Temas idiomáticos

Por María José Rincón

30/10/18

NOS TUTEAMOS

Los pronombres personales son muy versátiles. Nos sirven para referirnos a las personas implicadas en el mensaje. Tradicionalmente hablamos de tres personas y sus correspondientes plurales: yo, nosotros, la primera persona, aquella que emite el mensaje; él, ella, ellos, la tercera persona, aquella que no interviene en la comunicación; y una muy especial segunda persona, aquella a quien se dirige el hablante, para la que nuestra lengua tiene una larga historia y una bonita variedad.

Si elegimos un tono de confianza para dirigirnos a nuestro interlocutor, nos decantaremos por el , y lo tutearemos; en extensas áreas del español usaríamos el pronombre vos, y lo vosearíamos; si preferimos un tono de cortesía, el pronombre elegido sería usted, y lo ustearíamos.

La segunda persona del plural también tiene sus particularidades. En algunas zonas utilizan vosotros para el tuteo dirigido a varios interlocutores; en América el pronombre de segunda persona preferido es ustedes, que se usa indistintamente para tutear y ustear.

Como ya habrán notado, los pronombres han procreado sus propios verbos y sustantivos para denominar qué tipo de tratamiento elegimos. Si consultamos el DLE descubrimos sus orígenes y sus significados. Tutear se formó a partir de tú, por adaptación del francés tutoyer, para el trato de confianza o familiaridad; el sustantivo asociado con este tratamiento es tuteo. Ustear y uste o son el equivalente para el usted; vosear y voseo, para el vos.

Cuando nos comunicamos con nuestra lengua tomamos decisiones cada segundo; decisiones que van dándole forma a nuestro mensaje; decisiones que expresan quiénes intervienen en él, pero también en qué tono nos estamos dirigiendo a nuestros interlocutores. Ustedes y yo nos conocemos y nos leemos desde hace tiempo, quizás vaya siendo hora de que nos tuteemos.

 

6/11/18

QUÉDATE CONMIGO

No se equivoquen; los pronombres personales a los que dediqué la Eñe pasada no son los únicos que existen en nuestra lengua. En mis años escolares nos los enseñaban gracias a una pequeña cantinela: yo, mí, me, conmigo; tú, ti, te, contigo… No sé si en estos tiempos estará bien visto el método, pero lo cierto es que yo todavía los recuerdo. Cada pronombre dispone de un abanico de formas que se utilizan dependiendo de la función que ejercen en la frase. Hoy les toca el turno a ciertos detalles que nos dan algún que otro quebradero de cabeza.

La tilde es uno de ellos. A veces pecamos por defecto y no les ponemos la tilde diacrítica a los pronombres personales sujeto él (tú cantas; él baila), que la llevan como monosílabos tónicos, para distinguirlos del adjetivo posesivo tu (tu casa) y del artículo el(el edificio), ambos monosílabos átonos.

Otras veces pecamos por exceso y le ponemos tilde a ti (te quiero a ti), que no la lleva porque no hay otro ti del que diferenciarse; en cambio,  (me quiere a mí) y  (se quiere a sí mismo) exigen una tilde diacrítica que los distinga como monosílabos tónicos de mi adjetivo posesivo átono (mi casa) y de si conjunción condicional (si no fuera por los pronombres…).

Los pronombres conmigo, contigo y consigo, de primera, segunda y tercera persona, respectivamente, se escriben en una sola palabra, puesto que se forman a partir de la amalgama de la preposición con y los segmentos pronominales migo, tigo y sigo. Quédese conmigo aprendiendo sobre pronombres y llévese consigo (o llévate contigo, si me permites el tuteo) algunos trucos para usarlos correctamente.

 

12/11/18

PROFESOR DE ESPAÑOL

Enseñar a hablar y a escribir correctamente, fomentar la lectura y transmitir el respeto por nuestra lengua no son tareas exclusivas de los profesores de lengua

Estamos equivocados si creemos que enseñar lengua es una responsabilidad exclusiva de los profesores de lengua. En la escuela se habla cada vez más de transversalidad y no hay ningún tema que exija más transversalidad que el aprendizaje correcto de la lengua materna. Enseñar a hablar y a escribir correctamente, fomentar la lectura y transmitir el respeto por nuestra lengua son tareas que deben ser asumidas por todo el equipo educativo del centro escolar.

Un mal desempeño lingüístico repercute en la comprensión, el aprendizaje y la evaluación de todas las materias. Un alumno que no disponga de un nivel de lectura adecuado para su edad difícilmente podrá entender su libro de texto; un alumno que no entienda adecuadamente la expresión oral se verá en serias dificultades para aprovechar lo que su maestro le enseña; un alumno que no se exprese correctamente, de forma oral o escrita, no podrá transmitir los conocimientos que ha adquirido, pero tampoco podrá preguntar correctamente para solventar sus dudas o desarrollar su curiosidad; un alumno que no domine el diálogo, sus normas y sus tiempos, tendrá dificultades dentro y fuera del aula; a un alumno con deficiencias en su propia lengua, se le dificultará aprender adecuadamente otras lenguas; un alumno que no adquiere el hábito de lectura, perderá unos años preciosos como lector. Un alumno que no domine su lengua materna arrastrará estas carencias a lo largo de su vida académica, tendrá que aplicar un esfuerzo extra para superarlas, y, si no lo logra, las trasladará a su vida profesional y ciudadana.

Yo aprendí lengua española en el colegio con un libro de texto de Lázaro Carreter, el filólogo que nos recordó en El dardo en la palabra que «todo profesor que enseña en español es profesor de español». La lección de un maestro.

 

POR ANTONOMASIA

20 / 11 / 2018

Cuando hablamos de retórica solemos arrugar la nariz; se nos presenta una acepción cargada de connotaciones despectivas, aunque, originalmente, la retórica se refiere, como leemos en el DLE, al ‘arte de bien decir, de dar al lenguaje escrito o hablado eficacia bastante para deleitar, persuadir o conmover’. Los estudios del lenguaje han registrado y estudiado muchos recursos lingüísticos para lograr eficacia expresiva. Estas figuras retóricas no son exclusivas del lenguaje literario; las encontramos con frecuencia en nuestra lengua cotidiana.

Juguemos con una figura retórica llamada antonomasia, que consiste en emplear un nombre referido a una clase para designar a uno de los miembros concretos de esa clase por considerarlo el más característico, el más conocido o el más importante del grupo. Como suele suceder, la descripción del procedimiento lingüístico resulta más complicada que el procedimiento mismo. Los ejemplos nos sacan del atolladero.

Cuando le decimos automóvil a un carro usamos la antonomasia; automóvil se refiere a todo lo que se mueve por sí mismo y no solo al vehículo para transportar personas. Cuando hablamos del calentamiento del planeta, nos referimos por antonomasia a la Tierra, que, a pesar de no ser único, siempre será para los humanos el planeta más importante. Cuando decimos que nos pasamos con los tragos, nos referimos por antonomasia al consumo de bebidas alcohólicas, puesto que la acepción común de trago designa la ‘porción de líquido que se puede beber de una vez’.

El adjetivo mortal se refiere a lo que está sujeto a la muerte y, por antonomasia, lo aplicamos a los humanos, los mortales que tenemos más cerca. La mayoría de los mortales no sabemos de recursos retóricos ni de antonomasias, que, aunque sea sin hacerse notar, nos ayudan a lograr que nuestra expresión sea más eficaz.

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