De la palabra hablada a la palabra hablante: experiencia mística y poesía

Por Jit Manuel Castillo de la Cruz

 

Buenas tardes, Paz y Bien. Antes que todo, con un afecto indecible deseo sumarme a los saludos protocolares de quienes me han precedido en este podio.

 Hay palabras que dividen y palabras que aúnan. Palabras que explican un todo desintegrado y palabras que transmiten su mensaje como un conjuro a la persona no solo a su inteligencia auditora. Las hay de origen artificial, susceptibles de arbitraria definición, y las hay que siempre fueron recién nacidas no fabricadas, como un milagro; porque son regalos de Dios (aun cuando en boca humana) y no factura de los hombres. Hay palabras que aíslan y limitan. Otras que hacen transparecer en un solo objeto la total inmensa Realidad, menudas conchas en las que resuena el océano de la infinitud.[1]

He iniciado mi reflexión con este epígrafe de Karl Rahner porque forma parte de un artículo suyo que refleja la seriedad con la que este intentó articular la vocación sacerdotal con la poética y, sobre todo, porque es precisamente en esta frase donde este insigne teólogo distingue con mayor claridad y belleza las palabras que él denomina confeccionadas, útile o técnicas de las que él considera originales o protopalabras. Con lo cual me remite a los dos propósitos fundamentales que me llevaron a escribir este texto: el inmenso sentimiento de gratitud que ahora me mueve por esta doble vocación que se me ha dado y una profunda inquietud que desde hace muchos años me conmueve. A saber, la estrecha relación existente entre experiencia mística y lenguaje poético y su pertinencia para la sociedad en la que nosotros estamos inmersos. De ahí que este discurso, con el que me incorporo como miembro correspondiente de esta honorable Academia Dominicana de la Lengua, lleve por título: “De la palabra hablada a la palabra hablante: experiencia mística y poesía”.

En primer lugar, deseo engrandecer a Dios por la honda experiencia de sí mismo que me ha regalado y porque Él ha hecho posible que la valla bosquejando en mis libros Apócrifo de Judas Izcariote, En la voz del silencio, La interculturalidad, un nuevo paradigma de evangelización para un mundo postmoderno, plural y multiétnico y La Santísima Trinidad como misterio de comunión y de amor. En cada uno de estos escritos he intentado balbucir en mi limitado lenguaje una vivencia que ha trascendido todas mis limitaciones. Puro don inmerecido al que, sin embargo, todos estamos llamados, pues la fuente en la que he saciado mis ansias sigue ahí para quien en ella desee abrevar su más honda sed.

También quiero expresar mi más honda gratitud al Dr. don Bruno Rosario Candelier, presidente de esta ilustre Academia, a sus miembros de número y a sus miembros correspondientes, que han tenido a bien admitirme para formar parte de esta benemérita institución. Sirva este contexto para señalar que algo que para mí torna este acontecimiento inconmensurablemente más significativo, es el hecho de que no estoy aquí en mi propio nombre. Me siento parte de una pléyade de personas que me han precedido y que me sucederán. En mí confluye un pueblo con múltiples rostros y cualidades. Siento en mi ser a todos los franciscanos y los sacerdotes, a todos los escritores y los poetas, a todos los dominicanos y los villaduartianos. Más aún, estoy aquí en nombre del Dios de la vida, acogiendo otra de sus innumerables bendiciones, consciente de que esta no es más que una nueva oportunidad que Él me brinda para testimoniarlo entre mis ahora colegas académicos y literatos.

Ninguno de nuestros sueños sería algo más que un sueño si en el camino de la vida no nos cruzamos con personas que creyeron en ellos y en nosotros. Estoy cien por ciento seguro de que, si en algo he podido desplegar mis alas, se lo debo a cientos de personas que confiaron en mi capacidad para crear y volar. Para todos ellos va este ¡gracias! desde lo más profundo de mi corazón. Hoy todos están aquí, unos física y otros espiritualmente. Sirva también este hondo sentimiento de gratitud para honrar mi complicidad espiritual con la Dra. María de los Ángeles Mejía Pujols, mi sintonía intelectual con Nina Bruni Medaglia, Riamny María Méndez Féliz y Luce López-Baralt; mi afinidad literaria con quienes integran el Movimiento Interiorista y mi identificación afectiva con mis familiares y amigos, con los frailes con quienes convivo, con los hermanos de la Fraternidad Franciscana Evangelizadora y con todos los feligreses de la parroquia Nuestra Señora del Rosario de Villa Duarte, con quienes poco a poco me voy transformando en evangelio viviente, cual lo fue san Francisco de Asís, aunque más lentamente de lo que yo querría y de lo que pudiera esperarse.

No puedo terminar este apartado sin expresar mi más sincero agradecimiento a cada uno de ustedes que hoy nos honran con su valiosa presencia y compañía en este acto tan trascendental para mí como para el barrio de Villa Duarte, y espero que así también lo sea para esta cuna de nuestra lengua.

En segundo lugar, deseo compartirles mi preocupación con la urgente tarea que tenemos de recuperar el lenguaje en la época de la post verdad, en la que parecería que hemos perdido para siempre el valor de la palabra. Muy a menudo me pregunto: ¿cómo enfrentar las más nefastas consecuencias del totalitarismo lingüístico que actualmente padecemos y hasta qué punto la experiencia mística y su comunicación poética nos pueden ayudar a salir de este laberíntico encierro?

Todo parece indicar que la sociedad imaginada por George Orwellen su novela distópica 1984[2]para nosotros ya es una realidad irreversible. De hecho, actualmente nosotros vivimos sometidos a la Policía del Pensamiento descrita por él, dominados por los principios fundamentales de la nueva lengua que este autor nos propuso: la reducción del vocabulario para eliminar el pensamiento, la creación de eufemismos para impedir la disidencia y la imposición de un lenguaje artificioso que nos hace artificiales.

En nuestros días, la situación es más grave que en el régimen totalitario descrito por Orwell, porque en aquel tiempo era solo el Partido quien oprimía y vigilaba a sus ciudadanos, pero en la actualidad, más allá del control al que nos somete el Partido, somos nosotros mismos quienes nos auto-vigilamos y auto-oprimimos. No tenemos que ser superdotados para intuir la enorme prisión que nosotros nos estamos construyendo con la inmensa cantidad de datos personales que proveemos a los dueños de las Multinacionales que hoy gobiernan el mundo. Dígase, Google, Facebook, Instagram, Twitter, entre otras. Y no quiero detenerme en el deterioro del poder comunicativo que actualmente padece nuestra lengua por el uso arbitrario que de ella estamos haciendo en las redes sociales, nicho desde donde esta mala práctica se extiende a todos los demás ámbitos de la vida humana.

Nuestro encierro ya no es en el complejo sistema de telepantallas usado para el control y el adoctrinamiento en la novela de Orwellni en el Panóptico conceptualizado por Michels Foucault.[3]Nosotros somos prisioneros del lenguaje. Dado que hemos relativizado hasta el máximo posible la palabra empeñada y que nuestro léxico se ha reducido a su más mínima expresión, para muchos de nuestros contemporáneos sostener una conversación vinculante e inteligente parece una realidad tan inalcanzable como una quimera. Urge que todos nos preguntemos a fondo y con honestidad: ¿será que los seres humanos sumergidos en la era digital y en la época de las telecomunicaciones nos estamos idiotizando?; ¿será que el mundo virtual nos arropa de tal modo que estamos perdiendo la capacidad para establecer relaciones reales?; ¿será que nuestra obsesión narcisista con tantas trivialidades nos está llevando a extraviar el sentido de la vida?

Para salir de la agobiante cárcel de lo banal, necesitamos recuperar la densidad de la vida que a diario nos sorprende y la riqueza del lenguaje que nos permita expresarla. Aquí es donde para mí la experiencia mística cobra su más hondo significado y actualidad; y donde la poesía como su expresión más depurada revela su más elevado sentido y esplendor. Porque quienes han captado la hondura y la belleza de la vida y nos la comunican poéticamente, nos traen noticias ciertas del Fondo en que se sostienen todas las cosas y del Horizonte que las amplía.[4]

Realidad a la que alude Ludwig Wittgenstein en su Tractatus lógico-philosophicus, cuando nos conmina a desvelar lo indecible: “Hay, en todo caso, cosas inexpresables. Es algo que se muestra; es lo místico”,[5] y a hacerlo, por los senderos intransitados que él mismo denominó “los intersticios del lenguaje”, los laberintos que atravesamos para dejar atrás los lugares comunes, de modo que afloren en nuestro ser los inéditos versos de un genuino poetizar. Esto es, descubrir que lo que nos hace escritores, quizás no es otra cosa que este esfuerzo persistente por expresar aquello sobre lo que deberíamos callarnos. Nuevamente es Wittgenstein quien nos ayuda a clarificar cuanto queremos transmitir con esta intuición: “Lo que es posible decirse en absoluto puede decirse con claridad: y de lo que no puede hablarse, sobre ello hay que guardar silencio”.[6]Porque como formula Emilio Adolfo Westphalen: “Tal vez sea este empeño por obligar a las palabras a que digan lo que no estaban hechas para decir ‒el único elemento común‒ el parentesco que se establece entre los miembros de la hermandad poética”.[7]

La vida me ha ido enseñando que esto es posible si entramos en un silencio exterior, en un silencio interior y en un silencio relacional en el que se incuba una palabra nueva, aquella que es nuestra razón de ser en el mundo, la que solo nosotros podemos proferir. Dado que únicamente luego de este acallamiento interior podemos gustar la verdad de cuanto somos y de cuanto es el otro, prerrequisitos para abrirnos a una auténtica relación con nosotros mismos, con los demás, con el cosmos y con Dios.

Quien ha vivido una experiencia de esta naturaleza se debate entre el deber de articularla y el deseo de callarla. Así nos lo aconseja san Agustín de Hipona: “Tal vez el silencio fuera el único homenaje que el entendimiento podría dar a lo inefable; pues si algo puede expresarse con palabras, ya no es inefable. Y Dios es inefable”.[8]Ahora bien, en fidelidad a su propia vivencia, cada cual debe tomar su propia decisión. En mi caso particular, siguiendo los consejos del Poverello de Asís que nos llama a “guardar para el Amado los secretos del amor”,[9] atesoré estas perlas por muchos años en la interior bodega de mi corazón, pero sin poder explicar exactamente cómo ni en qué circunstancias específicas sentí la llamada a compartirlas como un imperativo interior que me empujaba cada vez más y más a buscar aquello que se esconde entre las palabras o, más bien, dentro de ellas.

Esta vivencia me llevó a descubrir lo que tan sutilmente testimonian estos versos del maestro sufíHusayn Ibn Mansur (858-922), mejor conocido como Al-Hallaj: “Si quiero ir a apagar mi sed es a Ti a quien veo en el fondo de la copa. […] Tu lugar en mi corazón es mi corazón completo. Nadie más que Tú lo habitas”.[10]Esto solo es posible y auténtico cuando el místico se da cuenta de las implicaciones que para el hondón de su Ser tiene su encuentro con Dios. Así lo degustó en carne viva el Maestro Eckhart (1260-1328) ‒y llegados a este punto, me permito apropiarme y personalizar su afirmación‒: “Aquí el fondo de Dios es mi fondo, y mi fondo es el fondo de Dios”.[11] Experiencia que le permite al místico-poeta devolver al lenguaje su capacidad expresiva y subversiva, en cuanto articulador de una poética, de una narrativa y de un discurso distintos a los del pensamiento dominante.

Precisamente por ello es que los místicos son siempre los primeros en rebelarse contra quienes desean dominarlo todo: el lenguaje, las personas, la creación, porque como Lao Tsé (entre los siglos VI-IV a. de C.) tienen la certeza de que: “El Tao que se intenta aprehender / no es el Tao mismo; / el nombre que se le da no es su nombre adecuado”.[12] Ellos han descubierto a Dios como su único Absoluto, por lo que saben que todo lo demás es relativo (el estado, el poder, el dinero, el placer, el prestigio), y por esto todo lo sitúan en su justa perspectiva, aunque se los valore como herejes y sean catalogados como una amenaza para el estatus quo, incluso dentro de las tradiciones religiosas a las que sus experiencias dan fundamento.

Cuanto estamos proponiendo sobre la relación entre experiencia mística y lenguaje poético, se clarifica ampliamente con los postulados defendidos por el filósofo francés Maurice Merleau-Ponty en su libro Fenomenología de la percepción.[13]Esto así por dos razones fundamentales: la primera, porque Merleau-Ponty no hace depender el nacimiento de la palabra de un estímulo o de una idea, sino de la percepción, con lo cual la vincula a la experiencia; y la segunda, porque ofrece un lugar preeminente al silencio en su relación con la palabra al articular en su recepción la pasividad con la actividad, afirmando que dicho regalo se recibe con el paradójico en cargo de acallarlo.

Para establecer el nexo entre la palabra y la significación, Merleau-Ponty sostiene que la actividad y la pasividad confluyen en el surgimiento de la palabra hablante. De ahí se desprende que las palabras no son universales vacíos, sino que se corresponden con hechos que nos han desbordado y que generan en nosotros una palabra articulada.[14] En este mismo sentido, este autor considera que la percepción originaria es pre consciente, por lo que la distingue de la síntesis intelectual:

Si solo consideramos el sentido conceptual y terminal de las palabras, es cierto, que a excepción de las desinencias, la forma verbal parece arbitraria. No sería así si tuviéramos en cuenta el sentido emocional de las palabras, lo que antes hemos denominado el sentido gestual, que es esencial a la poesía.[15]

De donde resulta que las canciones, los versos, los poemas, son diversas formas de expresar el mundo porque en estos casos, el contenido onomatopéyico expresa el contenido esencial. Entonces las palabras, las vocales, los fonemas son diversas maneras de cantar el mundo con las que comunicamos su esencia emocional.

Esta constatación es la que lleva a Merleau-Ponty a diferenciar la palabra hablada de la palabra hablante. La palabra hablada es aquella que traduce expresiones ya adquiridas, la que nos llega en la envoltura vacía de un pensamiento ya expresado, porque se trata de una palabra ya constituida. La palabra hablante, en cambio, es aquella que es originaria y auténtica, la que expresa por primera vez una idea. Esta no repite o traduce un pensamiento preexistente, porque trae un pensamiento a la existencia.

Para Merleau-Ponty, la palabra hablante, operante, no tiene un origen fisiológico (en cuyo caso sería expresión de un estímulo) ni intelectualista (en cuyo caso sería expresión de una idea), sino perceptual (pues brota del silencio primigenio). Por ello posibilita al sujeto la trascendencia del propio lenguaje, puesto que una vez que el lenguaje ha sido experimentado así nos convoca desde dentro a expresarlo. De ahí que Merleau-Ponty sostenga que: “En la palabra hablante toda intención significativa se encuentra en su estado de gestación”.[16]

Esto así porque la palabra hablante se descubre en el silencio, mejor dicho, se nos regala en el silencio primordial, porque nuestro acceso a ella es un don, fruto de una actitud más pasiva que activa. Y se nos da para que podamos traducir una experiencia que no ha sido expresada con anterioridad. Esta palabra brota de una vivencia que nos excede con relación a todo lo que hemos percibido. Exceso que de antemano sabemos no puede colmarse con las palabras. De donde se sigue que la expresión nunca la agota porque sus significaciones superan lo que las palabras pueden comunicar.

En ese sentido, aunque se trata de una palabra hablante, lo mismo que revela el misterio vivido lo oculta en su intento por manifestarlo. De modo que, si solo nos quedamos con los signos aislados individualmente, estos no nos dicen nada, porque estos nos revelan su verdadero significado en sus múltiples relaciones y en cuanto están referidos al conjunto de la obra, donde encuentran su más pleno sentido, el que nos devuelve a la experiencia originaria que estos intentan balbucir.

Aplicando estos postulados de Merleau-Ponty a los nexos existentes entre la experiencia mística y el lenguaje poético, podemos afirmar que quien ha experimentado la vida en su dimensión mística y nos comparte su vivencia poéticamente, pasa de “la palabra hablada” a “la palabra hablante”. Esto es, se retrotrae al silencio primigenio que es anterior al sonido de la palabra, para que de su interior brote una voz que es transformadora de su propio ser y de la palabra misma.[17]Acontecimiento que nos permite liberar el lenguaje del propio lenguaje, posibilitando que seamos creativos y, sobre todo, que seamos creadores: anfibio que deambula entre el Silencio y la Palabra ‒ambos con mayúscula‒, por los que de hablantes pasamos a ser el habla misma, es decir, la realidad última que se expresa sin la intervención de nuestro ego. Palabra esencial que manifiesta la belleza más pura.

En esta hondura, que podemos llamar trans-consciente, coinciden la experiencia de la creación y la del lenguaje, la vivencia mística y el quehacer poético. En cuanto a la equivalencia entre creación y lenguaje, se nos revela aquello que concibe el alfabeto sánscrito y la cosmovisión que lo sustenta, según la cual existe un silencio primordial, que corresponde al vacío de la creación. Este emite una vibración que es la resonancia suprema, que se condensa en un punto sonoro, una gota de sonido fónico, pero que contiene en sí toda la potencialidad del lenguaje y de la creación.[18]En cuanto a la comunión entre vivencia mística y quehacer poético, ambas se originan en el hondón del alma, allí donde nuestro corazón comulga con el corazón de Dios y con el corazón del pluriverso. Así lo constata Jacques Maritain, cuando nos recuerda que: “La experiencia poética y la experiencia mística nacen cerca una de otra, y cerca del centro del alma, en los vivientes manantiales de la vitalidad del espíritu, pre-conceptual o supra-conceptual”.[19]

De ahí que, en términos lingüísticos, podamos sugerir la experiencia mística como un acto sintético de auto reflexión sin palabras, que se realiza en el espejo del propio ser. Cuando esto nos ocurre, irrumpe en nosotros la voz poética, y como sugiere Paul Fenton, “el habla transformada en silencio se (nos) convierte en luz, pensamiento, meditación y examen de conciencia”.[20]

Quiero finalizar mi intervención, expresando mi más profundo anhelo de que algún día yo pueda revelar a Dios en mi vida con más transparencia que en mi escritura, y que como en su tiempo lo hizo Mahatma Gandhi (1869-1948), yo consiga afirmar con absoluta verdad: “Mi vida es mi mensaje”; porque entonces habré dejado de ser palabra hablada para transfigurarme en palabra hablante, convertido ya de una vez y para siempre en el ave mítica descrita por Dogen Zenji (1200-1253): “Vaya a donde vaya, venga de donde venga, / el ave acuática pierde su rastro, / y sin embargo nunca olvida su camino”.[21]

 

Fray Jit Manuel Castillo de la Cruz, OFM

Academia Dominicana de la Lengua

[1] Karl Rahner, Escritos de Teología, Tomo III, Taurus Ediciones, Madrid 1961, p. 332-333.

[2]Cf. George Orwell, 1984, Debolsillo, Barcelona 2018.

[3] Cf. Michels Foucault, Vigilar y castigar, el nacimiento de la prisión, Siglo veintiuno editores, Argentina 2002.

[4] Cf. Javier Melloni, Voces de la mística, Herder, Barcelona 2018, p. 9.

[5] Ludwig Wittgenstein, Tractatuslógico-philosophicus,Op. Cit., p.

[6]Ibid,p.

[7]Emilio Adolfo Westphalen, La Poesía, los poemas, los poetas, Universidad Iberoamericana, México 1995, p. 82.

[8] San Agustín de Hipona, Sermón 117.

[9]San Francisco de Asís, “Avisos Espirituales XXVIII”, en José Antonio Guerra, San Francisco de Asís. Escritos. Biografías. Documentos de la época, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1978, p. 85.

[10] “El Diwan de Al- Hallaj”, Muqatta’ At, M. No. 31, 4, p. 631; M.No. 35, 1, p. 632. En Louis Massignon, “ensayo de reconstrucción”, en Journal Asiatique, año 21, No. 9-10, noviembre-diciembre de 1934. Recuperado el 6 de mayo de 2019, en:

https://revistas.unc.edu.ar/index.php/REUNC/article/viewFile/6660/7741

[11]Maestro Eckhart, “Vivir sin porqué” 75, en El fruto de la nada, Ediciones Siruela, Madrid 2003, p. 49.

[12] Lao Tsé, Tao te Ching, Edición de Vladimir Antonov, New Atlanteans, Cánada 2008, p. 3. Recuperado el 28 de mayo de 2019 en http://www.swami-center.org/es/text/tao_te_ching.pdf

[13]Maurice Merleau-Ponty, Fenomenología de la percepción

[14] Cf. Cristina Micieli, Foucault y la fenomenología: Kant, Husserl, Merleau-Ponty, Editorial Biblos, Buenos Aires 2003, p. 66-73.

[15] Maurice Merleau-Ponty, Fenomenología de la percepción, p. 218.

[16]Cristina Micieli, Foucault y la fenomenología: Kant, Husserl, Merleau-Ponty, Op. Cit., p. 74.

[17] Cf. ShizuteruUeda, “Silencio y habla en el budismo zen”, en Oscar Pujols y Amador Vega (Eds), Las palabras del silencio…, Op. Cit., p. 19-20.

[18] Cf. Ibídem.

[19]Jacques Maritain, La intuición creadora en el arte y la poesía. KamleshduttaTripathi, “De lo sensible a lo suprasensible: estética india tradicional: conceptos clave de rasa, dhvani y bhâva-anukirtana”, en Oscar Pujols y Amador Vega (Eds), Las palabras del silencio. Op. Cit., p. 90.

[20] Paul Fenton, “El silencio como modo de espiritualidad en la mística judía”, en Oscar Pujols y Amador Vega (Eds), Las palabras del silencio…, Op. Cit., p. 42. En paréntesis es nuestro para hacer más coherente la oración.

[21] Citado por Javier Melloni, Voces de la mística,Op. Cit., p. 53.

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