La lírica sufí de Halal Ud-din

Por Bruno Rosario Candelier

 

El amor ha escalado la montaña sagrada

Lo que buscas te está buscando a ti”.

 (Halal Ud-din Rumi)

 

A

Clara Janés,

Cultora de la sabiduría oriental.

La intuición mística del Sufismo

 

En todas las lenguas y culturas hay iluminados, místicos, teopoetas y santos que ilustran con su pensamiento, su conducta y su creación una forma trascendente de vida mediante una obra luminosa y ejemplar.

Halal Ud-din Rumi fue, para la antigua cultura persa, una singular expresión de una luz inmersa en la sombra. Ese eminente poeta místico intuyó que hay un conocimiento secreto cuya plena comprensión requiere la luz de lo Alto. De ahí la necesidad humana del aliento divino.

En los días existenciales del poeta y místico persa Halal Ud-din Rumi (1207-1273) se hicieron famosos los contemplativos sufíes, las decoradas estampas y los derviches giróvagos. Entonces el pueblo mitificaba a los espirituales “vestidos de lana”, las alfombras mágicas y los danzantes derviches que con sus bailes inducían la experiencia mística.

La región de la antigua Persia y sus zonas aledañas eran rutas de tránsito antes del descubrimiento de América, lo que puso en contacto a los lejanos pueblos de Oriente y Occidente. En Irán, Irak, Arabia y los demás países árabes se gestó una cultura de antiquísimas raíces que impregnaron su religión, su arte, su ciencia y su literatura de una singular visión espiritual. La cultura árabe no es homogénea, aunque tiene un sustrato común. Se formó con la integración de culturas de otros pueblos, como ha acontecido con casi todas las culturas conocidas. En la lingüística, por ejemplo, la irania es una rama de las lenguas de la familia indoeuropea. Irán e Irak eran la antigua Mesopotamia, y allí florecieron Nínive y Babilonia, de resonancia bíblica en los textos del antiguo Testamento, así como la mención de Ur, considerada la ciudad poblada más antigua del mundo, cuna del patriarca Abraham y de antiguas leyendas.

Ante las creaciones líricas de los pueblos árabes podríamos apreciar la parte creativa más sensible y luminosa de su tradición espiritual, como ha sido el Sufismo, la expresión mística de los contemplativos musulmanes.

La mística del Sufismo, que influyó en místicos cristianos y judíos, como san Francisco de Asís y Abraham Maimónides, era la orientación espiritual que cultivó el contemplativo persa Hallaludin Rumi, uno de los grandes poetas místicos de la antigua literatura árabe. La lírica de ese afamado poeta persa (Halal Ud-din, Yalal ud-Din o Yalaludin Rumi) es una exquisita expresión estética y espiritual del Sufismo, concepción mística de la espiritualidad árabe.

La mística sufí cobró fuerza a partir del siglo IX con los ascetas y hombres piadosos del cercano Oriente. La palabra sufí, que significa ‘vestido de lana’, tiene su origen en la vestimenta de lana que el ángel Gabriel, según la tradición bíblica, trajo del Paraíso para vestir a Set, que se había consagrado al servicio divino (1). También se dice que los antiguos anacoretas estaban “vestidos de lana”, razón por la cual se les llama sufí a los contemplativos musulmanes de los pueblos árabes.

En la cultura islámica el vocablo sufí se usa para designar a quien se consagra a la búsqueda de lo divino. La búsqueda espiritual de los sufíes produjo el Sufismo, corriente mística que alude a las creaciones filosóficas, estéticas y espirituales inspiradas en la religión y la cultura de los pueblos árabes, donde el hombre vestido de lana se dedica al servicio divino. Con lana se vestían los antiguos místicos musulmanes, quienes imitaban a los anacoretas y monjes cristianos, que usaban una “túnica de lana” como penitencia; por eso el vocablo sufí identifica a los místicos del Islam.

El Sufismo se inspira en la revelación divina, que el contemplativo vive en su experiencia espiritual cuando procura la unión con la Divinidad. En la mística del Sufismo el vocablo camino, que en árabe se dice tariqa, es parte de su concepción espiritual y ello se debe a que el pueblo árabe, nómada en principio, debía hallar el camino que lo condujera al derrotero de su meta, que desemboca en Dios, por lo cual el creyente ha de hallar el camino que lo conduzca a la Realidad Superior, pues a cada uno se le tiene reservado la ruta de su destino. Un Maestro espiritual conduce al neófito en su camino hacia Dios. En tal sentido es pertinente citar la sentencia de Rabi‘al ‘Adawiyya: “El fruto de la ciencia espiritual es apartar tu rostro de la criatura para girarlo hacia el Creador,  pues la verdadera “ciencia” es el conocimiento de Dios” (2).

En mi libro La pasión inmortal: De la vivencia estética a la experiencia extática, escribí el planteamiento siguiente: “Con su actividad espiritual, los sufíes viven intensamente la experiencia interior de la Trascendencia. Se nutren del Cristianismo y de antiguas corrientes espirituales egipcias, persas e hindúes para estimular y sentir la experiencia de la contemplación y la sabiduría divina. Místicos de la talla de Al Hallay (s. X), Al Gazali (s. XI), Omar Ibn Al’Farid (s. XII), Ibn ‘Arabí (s. XIII), Halal Ud-din Rumi (s. XIII) y Mahmud Sabastari (s. XIV) desarrollaron un alto nivel de espiritualidad en la mística sufí. Esos contemplativos, en su camino para alcanzar la unión transformante, se consagran al servicio de Dios, renunciando a apegos materiales, intereses transitorios y pasiones disminuyentes. Ibn ‘Arabi afirmaba que el hombre hereda una sabiduría milenaria que alcanza los 40,000 años y que nosotros podemos aprovecharla mediante la experiencia mística. Esa intuición del místico de Murcia sería confirmada por la psicología de Carl Jung en su idea del “inconsciente colectivo”, que otros estudiosos modernos llaman “memoria cósmica”. Es una conciencia colectiva a la que se puede acceder por intuición y revelación, según el pensador hispano-árabe” (3).

El lenguaje poético de los sufíes acuñó una simbología secreta para la comprensión de la experiencia mística, como el pájaro solitario, los castillos interiores, el vino de la viña, pues según explicara la arabista puertorriqueña Luce López-Baralt, “las claves secretas de la mística sufí constituyen un lenguaje hermético que comparten poetas sufíes y cristianos, como el místico persa Halal Ud-din Rumi y el místico español san Juan de la Cruz” (4).

Por supuesto, el camino de la espiritualidad no está exento de peligros y dificultades. Los proyectos de vida, de creación y planes operativos, tropiezan con la caprichosa oposición de una adversidad. Y a veces hay que posponer o cancelar lo proyectado. Pero mediante una firme voluntad, un ideal de vida y un entusiasmo vigoroso, se puede superar en forma lo que el corazón anhela. Aun así, todo lo que ocurre, hasta inesperados eventos como la reciente afección pandémica del coronavirus, sucede contra toda esperanza. El místico persa Halal Ud-din Rumi enseñaba que hay que vivir conforme el fluir de las cosas, y ponía en el corazón, una metáfora oriental de la intuición, el cauce indicador para tener una vida con sentido.

 

La lírica teopoética al modo persa

    En todas las lenguas, naciones y culturas hay una concepción de la Divinidad en virtud de una inveterada inclinación de la condición humana que responde a una profunda apelación de la conciencia. Y fruto de esa necesidad interior nace la espiritualidad religiosa y mística.

Si asumimos que el mundo es una creación divina, como en efecto lo es, la realidad natural es sagrada. Y si nuestra creación es producto de una inspiración de lo viviente o de una revelación de lo Alto, entonces ese origen divino es trascendente, sagrado y puro. Sumados amor, sacralidad y creación, signo es del vínculo inexorable con lo Eterno.

El misterio peculiar de la experiencia mística ha dado lugar a los ‘dislates’ a que aluden los estudiosos del Misticismo (como el “rayo de tiniebla” de Pseudo Dionisio Areopagita, el “sol a medianoche” de Halal Ud-din Rumi o la “soledad sonora” de san Juan de la Cruz) que inspiraron a los contemplativos a crear recursos especiales con los cuales expresan el fuero de la experiencia mística y el arte de la lírica teopoética.

Mediante la vivencia de la contemplación y la experiencia de lo sagrado, el místico se integra al mundo mediante una identificación intelectual, afectiva, imaginativa y espiritual con lo contemplado y, en el centro de esa coparticipación entrañable, tiene una práctica del amor divino que es su manera de sentir y vivir una cuota de eternidad. Desde la vivencia sensorial de los sentidos se abre al cauce de lo Eterno en una amorosa compenetración emocional y espiritual con el alma de las cosas para experimentar el aliento de lo sobrenatural bajo el aletazo del Misterio. De esa manera, los espirituales viven místicamente el mundo.

La experiencia mística es difícil de comunicarla lingüísticamente por su condición inefable en razón del misterio que encierra su carácter enigmático, cerrado y oculto, que es precisamente lo que significa la palabra mística, que viene del griego miein [miein], que significa ‘hablar con la boca cerrada’, ‘expresar en secreto’, ‘callar lo vivido’. Pues bien, sentir el mundo como un misterio es vivirlo y disfrutarlo como lo viven los místicos, los iluminados y los santos, o como lo entendían los antiguos griegos, que lo sentían como una expresión viva y genuina de la Divinidad, o como lo sentían los antiguos monjes orientales, que percibían sensaciones de las cosas bajo una especial embriaguez de los sentidos, o como lo sentían antiguos chamanes, que vivían conectados al fluir de la naturaleza. Para vivir místicamente el mundo hay que tener una empatía con lo sagrado y experimentar una comunión espiritual con la Divinidad.

Halal Ud-din Rumi, reconocido como el más consumado poeta místico sufí por su sabiduría espiritual, en su libro Versos de vida interior revela enseñanzas de profundos significados mediante imágenes poéticas, como este dístico alegórico dicho en términos comparativos: “Ata dos pájaros uno con otro./No podrán volar, aun cuando ahora tengan cuatro alas”.

Los antiguos sufíes transmitían, en poemas y narraciones, una orientación espiritual que enaltecía la tradición de los Maestros que orientaban a sus discípulos. Y tenían una lírica impregnada de una visión espiritual del mundo. Uno de los ejemplos más luminosos lo ofrecen los poemas de Halal Ud-din Rumi, como estos amorosos versos de inspiración divina (5):

 

Feliz momento aquel

 en que nos sentamos en el palacio,

 tú y yo.

 

Los colores y las luces de la alameda

 y la voz de los pájaros

 otorgan la inmortalidad cuando penetramos

 en el jardín,

 tú y yo.

 

 Las estrellas del cielo vendrán a contemplarnos,

y nosotros se las mostraremos

a la misma luna,

tú y yo.

 

 Y nos fundiremos en el éxtasis,

 y no seremos más seres individuales,

 jubilosos y a puerto seguro

 del necio lenguaje humano,

 tú y yo.

 

 Todos los pájaros de brillante pluma

 del cielo se morderán de envidia el corazón,

 en el lugar donde reiremos,

 tú y yo.

 

 He aquí la mayor de las maravillas,

 que sentados aquí, en el mismo escondrijo,

 vivimos al mismo tiempo en Irak

 y en Khorasán,

tú y yo.

 

   Cada forma de lo viviente es hermosa, sugerente y luminosa porque se acopla al fluir armonioso de la naturaleza, donde todo se enlaza al Todo. Así lo entienden los sufíes cuando enseñan que su corazón es capaz de cualquier forma gracias al amor que vivifica, embriaga y embellece.

La más alta poesía expresa la intuición que asume la dimensión sagrada del mundo como la manifestación teofánica de la Divinidad. Con razón Clara Janés consignó: “La cumbre de la poesía sufí, sin lugar a dudas, es la obra de Halal Ud-din Rumi quien hizo de la palabra, como ningún otro, el vehículo del éxtasis” (6).

Con la expresión espiritual del amor sagrado y puro, el emisor de estos amartelados versos siente lo que conmueve su sensibilidad y atiza su conciencia al expresar lo que experimenta un corazón impregnado de amor y piedad por lo viviente, como lo sentía Halal Ud-in Rumi en “Acuna mi corazón”, un emotivo poema del amor sutil:

 

Anoche, recostado sobre el techo

pensaba en ti

y vi una estrella especial,

la llamé para que te lleve un mensaje;

postrándome ante ella le pedí que lleve mi gesto

al Sol de Tabriz

para que con su luz

pueda tornar mis oscuras piedras en oro.

Descubrí mi pecho para mostrarle mis cicatrices;

le pedí noticias

de mi Amante sediento de sangre.

Mientras esperaba,

iba de aquí para allá hasta que el niño

 en mi corazón quedó silencioso

y durmió como si estuviera meciendo su cuna.

Ay, Amado, amamanta al niño del corazón

y no detengas nuestro cambio.

Has cuidado a cientos.

No dejes que se detenga conmigo.

Al final, el pueblo de la unión es el lugar para el corazón

¿Por qué retienes este corazón desconcertado

en el pueblo de la desintegración?

Me he quedado enmudecido,

pero para librarme de esta sequedad

¡oye, tabernero, pásame el narciso del vino!

 

   Con la fluencia de la lírica, los recursos de la composición poética y el lenguaje de la imaginación mística, Rumi despliega lo que mana de un corazón enardecido del fuego divino en la condición humana de quien experimenta la apelación de lo sagrado, como se siente al leer el poema “El barco naufragado en el amor”:

 

¿Debería el corazón del Amor

alegrarse a menos que me queme?

Ya que mi corazón es la morada del Amor.

¡Si has de quemar tu casa, hazlo, Amor!

¡Quién dirá que está prohibido?

¡Quema esta casa por completo!

La casa del Amante mejora con el fuego

De ahora en adelante mi objetivo será quemarme

ya que soy como la vela.

 El fuego aumenta mi brillo.

No duermas esta noche:

 por una vez, atraviesa la tierra de los desvelados.

Mira a estos amantes afligidos

que, como polillas,

han muerto en unión con el Amado.

Observa a este barco de las criaturas de Dios

cómo naufraga en el Amor.

 

Los matices formados de un lenguaje expresivo, imaginativo y simbólico, le dan a la poesía del inmenso poeta persa una singular dimensión de novedad, hondura y trascendencia. En “Mi camino” el agraciado poeta enseña que el corazón es el recinto del Amado:

 

Cruz y cristianos,

de extremo a extremo examiné.

Él no estaba en la cruz.

Fui al templo del ídolo,

a la antigua pagoda,

no hallé allí señal alguna.

A las alturas de Herat subí

y fui a Kandahar, y miré.

Él no estaba en la elevación ni en el llano.

Decididamente escalé

la cima de la montaña de Oâf.

Allí solo estaba

la morada el ave Anqa.

Me dirigí a la Kaaba,

no estaba en ese sitio

frecuentado por jóvenes y ancianos.

Pregunté a Ibn Sina sobre su estado;

se hallaba más allá

de los límites del filósofo Avicena.

Me dirigí hacia el escenario poco distante,

Él no estaba en la eminente corte.

Escruté mi propio corazón:

en ese lugar Lo vi.

No estaba en ningún otro sitio.

 

Lírica oriental al sonoro modo del modo sufí

 

Con la consagración de los santos, el aliento de los iluminados y el amor de los místicos, el autor de estos luminosos poemas canta la dicha de sentirse llamado a testimoniar lo que siente el alma en sintonía con la pasión sagrada, como lo expresa mediante una cordial entonación angélica y una sutil expresión simbólica el agraciado cultor de esta lírica teopoética intitulada “El Señor ha susurrado algo”:

 

El Señor ha susurrado algo

al oído de las rosas.

Por eso se abren

cada día a la caricia luminosa.

Ha murmurado algo a la piedra

y por eso ha surgido

la gema preciosa que centellea

en el fondo de la mina.

También dice algo al oído del sol

cuyas mejillas deslumbran

con relucientes destellos.

¿Qué será lo que el Señor

ha susurrado al oído del hombre

para que este sea capaz

de amar… incluso a Dios?

¿Quién hace estos cambios?

Disparo una flecha a la derecha,

cae a la izquierda.

Cabalgo tras un venado

y me encuentro perseguido por un jabalí.

Conspiro para conseguir lo que quiero

y termino en la cárcel.

Cavo fosas para atrapar a otros

y me caigo en ellas.

Debo sospechar de lo que quiero.

 

Con el tono de la vocación seráfica, la actitud empática de la kénosis y la apelación de lo divino con el sentimiento de lo sagrado, Rumi desata lo que concita su sensibilidad trascendente para asumir la pureza que dignifica, el sentido que ilumina y el amor que santifica, como revelan estas entrañables estrofas de su poema Filosofía del amor”:

 

Tu tarea no es buscar el amor

sino encontrar dentro de ti

las barreras que has construido contra Él.

Solo desde el corazón puedes tocar el cielo.

 

Amar es

volar hacia un cielo secreto.

Primero dejar ir la vida

finalmente dar un paso sin pies.

 

Los enamorados no se encuentran en ningún lugar;

se encuentran uno al otro todo el tiempo.

 

La inspiración que buscas ya está dentro de ti.

Quédate en silencio y escucha

esperando el momento apropiado

para que sea expresada, cantada y danzada.

Es a través del amor que el momento llega.

 

Toda una vida sin amor no cuenta.

El amor es el agua de vida.

¡Bébela con el alma y el corazón!

Lo que buscas te está buscando a ti.

 

Con el desprendimiento de los anhelos materiales y el arrebato de las irradiaciones divina, el lenguaje alado y pulcro del sujeto lírico le sirve al autor de estos encendidos versos al modo sufí para enfatizar, atizado su corazón en la llama del amor divino, la pureza del corazón con la fragancia de una conciencia fraguada en la pasión del amor sagrado y puro, como el que sentía Halal Ud-in Rumi en “Soy escultor y moldeo la forma”:

 

Soy escultor, moldeo la forma.

A cada momento doy forma a un ídolo.

Pero entonces, frente a ti, las fundo.

Puedo despertar mil formas

 y llenarlas de espíritu,

pero cuando miro en tu rostro,

quiero echarlas al fuego.

Mi alma se vierte en la tuya y se mezcla.

Porque mi alma ha absorbido tu fragancia,

es preciado para mí.

Cada gota de sangre que derramo

 le informa a la tierra

que me vuelvo uno con mi Ser Amado

cuando tomo parte en el Amor.

En esta casa de agua y barro,

mi corazón ha caído en ruinas.

Entra en esta casa, mi Amor, o déjame partir.

 

Con la actitud abierta y transparente de quien vive en armonía interior, desde una comprensión intelectual, afectiva y espiritual en consonancia con la espiritualidad interior que cultivan los iluminados, místicos y santos, el agraciado cultor de esta lírica sufí usa formas y expresiones que reflejan una  cordial valoración y una cabal compenetración con el alma de las cosas y el sentido trascendente para concitar una actitud de piedad y armonía con lo viviente, como lo revela el agraciado poeta persa en “Poema de los átomos”:

 

¡Oh día, despierta!

Los átomos bailan.

Todo el Universo baila gracias a Él.

Las almas bailan poseídas por el éxtasis.

Te susurraré al oído

a dónde las arrastra su danza.

Todos los átomos en el aire y en el desierto,

sabes, parecen locos.

Cada átomo, feliz o triste…

está encantado por el Sol.

No hay nada más que decir.

 

Halal Ud-in Rumi sentía que él era uno con Él, en tanto emanación suya en la tierra y, por tanto, aseguraba con emoción que “Su esencia habla a través de mí. /¡Me he estado buscando”. Creador de la danza espiritual de los derviches giróvagos, Rumí veía en el baile ritual una vía para experimentar la vivencia de lo sagrado. Para el eminente poeta sufí, Dios es el Amado y la fuente de la Creación: “Todo el que se ha alejado de su origen, añora el instante de la unión”, escribió el poeta persa para consignar el vínculo entrañable entre el hombre y la Divinidad. Por eso Rumí comienza sus odas místicas con estos versos (7):

 

Grité,

 y en aquel grito ardí.

Callé,

 y marginado y mudo ardí.

De los márgenes todos me arrojó.

Al centro fui, y en el centro ardí.

 

Similar a la vertiente iluminista de Agustín de Hipona, Rumi enfatiza la asunción de la voz interior, fuero y cauce de lo divino (Rubayat, p. 59):

 

Oh, copia de la carta divina,

 que eres tú.

Oh, espejo de la belleza real,

 que eres tú.

Fuera de ti no es cuanto en el mundo es.

Busca en ti mismo cuanto quieras, que eres tú.

 

El poeta sufí procuraba conciliar con los contrarios y consentir la adversidad, que asumía como la clave del ser feliz (Rubayat, p. 108):

 

La luna atrapó la luz porque no huyó de la noche.

La flor consiguió perfume porque a la espina entendió.

 

Rumi veía en el amor el aliento del mundo y el sentido de la Creación:

 

Cuando el amante brilla como el Sol,

el enamorado tal una partícula empieza a girar;

cuando el viento de primavera agita el amor,

toda rama, que no se halle seca, se pone a bailar.

(Rubayat, p. 166).

 

Ejemplo del influjo estético de la lírica sufí en la poesía occidental es la obra del poeta interiorista norteamericano fray Pablo de Jesús, devoto del antiguo persa, quien asume la pureza como el símbolo de lo divino, dimensión ilustrada en “Alfombra persa” de nuestro poeta:

 

Te veo sentado en tu alfombra,

 Halal Ud-din:

 pasas las cuentas de tu rosario

 de los noventa y nueve nombres de Alá.

 La verdadera llama de las cosas,

 la de la pureza, te envuelve,

 y ya no encuentras impureza alguna

en el resto de los hombres.

Un apaciguamiento de fruto maduro en tus ojos

colma la implenitud del tiempo

 y se derrite sobre los labios del Eterno.

 

   Hermosa lírica simbólica y mística la del poeta Halal Ud-in Rumi, y también fragua luminosa de la estética persa a la luz de la creación teopoética según el modo oriental al sonoro modo del modo sufí.

 

Bruno Rosario Candelier

Moca, Rep. Dominicana, 18 de abril de 2020.

 

Notas:

  1. C. del Tilo, “El Imán escondido”, en El Sufismo, Barcelona, Ed. Obelisco, 1988, p. 44.
  2. C. del Tilo, “Memorial de amigos de Dios”, en El Sufismo, citado, p. 20.
  3. Bruno Rosario Candelier, “Poética y mística del Sufismo”, en La pasión inmortal, Moca, Ateneo Insular, 2008, pp. 203ss.
  4. Luce López-Baralt, Prólogo a Obra completa de san Juan de la Cruz. Madrid, Alianza Editorial, 1999, 3ra. Reimpresión, pp. 44-45.
  5. Luce López-Baralt, Asedios a lo indecible, Madrid, Trotta, 1998, p.127.
  6. Clara Janés, Prólogo a Halal Ud-din Rumi, Rubayat, Sevilla, Ed. UNESCO, 2003, p. 29.
  7. Halal Ud-din Rumi, Rubayat, Sevilla, UNESCO, 2003, p. 37.
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