Para los hispanohablantes que seseamos las diferencias entre s, z y c (ante e, i) son solo gráficas. Para nosotros estas tres letras representan el mismo sonido. La elección del grafema adecuado está regida por nuestras normas ortográficas, convencionales y que deben ser seguidas por todos los hablantes que aspiren a usar correctamente su lengua. Sin embargo, existen palabras que muestran variantes gráficas  que conviven en distintas zonas y cuyo uso está admitido en cualquiera de sus formas. Dos ejemplos clásicos son biznieto y bizcocho, que pueden escribirse también bisnieto y biscocho.  Si las buscan en el Diccionario, encontrarán ambas formas. Incluso tres, como en el caso del arabismo sábila (o zábila, o incluso zabila).

Algunos de nuestros indigenismos se han establecido en nuestra lengua con variantes gráficas que reflejan las vacilaciones que experimentaron en su proceso de hispanización. Muy cotidianos para nosotros son el casabe (o cazabe), el ceviche (o seviche) y el zapote (o sapote). Aunque ya los encontramos cada día menos, por nuestras calles pregonan maniseros (o maniceros). Y también encontramos, cada día más, zonzos  (o sonsos) y zamuros  (o samuros). La variante gráfica más extendida en el español dominicano es la primera, pero no podemos olvidar que en otras zonas también se utiliza la que leemos entre paréntesis y que es igualmente correcta. Un pequeño consejo: a la hora de escribir un texto, elijamos una de las variantes y mantengamos siempre la misma si tenemos que repetir la misma palabra.

Estamos acostumbrados a que la ortografía sea tajante en sus reglas; si no fuera así, acabaríamos por socavar la unidad de nuestra lengua, una  de las principales riquezas del español. Las variantes históricas tienen también cabida en ella. En caso de duda, sirvámonos del diccionario, que es además autoridad ortográfica.

© 2016, María José Rincón.

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