Apariencias engañosas

En aquellos tiempos en los que yo frecuentaba las aulas había un concepto que siempre se me atragantaba: la homonimia. Cómo serán las cosas que, con mi dedicación a los diccionarios, me he tenido que enfrentar con ella día sí, día también.

Dos palabras distintas, con un origen distinto, que se escriben y se pronuncian igual pero que tienen significados diferentes. Traigo esto a colación porque una consulta muy frecuente en la Academia está relacionada con la homonimia. Hace unos años le dediqué una de estas “Eñes” al verbo empoderar, que sigue desatando pasiones. Hay quienes lo utilizan como si no existiera otro verbo en nuestra lengua; pero hay también quienes lo descalifican. Y no les falta algo de razón.

En realidad hay dos verbos empoderar, dos homónimos. El primer empoderar es un derivado de poder, con el significado de ‘apoderar’; es antiguo en español aunque ha ido perdiendo vigencia de uso y así lo registra el DRAE. El segundo empoderar es, sin embargo, un calco del inglés empower y el diccionario académico lo define como ‘hacer poderoso o fuerte a un grupo social desfavorecido’. Al contrario que su homónimo, gana cada día más presencia.

El reconocimiento de esta generalización en el favor de los hablantes lo podemos comprobar comparando las dos últimas ediciones del Diccionario de la lengua española. En la vigesimosegunda edición solo aparecía nuestro patrimonial empoderar. En la vigesimotercera ya están los dos, marcados por un superíndice que hace notar su condición de homónimos.

Parecen la misma palabra, pero no lo son. No tienen el mismo significado ni la misma etimología. En apariencia son el mismo verbo, pero su parecido se limita a la escritura y la pronunciación. Recuerden que, muchas veces, las apariencias engañan.

 © 2015, María José Rincón.

 

Pequeñas y dobles

Dice el refrán que no hay dos sin tres. En el caso de los signos ortográficos dobles no hay uno sin dos: paréntesis, corchetes, signos de interrogación y exclamación y comillas.

En la lengua hasta los signos ortográficos tienen historia. A pesar de su pequeñez las comillas se remontan a la antigua costumbre de marcar en el margen de la página una parte de un escrito que se consideraba relevante. Para esta tarea se recurría a un signo ortográfico doble denominado diple (< >).

La diple doble (« ») empezó así a enmarcar las citas de palabras o textos de otro autor cuando se reproducían con exactitud y fidelidad: «¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mismos!», dijo el Lazarillo de Tormes. A estas comillas angulares las llamamos latinas o españolas. El primer par son las comillas de apertura y el segundo las comillas de cierre.

La recomendación ortográfica es que prefiramos las comillas españolas para los textos impresos. Pero en español existen además las comillas inglesas (“ ”) y las simples (‘ ’). No crean que es cuestión de capricho. Estas variantes tienen su propia función. Están reservadas para entrecomillar una parte de un texto que ya está entrecomillado: «Siempre repetían el mismo refrán: “Mientras el hacha va y vienes, descansa el palo”».

Pequeñas y todo tienen también sus exigencias ortográficas. Debemos escribirlas pegaditas de la primera y la última palabra del texto que enmarcan, y separadas de las palabras que las preceden y las siguen. Solo así señalan su camino y cumplen con su función.

Recuerden: las comillas son signos ortográficos dobles. Pongamos atención en que no se queden cojas. Cuando una comilla se abre siempre hay otra que se cierra.

© 2015, María José Rincón.

 

Una hache curiosa

La letra hache tiene la peculiaridad de ser la única letra de nuestro abecedario que no representa ningún sonido. Son muchos los que critican su mantenimiento. Si la finalidad última de las letras es la de representar los sonidos, ¿qué sentido tiene una letra muda? La etimología y la tradición ortográfica mandan.

La tradición tiene que ver con unas haches curiosas. Hubo un tiempo en que las letras u y v podían usarse indistintamente para representar el sonido vocálico /u/ y el sonido consonántico /b/. Esta vacilación provocaba dudas a la hora de leer algunas palabras, como las que tienen sílabas que empiezan con los diptongos /ua/, /ue/ y /ui/. Para evitar la confusión e indicar que esa u se leía como una vocal /u/ y no como una consonante /b/ se impuso la costumbre de añadirle una hache: se escribió hueco, con hache, para señalar que se pronunciaba /uéco/ y no /béco/.

Con el tiempo la vacilación desapareció pero la tradición mantuvo esta hache que les da un aspecto peculiar a algunas familias de palabras. Ya sabemos de dónde viene la hache de hueco, que no estaba en su étimo latino occare; en oquedad, un miembro de esta familia, la hache brilla por su ausencia porque no hay diptongo. Así sucede con el sustantivo huérfano, del latín orphanus; el diptongo exige la presencia de la hache que, sin embargo, no aparece en su derivado orfandad. La misma hache aparece en huevo, del latín ovum, y desaparece en oval.

Comparen los casos anteriores con el de huésped. Su origen es el latino hospes; su hache es etimológica y la comparte con hospitalidad, hospedar, hospedería, hospedaje. Los casos de hache tradicional son la excepción que confirma la regla de que las familias de palabras pueden ayudarnos con la ortografía.

© 2015, María José Rincón.

 

 

Un académico más

La Academia Dominicana de la Lengua se fundó en Santo Domingo, República Dominicana, el 12 de octubre de 1927. Ayer cumplimos ochenta y ocho años. Conmemoramos nuestro octogésimo octavo aniversario (por reivindicar nuestros ordinales, tan poco y tan mal usados). Y este año lo vamos a celebrar leyendo, y leyendo nada más y nada menos que La vida de Lazarillo de Tormes, y de su fortuna y adversidades.

Digna celebración para una corporación académica que tiene como misión fomentar el estudio y el buen uso de la lengua española. Y nada fomenta más el buen uso de la lengua que la lectura, especialmente si es la de nuestros clásicos. El autor del Lazarillo, quien prefirió mantener el anonimato, hizo gala de su genio y lo puso al servicio de la crítica social. Con él nos legó una obra extraordinaria que se convirtió en la semilla del género picaresco.

En la Academia Dominicana de la Lengua estamos releyendo a los clásicos de nuestra literatura desde enero. Nos estamos acercando a sus páginas con avidez y respeto. Los azares de la cronología han querido que el pícaro más malaventurado de nuestra literatura sea el anfitrión de nuestro aniversario. Quizás, allá por 1927, no habríamos contado con el beneplácito de nuestro primer director, Monseñor Nouel, puesto que los clérigos no salen muy bien parados en la novela, que llegó a estar prohibida por la Inquisición. Sin ninguna duda lo habrían disfrutado otro académico fundador, Manuel Patín Maceo, quien ocupó el sillón E, y su sucesor en este sillón, el insigne Mariano Lebrón Saviñón, nuestro director durante dieciocho años.

Me atrevo a asegurar que un crítico literario como nuestro actual director, Bruno Rosario Candelier, saluda a Lazarillo como anfitrión. Un tiguerito curtido en mil y una andanzas, las más de ellas desventuradas, que escribe una relación de su vida y adversidades para ser recompensado “no con dineros, mas con que vean y lean sus obras y, si hay de qué, se las alaben”. Lazarillo, desde luego, en esto, podría haber sido un académico más.

© 2015, María José Rincón.

 

 

De vuelta al lápiz

Busque un lápiz de carbón. Revise si está bien afilado. Como lleva demasiado tiempo arrumbado en una gaveta, lo encontrará con la punta roma. Busque y rebusque a ver si encuentra por algún lado un sacapuntas. A mí me gustan los metálicos, pero vale cualquiera que aparezca. Pruebe a ver si recuerda aquella sensación de introducir el lápiz, girarlo y ver salir una viruta reluciente que, si lo hace bien, será continua y festoneada del color del vestido del lápiz.

Listo. Ahora pruebe a escribir una frase en letra cursiva sobre una hoja de papel en blanco. Si todavía recuerda cómo se hace, verá surgir, como por arte de magia, un trazo continuo en el que, a poco que nos acerquemos, podemos apreciar el brillo y la textura del grafito. La lentitud del trazo a mano lo obligará a pensar lo que va a escribir; le recordará que, si no presta atención y se equivoca, se verá obligado a buscar una goma de borrar y a rehacer lo escrito. Estará obligando a su cerebro a trabajar con intensidad, a concentrarse; pondrá en marcha tres capacidades cerebrales: la motora, la visual y la cognitiva.

Cuando deje el lápiz sobre la mesa, el teclado le seguirá siendo imprescindible, pero no olvide, sobre todo si es responsable de educar a un niño, que el lápiz (o el bolígrafo, o la pluma) y la escritura a mano desarrollan nuestra capacidad de análisis, de redacción, de memoria y de comprensión lectora. Y tal y como están las cosas estas capacidades nos son más necesarias cada día.

© 2015, María José Rincón.

 

 

El perejil de todas las salsas

Hablábamos la semana pasada de signos ortográficos humildes; los hay humildes sí, pero que nos aparecen hasta en la sopa. Ese es el caso del apóstrofo, que no apóstrofe, que es otra cosa muy distinta.

Un apóstrofe es algo así como una pela de lengua breve, si me lo permiten (según el DRAE, ‘dicho denigrativo que insulta y provoca’). El apóstrofo, en cambio, es un signo ortográfico que a veces, demasiadas, empleamos para reproducir por escrito las elisiones que se producen en la lengua coloquial: pa’l trabajo o el mucho más frecuente pa’l cara…

Siempre les escribo sobre lo que debe hacerse; hoy déjenme que les insista en lo que no se debe hacerse.

No debemos usarlo para indicar la supresión del final de una palabra cuando la palabra que le sigue no se ve afectada: nada de *pa’ mañana. Si lo que queremos es reflejar la pronunciación vulgar, y puesto que mañana no se altera, lo correcto es escribir pa mañana.

Olvídense del apóstrofo para abreviar los años. Nada de generación del ’60; basta con generación del 60. Y, ya que hablamos de años, no lo utilicen para expresar las décadas: *los convulsos 90’s (copiada del inglés, por cierto) se escribe los convulsos 90.

Y, sobre todo, evítenlo para pluralizar las siglas: *CD’s. Si queremos expresar el plural de una sigla marquémoslo con su artículo y dejemos la sigla invariable: los CD.

El apóstrofo es humilde; respetemos su condición y no queramos que sea como el arroz blanco o que se convierta en el perejil de todas las salsas.

© 2015, María José Rincón.

Barra y punto

Si de signos ortográficos hablamos, el acento y la coma se llevan todo el protagonismo. Hay otros más humildes, menos frecuentes, que realizan su labor calladamente y que se merecen también que sepamos usarlos correctamente.

 

Los signos ortográficos se clasifican en tres tipos: los signos diacríticos (la tilde y la diéresis); los signos de puntuación (el punto, la coma, el punto y coma, los paréntesis, etc.); y los signos auxiliares (los más comunes en la lengua española son el guion, el apóstrofo y la barra).

 

Ojo, no esa barra que todos han imaginado… Esta barra: /. Esa a la que la mayoría, por parejería denomina slash (como si slash no fuera lo mismo que barra solo que en inglés). Seguro que esos mismos cuando hablan en inglés se cuidan mucho de no usar palabras en español para demostrar lo bien que lo hablan.

 

Entre las funciones de la humilde barra se encuentra marcar la abreviatura de algunas palabras. Habrán visto abreviar calle como c/.

 

También nos ayuda a relacionar dos elementos; cumple así la función de una preposición: 80 km/h (kilómetros por hora) o 300 pesos/mes (pesos al mes).

 

Yo la uso mucho en esta columna como signo auxiliar para indicar la existencia de dos opciones posibles: béisbol/beisbol, fútbol/futbol. Seguro que la han encontrado en el encabezamiento de las cartas: Estimado/a señor/a.

 

Chiquita pero matona. Al final no parece tan humilde. En todos estos ejemplos debemos asegurarnos de no dejar espacio entre la barra y las letras que la preceden o que la siguen. Y de llamarla por su nombre: barra. Y punto.

© 2015 María José Rincón.

 

Ganas de fuñir

Decían en mi tierra, que poco a poco hila la vieja el copo. Yo, muy aficionada a las labores de aguja, pretendo hilar poco a poco el copo de los adjetivos. La semana pasada los dejé con la miel en los labios (¿?).

Entre los adjetivos distinguimos dos tipos: relacionales y calificativos. No se trata de embotellarse la información. Se trata de conocerlos mejor para saber cómo trabajan y ponerlos a funcionar correctamente en nuestro beneficio.

El rasgo principal de un adjetivo relacional es que nos sirve para clasificar personas o cosas. Lo explica muy bien la Nueva gramática básica de la Asociación de Academias. Una actividad comercial se refiere a ‘un tipo’ de actividad, frente a una actividad intelectual, deportiva, etc. Una crisis económica es un tipo de crisis distinto de una crisis sentimental, una crisis gubernamental o una crisis humanitaria. Clasificamos el tipo de actividad o de crisis al que nos referimos mediante un adjetivo relacional.

Los adjetivos calificativos suman cualidades o propiedades al significado del sustantivo al que se aplican: una alumna ejemplar, un profesor dedicado. El adjetivo no los clasifica sino que destaca una de sus cualidades.

Me encantó el ejemplo que propone la Nueva gramática básica de las Academias para diferenciarlos. Recuérdenlo como modelo. Un perro ladrador (adjetivo calificativo) frente a un perro labrador (adjetivo relacional); un gato sibilino –yo, con el permiso de las Academias, lo dominicanizaría en un gato barcino– (adjetivo calificativo) frente a un gato siamés (adjetivo relacional).

No crean que me levanté con ganas de fuñir. Cada tipo de adjetivo se comporta de una forma y esto afecta su uso. Practiquen, que para la próxima nos toca aprender a usarlos bien.

© 2015, María José Rincón.

Antes o después

El nombre adjetivo puede hacernos creer que estas palabras son accesorias, pero su colocación puede hacer la diferencia entre un texto bien escrito y otro no tanto.

Si pudieran verme por un agujerito mientras corrijo un texto, notarían que, conforme voy encontrando adjetivos mal colocados, me voy poniendo roja y empieza a salirme humo por las orejas, como si me hubiera transformado en un personaje de muñequitos.

Los adjetivos son complejos y, mientras más de cerca los miramos, más detalles nos ofrecen. No nos dejemos abrumar, que hoy es martes y nos queda mucha semana por delante.

Adjetivos y sustantivos van indefectiblemente unidos. La lengua española no obliga a que los adjetivos ocupen una posición fija; pueden colocarse antes o después del sustantivo, aunque lo normal es la posposición: directora actual/ actual directora, mango frondoso/ frondoso mango.

El latín anteponía el adjetivo al nombre. En la lengua romance la anteposición se convirtió en rasgo característico del lenguaje literario: transformar la lengua de todos los días para ganar en expresividad artística. Quizás por esta razón, los que toman una pluma o un teclado para componer textos recurren al adjetivo antepuesto, muchas veces de forma inconsciente, como si esto pudiera darles un marchamo de calidad literaria. El abuso de la anteposición logra exactamente el efecto contrario; los adjetivos se convierten en fórmulas manidas que pierden impacto.

Tanto para la escritura del día a día como para la que aspira a literaria, apliquen la regla sencilla de la naturalidad: el adjetivo después del nombre. Reserven la anteposición para casos muy excepcionales y su escritura ganará muchos enteros.

Aunque no siempre es cuestión de estilo. Como todo en la lengua, hay razones muy concretas para que un adjetivo pueda colocarse o no antepuesto al nombre. Prometí no abrumarlos, así que dejemos eso para ahorita.

© 2015, María José Rincón

Gentes

Un nombre colectivo es aquel que, aun estando en singular, se refiere a una realidad plural. Y existe un sustantivo colectivo que, poco a poco, ha ido adquiriendo nuevos usos en las dos orillas del Atlántico donde se habla español. Me refiero al sustantivo gente: número singular referido a una pluralidad de personas.

Si el número del sustantivo es singular la concordancia correcta es en singular, aunque su referencia plural pueda provocarnos dudas: La gente amigable disfruta de la buena conversación. En la lengua literaria suele usarse también en plural; si lo piensan bien, es innecesario significativamente pero gana en expresividad: gentes de bien, gentes que vienen y van.

Y aquí comienzan las novedades que en algunas zonas de América, entre ellas esta tierra nuestra, distinguen a este sustantivo. Entre nosotros ha desarrollado un sentido singular, referido a una sola persona, y que, por tanto, puede pluralizarse: Entraron seis gentes. También en la conversación informal en América lo convertimos a veces en adjetivo y lo usamos para calificar a las personas que son amables y diligentes: Ese profesor es muy gente. Su uso está considerado coloquial así que, si queremos cuidar nuestro estilo, debemos tener mucho ojito.

Sus usos referidos a una sola persona o como adjetivo son válidos porque los hablantes de amplias zonas de América así lo han difundido. Solo debemos tener en cuenta que siempre van teñidos de un matiz coloquial que debe mantenerlos a raya cuando de expresión formal se trata. Reservémoslos para la charla entre amigos.