La lengua y el texto literario

Por Rita Díaz Blanco

   La lengua es por excelencia un sistema complejo que nos permite comunicarnos. Esa es su misión principal. Su vinculación con el desarrollo del lenguaje y el pensamiento es innegable, pero la lengua trasciende al individuo. Desde el momento en que el hombre quiere comunicarse: codificar y decodificar el mensaje, la lengua se socializa. La socialización implica la escuela, el salir del grupo familiar, el poder entenderse y asumir hábitos diferentes a los familiares, en definitiva, el poder abandonar el código restringido. En todo sistema de lengua encontramos la norma que posibilita que dicho sistema de lengua permanezca pese a los usos individuales de habla. La lengua es la materia prima de la que se vale el creador, en nuestro caso, el escritor. Y este, no está de más recordarlo, utiliza la lengua de su entorno, la lengua de la que se vale para su comunicación, la lengua que le es propia para la expresión de sus circunstancias, la lengua que le es propia para expresar el mundo que le ha tocado vivir, en fin, se vale de su lengua socializada y de lo que representa para sus creaciones, para que estas tengan vida en la órbita dispuesta.

Mucho antes de la aparición de la Lingüística como ciencia, la Filosofía había tratado el problema de la relación entre la palabra con la realidad objetiva, es decir, el problema de la referencia o denotación, aunque como polémica incrustada en otra superior: la posibilidad del conocimiento. Ya Platón reconoce que el nombre no es el medio para conocer la esencia de las cosas ya que para conocerlas hay que partir de las cosas mismas y no de los nombres que las designan, que son sus meras imágenes. Aristóteles retoma la polémica y dice que las palabras no son el vehículo idóneo para conocer la esencia de algo. Para él, la palabra es el símbolo convencional que a través del pensamiento le damos a la cosa sensible.

Esta será la opinión que prevalecerá hasta la llegada de Ferdinand de Saussure, para quien la palabra es un signo que consta de expresión y contenido; es el concepto mental que tenemos de una realidad concreta o abstracta. El significado del texto es el contenido lingüístico actualizado por el habla, la designación, la referencia de los significados actualizados en el texto a las realidades extralingüísticas. El contenido conceptual de un texto no coincide con el significado ni con la designación de las palabras de forma individual; es decir, lo que el texto quiere decir, es la suma de sus unidades léxicas y gramaticales.  La designación o denotación, es decir, el valor informativo-referencial de un texto, constituye un primer nivel de significación.

Si pasamos ahora al terreno de la literatura, diremos que las obras literarias están hechas de palabras, como también lo están los textos científicos y los producidos en la cotidianidad, y que estas palabras tienen un significado determinado. Para autores como T. Todorov, la connotación es un fenómeno que engloba todas las significaciones no referenciales. Hjemslev nos permite afinar un poco la definición de este fenómeno. Para la glosemática hjemsleviana, el signo es el resultado de la relación entre la forma de la expresión y la forma del contenido. Si consideramos a esta como una primera relación del sistema, que, a su vez, funciona como plano de la expresión de un segundo sistema, podemos considerar al primer sistema como el plano de la denotación, y al segundo, de la connotación. Por ejemplo, si tomamos la palabra gallo, tendremos un primer nivel de significación: animal, ave, doméstica, variación de colores, tamaño, etc. Pero si tenemos en cuenta otra característica de este animal, como la valentía, la actitud rebelde y conquistador frente a las mujeres y decimos de alguien que es gallo, estamos uniendo el primer sistema al segundo sistema, como una especie de trasferencia semántica, por afinidad de comportamiento. Para comprender el segundo sistema, es necesario atravesar por el primero y al hacerlo, creamos a partir de esta unión un nuevo significado (hombre valiente, conquistador). Asimismo, podrían aparecer otros significados unidos por lazos socioculturales. La denotación, sería, entonces, el valor informativo-referencial, regulado por el código, y la connotación, el valor añadido, regulado también por un código. Pero el código es el código de una comunidad de hablantes y ninguna comunidad es homogénea.

Si se quiere entender la poesía o la narrativa de un autor,  solo el lector que posea el código denotativo como base, puede escalar a lo connotativo que le permite entender que perteneciente al equivalente, así podrá captar el valor extra del enunciado. Y ese código es uno muy concreto: el del idioma hablado en  un lugar determinado. Esta información externa constituye un marco en el que se inserta una palabra, un hecho, una escena, una referencia, etc. Dicho de otra manera, es una estructura de datos para representar conceptos almacenados en nuestra memoria. No es difícil suponer que estos bloques de conocimiento son de naturaleza social. Así, un hablante del español dominicano que lea un texto sobre el carnaval esperará encontrar información sobre el colorido, las cuevas, los latigazos, la música estruendosa, los vejigazos, el ruido, etc. Y la asociación con la experiencia es inevitable. Cuando se encuentre con la extensión del significado en: La oficina se convirtió a medio día en un carnaval, sabrá que del término objetivo se tomó una sustancia valorativa para señalar el ruido o el comportamiento fuera de lo habitual en un lugar que suele ser tranquilo y calmado. Estos dos procesos actúan de forma simultánea y permiten la comprensión. Así, cuando leemos el repique de la campana de la iglesia, podríamos pensar en un funeral, veríamos en nuestra psiquis la secuencia del velatorio, la congoja, el color negro…  y si en la misma iglesia suena la marcha nupcial, esperamos a la novia, vestida de blanco, dirigiéndose al altar. Podemos hacer esto porque en nuestro archivo mental se halla registrado un tipo de rito social como es una escena de boda o un funeral. Ahora bien, cuando las expectativas que genera la aparición de determinada información no se cumplen, se produce un shock que realza el estado de alerta, alterando la química de las emociones. Además, puede ocurrir que, a pesar de tener el esquema previo, el lector no comprenda las pistas que le da el autor para entender. Se puede dar el caso de que el lector entienda un significado del texto, pero posiblemente no el ofrecido por el autor. En este caso, entenderá el texto pero no al autor, es decir, entenderá lo que dice el texto pero no lo que este quiere decir. Algo parecido ocurre en literatura. En la novela Por quién doblan las campanas de Hemingway, en el capítulo 2 se lee: — ¿Y cómo es esa mujer, la mujer de Pablo? —Una bestia —dijo el gitano sonriendo—. Una verdadera bestia. Si crees que Pablo es feo, tendrías que ver a su mujer. Pero muy valiente. Mucho más valiente que Pablo. Una bestia.  En este caso, el cortocircuito provoca el humor, que es un producto de expectativas distintas a las esperadas.  Los textos literarios operan desde el pensamiento en imagen que deriva en la creación de una realidad estética. La lengua aparece al servicio de la expresión de lo sensible, lo sublime, lo intuitivo a través de la prosa creativa y fabulada y del lenguaje poético. La palabra se consigna, entonces, en percepción del mundo que traduce el artista en una experiencia renovadora.  Bruno Rosario Candelier, en la obra El ánfora del lenguaje (2008) plantea un decálogo de la creación, que aunque lo contempla dentro de las leyes del poema, considero aplicable 9 de ellas a toda creación literaria:

  • Pensar en imágenes
  • Crear una realidad estética
  • Vincular el contenido a elementos de la Naturaleza
  • Asociar las percepciones de lo real a varios sentidos
  • Testimoniar la voz personal de la intuición estética
  • Asignar un carácter simbólico a referentes comunes
  • Crear una realidad verbal estética y autónoma
  • Canalizar el torrente irracional de lo imaginario
  • Articular la estructura organizativa

Desde Grecia, la palabra con sentido poético  estuvo vinculada a los dioses: oportunidades que venían desde lugares sagrados, envolvían casi inconscientemente al creador y le hacían producir realidades que a veces no podían explicar. Lo que sí es indiscutible es que el literato es un ser con altos dotes de sensibilidad, un estado alterado de la conciencia y gran capacidad creativa. Utiliza la palabra para recrear y crear con estética singular. Si vemos en Rubén Darío la búsqueda nostálgica que durante siglos ha cargado el ser humano en las entrañas, ese anhelo profundo, pero a la vez tierno de compenetración consigo mismo y con las cosas que le rodean. Un reconocimiento piadoso de la mortalidad; no es una queja vulgar, es un canto a la imperfección humana:

“Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,

y más la piedra dura porque esa ya no siente,

pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,

ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,

y el temor de haber sido y un futuro terror…

Y el espanto seguro de estar mañana muerto,

y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,

y la carne que tienta con sus frescos racimos,

y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos, ni de dónde venimos!…”

 

Lo hermoso del texto poético es que las palabras sacuden el alma del lector. He ahí su grandeza, su valor sublime. Palabras a favor del cultivo del espíritu, de las cualidades intelectuales, pues para crear necesitamos del conocimiento, a favor de la compenetración con el  Cosmos, la noche, la lluvia, las estrellas, con uno mismo. El literato vive y testimonia el mundo con su creación. Se puede decir que la comunicación humana tiene lugar en la confluencia de una intrincada red de canales interrelacionados, que se refuerzan mutuamente, a veces con un importante grado de redundancia. La comunicación verbal es el medio más importante para comprender información acerca de nuestros conocimientos, tradiciones, cultura; es también el principal vehículo del pensamiento.

 

Referencias bibliográficas:

-Darío, Rubén (2016). «Lo fatal», en Rubén Darío, Del símbolo a la realidad. Real Academia Española. p154.

-Gil, José María (2001). Introducción a las teorías lingüísticas del siglo XX. Melusina, Argentina.

-Rosario Candelier, Bruno (2008). El ánfora del lenguaje. Santo Domingo,  Academia Dominicana de la lengua. p. 57-67.

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