Luce López-Baralt: Luz sobre Luz

Palabras preliminares

 

Esto creo no lo acabará de comprender

el que no lo hubiere experimentado.

(San Juan de la Cruz)

 

El místico se debate “entre la imposibilidad de decir y la imposibilidad de no decir” y admito que en esta coyuntura de mi vida he terminado por cerrar filas con las palabras lapidarias de José Ángel Valente. Como estudiosa he acompañado a lo largo de muchos años la expresión literaria de los místicos más diversos, desde san Juan de la Cruz hasta Ernesto Cardenal, desde Abu I-Hasan al Nuri de Bagdad a Seyyed Hossein Nasr, sintiendo que de alguna manera muy secreta expresaban mis propias vivencias místicas. Conozco de primera mano la desesperación artística del místico, que se siente abrumado por la naturaleza ininteligible del éxtasis que lo avasalla, del Misterio que lo excede. El lenguaje es insuficiente, como afirmaba mi antiguo amigo Jorge Guillén, para expresar el instante en cúspide en que el ser humano percibe, en un estado alterado de conciencia y más allá de las coordenadas de la razón, de los sentidos, del lenguaje y del espacio-tiempo, la unidad participante con el Amor infinito. “Solo el que pasa por ello lo sabrá sentir, mas no decir”, gemía san Juan de la Cruz en el Prólogo a la Subida del Monte Carmelo, sabiendo bien que era mejor reverenciar su experiencia con el silencio. Pero no era solo la condición supraverbal de la vivencia fruitiva de Dios lo que detuvo por años mi pluma, sino la indefensión emocional que sentía ante la magnitud de lo acontecido.

¿Cómo encomendar a un puñado de signos verbales desvalidos un Misterio que me sobrepasa? Estos poemillas, a quienes encomiendo la tarea sobrehumana de balbucir algo de la experiencia mística, suelen ser muy breves –es casi como si se avergonzaran de intentar celebrar una vivencia que quedó al margen de ellos-. Pese a su brevedad, cargan sobre sí tanto las tradiciones poéticas centenarias como las contemporáneas, que he saqueado sin pena para darle forma a mi propio canto.

Es imposible articular con palabras el fogonazo súbito en el que comprendí la urdimbre secreta del Amor que subyace al universo. El Amor último al cual estamos todos convocados. La experiencia abisal sencillamente detonó los versos, y con ellos cinceló un mundo verbal ajeno ya al éxtasis, pero, eso sí, hijo del éxtasis. Confío en que los versos conserven al menos algo del aroma del espacio trascendido que hollé un día. Nada espero de ellos, los sé vulnerables y frágiles, pero cuando se me forzaron, tuve que darles paso. Había llegado el momento, ciertamente atemorizante, de cantar lo vivido.

Querría advertir, por último, que la experiencia de unión con el Todo que aquí se celebra no es exclusiva de los santos medievales ni de los monjes reclusos. Es una gracia arbitraria de Dios propia de todas las épocas y de todas las persuasiones religiosas (y aun de agnósticos al margen de la fe eclesial estructurada) que Ernesto Cardenal me ayudó a asumir hace muchos años para consolar mi asombro: “…las experiencias místicas las pueden tener aun los que no son santos. Son caprichos de Dios, y las da a quien quiere, no porque se merezcan. Hay quienes piensan que puede darlas a los más débiles para ayudarles, porque personas más fuertes no las necesitan” (carta desde Managua, 1984). Andando el tiempo, el poeta reiteraría su alta lección espiritual en el Telescopio en la noche oscura, cuando siente que Dios le susurra:

 

No te escogí porque fueras santo

o con madera de futuro santo

santos he tenido demasiados

te escogí para variar.

 

Nadie –y yo menos que nadie- merece una gracia tan alta, pero aún recuerdo –tutta tremante– cómo fue probar un sorbo de cielo.

Aclarados estos extremos, vuelvo a las palabras de Valente: el místico se debate “entre la imposibilidad de decir y la imposibilidad de no decir”. Y he aquí que se me hizo imposible callar.

 

LUCE LÓPEZ-BARALT

 

LUZ SOBRE LUZ

(Fragmento)

En la interior bodega de mi Amado bebí

un vino que me embriagó

desde antes de la creación de la viña

(San Juan de la Cruz/Ibn al-Farid/Juan Goytisolo)

Con al-Shushtari

Quien gusta el vino que yo bebí

aunque no tenga palabras

se debe al canto.

Con Ernesto Cardenal

Aquel día bebí un sorbo de cielo

-ya sé a lo que sabe el cielo-.

¿Cómo será cuando apure la copa llena?

 

Acerqué a mis labios

un elixir de rubíes

encendido en fuego,

fermentado sin uvas

y vendimiado sin tiempo.

 

Bajo aquel dosel imposible

de púrpura aterciopelada

entoné un himno al silencio.

 

 

Te abracé abisalmente

sin brazos,

el beso fue tan hondo

que me volví beso:

te amé con Tu propio amor.

 

El diamante irisado de mi alma

refractó hasta el último de Tus secretos:

no sé cómo he vivido para contarlo.

El misterio del Amor

cuando se enciende en Luz:

me convierte en un mosaico encendido

que flota sobre la Nada.

La inmensa cítara de la noche

pulsa su música callada

con tenue hilo de estrella:

 

Tu amor me dejó

loca de melodía.

 

Logré escuchar las estrellas sonoras

de paraísos perdidos

cuando me arrebataste al sonido de los colores.

¡Qué maravilla! ¡Un jardín entre llamas!

(Ibn ‘Arabi de Murcia)

 

Ay, Amor,

te dije de mi huerto encendido

¿cómo decirte ahora

de mi huerto incendiado?

Ay, Amor.

Dieu d’Abraham. Dieu d’Isaac, Dieu de Jacob,

non Dieu des philosoohes et des savants,

Certitud, Certitude, Sentiment, Joix, Paix.

(Blaise Pascal)

La fragancia del sol,

el águila sideral,

la rosa infinita,

el claro lirio de la aurora,

la danza de los astros,

el séptimo castillo de la luz:

 

la belleza Te evoca

pero no te contiene.

Doy fe

porque Te he visto.

Plantamos un huerto en las esferas:

de los surcos encendidos brotaron

el sol y la luna

y juntos hicimos

una vendimia de estrellas.

Desaparecen el invocante

y el invocado:

llegué a Tus brazos.

Me vestiste de Ti mismo

para poderme amar,

pero me quedaba grande el vestido.

 

Entonces lo ajustaste compasivamente

a mi medida

que en un abrir y cerrar de ojos

fue sin medida.

Era Tu perla escondida:

cuando me miraste al fin

me fundí de pudor en Tus brazos.

Me diluí en Tu esencia

con la mansedumbre de un astro apagado.

Si Te buscan,

encontrarán mi huella.

 

Con Federico García Lorca

A la vera del agua

sin que nadie la viera

se cumplió mi esperanza.

Bebí de la fuente

que mana agua de estrellas

hasta que me convertí en lucero.

 

 

 

 

Con Angelus Silesius

Me amaste con tal ímpetu

que retrocedieron, avasallados,

los serafines;

los querubines enmudecieron,

inútil ya su canto:

en medio de la nada

la senda llameante de nuestra mirada.

 

Otra manera de arrobamiento hay, (…)

que parece es arrebatado el espíritu con

una velocidad que pone harto temor

(Santa Teresa de Jesús)

Soy el que se detiene en la confluencia

de los mares, (…) el que sacia su sed en

la fuente de las fuentes.

(Abd al-Karim al-Yili)

 

¡Soy la luna llena que asciende!

Detengo la confluencia de los mares,

Incendio todos los perfumes,

Traspongo el Loto del Término,

Descubro más allá de la aurora

El destello de las esmeraldas

Y llego a la tierra verde del Misterio

En donde me aguardas.

 

Los horizontes quedaron libres

de soles y de ocasos,

las estrellas danzaban sin órbita,

la luna roja perdía su aureola,

se anegaban los ecolapsaban las horas:

¡la hebra de mi ser

entre Tus manos infinitas!

Iba nocturna por las islas umbrías

y, repente,spacios,

 

LA LUZ

 

y el infinito reino del día.

Entro en la alfaguara plateada.

El cristal de su azogue vivo

es luz de estrella increada.

Anegada en el círculo centelleante

accedo al vértigo

y a la oblación gozosa:

yo misma soy la alfaguara.

Al hacerme tuya

me inscribiste en tu delicada geometría de luz,

cincelaste estrellas con diamantes,

alternaste las perlas con la espuma,

el nácar con el rocío,

la escarcha con los jazmines

hasta que resplandecí

como el sol

refractado en los mil cristales

de un mar en calma,

o como la luna

cuando arranca luceros

a un campo nevado.

 

Heme aquí,

tu gozosa taracea de luz:

Tu espejo.

Aspiré a ser Tu espejo

pero me convertiste

en Tu propio rostro.

 

Con Moché de León

Soy un palacio sin tiempo

mis cúpulas de cristal sobrepasan el cenit,

el Oriente confluye con el Occidente

en las moradas infinitas de mi medina de luz.

Mi palacio no tiene forma ni imagen:

solo lo habitas Tú.

Con Clara Janés

y Vicente Aleixandre

 

Colapsan los hexágonos,

los triángulos y los tréboles,

los jazmines y los émbolos,

los números transfinitos,

los milenios y las eras

mientras Tu beso se prolonga

como el choque imposible de las estrellas. 

 

Más lejos que Aldebarán

y más cerca que mi vena yugular.

Con fray Luis de León

Luz no usada

aire sereno

y música extremada.

Con san Juan de la Cruz

Y la caballería

a vista de las aguas

ascendía

volaba

que

creía

hasta que comprendí

que

me

abismaba

 

Recibí

la Alta Noticia

como si viniera de muy lejos:

enseguida supe

que nacía de mi propio centro.

 

(Luce López-Baralt, Luz sobre Luz, Madrid, Editorial Trotta, 2014, pp. 13-47).

 

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