Temas idiomáticos

Por María José Rincón

UNISEX

02 OCT 2018

Al hilo de los préstamos surge la consulta de un lector sobre la corrección o incorrección de unisex, un anglicismo de reciente incorporación a nuestra lengua. Y digo reciente, en términos lingüísticos, porque este adjetivo comienza a documentarse en textos en español en los años 60 del siglo XX y su uso se difunde con rapidez, sobre todo en el ámbito de la moda y la belleza. Un rápido vistazo a la herramienta Enclave RAE lo demuestra: las palabras con las que más se relaciona son peluqueríasalón y moda. Su difusión hace que la Real Academia Española lo incorpore por primera vez al Diccionario de lengua española en 2001 con una única acepción: ‘que es adecuado o está destinado tanto para los hombres como para las mujeres’.

La duda de nuestro lector está relacionada con el significado de la palabra, y no le falta razón. En español el elemento compositivo uni- significa ‘único’ o ‘uno solo’. ¿Por qué entonces unisex se aplica a lo que está destinado a dos sexos? ¿Por qué no utilizar bisex? De hecho ya encontramos este término de vez en cuando.

El error estriba en analizar un extranjerismo como si de una palabra patrimonial se tratara. Un préstamo del inglés como unisex no puede analizarse a partir de los elementos compositivos del español. Basta comparar con el funcionamiento de los elementos compositivos uni- y bi- en palabras patrimoniales de nuestra lengua. El adjetivo unisexual, término especializado de la biología, se refiere al individuo vegetal o animal ‘que tiene un solo sexo’; el adjetivo bisexual, se refiere a la persona ‘que mantiene relaciones tanto homosexuales como heterosexuales’.

La adaptación completa de los extranjerismos no siempre resulta fácil; a veces la dificultad tiene que ver con su grafía o su pronunciación; otras veces, como en este caso, con su composición o su etimología.

 

09 OCT 2018

PONLE SABOR

Ya tenía este columna escrita cuando la realidad me la ha desbaratado; y, por una vez, me la desbaratado para bien. Una conocida marca nos proponía en una vistosa campaña publicitaria el uso de sus sazones con el siguiente eslogan: *Pónle sabor, *pónle color. El error, bien visible en las gigantescas vallas publicitarias, fue la excusa perfecta para volver a la tilde.

Normas ortográficas pasadas dictaban que el verbo mantenía su tilde cuando se le unía un pronombre personal átono, de esos que llamamos enclíticos. Por ejemplo, mantenía la tilde el verbo de Déme ese libro, a pesar de que, con el pronombre enclítico, dejaba de ser un monosílabo con tilde diacrítica para convertirse en una palabra llana terminada en vocal. La Ortografía de 2010 dictó que estas formas verbales con pronombre llevarían tilde o no según las reglas, sin tomar en cuenta la tilde que llevara el verbo sin el pronombre: Deme ese libro. Pero nuestro eslogan iba más allá. Aplicaba una regla desaparecida sobre un verbo que estaba tildado incorrectamente. El imperativo pon, como monosílabo, no lleva tilde. En pocos días me esperaba una agradable sorpresa. Frente a la misma valla publicitaria descubro que, como por arte de magia, esa espantosa tilde se ha esfumado. Muchas cosas, y todas buenas, dice esa tilde desaparecida. Todos los hablantes tenemos dudas ortográficas. Todos los hablantes, aun los más avezados, cometemos errores. La actitud del buen hablante es la de la curiosidad y el aprendizaje constante. Y si nos equivocamos, corregimos.

Si el «hablante» es una empresa, esta actitud implica además respeto por su marca y, lo que es más importante, respeto por sus clientes. Ahora sí, Victorina nos invita correctamente a animar nuestra cocina: Ponle sabor, ponle color. Búscalo en tu colmado favorito.

 

16 OCT 2018

VIVOS Y SUELTOS

En estos días hemos conmemorado un aniversario más del nacimiento del lexicógrafo Julio Casares. Entre otras muchas cosas admiro a Casares porque se adelantó en la prensa a divulgar el conocimiento de la lengua y el gusto por su buen uso.

Publicó Julio Casares durante cinco años una campaña de divulgación en forma de artículos en el diario español ABC; treinta y dos artículos, que luego fueron publicados en forma de libro, con el título de La Academia española trabaja. En el artículo de enero de 1964, que pone fin a la serie, reconoce el lexicógrafo cierto desencanto. Su objetivo no era otro que, según sus palabras, interesar a los lectores en «la callada y perseverante labor de la Academia», esa labor, añado yo, de la que solo nos acordamos cuando aprovechamos sus frutos, y no siempre para reconocerla. Para Julio Casares la divulgación era un servicio a la lengua.

La divulgación de los asuntos del idioma lleva aparejada, desde siempre, cierta sensación de desesperanza. Si nuestra lengua es muy larga, como diría Lola Pons, otra de nuestras grandes divulgadoras, su desconocimiento también lo es. Y no resulta labor sencilla acercarla a los hablantes con amenidad. A veces nos parece que habremos pasado por nuestros lectores, como decía Casares, «como el rayo de sol por el cristal».

Julio Casares, como nos pasa a todos los lexicógrafos, oía voces. No, no se escandalicen. Las palabras nos susurran al oído. Reconocía Casares, como cierre a sus artículos de divulgación, que pocos hacían caso de sus recomendaciones académicas y que los malos usos idiomáticos continuaban vivitos y coleando; y confesaba que oía una vocecilla burlona que le decía: «Los muertos que vos matáis gozan de buena salud». Los nuestros, sin duda, están vivos y sueltos.

23 OCT 2018

CUANDO UNA LENGUA SE VA

El español goza de una salud envidiable. Su número de hablantes, su extensión territorial, su prestigio cultural o su uso en internet lo sitúan entre las primeras del mundo. No todas las lenguas pueden decir lo mismo. Basta hacer un recorrido a través del Atlas UNESCO de las lenguas del mundo en peligro. Unas 3000 lenguas amenazadas nos dan idea de nuestra diversidad lingüística.

La UNESCO calcula seis niveles de vitalidad. Están a salvo las lenguas, como la nuestra, que tienen asegurada la transmisión de una generación a otra (estas lenguas no aparecen en el Atlas). Cuando los niños hablan una lengua, pero restringen su uso a un ámbito concreto, se considera que esta lengua es vulnerable. Si estos niños ya no la aprenden de sus padres como lengua materna, pasa a estar en peligro. Cuando son solo los abuelos los que la hablan entre sí y los padres ya solo la entienden, pero no la usan, la lengua está seriamente en peligro. La situación se torna crítica cuando ya solo los abuelos la hablan de vez en cuando y parcialmente. De ahí a declarar su extinción solo hay un paso.

Para hacernos una idea echemos un vistazo, por ejemplo, a México, donde se documentan 143 lenguas amenazadas, de las cuales 21 están en situación crítica; o a las 68 lenguas amenazadas de Colombia, 12 de ellas en situación crítica; o a Venezuela con 34 lenguas amenazadas, 8 en situación crítica.

El proceso de desaparición de una lengua es difícilmente reversible. Con sus hablantes se pierde una visión del mundo y una forma de vida, un miembro de la familia de las lenguas que puede ayudarnos a conocer mejor a las restantes lenguas emparentadas con ella.

 

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