La nueva novela dominicana

Por José Rafael Lantigua

 

La novela dominicana siempre ha estado dando saltos. No ha ocurrido nunca una explosión en un género que ha sido, tal vez, el más tortuoso de nuestra literatura, donde la poesía y el cuento se llevan las banderas. Tan empeñado hemos estado en la tarea de crear la “novela dominicana” que, no pocas veces, hemos ingresado en esa categoría a textos que no son tales.

Hemos tenido buenos momentos en la novelística nacional. Y ejercitantes del oficio con nombre y obra suficientes para figurar en cualquier catálogo editorial de renombre. Textos y autores no hay necesidad de mencionarlos ahora pues todos los conocemos. Pero, una novelística continuada, consistente, enlazada con una trayectoria digamos tradicional, histórica, no la hemos tenido nunca. Resulta insólito, pero a veces tenemos que hablar de novelas más que de autores, pues son frecuentes los escritores, de uno y otro sexo, que sólo han escrito una novela y continúan su proyección con el género literario que han elegido como principal en su carrera. Siempre pongo un ejemplo notable: el de Martha Rivera, quien en 1997 ganara el premio internacional de novela de Casa de Teatro con He olvidado tu nombre, cuyo jurado estaba formado por la muy destacada novelista cubanopuertorriqueña Mayra Montero, el narrador cubano Francisco López Sacha y Marcio Veloz Maggiolo. Recuerdo a los tres comentarme esa novela como una de las que debían dar el salto internacional, mientras elogiaban las condiciones de la autora para continuar en la tarea. Hace veintitrés años y Martha no volvió al género, por lo menos a nivel de publicación. Y hay otros ejemplos.

No hay continuidad, coherencia, en la labor novelística y en la consolidación de su tránsito. Es una de nuestras debilidades. Peor aún: todos tenemos una novela pendiente por escribir (exagero) pero nunca terminamos por escribirla. Lo de la novela dominicana es un discurso de deseo. Repito: estoy exceptuando a los consagrados, a los que han publicado varias novelas, siendo a la vez poetas, cuentistas o ensayistas, lo que no es nada extraño pues sucede en cualquier geografía literaria. A veces creo –y puedo estar equivocado- que el problema de la novela como género que se asume con firmeza y sentido de pertenencia, radica en tres aspectos esenciales: desconocimiento de las técnicas, aprendizaje sin escuela, sobre la marcha, y ausencia de lecturas. De esto casi no se habla, sobre todo del último elemento, pero tengo la seguridad de que por ahí anda el hecho desde hace decenios. Puede que muchas veces no coincida con las valoraciones de Giovanni Di Pietro sobre la novela dominicana, pero elogio su preocupación, empeño y seguimiento en evaluar de modo constante las novelas que se presentan al público. Aunque tengamos piezas que merecerían mejor destino, y me refiero a su proyección internacional que, como todos sabemos, obedece a otro tipo de situación como es el desdén editorial extranjero, la novela dominicana, luego de Marcio Veloz Maggiolo, Andrés L. Mateo y otros casos, ha sido salvada por Julia Álvarez, Junot Díaz y Rita Indiana. A veces, decir esto no cae bien en el ámbito cultural criollo, pero es la pura verdad. Se les enrostraba, no sé si todavía se insista en el yerro, el que –en el caso de los dos primeros- escriben en inglés, olvidando que sus temas siempre han tenido el fondo y trasfondo de lo dominicano, que es lo que importa. Pero, sobre todo, ignorando que no han sido dos o tres los escritores de fama que han escrito sus obras en otra lengua que no era la materna, como son los casos –para sólo mencionar algunos- de Milan Kundera, Vladimir Nabokov, Joseph Conrad, Samuel Beckett y el gran líder del movimiento beat Jack Kerouac, uno de los escritores más reverenciados de Estados Unidos, pero que era de origen franco-canadiense y sus primeros libros se publicaron en francés. Podemos mencionar más de veinte casos de este tipo.

Pero, en los últimos años, dudas aparte, observo un movimiento inusual en la construcción novelística, con sus más y sus menos. Pareciera como si existiese un propósito planificado, aunque no lo sea de este modo, en darle un nuevo giro, un impulso más dinámico, a la novela como estructura literaria a ser asumida. En mi biblioteca, y no exagero esta vez, he tenido que “abrir” un espacio exclusivamente para eso que me voy a permitir llamar la nueva novela dominicana. Es impresionante la cantidad de nuevos novelistas, la mayoría en agraz, pero otros con perspectivas que deslumbran y con una carrera que ya va dejando estelas sobre el camino. Anoto algunos nombres: Laureano Guerrero, Cornelia Margarita Torres, Carlos Vicioso, Oquendo Medina, Víctor Escarramán, Osiris Madera, Roberto Paulino, Nan Chevalier, Ana María González, Edwin Disla, Néstor Medrano, Frank Rosario, Frank Muñoz, René Peguero, Marina de la Cruz, Hilda Ulerio, Zoila Abreu Vargas, Félix Farías, Juan Lladó. Entre los que ya han integrado sus nombres a nuestra historia literaria desde otros haberes, debemos mencionar a Bruno Rosario Candelier que tiene tres novelas; a Margarita Cordero, que dio a conocer una muy buena novela el año pasado; y a Guillermo Piña-Contreras, también autor de dos novelas y que con La reina de Santomé obtuvo el premio Eduardo León Jimenes que se otorga al libro del año en 2019. En el ámbito político, donde la intelectualidad escasea, ha sorprendido José Tomás Pérez estrenándose como novelista con La gente detrás del muro. Estoy dejando fuera a los Luis R. Santos, Pedro Antonio Valdez, Máximo Vega, que al igual que otros más integran un grupo anterior y diferente. Que no crean que olvido, sólo anoto ejemplos. Pero sí deseo resaltar cinco casos: Jesús Paniagua, autor de varias novelas y que ha conseguido dar el “salto cualitativo” que todo escritor anhela: ser publicado fuera del país, en su caso por la editorial Planeta; Frank Rosario, que por residir desde hace más de treinta y cinco años en distintas partes del mundo, actualmente en New Jersey, y no tener presencia personal en nuestro escenario literario, es poco conocido entre nosotros. Es un poeta de varios libros y autor de una novela, Coronar el viento, que a mi juicio es una de las mejores de reciente publicación, con el tema de fondo de la Era de Trujillo; Edwin Disla, que es ya un novelista establecido y laureado, que se ha centrado en la novela histórica a partir de su premiada Manolo, sobre la vida del gran líder del 14 de junio; Néstor Medrano, que tiene más de una década de presencia continua en nuestras letras; y dejo adrede de último a Franklin Gutiérrez, con su segunda obra de este género El rostro sombrío del sueño americano.

La de Gutiérrez es una novela casi esperada, porque su tema central es el trasunto de la vida diaspórica, el dominicano que migra a Estados Unidos específicamente y su cuadro de angustias y penurias para establecerse en ese territorio. He concluido su lectura con una satisfacción enorme. La novela está construida sobre soportes temáticos variados, una coralidad de agresivos contrastes, aguda, depurada. Escrita bajo subtítulos de atractiva configuración, cuenta muchas historias a la vez, desmenuza las vidas de varios personajes que ocupan la principalía en el derrotero de Armando Guerra, el protagonista, situándolos en el marco de la realidad del migrante, de sus luchas, sus calamidades, sus insatisfacciones, su morriña incluso. Independientemente de que es una novela que se lee a gusto, varios elementos confluyen en la realidad que expone: buen ritmo, escritura ágil, lenguaje bien hilvanado, humor irónico, uso del vocabulario y anecdotario criollo, brillante manejo de los diálogos, precisa construcción de los personajes, destreza de conocimientos culturales, los libros como referencias constantes, técnicas variadas, tips muy bien ensamblados dentro de la trama, guiños, presencia de otros nichos geográficos que no son usuales en nuestra novelística (Puerto Rico, México, Colombia), en ocasiones alcanza el nivel de un thriller perfecto, agudeza analítica a un nivel de que la creo una novela-ensayo, donde la crítica al sistema norteamericano es demoledora. El autor ensambla su propia experiencia personal con las historias que enhebran el argumento central, con sus vivencias como conocedor de la geografía nacional que ha recorrido con frecuencia, la misma presencia boricua (Armando Guerra de hecho es dominico-puertorriqueño) y esa extraña fascinación por la historia de muertos y los cementerios de la que ha dejado constancia en libros señeros el autor.

La novela de Franklin Gutiérrez –35 años residiendo en Nueva York- es la novela de la migración dominicana al Norte revuelto y brutal. Es la narración de un sueño que se torna umbroso, la búsqueda de una estabilidad económica y familiar que cuesta, que duele, que se convierte en piedra de sacrificio para muchos. Con esta novela, Gutiérrez se une a un grupo de notables y premiados novelistas de la emigración como Rey Andújar, José Acosta, Rubén Sánchez Félix y José Moya, entre otros. Debiera ser el libro de la hora, la lectura obligada de estos días grises.

 

 

 

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