Temas idiomáticos

Por María José Rincón

 

POBLADORES DE SIEMPRE

17/12/2019

Las palabras indígenas americanas adoptadas por la lengua española representan un gran patrimonio léxico. Nos hablan de historia y de tiempo y nos ayudan a nombrar la realidad americana. La naturaleza antillana, su descripción y su aprovechamiento hicieron necesaria la adopción de las palabras que la designaban. El español adoptó el término caribe sabana para referirse a las amplias llanuras poco arboladas; se sirvió del tainismo manigua para designar el terreno poblado de espesos arbustos tropicales; necesitó del arahuaco cayo para nombrar las islas arenosas del mar de las Antillas; y del taíno conuco para describir las plantaciones agrícolas. Y con los nombres de los entornos naturales llegaron también los nombres de los protagonistas de la fauna.

Ni la manigua, ni la sabana ni los cayos serían lo mismo sin sus pobladores naturales. Los sobrevuelan el totí (caribe) y el guaraguao (caribe). En el atardecer los ilumina la suave luz azulada de los cocuyos (caribe). Las aguas del Caribe guardan el extraordinario tesoro del manatí (caribe o arahuaca) y del carey (taíno) y los ríos esconden el comestible dajao (taíno). En las montañas corren las hutías (arahuaco), grandes roedores antillanos.

La naturaleza antillana también guarda pequeñas sorpresas no tan agradables. Que se lo digan si no a los que han sufrido la picadura de un guabá (taíno) o el azote insistente de los jejenes (arahuaco) o de las niguas (taíno). El que levanta el más humilde bohío o la edificación urbana más sofisticada sigue teniendo presente al comején (arahuaco antillano). Los indigenismos antillanos, para suerte, placer y orgullo de todos los que hablamos español, siguen vivos y sueltos.

 

PALABRAS DEL ALMA

24/12/2019

 Una gran amiga me recuerda en su felicitación navideña que la vida cambia en un instante y sin aviso. Hacemos bien cuando prestamos atención a las palabras de los amigos. Para esta que les escribe el año ha pasado de aquí para allá, empeñándome en lo que más me gusta: estudiar y hablar de las palabras.

El amor por las palabras me llevó en junio a la Feria del libro de Madrid, dedicada a la República Dominicana, donde brilló nuestra forma de hablar y de crear en español. Volví a enamorarme de las palabras del Cantar de mío Cid al contemplarlo por primera vez en su forma originaria. Mi amor por las palabras dio sus frutos en la publicación de mi nuevo libro De la eñe a la zeta. Mi amor por las palabras y por los diccionarios me llevó a Sevilla al XVI Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española, de donde regresé cargada de proyectos para el nuevo año que se acerca.

Este año las palabras me llevan y me traen. En un instante de paz, mientras el tiempo pasa entre pucheros navideños, echo la vista atrás a este año que se nos acaba y recuerdo que me ha traído momentos en los que las palabras me han dado la espalda. He perdido a una gran amiga, que solía llamarme «su académica». Aunque hay pérdidas para las que no tenemos palabras propias, hoy me las presta el poeta de Orihuela:

A las aladas almas de las rosas

Del almendro de nata te requiero

Que tenemos que hablar de muchas cosas

Compañero del alma, compañero

 

SIN FECHA EN EL CALENDARIO

31/12/2019

 Último día del año, un día que nos inclina a pasar las hojas del calendario que termina y las del que se avecina. ¿Se han parado alguna vez a pensar en el propio calendario, ese objeto que registra nuestro sistema de representación del correr de los días?

La palabra calendario procede del latino calendarium, y esta, a su vez, deriva del latín kalendae, palabra con la que los romanos designaban al primer día de cada mes. De la palabra calenda deriva el verbo calendar, para referirnos, según lo define el Diccionario de la lengua española, a la acción de ‘poner en las escrituras, cartas u otros documentos la fecha o data del día, mes y año’; un sinónimo curioso de fechar. En el español de América hemos creado calendarizar, derivado de calendario: ‘programar las fechas de determinadas actividades durante un periodo de tiempo’.

En nuestra lengua el calendario también se llama almanaque. En el DLE rastreamos su origen hasta el árabe hispano almanáh, y descubrimos que procede del árabe clásico munáh ‘alto de caravana’. Nuestro diccionario académico explica la metáfora aludiendo a la costumbre de los pueblos semíticos de comparar los astros y sus rutas con las rutas de los camellos en las caravanas.

Que el calendario o el almanaque que comenzaremos mañana esté repleto de encuentros con nuestros seres queridos, de libros pendientes de leer o releer, de experiencias de las que aprender o que compartir, de nuevas palabras; en definitiva, que el año próximo esté lleno de vida y amor, que, recuerden, no tiene horario ni fecha en el calendario.

 

FANTASMA CON PEDIGRÍ

7/01/2020

 El hecho de que una palabra no esté registrada en el diccionario no implica necesariamente que no exista. A esto tendríamos que añadir, con cierta ironía, «y viceversa». Y es que algunos casos demuestran que la inclusión de una palabra en un diccionario no significa necesariamente que esa palabra exista. Las palabras fantasma se cuelan en las páginas de los diccionarios casi siempre como consecuencia de un error o de una serie de errores, y traen a maltraer a los lexicógrafos; los textos en los que nos basamos para documentar las palabras pueden jugarnos una mala pasada.

Pedro Álvarez de Miranda, en su artículo «Palabras y acepciones fantasma en los diccionarios de la Academia», detalla lo difícil que es detectarlas y rastrear cómo llegaron a infiltrarse en el diccionario. Un ejemplo que documenta Álvarez de Miranda es el supuesto sustantivo amarrazón, ‘conjunto de amarras’, registrado en 1726 por el Diccionario de autoridades como término náutico. Este primer diccionario académico avalaba amarrazón con su aparición en la aventura del barco encantado del Quijote, donde el caballero manchego afirmaba: «…debemos embarcarnos y cortar la amarra con que este barco está atado». Álvarez de Miranda rastrea la errata hasta una edición de 1655 en la que se leía «y cortar la amarraçon que este barco está atado». La ortografía académica suprimió muy pronto la ç, que pasó a ser z, pero el fantasma, con pedigrí nada menos que cervantino, ya se había colado en el diccionario.

Como concluye Álvarez de Miranda, «los fantasmas, los de las sábanas blancas, se aparecen y desaparecen. Lo malo de estos otros, de los fantasmas de diccionario es que […] en vez de desaparecer, hay que hacerlos desaparecer. Me pregunto si lo lograremos algún día».

DE LA MANO

14/01/2020

En mis talleres ortográficos los participantes suelen reconocer que la coma es el signo de puntuación cuyo uso les provoca más problemas. Y no son los únicos. La misma Ortografía de la RAE afirma, en el apartado dedicado a la coma, que «dada la diversidad de contextos en los que aparece y la variedad de usos que presenta, no es extraño que sea también el signo de puntuación que más dudas plantea». A los buenos hablantes no les sirve de consuelo el que la dificultad de la coma sea mal de muchos y aspiran a usarla correctamente.

A mi entender, la dificultad de la coma estriba en la relación esencial entre puntuación y sintaxis. Es decir, para puntuar correctamente debemos dominar las relaciones sintácticas. Lamentablemente a la sintaxis se le dedica cada vez menos y peor atención en la formación escolar y esto se traduce en serias dificultades a la hora de comprender cómo funciona nuestra lengua. La función de la coma es fijar los límites de las unidades lingüísticas inferiores al enunciado en la jerarquía lingüística, como la oración o el sintagma. Si no sabemos cuáles son esas unidades, difícilmente podremos emplear la coma adecuadamente.

Si a esto le añadimos que la coma en algunos contextos es opcional y que, en otros, es obligatoria, la dificultad aumenta. Que sea difícil no quiere decir que sea imposible. Como para tantos otros aspectos de la lengua, la buena lectura ayuda. Un repaso por lo que aprendimos de sintaxis en la etapa escolar tampoco sienta mal. Y si no lo aprendimos, manos a la obra. Sintaxis y coma siempre van de la mano; aprender de una redundará en beneficio de la otra.

 

ELOGIO DE LA PÁMPARA

21/01/2020

No nos cansaremos nunca de repetir que la lengua está viva, aunque algunos preconicen cada día su desintegración. Su esencia es el cambio, precisamente lo que le permite adaptarse a la velocidad del rayo a las necesidades de sus hablantes. Que este cambio nos guste o nos disguste es lo de menos.

Las palabras aparecen, desaparecen, e incluso reaparecen, al ritmo de la vida. No solo se trata de la muerte de antiguas palabras o de términos que nunca llegaron a fraguar en el gusto de los hablantes; o del surgimiento de nuevas palabras de la nada o procedentes de otras lenguas; a veces el cambio está en la aparición de nuevos significados, usos o valoraciones de las palabras que ya teníamos.

Algún día, si alguien no lo está haciendo ya, tendremos que analizar la huella léxica de la música urbana y cuál será la pervivencia de esa huella, empezando por esta nueva acepción del adjetivo urbanona. La difusión de algunas voces o expresiones de uso restringido en determinados sectores socioculturales aumenta precisamente por aparecer en las letras de la música urbana. Esta reflexión surge de la palabra pámpara, tan traída y llevada por los intérpretes de este género, bien como palabra comodín para referirse a aquello que no queremos o no podemos nombrar (algo así como sucede con vaina, nuestro comodín por excelencia); bien como parte de la locución estar en la pámpara o con la pámpara prendida, para referirse a ‘estar en una situación envidiable’.

 

SIGUIENDO LA PISTA

28/01/2020

 

En el español dominicano coloquial y en entornos juveniles parece haber aumentado el uso del sustantivo pámpara. Y digo parece porque, para que tenga efectos en el diccionario, el incremento en el uso debe mantenerse en el tiempo y documentarse. Tomemos el Diccionario de la lengua española de la RAE o, mejor aún, entremos en la página electrónica que lo aloja. Busquemos pámpara. No lo encontramos. Vayamos ahora al Diccionario de americanismos de la ASALE o accedamos a él en línea. Repetimos la búsqueda. Encontramos que pámpara (variante de pámpana) se usa en el español rural de Puerto Rico para referirse a la flor del guineo.

El Diccionario del español dominicano (en papel, todavía no lo tenemos disponible en línea) no incluye esta palabra. Sin embargo, si seguimos buscando, el Tesoro lexicográfico del español de Puerto Rico nos confirma la acepción de ‘flor del guineo’. Si seguimos indagando encontramos su relación con el sustantivo pámpana, que sí está registrada en el DLE con el sentido de ‘hoja de la vid’. Puede ser un hilo del que tirar.

¿Será posible que el término pámpara o su variante pámpana se usen también en el español dominicano rural con el sentido que hemos encontrado para Puerto Rico? La suposición de nada nos sirve si no podemos documentar este uso. Aunque así fuera, habría que rastrear el hilo desde la supuesta pámpara rural ‘flor del guineo’ hasta la pámpara urbana usada como palabra comodín.

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