Poetas de la Academia

POEMAS DE SEGISFREDO INFANTE

(Correspondiente de la ADL en Honduras)

 

BARBRA STREISAND

Toda la tristeza de este mundo

y toda la dulzura süave

en una sola melodía.

 

Mil veces la he escuchado.

Han caído ideogramas. Otros han aparecido.

Las cosas y los trenes

se han ido relativos, en fuga al desamparo.

Mi corazón se ha desgastado.

Pero esa melodía

sigue intacta…

Intacta como ayer. (Los “Beatles”).

 

Y es que hablo de “Mujer enamorada”

cantada desde el centro de una nariz semítica,

nerviosa, dolorosa, tan fina y planetaria.

 

Escuché esa canción, por vez primera,

en un tiempo de dogmas insalvables

a punto de morir.

La tierra quebradiza estaba escéptica, inmediata.

De todo me reía. De todo me quejaba.

Leía un poco a Turcios y a Medardo.

A Borges, Sigmund Freud y Octavio Paz.

El “Fausto” estaba ahí, desencantado. Fastidiado.

El “Hamlet” medieval, irónico, dudoso, universal, moderno.

(Tenía veinte años. Y algo más).

También leía a Eliot, a Gasset, Del Valle, Oquelí, Miguel

Cervantes.

A Paul Eluard y Kafka. A Joyce. Vallejo. Eclesiastés. De todo.

Las hojas más resecas, el suelo acariciaban.

Los macuelizos medardeanos, empero, florecían.

Mi amigo Roque Hidalgo estaba ahí. (María Callas).

 

En medio de un sin fin de desencantos fríos,

llegó aquella “Mujer enamorada”, susurrando:

“La vida es un momento en el espacio”. Nada más.

Besaba, para mí, las cosas infinitas, los acordes,

con tonos serafínicos en una tarde limpia,

con sabor a desierto de Bersheva,

con agua del Mar de Tiberíades,

la brisa de las flores de Sharón,

el Monte de Carmelo irrumpiendo el “Mare Nostrum”

donde el profeta Elías, según cuentan, hablaba con Yavé.

 

La canción. Mi canción,

subiendo en espirales irisados hasta el cielo,

con rimas vacilantes sin medida ni tiempo,

hacía llevadera

aquella subsistencia fragilísima, más o menos absurda.

 

He aquí una historia de intuiciones, y desfondes,

de un tiempo sensitivo, personal, deshilachado, casi eterno.

Pues érase una vez un universo, de creencias que caían

como nieve imperfecta de apurado otoños.

 

Nadie sabe. Ni ella misma.

Que hace más de veinte años

este hacedor de versos y de prosas analíticas

adeuda a la canción purísima

un poco de su vida y del poema posmoderno.

Y que anda por el mundo, semi-ausente,

mezclando luz y sombra de tranvías

que viajan tan veloces marchando hacia el olvido.

(El muro de Berlín, desde aquel tiempo, me era indiferente).

(Nota: Este poema de Segisfredo Infante se encuentra en el libro

Paciente Inglés: reflexiones en el cine, págs. 27-29, publicado

por la Editorial Universitaria de la UNAH, en marzo del año 2001.

 

 

KAREN CARPENTER

Por tu voz

que es más linda que el sonido de la lira

he conocido el cielo aquí en la Tierra.

 

En tu garganta fulge

el vellocino de oro

que buscaron los griegos mitológicos.

 

Pienso que subsistes

–que habitas para siempre—

en el fondo de un sencillo corazón.

 

Es cierto

–lirio de las manos de Yavé—

que te fuiste extinguiendo poco a poco

con aquella insoportable

levedad de todo ser…(Kundera).

Pero vives

en el más hondo susurro

del aire primaveral.

 

Por la brisa de tu voz

(la de Streisand, y de Sky Davis también)

he pensado que el amor puede ser cierto;

que el planeta nuestro es paraíso

y que el Hombre en general es bueno.

 

Tu voz

manantial de certidumbre clara.

Tan espontánea. Bella. Tan distante.

Que los conservatorios gimen

el nunca haberte cobijado.

 

El sollozo y la completa dicha

se armonizaron nítidos, perfectos,

en la línea ondulada de tu voz.

Tu alma, tu sonrisa y canto

fabricados con el polvo celestial

iluminaron la flaca adolescencia

de nuestros años insípidos, ya idos.

 

Te fuiste

como nos vamos todos para siempre.

Y sin embargo, queda aquí,

tu vellocina voz

en un recodo sacro

de mi “pagano” corazón,

grabada en terciopelo de arco iris.

(Bien lo sabe Degrández).

 

Ya nada va quedando

del ruido de este siglo;

pero tu sobrio canto

querubínico

se expande suavecito

(mejor que los violines y las mieles esporádicos)

sobre la piel de las galaxias

en estado de fuga.

 (Nota: También este poema se encuentra en el libro

Paciente inglés: reflexiones en el cine, de Segisfredo

Infante –págs. 25-26–, Editorial Universitaria

de la UNAH, marzo 2001.

 

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