. Esa capacidad de reflexión filosófica que tiene este valioso intelectual hondureño, y esa capacidad de llevar a la poesía lo que ha observado de la realidad, es admirable porque hay una coherencia entre lo que piensa como filósofo y lo que expresa como poeta. El distinguido pensador y poeta de Honduras enfoca la soledad como un factor determinante en la vida de los hombres y los pueblos: “A pesar de las modernidades, de las posmodernidades y de las tecnologías contemporáneas, positivas en muchos casos, el sujeto individual se percibe a sí mismo, con añoranzas, impotencias y proyectos trascendentes, como si fuera una luciérnaga titilante en medio de la noche oscura de su propio tiempo particular. La soledad, al margen de la sobrepoblación mundial, es abrumadora. Es difícil medir la soledad del hombre rural, y semi-rural, atrapado aquí en la Tierra, ante el paso de las nubes poéticas y semi-caóticas, y ante la sobrecogedora lejanía de las estrellas. Es difícil medir esa soledad provinciana del terrícola sumergido, parejamente, en la soledad paradójica de una población bullanguera, ruidosa, de las grandes urbes. En todo caso, la soledad se encuentra ahí, y allí, con las variaciones bucólicas del campo y las insolidaridades del incógnito sujeto urbano, desconocido por las mayorías con las cuales cohabita, y por las mismas minorías desconocidas, a pesar de la teoría de las alteridades. Esa soledad puede ser altamente productiva como en los casos del matemático Arquímedes; de los teólogos Agustín de Hipona y Moché Maimónides; y del filósofo-metodólogo René Descartes en sus habitaciones. Sin desdeñar u olvidar a los primeros místicos orientales ni mucho menos a los grandes profetas del desierto, localizados en diversos puntos del planeta disperso. O a la otra soledad que puede ser estéril, como en la de aquellos individuos ansiosos por acumular dinero excesivo, prestigio y poder; o en aquellos que vegetan, sin sentido, cada día, sin importar todo lo demás. No hay que olvidar, en este texto y contexto, que el sujeto pensante, al atardecer de la vida, se encuentra íngrimo y desamparado, en las orillas del mundo y del camino interrogante” (Fotoevidencia53).

A juicio del pensador catracho, entre los atributos de la mente humana, afirma que el pensamiento, con su poder de auto-iluminación, supera la velocidad de la luz: “Un probable fruto personal es que un “suceso” podría, muy remotamente, llegar a viajar a una mayor velocidad que la luz energética; pero nunca podría moverse a mayor velocidad que la otra luz que emana desde la cosa autopensante, “fosforescente”, que se ilumina a sí misma, y a veces desborda por todo el Universo, sin moverse apenas del lugar que físicamente ocupa. Se trata, pues, en nuestro caso, de una libre racionalidad autocontrolada. No de disparates seudocientíficos, o seudometafísicos, propios de algunos individuos que buscan fama momentánea a todo trance. Otro posible fruto personal es que tal vez podría hablarse de libertad “asintótica” de las conexiones y circuitos impredecibles de millones y millones de neuronas cerebrales, por donde fluyen, invisiblemente, las emociones, los gruñidos, los recuerdos, las palabras, la música, los símbolos, los sueños, las pesadillas y las imágenes reorganizadas del pensamiento, con sus luces mentales y sus sombras. Hasta podría añadirse, con cierto atrevimiento, que el pensamiento humano fluye inmaterialmente, invisiblemente, con alguna independencia del cerebro mismo, tal como se mueven o fluyen las partículas inmateriales, con probabilidad de “masa cero”, que interaccionan con la materia” (Fotoevidencia80).

Segisfredo Infante piensa el mundo, y da a conocer lo que piensa en estudios de reflexión filosófica. Y tiene también la sensibilidad estética como creador de poesía. Al mismo tiempo que tiene la capacidad reflexiva para formular juicios críticos sobre asuntos teoréticos de la realidad que aborda su intelecto, también canaliza lo que su sensibilidad experimenta cuando se pone en contacto con las manifestaciones sensoriales de las cosas y suprasensibles de los efluvios sutiles. En este creador hondureño se da una condición muy especial, y es el hecho de que, lo que piensa como pensador lo lleva a la poesía en la singular expresión del arte de la creación verbal. Singular ejemplo entre nuestros intelectuales, que escriben un pensamiento filosófico y ese pensamiento lo llevan a la poesía, pues en él es muy importante el hecho de que el Universo da señales profundas, pues como resultado de la Creación del mundo, obra divina en la que tenemos la fortuna de ser, como producto de la Divinidad el mundo es la más alta realidad que pone en evidencia la existencia de un creador y la existencia de una realidad física, la realidad material que nos proporciona a nosotros, sujetos pensantes en cuya virtud podemos entender, valorar y testimoniar el mundo.

En efecto, el hecho de que nuestro intelecto crea imágenes y conceptos de las cosas, perfila cuanto sucede y genera nuevas realidades verbales, es una manifestación de la energía interior de la conciencia al crear una nueva realidad, que podríamos llamar realidad estética, realidad metafísica o realidad ideal. En el siguiente párrafo se puede apreciar una descripción de Segisfredo Infante al valorarse como intelectual: “En lo personal soy Hijo amoroso de la Historia, y del pensamiento antiguo. Mis posibles raíces se hunden en la ciudad mesopotámica de “Ur”, y en los oscuros bosques visigóticos del Norte. Soy heredero del mejor pensamiento medieval, son sus riquezas artísticas. Soy un deudor directo del Renacimiento italiano y de la modernidad cartesiana y hegeliana. Respetador del pensamiento chino y del hindú. Admirador de las sutilezas breves del arte japonés. Pero también declaro haber abrevado en el principio de incertidumbre heisenberiano, y en la levedad del ser de los autores posestructuralistas y posmodernos. He navegado, en fin de cuentas, en las aguas profundas y orilleras del devenir heracliteano de todos los tiempos” (Fotoevidencia82).

Gracias a la ciencia de la física cuántica, a la reflexión filosófica, a la intuición mística y la inspiración poética, las realidades espirituales o inmateriales no son una especulación de iluminados, contemplativos y poetas, ya que se han comprobado los efluvios de la Creación mediante las irradiaciones estelares y las fuerzas sutiles, libres de la materia, que son realidades cohabitantes de la realidad del Universo en su condición de campos energéticos inmateriales: “…propongo y reafirmo que algunos campos singulares de fuerza sin materia son el territorio más fecundo para la meditación especulativa de la actualidad y de cualquier época histórico-evolutiva del futuro. Es el ámbito en que se entrelazan, o se podrían entrelazar, la metafísica verdadera y la ciencia física, en tanto que aquí podría refugiarse la madre de todas las madres. Aquí cobraría más sentido la vieja y la nueva propuesta acerca del pensamiento inmaterial, invisible, y de otras conjeturas más o menos místicas, desde las más serias hasta las menos serias” (Fotoevidencia83).

Con razón cree Segisfredo Infante que aunque la conciencia tiene su fuero en el cerebro, es una realidad inmaterial, como un soplo que se anida en las neuronas del cerebro en virtud de la dotación espiritual que conforma la esencia de nuestro ser: “Lo primero que uno piensa es que la conciencia es algo inatrapable que tal vez podría localizarse, “fantásticamente”, en algunos puntos neurálgicos del cerebro humano, en los campos visuales, como centros de convergencia y divergencia de la conciencia misma. La conciencia se vuelve como un fluido inmaterial, tal vez energético, intangible y harto paradójico, como intangibles con los fotones energéticos sin masa material, que se desplazan en línea directa-ondulatoria dentro de campos electromagnéticos. Los fotones, hijos de los electrones, son reales, y la conciencia es real, al margen de las formalidades matemáticas. Comprendo que el símil es forzado pero necesario en la relación dinámica de la presencia y ausencia de la materia, en que algunas partículas elementales, sin masa material, o con “masa cero”, portadoras de información, existen indirectamente, en los “campos” naturales o bien en el laboratorio, aunque sea en microfracciones de segundos. Con esto refuerzo mi conjetura sobre la inmaterialidad, o invisibilidad, del pensamiento superior y de la autoconciencia laberíntica, autónoma” (Fotoevidencia85).

 

Dimensión estética del arte de la creación

El pensamiento se manifiesta en imágenes y conceptos, que los poetas y pensadores formalizan en su creación. La energía de la conciencia, según la intuición filosófica de Segisfredo Infante, es el rayo luminoso del ojo consciente que atrapa la imagen de lo viviente: “La Luz del pensamiento es mucho más significativa que la luz cuántica que se mueve por medio de ondas electromagnéticas, y mucho más importante que la luz química. Las imágenes del pensamiento significan un “efecto fotoeléctrico” al revés, aunque esto pudiera molestarle al genial Albert Einstein, si aún viviera. Ya que los fotones sin masa “arrancan” una huella impresa sobre las placas fotográficas, y el pensamiento, en cambio, deja una huella más significativa sobre la huella de los fotones mismos. El cerebro fotoluminiscente del sujeto, auxiliado con la cámara de los ojos orgánicos y las neuronas electroquímicas, proyecta una vasta imagen de un nuevo tipo de Luz, sobre los nichos inmediatos, sobre los otros sujetos y sobre la existencia toda. El milagro en todo esto es que las placas metálicas lisas para los efectos fotoeléctricos, son inexistentes en la corteza occipital del cerebro estriado y las yuxtaposiciones; sin embargo, ahí, en su seno grisáceo y gelatinoso, entre el aparato óptico y la mente fugaz, se reordenan las imágenes más o menos nítidas del mundo circundante; imágenes fotobioluminiscentes que con los ojos cerrados, por momentos desaparecen; pero que vuelven a resurgir en los recuerdos y en los sueños, a veces con más nitidez que en la realidad física vulgar” (Fotoevidencia124).

Con su formación filosófica, su tendencia espiritual y su vocación poética, Segisfredo Infante pondera 4 senderos del conocimiento: filosofía, ciencia, teología y poesía, saberes que dan fundamento y cohesión a su visión del mundo y  a su creación.  En su condición de sujeto poético o creador pensante, nuestro pensador se imagina que hay un ojo que lo observa todo, y desde el ojo del creador cada sujeto visualiza la realidad que tiene delante de sí mismo cuando observa el discurrir del mundo. El sujeto poético se ve a sí mismo como el sujeto pensante, y en su expresión lírica, estética y simbólica se asume como el ojo que desde su interior observa el discurrir del mundo. En la creación poética de Segisfredo Infante leemos: “Soy ángel y soy barro. Una mixtura/del verbo desnutrido entre la arcilla./Mi bestia de Olduvai con ilusión de Hombre/mirando en la garganta titilante/el espinazo de la noche ausente./El polvo de la mente se vuelve más difuso/como espejo de estrellas; rojo que huye/con témpanos que tragan las rodillas/y dedos transparentes con el crujir de huesos” (2).

Concibo la conciencia como la pantalla del Cosmos a cuyo fuero confluyen las irradiaciones cósmicas que captan nuestras antenas perceptivas y retransmiten sus ondas electromagnéticas intangibles, como señalé en mi libro Metafísica de la conciencia (3). Esas irradiaciones sutiles llegan y salen de la mente consciente en forma de imágenes y conceptos del pensamiento y la imaginación poética. En la poesía de Segisfredo Infante, el sujeto pensante es el ojo de la conciencia que observa, recrea e intuye: “Un día este poeta entredormía/cuando un violín añejo en madrugada/por dentro de su cráneo deslizaba/pedazos de ecuaciones de YAHVEH algebraico./ La noche era tristísima./ Era bella goteando musical incertidumbre de placer,/ de dolor y de inmortal Gerundio./(No tengo fijaciones cerebrales/pues mi espada interior hace centellas/-electroquímicamente-/danzando flexiblemente)” (Correo14).

Esas espadas centelleantes de la mente del poeta que concibe los arquetipos del protoidioma de la creación, desde su ojo pensante, intuitivo y místico, canta la búsqueda y los hallazgos de su intuición trascendente: “He buscado la luz; cosechando tinieblas./Ahora no lo puedo comprender./Tal vez porque mi tacto de antiguo terciopelo/hoy cae en la vigilia de tejos y cenizas,/de “piedras derrotadas”:/las escorias sin fin./Tal vez porque caer es semejante/al desprecio inmedible/que a la carne prodigan./A mi carne que conversa en hondonadas./Que conversa en lo negro de un agujero negro/con desgarre de estrella de neutrones” (Correo17).

Desde ese ojo pensante, intuitivo y místico, el poeta de Honduras canta lo que concita su sensibilidad profunda. Todo poeta experimenta en su sensibilidad un particular estremecimiento cuando las cosas tocan su alma. Los poetas entran en contacto con las cosas mediante su sensibilidad, adiestrada para sentir y compartir, como fragua del mundo, la realidad sensorial. La realidad sensorial sugiere, susurra y concita.  Pero hay que tener oídos para percibir lo que las cosas manifiestan y ese oído especial lo tienen los poetas en virtud de su sensibilidad trascendente que han desarrollado para sentir y entender el mundo.  Al evocar la tristeza del salmista, el poeta catracho lamenta que no se valore lo que la realidad refleja por ausencia de una intuición profunda: “No debiera transcurrir, dijo Spinoza,/entre llantos y gemidos la existencia…/Pero la garza de mi vida íngrima/se pierde en las alturas de mi bruma/huyendo del gran lago de los sueños. /Porque mis ojos no alcanzan/desde la yerba en que habito/los torreones de la luz celeste./El corazón apretujada rosa/con pétalos heridos en desaire” (Correo18).

Sabe este poeta visionario de intuiciones sutiles que antiguas esencias se conservan en papiros de luz, la onda misteriosa y secreta que nuclea las partículas del ser en el trasfondo del mundo: “El ideolecto da principio en Jericó. L’arqueología de ladrillos, de aceitunas y de adobes/ hecha con el negruzco polen de los siglos./Se trata de una Hamada traslapante. Aquella indescifrable como el Pájaro/(“qua resurget ex favilla”)/que vuela desde el pozo metahistórico, rasante,/con mezcla de betún, sal y azufre./El verso habita en el relámpago./Hay relámpago en el verso/y libélula amarilla de filamento azul./No hay relámpago en todo verso./Es mejor lo profundo iluminante de una nube negra/o la blanca raíz de los prosaicos huertos/que crecen ariscos y oscuros en los claros matorrales./Algún relámpago tendremos/-alguna intermitencia en fuga-/en el grupo doliente de estos versos./El verso se amontona en los archivos./En papiros de luz. Pergaminos cromáticos” (4).

En una idea cuántica que nuestro pensador lleva a la poesía, logra una creación bajo el impacto de sus vivencias entrañables. Hay imágenes sutiles que tocan la sensibilidad del poeta y a veces el poeta no puede descifrar lo que esas imágenes contienen. Prevalido de su intuición profunda, nutrido en la formación espiritual de una cosmovisión filosófica y apertrechado con el caudal de sus percepciones intuidas y reveladas, el poeta sampedrano (5) cifra en el soplo del Eterno la luz que fragua la esencia cósmica: “Yo soñé con la luz indescriptible/de tu cuerpo desnudo exigiendo mis ojos./Reconocí tus labios aguados en fermento/de uva celestial y de trigal mecido. /Acaricié tu rostro hasta la bruma./Porque de bruma se fabrican mis angustias./Ahí soñé el Poema potencial en acto/con frases de dureza evanescente./Del matorral al verbo./Del caos impensable hacia la luz inmóvil/revisé toda existencia goetheana,/maxweleana, ainsteineana, /ardiendo en la fatiga de mi duda” (De Jericó21).

En De Jericó, el relámpago el poeta, como visionario de sentidos profundos, percibe antiguas verdades que le son reveladas en su condición especial de quien está en conexión con el alma del mundo, de alguien que sintoniza verdades provenientes de la sabiduría espiritual del Numen. El Numen cósmico alude a ese ámbito sutil, a esa región etérea fuera de nuestro mundo físico que acumula la experiencia universal, todo el saber que la existencia depara. Cuando los poetas experimentan singulares experiencias metafísicas o místicas, desde su conciencia profunda se desconectan de su propio ser y entran en conexión con seres de luz en ese ámbito sutil de lo intangible, y entonces regresan de allá con verdades profundas, y si tienen la vocación creadora, plasman en imágenes poéticas lo que tocó su sensibilidad profunda. Una cosa atina el alma del poeta con el lenguaje armónico del verso y el protoidioma de la creación: dar con la esencia del sentido a través del soplo de la luz, señal de la gravitación del que Es: “El poeta aquí persigue entre el paraje inhóspito/el camino inexhaurible de Yahveh. Nunca se cansa de indagar sobre el Ser/ con las preguntas hondas acerca del enigma de los textos sacros./Secuencias lo navegan hacia el río fósil /subterráneo del desierto caravánico/con el lenguaje del pozo del Saber profundo./La lógica de Wittgenstein o el discurso de Heidegger/sugieren este verbo secuencial/un poco sin saberlo./Rosa de Jericó. De Canaán espina. /Tu pie se congeló por la primera estancia/de urbanidad neolítica ilegible/del Homo Sapiens Sapiens domesticando el Orbe./Allí te detuviste bajo un árbol de olivo./Allí se fabricó la primera tienda política. /Allí saciamos pan de hogaza mañanera/con un cordero asado. /Dando vueltas. El cántaro de dátil fermentando armonías./¡Muralla de bronce antiguo!/Allí fue posible el amor la fisura/ de luz sobre tu vientre dibujando el isósceles/más abajo más bello que el romboide/ cromático de Küppers en el clímax protegido/ entre la sombra de murallas gemelas/por haber detenido la vagancia perpetua./Allí fue el primer acto de la espera. /(No maldigas YHVH/el nombre Jericó/ni maldigas el mío)” (Jericó25).

Cuando nuestro poeta reflexiona sobre el mundo, en su meditación trata de auscultar su intuición profunda. La intuición espiritual acontece cuando desde nuestra conciencia podemos penetrar más allá de las apariencias de las cosas y entrar en contacto desde nuestra esencia con la esencia de las cosas. Sucede que desde nuestra sensibilidad nos ponemos en contacto con las cosas y entramos en comunión con lo viviente, y esa compenetración sensorial, afectiva y espiritual produce una relación armoniosa, edificante y luminosa porque las cosas le hablan al ser, le sugieren imágenes, le sugieren mensajes a través de la voz de las cosas, a través de la voz del Cosmos. Así como nosotros tenemos una voz interior, todo lo que existe tiene su propia voz subjetiva y entrañable. El poeta hondureño cifra en el soplo del Eterno, la luz de la esencia cósmica: por eso el emisor de estos enjundiosos versos se ausculta a sí mismo en busca de una verdad profunda o un sentido trascendente: “Como el Patriarca de los sueños leves/que hacia Bersheva por el sur ignoto/buscaba el Verbo entre la arena asfáltica,/yo vengo hacia mí mismo, mansamente,/en pos de algún fragmento, una verdad” (Jericó45).

Los genuinos poetas son participes de un protoidioma, es decir, del idioma original en que hablan los poetas genuinos para tocar la esencia de las cosas. Segisfredo Infante tiene una inquietud filosófica y una vocación filológica que lo lleva a escribir poesía. El sueño de todo poeta es encontrar un fragmento del mundo donde hallar una verdad profunda que explique el sentido de fenómenos y cosas a través de sus voces. Cuando explora parajes de la Tierra Santa para escuchar el sonido primordial, la voz del misterio y el soplo de la vida, husmea en los escombros del pasado y visualiza la Tierra Prometida con el sonido original, la voz profunda del mundo y el aliento que da vida en la voz del relámpago que ilumina un mensaje celestial: “¿Qué fuiste a ver entre esas ruinas secas, Segisfredo?/¿No bastaba el matorral pedregoso en donde habitas? /preguntarán con labio despectivo./Yo fui a mirar el sonido de la Tierra/para escuchar la luz desde la médula del Hombre./Fui a contemplar /mi sequía entre mi hueso ensimismado./Como elipsis desértica de vida./Serpiente sigilosa que muerde el corazón /de insubstanciada muerte./Fui a mirar el relámpago /que nace entre Tus ruinas./Yo coloqué, ahí mismo, una lágrima de sangre,/sobre la piedra de David, altar primero./Y acaricié la flor más blanca/que crece digna, sola, bella, altiva en los escombros/de Jericó y los niños del futuro” (Jericó49).

La idea de la “luz” es clave en su visión del mundo, porque nuestro poeta entiende que la luz es esa onda espiritual que se manifiesta en la conciencia y se proyecta en el poema a través de la cual Dios habla a los hombres. Todo es producto de esa luz divina.

Los enjundiosos artículos de Segisfredo Infante, publicados semanalmente en la prensa catracha, están impregnados de una fecunda erudición y una luminosa intuición que nutre la saperemia espiritual de su sensorio, cuya reflexión filosófica y creación poética contiene los siguientes atributos de su aporte exegético y su talento creador: 1. Tiene una capacidad teorética para inferir, mediante el poder de su contemplación, ideas y principios sobre el ser y el sentido de la Creación. 2. Posee una clara intuición estética para orillar, a la luz de sus reflexiones filosóficas, la dimensión esencial y trascendente. 3. Perfila y valora la dimensión espiritual, sagrada y mística de lo viviente, a la luz de su formación filosófica. 4. Adentra en el fuero de la conciencia para orillar, con despliegue de su sabiduría espiritual, su formación intelectual y su intuición poética, lo que da esencia y sentido al fluir de lo viviente y fundamento a la creación interiorista. 5. Desentraña lo peculiar de fenómenos y cosas mediante el conocimiento del mundo, el lenguaje pertinente y el criterio adecuado con una clara comprensión del sentido profundo de fenómenos y cosas.

 

Dimensión mística de la inspiración poética 

La triple vertiente reflexiva, simbólica y espiritual de la obra de Segisfredo Infante está plasmada en su vertiente filosófica, estética y mística. El poeta hondureño publicó el poemario De Jericó, el relámpago, y en el frontispicio de sus páginas consignó: “Reviviendo mi visita a Canaán hace diez años, tierra de patriarcas, soñadores, profetas, guerreros, poetas, escribas, rabinos, mártires, fanáticos, historiadores, cabalistas, ermitaños, filósofos, matemáticos, futuristas, con praderas, riachuelos, peñascos y desiertos calcáreos”.

Con el sentimiento del amor, materializado en el escenario de Canaán como trasfondo, Segisfredo Infante canaliza su reflexión filosófica, estética y mística en siete partes:

 

La Hora del Poema se aproxima

merodeando los límites del Hombre.

El poeta interroga su camino. Su Sahara.

Su vivir y sigilosa muerte.

Y en el camino entiende

que el dolor del corazón es igual a sus caídas;

el sabor de la orfandad igual al espejismo.

La fuerza del vivir: leve, adelgaza,

como luz de algún candil al viento

que viene del océano airado.

 

Para el poeta visionario de sentidos profundos, profundas verdades de antiguas esencias se conservan en papiros de luz, o fluyen en la onda misteriosa y secreta que nuclean las partículas del ser en el entramado arcano del mundo o transitan en furiosos relámpagos portadores de mensajes sutiles de la sabiduría sagrada del Nous:

 

El verso. Mi verso. El ideolecto

da principio en Jericó. L’arqueología

de ladrillos, de aceitunas y de adobes

 hecha con el negruzco polen de los siglos.

Se trata de una Hamada traslapante.

 Aquella  indescifrable como el pájaro

(“qua resurget ex favilla”)

que vuela desde el pozo metahistórico, rasante,

con mezcla de betún, sal y azufre.

El verso habita en el relámpago.

Hay relámpago en el verso

y libélula amarilla de filamento azul.

No hay relámpago en todo verso.

Es mejor lo profundo iluminante de una nube negra

o la blanca raíz de los prosaicos huertos

que crecen ariscos y oscuros

en los claros matorrales.

Algún relámpago tendremos

-alguna intermitencia en fuga-

en el grupo doliente de estos versos.

El verso se amontona en los archivos.

En papiros de luz. Pergaminos cromáticos.

 

La perfección de las cosas es un signo de la perfección del Cosmos, según el ordenamiento del quien hizo a su imagen al hombre y al mundo:

 

Aquí los antiguos intuyeron la perfección del círculo

con ruinas arcillosas, pedregosas, ovalantes,

de Jericó, Jafache y el imponente Sirwah.

Dios conoce mi ambición y mi pecado.

Mi deseo indescifrable. Mis asedios sigilosos.

El son de mis trompetas, jubileos inaudibles,

que a tus pies desfallecieron.

 

La esencia del ser subyace en el agua y la tierra, el fuego y el aire, como intuyeron los antiguos pensadores presocráticos, y como lo intuye nuestro poeta que ausculta la materia como signo del Eterno:

 

Ahí radica el Ser… El fuego inexhaurible.

Hidrógeno primario. El átomo de helio.

El láser. El fotón. El radio. El quarks…

Los rayos gamma…

Un poco antimateria velocísima

o tal vez electrones caminando inciertamente

en un espacio único de rocas y fisuras.

(¿Dónde quedó el arbusto de neutrinos

con su lengua cósmica de diagramas sígnicos?).

Farallones susurran y presienten

que ahí descansa el Ser, recién llegado.

“Yo soy el Ser”,

advertía insinuante la Miqrá, o el Pentateuco,

sobre la Zarza humilde que no quema.

Holograma del Espíritu. La espera.

Tus espinas son garfios que en el aire dejan

la Khábalah y su voz. El Talmud y la suerte.

“Ser es Ser”. Deseo el Ser.

 Estoy en soledad sedienta que nadie me arrebata

a la espera de la luz auténtica.

 

Nuestro poeta sintió el aura de lo divino, la Presencia sutil de quien Es en el relámpago y el Amor, en las piedras y los olivos. El poeta cree que nació: “Para ver el relámpago. /Para adorarte sin sentido a ti. /Yo descubrí tu amor, un día fijo,/en las entrañas del planeta lapislázuli-violáceo./Te presentí en Yerushalaim./En las piedras de David. Olef. En los Olivos,/en una tarde-noche que hablaba transparente, rosada y peñascosa”. Inspirado en su intuición mística de la Creación, el poeta hondureño cifra en el soplo del Eterno la luz que fragua la esencia de lo viviente:

 

Yo soñé con la luz indescriptible

de tu cuerpo desnudo exigiendo mis ojos.

Reconocí tus labios aguados en fermento

de uva celestial y de trigal mecido.

Acaricié tu rostro hasta la bruma.

Porque de bruma se fabrican mis angustias.

Ahí soñé el Poema potencial en acto

con frases de dureza evanescente.

Del matorral al Verbo.

Del caos impensable hacia la luz inmóvil

revisé toda existencia goetheana,

maxweleana, einsteineana,

ardiendo en la fatiga de mi duda.

 

En la visión amorosa de nuestro poeta late la presencia inconsútil de la amada de sus sueños, y sus dos amores, el amor humano de la mujer amada y el amor divino del Padre de la Creación, que comparten la apelación de su ideal de vida y de obra:

 

Hoy intuyotu carísima presencia entre mis páginas.

Por eso te imagino en la París, altiva.

En “El Retiro” de Madrid, huraña,

hundiéndote en la niebla de un cafetín vacío

de Tegus, Comayagua, Copán, Jerusalén, El Paraíso.

(Y en el castillo helado de Kybourg, incierta).

Te imagino, más allá,

como la Esfinge eterna y arenosa,

reina de remolinos y del semblante en calma,

en torno a la fogata placentera de la noche.

 

Una cosa atina el alma del poeta con el lenguaje armónico del verso y el protoidioma de la poesía: la esencia del sentido en el soplo de la luz, señal de la gravitación divina:

 

(El poeta aquí persigue entre el paraje inhóspito

el camino inexhaurible de YAHVEH.

Nunca se cansa de indagar sobre el Ser

 con las preguntas hondas

acerca del enigma de los textos sacros.

Secuencias lo navegan hacia el río fósil

subterráneo del desierto caravánico

Con lenguaje desde el pozo del saber profundo.

La lógica de Wittgenstein

o el discurso de Heidegger

sugieren este verbo secuencial

un poco sin saberlo.

 

Nuestro poeta sabe que es un átomo de lo viviente y una hechura divina que piensa, habla, intuye y crea, y al cantarle al amor y expresar lo que sintió bajo la vivencia de la dolencia divina, canta y exalta al Creador del mundo, al Yahveh bíblico de la Jerusalén terrestre que su sensibilidad disfruta, recrea y proclama con el gozo de vivir el encanto del amor y el primor de la Creación:

 

Rosa de Jericó. De Canaán espina.

Tu pie se congeló por la primera estancia

de urbanidad neolítica ilegible

del Homo Sapiens domesticando el Orbe.

Allí te detuviste bajo un árbol de olivo.

Allí se fabricó la primera tienda política.

Allí saciamos pan de hogaza mañanera

con un cordero asado. Dando vueltas.

El cántaro de dátil fermentando armonías.

¡Muralla de bronce antiguo!

Allí fue posible el amor

 la fisura de luz sobre tu vientre

 dibujando el isósceles

más abajo más bello que el romboide

cromático de Küppers en el clímax

protegido entre la sombra de murallas gemelas

por haber detenido la vagancia perpetua.

Allí fue el primer acto de la espera.

(No maldigas YHVH, el nombre Jericó

ni maldigas el mío).

 

Segisfredo Infante desciende de los judíos sefarditas que fueron expulsados de España en 1492, y evoca la Sepharad de sus antepasados con sus angustias ancestrales y la vocación mística de sus ascendientes hebreos:

 

Prefiguras además, el monacato. Cluny.

Algún Generalife. De la Toledo. Oculta.

Sepharad difuminada en tus angustias.

Pues de angustias se fabrican nuestros sueños.

(Prefiguras altitud, completitud, desolación,

del infalible amor o sus desgracias todas

en “la luz o la negrura del sepulcro”.

Tal vez Ascetikón).

 

Al poeta lo mueve una búsqueda, estética y mística, que canaliza en el arte de la creación verbal, y en su peregrinar por Tierra Santa, la Jerusalén indómita, evoca lugares emblemáticos que sus imágenes y conceptos formalizan en sus reflexivos versos tras la clave de la luz:

Hasta aquí mi señal

de fragmentaria búsqueda.

Mi palabra sin agua, subsumida,

donde inhalo todo círculo de Jaifa

o de Monte Carmelo arrepentido

ante el espectro incomparable, anonadante,

 en la técnica pictórica de Runge.

Aquí la nueva clave

de los Doce del Espíritu más Uno

descubriendo un recodo en la bahía

en una atardecida de luz inatrapable

más bella que mis sueños.

De bahía a bahía

entre Truxillo y Jaifa.

   La tierra bendita de santos y profetas que acogió al Mesías, las acciones heroicas de un pueblo incomprendido y heroico, la pasión del Hijo de Nazaret y toda una herencia milenaria enraizada en la conciencia histórica mueve la sensibilidad de nuestro poeta:

 

Diez mil años –o menos- de ráfagas ladrillos,

te sublimizan en lágrimas de fósforo.

En tus ojos resecos, sin conjuntiva clara,

se instalaron los Jordanes sordos

persiguiendo las estatuas del Mar Muerto.

(En tus riscos tentaron, provocaron, insultaron,

al Mesías hambriento, frágil, bello).

 

   En su reflexión estética y simbólica Segisfredo Infante coparticipa de una superposición visionaria en la que se alternan hechos del pasado, leyenda viva de la historia, con las emociones del presente que una singular tierra con peculiares episodios ejemplares conforman la sustancia de una herencia sagrada proveniente de un pasado que pervive en el presente con su onda mística y su mensaje trascendente:

 

He apartado mis ojos

de la mujer soberbia

de lujos y lujurias poseída.

Sin embargo Rajab me hacía señas;

la linda Betsabé se estremecía bajo el agua.

La princesa de Saba me tentaba por lo menos.

Pues soy carne. Soy razón. Soy alarido.

Res extensa. Res pensante. Naturalis.

Sin meditar escribo

en la gramática del verso puritano, lógico,

tal como siento pienso a veces el dolor sin simetría.

La inlucidez de Hamlet me amenaza.

Por ti querida Betsabé

perdí la luz en una noche negra

abrevando el agua amarga: tu Ordalía.

“La mujer es más amarga que la muerte”.

 

El emisor de estos dramáticos versos, fraguado en una intensa y luminosa vida, evoca a la mujer amada, que recrea con su visión de la realidad de un país, como Israel, con su historia bíblica y talmúdica, con sus judíos, cristianos y musulmanes, su Khábalah bendita y su doctrina de amor y de perdón, sus luchas irredentas que el poeta evoca para inferir lo que le da sentido y trascendencia a la historia:

 

…la hoguera sin personas

el muro sin ciudades

la historia sin Historia

la piedra sin la luz

la letra sin espíritu

pan ácimo sin pascua

amigo sin amigos

el mundo sin los niños

la ley sin lo fraterno

el dogma sin los límites

rituales sin amores

el cielo sin relámpago

el aire sin oxígeno

la nada entre la nada

definen este amor mío por ti.

(¡Dadme agua, dadme sed,

de los chorros del altísimo Golam!).

 

Nuestro agraciado poeta recuerda la sentencia del apóstol Pablo inspirada en el amor, y también evoca al inmortal David y el relámpago del verso, réplica del relámpago del cielo, una manera de aludir al soplo del Espíritu, el Ruah de los hebreos referida a la inspiración del Espíritu Santo con la evocación del eco bíblico y rabínico, del arameo, hebreo y latín, con el signo de la sabiduría sagrada del Nous:

 

Mi amor crece por encima del pecado.

“Sin amor nada valgo. Nada soy”.

Repetía el ciudadano de Damasco.

El poeta David

-el de la lira en ristre-

suave a mi corazón y tan pegado al tuyo,

me encaminó en el valle de las sombras

y hoy me arrastra hacia el relámpago del verso.

Trece líneas arameas extrabíblicas

esculpidas en hilacha de basalto

rubricadas por Aram –en la ciudad de Tel Dan-

inmortalizan sin desearlo tu sutilísimo Nombre:

La casa de David, el siervo,

tres veces insinuada sobre el raído tiempo.

(Nombre amado y detestado).

 

Si el rey David no pudo resistir la tentación de Betsabé desnuda, nuestro amante-poeta que protagoniza la inmortal dolencia de carne cae subyugado por los atractivos de una hembra, historia que repite cada amante con vivencia que desmaya los sentidos ante el fulgor de la domna angelicata que cautiva el alma con su gracia y su encanto:

 

Cuando tú me provocas, hembra mía,

cual Betsabé desnuda

bailando curvilínea en el estanque

con triángulo de miel sobre Tu vientre blanco

como un insoportable imán que vence al hombre.

Cuando el amigo caro me rehúye.

Cuando caigo en el barranco del error. Del yerro.

Cuando YAHVEH el amado se esconde de mis ojos;

se ausenta de mi tienda y de mi lira.

Cuando todos me apedrean;

te apedrean, te persiguen, me persiguen;

te incomprenden; me incomprenden;

me quebrantan; te quebrantan;

y ellos salen quebrantados.

Tú estás ahí, poeta moabita,

salmodiando en la cueva

entre la nieve íngrima del pecho.

Siervo de tu canto; amigo del amigo;

en lo alto de aquel monte; en el destierro amargo;

en el viñedo de tu escorpión desnudo;

en el chorro fresquísimo de En Wadi;

yo siempre, David, estoy contigo.

Tu Salmo adolescente está conmigo.

 

Tras la vivencia de la pasión supina, nuestro poeta no olvida la apelación suprema, la del Altísimo de los espíritus selectos entre los cuales se encuentra enaltecido por la luz de la Llama inconsútil de lo Eterno:

 

Asume, pues, con dignidad guerrera,

tu soledad, el verbo, el viento, la cueva, lo Absoluto,

la polvareda inútil en el campo de batalla…

Nostalgia de Absoluto.

Acaso del Espíritu de Hegel dialogando, suspirando,

en mi ser que es fragmentario

 apenas electrón circulando en torno al átomo.

Porque Dios es teologal, personal, magno problema,

en la razón, la fe del pensador Aquino,

y en la marcha intelectiva de Zubiri.

Y es mi misma soledad ensimismada

en sendero cuesta arriba de la ciencia

en su empalme fugaz con el “philosopho”,

con el arte y el relámpago en Poesía.

 

En una grávida reflexión filosófica, estética y simbólica sobre el sentido de la vida, nuestro poeta se siente parte del Todo que se manifiesta en todo, y al potenciar sus intuiciones con las revelaciones del relámpago divino se siente copartícipe del don creador con la “luz que resplandece”:

Agua en el agua. Arena menudita sobre arena.

Un geranio silvestre en un campo de geranios.

Un “ser ahí”…un “ser así”… ¿un alhelí?

Un viaje de mirar obscuro

en los carros aéreos del hipotético Elías

sin dejar el leve rastro de horizontes.

Pensando en este amor yo desconozco

en qué momento se detuvo mi poema

que conjugaba la erosión del viento.

Porque el amor es ruido ondulatorio

de cosas planetarias sin retorno.

De barro inconsistente y sus esfinges.

Con barro del RABINO entre los ojos

he mirado la luz que lucifica

la pequeñez inmensa de los hombres.

Con Esfinges eternas, imaginarias, claro,

ha devenido este poema

 o mi derrota que fluye de los libros y existires

para charlar sobre el amor que consubstancia

la carne, las rodillas y el enigma.

 

Los antiguos neoplatónicos concibieron la idea de la donna angelicata encarnada en una mujer llena de belleza, gracia y luz, que nuestro poeta conoció y disfrutó según describe en su poemario. La gracia, la belleza y la luz de la “mujer angelical” inspiran la dolencia divina en el corazón del hombre, que nuestro poeta recrea, extasiado, en la copa hirsuta de unos pechos túrgidos con la fragancia que inspira y enamora:

 

La turgencia en tus uvas destellando en tu pecho

como chispazo eléctrico si fuera.

El panal de tu vientre. La jalea de un reino…

He aquí que el buen Dios te modeló perfecta

para aplacar un poco

la ceniza tristísima y sedienta de los hombres de la Tierra.

 

El emisor de estos enjundiosos versos se ausculta a sí mismo en busca de una verdad profunda o un sentido trascendente. Dos grandes pasiones apelan la sensibilidad de nuestro poeta: la pasión carnal del amor humano y la pasión sagrada del amor divino:

 

Torre en ceniza que no escribe.

Lirio de mi arena pura.

Pirámide poética invertida.

Flor de asfalto, betún, azufre y de basalto,

que el alfabeto sin hacerse solo intuye

entre el signo interrogante del Patriarca

sublime, indefinible, íngrimo, insólito y errante,

que supo adivinar a YAHVEH y su geometría.

Fue en Eridú quizás

o en Ur de los sumerios, acadios y caldeos.

Como el Patriarca de los sueños leves

que hacia Bersheva por el sur ignoto

buscaba el Verbo entre la arena asfáltica,

yo vengo hacia mí mismo, mansamente,

en pos de algún fragmento, una verdad.

 

Jericó es el pretexto, el aguijón, la inspiración. En realidad, es una manera simbólica de aludir al inconsciente colectivo y a la sabiduría sagrada. Es el eco que revolotea en la mente del poeta de Honduras que piensa, intuye y crea por nosotros:

 

¡Jericó! ¿Cuál Jericó?,

preguntarán lectores eruditos:

Yerihó. Guilgal. Salem. Quizás Yerushalaim.

Los nombres y sonidos se enmadejan.

Porque es íntima y pequeña

mi cananea-hebrea, algo cristiana-musulmana.

Borrosa y aceitosa. Inalcanzable. Tao.

Cual la cabrita leve de abandonados riscos

atrapada por siempre en el zarzal histórico.

 

También husmea el poeta en los escombros del pasado y en la Tierra Prometida para escuchar el sonido primordial, la voz del Misterio y el aliento supremo que da vida:

 

¿Qué fuiste a ver entre esas ruinas secas, Segisfredo?

¿No bastaba el matorral pedregoso en donde habitas?

Preguntarán con labio despectivo.

Yo fui a mirar el sonido de la Tierra

para escuchar la luz desde la médula del Hombre.

Fui a contemplar

mi sequía entre mi hueso ensimismado.

Como elipsis desértica de vida.

Serpiente sigilosa que muerde el corazón

de insubstanciada muerte.

Fui a mirar el relámpago

que nace entre Tus ruinas.

Yo coloqué, ahí mismo, una lágrima de sangre,

sobre la piedra de David, altar primero.

Y acaricié la flor más blanca

que crece digna, sola, bella,

 altiva en los escombros

de Jericó y los niños del futuro.

 

El pensador y poeta Segisfredo Infante escribe una vivencia de amor en una evocación histórica y estética, simbólica y mística de la condición humana a la luz de la espiritualidad sagrada:

 

Quise escribir este poema como en clave

hecho de lluvia, arena, adobe, relámpago y ceniza

-“ceniza siempre inacabada”-

con el dedo lastimado, lastimante y lastimoso

tal vez indeletreable de la Historia.

El pobre caminante. El pobre

habrá de interrogarse tarde-tarde

al pie del sicomoro y de Tus ruinas,

acerca de los límites del Hombre

en la ciencia, en el amor, la religión,

en la derrota, la Luz y la Poesía.

 

El pensador y poeta hondureño, con clara coherencia entre su pensamiento y su creación poética, encauza profundas vivencias con la onda mística de su sensibilidad espiritual y la fragua luminosa de su sabiduría trascendente. Para Segisfredo Infante, visionario de señales sutiles, el relámpago no es solo un fenómeno atmosférico, sino también una misteriosa manifestación de profundos mensajes de procedencia divina impregnados en estelas y sonidos con arcanas verdades para el género humano. Son intuiciones y revelaciones de contemplativos, místicos y teopoetas cuya sensibilidad trascendente y cuya inteligencia sutil, como la del poeta y pensador catracho, iluminan y orientan el curso de la historia con el sentido espiritual del Logos de la conciencia.

Segisfredo Infante, miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua, ha hecho un grandioso aporte mediante la palabra, y ha contribuido como pensador y comunicador con centenares de artículos en la prensa para canalizar sus inquietudes intelectuales, estéticas y espirituales a favor de un mejor derrotero en su camino hacia la luz, y, como poeta, ha hecho de la versificación una hermosa y sugerente creación. Mediante la prosa ha plasmado su pensamiento discursivo, y como poeta se auxilia de la lírica para testimoniar lo que su intuición percibe y su sensibilidad experimenta cuando contempla lo viviente. El pensamiento reflexivo, la palabra poética y la intuición espiritual han encontrado en Segisfredo Infante un hermoso cauce para transmitir su orientación edificadora y su belleza luminosa.

 

Bruno Rosario Candelier

Academia Dominicana de la Lengua

Santo Domingo, 17 de diciembre de 2020.

 

Notas:

  1. Segisfredo Infante, Fotoevidencia del sujeto pensante, Tegucigalpa, Honduras, Campo Estelar Editores, 2014, p. 10.
  2. Segisfredo Infante, Correo de Mr. Job, Tegucigalpa, Ed. Universitaria, 2005, 10.
  3. Bruno Rosario Candelier, Metafísica de la conciencia, Santo Domingo, Academia Dominicana de la Lengua, 2016.
  4. Segisfredo Infante, De Jericó, el relámpago, Tegucigalpa, Editorial Universitaria, 2004, p.
  5. Segisfredo Infante Tejeda nació en San Pedro Sula, Honduras, en 1956. Tomó posesión como miembro de número en la Academia Hondureña de la Lengua en el 2010, y como miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua en el 2017. Licenciado en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, de la que fue docente y editor de publicaciones. Cofundador de las revistas Pensamiento hondureñoTiempos nuevos, también codirigió el boletín literario Conejo y fundó la revista Caxa Real. Es miembro de la Academia de Geografía e Historia de Honduras y correspondiente de la de Guatemala. Coordinó el programa de televisión Economía y cultura. Escribe en los periódicos La Tribuna y Búho del atardecer temas históricos, culturales, literarios, económicos y sociopolíticos. Entre sus obras filosóficas, históricas y poéticas figuran Filamentos (1984), Antinomias de café (1990), Pesquisas literarias (1993), Los alemanes en el sur (1993), El libro en Honduras (1993), Algo de opinión (1997), Reflexiones en el cine (2001), De Jericó, el relámpago (2004), Correo de Mr. Job (2005) y Fotoevidencia del sujeto pensante (2014). Recibió el Premio Froilán Turcios de periodismo y ensayo, la Hoja de Laurel en Oro y la distinción de la Embajada de España en Honduras. Humanista, académico de la lengua, pensador y poeta, es cultor del Movimiento Interiorista en Honduras.

 

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