El aura mística en la lírica de Freddy Bretón

Por Bruno Rosario Candelier

A Mélida Inés Méndez,

Quien vibra con la poesía de su ilustre coterráneo.

Suelta tu corazón

que vuele alto

sin que le falte el compás de su latido

a la tierra que pisas

o a la materia que se transforma entre sus dedos”.

(Freddy Bretón Martínez)

 

La obra literaria de Freddy Bretón Martínez (1), alto dignatario de la Iglesia Católica, valioso poeta mocano y creador de una hermosa lírica teopoética, refleja la huella sagrada de una cosmovisión en cuya esencia late la llama divina y, a su través, la gracia de un canto lírico, estético, simbólico, religioso y místico que asume y recrea el encanto de lo viviente como signo elocuente del Padre de la Creación.

La obra poética de Freddy Bretón Martínez constituye un singular acontecimiento para la literatura dominicana. La creación de este grandioso poeta mocano, que escribe poesía mística desde la década de los 70 del siglo XX, le acredita a su autor el título de introductor de la lírica mística en las letras dominicanas. Su creación poética refleja la expresión de amor y sabiduría que su talento concibe como un bien divino para el bien humano y, en tal virtud, es el primer escritor dominicano que asume de manera plena y consciente la poesía mística como medio de expresión de su honda cosmovisión espiritual.

A ese preciado valor de su creación poética se suman cuatro razones que potencian la significación de Freddy Bretón Martínez en las letras dominicanas: 1. Es el primer escritor dominicano que consagra su talento poético al cultivo de la mística. 2. Es el primer escritor dominicano en publicar un libro de poesía mística. 3. Su creación poética funda la línea mística en las letras de Moca y del país. 4. Su poesía mística es modelo del ideal de creación teopoética que propone el Movimiento Interiorista.

Al enfocar el aura mística en la lírica de Freddy Bretón podemos desglosar sus valores literarios y espirituales en el ámbito de la creación poética y la inspiración teopoética.

Llamo mística a la genuina vocación espiritual que funda, en la vivencia de lo divino, la llama del amor sublime mediante una obra inspirada en el sentimiento teocéntrico con unción sagrada, comprensión amorosa del mundo y entusiasmo jubiloso.

Hay una gracia del cielo que alienta la iluminación mística y un don especial otorga la vocación contemplativa de inspiración divina. Esa gracia ha fecundado el numen creador de Freddy Bretón, que ha alumbrado su trayectoria intelectual, espiritual y estética, no solo en el ámbito de su ministerio sacerdotal, sino en las tareas académicas que ha realizado con el encomiable ejemplo de su vida personal.

Su obra literaria es un faro de amor que alienta el conocimiento, la creación y la sabiduría espiritual, razón por la cual Freddy Bretón opta por el trabajo callado y el silencio productivo. Prevalido de la fe y el don del ágape sagrado, su lírica revela una relación armónica y empática con lo divino en la que confluye la esencia de la visión cristiana mediante la cual privilegia una perspectiva sagrada del mundo. Con esa disposición intelectual y emocional, su cosmovisión se nutre de un aliento espiritual cuya razón de ser descansa en la bondad infinita del Creador del mundo a cuyo bien supremo tiende su obra. Con esa conciencia espiritual se reconoce bajo el aliento redentor de una actitud esperanzadora.Esa disposición interior de la inteligencia y la sensibilidad, potencia la conciencia estética, la sensibilidad cósmica y la vocación mística de Freddy Bretón cuya obra secunda y proyecta el aliento de su formación teológica.

Cuando el hombre establece un vínculo de amor divino, su alma se impregna de la esencia trascendente y lo que hace, escribe o dice, se contagia del entusiasmo sublime que transmuta su actitud, su palabra y su obra.

Freddy Bretón es poeta y, en tal virtud, acude a la lírica para encauzar su sensibilidad estética mediante el lenguaje de la creación poética. Freddy Bretón es místico y, en tal virtud, acude a la escritura, gracia que le ha sido otorgada para testimoniar la presencia de lo divino en lo humano. Freddy Bretón es sacerdote y, en tal virtud, su alma sacerdotal es un pozo de amor que fecunda su lírica teopoética. Esos singulares atributos de su peculiar carisma confluyen en su poesía mística que esta obra antológica, Entre la voz y el fuego, recoge y promueve (2).

En “Río de paraíso” Freddy Bretón pone de relieve el triple sentido poético, místico y  amoroso que distingue el temple espiritual y estético del ilustre poeta mocano. Se trata de una composición que integra en forma admirable y armoniosa los rasgos esenciales de la lírica de Freddy Bretón: sentimiento de amor, onda estética y vocación divina en cordial sintonía con la realidad de sus vivencias entrañables y la connotación de su decir poético:

 

Al borde de todos mis sueños

corre un pequeño río.

Llega y se estaciona

sin tiempo

el suave canto de cristal risueño,

y ya el sonajero de pulidas piedras

cosquillea en el fondo.

No falta el destello del ave furtiva

que baila en la fronda

ni peces plateados

en los que arden soles

debajo del agua.

Ah, ríos enormes

cuya historia corre por entre los libros;

monstruos milenarios que laméis ciudades

y hendís continentes…

Este riachuelo de labradas peñas

que irriga mis sueños

y transcurre en mi alma,

no lo cambiaría

ni por vuestras aguas

ni por vuestros cauces

ni por vuestros nombres.

 

Estamos ante una obra poética continuadora de una fecunda tradición mística que va de san Francisco de Asís hasta Karol Wojtyla, pasando por san Juan de la Cruz y fray Luis de León, creadores que han hecho de la lírica la base de su vocación contemplativa y, de la naturaleza, la fuente nutricia de una Teopoética luminosa y cautivante.

Freddy Bretón fue dotado con el triple don de los elegidos entre los iluminados -la gracia poética, la gracia mística y la gracia sacerdotal- y en virtud de esos dones admirables canaliza en su vida y en su obra un sentimiento de ternura y piedad hacia lo viviente.

Nuestra conformación espiritual y cósmica nos proporciona un vínculo con la totalidad de lo viviente. Internamos en la conciencia cada una de nuestras vivencias y reconocemos que cada vivencia imprime una huella en la conciencia, aunque pocas veces nos damos cuenta de la vivencia presente. Cuando advertimos la ausencia de lo que vivimos, adviene la añoranza o la nostalgia. Y cuando la nostalgia atenaza los sentidos, aflora el sentimiento lírico y la vocación poética.

La intuición de los efluvios sobrenaturales alienta el eco de lo divino en virtud del vínculo de nuestra alma con el alma del mundo, que es la conciencia superior de lo viviente. En la obra de Freddy Bretón, el centro de su apelación lírica es Dios, que impregna su corazón de un gozo inmenso y su talento creador rebosa de un entusiasmo lírico, como lo revela la creación del mitrado dominicano.

La experiencia de lo trascendente tiene diversos modos de manifestación. Las vivencias espirituales conforman la sustancia que da pábulo a una manera trascendida de sentir el Mundo, como el impacto de lo real en la conciencia, el asombro de lo natural como vivencia cósmica o el júbilo interior ante el esplendor de lo creado. De igual manera, acontece la emoción de lo sagrado mediante la asunción de la belleza sublime, la concepción de lo natural como vínculo de lo divino o la intuición de verdades profundas. También se puede apreciar el sentido de lo viviente en su expresión sacra, la imitación de los arquetipos de la Creación o la visión amorosa del mundo como fuente de la vivencia contemplativa y mística.

La vivencia mística es un sentimiento derivado de la contemplación, que activa la disposición emocional y espiritual para concitar la búsqueda de lo divino y sentir la presencia de lo sagrado. La experiencia mística es una gracia recibida, que no depende de nuestra elección sino de una fuerza superior que propicia ese fenómeno trascendente mediante el rapto de los sentidos en unión con lo divino. No dudo que Freddy Bretón haya tenido experiencia mística, pero puedo afirmar, por el contenido de sus poemas y el aura mística de su talante, que ha disfrutado abundantes vivencias contemplativas, como lo testimonian sus poemas, escritos con aciertos espirituales y literarios.

La poesía de Freddy Bretón da constancia de que valora la verdad, la belleza y el bien bajo la inspiración de lo divino. Su obra es una evidencia del sentido de la sabiduría que nutre su vocación creadora. Asimismo, revela el vínculo entrañable entre el hombre y el mundo en virtud de una identificación intelectual, emocional y espiritual que se opera entre el ser del hombre y el ser de las cosas, que místicos, iluminados y poetas asumen, valoran y enaltecen. El poema, “Canción de hoy para mañana”, inspirado en elementos de la naturaleza y consustanciado con su visión espiritual del mundo, es un buen ejemplo de esta vinculación mística:

 

Ahora es el mañana.

Mira, si no, los resplandores como surgen:

como bandadas de sueños se levantan

multiplicándose en los prismas diminutos del rocío.

Ahora es el mañana, justo ahora.

Aferra bien tus manos a la esperanza nueva

a la aurora que nace de luz no anochecida.

Suelta tu corazón

que vuele alto

sin que le falte el compás de su latido

a la tierra que pisas

o a la materia que se transforma entre sus dedos.

Levanta el pie

que no es hora de piedras

ni de batir el fango.

 

El poeta se siente apelado al mismo tiempo por lo humano y lo sobrehumano, es decir, por lo que concierne al hombre y a Dios y, en su condición de poeta, es un amanuense de lo Alto y, en tal virtud, se siente intermediario entre el estamento natural y el divino, valorando la condición singular de la criatura terrestre con sus peculiares atributos. El título de esta obra conjunta, Entre la voz y el fuego, tiene una connotación simbólica (la voz, ‘lo humano’; el fuego, ‘lo divino’), ya que el autor se siente copartícipe de la energía natural y sobrenatural al mismo tiempo, es decir, se mueve entre la voz y el fuego. Por esa razón, siente el Mundo como una expresión de lo divino por lo cual su corazón se identifica con criaturas y elementos.

Esa identificación se funda en su sensibilidad empática, abierta y caudalosa, porosa a lo viviente, que genera un sentimiento de compenetración sensorial, afectiva y espiritual con lo existente en un abrazo de empatía solidaria con criaturas y elementos. Prevalido del amor puro de los místicos y dotado del amor sacerdotal que impregna su alma de ternura espiritual, Freddy Bretón abre su sensibilidad a lo viviente y vibra de entusiasmo ante las criaturas de la Creación, que las siente, como las sentía el Poverello de Asís, como una emanación de lo divino y se conduele de sus tribulaciones y, con un sentimiento de apertura compasiva, experimenta el “dolorido sentir” que aguijoneara el alma de Garcilaso de la Vega, y entonces canta, y en su canto se compadece de la garza solitaria, comparte su desolación y su herida y le parece que el crepúsculo amortigua su luz ante el dolor de una criatura errante y, con ese sentimiento de conmiseración emocional, testimonia lo que sacude su sensibilidad, angustiada por el gemir del viento o la soledad del nido ante la constatación del desamparo. En “A una garza solitaria” expresa ese sentimiento:

 

Surcando el opaco cristal de los aires

avanzas, garza solitaria.

Vuelo lento.

Pesadumbre en cada pluma de tus alas.

¿A dónde marchas desolada?

¿Huyes acaso de la noche?

No sabían de tu herida

tus compañeras de bandada.

¿No leyeron en tus ojos la congoja?

Te enrojecen aun

las últimas luces del crepúsculo

ya se va oscureciendo la nieve de tus plumas

y el rayo de tus ojos mortecinos.

Pero el viento sabe de tus cuitas,

manojito de nieve pesarosa;

él será cálido aliento en tu contorno,

soplo vital para tu alma entumecida.

¿Dónde pernoctarás?

¿En qué olvidado nido?

¡Aprisa! Que será densa la noche

y se cierne la oscuridad sobre tus alas.

 

El alma del místico rebosa de amor y piedad. La ternura mística, manifestación de una sensibilidad fraguada en el sentimiento divino, atiza al poeta que experimenta el júbilo del entusiasmo compartido y así lo vive Freddy Bretón, que quiere sentir su corazón incendiado en la llama divina, como lo reclama en “Oración para pedir un incendio”:

 

Incéndiame de amor

te lo suplico.

No quiero arder con llama pasajera.

Arda mi corazón -mi pobre casa-:

quiero oírlo crepitar cual pino viejo.

 

Quema tanta basura,

la escoria que amontono en mis adentros.

Quisiera levantarme renovado

sin los viejos temores que aposento.

 

No quede en pie madero alguno:

lo quiero todo calcinado.

Vuelen ardientes las astillas

de mis antiguos sueños

de leyes torpes que dictó el pasado.

 

Quiero que estalle todo,

que reviente hasta el último cimiento

y que así pueda volver aprisa

a la nada que me regale el fuego.

 

Y cuando se hayan dispersado mis cenizas

y del viento no cuelgue ni el olvido,

¡que hablen las mil bocas de la piedra!

¡Que se levante la pared bruñida!

    Sensible y poroso al acontecer del mundo, Freddy Bretón despliega sus antenas sensoriales y capta lo mismo el encanto de la Naturaleza que el dolor de los sufrientes y expresa lo que impacta su interior y, en actitud doliente y compasiva, tamiza el gemido de la tierra, el encanto de la rosa, los crepúsculos fulgentes, el rubor de las amapolas o la quietud silente de las piedras, al atisbar el alto sentido con su mirada poética impregnada de ternura consentida, como en “Girasol”:

 

Gira, girasol

en el cuadrante infinito de tus rumbos

sin calcular los grados ni las horas

muévete en la precisa dirección

de los mil vientos.

No te desveles por saber

si el ecuador está cerca o está lejos:

ignora meridianos, disloca paralelos.

Que nadie te señale nortes:

invéntate tus puntos cardinales.

Busca la luz y gira:

por cada rayo un sueño

un latido por partícula de luz.

Abre tus poros

y deja que ella invada tus caminos

que asalte tus meandros

que muerda y aniquile tus tinieblas.

Corra transfigurada tu savia bienherida.

Abre tus pétalos y gira.

Prodiga claridades

reparte a manos llenas

el oro de tus soles.

   La lírica de Freddy Bretón confirma que la poesía es la voz honda del alma. En “Naidí”, el poeta ausculta el latido del corazón en sintonía armoniosa con el aliento telúrico y las vivencias entrañables en las que afloran la gracia del folklore, la copla popular y los juegos infantiles engarzados al paisaje y el motivo nostálgico:

 

Los otros niños cantaban.

Y la noche se cuajaba

de voces y carcajadas

mientras el río callaba.

Naidí era aquella palmera

que por doquiera brotaba.

Menuda, frágil, hermosa.

Naidí debió ser tu nombre

por menudita y por tierna.

 

El venero lírico de su creación poética convoca y recrea, redivivos y elocuentes, la huella literaria de Antonio Machado, el acento popularizante de Federico García Lorca y el tono idílico de Tomás Morel con el aliento juglaresco de la campiña cibaeña tamizado por el alma dulce y amorosa de Bretón Martínez, que otorga avivamiento humanizado a las cosas:

 

Y temprano en la mañana

allí, a la orilla del río,

¡cuántas manitas se alzaron!

Pero las tuyas no estaban.

Y yo, arroyo subterráneo

sentí que por dentro lloraba.

No sé si hubo brillo en tus ojos.

Las palabras se ahogaron.

Yo, como el río, callaba.

   La lírica de este sacerdote-poeta, iluminada con la llama evangélica y agraciada con la belleza poética, brota henchida de su mirada amorosa en la claridad de su expresión estética y la hondura de su contenido simbólico, como se aprecia en “Samaritana”, tema y motivo de honda inspiración bíblica para los contemplativos cristianos:

 

Cargada de agua inútil

satisfecha

junto a la corriente se sienta la sed.

El manantial

con las plantas maltrechas

le pide de beber.

‘‘¿Cómo tú, siendo un pozo

me pides de beber?”

Y ella no comprende

que el pozo va sediento de su sed.

Cuando me dio de su agua

por los aires volé

dejé olvidado el cántaro

mil sedientos busqué.

Y ahora voy sedienta

de su sed.

A la mesa del mundo

se ha sentado el maestro

rodeado de los suyos

los suyos que son nuestros:

la piedra

el polvo

el trueno

los corderos y el lobo.

Entre mar y montañas por manteles,

el prado.

Y a la luz de sus ojos

el pan grande y dorado,

el amor entre todos.

 

La mística procura el sentido de reconciliación con los seres y las cosas. En atención a esa meta, el místico renuncia a la vocación del poder, al egoísmo, al orgullo y la competencia, para encontrarse con el otro y, de un modo especial, con el Todo. Freddy Bretón tiene el don de la palabra y asume la creación poética desde las enseñanzas del Poverello de Asís, dando fe de la inquebrantable comunión de amor con lo viviente en una lírica impregnada de la mística cristiana. En ‘‘Amiga, amigo’’, habla la voz de la caricia y, en una reflexión que combina razón y sentimiento, retoma la nostalgia y, como Borges, profundiza el sentido del vínculo entrañable cuando asume la metáfora del río que enalteciera Heráclito. En los versos de Freddy esa visión se potencia con su ternura dentro:

 

Yo sé que no invento contigo la nostalgia

pero no logro que el recuerdo

sea río sin regreso.

No estreno ciertamente la añoranza

-alguien antes que yo inventó el fuego-

pero no soy el mismo sin el recuerdo.

Y no es tópico si digo

que al recordarte se oprime el pecho

y late la vida de otra manera.

De por medio está la niebla

aplastante, extraviadora

pero sé que el cariño

no es camino hacia la nada

que no se pierde el río

entre piedras o bruma.

 

Hay dos motivos literarios que en toda obra conmueven y encantan: la belleza de la expresión o la hondura del concepto o su combinación integrada mediante la belleza del pensamiento. Freddy Bretón es un auténtico poeta y como tal acude a la palabra con sentido estético; y es también un místico genuino y como tal acude a la poesía con sentido trascendente, como se aprecia en “Lapsus”:

 

Si por decir amigo

dijeras puerta

silbido

antorcha

pendiente o ruta

no dirías nada.

Si en tu ejercicio

de espolvorear nombres

(aire sonoro, modulaciones)

dices peldaño mar en reposo

luna de marzo crisol rocío

resina piedra corteza o astro.

Si pronunciaras volcán quimera

columna iris

arteria nervio alero fronda.

Y se agolparan en tu garganta

la multitud de las voces todas…

AMIGA, AMIGO…

No dirías nadapor decir todo.

 

El poeta místico exalta la condición singular del territorio que le fue dado en heredad y gozo. La valoración es lo que se produce en nuestro interior cuando apreciamos lo que somos. La espiritualidad, que es una expresión de la sensibilidad trascendente, tiene el atributo de inspirarnos la verdad y el bien, con la búsqueda de la belleza y el misterio. La mística tiene por objeto descubrir la belleza del Mundo como expresión del misterio de lo Eterno. Como Thomas Merton y Anthony de Mello, autores que han sembrado su huella literaria en Freddy Bretón, nuestro poeta ha contribuido al desarrollo espiritual con su vuelo lírico y místico. Freddy Bretón Martínez sabe que a cada uno le llega alguna vez el rayo del Sol que lo enciende y lo ilumina. En “Manías”, el poeta proclama el esplendor que nos rodea en nuestro luminoso ambiente caribeño, una manera de alabar los dones recibidos:

 

Yo soy donde la luz

es potro que salta antes del alba.

Torrente de ámbar y cristales

que tiñe o juega

dueña del ala suspendida

o del prisma que va en el ave en vuelo.

Espolea la savia

enciende las arenas

baila y perdura en la huella o la laguna.

Yo soy donde la noche

-un parpadeo-

sólo en los ojos ostenta su dominio.

Luz en el principio

y en los instantes luz

en espacios abiertos

en grietas y recodos

sobre y en medio de la lluvia

en las raíces luz.

Obsesión del fulgor que pinta o canta

borbotón de verdor en el follaje

o en un techo de fuego doradas filigranas.

Ah no

ilustres territorios

no envidio para nada vuestras brumas

que aquí

para alumbrar el mundo

basta sólo una hendija

y el rayo que pueda atravesarla.

 

La hermosura de la Creación es el gran aliento que anima la poesía de Freddy Bretón. En estos poemas testimoniales y sugerentes, su lírica asume lo mismo el cauce de la métrica tradicional, como el tono y la técnica de inspiración bíblica o el formato de los salmos, que el verso libre de factura moderna donde fluye la emoción estética con libertad expresiva y en ambos moldes aflora el tono reflexivo, la actitud contemplativa y el estilo fluyente de su cordial empatía con el ser de las cosas, para rematar con el “toque sapiencial de la experiencia mística” (3).

La línea de creación poética que enalteciera fray Miguel de Guevara, ilustrado en el “Soneto al Cristo crucificado”, con la tradición mística que auparan Jacopone da Todi y Teresa de Ahumada, destila hondura y fervor en “La puerta de tus ojos”, con el que alude al rastro de luz y de congoja que expresa el alma anhelante del vino de la embriaguez divina:

 

Ábreme la puerta de tus ojos,

llévame a tus luces interiores;

que, incorpóreo yo,

o quizás transfigurado

pueda apenas mirar, a lo lejos

mis tinieblas en olvido.

Muéstrame tu luz

sin los espejos;

pueda yo entender

los jeroglíficos

que escribiste en mi cara.

De par en par tus puertas

y entraré como hormiga

que al universo asoma.

Ingenuamente alegre,

mínimo el paso,

largo el asombro.

Alza, mi Dios, la pobre tierra;

pueda ver yo cristalizado el barro.

   En el alma de poeta y en el corazón sacerdotal de Freddy Bretón brota el amor de los iluminados y ese torrente de ternura y piedad se abre al Mundo vinculándose a la Naturaleza y a la humanidad doliente que su poesía recoge y expresa mostrándonos un rostro diferente de los seres y las cosas. La mirada dulce de su sensibilidad empática destaca la dimensión singular de lo viviente y, en su expresión lírica, simbólica y mística, subraya la faceta entrañable que articula su lírica teopoética.

Mediante el canto espiritual, los monjes despiertan la más honda de las emociones para sentir la más intensa de las pasiones: la belleza divina. Con su plegaria procuran elevar su alma a Dios y con su canto concitan el amor de su corazón. Unidos en la celebración de los sagrados misterios, cantan salmos, cánticos e himnos siguiendo una milenaria tradición que conservan las iglesias y los conventos. Con el canto, el místico exalta la unión amorosa con Dios. En “Hacia la fiesta”, el poeta atrapa la melodía que aprecia en la brisa o en las fuentes y expresa con el encanto de su lira lo que mueve su sensibilidad:

 

Padre de la armonía:

yo sé bien que tu voz divaga por el mundo.

Te canta suavemente la brisa en los pinares,

o en los vientos que rozan

las rocas de la altura.

Padre del Universo, del que soy parte mínima:

preste yo mi voz a tus cantares,

como lo hace la fuente

o el arroyo en las piedras;

que no sólo a las aves les fue encomendado

cantar tus maravillas.

Sea todo mi ser el instrumento

en que hagas resonar

tus melodías.

 

Otro pastor iluminado de nuestra Iglesia, Mons. Francisco José Arnaiz, dotado de fecunda formación humanística y de sabiduría espiritual, cuya prosa es un manjar en letras imbuidas de honda espiritualidad, dijo que “…el espíritu del místico apela a su imaginación para traducir o expresar lo que él comprende del misterio divino usando símbolos, como la llama viva de amor de san Juan de la Cruz, los cuales por su carácter no discursivo se corresponden mejor con el pensamiento contemplativo que con las palabras” (4). Si es cierto que el pensamiento contemplativo se vale de la imaginación mística para expresar la comprensión del misterio divino, que las palabras ordinarias del lenguaje común no comunican, los poetas acuden al lenguaje de los símbolos para expresar la percepción de lo inefable, como apreciamos en “Lago de cristal”:

 

Un lago de cristal cerrado

ventana de la luz el iris

imágenes que van

en vuelo escritas con la luz y el fuego.

Orfebre habrá de ser su dueño;

es con cincel de amor labrado.

 

La sensibilidad mística de nuestro poeta no le impide advertir que el hombre puede ser “horrible fiera o aletear ingenuamente una paloma” y, desde luego, puede comprender las manifestaciones contrapuestas de la realidad existencial, como en “Fin de las labores”:

 

Traigo, Señor, la voz ronca,

el paso lento.

Al fin de las labores

una roca ha caído sobre el lecho.

Ancho es el Mundo

y mi pobre pensamiento

es corta envergadura para tanto lamento.

Terminan los trabajos

prosigue el desconcierto.

Mientras duermen las sombras

alrededor del lecho,

Tú sabrás cómo hacer que dé fruto el desierto.

    Tanto sus verdades poéticas (“…las olas del mar / que aun asestando duros golpes / prodigan la caricia de la espuma”, del Libro de las huellas; o bien “Y del pobre arado traigo solamente / callos en el alma”, de Bandera de algún viento), como sus imágenes sensoriales (“…y la lluvia, vestida de albañil” o “Los focos devoran por trozos la noche”, de Voces del polvo), procuran consignar su mirada de amor, su sentido estético y la búsqueda de lo divino bajo la ardiente apelación de la palabra.

De los atributos de la lírica de Freddy Bretón  colijo los siguientes rasgos literarios:

  1. Asume y recrea la presencia divina en el hombre y el cosmos para exaltar la huella de Dios en la tierra.
  2. Expresa y revela una actitud empática hacia lo viviente y un sentimiento compasivo con una mirada de amor y una vocación teopática.
  3. Revela el propósito de hacer sentir en el espíritu no solo el encanto de la Belleza y el asombro del Misterio, sino la llama viva del amor divino.
  4. Acude a referencias naturales, como buen teopoeta de la mística cristiana, que usa como símbolos de lo divino con un sentido simbólico y trascendente.
  5. Procura transmitir, mediante el lenguaje de la lírica y la forma moderna o tradicional de sus composiciones, una visión amorosa del mundo con una cordial identificación espiritual y un sentido estético.

Consagrado al servicio divino por vocación y entrega, Freddy Bretón Martínez aúna a su carisma pastoral el singular don de vivir poéticamente el mundo y la gracia mística de sentirlo como expresión sagrada en virtud de la sabiduría espiritual que fluye de su alma iluminada y pura. Y su hermoso testimonio creativo, canalizado desde la singular visión que fecunda su fe cristiana, proyecta en esta obra de amor, con humildad seráfica, la dicha de plasmar un texto poético, la alegría de encauzar un servicio edificante y la emoción de promover el amor sublime bajo la luminosa gracia del Espíritu.

 

Bruno Rosario Candelier

Encuentro del Movimiento Interiorista

Baní, República Dominicana, 28 de abril de 2007.

 

Notas:

  1. Freddy Antonio de Jesús Bretón Martínez nació en Canca La Reina, Moca, Provincia Espaillat, República Dominicana, en 1947. Ordenado presbítero el 10 de septiembre de 1977, ejerció el ministerio sacerdotal en varias parroquias y la docencia académica en Santo Domingo. Obispo de la Diócesis de Baní, desde el 19 de septiembre de 1998, fecha de su ordenación episcopal y toma de posesión. Ha publicado los siguientes libros: Libro de las huellas (Sobre la marcha, 1985), Bandera de algún viento (1991), Voces del polvo (1993), La máscara del tiempo (1995), El apellido Bretón en la República Dominicana (2003), Entre la voz y el fuego (Santo Domingo, Amigo del Hogar, 2007), que recoge toda su obra poética; y Pasión vital (Santo Domingo, Amigo del Hogar, 2008).
  2. Freddy Bretón, Entre la voz y el fuego, Santo Domingo, Amigo del Hogar, 2007. De este poemario proceden las ilustraciones poéticas de este estudio crítico.
  3. Mons. Roque Adames Rodríguez, “Palabras Previas”, en Voces del polvo, S. Domingo, MSC, 1993, p. 12.
  4. Francisco José Arnaiz, “Nuevos dinamismos en el ser humano”, en Listín Diario, Santo Domingo, 10 de febrero de 2007, p. 13. En el prólogo a Voces del polvo, de Freddy Bretón, escribió este ilustre obispo: “En las letras españolas, cuando balbuceaba la lengua, sacerdote era Berceo, el de los loores a María, y sacerdote el Arcipreste de Hita que, en vez de oraciones, escribía cantigas a Nuestra Señora. Y ya en el esplendor de la señorial lengua de Castilla, sacerdotes fueron también Fray Luis de León, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Tirso de Molina y San Juan de la Cruz. Por tierras duras de Ávila y Salamanca, Santa Teresa de Jesús, en medio de sus deliquios místicos, escribía letrillas, mientras algo más tarde, por tierras aztecas, Sor Juana Inés de la Cruz bruñiría sonetos y compondría Autos Sacramentales”.Nota: Desde el año de gracia de 2015, Monseñor Freddy Bretón es el arzobispo de Santiago de los Caballeros.

(Bruno Rosario Candelier, “El aura sagrada en la lírica de Freddy Bretón”, en La mística en América, Santo Domingo, Ateneo Insular, 2010, pp.427-444).

 

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